el descubridor (spanish)
Cuando lo conocí se llamaba Candelario José. Años más tarde apareció con el nombre de Candelario Lepe porque según él ya había dejado de ser indio. En la cárcel aprendió a leer y a escribir y algo de leyes. Quizá bastantes leyes, pues con muchas averiguatas y con un librito titulado: Mexicano, ésta es tu Constitución, que siempre traía en la bolsa, se dedicó a echar fuera de la prisión a docenas de viejos compañeros. Traía unas tarjetas con su nombre y el título de «gestor legal», de las cuales me dio algunas para que las distribuyera entre mis amistades. Y aunque le dije que posiblemente ninguno de mis amigos necesitara sus servicios, él me miró muy serio, luego se sonrió enseñando todo el oro de sus dientes, y con una palmada en los hombros y el sombrero tejano bajo el brazo se dio media vuelta alejándose a grandes zancadas. Eso fue a mediados de julio del 68. Y quién iba a imaginar que tres meses más tarde yo andaría detrás de él con una larga lista de gente, entre la que estaban mis tres hijos, suplicándole gestionara su libertad a como diera lugar.
—Favor por favor —me dijo—. Tú me consigues un certificado y yo hago las gestiones pertinentes.
—¿Qué clase de certificado? —le pregunté.
—Un documento legitimado ante Notario Público de que no soy indígena.
—Esos documentos no existen —le dije.
—Pero sí proceden —me alegó.
—No, no hay nadie que extienda un certificado de esa naturaleza. No se necesita. Si tú no sientes que eres indio, pues has dejado de ser indio y ya. Y si no, dime: ¿A qué tribu perteneces? ¿A la de los pelos parados, o a la de los «patas prietas», tal vez, o a cuál?
—No —dijo él—. Fui meco.
—Meco… meco, ¿qué quieres decir con eso de meco?
—Guachichil. De la comunidad de los guachichiles o chichimecos.
—¡No jorobes! Hace lo menos cuatrocientos años que desaparecieron de este país los guachichiles, y en cuanto a los chichimecas por ahí anda también la cosa.
—Pues te equivocas. Allá en Juchipila a todos mis parientes y a mí nos decían mecos hijos de ésta, mecos hijos de la otra. Eso dejé de oírlo hasta que ingresé en la cárcel. Y de allí salí bien instruido; pero no se me borra el pasado ni el mundo de humillaje en que viví junto con mis hermanos, mis padres y mis abuelos. Tengo plena seguridad de que si algún día regreso a Juchipila me volverán a llamar meco. Así que necesito un documento probatorio para restregárselos en la cara y acusarlos de difamación si vuelven con sus «jijeces».
—Mira, Candelario Lepe, estás haciéndote la vida difícil, simplemente andas buscando complicarte la existencia. Alguien dijo, no recuerdo quién, que «para ser indio, se necesita sentirse indio, vivir como indio, vestirse de indio y pensar como indio, etcétera, etcétera». Yo no veo cuál es tu problema.
—Pues la cuestión conmigo es bien clara. Quiero ir a Juchipila y que me traten como a gente de razón, como lo que soy. ¿O no lo soy?
—Sí, sí lo eres.
—Y que me traten como a gente decente, ¿o no lo soy?, contéstame.
—Bueno, no sé cual es la diferencia.
—¿Cómo que no sabes cuál es la diferencia?
—Mira al frente —dijo, mientras ponía sus manos empuñadas y hacía que yo también pusiera las mías junto a las suyas.
—Ahora dime —me dijo— ¿cuál es la diferencia?
—Esto no tiene ninguna importancia.
—¡Cómo que no la tiene, con un carajo! Vamos a ver ¿qué distingues?
—Unas uñas más largas que otras —le dije—. Además las tuyas están más pulidas que las mías.
—Eso es por el manicure; pero yo hablo del color de las manos. Anda, habla.
—¿Y de qué quieres que hable?, sólo veo cuatro manos y ya.
—No te hagas pendejo. Quiero que tú me digas qué color es más retinto; pero quiero que tú seas quien lo señale.
—No —le dije yo—. Puede que te enojes conmigo. Eso es lo que estás buscando, algún pretexto para echarme en cara algo. Que soy racista o algo por el estilo.
—¿Ya ves? Ya salió a relucir lo de la raza y de allí a decir que tengo las manos de indio prieto no falta nada, ¿ves?
—Óyeme, Candelario, ya dejemos esta discusión que no conduce a ninguna parte. Te voy a dejar la lista de los muchachos detenidos para ver qué haces por liberarlos lo antes posible.
Candelario Lepe, siempre con el tejano debajo del brazo, tomó la hoja escrita a renglón seguido y a dos columnas. Se entretuvo bastante leyendo los nombres allí anotados, como si aquello tuviera algún significado. Luego de un rato dijo:
—Éstos son puros nombres.
—Todos ellos estaban ayer en la Procuraduría. Tal vez todavía sigan allí, pero quiero que hagas algo antes de que los pasen a Lecumberri. Tú dices que eres bueno para esos mitotes.
—¿De qué se les acusa?
—De muchas cosas: escándalo en la vía pública, ofensas y resistencia a la autoridad, subversión, instigación al desorden y que dizque intenciones de apoderarse del poder. De todo eso y más; tú sabes cómo se pueden ir acumulando delitos cuando quieren cargar con alguien.
—Sí, pero aquí no hay alguien, son muchos álguienes. A ver, vamos jerarquizando: ¿quién o quiénes son, y de qué viven? O para simplificar, ¿sobre cuáles pueden caer más responsabilidades? Porque mira, constitucionalmente no se puede acusar a treinta gentes de hacer lo mismo. Tú me entiendes, ¿verdad? Unas personas hacen una cosa y otras nomás sirven de paleros. Aquí, ¿cómo podríamos individualizarlos? Porque se trata de gente, ¿verdad? Si fueran expedientes se podría decir desglosarlos. Y si a éstos les abren un expediente, entonces el asunto se facilitaría. Soy experto en desglosar casos. Pero, en fin, déjame la relación y ya veremos lo que se puede hacer.
—Te lo agradeceré mucho. Y mira, estos tres de en medio son mis hijos, ojalá los saques por delante.
—No te preocupes, procuraré darles preferencia.
—Entonces hasta luego, Candelario. Mañana te hablo por si me tienes buenas noticias.
Lo dejé mientras seguía leyendo la relación de los detenidos como si estuviera descifrando un crucigrama. Tenía el ceño fruncido y un bolígrafo con el cual se rascaba la cabeza. En la esquina paré un taxi. Al pasar nuevamente junto a Candelario le pregunté que si no lo llevaba a alguna parte, y sin decir ni sí ni no, abrió la portezuela y se metió al automóvil.