ángel pinzón se detuvo en el centro (spanish)
Ángel Pinzón se detuvo en el centro donde entroncaba el camino de Ozumacín con la angosta brecha que lo llevaba hasta su rancho de Las Vírgenes. Peinó las crines del caballo y se echó el sombrero hacia atrás como para que lo reconocieran, por si las dudas, pues su presentimiento, muy aguzado a través de tantos y tantos años de vigilia y de espera, le decía que cuando menos cuatro o seis o quizá más hombres lo estaban esperando en aquel sitio para venadearlo. No veía a ninguno, pero casi podía percibir su resuello. Además, esperaba que esto sucedería tarde o temprano, y no sólo allí, sino en cualquier otra parte. Lo que no se explicaba es por qué razón esperaban tanto, pues hasta el potrillo parecía desesperarse; manoteaba y daba vueltas sobre sí mismo, con la clara tendencia de encaminarse hacia sus bebederos.
Al fin, Ángel Pinzón se paró sobre los estribos y gritó para que todos pudieran oírlo: «¡Acaben de una vez, hijos de su mal dormir! Sólo les pido que no disparen a la cabeza! ¡Al que lo haga que se le pudra su santa madre! ¡Me oyeron todos!»
Los tiros salieron en seguida de varias direcciones. Por la espalda y los costados, ninguno de frente; ninguno tampoco sobre el potro que, espantado, corrió repechado al paredón de la brecha como si el instinto tratara de zafarse de aquella balacera. Así, aún a toda calda, llegó hasta el portal de Las Vírgenes con su patrón todavía a cuestas, aunque bien ametrallado; pero todavía agonizante.
Las hermanas Pinzón se apeñuscaron alrededor del caballo. Deshicieron las cintas de la silla con las cuales Ángel Pinzón se había amarrado la cintura y lo bajaron despacio, con ese cuidado que les daba la esperanza de poder curar sus heridas, pero veinte agujeros no tienen ya remedio. Entonces no les quedó sino sollozar. «No lloren», les dijo. «Ya me tocaba. Sólo quería llegar ante Dios con la cara limpia.» Luego borneó la cabeza y se le apaciguó el alma.
Así murió Ángel Pinzón, junto a sus hermanas las Pinzonas, a quienes su padre les había heredado el rancho Las Vírgenes para que, cuando él faltara, tuvieran con qué vivir y no necesitaran pedirle nada a nadie. Era una propiedad bien cuidada, y bien alimentada por las aguas de dos ríos que humedecían sus tierras, situadas en un gran valle lleno de arboledas y frutales. Esto siempre llenó de codicia a la gente de Ozumacín, porque consideraban que aquellas tierras eran mal habidas.
De que fueran bien o mal habidas está por verse. Y es aquí donde debía comenzar la historia. Don Tránsito Pinzón, quien había tenido cinco hijos, o sea, Ángel, Engracia, Paz, Inés y Socorro, nunca asesinó a nadie, ni violó a ninguna mujer, con excepción, claro está, de su esposa. Vivió, según parecía, una vida pacífica y tranquila en Ozumacín.
Ozumacín, como todos ustedes saben, está al pie del Cuasimulco, una elevada montaña cubierta en su cresta casi todo el año de nieblas, nubes o nublazones. Es por esta razón que, según algunos, allí nacen los rayos y habita el trueno. Nadie pues se atreve a internarse dentro de sus rocas y cañadas. Además, da la casualidad que frente a él, y no a mucha distancia, se encuentra el Cerro Rabón, donde también, se dice, es la morada de las tempestades. Cierto o no, así está la cosa y a la gente no es fácil quitarle de la cabeza sus creencias.
Debido a la situación del Cuasimulco, que mira todo entero hacia el oriente, Ozumacín, repechado al pie de su falda tiene, a cambio de unos amaneceres muy largos y dilatados, un atardecer violento y una noche precipitada, como si le cortaran a cuchillo un gran trozo de día; por lo tanto, ya sea verano o invierno, hay que encender las luces pasaditas las cinco de la tarde.
Esto, hace algunos años, cuando se usaban velas, causaba cierta zozobra sobre todo entre los comerciantes, pues no faltaba algún sinvergüenza o grupos de sinvergüenzas que aprovecharan tal oportunidad para saquear o robarles algo.
Fue de esa manera que don Tránsito Pinzón se quedó viudo al confundir, el cegatón de don Procopio Argote, con un asaltante a doña Ángela, la esposa del Pinzón, quien al notar su presencia en el negocio la aporreó con un mazo en la cabeza. Hubo una razón favorable para don Procopio, ya que una noche antes lo había robado y golpeado una partida de desalmados venidos de un pueblo vecino.
Por esa época Ángel Pinzón bordeaba los dieciocho años y sus hermanas andaban entre los doce y los seis años.
La respuesta de don Tránsito no fue, al menos aparentemente, de abatimiento. Simplemente de ausencia mental por unos días y después de alejamientos prolongados, hasta que al fin, pasado un corto periodo, se presentó con su hijo ante el notario y adquirió peso sobre peso, del mismo Procopio Argote, el rancho de Las Vírgenes, lo cual extrañó a los mismos pobladores de Ozumacín, pues Procopio Argote se había negado a desprenderse de esas tierras en las que muchos estaban interesados.
La explicación vino un año después, cuando alguien, que no fue sino el mismo Ángel Pinzón, encontró ahorcado a su padre de una enorme ceiba junto a una cueva del Cuasimulco. El único error que cometieron las autoridades con el ahorcado fue dejar prendida, de un clavo de la ceiba, una larga lista de los hombres que habían pedido ese castigo para el ladrón y las personas que había capturado para solicitar rescate. Entre ellas estaba el propio Procopio Argote.
Procopio Argote fue la primera víctima de Ángel Pinzón. Y si su padre Tránsito Pinzón nunca asesinó a nadie, como dijo a la partida que lo capturó y ahorcó, ni nunca violó a nadie, etcétera, etcétera… Ángel Pinzón buscó y rebuscó durante varios años a cada uno de quienes acusaron a su progenitor para darles muerte. Lo hacía donde los encontraba, yendo de un pueblo a otro, de una ciudad a otra, y aun tenía el descaro de entrar a Ozumacín, desarmado, en su pequeña potranca berrenda, a la que agorzomaba atándola de una pilastra del portal, y entraba tranquilamente a comprar víveres para llevar al rancho de Las Vírgenes.
La gente, al verlo, corría asustada o lo espiaban por el visillo de las ventanas; pero nadie se atrevía a saludarlo y menos a dirigirle la palabra, aunque él saludaba a todos llevándose la mano al sombrero. La única persona a quien visitaba era el Recaudador de Rentas, con el que, después de pagar sus impuestos, platicaba largo y tendido. Lo hizo hasta en cierta ocasión en que llegó con una herida en la pierna. Desde entonces cojeaba, y hasta le costaba trabajo apoyarse en su pata coja para montar en su yegua.
Fue por el Recaudador que supe de sus andanzas por esos andurriales y, en realidad, aquí debía comenzar la historia de Ángel Pinzón y no el mero día de su muerte; pero en fin, uno cuenta los sucesos como van saliendo y no como uno quisiera.
Por ejemplo, el señor Recaudador no le atribuía al Pinzón tantas y todas las muertes como la gente «creiba». Ésa era la frase que él utilizaba. Luego añadía: «El vulgo es ignorante y se aferra a la fama. A Pinzón simplemente le tienen miedo. Son cobardes. Eso es lo que son. Si fuera un matón real o en potencia, y él no lo anduviera pregonando, sería victimado por cualquier canalla emboscado. Y aquí, mire usted, desde que yo era joven y vine a este pueblo rabón, no hay un domingo en que no saquen a alguien muerto por un simple pleito de cantina. Además, presumen de honrados: entre semana ve usted a docenas de ellos tomando el sol en la banqueta, cuando debían estar arando la tierra o levantando la barda de sus casas que están por caerse, o cazando tuzas o combatiendo miles de plagas de que está asolado el monte. Pero no, prefieren robar. De aquí ya se han llevado dos máquinas de escribir para cambalachearlas por un cartón de cerveza. Los mismos cantineros han venido a hacer su arreglo: me devuelven la máquina de escribir si les liquido el cartón de cerveza que pagaron por ella. Sí, señor, todos están confabulados para fastidiar al prójimo. Y ahora le tienen pánico a este Pinzón, que ni armas porta, porque según ellos ha matado un gentío. Sí, señor, este pueblo está lleno de pillos y de holgazanes».
—¿Y a usted le tiene confianza Ángel Pinzón?
—Me la tiene, sí. Y también yo lo acusaría de asesino si no mediaran ciertas circunstancias aleatorias.
—¿Cómo cuáles?
—Bueno, está el caso de su hermana Engracia, que quiso fugarse con un sujeto del que ni sé su apelativo. Como usted quizá no está enterado, su padre le recomendó mucho que las cuidara. A Engracia se le hizo fácil dejarse robar por ese sujeto. Entonces Ángel fue tras ellos. Los encontró en el monte esa misma noche y allí le dio su diaplaque.
—Así de fácil.
—Yo hubiera hecho lo mismo, sobre todo tratándose de la hermana mayor, que tiene a su cargo el rancho y el cuidado de las otras.
—Se rumora que siempre está ausente de Las Vírgenes, yendo tras los que delataron a su padre. Y que los mata sin piedad ninguna.
—Posiblemente. Todo es posible. A mí sólo me ha hablado de tres. Al parecer se trataba de gente rica; pero eso ha sucedido lejos de aquí. Sé de un señor de Caborca, eso queda lejos, muy lejos. Y de otro acá por el rumbo de San Ildefonso, pero vaya usted a saber.
—¿Y qué me cuenta del caso de Etelbina, la otra hermana?
—Pues resulta que con Etelbina pasó algo parecido a lo de Engracia. No le pidió permiso de tener novio y un día se la encontró bailando en un pueblo llamado Copala, a dos horas de aquí. Él la sacó a mandarriazos, pero el fulano este se le puso al brinco. Allí le hirió el otro la pierna y entonces Ángel lo mató sin más ni más.
—Ya cuentan, pues, las muertes, ¿no?
—No, espérese que le platique el final. No crea que yo lo defiendo ni trato de aminorar el asunto. De que puede ser malo, lo es. Tampoco digo que sea bueno. No, señor, la vida es corrosiva, y después de lo de su padre y esas cosas, bueno, el alma puede volverse mala. En mi opinión Ángel es un perverso, y él lo sabe; y sabe que no va a morir en su cama; pero cuando le llegue su hora estoy seguro que ni va a meter las manos. No conoce la misericordia, ni ha oído hablar de ella. Mire, lo que yo no le perdono, ni nadie lo hará jamás, es lo que hizo con el esposo de Socorro, su hermana más pequeña.
A ruego de las tres, le pidieron que dejara casar a Socorro. Le hablaron de lo bueno que era Miguel para ella. Estaba por terminar la carrera de ingeniero y toda la cosa. Al fin él aceptó y hasta se ofreció a ser el padrino de bodas. Mandó arreglar la iglesia y contrató a los músicos. Todo estuvo en orden. La iglesia estaba a reventar, pues al fin esto borraba los hechos del pasado. Salieron todos felices.
—Gracias Ángel, hermano, por lo que haces por Socorro y por nosotras —decían las tres hermanas mayores.
Él no sólo se veía contento, sino que se ofreció a acompañar a los novios a la orilla de Ozumacín. Iba junto a ellos en su potranca barcina, pero un poco ya lejos del pueblo se retrasó un poquito.
—Bueno, cuñado, aquí nos despedimos. —Y sin decir más, sacó la pistola y la vació sobre la espalda de Miguel. Ella bajó del caballo para auxiliar a su marido. Ya no había nada que hacer.
—Súbete y vámonos de regreso a Las Vírgenes. Allá estará siempre tu lugar junto a tus hermanas.
Si se da usted una vuelta por allí las verá a las cuatro, como si fueran hombres: unas girando la tierra tras la yunta, otra dándoles de comer a los animales y la más grande en la cocina, apresurándose para hacer la comida.
Esto parecería ser una paradoja; pero no lo es. Todas se han quedado vírgenes, allí en Las Vírgenes.