Stories 93 / Random

Stories by juan eduardo zúñiga

el magnate, el bufón y la carroña (spanish)

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A veces, la copa iba a estrellarse en la cara arrugada, de grandes ojeras, que asomaba por el borde de la mesa. Otras veces, la pesada mano, adornada de tantos anillos como dedos, caía sobre la cabeza y el cuerpo se vencía a un lado y rodaba los cuatro escalones del estrado. Sin ruido, excepto las carcajadas de los presentes. Se quedaba allí encogido, agazapado hasta que podía alzar los ojos, encajarse el gorro de cascabeles y levantarse.
Y se volvía a oír su voz nasal, aguda, desafiante, capaz de llegar a oídos muy lejanos. Entonces, el príncipe Huszar se reía estrepitosamente de aquellas palabras que había escuchado con disimulada atención. Se proponía no pegarle tan fuerte otras veces.
Enterado de todo, desenmascaraba a nobles y favoritos y desvelaba sus intenciones más secretas. El asesinato pagado, el rapto nocturno, el robo en los almacenes eran descritos en una cuarteta que recitaba delante del mismo aludido. Declamaba con gestos solemnes, sin reír, y a su lado percibía el latido del odio, la palidez que barría las caras espantadas, la sonrisa forzada que desesperadamente intentaba borrar la sorpresa de verse descubierto ante el mismo Huszar. Este parecía no hacer caso del bufón, llevaba sus ojos de unos a otros y cogía al azar la mueca contenida del que así oía la voz de sus más reservados propósitos.
Sabía todo lo que pasaba en la corte, especialmente lo abyecto. Sobre el cuerpo que se retorcía en el suelo, con un puñalito clavado entre los huesos de la espalda, o sobre el que daba alaridos de animal pidiendo un antídoto, la cara burlona del bufón se inclinaba. Los presentes le ahuyentaban, temiendo tal testigo, pero él sabía esquivarse y quedaba allí no para escuchar cómo se apagaba la respiración anhelante, sino los comentarios que provocaba aquella muerte. El estaba enterado de cómo vivían y morían los artesanos, los extranjeros, los siervos...
Llegada la noche, cuando en el palacio las palabras dejaban de ser necesarias y se entornaban los ojos y las puertas, y todos, grandes y pequeños, buscaban el rincón más blando y templado para descansar, Garai salía por la puerta secreta.
Sin ser visto, buscando en las sombras su disfraz, se acercaba a la orilla donde las aguas batían pesadamente. Se encontraba con otros hombres a los que apenas saludaba y el trabajo comenzaba. Con largos palos buscaban en las aguas, exploraban las márgenes de piedra o de barro, los muelles o los remansos donde flotaban detritus. Aquella ciudad era atravesada por un río caudaloso cuyas aguas no sólo fecundaban las huertas cercanas, sino que arrastraban cuanto de malo recogían en su largo trayecto. Todo lo inútil y descompuesto venía a varar en sus orillas o al pie de los puentes que lo cruzaban. Desde allí daban su olor insistente por el que eran conocidos los barrios de las márgenes del gran río y desde las casas más cercanas se oía, no bien entrada la noche, un continuo chapoteo, turbado por algún ruido seco y rápido que rompía las aguas, o una voz pidiendo socorro o las riñas de los rufianes que en las orillas tenían su trabajo asegurado.
Garai era respetado por su cargo en palacio. Su pequeña figura recorría las distintas zonas donde en silencio, sin luz alguna, buscaban en las aguas y se rescataba algún pesado cuerpo, que era palpado y manipulado en la oscuridad.
Y tras varias horas de afanoso trabajo, el bufón regresaba a la puerta escusada, se hundía por ella y pronto yacía en su camastro, a veces con los ojos bien abiertos, insomne, percibiendo la llegada del alba por el ventanuco.
De vez en cuando, Huszar le miraba irónicamente y le preguntaba siempre delante de algunos palaciegos:
—¿Crees tú, Garai, que un cadáver desnudo podrá entrar en el reino de los cielos? ¿No será juzgado escandaloso?
Garai contestaba con voz campanuda:
—No tiene el cuerpo mayor decoro por los ricos vestidos, sino por su pureza y castidad.
O respondía con otra frase ambigua que imperceptiblemente temblaba en los finos matices de su entonación. Porque sabía bien que los espías de Huszar recorrían toda la ciudad, se enteraban de cuanto más secreto había y le informaban de lo más indigno con la mayor complacencia. Temía por sus secretas ganancias, pero un día, a una broma del príncipe, se atrevió a responder:
—¿Y tú sabes que todo gran río arrastra con sus aguas un tesoro del que apartamos los ojos con disgusto?
Huszar quiso entender y se oscureció su mirada.
—Sí, el tesoro que va a parar a tu bolsillo.
—No, gran señor; lo que viene a mis bolsillos es aire y esperanza de que tú los llenes. Hablo de un tesoro...
—El que tú sabes cribar.
—El que después se llevan las aguas, gran príncipe.
Varios nobles presentes escuchaban sin entender nada, pero a Huszar le picó la curiosidad.
—¿Te has hecho mago para convertir la carroña en oro?
—¿Estás enterado por tus secretarios de cuánto cuesta al día alimentar una piara de mil cerdos?
—En verdad, mejor sé lo que cuesta alimentar a una piara de cortesanos...
—Pues yo te ilustraré con una cifra tan alta que te asombrará, aunque no extraña al padre administrador de los conventos de San Luis.
—¿Te lleva tu impiedad a comparar a los santos penitentes con la raza de los cerdos?
—No los menciono a ellos, que buenos manjares comen a nuestras costas, sino a sus hermanitos de vista baja en las grandes porquerizas. Quien les lleve más viandas será bien recibido porque todo es poco para un banquete de cientos de caballeros golosos.
La capacidad de comprensión de Huszar quedó momentáneamente bloqueada e hizo que se distraía hasta dejar pasar un rato y volver los ojos hacia el bufón.
—¿Y piensas tú pescar ese tesoro?
—Yo no, príncipe; eso sólo podría hacerse con una orden real.
Las miradas se encontraron queriendo entender si se trataba de una broma o era un posible negocio.
—Esa orden, ¿qué nueva locura te autorizaría?
—No a mí, sino a hombres diligentes y caritativos que aprovisionasen las piaras de los conventos con grandes cestos de desperdicios.
En aquel momento la luz entró en el cerebro del príncipe. Simuló indiferencia; Garai canturreó, volviéndose a una ventana que daba al río:
La lavandera saca la ropa del agua, la orea en la hierba,
corta en pedazos el lienzo y lo lleva a bendecir.
Luego hizo una cabriola y se alejó porque había observado que los nobles seguían con interés aquella conversación. Pasada una hora, al terminar la cena, se colocó detrás del sillón de Huszar y le murmuró:
—¿Te disgustan las monedas de oro? ¿Eres acaso enemigo de las piezas de media y una corona?
—No las busco, pero si llaman a la puerta... —contestó Huszar.
—Tienes en mí a tu único servidor leal y yo puedo convencerlas para que tomen ese camino. A cambio, sólo darás orden de que la ronda no estorbe mis galanteos nocturnos.
—Cuenta con ello.
Dos días después, cuando el príncipe se acababa de levantar y estaba aún en sus habitaciones, el bufón le mostró en la palma de la mano seis monedas de una corona.
—Estos son, príncipe, los primeros seis granos de esa mazorca de oro que ofrecí desgranar para ti. Tuyas son.
Y se las dio.
—No me importaría que tu saludo fuese éste todas las mañanas, pero no comprendo cómo los cerdos pueden estar conformes.
—Lo están, señor; confiad en mí y en mi diligencia para recoger desperdicios en todos los mercados y ofrecérselos al padre ecónomo de los conventos.
—¿Y ese padre no comprende lo que contienen los cestos?
—La vista más aquilina no percibiría de qué están compuestas esas vituallas que nutrirán a los cerdos, antes de ser vendidos a buen precio a los ejércitos que parten para enfrentarse con los turcos.
Huszar comprobó el peso de las monedas y procuró apartar el pensamiento de cuanto el bufón explicaba. Los días se sucedieron rápidamente y cada mañana unas cuantas monedas venían a alegrar su mirada en aquellos tiempos de desvalorización de las tierras y ruina de la nobleza.
Garai trabajaba todas las noches y regresaba a palacio muy fatigado, pero ahora se encontraba más contento, más seguro y hacía sus ahorros sin sobresaltos, conocido y respetado por todos los judíos que se dedicaban a la venta de ropa vieja, ya fueran jubones apuñalados, calzas con señales de fuego o camisas con forma de sudario. La necesaria ropa que precisa el hombre desde su nacimiento y que tan rápidamente se desgasta y tan escasa viene a ser en invierno, era la fuente de sus ingresos.
Pero un día que Huszar estaba de mal humor alzó la mano sobre Garai, el cual, en vez de encogerse y esperar, le detuvo con un gesto enérgico.
—¡Eh, príncipe, no pegues con esa mano que todas las mañanas me tiendes complacido!
Se quedó estupefacto mirando la figurilla del bufón, que de pronto tomó proporciones colosales. Mientras su cabeza pensaba, mantuvo la boca abierta, y mientras también, sin decir nada, Garai le contemplaba midiendo lo que tardaría en decidirse su suerte. Pero Huszar comprendió que había dado una orden a la ronda, que no podría negar, que había aceptado un dinero que le gustaría seguir recibiendo, que había llegado a un acuerdo con el bufón, y entonces apretó los labios y con la mano que había alzado cogió una copa y lentamente bebió el rico vino de Tokai.