la era de la luna (spanish)
Estábamos sentados a la mesa del gran comedor de la mansión de mi tío, en Long Island. La vajilla de plata resplandecía, y la comida había sido servida con un protocolo al que yo no estaba acostumbrado. Aunque sólo mi tío y yo estábamos en la mesa, aún me sentía incómodo. La tarea de comer sin cometer un imperdonable error en presencia de los criados absorbía toda mi atención.
Era la primera vez que veía a mi tío Enfield Conway. Un hombre alto, muy estirado y severamente vestido de negro. Su rostro, aunque delgado, no había enflaquecido como suele ocurrir a los setenta años. Tenía el cabello casi totalmente blanco pero abundante y lo peinaba con raya a un lado. Sus ojos eran azules y penetrantes; no usaba gafas.
Un chófer de uniforme me había recogido en la estación aquella tarde. El mayordomo envió un camarero, de todo punto innecesario, a mi lujosa habitación. No vi a mi tío hasta que bajó al comedor.
—Supongo, Stephen, que te preguntarás por qué te mandé llamar —empezó sin rodeos cuando los criados hubieron retirado los últimos platos, dejando cigarros y una botella de agua mineral para él.
Asentí. Yo era profesor de historia en una pequeña escuela secundaria de Texas, donde recibí su telegrama. No explicaba nada, era tan sólo una orden de ir a Long Island.
—Sabrás que algunas de mis patentes me han proporcionado considerables beneficios.
Volví a asentir.
—A la vista está.
—Stephen, mi fortuna asciende a más de tres millones y medio. ¿Te gustaría ser mi heredero?
—Pero, señor... no diré que no. Me gustaría mucho.
—Si lo deseas, puedes obtener esa fortuna. Y cincuenta mil anuales mientras yo viva.
Aparté la silla y me puse en pie, excitado. ¡Semejante riqueza era más de lo que me atrevía a soñar! Me eché a temblar.
—Cualquier cosa... —balbucí—. ¡Haré lo que usted me mande para merecerla! Quiero decir...
—Espera —dijo, mirándome con tranquilidad—. Todavía no sabes lo que voy a pedirte. No te comprometas demasiado pronto.
—¿De qué se trata? —pregunté con voz temblorosa.
—Llevo once años, Stephen, trabajando en un laboratorio particular que he instalado aquí. Me he dedicado a construir una máquina. He dedicado a ello toda mi capacidad. Cientos de miles de dólares y los esfuerzos de muchos ingenieros competentes y mecánicos especializados. Ahora la máquina está terminada y ha de ser probada. Los ingenieros que han trabajado conmigo se negaron a hacerlo. Afirman que es muy peligrosa. Y yo soy demasiado viejo para ese intento. Se necesita un joven fuerte, resistente y valeroso. Tú eres joven, Stephen. Pareces bastante fuerte. ¿Puedo suponer que gozas de excelente salud? ¿Estás bien del corazón? Eso es lo principal.
—Supongo que sí —respondí—. Soy entrenador del equipo de rugby, y no hace tantos años jugaba yo mismo en la Universidad.
—¿No tienes responsabilidades familiares?
—Ninguna. Pero... ¿qué máquina es ésa?
—Ven; te la mostraré.
Se incorporó con bastante presteza para un hombre de su edad y me precedió al salir del gran salón. Recorrimos algunas de las espléndidas habitaciones de la gran casa. Salimos al espacioso y bien cuidado parque, silencioso y sereno bajo la luz de la Luna.
Lo seguí sin más palabras. Estaba atolondrado, hecho un caos de pensamientos delirantes. ¡Toda aquella riqueza cuyas muestras me rodeaban iba a ser mía! No me importaban los lujos ni el dinero en sí. Pero la fortuna me permitiría liberarme de la. ingrata labor pedagógica. Libros, viajes. ¡Podría ver con mis propios ojos los escenarios de los momentos estelares de la historia! ¡Organizar expediciones arqueológicas financiadas con mis propios recursos! ¡Excavar con mis propias manos los secretos ocultos bajo las arenas de Egipto, desvelar los seculares enigmas de los montones de escombros que en otro tiempo fueron orgullosas ciudades de Oriente!
Nos acercábamos a una sencilla construcción de chapa galvanizada que parecía un hangar para aviones y brillaba como plata bajo los rayos de la Luna llena.
Sin hablar, tío Enfield sacó una llave del bolsillo y abrió el gran candado que cerraba la puerta. Entró en el local y encendió las luces.
—Entra —dijo—. Aquí la tienes. Te explicaré su funcionamiento lo mejor que pueda.
Crucé el estrecho umbral, y se me escapó una involuntaria exclamación al ver la enorme máquina que descansaba sobre el limpio suelo de cemento.
Dos inmensos discos de cobre, entre los cuales había un cilindro de metal brillante y cromado. Su forma recordaba un poco la de un carrete común de esparadrapo cuando se ha usado un poco del mismo; el cilindro brillante, cuyo diámetro era menor que el de los discos, representaría en ese caso el rollo de esparadrapo.
Uno de los macizos discos, de unos seis metros de diámetro, descansaba directamente en el suelo. El cilindro intermedio era de cinco metros de diámetro por dos y medio de altura. El disco de cobre superior era de las mismas dimensiones que el que servía de base.
Unos ojos de buey se abrían en las planchas roblonadas que formaban el cuerpo del cilindro. Se me ocurrió que parecía una casa, una vivienda circular de brillantes paredes metálicas, con el suelo y el techo de cobre.
Mi tío se acercó al lado opuesto de la sorprendente máquina. Accionó un tirador, y una compuerta ovalada de un metro veinte de altura se abrió hacia dentro en la pared. Tenia diez centímetros de espesor y era de chapa gruesa de acero. Encajaba herméticamente en su marco provisto de gruesa guarnición de goma.
Mi tío entró en la cabina a oscuras, y le seguí con creciente asombro y emoción. Me acerqué, tanteando a ciegas en la oscuridad. Luego oí un interruptor y la luz inundó aquella cabina circular.
Miré a mi alrededor asombrado.
Las paredes, el suelo y el techo estaban acolchados con una fibra suave y blanca. El pequeño recinto aparecía atestado de aparatos. Asegurada con bridas a la pared, se veía una hilera de esas largas botellas de acero en que se envasa el oxígeno comercial. Al otro lado había un grupo de acumuladores. La pared estaba cubierta, además, de instrumentos adecuadamente dispuestos. Sextantes, brújulas, manómetros y otros aparatos cuya utilidad no entendí de momento. También había utensilios de cocina, una pistola automática, cámaras, telescopios y prismáticos.
En medio de la cabina aparecía una mesa o consola llena de interruptores, cuadrantes y palancas de maniobra. Un grueso cable, de aluminio al parecer, iba desde ella hasta el techo.
Miraba a mi alrededor, extrañado.
—No entiendo nada... —murmuré.
—Naturalmente —dijo mi tío—. Se trata de un invento verdaderamente revolucionario. Ni siquiera los ingenieros que la han construido comprenden plenamente su funcionamiento; por mi parte, confieso que no domino del todo la teoría. Sin embargo, lo ocurrido fue bien sencillo. Hace once años descubrí un nuevo fenómeno. Había conectado dos láminas de cobre paralelas, cuya distancia guardaba una determinada relación con la suma de sus masas, a una corriente de alta tensión y de cierta frecuencia. Por alguna razón que no pretendo haber dilucidado, las láminas quedaron aisladas del campo de gravitación terrestre. Estaban sustraídas a la acción de la gravedad. Tal efecto se extendía a todo objeto colocado entre ellas. Mediante una ligera modificación en la intensidad de la corriente, pude aumentar la repulsión hasta que las láminas ascendieron con una fuerza aproximadamente igual a su propio peso. Mis esfuerzos por descubrir la causa de este fenómeno, que en mis notas he denominado Efecto Conway, no han tenido éxito. Pero he construido esta máquina que representa su aplicación práctica. Ahora que está terminada, los cuatro ingenieros que contribuyeron a construirla me han abandonado. Se negaron a realizar ningún ensayo con ella.
—¿Por qué? —inquirí.
—Muller, el encargado de su construcción, ha planteado la hipótesis de que la suspensión o inversión de la gravedad era debida a un desplazamiento en una cuarta dimensión. Afirmó que tenía pruebas experimentales de esta hipótesis. Había construido modelos a escala reducida de la máquina. Al ponerlos en funcionamiento, se desvanecieron. No le hice caso. Pero, al parecer, los demás aceptan sus ideas. Sea como fuese, se han negado también a participar en los ensayos. Temían desaparecer como dice Muller que desaparecieron sus modelos, y no poder regresar.
—¿Se supone que esto debe elevarse sobre el suelo? —pregunté.
—En efecto —sonrió mi tío—. Basta neutralizar la fuerza de la gravedad para que la máquina se aleje de la Tierra siguiendo la tangente en el sentido de la rotación diurna. La velocidad inicial, que en estas latitudes equivale a bastante menos de mil seiscientos kilómetros por hora, puede aumentarse a voluntad invirtiendo el efecto gravitatorio para alejarse de la Tierra.
—¡Alejarse de la Tierra! —me espanté—. ¿Y dónde caerá?
—Esta máquina ha sido construida para un viaje a la Luna. Al comienzo del viaje, basta con neutralizar la gravedad, dejando que la máquina vuele en tangente hacia el punto de intersección con la órbita de la Luna. Una vez abandonada la atmósfera, puede utilizarse la repulsión para ganar aceleración. Al entrar en el campo de gravitación lunar, puede emplearse la gravedad positiva para aumentar la velocidad aún más, y luego invertir para disminuir la velocidad y realizar un alunizaje seguro. El regreso se realizará de modo análogo.
No supe qué contestar. Un viaje a la Luna parecía algo irracional, una locura. Sobre todo, para un historiador poco familiarizado con los hechos científicos. Y debía ser peligroso si los ingenieros... Pero tres millones... ¿Qué peligros no arrostraría uno a cambio de semejante fortuna?
—Se han tomado medidas para garantizar la seguridad y comodidad del pasajero —prosiguió—. Las paredes están aisladas con una capa de fibra estudiada para protegerlo del frío del espacio y de la radiación solar. La armadura de acero no sólo puede resistir la presión necesaria en el interior de la cabina, sino también el choque de cualquier meteorito. Ya has visto los cilindros de oxígeno, que proporcionan ese elemento esencial del aire, purificado además por medio de aparatos automáticos. La sosa cáustica absorbe el anhídrido carbónico, y unos tubos refrigeradores condensan el exceso de humedad. Las baterías, además de alimentar las láminas, tienen capacidad sobrada para suministrar luz, así como calor para cocinar. Con esto queda suficientemente explicada la máquina, me parece, lo mismo que el viaje proyectado. Dejo en tus manos la decisión. Tienes todo el tiempo que quieras para pensarlo, y no dejes de preguntarme lo que desees saber.
Se sentó con cierta solemnidad en el sillón acolchado situado frente a la consola central, evidentemente destinada al piloto de la máquina, y me contempló atentamente con sus serenos ojos azules.
Yo estaba terriblemente agitado. Las rodillas me temblaban y hubiera deseado sentarme, pero preferí pasear de arriba abajo, pisando el suelo de fibra blanca endurecida.
¡Tres millones! ¡Significarían tanto! Libros, revistas, mapas... ya no tendría que economizar. Años en el extranjero, o toda la vida si así lo prefería. Las tumbas de Egipto. Las ciudades enterradas bajo la arena del desierto de Gobi. Mi teoría de que los orígenes de la humanidad estaban en Sudáfrica. Todos esos enigmas que siempre había deseado estudiar. ¡Stonehenge! ¡Angkor! ¡La isla de Pascua!
Pero la empresa parecía una locura. ¡Un viaje a la Luna, en una nave condenada por los mismos ingenieros que la habían construido! Verse despedido de la Tierra a velocidades desconocidas para el hombre. Arrostrar los peligros ignotos del espacio. Peligros que nadie
podía prever. Meteoritos viajando a tremendas velocidades. Los rayos cósmicos que todo lo penetran. El calor insoportable del Sol. El cero absoluto. Excepto algunas especulaciones y teorías, ¿qué sabían los hombres acerca del espacio? Yo no era astrónomo; ¿cómo haría frente a los imprevistos que pudieran surgir?
—¿Cuánto tiempo llevaría? —pregunté de improviso.
Mi tío esbozó una sonrisa.
—Celebro que lo tomes en serio —dijo—. Naturalmente, la duración del viaje depende de la velocidad admisible. Un cálculo prudente sugiere una semana para la ida y otra para la vuelta. Y tal vez dos o tres días en la Luna. Para tomar notas. Sacar fotografías. Si es posible desplazarse por allí, descender a varios lugares diferentes. Hay oxígeno y provisiones para vivir seis meses, pero una quincena será suficiente. Repasaremos juntos los programas y los cálculos.
—¿Podré salir de la máquina en la Luna?
—No; carece de atmósfera. Además, de día es demasiado calurosa y de noche demasiado fría. Claro que podríamos fabricar un traje aislante y una máscara de oxígeno. Algo semejante a un traje de buzo. Pero no tengo nada preparado. Lo único que debes hacer
es tomar algunas fotos y disponerte a describir lo que hayas visto.
Seguí dando pasos sobre el suelo de fibra, deteniéndome a veces para contemplar algún aparato. ¿Qué experimentaría, me pregunté, al verme encerrado allí? Flotando en el espacio. Lejos de mi mundo natal. Solo. En silencio. Sepultado. ¿No enloquecería?
Mi tío se puso en pie con súbita decisión.
—Consúltalo con la almohada, Stephen —aconsejó—. Mañana por la mañana veremos. O, si lo prefieres, dentro de unos días.
Apagó el alumbrado de la máquina y me condujo a la salida del cobertizo. La brillante luz de la Luna bañaba el extenso y magnífico parque, así como la casona. Ambas cosas estaban incluidas en el premio de aquella loca aventura.
Mientras ponía el candado al cobertizo, contemplé la Luna.
Un disco ancho y brillante. Plateado, moteado. Su esplendor argénteo eclipsaba las estrellas. Y de repente me invadió... el deseo de penetrar el enigmático misterio de aquel mundo compañero que ha suscitado la curiosidad de los hombres desde los orígenes de la especie.
¡Qué aventura! Ser el primer humano que pise ese planeta plateado. Ser el primero que resuelva sus enigmas seculares. ¿A qué pensar en Angkor, Stonehenge, Luxor o Karnak, cuando podría desvelar los secretos de la Luna?
Aunque arriesgaba la vida, ¿qué importaba, en comparación con la magnitud de la aventura? Muchos hombres se jugarían gustosamente la vida por esa oportunidad.
Me sentí fuerte. Olvidé toda vacilación. Todos los temores y dudas. Pocos segundos antes me había sentido tembloroso y había deseado sentarme. Ahora me embargaba una enorme energía, un júbilo extraordinario. Me volví, entusiasmado, hacia mi tío.
—Regresemos —dije—. Enséñeme todo lo que pueda esta noche. Iré.
Él me estrechó la mano con fuerza, sin decir nada, y entramos de nuevo en el hangar.
2
Hacia la Luna
Todo empezó dos semanas después de aquella decisión. Mi tío estaba un poco asustado e intentó persuadirme para que aplazase mi partida, arguyendo la necesidad de perfeccionar algunos detalles. Creo que me había tomado aprecio, pese a su comportamiento, decidido y autoritario. Debió preocuparle la opinión de los ingenieros, que estimaban muy improbable mi regreso.
Pero yo no veía motivos para posponer el viaje. El manejo de la máquina era sencillo y me había sido explicado con todo género de detalles.
Al accionar una palanca, la corriente de las baterías era enviada a las bobinas, que la elevaban al potencial necesario para activar los discos de cobre. Y un gran reóstato controlaba la potencia, desde una ligera reducción de la gravedad hasta la inversión completa.
Los aparatos auxiliares, que controlaban la temperatura y la composición de la atmósfera, funcionaban casi automáticamente, y no requerían mi limitada capacidad mecánica. Estaba seguro de que podría realizar cualquier corrección o ajuste que fuera necesario.
Tenía ganas de lanzarme a la aventura. No lo dudé ni por un instante, una vez tomada mi decisión. No pensaba sino en alejarme de la Tierra, en ver escenas que habían estado siempre vedadas a los ojos humanos, en pisar el mundo que siempre ha sido el símbolo de lo inalcanzable.
Mi tío hizo regresar a uno de los ingenieros, un joven de rostro cetrino llamado Gorton. El segundo día revisamos de nuevo la máquina para completar las enseñanzas de mi tío y familiarizarme con todos los mandos. Antes de irse, me lanzó una advertencia:
—Si es tan idiota como para meterse en ese maldito trasto y ponerlo en marcha, jamás regresará. Muller lo dijo. Y lo demostró. Cuando las baterías y las bobinas se instalan fuera del campo de fuerza existente entre las láminas, éstas actúan según lo previsto y se elevan en el aire. Pero Muller hizo modelos autónomos. Con la batería y todo lo demás en el interior. Y no se elevaron. ¡Se fueron, desaparecieron! ¡Ni más ni menos! —chasqueó los dedos—. Muller dijo que esas cosas se movían en otra dimensión, fuera de nuestro mundo. Y sabía lo que decía. Se fueron al infierno. A otra dimensión. Se ha metido usted en un lío del que no podrá salir.
Le di las gracias al hombre. Pero sus advertencias sólo sirvieron para aumentar mi impaciencia. Estaba a punto de rasgar el velo de lo desconocido. Si descubría nuevos mundos, poco importaba que fuese por error. ¿No encerrarían descubrimientos más interesantes que los yermos de la Luna? Podría convertirme en un nuevo Colón, un Balboa más grandioso.
Dormí unas horas por la tarde, cuando se hubo ido Gorton. No me sentía cansado, pero mi tío insistió en que lo hiciera, y me quedé profundamente dormido tan pronto como me acosté.
Al anochecer regresamos al cobertizo de la máquina. Mi tío puso en marcha un motor y el techo se abrió en dos hojas enormes, mediante poleas y cables. La rojiza claridad del cielo vespertino iluminó la máquina.
Hicimos una revisión final de todos los aparatos. Mi tío volvió a explicarme los mapas e instrumentos que debía utilizar para navegar por el espacio. Por último me interrogó durante una hora, haciéndome explicar las diversas partes de la máquina y corrigiendo hasta el menor error.
Hasta cerca de medianoche no emprendería viaje.
Regresamos a la casa, donde nos esperaba una excelente cena. Comí distraídamente, sin reparar apenas en los criados que me habían intimidado tanto el primer día. Mi tío tenía ganas de hacer conversación. Habló de su vida e hizo muchas preguntas sobre la mía y sobre mi padre, pues no se habían visto desde que ambos eran muchachos. Pero yo estaba pensando en la aventura que me esperaba y sólo respondía con monosílabos. Como no ignoraba que se había encariñado conmigo, no me sorprendió al rogarme, una vez más, que aplazase la partida.
Finalmente regresamos al hangar. Había salido la Luna, iluminando la reluciente máquina a través del techo abierto. Contemplé el disco luminoso. ¿Era verosímil que yo pudiera contemplar la Tierra desde allí, sólo una semana más tarde? ¡Parecía cosa de locos! ¡Pero de una locura sublime!
Abrí sin vacilar la escotilla. Mi tío me estrechó por última vez la mano. Había lágrimas en sus ojos y tenía la voz algo ronca.
—Hasta la vuelta, Stephen.
Hice girar la compuerta sobre sus macizos goznes, y atornillé el cierre estanco. Una última ojeada en tomo a la blanca pared de la máquina. Todo en orden. El cronómetro de la pared desgranó los segundos, hasta que llegó el momento.
El rostro angustiado de mi tío se apretaba contra una de las ventanas circulares. Le sonreí. Saludé con la mano. Su mano se agitó ante la ventana. Abandonó el hangar.
Me dejé caer en el gran sillón, junto a la consola, y cogí la palanca. Con la mano sobre ella, dudé una fracción de segundo. ¿Faltaba algo? ¿Qué había olvidado? ¿Me reclamaba alguien en la Tierra?
¿No estaba dispuesto a morir si fuese necesario?
El zumbido de las bobinas situadas bajo la consola respondió intenso y grave a la acción de mi mano. Tomé luego el cursor del reóstato y lo puse en el cero de su escala, neutralizando totalmente la fuerza de la gravedad.
Sentí exactamente como si alguien me hubiera quitado de debajo el sillón y el suelo. Fue como la sensación que uno experimenta cuando el ascensor inicia el descenso de manera inesperada. Estuve a punto de salir despedido del sillón. Tuve que sujetarme de sus
brazos para permanecer en mi puesto.
Durante un rato sufrí vértigo y náuseas. La abarrotada cabina blanca parecía girar alrededor de mí, caer infinitamente debajo de mí. Enfermo, desvalido y triste, me aferré débilmente al sillón. Caí... caí... caí. ¿No iba a llegar nunca al fondo?
Al fin, comprendí que la causa de aquellas sensaciones era, simplemente, la falta de gravedad. ¡La máquina funcionaba! Aquello barrió de mi mente los últimos asomos de duda. Me embargó una inexplicable alegría.
Volaba lejos de la Tierra. Volaba.
Tal idea pareció alterar como por ensalmo mis sentidos. La náusea espantosa y el mareo fueron desplazados por una oleada de regocijo. De ligereza. Me invadía una sensación de poder y bienestar que nunca había experimentado.
Me levanté del sillón y floté, en vez de caminar, hacia una de las ventanillas.
Ya estaba a una altura considerable. Tan alto, que la Tierra se presentaba a mis ojos como una planicie oscura y nebulosa bajo la claridad lunar. Vi muchas luces; hacia el oeste, el cielo en brasas sobre Nueva York. Pero ya no me fue posible distinguir las luces de la mansión de mi tío.
La máquina se había elevado a través del tejado abierto del cobertizo. ¡Volaba, conforme había previsto la teoría! Mi aventura empezaba bien.
Mientras miraba, la Tierra iba alejándose visiblemente. Se convirtió en un gran cuenco cóncavo de plata empañada. La extensión abarcada se dilató al paso de los minutos. Y repentinamente, adoptó forma convexa. Una inmensa esfera oscura bañada por una pálida luz gris.
Una hora después, cuando los instrumentos me indicaron que me encontraba más allá de la menor traza de atmósfera, regresé a la consola y aumenté la energía, poniendo el cursor del reostato en el último contacto. Miré los mapas y el cronómetro. Según los cálculos de mi tío, debía navegar cuatro horas con esa aceleración antes de reajustar los mandos.
Regresé a la ventanilla y observé con espanto la Tierra, que acababa de ver como inmensa esfera gris plata inmóvil.
¡Giraba locamente, en sentido invertido!
Los continentes parecían huir debajo de mí. A la altura a que me hallaba, podía ver gran parte del globo. Asia, Norteamérica, Europa, nuevamente Asia. Pasaban en cuestión de segundos.
¡Era de locura! La Tierra giraba en pocos instantes, y no en veinticuatro horas como hubiera sido normal. ¡Y lo hacía en sentido contrario! No era posible dudar de lo que veían mis ojos. Mientras miraba, el planeta pareció girar aún más rápido. ¡Cada vez más rápido! Los contornos de los continentes se difuminaron en vertiginosa confusión.
Aparté los ojos de la Tierra enloquecida, espantado. El firmamento era muy negro. ¡Y las estrellas circulaban por él, con movimientos visibles!
Entonces me fijé en el Sol, que corría por el espacio como un corneta llameante. Al instante desapareció de mi campo visual y se desvaneció. Volvió a aparecer. Desapareció de nuevo. Su movimiento era cada vez más rápido.
¿Qué podía significar aquella revolución aparente del Sol por el cielo? Recordé que eran, en realidad, la Tierra y la Luna las que giraban alrededor del astro. Por consiguiente, ¡había pasado un año! Pero, ¿cómo podían transcurrir años en un lapso de tiempo que, según mi cronómetro, era de segundos?
Otra cosa extraña. Logré identificar las constelaciones del Zodíaco, que el Sol iba recorriendo a toda velocidad. ¡Pero lo hacía en orden invertido! ¡Del mismo modo que la Tierra giraba hacia atrás!
Pasé a otra ventanilla y busqué la Luna, mi objetivo. Flotaba inmóvil entre las estrellas enloquecidas. Pero en su luz había una oscilación mucho más rápida que el fulgurante paso del Sol a través de los cielos enrojecidos. Me sorprendió, y luego comprendí que estaba viendo crecer y menguar la Luna al ritmo velocísimo de sus fases. Los meses se atropellaban con tal rapidez, que pronto la oscilación se convirtió en una mancha luminosa gris.
El paso relampagueante del Sol se hizo más rápido. Hasta que no fue sino un cinturón de llamas en un cielo desconocido, donde las estrellas se movían y bailaban como seres vivos.
¡Un universo enloquecido! ¡Soles y planetas que rodaban desvalidos al azar de una tormenta cósmica! ¡La máquina desde donde miraba era el único lugar sensato en un mundo desbocado!
Entonces mi razón acudió a socorrerme.
La Tierra, la Luna, el Sol y las estrellas no podían haber enloquecido. ¡El problema era mío! Mis sentidos habían cambiado... La máquina...
Lo pensé, despacio, hasta asegurarme de que había comprendido la verdad.
El tiempo, el tiempo real, se mide por los movimientos de los cuerpos celestes. Un día es el tiempo que tarda la Tierra en girar una vez sobre su eje. Un año, el período de su revolución alrededor del Sol.
Esos intervalos se habían acortado tanto, según mis sentidos, que era imposible distinguirlos. Así, pues, ¡los años innumerables discurrían hacia atrás mientras yo flotaba en el espacio, aparentemente inmóvil!
¡Increíble! Pero la conclusión era insoslayable.
Y el movimiento aparente de la Tierra y el Sol se producía en sentido inverso.
Ello significaba que estaba retrocediendo a través de las edades. ¡Sólo el pensarlo me daba escalofríos! Avanzaba a una velocidad incalculable hacia el pasado.
Recordé algunos artículos de revistas sobre la naturaleza del espacio y el tiempo, que antaño había leído distraídamente. Una conferencia. Había sentido alguna curiosidad hacia el tema, aunque mis conocimientos no pasaban de ser los de un aficionado.
El conferenciante había definido nuestro universo en términos de espacio-tiempo. Un continuum de cuatro dimensiones. Había dicho que el tiempo era la cuarta dimensión. Una dimensión tan verdadera como las tres que forman lo que denominamos espacio, y no bien diferenciada de éstas. Una dirección por donde el movimiento podía llevar hacia el pasado o hacia el futuro.
Había afirmado que todo recuerdo es un tanteo a lo largo de esta dimensión, perpendicularmente a las otras tres del espacio. Los sueños, los recuerdos vividos, insistió, trasladan la conciencia a lo largo de esta dimensión hacia la realidad pasada, hasta que el cuerpo, arrastrado implacablemente por la corriente del tiempo, vuelve a adelantarla.
Entonces recordé que los ingenieros de mi tío se habían negado a probar la máquina. Recordé la advertencia de Gorton. Según ellos, Muller había afirmado que la máquina se movería por una cuarta dimensión, fuera de nuestro mundo. Había construido modelos a escala reducida, y éstos desaparecieron tan pronto como fueron puestos en marcha.
Comprendí que Muller tenía razón. Sus modelos habían desaparecido porque fueron trasladados al pasado. Habían dejado de existir en el tiempo presente.
Ahora yo me movía en esa cuarta dimensión. La dimensión temporal. Y a gran velocidad, pues los años pasaban tan rápidos que no podía contarlos.
Se me ocurrió que la inversión de la gravedad debía ser un efecto secundario de aquel cambio de sentido en el tiempo. Pero no soy científico, y no puedo explicar el «Efecto Conway» mejor que mi tío, pese a todas las maravillas que ha traído a mi vida.
Al principio fue espantosamente extraño y alucinante.
No obstante, al hallar la explicación de las locas cabriolas de la Tierra, el Sol y la Luna, así como del rápido cambio de las constelaciones, dejé de estar asustado. Pude observar con alguna ecuanimidad el firmamento en ebullición al otro lado de los tragaluces. Me dediqué a estudiar el programa que había preparado mi tío, y reajusté el reóstato cuando el cronómetro indicó el momento previsto.
Luego tuve hambre. Hice unas tostadas en el hornillo eléctrico, corté un buen pedazo del queso que encontré entre las provisiones, abrí un «termo» de chocolate humeante y comí con buen apetito.
El espacio que me rodeaba seguía igual cuando terminé. Las estrellas erraban formando constelaciones desconocidas para mí. El Sol era un ancho cinturón de fuego dorado; el ojo no lograba precisar a qué cadencia iba descontando los años, llama viva que ceñía el firmamento. La gran esfera gris de la Tierra giraba tan rápidamente detrás de mí, que no se distinguía ningún detalle.
Incluso la Luna, flotando delante de mi en el espacio, giraba poco a poco. Ya no volvía hacia mí y hacia la Tierra el hemisferio familiar. Yo había llegado a una época del pasado en que la Luna giraba sobre su eje en menos tiempo del que empleaba en orbitar alrededor de la Tierra. El ritmo de las mareas aún no había detenido totalmente la rotación aparente de la Luna.
Pero si la Luna ya giraba, ¿qué vería al llegar a ella? Puesto que estaba lanzado hacia el pasado, ¿vería océanos cubriendo sus lechos marinos secos? ¿Existiría una atmósfera para suavizar los ásperos perfiles de sus escabrosas montañas? ¿Vería vida y vegetación en sus llanuras? ¿Sería testigo de la juventud renovada de un mundo envejecido?
Parecía fantástico. Pero estaba ocurriendo. La velocidad de rotación aumentó poco a poco mientras yo miraba.
Pasaron horas.
Me vencía el sueño. Los dos días antes de la partida no habían sido de descanso. Había trabajado día y noche para familiarizarme con el manejo de la máquina. La tensión nerviosa era agotadora. Los sorprendentes acontecimientos del viaje me tenían tenso, minaban mis fuerzas.
Según el programa, no era preciso ningún reajuste de los mandos hasta después de varias horas. Revisé los indicadores de composición de la atmósfera en el interior de la cabina. La proporción de oxígeno, la humedad y la temperatura eran satisfactorias. El aire estaba fresco y puro. Di por terminada la inspección, hallándolo todo en orden.
Recliné el respaldo del sillón y me puse cómodo. Dormí bastantes horas, despertando a intervalos para hacer otras rondas de inspección.
Durante las jornadas siguientes me pregunté varias veces si habría modo de regresar. Naturalmente, los modelos de Muller no transportaban ningún piloto para invertir los mandos y regresar a través del tiempo al punto de partida. ¿Era posible invertir el sentido del viaje temporal? Si seguía las instrucciones del programa para el vuelo de regreso, ¿avanzaría a través de las eras hasta llegar a mi época?
Mis reflexiones no me aportaron ninguna conclusión. Estaba viviendo una experiencia sensacional y única. Una aventura gloriosa. Ningún precio era excesivo en ese caso, ni siquiera a cambio de la muerte.
Cuando descubrí que estaba viajando, en realidad, a través del tiempo, ni por un momento se me ocurrió tratar de regresar a la Tierra. Y, aunque hubiera querido hacerlo, no poseía suficiente dominio de la máquina como para realizarlo. Tenía que atenerme al plan de vuelo, y no habría sabido improvisar el regreso desde un punto intermedio. No sabía cómo viajar en dirección Tierra, a no ser aprovechando la gravedad inversa de la Luna.
Mi viaje duró seis días, según el cronómetro.
Mucho antes de llegar, la Luna giraba ya muy rápidamente. Su contorno aparecía nebuloso, por lo que deduje la existencia de atmósfera.
Seguí mis instrucciones hasta hallarme en las capas superiores de aquella atmósfera. La superficie de la Luna giraba con gran rapidez debajo de mí y la atmósfera también, arrastrada por la rápida rotación del satélite. Fuertes vientos azotaban la máquina.
Permanecí flotando en la atmósfera, con sólo la potencia necesaria para equilibrar la relativamente débil gravedad lunar, dejando que me arrastrase el vendaval arrollador. La superficie vagamente entrevista fue deteniéndose hasta quedar inmóvil debajo de mí.
Descendí poco a poco, mediante una nueva reducción de la energía, y miré con atención por las ventanillas.
Una empinada cumbre se destacaba, purpúrea, del paisaje. La tomé como punto de mira, aumentando un poco la energía. Por último, descendí sobre una meseta estrecha e irregular, cerca de la cumbre, que parecía cubierta por un suave musgo color escarlata.
Corté poco a poco la alimentación. Con una imperceptible sacudida, la máquina se posó en el musgo.
¡Estaba en la Luna! ¡Era el primer individuo de mi especie que pisaba otro planeta! ¿Qué aventuras me esperaban?
3
Cuando la Luna era joven
Desconecté el fluido y corrí a una ventanilla. Pendiente de la maniobra de llegada, no había tenido tiempo de observar lo que me rodeaba. Entonces miré ansiosamente.
El paisaje lunar era el espectáculo más extraño que hombre alguno haya presenciado.
La máquina se había posado sobre un espeso musgo verde que parecía tan suave como una alfombra persa. Tenía treinta centímetros de espesor. Fibras de color verde oscuro apretadamente entrelazadas. Cubría como una alfombra ininterrumpida la meseta en declive donde me había posado, llegando casi hasta las estribaciones de la cumbre, al norte.
Hacia el sur y el oeste se abría un gran valle con varios kilómetros de terreno despejado. Más allá se alzaba una cordillera verde con escabrosas cumbres desnudas y negras. Un ancho río, cuyas aguas lanzaban blancos reflejos, discurría por el valle del noroeste al sur. Por tanto, debía existir un océano en esa dirección.
Una vegetación extraña cubría las tierras bajas, a diferencia del musgo verde de las montañas. Masas verdes. Setos amarillos flanqueando el ancho y sereno río. Densos bosques de plantas gigantescas, exóticas, de grotescas formas. Eran más exuberantes y talludas que la vegetación de las selvas terrestres, por ser mucho mas débil la gravedad que se oponía a su crecimiento.
El cielo también presentaba un aspecto desconocido.
Más oscuro que el de la Tierra, debido tal vez a una menor densidad de la atmósfera. De un azul oscuro intenso, puro. Un azul que era casi violeta. Ninguna nube perturbaba su líquido esplendor cobalto.
El sol lucía al este de aquel glorioso firmamento. Era más grande que el que yo conocía. Más blanco. Una esfera celeste de puro fuego blanco.
Muy bajo, al oeste, se veía un disco sorprendente. Un inmenso balón blanco, un globo de luz lechosa. Su diámetro era varias veces mayor que el del Sol. Lo observé. ¡Y comprendí que era la Tierra! La Tierra, tan joven como Venus en mi época. Y, como Venus, completamente envuelta en blancas nubes. ¿Estarían aún candentes las rocas debajo de aquellas nubes?, me pregunté. ¿O habría nacido ya la vida... la vida de mis más lejanos antepasados?
¿Volvería a ver mi Tierra natal en aquel planeta fulgurante y cubierto de nubes? Cuando quisiera regresar, ¿me transportaría al futuro la máquina? ¿O me arrojaría aún más lejos en el pasado, precipitándome en las llamas de un mundo recién nacido?
Decidí apartar tal pregunta de mi cabeza. Ante mí tenía un mundo nuevo. Un globo desconocido, inexplorado. ¿A qué preocuparse por el regreso al viejo?
Volví la mirada al extenso valle, a las orillas del ancho río, a la majestuosa y verde cordillera. Masas doradas parecían las lejanas arboledas amarillas. Manchas verdes que suponía prados de césped. Extraños y misteriosos roquedales negros.
Vi cosas que se movían. Pequeños objetos brillantes que subían y bajaban en vuelo por el aire. ¿Pájaros? ¿Insectos gigantescos? ¿O seres aún más extraños?
Entonces vi los globos. Globos cautivos que flotaban sobre la selva, en el valle. Al principio sólo distinguí dos, el uno junto al otro, meciéndose lentamente. Más lejos, otros tres. Y luego docenas, veintenas de ellos esparcidos por todo el valle.
Forcé la vista para verlos mejor. ¿Había, pues, seres inteligentes capaces de inventar globos? Pero ¿qué utilidad podían tener, colgados a centenares sobre las selvas?
Recordé que a mis espaldas, en un estante, había unos excelentes prismáticos. Los cogí y enfoqué apresuradamente. Gracias a la óptica, la extraña selva se había acercado un paso de gigante.
Indudablemente, aquellas cosas eran globos. Inmensas esferas de color púrpura, que brillaban con intensidad a la luz del Sol. Anclados con largos cables rojos. Calculé que algunos tendrían nueve metros de diámetro. Otros eran mucho más pequeños. Pero no logré ver las barquillas. Aunque me pareció distinguir pequeñas masas oscuras en la parte inferior, por donde estaban atadas las cuerdas rojas.
Los dejé para inspeccionar la selva.
Una masa de vegetación amarilla se presentó a mi campo visual. Una densa maraña de delgados tallos amarillos, provistos de terribles hileras de espinas, largas como bayonetas. Parecía un amasijo de afilados dardos amarillos, con los tallos reducidos al mínimo indispensable para la sustentación, por la débil gravedad de la Luna. Un muro de clavos crueles, impenetrable.
Descubrí una mancha verde. Una masa de follaje suave y plumoso. Parecía una especie de enredadera que cubría las rucas y otras especies vegetales, aunque no el espino amarillo. En varios puntos se abrían enormes flores, deslumbradoramente blancas, en forma de campana.
Un objeto volador cruzó el campo de los prismáticos. Parecía una mariposa gigantesca, con las frágiles alas empolvadas de plata.
Luego distinguí un macizo de plantas muy raras. Tallos negros, tersos y erguidos, carentes de hojas y ramas. De ellos, los más altos parecían medir treinta centímetros de diámetro y seis metros de altura. Los coronaba una magnífica flor roja. Observé que no crecía cerca de ellas ninguna otra planta. Había un calvero circular alrededor de ellas. ¿Serian plantas de cultivo?
Pasé horas observando a través de las ventanillas aquel fascinante y asombroso paisaje lunar.
Por último, recordé que mi tío me había encargado tomar fotos. Estuve dos o tres horas atareado con las cámaras. Dispare en todas direcciones a través de objetivos normales y telescópicos. Fotograbe el paisaje con filtros de color. Y rodé películas, desplazando la cámara para realizar tomas panorámicas.
Casi anochecía cuando terminé. Me sorprendió que el día hubiera pasado tan pronto, y cuando miré mi cronómetro descubrí que no iba de acuerdo con la marcha del Sol; deduje que el período de rotación lunar debía ser bastante inferior a veinticuatro horas. Luego supe que era de unas dieciocho horas, divididas en días y noches de duración casi igual.
Se hizo noche cerrada muy poco después del crepúsculo, debido a la relativa pequeñez y a la rápida rotación de la Luna. Las estrellas brillaron, magnificas, a través de aquella atmósfera tan límpida, formando constelaciones totalmente desconocidas para mí.
Poco después, un abundante rocío empañó las ventanillas. Luego descubrí que casi nunca se formaban nubes en aquella atmósfera ligera. Prácticamente, todas las precipitaciones eran en forma de rocío, sorprendentemente abundante, sin embargo. Las minúsculas gotas que caían sobre el vidrio, pronto se convertían en torrentes.
Pocas horas después, una enorme y gloriosa esfera níveamente blanca se elevó por el este. La Tierra. Maravillosa en su tamaño y brillo. Gracias a su albedo plateado, la extraña selva se veía casi tan bien como a la luz del día.
Súbitamente me di cuenta de que estaba cansado y tenía mucho sueño. La angustia y la prolongada tensión nerviosa de la maniobra de llegada me habían agotado. Me eché después de abatir el respaldo del sillón y me quedé dormido en seguida.
El blanco Sol estaba cerca del cénit cuando desperté. Me sentí como nuevo. Muy hambriento. Y consciente de una gran necesidad de ejercicio físico. Acostumbrado a una vida activa, llevaba siete días encerrado en aquella cabina circular. Necesitaba moverme, respirar aire fresco.
¿Podría salir de la máquina?
Mi tío me había dicho que no, dada la falta de atmósfera. Pero, evidentemente, en la Luna joven había aire. ¿Sería respirable?
Ponderé la cuestión. Sabía que la Luna estaba formada de materiales proyectados por la Tierra en proceso de enfriamiento. En consecuencia, ¿por qué no habría de contener su atmósfera los mismos elementos que la de la Tierra?
Decidí intentarlo. Abriría un poco la escotilla para olfatear. La cerraría en seguida si me parecía que algo andaba mal.
Aflojé los tornillos que aseguraban la pesada compuerta e intenté abrirla. Parecía inamovible. Tiré en vano de ella. Miré si me había olvidado un tornillo o pasaba algo con las bisagras. La compuerta no cedió.
Permanecí varios minutos desconcertado. Luego se me ocurrió la explicación. La presión de la atmósfera exterior era mucho menor que la del interior de la máquina. Como la compuerta se abría hacia dentro, la diferencia de presiones la mantenía cerrada.
Encontré la válvula que debía accionar para evitar todo exceso peligroso de oxígeno que pudiera producirse en la cabina, y la abrí. El aire silbó ruidosamente.
Me senté a esperar en el sillón. Al principio, no experimenté síntomas debidos a la disminución de la presión. Luego se inició cierta sensación de ligereza, de euforia. Noté que respiraba más rápido. Me latían las sienes. Durante algunos minutos sentí un dolor sordo en los pulmones.
Pero como la sensación no era demasiado alarmante, mantuve abierta la válvula. El sonido sibilante disminuyó poco a poco, hasta cesar por completo.
Me incorporé para acercarme a la escotilla, sintiendo una dolorosa dificultad respiratoria mientras me movía. Ahora la pesada compuerta se abrió fácilmente. Respiré el aire exterior. Tenía una fragancia extraña, espesa y desconocida, que debía provenir de la vegetación del valle. Me resultó extrañamente estimulante; debía ser más rico en oxígeno que la atmósfera de la máquina.
Abrí del todo la escotilla y respiré hondo.
Al principio pensaba limitarme a pasear un poco por el musgo, cerca de la máquina. Pero luego decidí alejarme hasta el límite inferior de la meseta alfombrada de verde, distante como un kilómetro y medio, y observar las lindes de la selva. ,
Reuní algunos pertrechos. Una cámara portátil, por si veía algo digno de pasar al celuloide. Los prismáticos. Una botella «termo» llena de agua y algunos alimentos, para no tener que regresar en seguida a comer.
Por último descolgué la pistola automática, una Colt 45. Debieron incluirla en la dotación de la máquina a modo de piadoso remedio, por si alguna avería ponía fin a la habitabilidad de la cabina redonda. Sólo había una caja de municiones. Cincuenta cartuchos. Cargué mi arma y me guardé el resto de los cartuchos en el bolsillo.
Recogí los demás objetos, salí por la escotilla y me detuve al borde del disco inferior de cobre para cerrar y asegurar la compuerta.
Luego pisé la Luna.
Con gran sorpresa por mi parte, el musgo espeso y fibroso cedió bajo mis pies. Tropecé y caí sobre su verde suavidad. Al tratar de incorporarme, olvidé la menor atracción de la Luna, volé por el aire y volví a caer sobre el blando musgo.
Al cabo de pocos minutos había aprendido el arte de caminar bajo aquellas nuevas condiciones, lo que me permitía avanzar con cierta confianza, dando grandes saltos, como si calzara botas de siete leguas. La primera vez que ensayé un salto, me remonté seis metros en el aire y gané el doble de esta distancia hacia delante. Creí flotar en el aire durante un tiempo desmesurado, y caí con gran lentitud. Pero no tomaba el suelo con acierto; parecía imposible colocar mis pies correctamente. Caí sobre un hombro y me habría hecho daño, a no ser por el espeso musgo.
Comprendí que mi fuerza en la Luna estaba totalmente desproporcionada con respecto a mi cuerpo. Mis músculos estaban desarrollados para sustentar una masa de ochenta y cinco kilos. Aquí sólo pesaba catorce. Supuse que tardaría cierto tiempo en controlar el esfuerzo para obtener el desplazamiento deseado. En realidad, descubrí que me adaptaba a las nuevas condiciones en un plazo sorprendentemente breve.
Durante algún rato padecí dificultades en la respiración, sobre todo después de un esfuerzo violento. Pero pronto me acostumbré a la menor densidad del aire, lo mismo que a la menor gravedad.
Media hora después llegué al borde de la meseta roja. Una pendiente muy pronunciada daba al lindero de la selva, unos seiscientos metros más abajo. La pendiente estaba alfombrada con las gruesas fibras del musgo verde.
Un escenario fascinante. Cielo claro y cerúleo, oscuro, ricamente azul. El inmenso globo blanco de la Tierra en ocaso, más allá de las montañas verdes. El ancho valle con la caudalosa corriente plateada serpenteando entre bosques dorados y manchas de verde. Los globos púrpura flotando en varios lugares, inmensas esferas meciéndose de los cables rojos que las mantenían ancladas sobre la selva.
Me senté en el musgo, desde donde podía contemplar aquel valle de misterio infinito. Permanecí un rato allí, observando el valle, mientras me comía casi todas las provisiones que había llevado y me bebía media botella de agua.
En ese momento decidí bajar al lindero de la selva.
El sol estaba en el cenit. Por tanto, me quedaba toda la tarde, es decir, cuatro horas y media. Pensé que me sobraba tiempo para bajar por la pendiente hasta el comienzo de la selva y regresar antes de la repentina caída de la noche.
No temía perderme. La resplandeciente estructura de la máquina se veía desde todos los puntos de la meseta. Y la triple cumbre rocosa situada al norte de ésta constituía un punto de referencia que debía verse desde toda la región. No habría dificultades para el regreso.
Tampoco temía ser atacado, aunque no ignoraba que la selva podía ocultar seres hostiles. Me proponía ser cauteloso y no penetrar más allá del lindero. Tenía la automática y estaba seguro de que con ésta poseía un poder de destrucción superior al de cualquier otro
animal del planeta. Por último, en caso de dificultad podría confiar en la fuerza de mis músculos, pues en proporción con mi peso debían ser mucho más poderosos que los de las criaturas nativas.
Era fácil caminar por la pendiente prolongada y cubierta de musgo. Mi agilidad bajo las condiciones de la gravedad lunar mejoraba con la práctica. Descubrí el modo de avanzar mediante saltos cautelosos y medidos que me hacían avanzar seis metros o más cada vez.
Pocos minutos después llegaba al lindero de la selva. No era tan regular como parecía desde arriba. La primera vegetación diferente del musgo que vi fueron macizos de una planta que se parecía al cactus de mi tierra, el Sudoeste americano.
Discos espesos y carnosos se amontonaban unos sobre otros. Pero, no eran verdes, sino de un curioso tono rosado, parecido al color carne. En lugar de espinas tenían pequeñas protuberancias o nudos negros, cuya función no pude adivinar. Las plantas a las que me acerqué primero eran pequeñas y parecían atrofiadas. Más abajo se veían otras de mayor tamaño, que crecían más espaciadas.
Me detuve a observar una. La rodeé con curiosidad. La fotografié desde distintos ángulos. Luego me atreví a tocarla con el pie. Varios módulos negros se rompieron; eran vesículas de paredes delgadas que contenían un líquido negro. Un olor penetrante y sumamente desagradable asaltó mi olfato, por lo que me retiré a toda prisa.
Cien metros más adelante hallé las enredaderas verdes. Los gruesos tallos se enroscaban como serpientes interminables, dando lugar a incontables ramificaciones que terminaban en vaporosos vilanos verdes. En algunos lugares nacían enormes flores blancas, de casi un metro ochenta de diámetro, parecidas a grandes campanas de plata bruñida. De ellas provenía el fuerte perfume que noté al abrir la escotilla de mi máquina.
Las enredaderas formaban una espesura verde ininterrumpida, de bastante profundidad. Habría sido imposible penetrar sin aplastar el delicado follaje. Decidí no avanzar más en aquella dirección. La enredadera podía contar con medios de protección análogos a los sacos malolientes de las plantas carnosas de arriba. O dar cobijo a seres peligrosos, como las serpientes de la Tierra que viven ocultas en la espesura vegetal.
Anduve cierta distancia bordeando la maraña de enredaderas. De vez en cuando me detenía para tomar fotografías. Me acerqué a un matorral o monte bajo amarillo. Era un seto vivo de tallos, con un grosor de tres centímetros, y provistos de unas espinas largas como puñales a intervalos de pocos centímetros. Calcule que la masa de espino tendría unos treinta metros de altura. Era tan espesa, que a una rata le habría resultado difícil colarse en ella sin quedar espetada en una de aquellas espinas, afiladas como agujas.
Luego me detuve a contemplar uno de los globos púrpura que parecía bambolearse hacia mí, largando el cable rojo que lo anclaba en la selva. Era muy extraña aquella gigantesca esfera púrpura largando el delgado cable escarlata que la sujetaba. Parecía una cosa viviente, pensé.
Lo fotografié varias veces, pero como aún estaba lejos me figuré que ninguna de las fotos sería satisfactoria. Parecía acercarse a mí, empujado tal vez por una brisa que no llegaba al suelo. Pensé que pronto estaría lo bastante cerca para tomar una buena foto.
3
La amenaza del globo
Lo estudié de cerca, tratando de averiguar si llevaba piloto u ocupante racional. Pero no pude distinguir nada. Sin duda, no había barquilla. Pero numerosas palancas o brazos negros sobresalían de su parte inferior para maniobrar los cables.
Estuve cerca de una hora observándolo. Durante ese tiempo se acercó bastante, hasta que, en realidad, quedó casi directamente sobre mí, a una altura de pocas decenas de metros. El cable rojo colgaba sobre la selva. Parecía estar suelto, flojo.
Finalmente logré una foto que me pareció satisfactoria. Decidí continuar y observar de cerca la maraña de matorral amarillo de espino.
Me había olvidado del globo púrpura y empezaba a alejarme, cuando atacó.
Fui golpeado por un cable rojo.
Cuando me di cuenta, ya lo tenía alrededor de mis hombros. Su extremo, más pesado, se enroscó varias veces alrededor de mi cuerpo, envolviéndome en espirales pegajosas.
Era como de un centímetro y medio de diámetro, y estaba constituido por un gran número de fibras de color rojo, aglutinadas por el adhesivo que las recubría. Recuerdo con toda claridad su aspecto e incluso el olor fétido, penetrante y desagradable que emitía.
Seis espiras de cable rojo me habían aprisionado antes de que pudiera reaccionar. Se puso en tensión de repente, arrastrándome sobre el musgo rojo donde me hallaba, hacia la selva.
Horrorizado, levanté la mirada y descubrí que el cable había sido lanzado desde el globo púrpura que antes había contemplado. Ahora los brazos negros que había visto se afanaban cobrando cable con rapidez... y yo estaba atrapado en el extremo del mismo.
La gran esfera descendió un poco cuando quedé colgado. Pareció dilatarse. Luego, después de arrastrarme hasta tenerme debajo de ella, fui alzado.
Un terror inenarrable se apoderó de mí, y me latía el corazón con violencia. Me sentí dotado de una fuerza terrible. Me retorcí con rabia entre las viscosas ataduras, y luché con la fuerza de la desesperación por romper el cable rojo.
Pero había sido trenzado para sujetar presas espantadas y forcejeantes como yo. No se rompió.
Quedé colgado sobre la selva como un péndulo. ¡Me balanceaba cada vez más rápido! El cable estaba siendo izado. Volví a mirar hacia arriba, y vi un espectáculo que me heló de espanto y estupor.
¡Todo el globo era un ser vivo!
Vi que sus dos ojos negros y terribles, relucientes de maldad, me observaban con sus múltiples facetas. Los miembros negros que había visto eran sus patas, que crecían juntas en la parte inferior de su cuerpo; en aquel momento, izaban frenéticamente el cable que había proyectado, como una araña su hilo, para cogerme. Vi anchas mandíbulas ansiosas, de negros y espantosos quelíceros, chorreando una saliva inmunda. Y un hocico en punta delgada como un estoque, que sin duda debía clavarse para libar los jugos corporales.
La enorme esfera púrpura era un saco muscular de paredes delgadas y debía estar llena de un gas ligero, probablemente hidrógeno, que era producido por el cuerpo de la criatura. Este ser monstruoso flotaba sobre la selva, ajeno a todo peligro, dejándose llevar por el viento o anclado de su rojo pseudópodo, que también le servía para enlazar a su presa y acarrearla, a fin de celebrar su espantoso festín en el aire.
Quedé un instante helado de horror, desvalido ante el espantoso pico aguzado, ante las negras mandíbulas en forma de tenaza.
Luego el miedo me obligó a realizar un esfuerzo sobrehumano. Liberé mis brazos, sacándolos por debajo de las espirales pegajosas. Los levanté sobre mi cabeza, cogí el cable rojo con ambas manos e intenté quebrarlo.
No se partió, pese a mis esfuerzos frenéticos.
Entonces recordé que tenía la pistola en el bolsillo. Si lograba sacarla a tiempo, tal vez pudiera matar el monstruo. Y el gas escaparía poco a poco por el receptáculo perforado, permitiéndome regresar a la superficie. Estaba ya a tal altura, que la caída habría sido peligrosa si hubiera triunfado en mi esfuerzo desesperado por romper el cable que me retenía.
La secreción viscosa del cable se pegó a mis manos. Tuve que acudir a toda mi fuerza para despegarlas. Pero finalmente lo conseguí y busqué mi arma, desesperado.
Una de las espiras rojas rodeaba el bolsillo donde la tenía. Tiré de ella. Tuve que realizar un esfuerzo agotador para moverla hacia arriba. Otra vez tenía los dedos pegados. Me despegué y saqué la automática. Al rozar la cuerda pegajosa se quedó adherida. La separé. quité el seguro con los dedos pegajosos y apunté hacia arriba, sobre mi cabeza.
Aunque sólo habían transcurrido algunos segundos, ya me veía alzado a mitad de camino hacia el espantoso globo viviente. Miré abajo. La altura era espantosa, y además el globo había derivado y flotábamos sobre un matorral de espino amarillo.
Empecé a disparar contra el monstruo. Era difícil apuntar, debido a los tirones que daban los horrorosos miembros negros al cobrar el cable. Tomé la pistola con ambas manos y disparé con sumo cuidado.
El primer disparo no pareció surtir ningún efecto.
Después del segundo oí un grito agudo, ensordecedor. Y vi que uno de los miembros negros colgaba fláccido.
Apunté a los ojos negros de múltiples facetas. Aun sin conocer la anatomía de la criatura, era lógico que sus centros nerviosos más importantes estuvieran cerca de los ojos.
Mi tercer disparo acertó en uno de los ojos. Una gran pompa de jalea transparente reventó de la superficie en facetas y quedó colgando. El monstruo volvió a gritar espantosamente. Los brazos negros trabajaban con celeridad, arrastrándome hacia arriba.
Sentí un tirón violento más poderoso que los demás. En seguida comprendí la causa. Aquel ser había soltado el largo cable de anclaje con que se sujetaba. Subíamos con rapidez. El suelo de la Luna quedaba cada vez más lejos.
Un nuevo disparo pareció no afectarle. Pero al quinto, los miembros negros se contrajeron convulsivamente. Estoy seguro de que la criatura murió casi en seguida. Los miembros dejaron de recoger cable y quedaron inmóviles. Por precaución, disparé los dos cartuchos que quedaban en la pistola.
Aquello fue el comienzo de un delirante viaje aéreo.
Cuando el cable se soltó, el globo se elevó con rapidez. Después de su muerte, el receptáculo muscular pareció relajarse y dilatarse. La ascensión se hizo aún más rápida.
A los pocos minutos me vi a unos tres kilómetros y medio de altura. Abarcaba una gran extensión. La curvatura de la superficie lunar que, naturalmente, es mucho mayor que la de la Tierra, también podía ser apreciada con claridad.
El gran valle aparecía debajo, entre las montañas verdes, moteado de azul y amarillo. El río serpenteaba, ancho y plateado. Vi otros valles, difuminados más allá de las extensiones verdes, y hacia el horizonte curvado aparecían más colinas, borrosas y oscuras debido a la distancia.
La meseta donde había aterrizado parecía un mantel verde, muchos centenares de metros por debajo de mí. Logré distinguir un minúsculo disco brillante: la máquina que tan imprudentemente había abandonado.
Aunque en el suelo había soplado poco viento, ahora me hallaba en un frente que avanzaba con rapidez hacia el noroeste. Fui arrastrado velozmente; el gran valle huía debajo de mí. Al cabo de pocos instantes perdí de vista la máquina. Naturalmente, me desesperé al verme alejado de mi vehículo. Traté de orientarme y tener en cuenta los accidentes del terreno que pasaban por debajo. Afortunadamente, pensé, el viento me arrastraba hacia el valle en lugar de conducirme hacia los precipicios rojos. Podría regresar a la máquina siguiendo el gran río hasta ver la cumbre triple, cerca de donde había dejado la máquina. Pero me embargó el desánimo, al comprender que difícilmente podía atravesar tan gran extensión de la selva desconocida sin que mi ignorancia de sus peligros me llevase a cometer un error fatal.
Se me ocurrió trepar por el cable hasta el cuerpo monstruoso y tratar de rajar el receptáculo púrpura para descender. Pero con eso no lograría sino enredarme aún más en las pegajosas espiras. Deseché la idea, comprendiendo que si caía con demasiada rapidez podría estrellarme en el suelo.
Después de los primeros minutos de viaje, noté que el balón iba quedándose fofo a medida que el gas escapaba del receptáculo muscular agujereado. Cobré nuevas esperanzas y traté de recordar la ruta que debía seguir para regresar a la máquina.
El viento me arrastraba a tal velocidad, que una hora después la triple cumbre había desaparecido detrás del horizonte curvado. Pero como me hallaba sobre el extenso valle, aún podría regresar siguiendo el río. Me pregunté si podría construir una balsa y navegar corriente abajo.
La velocidad del globo disminuía a medida que se acercaba a la superficie. Pero, mientras sobrevolaba la selva, me di cuenta de que la velocidad aún era excesiva.
Mientras colgaba al extremo del cable, desvalido, observé con angustia la selva sobre la cual descendía. Como la primera vez que había visto, estaba plagada de espino amarillo, salvo algunas zonas donde predominaba la exuberante enredadera verde.
Si tenía la desgracia de caer en una mata espinosa, jamás lograría salir con vida. Y tuve presente otro peligro. Aunque tocara el suelo en un espacio despejado, si seguía soplando el viento, me vería arrastrado hacia el matorral puntiagudo antes de poder liberarme del cable.
¿No sería mejor soltarme tan pronto como hubiera descendido lo suficiente, y dejar que el globo continuara sin mí? Aquel parecía ser el único modo de escapar sin verme arrastrado a una trampa mortal. Sabía que podía dejarme caer desde una altura considerable, porque la aceleración de la gravedad lunar es de sólo sesenta centímetros por segundo... siempre que consiguiera caer en terreno despejado.
¿Cómo cortaría la cuerda? No llevaba cuchillo. En mi desesperación, se me ocurrió morderla hasta partirla por la mitad, pero comprendí que sería tan inútil como tratar de partir a mordiscos una soga de cáñamo de Manila.
Pero tenía la pistola. Si la apoyaba contra el cable y disparaba, el tiro lo cortaría.
Otra vez me llevé la mano al bolsillo, evitando la espiral adhesiva, y pude coger dos cartuchos. Aunque se pegaban a mis dedos viscosos, finalmente pude introducir uno en la recámara.
Cuando hube cargado la pistola, vi que sobrevolaba una espesura aparentemente ilimitada de espino amarillo. Colgado del cable, fui arrastrado muy cerca del matorral espinoso mientras caía rápidamente. Al fin logré ver una mancha de grandes enredaderas. Durante un instante abrigué la esperanza de ser arrastrado más allá de los espinos.
De súbito, éstos parecieron saltar hacia mí. Levanté los brazos para cubrirme la cara, aferrando la pistola con desesperación. En seguida fui arrastrado sobre los crueles espinos amarillos. Hacían un ruido seco y detonante al quebrarse bajo mi peso. Mil bayonetas puntiagudas y envenenadas me desgarraron, me acuchillaron, me cortaron.
Era una agonía insoportable. Las espinas afiladas como navajas estaban impregnadas de veneno, y el menor rasguño quemaba como fuego líquido. Muchas de las puntas se clavaron profundamente.
Creo que caí cerca del borde del matorral. Estuve un instante entre los espinos. Luego, una ráfaga de viento empujó el globo y éste se remontó un poco, liberándome. Oscilé como un péndulo. Y volví a caer, más allá del matorral espinoso, en una franja de arena.
Mis heridas sangraban profusamente y sufría dolores insoportables a causa del veneno. Comprendí que no lograría permanecer consciente mucho tiempo más.
Entre tinieblas de agonía, cogí el cable rojo con una mano, apoyé contra él la pistola y apreté el gatillo. El estampido fue ensordecedor, estruendoso. Mi mano derecha, que sostenía el arma, fue empujada hacia atrás por el retroceso, y habría perdido la pistola si no
la hubiera tenido pegada a los dedos. El cable fue golpeado con terrible violencia por el tiro, quebrándome casi la muñeca izquierda.
(Y se partió! Me desprendí y caí, revoleándome sobre la arena.
Permanecí consciente algunos minutos, tendido sobre la arena dura y fría. Recuerdo que en mi agonía pensé vagamente que por primera vez hallaba una zona no invadida por la vegetación.
Las espinas habían hecho jirones mis ropas. Las profundas heridas de mi cuerpo atormentado sangraban copiosamente... y recuerdo qué oscura me pareció la sangre que cala sobre la arena blanca.
Todo mi cuerpo padecía un dolor insoportable, debido al veneno, que ardía como si me hubiera sumergido en un mar de llamas. Sólo mi cara se había salvado de las espinas.
Débil, mareado de dolor, quise ponerme en pie. Pero una vuelta de cable rojo aún me ceñía las piernas. Trastabillé y volví a caer sobre la arena blanca.
Me sumí en la desesperación. Sentí una ira ciega e impotente ante mi estúpida imprudencia, por alejarme de la máquina, ante mi temeridad, por haberme aventurado hasta la selva. Entonces, el olvido acudió a aliviarme...
Me despertó un sonido extraño. Un silbido débil y agudo, agradablemente melodioso. Las notas musicales llegaban con insistencia a mi cerebro y sin duda venían de muy cerca.
Al despertar noté embotados mis sentidos. Mi mente estaba excepcionalmente torpe y lenta. No logré recordar dónde me hallaba. Al principio creí que estaba acostado en la cama de mi vieja habitación, en Midland, y que era el despertador lo que oía. Pero luego me di cuenta de que las fluidas notas cristalinas no podían ser de ningún despertador.
Logré abrir los ojos con gran esfuerzo. ¿Qué era esa pesadilla horrible? Un amasijo de enredaderas verdes, increíblemente abundantes. Una pared de espinas amarillas. Más allá una montaña escarlata y globos púrpura flotando en un exquisito cielo azul.
Traté de incorporarme. Mi cuerpo era un suplicio encendido. Me dejé caer otra vez. Tenía la piel cubierta de sangre seca. Las heridas más profundas me dolían. Y el veneno de las espinas había agarrotado mis músculos, por lo que padecía espantosos dolores al menor
movimiento.
El melodioso silbido había cesado tan pronto como me moví. Luego se oyó de nuevo. Detrás de mí. Intenté volver la cabeza.
Ahora lo recordaba todo. El telegrama de mi tío. El vuelo a través del espacio y del tiempo. Mi expedición hasta el borde de la selva y sus espantosas consecuencias. Aún yacía sobre la arena, debajo del matorral de espino.
Gemí sin darme cuenta, por lo que me dolía el cuerpo agarrotado. El débil gorjeo cesó de nuevo. Y el ser que lo emitía avanzó hasta situarse frente a mí para que pudiera verlo.
Un ser extraño y maravilloso.
Su cuerpo era esbelto, flexible como el de una anguila. Tendría como un metro y medio de longitud y era algo más grueso que mi brazo. Una pelusa o vello suave, dorado y corto lo cubría. Descansaba enroscado en parte sobre la arena, y alzaba la cabeza setenta u ochenta centímetros.
Dicha cabeza era pequeña, no mucho más grande que mi puño. Una boca minúscula, con labios de mujer, llenos y rojos. Ojos grandes, oscuros e inteligentes, de intenso color violeta, casi luminosos. De algún modo, parecían humanos, sin duda porque reflejaban expresiones humanas de curiosidad y compasión.
Excepto la boca roja y los ojos oscuros, la cabeza no tenía rasgos humanos. Estaba cubierta de vello dorado. En la coronilla tenía un penacho o cresta azul brillante. Aunque parezca raro, poseía cierta belleza. Una belleza de proporciones exquisitas, de curvas suaves.
Extraños apéndices, alas o élitros, crecían a los costados del cuerpo esbelto y dorado, exactamente detrás de la cabeza. En ese momento se hallaban alzadas, extendidas como para volar. Eran muy blancas, y formadas por una membrana delgada y suave. Su nívea superficie presentaba una delicada red de venas escarlata.
Aquella criatura no poseía miembros, a excepción de sus alas blancas y membranosas. Un cuerpo esbelto, largo y flexible, cubierto de vello dorado. Cabeza pequeña y delicada, con boca roja y cálidos ojos oscuros, coronada de azul. Y delicadas alas abiertas a los lados.
La contemplé.
No tuve miedo de ella en ningún momento, pese a verme desvalido. Parecía poseer una especie de magnetismo que me infundió una serena confianza. Supe en seguida que no venia sino para bien.
Sus labios se movieron. Y el débil silbido melodioso volvió a salir de ellos. ¿Me hablaba? Dije lo primero que se me ocurrió:
—¡Hola! A propósito, ¿quién eres tú?
5
La Madre
El ser se acercó rápidamente a mí. Su cuerpo dorado, terso y redondo dejó una pequeña huella serpentina sobre la arena. Bajó un poco !a cabeza al tiempo que apoyaba una de las alas blancas sobre mi frente.
La extraña membrana veteada de rojo era suave, pero noté una extraña firmeza a! contacto con mi piel. Parecía despedir calor vital; vibraba de energía, de vida.
Volvieron a oírse los silbidos. Creí notar una vaga respuesta en mi mente, que daba cuerpo a confusos pensamientos. Mientras se repetían una y otra vez los mismos sonidos, en mi mente se formaban preguntas inteligibles.
—¿Qué eres? ¿Cómo llegaste aquí?
Gracias a una especie de telepatía transmitida por la presión del ala sobre mi cabeza, entendí el melodioso mensaje.
Me costó un poco salir de mi asombro para contestar. Respondí despacio, silabeando con la mayor claridad posible:
—Soy nativo de la Tierra. Es el gran globo blanco que puedes ver en el cielo. He venido en una máquina que viaja en el espacio y en el tiempo. Al salir fui capturado y levantado por una de esas cosas púrpuras y flotantes. Rompí la cuerda y he caído aquí. Las espinas han desgarrado mi cuerpo y no puedo moverme.
El desconocido ser volvió a silbar. Una sola nota estremecida. La repitió hasta que se formó el significado en mi mente:
—Comprendo.
—¿Quién eres? —pregunté.
No entendí el significado de la respuesta hasta que la silbaba por tercera vez.
—Soy la Madre. Los Eternos, que destruyeron a mi pueblo, me persiguen. Voy hacia el mar huyendo de ellos.
La tenue música aflautada siguió elevándose, y esta vez me resultó más fácil de entender.
—Parece que tu cuerpo es lento en curar de sus heridas. Tu fuerza mental es débil. ¿Quieres que te ayude?
—Desde luego —respondí—. En lo que puedas...
—No te muevas. Confía en mí. No te resistas. Duerme.
Cuando comprendí el significado de las notas, me tendí en la arena y cerré los ojos.
Noté la presión cálida y vibrante del ala sobre mi frente. Un hálito vital y palpitante parecía pasar de ella a mi. No sentí miedo, pese a ser tan extraña la situación. Aquel ser me inspiraba confianza. Una serena confianza en su poder. Sentí que me ordenaba dormir. No me opuse. Una marea de energía vital me sumergió en el olvido.
Me pareció que sólo había pasado un segundo, aunque transcurrieron sin duda varias horas. Una llamada insistente me sacó de mi sueño.
Estaba lleno de fuerza. Incluso antes de abrir los ojos me sentí lleno de un vigor físico nuevo y desbordante, dueño de una salud perfecta. Rebosaba energías y buen humor. Al no experimentar ningún dolor corporal, supe que mis heridas estaban totalmente curadas.
Abrí los ojos y vi a la sorprendente criatura que se llamaba a sí misma la Madre. Su flexible cuerpo dorado se enroscaba a mi lado, sobre la arena. Sus grandes ojos límpidos me observaban atentamente, con gran compasión.
Me incorporé con viveza. Ya no tenía rígidos los miembros. Mi cuerpo aún estaba cubierto de sangre seca, y vestía los mismos andrajos. Aún colgaban de mi las viscosas espiras de cuerda roja. Pero mis heridas se habían cerrado sin dejar huellas, sino unas cicatrices lívidas.
—¡Ya estoy bien! —le comuniqué a la Madre, agradecido—. ¿Cómo lo hiciste?
El extraño ser silbó melodiosamente, y entendí casi en seguida:
—Mi fuerza vital es más poderosa que la tuya. Simplemente, te he prestado energías.
Me arranqué los restos de bejuco rojo que me rodeaban. La secreción viscosa debió secarse un poco; de lo contrario, nunca habría conseguido quitármelos. En seguida, la Madre se acercó a mi lado y me ayudó.
Utilizaba como manos sus apéndices blancos y membranosos. Aunque parecían frágiles, cogieron con fuerza el cable rojo cerrándose en torno al mismo.
Pocos minutos después pude ponerme en pie.
La Madre volvió a hablarme con silbidos. No pude entenderla, aunque se formaban en mi mente unas imágenes vagas. Volví a arrodillarme sobre la arena, y ella se acercó a mí para tocar otra vez mi frente con el ala blanca jaspeada de rojo. Aquella extremidad tan delicadamente hermosa era un órgano sorprendente. Tan fuerte cuando actuaba como una mano. Y, como más adelante averiguaría, era la sede de un sentido misterioso.
Capté claramente sus palabras ahora que el ala cálida y vibrante rozaba mi cabeza:
—Dime algo más de tu mundo y de cómo llegaste aquí, aventurero. Mi pueblo es antiguo y tengo poderes vitales superiores a los tuyos. Pero jamás hemos podido abandonar la atmósfera de nuestro planeta. Ni siquiera los Eternos, con todas sus máquinas, han logrado salvar jamás el abismo del espacio. Y se cree que el planeta primario de donde dices venir todavía es demasiado caliente para el desarrollo de la vida.
Hablamos muchas horas, yo con mi voz natural y la Madre con aquellos silbidos extrañamente melodiosos. Al principio, la transmisión de pensamiento a través del ala maravillosa fue lenta y difícil. A mí, sobre todo, me costaba entender, y la Madre se veía obligada a repetirme muchas veces las ideas más complicadas. Pero la comunicación mejoró con la práctica, y por último logré dialogar con fluidez aunque no me tocara la membrana blanca.
Atardecía ya cuando desperté. Luego se hizo de noche y cayó sobre nosotros el rocío. Hablamos en la oscuridad. Salió la Tierra, iluminando la selva con su gloriosa luz plateada. Seguimos hablando hasta que se hizo de día. A medianoche el aire se enfrió bastante. Con
la humedad del abundante rocío, tuve frío y me estremecí.
Pero la Madre volvió a tocarme con la membrana blanca. Un calor intenso y palpitante pasó de su cuerpo al mío, y dejé de temblar.
Hablé largo rato del mundo que había dejado y de mi insignificante vida allí. Hablé de la máquina. Del viaje a través del espacio y a través de ignorados abismos de tiempo, hasta llegar a aquella Luna joven.
La Madre me habló de su vida y de su pueblo perdido. Ella dirigía una comunidad de seres que vivían en las tierras altas, cerca del nacimiento del gran río que yo conocía. En ciertos aspectos, una comunidad semejante a las de las hormigas o las abejas terrestres. Contaba con miles de seres neutros, mujeres imperfectamente desarrolladas, obreras. Y ella era el único individuo capaz de procrear. Ahora era la única sobreviviente de su colonia.
Al parecer, su raza era muy antigua y había alcanzado un alto grado de civilización. La Madre admitió que su pueblo no llegó a poseer ninguna especie de máquinas ni edificaciones. Afirmó que tales cosas eran señales de barbarie y que su cultura era superior a la mía.
—En otra época tuvimos máquinas —me explicó—. Mis antepasadas madres vivían en celdas de metal y madera como las que tú describes. Y construyeron máquinas para ayudarse y proteger sus cuerpos débiles e ineficaces. Pero las máquinas debilitaron aún más
sus lamentables cuerpos. Sus miembros se atrofiaron y desaparecieron por falta de uso. Hasta sus cerebros vinieron a menos, porque vivían una existencia fácil, dependiendo en todo de las máquinas, huyendo de las dificultades. Parte de mi pueblo comprendió el peligro. Abandonaron las ciudades y regresaron al bosque y al mar para vivir austeramente, fiados a los recursos de sus mentes y sus cuerpos, para seguir siendo seres vivos y no convertirse en frías máquinas. Las Madres se dividieron. Los más estaban entre los que regresaron al bosque.
—¿Y qué les ocurrió a los que permanecieron en la ciudad, los que se quedaron con las máquinas? —pregunté.
—Llegaron a ser los Eternos, mis enemigos. Generación tras generación, sus cuerpos degeneraron. Hasta que perdieron su naturaleza animal. Se convirtieron en meros cerebros provistos de ojos y débiles tentáculos. En lugar de cuerpos, utilizan máquinas. Son cerebros vivientes con organismos de metal. Estaban demasiado debilitados para reproducirse. Por eso buscaron la inmortalidad en su ciencia mecánica. Y algunos viven todavía en su espantosa ciudad de metal, aunque desde hace varias eras no se produce entre ellos ningún nacimiento. Son los Eternos. Pero al fin mueren, porque es ley de vida. Pese a todos sus conocimientos, no pueden vivir siempre. Caen uno a uno. Sus extrañas máquinas quedaron paralizadas, con los cerebros podridos en sus recipientes. Y los escasos millares de supervivientes han atacado a mi pueblo. Pensaban capturar a las Madres. Modificar la descendencia con sus artes espantosas y así conseguir nuevos cerebros para las máquinas. Cuando empezó la guerra, había muchas Madres. Y mi pueblo era mil veces más numeroso. Ahora sólo quedo yo. Pero no ha sido una victoria fácil para los Eternos. Mi pueblo peleó con valor. Más de un anciano cerebro fue destruido. Pero los Eternos utilizaban grandes máquinas de guerra, a las cuales no podíamos escapar, y que no podíamos destruir con nuestra energía vital. Todas las Madres, salvo yo, fueron capturadas. Y todas prefirieron morir a permitir que sus hijos fueran convertidos en máquinas vivientes. Sólo yo he escapado, porque mi pueblo sacrificó su vida por mí. En mi cuerpo llevo la simiente de una nueva raza. Busco un hogar para mis hijos. He dejado nuestra vieja tierra a orillas del lago para descender hacia el mar. Allí estaremos lejos de la tierra de los Eternos. Y puede que nuestros enemigos no nos encuentren. Pero los Eternos saben que he escapado. Me buscan. Me persiguen con sus extrañas máquinas.
Cuando amaneció me sentí muy hambriento. ¿Dónde conseguir alimento en aquella selva extraña? Aunque hallara frutos o nueces, ¿cómo saber si no eran venenosos? Se lo dije a la Madre.
—Ven —silbó ella.
Reptó sobre la arena blanca con sencilla y sinuosa elegancia. Era muy bella. Cuerpo esbelto, liso y cilíndrico. Delgado y fuerte. El vello dorado brillaba bajo la luz del sol; unos reflejos color zafiro jugaban en el penacho azul que coronaba su cabeza. Las maravillosas alas jaspeadas de rojo brillaban a sus lados.
Permanecí un momento inmóvil, admirando su extraña belleza, y luego la seguí, distraído.
Se volvió de súbito, y una expresión como de burla brilló en sus grandes ojos color violeta oscuro.
—¿Es tan lento tu gran cuerpo que no puedes ir al mismo paso que yo? —silbó casi irónicamente—. ¿Tendré que llevarte?
Por toda respuesta tomé impulso y salté. Mi pirueta me elevó unos seis metros por encima de ella y más adelante. Por desgracia caí de cabeza en la arena, aunque no me lastimé.
Vi la risa en sus ojos mientras se deslizaba rápidamente hacia mí y me tomaba del brazo con una de las alas blancas para ayudarme a levantarme.
—Podrías viajar muy bien si fuerais dos, y el otro te ayudase a salir de los espinos —dijo, de buen humor.
Algo avergonzado por sus burlas, la seguí obedientemente.
Llegamos a una masa de enredadera verde. Sin vacilar, ella se abrió paso a través del liviano follaje. La seguí. Me condujo hasta una de las enormes flores blancas, se inclinó sobre ella y se posó como una abeja dorada.
Un instante después salió con las alas unidas, llevando en el hueco una considerable cantidad de polvo blanco y cristalino que había tomado de dentro del enorme cáliz.
Me hizo unir las manos y vertió en ellas parte del polvo. Levantó las alas, pasó el resto del polvo a una de ellas y se puso a lamerlo delicadamente.
Lo probé. Era dulce y con un punto de ácido, nada desagradable. Al humedecerse en la boca formaba una especie de pasta que se ablandaba y se disolvía a medida que seguía mascando. Ingerí una porción mayor y pronto despaché lo que la Madre me había dado. Visitamos otra flor. Esta vez me incliné yo, tomando el polvo con la mano. (Aquellos cristales debían cumplir sin duda la misma función que el néctar en las flores terrestres: atraer a los intermediarios que transportan el polen.)
Dividí mi botín con la Madre. Aceptó sólo un poco, y en el cáliz encontré lo suficiente para satisfacer mi hambre.
—Ahora debo continuar hasta el mar —silbó—. Ya me he retrasado demasiado contigo. Porque llevo la simiente de mi raza, y no debo abandonar la gran misión que ha recaído en mí. Pero me alegro de saber algunas cosas sobre tu desconocido planeta. Y resulta alentador conocer a un ser inteligente, después de haber vivido tanto tiempo sola. Me gustaría pasar más tiempo contigo. Pero he de obedecer a algo más importante que mis deseos.
La perspectiva de separarme de ella me causaba una extraña tristeza. Mis sentimientos hacia ella eran en parte de gratitud, pues me había salvado la vida. Pero había algo más. Un sentimiento de camaradería. Éramos compañeros de aventuras en aquella selva hostil y solitaria. La soledad y mi deseo humano de compañía me acercaban a ella.
Entonces se me ocurrió una idea. Ella bajaba por el valle hacia el mar. Y yo debía seguir la misma dirección hasta ver la cumbre triple que me serviría de orientación para hallar el emplazamiento de la máquina.
—¿Puedo acompañarte hasta que lleguemos a la montaña donde dejé la máquina que me sirvió para venir a tu mundo? —le pregunté.
La Madre me miró con sus expresivos ojos oscuros. Y de súbito se acercó a mí. Un ala blanca y membranosa cubrió mi mano, con cálida presión.
—Celebro que quieras acompañarme —silbó—. Pero no olvides que es peligroso. Recuerda que me persiguen los Eternos. A ti te destruirán también, si nos encuentran juntos.
—Tengo un arma —respondí—. Y te defenderé si nos amenazan. Además, si viajara solo, probablemente sería víctima de cualquier peligro desconocido.
—En marcha, extranjero.
La cuestión quedaba zanjada.
Había dejado caer mi cámara, mis prismáticos y mi «termo» de agua cuando el globo viviente me levantó por el aire. Se habían perdido en la selva. Pero me quedaba la pistola que tenía en la mano —o mejor dicho, pegada a ella— cuando caí en la arena. La recogí.
La Madre no quería verme con ella porque era una máquina, y las máquinas debilitaban a quien las usaba. Pero observé que si nos atacaban los Eternos, tendríamos que luchar contra máquinas, y que era mejor combatir el fuego con el fuego. Lo admitió de buen grado.
—Te demostraré que mi energía vital es más fuerte que tu burda arma para matar, aventurero —afirmó.
Emprendimos la marcha casi en seguida. Ella se desplazaba bordeando la faja de arena, junto al matorral de espino. Y comenzó a mostrarme las formas de vida de la Luna, diciendo que siempre hallaría una zona despejada al borde de los espinos, porque sus raíces impregnaban el suelo con un veneno que impedía el crecimiento de otra vegetación.
Tras recorrer tres o cuatro kilómetros llegamos a un lago cristalino, donde el abundante rocío se había reunido en el fondo de una concavidad rocosa. Allí bebimos. Luego la Madre se zambulló gozosamente. Con las alas blancas apretadas a los lados, hendió el agua como una anguila dorada. Me alegré de poder quitarme la ropa y lavarme de mugre y sangre seca.
Empezaba a vestirme, y la Madre descansaba a mi lado a orillas del lago, con los ojos cerrados, secando al sol su piel dorada, cuando vi las barras espectrales.
Eran siete columnas de luz verticales y delgadas, que nos rodearon. Barras rectilíneas de pálido brillo blanco. Se alzaban como columnas fantasmas alrededor de ambos, encerrándonos en un espacio de diez metros. Tendrían unos cinco centímetros de diámetro, y eran muy transparentes. Yo podía divisar a través de ellas la selva verde y las amarillas masas de espinos.
No me importó mucho. En realidad, creí que las columnas espectrales eran sólo una ilusión óptica. Me froté los ojos y le pregunté con indiferencia a la Madre:
—Los espíritus están construyendo una cerca alrededor de nosotros, ¿o no ven bien mis ojos?
Sobresaltada, alzó su cabeza dorada con el penacho azul. Abrió mucho sus ojos violetas. Había alarma en ellos. Y terror. Se movió con sorprendente rapidez. Saltó como un resorte en toda su esbelta longitud. Y me tomó de un hombro con una de sus alas mientras lo hacía.
Me hizo pasar entre dos de las extrañas columnas de luz inmóvil, sacándome del cerco que formaban.
Caí en la arena y me puse en pie rápidamente.
—¿Qué...? —comencé.
—Los Eternos —sus notas dulces y agudas modulaban con rapidez—. Me han descubierto. Incluso aquí llega su perverso poder. Hemos de damos prisa.
Se alejó apresuradamente. La seguí mientras terminaba de ponerme la ropa, avanzando fácilmente a la misma velocidad que ella, con mis saltos regulares de seis metros. La seguí, mientras me preguntaba qué peligro podían significar las columnas de luz espectral.
6
¡Perseguidos!
Contorneábamos los peligrosos matorrales amarillos. La faja de terreno despejado por donde avanzábamos tendría de cincuenta a cien metros de anchura. El seto de espinos amarillos, el veneno de cuyas raíces impedía aquí el crecimiento de vegetación, se elevaba denso e impenetrable a nuestra derecha. Hacia la izquierda se abrían extensiones sin límite cubiertas de enredadera verde. Mares ondulantes de follaje liviano, color esmeralda, constelados de enormes flores blancas y separados en algunos lugares por otras especies de plantas desconocidas. Más allá, otros matorrales de espino amarillo. A lo lejos se alzaba la roja ladera de una montaña. Enormes globos púrpura se mecían sobre aquel alucinante paisaje lunar, iluminados por el sol, anclados de sus cables rojos.
Calculo que anduvimos por la faja despejada por espacio de unos quince kilómetros. Empezaba a respirar con dificultad, efecto debido al ejercicio violento bajo la tenue atmósfera de la Luna. La Madre no mostraba señales de fatiga.
Se detuvo bruscamente delante de mí y se metió en una especie de túnel abierto entre los espinos. Un pasadizo de un metro y medio de ancho por uno ochenta de altura, donde volvían a unirse los pinchos amarillos. El suelo era pelado y liso, apisonado como el de un
sendero de mucho paso. El corredor parecía casi rectilíneo, pues se veía hasta una distancia considerable. La luz se filtraba a través de la espesura de crueles bayonetas que lo cubrían.
—No me agrada utilizar este camino —explicó la Madre—. Porque sus constructores son seres hostiles. Aunque no son muy inteligentes, mi fuerza vital no les afecta, por lo que no puedo dominarlos. Si nos descubren estamos perdidos. Pero no hay otro remedio. Hemos de cruzar por el bosque de espinos. Menos mal que, estando en el túnel, no podrán vernos. Tal vez los Eternos pierdan nuestro rastro. Apresurémonos y confiemos en no tropezar con ninguno de los legítimos usuarios de este sendero. Si aparece, tendremos que ocultarnos.
Tan pronto como entré en el túnel me vi en desventaja, pues ya no podía avanzar a grandes saltos. Emprendí una especie de trote. Llevaba la cabeza baja para evitar las espinas envenenadas.
La Madre reptaba con soltura a mi lado, aunque no tan rápida como antes, afortunadamente. Era esbelta, joven y bella, a su manera no humana. Me alegré de que me permitiese acompañarla. A pesar de cuantos peligros nos amenazaban.
Cuando pude recobrar el aliento dije:
—¿Qué eran esas barras espectrales?
—Los Eternos poseen misteriosos poderes científicos —fue la musical respuesta—. Es algo parecido a la televisión, de que me hablaste. Pero más perfeccionada. Nos han visto a orillas del lago. Proyectan esas barras brillantes mediante sus rayos de energía. Podrían hacernos daño. Pero no se exactamente cómo. Se trata de un arma nueva; no la empleaban durante la guerra.
Recorrimos muchos kilómetros por el túnel. Era casi rectilíneo. No había bifurcaciones ni encrucijadas. No cruzamos ningún claro. El techo y las paredes de espino amarillo no presentaban solución de continuidad. Me pregunté qué clase de seres podían abrir un sendero tan largo y perfecto entre los espinos.
La Madre se detuvo de súbito y se volvió a mirarme.
—Se acerca uno de los habitantes del sendero —silbó—. Lo noto. Espera un momento.
Desenvolvió sus anillos dorados y desapareció por el sendero. Llevaba la cabeza erguida. Y las alas rígidamente extendidas. Hasta ese momento siempre las había visto blancas, con delicadas venas rojas. Ahora las tenía completamente sonrosadas. Llevaba algo separados sus labios rojos y los ojos estaban dilatados, absortos, fijos. Parecían mirar más allá, contemplando escenas lejanas, inaccesibles a los sentidos normales.
Permaneció largo rato inmóvil, con los ojos color violeta lejanos y fijos.
Luego se irguió de súbito. Se alzó sobre sus anillos dorados. Había alarma en sus grandes ojos, en su voz tenue y aflautada.
—Nos sigue. Por este mismo sendero. Apenas tenemos el tiempo de salir a un claro. Hay que darse prisa.
Esperó a que yo comenzara mi torpe carrera y me siguió con soltura. Corrí pesadamente. Con la débil gravedad lunar, tenía que andarme con cuidado para no tropezar con las púas del camino.
Durante espantosas horas —al menos, eso me pareció— corrimos por el sendero, cruzando el interminable bosque de espino amarillo. Mi corazón latía con fuerza y mi respiración era angustiosa. Mi cuerpo no estaba preparado para el esfuerzo en una atmósfera tan tenue.
La Madre me precedía, reptando sin esfuerzo. Comprendí que si hubiera querido, le habría sido fácil abandonarme.
Por último tropecé, caí de cabeza y ya no tuve fuerzas para levantarme. Los pulmones me ardían y sentí un horrible dolor en el corazón. Sudaba a mares, me latían las sienes y un velo rojo nublaba mi vista.
—¡Sigue! —logré decir entre jadeos—. Yo... intentaré... detenerlo.
Busqué a ciegas mi arma.
La Madre se detuvo y regresó hacia donde yo estaba. Sus notas tenían un acento apremiante.
—Vamos. El claro está cerca. Y el bicho nos persigue. ¡No te quedes ahí tumbado!
Envolvió mi brazo con su ala suave y flexible. Recibí una nueva oleada de vigor y energía. Entonces conseguí ponerme en pie, tambaleándome, y seguimos. Al mismo tiempo eché una mirada hacia atrás.
Un bulto oscuro e informe apareció a mis ojos. Era tan grande que prácticamente ocupaba todo el hueco del túnel. Lo rodeaba un confuso círculo de claridad, debido a la luz que se filtraba en el sendero, entre los espinos.
Corrí... corrí... corrí.
Mis piernas avanzaban, avanzaban como palancas articuladas de un autómata. Las tenía insensibles. Cuando la Madre me tocó, incluso dejé de sufrir ardor en los pulmones. Y el corazón ya no me dolía. Me parecía flotar junto a mi cuerpo, como si fuese otro el que corría, corría, corría con monótona andadura de máquina.
Tenía los ojos clavados en la Madre, que me precedía.
Ella se deslizaba con gran rapidez por la penumbra del túnel. Su cuerpo esbelto, dorado, infatigable. Las alas blancas rígidamente extendidas, como para mantener mejor el equilibrio. La delicada cabeza erguida, con su penacho azul agitado por la carrera.
Observé aquel penacho azul mientras corría. Bailaba burlonamente ante mí, siempre alejándose. Siempre lejos de mi alcance. Lo seguí entre la niebla cegadora de mi fatiga, que me hacía verlo todo fundido en un azul grisáceo con manchas de rojo sangre.
Me sorprendió hallarme de nuevo a la luz del Sol. Una franja de arena junto al amarillo seto de espinos. Más allá la fronda fría y verde, el mar verde. Arriba, siniestros globos púrpura, sujetos de sus cables rojos. En la lejanía, una cordillera escarlata, empinada y escabrosa.
La Madre dobló a la izquierda.
La seguí de un modo automático. Mis reacciones se hallaban adormecidas. El esplendoroso paisaje lunar ya no me resultaba extraño. Hasta la amenaza de los globos púrpura me parecía lejana, sin consecuencias.
No sé cuánto tiempo corrimos junto al bosque de espinos hasta que la Madre se volvió de nuevo y me condujo a un grupo de enredaderas.
—¡Quieto! —silbó—. Tal vez el monstruo no pueda encontrarnos. Agradecido, me oculté entre las frondas. Me quedé acostado, con los ojos cerrados, y respiré con grandes jadeos dolorosos. La Madre volvió a tocar mi mano con su ala suave y otra vez me sentí aliviado, aunque respirando con dificultad.
—Tu reserva de energía vital es muy escasa —comentó.
Saqué la pistola del bolsillo y la revisé para cerciorarme de su estado. La había limpiado y cargado antes de emprender viaje. La Madre levantaba cautelosamente su cabeza coronada de azul. Me arrodillé y vigilé la franja de arena en la dirección de donde veníamos.
Vi que el bicho se acercaba a toda prisa.
Era una esfera roja, brillante, como de un metro y medio de diámetro. Estaba siguiendo nuestra pista.
—¡Nos ha localizado! —silbó bajito la Madre—. Y mi fuerza vital no puede atravesar su coraza. Quiere chupar la linfa de nuestros cuerpos.
La miré. Había enrollado su cuerpo esbelto en una espiral dorada. Su cabeza se alzaba en el centro, y tenía extendidas las alas de un blanco puro, jaspeadas de líneas escarlata, aparentemente frágiles como los pétalos de una azucena. Sus grandes ojos oscuros aparecían serios y serenos y no mostraban signos de pánico. Levanté la pistola, decidido a no dejarme dominar por el temor y a hacer cuanto pudiera por salvarla.
El globo escarlata estaba a menos de cincuenta metros. Logré distinguir las escamas de su coraza como láminas córneas pintadas de laca color rubí. No parecía tener miembros ni apéndices externos visibles. Pero vi en la parte superior de la coraza unos óvalos oscuros que al parecer se extendían mientras aquel ser rodaba.
Empecé a disparar.
No podía fallar a tan poca distancia. Me arrodillé entre las hojas de la enredadera verde y vacié sobre el globo un cargador entero. Siguió rodando hacia nosotros sin aminorar la velocidad. De su interior surgió un redoble rabioso e intenso. Un rugido reverberante de inesperada intensidad. Poco después le respondieron desde diferentes lugares, alrededor de nosotros. Eran redobles graves y prolongados, casi como truenos lejanos.
Cargué de nuevo, desesperado. Aún no había armado la pistola cuando el monstruo nos alcanzó.
Hasta ese momento parecía una esfera de superficie lisa. Pero ahora emitió seis largos tentáculos negros y brillantes, correspondientes a cada uno de los óvalos negros que había visto sobre la coraza roja. Eran delgados, de unos tres metros y medio, cubiertos de pellejo negro muy arrugado, sobre el cual brillaban minúsculas gotas de humedad. Debajo de cada uno aparecía un solo ojo, con un párpado negro.
Uno de aquellos tentáculos negros avanzó hacia mí. Despedía un olor fétido y repugnante. Al extremo llevaba una garra ganchuda y afilada, junto a un orificio negro. Supuse que el monstruo se alimentaba por medio de aquellos horrorosos tentáculos retráctiles.
Metí el cargador en la pistola y accioné la corredera. Apartándome del retorcido brazo tentacular, hice siete disparos seguidos contra el ojo de párpado negro.
La coraza roja volvió a emitir el ensordecedor redoble. Los tentáculos negros se retorcieron, cayeron y súbitamente quedaron inmóviles y rígidos. El redoble se convirtió en un ronco estertor y luego cesó.
—¡Lo has matado! —silbó melodiosamente la Madre—. Usas bien tu máquina, y es más poderosa de lo que creía. Tal vez consigamos salvarnos.
Como en respuesta agorera, los ecos de un tamborileo lejano se dejaron oír en el bosque de espinos amarillos. Ella lo oyó y las alas blancas se irguieron con alarma.
—Ha llamado a los suyos. Muy pronto estarán todos aquí. Hemos de darnos prisa.
Estaba tan cansado que cualquier movimiento era para mí una tortura, pero me levanté y seguí a la Madre que corría sobre la arena.
Sólo me detuve un instante a contemplar el interesantísimo ser que había matado. Era algo insólito, tanto por su forma como por sus medios de desplazamiento. La coraza esférica debió formarse a lo largo de muchas eras de evolución en el matorral espinoso. Recogiendo sus miembros dentro de la armadura podía atravesar los espinos sin sufrir daño alguno. Supuse que lo hacía mediante contracciones rítmicas del caparazón, lo cual le permitía desplazarse fácilmente, teniendo en cuenta la menor gravedad lunar. Cuando no rodaba, se arrastraba o se elevaba sobre los largos apéndices musculares que me habían parecido tentáculos.
Como estábamos de nuevo en lugar despejado, pude avanzar a grandes saltos que me permitían seguir a la Madre con menos esfuerzo que el empleado al correr. Mientras volaba por el aire, entre salto y salto, descansaba unos instantes y así compensaba el esfuerzo.
De vez en cuando me volvía con aprensión. A] principio sólo distinguí la coraza escarlata del bicho muerto junto a las enredaderas verdes, donde habíamos acabado con él, cada vez más pequeño a medida que nos alejábamos.
Entonces vi otras esferas saliendo del matorral amarillo. Rodaron por la franja de terreno descubierto y se reunieron alrededor de su congénere. Luego emprendieron leí persecución, rodando a tal velocidad, que no tardarían mucho en alcanzarnos.
—Ya vienen —le dije a la Madre—. Son muchos v no voy a poder con todos.
—Son implacables —respondió—. Cuando persiguen a alguna desgraciada criatura, no cejan hasta chuparle la linfa o al menos darle muerte.
—¿Qué podemos hacer? —inquirí.
—Cerca de nosotros, más allá de ese matorral, hay un peñasco, una elevación de laderas tan empinadas, que ellos no podrán subir. Si llegamos a tiempo tal vez podamos alcanzar la cumbre. Será un refugio temporal, porque los monstruos no nos dejarán mientras estemos con vida. Pero así retrasaremos nuestro fin... siempre que lleguemos a tiempo.
Volví a mirar atrás. Nuestros perseguidores parecían un grupo de canicas rojas al lado del bosque amarillo. Se acercaban... muy de prisa.
La Madre se apresuró. Las alas blancas estaban muy erguidas y sonrosadas. Bajo el delicado vello de su piel, los músculos dibujaban simétricas y graciosas ondulaciones.
Traté de poner más vigor en mis saltos.
Rodeamos el macizo de matorral, y apareció ante nuestros ojos el peñasco. Una mole destacada de granito negro. Sus laderas se alzaban empinadas y desnudas sobre las enredaderas verdes. Estaba coronado de musgo verde. Tendría unos nueve metros de altura y treinta de longitud.
Nuestros perseguidores ya no parecían canicas cuando estuvimos a la vista del peñasco. Por lo menos eran como pelotas de baloncesto. Nos estaban dando alcance rápidamente.
La Madre avanzó con la energía aparentemente inagotable de su cuerpo grácil y leonado. Y yo salté con el vigor de la desesperación, procurando adelantar lo más rápido que podía.
Nos metimos en la espesa vegetación que rodeaba el peñasco. Hicimos alto al pie de su ladera negra y de aspecto siniestro.
Las esferas rojas estaban a menos de cien metros. Cuando nos detuvimos junto al peñasco emitieron un súbito redoble. Vi en sus brillantes corazas rojas los óvalos oscuros que indicaban el emplazamiento de sus ojos y de los tentáculos ocultos.
—¡No puedo subir por aquí! —silbó la Madre.
—¡Yo saltaré! —grité—. Tengo músculos de terrícola. Te llevaré.
—Vale más que viva uno de nosotros —dijo—. Los entretendré hasta que llegues a la cumbre.
Empezó a retroceder hacia las esferas, que rodaban a gran velocidad hacia nosotros. Me incliné y la cogí.
Era la primera vez que la tocaba. El vello era corto y muy suave. Su cuerpo redondo era firme, musculoso, cálido y vibrante. Palpitaba de vida. Al contacto con él noté otra vez la oleada de energía que me inundaba.
Con rápido movimiento me la cargué al hombro, corrí unos pasos y quise vencer de un salto aquella ladera de granito negro.
En la Luna mi peso era de catorce kilos. La Madre, aunque musculosa y fuerte, no pesaría ni la tercera parte. Por tanto, el peso de ambos vendría a ser de unos veinte kilos. Como ella había dicho, era imposible llegar de un salto a la cumbre de la colina.
Al principio creí que lo conseguiría, mientras medía a ojo la distancia que nos separaba de la corona de musgo rojo. Luego comprendí que nos estrellaríamos contra la pared de roca, sin llegar a 1a cumbre.
Dicha pared era escarpada. Pero mis ojos atentos hallaron un pequeño saliente. Acercándome al pie del peñasco, clavé los dedos en aquel reborde. Fue un segundo de temerosa incertidumbre, pues la roca estaba resbaladiza, cubierta de musgo.
7
¡Los Eternos atacan!
Mi mano izquierda resbaló. Pero la derecha encontró apoyo firme. Me alcé a pulso. La Madre se empinó sobre mi hombro y alcanzó la cumbre del peñasco. Rodeó mi mano izquierda con una de sus alas blancas y me puso a salvo.
Temblando por el esfuerzo, me puse en pie sobre el suave musgo escarlata y pasé revista a nuestra fortaleza. La superficie cubierta de musgo era casi horizontal, de unos seis metros de anchura en el lugar donde nos hallábamos, y unos treinta de longitud. Todas las laderas parecían cortadas a pico, sobre todo en el lugar que habíamos escalado.
—Gracias, extranjero —silbó melodiosamente la Madre—. Has salvado mi vida y la supervivencia de todo mi pueblo.
—He pagado mi deuda —le respondí.
Contemplamos los globos rojos. Poco después llegaban al pie del peñasco. Del grupo se alzó un estruendoso redoble. Y se desplegaron para poner cerco a nuestro refugio.
Luego intentaron escalarlo. Sus fuerzas no alcanzaban a saltar como yo. Pero hallaban grietas y salientes, donde apoyaban sus largos tentáculos. Empezaban a subir poco a poco.
Contorneando la cumbre del peñasco, disparé contra los que avanzaban más. Apuntaba cuidadosamente al ojo, o a la base de un tentáculo. Por lo general, un solo disparo me bastaba para enviarlos, rodando, al fondo cubierto de vegetación verde.
Desde nuestra fortaleza se dominaba un panorama excepcional. A un lado se veía una gran extensión de matorral amarillo, y más lejos la cordillera de color carmesí. Al otro, la selva exuberante de enredaderas verdes, hasta llegar al ancho y plateado río. Amarillo y verde cubrían la pendiente que se extendía hasta las colinas escarlata.
Nos defendimos durante todo un día.
El sol se puso detrás de las montañas rojas cuando sólo llevábamos una o dos horas en aquella cumbre aislada. Una noche cerrada habría puesto inmediato fin a nuestras aventuras. Pero, por suerte, el inmenso disco blanco de la Tierra salió casi en seguida y durante toda la noche su luz nos permitió ver a nuestros enemigos, que no cejaban en su empeño de escalar los muros de nuestra fortaleza.
Al atardecer del día siguiente preparé mi último cartucho. Me volví para comunicarle a la Madre que ya no podría impedir que las esferas rojas escalaran el peñasco. Pronto acabarían con nosotros.
—No importa —silbó—. Los Eternos han vuelto a localizar nuestro paradero.
Miré nerviosamente a mi alrededor, y allí estaban otra vez las columnas de luz espectral. Siete barras delgadas y verticales de brillo plateado formaban un cerco a nuestro alrededor. Parecían idénticas a las que habíamos conseguido burlar la primera vez, a orillas
del lago.
—Hace rato que nos vigilan —dijo—. Antes logramos escapar, pero ahora será imposible.
Enroscó serenamente su cuerpo leonado, plegando las alas blancas a ambos lados. Acurrucó la cabecita entre las espirales, dejando ver sólo el penacho azul. Sus ojos color violeta miraban serios, serenos y atentos, mas no expresaban temor ni desesperación.
Las siete columnas de luz brillaban cada vez más.
Una de las esferas rojas, adelantando sus tentáculos negros, se arrastró hacia nosotros sobre la roca. La Madre la vio, pero no hizo caso. Estaba fuera del círculo formado por las siete columnas. Permanecí inmóvil dentro de ese círculo, al lado de la Madre, mirando... esperando.
Las siete columnas de luz emitían un brillo cegador, y luego dejaron de ser luz para convertirse en barras de puro metal.
Al mismo tiempo me cegó un relámpago de luz insoportablemente brillante. Un estampido ensordecedor hirió mis oídos, seco como un tiro de escopeta y mucho más fuerte. Un espasmo de dolor recorrió mi cuerpo, como si hubiera recibido una poderosa descarga eléctrica. Creí notar una sacudida, como si el peñasco se hubiera movido bajo mis pies a causa de un seísmo lunar.
Volábamos sobre una gran plataforma metálica. En su periferia se alzaban siete barras de metal que emitían luz blanca, y cuyas posiciones correspondían exactamente a las que habían ocupado las siete columnas espectrales. La Madre estaba enroscada sobre la plataforma, a mi lado. Sus ojos fríos y serenos no demostraban ninguna sorpresa.
Yo, en cambio, estaba helado de asombro.
Ya no estábamos en la selva. La plataforma metálica era parte de una complicada estructura de barras, serpentines de alambre y enormes tubos de cristal transparente, que se alzaba en medio de un gran patio con el suelo de metal brillante muy desgastado por el uso.
Alrededor del patio se veían construcciones. Grandes edificios rectangulares de metal y vidrio. No eran artísticos, y además se hallaban en mal estado. El metal presentaba feas manchas de orín rojo. Muchos de los cristales estaban rotos.
Por las calles pavimentadas con metal y el gran patio se movían unos objetos desconocidos. No eran seres humanos ni, desde luego, animales, sino ridículos objetos de metal. Máquinas. Tampoco presentaban un aspecto uniforme. Apenas se veían ejemplares idénticos. Manifiestamente, sus diferentes formas respondían a distintos propósitos. Sin embargo, muchos imitaban las apariencias de la vida, cual horribles caricaturas.
—Estamos en el país de los Eternos —silbó bajito la Madre—. Éstos son los seres que destruyeron a mi pueblo, en busca de nuevos cerebros para sus gastadas máquinas,
—¿Cómo nos han traído aquí? —pregunté.
—Por lo visto han inventado un sistema para transmitir la materia a través del espacio. Un mero problema técnico. Transforman la materia en energía, transmiten la energía sin pérdidas mediante un rayo luminoso, y vuelven a condensarla en átomos. No tiene nada de particular que los Eternos sepan hacer semejante cosa, puesto que renunciaron a la vida verdadera para alcanzar ese poder. Puesto que cambiaron sus cuerpos a cambio de máquinas, ¿no iban a ganar algo con el cambio?
—¡Es increíble...!
—Lo es para ti. La ciencia de tu mundo es joven. Si al cabo de pocos siglos ha progresado hasta conseguir la televisión, ¿qué no inventaréis en cien milenios? Pero esto es nuevo incluso entre los Eternos. Al fin han logrado transmitir objetos entre dos estaciones sin destruir su identidad. Pero no sabía que poseyeran este aparato de rayos transportadores, capaz de desintegrar nuestros cuerpos sobre el peñasco y crear una zona reflectante de interferencia que concentraría el rayo aquí, y...
Sus silbidos cesaron de súbito. Tres grotescas máquinas se acercaban a la plataforma: extrañas cajas brillantes, llenas de palancas y ruedas. Miembros de articulaciones metálicas. Todos tenían en la parte superior una cúpula de cristal transparente, que contenía una informe masa gris. Una gelatina gris y vulnerable, con enormes ojos negros de mirada inexpresiva. ¡El cerebro de la máquina! ¡El Eterno!
Aquellos seres de metal eran horribles simulacros de vida. Al principio, con sus movimientos rápidos y seguros, parecían verdaderamente vivos. Pero sólo emitían sonidos metálicos, martilleos y zumbidos. Eran groseros y horribles.
Sus ojos me pusieron la carne de gallina. Enormes, negros y helados. No había calor en ellos, ni expresión humana. Eran indiferentes como culos de botella. Pero implicaban un peligro inminente.
—¡No me cogerán viva! —silbó la Madre, irguiéndose a mi lado sobre sus leonadas espirales.
Entonces, como si se hubiera disparado en mi mente un resorte, corrí hacia el Eterno que estaba más cerca, mientras buscaba un arma con los ojos.
Agarré una de las barras metálicas. Su extremo inferior estaba alojado en una extraña pieza de cristal blanco, que imaginé sería un aislador. Se quebró cuando apoyé mi peso sobre la barra. La cogí con ambas manos, el resplandor blanco desapareció y vi que era de cobre.
Así pues, disponía de una maciza cachiporra de metal, cuyo peso no me impedía manejarla con facilidad. En la Tierra seguramente no habría podido levantarla siquiera.
Enarbolando mi arma, me planté enfrente de la primera máquina, un cajón metálico que avanzaba torpemente sobre sus miembros de metal, coronado por la cúpula de vidrio que albergaba el indefenso cerebro gris con sus desagradables ojos negros. Vi pequeños tentáculos —dedos débiles y translúcidos— que salían del cerebro para accionar las palancas de mando.
La máquina se detuvo ante mí. Emitió un zumbido enojado e imperioso. Un gran brazo de metal, ganchudo y con muchas articulaciones, se alargó de súbito como para cogerme.
Al instante golpeé, dejando caer la barra de cobre con todas mis fuerzas sobre la cúpula transparente. E! cristal era grueso, pero la barra de cobre tenía tanta inercia aquí como en la Tierra; sus cientos de kilos cayeron con fuerza terrible.
La cúpula quedó hecha añicos. Y el cerebro gris quedó convertido en una papilla roja.
Desde luego, los Eternos habían logrado apoderarse de la Madre sin dificultad. Probablemente eran superiores a cualquier otro habitante de la Luna, por cuanto poseían el rayo transmisor de materia. Pero no estaban preparados para enfrentarse a un individuo cuyos músculos le clasificaban entre los más fuertes de la Tierra.
Los dos compañeros de mi víctima se abalanzaron sobre mí. Aunque la barra de cobre no me pesaba demasiado, su considerable inercia no permitía esgrimirla con soltura. Los miembros metálicos de la tercera máquina aprisionaron mi cuerpo mientras yo aplastaba el cerebro de la segunda con otro golpe demoledor.
Me debatí con desesperación, pero no logré ponerme en posición para golpear.
En ese momento intervino la Madre. El penacho azul se erguía sobre su cabeza dorada, y en sus ojos color violeta brillaba un ardor combativo. Tenía las alas extendidas a ambos lados, y parecían de color casi escarlata bajo la intensa luz que caía sobre ellas. Mi momentáneo desaliento cesó y comprendí que la Madre era invencible. Pensé que iba a tocarme. Pero luego se alzó hasta dominar en altura el cerebro de la máquina que me sujetaba. Sus alas estaban encendidas, más encendidas que nunca.
La máquina me soltó de improviso y sus miembros metálicos cayeron, inmóviles.
Mi ensangrentada porra de cobre actuó una vez más, y la máquina cayó estrepitosamente a un lado.
—Mi energía mental es más fuerte que la de los Eternos —silbó la Madre como tranquila explicación—. Pude intervenir en sus procesos neurales y paralizarla. —Se volvió rápidamente—: Destroza las piezas frágiles de la máquina que nos trajo aquí. Si tenemos la
fortuna de escapar, no podrán secuestrarnos de nuevo. Debe ser la única que tienen, y creo que no podrán repararla en seguida.
Mi cachiporra volvió a funcionar. Rompió delicadas bobinas. Destrozó prismas complicados, espejos y lentes. Destruyó alambres y sutiles rejillas incrustadas en bulbos de cristal, que debían ser válvulas electrónicas.
Los tres enemigos que habíamos destruido eran los primeros que vimos. Pero muy pronto una veintena de ellos se acercaron por el patio de suelo metálico, profiriendo zumbidos como de ira y excitación. Cuando concluyó mi tarea, algunos de ellos estaban muy cerca ya.
No iba a poder con todos. Era precisa huir.
Me incliné para tomar en brazos el cuerpo cálido y aterciopelado de la Madre y corrí por la plataforma, derecho hacia el cerco de los seres mecánicos. Al llegar junto a ellos salté tan alto y lejos como pude.
Pasé sobre sus cabezas y fui a parar bastantes metros más allá. Me vi en medio de un desgastado pavimento metálico. La calle, casi desierta de máquinas, estaba flanqueada de edificios antiguos y feísimos, y desembocaba en una pared de cierto material negro y brillante como la obsidiana.
Corrí desesperadamente hacia el paredón, avanzando a grandes saltos. Los Eternos nos seguían, zumbante y martilleante pelotón que pronto quedó muy atrás.
Naturalmente, los habíamos cogido desprevenidos. Y, tal como había observado la Madre, el depender de máquinas no desarrollaba rapidez de reacción frente a los imprevistos.
Más tarde supimos que algunas de las máquinas podían correr mucho más que nosotros. Pero, según he comentado, no eran todas del mismo modelo, sino que diferían entre sí. Y ninguno de nuestros seguidores era de los más ligeros.
Estoy seguro de que pudieron destruirnos con facilidad mientras escapábamos. Pero eso habría desbaratado sus planes. Querían a la Madre con vida.
Llegamos al brillante muro negro con bastante ventaja sobre nuestros perseguidores. La pared era lisa y perpendicular; era de la misma altura que el peñasco que había escalado con la Madre. Pero aquí no había salientes que nos salvaran si el salto quedaba corto.
Me detuve y solté la pesada porra.
—Podrías lanzarme y saltar luego —propuso la Madre. No había tiempo que perder. Se enroscó rápidamente formando una esfera dorada. La arrojé como una pelota. Desapareció detrás del paredón. Recogí la porra y la arrojé por otro lado para no lastimar a la Madre.
Los Eternos estaban cerca. El grupo de grotescas máquinas parecía un tropel desmandado. Zumbaban con rabia. Uno lanzó una especie de proyectil. Hubo una ensordecedora explosión junto a la pared negra y una llamarada de luz verde. Mientras saltaba tuve presente una vez más el peligro de estar separado de la Madre.
El salto me bastó para pasar el muro, que sólo tenía un metro y medio o dos de espesor.
Caí en una exuberante espesura de enredaderas verdes. Cubrían el terreno en matas de treinta centímetros, de las que brotaban airosos vástagos, más altos que yo. Caí de costado sobre el blando follaje y me puse rápidamente en pie. La fronda verde no dejaba ver en todas direcciones, aunque pude distinguir la parte superior del paredón negro.
Antes de caer había logrado vislumbrar hacia el este una extensa llanura verde, y al norte una lejana cordillera roja. Por tanto, la ciudad de los Eternos estaba al oeste.
No vi a la Madre; a decir verdad, no se veía a más de tres metros a través de la exótica selva.
—Por aquí —oí su cautelosa melodía aflautada—. Aquí tienes tu arma.
Me abrí paso entre matas frondosas siguiendo la dirección de la voz. Hallé a la Madre ilesa, enroscada en dorado círculo junto a la barra de cobre. Ella emprendió su silenciosa marcha. Recogí la porra y la seguí procurando avanzar rápido y con sigilo.
Antes de enfilar un angosto sendero, me volví, y vi a varios Eternos que habían escalado el paredón. Sin duda nos buscaban, pero creo que no nos vieron.
Durante el resto del día —habíamos escapado a primera hora de la tarde— corrimos, y lo mismo toda la noche, por entre la espesura fantasmal y plateada bajo el claro de Tierra, hasta bien entrado el día siguiente. Sólo nos detuvimos para beber y bañarnos en un arroyo, y para recoger el dulce polvo blanco de algunas de las grandes flores blancas. Comíamos sin dejar de correr. La selva de trepadoras era espesa, y permanecíamos ocultos por sus exuberantes y delicadas frondas.
Al principio estaba seguro de que nos seguirían. Pero como pasaban las horas y no había indicios de persecución, me sentí aliviado. No creía que los Eternos pudieran seguir nuestro rastro con rapidez suficiente para alcanzarnos. Mas no por eso abandonaba la barra de cobre. La Madre era menos optimista que yo.
—Sé que nos siguen —me dijo—. Lo siento. Pero tal vez podamos despistarlos, si no consiguen arreglar la máquina que tú destruiste... y estoy segura de que no va a serles fácil.
Nos acercábamos a un roquedal, y la Madre halló debajo de un saliente una pequeña cueva, donde entramos a descansar. Agotado, me tendí y me quedé dormido como un lirón.
La Madre me despertó al amanecer. Vigilaba enroscada junto a la boca de la cueva, con sus delicadas alas erguidas y un poco teñidas de luz sonrosada. En sus ojos color violeta había una expresión atenta.
—Los Eternos nos siguen —silbó—. Todavía están lejos. Pero debemos continuar.
8
Un terrícola pelea
Después de ganar la cumbre del roquedal llegamos a una enorme llanura cubierta de musgo verde. Por el llano se diseminaban algunas colinas bajas, pero lo que no variaba era el tipo de vegetación. Desde lejos, la llanura semejaba un extraño páramo cubierto de nieve verde.
Tardarnos seis días en atravesar el altiplano cubierto de musgo. El cuarto día se nos acabó el polvo blanco que llevábamos, y el quinto y sexto no encontramos agua. Aunque los días eran sólo de dieciocho horas, la situación empezaba a ser apurada cuando descubrimos un valle poblado de enredaderas y bañado por un arroyo cristalino, cuyas aguas me parecieron las más dulces que hubiera probado nunca.
Antes de continuar, comimos y descansamos durante dos noches y un día, aunque la Madre no dejaba de insistir en que los Eternos no habían abandonado la persecución.
Durante diecisiete días seguimos el arroyo, que iba recibiendo numerosos afluentes y se convirtió en un majestuoso rio. El decimoséptimo día vimos que desembocaba en otro aún más ancho, formando un valle de muchos kilómetros, cubierto de matorral amarillo y de enredaderas verdes, e infestado con miles de globos púrpura. Yo había aprendido a evitarlos no saliendo de la espesura verde, donde no podían lanzar sus tentáculos con precisión.
Cruzamos el río a nado y pasamos a la orilla este para continuar hacia el sur. Cinco días después avistamos la cumbre triple que yo recordaba tan bien.
La mañana siguiente abandonamos la selva y subimos hacia la pequeña meseta alfombrada de musgo, donde yo había dejado la máquina. Había temido no hallarla, o encontrarla destruida. Pero estaba exactamente donde la había dejado el día después de mi llegada a la Luna, cilindro acorazado brillante, pulido y tachonado de ventanas, entre dos discos de resplandeciente cobre.
Nos acercamos a la escotilla, y la Madre se puso a mi lado.
Tembloroso de emoción, accioné el mecanismo y abrí la compuerta. Todo permanecía en orden, exactamente como yo lo había dejado: las botellas de oxigeno, las baterías, el refrigerador de alimentos, la consola central de mandos, sobre la cual estaba el plan de vuelo.
En una semana —si el mecanismo funcionaba como yo esperaba— me hallaría de regreso en la Tierra. "De nuevo en Long Island. Preparado para someter mi informe a mi tío y recibir el primer pagó de los cincuenta mil anuales.
En pie junto a la escotilla, me volví para mirar a la Madre.
Estaba enroscada a mis pies. El penacho azul que coronaba su dorada cabeza parecía colgar. Llevaba las alas blancas caídas a los lados, fláccidas. Sus ojos color violeta me miraban fijamente, y parecían ansiosos y tristes.
Un súbito dolor laceró mi corazón y cerré los ojos, de modo que su dorada y hermosa imagen se desvaneció ante mí. Apenas había comprendido lo que su compañía significó para mí durante los largos días que pasamos juntos. Aunque su forma no era humana, para mí la Madre había terminado por serlo. Leal, valiente, amable: una camarada.
—Acompáñame —balbucí con voz extrañamente ronca—. Ignoro si esta máquina regresará o no a la Tierra. Pero al menos nos libraremos de los Eternos.
Por primera vez, el melodioso silbido de la Madre sonó incierto y sincopado, como ahogado de emoción.
—No. Hemos caminado juntos bastante tiempo, extranjero. Y la separación no es fácil. Mas yo me debo a la gran obra. Llevo la semilla de mi especie, que no debe desaparecer. Los Eternos están cerca. Pero no me rendiré jamás, hasta que muera.
Irguió su cuerpo leonado. Las alas fláccidas y pálidas volvieron a erguirse, luminosas y fuertes. Estrecharon mis manos en un apretón convulsivo. La Madre me miró un instante a la cara con sus profundos ojos color violeta: sinceros, solitarios y apasionados, en ellos se leía toda la tragedia de su raza.
Luego se dejó caer al suelo y se escabulló con presteza.
La seguí con los ojos húmedos hasta la mitad de la meseta. Iba hacia el mar, en busca de un hogar para la nueva raza que estaba por nacer. Con el corazón en un puño y un terrible nudo en la garganta, pasé por la escotilla, entré en la máquina y cerré.
Pero no me dirigí a la consola de los mandos. Me detuve junto a una de las ventanillas redondas, contemplando a la Madre que se alejaba sobre la alfombra de musgo. Avanzaba sola... el último ejemplar de su raza...
Luego pasé al lado opuesto y vi a los Eternos. Ella había asegurado que las máquinas vivientes estaban cerca. Vi cinco de ellos. Avanzaban rápidamente, siguiendo el mismo camino por donde habíamos llegado nosotros.
Cinco ridículas máquinas. Las brillantes cajas metálicas eran más grandes que las que habíamos visto en la ciudad. Y sus extremidades mecánicas eran más largas. Se adelantaban como torres de metal movibles sobre cuatro patas articuladas. De sus lados colgaban largos brazos que parecían látigos de trillar. Las cúpulas de cristal resplandecían a la luz del sol... y protegían, como yo sabía, los frágiles cerebros grises que los controlaban. Los Eternos.
Cuando los vi estaban casi en el límite de la meseta. Me sobraba tiempo para asegurar la escotilla, cerrar la válvula que había abierto para igualar las presiones de aire a mi llegada, y elevarme a través de la atmósfera lunar, hacia el planeta blanco.
Pero no hice nada de eso. Me quedé junto a la ventanilla mirando, apretando los puños hasta clavarme las uñas en las palmas de las manos, y mordiéndome los labios.
Al ver que los enemigos seguían avanzando, me precipité hacia la escotilla sin pensarlo, movido por un impulso que no podía rechazar. Abrí, salí apresuradamente y recogí la gran barra de cobre que había dejado afuera.
Me agaché junto a la máquina, expectante.
Miré hacia el camino que había seguido la Madre, y la vi al borde de la meseta. Una silueta minúscula y lejana sobre el musgo verde. Comprendí que ella ya había visto las máquinas y, ante la inutilidad de todo intento de huida, se disponía a hacerles frente.
A medida que se acercaban los seres mecánicos, su tamaño me dejó estupefacto. Las patas metálicas tenían un metro ochenta de longitud. Las vulnerables cúpulas de cristal se alzaban a dos metros y medio del suelo.
Salté y golpeé el cerebro del más cercano cuando iba a pasar de largo. El golpe destruyó la coraza transparente y el blando cerebro que contenía. Pero la máquina se vino abajo de mi lado, y caí con ella al suelo, cruelmente lastimado bajo sus miembros metálicos.
Mi pierna estaba aprisionada entre la máquina y el suelo, y no pude librarme en seguida de su peso. Pero no había soltado la barra de cobre, y cuando otro ser mecánico se inclinó como para observar al caído, cogí mi arma con ambas manos y asesté otro golpe mortal.
La segunda máquina cayó rígida a mi lado, aunque sin dejar de emitir su extraño ruido zumbante, y su posición casi no me dejaba ver lo que ocurría. Forcejeé con rabia para sacar la pierna mientras los Eternos sobrevivientes formaban pelotón, entre incesantes zumbidos.
Al fin logré salir, incorporándome hasta quedar de rodillas. Siempre lentos ante una situación inesperada, los seres mecánicos no habían hecho nada, limitándose a cambiar impresiones con sus zumbidos.
Uno de ellos se abalanzó sobre mí mientras me ponía en pie, tratando de batirme con su brazo metálico. Conseguí esquivar el latigazo demoledor, y golpeé la caja de cristal con el extremo de la barra de cobre.
La porra quebró la cúpula de cristal y destrozó el blando cerebro que contenía. Pero la máquina siguió moviéndose. Se alejó dando saltos mientras sus miembros metálicos repetían sin cesar los movimientos que ejecutaban en el instante de morir su cerebro director.
Me dejé caer al suelo, rodando con rapidez para ponerme fuera de su alcance, y luego me puse otra vez en pie, sin soltar en ningún momento la barra de cobre.
Los demás seres metálicos arremetieron contra mí, haciendo volar sus miembros metálicos. Salté con desesperación y me elevé tres metros por encima de sus cajas brillantes. Caí sobre la caja de uno de ellos, al lado de la cúpula de cristal que albergaba el cerebro. Aseguré los pies y le propiné un estacazo antes de que pudiera atraparme con sus palancas armadas de ganchos.
Mientras mi enemigo caía al suelo, haciendo ruidos metálicos y agitando sus refulgentes extremidades, salté hacia el otro, esgrimiendo la barra. Pero sólo golpeé la caja metálica, sin hacerle daño, y caí sobre el musgo.
Antes de que pudiera reaccionar, el monstruo apoyó su pata metálica sobre mi cuerpo. Aplastaba mi pecho con fuerza descomunal... Creo que estuve inconsciente unos segundos. Luego escupí una espuma sanguinolenta.
Yacía indefenso en el musgo rojo, y la espantosa seguridad de que iba a morir me invadió como una oleada negra que incluso me hacía olvidar el dolor. El miembro metálico se apartó de mí.
Luego vi que estaba a mi lado la Madre. Acudía a socorrerme.
Apretó su cálido y suave cuerpo contra el mío. Vi sus ojos color violeta empañados y suplicantes. Apoyó sus rosadas alas sobre mi costado. El dolor desapareció. Cobré un renovado vigor, por lo que pude incorporarme, aunque aún respiraba burbujas de sangre y sentía el ardor de una herida en el costado.
El último ser mecánico sobreviviente se inclinaba buscando a la Madre. Volví a aferrar la barra de cobre y lancé un furioso mandoble contra la cúpula de cristal. Mientras se derrumbaba, agitando a ciegas sus grandes extremidades metálicas, mi nueva fuerza se disipó de improviso y volví a caer, escupiendo sangre de nuevo.
En la confusión, la Madre había recibido un golpe terrible que la arrojó al suelo, a muchos metros de distancia. Se arrastró otra vez hacia mí, poco a poco, desfalleciente. Su vello dorado estaba manchado de rojo. Las alas colgaban, fláccidas y pálidas. En sus ojos había una expresión de agonía.
Al llegar a donde yo me hallaba cayó sobre mí. Su voz melodiosa llegó muy débil a mis oídos y de repente cesó en un sonido ahogado. Había intentado decirme algo, pero no pudo.
El último de los Eternos que nos habían perseguido estaba muerto. Poco después, las máquinas dejaron de zumbar y de agitarse sobre el musgo.
Allí permanecimos hasta el anochecer, uno junto al otro, inmóviles. Y cuando cayó la misteriosa noche, cuando el inmenso disco blanco de la Tierra nos bañó con su esplendor plateado, en mi delirio confundía mi vida terrestre con las aventuras vividas con la Madre en aquel espeluznante mundo lunar.
La Tierra descendía hacia el ocaso. Estábamos yertos y calados por el rocío, muy apretados para darnos calor mutuamente. Los sueños delirantes cesaron entonces. Durante algunos minutos sentí una fría lucidez. Recordé lo que había sido mi existencia anterior: una vida sin objetivos definidos, una agitación inútil. Y no me arrepentí de haber visitado la Luna.
Retuve a la Madre entre mis brazos hasta notar que estaba inmóvil. Ningún esfuerzo de mi parte podría devolverle la vida. La enterré bajo el musgo verde, con los ojos arrasados en lágrimas. Luego me acerqué a la nave dando traspiés y subí. Cerré la escotilla, puse en marcha el mecanismo, y sentí que la nave me conducía rápidamente hacia la lejana Tierra, que me reclamaba.