los esponsales de santo domingo (spanish)
A principios de este siglo, cuando en la parte francesa de la isla de Santo Domingo los negros asesinaban a los blancos, vivía en la plantación del señor Guillaume von Villeneuve, situada a unos días de camino de Puerto Príncipe, un viejo negro verdaderamente aterrador llamado Congo Hoango. Procedía de la Costa de Oro africana y en su juventud parecía una persona de temperamento apacible, leal y honesto, por lo que el señor Guillaume le había colmado de infinidad de favores. En cierta ocasión, durante un viaje a Cuba, le había salvado la vida a su amo, quien le concedió la libertad en el acto; más aún, al regresar a Santo Domingo puso a su disposición una casa y una finca; no contento con eso, algunos años después, contraviniendo las costumbres del país, le convirtió en capataz de su hacienda, un latifundio de dimensiones considerables, y como Congo Hoango no quería volver a casarse, en lugar de esposa le entregó a una vieja mulata de su plantación llamada Babekan, que era pariente lejana por parte de su primera mujer ya fallecida; por último, cuando el negro hubo alcanzado la edad de sesenta años, lo retiró con un apreciable salario y colmó la medida de su gratitud teniéndole presente incluso en su testamento; sin embargo, todas estas pruebas de agradecimiento no pudieron proteger al señor Villeneuve de la ira de este hombre feroz. Dejándose arrastrar por el vértigo de la venganza, que prendió en todas las plantaciones siguiendo los delirantes pasos de la Convención Nacional, Congo Hoango fue uno de los primeros en tomar las armas y, recordando la tiranía que le había arrancado de su patria, buscó a su señor y le metió una bala en la cabeza, prendió fuego a la casa en la que se habían refugiado la esposa de éste con sus tres hijos y el resto de los blancos del asentamiento, devastó la plantación entera para que los herederos, residentes en Puerto Príncipe, no pudieran reclamarla y, después de haber arrasado la totalidad de las instalaciones pertenecientes a la propiedad, recorrió las comarcas vecinas con los negros que había reunido y armado para apoyar a sus hermanos en la lucha contra los blancos. Unas veces acechaba a los viajeros que cruzaban el país en grupos, pensando que así podría defenderse mejor; otras caía a plena luz del día sobre los propios dueños de las plantaciones atrincherados en sus propiedades y pasaba a cuchillo a todo aquel que encontraba allí. En su inhumana sed de venganza llegó incluso a exigirles a la vieja Babekan y a su hija, una joven mestiza de quince años llamada Toni, que tomaran parte en esta feroz contienda que le había rejuvenecido completamente. Aprovechando que el edificio principal de la plantación en que ahora vivía se encontraba al lado de la carretera, solitario y apartado del resto de construcciones, y que no era extraño que, durante su ausencia, acudieran allí fugitivos blancos o criollos en busca de alimento o cobijo, instruyó a las mujeres para que entretuviesen a estos perros blancos, como él los llamaba, con favores y atenciones hasta que él regresara. En tales ocasiones, Babekan, que sufría de tisis a consecuencia de un cruel castigo que había recibido en su juventud, solía vestir a la joven Toni con sus mejores galas, pues la muchacha, debido a su tez tostada, se prestaba muy bien para sus infames maquinaciones, y la animaba a entretener a los extraños con todo tipo de caricias, sin negarles ninguna salvo la última, que tenía prohibida bajo pena de muerte, hasta que Congo Hoango, acompañado por su tropa de negros, regresaba de sus correrías por la comarca y sellaba la suerte de esos pobres diablos que se habían dejado engañar por las malas artes de aquellas mujeres.
Como todo el mundo sabe, en el año 1803, cuando el general Dessalines avanzó hacia Puerto Príncipe al frente de un ejército de treinta mil negros, todo lo que tenía color blanco se lanzó a esta plaza para defenderla, pues era el último foco de resistencia que mantenían los franceses en la isla y, si caía, todos los blancos que se encontraran en ella estarían perdidos sin remedio. En estas circunstancias, el viejo Hoango partió con todos los negros de que disponía para llevar al general Dessalines un transporte de pólvora y plomo atravesando los puestos franceses. Sucedió que una noche tenebrosa, de lluvia y tormenta, alguien llamó a la puerta trasera de su casa estando él ausente. La vieja Babekan, que ya se había acostado, se levantó, abrió la ventana cubriéndose con una simple saya que ciñó a sus caderas y preguntó quién era.
—¡Por santa María Virgen y todos los santos! —dijo el extraño en voz baja mientras se colocaba debajo de la ventana y extendía su mano a través de la oscuridad de la noche para coger la mano de la anciana—. Respondedme a una pregunta antes de que yo os conteste. ¿Sois negra?
—¡Bueno, lo que está claro es que vos sois un blanco, ya que preferís enfrentaros al rostro tenebroso de esta noche tan cerrada antes que al de una negra! —dijo Babekan—. Entrad y no temáis nada. Aquí vive una mulata y, aparte de mi hija, que es mestiza, no hay nadie más en la casa.
Cerró la ventana dando a entender que iba a abrirle la puerta; pero, con el pretexto de que no encontraba la llave, sacó ropa a toda prisa del armario y subió al dormitorio del piso superior para despertar a su hija.
—¡Toni! —la llamó—. ¡Toni!
—¿Qué pasa, madre?
—¡Deprisa! —ordenó ésta—. ¡Levántate y vístete! ¡Aquí tienes ropa blanca, medias y un vestido! ¡Hay un blanco en la puerta al que vienen persiguiendo y me ha pedido que le dejemos pasar!
—¿Un blanco? —preguntó Toni, mientras se incorporaba en la cama y recogía la ropa que la anciana le entregaba—. ¿Y está solo, madre? ¿No tendremos nada que temer si le permitimos entrar?
—¡Nada en absoluto! —replicó la anciana mientras encendía la luz—. Viene solo y va desarmado. Teme que le ataquemos, tiembla de pies a cabeza.
Mientras Toni se levantaba y se ponía la saya, las medias y el vestido, Babekan encendió un farol grande que había en un rincón de la habitación y arregló el cabello de la muchacha a toda prisa, peinándolo al estilo del país, con un recogido sobre la cabeza; después le ayudó a ceñirse el corpiño y, entregándole un sombrero, le puso el farol en la mano y le ordenó que bajase al patio para abrirle la puerta al extraño.
Entretanto, el ladrido de los perros de la hacienda había despertado a Nanky, un muchacho a quien Hoango había engendrado fuera del matrimonio con una negra, y que dormía con su hermano Seppy en el edificio contiguo. Al mirar por la ventana el resplandor de la luna le permitió ver a un hombre de pie y solo en la escalera trasera de la casa. Se levantó a toda prisa y, como le habían indicado que hiciera en tales casos, fue corriendo a cerrar la puerta del patio por la que el desconocido había entrado. Extrañado, el hombre se aproximó al muchacho y descubrió con espanto que se trataba de un negro. Inmediatamente le preguntó quién vivía en aquel lugar y éste le respondió que, a la muerte del señor Villeneuve, la propiedad había pasado a las manos del negro Hoango. Se disponía a derribar al chico, arrancarle de las manos la llave de la puerta del patio y darse a la fuga, cuando vio salir de la casa a Toni con el farol en la mano.
—¡Deprisa! —dijo la muchacha tomándole de la mano y conduciéndole hacia la puerta mientras colocaba el farol de modo que su luz iluminara perfectamente su rostro—. ¡Entrad!
—¿Quién eres tú? —exclamó el extraño alterado en todos los sentidos por la amable figura de la joven—. ¿Quién vive en esta casa en la que, según dices, voy a encontrar mi salvación?
—¡Nadie salvo mi madre y yo! ¡Tan cierto como el sol que nos alumbra! —dijo la muchacha, tirando de él con todas sus fuerzas y tratando de arrastrarle consigo.
—¡Cómo que nadie! —exclamó el extraño soltándose de su mano y dando un paso atrás—. ¿Acaso no acaba de decirme el chico que esta casa la ocupa ahora un negro llamado Hoango?
—¡Pues yo os digo que no! —replicó la muchacha contrariada, pataleando—. Y aunque la casa perteneciera al demonio que conocemos con ese nombre, en este momento está ausente, a diez millas de aquí.
A continuación tiró del hombre con sus dos manos y le metió en la casa, luego salió para ordenarle al muchacho que no hablara con nadie de su llegada; volvió a tomar la mano del extraño, que aguardaba en el umbral, y le condujo escaleras arriba a la habitación de su madre.
—¡Bien! —dijo la anciana, que había oído toda la conversación desde la ventana y, gracias a la luz, había advertido que se trataba de un oficial—. ¿Por qué lleváis la espada en ristre, como si fuerais a descargar un golpe? Nosotras —añadió mientras se ponía las gafas— os hemos concedido refugio en nuestra casa con grave riesgo de nuestra vida; ¿habéis entrado aquí para premiar nuestra buena obra con una traición, tal y como acostumbran a hacer vuestros compatriotas?
—¡Que el cielo no lo permita! —respondió el extraño, que se había acercado al sillón donde Babekan estaba sentada.
Tomó la mano de la anciana, la apretó contra su corazón y, mientras se quitaba la espada que llevaba a la cadera, lanzó una tímida mirada a su alrededor.
—¡Tenéis ante vos al más desgraciado de los hombres —exclamó—, pero no a un desagradecido ni a un desalmado!
—¿Quién sois? —preguntó la anciana mientras empujaba una silla con el pie para que tomara asiento y ordenaba a la muchacha que fuese a la cocina a prepararle algo de cenar, lo mejor que pudiera con aquellas prisas.
—Soy oficial del ejército francés, aunque, como ya os habréis dado cuenta, no soy de Francia —replicó el extraño—; mi patria es Suiza y mi nombre Gustav von der Ried. ¡Ay! ¡Ojalá no la hubiera abandonado jamás para venir a esta desdichada isla! He huido de Fort Dauphin, donde, como sabéis, todos los blancos han sido asesinados, y mi intención es llegar a Puerto Príncipe antes que el general Dessalines alcance la ciudad, declare el bloqueo y comience el asedio con sus tropas.
—¡De Fort Dauphin! —exclamó la anciana—. ¿Y con vuestro color de piel habéis logrado cubrir un camino tan largo en un territorio ocupado por los negros sublevados? ¡Qué horror!
—¡Dios y todos los santos me han protegido! —respondió el extraño—. Y no estoy solo, abuela, me acompañan otros a los que he tenido que dejar atrás: mi tío, un honorable anciano que ya tiene muchos años, con su esposa y cinco hijos, aparte de los sirvientes y las doncellas; en total un grupo de doce personas, que yo, con ayuda de dos míseras mulas, he tenido que traer hasta aquí.
—¡Cielos! —exclamó la anciana al tiempo que sacudía compasiva la cabeza y tomaba una pizca de tabaco—. ¿Y dónde se encuentran en este momento vuestros compañeros de viaje?
—A vos os lo puedo confiar —repuso el extraño después de meditarlo un poco—, pues veo que en el color de vuestro rostro brilla un destello del mío. Si queréis saberlo, mi familia se encuentra a una milla de distancia, junto a la laguna de las Gaviotas, en la espesura del bosque que cubre las montañas vecinas. El hambre y la sed nos forzaron a emprender esta huida anteayer. La pasada noche enviamos a nuestros sirvientes para conseguir un poco de pan y vino de los habitantes de esta comarca, pero fue en vano; el temor a ser capturados y asesinados les impidió actuar con la determinación que les habría permitido lograr su propósito, de forma que hoy he decidido que sería yo mismo el que saliera a probar suerte, aun a riesgo de mi propia vida, y, o mucho me engaño, o el cielo me ha traído a la casa de gente compasiva —siguió diciendo, mientras apretaba la mano de la anciana— que no comparte la espantosa e insólita violencia que se ha apoderado de todos los habitantes de esta isla. Tened la bondad de darme algunas cestas con alimentos y refrigerios, yo os recompensaré generosamente. Aún tenemos cinco días de viaje hasta Puerto Príncipe y, si nos proporcionáis los medios para alcanzar la ciudad, os estaremos eternamente agradecidos por haber salvado nuestras vidas.
—Sí, tenéis razón, no soporto esta violencia delirante —afirmó hipócritamente la anciana—. ¿No es como si las manos de un cuerpo o los dientes de una boca se levantaran unos contra otros porque un miembro no está constituido como el resto? ¿Qué puedo decir yo si mi padre era de Santiago, de la isla de Cuba, y por eso mi rostro resplandece con el fulgor del amanecer? ¿Y qué puede decir mi hija, que fue concebida y nació en Europa, cuando su semblante resplandece con la luz del mediodía de aquel continente?
—¿Cómo? —exclamó el extraño—. ¿Vos, que a juzgar por vuestro rostro sois mulata y, por lo tanto, de origen africano, padecéis junto con esta amable joven mestiza que me ha abierto la puerta la misma persecución que nosotros los europeos?
—¡Cielo santo! —replicó la anciana mientras se quitaba las gafas de la nariz—. ¿Pensáis que la pequeña propiedad que hemos adquirido con el sudor de nuestra frente después de pasar años de penalidades y fatigas no despierta la codicia de esa despiadada chusma de bandidos salidos del infierno? ¡Qué habría sido de nosotras si no hubiéramos sabido burlar con astucia sus asechanzas, utilizando todas las artes que la necesidad pone en manos del débil para que pueda defenderse! ¡La sombra que nos cubre el rostro no basta para que los de nuestra raza se apiaden de nosotras, os lo aseguro!
—¡No es posible! —exclamó el extraño—. ¿Y quién os persigue y os acosa en esta isla?
—El dueño de esta casa —respondió la anciana—. ¡El negro Congo Hoango! Desde la muerte del señor Guillaume, el anterior propietario de esta plantación, a quien aquél asesinó con sus crueles manos nada más estallar la revuelta, hemos quedado a su merced; la violencia de ese negro no conoce límites y dispone de nosotras a su antojo, a pesar de que somos de su familia y nos ocupamos de su casa. Cada pedazo de pan, cada sorbo de agua con que por pura humanidad aliviamos a los fugitivos blancos que de vez en cuando pasan por la carretera nos lo retribuye con insultos y malos tratos. Su mayor deseo sería azuzar el rencor de los negros contra las dos y conseguir que venguen los abusos que han sufrido en nosotras, perras mestizas y criollas, como él nos llama; de esa manera se libraría de las únicas personas que le reprochan su salvajismo contra los blancos y, por otro lado, se apoderaría de lo poco que poseemos.
—¡Desdichadas! —exclamó el extraño—. ¡Vuestra historia me conmueve en lo más profundo! ¿Y dónde se encuentra en este instante ese loco furioso?
—Con el ejército del general Dessalines —respondió la anciana—; ha partido con el resto de los negros de esta plantación para llevar un cargamento de pólvora y plomo que necesita el general. Si no recibe otras órdenes, calculamos que regresará dentro de diez o doce días. Si entonces, ¡Dios no lo quiera!, se enterase de que hemos brindado protección y cobijo a un blanco que se dirigía a Puerto Príncipe mientras él luchaba con todas sus fuerzas para aniquilar su estirpe de esta isla, todos nosotros, ¡bien lo podéis creer!, seríamos entregados a la muerte.
—¡El cielo, que ama a quienes se muestran compasivos con su prójimo —empezó a decir el extraño, acercándose a la anciana—, no dejará de protegeros por la misericordia que habéis tenido con un pobre desdichado! En cualquier caso, como ya habéis caído en desgracia ante el negro y, si quisierais regresar con él en el futuro, no os serviría de nada jurarle obediencia, tal vez podríais acoger bajo vuestro techo, por uno o dos días, a mi tío y a su familia para que se recuperasen un poco del viaje, que ha quebrantado su salud. A cambio, estaría dispuesto a daros lo que me pidierais.
—¡Joven señor! —dijo la anciana muy alterada—. ¿Os dais cuenta de lo que nos pedís? ¿Cómo podríamos albergar en una casa que se encuentra junto a la carretera a un grupo tan numeroso como el vuestro sin que la gente de la comarca lo advirtiera?
—¿Por qué no? —insistió el extraño—. Pongamos que salgo ahora mismo para la laguna de las Gaviotas y, antes de que rompa el día, los traigo a todos a la plantación, señores y criados; una vez aquí, nos alojáis en un solo aposento, el mismo para todos, y para evitar que nos descubran tomamos la precaución de cerrar cuidadosamente puertas y ventanas.
La anciana estuvo dándole vueltas a su propuesta durante un buen rato, antes de explicarle que si salía aquella misma noche hacia la montaña para conducir al grupo a la plantación a través de la garganta, a su regreso se encontraría sin remedio con una tropa de negros armados que, según habían anunciado algunos fusileros enviados como avanzadilla, al día siguiente iba a pasar por allí.
—De acuerdo —replicó el extraño—. Entonces, por ahora tendremos que conformarnos con enviar una cesta de alimentos a esos desdichados, y esperaremos a la noche siguiente para introducirlos en la plantación. ¿Os parece bien, abuelita?
—Me parece bien —dijo la anciana mientras el extraño cubría con una lluvia de besos su huesuda mano—. Por el amor que profesé al caballero europeo que fue padre de mi hija, como compatriotas suyos, accedo a ayudaros ahora que sois perseguidos. Quedaos aquí hasta el alba, escribid una nota invitando a vuestra familia a venir a la plantación; el muchacho que habéis visto en el patio puede hacérsela llegar junto con algunas provisiones. Por su propia seguridad, es mejor que pasen la noche en las montañas; luego, al día siguiente, en caso de que acepten la invitación, podréis guiarlos hasta aquí.
Toni, que hasta entonces había estado en la cocina, regresó con la cena que había preparado. Mientras ponía la mesa, echó una mirada al extraño y preguntó a la anciana en tono burlón:
—Bueno, madre, decidme: ¿ya se ha repuesto el señor del susto que se ha llevado junto a la puerta? ¿Ya se ha convencido de que en esta casa no le aguardan ni el veneno ni el puñal y de que el negro Hoango no está aquí?
—Hija, como dice el refrán, el gato escaldado del agua fría huye —replicó su madre dejando escapar un suspiro—. Por otra parte, el señor habría obrado de forma imprudente si se hubiera aventurado a entrar en la casa antes de comprobar la raza de sus moradores.
La muchacha se acercó a su madre y le contó cómo había sostenido el farol de modo que su resplandor le iluminara perfectamente el rostro.
—Pero en su imaginación —dijo ella— sólo veía negros y africanos por doquier. Aunque le hubiera abierto la puerta una dama de París o de Marsella, la habría tomado por una negra.
El extraño la abrazó con dulzura y respondió azorado que el sombrero que ella llevaba puesto le había impedido verle la cara.
—Si hubiera podido mirarte a los ojos —siguió diciendo, mientras la estrechaba con fuerza contra su pecho—, como hago ahora, aunque hubieras sido negra, no me habría importado beber contigo un cáliz envenenado.
Después de pronunciar aquellas palabras, el joven enrojeció visiblemente. La madre le invitó a sentarse y Toni se apresuró a colocarse a su lado. Mientras él comía ella contemplaba su rostro con los brazos apoyados sobre la mesa. El extraño le preguntó cuántos años tenía y dónde había nacido. Fue la madre quien contestó. Dijo que Toni había sido concebida y había venido al mundo en París, hacía quince años, durante un viaje que ella había hecho a Europa con la mujer del señor Villeneuve, su antiguo amo. El negro Komar, con el que se había casado más tarde, la había aceptado como hija, aunque su verdadero padre era un rico comerciante de Marsella, llamado Bertrand, razón por la cual la muchacha se llamaba Toni Bertrand. La joven le preguntó si se había encontrado con alguien que se llamara así en Francia. El extraño le respondió que no, que el país era grande y que no había estado en él más que unos pocos días antes de embarcarse para las Indias Occidentales, y en ese breve lapso de tiempo no había conocido a ninguna persona con ese apellido. La anciana comentó que, según había sabido por fuentes completamente fiables, el señor Bertrand tampoco se encontraba ya en Francia.
—Su ambicioso y rebelde espíritu —dijo— no encontraba acomodo en los círculos burgueses. Al estallar la revolución se metió en política, y en 1795 partió con una embajada francesa a la corte turca. Por lo que sé, sigue allí.
El extraño sonrió a Toni y, mientras la cogía de la mano, aseguró que, en ese caso, llegaría a ser una muchacha rica y distinguida. La animó a que hiciera valer los privilegios que le otorgaba su origen. Considerando quién era su padre podría llevar una vida espléndida, mucho mejor que la que tenía ahora; lo único que debía hacer era mantener viva la esperanza.
—Me parece difícil —repuso la anciana, herida en sus sentimientos—. Al enterarse de que estaba embarazada, el señor Bertrand me abandonó. Se había comprometido con una rica joven de París y le daba vergüenza admitir ante su novia la paternidad de esta niña. Jamás olvidaré el juramento que tuvo la desfachatez de prestar ante el tribunal sin dejar de mirarme a la cara. Lo único que conseguí fue que se me revolviera la bilis, lo que me provocó unas fiebres espantosas, y recibir además sesenta azotes, que fue el castigo que me impuso el señor Villeneuve. Después de aquello enfermé de tisis, que sigo padeciendo hasta el día de hoy.
Toni se había quedado pensativa, con la cabeza apoyada sobre una mano. Preguntó al extraño quién era, de dónde venía y adónde se dirigía. Éste tardó un momento en contestar, pues seguía conmocionado por la triste historia de la anciana; luego explicó que venía de Fort Dauphin con la familia de su tío, el señor Strömli, a quienes había dejado ocultos en los bosques que crecen en las montañas de la laguna de las Gaviotas bajo la protección de dos jóvenes sobrinos. La muchacha quiso conocer algunos detalles de la revuelta que se había desencadenado en esa ciudad; el hombre no tuvo inconveniente en complacerla y contó cómo a medianoche, aprovechando que todos dormían, a una señal convenida por los traidores se había desatado la carnicería de los negros contra los blancos; el jefe de los primeros, un sargento del cuerpo de pioneros franceses, había tenido la vileza de prender fuego a todos los barcos del puerto para cortar a los blancos la huida hacia Europa; su familia había tenido el tiempo justo para salvarse saliendo por la puerta de la ciudad con las escasas pertenencias que había podido reunir; como la revuelta había prendido a la vez en todos los puntos de la costa no les había quedado más remedio que emprender el camino hacia Puerto Príncipe con dos mulas que se habían procurado atravesando todo el país, pues la capital, protegida por el ejército francés, era el único enclave que continuaba ofreciendo resistencia a las fuerzas del enemigo, que aumentaban de día en día. Toni preguntó por qué los blancos se habían hecho odiar tanto. Conmovido por estas palabras, el extraño replicó:
—¡Por el trato que, como señores de la isla, daban a los negros, y que, a decir verdad, no me atrevería a defender, aunque hace muchos siglos que venía siendo aceptado! Las ansias de libertad se apoderaron de las plantaciones y empujaron a negros y criollos a romper las cadenas que los oprimían y a cobrarse venganza de los blancos por los innumerables abusos y la violencia que habían sufrido por parte de algunos amos crueles y despreciables. Recuerdo a una joven —siguió diciendo después de una pausa— cuya escalofriante historia me llamó poderosamente la atención. Al estallar la revuelta, esta muchacha, de raza negra, contrajo la fiebre amarilla que, para acabar de torcer las cosas, se había propagado entonces por la ciudad. Tres años antes había trabajado como esclava en una plantación, cuyo dueño se encaprichó de ella. Herido en su orgullo, ya que la joven no se había sometido a sus deseos, la había tratado duramente y después la había vendido a un criollo. El día de la revuelta la muchacha se enteró de que su antiguo amo había escapado de la ira de los negros que le perseguían buscando refugio en un establo cercano; recordando los malos tratos que había sufrido, aguardó a que oscureciera y le envió a su hermano para invitarle a que pasara la noche con ella. El desdichado, que no sabía que la muchacha se encontraba enferma y mucho menos que tuviera fiebre amarilla, llegó y la estrechó entre sus brazos, lleno de gratitud al creerse salvado. Llevaba media hora en su cama disfrutando de las caricias y ternuras de la joven, cuando, de repente, ésta se levantó y con una expresión que mezclaba la frialdad y un odio feroz le dijo: ¡Has besado a una enferma de peste que lleva la muerte en su pecho; vete y transmite la fiebre amarilla a todos los de tu raza!
La anciana alzó la voz para condenar un acto tan reprobable como aquél. El oficial se volvió hacia Toni y le preguntó si ella sería capaz de hacer algo parecido.
—¡No! —exclamó Toni mientras bajaba la mirada confusa.
Dejando su pañuelo sobre la mesa, el extraño declaró que por cruel que hubiera sido la tiranía que habían ejercido los blancos, nada podía justificar una traición tan vil y detestable, y, levantándose, añadió con voz apasionada que en el fondo de su corazón estaba seguro de que aquella sangre clamaría al cielo y que los propios ángeles, indignados por lo que estaba ocurriendo, en lugar de vengar los agravios que pudieran haber soportado los negros, se pondrían del lado de aquellos que ahora se veían atropellados contra toda razón y harían suya su causa y la lucha que mantenían por sostener el orden humano y el divino. Después se acercó a la ventana un instante y miró a la noche. Las nubes de tormenta cubrían la luna y las estrellas. Advirtió que la madre y la hija se miraban, aunque no reparó en que cambiaran señal alguna. Contrariado y con una sensación desagradable, se dio la vuelta y rogó que le indicaran dónde podía dormir.
La madre miró al reloj de pared y comprobó que era cerca de medianoche. Tomó una luz y, tras rogar al extraño que la siguiera, lo condujo por un largo corredor hasta la habitación que le habían preparado. Toni iba detrás con la casaca del extraño y el resto de las cosas que se había quitado. La madre le mostró una cama cómoda y mullida, donde le invitó a dormir, y después de haber ordenado a Toni que preparase al señor un baño para los pies, le deseó buenas noches y se despidió. El extraño colocó su espada en un rincón y dejó sobre la mesa un par de pistolas que llevaba al cinto. Echó un vistazo a la habitación mientras Toni corría la cama y extendía sobre ella una sábana blanca. Por la riqueza y el gusto que imperaban en el dormitorio dedujo que debía de haber pertenecido al anterior dueño de la plantación. Una sensación de inquietud se abatió sobre su corazón como un buitre. Por un momento deseó regresar con los suyos a los bosques, hambriento y sediento como había venido. Mientras tanto, la muchacha había vuelto de la cocina con una jofaina llena de agua caliente, que desprendía un agradable olor a hierbas aromáticas; se acercó al oficial, que se había apoyado en la ventana, y le invitó a refrescarse. El oficial se desprendió en silencio del chaleco y del corbatín; se sentó en la silla y se dispuso a descalzarse, mientras la muchacha, de rodillas ante él, se ocupaba de los preparativos para el baño. El hombre observó entonces su atractiva figura. Al arrodillarse, el cabello, henchido de oscuros rizos, le había caído en ondas sobre sus jóvenes pechos. Un aire travieso daba un encanto singular a sus labios, a sus ojos y a las largas pestañas que los cubrían cada vez que bajaba la mirada. De no ser por el color de su piel, que le desconcertaba, habría jurado que jamás había visto a un ser más hermoso. En esto volvió a reparar que la muchacha guardaba una remota semejanza con alguien, no sabía muy bien con quién, en la que ya había reparado al entrar en la casa. Su alma quedó completamente cautivada. La joven acabó con lo que estaba haciendo y se levantó. Él la tomó de la mano y, como intuyó con toda razón que sólo había un medio para comprobar si la muchacha tenía corazón o no, la sentó sobre su regazo y le preguntó si ya había estado comprometida alguna vez. Bajando sus grandes ojos negros con adorable pudor, la muchacha susurró que no. Sin moverse de su regazo, añadió que Konelly, un muchacho negro que vivía cerca de allí, le había propuesto matrimonio hacía tres meses, pero ella le había rechazado porque todavía era demasiado joven. El extraño, que ceñía su esbelto cuerpo con ambas manos, dijo que en su patria solían decir que una muchacha de catorce años y siete semanas ya tenía suficiente edad para casarse, una afirmación que venía muy bien al caso. Él le preguntó cuántos años tenía. Toni, que se había quedado mirando una pequeña cruz de oro que él llevaba al cuello, le respondió que quince.
—¿Entonces? —dijo el extraño—. ¿Acaso le falta fortuna para proporcionarte una casa como la que tú desearías?
—¡Oh, no! —respondió Toni sin levantar los ojos, mientras soltaba la cruz que sostenía en la mano—. Más bien al contrario; con los cambios que se han producido después de los últimos acontecimientos, Konelly se ha convertido en un hombre rico; su padre es el nuevo dueño de la plantación que antes pertenecía a su amo.
—¿Por qué has rechazado entonces su propuesta? —preguntó el extraño, retirándole con una afectuosa caricia el pelo que le caía sobre la frente—. ¿Acaso no te gusta?
La muchacha sacudió la cabeza sonriendo. Entonces el extraño bromeó con ella susurrándole al oído que quizá fuera un blanco el que acabaría obteniendo su favor. Ella se quedó un momento pensativa, con ojos soñadores, mientras el rubor inflamaba su rostro angelical. De repente se recostó sobre el pecho de él. Conmovido por su encanto y su amabilidad, el extraño la estrechó entre sus brazos y le dedicó unas palabras cariñosas, plenamente confiado, como si una mano divina le hubiera liberado de cualquier preocupación. Jamás hubiera sospechado que aquella emoción que percibía en ella era un vil señuelo para distraerle mientras preparaba una traición fría y cruel. Su inquietud se desvaneció igual que se dispersa una bandada de aves de mal agüero. Se reprochó haber desconfiando por un instante de la nobleza del corazón de la muchacha y, mientras la mecía en sus rodillas y aspiraba el dulce aliento de su boca, depositó un beso sobre su frente en señal de reconciliación, como si de esta forma pudiera obtener su perdón. Entretanto, la muchacha se había levantado con la aprensión de que alguien se acercaba a la habitación desde el pasillo. Pensativa, con ojos soñadores, se colocó bien el pañuelo que había caído sobre su pecho. Cuando vio que se había confundido y que todo seguía en silencio, se volvió de nuevo hacia el extraño con expresión alegre y le recordó que el agua se estaba enfriando.
—¿Y bien? —dijo ofendida al ver que el extraño callaba contemplándola pensativo—. ¿Por qué me miráis con tanta atención? —preguntó tratando de ocultar su confusión, mientras se arreglaba el corpiño—. ¡Sois un hombre asombroso! ¿Qué os llama tanto la atención de mi aspecto?
—¡Guardas una asombrosa semejanza con una amiga! —respondió él, pasándose la mano por la frente y reprimiendo un suspiro, mientras volvía a sentarla en su regazo.
—¿Con quién? —preguntó Toni, tomando sus manos con una mirada cariñosa y comprensiva al ver que la alegría había abandonado el rostro masculino.
—Se llamaba Mariane Congreve y había nacido en Estrasburgo —respondió él después de pensarlo un momento—. La conocí en esa ciudad, donde su padre era comerciante, poco antes de que estallara la revolución, y tuve la dicha de que aceptara convertirse en mi esposa y también de que su madre nos diera su bendición. ¡Ah, era el alma más noble que haya existido bajo el sol, y cuando recuerdo las terribles circunstancias en que la perdí, el dolor de mi corazón es tal que soy incapaz de contener las lágrimas!
—¿Cómo es eso? —dijo Toni mientras se apretaba contra él íntima y cariñosamente—. ¿Es que ya no vive?
—Murió —respondió tristemente el extraño mientras apoyaba la cabeza sobre el hombro de la joven—, pero antes me hizo conocer la quintaesencia de la grandeza y de la bondad. Sólo Dios sabe por qué cierta noche me fui de la lengua y critiqué en público el terrible tribunal revolucionario que acababa de implantarse. Me denunciaron, me fueron a buscar, pero yo ya había huido y me encontraba a salvo a las afueras de la ciudad. Como no pudieron dar conmigo, los miserables que me perseguían se volvieron locos y, ansiosos por cobrarse una víctima, corrieron a la vivienda de mi novia. Cuando ésta les aseguró que no sabía dónde estaba, lo que era verdad, se enfurecieron y, acusándola con escandalosa frivolidad de haberse confabulado conmigo, la arrastraron al cadalso en mi lugar. En cuanto supe lo que estaba ocurriendo, me quedé horrorizado y salí inmediatamente de mi escondite. Conseguí llegar a tiempo a la plaza donde iba a celebrarse la ejecución y me abrí paso entre la multitud gritando: ¡Aquí me tenéis, desalmados! Uno de los jueces, que por desgracia no debía de conocerme, le preguntó por mí; pero ella, que ya estaba junto a la guillotina, me miró con un gesto que se ha grabado en mi alma para siempre y, dándose la vuelta, contestó: ¡No conozco a ese hombre! Instantes después, entre el redoble de los tambores y los abucheos de una multitud alborotada y ávida de sangre, la hoja de acero cayó separándole la cabeza del tronco. No sé cómo logré salvarme. Un cuarto de hora después de aquello me vi en casa de un amigo, donde salía de un desmayo para caer en otro. Al atardecer, desquiciado como estaba, me metieron en un coche y me llevaron al otro lado del Rhin.
Al acabar su relato, el extraño se soltó de la muchacha y se acercó a la ventana. Viendo la conmoción que reflejaba su rostro y cómo se enjugaba las lágrimas con un pañuelo, la joven sintió que se le despertaba su compasión. Se levantó resueltamente, se acercó a él y, tras echársele al cuello, mezcló sus lágrimas con las del pobre desdichado.
No es necesario que expliquemos lo que sucedió a continuación porque, llegados a este punto, cualquiera que lea la historia podrá deducirlo sin dificultad. Mientras el extraño recuperaba la compostura, empezó a pensar en las consecuencias que podría tener lo que acababa de ocurrir. De momento, se sentía a salvo en aquella casa y no tenía nada que temer de la muchacha. Volvió su mirada hacia ella y vio que lloraba sobre la cama con los brazos encogidos. Se acercó e hizo lo posible para tranquilizarla. Se quitó del pecho la pequeña cruz de oro que la fiel Mariane, su difunta novia, le había regalado y, prodigándole infinidad de caricias, se inclinó sobre ella y se la colgó alrededor del cuello declarando que aquél sería su regalo de compromiso. Como la joven no escuchaba sus palabras y seguía llorando desconsoladamente, se sentó en el borde de la cama y, unas veces acariciándole la mano y otras besándosela, le dijo que a la mañana siguiente iría a pedirla a su madre en matrimonio. Le describió la pequeña propiedad que poseía en las orillas del Aar, donde podrían vivir con absoluta libertad e independencia; una vivienda cómoda y con suficiente espacio para acogerla a ella y también a su madre, si su edad le permitía viajar hasta Europa; campos, jardines, prados y viñedos; conocería a su padre, un anciano venerable, que la recibiría con todo su cariño, agradecido de que hubiera salvado a su hijo. Como la joven seguía en la cama deshaciéndose en lágrimas, la recogió en sus brazos y, conmovido en lo más íntimo por su desconsuelo, le preguntó qué mal le había hecho y si le perdonaría, le juró que el amor que sentía por ella en su corazón jamás le abandonaría y que si se había comportado de aquella manera era porque un extraño vértigo había confundido sus sentidos de un modo inexplicable, seduciéndole con una mezcla de angustia y deseo. Por último, le recordó que las estrellas de la mañana ya brillaban en el firmamento, y que si permanecía más tiempo en la cama la madre los sorprendería allí, de modo que la invitó a que se levantara y descansase algunas horas en su propio lecho, hasta que se recuperase; y tan preocupado se hallaba por el estado de la muchacha que llegó a preguntarle si quería que la llevase en brazos a su dormitorio. Como ella no respondía a ninguna de sus preguntas y seguía inmóvil, con la cabeza apretada entre los brazos y gimiendo sobre los almohadones de la cama revuelta, al final, viendo clarear el día a través de las dos ventanas, al hombre no le quedó más remedio que levantarla sin más, cargársela a la espalda y, sacando fuerzas de flaqueza, llevarla escaleras arriba hasta su dormitorio, donde la dejó sobre el lecho, repitiéndole una vez más, entre mil caricias, todo lo que ya le había dicho y asegurándole que se casaría con ella. A continuación, le besó en las mejillas y se apresuró a regresar a su cuarto.
Apenas había despuntado el día cuando la vieja Babekan se dirigió al dormitorio de su hija, que estaba en el piso de arriba, y sentándose en su cama le reveló los planes que tenía tanto para el extraño como para la gente que viajaba con él. Como aún faltaban dos días para que el negro Congo Hoango regresara, todo dependía de que lograran retener al hombre en la casa durante ese tiempo y que evitaran que llevara a sus parientes, cuya presencia, considerando su número, podía resultar peligrosa. Para ello, había pensado engañarlo contándole que acababa de recibir noticias de que el general Dessalines se dirigía hacia aquel lugar con todo su ejército; si no querían correr el riesgo de ser descubiertos, le diría, tendrían que esperar tres días para poder ir a buscar a sus familiares y traerlos a la plantación. En cualquier caso, la vieja pensaba que, si deseaban acabar también con ellos, tendrían que hacer lo posible por abastecerlos de alimentos para que no continuaran su viaje; de esta forma, prometiéndoles que encontrarían refugio en su casa, los retendrían junto a la laguna hasta que pudiesen caer sobre ellos. Le explicó a su hija lo importante que sería para las dos que todo aquel asunto saliera bien, porque era muy probable que aquella familia llevara encima considerables riquezas, así que pidió a la muchacha que pusiera todo su empeño en favorecer el éxito de esa empresa. Toni se incorporó en la cama; parecía muy disgustada y tenía el rostro arrebatado. Declaró que le parecía vergonzoso y despreciable vulnerar de esta manera las leyes de la hospitalidad, traicionando a personas que uno mismo había atraído a su casa. En su opinión, una vez que habían acogido al fugitivo y se habían ganado su confianza brindándose a ayudarle, debían mantener su palabra y lograr que se sintiera el doble de seguro, y añadió que si no renunciaba a sus criminales propósitos, en ese mismo momento iría a avisar al extraño y le haría saber que aquella casa en la que había creído encontrar su salvación era, en realidad, una cueva de bandidos.
—¡Toni! —exclamó la madre poniendo los brazos en jarras y mirándola con los ojos muy abiertos.
—¡Tenlo por seguro! —replicó Toni bajando la voz—. ¿Qué mal nos ha hecho a nosotras este joven, que ni siquiera es francés, sino suizo, como él mismo nos ha dicho, para que caigamos sobre él como vulgares bandidos, le demos muerte y le saqueemos? ¿Acaso los abusos cometidos en nuestras plantaciones se han producido también en la parte de la isla de donde él procede? ¿No nos ha demostrado que es un hombre noble y magnánimo al criticar las injusticias que los de su raza han cometido con los negros y al asegurar que las rechaza enérgicamente?
La anciana, que no había dejado de observar la extraña expresión de la muchacha mientras hablaba, se limitó a responder con labios temblorosos que estaba sorprendida. Preguntó qué culpa tenía el joven portugués al que hacía poco habían tumbado de un golpe cuando se disponía a llamar a su puerta. Preguntó qué delito habían cometido los dos holandeses que habían caído hacía tres semanas en el patio, abatidos por las balas de los negros. Quiso saber qué cargos se imputaban a los tres franceses y a tantos otros fugitivos blancos que, desde el estallido de las revueltas, habían sido ejecutados en la casa con escopetas, lanzas o puñales.
—¡Por el sol que nos alumbra! —exclamó la hija levantándose echa una furia—. ¡Qué injusta eres al recordarme todas esas atrocidades! Me habéis obligado a tomar parte en estos crímenes inhumanos, que hace mucho me repugnan en lo más íntimo, y por eso, como reparación por todo lo sucedido y para que la ira de Dios no se desate sobre mi cabeza, te juro que estoy dispuesta a morir diez veces antes de permitir que se le toque un solo cabello de la cabeza a este joven mientras se encuentre en nuestra casa.
—¡Que así sea! —dijo la anciana, manifestando una repentina condescendencia—. ¡Dejaremos que se marche! Pero cuando Congo Hoango regrese y se entere de que un blanco ha pasado la noche en nuestra casa, tendrás que responder ante él por haberle dejado escapar. ¡A ver cómo le explicas que la compasión que sentías por un blanco te llevó a desobedecer las órdenes que nos dio expresamente! —añadió, mientras se levantaba para abandonar la habitación.
Pese a su aparente benevolencia, estas palabras traslucían la rabia contenida que la anciana sentía en su fuero interno y dejaron muy preocupada a la muchacha. Conocía demasiado bien el odio de la anciana hacia los blancos como para creer que dejaría pasar esta ocasión sin aprovecharla para saciar su sed de venganza. Como temía que avisara a los negros de las plantaciones vecinas para que vinieran a liquidar al extraño, se vistió a toda prisa y siguió a su madre a la sala que había en la planta baja. Cuando llegó la vieja acababa de salir de la despensa, donde parecía haber estado atareada, y se sentó a la rueca; ante ella, clavada en la puerta, estaba la orden en que se prohibía bajo pena de muerte que un negro diese protección o amparo a cualquier fugitivo blanco. Atenazada por el terror, como si se hubiera dado cuenta del delito que cometía, se giró de repente y cayó a los pies de la madre que, como bien sabía, la había estado observando desde el fondo de la sala. Aferrándose a sus rodillas le rogó que olvidara los disparates que había dicho al interceder por el extraño unos minutos antes. Para disculpar su comportamiento sólo podía decir que la madre la había sorprendido en medio de un sueño, cuando aún estaba medio dormida; por eso, cuando se había acercado a su cama para explicarle el plan con que pensaba engañar al extraño, no había sabido cómo reaccionar. Terminó rogándole que actuara de acuerdo con lo que dictaban las leyes vigentes en el país, y que lo entregara a la muerte. La anciana observó a la muchacha en silencio y luego dijo:
—¡Bien sabe Dios que lo que acabas de decir le ha salvado, al menos hoy! Como amenazabas con tomarle bajo tu protección, ya le había envenenado la comida. Aunque fuera muerto habría acabado en manos de Congo Hoango, conforme a sus órdenes.
Después se levantó y vació por la ventana una olla llena de leche que estaba sobre la mesa. Toni se quedó horrorizada. Miraba de hito en hito a su madre sin dar crédito a lo que estaba pasando. Mientras la muchacha, que seguía de rodillas, trataba de levantarse, la anciana se sentó y le preguntó qué había ocurrido para que en una sola noche hubiera cambiado de parecer; quería saber si después de preparar el baño para el joven se había quedado hablando con él y cuánto tiempo habían estado juntos. Toni no respondió nada o, por lo menos, nada concreto. Su pecho se agitaba convulso; clavaba los ojos en el suelo. Se levantó y, llevándose las manos a la cabeza, volvió a culpar al sueño de haber nublado su mente. Luego se inclinó hacia su madre y le besó las manos, asegurando que le había bastado con mirarle el pecho para recordar toda la crueldad de la raza a la que pertenecía aquel hombre. Se dio la vuelta y, cubriéndose el rostro con el delantal, manifestó lo arrepentida que estaba y anunció que, en cuanto llegara el negro Hoango, vería qué hija tenía.
Babekan seguía sentada sin dejar de pensar a qué podría deberse la apasionada reacción que había tenido la muchacha, cuando el extraño entró en la sala con la nota que había escrito en su alcoba, en la que invitaba a la familia a pasar algunos días en la plantación del negro Hoango. Saludó con alegría y amabilidad a la madre y a la hija, y, mientras entregaba la nota a la anciana, le rogó que enviaran inmediatamente a un mensajero a los bosques para que llevara aquel recado así como los víveres prometidos a su familia. Babekan se levantó con una expresión de inquietud en el rostro y, mientras dejaba la nota en la alacena, dijo:
—Señor, debemos rogaros que volváis inmediatamente a vuestro dormitorio. La carretera está llena de grupos de negros que marchan a la guerra y nos han dicho que el general Dessalines está a punto de pasar por esta comarca con todo su ejército. Esta casa, que está abierta a cualquiera, no os garantiza ninguna seguridad si no permanecéis escondido en la habitación que da al patio y cerráis celosamente tanto las puertas como las contraventanas.
—¿Cómo? —dijo el extraño alarmado—. ¿El general Dessalines?
—¡No hay tiempo para dar explicaciones! —le interrumpió la anciana, mientras golpeaba tres veces el suelo con su bastón—. Id a vuestro dormitorio, yo os seguiré y allí responderé a todas vuestras preguntas.
Sobrecogido por el semblante preocupado de la anciana, el extraño se vio obligado a abandonar la sala. Al llegar a la puerta se volvió y dijo:
—¿Ni siquiera puedo enviar un mensaje para tranquilizar a mi familia, que me espera en…?
—Nosotras nos ocuparemos de todo —le interrumpió ella.
En ese momento el joven bastardo que ya conocemos entró en la cocina atraído por los golpes de la anciana. Toni parecía mirarse en el espejo. Su madre le pidió que recogiera una cesta con alimentos que había en un rincón. Luego madre e hija, acompañadas del extraño y el muchacho, se dispusieron a subir al dormitorio.
Una vez allí, la anciana se acomodó en un sillón y contó que durante toda la noche había visto brillar los fuegos del general Dessalines sobre las montañas que se recortaban contra el horizonte; aquello tenía sentido, pese a que hasta el momento no se hubiera visto por la comarca ni un solo negro del ejército con el que el general marchaba contra Puerto Príncipe desde el suroeste. Las palabras de la anciana precipitaron al extraño a un abismo de inseguridad. Luego la mujer trató de tranquilizarle, asegurándole que, incluso en el peor de los casos, suponiendo que tuvieran que dar alojamiento a las tropas del general, haría todo lo posible para mantenerle a salvo. Como él insistía una y otra vez en que socorriera a su familia enviándoles algunos alimentos, tomó la cesta que la hija sostenía en sus manos y, mientras se la entregaba al muchacho, le ordenó que saliera inmediatamente para la laguna de las Gaviotas y buscara a la familia del oficial en los bosques de las montañas. Era importante que les diera noticias del oficial; debía decirles que se encontraba bien, que unos negros amigos de los blancos, los cuales corrían un enorme riesgo ayudando a los fugitivos, se habían apiadado de él y le habían acogido en su casa, y que en cuanto la carretera estuviera despejada, no como ahora, ocupada por batallones de negros armados, se encargarían de procurar a la familia un alojamiento en la plantación.
—¿Has entendido? —le preguntó al muchacho.
Poniéndose la cesta sobre la cabeza, éste respondió que conocía muy bien la laguna de las Gaviotas, pues solía ir a pescar allí con sus camaradas; a continuación prometió transmitir todo lo que le habían dicho a la familia de aquel señor que pasaba por tales apuros. Cuando la anciana preguntó al extraño si deseaba añadir algo, el hombre se quitó un anillo del dedo y se lo dio al muchacho, rogándole que se lo entregara al señor Strömli, el cabeza de familia, como signo de que las noticias que llevaba eran ciertas. A continuación, la madre tomó varias medidas para, según dijo, garantizar la seguridad del fugitivo. Ordenó a Toni cerrar las contraventanas y cogiendo un mechero que se encontraba sobre la repisa de la chimenea encendió una luz, no sin cierta dificultad pues la mecha no quería prender, para disipar las tinieblas que se habían adueñado de la estancia. El extraño aprovechó aquel instante para abrazar dulcemente el cuerpo de Toni y preguntarle al oído qué tal había dormido y si le parecía bien que le contaran a la madre lo ocurrido. Toni se soltó de su brazo y, pasando por alto la primera pregunta, respondió tajantemente a la segunda:
—¡Si de verdad me queréis, no digáis ni una palabra!
Reprimió el miedo que despertaban en su alma las hipócritas maniobras de su madre y fue a toda prisa al piso inferior con el pretexto de preparar el desayuno al extraño.
Tomó de la alacena la carta con la que aquel pobre crédulo invitaba a su familia a seguir al muchacho hasta la plantación y, encomendándose a su suerte si la madre la echaba de menos, decidida en el peor de los casos a morir con él, salió volando en pos del muchacho que ya caminaba por la carretera; pues ante Dios y ante su corazón ya no veía al joven como a un mero huésped al que daban protección y cobijo, sino como a su prometido y esposo; en cuanto los fugitivos blancos llegaran a la plantación y pudieran hacerse con el control de la casa, se lo contaría todo a su madre, sin reservas, por mucho dolor que le causase.
—Nanky —dijo sin aliento cuando, después de mucho correr, alcanzó al muchacho en la carretera—, madre ha cambiado de planes en lo que respecta a la familia del extraño. ¡Toma esta carta! Está dirigida al anciano señor Strömli, el cabeza de familia; se trata de una invitación para que pasen algunos días en nuestra plantación hasta que todo se arregle. Sé inteligente y trata de convencerlos como veas para que la acepten. ¡El negro Congo Hoango te lo recompensará cuando regrese!
—Bien, bien, prima Toni —respondió el muchacho mientras se metía la carta en el bolsillo cuidadosamente doblada—. ¿Y también debo guiar al grupo hasta la plantación?
—Por supuesto que sí —repuso Toni—. Es obvio que necesitarán tu ayuda, pues no conocen la comarca. Sin embargo, no debes ponerte en camino hasta medianoche a fin de evitar a los grupos armados que podríais encontrar en la carretera, y debéis apresuraros para llegar a la casa antes de que amanezca. ¿Podemos confiar en ti?
—¡Confiad en Nanky! —respondió el muchacho—. ¡Sé por qué atraéis a estos fugitivos blancos a la plantación, el negro Hoango estará satisfecho conmigo!
A continuación Toni subió el desayuno al extraño. Cuando éste acabó, la joven retiró el servicio, y madre e hija pasaron a la sala que había en la parte anterior de la casa para ocuparse de las tareas domésticas. Como era inevitable, en un momento dado la madre se acercó a la alacena y echó en falta la carta. Se llevó las manos a la cabeza y, por un instante, dudó de su memoria. Preguntó a Toni dónde habría podido poner la carta que el extraño le había dado. Toni guardó silencio, bajó la vista al suelo y, al cabo de un rato, respondió que, por lo que ella recordaba, el extraño se la había llevado a su habitación y la había rasgado en presencia de ambas. La madre contempló a la muchacha con los ojos muy abiertos. Creía recordar con claridad que había recibido la carta de manos de él y a continuación la había dejado en la alacena; pero como, después de mucho buscar, no la encontró, y como le habían ocurrido cosas semejantes en otras ocasiones, ya desconfiaba de su memoria, y al final no le quedó más remedio que dar por cierto lo que su hija le había contado; aunque no dejó de expresar su profundo disgusto ante esa situación, ya que aquella nota habría sido de la máxima importancia para que el negro Hoango consiguiera atraer a la familia a la plantación. Tanto a mediodía como al caer la noche, aprovechando que Toni llevaba la comida y la cena al extraño, la anciana se sentó en una esquina de la mesa para charlar un rato con él; en varias ocasiones trató de sacar el tema de la carta, pero Toni fue lo bastante hábil para cambiar de conversación o para confundirla cada vez que tocaba este peligroso asunto; de modo que la madre no sacó nada en limpio y siguió ignorando el verdadero destino de la carta. Al final del día, después de la cena, la madre cerró la habitación del extraño alegando que era lo más prudente y luego pasó un buen rato imaginando con Toni cómo podrían engañar al fugitivo para que escribiese una nueva carta al día siguiente; después se echó a descansar, ordenando a la muchacha que se acostase a su vez.
Toni, que había estado esperando ese momento ardientemente, entró en su dormitorio y, en cuanto tuvo la certeza de que su madre se había quedado dormida, colocó sobre un sillón la imagen de la Santísima Virgen, que colgaba junto a su cama, y se hincó de rodillas con las manos juntas en actitud de rezar. Orando con infinito fervor, suplicó al Redentor, su divino hijo, que le diera el valor y la fortaleza suficientes para confesar ante el joven al que se había entregado los crímenes que pesaban sobre su joven pecho. Hizo propósito de no ocultarle nada, por mucho que le costara y por doloroso que fuese para su corazón, ni siquiera las intenciones horribles y despiadadas con las que le había atraído a la casa el día anterior; le contaría todo lo que había hecho para salvarle, y confiaría en que la perdonase y la llevase con él a Europa, aceptándola como su fiel esposa. Muy confortada por esta oración, se levantó, tomó la llave maestra que abría y cerraba todas las habitaciones de la casa y recorrió a oscuras, muy lentamente, el estrecho corredor hasta llegar al dormitorio del extraño. Abrió la puerta de la alcoba suavemente y se acercó a su cama, donde estaba sumido en un profundo sueño. La luna proyectaba su resplandor sobre el rostro, delicado como una flor, del joven, y el viento de la noche, que penetraba por la ventana abierta, jugueteaba con el pelo que le caía sobre la frente. Se inclinó sobre él con suavidad y le llamó por su nombre, respirando su dulce aliento, pero no consiguió sacarle de su sueño, del que ella parecía ser protagonista, ya que una y otra vez susurraba su nombre con labios temblorosos, ardientes: ¡Toni! Una melancolía imposible de describir se apoderó de ella. No acababa de decidirse a arrancarle de aquella fantasía, a bajarle del cielo en que gozaba de aquellas amables imaginaciones, y arrojarle a la profundidad de una realidad vulgar y miserable. Sin embargo, como tarde o temprano se despertaría por sí mismo, se arrodilló al lado de la cama y cubrió de besos su amada mano.
Pero ¿cómo describir la angustia que se apoderó de su pecho al momento siguiente, cuando, de pronto, oyó ruidos en el patio? Hombres, caballos y armas y, entre todo aquel alboroto, la voz nítida e inconfundible del negro Congo Hoango, que había regresado de improviso del campamento del general Dessalines con todos los suyos. La muchacha se ocultó detrás de las cortinas de la ventana, poniendo mucho cuidado en evitar la luz de la luna que amenazaba con delatarla. Oyó a su madre hablar con el negro, dándole noticia de lo que había ocurrido en su ausencia, sin olvidar, como es obvio, la presencia del fugitivo europeo en la casa. Bajando la voz, el negro ordenó a los suyos que guardaran silencio y permanecieran en el patio. Preguntó a la anciana dónde se encontraba el extraño en esos momentos. Ésta señaló el dormitorio y acto seguido le informó de la sorprendente conversación que había mantenido con su hija a propósito del fugitivo y que tanto le había extrañado. Aseguró al negro que la muchacha era una traidora y que estaba haciendo todo lo posible para impedir que mataran al extraño. Se había dado cuenta de que, al caer la noche, la muy bribona había salido de su cuarto a hurtadillas y había ido a la cama de él, donde todavía seguía en esos instantes. Si el joven no había huido ya, lo más probable es que la muchacha le hubiera puesto sobre aviso y ahora ambos estuvieran planeando su huida. El negro, que había tenido pruebas de la lealtad de la muchacha en muchos casos anteriores, respondió que aquello no era posible y gritó furioso:
—¡Kelly! ¡Omra! ¡Coged vuestros fusiles!
Y sin decir una palabra más, subió por la escalera acompañado por todos sus negros hasta la habitación del extraño.
Toni fue testigo de toda la escena, que duró pocos minutos. Se quedó paralizada, como si la hubiese fulminado un rayo. Por un instante pensó en despertar al joven, pero, por un lado, el patio estaba lleno de gente, de modo que le resultaría imposible huir, y por otro, a buen seguro el muchacho intentaría defenderse con sus armas, lo que, dada la superioridad de los negros, que no dudarían en abatirle, sellaría su destino. En estas circunstancias, se vio obligada a tomar una decisión arriesgada. La única salida a aquella situación pasaba por aceptar que, cuando el desdichado se despertase y la encontrara junto a su cama, la tomase por una traidora y, en lugar de ponerle en guardia contra lo que se le venía encima, se mostrara furiosa, trastornada, y se echara a los brazos del negro Hoango. En medio de tanta angustia, sus ojos se posaron sobre una cuerda que, providencia o casualidad, colgaba de un barrote de la pared. Dios mismo, pensó mientras la arrancaba, la había puesto allí para salvarla a ella y al extraño. Ató las manos y los pies del joven con infinidad de nudos y, después de sujetar los cabos al armazón de la cama, sin preocuparse de él, que se agitaba y se resistía, le dio un beso en los labios, satisfecha por haber sabido controlar la situación, y se apresuró a salir al encuentro del negro Hoango, cuyos pasos ya se oían subiendo por la escalera.
El negro, que todavía no daba crédito a lo que la anciana le había contado sobre Toni, se quedó confuso y desolado cuando la vio salir de la habitación que aquélla le había indicado. En medio del silencio, rodeado de sus hombres armados y con antorchas, gritó:
—¡Traidora! ¡Has roto nuestro pacto! —Luego se volvió hacia Babekan, que había avanzado algunos pasos hacia la puerta del joven—. ¿Ha huido el extraño?
—¡La muy bribona! ¡Ha dejado que se escape! ¡Daos prisa! ¡Ocupad las salidas antes de que llegue a campo abierto! —respondió furiosa Babekan, que había encontrado la puerta abierta pero que aún no había mirado dentro.
—¿Qué pasa? —preguntó Toni, mientras contemplaba con una expresión de asombro al viejo y a los negros que le rodeaban.
—¿Aún te atreves a preguntarme qué pasa? —replicó Hoango, agarrándola del pecho y arrastrándola a la habitación.
—¿Os habéis vuelto locos? —exclamó Toni, mientras apartaba de un empujón al viejo, que se quedó de piedra ante la visión que entonces se ofreció a sus ojos—. Ahí tenéis al extraño, yo misma le he atado a su cama. ¡Y, por Dios santo, que no es lo peor que he hecho en mi vida!
A continuación le dio la espalda y, sentándose a la mesa, fingió llorar. El viejo se volvió hacia la madre, que estaba de pie a un lado, confusa, y le dijo:
—¡Oh, Babekan! ¿Con qué cuento me has engañado?
—¡Gracias al cielo! —respondió la madre, mientras examinaba atónita la cuerda con la que el extraño estaba atado—. El extraño sigue aquí, aunque no entiendo lo que ha ocurrido.
El negro metió la espada en la vaina, se acercó a la cama y preguntó al hombre quién era, de dónde venía y adónde se dirigía. Éste no dejaba de agitarse en un inútil esfuerzo por liberarse de sus ataduras. De vez en cuando se le oía llamar a Toni entre quejidos de dolor.
La madre tomó la palabra y le explicó que era suizo, se llamaba Gustav von der Ried y había venido desde Fort Dauphin, en la costa, con una familia entera de perros europeos, que en esos momentos se encontraba escondida en las grutas de las montañas de la laguna de las Gaviotas. Hoango no quitaba ojo a la muchacha, que seguía sentada con la cabeza apoyada en las manos tristemente; al final se acercó a ella, le dijo cuánto la quería, le dio unos golpecitos en las mejillas y le suplicó que le perdonara las sospechas que había concebido sobre ella con tanta precipitación. La vieja, que también había acudido a consolar a la joven, puso los brazos en jarras ante ella y, sacudiendo la cabeza, le preguntó por qué había atado al extraño a la cama con cuerdas, si aún no sabía el peligro que le amenazaba. Llorando sinceramente de dolor y de rabia, Toni se volvió de repente hacia su madre y le respondió:
—¿Es que no tienes ojos ni oídos? ¡Conocía muy bien el peligro que se cernía sobre su vida! ¡Quiso escapar! ¡Me había rogado que le ayudase en su fuga! ¡Había jurado darte muerte y, si no le hubiese atado mientras dormía, habría acabado contigo al amanecer!
El viejo acariciaba a la muchacha tratando de tranquilizarla. Ordenó a Babekan que no dijera ni una palabra más sobre el asunto. Llamó a un par de hombres con rifles para que cumplieran al instante la ley que exigía la muerte del extraño, pero Babekan le susurró en secreto:
—¡No lo hagas, por Dios bendito, Hoango!
Se lo llevó a un lado y le explicó que, antes de ser ejecutado, el extraño debía redactar una nota para atraer a la plantación a su familia, pues atacarles en el bosque sería mucho más arriesgado. Hoango dio su aprobación, contando con que era probable que la familia no fuese desarmada. Como ya era demasiado tarde para obligarle a escribir la nota, apostó a dos guardias para que vigilasen al fugitivo blanco; después de examinar la cuerda, le pareció que estaba demasiado floja y llamó a unos cuantos hombres para apretarla más; luego abandonó la habitación con los suyos y todos se entregaron al descanso durante algunas horas.
El viejo se había despedido de Toni estrechándole la mano una vez más y ella le había dado las buenas noches, pero en cuanto la casa estuvo en silencio, se levantó de nuevo, se deslizó por la puerta trasera de la casa y salió de la plantación a campo abierto. Con una terrible angustia en el corazón, cruzó la carretera y empezó a recorrer a toda prisa el camino por el que la familia del señor Strömli había de venir. Las miradas llenas de desprecio que el extraño le había lanzado desde la cama le habían atravesado el corazón como puñaladas; ahora su amor hacia él se mezclaba con un sentimiento de ardiente amargura, y no le desagradaba la idea de morir en una empresa cuyo fin último fuera salvarle a él. Preocupada ante la posibilidad de que la familia del desconocido y ella se cruzasen sin verse, se apostó junto al tronco de un pino, por el que, en caso de haber aceptado la invitación, debía pasar el grupo. Apenas había despuntado el alba en el horizonte, cuando oyó a lo lejos, entre los árboles, la voz de Nanky, el muchacho que guiaba a los fugitivos según lo pactado.
La comitiva estaba formada por el señor Strömli y su esposa, quien cabalgaba sobre una mula; los cinco hijos de la pareja, dos de los cuales, Adelbert y Gottfried, de dieciocho y diecisiete años, iban caminando junto a la mula; y tres sirvientes y dos doncellas, una de ellas montada sobre la otra mula, pues llevaba un bebé al pecho; en total, eran doce personas. El grupo avanzaba muy despacio, pasando por encima de las raíces de pino que se entretejían en el camino, hacia el tronco donde Toni, que no hacía el menor ruido para no asustarles, aguardaba el momento oportuno para salir a su encuentro. Por fin surgió de su escondite y pidió a la comitiva que se detuviese. El muchacho la reconoció de inmediato y, mientras hombres, mujeres y niños la rodeaban, ella le preguntó dónde estaba el señor Strömli; cuando el chico le señaló despreocupadamente al anciano cabeza de familia, exclamó:
—¡Noble señor! —Toni interrumpió los saludos del hombre con voz firme y añadió—: El negro Hoango ha regresado por sorpresa ala plantación con todos los suyos. ¡Ahora no podéis acercaros por allí sin exponer vuestra vida a un enorme peligro! ¡De hecho, vuestro sobrino, que para su desgracia se había refugiado en nuestra casa, ha sido capturado y, si no tomáis las armas y me ayudáis a liberarle de la casa en que el negro Hoango le tiene encerrado, a buen seguro morirá!
—¡Dios del cielo! —exclamaron todos los miembros de la familia espantados.
La madre, que estaba enferma y agotada por el viaje, perdió el sentido y cayó de la mula al suelo. El señor Strömli llamó a las doncellas, que se apresuraron a socorrer a su señora. El resto de la familia se arremolinó alrededor de Toni y desató sobre ella una auténtica tormenta de preguntas. Ésta se llevó a un lado a los muchachos, al señor Strömli y a los demás hombres, para que Nanky no pudiera oír lo que decía. Sin poder reprimir las lágrimas de vergüenza y arrepentimiento, les contó todo lo que había sucedido: cuáles eran las condiciones que había en la casa cuando hiciera su aparición el joven y el cambio radical que se había producido después de la conversación que habían mantenido los dos; su reacción ante la llegada del negro, presa del miedo y la angustia, y su decisión de jugarse la vida para liberar al muchacho de la prisión a la que ella misma le había arrojado. El señor Strömli pidió sus armas y se acercó a toda prisa a la mula donde venía montada su mujer para coger el fusil. Mientras Adelbert y Gottfried, sus aguerridos hijos, y los tres valerosos sirvientes se armaban, dijo:
—El primo August ha salvado la vida de más de uno de nosotros, ahora está en nuestra mano hacer lo mismo por él.
Ayudó a subir a la mula a su esposa, que ya se había recuperado del desvanecimiento; tuvo la precaución de ordenar que le ataran las manos a Nanky, al que convirtieron en una especie de rehén; ordenó al resto del grupo, mujeres y niños, que volvieran a la laguna de las Gaviotas, poniéndolos bajo la única protección de Ferdinand, su hijo de trece años, también armado; y después de informarse por Toni, que también había tomado un casco y una lanza, de las fuerzas con las que contaban los negros y de cómo se habían distribuido en el patio, y tras prometerle que si estaba en su mano les perdonaría la vida tanto a Hoango como a su madre, se colocó animosamente a la cabeza de su gente y, poniendo su confianza en Dios, partió hacia la plantación guiado por la mulata.
Al llegar se deslizaron por la puerta trasera y Toni señaló al señor Strömli la habitación en la que Hoango y Babekan descansaban. Mientras el señor Strömli entraba en la casa con los suyos sin hacer ruido y se apoderaba de todos los fusiles que los negros habían reunido en pabellones, ella salió hacia el establo, en el que dormía Seppy, el hermanastro de cinco años de Nanky. Nanky y Seppy, hijos bastardos de Hoango, eran muy queridos para el viejo, especialmente este último, cuya madre había muerto recientemente. Aunque consiguieran liberar al joven, en su retirada a la laguna de las Gaviotas y en la huida desde allí a Puerto Príncipe, que sería su siguiente paso, atravesarían todo tipo de dificultades, por lo que la muchacha decidió acertadamente llevarse a los dos chicos para tener rehenes con los que poder negociar en caso de que los negros los persiguiesen. Sin que nadie la viera, sacó al niño de su cama y, medio dormido, lo llevó al edificio principal. Entretanto, el señor Strömli y los suyos habían entrado sigilosamente en el cuarto de Hoango. Pensaban encontrarle en la cama con Babekan, pero el ruido había despertado a la pareja y estaban de pie en el centro de la habitación, medio desnudos e indefensos. El señor Strömli, con el fusil en la mano, le conminó a entregarse si no quería morir, pero por toda respuesta Hoango agarró una pistola que había colgada en la pared y abrió fuego contra los asaltantes. La bala pasó rozando la cabeza del señor Strömli; al verlo, su gente se precipitó sobre el negro con furia. Hoango aún tuvo tiempo de efectuar un segundo disparo, que atravesó el hombro de un sirviente; luego, con una herida de sable en la mano, se desplomó junto a Babekan en el suelo, donde ambos fueron atados con cuerdas al armazón de una gran mesa. Los disparos habían conseguido despertar a más de veinte negros de Hoango, que salieron a toda prisa de los establos y, al oír los gritos que daba la vieja Babekan en la casa, acudieron en tropel en busca de sus armas. El señor Strömli, cuya herida no revestía gravedad, pidió a los suyos que se apostaran en las ventanas y mantuvieran a raya a los negros, abriendo fuego sobre ellos con los fusiles. Fue en vano: estaban tan furiosos que ni siquiera atendieron a los dos muertos que ya yacían en el patio; pusieron todo su empeño en proveerse de hachas y palancas para hacer saltar la puerta de la casa, que el señor Strömli se había encargado de trancar. Así estaban las cosas cuando Toni, agitada y temblorosa, entró en la habitación de Hoango con el pequeño Seppy en brazos. El señor Strömli, que había estado esperando este momento, le arrancó al niño, se volvió hacia Hoango y, sacando su cuchillo de monte, juró que mataría al chico en el acto si no ordenaba a los negros que desistieran de su propósito. Hoango, muy maltrecho por el sablazo que había recibido sobre los tres dedos de la mano, consciente de que si se negaba ponía en peligro su propia vida, se quedó un momento pensativo y luego anunció que haría lo que le ordenaba. Le ayudaron a levantarse del suelo, el señor Strömli le condujo hasta la ventana y allí, con un pañuelo que tenía en la mano izquierda, hizo señas a los hombres del patio para que dejaran la puerta en paz y se retiraran a los establos, ya que no necesitaba ayuda para salvar su vida. La resistencia de los negros perdió empuje. Siguiendo las órdenes del señor Strömli, Hoango envió a un negro que habían capturado en la casa para que repitiese la consigna a los que todavía permanecían en el patio dudando si debían retirarse o no. Aunque no acababan de comprender lo que estaba ocurriendo, los negros no tuvieron más remedio que seguir las órdenes directas que este emisario les transmitía, abandonaron el ataque para el que ya lo tenían todo dispuesto, y poco a poco, rezongando y maldiciendo, fueron retirándose a los establos. El señor Strömli ató las manos del pequeño Seppy en presencia de Hoango y le dijo que su intención no era otra que liberar a su sobrino, el oficial que mantenía preso en la plantación, y que si no se le ponía ningún impedimento para huir a Puerto Príncipe, Hoango no tendría que temer ni por su vida ni por la de sus hijos, que le serían devueltos inmediatamente. Incapaz de contener su emoción, Toni se acercó a Babekan y extendió la mano para despedirse de ella, pero la negra la apartó violentamente y, llamándola miserable y traidora, se volvió en el armazón de la mesa a la que estaba atada y le aseguró que, tras llevar a cabo esa vergonzosa acción, la venganza de Dios caería sobre ella antes incluso de que pudiera gozar de la dicha que se prometía.
—Yo no os he traicionado —respondió Toni—: soy blanca, y estoy prometida con el joven al que mantenéis preso; pertenezco a la raza de aquellos con los que vosotros libráis una guerra abierta, y sabré responder ante Dios, que me colocó a vuestro lado.
A continuación, el señor Strömli puso vigilancia al negro Hoango, al que, para mayor seguridad, había vuelto a atar, sujetándole firmemente a los postes de la puerta; ordenó que se llevaran al criado que había resultado herido y seguía sin conocimiento, con el hueso del hombro astillado, y después de decirle a Hoango que, transcurridos unos días, podría ir a recoger a los dos niños, Nanky y Seppy, a Santa Lucía, donde estaban las primeras avanzadillas francesas, tomó la mano de Toni, que embargada por los sentimientos más contradictorios era incapaz de contener las lágrimas, y la sacó de la habitación, mientras Babekan y el viejo Hoango la maldecían.
Entretanto, Adelbert y Gottfried, los hijos del señor Strömli, que se habían encargado de rechazar el primer asalto abriendo fuego desde las ventanas, tal y como les había ordenado su padre, acudieron a toda prisa a la habitación de su primo, donde se deshicieron de los dos negros que le custodiaban, a pesar de que éstos ofrecieron una tenaz resistencia. Uno cayó muerto en la habitación, al otro le sacaron al corredor gravemente herido por un disparo. El mayor de los hermanos también había resultado herido en un muslo, pero no era nada grave, de modo que los dos entraron en el dormitorio y se dispusieron a desatar a su querido y apreciado primo; le abrazaron y besaron, le entregaron un fusil y unas pistolas y, muy alegres, le animaron a que los siguiera a la sala que daba al patio anterior de la casa, donde el señor Strömli estaría organizándolo todo para emprender la retirada tras la victoria. El primo August se incorporó en la cama, les estrechó amistosamente la mano, pero en lugar de coger las pistolas que ellos le tendían, se llevó la mano derecha a la frente, abstraído y silencioso, con una expresión de indescriptible pesadumbre en el rostro. Los jóvenes, que se habían sentado a su lado, preguntaron qué le pasaba; él los rodeó con sus brazos y, sin decir nada, apoyó su cabeza sobre el hombro del más joven. Adelbert se había puesto en pie para ir a buscarle un poco de agua temiendo que fuera a desmayarse, cuando Toni, que llevaba al pequeño Seppy en los brazos, entró en la habitación de la mano del señor Strömli. Al verla, August palideció; se levantó inmediatamente agarrándose a sus amigos con firmeza, como si temiera que las piernas fueran a fallarle, y antes de que los jóvenes pudieran imaginar lo que pretendía hacer tomó de sus manos una de las pistolas que le habían ofrecido y, haciendo rechinarlos dientes de rabia, disparó sobre Toni. La bala le atravesó el pecho. Apenas pudo lanzar un quejido de dolor, pues la voz se le quebró, y después de entregar el niño al señor Strömli, dio unos pasos hacia August y cayó a sus pies. El joven arrojó la pistola sobre Toni y la apartó con el pie, mientras la llamaba ramera; luego se dejó caer de nuevo sobre la cama.
—¿En qué monstruo te has convertido? —clamaron el señor Strömli y sus dos hijos.
Los jóvenes se lanzaron sobre la pobre chica llamándola por su nombre, para que no perdiera el conocimiento. Consiguieron levantarla y fueron a buscar a toda prisa a un viejo sirviente, quien, gracias a sus conocimientos médicos, ya había sacado a la familia de más de un apuro en situaciones tan delicadas con ésa; sin embargo, la muchacha, que sufría convulsiones y se apretaba la herida con la mano, apartó a quienes la rodeaban amistosamente y balbució señalando a quien la había disparado:
—¡Decidle…! ¡Decidle…! —repetía entre estertores.
—¿Qué hemos de decirle? —preguntó el señor Strömli viendo que la muerte le robaba el habla.
Adelbert y Gottfried se levantaron y, sin dar crédito a la terrible crueldad de Gustav, le preguntaron a gritos si sabía que quien le había salvado era la muchacha, que le amaba y lo había sacrificado todo, padres y bienes, para huir con él a Puerto Príncipe.
—¡Gustav! —tronaban en sus oídos.
Él no los oía; le sacudían y le agarraban del pelo, pero él seguía echado en la cama, ajeno a todo, insensible, sin hacerles ningún caso. Por fin, Gustav se incorporó y lanzó una mirada a la muchacha que se retorcía empapada de sangre. La furia que le había llevado a disparar sobre ella cedió de forma natural ante un sentimiento de humana compasión. El señor Strömli, que se enjugaba con un pañuelo las ardientes lágrimas que rodaban por sus mejillas, le preguntó:
—¿Por qué lo has hecho, desgraciado?
El primo Gustav se levantó de la cama, se secó el sudor y, sin apartar la vista de la muchacha, respondió que ella le había atado por la noche de la forma más vil para entregarle al negro Hoango.
—¡Ay! —exclamó Toni extendiendo la mano hacia él con una mirada indescriptible—. ¡Si te até, amado mío, si te até, fue porque…!
Pero no pudo seguir hablando y tampoco alcanzarle con la mano. La infortunada volvió a caer sobre el regazo del señor Strömli, como si sus fuerzas se hubieran adormecido de repente.
—¿Por qué? —preguntó Gustav pálido, mientras se arrodillaba junto a ella.
El señor Strömli esperó en vano una respuesta de Toni; lo único que obtuvo fue un largo silencio. Entonces tomó la palabra, interrumpido sólo por los estertores de Toni, y dijo:
—Porque después de la llegada de Hoango no había otra forma de salvarte, desventurado; porque quería evitar que el negro y tú os enfrentarais, lo que habría significado tu muerte; porque quería ganar tiempo hasta que nosotros, que gracias a su intervención ya veníamos de camino, te liberáramos.
—¡Oh! —exclamó Gustav cubriéndose el rostro con las manos, sin atreverse a levantar la vista, pensando que la tierra se hundiría bajo sus pies, mientras abrazaba el cuerpo de la muchacha y la miraba con el corazón desgarrado por el dolor—. ¿Es cierto lo que me decís?
—¡Ay! —exclamó Toni, esforzándose por decir unas últimas palabras antes de entregar su preciosa alma—. ¡No deberías haber desconfiado de mí!
—¡Es verdad! —dijo Gustav mesándose los cabellos, mientras los primos trataban de arrancarle del cuerpo sin vida de ella—. No debería haber desconfiado de ti pues, aunque no hubiéramos dicho una palabra, eras mi prometida y estábamos unidos por un juramento.
El señor Strömli retiró entristecido el corpiño que cubría el pecho de la muchacha. Rogó al sirviente, que estaba de pie junto a él provisto de un precario instrumental quirúrgico, que le extrajese la bala que, en su opinión, debía de estar alojada en el esternón. Sin embargo, como ya se ha dicho, sus esfuerzos fueron en vano, pues el plomo había atravesado el cuerpo de la muchacha de parte a parte y su alma ya había huido a las estrellas, donde sería más feliz. Entretanto, Gustav se había acercado a la ventana y, mientras el señor Strömli y sus hijos lloraban en silencio y se preguntaban qué hacer con el cadáver y si debían llamar a la madre, cogió la otra pistola que aún estaba cargada y se descerrajó un tiro en la boca. Aquella nueva atrocidad acabó de trastornarlos a todos. Fueron a ayudarle, pero tenía el cráneo destrozado, y había partes de su cerebro pegadas a las paredes de alrededor. El primero en reponerse de la impresión fue el señor Strömli. El sol ya estaba alto en el horizonte y su luz entraba con fuerza por las ventanas; además parecía que los negros volvían a reunirse en el patio; en esas circunstancias, no quedaba más remedio que emprender la retirada cuanto antes. Como no querían abandonar los dos cuerpos a la caprichosa violencia de los negros, los colocaron sobre una tabla y, después de recargar los fusiles, partieron con tristeza hacia la laguna de las Gaviotas. El señor Strömli abría la marcha, llevando al pequeño Seppy en sus brazos; le seguían los dos criados más fuertes, que llevaban los cuerpos sobre sus hombros; el herido iba renqueando detrás de ellos apoyándose sobre un garrote que utilizaba a modo de muleta; Adelbert y Gottfried, con los fusiles preparados, flanqueaban el cortejo fúnebre, que avanzaba lentamente. Al verlos debilitados, los negros salieron de sus viviendas y se acercaron a ellos con lanzas y horcas dispuestos a atacarlos; pero Hoango, al que habían tenido la precaución de soltar, salió por la escalera de la casa y les hizo una señal para que se detuvieran.
—¡En Santa Lucía! —le dijo el señor Strömli a gritos, cuando llegó a la puerta arrastrando los dos cuerpos.
—¡En Santa Lucía! —respondió Hoango.
Salieron a campo abierto y alcanzaron el bosque sin que nadie los persiguiese. En la laguna de la Gaviotas se encontraron con el resto de la familia. Derramando abundantes lágrimas, cavaron una fosa para enterrar los cuerpos y, después de intercambiarles los anillos, los bajaron a su última morada entre silenciosas oraciones en las que rogaban la paz eterna para los dos. Cinco días después, el señor Strömli llegó felizmente a Santa Lucía con su mujer y sus hijos. Allí cumplió su promesa de dejar a los dos muchachos negros. Pasó a Puerto Príncipe poco después del comienzo del asedio de la ciudad y luchó desde sus murallas para defender la causa de los blancos hasta que, a pesar de la tenaz resistencia que ofrecieron, la plaza cayó en manos del general Dessalines. La flota inglesa los salvó con el resto del ejército francés, y así fue como la familia llegó en barco a Europa y alcanzó sin más sobresaltos su patria, Suiza. Con lo poco que le quedaba de su fortuna, el señor Strömli se asentó en la comarca del monte Rigi, donde todavía en el año 1807 se podía ver entre los arbustos de su jardín el monumento que había mandado colocar en memoria de Gustav, su sobrino, y de la prometida de éste, la fiel Toni.