Stories 93 / Random

Stories by heinrich von kleist

la marquesa de o*** (spanish)

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En M***, una ilustre ciudad del norte de Italia, la marquesa viuda de 0***; dama de excelente reputación y madre de varios hijos a los que había educado con esmero, dio a conocer a través de los periódicos que, sin ser consciente de ello, se había quedado en estado, y como no deseaba que la criatura que iba a traer al mundo fuera de padre incógnito, por consideración a la familia había decidido casarse con él. La dama a la que unas circunstancias tan inapelables habían empujado a dar este insólito paso, para el que se necesitaba tener un considerable aplomo pues se exponía a convertirse en blanco de las burlas de todo el mundo, era la hija del señor de G***, comandante de la ciudadela de M***. Hacía unos tres años que había perdido a su marido, el marqués de O***, al que siempre estuvo muy unida y al que tributaba el afecto más tierno y entrañable, en un viaje que éste había realizado a París por negocios familiares. Tras el deceso, atendiendo los deseos de la señora de G***, su respetada madre, había abandonado la finca en la que viviera hasta entonces cerca de V*** para regresar con sus dos hijas a la casa de su padre en la comandancia. Allí había pasado los últimos años, en el más estricto recogimiento, dedicada al arte, la lectura, a la educación de las pequeñas y al cuidado de sus padres, hasta que al estallar la guerra de *** aquella comarca y sus alrededores se vieron ocupados por los ejércitos de prácticamente todas las potencias, incluida Rusia. El coronel de G***, que tenía orden de defender la plaza, pidió a su mujer y a su hija que se retirasen a la finca de esta última, o a la que poseía su hijo cerca de V***. Sin embargo, antes de que las mujeres hubieran madurado su decisión, sopesando, por un lado, los apuros que pasarían si se quedaban en la fortaleza y, por otro, los horrores a los que se exponían si finalmente se marchaban al campo, las tropas rusas ya habían atacado la ciudadela y exigían su rendición. El coronel anunció a su familia que a partir de ese momento actuaría como si ellas no estuvieran allí, y respondió al atacante con fuego graneado. El enemigo, por su parte, bombardeó la ciudadela, incendió los arsenales de armas y munición y, después de ocupar las fortificaciones exteriores, instó nuevamente al comandante a que entregara la plaza; como el coronel aún vacilaba, ordenó un ataque nocturno y tomó la fortaleza al asalto.
Los soldados rusos irrumpieron en el recinto bajo un intenso fuego de artillería. Los obuses provocaron un incendio en el ala izquierda de la comandancia, que era donde se encontraban las mujeres, obligándolas a abandonar el edificio. La mujer del coronel salió apresuradamente tras su hija, que huía escaleras abajo con los niños, mientras gritaba que debían permanecer juntas y buscar refugio en los subterráneos; sin embargo, en ese preciso momento, una granada hizo explosión en el interior de la casa aumentando, si cabe, la confusión que ya reinaba en ella. La marquesa consiguió llegar con sus dos hijas a la plaza que había delante de la fortaleza, donde se luchaba encarnizadamente y los disparos atravesaban la noche como relámpagos; acorralada, sin saber adónde dirigirse, no tuvo más remedio que volver al edificio en llamas. Cuando intentaba escapar por la puerta trasera, la desgracia quiso que se encontrara con un pelotón de fusileros enemigos que, al verla, se detuvieron bruscamente y, colgándose las armas al hombro, se la llevaron consigo haciendo gestos que revelaban sus abominables intenciones. En vano gritaba la marquesa pidiendo socorro a sus doncellas mientras se debatía entre aquella horrible chusma; los soldados la lanzaban de un lado a otro y se peleaban entre sí al tiempo que las doncellas retrocedían espantadas y salían huyendo por el portón. Aquellos hombres la arrastraron hasta el patio que había en la parte posterior de la fortaleza, donde la sometieron a las más vergonzosas vejaciones. Estaba a punto de desplomarse cuando un oficial ruso llegó al lugar alertado por las voces y los gritos de la dama y ahuyentó con furiosos mandobles a aquellos perros que se habían lanzado con avidez sobre su botín. A la marquesa le pareció un ángel caído del cielo. Cuando se deshizo del último de aquellos brutales asesinos, que aún se aferraba al esbelto cuerpo femenino, propinándole con la empuñadura de su acero un fuerte golpe en el rostro que le hizo retroceder tambaleándose mientras la sangre brotaba a borbotones de su boca, le dirigió a la dama unas palabras en francés y le ofreció cortésmente su brazo; luego la condujo a la otra ala del palacio, que todavía no se había visto afectada por las llamas, donde, muda por la impresión que le había causado aquel incidente, la marquesa cayó al suelo sin sentido. Poco después, cuando aparecieron sus espantadas doncellas, él les aseguró que no tardaría en recuperarse, dispuso lo necesario para que fuera atendida por un médico, se colocó el sombrero y volvió al combate.
En poco tiempo era dueño de la plaza entera, y el comandante, que si continuaba defendiéndose era porque el enemigo no le daba tregua, tuvo que retroceder hasta la entrada de la casa con unas fuerzas cada vez más mermadas. En ese momento, el oficial ruso asomó por la puerta con el rostro encendido y le conminó a rendirse. El comandante sólo había estado esperando a que se lo pidieran, y así se lo hizo saber; luego le entregó su espada y le pidió permiso para acudir al palacio en busca de su familia. El oficial, que, a juzgar por el papel que desempeñaba, parecía ser uno de los que había dirigido el asalto, le respondió que era libre de hacerlo, siempre que le escoltara una guardia; luego se apresuró a ponerse a la cabeza de un destacamento para lanzar un ataque decisivo que le garantizara la victoria allí donde todavía no era segura; por último, habiendo conseguido su objetivo, apostó hombres en lugares estratégicos de la fortaleza. Luego regresó inmediatamente a la plaza de la fortaleza para detener el avance de las llamas, que empezaban a extenderse en derredor, sirviendo de ejemplo a sus hombres y actuando con firmeza cuando pensaba que no ponían el suficiente empeño en obedecer sus órdenes. Tan pronto trepaba hasta las almenas manguera en mano para dirigir el chorro de agua directamente a las llamas, como sacaba barriles de pólvora y bombas cargadas de los arsenales, que atemorizaban a sus subordinados y hacían temblar de espanto a los soldados asiáticos. Cuando el comandante entró en la casa, quedó profundamente acongojado al enterarse del percance que había sufrido la marquesa. Ésta, conforme al pronóstico que había hecho el oficial ruso, había vuelto en sí sin la ayuda del médico y parecía totalmente recuperada y muy feliz de ver sanos y salvos a todos los suyos, a quienes aseguró que, si continuaba en cama, era porque no quería aumentar su desmedida preocupación, pues lo que más deseaba era levantarse para testimoniar su gratitud a aquel que la había salvado. Ya sabía que se trataba del conde F***, teniente coronel del cuerpo de cazadores de T***, que ostentaba el título de caballero y había sido distinguido con la orden del mérito militar, entre otras condecoraciones. Pidió a su padre que fuese a verle y le rogara encarecidamente que no abandonase la ciudadela sin haber pasado un instante por el palacio. El comandante, haciendo honor a los sentimientos de su hija, regresó sin demora a la fortaleza y, aunque no era el mejor momento, ya que el oficial andaba de un lado para otro dando órdenes sin parar, pensó que no iba a tener otra ocasión mejor y, aprovechando que estaba a punto de subir a las murallas para pasar revista a sus tropas y comprobar el estado de los hombres que habían sido heridos en el tiroteo, le transmitió el deseo que había expresado su emocionada hija. El conde le aseguró que no veía el momento en que pudiera liberarse de sus obligaciones para ir a saludarla y presentarle sus respetos. Iba a preguntar por el estado de la señora marquesa, cuando varios oficiales le reclamaron para presentar sus informes devolviéndole a la agitación de la guerra. Al romper el día, el capitán general del ejército ruso llegó para inspeccionar la fortaleza. Aseguró al comandante que su entrega le merecía la más alta consideración y lamentó que la suerte no le hubiera acompañado en la misma medida que el valor del que había hecho gala. Si le daba su palabra de honor no había razón para que no quedase en libertad y pudiera dirigirse a donde deseara. El comandante le expresó su sincera gratitud y no escatimó calificativos a la hora de ponderar la enorme deuda que, a partir de ese día, había contraído con los rusos en general y en especial con el joven conde F***, teniente coronel del cuerpo de cazadores de T***. El general preguntó qué había ocurrido y, cuando se enteró del criminal atropello del que había sido víctima la hija del comandante, se mostró extremadamente indignado. Llamó al conde F*** a fin de hablar con él personalmente. En primer lugar elogió en cuatro palabras su noble comportamiento, que había sabido estar a la altura de su apellido, con lo que consiguió ruborizar al conde; después dispuso que fusilaran a los canallas que habían mancillado el buen nombre del emperador y le ordenó que le señalara quiénes eran. El conde F*** respondió de forma confusa, reconociendo que no estaba en situación de dar ningún nombre, ya que el débil resplandor de los faroles del patio del palacio no le había permitido reconocer a aquellos miserables. El general, que había oído que para entonces el palacio ya se encontraba envuelto en llamas, se quedó muy sorprendido al oír estas palabras; comentó que, cuando se conoce a la gente, no es difícil identificar a una persona concreta por su voz, incluso en la oscuridad de la noche; el conde puso cara de preocupación, pero se encogió de hombros y no respondió. El general le ordenó que pusiera todo su empeño en investigar este asunto con el mayor rigor. En ese instante, se oyó una voz y un hombre se abrió paso hasta ellos entre el círculo de personas que los rodeaban y les informó de que uno de aquellos indeseables había quedado malherido después de su enfrentamiento con el conde F*** y se había desplomado en el corredor, donde había sido capturado y puesto bajo custodia de la gente del comandante, que le mantenía preso en uno de los almacenes. El general ordenó que una guardia le trajera a su presencia; tras someterle a un breve interrogatorio, el hombre reveló los nombres de toda la cuadrilla, cinco en total, que fueron fusilados inmediatamente. Tras esto, y después de dejar una pequeña guarnición en la plaza, el general dio las órdenes pertinentes para organizar la partida del grueso de sus tropas, y los oficiales salieron a la carrera para hacerse cargo de sus respectivas unidades; en medio de aquella confusión de gente que corría en todas las direcciones, el conde se acercó al comandante y le dijo que, dadas las circunstancias, por mucho que lo lamentase, debía pedirle que le presentase sus respetos a la señora marquesa; así, en menos de una hora, la fortaleza quedó vacía y sin un solo ruso.
La familia contaba con que en el futuro se presentaría una nueva ocasión en que mostrar su agradecimiento al conde; sin embargo, quedaron horrorizados al enterarse de que el mismo día que partió de la fortaleza éste había encontrado la muerte en una escaramuza con tropas enemigas. El mensajero que trajo la noticia a M*** había visto con sus propios ojos cómo, después de recibir un disparo en el pecho, le habían trasladado herido de muerte a P***; donde le constaba que había fallecido justo en el momento en que los que le cargaban sobre sus hombros iban a dejarle en tierra. El comandante acudió personalmente a correos para conocer más detalles sobre las circunstancias en las que se había producido el suceso, así se enteró de que, cuando el conde había recibido aquel tiro en el campo de batalla, se le había oído gritar: «¡Julietta! ¡Esta bala te venga!»; después había cerrado sus labios para siempre. La marquesa no encontraba consuelo al pensar que había desperdiciado la única oportunidad que tuvo para ponerse a sus pies. Se hacía los más severos reproches por no haber ido a buscarle personalmente cuando el conde rechazó la invitación para que fuera a verla al palacio, tal vez, se imaginaba ella, por modestia; tanta compasión sentía por aquella pobre desdichada, su tocaya, en la que él había pensado en el momento de su muerte, que se esforzó en vano por averiguar su paradero e informarla del desafortunado y conmovedor suceso, el cual tardó muchas lunas en olvidar.
Ahora la familia tenía que desalojar la comandancia, que a partir de entonces sería ocupada por el capitán general ruso. Al principio pensaron en trasladarse a la hacienda del comandante, una alternativa por la que la marquesa sentía una marcada inclinación; sin embargo, como al coronel no le gustaba la vida en el campo, la familia se mudó a la ciudad y se instaló en una casa que convirtió en su residencia permanente. Las cosas no tardaron en recuperar su antiguo orden. La marquesa reanudó las clases que solía impartir a sus hijas y que había tenido que interrumpir durante tanto tiempo, y también desempolvó su caballete y los libros con los que ocupaba sus horas de ocio; sin embargo, pese a que normalmente era la misma diosa de la salud, empezó a sentir frecuentes molestias que la mantuvieron indispuesta durante semanas enteras y la apartaron de la vida social. Sufría náuseas, mareos y desmayos, y no sabía qué pensar de su singular estado. Una mañana en que la familia se había sentado a tomar el té, aprovechando que el padre había salido de la habitación, la marquesa, que llevaba un buen rato sumida en sus pensamientos, reaccionó y dijo a su madre: «Si una mujer me dijera que se siente igual que yo ahora cuando he cogido la taza, pensaría que está encinta». La señora de G*** dijo que no la entendía. La marquesa aclaró que en ese preciso instante había tenido la misma sensación que cuando estaba embarazada de su segunda hija. La señora de G*** dijo que tal vez diera a luz a Fantasio y se echó a reír. La marquesa respondió bromeando que entonces el padre sería el mismo Morfeo o uno de los sueños de su séquito. La conversación se interrumpió con la llegada del coronel, y, como al cabo de unos días la marquesa se recuperó, el asunto quedó olvidado.
Poco después, coincidiendo con una temporada en la que el hijo del comandante, el guardabosques mayor de G***, se encontraba en la casa, la familia se llevó un sobresalto cuando un camarero entró en la sala para anunciar al conde F***. «¡El conde F***!», dijeron el padre y la hija a coro, y se quedaron mudos de asombro. El camarero aseguró que sabía muy bien lo que había visto y oído, y que el conde esperaba en la antesala. El comandante en persona se levantó de un salto para hacerle pasar; entonces vieron al conde, hermoso como un joven dios, con el rostro algo pálido. Aquella incomprensible aparición los dejó maravillados; repuestos de la primera impresión, el conde achacó a un error las noticias que habían recibido sobre su muerte y les aseguró que estaba bien vivo; al instante se volvió hacia la hija con el rostro lleno de emoción y la primera pregunta que le hizo fue cómo se encontraba. La marquesa aseguró que estaba perfectamente bien y que lo único que quería saber ella era cómo había vuelto él a la vida. Pero él insistió en su pregunta, reprochándole que no le respondiera la verdad, pues la palidez de su rostro la delataba; tal vez estuviera confundido, pero diría que se encontraba indispuesta por alguna razón. Complacida por la solicitud que demostraban estas palabras, la marquesa repuso que la palidez a la que se refería podría ser la huella de un malestar que había notado en las últimas semanas; en cualquier caso, era de esperar que no tuviera mayores consecuencias, por lo que no estaba preocupada. Él, inflamado de gozo, aseguró que compartía su opinión y aprovechó el momento para preguntarle si quería casarse con él. La marquesa se quedó de piedra, sin saber cómo reaccionar, y fue poniéndose más y más roja. Miraba a su madre y ésta, perpleja, clavaba los ojos en su hijo y en su marido. El conde se colocó ante la marquesa y, tomando su mano como si fuera a besarla, preguntó si le había entendido. El comandante le preguntó si no estaría más cómodo sentado y le acercó amablemente una silla, aunque con el semblante serio. La mujer del coronel dijo: «El hecho es que no podemos dejar de pensar que es usted un fantasma, porque aún no nos ha aclarado cómo ha salido de la tumba en la que le pusieron en P***». El conde soltó la mano de la dama y tomó asiento. Dijo que las circunstancias le obligaban a ser muy breve: después de haber recibido aquel disparo mortal en el pecho, le habían llevado a P***, donde pasó algunos meses la única oportunidad en que se había apartado de él no había transcendido, sólo él conocía su error y ya estaba tratando de rectificarlo; en suma, como hombre de honor, les rogaba que aceptasen su palabra, pues lo que les decía era la pura verdad. El comandante esbozó una ligera sonrisa en la que no había ni sombra de ironía, antes de suscribir todo lo que el conde había dicho; en la vida había conocido a un joven con su carácter y que en tan poco tiempo hubiera desarrollado tantas y tan excelentes cualidades, por ese motivo se inclinaba a creer que un breve período de reflexión despejaría las dudas que aún pudieran existir; por el momento, sin haber consultado tanto con su familia como con la del señor conde, no cabía ofrecer otra respuesta que la ya dada. El conde replicó que no tenía padres y que gozaba de plena autonomía. Su tío era el general K***, y podía asegurar que no les negaría su consentimiento. Añadió que era dueño de una respetable fortuna y no tendría inconveniente en hacer de Italia su patria. El comandante respondió a este comentario con una cortés reverencia, le reiteró una vez más su disposición para que el asunto llegara a buen término y le rogó que dejara la cuestión en suspenso hasta su regreso. El conde, que no podía ocultar su enorme inquietud, guardó un momento de silencio y luego, volviéndose hacia la madre, le garantizó que había hecho todo lo que estaba en su mano para que le dispensaran de sus obligaciones y le ahorraran ese viaje, actuando con decisión y dando los pasos más audaces que quepa imaginar ante el general en jefe y ante el general K***, quien de ese modo, sorprendiéndole con una misión que le exigiera ponerse en movimiento, creía sacarle ese estado melancólico que mostraba desde su convalecencia, aunque sin querer había acabado de hundirle en la miseria. Después de oír esto, la familia ya no sabía qué hacer. Mientras se pasaba la mano por la frente, el conde sugirió la posibilidad de retrasar su viaje un día, incluso más tiempo, si le daban alguna esperanza de que de esta manera se aproximaría al objeto de sus deseos. Su mirada pasó sucesivamente del comandante a la marquesa y de ésta a la madre; pero el cabeza de familia bajó la mirada disgustado y no le respondió. Su mujer dijo: «¡Márchese, márchese, señor conde! Viaje usted a Nápoles y, cuando regrese, concédanos la satisfacción de contar con su presencia durante algún tiempo; el resto se dará por añadidura». El conde se sentó un instante y pareció buscar una salida a aquella situación. Al momento, levantándose y apartando la silla, admitió que se había precipitado y que sus deseos le habían hecho ir demasiado lejos acudiendo a aquella casa con semejantes pretensiones y que no podía culpar a la familia por insistir en que, antes que nada, debían conocerle mejor, de modo que devolvería sus despachos a Z***, al cuartel general, donde tendrían que buscar otra alternativa para darles curso, y aceptaría el amable ofrecimiento que le habían hecho para que fuera su invitado durante algunas semanas; luego se quedó callado, de pie junto a la pared, con la silla en la mano, mirando al comandante como si aguardara una respuesta. Éste observó que lamentaría mucho que la arrebatada pasión que parecía sentir por su hija le costara un disgusto más que serio; en cualquier caso, él sabría lo que hacía o dejaba de hacer; si lo deseaba, podía remitir los despachos y alojarse en las habitaciones que tendrían mucho gusto en mostrarle. Al oír estas palabras su rostro mudó de color; pálido, le besó la mano a la madre con sumo respeto, hizo una inclinación a los demás y se marchó.
Después de que abandonase la habitación, la familia se quedó suspensa, sin saber qué pensar. La madre opinaba que a buen seguro el conde no sería capaz de devolver a Z*** los despachos que le habían ordenado entregar en Nápoles, sólo porque no había logrado obtener la mano de una dama prácticamente desconocida en el curso de una entrevista que había durado cinco minutos y que había forzado aprovechando que pasaba por M***. El guardabosques mayor aseguró que, si finalmente devolvía los despachos, nada le libraría de ser arrestado como castigo a su frivolidad. El comandante añadió que incluso podría darse con un canto en los dientes si no se decretaba su expulsión fulminante del ejército, aunque no creía que las cosas llegasen tan lejos, aquello había sido un mero disparo de advertencia, pero no era probable que se lanzase al asalto; seguramente, antes de remitir los despachos, recuperaría la cordura y entraría en razón. Cuando la madre se enteró del peligro al que se exponía, manifestó su más viva preocupación; en su opinión el conde era muy capaz de devolver aquellos despachos, porque se había propuesto un objetivo y tenía la firme determinación de alcanzarlo, por eso rogó encarecidamente al guardabosques mayor que saliera tras él de inmediato para evitar que hiciera algo que pudiera causar su desgracia. El guardabosques mayor replicó que, dando un paso como ése, se arriesgaban a provocar justo el efecto contrario, pues el conde vería reforzada su estrategia y confirmadas sus esperanzas de salirse con la suya si perseveraba en ella. La marquesa era de la misma opinión, aunque aseguraba que, si no hacían nada, era seguro que devolvería los despachos, porque preferiría caer en desgracia a quedar en evidencia por su debilidad. Todos convinieron en que su comportamiento era verdaderamente extraño; el conde parecía acostumbrado a conquistar los corazones de las damas al asalto, como si se tratase de fortalezas. En este instante, el comandante advirtió que el coche del conde seguía ante su puerta con los caballos enganchados.
Les dijo a su mujer e hijos que se acercasen a la ventana y a un sirviente que acababa de entrar le preguntó asombrado si el conde continuaba en la casa. El sirviente le respondió que se encontraba abajo, en el cuarto del servicio, en compañía de un ayudante de campo, escribiendo cartas y haciendo paquetes que luego sellaba con lacre. Intentando ocultar su desesperación, el comandante se apresuró a bajar con el guardabosques mayor y, viendo que el conde estaba despachando sus asuntos en una mesa tan poco adecuada, le preguntó si no quería pasar a otra habitación o si necesitaba algo. El conde, que seguía escribiendo a toda prisa, se lo agradeció humildemente y aseguró que ya estaba a punto de acabar; luego, mientras sellaba la carta, quiso saber la hora que era, y después de haberle entregado toda la valija a su ayudante, le deseó un feliz viaje. Mientras éste abandonaba la casa, el comandante, que no daba crédito a sus ojos, dijo:
—Señor conde, si no tiene razones muy poderosas…
—¡Incontestables! —le interrumpió el conde, mientras abría la puerta a su ayudante y le acompañaba hasta el coche.
—En ese caso, yo le recomendaría que reconsiderase lo que está a punto de hacer con los despachos… —prosiguió el comandante.
—No es posible —respondió el conde, echando una mano a su ayudante para que se subiera al asiento—. Los despachos no sirven de nada en Nápoles sin mí. Ya había pensado en eso. ¡Adelante!
—¿Y las cartas de su señor tío? —gritó el ayudante asomándose por la portezuela.
—Me encontrará en M***—respondió el conde.
—¡En marcha! —exclamó el ayudante, y el coche partió.
A continuación, el conde F*** se volvió hacia el comandante y preguntó si tendría la amabilidad de ordenar que le mostraran su habitación. El coronel respondió confuso que sería un honor y que él mismo se ocuparía de ello inmediatamente; llamó a sus sirvientes y pidió a los criados del conde que recogieran su equipaje, y tras acompañarlo a las habitaciones de invitados en la parte trasera de la casa se despidió de él con gesto seco. El conde se cambió de ropa y luego salió para presentarse ante el gobernador de la plaza. No se dejó ver por la casa durante el resto del día. Cuando regresó era casi la hora de la cena.
Entretanto, la familia vivía la situación con gran inquietud. El guardabosques mayor, que se había fijado en el aplomo con que el conde había respondido a las consideraciones del comandante, opinaba que su comportamiento parecía responder a una decisión muy bien meditada, y apelando a todos los santos del cielo preguntó qué podría haberle movido a pedir la mano de su hermana de una forma tan precipitada. El comandante dijo que no entendía absolutamente nada de aquel asunto y pidió que dejaran de hablar del tema, al menos cuando él estuviera presente. La madre miraba por la ventana pensando continuamente que el conde podía volver en cualquier momento arrepentido de la frivolidad con la que había actuado y dispuesto a rectificar. Por fin, al oscurecer se fue junto a su hija, que se había sentado aparte a una mesa y parecía evitar la conversación concentrándose en su labor. Mientras el padre recoma la estancia de un lado a otro, le preguntó a media voz si tenía alguna idea de cómo acabaría aquel asunto. La marquesa dirigió una tímida mirada al comandante y luego respondió que, si su padre hubiera conseguido convencerle para que hiciera ese viaje a Nápoles, todo habría salido bien.
—¡Convencerle para que se marchara a Nápoles! —exclamó el comandante, que había oído a su hija—. ¡A lo mejor habría tenido que ir a buscar a un sacerdote! ¡Mejor dicho: habría debido hacer que lo arrestaran y lo encerraran para mandarle luego a Nápoles bajo custodia!
—No —respondió la marquesa—, pero cuando uno insiste en sus argumentos y los defiende con vehemencia suele conseguir lo que se propone. —Y, un poco de mala gana, volvió a concentrarse en su labor.
Por fin, al caer la noche, apareció el conde. Tras intercambiar las cortesías de costumbre, no esperaban sino que saliera el tema para caer sobre él uniendo sus fuerzas: le obligarían a reconsiderar el paso que se había atrevido a dar y le pedirían que, si aún era posible, rectificase; pero todo fue en vano, pues la cena transcurrió sin que se presentara la ocasión que buscaban. El conde evitó deliberadamente cualquier asunto que pudiera dar pie a ello; charló con el comandante de la guerra y con el guardabosques mayor de caza. Al mencionar la escaramuza de P***; en la que había resultado herido, la madre intentó llevarle a su terreno interesándose por su convalecencia; le preguntó cómo había sido su recuperación en ese pequeño lugar y si contaba con las comodidades indispensables. Él supo reconducir la pregunta y pintó con unas pinceladas cómo había ido creciendo su pasión por la marquesa: cómo ella había estado sentada junto a su cama durante todo el tiempo que había permanecido hospitalizado; cuando deliraba por la fiebre, su imagen se confundía siempre con un cisne que había visto de muchacho en la hacienda de su tío; en cierta ocasión había arrojado barro sobre el ave, pero ésta se había sumergido silenciosamente y había vuelto a surgir de las aguas con su pureza intacta; en sus fantasías ella aparecía nadando sobre una corriente de fuego y él la llamaba Thinka, que era el nombre de aquel cisne, pero a pesar de sus esfuerzos no conseguía que se acercara, pues ella sólo quería lanzarse al agua y nadar. De repente, con el rostro arrebatado, encendido, declaró que la amaba como nadie había amado; luego volvió a bajar la vista a su plato y guardó silencio. Al final hubo que levantar la mesa. El conde charló un momento con la madre y luego, tras hacer una reverencia, se retiró a su habitación. Una vez más, la familia se quedó perpleja, sin saber qué hacer ni qué decir. El comandante opinaba que había que dejar que el asunto siguiera su curso; era probable que, si el conde se había arriesgado a dar aquel paso, contara con el apoyo de sus parientes, pues, de otro modo, sería expulsado del ejército, donde le licenciarían con deshonor. La señora de G*** le preguntó a su hija su parecer y si se sentía inclinada a aceptar la propuesta que el conde le había hecho, pues quizá así se evitara una desgracia.
—¡Queridísima madre! —respondió la marquesa—. Me temo que eso no es posible. Siento mucho que mi gratitud se vea sometida a una prueba tan dura, pero decidí no volver a casarme, no voy a jugarme mi felicidad por segunda vez y mucho menos a una carta incierta.
El guardabosques mayor apuntó que, si la marquesa no iba a cambiar de idea, tal vez estaría bien darle a conocer al conde su decisión cuanto antes, ya que, en esas circunstancias, lo más importante era ofrecerle una respuesta concreta, fuera ésta la que fuese. La mujer del coronel replicó que, puesto que el joven venía avalado por unas cualidades tan fuera de lo común y además había manifestado que estaba dispuesto a fijar su residencia en Italia, tal vez mereciera la pena considerar su petición replanteándose la decisión que la marquesa había tomado en su día; eso era lo que ella opinaba. El guardabosques mayor se sentó al lado de su hermana y le preguntó qué le parecía el conde como persona. La marquesa respondió azorada:
—Me gusta y me disgusta.
Y quiso conocer el sentir de los demás. La mujer del coronel dijo:
—Si regresa de Nápoles y las pesquisas que podamos hacer no desmienten la impresión general que ahora tienes de él, ¿qué responderías en el caso de que entonces repitiera su petición?
—En ese caso —empezó a decir la marquesa—, si sus deseos son tan intensos como parecen, yo… —se interrumpió un momento y sus ojos brillaron antes de acabar la frase—, atendiendo a la gratitud que le debo, cumpliría esos deseos.
A la madre, que siempre había deseado que su hija contrajera segundas nupcias, le costó trabajo ocultar su alegría al oír estas palabras y empezó a pensar qué podría hacer para facilitar que así fuera. El guardabosques mayor volvió a levantarse de su asiento apremiado por una creciente inquietud y dijo que, si la marquesa se planteaba la posibilidad de concederle su mano algún día, estaba obligada a dar ahora mismo un paso que evitase las terribles consecuencias que podrían derivarse de su precipitada acción. La madre era de la misma opinión y afirmó que, al fin y al cabo, tampoco le parecía tan descabellado acceder a sus pretensiones, pues conociendo las virtudes que había desplegado la noche en que la fortaleza fue asaltada por los rusos, era difícil creer que el resto de su vida no respondiera a ellas. La marquesa bajó la vista con una expresión de profunda inquietud.
—Mira, lo que podríamos hacer —siguió diciendo la madre, mientras le tomaba la mano— es garantizarle de alguna forma que, hasta su regreso de Nápoles, no atenderás ninguna otra propuesta ni contraerás ningún otro compromiso.
—Yo podría ofrecerle esta garantía, queridísima madre, pero me temo que no baste para tranquilizarle y sólo sirva para complicarnos a nosotros aún más —dijo la marquesa.
—¡No te preocupes, de eso me encargo yo! —replicó la madre muy alegre y animada; y volvió la vista hacia el comandante.
—¡Lorenzo! ¿Qué opinas tú? —preguntó mientras hacia ademán de levantarse de su asiento.
El comandante, que lo había oído todo, se encontraba de pie junto a la ventana, mirando a la calle, y no dijo nada. El guardabosques mayor anunció que, si podía poner sobre la mesa esta inocente garantía, era cosa hecha que el conde abandonase la casa.
—¡Entonces hacedlo! ¡Hacedlo! ¡Hacedlo! —exclamó el padre, mientras se daba la vuelta—. ¡Que tenga que rendirme por segunda vez ante este ruso!
Al oír esto, la madre se levantó de un salto, los besó a él y a su hija, y mientras el padre sonreía al ver su emoción, preguntó cómo podrían comunicarle al conde cuanto antes la decisión que habían tomado. El guardabosques mayor propuso que le mandaran un recado rogándole que, si todavía no se había cambiado de ropa, hiciera el favor de acudir un instante al salón donde le esperaba la familia. El conde respondió que sería un honor y que se presentaría de inmediato. El camarero que trajo la respuesta no había tenido tiempo de abandonar la estancia cuando el conde en persona entraba ya por la puerta con paso ágil, como si la alegría le diera alas, y se arrojaba a los pies de la marquesa profundamente emocionado. El comandante se disponía a hablar, pero él, levantándose, manifestó que ya sabía lo suficiente. Besó su mano y la de la madre, abrazó al hermano, y rogó que tuvieran la amabilidad de ayudarle a conseguir inmediatamente un carruaje. Conmovida por la escena, la marquesa dijo a pesar de todo:
—No quiero pensar, señor conde, que la precipitación le anime a concebir esperanzas que vayan más allá de…
—¡Nada de eso! ¡Nada de eso! —replicó el conde—. No creo que lo que puedan averiguar sobre mí vaya a cambiar en nada los sentimientos que le han animado a pedirme que volviera a esta sala.
A continuación abrazó al comandante con suma cordialidad; el guardabosques mayor le ofreció inmediatamente su carruaje, un montero salió volando a la posta para conseguir caballos como fuera, y la alegría acompañó la partida más de lo que nunca lo había hecho cuando se celebraba una llegada. El conde se mostró confiado en poder alcanzar los despachos en B***, luego, como ya no tenía que pasar por M***, tomaría el camino más corto hasta Nápoles y allí haría todo lo posible para evitar que sus obligaciones le forzaran a seguir el viaje hasta Constantinopla, en caso necesario, estaba dispuesto a fingir que había caído enfermo, de modo que, a no ser que surgiera algún obstáculo insalvable que le retuviese contra su voluntad, podía dar por seguro que dentro de cuatro o seis semanas estaría de vuelta en M***. Al momento, su montero anunció que los caballos estaban enganchados y todo dispuesto para la partida. El conde recogió su sombrero, se colocó frente la marquesa y la tomó de la mano.
—Ahora, Julietta, estoy algo más tranquilo —dijo poniendo su mano sobre la de ella—. Aunque mi mayor deseo era casarme con usted antes de mi partida.
—¡Casarse! —exclamaron al unísono todos los miembros de la familia.
—¡Casarnos! —repitió el conde.
Besó la mano a la marquesa y, cuando ésta le preguntó si estaba en sus cabales, aseguró que algún día comprendería todo lo que hacía ahora. A pesar de que había conseguido enojar a la familia una vez más, se despidió de todos con mucho afecto, rogándoles que no dieran mayor importancia a sus últimas palabras, y luego partió a toda prisa.
Pasaron varias semanas en las que la familia, dominada por los sentimientos más contradictorios, vivió en tensión y angustiada por el desenlace que tendría esa insólita historia. El comandante recibió una carta muy atenta firmada por el general K***, el tío del conde, quien también escribió una nota desde Nápoles; los informes que recibieron hablaban muy favorablemente sobre su persona; en suma, todos daban el compromiso por seguro, cuando la marquesa volvió a sentir molestias, esta vez más penosas que nunca. Notó un cambio en su figura que no lograba explicarse. Habló con absoluta franqueza a su madre y le dijo que no sabía qué pensar de su estado. Preocupada por los extraños síntomas que presentaba su hija, la madre le pidió que consultara a un médico. La marquesa, que confiaba en su buena salud, se opuso a ello tenazmente; dejó pasar varios días sin hacer caso del consejo de su madre, pero al ver que su malestar iba en aumento y que aquellos asombrosos síntomas reaparecían una y otra vez, se alarmó de verdad. Mandó llamar a un médico de la absoluta confianza de su padre y, aprovechando que en ese momento su madre estaba ausente, le invitó a sentarse en un diván; después de plantearle brevemente entre bromas y veras cuál era su situación, le reveló lo que desde hacía tiempo venía sospechando. El médico le lanzó una inquisitiva mirada y se dispuso a practicarle un exhaustivo reconocimiento. Hecho esto, se quedó callado un momento y luego anunció con un gesto muy serio que la apreciación de la señora marquesa era absolutamente correcta. La dama le preguntó qué explicación tenía para ello. Él le indicó que la explicación le parecía evidente y, sin poder reprimir una sonrisa, añadió que estaba sana como una manzana y que no necesitaba un médico. Entonces, la marquesa hizo sonar el timbre y, mirándole de soslayo y con gesto severo, le rogó que se marchara. A media voz, como si no mereciera la pena darle explicaciones, murmuró que no pensaba tolerar que bromease con ella sobre asuntos de esa naturaleza. El doctor, ofendido, replicó que, si siempre hubiera sido tan poco dada a las bromas como ahora, le hubiera ido mucho mejor; recogió el bastón y el sombrero e hizo ademán de despedirse. La marquesa aseguró que informaría a su padre de las ofensas que le había infligido. El médico respondió que estaba dispuesto a repetir su dictamen incluso bajo juramento y ante un tribunal, abrió la puerta, saludó con una inclinación y se dispuso a abandonar la sala. Aprovechando que aún se agachó un momento para recoger del suelo un guante que se le había caído, la marquesa preguntó:
—En cualquier caso ¿qué posibilidad existe de que ocurra algo así, señor doctor?
El doctor replicó que no estaba allí para explicarle la razón última de las cosas, volvió a hacer una inclinación y se marchó.
La marquesa se sentía como si la hubiera fulminado un rayo; no obstante, trató de mantener la calma. Pensó en acudir a su padre inmediatamente, pero la asombrosa seriedad con la que había hablado aquel hombre, cuyas ofensas ella no había podido sufrir, le paralizaba. Se arrojó sobre el diván presa de una enorme agitación. Repasó, desconfiando de sí misma, todos y cada uno de los instantes del año anterior, y pensó que estaba loca al considerar ese extremo. Por fin apareció su madre y, al verla tan abrumada, le preguntó nerviosa qué había ocurrido. Su hija le contó lo que el médico acababa de revelarle. La señora de G*** dijo que era un sinvergüenza y un canalla, y coincidió con su hija en que debían informar de esta ofensa al padre. La marquesa aseguró que el doctor hablaba completamente en serio y parecía decidido a repetir su dictamen ante el padre. Entonces, la señora de G***, no menos asustada que su hija, preguntó si creía que se habían dado las condiciones para, de alguna forma, haberse quedado encinta. La señora marquesa respondió que, de ser así, estaría dispuesta a creer que las tumbas podían ser fértiles y el seno de los muertos dar a luz.
—Entonces —dijo la mujer del coronel estrechándola fuertemente contra su pecho—, ¿qué te inquieta? Si tu conciencia te dice que eres pura, ¿cómo puede preocuparte el juicio de otros, aunque sea el de todo un gabinete de médicos? Que se deba a un error o a la maldad, ¿eso a ti qué más te da? En cualquier caso, lo más correcto es que se lo contemos todo a tu padre.
—¡Oh, Dios! —dijo la marquesa con un estremecimiento—. ¿Cómo quiere que me tranquilice? ¿Acaso no siento en mi interior esa sensación tan especial que me es de sobra conocida y que habla claramente contra mí? Si fuera otra quien se sintiera así, ¿no sería yo misma quien juzgaría que lo que el médico ha dicho es verdad?
—¡Lo que dices es horrible! —repuso la mujer del coronel.
—¡Maldad! ¡Error! —siguió diciendo la marquesa—. ¿Qué motivos puede tener este hombre, que hasta hoy mismo nos parecía tan digno de aprecio, para humillarme con un caprichoso agravio? ¡A mí, que nunca le he ofendido, a mí, que le he recibido con total confianza, de la que esperaba eterna gratitud; a mí, ante la que se presentó, como indicaban sus primeras palabras, con la sincera voluntad de ayudar y no de provocarme un dolor más atroz del que ya sentía! Si me viera en la necesidad de elegir —siguió diciendo mientras su madre la escuchaba sin apartar la vista de ella ni un momento—, quisiera creer que se trata de un error. Pero ¿acaso es posible que un médico, por mediocre e inexperto que sea, se confunda en un caso como éste?
—En cualquier caso, ha de tratarse necesariamente de lo uno o de lo otro —dijo tajante la mujer del coronel.
—Sí, mi queridísima madre —replicó la marquesa, mientras besaba su mano con el rostro arrebatado por el rubor y el gesto de quien ha visto agraviada su dignidad—. ¡Así ha de ser! Aunque, en unas circunstancias tan fuera de lo común, creo que puedo permitirme dudar de ello. A pesar de todo, como parece que es preciso aclararlo, juro que mi conciencia es tan pura como la de mis hijas, no puede estar más limpia ni ser más honorable. No obstante, le ruego que mande llamar a una comadrona para cerciorarnos, y así, ocurra lo que ocurra, pueda tener paz.
—¡Una comadrona! —exclamó la señora de G*** casi sin habla, herida en su pundonor—. ¡Teniendo la conciencia tranquila pides una comadrona!
—¡Una comadrona, mi queridísima madre! —repitió la marquesa cayendo a sus rodillas—. ¡Que venga ahora mismo, si no me volveré loca!
—¡Oh, con mucho gusto! —repuso la mujer del coronel—. Sólo te ruego que no des a luz en mi casa.
Luego se levantó dispuesta a abandonar la habitación. La marquesa fue detrás de ella con los brazos extendidos, cayó rostro en tierra y se abrazó a sus rodillas.
—Siempre he llevado una vida intachable —exclamó con la elocuencia del dolor—, siguiendo en todo su ejemplo; si eso me da derecho a su respeto, si es que en su pecho late aún un sentimiento maternal que hable en mi favor, mientras no se esclarezca mi culpa y quede patente a los ojos del mundo como la luz del sol, le ruego que no me abandone en estos terribles momentos.
—¿Qué te inquieta? —preguntó la madre—. ¿No es más que el dictamen del médico? ¿No es más que esa sensación que notas en tu interior?
—Ni más ni menos que eso, madre mía —repuso la marquesa llevándose la mano al pecho.
—¿Nada más, Julietta? —siguió diciendo la madre—. Examina tu conciencia. Enterarme de que has cometido un desliz me causaría un dolor indescriptible, pero lo aceptaría y al final tendría que perdonarlo, pero si resulta que para escapar a la reprensión de tu madre has llegado a inventar un cuento que trastoca el orden del mundo y acumulas juramentos blasfemos cargándolos sobre mi corazón, que aún se inclina a creer en ti, me parecería tan infame que no podría volver a mirarte con amor nunca más.
—¡Que la salvación eterna se abra ante mí algún día como mi alma se ha abierto ante usted! —exclamó la marquesa—. ¡No le he ocultado nada, madre mía!
—¡Oh, cielos! —exclamó ella, conmovida por estas palabras llenas de patetismo—. ¡Hija mía, mereces todo mi amor! ¡Cuánto me conmueves! —Se levantó y la besó, y la estrechó contra su pecho—. Entonces, ¿qué temes, por todos los santos? Ven aquí, debes de estar gravemente enferma.
Se acercó a ella con intención de llevarla a la cama. Sin embargo, la marquesa, cuyas lágrimas brotaban a raudales, seguía asegurando que estaba sana, y que no tenía nada en absoluto salvo aquella extraña e incomprensible sensación, como si se encontrara encinta.
—¿Encinta? —repitió la madre—. ¿Cómo vas a estar encinta? Si guardas fiel memoria de cuanto ha ocurrido en el pasado, ¿por qué temes? ¿Qué es esta locura que se apodera de ti? ¿Acaso esa oscura sensación que notas en tu interior no puede engañarte?
—¡No! ¡No! —dijo la marquesa—. No me engaña. Y si hace venir a la comadrona, escucharemos lo que tenga que decir y ella confirmará mis espantosas sospechas sacando a la luz una verdad demoledora.
—Mi queridísima niña, ven conmigo —dijo la señora de G***, que empezaba a temer que su hija hubiera perdido el juicio—. Ven, sígueme y acuéstate. ¿Cuál me decías que había sido la opinión del médico? ¡Cómo te arde la cara! ¡Cómo te tiembla el cuerpo! ¿Qué te dijo el médico? —inquirió, pues empezaba a poner en duda que la escena que su hija le había referido fuera cierta.
—¡Querida, magnánima madre! —decía la marquesa con los ojos llorosos y sonriendo—. No he perdido el juicio. El médico me dijo que estaba en estado de buena esperanza. Mande llamar a la comadrona y, en cuanto ella lo desmienta, volveré a tener paz.
—¡Bueno, bueno! —replicó la mujer del coronel, tratando de dominar su miedo—. Si quieres que se ría de ti, la llamaré y vendrá en un momento. Cuando aparezca te dirá que tienes demasiada fantasía y te pedirá que no seas boba. —Hizo sonar el timbre y al instante envió a sus criados a buscar a la comadrona.
Cuando ésta apareció, la marquesa seguía en brazos de su madre, con el pecho agitado, inquieto. La mujer del coronel le explicó que su hija estaba enferma y que se figuraba las cosas más extrañas. La señora marquesa juró que siempre se había distinguido por su virtud; no obstante, venía notando una sensación inexplicable que la tenía confusa, por lo que consideraba necesario que una mujer experta en la materia examinara su estado. Mientras la comadrona hacía sus indagaciones, habló de la sangre joven y de la astucia del mundo; cuando hubo concluido su examen, declaró que había visto muchos casos como el suyo: todas las jóvenes viudas que se encontraban en su situación creían haber vivido en islas desiertas, y tranquilizó a la señora marquesa asegurándole que ya encontraría al audaz corsario que había llegado a su playa en medio de la noche. La marquesa se desmayó al oír estas palabras. La mujer del coronel, que no pudo sobreponerse a su instinto maternal, la reanimó con ayuda de la comadrona. Sin embargo, una vez despertó, la desesperación hizo presa en ella.
—¡Julietta! —exclamó la madre con vivo dolor—. ¿No quieres sincerarte conmigo? ¿No vas a revelarme el nombre del padre?
Hasta ese momento aún parecía inclinada a perdonarlo todo y reconciliarse con su hija; sin embargo, cuando la marquesa respondió que no le cabía en la cabeza y que estaba a punto de volverse loca, la madre se levantó del diván y, antes de abandonar la habitación, exclamó:
—¡Vete! ¡Márchate de aquí! ¡Eres despreciable! ¡Maldigo la hora en que te traje al mundo!
La marquesa sintió que se le volvía a nublar la vista, buscó amparo en la partera y apoyó su cabeza, que temblaba violentamente, sobre el pecho de ella. Entonces le preguntó con voz quebrada de qué vías podía haberse servido la naturaleza para que ella se quedara en estado y si existía la posibilidad de concebir un hijo sin saberlo. La comadrona sonrió, le soltó el pañuelo y dijo que aquél no era, desde luego, el caso de la señora marquesa. La marquesa se negó a aceptar su respuesta; ella había concebido a sus hijas conscientemente, pero ahora quería saber si un caso así podía darse en la naturaleza. La comadrona repuso que, salvo a la santísima Virgen María, no tenía noticias de que algo así le hubiera sucedido a ninguna otra mujer de la tierra. La marquesa temblaba cada vez con más violencia. Creía que en cualquier instante podría dar a luz y, angustiada, aferrándose convulsamente a la comadrona, le rogó que no la abandonase. La comadrona trató de tranquilizarla. Aseguró que el momento del parto quedaba aún muy lejos, aprovechó para explicarle los medios de los que podía servirse en un caso como el suyo para evitar la maledicencia de la gente y dio a entender que todo saldría bien. Aquellas palabras de consuelo atravesaban el pecho de la desdichada dama como si fueran auténticas puñaladas, de modo que intentó dominarse, dijo que ya se encontraba mejor y rogó a su compañera que se marchara.
Apenas había salido la comadrona de la habitación, cuando le trajeron una nota escrita por su madre, en la que decía: «En las actuales circunstancias, el señor de G*** desea que abandone su casa. Adjunta a la presente los documentos relativos a la fortuna de usted y espera que Dios le libre del pesar de volver a verla». La carta estaba húmeda por las lágrimas y en una esquina aparecía una palabra borrosa, pues la tinta se había corrido: «Dictado». Lágrimas de dolor se agolparon en los ojos de la señora marquesa. Llorando desconsoladamente por el error en que incurrían sus padres y por la injusticia que estas excelentes personas, aun sin quererlo, estaban a punto de cometer, se dirigió a los aposentos de su madre. Allí le dijeron que estaba con su padre. Llegó dando tumbos hasta los aposentos de éste y, al encontrar la puerta cerrada, se derrumbó ante ella y, con voz lastimera, puso a todos los santos por testigos de su inocencia. Debió de pasar algunos minutos tendida allí cuando el guardabosques mayor salió de la habitación con el rostro ardiendo y le dio a entender que el comandante no deseaba verla.
—¡Mi querido hermano! —exclamó la marquesa sollozando, se coló en la habitación y, viendo a su padre, extendió los brazos hacia él—. ¡Mi queridísimo padre!
Al verla, el comandante le volvió la espalda y se apresuró a entrar en su dormitorio; ella fue tras él, pero el hombre empezó a gritar que se marchara e intentó cerrar la puerta de golpe. La marquesa, sin embargo, consiguió impedirlo y, entre lamentos y súplicas, le obligó a ceder, entró y se arrojó a sus pies. El padre, que se encontraba junto a la pared del fondo, le volvió la espalda una vez más. Temblando, la marquesa se abrazó a sus rodillas mientras él descolgaba una pistola de la pared; en ese momento, el arma se disparó, y aunque la bala fue a dar en el techo, el tiro resonó con fuerza en la estancia.
—¡Dios mío de mi vida! —exclamó la marquesa pálida como una muerta, se levantó y salió precipitadamente del aposento—. Enganchad el carruaje inmediatamente —ordenó a sus criados.
Con la misma palidez mortal, se sentó en un sillón, arregló a sus hijas a toda prisa y les mandó que recogieran sus cosas e hiciesen el equipaje. Tenía a la pequeña entre sus rodillas y la estaba envolviendo con un chal para subirla al carruaje en cuanto todo estuviera preparado para la partida, cuando llegó el guardabosques mayor para comunicarle que el comandante exigía que le entregara a las niñas.
—¿Las niñas? —preguntó levantándose resueltamente—. ¡Dile a tu inhumano padre que puede venir y matarme de un tiro, pero no podrá arrebatarme a mis hijas!
Y, armada con el orgullo del que se sabe inocente, cogió a sus hijos, los subió al carruaje y partió sin que su hermano se atreviera a detenerla.
Este supremo esfuerzo sirvió para que reaccionase y se alzara por su propia mano del profundo abismo al que el destino la había arrojado. La agitación que desgarraba su pecho fue cediendo en cuanto se vio fuera de aquella casa, cubriendo de besos a sus hijas, su prenda más preciada, satisfecha consigo misma por haber vencido a su hermano sin más apoyo que su conciencia libre de culpa. Su juicio, que había sido lo bastante fuerte como para no desfallecer en una situación tan insólita como la que estaba viviendo, tuvo que acatar el sagrado e inexplicable orden del mundo con su sobrecogedora grandeza. Confiaba en poder convencer a su familia de que era inocente y comprendió que debía encontrar consuelo en esta esperanza si no quería venirse abajo. Pocos días después de su llegada a V***, el dolor había cedido su lugar al propósito claro y decidido, pero también heroico, de armarse de orgullo para rechazar los ataques del inundo. Decidió volcarse por completo en sí misma y dedicarse exclusivamente a educar a sus dos hijas con esmero, mientras prodigaba todo su amor de madre a aquel don de Dios que crecía en su seno. Lo organizó todo para que, en pocas semanas, en cuanto se hubiera recuperado del parto, pudiera empezar a arreglar su hermosa casa de campo, que había sufrido algún deterioro durante su larga ausencia; se sentaba en el cenador mientras tejía gorritos y patucos, e iba pensando cómo distribuiría las habitaciones para que todos estuvieran cómodos, cuál llenaría con libros y en cuál sería más adecuado colocar el caballete. Así, cuando el conde F*** aún no había regresado de Nápoles, ya se había reconciliado por completo con su destino y no le desagradaba la idea de llevar una vida retirada, prácticamente monacal. El portero de la casa recibió orden de no dejar pasar a nadie. Lo único que no podía soportar era la idea de que aquel pequeño ser, que ella había concebido con una estricta pureza, con la mayor inocencia, cuyo origen, precisamente por ser un absoluto misterio, parecía aún más divino que el del resto de los seres humanos, tuviera que cargar con el estigma de la deshonra que le impondría la sociedad burguesa. Se le ocurrió una curiosa forma de dar con el padre; la primera vez que se le vino a la cabeza, la labor que estaba tejiendo se le cayó de las manos del susto. Pasó noches enteras en vela dándole vueltas, inquieta, incapaz de pegar ojo, intentando acostumbrarse a aquella idea que hería sus sentimientos más profundos. Seguía resistiéndose a establecer cualquier tipo de relación con el hombre que la había burlado, considerando con toda razón que había de pertenecer sin remedio a la escoria del género humano; fuera como fuese, sólo podía haber salido del fango más sucio y despreciable. Sin embargo, como aquel sentimiento de libertad cobraba cada vez más fuerza en ella, considerando que la piedra conserva su valor sea cual sea su engaste, una mañana en la que volvió a sentir aquella joven vida agitándose en su seno sacó fuerzas de flaqueza e hizo llegar a las gacetas de M*** el singular anuncio que puede leerse al inicio de este relato.
Entretanto, el conde F***, que seguía en Nápoles, donde le retenían obligaciones ineludibles, había escrito por segunda vez a la marquesa y le había rogado que, con independencia de las circunstancias que se dieran y por extrañas que éstas fuesen, se mantuviera fiel al compromiso que había asumido tácitamente. En cuanto resolvió sus asuntos y logró que su viaje no se alargara hasta Constantinopla, salió inmediatamente de Nápoles, y de este modo, a los pocos días, con un mínimo retraso sobre el plazo que él mismo había fijado, llegó a M***. El comandante le recibió con el rostro descompuesto, dijo que un asunto ineludible le obligaba a salir de la casa y pidió al guardabosques mayor que hablara con él mientras estaba fuera. El guardabosques mayor se lo llevó a su habitación y, después de un breve saludo, le preguntó si ya le habían puesto al corriente de lo que había acontecido durante su ausencia en la casa del comandante. El conde se quedó pálido y respondió rápidamente que no. Entonces, el guardabosques mayor le informó de la vergüenza que la marquesa había arrojado sobre la familia y le relató la historia que nuestros lectores acaban de conocer. El conde se dio una palmada en la frente.
—¿Por qué habré encontrado tantos obstáculos en mi camino? —exclamó para sí mismo—. ¡Si se hubiera celebrado la boda, nos habríamos ahorrado todo esto, la vergüenza y la desgracia!
El guardabosques mayor le preguntó con los ojos muy abiertos si estaba tan loco como para querer casarse con aquella infame. El conde replicó que la marquesa valía más que todos los que la despreciaban juntos, y que si había proclamado su inocencia él no tenía ninguna razón para dudar de ella; de hecho, aquel mismo día pensaba salir para V***, donde volvería a proponerle matrimonio. Recogió inmediatamente su sombrero, se despidió del guardabosques mayor, que le miraba como si hubiese perdido el juicio, y partió.
Montó en su caballo y salió volando hacia V***. Se bajó a la puerta de la casa y entró en el patio anterior, pero el portero le comunicó que la señora marquesa no recibía visitas. El conde le preguntó si aquella medida, que tenía sentido cuando se trataba de desconocidos, había de aplicarse también a un amigo de la casa; su respuesta fue que no sabía de ninguna excepción, aunque poco después le preguntó discretamente si el caballero no sería acaso el conde F***. El conde le observó con atención y luego respondió que no. Entonces se volvió hacia su criado y, alzando la voz para que el portero pudiera oír lo que le decía, anunció que, dadas las circunstancias, se hospedaría en una posada y escribiría una nota para anunciarse a la señora marquesa. A continuación, en cuanto supo que el portero no le veía, dobló una esquina y, sin que nadie lo advirtiera, rodeó el muro del amplio jardín que se extendía en la parte posterior de la casa, donde encontró una puerta abierta por la que accedió a la finca. Recorrió un sendero que subía por una pendiente y entonces, en un cenador que había a un lado, descubrió la figura misteriosa y encantadora de la marquesa, que estaba sentada junto a una pequeña mesita ocupada en sus labores. Se acercó a ella procurando que no le viera y, cuando apenas le quedaban tres pasos para echarse a sus pies, salió de entre el follaje.
—¡El conde F***! —exclamó la marquesa con los ojos muy abiertos, mientras un leve rubor provocado por la sorpresa le cubría el rostro.
El conde se detuvo en la entrada del cenador y le sonrió. Al cabo de un rato avanzó hacia ella y se sentó a su lado, midiendo muy bien cada paso, para no asustarla con su atrevimiento. Antes de que la marquesa pudiera decidir qué hacer en tan extraña situación, la estrechó dulcemente entre sus brazos.
—Pero, señor conde, ¿de dónde…, cómo es posible…? —preguntó la marquesa bajando la vista al suelo tímidamente.
—Acabo de llegar de Milán —respondió el conde apretándola suavemente contra sí— y he entrado por una puerta que encontré abierta en la parte posterior del jardín. He creído que usted me lo perdonaría y por eso me he tomado la libertad de pasar.
—¿Acaso en M*** no le han dicho…? —preguntó ella, que seguía sin mover un músculo entre los brazos de él.
—Sí, amada señora —repuso el conde—, me lo han contado todo, pero estoy totalmente convencido de su inocencia.
—¿Cómo? —dijo la marquesa levantándose y soltándose de sus brazos—. ¿Y a pesar de todo ha decidido venir?
—A pesar de la gente, a pesar de su familia e incluso a pesar de su cautivadora figura —dijo depositando un ardiente beso sobre el pecho de ella.
—¡Márchese! —exclamó la marquesa.
—Julietta, estoy convencido de su inocencia como si mi alma habitara en su pecho, como si fuera omnipotente y conociera sus pensamientos.
—¡Déjeme! —exclamó la marquesa.
—He venido a pedirle de nuevo que se case conmigo —añadió él sin ceder un ápice— y a recibir de su mano la eterna bienaventuranza, si es que decide aceptarme por esposo.
—¡Márchese ahora mismo! ¡Se lo ordeno! —exclamó la marquesa liberándose violentamente de sus brazos y huyendo de él.
—¡Querida, magnánima Julietta! —murmuró el conde, mientras se levantaba y salía corriendo detrás de ella.
—¡Hágame caso! —exclamó la marquesa, volviéndose para evitarle.
—¡Déjeme decirle un secreto al oído! —pidió el conde, cogiendo presuroso el suave brazo de ella cuando ya estaba a punto de escapársele.
—¡No quiero saber nada! —replicó la marquesa, dándole un enérgico golpe en el pecho para apartarle, antes de bajar la pendiente y desaparecer.
El conde, que estaba dispuesto a todo para conseguir que la marquesa le escuchase, echó a correr detrás de ella, pero, cuando estaba a mitad de la pendiente, la puerta por la que la dama había entrado se cerró de golpe y pudo oír cómo echaba el cerrojo a toda prisa, casi violentamente, para librarse de su perseguidor. Permaneció un instante indeciso, pensando lo que haría a continuación dadas las circunstancias, se planteó saltar por una ventana que vio abierta en un lateral y seguir adelante con el plan hasta lograr su objetivo, pero, por duro que fuera, y en efecto lo era en más de un sentido, terminó por admitir que, llegado a este punto, no le quedaba otro remedio que volverse por donde había venido, y furioso consigo mismo, atormentado por haber permitido que la dama se le escapase de los brazos, se deslizó pendiente abajo, abandonó el jardín y montó en su caballo. Tenía la sensación de haber fracasado, jamás conseguiría declararse a quien aquella noche le había cerrado su corazón, así que volvió cabalgando al paso a M***, pensando en la carta que, después de todo lo que había pasado, estaba condenado a escribirle. Esa noche, a pesar de que estaba del peor humor que quepa imaginarse, acudió a una cena, donde se encontró con el guardabosques mayor; éste se acercó a él de inmediato para preguntarle si la propuesta de matrimonio por la que había viajado a V*** había obtenido una respuesta favorable. El conde respondió secamente que, por desgracia, no había sido así. Estaba pensando en echarle de allí con cajas destempladas, pero, atendiendo a la cortesía, se contuvo y, al cabo de un rato, declaró que había decidido escribir una carta a la marquesa, por lo que esperaba que, dentro de poco, todo quedara aclarado. El guardabosques mayor dijo que le dolía ver cómo su pasión por la marquesa le había nublado el juicio; debía saber que, mientras él se obstinaba en su empeño, ella ya había empezado a buscar marido por otros medios. Hizo sonar el timbre para que le trajeran los últimos periódicos y, cuando los tuvo ante sí, le pasó al conde un ejemplar con el anuncio de la marquesa en que pretendía encontrar al padre de su hijo. El conde leyó el texto de principio a fin, mientras la sangre le encendía el rostro. Un cúmulo de sentimientos encontrados se agolpó en lo más profundo de su ser. El guardabosques mayor le preguntó si creía que la señora marquesa hallaría a la persona que andaba buscando.
—¡No me cabe la menor duda! —repuso el conde, mientras se aferraba al papel con toda su alma y engullía las palabras con avidez—. ¡Muy bien! ¡Ahora sé lo que debo hacer!
Se había acercado un momento a la ventana, pero entonces dobló la hoja, se dio la vuelta y, después de dirigirse cortésmente al guardabosques mayor para preguntarle si tendría el placer de volver a verle, se despidió de él y se marchó reconciliado con su destino.
Entretanto, en la casa del comandante se habían vivido escenas verdaderamente dramáticas. La mujer del coronel estaba más que furiosa por la terrible dureza con la que había actuado su marido y por la debilidad con la que ella, sometida a su yugo, había consentido que repudiara despóticamente a su hija. Cuando oyó el disparo en el dormitorio del comandante y vio que la marquesa salía precipitadamente de la habitación, cayó desmayada. No tardó en recuperar el sentido, pero ya era tarde. El comandante se limitó a decir que lamentaba que se hubiese llevado aquel susto en vano, mientras lanzaba sobre la mesa la pistola que se le había disparado. Entonces hablaron de las niñas: él exigía que se quedaran en la casa, ella se atrevió a sugerir tímidamente que no tenía derecho alguno a dar tal paso, y con voz débil y emocionada le rogó que, para evitarle ataques como el que había sufrido, procurase no crear nuevas tensiones en la casa; sin embargo, en respuesta el comandante se volvió hacia el guardabosques mayor y le gritó lanzando espumarajos de rabia por la boca:
—¡Ve y tráemelas!
Cuando llegó la segunda carta del conde F***, el comandante ordenó que se la remitieran a la marquesa a V***, la cual, según se enteraron más tarde por el emisario que se la entregó, la había dejado a un lado sin abrir. La mujer del coronel, que veía muchos puntos oscuros en toda aquella historia, en especial la disposición que mostraba ahora la marquesa a contraer segundas nupcias cuando hasta entonces siempre que se había planteado esta posibilidad la había rechazado con absoluta indiferencia, intentó tratar este asunto con su marido, pero fue en vano, pues siempre que lo sacaba a colación el comandante le rogaba o más bien le ordenaba que se callara, asegurando que él ya no tenía hija; incluso en una ocasión llegó a retirar un retrato de Julietta que aún colgaba en la pared, dando a entender que estaba dispuesto a borrar todos sus recuerdos. Fue entonces cuando apareció el insólito anuncio que la marquesa había decidido publicar en la prensa. Al verlo la mujer del coronel quedó profundamente conmovida y acudió con la página del periódico, que el propio comandante le había dado hacía un rato, a la habitación de éste, donde le encontró sentado a la mesa trabajando, y le rogó por todos los santos del cielo que le dijese qué pensaba de aquello. El comandante, que no dejó de escribir en ningún momento, exclamó:
—¡Vaya! ¡Ahora resultará que es inocente!
—¿Cómo? —preguntó la señora de G***, profundamente asombrada—. ¿Inocente?
—Desde luego, ¡lo habrá hecho en sueños! —dijo el comandante sin levantar la vista.
—¿En sueños? —repuso la señora de G***—. Pero ¿es posible que un suceso tan terrible…?
—¡Basta ya! ¡No es más que una estúpida! —exclamó el comandante amontonando los papeles, y salió de la habitación.
En el periódico del día siguiente, la mujer del coronel leyó a su marido durante el desayuno la respuesta que había aparecido en una gaceta recién sacada de la prensa, pues su tinta aún estaba fresca:
Si la señora marquesa de O*** se encuentra el día 3, a las once de la mañana, en casa de su padre, el señor G***, aquel al que busca acudirá en persona para ponerse a sus pies.
La mujer del coronel se quedó muda antes de llegar a la mitad de este insólito anuncio; pasó volando al final y tendió la hoja al comandante. Éste leyó la hoja tres veces de principio a fin, como si no diera crédito a lo que veían sus ojos.
—¡Por todos los santos, Lorenzo! —exclamó la mujer del coronel—. ¿Qué opinas de esto?
—¡Ah, qué sinvergüenza! —repuso el comandante levantándose—. ¡La muy bribona! ¡Menuda hipócrita! ¡Tiene diez veces la desvergüenza de una perra y diez veces la astucia de un zorro! ¡Más aún! ¡Ni siquiera cruzando a la perra y al zorro llegaríamos a hacernos una idea de quién es! ¡Con esa carita! ¡Y ese par de ojos! ¡Si parecen los de un querubín! ¡Cómo te va a traicionar! —exclamó inconsolable, incapaz de detener sus lamentos.
—Pero ¡por todos los diablos! —replicó la mujer del coronel—. Si se trata de un engaño, ¿qué pretende con ello?
—¿Me preguntas qué pretende? Pues que demos por buenas sus infames mentiras —replicó el coronel—. Esos dos se han confabulado y ya se saben de memoria el cuento que nos quieren colar a las once de la mañana del día tres. Quieren que diga: «¡Ay, hijita querida! Yo no lo sabía. ¿Quién podía imaginarse algo así? Perdóname, recibe mi bendición, tienes todo mi afecto, todo volverá a ser como antes». ¡Pero al que cruce el umbral de mi casa el día tres por la mañana le estará esperando una bala! Más le valdría que le echaran los criados.
La señora G*** volvió a leer de cabo a rabo el anuncio del periódico y luego dijo que, si tuviera que decantarse por una de las dos opciones, ambas increíbles, preferiría creer en un insólito juego del destino que en la vileza de su hija, que siempre había demostrado ser una excelente persona. Pero el comandante se dispuso a abandonar la habitación sin dejar que acabara su discurso.
—¡Haz el favor de callarte! —exclamó—. Este asunto ya me resulta odioso.
Pocos días después, el comandante recibió una carta de la marquesa en relación con el anuncio del periódico. Como le había negado la gracia de recibirla en su casa, le pedía respetuosamente, con palabras de lo más conmovedoras, que hiciera el favor de enviar a V*** a aquel que acudiera a su casa el día 3 por la mañana. La mujer estaba presente en el momento en que el comandante recibió esta carta y pudo advertir una expresión reveladora en su rostro, como si se reprochara haber actuado con demasiada precipitación, pues, si se hubiera tratado de un truco para engañarle, ¿qué motivo tendría su hija para continuar con la farsa, cuando parecía que en modo alguno aspiraba al perdón paterno? La mujer del coronel decidió pasar al ataque y, armándose de coraje, se dispuso a poner en práctica un plan al que llevaba mucho tiempo dándole vueltas en su corazón, agitado por las dudas. Mientras el coronel seguía examinando el papel con gesto impenetrable, anunció que se le había ocurrido una idea: con su permiso, viajaría a V*** y se quedaría allí uno o dos días. Si resultaba que la marquesa conocía al hombre que había respondido a su anuncio en el periódico haciéndose pasar por un extraño, ella sabría manejar la situación de forma que acabara delatándose, aunque actuara como la traidora más retorcida; de ese modo descubrirían el secreto que ocultaba en su alma. Sin dilación, el comandante rasgó la carta con un movimiento enérgico y dijo que su mujer sabía de sobra que él no quería tener el menor contacto con su hija, por lo que le prohibía expresamente que fuera a verla. Metió los trozos de la carta en un sobre, donde anotó las señas de la marquesa, y se lo entregó al mensajero para que se lo llevara a su hija como única respuesta. La mujer del coronel, que veía cómo se desvanecían sus esperanzas de aclarar el asunto por la obstinada cerrazón de su marido, ofendida y furiosa como estaba, decidió ejecutar su plan en secreto, contra la voluntad de él. Buscó a uno de los monteros del comandante y, a la mañana siguiente, cuando su marido todavía estaba dormido, salió con él hacia V***. Al llegar a la hacienda, el portero le dijo que la señora marquesa no admitía visitas de ningún tipo. La señora de G*** respondió que conocía esta norma; no obstante, le sugirió que, en este caso, haría bien en anunciar a su señora que la mujer del coronel de G*** deseaba verla. Él respondió que no serviría de nada, pues la señora marquesa no hablaba con nadie. La señora G*** replicó que con ella sí hablaría, pues era su madre, y le ordenó que dejara de perder el tiempo y fuera a darle el recado. El portero ni siquiera tuvo oportunidad de cumplir con este encargo, que según creía no iba a cambiar en nada la determinación de la señora marquesa, ya que apenas había entrado en la casa cuando vio a ésta salir precipitadamente por la puerta, llegar ante el carruaje en que había viajado la mujer del coronel y caer de rodillas ante ella. La señora de G*** descendió del coche con la ayuda del montero y, sin poder reprimir su emoción, levantó a la marquesa del suelo. Ésta, que tampoco podía controlar sus sentimientos, se inclinó ante su madre para besar su mano con una profunda reverencia, y luego, vertiendo abundantes lágrimas, la invitó a pasar a la casa y la condujo respetuosamente a sus aposentos.
—¡Mi queridísima madre! —exclamó enjugándose las lágrimas de pie junto al diván donde había ofrecido asiento a la recién llegada—. ¿A qué debo la satisfacción de poder contar con su presencia tan querida para mí?
La señora de G*** se acercó a su hija con confianza y, tendiendo sus brazos hacia ella, declaró que había venido a verla para pedirle perdón por la dureza con la que había sido expulsada de la casa paterna.
—¿Perdón? —le interrumpió la marquesa mientras intentaba en vano besarle las manos.
—Así es, pues no ha sido sólo la reciente respuesta a la nota que publicaste en los periódicos lo que nos ha convencido tanto a tu padre como a mí de que eres inocente —siguió diciendo sin permitir que su hija la tocara—. Debo comunicarte que una persona apareció ayer mismo en nuestra casa para darnos una feliz noticia que nos dejó asombrados.
—¿Quién…? —preguntó la marquesa sentándose al lado de su madre, mientras la expectación que se reflejaba en su rostro tensaba todos sus músculos—. ¿Quién llevó esa noticia?
—Él —replicó la señora de G***—, el mismo que respondió a tu nota, la persona a la que te dirigías en tu anuncio.
—¿Y bien? —dijo la marquesa con el pecho fatigado por la enorme agitación que sentía—. ¿Quién es? ¿Quién es?
—Me gustaría que lo adivinases tú —replicó su madre—. Imagínate, ayer, mientras estábamos sentados tomando el té, leyendo precisamente la extraña respuesta que se había publicado en el periódico, una persona, a la que conocemos perfectamente, entra a toda prisa en la sala con aspecto afligido y cae a los pies de tu padre y luego a los míos. Nosotros, sin saber qué hacer, le pedimos que nos explique la razón de aquel gesto desesperado. Entonces empieza a hablar y nos dice que su conciencia no le permite vivir en paz, pues él es el infame que ha engañado a la señora marquesa; ahora sólo desea saber cuál será el castigo para su crimen y dar satisfacción a la venganza que quieran tomar de él: ésa y no otra es la razón por la que ha acudido.
—Pero ¿quién es? ¿Quién es? —seguía preguntando la marquesa.
—Como he dicho —añadió la señora de G***—, se trata de un joven, bien educado a pesar de todo, al que nunca habríamos creído capaz de cometer semejante infamia; aunque espero que no te asustes, hija mía, cuando te enteres de que es de clase baja y carece de la nobleza que, en otras circunstancias, habríamos exigido a aquel que aspirara a convertirse en tu esposo.
—No me importa, magnánima madre —dijo la marquesa—, no será tan despreciable cuando ha ido a arrojarse a vuestros pies antes que a los míos. Pero ¿quién es? ¿Quién es? Sólo quiero que me digáis quién es.
—Muy bien —repuso la madre—, es Leopardo, el montero que tu padre se trajo del Tirol hace poco, y al que yo, no sé si te has dado cuenta, he traído conmigo a fin de presentártele como futuro marido.
—¡Leopardo, el montero! —exclamó la marquesa llevándose las manos a la cabeza con gesto desesperado.
—¿Qué temes? —preguntó la mujer del coronel—. ¿Tienes motivos para dudar de ello?
—¿Cómo? ¿Dónde? ¿Cuándo? —preguntó la marquesa confusa.
—Eso —respondió su madre— sólo te lo confiará a ti. Según dijo, la vergüenza y el amor le impedían explicárselo a otra persona que no fueras tú. Pero si quieres abrimos la puerta de la antesala, detrás de la cual aguarda con el corazón palpitante, y le pides que te revele su secreto mientras yo me retiro.
—¡Dios mío de mi vida! —exclamó la marquesa, mientras se cubría el rostro encendido por la vergüenza con sus pequeñas manos—. Recuerdo que una vez me quedé adormilada con el calor del mediodía y, cuando desperté, vi que se apartaba de mi diván.
—¡Oh, hija mía! —exclamó su madre, cayendo de rodillas ante ella al oír estas palabras, rodeándola con sus brazos y ocultando el rostro en su seno—. ¡Oh, qué magnífica persona eres! ¡Y, ay de mí, qué despreciable me siento a tu lado!
—¿Qué le pasa, madre mía? —preguntó desolada la marquesa.
—Escúchame bien —siguió diciendo ésta—, tú, que eres más pura que los ángeles, debes saber que de todo lo que te he dicho nada es verdad; que mi alma corrompida no podía creer que pudiese existir una inocencia como la que tú irradias, y por eso tuve que valerme de este vergonzoso ardid para convencerme de ello.
—¡Mi queridísima madre! —exclamó la marquesa, inclinándose hacia ella con la intención de levantarla, feliz y emocionada.
—No, no me apartaré de tus pies —replicó ésta— hasta que digas que me perdonas por la vileza con la que me he comportado con un ser tan excelso, tan sublime como tú.
—¿Perdonarle yo a usted, madre mía? ¡Levántese! —exclamó la marquesa—. Yo le juro…
—Escucha —dijo la señora de G***—, quiero saber si aún puedes darme tu amor y respetarme igual que lo has hecho siempre.
—¡Mi madre adorada! —exclamó la marquesa, cayendo también ella de rodillas—. El respeto y el amor que me merece no se han apartado jamás de mi corazón. ¿Quién habría podido mantener su confianza en mí en unas circunstancias tan insólitas? ¡Qué feliz soy ahora, al ver que se ha convencido de mi irreprochable integridad!
—Si es así, si estás dispuesta a darme tu cariño y no tienes en cuenta la dureza con la que te repudié —repuso la señora de G***, mientras trataba de ponerse en pie ayudada por la marquesa—, te prometo que jamás te dejaré de mi mano, queridísima hija mía. Darás a luz en mi casa y te aseguro que cuidaré de ti con más ternura y solicitud que si fueras a darnos un joven príncipe. No volveré a apartarme de ti en todos los días de mi vida. Me enfrentaré al mundo entero; no quiero más honor que tu vergüenza.
La marquesa intentó consolarla con caricias, suplicándole que se calmara, pero cayó la tarde y llegó la medianoche antes de que lo lograra. Al día siguiente, cuando la anciana dama se había recuperado de la emoción, que durante la noche le había causado fiebre, madre, hija y nietas regresaron a M*** y entraron en la ciudad como si celebraran un triunfo. El viaje resultó enormemente grato, bromeaban sobre Leopardo, el montero, que iba sentado delante en el pescante, y la madre confesó a la marquesa que ahora notaba cómo se ponía roja en cuanto miraba sus anchas espaldas. La marquesa respondió con una expresión que era mitad un suspiro, mitad una risa:
—¡A saber quién terminará apareciendo en nuestra casa el día tres, a las once de la mañana!
Lo cierto es que cuanto más se acercaban a M***, más se enturbiaba su ánimo, intuyendo la escena que estaba a punto de producirse y que había de resultar decisiva. En cuanto se apearon delante de la casa, la señora de G***, que no había revelado sus planes, condujo a su hija a su antigua habitación, le pidió que se pusiera cómoda y, anunciando que volvería a reunirse con ella unos minutos después, salió de allí discretamente. Al cabo de una hora volvió con el rostro acalorado.
—Nada, ¡es más incrédulo que santo Tomás! —dijo sin revelar el feliz secreto que escondía en su alma—. ¡Más incrédulo que santo Tomás! ¿Puedes creer que he necesitado una hora entera para convencerle? Ahora está llorando en su habitación.
—¿Quién? —preguntó la marquesa.
—Él —respondió la madre—. ¿Acaso hay alguien que tenga más motivos?
—¿No estaremos hablando de mi padre? —replicó la marquesa.
—Llora como un niño —respondió la madre—, si no hubiera tenido que enjugarle las lágrimas de sus ojos, me habría reído a mis anchas en cuanto hubiese salido por la puerta.
—¿Y llora por mí? —preguntó la marquesa, levantándose—. ¿Y yo sigo aquí…?
—¡No te muevas! —dijo la señora de G***—. ¿Por qué tuvo que dictarme aquella carta? Tendrá que ser él quien venga a buscarte, si es que quiere volver a verme en lo que le queda de vida.
—¡Mi queridísima madre! —gimió la marquesa.
—¡Debes esperar impasible a que él venga! —replicó tajante la mujer del coronel—. ¿Cómo pudo echar mano de la pistola?
—Pero yo le imploro que me deje…
—No debes ir —repuso la señora de G***, mientras volvía a sentar a su hija en el sillón—. Y si no viene antes de que anochezca, mañana me marcharé de aquí contigo.
La marquesa declaró que aquella manera de actuar le parecía dura e injusta; pero la madre, oyendo que alguien se acercaba sollozando, le replicó:
—Tranquilízate. ¡Ya viene! ¿No le oyes?
—¿Qué? —preguntó la marquesa, parándose a escuchar—. Hay alguien fuera, junto a la puerta. ¡Con cuánta fuerza…!
—Así es —repuso la señora de G***—. Pretende que le abramos la puerta.
—¡Déjeme! —exclamó la marquesa levantándose como pudo de la silla.
—Si me quieres bien, Julietta, no lo hagas —repuso la mujer del comandante—. ¡Quédate quieta!
Pero, en ese momento el comandante, que se cubría el rostro con el pañuelo, penetró en la habitación. La madre se colocó delante de su hija y le dio la espalda.
—¡Mi queridísimo padre! —exclamó la marquesa extendiendo sus brazos hacia él.
—No te muevas de ahí —dijo la señora de G***, mientras el comandante lloraba de pie en medio de la habitación—. ¿Me oyes? Tiene que suplicar que le perdones. ¿Por qué actúa siempre de un modo tan drástico? ¿Y por qué es tan terco? Yo le amo, pero a ti también; y si debo elegir, sé que tú eres mucho más noble que él, y me quedo contigo.
El comandante agachó la cabeza, tenía un aspecto abatido y lloraba con gemidos tan fuertes que resonaban en las paredes de la estancia.
—¡Por Dios santo! —exclamó la marquesa.
La madre cedió de repente y tomó un pañuelo para enjugar sus propias lágrimas, que por fin dejaba correr. Haciéndose a un lado exclamó:
—¡Ni siquiera puede hablar!
La marquesa se levantó, abrazó al comandante y le rogó que se tranquilizara, aunque ella también lloraba desconsoladamente. Le preguntó si quería tomar asiento y le acercó una silla, pero él no respondió. Seguía de pie, sin reaccionar, con la cabeza gacha, la mirada clavada en el suelo y llorando. La marquesa, que estaba a su lado, lo sujetaba. Angustiada por él, le dijo a su madre que si no lograban tranquilizarlo podía enfermar. Viéndole tenso y con el rostro convulso, la propia señora de G*** parecía estar a punto de perder el aplomo que había demostrado hasta ese momento; sin embargo, el comandante acabó por ceder a las insistentes súplicas de su hija y ambos se sentaron, él en la silla, y ella a sus pies, mientras le prodigaba mil caricias; entonces, la madre volvió a tomar la palabra para decir que le estaba bien empleado y que a buen seguro ahora recuperaría el juicio: acto seguido salió de la habitación y los dejó solos.
Una vez estuvo fuera, se secó las lágrimas y pensó si la violenta conmoción que había sufrido su marido por culpa suya no resultaría peligrosa para su salud y si no sería aconsejable llamar a un médico que le hiciera un reconocimiento. Rebuscó en la cocina para prepararle una cena con todos los reconstituyentes y tranquilizantes que pudiera reunir y, cuando llegó la noche, le calentó la cama y lo dejó todo preparado para que se acostara en cuanto apareciera de la mano de su hija. Sin embargo, como la mesa estaba puesta y él seguía brillando por su ausencia, se aproximó sigilosamente a la habitación de la marquesa para escuchar lo que estaba ocurriendo dentro. Primero puso el oído sobre la puerta con suavidad y percibió el leve eco de un susurro; según creyó, salía de los labios de la marquesa. Luego miró a través del ojo de la cerradura y pudo observar que su hija estaba sentada nada más y nada menos que sobre el regazo del comandante, algo que él no le había consentido en la vida. Por fin abrió la puerta y su corazón brincó de alegría al ver la escena que se representaba ante sus ojos: la marquesa yacía en brazos de su padre, en silencio, con la cabeza inclinada hacia atrás, los párpados cerrados, y éste, sentado en el sillón, cubría su boca con besos apasionados, ardientes, infinitos, mientras unas lágrimas brillantes se desprendían de sus ojos, ¡igual que un enamorado! La hija guardaba silencio, él guardaba silencio, estaba inclinado sobre la muchacha como si fuera su primer amor, y la besaba en los labios. La madre se sintió dichosa; se colocó detrás de ellos para que no la vieran y retrasó el momento en que tendría que interrumpirlos para poder seguir disfrutando un poco más de la celestial reconciliación que acababa de producirse en su casa. Por fin se acercó al padre, que seguía gozando con los dedos y los labios de aquel indescriptible deleite, e inclinándose sobre él le contempló desde un lado. Al verla, el comandante volvió a bajar la cabeza y su rostro se contrajo de nuevo. Iba a decir algo, pero ella exclamó:
—Pero ¿qué cara es ésa?
Le consoló con un beso y acabó con sus temores entre bromas. Como si se tratase de una pareja de novios, les invitó a seguirla a la mesa, donde el comandante se mostró muy alegre, a pesar de que, de vez en cuando, se le seguía escapando algún sollozo. No comió demasiado y habló poco, tenía la vista fija en el plato y jugueteaba con la mano de su hija.
Entonces volvió a cobrar protagonismo la respuesta que había recibido el anuncio de la marquesa en los periódicos y todos se preguntaban quién podría aparecer cuando pasara aquella noche y llegaran las once de la mañana del temido día 3. Tanto el padre como la madre, y también el hermano, que había acudido a celebrar la reconciliación, se inclinaban a aceptar la propuesta de matrimonio siempre que el candidato poseyera cierta dignidad; no pedían más, estaban dispuestos a todo con tal de que la situación de la marquesa se resolviera satisfactoriamente. Ahora bien, si el pretendiente no estaba a la altura de la marquesa, y la distancia entre ambos no podía salvarse ni siquiera haciendo concesiones, los padres se opondrían al matrimonio; decidieron que, si llegaba a ocurrir algo así, la marquesa seguiría viviendo en su casa como hasta entonces y ellos adoptarían al niño. La marquesa, por el contrario, parecía dispuesta a cumplir la palabra que había dado al precio que fuese y, con tal de procurarle un padre al hijo que esperaba, se conformaba con que éste no fuera un desalmado. Al caer la noche, la madre preguntó cómo había que actuar cuando llegara esa persona. El comandante opinaba que lo más adecuado sería dejar sola a la marquesa a las once. La marquesa, por el contrario, insistió en que sus padres y su hermano estuvieran presentes, ya que no iba a tratar nada secreto con aquel hombre. Además, añadió, parecía que el desconocido deseaba que fuera así, pues, al proponer la casa de comandante como lugar de encuentro, contaba implícitamente con la presencia de la familia; razón por la cual aquella respuesta, según admitió abiertamente, no le había desagradado en absoluto, más bien al contrario. La madre señaló que tal vez la presencia del padre y del hermano resultara inconveniente, sobre todo por el papel que podrían llegar a representar, y rogó a su hija que permitiera que ambos se ausentaran, prometiéndole a cambio que ella estaría a su lado para recibir a aquel hombre, tal y como era su deseo. Después de pensarlo un poco, la hija acabó aceptando esta última propuesta. Pasaron la noche nerviosas y expectantes, y por fin llegó la mañana del temido día 3. Al filo de las once, las dos mujeres estaban sentadas en la sala de visitas, vestidas para el compromiso con toda solemnidad. Su corazón palpitaba tan fuerte que cualquiera habría podido oír sus latidos de no ser por el ajetreo de la mañana. En el aire vibraba aún el eco de la undécima campanada cuando Leopardo, el montero que el padre se había traído del Tirol, entró por la puerta. Al verle las mujeres palidecieron.
—El conde F*** ha detenido su carruaje delante de la casa y desea que se le anuncie —dijo.
—¡El conde F***! —exclamaron las dos al mismo tiempo, arrojándose una en brazos de la otra presas de la confusión.
La marquesa se levantó para echar el cerrojo de la puerta de la habitación:
—¡Cerrad las puertas! —exclamó—. Para él no estamos en casa.
Iba a apartar al montero que se interponía en su camino cuando el conde entró en la sala vestido con el mismo uniforme militar, incluidas las medallas y las armas, que llevaba el día que conquistara la fortaleza. Desesperada, la marquesa deseó que se la tragara la tierra. Recogió un pañuelo que había dejado en la silla e iba a salir precipitadamente para buscar refugio en la habitación de al lado cuando la señora de G*** le sujetó la mano:
—¡Julietta! —exclamó con la voz ahogada por los pensamientos que le daban vueltas en la cabeza, clavando los ojos en el conde y atrayéndola hacia sí—. ¡Te lo ruego, Julietta! ¿A quién estamos esperando si no?
—¿Cómo? —preguntó la marquesa y, al volverse de repente, le fulminó con la mirada, mientras el color huía de su rostro y se quedaba pálida como una muerta—. ¡No será a él, desde luego!
El conde, que había doblado una rodilla ante ella, se llevó la mano derecha al corazón e inclinó la cabeza ligeramente. Luego se quedó esperando en silencio, con los ojos clavados en el suelo para evitar que su ardiente mirada se cruzara con la de la marquesa.
—¿A quién si no? —preguntó la mujer del coronel apenas con un hilo de voz—. ¿A quién si no él? ¡Qué confundidos estábamos!
—¡Voy a volverme loca, madre mía! —exclamó la marquesa clavando los ojos en el conde.
—¡Qué necia has sido! —replicó la madre.
La señora de G*** susurró algo al oído de su hija; entonces la marquesa se volvió y, cubriéndose el rostro con las manos, se dejó caer en el sofá.
—¿Qué te ocurre, desdichada? —exclamó su madre—. ¿Es que ha sucedido algo para lo que no estuvieras preparada?
El conde, que seguía de rodillas al lado de la mujer del coronel, tomó el borde de su vestido y, llevándoselo a los labios, lo besó.
—¡Noble señora, digna de todo respeto y honor! —susurró mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas.
—¡Levántese, señor conde, levántese! —replicó la mujer del coronel—. Consuélela a ella, para que, una vez reconciliados, todo quede perdonado y olvidado.
El conde se levantó llorando. Volvió a arrojarse a los pies de la marquesa y tomó su mano con exquisita delicadeza, como si fuera de oro y el sudor que desprendían las suyas pudiera empañarlo.
—¡Márchese! ¡Márchese! ¡Márchese! —gritó ella, mientras se levantaba y abría la puerta de la habitación, apartándose de él como si fuera un apestado—. ¡Me había mentalizado para encontrarme cara a cara con un depravado, pero no con un… diablo! ¡Llamad al coronel!
—¡Julietta! —exclamó la mujer del coronel asombrada.
La mirada fiera e implacable de la marquesa, ni una furia la tendría más espantosa, se clavaba unas veces en el conde, otras en su madre; su pecho temblaba; su rostro ardía. El coronel y el guardabosques mayor no tardaron en acudir.
—¡Éste es el hombre, padre —declaró ella cuando todavía no habían entrado por la puerta—, pero no puedo casarme con él!
Tomó un recipiente de agua bendita que colgaba de la puerta posterior, roció enérgicamente al padre, a la madre y al hermano, y desapareció.
El comandante, conmocionado por la extraña actitud de su hija, preguntó qué había sucedido; fue entonces, en ese momento decisivo, cuando su mirada cayó sobre el conde F***, que seguía en la habitación, bajó la mirada y palideció. La madre tomó la mano del conde y dijo:
—No preguntes nada. Este joven lamenta de todo corazón lo que ha ocurrido. Dale tu bendición, vamos, dásela ahora mismo, y así esta historia aún podrá tener un final feliz.
El conde, que ya se había puesto en pie, parecía desolado. El comandante puso su mano sobre él; sus párpados se estremecían, sus labios estaban blancos como la cal.
—¡Que la maldición del cielo no caiga sobre esta cabeza! —exclamó—. ¿Cuándo tenía pensado casarse?
—Mañana mismo —dijo la madre respondiendo en su lugar, pues el conde no podía articular palabra—, aunque también podría ser hoy, como prefieras: el señor conde, que ha puesto tanto empeño en rectificar de la mejor manera posible lo que hizo mal, no ve la hora de contraer matrimonio con nuestra hija, de modo que cuanto antes se casen, mejor.
—Siendo así, tendré el placer de verle mañana a las once en la iglesia de los Agustinos —dijo el comandante, e inclinándose ligeramente se despidió de él, pidió a su mujer y a su hijo que le acompañaran a la habitación donde se había refugiado la marquesa y salieron de la estancia dejando al conde a solas.
De nada sirvieron sus esfuerzos para enterarse de la causa que había motivado el extraño comportamiento de la marquesa; una fiebre virulenta la tenía postrada en cama, no quería saber nada de la boda y rogaba que la dejasen sola. Cuando le preguntaron por qué había cambiado de parecer de repente y cuál era el motivo de la profunda aversión que sentía hacia el conde, ya que jamás había sentido tanto rechazo por nadie, la marquesa miró a su padre con los ojos muy abiertos, extraviados, pero no respondió. La mujer del coronel le recordó que iba a ser madre; ella le replicó que, en un caso como ése, debía pensar en sí misma antes que en su hijo, y poniendo a los santos y a los ángeles por testigos, aseguró que no se casaría. Como era evidente que se encontraba demasiado excitada para pensar con claridad, el padre, convencido de que debía mantener su palabra, la dejó sola y se dedicó a organizar todo lo necesario para la celebración de la boda. Antes de nada, como era preceptivo, exigió al conde que firmase un acuerdo escrito. Se trataba de un contrato matrimonial por el que renunciaba a todos los derechos que pudieran corresponderle como esposo, obligándose, en cambio, a cumplir con todos los deberes derivados de dicha condición. El conde estampó su firma en el papel, que devolvió empapado en lágrimas. Cuando a la mañana siguiente el comandante entregó aquel documento a la marquesa, los ánimos de ésta se habían calmado un poco. Sentada en la cama, lo leyó entero varias veces, lo dobló pensativa, lo abrió y volvió a leerlo una vez más de principio a fin. A continuación anunció que acudiría a la iglesia de los Agustinos a las once de la mañana. Se levantó, se vistió sin decir una palabra y, cuando llegó la hora, subió con todos los suyos al coche para ir a la iglesia.
Al conde no se le permitió unirse a la comitiva hasta que la familia llegó al pórtico de la iglesia. La marquesa se pasó toda la ceremonia mirando fijamente el retablo; ni siquiera se dignó mirar al conde cuando ambos intercambiaron los anillos. Después del enlace, el conde le ofreció el brazo para salir de la iglesia; pero, una vez fuera, la condesa se despidió de él inclinándose ligeramente. Cuando el comandante le preguntó al conde si tendría el honor de verle de vez en cuando en los aposentos de su hija, éste balbució unas palabras que nadie entendió, se quitó el sombrero, saludó a los presentes y desapareció. Se instaló en una vivienda de M*** y durante varios meses no puso el pie en casa del comandante, donde la condesa había fijado su residencia. Su comportamiento ejemplar, noble y delicado, en todo lo que tenía que ver con la familia le valió ser invitado al bautizo del niño que alumbró la condesa cuando llegó el momento. La condesa, que después de dar a luz guardaba cama bien abrigada con colchas, apenas le vio un instante cuando se asomó al umbral de su habitación para saludarla desde allí respetuosamente. Entre los regalos con que los invitados daban la bienvenida al recién nacido, destacaban dos papeles que el conde había dejado sobre su cuna: en uno de ellos, según pudieron comprobar después de que se hubiera marchado, realizaba una donación de veinte mil rublos a favor del muchacho; el otro era un testamento en el que, en caso de fallecimiento, nombraba a la madre heredera universal de toda su fortuna. A partir de aquel día, a instancias de la señora de G***, sus visitas empezaron a ser más frecuentes. Las puertas de la casa se abrieron para él. Pronto no pasó una sola tarde sin que se le viese por allí. Cuando le pareció que todos le habían perdonado, al entender la debilidad de la condición humana, empezó a cortejar de nuevo a la condesa, su esposa, y al cabo de un año recibió de sus labios un segundo sí, y se celebró una segunda boda, más alegre que la primera. Luego la familia al completo se mudó a V***. No pasó mucho tiempo antes de que toda una cuadrilla de pequeños rusos acompañara al primero. En cierta ocasión, cuando disfrutaba plenamente de la felicidad conyugal, el conde preguntó a su esposa por aquel terrible día 3 y, más concretamente, por la razón que la había impulsado a huir de él como si fuera el mismísimo diablo, cuando parecía mentalizada para encontrarse con cualquier depravado; ella se lanzó a su cuello y, abrazándole, le respondió que aquel día no le habría confundido con el diablo si la primera vez que le vio no le hubiera parecido un ángel.