el hijo adoptivo (spanish)
Antonio Piachi, un acaudalado comerciante de Roma, se veía obligado a hacer largos viajes de negocios de vez en cuando. En tales ocasiones tenía la costumbre de dejar a Elvire, su joven esposa, en casa de unos parientes de ésta, para que la cuidaran y protegieran. En cierta ocasión tuvo que viajar a Ragusa y decidió que su hijo Paolo, un niño de once años, fruto de su primer matrimonio, le acompañara. En ese momento se había desatado en la ciudad una epidemia parecida a la peste, que tenía aterrorizados a sus habitantes y a toda la comarca. Cuando la noticia llegó a sus oídos, Piachi ya había emprendido el viaje, así que decidió llegar hasta las afueras de la villa para informarse de la situación. Cuando oyó que el mal iba extendiéndose de día en día y que empezaban a pensar en cerrar las puertas de la ciudad, la preocupación por su hijo superó cualquier interés comercial, así que cambió los caballos y partió de nuevo.
Una vez estuvo en campo abierto, le llamó la atención un muchacho que iba andando al lado de su carruaje y extendía las manos hacia él como si le pidiera algo. Al ver su mirada de angustia, ordenó parar y, al preguntarle qué quería, el muchacho, en su inocencia, le respondió que estaba contagiado y que los alguaciles le perseguían para llevarle al hospital, donde su padre y su madre ya habían muerto, por eso le suplicaba por todos los santos que le llevara consigo y no le dejara perecer en la ciudad. Dicho esto, agarró la mano del viejo, la estrechó, la besó y derramó lágrimas sobre ella. El primer impulso de Piachi, preso del temor, fue apartar al niño de un empujón; sin embargo, cuando estaba a punto de hacerlo, el infeliz palideció y cayó al suelo desmayado. El compasivo mercader se sintió conmovido. Se apeó con su hijo, subió al niño al coche y se lo llevó, aunque no tenía ni la menor idea de qué iba a hacer con él.
En la primera ocasión que se le presentó, intentó llegar a un acuerdo con los dueños de la posada donde se habían detenido para que se hicieran cargo del muchacho, pero la policía, que sospechaba lo que estaba pasando, le arrestó, y él, su hijo y Nicolo, pues así se llamaba el muchacho enfermo, fueron enviados de vuelta a Ragusa con una escolta. De nada sirvieron las quejas de Piachi, que se resistió con todas sus fuerzas a esta espantosa medida. En cuanto llegaron a la ciudad, fueron entregados a un alguacil, que los condujo inmediatamente al hospital, donde Piachi se mantuvo sano y el pequeño Nicolo logró recuperarse de su mal pero contagió a Paolo, el hijo de once años de Piachi, que murió al cabo de tres días.
Las puertas de la ciudad volvieron a abrirse y, después de enterrar a su hijo, Piachi recibió permiso de la policía para abandonar la población. Afligido por el dolor, subió inmediatamente al coche y, al ver el asiento vacío a su lado, sacó un pañuelo para enjugarse las lágrimas que brotaron de sus ojos. Nicolo, con la gorra en la mano, se acercó al coche y le deseó un feliz viaje. Piachi se apoyó en la portezuela y le preguntó, con la voz quebrada por un violento sollozo, si quería ir con él. En cuanto el niño comprendió lo que le proponía el mercader, asintió con la cabeza y declaró que le acompañaría con mucho gusto. Piachi acudió a los directores del hospital para preguntarles si le permitían llevarse al muchacho. Éstos sonrieron y le explicaron que, como era huérfano, su vida dependía de la providencia de Dios y nadie le echaría en falta. Así que, conmovido, el comerciante le ayudó a subir al coche y se lo llevó a Roma en lugar de su hijo.
Durante el trayecto, antes de llegar a las puertas de la ciudad, el comerciante tuvo ocasión de examinar atentamente al joven. Era de una belleza muy particular, algo hierática; sus cabellos negros caían en sencillos mechones sobre la frente, ensombreciendo un rostro serio e inteligente que jamás cambiaba de expresión. El viejo le hizo varias preguntas, pero él las despachó todas con respuestas muy breves. Iba sentado en silencio, abstraído, acurrucado en un rincón, con las manos metidas en los bolsillos, contemplando muy pensativo, con ojos tímidos, el paisaje que pasaba a toda velocidad junto al coche. De vez en cuando sacaba un puñado de avellanas del bolsillo con un movimiento suave y discreto, se las ponía entre los dientes y las cascaba, mientras Piachi se enjugaba las lágrimas.
Una vez en Roma, Piachi se lo presentó a su joven esposa, y le explicó brevemente lo sucedido. Elvire, que era una mujer excepcional, tampoco pudo contener las lágrimas al pensar en el pequeño Paolo, su hijastro, al que tanto había amado, y lloró por él de todo corazón. Pero no por ello dejó de estrechar contra su pecho a Nicolo, aquel muchacho tieso y extraño; luego le enseñó dónde dormiría, el mismo lecho en que Paolo había dormido, y le regaló toda su ropa. Piachi le mandó a la escuela, donde aprendió cálculo y a leer y escribir. Como es fácil de comprender, acabó cogiéndole cariño, tanto como dolor le había causado, y con el consentimiento de la generosa Elvire, que no podía esperar que su marido le diera hijos, decidió adoptarlo al cabo de pocas semanas. Más tarde despidió a un encargado, con el que estaba descontento por diversos motivos, y colocó a Nicolo en su puesto. Se llevó una gran alegría al ver que éste se involucraba de lleno en su empresa y gestionaba negocios de gran envergadura de la manera más eficaz y provechosa. Nada tenía que reprocharle su padre, salvo el hecho de que frecuentara a los monjes del monasterio de los carmelitas más de lo que a él le hubiese gustado; éstos trataban al joven con mucha atención y cariño, pensando sin duda en la considerable fortuna que un día habría de corresponderle como heredero del comerciante, algo que éste, enemigo declarado de la mojigatería, no veía con buenos ojos. Tampoco su madre tenía queja alguna de él, salvo tal vez la temprana inclinación que el muchacho mostraba por el sexo femenino, y que en su opinión había agitado su pecho en vano, pues con sólo quince años, en una de las muchas visitas que solía hacer a los monjes, había conocido a una tal Xaviera Tartini, barragana del obispo, quien había logrado seducirlo, y aunque el anciano le había exigido expresamente que rompiera esa relación, Elvire tenía motivos para creer que su templanza en un terreno tan peligroso como ése no era lo que cabía esperar. No obstante, cuando Nicolo cumplió los veinte años, se casó con Constanza Parquet, una joven y amable genovesa, sobrina de Elvire, que había sido educada en Roma bajo su supervisión. Parecía que su enlace cegaba definitivamente la fuente de tantas inquietudes, por lo que padre y madre se unieron a su alegría y, para demostrarle lo complacidos que estaban por la decisión que había tomado, le entregaron una espléndida dote, al tiempo que le cedían una parte nada desdeñable de su amplia residencia, una de las más hermosas de la ciudad. Por último, cuando Piachi alcanzó la edad de sesenta años, le hizo la concesión más generosa que pueda imaginarse: acudió a un abogado y le dejó toda su fortuna junto con el negocio familiar, con excepción de un pequeño capital que conservó para sí, y se retiró con su fiel Elvire, su excelente esposa, que no ambicionaba nada de lo que el mundo pudiera ofrecerle.
Un velo de tristeza empañaba el ánimo de Elvire, que nunca había hablado de un conmovedor suceso acaecido en su infancia. Philippo Parquet, su padre, un adinerado tintorero de Génova, vivía en una casa que, tal y como exigía su oficio, limitaba en su parte posterior con la orilla del mar; la vivienda estaba bien guarnecida con sillares de piedra y contaba con grandes vigas empotradas en el alero del tejado, que sobresalían varias varas por encima del mar y se aprovechaban para colgar los paños teñidos. Una aciaga noche, la casa se incendió y, como si estuviera hecha de pez y azufre, el fuego se propagó rápidamente en todas las habitaciones sin excepción. Elvire, que entonces tenía trece años, huyó por las escaleras, espantada por las llamas que se extendían por doquier, hasta que, sin ser consciente de cómo había llegado hasta allí, se encontró sobre una de aquellas vigas. Balanceándose entre el cielo y la tierra, la pobre niña no sabía qué hacer para salvarse: detrás de ella tenía el alero en llamas, cuyas brasas, avivadas por el viento, ya habían empezado a comerse las vigas; debajo de ella se abría el mar vasto, vacío, espantoso. Estaba a punto de escoger el menor de los dos males, encomendarse a todos los santos y saltar a las olas, cuando, de repente, apareció un joven patricio genovés que la envolvió en su capa y, demostrando tanto valor como habilidad, se descolgó con ella hasta el mar sirviéndose de uno de los lienzos que colgaban de las vigas. Allí los recogió una de las góndolas que surcaban el puerto y los llevó a la orilla, donde fueron recibidos entre gritos de júbilo. Por desgracia, el joven héroe se había herido en la cabeza con una piedra que, cuando atravesaba la casa, se había desprendido de la cornisa. Poco después perdió el conocimiento y se desplomó sobre el suelo. El marqués, su padre, le llevó a su palacio y, como no acababa de recuperarse, llamó a médicos de todas las comarcas de Italia, que le practicaron varias trepanaciones y le quitaron distintos huesos del cráneo, pero, por un inexplicable designio del cielo, toda su ciencia fracasó. Apenas se levantaba de la cama, y siempre de la mano de Elvire, a quien la madre había encargado que cuidara del enfermo, y después de tres años de postración y de espantosos dolores, durante los cuales la muchacha no se apartó de su lecho en ningún momento, tomó su mano una vez más, la estrechó con afecto y falleció.
Piachi, que mantenía relaciones comerciales con la casa de este señor y había conocido a Elvire cuando ésta cuidaba al enfermo, se casó con la joven dos años después, pero se guardaba mucho de mencionar el nombre de su salvador o aludir siquiera a lo que éste había hecho por ella, pues sabía que esos recuerdos conmovían en lo más íntimo su espíritu tierno y sensible. A la menor ocasión en que algo le traía a la memoria remotamente lo que aquel joven había padecido hasta morir por causa de ella, su emoción se desbordaba y las lágrimas acudían a sus ojos. Entonces no había forma de consolarla, ni siquiera eran capaces de calmarla. Dejaban que se marchase de donde estuviera, nadie podía seguirla, porque habían comprobado que el silencio y la soledad eran lo único que aliviaba su dolor: tenía que desahogarse, no había otra solución. Nadie salvo Piachi conocía la causa de estos extraños trastornos, bastante frecuentes por otro lado, pues en la vida había salido de los labios de su esposa una palabra que hiciera referencia a aquel incidente. Todos achacaban estas reacciones a un sistema nervioso demasiado excitable, resultado de unas fiebres que había padecido poco después de su boda. Era una explicación satisfactoria, por lo que no hubo ulteriores indagaciones.
Una vez Nicolo contactó en secreto con aquella Xaviera Tartini, con quien jamás había roto del todo pese a la prohibición de su padre, y sin que su esposa lo supiera, con el pretexto de que un amigo le había invitado a su casa, fue al Carnaval con su amante y no volvió hasta bien entrada la noche, cuando todos dormían, llevando la máscara de un caballero genovés que había escogido al azar. Resultó que aquella noche su anciano padre se encontraba indispuesto y, como no estaba la doncella, Elvire se había levantado a atenderle y había ido a buscar una botella de vinagre al comedor. Acababa de subirse a un taburete y abrir la alacena que había en un rincón para rebuscar entre los vasos y las garrafas, cuando Nicolo, ataviado con sombrero de plumas, capa y espada, entró por la puerta sin hacer ruido y sin más luz que la que iluminaba el zaguán y atravesó la estancia. Sin advertir la presencia de Elvire, llegó tranquilamente a la entrada de su dormitorio. Entonces advirtió que la puerta estaba cerrada, lo que le irritó sobremanera. Elvire se encontraba detrás de él, revolviendo entre las botellas y los vasos. Al verle, se cayó del taburete al entarimado como si un rayo invisible la hubiera fulminado. Nicolo, pálido del susto, se volvió y acudió inmediatamente a ayudar a la desdichada, pero temió que el ruido atrajera al anciano, y, diciéndose que en ese caso nada le libraría de recibir una severa reprimenda, dejó que el miedo acabara imponiéndose a las demás consideraciones. En su locura, le arrancó a toda prisa un manojo de llaves que la mujer llevaba colgando de la cadera, encontró una que servía, y, después de abrir la puerta de su habitación, arrojó el manojo a la sala y desapareció. Poco después, Piachi, enfermo como estaba, saltó de la cama y tiró de la campanilla para que sirvientes y doncellas acudieran en su ayuda; unos instantes después todos se congregaron alrededor de Elvire, trayendo luces; también Nicolo llegó con su bata de dormir y preguntó qué había ocurrido. Sin embargo, la lengua de Elvire estaba paralizada por el terror y, como ella era la única que podía responder a esa pregunta, el fondo del asunto quedó envuelto en el misterio. Elvire permaneció muda unos minutos, temblando de pies a cabeza. La llevaron a su cuarto, donde pasó varios días postrada en cama y aquejada por una espantosa fiebre. Al final recuperó la salud gracias a su fuerte naturaleza y superó el incidente. En pocos días volvió a ser la misma, salvo por una extraña melancolía que embargaba su ánimo.
Así transcurrió un año y se cumplió el tiempo en que Constanze, la esposa de Nicolo, había de dar a luz a su primer hijo. Sin embargo, el niño murió en el parto y la pobre madre también. Este acontecimiento, ya de por sí desgraciado, pues suponía la pérdida de una mujer educada y virtuosa, lo fue doblemente, pues abrió de par en par las puertas de las dos pasiones de Nicolo: su beatería y su inclinación por las mujeres. Con el pretexto de encontrar consuelo, pasaba días enteros en las celdas de los monjes carmelitas, a pesar de que todos sabían que, estando su mujer con vida, no se había sentido particularmente unido a ella y le había mostrado escaso amor y fidelidad. De hecho, cuando Constanze aún no había recibido sepultura y Elvire estaba ocupada con los preparativos del inminente sepelio, ésta entró en la habitación de Nicolo a última hora de la tarde y lo encontró en compañía de una muchacha a quien todos conocían, pues siempre llevaba la falda arremangada y se pintaba de forma muy llamativa: se trataba de la doncella de Xaviera Tartini. Elvire bajó los ojos y, sin decir una palabra, se volvió y abandonó la habitación. Nadie, ni siquiera su marido, supo de sus labios lo que había sucedido, y el anciano se contentó con arrodillarse junto al cuerpo y llorar con el corazón afligido por Constanze, que tanto había amado a Nicolo. Sin embargo, dio la casualidad de que Piachi, que había estado en la ciudad, se encontró con la muchacha al regresar a casa y, como es natural, no se le escapó el motivo de su visita. Entonces se dirigió a ella con decisión y, en parte con engaños y en parte por la fuerza, le arrebató la carta que llevaba. Se retiró a leerla a su cuarto, donde confirmó sus sospechas. En ella Nicolo dirigía una encarecida súplica a Xaviera, y rogaba que le señalara lugar y hora para mantener el encuentro que tanto anhelaba. Piachi se sentó y respondió a la nota en nombre de Xaviera, imitando la letra de ésta: «Hoy mismo, al caer la noche, en la iglesia de la Magdalena». Cerró la nota con un sello que no era el suyo y ordenó entregarla en la habitación de Nicolo exactamente igual que si la hubiera mandado la dama. Su estratagema resultó un completo éxito. Nicolo tomó su capa al instante y, olvidándose de Constanze, que estaba de cuerpo presente en su ataúd, se dispuso a salir de la casa. A continuación, Piachi, profundamente herido en su honor, anuló el entierro solemne previsto para el día siguiente y mandó llamar a varios porteadores para que llevasen en absoluto silencio el cuerpo de la difunta, acompañado únicamente por Elvire y por él, junto con unos pocos parientes, a la cripta de la iglesia de la Magdalena, donde le darían sepultura. Envuelto en su capa, Nicolo aguardaba de pie en el atrio de la iglesia y al ver aproximarse aquel cortejo fúnebre que conocía tan bien se quedó asombrado. Se acercó al anciano, que seguía al féretro, y le preguntó qué significaba aquello y a quién iban a enterrar. Éste, con el libro de oraciones en la mano, ni siquiera se dignó levantar la cabeza, y se limitó a responder:
—A Xaviera Tartini.
A continuación, como si Nicolo no estuviera allí, volvieron a descubrir el cuerpo, y, después de que lo bendijeran todos los presentes, lo bajaron a la cripta y lo sepultaron en ella.
Este suceso, que le avergonzó profundamente, despertó en el pecho del infortunado un ardiente odio hacia Elvire, pues creyó que era la culpable de que el viejo le hubiera ofendido de aquella manera delante de todo el mundo. Piachi pasó varios días sin dirigirle la palabra. Sin embargo, una de las condiciones para recibir el legado de Constanze era contar con el consentimiento y el visto bueno del anciano, por lo que una tarde no tuvo más remedio que ir a verle y, tomando su mano con gesto arrepentido, le prometió romper con Xaviera inmediatamente y para siempre, por más que no tuviera ninguna intención de mantener dicha promesa, más bien al contrario; en realidad la oposición de su padre sólo le había servido para aumentar su empecinamiento y convertirle en un maestro en el arte de burlar la vigilancia del honrado anciano. Por otra parte, Elvire jamás le había parecido más hermosa que en el instante en que le había sorprendido en su alcoba con la muchacha y había cerrado la puerta desolada. El suave rubor que el disgusto encendiera en sus mejillas había derramado un infinito encanto sobre su dulce rostro, que en muy raras ocasiones se mostraba conmovido por los afectos. Le parecía increíble que, siendo una mujer tan atractiva, no hubiera seguido el mismo camino que él en alguna ocasión, cortando esta o aquella flor, motivo por el cual a él acababan de castigarlo y de ponerlo en evidencia. Ardía en deseos de descubrir si había sido así y, en tal caso, pagarle con la misma moneda delatándola ante el anciano. Desde que aquella idea cobró forma en su cabeza, no hacía más que buscar la ocasión para llevar adelante sus propósitos.
Una vez que Piachi había salido de casa, pasó por delante de la habitación de Elvire y oyó extrañado unas voces. Estremeciéndose de satisfacción al pensar que estaba a punto de ver cumplidas sus retorcidas y alocadas esperanzas, se inclinó hacia la cerradura y aguzó la vista y el oído, y, ¡cielos!, ¿qué fue lo que vio? Elvire se encontraba a los pies de alguien, olvidada de sí misma, casi en éxtasis. Aunque no pudo reconocer a la persona en cuestión, sí oyó con toda claridad una palabra que ella susurraba con amoroso acento: «Colino». Con el corazón palpitante se colocó en la ventana del corredor, desde donde podía observar la entrada de la habitación sin delatar su presencia ni sus intenciones. El cerrojo se abrió con un ligero chasquido y él creyó que había llegado aquel momento impagable en el que, por fin, podría desenmascarar a la que había querido pasar por una santa sin serlo. Sin embargo, en lugar del desconocido al que esperaba, fue la propia Elvire la que salió de la habitación sin compañía alguna, lanzando sobre él una mirada indiferente y absolutamente serena. Debajo del brazo llevaba una pieza de paño que ella misma había tejido. Cogió una de las llaves del manojo que colgaba de su cadera y cerró el aposento. Luego fue bajando la escalera con toda tranquilidad, apoyando la mano sobre la barandilla. A Nicolo este disimulo, esta aparente indiferencia, le parecieron el colmo del descaro y de la malicia. En cuanto la perdió de vista, salió corriendo a buscar una llave maestra. Miró temeroso alrededor y, tras haber comprobado que nadie le veía, abrió cautelosamente la puerta del aposento. Se llevó una tremenda sorpresa al descubrir que estaba vacío. Registró todos los rincones, pero no encontró nada semejante a un hombre, salvo el retrato de un joven caballero a tamaño natural colocado en un nicho de la pared, detrás de una cortina de seda roja e iluminado por una luz especial. Sin saber por qué, Nicolo tembló de miedo. Al verse ante los enormes ojos de la imagen, que parecía clavar la vista en él, le asaltaron un sinfín de pensamientos, pero antes de que tuviera tiempo de ordenarlos se apoderó de él un nuevo temor: ser descubierto y reprendido por Elvire. Preso de la confusión cerró la puerta y se alejó de allí.
Cuanto más lo pensaba, más importante le parecía el cuadro que acababa de descubrir y más viva y ardiente era la curiosidad que sentía por saber a quién representaba, pues no dudaba de que Elvire se había arrodillado e inclinado hacia el suelo, y, desde luego, delante del joven caballero retratado en el lienzo. Como la inquietud se había apoderado de su ánimo, fue a ver a Xaviera Tartini y le contó el prodigioso suceso del que había sido testigo. Ésta, que compartía su interés por provocar la caída de Elvire, a quien juzgaba responsable de todas las trabas que habían encontrado en su relación, manifestó su deseo de ver personalmente el cuadro que estaba colgado en aquella habitación. Se preciaba de conocer a prácticamente todos los nobles de Italia, de modo que si el caballero en cuestión había estado alguna vez en Roma y se trataba de una persona relevante, Nicolo podía estar seguro de que ella le identificaría. La casualidad quiso que un domingo el matrimonio Piachi decidiera ir a hacer una visita a un pariente que vivía en el campo. En cuanto Nicolo se enteró de que tendrían el terreno libre, se apresuró a buscar a Xaviera. Ésta tomó a su hija pequeña, fruto de su relación con el cardenal, y con el pretexto de admirar ciertas pinturas y bordados se la llevó a la casa, donde Nicolo las introdujo de incógnito y las condujo inmediatamente a la habitación de Elvire. El joven se llevó una gran impresión cuando, después de haber levantado la cortina que cubría el cuadro, oyó que la pequeña Clara (así se llamaba la niña) exclamaba:
—¡Dios santo! Signor Nicolo, ¿quién es ése sino vos?
Xaviera enmudeció. En efecto, cuanto más observaba el cuadro más le llamaba la atención el parecido entre aquella figura y su galán, especialmente cuando le venían a la memoria las ocasiones en que le había visto vestido de caballero, como sucediera pocos meses atrás, durante el Carnaval al que habían asistido de incógnito. Para disimular el repentino rubor que había aflorado en sus mejillas, Nicolo besó a la pequeña y exclamó en tono de broma:
—¡La verdad, queridísima Clara, es que el caballero del retrato se parece tanto a mí como tú a aquel que cree ser tu padre!
Xaviera, en cuyo pecho se había removido el amargo sentimiento de los celos, le fulminó con una mirada. Mientras se acercaba al espejo, dijo que, al fin y al cabo, daba igual quién era aquella persona, luego se despidió de él con bastante frialdad y abandonó la habitación.
En cuanto Xaviera se marchó, Nicolo se dejó llevar por la euforia. Recordó con satisfacción la noche de Carnaval en que su aparición le había provocado a Elvire una curiosa y profunda conmoción. La idea de haber encendido la pasión de esa mujer veleidosa, en la que todos veían un modelo de virtud, le halagó casi tanto como el deseo de vengarse de ella, y ante la perspectiva de satisfacer de un solo golpe ambos apetitos, esperó con enorme impaciencia el regreso de Elvire y el instante en que podría mirarla a los ojos para confirmar sus vagas sospechas. En medio de la confusión que se había apoderado de su pecho, latía algo que le inquietaba más que cualquier otra cosa. Recordaba perfectamente que, mientras él la acechaba por el agujero de la cerradura, Elvire había caído de rodillas ante el caballero del retrato llamándolo Colino. No era un nombre muy común en el país y, sin embargo, no sabía por qué, había removido algo en su interior, como si su sonido le meciera en un dulce sueño. Puesto a desconfiar de uno de sus dos sentidos, su ojo o su oído, se inclinó, como es natural, hacia aquel que más confirmaba sus vivos deseos.
Transcurrieron varios días antes de que Elvire regresara del campo. Resultó que en casa de su primo se había encontrado con una joven pariente que deseaba visitar Roma, de modo que a su vuelta se centró en atender y festejar a la muchacha. Cuando llegó, Nicolo estaba esperándola para ayudarla a bajar del coche, pero ella sólo correspondió su amable gesto con una mirada fugaz, inapreciable. Elvire consagró varias semanas a aquella joven, que se alojó en la casa. Realizaron todo tipo de visitas dentro y fuera de la ciudad para ver todo aquello que pudiera despertar el interés de una muchacha joven y dispuesta a disfrutar de la vida como ella. Nicolo, que debía atender el negocio, no fue invitado a ninguna de estas salidas, lo que le indispuso una vez más contra Elvire, a la que culpaba de haberle postergado. Dejándose arrastrar por los sentimientos más amargos y angustiosos, volvió a pensar en el desconocido al que ella idolatraba y al que se rendía en secreto. Su indómito corazón estaba desgarrado por la ansiedad la noche en que la joven pariente de Elvire abandonó la casa. Era el momento que había estado esperando ardientemente durante tanto tiempo, pero en lugar de hablar con él Elvire se sentó a la mesa del comedor y pasó una hora entera ocupada con humildes labores femeninas sin decir una sola palabra. Pocos días antes, Piachi había preguntado por una cajita que contenía unas pequeñas letras de marfil que utilizó para enseñar a leer a Nicolo cuando era niño. Como nadie más iba a necesitarlas, al viejo se le había ocurrido regalárselas a un chico que vivía en la vecindad. Había pedido a una doncella que las buscara, pero después de revolver entre infinidad de trastos viejos, sólo había encontrado las seis que formaban el nombre de Nicolo, probablemente porque las demás, al no tener una relación directa con el muchacho, no se habían guardado con el mismo cuidado y, de una forma u otra, habían acabado extraviándose. Nicolo se puso en la palma de la mano aquellas letras, que llevaban varios días sobre la mesa, y mientras en su cabeza revolvía los más turbios pensamientos empezó a jugar con ellas hasta que, por casualidad, dio con la combinación que formaba el nombre Colino. No había sentido tanto asombro en su vida. Nicolo, que desconocía esta propiedad logogrífica de su nombre, volvió a alentar en su pecho delirantes esperanzas y lanzó una mirada tímida e insegura hacia Elvire, que seguía sentada a su lado. Le pareció que la enigmática coincidencia entre los dos nombres iba más allá de la mera casualidad. Disimulando su alegría, trató de calibrar la envergadura de ese extraño descubrimiento. Retiró las manos de la mesa y aguardó con el corazón palpitante el momento en que Elvire levantase la mirada y viera el nombre que tenía ante ella. La espera mereció la pena, no se engañaba, pues en cuanto Elvire se tomó un momento de descanso, reparó en la disposición de las letras. Como era un poco corta de vista se había inclinado sobre ellas inocentemente, sin recelar de nada. Luego dirigió una mirada extraña, atónita, a Nicolo, que bajó los ojos con aparente indiferencia, y entonces retomó su labor con una indescriptible melancolía. Pensando que nadie la veía, dejó que las lágrimas brotasen de sus ojos, recorriesen sus ardientes mejillas y fuesen cayendo una tras otra sobre su regazo. Nicolo, que observaba de soslayo las emociones que se agitaban en su interior, despejó todas sus dudas y, a partir de ese momento, se convenció de que el cambio de letras era la estrategia de la que ella se valía para ocultar su nombre. Sus locas esperanzas se desbordaron convirtiéndose en certezas cuando vio que de pronto Elvire dejaba su labor y, después de mezclar las letras con movimientos suaves, desaparecía en su alcoba. Iba a levantarse para seguirla, cuando Piachi entró y preguntó dónde estaba Elvire a una doncella, quien respondió que se hallaba indispuesta y se había echado un rato a descansar. Piachi apenas dio muestras de inquietud y se fue a ver qué le pasaba a su mujer. Al regresar un cuarto de hora después, anunció que esa noche no compartiría mesa con ellos y no hizo más comentarios. Nicolo creía haber encontrado la clave para comprender las enigmáticas escenas que venía protagonizando Elvire año tras año.
A la mañana siguiente, embriagado por una perversa alegría, empezó a pensar cómo sacaría partido del descubrimiento que acababa de hacer. Entonces recibió una nota de Xaviera en la que le rogaba que fuera a verla, pues quería compartir con él una información del máximo interés referente a Elvire. Debido a su relación con el señor obispo, Xaviera trataba con cierta frecuencia a los monjes del monasterio de los carmelitas. Como Nicolo sabía que su madre iba a confesarse a ese monasterio, no dudó de que Xavier lograría enterarse de la historia que se ocultaba detrás de sus apasionadas efusiones y de este modo podría ver cumplidas sus aberrantes esperanzas. Lo que no sospechaba era que las indagaciones de la dama desvanecerían sus absurdos sueños. Xaviera le recibió con una sonrisa socarrona y le invitó a sentarse con ella en el diván, antes de revelarle que el objeto del amor de Elvire era un difunto que dormía en su tumba desde hacía doce años. El caballero cuyo retrato había descubierto en el nicho de la habitación de Elvire, detrás de la cortina de seda roja, se llamaba Aloysus y había sido el marqués de Montserrat. Se había educado con un tío que vivía en París y le había dado el sobrenombre de Collin. Más tarde, cuando llegó a Italia, aquel nombre se transformó en el simpático apodo de Colino. Se trataba del joven caballero genovés que la había rescatado del fuego cuando era niña y luego había muerto a consecuencia de las heridas que había sufrido realizando un acto tan noble. Xaviera le rogó que no propagara ese secreto, pues se lo habían confiado en el monasterio de los carmelitas con la promesa de que guardaría la más absoluta reserva al respecto, ya que la persona que se lo había revelado no tenía ningún derecho a hacerlo. En el rostro de Nicolo alternaban la palidez y el rubor cuando le aseguró que no tenía nada que temer. Incapaz de aguantar por más tiempo la mirada burlona de Xaviera, avergonzado por la confusión en que le había sumido aquel descubrimiento, se excusó diciendo que un negocio le reclamaba, tomó su sombrero mientras hacía una mueca de disgusto, se despidió y partió.
La vergüenza, la lascivia y la sed de venganza se unieron entonces para gestar el plan más abominable que se haya ejecutado jamás. Estaba seguro de que sólo el engaño podría rendir un alma tan pura como la de Elvire. Cuando Piachi anunció que pasaría unos días en el campo, el traidor vio que pronto tendría vía libre y comenzó a hacer los preparativos para poner en práctica el diabólico plan que había tramado. Se procuró el mismo atuendo que llevaba la noche en que había asistido al Carnaval de incógnito y luego, al regresar a casa, se había topado con Elvire. Después de vestirse al estilo genovés con capa, esclavina y un sombrero de plumas exactamente iguales que los que llevaba el caballero del retrato, poco antes de la hora de acostarse se deslizó en la habitación de Elvire; allí colgó un paño negro ante el cuadro del nicho y, con una vara en la mano, adoptando la misma pose en que habían pintado al joven patricio, esperó allí oculto a que llegara Elvire y se postrase ante él para adorarle. Su abyecta pasión había iluminado sus sentidos y sus cálculos se cumplieron al detalle. Elvire no tardó en entrar y, después de desvestirse con calma, se volvió hacia el retrato como de costumbre. Apenas había descorrido la cortina de seda que cubría el nicho, cuando le vio.
—¡Colino! ¡Amado mío! —exclamó antes de caer desmayada sobre el entarimado.
Nicolo salió del nicho y se quedó un instante de pie, al lado de Elvire, absorto en la contemplación de sus encantos y viendo cómo de pronto su tierna figura se había quedado lívida bajo el beso de la muerte. No había tiempo que perder; la tomó en sus brazos, la levantó y, arrancando el paño negro que cubría el cuadro, la acostó sobre la cama que estaba en un rincón de la habitación. Hecho esto, fue a echar el cerrojo a la puerta, pero vio que ya estaba cerrada con llave. Convencido de que cuando volviera en sí se sentiría confusa y aturdida y, en esas condiciones, no ofrecería resistencia alguna ante una figura fantástica, de aspecto sobrenatural, como la que él había adoptado, se dirigió a su lecho y se esforzó en despertarla cubriendo con ardientes besos su pecho y sus labios. Pero Némesis, que pisa los talones al criminal, quiso que Piachi, a quien aquel miserable creía lejos de la casa durante varios días, regresara inesperadamente justo en ese momento. En silencio, pues suponía que Elvire ya estaría durmiendo, se deslizó por el corredor y, como siempre llevaba la llave consigo, entró en la habitación de improviso, sin que ningún ruido le hubiera delatado. Fue como si un trueno hubiera estallado sobre la cabeza de Nicolo. Se arrojó a los pies del viejo y, como no podía encubrir su villanía de ninguna manera, le suplicó que le perdonara, asegurándole que jamás volvería a poner los ojos en su mujer. El anciano, que tampoco tenía intención de airear aquel asunto, guardó silencio y quedó conmocionado al oír hablar a Elvire, que ya se había recuperado de su desvanecimiento y, al verse en los brazos de aquel miserable, le atravesaba con una mirada feroz. Piachi corrió las cortinas de la cama en la que estaba tendida su mujer, abrió la puerta y, con una fusta que había cogido de la pared donde estaba colgada, le mostró a Nicolo el camino por el que había de abandonar la casa inmediatamente. Entonces éste, un verdadero Tartufo, viendo que, si se marchaba ahora, lo perdería todo, se levantó de repente del suelo y declaró que era el viejo quien debía abandonar la casa, pues, según los documentos que obraban en su poder, de cuya legalidad nadie podría dudar, él era su único dueño y sabría hacer valer su derecho contra cualquiera que pretendiese arrebatársela. Piachi no daba crédito a sus oídos. Desarmado ante ese inaudito descaro, dejó la fusta, tomó el sombrero y el bastón, y corrió al instante a la casa de su viejo amigo el doctor Valerio, un prestigioso jurista. Tocó la campanilla hasta que una doncella salió a abrirle y, en cuanto entró en la habitación de su amigo, antes siquiera de pronunciar una sola palabra, cayó sin sentido junto a la cama. El doctor, que lo alojó en su casa y ordenó que fueran a buscar también a Elvire, se puso manos a la obra a primera hora del día siguiente y realizó toda una serie de diligencias encaminadas a detener a aquel diabólico criminal, que contaba con algunas ventajas a su favor. Mientras Piachi, impotente, tocaba todos los resortes que tenía a su disposición para arrebatarle a su hijo las posesiones que en otro tiempo le había legado, Nicolo acudió volando con las escrituras de propiedad a ver a los monjes carmelitas, con cuya amistad siempre había contado, para rogarles que le defendieran de aquel viejo loco, que quería expulsarle de su propia casa. El asunto no tardó en resolverse. Nicolo accedió a casarse con Xaviera, cumpliendo la voluntad del obispo, que ya deseaba librarse de ella, y de este modo triunfó la maldad, pues el gobierno, a instancias del prelado, decretó que Nicolo fuera confirmado como dueño de todas las propiedades y ordenó a Piachi que no siguiera importunándole.
El día anterior a la sentencia, Piachi había enterrado a la desdichada Elvire, que había ido consumiéndose poco a poco debido a unas fiebres contraídas tras aquella noche fatídica. La furia se sumó a su dolor y, con el decreto en el bolsillo, se presentó en la casa de Nicolo; cuando le encontró, se enfrentó a él con la fuerza que le daba la ira; dado que su hijo era por naturaleza más débil, le derribó y le aplastó los sesos contra la pared. La gente que estaba en la casa no reaccionó hasta que ya era demasiado tarde. Cuando acudieron, Piachi sostenía la cabeza de Nicolo entre las rodillas y le estaba metiendo el decreto por la boca. Hecho esto, se levantó y entregó sus armas. Le llevaron a prisión, se celebró el juicio y fue condenado a morir en la horca.
Es norma de la Iglesia no proceder a la ejecución de ningún condenado antes de que haya recibido la absolución. Cuando la vara de la justicia cayó sobre Piachi, éste se negó rotundamente a recibirla. Los clérigos hicieron todo lo que estaba en su mano para hacerle entender lo reprobable de su actitud. Le condujeron al patíbulo confiando en que, en cuanto viera la muerte de cerca, le entraría miedo y se arrepentiría. Junto a la horca le estaba esperando un sacerdote que le habló del Juicio Final y del espanto que se apoderaría de su alma cuando, al sonar la última trompeta, se precipitase a los infiernos. A su lado había otro clérigo que sostenía en las manos el cuerpo de Cristo y se lo ofrecía como única forma de expiar sus pecados y alcanzar la morada de la paz eterna.
—¿No quieres participar de la gracia de la redención?
—No —respondió Piachi.
—¿Por qué no?
—¡No deseo salvarme! ¡Quiero bajar hasta el fondo del infierno, donde encontraré a Nicolo, que no puede estar en el cielo! ¡Así podré continuar mi venganza, pues lo que he hecho aquí no me ha dejado satisfecho en absoluto!
Después de hablar, subió los escalones del cadalso y rogó al verdugo que hiciera su trabajo. Dadas las circunstancias, se vieron obligados a suspender la ejecución y devolver a la prisión a aquel desdichado al que la ley protegía. Durante tres días seguidos hicieron el mismo intento y siempre obtuvieron el mismo resultado. Al tercer día, cuando Piachi bajó del cadalso de nuevo sin que le hubieran puesto la soga al cuello, levantó las manos con gesto airado, maldiciendo la ley humana que no quería dejarle ir al infierno. Invocó al diablo y a sus ejércitos para que se lo llevaran y juró que su único deseo era ser ejecutado y condenado, y que se lanzaría al cuello del primer sacerdote que encontrase si eso le servía para ir al infierno y poner sus manos sobre Nicolo. Cuando el Papa fue informado de esto, ordenó ejecutarle sin absolución. Ningún sacerdote le acompañó, le colgaron en completo silencio en la Piazza del Popolo.