Stories 93 / Random

Stories by grace lloper

un corazón para vivir (spanish)

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Algún pueblo remoto, década de los '90
Vivo en un pequeño pueblo olvidado del mundo, con poco más de cinco mil habitantes. Es una villa preciosa, con una calle principal asfaltada de unas diez cuadras, que es el centro de todo y donde se congregan los comercios, prácticamente solo uno de cada rubro, el resto es residencial con calles empedradas cercanas al centro y a medida que se alejan las calles se vuelven de tierra.
La arteria principal inicia perpendicular a la ruta y termina en una doble avenida de ripio donde están la iglesia, el colegio, el ayuntamiento, una gran plaza, el cementerio y el club social de nuestra villa, esparcidos de forma aleatoria.
No tenemos universidad, por lo tanto, para estudiar una carrera debemos tomar un autobús que nos lleva a la "Gran Ciudad" a sesenta kilómetros de nuestro poblado, es uno de los polos de desarrollo de nuestro país, aunque no sea la capital. Organicé mis clases de modo a tener que ir tres veces a la semana, porque la carrera que elegí solo se dicta a la noche, de 18:00 h. a 21:00 h. los lunes y viernes y se extiende a las 22:00 h. los miércoles. Ese día tengo que quedarme a dormir allí y volver temprano a la mañana, porque el último bus sale a las 21:30 h., por suerte una compañera de curso me aloja en su casa.
Un hermoso arroyo cristalino y lleno de pequeñas cascadas surca el límite final de nuestro pueblo, y si bien los habitantes nos conocemos todos, aunque sea de vista, siempre hay caras nuevas porque mi preciosa villa es un lugar bastante requerido por los turistas que vienen a descansar y relajarse unos días. Y ahí es donde el negocio de mis padres entra en acción, tenemos un idílico hostal de seis habitaciones, a las que se fueron anexando pequeñas cabañas en un precioso terreno de poco más de tres hectáreas, sobre el arroyo, detrás del cementerio del pueblo.
Ese podría ser un inconveniente para la mayoría de la gente, pero no para mí que nací y crecí con el cementerio detrás de mi casa, no supone ningún riesgo o temor. Mi padre siempre me dijo: «Debes tener miedo de los vivos, no de los muertos». Por eso, cuando el bus nocturno me dejaba en el inicio de la avenida de tierra sobre la ruta –que daba un giro–, ni lo pensaba dos veces, para acortar camino atravesaba casi a medianoche el callado y solitario camposanto, sin miedos ni sobresalto algunos.
Un día de comienzos de otoño, la última clase del miércoles se suspendió, así que decidí volver a mi casa esa misma noche.
—Vamos… quédate, Cristina —me insistió mi amiga Brenda, ya que disfrutábamos de esa noche semanal juntas.
—Prefiero irme ahora, cariño… los jueves siempre empiezo tarde mi trabajo… y mañana llega un grupo religioso para hacer un retiro espiritual en el hostal, mis padres van a necesitar mi ayuda.
Yo era algo así como la relacionista pública del hostal, para eso estaba estudiando hotelería y turismo. Ese era mi último año. Mis padres pusieron toda su esperanza en mí para dirigir el hostal cuando ellos ya no pudieran hacerlo, porque mis dos hermanos, mucho mayores que yo, vivían lejos con sus respectivas familias. Yo solo tenía veintiún años, fui algo así como un accidente… mi madre ya tenía 42 años cuando me tuvo, y mis hermanos ya eran adultos.
Normalmente Brenda me acompañaba a la parada del autobús, ya que su casa quedaba de paso. Nos despedimos y subí. Como siempre, estaba casi vacío… caminé por el pasillo y me dirigí al mismo lugar de siempre, casi al final, cerca de la puerta de salida. Vi que un hombre estaba sentado cerca, apoyado por la ventana y con una de las piernas sobre el último asiento corrido. No pude dejar de admirar su perfecto perfil aguileño, pero no pude verlo a los ojos, porque estaba muy concentrado leyendo un libro. Tenía un extraño atuendo, parecido al de un soldado, pero más bien como los que usan en los centros de instrucciones militares en los que forman oficiales de reserva. Estaba casi rapado, y suponía que tenía más cabello debajo del pequeño gorro que llevaba en la parte superior de la cabeza.
El viaje duraba aproximadamente una hora y media, así que cerca de las 11:00 h. el chofer me dejó en la parada de mi pueblo y siguió su camino. Fue en ese momento, cuando pude ver los preciosos ojos del hombre sentado al final, eran de un azul profundo, preciosos y risueños. Me miró fijamente, le correspondí porque me sentí como hipnotizada por su mirada.
Sentí pena cuando me apeé, porque supuse que nunca más lo vería. Luego de dar unos pasos fuera del autobús, noté que alguien me seguía. Volteé mi rostro y vi que el joven también había bajado. Me asusté. En poco más de tres años de hacer este trayecto periódicamente, era la primera vez que alguien que yo no conocía bajaba conmigo del bus.
Caminando apresurada, miré hacia todos lados y la avenida de ripio estaba vacía, no había un alma en la calle, y eso era normal, ya estaba acostumbrada. No tenía miedo de la soledad de las calles, pero sí de los desconocidos. Volví a mirar y seguía detrás de mí, aunque alejado.
Mi corazón empezó a latir en forma desenfrenada, y apuré el paso.
Luego de un par de cuadras sentí un alivio enorme cuando vi luz en una de las casas de la avenida, y al panzón carpintero del pueblo fumando un puro apoyado en la reja frente a su hogar, seguro su señora le prohibía hacerlo dentro de la casa. Me apresuré a llegar hasta él.
—¡Señor Romero! ¿Cómo está? —lo saludé amablemente, y me apoyé en la reja con él para entablar una conversación que no deseaba tener esperando que el soldado pasara de largo.
No recuerdo absolutamente nada de la plática que tuve, mis sentidos estaban todos pendientes del joven que seguía acercándose cada vez más, luego pasaba frente a nosotros y seguía su camino quién sabe a dónde, porque nunca lo había visto en el pueblo antes.
No le comenté nada al señor Romero sobre el soldado y me hice la desentendida cuando pasó, porque no quería ponerlo en alerta y que luego fuera y les dijera a mis padres que yo estaba asustada y desesperada frente a su casa, sola y perseguida por un psicópata, porque seguro a esa conclusión llegarían.
Y era raro, porque los policías en mi pueblo estaban de adorno, no pasaba nunca nada. Los habitantes ni siquiera llaveaban sus casas cuando salían durante el día. Había mucha paz, era la primera vez que me pasaba algo así.
Cuando ya no vi al joven soldado, me despedí del señor Romero y seguí mi camino hasta el hostal, atravesando –como siempre– el cementerio, porque o sino tenía que rodearlo y eso equivalía a caminar como trescientos metros más.
Llegué bien a mi casa, y allí recién respiré tranquila de nuevo.
Todos estaban durmiendo.
Pasaron varias semanas desde ese día y todo volvió a la normalidad, hice muchos viajes en autobús –como siempre– y no volví a ver al soldado.
Hasta un día a finales de otoño, en que nos anunciaron que la profesora que nos daba la última clase de los miércoles sería reemplazada permanentemente por otro catedrático, que solo podía darnos la clase antes de la primera hora, por lo tanto, mi rutina de ese día se vio alterada, y decidí que ya no me quedaría a dormir en casa de Brenda, no era necesario.
Ese miércoles volví a mi casa.
Y vi de nuevo al soldado, en la misma posición, en el mismo lugar…
Mi corazón volvió a latir desenfrenado, pensando en qué haría si bajaba de nuevo detrás de mí cuando llegara a casa. Estaba leyendo, igual que la vez anterior, con la diferencia de que esta vez levantó la vista al verme avanzar, me miró con sus increíbles ojos azules y sonrió amablemente.
Mi buen juicio se nubló, porque pensé: «Un hombre con una sonrisa tan franca y unos ojos tan bellos no puede ser un criminal».
¿Qué tendría que ver una cosa con otra?
Por suerte para mí, en ese momento vi subir a la enfermera del pueblo.
La consideré mi tabla de salvación.
Porque cuando bajamos en nuestra parada, él bajó detrás de nosotras y el chofer del autobús descargó un enorme paquete de la baulera, que resultó ser una silla de ruedas. El marido de la enfermera la estaba esperando para ayudarla, e hicimos el trayecto caminando juntos. Del soldado solo vi su retaguardia hasta que se perdió en la oscuridad de la noche. Yo me despedí de la pareja al llegar al cementerio y lo crucé sin problema.
¿Y si es un pasajero regular de los miércoles a esta hora?, me pregunté. Me encogí de hombros, no lo sabría hasta que llegara ese día, porque ese viernes no lo vi, y el lunes tampoco.
Mis temores se vieron confirmados el siguiente miércoles, cuando subí al autobús y lo vi en el mismo lugar de siempre, ensimismado en su libro. No lo miré, avancé un poco y me senté donde usualmente lo hacía, aunque un poco más alejada del soldado. Miré al frente y no reconocí a nadie de mi pueblo, tampoco había mucha gente. Decidí que no bajaría en mi parada si él lo hacía. Le pediría a Máximo –el chofer– que me dejara una cuadra después.
Estaba de exámenes, pero no podía leer mis libros, porque las únicas dos luces estaban en la entrada y salida del autobús, así que me puse a observar el camino, aunque poco podía ver a la noche.
Al rato escuché detrás de mí:
—Buenas noches, señorita…
Hasta yo me sorprendí de no asustarme, porque era una voz tan hermosa, que fue imposible hacerlo. Sabía quién era, volteé despacio mi rostro y lo miré. Me devolvió la mirada, y no solo sus labios me sonrieron, sus ojos también.
—Bue-buenas no-noches —balbuceé.
—Solo quería presentarme, porque me di cuenta de su temor las dos últimas veces que bajamos del autobús… soy el Subteniente Javier Alberto Corbeta y quiero asegurarle que no tengo ninguna intención de hacerle daño, señorita… —y esperó a que le respondiera.
—Morales, Cristina Morales —y le sonreí, avergonzada de ser tan transparente.
—Un hermoso nombre… ¿sabe lo que significa? —negué con la cabeza— «La mujer que sigue a Cristo» o «La ungida por Dios».
—No sabía —contesté sorprendida—, nunca había indagado. Interesante. ¿Y a qué equivale Javier?
—Creo que significa "casa nueva", y viene de una palabra del idioma vasco —se encogió de hombros—, nada tan especial como el suyo.
—No lo había visto antes por el pueblo… ¿eso implica que hace honor a su nombre, teniente? ¿Tiene casa nueva?
—No, solo visito a mis abuelos. Y soy subteniente de reserva —asentí.
—No conozco a ningún Corbeta en el pueblo… —fruncí el ceño.
—Son mis abuelos maternos, tienen otro apellido… ¿todos en el pueblo se conocen? —preguntó sorprendido.
—Por los nombres quizás no, pero de vista creo que sí.
—Ellos son muy mayores, salen poco. Pero dígame, señorita…
—Llámeme Tina, por favor… —lo interrumpí.
—Será todo un placer, Tina… tú puedes llamarme Javi, también suelen llamarme Beto, por lo de Javier Alberto.
—Me gusta… ¿qué libro estás leyendo tan ensimismado, Beto?
Y nos pusimos a conversar sobre literatura. Un tema inocuo, pero con el que se puede descubrir mucho de un individuo. Mi percepción de ese joven cambió totalmente en ese viaje, tanto que cuando llegamos a nuestra parada me bajé sin temor alguno… y él detrás de mí, sin siquiera pensar que, en algún momento dudé de su integridad como hombre.
Me sorprendió sobre todo la forma tan natural de comunicarnos, era como si fuera mi amigo de toda la vida, no sé explicarlo, como si me conociera… como si fuera parte de mí.
Cuando llegamos hasta mi desvío le dije:
—Beto, un placer conocerte… pero aquí me despido de ti —y señalé el camposanto—. Mi casa queda del otro lado, me queda mejor cruzar por aquí.
—¿Caminas por el cementerio sola a la noche? —sonrió asombrado.
—Estoy acostumbrada, lo hago siempre… al fin y al cabo es el destino final de todos, ¿no? Nuestra futura residencia.
Ambos reímos.
—Te acompaño.
—No es neces…
—Ya lo sé —me interrumpió—, pero quiero hacerlo.
Me encogí de hombros y seguimos caminando, atravesando el cementerio.
Y esa fue mi rutina durante los tres meses siguientes.
No veía a Beto durante toda la semana, así que ansiaba que llegara los miércoles para poder ver su figura sentada al final del autobús, esperándome.
Me había enterado muchas cosas de él, y una de ellas era que venía de un pueblo pequeño ubicado un poco después de la "Gran Ciudad", o sea que hacía unos ochenta y cinco kilómetros para pasar el día con sus abuelos los jueves, desayunaba y almorzaba con ellos, le hacía algunos mandados, llenaba su heladera, arreglaba algunas cosas y volvía al Centro Militar a la siesta. Me resultó muy tierno cuando me lo dijo, era una actitud muy dulce para con ellos.
Me contó que vivía con sus padres y su hermano Julián Roberto, a quién aparentemente adoraba, porque hablaba de él como si fuera su ídolo. No faltaba en su conversación alguna referencia sobre su hermano, siempre era: "Julián dice esto" o "Julián hizo aquello".
Y también me enteré de otra cosa, solo tenía diecisiete años.
Pero cuando lo hice ya fue tarde, porque me encontraba total y absolutamente enamorada de ese joven atento, dulce y culto con el que me cruzaba todos los miércoles durante dos horas, hablábamos y reíamos en el bus, luego caminábamos juntos hasta mi casa.
Y su despedida era siempre muy singular:
—Levanta tu mano derecha, Scarlett —decía muy galante. Me llamaba así porque afirmaba que era tan mimada, hermosa y caprichosa como la protagonista de "Lo que el viento se llevó".
Yo le obedecía, sonriendo.
Él hacía una reverencia graciosa –como los hombres de antaño–, y se inclinaba ante mi mano para depositar allí un tierno beso, que yo lo sentía como una brisa que recorría desde mis dedos, pasaba por el dorso de mi palma y recorría mis brazos para llegar a cada terminal nerviosa de mi cuerpo.
Era adorable, nunca había conocido un hombre así antes.
¿Cómo no estar enamorada de semejante espécimen?
Aunque tuviera cuatro años menos que yo… ¿importaba?
A mí no, por ese motivo hacía ya varios miércoles que me preguntaba cuándo se animaría a besarme por fin, estaba segura de que él también lo anhelaba, que sentía algo por mí, era indudable, por la forma en que me miraba, por las cosas que me decía.
Pero cuando cruzamos el cementerio esa noche de miércoles, llegamos hasta el frente del hostal y él iba a despedirse de la forma usual… yo me llené de coraje y me acerqué más a él, mirándolo a los ojos, como dándole permiso para que hiciera algo más que besar mi mano.
Él reculó.
—Que descanses, princesa —susurró, antes de guiñarme un ojo y perderse en la oscuridad del cementerio de nuevo.
Me quedé parada y anonadada allí, sin entender.
Toda la semana estuve muy triste, porque no sabía qué iba a decirle a Beto cuando lo viera de nuevo ese miércoles siguiente, o si simplemente haríamos como que no hubiera ocurrido nada. Yo me decantaba por esta opción, al menos si de mí dependía no le diría una palabra, porque… ¿cómo me animaría a preguntarle el motivo por el que no quiso besarme cuando fui yo la que me ofrecí? Estaba avergonzada de ello.
Cuando llegó ese día y terminé mi clase, me dirigí a la parada del autobús con el corazón en la boca, pensando en lo que iba a ocurrir, o en cómo reaccionaríamos después de su rechazo.
Y me llevé la desilusión más grande de mi vida, cuando al subir al bus… no lo vi sentado al final. Fue como si durante días hubiera estado armando un enorme y hermoso castillo de naipes, ilusionada por terminarlo y de repente se cayeran todas las cartas sin motivo alguno.
No pude evitarlo, me senté al fondo, me escondí detrás de un libro y lagrimeé gran parte del viaje.
Ni siquiera pude disfrutar de la hermosa brisa de esa noche de primavera cuando caminaba hacia mi casa. Estaba demasiado enojada conmigo misma… ¿por qué tuve que asustarlo de esa forma? Si no hubiera hecho nada… si solo hubiéramos seguido como siempre, él no hubiera desaparecido.
Entré al cementerio por el mismo camino que siempre hacía, rumiando mi descontento, cuando noté que una antorcha estaba encendida en uno de los panteones al costado del camino, uno que siempre llamó mi atención porque frente a la puerta de hierro del acceso, tenía un hermoso jardín. No era como los otros panteones, oscuros y tétricos, ni como todas las lápidas diseminadas por doquier, que mostraban el paso de los años sin querer.
Y lo vi a él… a Beto, sentado sobre una manta en cuclillas en el jardín frente al panteón, sosteniendo una copa de vino y sonriendo. A medida que me acercaba mi corazón volvía a recuperarse de la desilusión, mientras veía que también había una canasta, junto con sándwiches y frutas.
—Hola, Scarlett —susurró cuando llegué hasta él—. Siéntate, por favor.
—Beto… —lo miré asombrada— ¿qué… qué significa todo esto?
—¿Un pedido de disculpa?
—No tenías que…
—Lo sé —me interrumpió—, pero quería hacerlo. Hoy vine en el autobús anterior, porque quería darte una sorpresa. Eres tan especial para mí, Cristina. No te imaginas cuánto. Por eso quería hacerte este pequeño homenaje… en agradecimiento por nuestra amistad.
¿Nuestra amistad? Eso espoleó mi estado de ánimo hacia abajo.
¡Yo no quería ser solo su amiga!
Estaba preparada para todo con él… no podía estar a su lado sin desear tocarlo, acariciarlo, besarlo. Tenía un deseo extraño dentro de mí, que anhelaba ser descubierto. Solo me habían besado dos veces, y de forma tan mecánica que no sentí nada especial. Siempre me pregunté qué sería enamorarse, y ahora que lo sabía… quería conocer todo… con él.
Debió darse cuenta de mi desconsuelo, porque continuó:
—Una amistad que deseo que cambie…
—¿Acaso quieres…?
—Quiero todo contigo, Tina… todo. Ya siento que soy parte de ti… y tú de mí, ¿no sientes igual?
—Claro que sí, Beto… —ya no cometí el error de acercarme, esperaría a que él tomara la iniciativa.
Pero se desvió y cambió de tema, presumí que no deseaba apurarse.
—Sé que sueles comer algo en la universidad, pero bebe un poco de vino, ¿quieres? —tomé la copa que ya estaba servida y le di un sorbo, mirándolo desde el rabillo de los ojos, él sonreía— ¿un sándwich, alguna fruta?
Él se recostó en la manta y se apoyó en su codo mientras me miraba comer, y sorbía su copa de vino de a poco.
—¿Tú no comes? —pregunté mientras mordía un trozo de frutilla, que en combinación con el vino blanco resultaba deliciosa.
—Estaba famélico, ya me adelanté antes que llegaras —levantó su copa y me guiñó un ojo—. Cuéntame… ¿qué tal tu semana?
Y así, en la penumbra de esa noche de primavera, con solo el fuego de una pequeña antorcha que nos iluminaba, descubrí que existía un alma gemela para cada persona… Javier era la mía, lo sentí en cada una de sus palabras… y más tarde, cuando terminamos de comer y los dos nos tendimos en la manta a mirar las estrellas, también lo descubrí de otra forma…
—Cierra los ojos, Tina —susurró.
Y yo lo hice, sin miedo alguno.
Entonces, luego de lo que pareció una eternidad, pero solo fueron unos segundos en los que sentí que giraba dentro de un carrusel… él me besó. Fue solo un ligero roce de labios, tentativo, pero hizo que me derritiera por dentro.
Al ver que no me apartaba, él acercó más su cuerpo y presionó sus labios contra los míos, que estaban tensos. Yo gemí, entonces él me miró, estábamos tan juntos, que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo y también ver las líneas de expresión de su rostro, que parecía de más edad tan cerca. Al notar mi tímida respuesta, preguntó muy cerca de mis labios:
—¿Nunca te habían besado, Scarlett?
—S-sí —respondí—, pero nunca sentí esto antes.
—Me alegro, yo tampoco… te enseñaré el resto.
¿Enseñarme? ¿Acaso tenía más experiencia que yo?
Parecía que sí, porque se sentía tan bien, que me apoyé en él como una gatita mimosa. Los labios de Beto resultaron inesperadamente dulces. Y ¡móviles! No fue un beso estático, el único tipo de beso que creí que existía. Sus labios se movieron sobre los míos, tentándome y confundiéndome.
Él me rodeó los hombros con un brazo mientras me acariciaba con dulzura. Su otra mano me sostenía la barbilla mientras proseguía con la lenta exploración de mi boca. Me estremecí cuando sentí el roce de su lengua contra mis labios. Estaba tan confundida por la mera noción de que las lenguas pudieran tomar parte en un beso y tan inmersa en tan extraña y húmeda sensación, que al principio no me percaté de qué era lo que Beto quería hacer.
Cuando finalmente caí en la cuenta de que la lengua de él estaba intentando abrirse paso entre mis labios y la mano intentaba relajarme la mandíbula, tomé aire asustada y al hacerlo, separé los labios sin darme cuenta. Un instante después, su lengua estaba dentro, muy dentro de mi boca.
Jamás había experimentado nada igual en toda mi vida. Todo mi cuerpo se estremeció y tembló, cada centímetro de mi piel se ruborizó. Debería apartarlo, mis padres siempre me dijeron que eso no estaba bien, que no debía permitirle a nadie que me tocara de esa forma… pero, Dios me perdonara, no quería que parase.
Era excitante… maravilloso.
Mi cuerpo parecía estar vivo de una manera totalmente nueva, de una forma tan irreconocible que durante un instante me sentí como una extraña en la piel de otra persona. Alguien desinhibido y carnal, sexual y desenfrenado. Así que eso era la pasión. Esa era la excitación de la que mis amigas tanto hablaban.
¡Ya era hora de que lo descubriera!
—No hay ninguna prisa, mi preciosa Scarlett —murmuró él en respuesta a mi entusiasmo— deseo que nuestra primera vez sea inolvidablemente placentera.
Un estremecimiento recorrió mi cuerpo ante esa declaración. No me cabía ninguna duda de que Beto me daría una experiencia imborrable, y no porque tuviera experiencia –que al parecer tampoco la tenía, según dijo– sino porque nos amábamos.
Besó mi cuello, le dio pequeños mordiscos a mi oreja y volvió a besarme lentamente en la boca mientras me desnudaba, explorándome, saboreándome, atormentándome con delicados asaltos a mis sentidos. Besó mi labio superior, la comisura de mi boca y finalmente atrapó mi labio inferior entre los suyos y lo succionó con dulzura. Me sentí mareada y abrumada ante tantas sensaciones. Terminó de desnudarse él mismo, me puso de costado y entrelazó sus piernas con las mías, presionando su erección contra mi entrepierna.
—Oh, sííí —gemí.
—¿Me sientes, Scarlett? ¿Sientes lo que me haces?
Yo no podía hablar, solo podía gemir. Él sonrió.
—Estás lista, princesa… —anunció cuando sus dedos entre mis pliegues se resbalaban de lo mojada que me encontraba.
Me recostó de nuevo en la manta de espaldas, contempló el rápido subir y bajar de mis senos desnudos y luego inclinó la cabeza. Aspiré bruscamente mientras que él tomaba un pezón en la boca, chupando con suavidad. La voluptuosa y húmeda presión originó en mí una oleada de calor que se precipitó a mi centro femenino.
Cuando cambió de postura para cubrir mi cuerpo instalándose entre mis muslos, Beto levantó la cabeza para mirarme. En ese momento lo vi bien… y parecía mucho mayor de lo que realmente era, quizás porque en sus ojos resplandecía una ardorosa neblina de deseo. Yo también lo deseaba con una intensidad que me asustaba. Sin embargo, no sentí temor cuando, con su duro miembro, buscó el húmedo refugio que tenía entre mis piernas y tanteó la entrada. Luego lenta, muy lentamente, inició su cuidadosa penetración.
—No tengas miedo, Scarlett… estás muy preparada.
—No lo tengo. Te deseo dentro de mí.
Los poderosos muslos de Beto mantenían separados los míos a medida que se introducía más a fondo, presionando de manera inexorable en mi interior mientras le abría voluntariamente mi cuerpo, aceptando su henchida virilidad.
Cuando encontró la fina barrera, pudo sortearla fácilmente y enseguida estuvo del todo sumergido en mí. Me sentí abrumadoramente llena de él, aunque no podía calificar aquella sensación de dolorosa, mi respiración se había vuelto jadeante y estaba segura de que él podía sentir mi corazón latiendo contra su pecho.
—¿Estás bien, Scarlett?
En su voz intensamente ronca latía una nota de preocupación.
—Sí, maravillosamente bien —susurré tranquilizadora.
Habernos unido del modo más íntimo posible era apropiado, incluso perfecto. Cuidadoso y tierno, Beto yacía completamente inmóvil aguardando a que me fuera acostumbrando a su invasión y al cabo de un rato, advertí que la tensión que notaba en mi interior se estaba haciendo más urgente.
Cuando comencé a relajarme, él se retiró y luego se deslizó lentamente de nuevo haciéndome temblar para después volver a salir. Repitió varias veces su sensual acción, acariciándome con cada tierna inmersión y retirada, avanzando despacio y apartándose de modo rítmico, incitando mi respuesta, hasta que yo, de manera instintiva, levanté las caderas tratando de seguirle el paso en una danza de dulce abandono.
Mis jadeos se convirtieron en gemidos cuando Beto avivó el fuego en mi interior. Su propia respiración era violenta mientras se movía dentro de mí, aunque procuraba suavizar la poderosa arremetida de su carne, atento solamente a aumentar mi placer.
Estaba a punto de sollozar ante esa dulzura. Casi desesperada, me tensé y retorcí debajo de él mientras las sensaciones se convertían en una explosión. Cuando todo culminó en un estallido, mi pasión se convirtió en un delirio de dicha y me arqueé contra él gritando aturdida.
Beto capturó con su boca mis salvajes gemidos sin dejar de mantener el mismo ritmo, prolongando mi éxtasis mientras me retorcía oleada tras oleada. Solo entonces cedió él mismo al clímax que me había arrastrado. Con un violento gemido hundió su rostro en la curva de mi cuello mientras su cuerpo se retorcía y estremecía y por fin se quedaba inmóvil.
Con su desigual respiración apaciguándose, permanecimos abrazados, débiles y agotados tras el placer.
Y ya no recuerdo nada, porque me quedé profundamente dormida.
Durante toda la semana siguiente anduve como autómata, porque no comprendía bien lo que había sucedido.
El jueves desperté en el cementerio cuando estaba amaneciendo… sola.
No había rastros de Beto, ni siquiera de la canasta o la comida. No había indicios de nada, y yo estaba impecablemente vestida, recostada sobre la hierba frente al panteón donde todo había ocurrido.
Pero… ¿realmente ocurrió? ¿O fue un sueño?
Mi confusión era tremenda.
El único indicio de que Beto había estado allí conmigo era una pequeña placa de bronce, que por lo visto se había desprendido de su saco, y lo encontré sobre el escalón de acceso al panteón, donde él había tirado con descuido su ropa cuando se desvistió. Era una condecoración, que según me había contado, le dieron por haber ganado una competencia de supervivencia en campo abierto.
Todavía la tenía en mi mochila, para devolvérsela apenas lo viera de nuevo el miércoles siguiente, porque no tenía forma de comunicarme con él en el cuartel. Y no sabía el número de teléfono de su casa.
Y sucedió lo que temía… no vi a Beto en el autobús ese miércoles.
Tampoco estaba esperándome en el cementerio, ni en el panteón bien cuidado, ni en ningún otro por los alrededores.
Al tercer miércoles de ausencia, ya no había dudas de que se había aprovechado de mí, si es que lo que sucedió realmente ocurrió, porque a esta altura del partido, y como veía las cosas, no estaba segura de nada. Así que decidí arriesgarme y al día siguiente fui hasta la casa de sus abuelos, con el pretexto de devolverle el broche que se le había perdido.
Averiguando por los alrededores, enseguida me dieron la referencia de la ubicación de la casa de los Páez, así era el apellido del abuelo materno. Cuando llegué enfrente toqué el timbre y para mi sorpresa, salió de la casa una mujer de mediana edad a la que yo conocía, era la lavandera del hostal.
—Hola, Paula… ¿qué haces aquí? —la miré interrogante— ¿esta no es la casa de los Páez?
—Hola, señorita Tina, los Páez nos alquilan su casa desde hace muchos años… ellos se mudaron más allá de la "Gran Ciudad", ¿no lo sabía?
—No tenía idea… —¿cómo era eso posible? ¿Acaso Beto me había mentido? Tenía que averiguar todo lo que podía— ¿y sabes por qué se mudaron? ¿Hace cuánto tiempo?
—Uhhh, señorita… hace como diez años ya —respondió poniendo los ojos en blanco y haciendo un gesto con la mano—, cuando ocurrió aquel accidente en el que murió su nieto. Bueno, usted era demasiado joven para recordar y además estaba enfermita en esa época, dudo que le hayan contado.
—¿Su nieto murió? —mi corazón empezó a latir agitado, no podía ser… pero presentía algo— Por si acaso… ¿sabes su nombre?
—No me acuerdo, señorita —y lo pensó unos segundos—. Pero si le sirve, los Páez dejaron algunas cosas en un baúl que nunca más buscaron, y creo que hay unas fotos familiares… ¿quiere verlo?
Asentí con la cabeza, y la mujer me llevó hasta un cobertizo al fondo de la casa. Se notaba que era un cuartucho que nunca usaban, porque apenas pudo abrir la puerta, y estaba lleno de telarañas.
Por suerte, la luz del sol iluminaba toda la estancia. Y no tuve que rebuscar en ningún baúl.
La foto de él estaba colgada en una de las paredes.
Me acerqué titubeante… estaba vestido de la misma forma, con su uniforme de subteniente, y llevaba el broche en la solapa. El mismo que yo tenía en mi mano y que apretaba con tanta fuerza que estaba a punto de hacerme daño.
El marco era bello, y tenía una plaquita dorada que decía:
JAVIER ALBERTO CORBETA PÁEZ
1965 – 1982
—Ese es el joven que murió —dijo la mujer, ajena a mi desconcierto—. No recordaba que esa foto estuv…
Y ya no escuché nada más, me desmayé ahí mismo.
—Cariño, ¿estás bien? —me preguntó mi mamá dos días después entrando en mi habitación— Te traje chocolate y unas medialunas, para que meriendes.
—No tengo hambre, mami… pero gracias —dije mirando el horizonte desde una mecedora que tenía en mi habitación donde solía sentarme a leer.
—¿Por qué te levantaste? El médico dijo…
—Mamá, estoy bien —la interrumpí. Al mediodía me habían dado de alta en el hospital—. Mi corazón está bien. Ya te lo dijo el médico, no fue una recaída, solo me insolé… y caminé demasiado, estaba cansada por los exámenes y todo eso. No te preocupes, de verdad.
—Mi vida, nunca voy a dejar de preocuparme —dijo mi madre con los ojos anegados de lágrimas—. Tú eras muy pequeña, por eso no te imaginas todo lo que tu padre y yo sufrimos creyendo que te perderíamos, nuestra única niña, nuestra princesa…
Me levanté y la abracé. Entendía su preocupación.
No le había contado nada a mis padres de lo ocurrido, y tampoco se los contaría… pensarían que me había vuelto loca. Hasta yo pensaba que estaba un poco desequilibrada, no tenía explicación alguna de lo que había vivido.
¿Acaso Javier era un fantasma? ¿Podía ser eso verdad?
Y ahora que lo pensaba… dentro de la neblina de deseo no me importó, pero el hombre con el que supuestamente había hecho el amor era el mismo, pero lucía… mayor.
—Mami… estoy de lo más bien —la tomé de los hombros—. Te lo prometo, tengo un corazón fuerte y sano.
—Bueno, si es así… hay un joven que pregunta por ti en la recepción —me guiñó un ojo—. Es bastante apuesto, ¿sabes? ¿Vas a bajar a recibirlo?
—¿Quién es? —pregunté frunciendo el ceño, porque no tenía cita con nadie.
—Me dijo que no lo conocías, que quiere hablar contigo por unas referencias externas que le dieron —se encogió de hombros—. ¿Quieres que le pregunte?
—No es necesario… seguro es por el tema del aviso que saqué en los diarios buscando un nuevo proveedor de vinos. En diez minutos lo atiendo, mami… dile que me espere en el despacho de papi, ¿sí?
Me vestí lo más rápido que pude y bajé de prisa las escaleras del tercer nivel, donde tenía mi pequeño loft privado. Mis padres vivían en una cabaña fuera del hostal principal.
Entré al despacho de mi padre y vi a un hombre de espaldas, tenía un portarretratos en su temblorosa mano, el mismo que mi padre había puesto en su escritorio, con mi foto.
Creí escuchar un «Oh, Dios Santo», salir de sus labios, antes de que volteara y me mirara con los ojos abiertos como platos.
—Scarlett… —susurró asombrado.
¡Por todos los cielos! Era Javier… pero mucho más maduro.
¡Era el hombre de mis sueños húmedos!
La medalla de bronce que llevaba en mis manos hacía días y de la cual me negaba desprenderme cayó al piso frente a nosotros. Él lo levantó…
—Esto es de Beto… —volvió a susurrar, anonadado.
Tres años después…
Ni Julián ni yo tenemos explicación de lo que pasó realmente, y él es el único al que le conté lo que había ocurrido con su hermano Beto.
O lo que no ocurrió.
El misterio del broche lo desciframos, Julián lo conservaba siempre con él, pero lo había perdido, aparentemente alguna vez que visitó la tumba de su hermano.
Y yo lo encontré el día que soñé con él.
Lo cierto es que a él le había ocurrido lo mismo esa noche… soñó exactamente lo mismo que yo. Hicimos el amor en brazos de Morfeo. Llegamos a la conclusión que eso había sido… una fantasía. Porque yo seguía siendo virgen cuando nos casamos, dos años atrás.
Pero él no buscaba a la mujer de su sueño esa tarde en la que me visitó. A la que buscaba era a la niña de once años a la que su hermano Javier le había donado su corazón al morir. Al parecer luego de diez años, los parientes del donador o el mismo donante recién podían tener acceso al expediente y saber quiénes fueron los involucrados.
Y Javier quería conocer a esa niña –ya mujer–, que vivía gracias al corazón de su adorado hermano gemelo fallecido en un accidente.
Esperó diez años para eso, y se vio recompensado… con una esposa.
Y un hijo en camino. Ya sabíamos su nombre: Javier Alberto.
Hay amores prohibidos en esta vida, algunos que no pueden ser, y hay veces que los amores más intensos se ocultan detrás del silencio más profundo. Aquel silencio que escucho cuando visito la tumba de mi querido cuñado Beto, aquel lugar donde soñé con mi amor verdadero… ese panteón que ahora cuido más que nunca, porque mi querido soldado está allí descansando… para que yo pudiera vivir y hacer feliz a su hermano.