peregrinos del tiempo (spanish)
—No entiendo… ¿tengo que hacer qué cosa?
—No te hagas la tonta, Eulalia… —mi jefe bufó malhumorado— no tienes ni pizca. Ya oíste claramente. Tu siguiente investigación y posterior artículo será sobre las reuniones de citas a ciegas —hurgó entre los papeles de su escritorio y me entregó uno—. Aquí tienes varias empresas que se dedican a eso, puedes anotarte, participar… lo que quieras, tú sabrás qué hacer.
—Pero… —me callé y acomodé mis gafas en el puente de mi nariz. ¿Cómo explicarle a mi jefe que yo… ¡no tenía citas!? Ni siquiera con conocidos. ¡Menos aún a ciegas!— Ernesto, me pones en un aprieto —me quejé.
El susodicho levantó la vista y entornó los ojos mirándome como si fuera un lobo a punto de saltar sobre una comadreja. Oh, oh. Ese era el primer indicio de una puteada, la mejor opción era aceptar y esfumarme.
—Comprendo… está bien, veré qué puedo hacer —levanté mi mano y paré su diatriba, miré el papel y fruncí el ceño—. ¿Cómo quieres que lo encare?
Y me explicó el mecanismo en pocas, simples y directas palabras:
—Solo hazlo y ya —y con su mano me indicó la salida de su oficina.
En síntesis, quedaba a mi criterio, como siempre. Por algo era la “periodista estrella” de la revista quincenal “Susurros del Alba”, que según decían sus propios empleados, los lectores asiduos cabían todos juntos dentro de un autobús.
Me senté frente a mi escritorio –que no era más que un cubículo dentro de un salón en planta libre donde todos veían lo que el otro hacía– y dediqué media hora de mi tiempo a mirar como idiota el papel con los datos de las casas de citas y a compadecerme de mí misma antes de que llegara la hora del almuerzo y que mi amiga Carmela –además de jefa de contabilidad del periódico– viniera a buscarme para ir al parque a comer y disfrutar del aire libre.
Lo hacíamos todos los días, nuestra oficina estaba en el quinto piso de un edificio ubicado frente a un hermoso parque. Y para no pasarnos el día entero entre paredes y vidrio, almorzábamos allí. Había carritos de todo tipo de comida rápida, incluso de productos naturales, que era lo que normalmente optábamos. Con nuestras ensaladas César y nuestros vasos de jugos nos sentábamos frente a una pequeña laguna a comer y disfrutar de la vista y el aire puro.
—¿Puedes creer lo que me pidió el jefazo? —pregunté angustiada mientras comía un trozo de pollo con cubiertos de plástico— Todavía no sé cómo voy a encararlo, pero no me sentaré durante una hora a hablar con una docena de desconocidos cinco minutos por turno —negué con la cabeza, asqueada imaginando las reuniones que se hacían en las casas de citas—. No, no, no.
Miré a mi escultural amiga y sonreí pícara.
—Ahhh, no, no, señorita —negó antes de que le dijera nada—. Te conozco, y sé lo que estás pensando. Te acompañaré como soporte si quieres, pero me niego a participar. Mi lindo bombón podría enojarse —dijo melosa, refiriéndose a su novio—. Por algo soy contable, es tu artículo, tu investigación… arréglate como puedas —se encogió de hombros—. Siempre lo haces de todas formas. Te quejas, pero luego terminas escribiendo un súper artículo. Pronto te descubrirá alguna revista de verdad, ya verás… y terminarás ganando un Premio Pulitzer.
Puse los ojos en blanco y bufé.
Cuando volvimos a la oficina pulí el artículo que había escrito sobre las normas de tráfico y el respeto de los conductores, que saldría en la revista de la semana siguiente y me dediqué a enfocar mi próxima investigación.
¿Por dónde empezar? Volví a leer la lista. Eran seis negocios y tenían números de teléfono. Llamé al primero… “Encuéntrame”, intentando conseguir que me incluyeran en el proceso, pero sin tener que formar parte de la comedia.
—Lo siento, señorita —negó la mujer del otro lado de la línea—. Si quiere tener la experiencia tiene que anotarse y participar del círculo itinerante. Normalmente a las personas les cuesta tomar la decisión de tener citas a ciegas, se van a sentir más incómodos si la tienen a usted mirando y escuchando lo que dicen.
El segundo sitio no fue mejor, con el agregado de que quién me atendió era extranjero. Probablemente oriental.
—Nosotlos no quelel milones —y cortó.
¿Mirones? Me quedé pensando en eso mientras hacía las otras llamadas, averiguaba precios y era rechazada en todas y cada una de ellas. Incluso ofreciéndoles publicidad gratuita no les interesaba. “No es bueno para el negocio que alguien esté observando, a los participantes no les gusta”, explicaban otros muy educadamente.
Al parecer mi destino inmediato sería tener citas a ciegas como en una calesita, pasaría de observar la vida a participar en ella. ¿Mirona yo? Pues bien, dejaría de serlo… aunque sea por el bien de mi carrera.
Fui hasta la oficina de Carmela y presenté mi informe con los precios de cada uno de esos negocios, ella rio al ver mi cara de desesperada, pero me entregó el cheque para poder participar de las reuniones. Le firmé el recibo y el compromiso de traer las facturas legales.
—Quién sabe… quizás encuentres tu media toronja, amiga. O medio limón, aunque sea —dijo riendo a carcajadas.
Esa noche, en la soledad de mi pequeño departamento de un dormitorio y con Michifús –mi gato siamés– como única compañía, soñé con rostros desconocidos que me contaban cosas de sus vidas que no quería saber. Y terminó siendo casi una pesadilla, como si estuviera montada en una noria de alta velocidad y con cada vuelta un hombre diferente intentara alguna estrategia para atraerme. Cuando uno de ellos trató de tocarme, me levanté y caí al vacío.
En ese momento desperté sudada, desesperada y con el corazón desbocado… en el piso al lado de mi cama, con las sábanas liadas a mi cuerpo.
Yo y mis sueños en tres dimensiones, me dije a mí misma. Un día de estos terminaré creyendo que es una realidad y moriré en el intento.
Bufé y me levanté para iniciar el día.
Ya había avisado en la oficina que estaría fuera toda la mañana, o lo que me llevara anotarme en los cuatro lugares que había seleccionado y que me parecieron más serios. Tenía mi itinerario y un plano bien detallado de los lugares y cómo llegar a ellos. Preparé la pequeña grabadora digital y la colgué de mi cuello, de modo a grabar incluso las explicaciones que me dieran los organizadores, para no perder detalle de nada.
Y fue de mucha utilidad, porque al ver mi interés real –o por lo menos el que pude fingir–, me aclararon muy bien el tema: tenía que llenar un extenso formulario con mis datos completos, mis preferencias, gustos, desagrados y pasiones. En base a eso –y metiendo los datos en una computadora– ellos podrían clasificarme como potencial pareja de un buen número de hombres, a los cuales reunirían un solo día junto con otras mujeres y haríamos una ronda en la cual tendríamos la posibilidad de conocerlos y hablar con cada uno de ellos cinco minutos, y luego pasaríamos al siguiente. Si al terminar el carrusel, yo elegía al mismo que me correspondía… ¡se ha formado una pareja! Como bien decía Roberto Galán en su famoso programa “Yo me quiero casar, ¿y usted?”
Bien, local uno… anotada.
Me avisarían a mi celular el día de la reunión cuando se llenara el cupo de por lo menos seis hombres y seis mujeres “tecnológicamente” compatibles.
Miré mi plano y vi que el siguiente negocio estaba a solo cinco cuadras, así que decidí ir a pie.
Era un barrio muy pintoresco, comercial y temático. En cada cuadra se alineaban negocios del mismo rubro, florerías por un lado, venta de remeras con serigrafía en otra cuadra, zapaterías en la siguiente, todo esto con mercaderes callejeros y negocios al aire libre. Me gustaba, mucho… era como un submundo dentro de otro. Dos cuadras antes de mi destino la calle se volvió peatonal. Y si lo anterior me pareció inusual, ese lugar parecía un mundo aparte, como un Chinatown pero sin adornos chinos.
Yo solo había estado en ese barrio de paso, en vehículo. Nunca me había bajado, y mucho menos entrado a pie a esa cuadra, así que quedé grata y seductoramente sorprendida. Y pensé en la posibilidad de volver para empaparme de toda la energía de ese lugar y escribir otro artículo. ¡Había un millón de posibilidades! Por ejemplo… ¿por qué los negocios de un mismo rubro se congregan en un solo lugar? O quizás… ¿qué atracción tiene este lugar en los visitantes? Apenas se podía caminar de tanta gente.
Iba ensimismada en mis pensamientos cuando llegué a mi destino. Y comprobé entusiasmada… ¡que toda la cuadra era una feria dedicada al amor! Giré sobre mí misma para abarcar todo lo circundante y me quedé anonadada.
¡Era un paraíso dedicado a los amantes!
Me sentía como un niño en una tienda de caramelos, no sabía por dónde empezar. A este paso no necesitaría ir a otro lugar. Aquí divisaba a simple vista por lo menos una decena de casas de citas, además de cafeterías y restaurantes híper románticos, y por supuesto no podían faltar las tiendas eróticas.
Entré a varios negocios de la cuadra antes de decidirme por dos de ellos que creí eran los mejores, uno que me pareció insuficiente y otro que me resultó terrible, pero necesitaba todas las experiencias, ¿no? Lo bueno, lo regular y lo malo. Y además, eran mucho más baratos que los que yo había averiguado por teléfono, así que hasta sumando uno más de lo previsto, me sobró dinero.
Caminaba despreocupada hacia la salida de la peatonal cuando tropecé con un transeúnte que venía de contramano, la agenda se escapó de mis manos y los folletos de los negocios que visité se esparcieron por el piso.
—Disculpe y permítame ayudarla —dijo el hombrecito arrodillándose frente a mí.
No era que necesitara bajar demasiado, ya que era enano. Le sonreí y también me disculpé. Pero cuando lo miré a los ojos sentí una atracción inusual, algo… sobrehumano. No puedo explicarlo. No era físico, era… espiritual.
—Veo que está buscando encontrar a su pareja perfecta —dijo pasándome los folletos—. Aroha Mure Ore, es tu destino.
—¿Perdón? —no entendí lo que me había dicho, pero cuando me paré y bajé la mirada, ya no estaba. Volteé para encontrarlo, pero fue como si lo hubiera llevado el viento. Desapareció. Fruncí el ceño, era una situación insólita.
Seguí caminando y de repente el viento se intensificó. Agradecí llevar pantalones, porque hubiera estado en problemas con falda. Me apoyé contra la pared de un local comercial y esperé a que el repentino ventarrón pasara mientras veía cómo las mujeres estaban en apuros. Hasta que un papel fucsia que volaba terminó pegándose a mi estómago, me lo saqué, lo tiré al piso y seguí caminando.
Al rato, el mismo papel voló alrededor de mí y cayó sobre mi pie. Lo pateé y seguí mi camino. Pero parecía brujería, el mismo papel fucsia volvió a levantarse del suelo y el viento lo llevó cual revoloteo de ave, giró frente a mí y terminó incrustado en mi cara.
—¡Mierda! —blasfemé y estrujé el papel para tirarlo en el basurero.
Pero algo llamó mi atención, leí lo que estaba escrito sin querer… y solo decía:
Aroha Mure Ore, es tu destino.
¿No era eso lo que me había dicho el hombrecito?
Mi instinto de periodista entró en combustión y miré hacia todos lados. ¿Cómo llegaba a ese lugar? Volteé la hoja y nada. Ninguna indicación. Me acerqué a varias personas que atendían los locales comerciales y pregunté por ese lugar… y nadie parecía conocerlo. Me pasé como veinte minutos intentando que alguien me diera una pista, pero no conseguí nada.
Hasta que, harta de tantas idas y venidas… ¡vi al enano salir de una tienda en la vereda de enfrente! Corrí hacia él, gritando incoherencias, porque no sabía su nombre. Y por más que corría, siempre parecíamos tener la misma distancia. Por lo menos no lo perdía de vista.
Hasta que… se metió en otro negocio.
Llegué hasta allí y me quedé embobada mirando el frente. No era un local comercial, era solo un portal. Bastante extraño, por cierto. La puerta abierta estaba flanqueada por dos tótems de madera incrustados en la pared, de un acabado extraordinario, como si en vez de estar tallados, estuvieran tatuados. Y sobre el dintel solo estaba escrito:
No lo pensé dos veces… entré.
Ni aunque me hubiera negado a hacerlo, una fuerza vital me impedía pensar en lo contrario, simplemente me arrastraba hacia el interior. Caminé sigilosamente, pero convencida de que lo que hacía era lo correcto. No sé cómo ni por qué, pero lo sentía así. Nada tenía sentido, sin embargo todo era apropiado.
—Hola —susurré. Y el eco repitió: «Hola, holaa, holaaa, holaaaa» cuando el pequeño pasillo se abrió ante un gran y único ambiente, sin puertas ni ventanas. El piso era de alfombra de pasto y los papeles de pared simulaban el montaje de una jungla.
—Seas bienvenida, Eulalia —dijo una mujer pequeña parada al costado de un árbol. ¿Un árbol de verdad? La verdad, ya no sabía qué era real o qué era una fantasía. Todo parecía un cuento de Hadas.
—¿Có-cómo sabe mi nombre? —balbuceé desconcertada.
Ella sonrió.
—Lo llevas escrito en tu cuello —y señaló mi colgante.
—Ah… puede llamarme Laly —toqué el dije y sonreí también. Tonta yo, que hasta pensé que era una vidente o algo así— ¿qué es este lugar?
—Tu destino —susurró.
Yo no creía en el destino, sino en el libre albedrío. Miré a la mujer con escepticismo. Era pequeña, delgada, pero con formas sinuosas, llevaba una túnica blanca y flores en su pelo tan negro como el azabache. Su piel era oscura, como si estuviera muy bronceada y tenía los labios gruesos y ojos rasgados de un negro profundo. Parecía nativa de alguna tribu polinesia, por los rasgos y el tatuaje que llevaba en su hombro derecho.
En cierto modo me vi reflejada en ella, no sé por qué. Tal vez porque yo también tenía esos rasgos exóticos, aunque mi piel fuera más clara.
—Quizás el destino es quien baraja las cartas, pero somos nosotros quienes jugamos, ¿o me va a decir que usted piensa que mis decisiones no son importantes y que ya tengo fijado mi camino?
—El destino no reina sin la secreta complicidad del instinto y la voluntad, Eulalia. Porque la vida de uno no se teje en las estrellas, sino en nuestra propia realidad y en el día a día que nos va poniendo pruebas y retos para probarnos como personas. Somos libres de establecernos metas y de conseguir nuestros propios logros… pero sí, la casualidad existe, y a veces las casualidades son tan singulares que no podemos evitar dotarles de ese halo de magia inexplicable… que es el destino. Pero aquí solo sabemos de uno de ellos, tu… Aroha Mure Ore.
—¿Y eso qué es?
—Amor eterno, en maorí —susurró.
—¿Esto es algún tipo de broma o qué? —pregunté.
Como si no le hubiera dicho nada, simplemente me instó:
—Viniste a mí buscando algo, Eulalia. Y es mi deber unir a las almas que se buscan. Toca el «árbol de la vida» y pide que tu Aroha Mure Ore te encuentre. Si el destino lo quiere, sucederá. No existe un método ni ningún manual, el «Tree o te ora» utilizará tu realidad para unir lo que debe ser unido. Así sea —bajó la cabeza, acarició la corteza del tronco del árbol y como rezando, tradujo en su idioma—: a rānei.
—¿Dónde está el hombrecito que entró antes que yo? —indagué mirando alrededor, sin comprender por dónde había salido— ¿Hay alguna puerta secreta? Mmmm, esto es todo muy raro.
—No tengo mucho tiempo. Toca el árbol de la vida e invoca a tu Aroha Mure Ore, Eulalia —repitió sin responder a mis preguntas.
—Mejor me voy —anuncié ya fastidiada.
Cuando iba a girar para salir, sentí el piso temblar.
¡Oh, por Dios santo! ¡¡¡Un terremoto!!!
Y sin querer, aterrorizada, hice lo primero que se me ocurrió… abrazar el bendito árbol que ella quería que tocara. Al fin y al cabo, era lo único estable en ese recinto. ¡Era en realidad lo único que había!
—Dilo, Eulalia… —exigió mansamente la maorí, que no sabía su nombre.
—¡Déjeme en paz, es un maldito terremoto! ¿Acaso no se da cuenta?
—Dilo… —repitió.
—¡Aroha Mure Ore! —grité aferrada al árbol.
Y el piso se estabilizó.
El resto del día transcurrió como una nebulosa.
Y ahí estaba yo, en mi departamento a la noche, todavía sin entender qué había pasado esta mañana en el extraño recinto de la nativa maorí. Miré el frutero que había en la mesa, y tres hermosas y brillantes manzanas verdes reposaban en él.
Frutos del árbol de la vida, cayeron de él luego del temblor.
¿Temblor? Me fijé en la página web del Centro Sismológico Nacional y según ellos no se había detectado ningún terremoto durante ese día, ¡en ninguna parte del país! Entonces… ¿qué mierda fue lo que sentí? Probablemente estaba parada sobre alguna plataforma móvil y no me había dado cuenta. Sí, eso debía ser.
¿Cuáles fueron las palabras de la loca de la jungla cuando me entregó las frutas? Ahh, sí… «Este es el regalo que Tree o te ora te hace, aprovéchalos porque son tres manzanas de sus entrañas, solo tendrás esa cantidad de oportunidades de encontrarlo». Y me las entregó.
Pensé en tirarlas a la basura, pero eran tan hermosas y perfectas que por lo menos las dejé para que adornaran mi mesa. Hasta que se pudran, me dije… porque deseaba comerlas, pero no lo haría ni aunque me pagaran.
Los días pasaron, y yo esperando que me avisaran de alguna de las casas de citas para poder tener la experiencia. Era lo único que me faltaba, porque ya había escrito sobre los mecanismos de clasificación y detalles técnicos. Ahora solo me faltaba vivirlo y plasmarlo en un artículo.
Mientras tanto me dediqué a otros temas que tenía pendientes sobre lo que quería escribir. Esa era una de las cualidades que más le gustaba a mi jefe de mí, siempre tenía varios artículos terminados, una vez llegué a tener cinco ediciones antes de su impresión. Esta vez solo tenía dos, y la que estaba escribiendo que no saldría hasta dentro de un mes, así que no estaba apurada por tener mis citas a ciegas.
Habían pasado ya dos semanas desde mi fatídico encuentro con la loca maorí, y cuando llegué a mi departamento esa noche me fijé en el frutero, como para tirar las manzanas podridas y comprobé con asombro… ¡que estaban intactas!
No puede ser, me dije… y saqué un cuchillo.
Puse una de las manzanas sobre la mesada de la cocina y la corté por la mitad, esperando quizás ver que por dentro estaba putrefacta. Pero no, seguía tan perfecta como por fuera. Esto es magia, pensé.
La acerqué a mi rostro y la olí. Y juro que no fue mi intención hacerlo, pero no pude evitarlo… la fruta me llamaba. Pensé en Eva, la serpiente y el paraíso y por fin entendí el motivo por la cual esa mujer idiota hizo que nos expulsaran del Edén. ¡Era imposible negarse a la atracción que ejercía una fruta prohibida! La comí, y vaya que lo disfruté. Era la manzana más deliciosa que había probado en mi vida.
Con esa sensación de satisfacción plena y de felicidad completa me fui a la cama, a hacer lo que normalmente disfrutaba: soñar.
PRIMERA MANZANA
Nunca había visto un lugar tan mágico y con tanto colorido. Era solo un bosque, pero los colores eran más reales que cualquiera que hubiese visto antes. El pasto más verde, las hojas más brillantes, las flores con más colorido, todo relucía… ¿dónde me encontraba?
Miré mi atuendo y fruncí el ceño. ¿Qué era lo que llevaba puesto? Un vestido de época, largo y amplio de raso bordó, con un corsé que formaba parte del vestido, a la vista y tan ajustado que casi me asfixiaba. Mis pechos estaban comprimidos y levantados, se veían preciosos desde mi perspectiva, las copas cubiertas con una tela de seda del mismo color que el vestido y las mangas en los dos tipos de telas, pero la seda se expandía desde el codo hasta casi rozar el suelo.
¿Acaso era un sueño sobre princesas o quizás sobre un baile de disfraces? No podía ser… el sol apenas estaba bajando en el horizonte. Y no creía que se realizaran bailes en el bosque. Levanté la falda y miré lo que llevaba debajo. Reí a carcajadas al ver el bombachón largo que tenía como ropa interior, el sueño era bien completo.
Seguí caminando, embelesada por el paisaje desconocido hasta que llegué a un jardín inmenso de tulipanes, de todos los colores que se puedan imaginar. Era algo… magnífico, increíble. Corrí entre las flores, gritando de alegría hasta que me dejé caer de espaldas entre ellas, cerré los ojos y disfruté del exquisito aroma que desprendían.
Y cuando abrí los ojos, me sobresalté.
Un hombre vestido de cuero marrón estaba en cuclillas a mi lado, observándome con ternura y un caballo detrás pastando tranquilamente.
—¿Te asusté, sevgili? —preguntó besando mi nariz y acariciando mi mejilla con el dorso de su mano.
En la vida real ya me habría levantado, le hubiera dado una bofetada y estaría huyendo de él sin pensarlo dos veces. Pero… ¡era un sueño! Y él, para ser sincera… era un adonis de carne y hueso. Alto, muy alto. De pelo y ojos oscuros, piel canela y rasgos aristocráticos, aunque muy masculinos. Llevaba una barba de más o menos tres días, ideal para hacer cosquillas en lugares estratégicos.
—¿Quién eres? —indagué.
—¿Quieres jugar, Eulalia? —y tocó mis labios con su pulgar. Una corriente eléctrica traspasó mi piel y se alojó en todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo.
Hice amague de levantarme, pero él me mantuvo prisionera en mi lecho de flores. A pesar de que sus grandes manos me sostenían del cuello, no tuve miedo. Por instinto sabía que eran herramientas de placer, no de tortura. ¿Y por qué no aprovecharlo? Era un sueño… y yo estaba realmente necesitada.
—Bien, juguemos —propuse—. Yo seré una desconocida muy curiosa. Te haré preguntas y tú debes responder a todas ellas. Primero… ¿cómo sabes mi nombre? ¿Y cuál es el tuyo?
—Soy tu señor, el amo de estas tierras y de todo lo que puedan abarcar tus ojos ahora —bajó sus manos por mi esternón hasta llegar a la copa de mis senos—. Soy el comandante militar otomano y gobernador al servicio de Suleimán el Magnífico, y tú mi querida sierva… —terminó como en un susurro—: eres mía.
Esto sí que era cómico, ¡El Sultán Suleimán! Mi sueño me trajo ¡a Turquía del siglo XVI! Un hecho bastante sui generis. Con razón su extraña vestimenta… ¡y la mía!
—¿Y cómo debo llamarlo, mi señor? —él estaba siendo bastante osado al tocarme, ¿por qué tenía yo que esperar tan pasiva? Levanté mi mano y acaricié su barba. Él se acercó más y se recostó a mi lado, apoyando el codo en el lecho de flores y su cara en su puño cerrado. Me dejó continuar.
—Soy Malkoçoğlu, tu bayım —supuse que lo último significaba señor, o amo, o algo similar.
—¿En qué año estamos, bayim? —indagué, opté por llamarlo así porque pronunciar su nombre, o apellido… lo que fuera, era muy complicado.
—En el año del señor de 1.545 —contestó mientras metía sus dedos entre las cintas de mi corsé y lo aflojaba—. Pareces sofocada… ¿mejor ahora? —preguntó abriéndolo, aunque dejándolo en su sitio. Asentí con la cabeza —¿qué más quieres saber, sevgili? Aprovecha, sabes que no siempre estoy dispuesto a hablar…
—¿Y qué es lo que te gusta hacer si no es hablar?
—Tú sabes —y me miró como si me devorara.
—¿Lo sé? —en su mundo, pensé— Mejor cuéntamelo —susurré.
—Me muero por desnudarte y jugar con tus pechos y tu preciosa cueva, que abras las piernas para mí y observarte, mirar tus pliegues abiertos, oler tu aroma a mujer y ver tus fluidos empapar los labios de tu vagina, pensando en que luego empaparán los míos.
Yo reí y me restregué contra él.
—Conservo tu olor en mi mente, lo tengo adherido a mis fosas nasales y me muero por probarlo de nuevo con mis labios y mi lengua —se acercó, mordió ligeramente el lóbulo de mi oreja, luego lo sopló.
Yo me estremecí, no tanto por su toque como por sus palabras. Me pegué más a él, metí mi rostro en su cuello y crucé completamente mis brazos alrededor de sus hombros. Tenía un olor exquisito, a hombre fuerte, a sudor mezclado con heno… a caballo y a guerrero.
—M-más… —rogué en un susurro— ¿qué deseas hacerme?
Y me complació, siguió contándome al oído, lenta y suavemente, con esa voz de Nutella que tenía:
—Quiero pellizcar tus pechos y morderlos, deseo recorrer cada centímetro de tu piel con mis labios y mi lengua, necesito saborearte entera, lamerte desde la punta de tus pies hasta el lóbulo de tu oreja, sin dejar un solo espacio sin explorar. Muero por adorar la raja entre tus piernas y hundir mi boca en ella, meterte la lengua hasta el fondo y lamerte con decadencia, necesito beber tus fluidos y saciar la sed que tengo de ti.
¡Maldición, era un experto! Tenía que luchar por quedarme quieta, y la tensión que iba acumulándose era tan grande, que el cuerpo me temblaba. Este acto furtivo era nuevo para mí, nunca había hecho algo así, y el calor dentro de mis entrañas estaba creciendo casi en contra de mi voluntad.
—Necesito rendir culto a tu cuerpo —continuó relatando en mi oído—, y cuando ya no puedas más y grites de placer en mis brazos, hundirme en esa preciosa cueva caliente, resbaladiza y mojada y amarte duramente, atravesarte con mil estocadas hasta llegar a tu útero y estremecerlo. Tengo hambre de ti, sevgili.
—¿Qué significa esa palabra? —indagué con el corazón desbocado.
—Mi amada… —respondió en un susurro.
Y justo cuando vi que su rostro se estaba acercando a mi cara, justo cuando percibí que sus labios iban a unirse a los míos…
¡Mierda! Sonó el maldito despertador.
Me incorporé asustada en la cama, respirando entrecortada. Y allí estaba yo, despierta, insatisfecha y completamente empapada.
Mi día fue terrible, porque por más que intenté concentrarme en mis tareas cotidianas, mi mente volvía una y otra vez al sueño de la noche anterior. Fue tan vívido y real que parecía haber ocurrido.
Lo único que ansiaba era que llegara la noche, ponerme el camisón, acostarme y volver a soñar con él, con mi señor, mi bayim. Puse los ojos en blanco, debía estar volviéndome loca, sin duda alguna. ¡Ansiando a un hombre que solo vi una vez, en un sueño! Bufé.
Pero por más que intenté convencerme a mí misma que no me importaba y que debía seguir mis actividades normales, mi subconsciente no ayudaba. Volvía una y otra vez a recordarlo.
Durante el almuerzo quise contarle a Carmela lo que había soñado, pero después pensé: creerá que estoy loca. ¿Cómo decirle que estaba obsesionada por un hombre de fantasía? Decidí callar.
Las horas parecían no avanzar, pero el tiempo era un tirano, así que, aunque sufrí con la espera, por fin llegó la ansiada noche.
Me bañé, perfumé mi cuerpo en lugares estratégicos, peiné mis rizos y me puse el camisón. Nerviosa, me acosté y apagué la luz, a pesar de que no eran más que las diez de la noche. Normalmente no me costaba dormir, pero esta vez me dio más trabajo, debido a la ansiedad.
Pero al día siguiente sonó el despertador, y yo había soñado… ¡con gatitos!
No lo entendía.
Pasaron dos días sin poder soñar con él, hasta que vi las dos manzanas sobrantes en el frutero de la mesa del comedor, todavía intactas, como si no hubieran pasado más de dos semanas. Tomé una de ellas y la puse sobre la mesada de la cocina, la miré como si tuviera respuestas para mí, pensé en lo que me dijo la loca maorí: «el Tree o te ora utilizará tu realidad para unir lo que debe ser unido, solo tendrás tres oportunidades de encontrarlo».
—La vez anterior el sueño ocurrió luego de comerla. Quizás esta es la conexión —hablé en voz alta, como para convencerme con una teoría tan descabellada.
Y le di un mordisco.
La devoré, estaba deliciosa… luego hice mi ritual y me fui a la cama.
SEGUNDA MANZANA
Esta vez no estaba en un bosque, sino en un extraño y oscuro pasillo de piedra vestida muy similar a la vez anterior, pero en color verde. Llegué hasta una ventana y la abrí. Miré el paisaje y vi el prado de petunias a lo lejos, y el bosque al lado. Luego observé a los costados y noté que estaba dentro de un castillo antiguo.
Reí como una tonta. ¡Vería a mi bayim! Corrí a buscarlo.
Pero en el camino tropecé con una pandilla de cuatro niños que venían en sentido contrario. Me hice a un lado para no detener su juego, pero ellos pararon y se tiraron encima de mí, riendo y diciendo: «Mamiii, mamiii».
¿Mami? ¿Yo tenía hijos en esta fantasía? ¿No se suponía que debía ser un sueño mojado… de algo más que no fuera pis? —levanté al más pequeño que me pedía upa y fruncí mi nariz al sentir que había que cambiarlo.
En ese momento llegó una mujer. Presumí que debía ser la niñera, porque me sacó al bebé de los brazos y con una venia se excusó aludiendo que iba a cambiarle los pañales. No sabía qué más hacer, así que la seguí. Quizás donde íbamos podía encontrar a mi bayim.
Los niños hablaban hasta por los codos, y lo más insólito de todo era que, aunque lo hacían en un idioma completamente extraño, yo les entendía. Y al parecer, ¡ellos también a mí! Miré a mi alrededor y se suponía que estábamos en el área de los niños del castillo, había oído hablar de esas separaciones y ahora comprobaba que realmente existieron. Dudaba que mi divina obsesión fuera muy seguido hasta allí, así que me resigné a no verlo y me dediqué a disfrutar de mis supuestos «hijos». La mayor era niña, de unos ocho años, y los otros tres varones, entre seis, cuatro y dos años. Al parecer la mujer que encarnaba estuvo muy ocupada y obvio… no tenía tele.
La verdad, disfruté de la compañía de los niños, eran preciosos y muy educados. Sobre todo el pequeñín, que no quería bajar de mis brazos.
—Mami, tete —dijo de repente. Miré a la niñera, no sabía qué hacer.
—Es su hora de dormir, milady—anunció. Puede ir al cuarto contiguo para darle el pecho, allí tendrá privacidad. Yo prepararé a los demás para la cama.
¿Darle el pecho? Mi cara debió haber sido un poema.
—Eh… ¿no hay una nodriza o algo similar? —pregunté no queriendo meter la pata hablando de biberones, que quizás ni existían en esa época.
—Usted siempre insistió en hacerlo personalmente, mi señora —y llevó a los niños a la otra habitación mientras yo iba con el bebé al dormitorio.
Me senté en una mecedora y no tuve que hacer prácticamente nada más que descubrir uno de mis pechos, que estaba hinchado y desprendía líquido. El pequeñín sabía lo que debía hacer. Se acomodó en mi regazo, metió el pezón en su boca y empezó a succionar en forma regular, emitiendo soniditos de satisfacción y moviendo su manita sobre mí, como agradeciéndome por ser su mamá y alimentarlo.
Sentí tanta ternura que quise ponerme a llorar.
¿Así que eso era ser madre? Me gustaba… nunca me había sentido tan cercana a un ser humano como a ese bebé desconocido.
Una vez que se acabó la ración del pecho derecho, solicitó el izquierdo. Sonriendo, lo complací y siguió mamando tranquilo hasta quedarse dormido. Yo misma ya estaba somnolienta, así que cerré los ojos y disfruté del extraño placer de hacer de madre por primera vez.
Hasta que escuché un susurro en mi oído:
—Esta es la visión más perfecta del mundo, tú alimentando a nuestro hijo. El dulce amor con sabor a leche, el regalo hecho alimento cultivado en tu alma.
—Bayim —gemí y me quedé como hipnotizada viendo a esa perfección de hombre en su traje de comandante en jefe, todo cuero negro y metal brillante.
—Hola, sevgili. Te he extrañado todo el día —levantó a nuestro bebé y lo puso en la cuna. Luego volvió hasta mí y se arrodilló entre mis piernas—. Te extraño incluso cuando estás conmigo —dijo acariciando con sus enormes manos mi pecho descubierto.
¡Oh, Dios! Mirándolo embobada había olvidado cubrirme. Pero… ¿qué más daba, no? Era mi supuesto esposo, el padre de mis cuatro hijos. Decidí darme permiso para gozar, y lo hice. Mientras que con sus dedos acariciaba mi pezón y lo apretaba, con su boca trazaba un camino de besos desde el cuello hasta la cumbre de mi pecho y de vuelta.
Y entonces… me besó.
Inclinó la cabeza lentamente para buscar mis labios, apenas rozándome. Pero el ligero toque era más sensual que un beso. Mordió mi labio inferior y siguió acariciándolos sin besarme del todo. Las sensaciones parecían envolverme, haciéndome perder la cabeza. El sonido ronco de su respiración, su aliento, el roce de sus labios…
Por fin, cuando estaba a punto de derretirme, me entreabrió los labios con su lengua y probé por primera vez su sabor. Sabía a vino y a algo muy masculino, muy excitante. Mi cuerpo estaba encendido, mis pechos hinchados. Deseaba que siguiera tocándome.
Imposible, pensé. Aquello no podía estar pasando. ¡Era un desconocido en mi sueño quien me estaba besando! Estaba segura de que aquello era una locura. Pero no quería despertar. Si de verdad era un sueño, quería seguir dormida, no quería saber nada, solo quería sentir lo que estaba pasando.
Con las manos de él sujetando mi cara y su cuerpo apretándose contra mí, me entregué por completo a aquel beso, contestando cada gemido, cada suspiro.
Y me sentí más viva que nunca.
Al parecer mi bayim tampoco podía pensar. Por el momento, lo único que parecía capaz de hacer era besarme y acariciarme. La atracción existió desde el primer momento que lo vi, de modo que no me sorprendía. Lo que me llamaba la atención era la intensidad, el ansia abrumadora que me consumía por tenerlo.
Mi cuerpo apretado al suyo, mis senos comprimidos contra su pecho, hacían que me hirviera la sangre y sentía que mis gemidos lo volvían loco. Cuando abrí los ojos vi deseo en ellos, el mismo que sentía por él. Con las mejillas rojas, los labios húmedos y un poco hinchados, era simplemente… irresistible.
—¿Hacemos otro bebé, sevgili? —susurró.
¿Y adivinen qué…?
¡Mierda, mierda y recontra mierda! Desperté justo en el mejor momento. Maldito despertador de pacotilla, inservible e inútil armatoste rompe-sueños húmedos.
Ese día llegué a la oficina tarde, y me retiré también más tarde. Con tanto rollo extraño en mi cabeza, todas las tareas me llevaban más tiempo terminarlas. Tardaba el doble en procesar cualquier información porque mi mente siempre estaba en otro lugar y otra época.
A este ritmo me volvería loca en un mes.
Y por si fuera poco, me dediqué a investigar por internet a un moreno de pelo oscuro y ojos pardos que me tenía loca. No había mucha información sobre él, solo que su nombre fue Malkoçoğlu Bali Bey, nació en 1.495 y murió en el campo de batalla en 1.548, que fue un destacado comandante militar otomano y gobernador al servicio del sultán Suleimán. Fue comandante del cuerpo de caballería ligera Akıncı, conformado por los exploradores y los soldados de la línea frontal del ejército otomano y el Sultán le había premiado con tierras por su labor hacia el imperio.
¡Oh, Santo Cielo! Moriría en solo tres años y me dejaría viuda. Fruncí el ceño. ¿A mí? Qué locura… bueno, a esa mujer del sueño. Y pobres niños, quedarían huérfanos. Me sentí muy triste por eso. Y luego me dije: Idiota, si todos llevan muertos casi quinientos años.
Me encogí de hombros y seguí con mi trabajo, ansiosa… solo esperando que llegara la noche para comer esa última manzana, y mi sueño tenía que hacerse realidad, por lo menos la bruja maorí me debía una noche de placer por tanto misterio… solo una.
Y cuando llegué a casa, cansada y ávida de aventuras, el fruto del pecado me estaba esperando, y no necesité que la víbora me tentara.
TERCERA MANZANA
¿Es que no iba a poder dormirme?
Volteaba una y otra vez en la cama y no lograba conciliar el sueño. Mi almohada se sentía más dura, y tenía mucho frío, algo inusual en esa época del año. Estiré el edredón a mis pies y me tapé hasta la barbilla.
Fue en ese momento que sentí un cuerpo fuerte y cálido deslizarse a mi lado en la cama y pegarse a mi espalda. Me asusté, tanto que me quedé petrificada sin poder emitir sonido. Pero luego sentí su aroma a heno, y entendí… que no estaba despierta y que él, mi bayim, había venido a hacerme una visita nocturna.
—Hola, sevgili —susurró en mi oído, envolviéndome completamente en sus fuertes brazos—. Tienes demasiada ropa —se quejó.
—Y tú, mi señor —contesté volteando para mirarlo. Estaba completamente desnudo. Podía verlo por la tenue luz de la vela con la que había llegado hasta allí—, todo lo contrario. ¿No tienes frío?
—¿Estando tú a mi lado? Imposible… —mordió mi cuello— me calcinas.
—Recuérdame cómo nos conocimos, mi bayim… —gemí al sentir sus manos deslizándose por mis piernas levantando mi camisón.
—¿Quieres hablar o quieres que te ame, mi señora? —preguntó— Una u otra cosa, me gusta concentrarme en lo que hago, lo sabes.
—Y si no lo supiera, estoy a punto de descubrirlo… ámame —y me entregué a lo que quisiera hacerme, estaba más que preparada y ansiosa, desde el mismo momento en que lo vi en el prado de petunias.
Una vez que me despojó de la única prenda que llevaba, sus manos se ahuecaron en mis pechos, alzándolos hacia sus labios. Miré cautivada, cuando su lengua se enredó alrededor del pico tieso de mi pezón, lamiéndolo, enviando la sensación brillante de un relámpago en dirección a mi clítoris.
Convulsioné de placer, estremeciéndome debajo de él cuando chupó la punta sensible con su boca, raspándola suavemente con sus dientes antes de succionarla firmemente. Moví la cabeza frenéticamente sobre el colchón mientras luchaba por respirar. La excitación palpitó a través de mi cuerpo como una fuerte descarga eléctrica, sensibilizando mis terminales nerviosas, volando en su corriente sanguínea y conduciéndome más cerca hacia el límite del placer.
Sentí la amplia cabeza de su polla presionando contra la apertura sensible de mi coño, y mientras los espasmos hacían eco a través de mi carne tensa, empezó a empujar dentro de mí.
—Ohhh, sí —dijo, e hizo una mueca casi dolorosa cuando me arqueé hacia él, lanzando un grito estrangulado mientras un fiero placer asaltaba los músculos de mi coño en el momento en que comenzó a estirarlos—. Eres tan apretada, mi amor.
Lo observé fijamente, su mirada entrelazándose con la mía, un sentimiento de sorpresa pulsando a través nuestro mientras jadeábamos, tratando de suplicar, pero solo pude lanzar un grito cuando se alzó sobre mí y empujó más apretada y profundamente.
—Te noto como seda mojada. Seda mojada, caliente y apretada —su voz era un estruendo ronco mientras respiraba bruscamente encima de mí.
Salir, entrar de nuevo. Salir, entrar de nuevo. Pulsando, los golpes palpitantes abrieron mi carne sensible cuando empujó más. Hacia dentro y hacia afuera, probando, profundizando, sacando gritos jadeantes de mi garganta mientras cada embestida me conducía más alto.
—Espérame, cariño —susurró en mi oído.
—Tú a mí —murmuré con los ojos cerrados.
—Tu orgasmo desatará el mío… —aseguró—. ¿Sabes lo bien que se siente? Tu coño apretándose a mí alrededor, chupándome como una pequeña boca, succionándome al mismo tiempo que intenta forzarme a salir.
Grité cuando introdujo los últimos centímetros dentro de mí, me llenó hasta la empuñadura con calor y dureza, con fiero placer. Una mano sostuvo mi cadera mientras me levantaba más cerca de su pecho al mismo tiempo que comenzaba a moverse de nuevo. Y yo le acompañaba.
Esto no era hacer el amor. No sabía qué era, o cómo se suponía que debería describirlo, pero no era lo que había hecho antes. Esto era primario, elemental. Me colgué de sus hombros, mis uñas hundiéndose en su carne mientras cada embestida quemaba mi coño y encendía fuego en mi clítoris. Me moví debajo de él, empujando contra cada embestida, conduciéndolo más profundo mientras me retorcía ante el empalamiento.
—Sí —siseó en mi oído—. Fóllame también, sevgili.
Sus caderas giraron, su pelvis restregándose contra mi clítoris al mismo tiempo que una luz blanca, brillante comenzó a brillar en el borde de mi visión. Ya no podía soportarlo. No podía respirar, no sobreviviría a tanto placer.
—Mi bayim por favor… oh Dios… es demasiado bueno… demasiado… bueno…
—¿Qué necesitas, dímelo? —inquirió impaciente— Ya no puedo más. Míranos, estamos unidos —bajé la vista, él se levantó sobre sus brazos—, ¿no es hermoso? Yo entrando en ti —susurró—, mi polla en tu coño… entrando y saliendo —me lo mostró.
—Oh, su-sublime —susurré, y sentí el crescendo aumentando dentro de mí. Mi matriz se apretó, mi clítoris comenzó a palpitar con un latido fuerte y estable hasta que exploté.
Me sentí deshecha en sus brazos, una vez tras otra. No fue una explosión sola, aterradora, sino montones de ellas deslizándose entre nosotros, convulsionando mi cuerpo entero mientras un grito estrangulado brotaba de mi garganta.
Otra fuerte embestida cuando le tocó el turno de gemir, bajando su cabeza, sus caderas introduciendo su polla más profundamente, más fuerte, y yo sentí su explosión torrencial. Cada potente ráfaga de su liberación hizo que me estremeciera de renovado placer mientras resonaba dentro de mi propio clímax. Pareció durar para siempre, y al mismo tiempo se terminó demasiado pronto. Colapsé debajo de él, luchando por respirar, mis miembros pesados de somnolencia mientras lo sentía moverse, y gemí cuando se deslizó fuera mientras se dejaba caer a mi lado.
Sus brazos me envolvieron, con fuerza, con calidez. Protectores.
—Estoy cansada —suspiré, acurrucándome contra él al mismo tiempo que mis ojos parpadeaban a punto de cerrarse.
—Duerme, sevgili —susurró suavemente—. Duerme aquí mismo, en mis brazos, este es el lugar al que perteneces. Eres mía, y siempre lo serás. Eres mi amor eterno —escuché muy bajito antes de despertarme.
¿Y ahora qué? ¿Cómo iba a volver a verlo?
Ya no tenía más manzanas, y habían pasado tres días sin volver a soñar con él. Lo intentaba, dormía pensando en mi bayim, y aunque quizás lo llegué a ver en sueños, no era lo mismo, no lo sentía, no fue como si lo viviera igual que en esos tres sueños anteriores. Fue un sueño común y corriente, en el que todo se mezclaba y cuando despertaba no sabía realmente en qué estuve soñando.
Era frustrante.
Al cuarto día recibí dos llamadas de las Casas de Citas avisándome que ya habían cubierto el cupo y me dieron las fechas de las reuniones. Una –la primera en la que me inscribí– sería este viernes a las dieciocho horas y la otra el sábado a las diez de la mañana, esa estaba en la peatonal donde había conocido a la maorí.
Los días pasaron y fui a la cita del viernes, todo ocurrió sin pena ni gloria, y las entrevistas se sucedieron una tras otra sin lograr que ninguno de los candidatos llamara mi atención, como había previsto. Algunos fueron realmente patéticos, y llegué a la conclusión de que los que solicitaban este tipo de contacto era porque estaban desesperados.
Yo ya tenía 32 años, pero eso no significaba que hubiera llegado al extremo de aceptar a cualquiera para no estar sola. Prefería mi soledad antes que la compañía de alguien por desesperación.
No sabía qué iba a hacer, me había enamorado de un imposible.
Mi amor era polvo en el tiempo, no existía más que en mis pensamientos y en mis sueños, y ya ni siquiera eso, porque no podía sentirlo más.
Pensando en eso, triste y cabizbaja; llegué a la peatonal del amor el sábado mucho antes de las diez de la mañana. Fui con antelación porque quería volver a encontrar a la mujer maorí para que me aclarara ciertas cosas, todo era muy confuso. Pero por más que recorrí las cinco cuadras unas tres veces, ida y vuelta… ¡no encontré ningún portal! Ni siquiera algo similar. Estaba parada frente al lugar que yo creía que debía estar, pero no había ningún acceso pequeño, todos eran locales comerciales con un frente de por lo menos tres metros.
Sacudí mi cabeza negando y riendo de mi propia estupidez.
¿Acaso me había imaginado todo?
Quería llorar de frustración.
Hasta que lo vi… vi al enano pasar frente a mí en la acera de enfrente, raudo y veloz como siempre. Corrí hacia él y lo seguí por casi dos cuadras sin lograr alcanzarlo, entonces entró a uno de los locales y yo me quedé viendo el letrero antes de entrar también: «Soy tu Par». Era justamente la casa de citas donde yo tenía mi encuentro esa mañana. Y coincidencia, estaba sobre la hora; así que entré. Busqué al enano por todos lados con la mirada. Y no me extrañó no verlo… era un hombrecito muy escurridizo.
En ese momento decidí dejar de torturarme. ¿Qué iba a conseguir de todas formas? ¿Más manzanas para tener una relación que solo podía verlo y sentirlo dormida? No tenía sentido. Me resigné a mi realidad, porque no deseaba vivir la vida de otra mujer del siglo XVI. Así que me senté donde me indicaron y esperé la procesión de hombres insulsos que se ubicarían frente a mí para tratar de seducirme con su conversación insípida y sin sentido por cinco minutos. Luego desaparecerían de mi vida y yo tendría mi artículo.
Punto y aparte.
Cerré los ojos y esperé, suspirando.
La campana sonó y sentí que alguien se sentó frente a mí.
—Hola —susurró una voz de Nutella.
Abrí mis ojos asustada y lo vi.
Supe que esta vez no era un sueño cuando me dijo:
—Sevgili…
EPÍLOGO
Siete años después…
Mi marido caminaba hacia mí sonriendo, con nuestra hija de tres años en brazos, dormida. Nuestro hijo de casi seis años estaba haciendo volar una cometa en el parque donde estábamos haciendo un picnic un domingo cualquiera.
—¿Cómo estás, cariño? —susurró en mi oído al sentarse a mi lado en la manta.
—Cansada y pesada —me quejé tocando mi enorme panza de siete meses de embarazo.
Él acomodó a nuestra nena en la manta y empezó a hacerme masajes en la espalda. Yo ronroneaba de placer.
—No hagas eso, que me estoy empalmando —sugirió riendo.
—Cielo… ¿tú crees que alguno de nuestros hijos será Peregrino del Tiempo como nosotros? —pregunté curiosa.
—No lo sé, amor… solo ellos podrán descubrirlo cuando crezcan y nuestro querido enano los lleve a cada uno a su puerto en la forma particular que les toque vivir esa experiencia —se encogió de hombros—. Puede ser confuso, pero saber que te tendré durante todas mis reencarnaciones es lo único que me mantiene feliz, Sevgili. Tú eres mi eternidad.
—Y tú la mía, mi bayim.