las tres calas (spanish)
—Odio esta época, la aborrezco.
—¡Chocolate por la noticia!
Miré a mi hermana Tatiana con los ojos entornados y los dientes apretados. Ella sabía el motivo, ¿por qué se burlaba?
—No me mires así, si tus ojos fueran balas ya estaría muerta —dijo bufando—. ¡Pasa la página, Adri! No puedes vivir eternamente en el pasado. Eres demasiado joven para enterrarte en recuerdos. ¡Por Dios, solo tienes treinta años!
—Todavía no los cumplí —aclaré, y en ese momento, justo cuando iba retrucarle algo que le doliera, escuchamos el sonido de las campanillas de la puerta al abrirse.
Tenía clientes.
Ohhhhhhh.
—¡Llegaron! —dije saltando de la butaca en la que estaba sentada y corriendo hacia la entrada.
Nos dimos un fuerte abrazo entre las cinco, y varios saltitos dando vueltas por el local. Era nuestro típico saludo de niñas. Sí, somos cinco hermanas, todas mujeres. Y mi madre –llamada Ana– no tuvo mejor idea que bautizarnos a todas con su mismo nombre… más o menos. Por orden de llegada éramos: Tatiana, Silvana, Liliana, Viviana y Adriana. ¡Sí, soy la más pequeña! Pero no mucho, entre Tatiana y yo solo hay seis años de diferencia. Liliana y Viviana son mellizas. Fueron años muy prolíficos para mi madre en los que –por lo visto– no encendía la tele.
Mi historia podría haber sido un cuento de hadas. Conocí a Héctor –el amor de mi vida– en el colegio cuando él estaba en último año y yo tenía casi quince años, todavía me faltaban dos más para terminar. Inmediatamente hizo buenas migas con el Gordo, mi vecino y uno de mis mejores amigos y empezamos a salir entre los tres, donde ellos iban, yo iba. Mi madre confiaba en el Gordo como si fuera el hermano que nunca tuve, vivíamos uno frente al otro desde… toda la vida, que yo recuerde.
Algo ocurrió, nunca supe qué, pero el Gordo decidió ir a estudiar al extranjero. Se fue la Navidad que terminó el colegio —en silencio, sin dar muchas explicaciones— y nunca más volvió, ni siquiera a visitar a sus padres. Yo me casé con Héctor dos años después y vivimos felices y muy enamorados durante siete años.
Tengo un defecto enorme, y es que me aferro demasiado a las cosas y a las personas que amo. El dolor de perder al Gordo y no saber nada más de él fue casi tan desgarrador como el que sentí al perder a Héctor años después por culpa de un tumor en el cerebro que lo mató en tres meses… también en Navidad.
De eso se van a cumplir tres años, en breve.
Como ven, esa fecha es para mí sinónimo de tristeza.
Perdí a mi mejor amigo de toda la vida y a mi esposo en la misma época.
Los cuchicheos y gritos de mis hermanas me sacaron de mi ensoñación. Me uní a sus chismes con una sonrisa, porque a pesar de toda mi tristeza… ¡era afortunada!
Cerramos la florería, y tomadas de los brazos entramos en una calle secundaria poco transitada y caminamos por la mitad del adoquinado hacia la casa de mi madre. La mía quedaba enfrente, se puso a la venta justo cuando quedé embarazada y Héctor decidió comprarla porque creyó —con mucha sabiduría—, que tener a mi madre cerca me facilitaría la crianza de nuestros hijos. Solo tuvimos uno, y siguiendo la tradición le pusimos Luciana, ahora tiene siete años y vale por tres.
—Vi que había movimiento en la casa de los Bernatellada —dijo Silvana, la miré con el ceño fruncido—. Al parecer alguien se estaba mudando.
—¿Cuándo? —indagué.
—Esta mañana cuando llegué —se encogió de hombros—. Estuvo a la venta durante dos años, parece que por fin alguien la compró.
Y como todo pueblo chico, infierno grande… siguieron los chismes.
—Mi maridito me contó que también se vendió el periódico —informó Tatiana, que era la única que vivía aquí, con su familia—, no hay tanto movimiento en este antro perdido en el tiempo como para que el comprador fuera alguien diferente. Lo más probable es que sea la misma persona.
La casa de los Bernatellada –como mi hermana la llamaba– es la vivienda anexa a la mía, donde alguna vez vivió el Gordo. Su padre murió dos años antes, yo esperaba verlo en el funeral, pero ahí me enteré que estaba de viaje de negocios en el extranjero, cuando volvió reclamó la presencia de su madre –que estaba muy enferma– en la capital. Desde ese momento la casa se puso a la venta.
—Bueno, bueno… basta de periódicos, casas y compradores —interrumpió Viviana guiñándome un ojo—. A mí me gustaría más saber qué es de la vida sentimental de nuestra hermanita pequeña —Liliana me dio un codazo.
Puse los ojos en blanco.
—Olvídens…
—Up, shhhh —Silvana calló a Tatiana—. Que nos cuente ella.
—¡No tengo nada que contar, pesadas! —intenté adelantarme en el camino, pero no me lo permitieron.
—¡Ay, mi amor! —dijo Silvana riendo— ¿Sabías que el himen vuelve a cerrarse por falta de uso después de tres años?
—¡Eso no es cierto! —las miré embobada— ¿O sí?
Todas se rieron de mí a carcajadas.
—No, mi vida —dijo Viviana casi susurrando—, pero el corazón sí… y tú tienes demasiado amor que dar como para haber enterrado el tuyo con tu esposo.
—Ch-chicas… por fa-vor —balbuceé a punto de lagrimear por todo: por el Gordo, por Héctor, por mi hija, por la preocupación constante de mis padres y por el amor que mis hermanas me tenían—. Yo las amo, mi corazón no está enterrado.
—Basta, pandilla… se pondrá a llorar —dijo Tatiana abrazándome. Ella me conocía mejor que nadie.
Ya estábamos llegando a nuestra cuadra cuando vi a mi pitufa correr hacia mí, feliz de verme.
—¡Mami, maaaami! —me saltó encima y me abrazó, envolviéndome con sus piernas— Los primos son in-so-por-ta-bles —pronunció cada sílaba con un gesto gracioso de sus dedos— ¡Diles que se vayan!
Mis hermanas rieron. Todas tenían hijos varones, era natural que la única nena se sintiera desplazada de sus juegos.
—No te preocupes, Luci —dijo Liliana acariciando su espalda—, tu tía te dará una primita para poder jugar, será como tu muñequita y llegará en cinco meses.
Todas empezamos a gritar, porque no sabíamos de la buena nueva.
La cena en casa de mis padres fue un caos. Imagínense, los abuelos, cinco mujeres adultas con cuatro maridos, una nena y siete varones de entre tres y diez años. De milagro, el puré no terminó en el cielorraso.
Cuando por fin crucé a mi casa con Luciana ya dormida sentí un tremendo alivio.
Definitivamente no estaba acostumbrada al ruido. Y agradecí a los cielos que mi casa fuera pequeña, porque si no, habría tenido que alojar por lo menos a una de mis hermanas y su familia. Al final las mellizas y sus maridos se quedaron con mis padres junto con todos los varones que tiraron colchones en el suelo de la sala. Silvana fue a la casa de Tatiana con su marido. Yo tenía a su hijo conmigo, que era de la edad de la mía y con el que más se entendía. Todos felices.
Cuando vi que los chicos se durmieron salí a la galería a tomar una copita de vino, como todas las noches, era una costumbre muy arraigada. Me senté en mi hamaca colgante, no era de esas hamacas paraguayas para acostarse, sino de las que colgaban del techo y giraban sobre su eje. Era… calmante.
Empecé a girar lentamente mirando todo el paisaje conocido.
Vi mi pequeño patio bien cuidado, lleno de flores, vi el árbol de mango en una esquina, luego la muralla del vecino, hasta que la hamaca volteó hacia mi galería techada, vi la parrilla, el blíndex que daba a mi sala, y en la otra pared, arriba de los juguetes amontonados de Luciana estaban… mis calas.
Bajé mis pies al piso y detuve el giro de la hamaca.
Mi corazón empezó a latir más fuerte, cerré mis ojos y me imaginé el tibio aliento de mi amado en mis labios, me los acaricié con reverencia y volví a abrir los ojos centrando la mirada en las dos flores que colgaban de la pared.
Tomé un sorbo de vino y suspiré.
La primera cala me llegó un año después de la muerte de Héctor. Era blanca, como la otra y parecía estar hecha de papel maché cubierta con algún tipo de pasta resistente, el tallo largo y verde, apoyado sobre una base de madera tipo palet pintada en verde y envejecida con betún de judea, o algo similar.
La persona que me lo envió nunca se dio a conocer. Yo supongo que Héctor lo planeó. Conociéndome como lo hacía, sabía que sería muy difícil para mí desprenderme de su recuerdo, y de a poco me estaba dando permiso para volver a vivir.
Soy propietaria de una florería, conozco de flores y sus significados, y él lo sabía… así que el mensaje era claro para mí. Las calas son el símbolo del renacimiento y la resurrección. Él quería que siguiera adelante, que renaciera… ¡pero es tan difícil!
Recién al año siguiente cuando me llegó la segunda cala, me di cuenta que el color de fondo y la posición de las calas también tenían un significado.
La primera cala estaba de costado, tímida, indecisa, escondida; y su fondo era amarillo, el color de la luz que irradia energía, aunque no la tenga. Quizás quiso decirme que estaba bien que tuviera mi luto, pero debía empezar a brillar de nuevo, ya era hora.
Aunque mi luz solo se encendiera con mi familia, lo hice.
La segunda cala estaba también de costado, aunque ladeada hacia el frente, como diciéndole al mundo: todavía no me animo, pero pronto los enfrentaré. El color de fondo era verde: reservado y esplendoroso. El de la esperanza, resultado del acorde armónico entre el cielo azul y el sol amarillo. Lo que quiso decirme fue claro: equilibra tu naturaleza, sé optimista.
¿Habría una tercera cala?
Levanté mi pie del piso y la hamaca siguió girando. Cerré mis ojos y le di otro sorbo a mi copa de vino, suspirando. La esperaba, y sería una decepción muy grande si no me llegaba.
Era jueves. Lo sabría el domingo… el día de Navidad.
Un ruido extraño me sacó de mi soñar despierta, como yo les llamaba a los trances en los que entraba cuando pensaba en Héctor. Abrí los ojos y volví a parar la hamaca con mis pies descalzos. Quedé justo con la vista de la muralla del otro costado de mi casa, la que daba a la casa de los Bernatellada y que nunca había visto la necesidad de cerrarla porque los conocía desde niña. Solo nos separaba un simbólico muro de alambre tejido con plantas trepadoras.
La curiosidad pudo más que mi buen criterio. El ruido constante y rítmico seguía, así que me bajé de la hamaca descalza y caminé sobre el pasto cubierto por el rocío de la noche.
Asomé mi nariz entre las plantas y me abrí camino para mirar de forma solapada. Sonreí pícara, porque me sentía como una niña haciendo una travesura. Pero cualquier rastro desapareció de mi cara cuando vi lo que estaba haciendo ruido.
Era un hombre jugando tenis en solitario contra un paredón verde con una raya blanca a la altura del cintillo de una red inexistente. Parecía danzar en vez de estar sudando de un lado al otro, se movía con tanta gracia y soltura que me quedé mirándolo embobada. Y no solo sus movimientos, también me fijé en su altura… en su ancha espalda sin remera, sus caderas estrechas y poderosas piernas, sus duras retaguardias solo tapadas por un minúsculo pantalón corto.
De repente paró y volteó hacia mí.
Me escondí más. ¡Qué idiota! ¿Acaso iba a verme? Bufé.
Y sentí que mi estómago convulsionaba en diez volteretas cuando el adorable espécimen masculino tomó un gran trago de agua y luego vació el resto sobre su cabeza, cayendo en cascada por sobre su pecho, perdiéndose en el vello negro que terminaba en el borde de su short.
Me toqué la comisura de los labios, por si acaso estuviera babeando. Así de estúpida me sentía observándolo como bobalicona. ¡Mi nuevo vecino era una obra de arte!
Mientras volteaba hacia la galería, me dije a mí misma: ¡Ahhh, por favor! Tienen razón mis hermanas. Necesito un hombre… ¡urgente!
Y me quedé parada en la mitad del patio, anonadada por mis pensamientos.
¡Era la primera vez en tres años que la posibilidad de relacionarme con otro hombre que no fuera Héctor pasaba por mi mente!
Gemí, asustada.
Los dos días siguientes fueron bastante ajetreados, incluso el sábado tuve que trabajar parte de la tarde por la cantidad de pedidos que tuve para la nochebuena. Así que mis pensamientos no tuvieron mucho tiempo para volar hacia rumbos desconocidos para mí hasta ahora.
Nunca, jamás me había interesado un hombre sexualmente. O sea, por supuesto que deseé a mi marido, lo amé con locura. Pero nunca sentí palpitaciones solo con la idea que me tocara, o estremecimientos provenientes del simple pensamiento de tenerlo dentro de mí. ¡Era asombroso! La noche anterior lo vi de nuevo jugando, y comprobé cuando volví a mi habitación que estaba total y absolutamente mojada… ¡por un hombre del cual no sabía siquiera su nombre!
Me sentía impúdica y avergonzada, a pesar de eso me toqué debajo de las sábanas, consiguiendo un mínimo de placer que no logró calmar mis ansias. No quería destaparme porque tenía la absurda idea de que quizás nuestros muertos nos observaban desde donde sea que se encontraban.
¿Y qué pensaría Héctor si me viera con el consolador verde –todavía sin uso– que me regaló Tatiana y las piernas abiertas intentando llegar al orgasmo?
¡Oh, por dios! Qué estúpida e infantil me sentía a veces.
Cerré el negocio más tarde de lo normal y volví a casa en bicicleta, ya que solo eran cinco cuadras. Como era verano, los niños estaban en la pileta de mis padres, jugando y divirtiéndose, mis hermanas se encontraban a un costado bebiendo… ¿margaritas?
—¿Tan temprano y ya están dándole al trago? —pregunté con una sonrisa mirando alrededor. No veía a mi hija— ¿Dónde está Luci?
—Se enojó con sus primos y cruzó a tu casa.
—Bien, voy a buscarla, nos bañamos y volvemos —me despedí de ellas.
No era nada raro que Luciana cruzara de una casa a la otra, incluso solía ir en bici hasta la casa de Tatiana, a dos cuadras de allí. Vivíamos en un condominio cerrado muy seguro, ella sabía que no tenía permiso para nada más y que siempre debía avisarle a mi madre dónde iba.
La llamé al entrar. Nadie me respondió.
Fui hasta su habitación, no estaba allí. Revisé la mía, el baño, la cocina, la sala… ¡santo cielos! Ya no tenía nada más que revisar.
¡Mi hija no estaba!
Escuché risas, entonces corrí hasta el patio y al salir a la galería los vi.
Vi a mi fantasía nocturna abrir con facilidad una parte del tejido de alambre y cruzar el patio con mi hija en brazos. Los dos sonriendo y felices.
—Lo siento, la nena est…
—¡¿Está usted loco?! ¿Qué es, un psicópata? —corrí hasta ellos, le arranqué a mi hija de sus brazos y lo empujé con el mío, gritando sin poder contener mi furia—: ¿Qué se cree para cargarla? ¿Quién mierda piensa que es? Idiota, pedófilo y pederasta…
A esta altura, el hombre ya no me escuchaba, había dado media vuelta y se dirigía –al parecer muy molesto– hacia el paso entre nuestros patios.
—Mami… ¿qué te pasa? —preguntó Luciana mirándome con los ojos abiertos como platos.
—¿Qu-qué te hi-hizo? —indagué desesperada entrando a la casa.
—¿Hacerme qué? El señor Shafer solo me estaba enseñando a jugar tenis. Yo… yo lo vi practicando ayer, él me saludó y le pregunté si podía enseñarme a jugar. Y hoy lo mismo, pero recién tropecé, me torcí el tobillo, y él fue amable… tú lo trataste muy mal.
—Un hombre adulto no tiene por qué estar a solas con una niña a la que no conoce… y tú… ¡tendrías que haber consultado primero, Luci! Conoces las reglas. ¡¿Cuántas veces tengo que repetírtelas?!
—¡Mami, bájame! —me ordenó. Lo hice. Me miró con odio— ¡Arruinaste mis clases! —me increpó enojada— El señor Shafer es mi amigo, y ahora ya no querrá enseñarme… —y con todo el histrionismo de una niña, corrió a su habitación saltando en una pata, más molesta aún que mi vecino pedófilo.
Las cosas fueron fáciles de solucionar con ella, siempre que peleábamos no podíamos estar más que un par de horas enojadas. Al rato ya tuve a mi niñita, bañada y perfumada, sentada en mi regazo pidiéndome perdón.
—Lo siento, mami… hice mal en no avisarte —hizo pucherito con la boca.
—Sí, hiciste muy mal. Lo que tú no comprendes es que este hombre podía haberte hecho cualquier cosa… ¡no lo conocemos, Luci!
—Es nuestro vecino, mami… por favor, conócelo —puso la carita del gato con botas—, es muy amable y yo quiero jugar tenis en su paredón. Me dijo que podía cruzar a su patio aunque él no estuviera, y que dejaría un par de raquetas y un tubo de pelotas para nosotras en su galería.
Fruncí el ceño, pero no dije nada.
—Ya veremos… ahora vete a casa de la abuela. Tus primos van a ver Buscando a Dory y las tías prepararon hot dogs y palomitas de maíz.
—¡Sí, sí, sííí! —y corrió hacia la entrada.
Me quedé en la puerta observándola cruzar la calle, dando saltitos.
Sonreí. Pero al instante esa sonrisa se congeló en mi cara al ver salir a mi vecino de su casa. Fruncí el ceño, porque venía hacia mí.
Se paró enfrente y me miró de arriba abajo. Me sentí desnuda a pesar de llevar una bata de toalla que me cubría desde el cuello hasta debajo de las rodillas. Yo acababa de salir de la ducha.
Levantó el brazo y me tendió las zapatillas de deporte de Luciana.
—No soy ningún psicótico, menos aún pedófilo ni pederasta, señora Baruja —aclaró serio—. Cuando su hija cruzó a mi patio ayer la mandé de vuelta a que consultara si podía enseñarle a jugar tenis. Ella volvió y me aseguró que su madre le había dado permiso.
Podía creerlo, eso era muy propio de Luciana, decidir ella sola. Acepté las zapatillas con un nudo en la garganta.
—Yo me quedé tranquilo pensando que usted lo sabía e incluso que nos estaba observando —Ladeó una ceja. ¡Oh, dios! ¿Me está dando a entender que sabía que lo observé dos noches seguidas?— Me gustan los niños —continuó—, pero no de la manera en la que usted está pensando.
—Lo si-siento, señor… —balbuceé.
—Shafer —se presentó—. G.B. Shafer.
—Siento mucho haberlo acusado sin razón, espero pueda disculparme. Luci me lo explicó, incluso se enojó conmigo por, mmmm… —hice como que lo pensaba, le saqué una sonrisa—, una hora entera, y eso es mucho para nosotras. Tenga en cuenta que soy una gallina clueca, ella es mi única hija y la protejo como puedo… señor Shafer.
Él asintió con la cabeza.
—Llámeme G.B., por favor. Por lo que vi cruzó la calle corriendo, así que supongo que la torcedura no fue grave.
—Soy Adriana, o Adri. Para nada, su pie está bien, y mis gritos solo afectaron su orgullo… Yi-Bi —así se pronuncia.
—Y el mío, junto con mis oídos —dijo riendo, golpeándose el costado de su cabeza.
¡Oh, por favor! Los chicos estarían viendo dos horas de película por delante… eso significaba que tenía la casa para mi sola hasta la cena de nochebuena. ¿Cómo se hacía esto de la seducción? Había perdido la práctica. Me apoyé en el marco de la puerta con una sonrisa y dejé que mi bata se abriera ligeramente.
—Para resarcirme… ¿te gustaría, eh…? —cerré mis ojos, ¡no podía hacerlo! Era una cobarde.
—Me encantaría una taza de café, sí —dijo él indicándome el interior de mi casa.
Sonreí y lo dejé pasar.
Él se sentó cómodamente en el desayunador y dejó que preparara la cafetera iniciando una conversación intranscendente sobre nuestras ocupaciones. Me enteré que era periodista y que, efectivamente, había comprado el periódico de la ciudad y pensaba instalarse aquí.
Mientras se cebaba el café fui a vestirme pensando en que ese hombre tenía algo –no sé qué– que lo hacía familiar para mí; como si ya lo conociera. No sabía si “lo de la seducción” sería una buena idea… ¡iba a ser mi vecino permanente! No alguien que estuviera de paso.
Cuando volví con un sencillo vestido azul de algodón, él ya había servido dos tazas de café y estaba endulzando la suya. Me miró con una sonrisa ladeada y suspiró.
—Quizás no sea buena idea tan pronto —dijo acercando más hacia él la butaca alta donde yo iba a sentarme—, pero ya que fui acusado injustamente me gustaría mostrarte —me tomó de la mano y me senté—, la edad en la cual las niñas llaman mi atención.
—Ohhh —gemí cuando nuestras piernas quedaron entrelazadas—. Es-estoy por cu-cumplir treinta —balbuceé, por decir algo.
—Tengo treinta y dos, y tu edad es perfecta para mí —anunció tomándome del mentón y acariciando mis labios con los suyos.
Era solo una tierna caricia, pero lo sentí como un rayo.
¡Hacía tres años que nadie me besaba! Y lo sentía… correcto. No iba a dejar pasar la oportunidad. Lo estiré de la remera y presioné mis labios con los de él.
Mi cuerpo se ablandó al instante, cedió ante el de él, mientras los labios de G.B. se movían sobre los míos en sensual coacción. Luego, él deslizó la lengua en mi interior y encontró la mía, apareándose con ella en una lenta e íntima danza. Cuando proferí un suave y breve suspiro, él ladeó la cabeza y me besó aún más profundamente, explorando, saboreando, tentándome.
Durante largo rato permanecí sumida en la pura maravilla de su beso, en el lujurioso asalto de sus sentidos. Los deliciosos sentimientos que excitaban mi ser eran abrumadores, y me provocaban un dolor latente entre las piernas, una intensa ansia. De manera instintiva, comencé a mover las caderas contra él buscando mi liberación.
Cuando G.B. interrumpió su beso, me sentí decepcionada. Había deseado que no se detuviera. Sin embargo, sabía que a él le había afectado de la misma forma. Podía sentir la tensa y musculosa fortaleza de su cuerpo pegado al mío y algo más… una henchida dureza situada en el vértice de sus muslos.
Completamente aturdida, abrí los ojos y levanté la cabeza.
—No es el lugar ni el momento adecuado, preciosa… —dijo acariciando mis mejillas con la yema de sus dedos— Luci puede volver en cualquier momento.
—Es raro que seas tú el que me lo recuerde —suspiré sintiéndome culpable.
—No quiero que nadie interrumpa nuestra primera vez…
—¿Cómo sabes que tendremos una primera vez juntos?
—Está escrito, en tus ojos —levantó mi mentón— y en los míos, mírame.
Lo vi, su deseo… su ansia. Asentí con la cabeza.
—¿Te espero esta medianoche en la galería de mi casa? —preguntó dudoso.
Volví a asentir.
Definitivamente estaba loca.
Pero… ¿por qué analizaba tanto? Muchas mujeres tenían aventuras de una noche con hombres desconocidos… y yo, bueno… ya lo conocía desde hacía tres días. Pensé en contárselo a Tatiana, pero… ¿para qué? Sabía perfectamente cuál sería su respuesta: «Si te gusta el tipo, hazlo… no lo pienses dos veces, las mujeres también necesitamos una alegría de “mes” en cuando. Pero usa condón, mi vida».
Fui de nuevo al cuarto de Luciana, y allí estaba mi niña durmiendo con su primo.
No tenía excusa alguna.
Solo debía cruzar el patio, hacerlo y volver sin remordimientos y un gran orgasmo, eso esperaba. Di dos pasos, volví… di tres, volví.
¡Ahhh, qué frustración!
En ese momento recibí un sonido de mensaje en mi celular.
«Te estoy esperando, mami clueca».
Número desconocido. Era G.B., ¿cómo mierda conocía el mío?
Respiré hondo y crucé el patio, atravesé el muro de plantas y lo vi parado en su galería con el celular en la mano, quizás esperando mi respuesta.
—Pensé que ya no venías —estiró su mano para tomar la mía y ayudarme a subir los dos escalones que nos separaban.
—G.B., yo… eh, no…
—Lo sé, cariño —dijo acercándome a él. Con una mano me tomó de la cintura y con la otra mi cuello—. No estés nerviosa, sé que has tenido pérdidas en tu vida y tienes miedo, pero es tiempo de pasar la página —me dio un ligero beso en mis labios entreabiertos—. Te ayudaré con esto, solo espero una cosa… no ser tu transición.
Pero… ¿cómo G.B. sabía? ¿Qué pasaba aquí? ¿Acaso él…?
Me olvidé de todos mis cuestionamientos con solo notar sus labios cálidos contra los míos. De repente sentí que volaba y no sé cómo llegamos a su habitación.
Me desvistió del todo y cuando estuve desnuda ante él, se despojó de su bata y me atrajo con fuerza, haciéndome sentir la dura y caliente presión de su cuerpo desnudo. Su candente aliento me quemaba la oreja mientras me susurraba:
—No puedes imaginar cómo he esperado esta noche.
Depositándome un reguero de besos por el cuello, me tendió de espaldas sobre el lecho y se acostó luego a mi lado, apoyándose en un codo, mientras seguía mordisqueando mi piel.
—Deseo esto desde hace siglos... —suspiró. ¿Siglos? Extraña metáfora— hacer el amor contigo en un lecho de pétalos de rosa.
Una suave risa surgió de mi garganta al darme cuenta que sí, estábamos rodeados de pétalos… y velas encendidas. Cuando iba a responder, buscó mi boca y le dedicó la misma erótica atención que a mi cuello, cortejándome con risas, ternura e increíble sensualidad.
Transcurrió algún tiempo hasta que por fin se retiró para observarme.
—Muy apetitosa —dictaminó tras un examen valorativo de mi desnudez.
Sin dejar de mirarme, tomó un puñado de pétalos de rosa y los esparció sobre mi cuerpo. Luego, tomó algunos más entre los dedos y los deslizó lentamente por mi piel... sobre las ondulaciones de mis senos, la curva de mi cadera, mi vientre y, más abajo... acariciando mi montículo femenino y mis sensibles pliegues. No pude evitar gemir, arqueándome ávidamente hacia él.
—Eres muy sensible a mi contacto —observó él.
—Solo contigo —susurré. Sentir los pétalos de rosa sobre mi piel era algo increíblemente sensual. La suavidad aterciopelada acarició mi carne al tiempo que su ardiente mirada me hacía temblar.
—No puedes atormentarme de este modo, G.B….
—Sí puedo, ángel. Deseo tenerte desesperada, deseándome.
«Ángel», solo había una persona que siempre me llamaba así; pero no iba a pensar en él en este momento. Lo miré al fluctuante resplandor de las velas, desfallecida de deseo. Lo ansiaba con desesperación, deseaba sentirlo profundamente en mi interior.
G.B. debía desear lo mismo, porque me atrajo hacia él de modo que quedase sentada a horcajadas sobre sus muslos. El ansia que me consumía se convirtió en irresistible mientras él me sujetaba de las caderas y me levantaba, con mi excitado núcleo dispuesto para recibir su henchido miembro.
Coloqué las manos en sus hombros afianzándome, y suspiré temblorosa, anhelando el abrasador placer de su encuentro. Lancé un suspiro que se convirtió en otro de alivio cuando él cumplió mi deseo. Acercándose con lentitud, separó los húmedos y henchidos pliegues de mi sexo con su miembro, y suave, muy suavemente, introdujo la sedosa cabeza en mi carne estremecida.
Atravesada por su dureza, reprimí un suave quejido ante aquella inigualable sensación y la plenitud de su penetración. Luego, comenzó a moverse encendiendo fuego en mi interior, y cuando arqueé la espalda en respuesta, sus manos buscaron mis senos, acariciándolos, jugueteando con mis tensos y enhiestos pezones. Me balanceé contra él, que levantó las caderas para ir al encuentro de las mías, arremetiendo con su enorme y ardiente miembro.
Su rostro estaba endurecido por el deseo, y, al verlo, sentí una opresión en el pecho mientras, lentamente, se impulsaba de nuevo hacia arriba y luego otra vez con mayor apremio. Mi gemido se convirtió en un sollozo, un sonido que pareció enardecerlo.
Susurrando mi nombre, me tomó por los cabellos para echarme la cabeza hacia atrás y besarme como si quisiera robarme hasta el último ápice de voluntad. Me esforcé por mantener el control, pero él hundió la lengua en mi boca al impetuoso ritmo de su sexo penetrándome profundamente. Mis músculos internos se aferraron a él mientras estremecidos temblores me sacudieron de manera implacable.
Un penetrante gemido se escapó de mi garganta. Podía sentir el fuego, su anhelo aumentando y renovándose. Al cabo de un instante, grité convulsionándome salvajemente, mientras implacables oleadas de placer devoraban todo mi cuerpo.
Entonces el control de él también se quebró. Su musculoso cuerpo se arqueó impotente debajo del mío y unos guturales sonidos de liberación desgarraron su garganta mientras alcanzaba su propio violento y poderoso clímax.
Cuando me desplomé sobre él, G.B. me rodeó con los brazos. En el tierno momento posterior, yací desmadejada, nuestros cuerpos aún unidos, con mis senos contra su pecho empapado en sudor, y mi rostro oculto en la curva de sus hombros, nuestras jadeantes respiraciones mezcladas mientras se iban calmando los frenéticos latidos de nuestros corazones.
No vi a G.B. la mañana siguiente.
De hecho, tenía vergüenza de encontrarme con él.
¿Cómo pude abandonarme de forma tan desinhibida e impúdica con un “casi” desconocido? Yo nunca fui así, él me encendía de una forma que ni siquiera mi marido había logrado nunca.
—¿Terminaste la ensalada, cariño? —preguntó mi madre sacándome de mi ensoñación.
—S-sí, mami —dije levantando el bol para llevarlo al patio donde se estaba preparando el asado.
Vi a los chicos felices correteando con sus juguetes nuevos.
—¿Sabías que Gerardo está en el pueblo? —indagó mi madre.
—¿Quién Gerardo? —retruqué confundida frunciendo el ceño.
—¡Tu amigo, el chico Bernatellada! ¿Acaso te olv…?
—¿El Gordo? —pregunté asombrada— ¿Está aquí?
—Sí, cariño… pero de su apodo —negó con la cabeza—, no le quedó nada. Lo invité a almorzar —justo oímos el timbre—, debe ser él… ve a recibirlo.
Corrí a la puerta. ¡No podía creerlo! Vería al Gordo después de casi quince años. Tropecé con tres niños y dos de mis hermanas en mi carrera hacia la puerta.
La abrí y me quedé sin saber qué hacer o decir.
—¡G.B.! —cerré la puerta detrás de mí y lo estiré hacia el jardín delantero— ¿Qué haces aquí? —miré sus brazos, llevaba varios regalos envueltos.
—Vine al asado, tu madre me invitó.
—¿También a ti? —pregunté y miré hacia la calle por si veía venir al Gordo.
—¿A quién esperas? —indagó frunciendo el ceño.
—A un amigo de mi infancia.
—Soy yo, Ángel… —susurró dándome un suave beso en los labios— soy Gerardo.
—Tú eres G.B., no el Gordo… ¿qué juego tramas?
—Mírame a los ojos, Ángel mío. Soy yo, Gerardo Bernatellada Shafer. G.B. Shafer es mi firma como periodista en el extranjero. Lamento ya no estar gordo —sonrió y elevó sus hombros—, pero si quieres empiezo a comer ahora mismo para complacerte.
—Me… me me-mentiste —balbuceé.
—No, no lo hice…
Mi madre abrió en ese momento la puerta y no pudo explicarse.
—¿Qué hacen allí afuera? Entren —nos instó—. ¡Qué hermosa sorpresa! ¿No, Adri? Oh, Gerardo… estás tan buen mozo.
—Ya nadie me conoce como Gerardo, señora… llámeme G.B., por favor.
Y le entregó el regalo que le trajo. Luego Luciana corrió hasta él cuando lo vio y se colgó de su cuello, G.B. la levantó, la besó y le entregó un regalo, que resultó ser una hermosa raqueta con el bolso para transportarla y dos tubos de pelotas. Mi traidora hija lo comió a besos y halagos, y luego corrió hasta sus primos para mostrarles su preciado tesoro.
—¿Vas a hablarme en algún momento, Ángel mío? —preguntó dos horas después cuando ya terminamos de almorzar y yo estaba en la cocina lavando los platos. Me abrazó por detrás y suspiró.
—¡Suéltame, maldito mentiroso! —lo empujé— te fuiste hace casi quince años, me dejaste sola, me abandonaste sin decirme nada, solo un «hasta luego» que resultó con sabor de «adiós» porque nunca más te vi. Luego apareces como si nada y… y… —me acerqué a él— te metes en mi cama —susurré entre dientes—. ¡Con mentiras!
—No te mentí, tú no me reconociste, y quisiste ver en mí lo que necesitabas. ¿O acaso no te di lo que pediste?
Le di una bofetada.
Estaba enojada, furiosa. Al instante me arrepentí, pero ya era tarde. Giré y salí de la cocina por la puerta de servicio. Crucé la calle corriendo y me metí en mi casa. Fui hasta la galería y me senté en mi hamaca que gira.
Y lloré. Lloré por tantas cosas que al final no sabía el motivo real.
Y girando, sollocé por mi marido muerto, porque ya apenas recordaba su cara y su olor, porque podía añorarlo sin sentir sufrimiento. Lloré porque luego de quince años apareció alguien que decía haber sido mi amigo y no era lo que yo esperaba. Sin embargo, era mucho más… y eso me asustaba.
Ya estaba mareada de tantas vueltas, cuando G.B. paró la hamaca.
—Mira la pared —ordenó.
Lo hice. Tuve que enfocar la vista llena de lágrimas para poder observar lo que él quería. Y cuando lo hice me quedé muda.
Frente a mí, colgado con mis dos calas, estaba la tercera que me faltaba.
Era blanca como las otras, pero ya no estaba de costado, sino de frente… enfrentándose al mundo, con el pedúnculo verde firme y orgulloso. Y el fondo era rojo, un color que sale al encuentro del mundo, adecuado para expresar pasión y emoción. El más excitante de los colores… que a gritos me decía: «vuelve a la vida».
—Fu-fuiste tú —susurré.
—Sí, fui yo… hace tres años estoy esperando paciente para poder reunirme contigo, mi Ángel. Si quieres saberlo, me fui hace quince años porque no soportaba ver al amor de mi vida en brazos de otro hombre. Lo elegiste a él, no a mí… y eso dolió a pesar de que Héctor era mi mejor amigo, o quizás justamente por eso fue más doloroso. Porque sabía que él te merecía —se arrodilló a mis pies—. Él fue a verme cuando supo que estaba enfermo, me pidió que volviera, que te ayudara a superarlo. Héctor siempre supo que yo estaba enamorado de ti, y los dos sabíamos que te llevaría tiempo aceptar su muerte, así que ideé esta estrategia para guiarte en tus etapas de duelo, para mostrarte el camino de forma sutil… sin presionarte.
—¿Por qué nunca me lo dijiste? —indagué.
—Porque era un adolescente idiota y creí que tendría más tiempo… luego llegó Héctor y todos mis planes se aguaron. ¿Cómo ibas a preferir a un gordito simpático que al presidente del centro de estudiantes y jugador estrella de fútbol? —se encogió de hombros, lo estiré y se metió conmigo en la hamaca.
Me senté en su regazo y lo abracé.
—¿Acaso me crees tan superficial, Gordo?
—¿Quieres que vuelva a engordar para hacer justicia a ese apodo?
—¡No, ni lo pienses! —metí mi mano en sus costados y apoyé mi cabeza en su pecho— Aunque te querría de cualquier forma, ahora estás hermoso, pero siempre lo fuiste… gordo o flaco.
—¿Lo intentamos, mi Ángel?
—Sí, mi Gordo.
La Navidad siguiente ya no fue triste para Adri.
Ese día hubo una muerte años atrás, pero ahora una nueva vida llegaba para ensombrecer ese recuerdo lúgubre.
G.B. –el padre y su esposo– estaba feliz. Si fuera por él llenaría su casa de hermosas niñas que lo hicieran sentir el Rey. Y… ¿adivinen qué nombre le pusieron?
Su hermana Luciana la bautizó como: Mariana…
Y la tradición continuaba.