el diario de una ruta (spanish)
El inicio de todo…
Parecía como si llevara vagando días, meses enteros.
Sin embargo, hacía solo unos minutos que había salido del sanatorio. Me toqué la frente. Aún llevaba la venda alrededor de mi cabeza, como si fuera una vincha mal ubicada. Quizás si le pintara unas florecitas… ¡Ah, Valeria! Deja las niñerías de lado, me dije a mí misma.
Tenía veintitrés años, era hora de asumir responsabilidades y cumplir mi sueño de volver a mis orígenes, de poder visitar la tumba de mi madre y ver a mi querida abuela de la que no sabía nada hacía mucho tiempo.
Llevaba ahorrando seis años para eso.
Mi padre –el señor O'Higgins, a quien apenas conocía desde hacía once años– me separó de mi abuela cuando mi madre murió. Me llevó de una punta del país a la otra, a convivir con su nueva familia a quien yo no conocía. Y para mí fue como si las perdiera a las dos en el mismo día: a mi madre y a mi Nanny, porque nunca más supe nada de ella. Me imaginaba que estaba viva, de lo contrario alguien –un abogado, un escribano– ya se hubiera puesto en contacto conmigo, yo era su única familia. Añoraba verla, y también deseaba sentarme en la tumba de mi madre y contarle todo lo que había vivido durante once años sin ella.
El «señor O», como solía llamar a mi progenitor para enfurecerlo –sí, soy bastante rebelde– resultó ser una buena persona y un buen padre, llegamos a tener una relación, mmmm… pasable. Pero nunca podré perdonarle el haberme separado de mi Nanny de forma tan precipitada y categórica. Yo, con apenas doce años, no sabía cómo hacer para ponerme en contacto con ella. Luego, la añoranza se convirtió en una realidad rutinaria, y todo quedó relegado al olvido, hasta que mi padre cuando cumplí dieciocho años y decidí mudarme sola a la universidad, me entregó una caja con recuerdos que había sido de mi madre.
Todo cambió ese día.
Me senté en la pequeña cama de mi nueva habitación compartida y revisé el contenido de la caja metálica herrumbrada que contenía los recuerdos de mi «idealizada» madre. Había de todo, pases para conciertos, una rosa seca, un dije con forma de corazón, una cinta color púrpura y varias tonterías más. Y en el fondo… encontré su mayor tesoro: lo que pensé que era su diario personal.
Recuerdo que mi corazón empezó a palpitar descontrolado.
¡Por fin conocería los pensamientos de mi madre!
Luego de buscar la llave por toda la caja y no encontrarla, forcé la cerradura y la abrí. Me llevé una desilusión enorme al darme cuenta que eran sus palabras, parecía estar escrito con su puño y letra, pero no era su diario. Era más bien una historia ambientada en los años '80 de un sueño que tuvo: recorrer la U.S. Route 66 de punta a punta… ¡en moto! Mi madre sí que era sui generis.
Esa misma tarde fui hasta una estación de servicios en el campus universitario y compré un mapa de los estados Unidos. Y cada noche, durante siete días recorrí con ella toda esa ruta descatalogada en la actualidad, anotando en el papel punto por punto los lugares que supuestamente visitó.
Al final me quedé con una intriga… ¿había hecho realmente ese viaje? Si fue así… ¿con quién? Unas iniciales aparecieron constantemente en el relato… ¿quién era J.M.? Se notaba el gran amor que había entre ellos, pero por el trato que le prodigaba y la ternura implícita en las palabras escritas llegué a preguntarme… ¿sería hombre o mujer?
¡Y maldición! Cada vez que se besaban o tenían un momento de intimidad el relato paraba con un… «Esta historia no puede ser contada, debe ser vivida».
Cuando terminé de leer y releer el pequeño diario, ya lo tenía decidido: yo también quería recorrer los Estados Unidos por la Route 66, desde California hasta Chicago. Y esa fue mi meta durante cuatro años de carrera en Artes y dos años de ejercer mi profesión de fotógrafa. Apenas me compraba ropa, no salía, no gastaba dinero de más, ahorraba cada centavo que ganaba para poder comprarme una buena moto y recorrer casi cuatro mil kilómetros de carretera para llegar a mi Nanny y a la tumba de mi madre.
Busqué mi motocicleta en el estacionamiento del hospital, no recordaba dónde la había dejado, o cómo había llegado allí, solo sabía que estaba. Era extraño, al parecer tuve un accidente, pero no recuerdo cómo ni dónde. Tengo una laguna mental en mi memoria –producto del golpe– que abarca varios días, pero no iba a preocuparme por eso ahora. Mi prioridad era encontrar mi hermosa Harley-Davidson FLHXS, Street Glide Special que había conseguido a precio de oferta y que me estaba aguardando en algún lugar del estacionamiento, esperaba que estuviera intacta porque de otra forma no sabría cómo seguir mi camino, tenía el dinero justo para llegar a mi destino y no volver.
Entonces la vi estacionada en el parking de motos, preciosa, de color naranja metalizado, tapizado negro de cuero y el resto niquelado. Era una oda a la perfección… ¡y estaba sin un solo rasguño! Corrí hacia ella dando saltitos, hasta que me detuve de golpe cuando vi que un hombre se encontraba parado al lado, preparado para montar otra Harley más deportiva.
Me acerqué despacio, cautelosa… tenía puesto el casco, no podía ver sus ojos ni saber si era peligroso o no. Pero… ¿cómo podía tener miedo de un amante de las motos que tenía una preciosa Harley-Davidson XL1200C, Sportster 1200? A pesar de ser muy diferente a la mía, no pude evitar fijarme en las perfectas líneas de su rodado negro, todo negro y niquelado.
—Hola Vale —saludó de lo más campante, sorprendiéndome. Lo miré frunciendo el ceño—, te estaba esperando.
—¿Es-esperándome? —balbuceé sin entender.
—Creí que perdiste la memoria inmediata a tu accidente, no que me olvidaste también a mí —respondió riendo y sacándose el casco.
—¡Joe! —grité reconociéndolo, y sonreí— Disculpa, todavía estoy un poco aturdida, mi cabeza no funciona bien.
Joe era un joven un poco mayor que yo, que me había visitado varias veces mientras estuve internada, al parecer también era paciente. Me gustó desde la primera vez que lo vi, era alto, delgado, con el cabello oscuro más largo de lo normal atado en una coleta. Lo miré de arriba abajo y me maravillé de lo bien que se veía sin esa bata blanca horrenda de hospital.
—Oye, te ves bien… ¿cuándo saliste? —me interesé.
—Ayer, fui a buscar mi moto, cargué mi mochila y ya estoy preparado para nuestra aventura —anunció subiéndose a su rodado—, ¿nos vamos?
Lo observé sorprendida, porque si bien habíamos hablado de mis planes y él se incluyó de inmediato con entusiasmo, pensé que era una broma, y que en realidad solo lo estaba diciendo para entretenerme y seguirme la corriente.
—¿Hablas en serio? —pregunté anonadada.
—¿Parece que bromeo? —respondió poniéndose el casco—. Vamos, motoqueira… sube a tu Orange —ordenó con dulzura, recordando el nombre que yo le había puesto a mi adorada moto.
—No sé si sea conveniente partir ya mismo… acabo de salir del sanatorio, ¿no debería descansar un par de días? —pregunté preocupada por mí misma.
—¿Te sientes mal? —indagó observándome con sus hermosos ojos pardos muy claros, entornados. Estiró su mano y acarició mi mejilla, sentí su toque como si miles de hormiguitas recorrieran mi piel, se metieran dentro de mi ropa y recorrieran mi cuerpo. Me estremecí, él sonrió pícaro.
—Mmmm, no… pero me siento como en las nubes —dije la verdad, moviendo mi cabeza de lado a lado, tratando de despejarme.
—Eso es normal —aseguró. Lo miré interrogante—. Digo, con todos los medicamentos que seguro te dieron. Se te pasará cuando sientas la adrenalina de la velocidad en tu rostro, ya verás.
Decidí que lo intentaría, de todas formas ya estaba lejos de casa, me había accidentado a unos cien kilómetros al este de Los Ángeles, en Riverside. ¿Y dónde iba a ir de todas formas? Había cancelado el alquiler de mi departamento, y mi padre vivía en Bakersfield, casi trescientos kilómetros al norte de donde me encontraba. Todas mis pertenencias estaban en la pequeña baulera de mi moto.
—Tienes razón, intentémoslo —sonreí—, es media mañana… podemos avanzar bastante, veremos dónde nos pilla la hora del almuerzo, quizás ya salgamos de California.
—Arizona… ¡allá vamos! —dijo Joe, y los dos arrancamos nuestras respectivas motocicletas riendo.
¡Qué hazaña! Estaba emocionada. Como lo decía mi madre en su… llamémosle diario: «Grandes son las aventuras que por pequeñas que parezcan mejoran el alma de quien las ha vivido. Quien no acepta vivir una aventura cuando puede, no debe quejarse si se la pierde».
Me puse el casco y encendí mi moto.
Acepto esta aventura, madre.
Cuando me subo a la moto tengo muy claro lo que está delante de mí: la emoción y el peligro, uno al lado del otro. Y aun así no puedo resistirme, voy a su encuentro.
Joe y yo empezamos aplanar el camino.
Día 01
Llegamos a Needles, la frontera entre California y Arizona en poco más de tres horas, nos detuvimos a comprar comida en el autoservicio de una gasolinera y fuimos hasta el cartel de acceso a la ciudad a almorzar, era una gran carreta tipo las caravanas de la época de la conquista. Todo el pueblo en sí era como un volver al pasado, árido, agreste y rústico. Nos sentamos sobre unas piedras y vimos pasar a los automóviles mientras engullíamos nuestros sándwiches de atún.
—¿Te sientes bien? —preguntó Joe.
—De ma-ra-villas —respondí con la boca llena, él rio. Tragué mi bocado—, el aire fresco en mi cara y la sensación de estar volando sobre la ruta tienen un efecto milagroso en mí —tomé un sorbo de mi bebida gaseosa—, todavía se conserva la idea de que sigue siendo la Route 66 —dije señalando la impresión del nombre de la ruta en el asfalto.
—Para muchos siempre lo será —suspiró—, ¿sabías que tiene otros nombres?
—¿En serio? ¿Cuáles? —indagué curiosa.
—También la llamaban The Main Street of America, The Mother Road y la Will Rogers Highway, en honor al cowboy, humorista, comentarista y actor estadounidense, conocido como el hijo favorito de Oklahoma. La famosa Route 66 formó parte de la red de carreteras federales de Estados Unidos que se estableció en 1926. Lastimosamente fue descatalogada, es decir, oficialmente retirada de la Red en 1985 después de decidirse que ya no era relevante y haber sido reemplazada por la Red de Autopistas Interestatales.
—¿Poco relevante? Creo que sigue siendo importante para todo el mundo, quizás haya otras carreteras mejores y más nuevas, pero nunca tan famosas como esta.
—Sin duda alguna, la Route 66 fue el principal itinerario de los emigrantes que iban al oeste, especialmente durante las tormentas de polvo de los años '30, y sostuvo la economía de las zonas que atravesaba. La gente que prosperó durante la creciente popularidad de la carretera, fue la misma que años más tarde luchó por mantenerla viva cuando empezó a construirse la nueva Red de Autopistas Interestatales.
—No consiguieron su objetivo, sin embargo la leyenda sigue viva —él asintió vaciando su lata de gaseosa— ¿Cómo sabes tanto, Joe? —indagué.
—¿No tienes internet, Lady Orange? —preguntó riendo, levantándose y pasándome la mano para que hiciera lo mismo.
—Tengo, y así averigüé que ya no es posible actualmente recorrer la Route 66 de manera ininterrumpida en todo su trazado de Chicago a Los Ángeles, solo el ochenta por ciento de la ruta original y alineaciones posteriores puede recorrerse aún. Así que hice un estudio cuidadoso del itinerario a seguir.
Acepté su mano, pero me resbalé con una piedra al levantarme y fui a parar a su pecho de forma poco agraciada. Ambos reímos, y él deslizó su mano por mi cintura y me sostuvo para que no cayera, la otra mano la teníamos entrelazadas. La levantó y la llevó hasta su boca.
—Cuidado —susurró a cinco centímetros de mis labios. Luego besó mi mano.
Sentía que mis piernas no me sostenían, que mi cuerpo entero estaba en pie por él. Y juro que, o me mojé u otra cosa… porque noté que mis bragas se empaparon. Nunca antes me había ocurrido algo así con ningún hombre, hasta llegué a pensar que algo estaba mal en mí, porque me gustaban, los besaba, incluso tuve dos novios cama adentro y con todos me sentí… un fraude, porque la relación “piel con piel” no era lo que mi cabeza romántica había imaginado. Creo que hasta me volví un poco cínica al respecto; y ahora, con solo un ligero toque de su parte había sentido como una explosión de adrenalina.
¿Qué tenía Joe de especial?
Reculé asustada y lo miré con la boca abierta. Él tenía la misma expresión de desconcierto que probablemente había en la mía.
—¿Se-seguimos? —balbuceé, y sin esperar respuesta me puse mi casco, monté mi Harley y la encendí. El sonido del motor al hacer combustión hizo eco con mi confusión.
A los pocos kilómetros entramos al estado de Arizona y seguimos camino casi sin detenernos, solo hicimos una parada en una gasolinera para beber algo, cargar combustible e ir al baño. Luego continuamos sin parar hasta llegar a Williams en el condado de Coconino, donde decidimos quedarnos.
—¿Qué tal si nos tomamos el día de mañana para conocer el Gran Cañón? Es un desvío de 87 kilómetros desde aquí —sugirió Joe.
—¡Oh, qué gran idea! —aplaudí feliz.
—Hicimos más de seiscientos kilómetros hoy, siento que se me ha borrado la raya del… —hizo una seña graciosa con sus manos mostrando su retaguardia, reímos a carcajadas.
—Quizás deberíamos tomarlo con más calma —lo pensé—. Mmmm, como máximo unos 500 kilómetros por día estará bien, así llegaríamos en ocho días, a lo mejor un poco más deteniéndonos a conocer algunos lugares interesantes.
—Trato hecho —aceptó, y avanzamos buscando un motel para pasar la noche.
Y allí estaba yo, compartiendo la habitación con mi casi desconocido nuevo amigo. Decidimos ahorrar de esa forma, un cuarto con dos camas era más barato que dos individuales.
Cuando salí del baño, vestida con un pantalón de chándal, una sudadera y medias; Joe estaba sentado en la cama con el mapa abierto y una bolsa de McDonald's a su lado, comiendo unas papas fritas.
—¡Estoy famélica! —dije subiéndome a la cama frente a él y revisando la bolsa.
Nos dispusimos a cenar informalmente allí, comprobando nuestro avance en el mapa y definiendo los lugares que nos gustaría visitar. Le mostré un librito que tenía todos los sitios interesantes para conocer en los Estados Unidos y reímos a carcajadas con la cantidad de lugares extraños que existían, como la Casa Cesta en Ohio o Wonderworks, la Mansión al revés en Orlando; y decenas de monumentos a las cosas más insólitas, como una berenjena de descomunal tamaño o un hot dog gigante.
Me quedé mirándolo embobada cuando me contaba una anécdota de uno de sus viajes, de repente dejé de escucharlo y solo veía su sensual boca moviéndose y pensé: ¿cómo se sentirán esos labios sobre los míos? Suspiré, y recordé otra de las frases que mi madre había escrito en el libro: «Las penas del ayer y los miedos del mañana son dos ladrones que nos roban el HOY. Hay que vivir a pleno. No planear, sino volar…»
Él dejó de hablar y al ver que no reaccionaba, también se quedó mirándome. El intenso latido de nuestros corazones se podía palpar en el ambiente. Sin darme cuenta, moví mi torso hacia delante, él hizo lo mismo avanzando aún más que yo. Los dos teníamos los labios entreabiertos, expectantes. Y entonces, antes de que pudiera pensarlo bien, antes de que pudiera decirme a mí misma por qué no debía hacer aquello, me puse en cuclillas. Había solo unos centímetros entre nosotros y yo cerré la distancia sin pensarlo.
Él hizo un gesto suave de sorpresa. Sus labios resultaron cálidos en los míos, y después del primer momento de indecisión, me estrechó contra sí y entonces no solo apretaron los míos, sino que se movieron encima incitándome al beso. Un beso que no era como ninguno que había sentido, sino algo nuevo y vibrante, brillante de posibilidades. Los labios de él atraparon los míos una y otra vez. Cuando nuestras lenguas se encontraron, él llevó las manos a los lados de mi cara y me atrajo más, con tanta brusquedad, que temí haberme quebrado algo.
Siguió besándome y me apreté contra él, con las manos en su pecho y los botones de su campera clavándose en mí. Deslicé los dedos debajo del cuello de la prenda y lo estiré más, como para sentirlo plenamente.
Y entonces él se separó.
Tambaleé y me deslicé hacia atrás, cayendo sentada en la cama. Nos miramos, vi confusión en sus ojos. No lo entendí.
«Creo que…», «Voy a…». Hablamos al unísono.
—¿S-sí? —balbuceé.
—Voy a darme una ducha —dijo rápidamente, y se encerró en el baño.
Cuando salió de allí yo ya estaba acurrucada en mi cama totalmente tapada, dándole la espalda. Lo sentí moverse e incluso sintiéndome rechazada rogué para que se acostara detrás de mí y me envolviera con sus brazos. Percibía un anhelo desconocido, un sentimiento de posesión y ternura que no podía explicarme, todo lo que sentía por Joe era extraño e inusual.
Él apagó el velador, la habitación quedó a oscuras, al igual que mi deseo.
Día 02
Cuando desperté en la mañana, Joe estaba vistiéndose. Me hice la dormida y asomé mis ojos entornados desde debajo de la colcha. Y menos mal que estaba acostada, porque parada me hubiera caído de culo. ¡El hombre estaba mucho mejor de lo que mi imaginación previó! Lo veía desde atrás y aunque era delgado su amplia espalda estaba llena de músculos. Se me hizo agua en la boca, sobre todo al observar sus perfectas y duras nalgas que el bóxer negro ocultaba. Se puso un vaquero, una remera de mangas cortas y una sudadera —porque ya hacía fresco, estábamos a mediados de otoño—, luego salió de la habitación, supuse que para comprar el desayuno.
Aproveché, me levanté de un salto y me vestí, así cuando volviera ya me encontraría preparada y esperándolo. Estaba peinándome cuando lo oí entrar a la habitación.
—¡Buenos días! Traje el desayuno… —anunció.
Salí del baño sonriendo, como si nada hubiera pasado y le agradecí la comida. Nos sentamos en la pequeña mesa a un costado a desayunar e hicimos cuentas. Él no le daba importancia al dinero, así que yo me puse firme y decidí que haríamos un pozo común para cubrir gastos de comida y alojamiento. Ambos pusimos la misma cantidad de dinero en un monedero aparte y se lo di para que lo administrara. Rio y puso los ojos en blanco, aceptándolo.
—Cuentas claras conservan la amistad —afirmé poniéndome mi enterizo rompe-vientos sobre mi vaquero y mi sudadera.
Y emprendimos viaje hacia el Parque Nacional del Gran Cañón, entrando desde el lado sur, por la autopista estatal 64. Hicimos el trayecto de 87 kilómetros en menos de una hora ya que la carretera estaba casi desierta, un recorrido bastante agradable puesto que el paisaje fue cambiando de boscoso a árido en poco tiempo.
Cuando llegamos a la entrada sur, cerca de Tusayan –que corresponde a la zona este del parque–, eran apenas las ocho de la mañana. Las oficinas centrales se encontraban en el Grand Canyon Village, cerca de donde estábamos, así que nos dirigimos hacia allí para dejar nuestras motos resguardadas mientras hacíamos senderismo por el parque.
No nos unimos a la excursión guiada que iniciaba apenas llegamos, preferimos caminar solos hacia donde quisiéramos, así que consultamos el mapa del parque y decidimos ir hacia el camino contrario al que todos tomaban.
—¡Espera! —Joe me tomó del brazo y sacó una pomada de su mochila— El sol es muy fuerte aquí —anunció pasando su dedo encremado por mi nariz y esparciéndome por la cara. Yo sonreí como tonta mirándolo fijo, no podía creer que fuera tan detallista y tierno. Cuando terminó le saqué la crema y procedí a aplicársela a él.
—Es lo justo —dije riendo al ver que volvía a poner los ojos en blanco, al parecer era algo característico en él. Me miró fijo mientras lo hacía. Su piel era suave y sentí hormiguitas en mis dedos al tocarlo, no quería dejar de hacerlo. Y creo que se dio cuenta, porque tomó mi mano, me la besó y me estiró para que empezáramos el recorrido.
No me soltó.
Cien metros era la distancia que separaba el estacionamiento del parque de una escena incomparable. Un espectáculo concentrado en una sola visión. Esa que tienes cuando observas por primera vez un accidente geográfico único y considerado una de las maravillas naturales del mundo. Habíamos dejado de leer la guía turística y atravesando el escudo de las reservas indias que componen el Gran Cañón –Hopi, Hualapai y Navajo– nos dimos de bruces con la magnitud de la realidad. Un hachazo en la tierra de 1.600 metros de profundidad media y más de 446 kilómetros de longitud.
—Jamás podré olvidar la primera impresión de ver esta maravilla —dije alucinada.
—No lo hagas, porque ya no volverá —respondió mirando el abismo con la boca abierta—. Es colosal —susurró.
No pude evitarlo. Lloré ante tanta magnificencia.
Me llevé las manos a la cabeza y sollocé emocionada al ver el Gran Cañón a mis pies. Tuve una sensación de amor a primera vista ante esa enorme apertura al abrigo del Río Colorado. Joe me abrazó y me dio un beso en la frente, entendiendo perfectamente mi estado de ánimo.
Una vez superadas las mariposas de mi estómago y perdido el impacto inicial, quizás la rutina del recorrido emborronó un poco la impresión de esta magnífica hendidura, pero no por eso la hizo menos gloriosa. Caminamos por horas, escalamos, reímos. Nos sacamos cientos de fotos y hasta tropezamos, pero disfrutamos de cada minuto al abrigo de esa mañana soleada.
A mitad de camino me senté en un peñasco que parecía muy seguro y Joe me acompañó pasándome una botella de agua mineral. Nuestras manos se rozaron y volví a sentir las hormiguitas recorrer mi cuerpo. No sabía si eso era unilateral o si a él también le afectaba de la misma forma. Estaba confundida, porque parecía estar interesado, pero reculaba cada vez que podía haber un cierto grado de intimidad. No lo comprendía.
De vuelta al inicio, exhaustos por la caminata de casi tres horas por una de las gargantas más impresionantes de la Madre Tierra, nos sentamos a almorzar en el parque bajo un árbol y luego fuimos hasta las motos para emprender el camino de vuelta al mundo real. Entonces el sol llegó a su máximo punto al mediodía, y el Gran Cañón, entre lágrimas de tormenta otoñal, me hizo un último guiño cambiando completamente de color... y, pese a resistirme, volví a enamorarme.
—Volveré —susurré antes de ponerme el casco y subir a la moto.
Desandamos el camino recorrido y volvimos hasta Williams, cargamos combustible y continuamos nuestro trayecto por Arizona y su paisaje desértico lleno de cactus. Pasamos por Flagstaff y llegamos hasta Gallup, ya en el estado de Nuevo México. Allí decidimos pasar la noche luego de hacer 352 kilómetros esa tarde, sin apuro haciendo paradas en cada lugar que visitábamos para conocerlo.
Cenamos en la terraza de un restaurante de paso y optamos por quedarnos en un motel llamado… adivinen. ¡Sí, Route 66!
La verdad, estábamos molidos. Cuando entramos a la habitación lo primero que hicimos fue dejar caer las mochilas en el piso y tirarnos cada uno en su cama. Vestidos, sin importarnos nada más que descansar la espalda y las piernas…
—Cinco minutos… —dije yo.
—Que sean diez —replicó él.
Y fue lo último que escuché esa noche.
Día 03
Desperté sobresaltada por el ruido de la bocina de un camión.
No era nada raro, estábamos sobre la ruta. Miré mi reloj y vi que apenas eran las seis de la mañana. Suspiré y me acurruqué de nuevo debajo del edredón. ¿Debajo? No recordaba haberme tapado a la noche, menos aún… –toqué mis pies entre sí– haberme sacado las botas. Levanté el cobertor intrigada. Ok, estaba todavía vestida. Volteé mi cara y vi que la cama de Joe se encontraba vacía.
¿Es que ese chico nunca descansa? Después recordé que nos habíamos quedado dormidos muy temprano, antes de las diez de la noche, así que supuse que se había levantado para buscar el desayuno.
Me levanté de un salto, totalmente descansada y recuperada. Me desperecé sonriendo, preparé la ropa que me pondría ese día, me saqué la que llevaba puesta y corrí hasta el baño en ropa interior para evitar que Joe me pillara medio desnuda.
Abrí la puerta de golpe y… ¡Oh, Santo cielos!
Joe estaba dentro del baño afeitándose, totalmente desnudo.
—¡Auuch! —se quejó sobresaltándose al verme y vi como en cámara lenta que empezó a salir sangre de su cara. ¡Se había cortado por mi culpa!
Él agarró una toalla con rapidez y se cubrió la entrepierna. ¡Mierda! Del susto no había podido ver nada, pero me olvidé de todo –incluso de mi semi desnudez– al ver la sangre escurrirse por su mejilla hasta la barbilla.
Sin pensar muy bien lo que hacía, estiré la toalla con la que se cubría la entrepierna, la mojé y sequé la sangre de su rostro con suavidad mientras él llevaba ambas manos abajo para taparse.
—¿Po-podrías dejar que me ponga algo de ropa, Valeria? —sugirió mirándome fijo. Luego bajó su vista y me observó de arriba abajo y vuelta a empezar.
—No me mires así, como si nunca hubieras visto una mujer en bikini —bufé, al fin y al cabo, estaba más cubierta de lo que solía estar en la playa. Tenía un conjunto blanco de algodón muy recatado, sin encajes—, y permite que te cure, estás sangrando.
—¡Estoy desnudo! —se quejó— Y déjame decirte que no es igual ver a una mujer en bikini que a una en ropa interior, el morbo no es el mismo, mi querida Lady Orange —terminó.
—¿Acaso te puse en un aprieto, Joe? —pregunté risueña bajando la vista. ¿Qué me pasaba? Yo no solía ser tan osada— Ven aquí, tengo el botiquín en mi mochila —y lo estiré del brazo hasta sentarlo en la cama.
Saqué el pequeño botiquín y me acerqué a él, que se había tapado de nuevo la entrepierna con la toallita. Abrí sus piernas con las mías y me colé entre medio. Sentí su respiración agitada. ¿O era la mía? No lo sé, solo recordaba a mi madre y su consejo: «Vive la vida a pleno, no planees… ¡vuela!»
Bien, pensaba volar y caer entre sus brazos. Con ese fin empecé a desinfectar la herida frente a él, con mis pechos a la altura de sus ojos y mis pezones duros asomando debajo de la tela, no muy cerca para que los viera bien y no tan lejos como para que el efecto sea devastador para su libido, eso esperaba.
Uno de mis tirantes cayó por mis brazos y dejó la copa de uno de mis senos al descubierto. ¿Fue obra del destino? Quizás… y no hice nada para que volviera a su lugar. Al contrario, sentía que me molestaba. ¡Tenía el deseo impúdico de desprenderme del sostén y mostrarle mis… mmmm, pequeños atributos! Digamos… medianos, nadie se había quejado al respecto hasta el momento.
La expresión de Joe era un poema, sentí su lucha, percibí su deseo. ¿Quién ganaría? ¿El ángel o el demonio que había dentro de él? Un suave gemido salió de mi garganta cuando el diablo triunfó y sentí su boca cerrarse sobre uno de mis pezones arriba de la tela del sostén, con la lengua buscando deshacerse de ese molestoso tejido.
Y no solo eso, sus callosas manos subieron por mis piernas y se colaron debajo de mis bragas amasando mis nalgas con devoción mientras devoraba uno de mis senos ya totalmente descubierto, para su deleite. Sentí una oleada de calor tan poderosa que me paralicé; no podía hacer nada para contrarrestar las tiernas caricias de su boca, que me persuadían a apretarme contra el tacto de su lengua pausada, húmeda y ardiente, que me exploraba a placer.
Me asusté con las sensaciones tan poderosas, pero la verdad era que no quería resistirme, sino aferrarme a él. Sentía que había estado esperando toda la vida para saborear nuestro encuentro. Había soñado con eso, con este hombre –como amante– toda mi vida. A duras penas podía creer que Joe fuera capaz de una pasión tan desenfrenada y una delicadeza tan increíble a la vez.
Levanté mis piernas y me senté a horcajadas en su regazo teniendo cuidado de no perder en ningún momento el contacto de sus labios con mi seno, ¡era una delicia!
De repente escuchamos otra potente bocina. Joe se sobresaltó y con la respiración agitada y la mirada desorientada metió la cabeza entre mis pechos y abarcó completamente mi cintura con sus brazos. Se quedó quieto.
—¿Joe? —pregunté desesperada porque continuara, me agité en sus brazos, pero él era más fuerte y no permitió que me moviera— ¿Qu-qué pasa? —balbuceé.
Me levantó con suavidad de su regazo y se paró. Por fin pude verlo desnudo sin esa estúpida toallita... ¡era magnífico! El sueño de cualquier mujer.
—Vístete, Valeria… por favor —dijo dándome la espalda y yendo hacia su mochila.
Yo lo miraba estupefacta parada como una idiota en medio de la habitación, sin saber qué hacer. Se vistió en tiempo récord, un bóxer, vaquero, una remera y con solo unas ojotas, salió disparado hacia la calle.
¿Qué pasó aquí? Me pregunté. No tenía respuesta.
Luego de que terminara de bañarme y vestirme, él ya estaba en la habitación de nuevo preparando sus cosas. Dejó mi desayuno sobre la mesa y con un «te espero afuera» me dejó sola con todas mis dudas carcomiéndome.
¿Acaso pensaba decirme nada?
Hicimos poco más de 400 kilómetros ese día, saliendo de Gallup hasta llegar a Santa Rosa, sin salir del estado de Nuevo México. De camino, en Albuquerque, coincidimos justo con el Festival Internacional de Globos, que era una fiesta anual de globos aerostáticos, que se celebraba allí durante tres fines de semana del mes de octubre. Fue maravilloso observar el despegue masivo de los cientos de globos de colores que surcaron el cielo azul de esa ciudad.
En ese trayecto nos perdimos en dos ocasiones, porque la Route 66 corría paralela a la nueva carretera en ciertos tramos. Tuvimos que retomar, continuar, volver y hacer maniobras estrafalarias para cumplir nuestro objetivo.
Todo eso comunicándonos con apenas monosílabos.
No lo entendía, pero no iba a ser yo quien le preguntara. Ya me sentía lo suficientemente avergonzada como para no hablarle durante lo que restaba de nuestro viaje. Luego pensé: ¿acaso tengo que soportarlo? Mi idea siempre había sido hacer el trayecto yo sola, nunca me imaginé otra cosa.
Cuando llegamos a Santa Rosa decidimos quedarnos allí porque ya estaba oscureciendo y como era Halloween, las calles estaban abarrotadas de gente disfrazada, sobre todo niños. Y sabíamos que sería así en cualquier lugar que decidiéramos parar.
Vi la oportunidad perfecta de dejarlo plantado y continuar sola cuando –hartos de no encontrar alojamiento– él entró a un motel para averiguar si había alguna vacante. Pero no pude hacerlo, a pesar de todo me gustaba su compañía. Bufé. La siguiente parada sobre la Route 66 era la ciudad de Tucumcari, pero estaba a casi 100 kilómetros, no me animaba a ir sola de noche.
—Lo único que tienen en todo este maldito pueblo es una suite matrimonial —anunció cuando volvió. Me mostró la llave, la había tomado.
Ohhh.
Día 04
Apenas pude dormir esa noche.
La cama no era tan grande como para no sentir el calor del cuerpo de Joe detrás de mí. Él me había dicho que no tenía problemas en dormir en el sofá, miré hacia donde estaba y reí a carcajadas porque era diminuto.
—¿Qué vas a hacer? ¿Encogerte? —pregunté dándole la espalda y tapándome—. No seas tonto, Joe… hay suficiente espacio en la cama para los dos. Y si esta mañana huiste despavorido de mí… ¿por qué dudaría de tu… mmmm, honorabilidad? —me burlé.
—No hui, Vale —afirmó sin darme otra explicación.
—¿No? ¿Acaso eres casado? —lo negó— ¿Tienes novia? ¿Estás comprometido? —Negación— ¿Estás enfermo? ¿Tienes SIDA? —volvió a negar— ¿Eres de alguna secta rara que te impide tener sexo antes del matrimonio? —rio bajito, negó— ¡¡¡Eres gay!!! —negó molesto—. Y seguí haciéndole preguntas, una más disparatada que la otra. Al final, sin obtener respuesta empezamos a reír con las tonterías que se me ocurrían, de espaldas, sin mirarnos. Y antes de quedarme dormida, saqué la única conclusión que restaba y que no me animé a preguntarle: yo no le gustaba.
Cuando por fin logré dormirme, a mitad de la noche, busqué el refugio de la otra almohada que siempre tenía en mi cama, adormilada, la encontré en la oscuridad y me aferré a ella, como usualmente lo hacía. Joe, que al parecer solo podía dormir a medias se dio cuenta y me correspondió, abrazándome. Nuestros cuerpos quedaron entrelazados, incluso mis piernas, cubiertas con el pijama; prácticamente lo envolvían.
Al amanecer, adormilada, me di cuenta que seguía pegada a él, pero al revés. Me tenía abrazada de espaldas, el miembro de Joe estaba duro y presionaba contra mis nalgas. Se sentía tan bien que me restregué contra él. No sé si estaba despierto o medio dormido, pero bajó con suavidad uno de los breteles de mi camisilla y me dio ligeros besos al hombro y cuello, acariciando suavemente mi estómago por arriba de la remera. Desperté con lentitud, sintiendo una calidez inusual, él seguía haciéndome cosquillas en el cuello y el estómago. Era la gloria. Me estremecí y moví ligeramente mi cuerpo para acercarme aún más a esa dureza deliciosa que sentía presionando mis nalgas.
Me atrajo más hacia él, hundió la boca en mi cuello y me besó, presionando con sus manos mis costillas y la base de mis senos. Entre el pijama y mi camisilla encontró un espacio para poder meter las manos y acariciar la piel de mi estómago, mi cintura, mis caderas, lentamente.
—Tienes la piel como si fuera de seda —dijo en un susurro.
La otra mano encontró acceso en el escote de mi remera y se apoderó de uno de mis senos. ¡Oh Dios, que delicia sentirlo! Mi pecho cabía perfectamente en su mano, me susurró palabras bonitas, como que “era suave y el pezón se sentía pequeño y excitado”. Lo acarició con la punta de sus dedos y yo gemí. Él presionó su erección contra mis nalgas y fue moviéndose con lentitud, sin dejar de tocarme en ningún momento, la mano que acariciaba mi estómago fue bajando y subiendo, hasta solo bajar.
Riiiiing, riiiiing. Sonó el teléfono.
Los dos –concentrados como estábamos con las caricias– nos sobresaltamos. Él sacó inmediatamente sus manos de mis escondites secretos y se alejó de mi cuerpo. Sentí que pasaba de estar dentro del fuego de un volcán al hielo polar en dos segundos.
Era el servicio de despertador del motel.
Cuando colgó se quedó sentado en la cama de espaldas a mí, con la cabeza apoyada en sus manos, peinando su cabello. Me senté en cuclillas detrás y lo acaricié sobre la sudadera.
—No tenemos que irnos todavía —susurré metiendo mis manos a la altura de su cintura—, vuelve a la cama, Joe.
—No tengo preservativos —fue su escueta respuesta antes de levantarse como un resorte, meterse al baño y aventar la puerta con fuerza.
Me quedé con las palabras en mi boca: «Acabamos de salir del hospital donde nos hicieron todos los análisis, y… yo tomo la píldora».
Otro día más de hablarnos con monosílabos.
¿De qué servía tener un compañero de viaje si no podías disfrutar de su compañía?
Salimos de Santa Rosa, Nuevo México a media mañana. Cruzamos la punta del Estado de Texas durante el día. A mitad de camino llegamos a Amarillo y vimos sobre la ruta varios vehículos estacionados a un costado y un gran cartel que decía: “Cadillac Ranch”. Me intrigó, así que dejamos las motocicletas en el límite de la propiedad y caminamos hasta la aglomeración de gente, al llegar me di cuenta que no era un rancho propiamente dicho, sino una instalación de arte público y escultura. Me quedé asombrada al ver la exposición, entonces Joe emitió sus únicas palabras hasta ese momento:
—Esto fue creado en 1974 por tres hombres que eran parte del grupo de arte Ant Farm, no recuerdo sus nombres. Utilizaron Cadillacs en desuso encontrados en cementerios de automóviles, representando la evolución de la línea del coche, desde su nacimiento en 1949 hasta su muerte en 1963.
Asentí y me quedé mirando embobada la docena de vehículos semi enterrados de nariz en la arena, en un ángulo de aproximadamente 45 grados. Vi que la gente tenía aerosoles y pintaban sus nombres o hacían grafitis en los coches.
No tengo idea de dónde sacó Joe un aerosol, pero me lo tendió. Dando saltitos de felicidad firmé mi visita en color rojo sangre en uno de los vehículos. Mi compañero de viaje tomó la posta, pintó un corazón encerrando mi nombre y puso el suyo.
Luego se paró a mi lado y observamos el resultado. No lo entendía, menos aun lo que hizo a continuación, subió su brazo y lo pasó por mi hombro apretándome contra su costado. Apoyé mi cabeza en él y disfruté de su contacto. Luego lo miré, él acercó su cara y me dio un dulce beso en los labios, cerré los ojos, atormentada por emociones que me confundían, especialmente por cómo podía despertar mi deseo con tan solo rozarme.
Suspiré y me dejé llevar, le devolví la suave caricia. Y decidí que lo dejaría ir a su ritmo. Había algo que le impedía consumar nuestro deseo –porque estaba segura que el sentimiento era mutuo–, sin presionarlo permitiría que fuera él quien guiara nuestra extraña relación.
Salimos del estado de Texas bastante avanzada la tarde y llegamos a Elk City en Oklahoma cuando empezaba a anochecer, luego de hacer más de 500 kilómetros. Cenamos en la terraza de un pintoresco restaurante sobre nuestra querida Route 66 y luego buscamos alojamiento.
Esta vez nos dieron dos camas, de nuevo.
Día 05
A partir de ese momento se creó una cómoda camaradería entre nosotros.
Yo, a pesar de desearlo, no hacía nada para acercarme a él. Y él, bueno… no hacía nada tampoco. Aunque muchas veces lo pillé mirándome con una expresión extraña, como de anhelo y arrepentimiento a la vez. Algo así como: «¡Oh, Dios… la deseo con toda mi alma, pero no puedo acercarme a ella!» ¿Por qué? Era un misterio para mí.
Salimos de Elk City muy temprano en la mañana, porque a mitad de camino teníamos una parada importante: Oklahoma City. Pensábamos quedarnos allí todo el día, ya que era una ciudad importante y había muchas cosas para ver.
Por supuesto, perdimos el rumbo de la Route 66 varias veces en el día, pero siempre la retomábamos.
Llegamos a nuestro destino a mitad de la mañana, y con la guía turística empezamos a recorrer varios museos y parques que en ella recomendaban, hasta que después de almorzar sentados bajo un árbol en los maravillosos jardines de Will Rogers Park, Joe me pidió que lo acompañara a un lugar.
No me dijo de qué se trataba, pero me sorprendió al ver que el lugar al cual me llevó era la 45th Infantry Division Museum. Me explicó que ese sitio era un homenaje a la Guardia Nacional de Oklahoma de 1920 a 1968, quienes lucharon tanto en la Segunda Guerra Mundial como en la Guerra de Corea.
Caminamos de la mano entre tanques, armas de todo tipo y tamaños, camiones e incluso aviones. De repente me pareció que el lugar estaba un poco saturado de recuerdos tristes. Miré a Joe y lo vi muy serio.
—¿Algún pariente tuyo formaba parte? —pregunté intrigada al ver sus ojos vidriosos, anegados de lágrimas contenidas.
—Algo así, Lady Orange —susurró, levantando mi mano que tenía asida y dándome un beso en el dorso de la palma—. Una persona muy allegada a mí murió cumpliendo su deber con la División 45.
—¿Tu padre? ¿Tu abuelo? —no me respondió, parecía estar en otra dimensión— ¿Tú naciste aquí, Joe? ¿En Oklahoma?
—S-sí, este fue mi hogar hasta los 16 años —dijo suspirando y acariciando uno de los tanques con una delicadeza tal, que parecía estar tocando a un bebé—, ahora ya no tengo a nadie aquí.
—Joe, llévame a conocer la casa donde creciste —murmuré creyendo que visitar su antiguo hogar podría ayudarle a superar… lo que fuera que lo había entristecido.
—No vale la pena, Vale —me miró a los ojos—. Mi hogar a partir de ahora estará en otro lado, y estoy seguro que, en vez de recuerdos tristes, solo tejeré historias maravillosas para recordar.
No pude contenerme, lo abracé y pegué mi mejilla contra su pecho.
Al instante reaccionó cobijándome con sus manos y besando mi pelo.
Él estaba en camino a su nuevo hogar, y yo estaba segura que lo había encontrado… entre sus brazos.
Siempre recordaré ese momento en Oklahoma, el segundo exacto en el que me di cuenta que conocería por fin lo que era el amor. Me estaba enamorando de Joe, y eso era increíble, porque… ¿acaso sabía quién era él en realidad? No. Pero… ¿importaba? No. Porque era como si supiera todo de él.
Salimos de la ciudad a media tarde, y llegamos a Tulsa –siempre en el estado de Oklahoma–, cuando estaba oscureciendo. Decidimos quedarnos allí, Joe compró comida y fuimos hasta la habitación del motel.
Cuando entramos me quedé sorprendida.
Nos miramos y sonreímos.
Yo no lo había pedido, pero hubiera querido hacerlo. Él no me preguntó, pero lo hizo: solicitó una suite matrimonial.
Día 06
Dormí toda la noche en sus brazos.
Y fue la gloria, a pesar de que ambos estábamos totalmente vestidos con pantalones de jogging y sudaderas. Nos acostamos realmente cansados, así que luego de cenar nos dimos un par de besos, nada sexual pero sí muy tierno. Y nos dormimos.
El problema surgió de nuevo en la mañana, cuando él estaba descansado y en todo su esplendor. Sentí su erección contra mis glúteos y otra cosa, sus manos… cubriendo mis pechos por sobre la sudadera. Mi corazón empezó a latir desenfrenado y mi libido se disparó a la décima potencia.
Me volteé despacio, me pegué a su cuerpo y escondí mi cabeza en su cuello, acariciándolo con mi nariz mientras metía las manos debajo de su sudadera y rozaba su espalda con mis uñas. Joe gimió suavecito y me apretó fuerte, todavía medio dormido. Levanté mi pierna y la enredé en su cintura, para que su erección se acomodara… donde debía estar.
—Lady Orange —susurró en mi oído.
—Jo-eee —balbuceé.
Estuvimos así durante un largo rato, solo disfrutando de nuestra proximidad, hasta que yo, cansada de desearlo, le pregunté:
—Me abrazas para complacerme, ¿no? —suspiré— Pero realmente no te gusto, no me deseas. Joe, no necesito tu compas…
—¿Qué mierda dices, Valeria? —me asusté por su reacción. Me tomó la cara con ambas manos y me hizo mirarlo— ¿Acaso no ves lo duro que estoy por ti? —movió su pelvis para que lo sintiera, yo gemí— ¿No te das cuenta de mi lucha por hacer lo correcto?
—¿Lo correcto? —no lo entendí— ¿Te parece correcto dejarme con las ganas? ¿Es que no significo nada para ti?
Me miró como si le hubiera dicho una grosería.
—Mi preciosa. Tú… —tragó saliva— tú… eres… mi… eternidad.
Lo dijo tan lento y con tanta solemnidad, que parecía estar prestando un juramento. Me emocioné hasta casi las lágrimas.
—Ohhh Joe, eso fue… fue… supremo.
—Séllate a mí —pidió en un susurro.
—¿Eehh? —no entendí. ¿Sellarme? ¿De qué planeta venía? Lo tomé por el lado más literal— ¡Sí, sí, síííí, sellémonos, unámonos, lo quiero todo! Todo…
Él empezó a reír.
¿Qué mierda le pasaba?
—No estás preparada —suspiró largo y tendido.
—¡Lo estoy, te lo juro! Solo tócame y verás… estoy tan mojada que temo traspase mis pantalones de chándal —y llevé su mano hasta mi entrepierna.
Él rio más fuerte. No lo comprendía, y ya me estaba hartando.
—Te daré… —se sentó en cuclillas a mi lado— mejor dicho, nos daré… —se sacó la sudadera, se me hizo agua en la boca al ver su esculpido torso desnudo— una gratificación momentánea, pero solo eso —terminó despojándose del pantalón.
Ohhhh, ¡era un dios griego! Pero con una… mmm, espada mucho más potente.
Parecía una tonta mirándolo embobada, pero Joe no dejó que hiciera ese papel por mucho tiempo. A los diez segundos estaba yo tan desnuda como él, que se ubicó entre mis piernas abiertas y me miraba como si fuera un objeto precioso, pero a la vez como si quisiera devorarme.
Y sin aviso alguno, metió un dedo entre mis labios vaginales completamente depilados, deslizándolo por mis pliegues calientes y ansiosos de sus caricias.
—¡Oh, Dios Santo, estás tan mojada! Chorreas tu deliciosa crema… ¡sí que estás preparada! —quise decirle “te lo dije” pero solo un gemido lastimero salió de mi garganta mientras él esparcía mis fluidos por todo mi coño.
Luego introdujo suavemente el dedo medio acariciando mi clítoris con el pulgar, observando mis reacciones. Lo sacó despacio y volvió a introducirlo un poco más.
—Joe… ohhh —me quejé cerrando los ojos.
—Mírame, Lady Orange… no desvíes tu vista. Mírame a los ojos —y movió el intruso dedo metiéndolo y sacándolo con más ímpetu— ¿cómo lo sientes?
No podía hablar. Solo gemí, y él notó por el susurro que lo sentía delicioso.
—Mírame, mi preciosa —dijo al ver que mis ojos se cerraban.
—No puedo, mis ojos me pesan… —dije en un murmullo.
—Bien —dijo, e introdujo suavemente otro dedo… luego otro más.
—¡¡¡Ohhhh!!! —grité estremeciéndome, y él me calló con un beso profundo, mientras sus dedos seguían obrando maravillas en mi coño— Joe… se siente tan bien —dije contra sus labios.
—Y lo sentirás mejor aún —asentí con la cabeza y los ojos cerrados, disfrutando de su toque, de las embestidas constantes de sus dedos, que entraban y salían de mi centro con una facilidad espantosa, producto de lo empapada que estaba.
Joe gimió descontrolado, y volteó hacia mi entrepierna, reemplazando los dedos por sus labios, besando mis pliegues despacio, saboreando sin prisas, dibujó con la boca el contorno de mi sexo mientras yo gritaba de placer y luego suspiraba.
Mi sabor lo volvió loco de deseo, me lo dijo. Pero sentí que luchaba por controlar las ganas que tenía de poseerme como un animal salvaje. Me separó los labios con los pulgares para que su lengua voraz pudiera deslizarse más en mi interior. Y mientras él me lamía y saboreaba, yo me movía para acercarme más a él, gimiendo de frustración porque todavía no me había devorado por completo.
―¡Oh, Joe! ―exclamé fascinada.
―Eres tan dulce ―dijo él, separándome más las piernas. Ahora ya no había barreras, y mi sabor impregnaba su lengua. Me levantó las nalgas.
Entonces lo sorprendí. Pasé las uñas por su miembro y este se tensó más, él abrió un poco las piernas, como invitándome a que continuara. Tomé su ya rígida cresta palpitante en mis manos y la acaricié suavemente, sintiéndola sedosa en mis manos.
—Continúa, Vale… me gusta lo que estás haciendo —dijo concentrándose por un momento en mi toque.
Y volví a acariciarlo tímidamente, porque no había hecho esto muchas veces, y sentía que cada poro de mi cuerpo estaba sonrojado. Él sonrió y me dio indicaciones:
—Bésalo, necesita tus labios —lo hice, mientras él se estremecía—, mételo en tu boca, usa tu lengua, Lady Orange—. Obedecí cada una de sus indicaciones, mientras él gozaba y movía las caderas, descontrolado.
Y me sorprendí cuando él, poseído por el deseo, nos acomodó de costado y mientras yo seguía dándole placer con mi boca, lengua y dientes, Joe volvió a hundir la cara entre mis pliegues y me ceñí en torno a su boca como un guante, él se quedó sin aliento. Le di la bienvenida a mi templo y lo acogí en él, liberando mis fluidos para que los bebiera. Y ya no hubo nada parecido al control, ninguna clase de contención una vez que los dos soltamos las riendas. Solo existíamos él y yo, y el violento placer que nos atravesaba buscando la liberación.
A través de la tempestad de sus pasiones, a través del salvaje y turbulento movimiento de nuestras lenguas, solo fui consciente de las sensaciones que me asaltaban y abrumaban la mente grabándose a fuego en mi conciencia. A pesar del calor y del placer suplicante que provocaban nuestras bocas besando nuestras partes íntimas, a pesar de la poderosa urgencia que me hacía inclinar las caderas para que me lamiera más profundamente, que me impulsaba a arquear la espalda instándole con desesperación a que me besara con más fuerza, el único elemento que brillaba a través del velo de la pasión era el deseo que al parecer él sentía por mí. Igual de profundo, poderoso y exigente que mi deseo por él.
Luego el resplandor se hizo más intenso y llameó al tiempo que con un gemido gutural él se tensó entre mis brazos que ceñían sus piernas. Sentí que el éxtasis lo envolvió, su simiente inundó mi boca y bebí de él hasta la última gota. Él hizo lo mismo, sintió mis convulsiones y siguió con la exploración de su lengua, me elevó hasta el infinito y me dejó caer, dejándome las piernas laxas, eliminando hasta la última pizca de tensión.
Nos tendimos de espaldas, exhaustos, todavía gimiendo por el poderoso placer que nos envolvía. Luego volteó y se prendió a uno de mis senos, chupándome el pezón con ansias. Yo grité y protesté en broma. Él se rio.
—Eres un genio, Joe —dije convencida en un susurro.
—Lo sé —contestó riendo a carcajadas.
—Deberíamos quedarnos aquí una semana entera —propuse feliz.
—Sería maravilloso, pero yo no puedo —suspiró—. Tengo que estar en Chicago pasado mañana a más tardar. Se me acaba el tiempo —anunció enigmático.
No lo entendí, pero bueno… él era un misterio en todos los sentidos. No me cuestioné demasiado porque en ese momento estaba saciada y feliz, así que nos quedamos retozando en la cama hasta cerca de la hora en que debíamos dejar la habitación. Nos bañamos juntos, nos vestimos y decidimos hacer un desayuno tardío, tipo almuerzo.
Luego emprendimos viaje desde Tulsa, saliendo del estado de Oklahoma hasta llegar a Springfield, en el estado de Missouri, hicimos menos de 300 kilómetros con algunas paradas para conocer sitios interesantes y otras desviaciones para seguir la ruta original, pero la verdad era que yo solo quería una cama, y su cuerpo calentito a mi lado.
Día 07
Solo nos separábamos cuando montábamos las motos.
El resto del tiempo siempre estábamos pegados el uno al otro, de la mano o besándonos. ¡Oh, por favor! Cualquiera que nos viera diría: ¡me dan asco, búsquense una cama! Pero a mí no me importaba, me encantaba que me mimara y al parecer a él también le gustaba que yo lo hiciera.
Y eso era lo único importante.
Esa mañana al despertarme él ya estaba bañado, así que me di una ducha sola mientras Joe buscaba el desayuno. Luego recorrimos un poco Springfield y nos resultó gracioso que en muchos lugares de la ciudad – por no decir casi toda–, había referencias sobre la serie animada Los Simpson, a pesar de que los creadores siempre se mostraron evasivos a confirmar esa teoría y no existen coordenadas ni referencias geográficas que avalen lo que los seguidores establecieron como realidad, habiendo otras ciudades con el mismo nombre en los Estados Unidos.
El paisaje durante el trayecto ya no era árido como en los estados que habíamos pasado, existía poca distancia entre los pueblos o las ciudades que pasábamos, y se veía mucho verde, mucha vegetación. Un panorama completamente diferente y dinámico que hacía juego con nuestro espíritu actual.
Nos detuvimos a comprar el almuerzo y a cargar combustible en Lebanon, una ciudad ubicada en el condado de Laclede, siempre en Missouri. Luego volvimos dos kilómetros atrás, hasta un hermoso puente de piedra que a Joe le gustó y bajamos hasta la ribera del arroyo a almorzar, cobijados del sol por el abrigo del puente y los árboles que nos rodeaban. A él le gustaba el aire libre, eso era categórico.
Y allí, en medio de la naturaleza nos recostamos entre el pasto y las piedras y nos besamos. Yo no pensaba traspasar los límites que el decoro me imponía, pero al parecer a Joe no le importaba que a escasos seis metros arriba de nosotros la popular ruta siguiera recibiendo conductores en sus dos sentidos.
—¡Joe! —grité desesperada cuando me bajó el vaquero hasta las pantorrillas y se ubicó entre mis piernas— ¡La Route 66 está arriba, pueden vernos!
—Nadie nos verá, créeme Lady Orange —dijo inspeccionando atentamente mis pliegues abiertos—, y a partir de ahora creo que nosotros deberíamos cambiarle de nombre —anunció.
—¿Cambiarle de nombre? —no entendí.
—Sí, será la Route 69 para nosotros —y zambulló su boca en mi coño.
Pegué un grito tan fuerte que retumbó en el paisaje circundante, luego respiré agitada mientras lo miraba succionarme. Parece un perro, pensé. Sí, un perro con su más delicioso hueso.
Y me volteé para hacer honor al bautismo del nuevo nombre de la vieja ruta.
¡Oh, dulce explosión!
Llegamos a San Luis, todavía en Missouri cuando estaba anocheciendo luego de conducir cerca de 350 kilómetros. Decidimos quedarnos allí ya que a ninguno de los dos nos gustaba manejar por la noche.
Recorrimos un poco de la ciudad y luego cenamos acostados y acurrucados en la cama –matrimonial, por supuesto– del motel viendo una película que no me enteré de casi nada, porque apenas comenzó me quedé dormida.
Día 08
Estábamos en el límite del estado de Missouri.
Cuando lo cruzáramos ya estaríamos en el estado de Illinois, y de allí a Chicago solo era cuestión de horas. Estaba nerviosa.
No solo porque por fin volvía a mis orígenes y vería a mi Nanny, sino porque mi tiempo con Joe llegaba a su fin. No sabía qué pasaría con nosotros, ni siquiera sabía si él se quedaría allí o volvería a California. Temía hacer preguntas.
Esa mañana volvimos a toquetearnos en la cama, desnudos, hambrientos de descubrir cada secreto de nuestros cuerpos. Pero como las veces anteriores, no pasó de sexo oral. Era genial, porque para mí no había mejor forma de llegar al orgasmo que esa, la penetración era algo que nunca llegó a satisfacerme del todo. Pero necesitaba sentirlo dentro de mí, quería esa conexión.
Salimos de San Luis recién después de almorzar y cruzamos la frontera de los estados inmediatamente. Bien, ya estábamos en Illinois. Sentí que me faltaba el aire.
La moto de Joe tuvo un problema a mitad de camino, por suerte las poblaciones se sucedían una tras otra, y él conocía de mecánica, así que pudo conseguir el repuesto que necesitaba mientras yo me quedaba a cuidar nuestros rodados.
Llegamos al límite de Chicago cuando estaba oscureciendo. En Countryside, una ciudad ubicada en el condado de Cook vimos un hermoso motel sobre la ruta. Decidimos quedarnos allí, pensamos que sería mejor entrar a Chicago al día siguiente, durante el día, para no perdernos.
Excusa barata. Él conocía Chicago, y yo… tenía un mapa. La realidad era que quería estar con él esa última noche, en sus brazos. No sabía si habría otras.
Nos bañamos juntos, besándonos y acariciándonos.
Cuando llegamos al borde de la cama, secándonos con las toallas, los dos estábamos con la respiración entrecortada y el corazón palpitando descontrolado.
—Vale, mi preciosa, mi Lady Orange —susurró contra mi boca antes de tomar posesión de mis labios, lamerlos, morderlos, chuparlos y meter su lengua para saborearme entera.
—Joe… no me dejes —rogué sosteniéndome de su cuello.
Y caímos en la cama abrazados, él encima de mí.
—¿Por qué crees que voy a dejarte? —preguntó intrigado levantando su torso y mirándome sostenido por sus antebrazos.
—No lo sé, por eso te lo pido…
—¿No fui claro? —puso los ojos en blanco. Sonreí— Tú eres mi eternidad. Te lo dije, estoy sellado a ti, Valeria.
—¿Eh? —otra vez con sus cosas raras— ¿Acaso eres mormón o algo así? —y acaricié su pecho cubierto de pelusas negras.
—No lo soy —respondió riendo a carcajadas—. Tú y tus conclusiones extrañas.
—Más extraño eres tú y…
No me dejó continuar, simplemente me selló la boca con un beso.
Y mis sentidos no tuvieron piedad. Deseaban más. Más de él, del suave y exquisito refugio de su boca, de sus labios maleables y seductores. De su cuerpo, que se pegó decidido al mío, mucho más suave. No sabía qué tenía Joe en mente, pero con mis labios sobre los suyos, su boca entregada, su lengua batiéndose en un duelo cada vez más ardiente con la mía, dejó de importarme. Ya me preocuparía más tarde, porque en ese momento... lo único que podía hacer, lo único que pude obligar a hacer a mi cuerpo y a mis sentidos fue entregarme.
Dejé que se pegara más a mí y lo abracé con fuerza. Sentí cómo su cuerpo se endurecía contra el mío, noté lo que yo le provocaba, la respuesta que mi cuerpo le causaba; y me lo dijo:
—Tienes un cuerpo delicado, lleno de curvas y descaradamente tentador, toda tú eres suavidad y calor femenino. Me vuelves loco, Lady Orange.
Y besó y amasó mis senos, esta vez no con suavidad, como había hecho antes, sino que lo reclamó posesivamente. Jadeé y me aferré a él, pero no vaciló ni una sola vez. Sus labios fueron fieles, exigiendo lo que le pertenecía. No sentía miedo, ni dudas. Estaba decidida, cautivada. Me sentía enganchada, totalmente fascinada. Joe volvió a mi boca y profundizó el beso, mientras seguía tocando y acariciando. Sentí cómo las llamas empezaban a arder en mi interior, cómo aumentaba mi deseo, cómo se extendía lánguida y ávidamente, sin control alguno.
—Joe, te necesito dentro de mí —supliqué moviendo la pelvis contra su potente erección—, no puedo más.
—Séllate a mí, Valeria… ¡hazlo!
—No en-entien-do —balbuceé— ¿Có-cómo?
—Te lo dije, tú también debes decirlo…
—¡Pero… ¿q-qué?! —pregunté desesperada. En todas las líneas de mi rostro debía estar grabada una sensual súplica; la urgencia impulsaba a mi cuerpo inquieto, que se movía deseoso, intentando atraerlo hacia mi interior. Y recordé sus palabras: «Tú eres mi eternidad. Te lo dije, estoy sellado a ti»—. Jo-Joe…
—¿Sí, mi amor? —separó su torso y me miró fijo.
—Tú… eres… mi… eternidad —susurré de la misma forma solemne que él me lo había dicho la primera vez.
—Oh, nena… lo soy —aceptó.
Y de una sola estocada, lo tuve dentro.
Grité y arqueé la espalda cuando se hundió en mi interior, sintiendo un glorioso y ondulante alivio cuando me penetró por completo. Y me hizo volar de nuevo, continuar. Cada roce en mi interior me elevaba más. Y no aguanté mucho, sin previo aviso exploté aferrándome a él, sollozando. Y cuando creía que ya no podía más… noté que se tensaba y volví a alcanzar el éxtasis con él al sentir su última y poderosa embestida. Luego nos quebramos, nos hicimos pedazos y nos vimos arrastrados al vacío, al sublime calor de nuestra unión, a aquel momento en que todas las barreras caían y solo quedábamos los dos unidos en una desnuda honestidad, envueltos en aquella poderosa realidad.
Con el pecho agitado, el corazón atronando y el calor recorriéndonos bajo la piel, nos detuvimos, aguardando íntimamente unidos a la espera de que aquella gloria desapareciera. Nos miramos, pero ninguno se movió.
Levanté una mano y acaricié su mejilla. Estudié sus ojos, asombrada. Había más que amor en ellos. Noté devoción, y una promesa implícita de entrega absoluta y eterna.
—Ya nada puede separarnos —susurró él.
Sonreí complacida asintiendo, mientras mis ojos se cerraban.
El destino final…
—Estamos a 75 kilómetros de nuestra meta —dije cuando subimos a nuestras motos a la mañana siguiente.
—Jackson Boulevard y Michigan Avenue… ¡allá vamos! —anunció Joe encendiendo la suya.
Hacia esa dirección nos dirigíamos, era el final de la Route 66, o el inicio en realidad porque al llegar –más de una hora después– vimos el cartel que anunciaba: «BEGIN» en una calle angosta entre dos enormes edificios.
Bajamos de las motos y toqué el poste del letrero con reverencia.
—Lo hicimos, Joe —susurré.
—Lo lograste, Lady Orange… cumpliste tu sueño —dijo abrazándome.
Me sentía extraña, eufórica y nostálgica a la vez. Eufórica porque había cumplido uno de mis objetivos, pero nostálgica porque sentía un vacío, como si tuviera que hacer una lista de metas a cumplir para llenar el espacio dejado por esta.
—No te deprimas, tendremos muchos retos en el futuro… juntos, mi amor —susurró él como adivinando mi estado de ánimo—. ¿Y ahora… dónde?
—Primero vamos a saludar a mi madre —lo miré, creí ver un brillo inusual detrás de él, o no fue detrás—. Joe, tus manos… ¿q-qué…?
Se puso el guante de inmediato.
—Bien, al cementerio entonces —dijo interrumpiéndome y subió a la moto sin darme explicaciones. Fruncí el ceño y lo seguí.
El Mount Carmel era un cementerio católico que se encontraba en Hillside, un suburbio de Chicago. Allí fue enterrada mi madre, y luego de once años por fin volvería a revivir ese fatídico día.
Al mediodía ya estábamos allí, dejamos las motocicletas afuera y nos adentramos en el cementerio. Creí que sería duro para mí volver, pero el lugar era tan hermoso, tan lleno de naturaleza, tan verde y pleno de flores, que en vez de sentir nostalgia o tristeza, me llené de una paz muy grande. No recordaba el lugar exacto donde estaba enterrada mi madre, pero al parecer mis pies tenían memoria, porque sin querer, nos encontramos frente a su lápida sin tener que buscar mucho.
Me senté en cuclillas enfrente y dejé a los pies de la tumba las flores que Joe había comprado al llegar. Una lágrima solitaria cayó de mis mejillas. La había llorado mucho en su momento, su recuerdo ya no dolía, solo añoraba su presencia física, porque nunca dejé de sentirla a mi lado, a cada paso de mi camino. Se lo dije, puse mis pensamientos en palabras mientras Joe se mantenía a cierta distancia, esperando.
Y entonces la vi, vi a mi Nanny caminando despacio hacia donde yo me encontraba. ¡Oh, por Dios! No había cambiado nada, estaba igual de hermosa que como la recordaba, pequeña, delgada y con las sienes canosas, incluso más que antes. De seguro ella jamás me reconocería, yo sí había cambiado. Ya no era la niña que recordaba, era toda una mujer.
Me quedé embobada mirándola acercarse, y luego me sorprendió, porque en vez de llegar hasta la tumba de mi madre, se postró en otra que estaba dos lápidas antes. La noté triste. Al rato lloró, me desesperé porque no podía simplemente abrazarla y consolarla… ¡ella no sabía quién era yo!
—¿Nanny? —susurré levantándome. No me escuchó, me acerqué— ¿Nanny? —pregunté de nuevo, hasta dudaba que fuera ella porque no me hacía caso —Nanny, soy yo… Valeria —dije ya a su lado. ¿Estaría sorda? No me escuchaba—. Nanny… —y toqué su hombro. No sentí el tejido de su saco de hilo. ¿Qué pasaba?
—Tu abuela no puede verte ni sentir tu toque, Valeria —dijo Joe a mis espaldas.
—¿Q-qué di-dices? —balbuceé asustada.
—Mira la lápida donde dejó las flores —me instó.
Me acerqué y leí la inscripción: «Valeria O'Higgins / 1993 – 2016».
—¡Oh, Jo-Joe…! —susurré sin poder procesar la realidad.
—No sobreviviste al accidente y el último deseo de tu abuela fue que fueras enterrada al lado de tu madre, tu padre cumplió con su pedido, tu cuerpo está aquí hace diez días. Yo traje tu espíritu, tenías asuntos pendientes y los cumplimos.
—¿Recorrer la Route 66? —pregunté.
—Eso, ver por última vez a tu abuela y… enamorarte. Podías vagar años en el purgatorio sin saber lo que debías hacer para ascender, tu madre te está esperando. Y yo, yo te espero desde hace diez vidas y setenta y cinco años, Valeria.
—No entiendo —estaba tan desolada y aturdida que mi cabeza no procesaba nada.
De repente vi que mi Nanny se levantó. Caminó hasta la tumba de mi madre y dejó allí el resto de las flores. Sentí un amor muy grande por esa anciana hermosa, y no sé cómo, pero sabía que muy pronto se reuniría conmigo de nuevo. Volvió sus pasos y susurró emocionada:
—Hasta pronto, Vale… mi niña.
—Hasta luego, Nanny —me despedí muy bajito.
Y sollocé al verla caminar despacio hacia la salida.
—No estés triste, mi amor —dijo Joe abrazándome—. Volverás a encontrarte con el espíritu de tu Nanny pronto. Nos espera la vida eterna, nos la ganamos. Vivimos diez vidas cruzándonos permanentemente, esta es la última tuya, la mía fue hace setenta y cinco años, que es lo que llevo esperándote.
—¿Llevas es-esperándome? Oh. Ese diario…
—No lo escribió tu madre, tú lo hiciste con tus pensamientos y yo lo puse ahí. Sabía lo que te pasaría, ella y yo conocíamos tu destino; cuando la trajeron aquí ascendimos juntos y me pidió que te buscara y te ayudara a llegar a ella. Solo podemos descender una vez al año por veinte días cercanos al Día de los Difuntos. Hoy es mi último día.
—¡Oh, Santo Cielos! ¡Estoy muerta! —dije de repente.
Joe sonrió.
—¿Cómo puedes reír? —pregunté enfadada.
—Esta es la verdadera vida, Vale… la eternidad —se sacó los guantes.
—Joe, es-estás… estás brillando y… poniéndote trans… transparente —susurré.
—Tú también, mi amor. Ven —y me pasó la mano—. Es hora de ascender, tu madre nos espera.
—Tú eres J.M., ¿no? —pregunté atando cabos y dándole la mano.
Y él me indicó la lápida entre mi madre y yo.
Joe Manuel (J.M.) Schmidt
Magnífico soldado, mejor hijo.
1915 - 1941.