¿amigos o qué? (spanish)
Hacía casi un año que había abierto el parador sobre la ruta a insistencia de mi hijo, que tenía una granja y criadero de tilapias. Él quería que se vendieran sus productos diariamente, así la manutención de los animales se pagaba sola y las producciones anuales de los pescados y otros animales eran ganancias netas. Me lo propuso y acepté, me gustó la idea de mudarme a un lugar alejado de la capital donde pudiera estar tranquila y hacer lo que quisiera.
Como había invertido con él en la granja y soy diseñadora de interiores, fue sencillo para mí. Alquilamos un terreno vacío sobre la ruta, traje tres contenedores viejos, mandé ubicar dos en el suelo, y otro apoyado sobre ambos, quedando como una versión posmoderna de la típica construcción rural paraguaya llamada Culáta jovái. El segundo piso lo acondicioné como vivienda con terraza y jacuzzi y los dos de planta baja como la zona pública, uno era el comedor y venta de los productos el otro la venta de muebles de palets que trasladé desde mi local de la capital. Ambos estaban unidos por la zona techada del contenedor de arriba, creando un hermoso espacio de expansión entre medio, con circulación de aire y un jardín detrás.
Ese jardín no eran más que enormes planteras que creaban como un muro de separación entre el espacio público y mi patio privado, donde estaba el garaje y la escalera de acceso a mi loft arriba.
Mi hijo vivía en su granja, a unos cinco kilómetros de donde habíamos puesto el parador, ubicación ideal para que cualquiera que saliera o llegara a la capital pasara por allí, ya que quedaba a unos setenta kilómetros de Asunción, pasando un poco la ciudad de Caacupé, donde estaba la famosa basílica de la Virgen del mismo nombre.
Era un día cualquiera al mediodía. Había gente comprando los productos y el comedor estaba casi lleno, pero mi mirada no podía dejar de vagar hacia la mesa en la que el apuesto exmarine de los Estados Unidos estaba almorzando. Suspiré y dejé de limpiar la impecable mesada de la barra de atención al público para apoyarme sobre el mueble detrás y observarlo mejor.
¿Qué iba a hacer con él?
Hacía años yo decidí que mi época de conquistas había terminado. Empecé a salir con hombres desde los dieciséis años, viví intensamente y tuve más decepciones que pelo en mi cabeza, además… un hijo a los veintiséis años producto de una de esas joyas que se cruzaron en mi vida. Mi fe en los hombres siguió intacta, yo seguí disfrutando de mi vida de soltera y criando a mi niño, hasta que llegó a mi puerta el amor a mis treinta y seis años –parece que todo en mi vida ocurre cuando hay un “seis” de por medio–. Fue allí que mi mundo se volteó, hizo un crack y cuando me di cuenta que los dos años y medio invertidos en él solo fueron una mentira, lo dejé… como muchas veces en mi vida, cerré el capítulo y no lo volví a abrir.
Pero me quedaron profundas secuelas, y nunca más pude confiar en otro hombre. Bueno, nunca más “quise” confiar en ninguno. A mis casi cuarenta años decidí un “hasta aquí llego, no más mentirosos en mi vida”, y de eso ya pasaron seis años… ¡seis, qué raro! Pero me mantuve firme y feliz. Para mí la clave era amarse a una misma, si una estaba bien consigo no podía aburrirse.
Yo disfrutaba realmente de mi soledad, no era una patraña inventada para hacerme sentir mejor. Me gustaba caminar, leer, escribir y navegar en internet, así que era fácil ocupar mi tiempo libre. Y además, tenía un perfecto ayudante para paliar mis momentos de debilidad, dos en realidad. Luego los lavaba y los guardaba, no ocupaban espacio en mi cama, no roncaban ni molestaban… ¿acaso podían ser más perfectos?
Pero ese hombre… –volví a mirarlo– estaba quebrando mis muros con su ternura.
¡No, Rossi, no! Me dije a mi misma, y negué con la cabeza, desesperada. Tiré el trapo que tenía en la mano sobre la mesada y bufando me dirigí hacia la cocina para salir a mi patio privado.
Me molestaba sentirme así, fueron demasiados años haciendo lo que quería, cuando quería, como quería. Y que un hombre se metiera de nuevo en mi vida para adaptarme a sus manías, no me agradaba la idea, para nada.
Todo empezó un año atrás, cuando me mudé aquí. Una semana después de abrir el comedor me di cuenta que teníamos un cliente regular y le pregunté a una de las chicas que había contratado como ayudante si lo conocía. Por supuesto, como vivíamos en una ciudad pequeña, y teniendo en cuenta lo de “pueblo chico, infierno grande”, sabía todo:
—Mmmm, sí —dijo pícara —: Es el Coronel Clooney, se mudó aquí hace unos cinco años. Un buen hombre, reservado pero simpático. No habla muy bien español, aunque no lo creas aprendió mejor el guaraní. Vive cerca de aquí, a dos cuadras detrás de este local, tiene un vivero. Cultiva flores… ¿y qué más? Ahhh, hace honor a su oficio —rio bajito —, es un picaflor.
Mi alarma se encendió inmediatamente, dejando un dato en mi chip: «huye».
—¿Un picaflor? —lo miré— Es apuesto… para su edad —dije encogiéndome de hombros—. Pero ¿acaso hay tantas mujeres que se presten a sus juegos?
¿Apuesto? ¡Era un adonis! Debía tener más de cincuenta años, pero su físico era envidiable, hasta las canas en sus sienes y las arrugas en sus ojos le quedaban bien. Tenía el cabello largo hasta el hombro y unos rizos adorables en un pelo color miel que casi siempre llevaba atado en una coleta. Era muy alto, mucho más que yo –que no era nada baja– y sus ojos eran de un intenso color azul grisáceo.
—Te sorprenderías, Rossi —respondió Lulú, mi ayudante—. Él les presta atención a todas, es muy atento y caballeroso, pero en todo el tiempo que lo conozco no supe de ninguna que haya tenido una relación seria con el “Coronel Clú”, como lo llaman por aquí. Es tremendamente reservado, ni siquiera tiene empleada doméstica, por eso almuerza aquí, y si te fijas, siempre lleva alguna minuta para la cena. A veces incluso vuelve a la noche.
—Eso es bueno, ya tenemos un cliente regular.
Y ese fue el primer atisbo que tuve del Coronel Clú, hasta el día siguiente en que faltó uno de los chicos que servían la mesa y le acerqué su comida al susodicho.
—Buenas tardes, bella dama —saludó pasándome la mano, se la estreché con una sonrisa amable. Tenía un marcado acento extranjero—. Soy el Coronel Harry Clooney, exmarine de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos.
—Buenas tardes, Coronel. Yo soy…
—Sé quién eres —interrumpió, tuteándome—. Tienes los nombres de mis flores preferidas… rose and daisy. Un placer conocerte, Rosa Margarita Labadie —no soltaba mi mano—. Estaba esperando que alguien nos presentara, pero parece que tendremos que ser más informales.
—Bueno, bienvenido a mi modesto comedor —estiré mi mano, molesta—. Espero que disfrute de su almuerzo, Coronel —di media vuelta y lo dejé almorzando solo.
A partir de ese día una incómoda camaradería se instauró entre nosotros. Él intentaba acercarse y yo me alejaba, algo así como cuando tratas de unir dos imanes con la misma carga. Un par de veces cuando había poca gente en el comedor accedí a sentarme a conversar con él un momento, y en realidad descubrí que era muy agradable, pero le costaba mucho expresarse en español, y yo no hablaba guaraní, pero había vivido en Massachusetts durante los dos años en los que hice mi posgrado allí, así que decidí ayudarlo y conversar en su idioma, de paso practicaba mi inglés.
Eso lo puso sumamente contento y creó un lazo entre nosotros.
Por lo menos tres veces por semana me traía flores de su vivero, aunque fuera una rosa. Y cuando descubrió que había menos gente a la noche empezó a venir a cenar también Yo me sentaba en el sofá de palet de la mueblería y cenaba allí, él traía su plato y se sentaba a cenar conmigo.
Descubrí muchas cosas de él en esos primeros meses, como que nació en Chicago, pero su padre era militar, así que recorrió casi todos los Estados Unidos hasta su adolescencia en la que decidió asentarse con su abuela. Cuando terminó el colegio emuló a su padre; entró directo a la carrera militar y empezó a viajar por el mundo. Nunca se había casado. Me contó anécdotas de todo tipo, pero incluso así sentía que ponía un muro invisible a una parte de su vida: la de marine. Cuando le pregunté sobre eso, solo dijo:
—Mi preciosa flor, no es algo de lo que me guste hablar —cerró los ojos, como angustiado—. Fueron años oscuros, llenos de muertes, miseria, frío, enfermedades, de verdad no quiero recordarlo. Me dieron de baja siete años atrás, cuando estaba en Irak y mi pelotón fue bombardeado, casi todos murieron, yo hubiera deseado morir con ellos, pero… aunque estuve mal herido y al borde la muerte, volví a la vida. Parece ser que todavía tengo una misión aquí, aunque no sepa cuál es.
Sentí tanta pena al ver sus ojos anegados de lágrimas, que tomé su mano.
Él sonrió y me la estrechó.
—Quizás tú seas mi propósito —besó la palma de mi mano. Sentí un escalofrío recorrer mi brazo y expandirse por todo mi cuerpo—, quizás… Dios quiera que derrita la coraza que llevas alrededor de tu corazón, por eso me trajo hasta este lugar tan lejano.
—En realidad… ¿cómo llegaste aquí? —retiré mi mano y cambié el escabroso tema.
Ya llevábamos seis meses de conocernos… –¡seis, qué raro!– cuando Lucas, uno de los chicos que trabajaban para mí, tuvo un accidente en moto realizando un delivery para mi negocio. Era de noche, y Harry estaba cenando conmigo en la mueblería. Me tomó de la mano y corrimos hacia su vehículo. Fuimos directo al hospital y me encargué de cubrir cualquier necesidad que tuviera el joven. Harry se limitó a apoyarme en todo momento, era maravilloso sentir que tenía un brazo al cual asirme si perdía el equilibrio.
Se sentó a mi lado en la sala de espera y me abrazó. Increíblemente sumisa, apoyé mi cabeza en su hombro y esperamos que terminara la operación asidos de la mano.
Ya eran más de las tres de la mañana cuando me dejó en la puerta de mi… loft-contenedor.
—Gracias por acompañarme, Harry —dije cuando bajé de su camioneta—, aprecio mucho a Lucas y me hubiera sentido mucho más nerviosa si no hubieras estado a mi lado, fuiste un gran apoyo para mí y para su familia.
—Estaré cuando necesites, mi Rosa —se acercó, tomó un mechón de mi cabello, lo acercó a su cara y aspiró una bocanada de aire, suspirando. Luego me acarició la cabeza.
Casi me derrito, y en ese momento me olvidé de todos mis propósitos de alejarme de él. Harry cerró la puerta y se apoyó suavemente en mí, presionándome contra su vehículo, bajó lentamente las manos de mi cabeza, acarició mis brazos, sin dejar de mirarme en ningún momento. Entrelazó sus dedos con los míos y apoyó su frente en la mía, haciendo que su nariz me acariciara.
Mientras me besaba suavemente un ojo, luego otro, podía sentir su aliento caliente y solo era consciente de su fuerte cuerpo apoyado en el mío. Deseaba poder tocarlo, pero era tan agradable sentir sus dedos entrelazados, tan íntimo, que permanecí quieta, esperando algún otro movimiento de su parte.
Subió mis manos hasta su pecho y las apoyó allí, cubriéndolas con una de las suyas, mientras la otra me subía la barbilla para que lo mirase.
—Eres tan hermosa, mi Rose —dijo suavemente.
Y acercó lentamente su boca a la mía. Yo estaba a punto de explotar. Con el aliento entrecortado, esperé impaciente un apasionado beso… que nunca llegó. Él solo apoyó los labios en la comisura de los míos y me dio un dulce beso de despedida.
—Que descanses, mi bella flor —dijo a modo de despedida.
¡A la mierda, Harry! Me dejó allí, temblorosa y deseosa de más. Una táctica espectacular de su parte. Podía haber hecho lo que quisiera en ese momento, no se lo hubiera impedido. Sin embargo, se retiró sin saciar nuestro apetito.
Y a pesar de que desde un principio le dejé claro que no quería una relación, las cosas cambiaron ligeramente a partir de ese momento. Casi sin darnos cuenta, la relación mutó, y no solo de forma, también se trasladó de ambiente. Venía más tarde a la noche y cuando yo cerraba el local, nos sentábamos en la hamaca de mi jardín privado a conversar… y besarnos.
Pues sí… ¡ya me besaba!
Y sus besos eran increíblemente dulces, extrañamente platónicos y… cortos, dejándome con un ansia desconocida y molesta. Sus abrazos eran potentes, de esos en los que sientes el calor y sabes que puedes depender de sus manos para sostenerte, pero no pasaba de ser eso… un abrazo.
Al comienzo no me molestaba, lo prefería así porque todavía estaba reacia a aceptar que lo necesitaba en mi vida, a mi lado. Me gustaba mi independencia y quería seguir así, sin precisarlo emocionalmente.
Pero ahora, a casi un año de conocernos y frecuentarnos, las cosas se pusieron raras para mí. Él no parecía querer avanzar a nada más, aparentemente estaba conforme con nuestra pseudo relación de novios cincuentenarios adolescentes.
Y yo estaba en la peor encrucijada de mi vida. Tenía que decidir entre continuar apelando a mis decisiones pasadas, o cambiar y volver a aceptar a un hombre en mi vida.
Un hombre que al parecer me perseguía, pero que en realidad nunca avanzaba.
¡Por Dios! Yo tenía cuarenta y seis años, ¡y él cincuenta y dos! ¿Qué estaba esperando? ¿Qué entrara en el climaterio?
Quizás tanta labia sobre mi independencia y mi deseo de no relacionarme con ningún hombre más lo frenaban a avanzar. En ese caso, estaba en mí demostrarle que había cambiado de opinión. Que no me importaría en lo más mínimo que “me metiera mano” más allá de lo que resultaba socialmente aceptable y púdico.
Pensando en todo eso, sentí su aliento caliente en mi cuello desde atrás y unos fuertes brazos se liaron sobre mi estómago. Puse las manos encima y me apoyé en su torso, ronroneando. Mientras sentía un reguero de besos a lo largo de mi cuello, le susurré:
—Hoy pasan una excelente peli y tengo una botella de vino esperándonos arriba.
—¿Cerramos tu local? —preguntó sonriendo.
Asentí. Solo esperaba no quedarme dormida, como otras veces que vimos películas acostados en mi cama. Me quedé dormida a su lado un par de veces, pero en algún momento de la noche se fue, porque yo despertaba sola y bufando. Usé esa excusa para cambiarme cuando subimos.
—¿Te molesta si me pongo más cómoda, Harry? Es que siempre me quedo dormida, y cuando me despierto pasé toda la noche en jeans y…
—Ve, cariño —dijo mientras se sentaba en la cama intentando abrir la botella.
Me di una ducha rápida, me puse un camisón nuevo de satén y encaje color bordó con el salto de cama a juego, me calcé mis pantuflas negras, solté mi pelo castaño y lo peiné hasta que quedó brillante y por último, unas gotitas de perfume en lugares estratégicos.
¡Voilà! Salí al encuentro de mi destino.
Y mi destino se quedó con la boca abierta.
—¿Te gusta? —pregunté acercándome contoneando mis caderas.
Yo sabía que tenía un lindo rostro y unos preciosos ojos verdes, pero no me consideraba una mujer hermosa, no era ni delgada, ni tenía las tetas y el culo grande que a los hombres les gustaban, pero eso no parecía importarle a Harry. Me miraba con auténtico deseo, como si solo quisiera abalanzarse sobre mí y devorarme.
Eso me dio alas para ser más atrevida, algo que no era en absoluto mi estilo, pero deseaba a este hombretón fuerte, cariñoso y bondadoso. Ya había pasado demasiado tiempo, era nuestra hora.
Me senté en el centro del somier, contra las almohadas y golpeé el lugar a mi lado. La posición hizo que la bata se me abriera y la copa de mis pechos quedaran a la vista, junto con una porción de mis piernas que asomaba en el tajo del camisón.
Aparte del deseo en sus ojos, se lo veía nervioso, como si mis acciones lo hubieran descolocado y no supiera qué hacer a continuación.
Yo lo miraba sonriendo, y él… en vez de abalanzarse sobre mí, dio media vuelta y fue hasta la televisión a encenderla y poner la película. Cuando volvió, sirvió una copa y me la entregó, casi sin mirarme. Luego se sirvió otra y se sentó al borde de la cama.
—¿Te pasa algo? —pregunté sin entender su reacción.
—No, mi Rose… —carraspeó, se acercó y levantó el brazo para que me acomodara a su costado— es solo que me sorprendiste, estás preciosa.
Y me dio un suave beso, supongo que para evitar que sospechara que lo único que quería era huir de allí, no entendía su nerviosismo, ninguno de los dos éramos adolescentes inexpertos.
Los ojos de Harry se abrieron como platos y sus mejillas adquirieron un profundo tono rosado cuando bajó su vista y vio la copa de mis pechos tan cerca de él. Se notaba que le estaba costando fingir no verse afectado y no tenía ni idea de cuán maravillosamente estaba fracasando.
Una de mis manos vagó hasta su cintura y la otra se posicionó en su nuca, acercándolo a mí, de nuevo a mis labios, besándolo otra vez… más. Lo sentí tenso.
—Relaja tus labios, Harry —dije contra su boca.
Se sentía tan bien, que no solo se relajó, sino que hizo que me apoyara en él como una gatita mimosa. Los labios de Harry resultaron inesperadamente dulces. Y ¡móviles! No fue un beso estático, como él solía darme. Sus labios se movieron sobre los míos, tentándome y confundiéndome.
Sentí que se estremeció cuando sintió el roce de mi lengua contra sus labios. Estábamos tan inmersos en la húmeda sensación, que al principio no se percató de qué era lo que quería hacer. Cuando finalmente cayó en la cuenta de que mi lengua estaba intentando abrirse paso entre sus labios y mi mano intentaba relajarle la mandíbula, tomó aire y al hacerlo, separó los labios sin darse cuenta. Un instante después, mi lengua estaba dentro, dentro de su boca.
Todo mi cuerpo se estremeció y tembló, cada centímetro de mi piel se ruborizó. Era excitante sentir su sabor por primera vez. Quería más, mucho más.
Mi cuerpo parecía estar vivo de una manera totalmente nueva, de una forma tan irreconocible que durante un instante me sentí como una extraña en la piel de otra persona. Alguien desinhibido y carnal, sexual y desenfrenado de nuevo, o quizás como nunca lo había sido, porque esta vez era yo la que estaba llevando la batuta.
—Eres tan hermosa, Rossi —dijo volteándome y dejándome acostada de espaldas. Sus grandes manos vagaron por mi cuello hacia abajo—. Tu piel es como la seda, y tus senos son preciosos —acarició las copas con los dedos.
—¿Cómo lo sabes si todavía no los viste? —pregunté pícara.
Sonriendo, él levantó la tela que cubría uno de ellos y lo miró.
—Lo dicho, precioso —murmuró con voz tensa—. Tienes unos senos hermosos y unos pezones pequeños, perfectos para chupar.
Apreté los muslos con fuerza contra sus caderas y expulsé el aire. Su boca estaba tan cerca que podía sentir su aliento cálido en mis pezones.
—Gr-gracias —fue todo lo que pude decir, en un murmullo.
Y él comenzó a jugar con ellos sin piedad, sorprendiéndome, y obligándome a jadear. Fue turnándose entre mis pechos, lamiendo lentamente la aureola de cada pezón para luego chupar la punta con toda la boca.
Lloriqueé, sentía debilidad en las piernas, como si fuesen de mantequilla. Él endureció la lengua alrededor de mi pezón izquierdo y lo atrajo al calor de su boca. Gemí suavemente cuando sus labios lo apresaron, y cuando comenzó a succionar no pude evitar hundir instintivamente las manos en su pelo y deshacer su coleta.
Harry pasó los cinco minutos siguientes colmando mis senos de atenciones. Chupó un pezón durante unos largos segundos, después cambió al otro e hizo lo mismo. Luego repitió el proceso una y otra vez, y una vez más hasta que me aferré a él sin aliento.
Levantó la cabeza de mi pecho, con los párpados entornados.
—Ahora el resto —murmuró posesivamente—. Enséñame esa maravillosa cueva, mi Rose. Deseo conocerte. —Se posicionó entre mis piernas, levantó mi camisón y me bajó despacio las bragas a juego que llevaba, dejando expuesto a su vista mi pequeño triángulo de rizos negros, perfectamente depilados, que dejaba mis labios inferiores totalmente desnudos.
—Harry, déjame desnudart…
—Primero tú, dime qué quieres, mi dulce flor, yo te lo daré —interrumpió—, no quiero que hagas nada, solo disfruta.
¿Cómo no describirle con detalle lo que más me gustaba?
—Chúpame, bebe de mí hasta la última gota —dije susurrando—. Te deseo, necesito tu boca en mi cueva y tu lengua dentro de mí.
—Tus deseos son órdenes —dijo ya junto a mi entrada, pasándome la lengua como si fuera un chupetín de caramelo, estremeciéndome totalmente—. Túmbate y disfruta, cariño.
Me acomodé contra las almohadas, abriendo más mis piernas y él, inclinándose hacia delante, chupó el capullo hinchado de mi clítoris, bañó los pliegues de mi carne –según él, suaves como un pétalo– con su lengua, metió un dedo y exploró mi húmeda abertura caliente. La lamió y la chupó hasta recordar cada matiz, cada pliegue, cada textura. Probó mi esencia. Siguió bebiendo de mí, levantándome hacia su boca con sus manos apoyadas en mis nalgas.
Más consciente de la lengua de él palpitando en mi interior que de los desbocados latidos de mi corazón, levanté los brazos lentamente y me estiré hacia atrás, ofreciéndome más, abriendo más las piernas. Jamás pensé que podría haber un placer que superara la agonía, pero ahora lo sabía.
Nunca me había sentido tan abierta, jamás había pensado que el cuerpo de una mujer podía soportar tanto castigo y desear todavía más. No podía respirar, tenía que terminar... no podía sobrevivir a un placer tan prolongado.
Y cuando llegó al final, creí que no podría sobrevivir a la culminación.
Lancé un grito ahogado y todos los músculos de mi cuerpo gritaron conmigo, convulsionándome, contrayéndome, despedazándome. Hasta que me mantuve totalmente quieta, con los ojos cerrados y el corazón latiendo desbocado.
—No hay nada más hermoso que ver el cuerpo de una mujer totalmente abierto —mirándome, metió un dedo dentro de mí, sintiendo los últimos espasmos de mi vientre, luego introdujo otro y yo gemí—. Adoro verte así, mi Rose.
—Mmmm —susurré—, estoy cansada.
Él me tapó de nuevo con el camisón y se acostó a mi lado, abrazándome.
—Duerme, cariño…
—No, ahora tú —con los ojos entornados intenté abrirle la camisa.
Tomó mi mano me la apretó contra su pecho y llenó mi cara de pequeños besos, mientras murmuraba quedamente:
—Te despertaré cuando termine la película y seguiremos, ¿sí? —me acomodó mejor— Duerme un rato, te sentará bien.
—Rossi, no puedes seguir así.
—¿Qué quieres que haga? —me encogí de hombros.
Mi prima había venido a quedarse conmigo un fin de semana quince días después de lo ocurrido con Harry, ella vivía a unos doscientos kilómetros de donde yo me encontraba, pero al parecer, mi hijo le fue con el chisme de que yo no estaba bien, y vino a indagar.
—Ven conmigo, tómate unas vacaciones, no sé…
—¿Y qué ganaré con eso, Rosma? Los problemas irán conmigo, da lo mismo que los enfrente aquí, allá, o en la China.
Las dos estábamos acostadas en la hamaca, meciéndonos con los pies.
—Cuéntamelo, Rossi… ¿qué pasó exactamente?
—No lo sé —respondí angustiada—. Estuvimos juntos esa noche, y al día siguiente… se esfumó. Cuando desperté de madrugada y no lo vi a mi lado no me preocupé, porque era lo que solía hacer, al parecer no puede dormir con nadie. Al mediodía me pareció extraño que no viniera a almorzar, entonces le mandé un mensaje al WhatsApp, pero hasta hoy me aparece como que no lo ha visto —se lo mostré—. Esa noche ya estaba realmente preocupada, así que fui hasta su vivero. Había luz dentro de la casa, pero nadie respondió a la puerta. En los siguientes días supe por terceros que él estaba bien. Lo cual solo significa una cosa: no volvió más porque no quiso, no porque algo se lo impidiera. Imagínate la película: un año entero detrás de mí y cuando logra lo que buscaba, se escabulle. Fin del cuento —en ese momento ya estaba lagrimeando.
—Pero… hay algo que no cuaja en todo esto —dijo pensativa mi prima—. Hace un tiempo me habías contado que él era muy extraño, que buscaba tu compañía, pero que su relación no avanzaba de simples besos. Si hubiera querido sexo tuvo muchas oportunidades anteriores… ¿por qué no las utilizó? Fuiste tú la que tuviste que tomar la iniciativa…
—Me arrepiento de eso —empecé a llorar—, me arr-arrepi-piento —balbuceé.
—Dime, primita —dijo abrazándome a modo de consuelo—. Este hombre, ¿ha herido tu amor propio o te enamoraste de él?
—Ohh, Rosmaaaa —sorbí mi nariz—. Estoy total y absolutamente enamorada de ese idiota que me dejó plantada… ¡¿qué voy a hacer?! —Y rompí en llanto.
No sirvió de nada la visita de mi prima, solo para poner en palabras lo que yo ya sabía que sentía. Estos quince días desde la última vez que lo vi pasé por todas las etapas. Primero preocupación porque pensé que algo le había pasado, luego incredulidad porque no podía creer que estuviera bien y me dejara plantada sin avisarme. Al pasar los días el asombro se convirtió en rabia, mezclado con pena y revuelto con deseos de hacerle pagar lo que me estaba haciendo pasar.
No lo entendía, y eso era lo que más me dolía.
¿Por qué simplemente no me dijo: no quiero verte más? ¿Por qué dejarme con esta incógnita? Todo era culpa mía, yo había decidido olvidarme de los hombres y volví a caer bajo el hechizo de uno, como una chorlita. ¡Maldita estúpida! Y maldito él por ser tan cobarde y no enfrentarme.
Mi cabeza no podía dejar de pensar en todo eso, las veinticuatro horas del día, con sus minutos y segundos. A veces me hablaban, y yo ni cuenta me daba, porque mi cuerpo estaba en mi trabajo y mi mente en otro lado. Era extenuante y frustrante.
Como no podía concentrarme en nada, decidí pasar el resto de la tarde en la mueblería, allí el flujo de gente era mucho menor. Me senté en mi escritorio al fondo, abrí mi notebook y decidí navegar un poco en internet para distraerme.
Estaba mirando las novedades referentes a las películas que se estrenaban, cuando vi la camioneta negra de Harry venir por el camino lateral y estacionarse enfrente de mi local. Me paralicé, y paradójicamente mi corazón empezó a latir descontrolado. Quería levantarme, correr y esconderme, y con las mismas ansias deseaba tenerlo enfrente y darle un par de cachetadas, por imbécil.
Por supuesto, no hice nada de eso.
Puse mi mejor cara de Póker, él no tenía por qué ver que me había hecho daño, no debía dejarle notar el poder que tenía sobre mí.
—Hola, Rossi —escuché un rato después.
Levanté lentamente mis ojos del ordenador y lo miré, fingiendo indiferencia. Sabía que iba a fracasar estrepitosamente, porque por lo general no podía disimular nada, pero por lo menos lo intenté.
—Hola —respondí en forma seca.
—¿Puedo sentarme? —le señalé la silla frente a mi escritorio, y lo miré. No se veía bien, tenía ojeras y parecía como… opacado, sus ojos no despedían ese brillo característico en él, y su postura era como de perdedor. Estuvimos observándonos un momento, hasta que él trató de bromear—: Me ayudaría si me gritaras y me dijeras lo idiota que soy.
—No tengo por qué facilitarte la vida… ¿qué quieres, Harry?
Fui tremendamente cortante, lo sé. Pero así actuaba mi mecanismo de defensa.
—Quiero pedirte disculpas, necesito saber que no te hice daño, mi bella Rose.
—No me llames así, ya no. Y si eso es todo y te hace sentir mejor… ya lo hiciste, ahora puedes dar media vuelta y marcharte… mejor si no vuelves —fui categórica.
Estúpida, tú lo que necesitas es saber el motivo para darle un cierre. ¿Qué haces?
—No seas tan dura conmigo, Rossi. De verdad yo lamento… —se quedó callado.
—¿Lamentas qué? ¿Haber perdido un año de tu vida persiguiéndome? ¿Para qué? ¿Para una sola noche de lujuria? Si tu objetivo era ese… ¿por qué no volviste? No llegaste a culminar lo que empezamos. No lo entiendo, no entiendo nada —restregué mis manos contra mi cara—. Necesito una explicación coherente para poder cerrar este capítulo, Harry. Solo te pido eso… un motivo.
—Y es lo único que no puedo darte, mi Rose —dijo resignado.
—¿No puedes o no quieres? —indagué.
—No… sí, no quiero —tomó aire—, pero no porque no desee contarte, sino por vergüenza.
Mi mente empezó a escarbar todos los motivos en los cuales pensé estos días.
—¿Ti-tienes Si-sida? —balbuceé.
—¿Qu-qué? ¡Nooo, nooo! —negó con la cabeza.
—¿Alguna enfermedad venérea? —seguí.
—Rossi, no estoy enfermo.
—Eres casado, y tu mujer está en los Estados Unidos —afirmé.
Puso los ojos en blanco.
—No, cariño. Soy soltero, nunca te he mentido en nada… y no quiero hacerlo ahora tampoco. Solo quiero pedirte disculpas de corazón, tú no mereces que te deje sin explicaciones, pero no puedo… o no quiero dártelas, así que no sé qué hacer. Solo esperar que tú me perdones sin motivos.
—Si no es nada de lo anterior, soy yo… ¿no? —mis ojos se sentían pesados. No, Rossi, no te pongas a llorar.
—No, no… mi Rose —Harry se levantó de su silla y rodeó el escritorio. Se arrodilló frente a mí y me abrazó—. ¿Cómo piensas eso? Soy yo, no tú.
—Mientes, Harry —ya no pude detener las lágrimas— ¿qué hay de malo en mí? ¿No te gustó mi cuerpo? ¿Mi… sabor? ¿O mi… —sorbí mi nariz— mi olor?
—¡Oh, Dios mío, mi amor! ¿Qué dices? —tomó mi cara entre sus manos y apoyó su frente contra la mía, susurrando—: Eres deliciosa, y tu aroma es intoxicante, me pasaría horas enteras entre tus piernas. Amo todo de ti, tus labios, tu pelo, tu piel, tus curvas, tu sabor, tu olor… todo.
—¿Mi… mi amor, dices? ¿Por qué si soy tu amor me haces daño a propósito? Harry… cada vez entiendo menos —apoyé mi cabeza en su hombro y sollocé. No sabía qué hacer.
—Rossi, mi Rose… yo tampoco sé qué hacer —me abrazó muy fuerte.
—Necesito saber —murmuré como un ruego.
—Y yo necesito no tener que contártelo.
Me dejé abrazar, lo anhelaba. Deseaba su calor y su fuerte cuerpo cobijándome. ¿Cómo haría para sobrevivir sin él? Y sobre todo… ¿por qué tenía que hacerlo si decía amarme?
Y mi mente empezó a indagar en las posibles razones. Recordé que me había contado que su pelotón fue bombardeado… ¿quizás su cuerpo se había quemado casi por completo y tenía vergüenza por eso? Luego descarté esa posibilidad, porque una vez lo había visto sin camisa en su granja, de hecho me pareció magnífico. Al instante recordé la cicatriz que vi entre sus piernas cuando la bermuda que una vez llevaba puesta se le levantó hasta mitad de su muslo.
Ooohhh.
Lo supe con certeza.
Santo cielo… era por eso.
Lo abracé muy fuerte yo también.
—No me importa, Harry —susurré.
—¿Qué es lo que no te importa? —preguntó frunciendo el ceño.
—Lo que sea que te impide estar conmigo íntimamente, no me importa —lo miré a los ojos—, yo solo quiero tu compañía… mi amor.
—¿También soy tu amor?
—Lo eres, Harry… no quiero perderte.
—No sabes en lo que te estás metiendo, Rossi.
—Pruébame —dije mirándolo fijamente.
Ya habían pasado seis meses de esa tarde en la que descubrí su secreto, sin que él tuviera que contármelo. Lo entendí, debía ser horrible para un hombre no poder cumplir con la mujer que amaba. Cuando recién nos conocimos y yo lo mantenía al margen todo estaba bien, ambos disfrutábamos de nuestra compañía mutua, sin compromisos y sin exigencias. Eso era lo que él deseaba y lo que más le gustaba de mí, pero cuando quise cambiar el tono de nuestra relación, él no pudo recular, hizo lo que yo quería esa noche, pero luego desapareció… por vergüenza, porque no quería aceptar ante mí que no podía complacerme de otra forma.
Yo decidí respetar sus límites y no hacer preguntas que lo incomodaran.
Tenía todo lo que quería, lo tenía a él, sus besos, su compañía, su cálido cuerpo durante las noches, abrazándome. Y ocasionalmente me regalaba unos potentes orgasmos provocados por su lengua y sus dedos, que me dejaban relajada y feliz. ¿Qué más podía pedir? No sabía qué hacer para complacerlo, así que me limitaba a darle unos maravillosos masajes, y era sensacional escuchar sus gemidos, señal de que le gustaba lo que le hacía.
Era ya medianoche de un sábado cualquiera. Harry había ido hasta Ciudad del Este a hacer una importante entrega de flores, y no sabía a qué hora llegaría, así que me desnudé y me metí en el jacuzzi. Aproveché su ausencia, normalmente no lo usaba cuando él estaba, porque no quería que se sintiera mal, ya que nunca se sacaba el bóxer, y yo tampoco intentaba desnudarlo. Incluso lo prefería así, temía ver su realidad, no quería ni imaginarme lo que había debajo o cómo el bombardeo lo había afectado.
Estaba tomando una copa de vino y escuchando música, cuando sentí su voz:
—Pensé que este jacuzzi estaba de adorno —abrí mis ojos y sonreí.
—Hola, mi amor… qué suerte que volviste —susurré levantando la copa.
Se acercó y me dio un beso.
—¿No piensas invitarme a entrar? —preguntó.
Oh, oh. Cara de póker.
—¿Qu-quieres bañarte conmigo? —murmuré.
Él ya estaba despojándose de su ropa.
De toda su ropa.
Me quedé embobada mirándolo cuando se acercó totalmente desnudo y se metió al jacuzzi frente a mí. La cicatriz que yo había visto terminaba en su ingle, luego tenía otras en el estómago, pero el bello durmiente estaba intacto. Se zambulló, murmuró unas cuantas incoherencias, como «oh, Dios mío, qué placer, esto es lo máximo» y al salir subió los brazos en el borde y me miró con el ceño fruncido.
—¿Te pasa algo, mi bella flor? —preguntó.
No pude aguantarme, empecé a reír. No sé si fue por los nervios, o de la felicidad, o por la tontería que creí durante estos seis meses que estábamos juntos.
—Lo siento, Harry —dije cuando me calmé. Él me miraba atónito.
—¿Te ríes de mí o qué?
—No, cariño —me acerqué y me acurruqué en su costado—. Me rio de mi propia estupidez. Nunca antes te había visto desnudo. Y yo… bueno, yo creí… pensé… eh… —no sabía cómo decirlo.
—¿Nunca, en serio? No me había dado cuenta —dijo pensativo—. ¿Acaso creíste que lo tenía más grande o qué?
—Créeme, amor… tu tamaño es perfecto —le di un beso—. Creí… —una risita nerviosa me delató— creí… que no tenías nada.
—¿Creías que era un eunuco? —hasta él empezó a reír.
—No me culpes, tu cicatriz, el bombardeo, nunca te sacabas el bóxer —me encogí de hombros—. Llegué a esa conclusión.
—Eres una mujer extraordinaria, mi Rose —besó mis labios—. Debes amar mucho a este viejo soldado para aceptarlo «simbólico» y todo.
—Tú me aceptas «sintética» —reímos a carcajadas.
—Tienes unas hermosas tetas, amor, de tamaño perfecto, me encantan —me las acarició bajo el agua.
—Harry… ¿puedo —dudé en decirlo—, puedo tocarte?
—Puedes hacer lo que quieras conmigo, mi flor… solo no te desilusiones cuando no logres nada.
—Dilo, mi amor… que deje de ser tabú entre nosotros —lo insté, acariciando su miembro flácido—. Di por qué no puedes hacerlo.
—Casi perdí la pierna en el bombardeo, Rossi. Y tuve heridas en el área del abdomen y… ya sabes.
—No, no lo sé… dímelo —acaricié su cicatriz.
—Quedé… —tragó saliva—, yo… soy… —y dijo algo muy bajito, inentendible.
—¿Eres qué? —insistí.
—¡Impotente, Rossi! Soy impotente… ¿lo entiendes?
—Y yo te amo —susurré en su oído—, te amo tanto Harry.
—Eres una mujer loca —dijo apoderándose de mis labios—, amo a mi mujer loca.
—Loca de amor por ti.
Epílogo
Con el correr del tiempo Harry se abrió a mí, conversamos sobre su problema. El médico le había dicho que su impotencia era física, producto de sus heridas. Pero yo creía que todo estaba en su mente, y que cuando él se relajara lo suficiente como para aceptarlo, y teniendo la certeza que a mí no me importaba su condición, quizás existiera la posibilidad de que volviera a ser funcional.
No se lo dije a él, porque no deseaba presionarlo de ninguna forma. No quería que pensara que yo esperaba que pudiera follarme, porque a mí en realidad me importaba un comino, jamás en toda mi vida había llegado con la penetración, y él también sabía eso. Yo tenía orgasmos clitorianos, no vaginales, así que su miembro para mí era solo un lindo instrumento para mirar, y nada más. Mi placer dependía de su lengua y sus maravillosas manos.
Pero una noche seis meses después… –¡seis, qué raro!– a mitad de la madrugada, sentí algo duro en la base de mi espalda. No entendía qué era, así que me desprendí del abrazo de Harry –que estaba profundamente dormido– y levanté el edredón.
¿Cuál fue mi sorpresa?
El bello durmiente había despertado.
¿Se imaginan el resto?