el detective de los sueños (spanish)
Estaba escribiendo en mi despacho de la rúe Madeleine, cuando Andrée, mi secretaria, me anunció la llegada de Herr D___. Me puse en pie, guardé mi correspondencia y le tendí la mano. Herr D___ estaba a punto de cumplir los cincuenta años, y poseía la complexión sana y sonrosada típica de los hombres que durante la juventud (esa juventud que, en nuestro caso, ya quedaba lamentablemente lejana) han hallado más placer en la compañía de los caballos y los perros, y en las emociones de la cacería, que en las botellas y burdeles de la vida ciudadana, y tanto la barba como el bigote los llevaba recortados al estilo puesto de moda por el difunto emperador. Aceptó mi invitación a tomar asiento y me mostró sus documentos.
—Debe comprender que estoy acostumbrado a actuar como representante de mi gobierno —me dijo—. En este asunto no ocupo tal posición, y es posible que me sienta un poco perdido.
—Muchas de las personas que acuden aquí se sienten perdidas —repuse yo—, pero puedo enorgullecerme de que casi todas ellas vuelven a encontrar su camino. Bien, supongo que su problema debe de ser un asunto puramente privado, ¿no?
—En absoluto. Es un asunto público en el sentido más auténtico de la palabra.
—Sin embargo, pese a estar admirablemente sellados, rubricados y adornados con cintas, ni uno solo de los documentos que tengo ante mí indica que sea usted otra cosa que un caballero cuyo viaje obedece a motivos particulares, y me dice que no representa a su gobierno… ¿Qué debo pensar? ¿De qué asunto me habla?
—Actúo para proteger el interés público —dijo Herr D___—. No soy hombre de gran fortuna, pero puedo asegurarle que si tiene éxito será bien recompensado; aunque debe actuar como si este asunto sólo me concerniera a mí, puedo disponer de recursos bastante considerables.
—Quizá sería mejor que me describiera el problema.
—¿Está usted dispuesto a viajar?
—Sí.
—Excelente —dijo.
Y dio comienzo a uno de los relatos más asombrosos (no, el más asombroso) que he tenido el privilegio de escuchar. Hasta yo, que había oído el relato del hombre que encontró a Paulette Renan con la pepita de membrillo todavía alojada en su garganta; que presté atención al testimonio del capitán Brotte y supe qué había encontrado entre los hielos antárticos, y que había oído de sus propios labios la historia de Joan O’Neil, quien vivió dos años detrás de su propio cuadro en el Louvre…, sí, hasta yo guardé el silencio embobado de un niño mientras oía hablar a aquel hombre.
—Herr D___ —dije en cuanto hubo terminado—, después de todo lo que me ha contado, aceptaría esta misión aunque no fuera a sacar ni un sou de ella. Encontrarse con un caso tan extraño que merece ser investigado aun sin ninguna clase de remuneración…, bueno, creo que eso sólo ocurre una vez en la vida, y me parece que yo acabo de encontrar ese caso.
Se inclinó hacia adelante y me estrechó la mano en una muestra de afable emoción que a mi parecer no era nada típica de su naturaleza.
—Encuentre al Señor de los Sueños y acabe con él —dijo—, y podrá sentarse en un trono de oro, si tal es su deseo, y comerá de una mesa de oro. ¿Cuándo vendrá a nuestro país?
—Mañana por la mañana. Tengo que hacer ciertos preparativos antes de partir.
—Yo volveré esta noche. Acuda a mí siempre que lo desee y le informaré de cualquier novedad que se haya producido en la situación. —Me entregó una tarjeta—. Me encontrará en esta dirección, y en caso de que yo no esté, allí podrá hablar con una persona de toda confianza capaz de actuar en ni nombre.
—Comprendo.
—Esto debería ser suficiente para cubrir sus gastos iniciales. Puede visitarme en cuanto necesite más.
El montante del cheque que me entregó antes de marcharse equivalía a una pequeña fortuna.
Esperé hasta que ya casi estaba en la puerta y dije:
—Gracias, Herr barón.
Debo admitir que no llegó a darse la vuelta, pero antes de que la puerta se hubiese cerrado tuve la satisfacción de ver como un leve rubor cubría la zona de piel visible sobre la nítida línea del cuello de su camisa.
Andrée entró tan pronto como se hubo marchado.
—¿Quién era ese hombre? Le vi cuando estaba a punto de salir de su despacho, y sus palabras…, bueno, parecía que acabase de golpearle con un látigo.
—Se recobrará —dijo yo—. Es el barón H___, de la policía secreta de K___. D___ era el apellido de su madre. Dio por sentado que los centenares de kilómetros que separan su escritorio del mío, y el no permitir que los periódicos publiquen fotos suyas, lograrían que no le reconociese; pero necesitaba hacerle saber que no es tan fácil engañarme, tanto por mi autoestima como por la estima en que debe tenerme. Cuando se recupere de su irritación inicial, se irá a dormir confiando un poco más en las habilidades que dedicaré a asegurar el éxito de la misión que me ha confiado.
—Ah, señor, es muy típico de usted el preocuparse porque sus clientes duerman bien… —dijo Andrée con amabilidad.
Su bonita mejilla era toda una tentación, y se la pellizqué.
—Sí, es algo que me preocupa mucho —le dije—, pero el barón no dormirá bien.
Mi tren salió rugiendo de París y atravesó praderas endulzadas por el aroma de las flores silvestres, dejándolas atrás para adentrarse en pasos de montaña donde el peligro de las avalanchas era cosa de un pasado aún muy reciente. Por doquier se veía el cabrilleo de los torrentes que nacían en las alturas, y cuando el expreso redujo la marcha para subir por una pendiente, la canción de las aguas que se deslizaban por las grises rocas de los Alpes llenó la atmósfera con su alegre griterío. Aquella noche me quedé dormido con el cántico de aquella gélida pureza dominando el monótono murmullo de los raíles, y desperté en la estación de I___, la antigua capital de J___, que ahora era una provincia de K___.
Llamé a un mozo de equipajes para que llevara mi baúl al hotel donde había reservado habitaciones mediante un telegrama mandado el día anterior, y pasé unas cuantas horas recorriendo la ciudad. Descubrí que allí la Edad Media no se había limitado a dejar unos cuantos vestigios, sino que parecía dominarlo todo. La muralla de la ciudad aún poseía tres lados del perímetro original, y sus torres almenadas se hallaban en excelente estado de conservación; por su parte, las calles adoquinadas debían de datar de un período en el que apenas había tráfico rodado de ninguna especie. En cuanto a los edificios…, bueno, el Gato con Botas y sus amigos tenían que haberlos encontrado deliciosos: había muros rechonchos y pequeñas ventanillas redondas, y los pisos superiores se iban amontonando los unos sobre los otros hasta que las casas parecían a punto de perder el equilibrio. Descubrí un viejo edificio grisáceo de angostos ventanales y puertas inmensas en cuya pared, una placa informaba de que lo que había sido construido para servir de iglesia fue sucesivamente prisión, oficina de aduanas, residencia privada y escuela. Seguí investigando y descubrí que había pasado a ser una especie de galería comercial, pues el lugar había sido dividido en una multitud de oscuros puestecitos; supongo que esa división debió de llevarse a cabo en la época del primer Luis… Daba la casualidad de que era una de las direcciones mencionadas por el barón H___, por lo que decidí entrar.
Había farolas de gas por todas partes, pero aun así no se podía decir que el lugar estuviera muy bien iluminado: cada chorro de llama ardía con un resplandor melancólico y furtivo, como si el propietario en cuyo cubículo se alojaba no deseara que iluminase ninguna mercancía que no fuese la suya. Los cubículos no parecían poseer orden interno alguno; y tampoco pude hallar ningún directorio o guía que me condujera hasta el que buscaba. Unos pocos clientes, que daban la impresión de llevar años visitando los locales —gracias a lo cual sabían dónde estaba todo—, iban lentamente de un puesto a otro. Cuando se aproximaban a una tiendecita el propietario emergía de ella, silencioso como un espectro (o ésa fue mi impresión), dispuesto a responder preguntas o aceptar el pago ofrecido; pero jamás oí ni una sola pregunta, y no vi cambiar de mano ninguna suma de dinero: el cliente acariciaba el filo de un cuchillo de cocina, sostenía un vestido ante su cuerpo o pasaba lentamente las páginas de algún mohoso volumen; después volvía a dejar en su sitio lo que hubiese cogido y se marchaba.
Por fin, en cuanto me hube cansado de contemplar cuartitos con estantes aún más oscuros y lúgubres que los de la galería principal, entré en el puesto de un curtidor y le pedí que me indicara cómo podía encontrar a Fräulein A___.
—No la conozco —replicó.
—Una fuente digna de toda mi confianza me ha informado de que su negocio se encuentra en este edificio, y que se dedica a la compraventa de antigüedades.
—Tenemos varios comerciantes de antigüedades. Herr M___…
—Busco a una mujer joven. Ese Herr M___ suyo… ¿tiene alguna prima o sobrina?
—… está especializado en arcones y sillas. Herr O___, junto al salón del gremio…
—Su local se encuentra dentro de este edificio.
—… se limita a los cuadros. También tiene algunos espejos. ¿Qué desea comprar?
Gracias a Dios, nuestra poco fructífera conversación fue interrumpida por la mujer del puesto contiguo.
—Busca a Fräulein A___. Tiene que seguir adelante y torcer a la izquierda; verá una casa de pelucas. Tuerza a la derecha hasta llegar a la papelería y vuelva a torcer a la izquierda. Vende encajes antiguos.
Acabé encontrando el local, y sentada en la parte trasera estaba Fräulein A___ en persona, una joven bonita y delgada de aspecto bastante tímido. Su mercancía se hallaba expuesta sobre dos mesas; fingí examinarla y descubrí que lo que vendía no eran exactamente encajes antiguos, sino trajes, aunque gran parte de ellos estaban adornados con encajes. Pasados unos instantes se puso en pie y vino hacia mí.
—Si tiene la bondad de indicarme lo que desea… —me dijo.
Era más alta de lo que había pensado, y si hubieran logrado escapar de su confinamiento, las gruesas trenzas rubias que rodeaban su cabeza habrían resultado muy atractivas.
—Sólo estaba mirando. Tiene usted cosas preciosas… ¿Son muy caras?
—No si piensa en la calidad de la mercancía. Ése que tiene en la mano sólo cuesta cincuenta marcos.
—Me parece bastante caro.
—Lo que ve son los trajes elegantes de hace mucho tiempo…, trajes para ir de visitas o para asistir a un baile. Eran los atuendos de las mujeres ricas que tenían gustos aristocráticos. Están prácticamente nuevos; nunca acepto mercancía en malas condiciones. Fíjese en las costuras del que tiene en la mano…, todas esas puntadas minúsculas han sido hechas a mano. Estos trajes son obra de modistos y sastres que sólo hacían cuatro o cinco al año y que trabajaban doce o catorce horas diarias; empezaban a coser al rayar el alba y seguían cosiendo a la luz de las lámparas hasta bien pasada la medianoche.
—Veo que ha estado llorando, Fräulein —dije yo—. Cierto, llevaban una existencia miserable, pero no me cabe duda de que hoy en día hay gente que sufre tanto como ellos.
—Sí, no lo dudo —repuso la joven—. Pero yo no soy una de esas personas.
Y se dio la vuelta para que no pudiese ver sus lágrimas.
—No es ésa la información que se me ha dado.
Se volvió bruscamente hacia mí.
—¿Le conoce? Oh, dígale que no soy rica pero que pagaré lo que pueda. ¿Es cierto que le conoce?
—No… —Meneé la cabeza—. Mis datos proceden de su propia fuerza de policía.
Me miró fijamente.
—Pero usted es extranjero. Y creo que él también lo es.
—Ah, vamos progresando… ¿Tiene usted alguna otra silla en la parte trasera de su tienda? Verá, su policía es orgullosa, cierto, pero no lo bastante como para rechazar una posible ayuda del extranjero, y creo que usted y yo deberíamos hablar.
—No es nuestra policía —dijo ella con amargura—, pero hablaré con usted. La verdad es que prefiero hablar con usted, aunque sea francés. No se lo dirá, ¿verdad?
Le aseguré que no lo haría; tomamos prestada una silla del puesto de flores que había enfrente y la joven me contó su historia.
—Mi padre murió cuando yo era muy pequeña. Mi madre abrió este puesto para ganarse la vida; el núcleo de su primera mercancía estaba formado por sus propios trajes. Murió hace dos años. Desde entonces me he encargado del negocio, y la verdad es que no me ha ido del todo mal. La mayor parte de mis clientes son coleccionistas y compañías de teatro. No gano mucho dinero, pero tampoco necesito demasiado, y hasta he logrado amasar algunos ahorros. Vivo sola en el número ocho siete siete de la ___strasse; es una vieja casa dividida en seis viviendas, y la mía es la de la buhardilla.
—Usted es joven y encantadora, y según me cuenta, tiene un poco de dinero ahorrado. Me sorprende que no se haya casado.
—Muchas personas me han dicho lo mismo.
—¿Y qué les responde, Fräulein?
—Les respondo que harían mejor en ocuparse de sus propios asuntos.
Han llegado a decir que odio a los hombres… Frau G___, la modista de dos pasillos más allá, dijo que yo odiaba a los hombres porque no quise dejarme cortejar por su hijo. La verdad es que prefiero estar sola; no quiero tener compañía, sea cual sea su sexo o su edad. ¿Acaso no tengo derecho a ello?
—Estoy seguro de que tiene derecho a ello; pero indudablemente ya habrá pensado que esa persona a la que tanto teme bien puede ser un pretendiente rechazado que ahora se está vengando de usted, ¿no?
—Pero ¿cómo es posible que entre en mis sueños y que logre controlarlos?
—No lo sé, Fräulein. Es usted quien dice que hace tales cosas, no yo. —Creo que si me hubiera cortejado me acordaría de él. La verdad es que estoy segura de haberle visto en alguna parte, pero no logro recordar dónde. Aun así…
—Quizá será mejor que me describa su sueño. Tengo entendido que se repite una y otra vez, ¿no?
—Sí. En el sueño voy caminando por un sendero muy oscuro. Tengo miedo pero, al mismo tiempo, siento una especie de excitación muy agradable. ¿Comprende a qué me refiero? A veces camino durante mucho tiempo, otras durante lo que me parecen unos pocos segundos. Creo que hay luna, y en un par de ocasiones he visto alguna que otra estrella. Bueno, a mi derecha siempre hay un gran seto oscuro, o quizá sea una pared. Creo que a la izquierda hay campos. No es de esa clase de verjas grandes que sirven para el paso de carretas o coches de caballos; es pequeña, tanto que apenas puedo pasar por ella. ¿Ha leído los escritos del doctor Freud de Viena? Una de las mujeres de la galería me dijo que había escrito sobre los sueños, por lo que consulté sus obras en la biblioteca, y si fuera hombre estoy segura de que él diría que atravesar esa verja significaba tener comercio carnal. ¿Cree posible que tenga inclinaciones antinaturales? —Bajó el tono de voz hasta convertirlo en un murmullo.
—¿Ha sentido alguna vez ese tipo de deseos?
—Oh, no. Todo lo contrario.
—Pues entonces lo dudo mucho. Siga contándome el sueño. ¿Qué siente cuando pasa al otro lado de la verja?
—Lo mismo que sentía cuando iba por el camino pero de una forma más intensa…, estoy más asustada y, al mismo tiempo, me siento feliz y excitada, casi triunfante.
—Siga.
—Ahora estoy en el jardín. Hay fuentes y ruiseñores que cantan entre los sauces. El aire huele a lilas, y un cerezo en flor parece una giganta vestida con su traje de novia. Sigo un pequeño sendero enlosado; creo que debe de estar pavimentado con mármol, pues la luz de la luna hace que brille con una claridad blanca. Delante de mí se encuentra el Schloss…, un gran edificio. Oigo música en su interior.
—¿Qué clase de música?
—Soberbia…, es una música muy alegre, no sé si comprende lo que intento decirle, pero no se parece en nada a los tintineos discordantes de la orquesta de un teatro. Una gran sinfonía… Nunca he estado en la ópera de Bayreuth, pero creo que debe de ser algo parecido a la música que oigo…, y aun así la melodía es vivaz y alegre.
Se quedó callada y por un instante su sonrisa recobró la música que recordaba.
—Hay columnas y una gran entrada con varios escalones bastante anchos. Subo corriendo por ellos, sintiendo una gran felicidad, y abro la puerta. El interior está brillantemente iluminado; una ola de luz dorada cae sobre mí, y es como si notara el impacto del océano. Estoy en un salón inmenso de techo muy alto. En el centro hay una gran mesa con centenares de comensales, pero veo un sitio vacío, el que tengo más cerca. Voy hacia él y me siento; sobre la mesa hay preciosas hogazas de pan dorado, y cuencos de miel con rosas flotando dentro, y botellas de cristal tallado con vino, y muchos manjares más que no recuerdo al despertar. Todo el mundo come, bebe y habla, y yo también empiezo a comer.
—No es más que un sueño Fräulein —dije—. No hay razón para llorar.
—Sueño eso todas las noches…, llevo meses teniendo el mismo sueño todas las noches.
—Siga.
—Y entonces aparece él. Estoy segura de que es quien me hace tener ese sueño, porque puedo ver su cara con toda claridad y la recuerdo después de que el sueño haya terminado. A veces la recuerdo de forma muy vívida incluso una o dos horas después de haber despertado…, el recuerdo es tan vívido que me basta con cerrar los ojos para verlo ante mí.
—Después le pediré que me lo describa lo más detalladamente posible. Por el momento, limítese a continuar con el sueño.
—Es alto, va vestido como un rey y en la cabeza lleva una extraña corona. Viene hacia mí, y aunque no dice nada, sé que la etiqueta de aquel sitio exige que me levante para recibirle, y eso es lo que hago. A veces me levanto de la mesa chupándome los dedos.
—Entonces, ese hombre es el propietario del palacio de sus sueños, ¿no? —Sí, estoy segura de que es el propietario. Estoy en su castillo, en su hogar; es mi anfitrión. Me pongo en pie y me vuelvo hacia él, y sé que deseo causarle la mejor impresión posible, pero no tengo ni idea de cómo he de comportarme.
—Debe de ser una situación bastante incómoda.
—Lo es. Pero después de ponerme en pie me doy cuenta de la ropa que llevo y…
—¿Qué ropa lleva?
—Voy vestida como ahora, con un traje oscuro muy sencillo, el que llevo cuando vengo a la galería… En cambio, los demás llevan los trajes que vendo aquí. Esos mismos trajes… —Cogió un traje y me lo enseñó; era una hermosa creación hecha con muchas capas de tela y tenía botones de azabache—. En seguida comprendo que no puedo quedarme en el palacio. El rey hace una seña, me cogen por los brazos y me llevan hacia la puerta.
—Así que es tratada de una forma humillante, ¿no?
—Sí, pero lo peor es que soy consciente de que él sabe que jamás sería capaz de marcharme por voluntad propia y desea ahorrarme esa lucha conmigo misma. Pero una vez estoy fuera…, una bestia horrible ha entrado en el jardín. Puedo olería nada más abrirse la puerta, siento un olor parecido al de la jaula de las hienas que hay en el Tiergarten…, y entonces me despierto.
—Es un sueño terrible.
—Ya ha visto los vestidos que vendo. ¿Querrá creer que pasé semanas enteras durmiendo con uno de ellos, y luego con otro, y después con otro más?
—¿Y no le sirvió de nada?
—No. En el sueño siempre iba vestida como ahora. Me pasé una temporada llevando los vestidos incluso cuando estaba despierta; los llevaba hasta para venir aquí y para ir al mercado. Pero todo fue inútil.
—¿Ha probado a dormir en algún otro sitio?
—Sí, he dormido en casa de mi prima, que vive en la otra punta de la ciudad. Tuve el mismo sueño. Estoy segura de que el hombre al que veo es real. Está en mi sueño y es él quien lo causa; pero no está dormido.
—No obstante, nunca le ha visto estando despierta, ¿verdad?
Tardó unos segundos en responderme y vi como se mordía el grueso labio inferior.
—Estoy segura de que le he visto.
—¡Ah!
—Pero no puedo recordar cuándo. Y sin embargo estoy segura de que le he visto…, estoy segura de que he pasado junto a él por la calle.
—¡Piense! Ese rostro… ¿puede asociarlo con alguna parte determinada de la ciudad?
Meneó la cabeza.
Cuando la dejé tenía una descripción del Señor de los Sueños menos precisa de lo que había esperado conseguir, aunque pese a ello era bastante detallada. Encajaba en casi todos los aspectos con la que me había dado el barón H___; pero eso no demostraba nada, pues la descripción del barón bien podía estar ampliamente basada en la de Fräulein A___.
El banco de Herr R___ era un establecimiento privado, como lo son todos los grandes bancos de Europa. Ocupaba lo que había sido la mansión de alguna familia noble (su escudo cubierto de yedra aún era visible encima de la puerta), y su única identificación era una pequeña placa de latón sobre la que se leía el apellido de Herr R___ y los de sus socios. La atmósfera del interior resultaba aún más impresionante y seria —aunque quizá no tan elegante— de lo que nunca pudo llegar a ser en la época de aquella antigua familia noble. Cuadros de oscuros colores con marcos dorados adornaban las paredes, y los oficinistas ocupaban sillones tapizados y trabajaban ante escritorios de madera tallada. Solicité ver a Herr R___ y se me dijo que aquella tarde no podía recibir visitas; redacté una breve nota en la que aludía veladamente a unos «sueños preocupantes», pedí que se la hicieran llegar y cinco minutos después entraba en un lujoso despacho que en tiempos debió de ser el dormitorio del cabeza de familia.
Herr R___ era un hombre alto y de considerable corpulencia, y me pareció que su peso era un tanto superior al que habría aprobado su médico de cabecera. Parecía tener unos cincuenta años; su rostro, sonrosado y carnoso, producía una impresión de fuerza; la frente despejada y el tamaño del cráneo sugerían una considerable capacidad intelectual, y sus pequeños y vivaces ojos oscuros —que recorrieron mi persona captando la expresión de mi rostro y la postura de mis manos y mis pies— revelaban a un hombre ingenioso y astuto.
El disimulo o la falsedad no me servirían de nada con él, por lo que le expliqué sin más rodeos que venía como emisario del barón H___, que conocía su problema y que si cooperaba conmigo le ayudaría en cuanto me fuera posible.
—Conozco su reputación, monsieur —me dijo—. Una firma con la cual tengo algunas relaciones comerciales le empleó hace tres años en el asunto de cierta momia. —Me dio el nombre de la firma—. Debería haber pensado en acudir a usted.
—No sabía que tuviera relaciones con ellos.
—En cuanto usted haya salido de esta habitación dejaré de tenerlas. No sé qué recompensa le habrá ofrecido el barón H___ en caso de que logre capturar al hombre que me está atormentando, pero aparte de dicha recompensa, yo le entregaré una suma igual a la que se le pagó por el asunto de la momia. Si lo desea, creo que eso le permitirá retirarse de su trabajo y pagar el alquiler de una docena de villas en el sur.
—No deseo retirarme, y en caso de que lo deseara podría habérmelo permitido hace ya mucho tiempo —repliqué yo—, pero lo que acaba de decirme me interesa. ¿Está seguro de que quien le atormenta es un hombre real?
—Conozco a los hombres. —Herr R___ se reclinó en su sillón y contempló los frescos del techo—. De niño vendía fardelillos de col en la calle…, ¿lo sabía? Mi madre los cocinaba usando los pedazos de madera que ella misma recogía en los edificios que iban a ser demolidos, y yo tenía un carrito y me encargaba de venderlo. Viví para verla con una docena de criados y la mejor mansión de toda Lindau. Nunca fui a la escuela; aprendí a sumar y restar en las calles…, cuando necesito multiplicar o dividir llamo a mi secretario. Pero aprendí a conocer a los hombres, y ahora tengo cuarenta años de experiencia en tan difícil arte. ¿Cree que podría dejarme engañar por un fantasma? No, es un hombre de carne y hueso, y debo confesar que más fuerte e inteligente que yo, un hombre al que he visto en alguna parte de esta ciudad, aunque no sé cuándo…, y le he visto más de una vez.
—Descríbalo.
—Es tan alto como yo, y más joven…, puede que tenga unos treinta o treinta y cinco años. Lleva una barba bifurcada de color castaño, así de larga. (Se puso la mano unos quince centímetros por debajo del mentón). Su cabello también es de color castaño y aún no ha empezado a encanecer, pero tal vez sí a ralear un poco en las sienes.
—¿No lo recuerda?
—En mis sueños lleva una corona de rosas…, no puedo estar seguro.
—¿Alguna otra cosa? ¿Cicatrices, alguna señal especial que sirva para identificarle?
Herr R___ asintió.
—Se ha hecho daño en la mano. En mi sueño, cuando tiende la mano para recibir el dinero, veo que está sangrando, como si una herida reciente hubiera vuelto a abrirse y la sangre fluyera de nuevo. Tiene las manos largas y delgadas…, como las de un pianista.
—Será mejor que me cuente el sueño.
—Naturalmente. —Se quedó callado durante unos instantes y vi que su rostro se nublaba, como si narrar el sueño le hiciera volver a vivirlo—. Estoy en una gran casa. Ocupo una posición de bastante importancia, casi parecida a la del dueño; pero la casa no es mía…
—Espere —le interrumpí—. Esa casa del sueño… ¿tiene un gran salón para banquetes? ¿Tiene una entrada con columnas y está rodeada de un jardín?
Las pupilas de Herr R___ se dilataron una fracción de milímetro.
—¿También ha tenido sueños parecidos?
—No, pero creo que ya he oído hablar de esa casa. Por favor, continúe.
—Hay muchos sirvientes…, algunos trabajan en los campos que hay más allá del jardín. Les doy instrucciones…, los detalles varían en cada sueño, ¿comprende? Unas veces se trata de la cocina, otras son problemas relacionados con el ganado o con algún campo que debe ser drenado. Al parecer la principal producción de los campos es el trigo, pero también hay un viñedo y un huerto que sirve para abastecer la cocina y, naturalmente, hay que ocuparse asimismo de la casa: la limpieza, las reparaciones… El propietario no está casado; creo que su madre vive con nosotros, pero apenas se ocupa de los asuntos domésticos…, eso es cosa mía. Si he de serle sincero, creo que nunca he llegado a verla, aunque tengo la sensación de que vive allí.
—¿Y la casa es parecida a la casa de Lindau que compró para su madre?
—No mucho, aunque las grandes mansiones siempre son algo parecidas entre sí.
—Comprendo. Siga.
—Paso una considerable parte del sueño dando órdenes y a veces incluso repaso los libros de contabilidad. Entonces aparece un sirviente, normalmente es una doncella, y me dice que el propietario desea hablar conmigo.
Voy hasta un espejo en el que puedo verme tan claramente como le veo ahora y me acicalo un poco. La doncella me trae un paño y agua de rosas para echarme en la cara; me aseo y voy a ver al propietario.
»Siempre está en una de las habitaciones del piso de arriba, sentado detrás de una mesa con su propio libro de contabilidad abierto ante él. A su espalda hay una ventana abierta, y por ella puedo ver la copa de un cerezo en flor. Permanezco de pie ante él durante un rato muy largo…, bueno, supongo que deben de ser unos diez minutos, mientras él va pasando las páginas de su libro.
—La situación debe de resultarle bastante incómoda, Herr R___…, algo a lo que supongo que no estará acostumbrado. Bien, ¿qué ocurre después?
—Dice: «Me debe…». —Herr R___ no llegó a completar la frase—. Ése es el problema, monsieur, nunca logro recordar la cifra. Pero es una suma bastante considerable, y añade: «Debo exigirle que pague ahora mismo».
»No tengo esa cantidad de dinero, y así se lo digo. “Entonces, no puede seguir trabajando para mí”, dice él. Al oír esas palabras caigo de rodillas y le suplico que no me despida, diciéndole que si lo hace habré perdido mi única fuente de ingresos y nunca podré saldar mi deuda. Me resulta bastante incómodo decirlo, pero… rompo a llorar. A veces incluso golpeo el suelo con los puños.
—Siga. ¿Cuál es la reacción del Señor de los Sueños? ¿Se deja conmover por sus ruegos?
—No. Vuelve a exigirme que pague mi deuda. Le he repetido más de una vez que en este mundo soy un hombre rico, y que si me permitiera pagarle en la moneda de aquí, saldaría mi deuda sin perder ni un momento.
—Eso es interesante… Creo que muy poca gente sería capaz de enfrentarse a sus pesadillas con la presencia de ánimo de que da muestra usted. ¿Y qué dice él entonces?
—Normalmente replica que no sea estúpido. Pero en una ocasión me dijo: «Esto es un sueño…, a estas alturas ya debe de saberlo. No puede esperar pagar una deuda real con la moneda de los sueños». Y cuando dice esas palabras alarga la mano hacia mí. Entonces veo la sangre que hay en su palma.
—¿Le tiene miedo?
—Oh, sí, mucho. Sé que su poder sobre mí es absoluto y total. Lloro y acabo arrojándome a sus pies…, con la cabeza debajo de la mesa, si es que puede usted llegar a creerlo, sollozando igual que un niño.
»Entonces él se pone en pie y dice: “Jamás podrá pagarme todo lo que me debe, y es un sirviente falso e indigno de mi confianza. Pero le perdono su deuda para siempre”. Levanto la cabeza hacia él y veo como arranca una hoja de su libro y me la ofrece.
—Bien, parece que su sueño tiene un final feliz.
—No, aún no ha terminado. Me guardo la hoja en el bolsillo delantero de mi camisa y salgo del despacho, limpiándome el rostro con la manga. Me doy cuenta de que si algún sirviente me ve, en seguida adivinará lo ocurrido. Vuelvo corriendo a mi despacho; allí tengo un brasero y quiero quemar la página que el propietario ha arrancado de su libro.
—Comprendo.
—Pero cuando llego a la puerta de mi despacho me encuentro con otro sirviente…, creo que es alguien que ocupa una posición casi tan importante como la mía, pues va muy bien vestido. Da la casualidad de que ese hombre me debe una considerable suma de dinero. No quiero que se dé cuenta de la prueba que acabo de soportar, y le exijo el pago inmediato. —Herr R___ se levantó del sillón y empezó a ir y venir por la habitación, contemplando ya los frescos de las paredes, ya la alfombra turca que había bajo sus pies—. Ese tipo de escenas me son bastante familiares, ¿comprende? Esta habitación ha presenciado más de una…
»El sirviente se arrodilla, llorando y suplicando que le dé un poco más de tiempo; pero yo me inclino sobre él, así, y le cojo del cuello.
—¿Y qué sucede entonces?
—La puerta de mi despacho se abre. Pero lo que hay detrás no es mi despacho, con su escritorio y su brasero de carbón, sino el despacho del propietario. Está de pie en el umbral y a su espalda puedo ver la ventana abierta y las flores del cerezo.
—¿Y qué le dice?
—Nada. No me dice nada. Aparto mis dedos de la garganta del otro sirviente y le dejo marchar.
—¿Y entonces se despierta?
—¿Cómo puedo explicárselo? Sí, me despierto. Pero antes hay unos momentos en que estamos quietos, mirándonos, y durante ese tiempo oigo… ciertos sonidos.
—Si le resulta demasiado doloroso, no hace falta que me diga nada más.
Herr R___ sacó un pañuelo de seda de su bolsillo y se lo pasó por la cara.
—¿Cómo puedo explicárselo? —repitió—. Cuando oigo esos sonidos me doy cuenta de que el propietario tiene sirvientes que nunca han estado bajo mi jurisdicción. Es como si siempre lo hubiera sabido y jamás hubiera tenido motivos para pensar en ello…
—Comprendo.
—Se alojan en otra parte de la casa…, a veces creo que en las bóvedas que hay bajo la bodega. Nunca les he visto, pero en ese instante sé que son unas criaturas horribles, malvadas y crueles; y sé también que el propietario piensa que soy casi tan despreciable como ellos y permite que le sirva, igual que se lo permite a ellos. Sigo inmóvil…, los dos seguimos sin movernos, y oigo como se van acercando. Y, finalmente, la puerta que hay al final del pasillo empieza a abrirse y por el hueco asoma una mano espantosa y repugnante que parece la garra de algún reptil.
—¿Y ése es el final del sueño?
—Sí.
Herr R___ volvió a dejarse caer en el sillón, pasándose el pañuelo por la cara.
—¿Tiene esa experiencia cada noche?
—A veces hay algunos detalles que varían —replicó él con voz lenta y algo vacilante.
—Me ha dicho que las órdenes que le da a la servidumbre varían, ¿no?
—Hay otra diferencia. Cuando empecé a tener los sueños me despertaba al oír el crujido de los goznes de la puerta situada al final del pasillo. Cada noche el sueño dura un momento más, quizá una décima de segundo… Ahora puedo ver el brazo de la criatura que abre la puerta y ya casi distingo su codo.
Anoté la dirección de su casa (Herr R___ estuvo más que dispuesto a proporcionármela), salí del banco y volví a mi hotel.
A la mañana siguiente me comí el bollo, me tomé el café y fui a la dirección indicada en la tarjeta que me había dado el barón H___, y unos minutos después estábamos sentados en una habitación tan desprovista de mobiliario como esas tiendas en las que se alojan los soldados que van a ser arrojados al campo de batalla.
—Bien, ¿está preparado para comenzar la investigación del caso? —me preguntó.
—No, nada de eso. Ya he empezado; a decir verdad, estoy a punto de entrar en una nueva fase de la investigación. Usted no habría acudido a verme si su Señor de los Sueños no estuviera torturando a alguien más aparte de las personas cuyos nombres me proporcionó. Deseo conocer la identidad de esa otra persona y quiero interrogarla.
—Ya le dije que había muchos casos más. Yo…
—Sí, recuerdo que me proporcionó una lista, pero todos los nombres que figuran en ella pertenecen a la petite bourgeoisie, cuando no a personas de posición todavía menos importante. Al principio pensé que quizá hubiera venido a verme obedeciendo a una petición personal de Herr R___; pero en cuanto tuve tiempo para pensar en lo que sé de sus métodos, comprendí que en tal caso le habría pedido que se encargara de satisfacer mis honorarios, por lo que debe de estar ocultándome el nombre de alguien muy importante, y deseo hablar con esa persona.
—La condesa… —empezó a decir el barón H___.
—¡Ah!
—La condesa ha expresado su deseo de conocerle. El conde se opone.
—Supongo que estamos hablando del gobernador de esta provincia, ¿no?
El barón asintió.
—Sí, hablamos del conde Von V___. Debe comprender que sólo es responsable ante la reina regente en persona.
—Muy bien. La condesa desea hablar conmigo y yo deseo oír lo que pueda contarme… Le aseguro que nos veremos, barón; y la única pregunta es si nuestro encuentro tendrá lugar bajo sus auspicios o no.
Esa misma tarde fui presentado a la condesa, una mujer de veintipocos años, senos opulentos y una cabellera negrísima, que poseía una piel blanca como la leche, un rostro que era un óvalo perfecto y unos grandes ojos oscuros en los que se percibía el miedo y (o eso pensé) la compasión.
—Me alegra que haya venido, monsieur. Nuestro buen barón H___ lleva siete semanas buscando a ese hombre, pero no ha logrado encontrarle.
—Condesa, si hubiese sabido que mi presencia aquí la complacería, habría venido mucho tiempo antes, cualesquiera que fuesen los obstáculos que pudieran interponerse en mi camino. Bien, así que usted también está segura de que buscamos a un hombre real, ¿no?
—No salgo casi nunca, monsieur. Mi esposo está convencido de que vivimos en un riesgo perpetuo de ser asesinados.
—Creo que tiene razón.
—Pero de vez en cuando vamos a la Rathaus en una carroza de cristal para asistir a ciertas ceremonias. Los ulanos nos rodean para protegernos. Estoy segura de que vi el rostro de ese hombre entre la multitud antes de que empezaran los sueños.
—Muy bien. Y ahora, cuénteme su sueño.
—Estoy aquí, en casa…
—¿En este mismo palacio donde nos hallamos ahora?
Asintió.
—Bien, eso es nuevo. Siga, se lo ruego.
—Va a haber una ejecución en el jardín. —Una sonrisa fugaz iluminó el hermoso rostro de la condesa—. No hará falta que le diga que las ejecuciones no se celebran aquí, ¿verdad?, pero cuando sueño no me parece extraño.
»Creo que he estado un tiempo lejos del palacio y acabo de enterarme de lo que va a ocurrir. Voy corriendo al jardín. El hombre al que el barón H___ llama el Señor de los Sueños está allí, atado al tronco del gran cerezo; ante él hay un pelotón de soldados con los rifles al hombro; su oficial está junto a ellos con el sable desenvainado, y mi esposo se encuentra a uno o dos pasos de distancia, observándolo todo. Empiezo a gritar, diciéndoles que no disparen, y mi esposo se vuelve hacia mí. “No debes hacerlo, Karl”, le digo. “No debes matar a ese hombre”, pero su expresión me revela lo que piensa: cree que estoy haciendo el ridículo, que me porto como una niña de corazón demasiado tierno. Karl…, Karl tiene varios años más que yo.
—Lo sé.
—El Señor de los Sueños vuelve la cabeza hacia mí. La gente me dice que tengo los ojos muy grandes… ¿Cree que lo son, monsieur?
—Lo son, y muy hermosos.
—En mi sueño, de repente, sus ojos parecen hacerse mucho más grandes que los míos, y son mucho más hermosos; y cuando miro en ellos, veo reflejada la figura de mi esposo. Por favor, escúcheme con mucha atención, porque lo que voy a decirle es muy importante, aunque me temo que no tiene sentido.
—En los sueños todo puede ocurrir, condesa.
—Cuando veo a mi esposo reflejado en los ojos de ese hombre, sé que el auténtico Karl es el reflejo, y no el hombre que hay junto a mí… No me pregunte cómo lo sé, pero estoy segura de que el hombre a quien consideraba real no es más que el reflejo de ese reflejo. ¿Comprende lo que le estoy diciendo?
Asentí.
—Creo que lo comprendo.
—Vuelvo a suplicarle que no le mate, le digo que con eso sólo conseguirá causar una gran desgracia… Mi esposo le hace una seña con la cabeza al oficial, los soldados alzan sus rifles y…, y…
—Usted se despierta. ¿Quiere que le preste mi pañuelo, condesa? Es de una tela algo tosca pero está limpio y es mucho más grande que el suyo.
—Karl tiene razón…, no soy más que una niña estúpida. No, monsieur, no me despierto…, todavía no. Los soldados disparan. El Señor de los Sueños se derrumba hacia adelante, aunque sus ataduras le mantienen unido al árbol. Y Karl se convierte en un montón de harapos ensangrentados.
Antes de volver al hotel compré un mapa de la ciudad, y cuando llegué a mi habitación lo desplegué sobre la mesa. La ruta seguida por la carroza de cristal de la condesa estaba muy clara: tendría que ir por la Hauptstrasse, la única calle lo bastante ancha para permitir el paso de un carruaje rodeado de jinetes. La ruta más probable por la que Herr R___ iría de su casa a su banco coincidía durante varias manzanas con la Hauptstrasse. El camino seguido por Fräulein A___ para ir de su piso a la galería comercial atravesaba la Hauptstrasse en un punto situado dentro de ese tramo de manzanas. No necesitaba saber más.
A la mañana siguiente me levanté muy temprano y me aposté en el cruce escogido. Si mi hombre seguía vivo después de la salva de disparos que el conde Von V___ le infligía cada noche, me pareció que tarde o temprano aparecería en aquel punto, y estoy acostumbrado a esperar. Fumé cigarrillos mientras observaba a los ciudadanos de I___ que iban y venían ante mí. En cuanto hubo pasado una hora le compré un periódico a un vendedor callejero y lancé unas breves miradas a sus páginas aprovechando los momentos en que había pocos transeúntes.
Poco a poco me fui dando cuenta de que era observado; alardeamos de nuestra razón, pero hay ciertos sentidos sobre los que la razón no posee ninguna autoridad. No sabía desde dónde se me vigilaba, pero tanto daba hacia dónde me volviese: seguía sintiendo el peso de su mirada. Bien, pensé, así que sabes quién soy, amigo mío… Y ahora, ¿también yo tendré sueños? ¿Qué ha hecho que tu atención se fijara en un desconocido, un simple forastero que espera quién sabe qué en esta esquina? ¿Has estado hablando con Fräulein A___ o con alguien que ha hablado con ella?
Examiné disimuladamente los dos sentidos de las calles que formaban el cruce, buscando a otra persona que compartiera mi ociosidad. No había nadie…, ni un abuelo adormilado, ni una mujer o un niño, ni siquiera un perro. Y, desde luego, no había ningún hombre de barba bifurcada y ojos penetrantes. Quedaban las ventanas… Las observé todas, buscando encontrar una abertura aparentemente inofensiva que me permitiera captar el rastro de algún movimiento en una habitación oscura… Nada.
Sólo me quedaba examinar los edificios que tenía detrás. Crucé la Hauptstrasse hasta llegar a la acera opuesta, me volví a mirar… y me eché a reír.
Aquellos burgueses de rostros ceñudos debieron de tomarme por loco, pues me doblé sobre mí mismo, escupiendo el cigarrillo sobre la acera, y tuve que llevarme las manos a la cintura, temiendo que mi ataque de risa acabara rompiéndome el cinturón. ¡Ah, qué impúdica y descarada insolencia la suya, qué inmensa osadía…! ¡Y mi estupidez, esa maravillosa estupidez mía que me había impedido reconocer sus viejas historias! Durante lo que me quede de vida podré aceptar cualquier caso con placer, y perseguiré al más inepto de los criminales con todo mi celo, ya que si he sido capaz de semejante imbecilidad, sé que siempre hay una posibilidad de que consiga superarme en ingenio.
Pues el Señor de los Sueños había instalado Su propia imagen en Su ventana, una imagen a tamaño natural y adornada con los más espléndidos colores concebibles. La saludé, tosiendo y ahogándome, y volví a cruzar la calle, incapaz de contener mis carcajadas, hasta llegar al sitio donde sabía que Le encontraría. Un hombre me estaba esperando: no era el hombre al que buscaba, sino alguien que comprendía a Quién había venido a buscar, y sabía tan bien como yo que Su captura estaba más allá del poder de cualquier perseguidor de ladrones. Me arrodillé, y no creo que mi acto bastara para dejar plenamente satisfechos al barón H___, Fräulein A___, Herr R___ y al conde y la condesa Von V___, pero destruí al Señor de los Sueños en un sacrificio similar al que ha sufrido tantas veces, devorando Su blanca carne de trigo, esa carne que nos permite albergar la esperanza de que gozaremos de la vida eterna.
Buenas gentes, seguid soñando.