Stories 93 / Random

Stories by franz kafka

una mujer pequeña (spanish)

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Es una mujer pequeña, delgada por naturaleza, pero muy rígida; siempre la veo con el mismo vestido, de un tejido de color gris amarillento, con cierto tono caoba, y está adornado con borlas o colgantes parecidos a botones del mismo color; nunca lleva sombrero, su pelo rubio natural es liso y lo lleva suelto, aunque no despeinado. No obstante cierta sensación de rigidez, se mueve con ligereza, si bien exagera esa movilidad: le gusta ponerse las manos en las caderas y mecer el tronco con gesto súbito hacia los lados. Sólo puedo describir la impresión que me causa su mano diciendo que no he visto nunca una en la que los dedos estén tan separados entre sí; pero su mano no posee nada extraño, es una mano completamente normal.
Esta mujer pequeña está muy insatisfecha conmigo, siempre tiene algo que objetarme, siempre soy el causante de alguna injusticia, la enojo continuamente; si se dividiera la vida en partes, y éstas en otras más pequeñas, y se pudiera juzgar las más diminutas, cada una de las que componen mi vida constituirían para ella un motivo de enfado. He pensado mucho sobre este problema, sobre por qué la enojo tanto; puede ser que todo lo que hay en mí contradiga su sentido de la belleza, su sentido de la justicia, sus costumbres, sus tradiciones, sus esperanzas; hay naturalezas que se contradicen, pero ¿por qué sufre tanto por ello? No existe ninguna relación entre nosotros que la obligue a sufrir. Sólo tendría que decidirse a mirarme como a un completo extraño, el que en realidad soy, y yo no me defendería contra una decisión semejante, sino que le daría la bienvenida. Ella sólo tendría que decidirse a olvidar mi existencia, que yo jamás le he impuesto ni le impondría. Así dejaría de sufrir. Aquí no menciono que su actitud me es muy desagradable, no lo menciono, porque reconozco que este desagrado no es nada en comparación con su sufrimiento. De lo que sí soy plenamente consciente es de que no se trata de un sufrimiento amoroso; ella no alberga ninguna intención de mejorarme, tampoco lo que me objeta es de tal condición que pudiera perturbar mi camino. De mi camino, por otra parte, no se preocupa en absoluto, a ella sólo le preocupa su interés personal, es decir, el tormento de vengarse que yo le procuro, e impedir el tormento que le causa mi amenaza en el futuro. Ya he intentado indicarle una vez cómo podía liberarse de ese enojo continuo, pero le entró tal arrebato que ya no he vuelto a repetir el intento.
También asumo cierta responsabilidad, pues por muy ajena que me sea esa mujer pequeña, y aunque la única relación existente entre ambos sea el enojo que causo, o, mejor, el enojo que se deja ocasionar por mí, no me podría ser indiferente cómo sufre por esta situación, incluso físicamente. De vez en cuando me llegan noticias, en los últimos tiempos con más profusión, de que ella una vez más estaba pálida por la mañana, ojerosa, atormentada por dolores de cabeza y casi incapaz de trabajar; con todos estos síntomas preocupa a sus parientes, y aunque se especula acerca de la posible causa de sus dolencias, aún no se ha encontrado. Yo soy el único que la conozco, es el enojo de siempre, pero yo no comparto las preocupaciones de sus parientes; ella es fuerte y resistente, quien logra enojarse así, logrará también, con toda probabilidad, superar las consecuencias del enojo. Yo tengo la sospecha de que, al menos en parte, finge su sufrimiento, para, así, hacer que el mundo sospeche de mí. Dicho con toda sinceridad, es demasiado orgullosa como para que mi existencia la atormente. Recurrir a otro por mi causa significaría para ella denigrarse. Se ocupa de mí sólo por aversión, por una aversión que la impulsa incesantemente; comentar públicamente este asunto resultaría demasiada vergüenza para ella. Pero también es demasiado silenciarlo todo bajo la continua presión en que se encuentra. Y así, con su astucia femenina, intenta encontrar un camino intermedio. En silencio, sólo a través de los signos externos de su sufrimiento es como quiere presentar el asunto ante el tribunal de la opinión pública. Tal vez espera, incluso, que si esta opinión dirige su atención hacia mí podrá surgir un enojo colectivo contra mí. Así, con los poderosos medios de que dispone la colectividad, se me podrá condenar definitivamente, con mucha más fuerza y rapidez de lo que es capaz un enojo débil y privado. A continuación, se retirará con un hondo suspiro y me dará la espalda. Bien, si ésas son sus esperanzas, se equivoca. La opinión pública no asumirá su papel, porque no tiene tanto que censurarme, aun cuando me mire con la lupa más poderosa. No soy un hombre tan inútil como ella cree, pero no voy a vanagloriarme y mucho menos en este aspecto. No obstante, aunque no me distinguiera por una utilidad especial, con toda seguridad tampoco llamaría la atención por lo contrario; sólo para ella, para sus ojos casi de un blanco resplandeciente, soy así, no podrá convencer a nadie más. ¿Podría, por consiguiente, estar tranquilo a este respecto? No, en absoluto, pues si se sabe que la pongo enferma con mi conducta, y algunos, que siempre están al acecho, los laboriosos correveidiles, ya lo sospechan, o al menos lo aparentan, y luego viene el mundo y comienza a hacerme preguntas, como por qué atormento a esa pobre mujer pequeña con mi actitud incorregible, o si pretendo llevarla a la muerte, o que cuándo tendré el sentido común y la más elemental compasión humana para dejar de hacerlo, cuando el mundo me haga esas preguntas, será difícil responderle. ¿Deberé acaso reconocer que no creo mucho en esos síntomas de enfermedad, que no tengo la más mínima compasión, que esa mujer me es completamente indiferente y que la relación que hay entre los dos sólo ha sido establecida por ella y sólo se mantiene por ella? No diré que no me creerían, probablemente ni me creerían ni me dejarían de creer; no se llegaría tan lejos para hablar de eso; simplemente se registraría la respuesta, que yo he dado con referencia a una mujer débil y enferma, y eso no sería favorable para mí. Tanto aquí como en cualquier otra respuesta siempre saldrá a mi encuentro la incapacidad del mundo de no tomar en consideración en un caso como éste la sospecha de una relación amorosa, por más que sea completamente claro que no existe tal relación y que, si existiera, antes procedería de mí, ya que yo sería capaz de admirar, pese a todo, la fuerza de sus decisiones y su modo infatigable de sacar consecuencias, si no fuese castigado continuamente con sus preferencias. En ella, sin embargo, no se encuentra la menor huella de una relación amistosa. En esto es sincera. Aquí reside mi última esperanza; ni siquiera si conviniese a su estrategia bélica hacer creer que existe una relación, podría olvidarse de sí misma y poner esta idea en práctica. Pero la opinión pública, tan poco inteligente, inclinada hacia esta versión, no cambiará de parecer y decidirá siempre contra mí.
Así que sólo me queda como salida cambiar a tiempo, antes de que el mundo intervenga; de ese modo no impediré el enojo de la mujer pequeña, lo que es impensable, pero sí podré suavizarlo. Y, en efecto, me he preguntado con frecuencia si mi estado actual me satisface tanto como para no querer cambiarlo, y si no sería posible introducir ciertos cambios, aunque no los realizara por estar convencido de que son necesarios, sino sólo para calmar a la mujer. Lo he intentado honradamente, no sin esfuerzo y cuidado, además era algo que me gustaba, casi me divertía; se produjeron algunos cambios, visibles, no tuve que llamar la atención de la mujer sobre ellos, ella los notaba antes que yo, ella notaba la expresión de mi intención en mi propio ser. Pero no tuve éxito. ¿Cómo hubiera sido posible? Su insatisfacción conmigo es, como ahora he comprendido, fundamental; nada puede eliminarla, ni siquiera mi propia eliminación; sus ataques de furia al conocer la noticia de mi suicidio no conocerían límites. Lo que no puedo comprender es por qué esa mujer tan sagaz no lo ve como yo, ignora la falta de futuro de sus esfuerzos, mi inocencia y mi incapacidad de corresponder, aun con mi mejor voluntad, a sus exigencias. Seguro que se da cuenta, pero lo olvida a causa de su naturaleza luchadora cuando está inmersa en la pasión del combate. Y mi actitud desgraciada, que no puedo cambiar, pues así soy, consiste en que no puedo dejar de susurrar una advertencia a todo aquel que se ha salido de sus casillas. De esta manera no llegaremos a un acuerdo jamás. Una y otra vez saldré feliz a primeras horas de la mañana de la casa y veré ese rostro amargado por mi causa, los labios fruncidos por el mal humor; la mirada escrutadora, que ya conoce el resultado de su examen de antemano, y que recorre todo mi ser sin que se le escape nada, por muy fugaz que haya sido; veré la sonrisa agria que se esculpe en su mejilla juvenil, la mirada demandante dirigida al cielo, las manos en las caderas para afirmarse y, luego, la palidez y el temblor de su indignación.
Hace poco, y por primera vez, como reconocí asombrado, le comenté algo de este asunto a un buen amigo, sólo de pasada, un par de palabras, sin darle la importancia que en realidad tenía, por más que para mí carezca de importancia frente a los demás. Lo extraño fue que mi amigo me escuchara, incluso otorgó importancia al asunto, no cambió de tema e insistió en tratarlo. Aún más extraño fue, sin embargo, que infravalorase el asunto en un punto decisivo, pues me aconsejó seriamente que me fuese un tiempo de viaje. Ningún otro consejo podría ser más incomprensible. La situación es bastante simple, cualquiera la puede comprender en cuanto le presta un poco de atención, pero tampoco es tan fácil como para que mi ausencia lo pueda solucionar todo o, al menos, lo más importante. Todo lo contrario, me tengo que guardar mucho de irme de viaje. Si tengo que seguir algún plan, es el de dejar las cosas en su estado actual, en el que aún no han trascendido al mundo exterior, eso quiere decir permanecer tranquilo aquí donde estoy y no introducir ningún cambio llamativo por este motivo, lo que incluye no hablar de ello, y no porque se trate de un peligroso secreto, sino porque es un asunto pequeño, personal y, por este motivo, fácil de manejar; además, porque así tiene que seguir siendo. No obstante, los comentarios de mi amigo no fueron inútiles del todo, no me enseñaron nada nuevo, pero fortalecieron mis intenciones fundamentales.
Como queda demostrado, si se piensa con detenimiento, los cambios que parecen haberse producido a lo largo del tiempo en el estado de las cosas, no son un cambio de las cosas en sí mismas, sino que corresponden al desarrollo en mi manera de considerarlas, en el sentido de que mi visión de ellas se ha vuelto en parte más tranquila, más viril, llega más al fondo del asunto, y también por la oculta influencia de las continuas conmociones, aunque sean tan ligeras como un cierto nerviosismo.
He afrontado el asunto con más tranquilidad, pues creo reconocer que cuanto más próxima aparezca la necesidad de una decisión, ésta no se producirá; uno se inclina con demasiada facilidad, especialmente en los años de juventud, a valorar en demasía el tempo en el que se presentan las decisiones. Cuando una vez mi pequeña juez, debilitada por mi mirada, se hundió lateralmente en el sillón, se aferró con una de las manos al respaldo y con la otra se soltó el corsé, mientras lágrimas de ira y desesperación surcaban sus mejillas, pensé que en ese instante era necesaria una decisión y me dispuse a responder. Pero nada de decisión, nada de responsabilidad, las mujeres se marean en seguida, el mundo no tiene tiempo para prestar atención a todos los casos. ¿Y qué ha ocurrido en todos estos años? Nada más que ese caso se repitió, unas veces más fuerte, otras más débil; tomado en general, su número aumentó. A la gente que pulula en las proximidades les gustaría intervenir, si encontraran la posibilidad, pero no encuentran ninguna; hasta ahora sólo confían en su olfato, y si el olfato basta pata ocupar lo suficiente a su poseedor, para los demás no sirve. Pero así ha sido siempre en lo fundamental, siempre hubo esos espectadores y suspiradores inútiles, que disculpan su presencia con astucia, normalmente alegando un parentesco; siempre han prestado atención, siempre han tenido las narices llenas con su olfato, pero el resultado de todo esto es que siguen estando aquí. La diferencia radica en que los he ido reconociendo paulatinamente, que distingo sus rostros; antes creía que se acercarían lentamente desde todas las direcciones, que aumentarían las dimensiones del asunto y que obligarían a que se tomara una decisión. Hoy creo saber que todo eso estaba aquí desde el principio y que no tiene que ver nada o, en todo caso, muy poco, con la llegada de una decisión. Y la misma decisión, pero ¿por qué la denomino con una palabra tan importante? Si alguna vez —y con toda seguridad no será mañana, ni pasado mañana y probablemente nunca— se llegara a que la opinión pública se ocupase del asunto, para el que, lo repito, no es competente, yo no saldría indemne del proceso, pero se habría tomado en consideración que no soy un desconocido de la opinión pública, que vivo iluminado por sus focos, a un mismo tiempo confiado y ganándome la confianza, y que por este motivo esa pequeña mujer sufriente surgida con posterioridad, que, dicho sea de paso, cualquier otro es muy probable que ya hace tiempo la hubiese reconocido como una lapa y la hubiese triturado sin ruido de un pisotón, que esa mujer, en el peor de los casos, sólo podría añadir un pequeño y feo garabato al diploma en el que la opinión pública me declara desde hace tiempo un digno miembro de ella. Éste es el actual estado de las cosas, nada indicado para tranquilizarme.
Que con los años me haya vuelto algo intranquilo, no tiene nada que ver con la importancia del asunto. No se puede soportar estar enojando continuamente a otro, y mucho menos cuando se es consciente de la sinrazón de ese enojo; uno se torna intranquilo, en cierta medida uno comienza a acechar decisiones, aun cuando no se crea razonablemente en su llegada. En parte se trata también de algo que aparece con la edad; a la juventud le sienta todo bien; pequeñas irregularidades desaparecen en la energía inagotable de la juventud. Si un joven tiene una mirada escudriñadora, no se le toma a mal, no se le nota, ni siquiera lo nota él mismo, pero lo que queda de esa mirada más tarde, esos restos, son necesarios, ninguno se renueva, cada uno está bajo observación, y la mirada escudriñadora de un hombre mayor es una mirada claramente escudriñadora, y no es difícil constatarlo. Pero tampoco se trata de un empeoramiento objetivo.
Cualquiera que sea la perspectiva desde la que lo considere, una y otra vez queda demostrado, e insisto en esta actitud, que, manteniendo ligeramente oculto el asunto debajo de la mano, yo podría seguir viviendo mucho tiempo, sin ser molestado por el mundo, como he vivido hasta el momento presente, no obstante la furia de la mujer.