Stories 93 / Random

Stories by franz kafka

once hijos (spanish)

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Tengo once hijos.
El primero es de un aspecto desagradable, pero serio y listo; no obstante, no lo aprecio mucho, aunque al ser un niño le quiero como a los demás. Su manera de pensar me parece muy simple. No se entera ni de lo que está a su izquierda, ni a su derecha, ni tampoco de lo que tiene enfrente; en el ámbito de su escasa capacidad de raciocinio se mueve siempre en círculo o, mejor aún, no para de girar.
El segundo es guapo, delgado y bien formado. Da gusto mirarlo cuando adopta la postura de un esgrimidor. También es listo, pero sobre todo experimentado; ha visto mucho mundo, y por eso parece como si la naturaleza hablara con él más confiada que con los que han permanecido en casa. Pero ese privilegio no se debe, con toda seguridad, exclusivamente a sus viajes, más bien es algo propio de la inimitabilidad de este niño, que, por ejemplo, es reconocida por todo aquel que intenta imitar su bien calculado pero indómito salto acrobático de trampolín. Hasta el final del trampolín alcanzan el valor y las ganas, pero allí el imitador en vez de saltar se sienta y levanta los brazos disculpándose. Y a pesar de todo (en realidad debería ser feliz con un hijo así), mi relación con él no es muy clara. Su ojo izquierdo es un poco más pequeño que el derecho y lo guiña mucho. Sólo se trata de un pequeño defecto, es cierto, que dota a su rostro de más osadía de la que tendría sin él, y nadie censuraría ese pequeño ojo parpadeante teniendo presente la incomparable unidad de su ser. Yo, el padre, lo hago. No es, naturalmente, ese defecto corporal el que me molesta, sino la correspondiente pequeña irregularidad de su espíritu, una suerte de veneno presente en su sangre, una incapacidad que manifiesta su verdadero ser y que sólo yo puedo ver. Pero precisamente eso hace de él, por otra parte, mi hijo verdadero, pues su defecto es al mismo tiempo el de toda la familia y en este hijo aparece con toda claridad.
El tercer hijo es igualmente guapo, pero no es su belleza la que agrada. Posee la belleza del cantante: la boca bien formada; el ojo soñador; la cabeza, que necesita unos cortinajes detrás para que haga su efecto; el pecho desmesuradamente abombado; las manos que se alzan con ligereza y se vuelven a bajar aún más ligeras; las piernas, que se doblan porque no lo pueden soportar. Y, además, el tono de su voz no es perfecto, engaña un instante, hace que el experto agudice el oído, pero el defecto se extingue poco después. Aunque en general todo invita a presentar a este hijo, prefiero mantenerlo oculto. Él mismo no quiere salir, y no precisamente porque conozca sus defectos, sino por su inocencia. También él se siente extraño viviendo en nuestra época. Como si perteneciera a mi familia, pero, además, a otra, ya para siempre perdida, se muestra apático con frecuencia y nada lo puede animar.
Mi cuarto hijo es, tal vez, el más sociable de todos. Un verdadero hijo de su tiempo, todo el mundo lo comprende, se planta en el mismo terreno que los demás y todos están tentados de hacerle algún signo de aprobación. Tal vez por este reconocimiento general, su ser cobra ligereza, sus movimientos ganan en libertad, sus opiniones en despreocupación. Algunos de sus dichos se quisieran repetir con frecuencia, si bien sólo algunos porque en conjunto pecan de un exceso de trivialidad. Él es como uno que salta de maravilla, gira en el aire como una golondrina y luego termina cayendo desconsolado en el polvo: una nada. Pensamientos semejantes me amargan la visión de este niño.
El quinto hijo es cariñoso y bueno; promete mucho menos de lo que cumple; era tan insignificante que uno en su presencia se sentía solo; sin embargo ha llegado a adquirir cierto prestigio. No obstante, si me preguntan cómo ha ocurrido, no sabría qué responder. Quizá la inocencia penetra con más facilidad a través de los elementos desencadenados de este mundo, y él es inocente. Quizá demasiado inocente. Lo reconozco: no me sienta bien que lo alaben en mi presencia. Es decir, lo que no me gusta es que se tome a la ligera la acción de alabar cuando se alaba a alguien tan digno de alabanza como lo es mi hijo.
El sexto parece, al menos a primera vista, el más pensativo de todos. Un tristón, pero al mismo tiempo un charlatán. Por eso es difícil tratarle. Si está en uno de sus puntos bajos, se sume en una tristeza invencible; pero si alcanza uno de sus estados eufóricos, lo demuestra sin parar de charlar. Sin embargo, no le niego cierta pasión inconsciente; con frecuencia, a plena luz del día, se abre paso a través del pensamiento como en un sueño. Sin estar enfermo —más bien goza de excelente salud—, a veces se tambalea, especialmente al anochecer, pero no necesita ayuda, no se cae. Tal vez este fenómeno tenga algo que ver con su desarrollo corporal, es demasiado alto para su edad. Eso lo hace feo en general, a pesar de llamativas particularidades que destacan por su belleza, por ejemplo las manos y los pies. Fea es también, por lo demás, su frente; tanto la piel como la estructura ósea parecen arrugadas.
El séptimo hijo representa para mí, tal vez, más que el resto. El mundo no lo comprende ni lo reconoce, no entiende su sentido del humor. No lo sobrestimo, yo sé que es bastante insignificante; si el mundo no tuviera otro defecto que el de no saberle hacer justicia, sería siempre perfecto. Pero no quisiera echar de menos a este hijo en mi familia. Trae tanto agitación como respeto ante la tradición, y sabe fundir ambas cosas en, al menos para mí, un todo inatacable. Con este «todo», sin embargo, es el que menos sabe qué hacer; no echará a rodar la rueda del futuro, pero esa disposición suya es tan alegre, tan plena de esperanzas; yo quisiera que tuviera hijos, y que éstos, a su vez, también tuvieran hijos. Por desgracia ese deseo no parece querer cumplirse. Con una satisfacción de sí mismo que yo comprendo pero que resulta indeseable y que además contrasta plenamente con el juicio que domina en su entorno, vaga por ahí solo, no presta atención a las muchachas y, sin embargo, no pierde nunca su buen humor.
Mi octavo hijo es el de mis penas, y no conozco ningún motivo para ello. Me mira con extrañeza y, sin embargo, me siento muy unido a él paternalmente hablando. El tiempo ha logrado mucho; con anterioridad me asaltaba una suerte de temblor con sólo pensar en él. Va a su aire. Ha roto los vínculos conmigo, pero con toda seguridad, con su duro cráneo y su cuerpo pequeño y atlético —sólo las piernas las tenía de pequeño bastante débiles, pero es algo que ya se ha equilibrado— logrará salir adelante en cualquier lugar que quiera. Con frecuencia tuve ganas de ponerme en contacto con él para preguntarle cómo le va, por qué se aparta tanto de su padre y cuáles son sus proyectos, pero está tan lejos y ya ha pasado tanto tiempo que lo mejor es que todo se quede como está. He oído que es el único de mis hijos que lleva barba; naturalmente, una barba no le queda bien a un hombre tan pequeño.
Mi noveno hijo es muy elegante y posee la mirada dulce para las mujeres; tan dulce que hasta a mí, ocasionalmente, me podría seducir, que sé de sobra que basta una esponja húmeda para borrar todo ese brillo ultraterreno. Lo especial de este joven es que a él no le va eso de seducir, se quedaría toda su vida echado en el canapé y malgastaría su mirada en el techo de la habitación o preferiría dejarla descansar bajo los párpados. Cuando se encuentra en ésta su postura favorita, le gusta hablar y no lo hace mal; es parco e intuitivo, pero con ciertos límites; si se pasa de la raya, lo que no puede evitar dada su estrechez mental, su conversación se torna vacía del todo. Se le podrían hacer señas negativas si se abrigara la esperanza de que esa mirada somnolienta llegaría a advertirlas.
Mi décimo hijo tiene fama de poseer un carácter poco sincero. No voy a desmentir ese defecto, pero tampoco a confirmarlo. Seguro que quien le vea venir con una solemnidad poco común para su edad, siempre vestido con una levita cerrada hasta arriba, tocado de un viejo sombrero negro limpiado con un exceso de pulcritud, con el rostro inamovible, la barbilla prominente, los párpados que se abomban pesadamente sobre los ojos, llevándose de vez en cuando dos dedos a la boca, seguro que quien así lo vea pensará: ése es un farsante inconmensurable. Pero ¡que le oigan hablar! Razonablemente, con discreción, parquedad, contestando a las preguntas con maligna vivacidad, en completa, suficiente y asombrosa armonía con el mundo, una armonía que, necesariamente, hace erguir el cuello y levantar la cabeza. A muchos, que se tienen por listos y que, por este motivo, se sentían repelidos por su aspecto exterior, los ha atraído fuertemente con su palabra. Pero también hay personas a las que su aspecto deja indiferente, y, sin embargo, estiman que sus palabras son las propias de un farsante. Yo, como padre, no quiero decidir, pero debo reconocer que los últimos enjuiciadores son más dignos de tomar en consideración que los primeros.
Mi undécimo hijo es sensible, el más débil de todos mis hijos, pero su debilidad engaña; en determinados momentos puede ser fuerte y decidido, pero su debilidad es, a fin de cuentas, lo esencial de su carácter. Sin embargo, no se trata de una debilidad vergonzosa, sino algo que sólo en la superficie de la tierra aparece como débil. ¿Acaso no es, por ejemplo, la disposición para volar una debilidad, ya que supone también vacilación, indeterminación y aleteo? Algo así es lo que muestra mi hijo. Al padre, desde luego, no le alegran ese tipo de atributos, está claro que contribuyen a la destrucción de la familia. A veces me mira como si quisiera decirme: «Te voy a llevar conmigo, padre». Luego pienso yo: «Tú serías el último en quien confiaría». Y su mirada parece volver a decir: «Al menos puedo ser el último».
Éstos son mis once hijos.