nuestra pequeña ciudad... (spanish)
Nuestra pequeña ciudad no está en la frontera, ni siquiera cerca; hasta la frontera aún hay una buena distancia, tan larga que nadie de la ciudad ha estado allí; hay que atravesar yermas zonas montañosas, pero también amplios campos fértiles. Uno se cansa con sólo imaginarse una parte del camino. También hay que pasar por grandes ciudades, mucho más grandes que la nuestra. Diez ciudades como la nuestra puestas una detrás de otra y otras tantas insertadas desde arriba no igualarían a ninguna de esas ciudades enormes y compactas. Si uno no se pierde en el camino, se perderá seguro en las ciudades, y es imposible esquivarlas por su tamaño.
Pero aún más lejos que la frontera, si se pueden comparar semejantes distancias —es como si se dijera que un hombre de ciento tres años es mayor que uno de ciento dos—, mucho más lejos que la frontera está la capital. Aunque recibimos noticias de vez en cuando de las guerras fronterizas, de nuestra capital no sabemos casi nada, me refiero a nosotros, los ciudadanos medios, pues los funcionarios del gobierno tienen una buena conexión con la capital; en dos o tres meses pueden recibir una información de allí, al menos eso es lo que afirman.
Por eso es extraño, y yo me maravillo una y otra vez, cómo nosotros, en nuestra ciudad, nos sometemos tranquilamente a todo lo que se ordena en la capital. Desde hace siglos no se ha producido ningún cambio político que partiese de los ciudadanos. En la capital se han ido sucediendo los soberanos, incluso dinastías enteras se han extinguido o han sido depuestas, y otras nuevas han comenzado a gobernar; el siglo pasado la capital fue destruida, se construyó una nueva lejos de la anterior, que más tarde también fue destruida, así que se volvió a reconstruir la antigua. Pero nada de eso ha influido en nuestra pequeña ciudad. Nuestros funcionarios estuvieron siempre en sus puestos, los superiores venían de la capital, los medios, como mínimo, de fuera, y sólo los de grado más bajo de nuestra ciudad, así ha sido siempre y nos hemos conformado. El funcionario de rango superior es el Coronel Recaudador de Impuestos, posee el grado de Coronel, y así se le llama. Hoy es un hombre anciano, yo lo conozco desde hace años, pues ya en mi infancia era Coronel; al principio hizo una carrera muy rápida, luego pareció estancarse, para nuestra pequeña ciudad basta su rango, no seríamos capaces de recibir entre nosotros a un rango superior. Cuando intento imaginármelo, lo veo sentado en la terraza de su casa, sobre la plaza del mercado, recostado, con la pipa en la boca. Sobre él ondea en el tejado la bandera del Imperio; en uno de los lados de la terraza, que es tan grande que allí de vez en cuando se realizan ejercicios militares, está colgada la ropa para secarse. Sus nietos, vestidos con bellos trajes de seda, juegan a su alrededor; a la plaza del mercado no pueden bajar, los otros niños son indignos de ellos, pero la plaza les atrae e introducen las cabezas entre los barrotes de la barandilla y, cuando los otros niños se pelean abajo, participan ellos en la pelea desde arriba.
Así pues, este Coronel domina la ciudad. Creo que aún no ha mostrado un solo documento que le autorice a ello. Tampoco lo tiene. Tal vez sea en realidad un Coronel Recaudador de Impuestos, ¿pero es eso todo? ¿Le autoriza a regir todos los órganos de la administración? Su cargo es muy importante para la ciudad, pero para los ciudadanos no es lo más importante. Entre nosotros se tiene la impresión de que la gente dice: «Bien, has cogido todo lo que teníamos, ahora, por favor, cógenos también a nosotros». Pues en realidad no se ha apoderado del cargo y tampoco es un tirano. Desde tiempos muy antiguos las cosas han evolucionado de tal manera que el Coronel Recaudador de Impuestos siempre ha sido el primer funcionario, y el Coronel se somete a esta tradición como nosotros lo hacemos, ni más ni menos.
Sin embargo, aunque vive entre nosotros sin muchas diferencias en lo que se refiere a dignidad, es algo diferente a un ciudadano común. Cuando se presenta ante él una comisión con una petición es como si fuera el último muro del mundo. Detrás de él ya no hay nada, a partir de allí sólo se adivinan algunas voces susurrantes, pero se trata probablemente de una mera ilusión, él significa el final de todo, al menos para nosotros. Hay que verlo en semejantes recepciones. Yo estuve una vez en una de ellas, cuando era niño. Una comisión de la ciudadanía le solicitó apoyo del gobierno, pues el barrio más pobre de la ciudad había quedado destruido por un incendio. Mi padre, el herrero, está bien visto en la comunidad, así que fue nombrado miembro de la delegación y me llevó con él. Eso no es nada extraordinario, todos intentan participar en un espectáculo así; apenas se reconoce la delegación entre la multitud; como la recepción se produce normalmente en la terraza, hay personas que se suben a unas escaleras en la plaza del mercado y toman parte en las conversaciones por encima de la barandilla. Antaño se disponía todo de tal modo que se les reservaba un cuarto de barandilla, la otra parte la ocupaba la multitud. Algunos soldados lo vigilaban todo, y rodeaban al Coronel formando un semicírculo. En realidad, un soldado habría bastado, tal era el miedo que le teníamos. No sé muy bien de dónde vienen esos soldados, en todo caso de muy lejos, se parecen mucho entre ellos, ni siquiera necesitarían llevar un uniforme. Es gente pequeña, no muy robusta, ágil, lo más llamativo en ellos es la fuerte dentadura, que rellena demasiado la boca, y un guiño espasmódico de sus pequeños y delgados ojos. A causa de estas dos últimas peculiaridades son el terror de los niños, aunque también su placer, pues desearían ser siempre aterrorizados por esos dientes y esos ojos para, luego, huir de ellos corriendo. Ese miedo de la infancia no se pierde del todo en la edad adulta, aún sigue operando. Aunque hay algo que se suma. Los soldados hablan un dialecto incomprensible para nosotros, apenas se pueden habituar tampoco al nuestro, eso acentúa su aislamiento, que, por lo demás, pertenece a su carácter; tan callados, serios y rígidos son, no hacen nada realmente malo y, sin embargo, son casi insoportables en un sentido perverso. Entra, por ejemplo, un soldado en un comercio, compra cualquier pequeñez, y permanece allí apoyado en el mostrador, escucha las conversaciones, probablemente ni las comprende, pero su actitud es como si las comprendiera, aunque él mismo no pronuncia una palabra, sólo mira fijamente al que está hablando, luego al que escucha y mantiene la mano en la empuñadura del gran cuchillo de su cinturón. Eso es repugnante, se pierden las ganas de seguir conversando, la tienda se queda vacía, y sólo cuando ocurre esto se va el soldado. Así que, allí donde van los soldados, nuestro pueblo enmudece. Así fue también aquella vez. Como en todas las ocasiones solemnes, permanecía el Coronel firme y mantenía en las manos extendidas hacia adelante dos largas cañas de bambú. Es una vieja costumbre que significa: así él apoya a la ley y ésta le apoya a él.
Todos saben lo que les espera en la terraza, no obstante suelen aterrorizarse de nuevo. También aquella vez el designado para hablar no quería comenzar, ya estaba frente al Coronel, pero le había abandonado el valor y retrocedía hacia la multitud alegando disculpas. Tampoco se encontró a ninguna persona que fuera indicada para hablar, de los no indicados, sin embargo, se ofrecieron varios. Había una gran confusión y se enviaron mensajeros a distintos ciudadanos que eran conocidos oradores. Durante todo ese tiempo, el Coronel permanecía inmóvil, sólo al respirar bajaba y subía llamativamente el pecho. No era porque respirase con dificultad, sólo respiraba aparentemente con fuerza, por ejemplo como lo hacen las ranas, aunque ellas lo hacen siempre y en él era algo excepcional. Yo me deslicé entre los adultos y le observé a través del espacio que dejaban dos soldados, hasta que uno de ellos me apartó con la rodilla. Entretanto, el que había sido originariamente designado para hablar, había hecho acopio de valor y, sostenido por dos ciudadanos, presentó la petición. Era conmovedor ver cómo sonreía al Coronel mientras describía la gran desgracia acaecida; su sonrisa era la más humilde que podía existir, con la que se afanaba en vano por despertar una reacción similar en el rostro del Coronel. Finalmente, logró transmitir la petición; creo que sólo solicitó una liberación de impuestos por un año, o tal vez madera más barata de los bosques imperiales. A continuación hizo una profunda reverencia y permaneció así, como todos los demás, excepto el Coronel, los soldados y algunos funcionarios detrás de él. Para un niño era ridículo ver cómo los de las escaleras, en el borde de la barandilla, bajaban algunos peldaños para no ser vistos mientras duraba esa pausa decisiva, y se dedicaban a espiar con curiosidad a la altura del suelo de la terraza. Duraba un rato. A continuación aparecía un funcionario, un hombre pequeño, ante el Coronel, quien permanecía inmóvil hasta en su respiración más profunda; el funcionario intentaba alzarse hacia él sobre las puntas de los pies y recibía un mensaje en el oído. Luego daba unas palmadas, un signo para que la gente se levantara, y anunciaba: «Se rechaza la solicitud. Podéis alejaros». Un innegable sentimiento de liberación atravesó la multitud, todos salieron de allí a codazos; el Coronel aparentemente se había tornado en un hombre como nosotros y no se fijaba en nadie en especial; sólo vi cómo, agotado, soltó las cañas, que cayeron, y se hundió en una butaca traída por un funcionario que le metió a toda prisa la pipa en la boca.
Toda esta escena no es algo aislado, así sucede siempre en general. No obstante, de vez en cuando acontece que se admite alguna pequeña solicitud, pero es como si el Coronel lo hubiera decidido asumiendo la responsabilidad, como una persona privada poderosa; esa decisión tiene que ser mantenida en secreto ante el gobierno, aunque no de una forma expresa, sino en cuanto a los efectos. En nuestra pequeña ciudad, los ojos de nuestro Coronel son también, en la medida en que lo podemos juzgar, los ojos del gobierno, pero aquí se hace una distinción en la que no entraremos a fondo.
En asuntos importantes la ciudadanía puede contar siempre con una negativa. Y resulta extraño que, en cierta medida, no se pueda prescindir de esa negativa, por lo que ese reunirse y solicitar la negativa no se reduce a una mera formalidad. Una y otra vez se acude con seriedad y con nuevas esperanzas, y se vuelve a salir no precisamente fortalecido y alegre, pero tampoco decepcionado ni cansado.
Por lo que he podido observar, hay un grupo de edad que no está satisfecho, son los jóvenes entre diecisiete y veinte años. Por lo tanto, aún muchachos, que no conocen ni de lejos la trascendencia de lo más insignificante, mucho menos de un pensamiento revolucionario. Y precisamente entre ellos se extiende la insatisfacción.