Stories 93 / Random

Stories by franz kafka

mi negocio... (spanish)

Save as PDF
Mi negocio recae completamente sobre mis hombros. Dos señoritas con máquinas de escribir y libros de contabilidad en el antedespacho, mi habitación con máquina de escribir, una caja fuerte, una mesa de consulta, un sillón de cuero y teléfono, ése es todo mi aparato laboral. Tan fácil de abarcar con la mirada, tan simple de dirigir. Soy joven y los negocios marchan, no me puedo quejar y no me quejo. Desde Año Nuevo un hombre joven ha alquilado sin rodeos la pequeña y vacía vivienda contigua, que yo, tan desacertado, había dudado largo tiempo en alquilar. También es una habitación con recibidor, y además con cocina. Yo podría haber necesitado una habitación con recibidor, mis dos señoritas se sienten ya un poco sobrecargadas, pero ¿de qué me habría servido la cocina? Esa pequeña objeción fue la culpable de que dejase escapar el apartamento. Ahora está allí ese joven. Se llama Harras. No sé realmente qué puede hacer ahí. En la puerta sólo hay un letrero que indica: «Despacho de Harras». He iniciado algunas pesquisas, me han dicho que se trata de un negocio similar al mío, no se puede prevenir lo suficiente en cuestión de concesión de créditos, pues es un hombre joven y ambicioso, cuyas ideas tal vez tengan futuro, pero no se puede aconsejar un crédito, ya que, por el momento, según todas las apariencias, no hay capital disponible. La información habitual que se da, cuando no se sabe nada. A veces me encuentro con Harras en la escalera, debe de tener siempre una prisa extraordinaria, pasa por mi lado rápidamente; aún no le he podido ver bien, mantiene preparada en la mano la llave del despacho, en un instante ya ha abierto la puerta, se ha deslizado dentro como el rabo de una rata y yo acabo de llegar ante su placa «Despacho de Harras», que ya he leído más veces de las que merece. Las paredes, miserablemente delgadas, delatan al hombre laborioso y honrado, pero esconden al tramposo. Mi teléfono está adosado a la pared que me separa de mi vecino, pero destaco como un hecho irónico que, aun en el caso de que lo colgara en la pared de enfrente, se oiría todo en la habitación contigua. He dejado de mencionar los nombres de mis clientes cuando hablo por teléfono, pero tampoco se necesita mucha astucia para deducir los nombres a través de inevitables expresiones características en la conversación. A veces me agito nervioso, con el receptor del aparato en la oreja, de puntillas, y no puedo evitar que se revelen algunos secretos. Por supuesto que por esta causa mis decisiones profesionales cuando hablo por teléfono se han tornado más inseguras, mi voz tiembla. ¿Qué hace Harras cuando hablo por teléfono? Si quisiera exagerar, algo que se debe hacer con frecuencia para lograr claridad en las cosas, diría: Harras no necesita teléfono, utiliza el mío, ha llevado su canapé hasta la pared y escucha allí sentado; yo, por el contrario, tengo que correr a coger el teléfono cuando suena, tengo que corresponder a los deseos de los clientes, tomar decisiones trascendentales, emplear complejas tácticas de persuasión, pero sobre todo informar involuntariamente a Harras a través de la pared. Tal vez ni siquiera espera a que termine la conversación, sino que se levanta de su posición de escucha, bien informado sobre el caso, sale disparado, como de costumbre, busca el lugar en la ciudad y, antes de que yo haya colgado el auricular, ya me está quitando el trabajo.