la construcción de la muralla china (spanish)
La Muralla China ha sido concluida en su punto más septentrional. La construcción avanzó desde el sudeste y el sudoeste, y aquí se unieron. Este sistema de construcción parcial se siguió también a pequeña escala dentro de los dos grandes ejércitos de trabajadores, el del Este y el del Oeste. Sucedía de tal modo que se formaban grupos de unos veinte trabajadores, los cuales tenían que levantar un muro parcial de unos quinientos metros de longitud; un grupo vecino construía entonces un muro de igual longitud a su encuentro. Pero una vez consumada la unión, la obra no continuaba al final de esos mil metros, sino que los grupos de trabajadores eran enviados de nuevo a regiones completamente distintas para proseguir la construcción. Naturalmente, de esta manera surgían muchas grandes lagunas, que solo se fueron rellenando lenta y paulatinamente; algunas, incluso, solo después de que la construcción de la muralla ya se hubiera proclamado como finalizada. Es más, se dice que hay lagunas que nunca llegaron a cerrarse; una afirmación, no obstante, que posiblemente solo forme parte de las muchas leyendas surgidas en torno a la obra y que, al menos para el individuo, resulta inverificable con sus propios ojos y su propia medida, dada la magnitud de la construcción.
Ahora bien, de entrada se podría creer que habría sido más ventajoso en todos los sentidos construir de forma continua, o al menos de forma continua dentro de las dos secciones principales. Pues la muralla, como se difunde y se sabe por doquier, estaba concebida como protección contra los pueblos del norte. Pero ¿cómo puede proteger una muralla que no está construida de forma continua? Es más, una muralla así no solo no puede proteger, sino que la propia construcción está en continuo peligro. Esas secciones de muralla, abandonadas en parajes desolados, pueden ser destruidas fácilmente una y otra vez por los nómadas, sobre todo porque estos, en aquel entonces, atemorizados por la construcción de la muralla, cambiaban de asentamiento con incomprensible rapidez, como langostas, y por ello quizás tenían una mejor visión de conjunto sobre el progreso de la obra que nosotros mismos, los constructores. A pesar de todo, la obra no podía, probablemente, ejecutarse de otro modo a como se hizo. Para entender esto, hay que considerar lo siguiente: la muralla debía convertirse en una protección para los siglos venideros; por ello, una construcción sumamente cuidadosa, el uso de la sabiduría constructiva de todas las épocas y pueblos conocidos, y un sentimiento permanente de responsabilidad personal en los constructores eran requisitos indispensables para el trabajo. Ciertamente, para las tareas más bajas se podía emplear a jornaleros ignorantes del pueblo, hombres, mujeres, niños, cualquiera que se ofreciera por una buena paga; pero ya para la dirección de cuatro jornaleros se necesitaba un hombre inteligente, instruido en el arte de la construcción; un hombre capaz de sentir hasta lo más hondo de su corazón de qué se trataba aquello. Y cuanto más alta la tarea, mayores las exigencias. Y tales hombres estaban efectivamente disponibles; aunque no en la cantidad que esta obra habría podido consumir, sí en gran número.
No se había acometido la obra a la ligera. Cincuenta años antes de comenzar la construcción, en toda China, la que debía ser amurallada, se declaró el arte de la construcción, y en especial el oficio de albañil, como la ciencia más importante, y todo lo demás solo se reconocía en la medida en que guardara relación con ella. Recuerdo muy bien cómo, siendo niños pequeños, apenas seguros sobre nuestras piernas, estábamos en el jardincito de nuestro maestro y teníamos que construir una especie de muro con guijarros; cómo el maestro, protegiéndose la túnica, corría contra el muro, naturalmente lo derribaba todo, y nos hacía tales reproches por la debilidad de nuestra construcción que corríamos llorando en todas direcciones, hacia nuestros padres. Un incidente minúsculo, pero revelador del espíritu de la época.
Tuve la suerte de que, cuando a los veinte años aprobé el examen superior de la escuela más baja, justo comenzaba la construcción de la muralla. Digo suerte, porque muchos que antes habían alcanzado el nivel más alto de formación accesible para ellos, durante años no supieron qué hacer con sus conocimientos; vagaban inútilmente, con los más grandiosos planos de construcción en la cabeza, y se echaban a perder en masa. Pero aquellos que finalmente llegaban a la obra como jefes de construcción, aunque fuera del rango más bajo, eran realmente dignos de ello. Eran albañiles que habían reflexionado mucho sobre la construcción y no dejaban de reflexionar sobre ella; que desde la primera piedra que hacían hundir en el suelo se sentían fundidos con la obra. A tales albañiles, sin embargo, además del anhelo de realizar el trabajo más concienzudo, los impulsaba naturalmente también la impaciencia por ver la obra erigirse por fin en su perfección. El jornalero no conoce esa impaciencia; a él solo lo mueve la paga. También los altos dirigentes, e incluso los dirigentes intermedios, ven lo suficiente del crecimiento múltiple de la obra como para mantenerse espiritualmente fuertes gracias a ello. Pero para aquellos hombres de rango inferior, espiritualmente muy por encima de su tarea aparentemente pequeña, hubo que tomar otras disposiciones. No se los podía dejar, por ejemplo, en una región montañosa deshabitada, a cientos de leguas de su hogar, colocando piedra sobre piedra durante meses o incluso años; la desesperanza de un trabajo tan diligente, pero que ni siquiera en el transcurso de una larga vida humana llegaba a su fin, los habría desesperado y, sobre todo, los habría vuelto menos valiosos para la obra. Por eso se eligió el sistema de construcción parcial. Quinientos metros podían terminarse en unos cinco años; para entonces, ciertamente, los jefes solían estar demasiado agotados, habían perdido toda confianza en sí mismos, en la obra, en el mundo. Por eso, mientras aún se encontraban bajo el júbilo de la fiesta de unificación de los mil metros de muralla, se los enviaba muy, muy lejos; durante el viaje veían aquí y allá tramos de muralla terminados, pasaban por delante de los cuarteles de dirigentes superiores, que los obsequiaban con insignias de honor, oían el júbilo de nuevos ejércitos de trabajadores que afluían desde las profundidades del país, veían talar bosques destinados a los andamios de la muralla, veían montañas convertidas a martillazos en piedras para el muro, oían en los lugares sagrados los cánticos de los devotos implorando la finalización de la obra. Todo esto apaciguaba su impaciencia. La vida tranquila del hogar, en el que pasaban algún tiempo, los fortalecía; el prestigio del que gozaban todos los constructores, la devoción crédula con que se escuchaban sus informes, la confianza que el ciudadano sencillo y callado depositaba en la futura culminación de la muralla, todo esto tensaba las cuerdas del alma. Como niños eternamente esperanzados, se despedían entonces de su hogar; el deseo de volver a trabajar en la obra del pueblo se volvía incontenible. Partían de casa antes de lo necesario; la mitad de la aldea los acompañaba durante largos trechos. En todos los caminos, grupos, pendones, banderas; nunca habían visto cuán grande y rico y hermoso y digno de amor era su país. Cada campesino era un hermano para el que se construía un muro protector, y que lo agradecía toda su vida con todo lo que tenía y era. ¡Unidad! ¡Unidad! Pecho contra pecho, una danza del pueblo; sangre, ya no encerrada en el mísero circuito del cuerpo, sino fluyendo dulcemente y, sin embargo, retornando a través de la China infinita.
Así pues, de este modo se vuelve comprensible el sistema de construcción parcial; pero sin duda tenía también otras razones. Y no es ninguna rareza que me detenga tanto en esta cuestión; es una cuestión central de toda la construcción de la muralla, por insignificante que parezca a primera vista. Si quiero transmitir y hacer comprensibles los pensamientos y las vivencias de aquella época, no puedo ahondar lo suficiente precisamente en esta cuestión.
En primer lugar, hay que decir que en aquel tiempo se llevaron a cabo proezas que poco tenían que envidiar a la construcción de la torre de Babel; aunque en lo referente a complacer a Dios, al menos según cálculos humanos, representaban exactamente lo contrario de aquella construcción. Menciono esto porque en los primeros tiempos de la obra un erudito escribió un libro en el que trazaba estas comparaciones con gran detalle. En él intentaba demostrar que la torre de Babel no llegó a su fin en modo alguno por las causas generalmente aducidas, o que, al menos, entre esas causas conocidas no se encontraban las más importantes. Sus pruebas no consistían solo en escritos e informes, sino que pretendía haber realizado también investigaciones en el propio lugar, y haber descubierto en ellas que la construcción fracasó y tenía que fracasar por la debilidad de sus cimientos. A este respecto, ciertamente, nuestra época era muy superior a aquella tan lejana. Casi cualquier contemporáneo instruido era albañil de oficio e infalible en la cuestión de la cimentación. Pero no era eso a lo que el erudito apuntaba, sino que afirmaba que solo la gran muralla crearía, por primera vez en la historia de la humanidad, un cimiento seguro para una nueva torre de Babel. Por tanto, primero la muralla y luego la torre. El libro estaba entonces en manos de todos, pero confieso que aún hoy no comprendo exactamente cómo se imaginaba él esa construcción de la torre. ¿La muralla, que ni siquiera formaba un círculo, sino solo una especie de cuarto o semicírculo, debía servir de cimiento para una torre? Eso solo podía entenderse en un sentido espiritual. Pero ¿para qué entonces la muralla, que era algo real, resultado del esfuerzo y de la vida de cientos de miles? ¿Y por qué en la obra había dibujados planos, ciertamente nebulosos, de la torre, y se hacían propuestas detalladas sobre cómo concentrar la fuerza del pueblo en la vigorosa nueva obra?
Había —este libro es solo un ejemplo— mucha confusión de cabezas en aquel tiempo, quizás precisamente porque tantos intentaban concentrarse en la medida de lo posible en un solo fin. El ser humano, frívolo en su esencia, de la naturaleza del polvo que se levanta, no tolera ataduras; si se ata a sí mismo, pronto empezará a sacudir las cadenas como un loco y destrozará muro, cadena y a sí mismo en todas direcciones.
Es posible que también estas consideraciones, incluso opuestas a la construcción de la muralla, no dejaran de ser tenidas en cuenta por la jefatura al establecer la construcción parcial. Nosotros —hablo aquí en nombre de muchos— en realidad, solo llegamos a conocernos a nosotros mismos descifrando fatigosamente las órdenes de la alta jefatura, y descubrimos que sin esa jefatura ni nuestra sabiduría de escuela ni nuestro entendimiento humano habrían bastado para el pequeño cargo que ocupábamos dentro del gran todo. En el aposento de la jefatura —dónde estaba y quién se sentaba allí, nadie a quien yo preguntara lo sabe ni lo sabía—, en ese aposento circulaban, probablemente, todos los pensamientos y deseos humanos, y en círculos contrarios, todas las metas y realizaciones humanas. Pero a través de la ventana caía el reflejo de los mundos divinos sobre las manos de la jefatura, que dibujaban los planos.
Y por eso, al observador incorruptible no le entra en la cabeza que la jefatura, si realmente lo hubiera querido, no hubiera podido superar también aquellas dificultades que se oponían a una construcción continua de la muralla. Queda, pues, solo la conclusión de que la jefatura pretendía la construcción parcial. Pero la construcción parcial era solo un recurso de emergencia e inadecuado. Queda la conclusión de que la jefatura quería algo inadecuado. —¡Extraña conclusión!— Ciertamente, y sin embargo, tiene también por otro lado cierta justificación. Hoy quizás se pueda hablar de ello sin peligro. En aquel tiempo era un principio secreto de muchos, e incluso de los mejores: Intenta comprender con todas tus fuerzas las órdenes de la jefatura, pero solo hasta cierto límite; después, deja de reflexionar. Un principio muy sensato, que, por lo demás, encontró una interpretación más amplia en una comparación repetida a menudo más tarde: No dejes de reflexionar más porque pudiera perjudicarte; ni siquiera es seguro que te vaya a perjudicar. Aquí no se puede hablar en absoluto ni de perjuicio ni de no perjuicio. Te sucederá como al río en primavera. Crece, se vuelve más poderoso, nutre con más fuerza la tierra en sus largas orillas, mantiene su propia esencia hasta más adentro en el mar y se vuelve más igual y bienvenido al mar. —Hasta ese punto reflexiona sobre las órdenes de la jefatura.— Pero entonces el río desborda sus orillas, pierde contorno y forma, ralentiza su curso descendente, intenta formar pequeños mares tierra adentro, en contra de su destino, daña los campos, y sin embargo no puede mantenerse a la larga en esa expansión, sino que vuelve a encauzarse entre sus orillas, e incluso se seca lastimosamente en la siguiente estación cálida. —No reflexiones hasta ese punto sobre las órdenes de la jefatura.
Ahora bien, aunque esta comparación pudo ser extraordinariamente acertada durante la construcción de la muralla, para mi actual informe tiene, cuando menos, una validez limitada. Mi investigación no es más que histórica; de las nubes de tormenta, disipadas hace mucho, ya no brota ningún rayo, y por eso me puedo permitir buscar una explicación de la construcción parcial que vaya más allá de aquello con lo que se contentaban entonces. Los límites que me impone mi capacidad de pensamiento son ya bastante estrechos; pero el territorio que habría que recorrer aquí es infinito.
¿Contra quién debía proteger la gran muralla? Contra los pueblos del norte. Yo provengo del sudeste de China. Ningún pueblo del norte puede amenazarnos allí. Leemos sobre ellos en los libros de los antiguos; las crueldades que cometen, acordes con su naturaleza, nos hacen suspirar en nuestros pacíficos cenadores. En las veraces imágenes de los artistas vemos esos rostros de la condenación, las fauces abiertas, las mandíbulas erizadas de dientes muy puntiagudos, los ojos entornados, que ya parecen acechar la presa que la boca triturará y desgarrará. Cuando los niños son malos, les mostramos esas imágenes y al instante vuelan llorando a nuestro cuello. Pero no sabemos más de esa gente del norte. No los hemos visto, y si permanecemos en nuestra aldea, no los veremos nunca, aunque cabalguen y cacen en línea recta hacia nosotros sobre sus caballos salvajes; el país es demasiado grande y no les permite llegar hasta nosotros; se perderán en el aire vacío.
¿Por qué, entonces, siendo así las cosas, abandonamos el hogar, el río y los puentes, la madre y el padre, la esposa que llora, los niños necesitados de instrucción, y nos vamos a la escuela en la lejana ciudad, y nuestros pensamientos están aún más lejos, en la muralla del norte? ¿Por qué? Pregunta a la jefatura. Ella nos conoce. Ella, que sopesa preocupaciones inmensas, sabe de nosotros, conoce nuestros pequeños oficios, nos ve a todos sentados juntos en la humilde cabaña, y la oración que el padre de familia reza por la noche rodeado de los suyos le resulta grata o le desagrada. Y si se me permite un pensamiento tal sobre la jefatura, debo decir que, en mi opinión, la jefatura existía ya desde antes; no se reunió, como quizás altos mandarines, incitados por un hermoso sueño matutino, convocando apresuradamente una sesión, decidiendo apresuradamente, y ya al atardecer haciendo sacar a la población de sus camas a toque de tambor para ejecutar las decisiones, aunque solo fuera para organizar una iluminación en honor de un dios que ayer se mostró favorable a los señores, para apalearlos mañana, apenas apagados los farolillos, en un rincón oscuro. Más bien, la jefatura existía desde siempre, e igualmente la decisión de construir la muralla. Inocentes pueblos del norte, que creían haberla causado; venerable, inocente Emperador, que creía haberla ordenado. Nosotros, los de la construcción de la muralla, lo sabemos de otro modo y callamos.
Yo, ya en aquel entonces, durante la construcción de la muralla, y después, hasta hoy, me he dedicado casi exclusivamente a la historia comparada de los pueblos —hay ciertas cuestiones a las que solo se puede llegar al nervio, por así decirlo, con este medio— y he descubierto en ello que nosotros, los chinos, poseemos ciertas instituciones populares y estatales de una claridad singular, y otras de una oscuridad también singular. Rastrear las causas, especialmente de este último fenómeno, siempre me ha tentado, y me tienta todavía, y también la construcción de la muralla se ve esencialmente afectada por estas cuestiones.
Pues bien, entre nuestras instituciones más confusas se cuenta, en cualquier caso, el sistema imperial. En Pekín, naturalmente, y más aún en la sociedad cortesana, existe cierta claridad al respecto, aunque también esta es más aparente que real. También los profesores de derecho estatal y de historia en las altas escuelas pretenden estar exactamente informados sobre estas cosas y poder transmitir ese conocimiento a los estudiantes. Cuanto más se desciende a las escuelas inferiores, más desaparecen, comprensiblemente, las dudas sobre el propio saber, y una semicultura se agita como montañas en torno a unos pocos principios inculcados desde hace siglos, que, si bien no han perdido nada de su verdad eterna, permanecen también eternamente irreconocibles en esa bruma y esa niebla.
Pero es precisamente sobre el sistema imperial sobre lo que, en mi opinión, se debería preguntar al pueblo, ya que es allí donde el sistema imperial tiene sus últimos apoyos. Aquí, ciertamente, solo puedo hablar de nuevo de mi tierra natal. Aparte de las deidades del campo y su culto, que llena todo el año de forma tan variada y hermosa, nuestro pensamiento se dirige solo al Emperador. Pero no al actual; o mejor dicho, se habría dirigido al actual si lo hubiésemos conocido, o si hubiésemos sabido algo concreto de él. Ciertamente —la única curiosidad que nos embargaba—, siempre nos esforzábamos por averiguar algo de esa índole; pero, por extraño que parezca, era casi imposible enterarse de algo; ni del peregrino, que sin embargo recorre muchas tierras, ni en las aldeas cercanas ni en las lejanas, ni de los barqueros, que no solo navegan por nuestros riachuelos, sino también por los ríos sagrados. Se oía mucho, ciertamente, pero de ese mucho no se podía extraer nada.
Tan grande es nuestro país, ningún cuento de hadas alcanza su tamaño, apenas el cielo lo abarca; y Pekín es solo un punto, y el palacio imperial solo un puntito. El Emperador como tal, sin embargo, es a su vez grande a través de todos los niveles del mundo. Pero el Emperador vivo, un ser humano como nosotros, yace como nosotros en un lecho de descanso, que, aunque de amplias medidas, es sin embargo posiblemente solo estrecho y corto. Como nosotros, a veces estira los miembros, y si está muy cansado, bosteza con su boca de finos rasgos. Pero ¿cómo íbamos a enterarnos de eso —a miles de leguas, en el sur—, si casi limitamos con el altiplano tibetano? Además, cualquier noticia, incluso si nos alcanzara, llegaría demasiado tarde, estaría obsoleta desde hace mucho. Alrededor del Emperador se agolpa la brillante y, sin embargo, oscura multitud de la corte —maldad y enemistad vestidas de sirvientes y amigos—, el contrapeso del poder imperial, siempre esforzándose por derribar al Emperador de su platillo de la balanza con flechas envenenadas. El poder imperial es inmortal, pero el Emperador individual cae y se desploma, incluso dinastías enteras se hunden finalmente y expiran con un único estertor. El pueblo nunca se enterará de estas luchas y sufrimientos; como gente que llega tarde, como forasteros en la ciudad, permanecen al final de las callejuelas atestadas, consumiendo tranquilamente las provisiones que han traído, mientras en la plaza del mercado, en el centro, muy adelante, tiene lugar la ejecución de su señor.
Hay una leyenda que expresa bien esta relación. El Emperador, así se dice, te ha enviado a ti, al individuo, al mísero súbdito, a la sombra diminuta huida a la más lejana lejanía ante el sol imperial, precisamente a ti te ha enviado el Emperador un mensaje desde su lecho de muerte. Hizo arrodillar al mensajero junto a la cama y le susurró el mensaje al oído; tanta importancia tenía para él, que se lo hizo repetir a su vez al oído. Con una inclinación de cabeza confirmó la exactitud de lo dicho. Y ante toda la concurrencia de su muerte —todos los muros que estorban son derribados y en las amplias escalinatas que se elevan describiendo una curva se hallan en círculo los grandes del Imperio— ante todos ellos, despachó al mensajero. El mensajero se puso en camino al instante; un hombre vigoroso, infatigable; extendiendo ora este brazo, ora el otro, se abre paso entre la multitud; si encuentra resistencia, señala su pecho, donde está el signo del sol; avanza además con facilidad, como ningún otro. Pero la multitud es tan grande; sus moradas no tienen fin. Si se abriera campo libre, ¡cómo volaría!, y pronto oirías sin duda el magnífico golpear de sus puños en tu puerta. Pero, en lugar de eso, ¡cómo se esfuerza en vano!; todavía sigue abriéndose paso a empujones por las cámaras del palacio más íntimo; nunca las superará; y si lo lograra, nada estaría ganado; tendría que luchar para bajar las escaleras; y si lo lograra, nada estaría ganado; habría que atravesar los patios; y después de los patios, el segundo palacio circundante; y de nuevo escaleras y patios; y otro palacio más; y así sucesivamente durante milenios; y si finalmente saliera precipitándose por la puerta más exterior —pero nunca, nunca puede suceder—, se extendería ante él la Ciudad Imperial, el centro del mundo, colmada hasta arriba de sus propios sedimentos. Nadie logra atravesarla, y menos aún con el mensaje de un muerto. —Tú, sin embargo, te sientas junto a tu ventana y lo sueñas cuando llega el atardecer.
Exactamente así, de forma tan desesperanzada y esperanzada, ve nuestro pueblo al Emperador. No sabe qué Emperador reina, e incluso sobre el nombre de la dinastía existen dudas. En la escuela se aprenden muchas cosas de este tipo en orden, pero la incertidumbre general a este respecto es tan grande que incluso el mejor alumno se ve arrastrado por ella. En nuestras aldeas se sienta en el trono a emperadores muertos hace mucho tiempo, y el que solo vive ya en las canciones ha emitido hace poco un edicto que el sacerdote lee ante el altar. Batallas de nuestra historia más antigua se libran solo ahora, y con el rostro encendido, el vecino irrumpe en tu casa con la noticia. Las mujeres imperiales, sobrealimentadas en los cojines de seda, apartadas de las nobles costumbres por astutos cortesanos, hinchándose de afán de dominio, encendiéndose de codicia, expandiéndose en la lujuria, cometen sus fechorías una y otra vez. Cuanto más tiempo ha pasado, más terribles brillan todos los colores, y con grandes lamentos se entera un día la aldea de cómo una emperatriz, hace milenios, bebió a largos tragos la sangre de su esposo.
Así procede, pues, el pueblo con los soberanos pasados; pero a los presentes los mezcla con los muertos. Si alguna vez, una vez en la vida de un hombre, un funcionario imperial que recorre la provincia llega por casualidad a nuestra aldea, presenta en nombre de los gobernantes algunas exigencias, comprueba las listas de impuestos, asiste a la enseñanza en la escuela, interroga al sacerdote sobre nuestro hacer y nuestro proceder, y luego, antes de subir a su palanquín, resume todo en largas amonestaciones a la comunidad reunida a la fuerza, entonces una sonrisa se dibuja en todos los rostros, uno mira furtivamente al otro y se inclina hacia los niños para que el funcionario no lo observe. Cómo, piensan, habla de un muerto como si estuviera vivo; ese emperador murió hace mucho tiempo, la dinastía está extinguida, el señor funcionario se burla de nosotros, pero hacemos como si no nos diéramos cuenta, para no ofenderlo. Sin embargo, solo obedeceremos seriamente a nuestro señor actual, pues todo lo demás sería pecado. Y tras el palanquín del funcionario, que se aleja rápidamente, asciende dando fuertes pisadas, como señor de la aldea, alguien elegido arbitrariamente de una urna ya deshecha.
De modo similar, la gente de nuestra tierra se ve, por regla general, poco afectada por las convulsiones políticas o por las guerras contemporáneas. Recuerdo aquí un incidente de mi juventud. En una provincia vecina, aunque en verdad muy lejana, había estallado una rebelión. Ya no recuerdo las causas, tampoco son importantes aquí; allí surgen causas para rebeliones cada nueva mañana; es un pueblo exaltado. Y ahora, un día, un mendigo que había atravesado aquella provincia trajo un panfleto de los rebeldes a casa de mi padre. Era precisamente un día festivo, los invitados llenaban nuestras estancias, en el centro estaba sentado el sacerdote y estudiaba la hoja. De repente, todos empezaron a reír, el panfleto fue rasgado entre el gentío, el mendigo, que ciertamente ya había sido obsequiado generosamente, fue expulsado del cuarto a empujones, todo se dispersó y corrió hacia el hermoso día. ¿Por qué? El dialecto de la provincia vecina es esencialmente distinto del nuestro, y esto se expresa también en ciertas formas de la lengua escrita que para nosotros tienen un carácter arcaico. Apenas había leído el sacerdote dos páginas de ese tipo, ya estaba decidido. Cosas antiguas, oídas hace mucho, superadas hace mucho. Y aunque —así me parece en el recuerdo— del mendigo hablaba irrefutablemente la vida atroz, la gente meneaba la cabeza riendo y no quería oír más. Tan dispuesta está la gente entre nosotros a borrar el presente.
Si de tales fenómenos se quisiera deducir que, en el fondo, no tenemos emperador en absoluto, no se estaría lejos de la verdad. Debo decirlo una y otra vez: quizás no haya pueblo más leal al emperador que el nuestro en el sur, pero esa lealtad no beneficia al Emperador. Cierto es que en la pequeña columna a la salida de la aldea está el dragón sagrado y exhala su aliento de fuego en señal de homenaje, desde tiempos inmemoriales, exactamente en dirección a Pekín; pero Pekín mismo es para la gente de la aldea mucho más ajeno que la otra vida. ¿Acaso existe realmente una aldea donde las casas se alzan una junto a otra, cubriendo campos, más allá de lo que alcanza la vista desde nuestra colina, y entre esas casas hay personas cabeza con cabeza, de día y de noche? Más fácil que imaginar una ciudad así nos resulta creer que Pekín y su Emperador son una sola cosa, como una nube, que se transforma tranquilamente bajo el sol en el transcurso de los tiempos.
La consecuencia de tales opiniones es una vida, en cierto modo, libre e ingobernada. En modo alguno inmoral; apenas he encontrado en mis viajes una pureza de costumbres como en mi tierra natal. —Pero, aun así, una vida que no se somete a ninguna ley actual y que solo obedece a la instrucción y a la advertencia que nos llegan desde tiempos antiguos.
Me guardo de generalizaciones y no afirmo que las cosas sucedan así en todas las diez mil aldeas de nuestra provincia, y menos aún en todas las quinientas provincias de China. Pero quizás sí me esté permitido decir, sobre la base de los muchos escritos que he leído sobre este asunto, así como sobre la base de mis propias observaciones —especialmente durante la construcción de la muralla, el material humano dio al observador sensible la oportunidad de viajar a través del alma de casi todas las provincias—, sobre la base de todo esto, quizás me esté permitido decir que la concepción que impera respecto al Emperador muestra, una y otra vez y en todas partes, un cierto rasgo fundamental y común con la concepción de mi tierra natal. Ahora bien, no quiero en absoluto hacer pasar esta concepción por una virtud; al contrario. Ciertamente, la culpa principal es del gobierno, que en el imperio más antiguo de la tierra no ha sido capaz hasta hoy, o lo ha descuidado en favor de otras cosas, de desarrollar la institución del sistema imperial con tal claridad que actúe de forma inmediata e incesante hasta las fronteras más lejanas del imperio. Por otro lado, sin embargo, también radica en ello una debilidad de la imaginación o de la fe del pueblo, que no logra atraer el sistema imperial desde su hundimiento en Pekín, con toda su vivacidad y presencia, hacia su pecho de súbdito, que sin embargo no desea nada mejor que sentir una vez ese contacto y consumirse en él.
Así pues, esta concepción no es en absoluto una virtud. Tanto más sorprendente es que precisamente esta debilidad parezca ser uno de los medios de unificación más importantes de nuestro pueblo; es más, si se me permite avanzar tanto en la expresión, el suelo mismo sobre el que vivimos. Fundamentar aquí detalladamente una crítica no significa sacudir nuestra conciencia, sino, lo que es mucho peor, nuestras piernas. Y por eso, por el momento, no quiero seguir avanzando en la investigación de esta cuestión.