Stories 93 / Random

Stories by franz kafka

josefina, la cantora, o el pueblo de los ratones (spanish)

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Nuestra cantora se llama Josefina. Quien no la haya oído, desconoce el poder del canto. Todos se sienten arrebatados por el suyo, lo que adquiere mucho más valor, ya que nuestra especie, en general, no ama la música. La paz silenciosa es nuestra música preferida; nuestra vida es dura, no podemos elevarnos, ni siquiera cuando intentamos sacudirnos las preocupaciones diarias, a cosas tan ajenas a nuestra vida como lo es la música. Pero tampoco nos lamentamos mucho, ni siquiera un poco; consideramos cierta astucia práctica, que nosotros necesitamos con extremada urgencia, como una de nuestras ventajas más grandes, y con la sonrisa de esta astucia solemos consolarnos de todo, aun cuando alguna vez —lo que nunca ocurre— pudiéramos sentir el anhelo de felicidad que, tal vez, proporciona la música. Sólo Josefina es la excepción; ella ama la música y sabe transmitir sus bondades; ella es única. Con su partida desaparecerá la música de nuestras vidas, quién sabe por cuánto tiempo.
Me he preguntado con frecuencia qué hay detrás de esa música, pues somos completamente amusicales. ¿Cómo es posible que comprendamos el canto de Josefina o, ya que Josefina niega que lo comprendamos, por qué creemos que lo comprendemos? La respuesta más simple sería que la belleza de ese canto es tan grande que ni siquiera el sentido auditivo más obtuso puede resistirse a ella, pero esta respuesta no es satisfactoria. Si realmente fuera así, siempre tendría que experimentarse ante ese canto el sentimiento de que es extraordinario, el sentimiento de que de esa garganta brota algo que no hemos oído nunca, que no tenemos la capacidad de oír, algo que sólo Josefina, y nadie más, nos capacita para percibir. Pero, en mi opinión, precisamente esta afirmación es incorrecta. Yo no lo siento así, y tampoco he notado algo parecido en los demás. En círculos de confianza reconocemos abiertamente que el canto de Josefina no tiene nada de extraordinario.
¿Se trata realmente de canto? A pesar de nuestra amusicalidad disponemos de tradiciones en este género vocal; nuestro pueblo cantaba en los viejos tiempos; hay leyendas que dan testimonio de ello y se han conservado canciones que ya nadie sabe cantar. Así pues tenemos una noción de lo que es el canto, y esta noción no corresponde al arte de Josefina. ¿Se trata realmente de canto? ¿No será acaso un silbido? Y el sonido del silbido lo conocemos todos, es una habilidad propia de nuestro pueblo, o, tal vez, no una habilidad, sino una forma de expresión vital innata. Todos nosotros silbamos, pero nadie pensaría en considerarlo un arte, silbamos sin prestar atención a lo que hacemos, sí, aún más, sin ni siquiera notarlo, y muchos de entre nosotros ignoran que silbar es una de nuestras peculiaridades. Si fuera cierto que Josefina no canta, sino que sólo silba y que, tal vez, como a mí al menos me lo parece, apenas supera los límites del silbido usual —es posible que su fuerza ni siquiera alcance para el silbido usual, mientras que cualquier trabajador de la tierra lo logra durante todo el día y sin esfuerzo—, si todo esto fuera verdad, entonces el supuesto arte de Josefina quedaría refutado, aunque aún faltaría por resolver el enigma de su gran éxito.
Pero no sólo emite silbidos. Si uno se sitúa lejos de ella y la escucha o, mejor aún, si uno se propone distinguir el canto de Josefina entre otras voces, no oirá nada más que un silbido normal, como mucho algo llamativo por su suavidad o debilidad. Pero si uno se coloca ante ella, no es sólo un silbido. Para la comprensión de su arte resulta necesario no sólo oírla, sino también verla. Aun cuando se tratase de nuestro silbido habitual, aquí se daría, en principio, la peculiaridad de alguien que se reviste de solemnidad para hacer algo completamente vulgar. Cascar una nuez no es ningún arte, por esto tampoco osará nadie reunir a un público para entretenerlo cascando nueces. Si lo hace y logra su intención, entonces no puede tratarse de un simple cascar nueces. O, en realidad, se trata de cascar nueces, pero se constata que hasta ese momento no nos habíamos dado cuenta de que era un arte, probablemente porque todos lo dominábamos y este nuevo cascador de nueces muestra ahora su verdadero ser, para lo que podría ser útil, en relación al efecto, que fuera menos hábil cascando nueces que la mayoría de nosotros.
Tal vez ocurra lo mismo con el canto de Josefina; en ella admiramos lo que jamás admiraríamos en nosotros; por lo demás, ella coincide plenamente con nosotros en esto último. Yo estuve presente cuando alguien llamó su atención —lo que sucedía con frecuencia— sobre el silbido popular, y lo hizo con mucha modestia, pero para Josefina fue demasiado. Aún no he visto una sonrisa tan descarada y orgullosa como la que ella puso; ella, que exteriormente es la delicadeza en persona, de una delicadeza llamativa en nuestro pueblo, tan rico en este tipo de personalidades femeninas, me pareció en aquel entonces cruel. Lo debió de percibir gracias a su gran sensibilidad y se rehízo en seguida. Pero niega cualquier relación entre su arte y el silbido. A los que son de una opinión contraria, sólo les muestra su desprecio y, con toda probabilidad, un odio no confesado. Esto no es simple vanidad, pues esa oposición, a la que yo también pertenezco en parte, no la admira menos que la multitud, pero Josefina no sólo quiere admiración, sino que la admiren del modo en que ella lo desea, la admiración a secas no le interesa para nada. Y cuando uno se sienta ante ella, se la comprende. Sólo se hace oposición desde la lejanía; cuando uno se sienta ante ella, se sabe; lo que aquí se silba no es ningún silbido.
Como silbar pertenece a nuestros comportamientos instintivos, se podría pensar que el auditorio de Josefina también silba. Cuando presenciamos su arte nos sentimos bien y cuando nos sentimos bien, silbamos. Pero su auditorio no silba, es un silencio ratonil, como si participásemos de la anhelada paz, de la que nos aparta nuestro propio silbido. Así que permanecemos callados. ¿Es su canto el que nos embelesa o el silencio solemne que rodea la tenue vocecilla? Una vez ocurrió que una necia y pequeña criatura comenzó a silbar con toda inocencia mientras Josefina cantaba. Bien, pues sonaba igual que el canto de Josefina; allá delante el silbido intimidador, a pesar de la rutina, y detrás, en el público, el absorto silbido infantil; habría sido imposible marcar la diferencia. Habríamos podido hundir a la perturbadora a silbidos y siseos, aunque no fue necesario, ya que se agazapó de miedo y vergüenza, mientras Josefina entonaba su silbido triunfal, completamente fuera de sí, con los brazos abiertos y el cuello extendido hasta el límite de sus posibilidades.
Así sucede siempre, una pequeñez, una casualidad, cualquier oposición, un crujido en el suelo, un rechinar de dientes, un problema de iluminación, todo le parece indicado para aumentar el efecto de su canto. Según ella, canta ante oídos sordos; no faltan entusiasmo y aplausos, pero en lo que se refiere a una comprensión real, hace tiempo que ha aprendido a renunciar a ella. Por eso todas las molestias le convienen; todo lo que se opone a la pureza de su canto desde el exterior y se puede vencer en una lucha fácil, incluso sin lucha, simplemente con una mera confrontación, puede contribuir a despertar a la multitud, y si no puede enseñarle comprensión, sí podrá enseñarle un respeto aprensivo.
Si esas pequeñeces le son tan útiles, ¡cuánto más le servirán las enormidades! Nuestra vida es muy inquieta, todos los días traen sorpresas, miedos, esperanzas y sustos, ningún individuo aislado podría soportarlo si no tuviera día y noche el respaldo del prójimo, pero aun así muchas veces resulta difícil; hay momentos en que mil hombros tiemblan bajo la carga que estaba destinada a uno solo. Entonces Josefina considera que ha llegado su turno. Y allí está ese ser tan delicado, bajo su pecho se distingue una vibración preocupante, como si hubiese concentrado todas sus fuerzas para cantar, como si hubiese sido privada de todo aquello que no participa directamente en el canto, de toda fuerza, de casi todas las posibilidades de vida, como si estuviera desnuda, entregada, sometida a la exclusiva tutela de los buenos espíritus, como si, mientras permanece así, privada de todo, ensimismada en su canto, pudiera matarla cualquier hálito frío que soplara en ese momento. Pero precisamente ante esa visión, nosotros, los supuestos oponentes, solemos decir: «Ni siquiera sabe silbar; tiene que esforzarse de ese modo tan horrible y no para cantar —no hablemos aquí de canto—, sino para arrancarse los silbidos más normales». Ésa es nuestra opinión. Pero se trata de una impresión que, aunque inevitable, es fugaz y pasajera. Al instante nos sumergimos en el sentimiento de la masa, que escucha fervorosa, hombro con hombro, conteniendo la respiración.
Para congregar a esa multitud, para reunir a nuestro pueblo, siempre disperso y en movimiento por motivos no muy definidos, Josefina sólo necesita echar hacia atrás su cabecita, entreabrir la boca y dirigir sus ojos hacia lo alto, adoptar, en definitiva, la postura que indica su disposición a cantar. Lo puede hacer donde le plazca, en un lugar visible y abierto o en un rincón oculto elegido caprichosa o casualmente. La noticia de que va a cantar se extiende en seguida, y se forman procesiones en esa dirección. A veces, sin embargo, surgen inconvenientes. A Josefina le gusta cantar en tiempos inestables, las penalidades y preocupaciones nos obligan a transitar por caminos muy distintos, no nos podemos reunir, ni con nuestra mejor voluntad, tan rápidamente como lo desea Josefina, y hay veces que permanece allí durante un rato sin suficiente auditorio, manteniendo su actitud grandiosa. En esos casos se pone furiosa y da fuertes pisotones en el suelo, maldice como no lo haría ninguna señorita, incluso muerde. Pero ni siquiera un comportamiento semejante logra perjudicarla; en vez de intentar mitigar sus excesivas pretensiones, nos esforzamos por satisfacerlas. Se envían mensajeros para que traigan más oyentes, aunque a ella se lo silenciamos. En los caminos de los alrededores se instalan postes para indicar a los que llegan que se den prisa; esto lo hacemos hasta que hemos conseguido reunir un número respetable de oyentes.
¿Qué impulsa al pueblo a satisfacer los deseos de Josefina? Ésta es una pregunta tan difícil de contestar como la relativa a su canto, con la que, además, guarda una íntima relación. En realidad, se podría eliminar y quedaría inserta, íntegra, en la segunda pregunta, si se pudiera afirmar que el pueblo se entrega incondicionalmente a Josefina debido a su canto. Pero no es éste el caso; nuestro pueblo apenas conoce la lealtad incondicional; este pueblo, que sobre todo ama la astucia inofensiva, el cuchicheo infantil, el chismorreo inocente consistente en un ligero movimiento de los labios, un pueblo así no se puede entregar incondicionalmente, eso también lo intuye Josefina, eso es contra lo que ella lucha con toda la fuerza de su débil garganta.
Aunque tampoco se puede llegar tan lejos con esos juicios tan abstractos; el pueblo se entrega a Josefina, pero no sin condiciones. Por ejemplo, no sería capaz de reírse de Josefina. Se tiene que reconocer. Hay algo en Josefina que mueve a algunos a la risa, además de que por naturaleza siempre estamos próximos a reírnos; a pesar de todas las miserias de nuestra vida, siempre tenemos a punto una ligera sonrisa; pero no nos reímos de Josefina. Algunas veces tengo la impresión de que el pueblo entiende su relación con Josefina, con esta criatura frágil, necesitada de cuidados, que se distingue, en su opinión, por el canto, como si se la hubieran confiado y tuviera que cuidar de ella. El motivo es oscuro, pero el hecho se constata. Nadie se ríe, por supuesto, de lo que le han confiado, sería una violación del deber; lo más perverso que se atreven a decir los más perversos de entre nosotros es: «Se nos va la risa en cuanto vemos a Josefina».
Así, el pueblo cuida de Josefina como lo hace un padre con su hijo cuando éste —no se sabe muy bien si en actitud exigente o suplicante— extiende su manita hacia él. Alguno podría opinar que nuestro pueblo no sirve para cumplir ese tipo de deberes paternales, pero en realidad ella los desempeña, al menos en este caso, a la perfección. Ningún individuo podría realizar lo que el pueblo, como colectivo, es capaz de hacer. Ciertamente, la diferencia de fuerzas entre el pueblo y el individuo es enorme, basta que el acogido se aproxime al calor de la multitud para sentirse lo suficientemente protegido. Sin embargo, nadie osa hablar con Josefina de estos temas. «Silbo para protegeros», dice ella. «Sí, sí, ya vemos que silbas», pensamos nosotros. Además, el que ella se rebele no supone ninguna refutación de lo dicho, más bien se trata de un temperamento infantil, también de una forma de agradecimiento infantil, y la actitud del padre es no hacer caso.
Pero en la difícil relación entre el pueblo y Josefina intervienen otros factores difíciles de explicar. Josefina es de la opinión contraria, cree que ella misma es la que protege al pueblo. Se supone que su canto, ni más ni menos, nos salva cuando hay crisis políticas o económicas, y que cuando no logra apartar de nosotros la desgracia, nos da la fuerza necesaria para soportarla. Ella no lo expresa así, ni de ninguna otra forma, ella habla muy poco, es silenciosa cuando está rodeada de parlanchines, pero sus ojos refulgen y pueden leerse sus pensamientos en su boca cerrada (entre nosotros muy pocos pueden mantener la boca cerrada, ella sí puede). Cada vez que llega una mala noticia —y algunos días se suceden sin interrupción, entre ellas falsas y semiverdaderas— abandona su estado normal de postración, se yergue y extiende el cuello buscando su rebaño como el pastor ante la tormenta. También los niños plantean esas exigencias, a su manera desordenada y caótica, pero en el caso de Josefina no son tan infundadas. Cierto, no nos salva ni nos da fuerzas; es fácil asumir el papel de salvador de este pueblo, habituado a los padecimientos, sufrido, decidido, familiarizado con la muerte, aparentemente miedoso en la atmósfera de temeridad en la que vive continuamente y, por añadidura, tan fértil como valeroso, sí, es muy fácil, digo, asumir el papel de salvador de este pueblo cuando el peligro ha pasado, de un pueblo que una y otra vez se ha logrado salvar a sí mismo, aun a costa de sacrificios que hubiesen hecho palidecer a cualquier historiador (nuestro pueblo descuida por completo la investigación histórica). Y, sin embargo, es verdad que precisamente en los momentos de peligro escuchamos mejor que otras veces la voz de Josefina. Las amenazas que se ciernen sobre nosotros nos vuelven más callados, más modestos, más sumisos al ordenancismo de Josefina; nos gusta reunirnos, apretarnos, especialmente porque todo sucede por una causa muy distinta de la principal que nos atormenta. Es como si bebiéramos a toda prisa —sí, la prisa es necesaria, eso lo olvida Josefina con demasiada frecuencia— una copa de paz antes de la lucha. Más que de un concierto se trata de una reunión popular y, además, de una reunión completamente silenciosa, en la que no se oye ni el más mínimo silbido; es una hora demasiado seria como para perdérsela.
Pero Josefina no podría quedar satisfecha con ese tipo de relación. A pesar del disgusto y del nerviosismo que siempre se apoderan de ella sin motivo aparente, no es capaz de ver, cegada por su confianza en sí misma, muchas cosas y, sin mucho esfuerzo, se puede lograr que se le escapen muchas más; todo un enjambre de aduladores trabajan continuamente en ello, se supone que por el interés general. Pero ella sería incapaz de sacrificar su canto —y no sería un sacrificio desdeñable que lo hiciera—, digamos al cantar de un modo desapercibido, en cualquier rincón escondido en una de las reuniones populares.
Pero tampoco lo tiene que hacer, pues su arte no pasa desapercibido. Aunque en realidad estamos pendientes de cosas muy diferentes, a pesar de que el silencio no reina por amor al canto y algunos de nosotros ni siquiera la miran, sino que hunden el rostro en la piel del vecino y Josefina, por consiguiente, parece esforzarse en vano allá arriba, hay algo de su silbido —no se puede negar— que penetra inevitablemente en nosotros. Ese silbido, que se eleva donde se ha impuesto el silencio, llega casi como un mensaje del pueblo al individuo; el fino silbido de Josefina en medio de las decisiones más graves es como la miserable existencia de nuestro pueblo en medio del tumulto de un mundo hostil. Josefina se afirma; esa nada de voz, esa nada de rendimiento se afirma y se abre camino hasta nosotros, nos sienta bien pensar en ello. Seríamos incapaces de soportar a un verdadero artista del canto, si se encontrara entre nosotros en unos momentos como ésos, y rechazaríamos unánimemente la insensatez de una actuación así. Ojalá Josefina nunca sepa que el hecho de que la escuchemos constituye la mejor prueba contra su canto. Ella tiene una ligera idea de esto, ¿por qué si no negaría con tanta vehemencia que la escuchamos y, no obstante, sigue cantando y silba sin importarle nada esa idea?
Pero también hay un consuelo para ella: en cierta medida la escuchamos de verdad, casi como se escucharía a un artista del canto; consigue efectos que un artista trataría de conseguir en vano y que, además, se deben a los pobres medios de que dispone. Y esto guarda relación con nuestro modo de vida.
Nuestro pueblo no conoce la juventud, apenas una breve infancia. Con frecuencia se reclama que se les garantice a los niños una libertad y un cuidado especiales, un derecho a cierta despreocupación, a dar algunos tumbos sin sentido, a jugar un poco, la intención es reconocerles estos derechos y ayudar a que tengan efectividad. Este tipo de pretensiones surgen con regularidad y casi todos las aprueban; no hay nada que se deseara más, pero tampoco hay nada que pudiera tener menos aceptación en la realidad de nuestra vida; se aprueban las pretensiones, se hacen intentos en esa dirección, pero en poco tiempo ya está todo como antes. Nuestra vida discurre de tal modo que un niño, en cuanto ha corrido un poco y discierne algo de su entorno, tiene que cuidar de sí mismo como un adulto. Las zonas en las que nos vemos obligados a vivir, dispersas por motivos económicos, son demasiado grandes, nuestros enemigos demasiado numerosos, los peligros que nos acechan impredecibles, no podemos mantener apartados a los niños de la lucha por la existencia, si lo hiciéramos, significaría su fin prematuro. A estos tristes motivos se añade uno más, mucho más importante: la fertilidad de nuestra especie. Una generación —y cada una de ellas es numerosa— presiona a la otra, los niños no tienen tiempo de ser niños. Hay otros pueblos que cuidan a sus niños con esmero, que construyen escuelas para los pequeños, de las que diariamente salen torrentes de niños, el futuro del pueblo, y son los mismos niños los que día tras día, durante un largo periodo de tiempo, salen de estas escuelas. Nosotros no tenemos escuelas, pero de nuestro pueblo van saliendo, en breves intervalos, manadas inabarcables de niños, siseando y piando, hasta que aprenden a silbar, rodando, hasta que aprenden a correr; llevándose por delante con torpeza todo lo que encuentran en su camino, hasta que pueden ver. ¡Nuestros niños! Y no los mismos niños, como en esas escuelas, no, siempre, siempre nuevos, sin fin, sin interrupción, apenas aparece un niño, ya no es un niño, y ya presionan a sus espaldas los rostros infantiles, indistinguibles por su cantidad y la velocidad con que avanzan, rosados de felicidad. Cierto, por muy bello que resulte todo esto y por mucho que envidiemos a otros, no podemos dar a nuestros niños, con toda la razón, una infancia real. Y esto tiene sus consecuencias. Un infantilismo perpetuo e inextirpable se ha apoderado de nosotros. En manifiesta contradicción con nuestra mejor propiedad, un sentido común infalible, a veces actuamos con una necedad absoluta y, además, con la misma necedad con que actúan los niños, imprudentes, sin sentido, con magnificencia, derrochando, y todo por amor a una pequeña diversión. Y si nuestra alegría ya no puede alcanzar la fuerza del gozo infantil, en ella subsiste, sin duda, algo de ese gozo. Josefina se ha beneficiado de este infantilismo desde siempre.
Pero nuestro pueblo no es sólo infantil, en cierto modo también es un viejo prematuro, tanto la infancia como la vejez se dan en nosotros de manera diferente que en los demás. No tenemos juventud, alcanzamos en seguida la madurez, y luego somos adultos demasiado tiempo, cierto cansancio y desesperanza invaden, dejando profunda huella, todo nuestro ser, en general tan tenaz y esperanzado. También esto guarda relación con nuestra amusicalidad; somos demasiado viejos para la música, su estímulo, su impulso no convienen a nuestra gravedad, cansados nos resistimos a ella. Nos hemos refugiado en el silbido; unos silbidos aquí y allá nos bastan. Quién sabe si entre nosotros no habrá talentos musicales; si los hubiera, el carácter de los compatriotas los reprimiría antes de que pudieran desarrollarse. Josefina, por el contrario, puede silbar cuanto quiera, o cantar, como lo denomine cada uno, eso no nos molesta, todo lo contrario, es propio de nosotros, lo podemos soportar muy bien; si lo que hace Josefina contuviese algo de música, se habría reducido a la mínima expresión; así se conserva cierta tradición musical, pero sin que ello nos moleste.
No obstante, Josefina ofrece aún más a este pueblo de humor tan lábil. En sus conciertos, ante todo en momentos de gran seriedad, sólo los muy jóvenes muestran interés por la cantora, sólo ellos contemplan asombrados cómo frunce sus labios, cómo expulsa el aire entre sus preciosos dientes delanteros, maravillada de los tonos que ella misma emite, cómo hace descender la voz hasta que muere, aprovechando esa modulación declinante para enardecerse y lograr un resultado incomprensible, pero la multitud propiamente dicha —eso se puede reconocer fácilmente— se queda ensimismada. Aquí, en las escasas treguas, sueña el pueblo, es como si los miembros de cada individuo se liberaran, como si el intranquilo pudiera extenderse y estirarse a su gusto en el gran y cálido lecho del pueblo. Y en este sueño resuena aquí y allá el silbido de Josefina; ella lo denomina «perlado», nosotros decimos que lo emite a empellones. Pero en todo caso aquí está en su sitio, como en ningún otro, y en un instante excepcional, tan difícil de encontrar por la música. Aquí hay algo de la breve y pobre infancia, algo de la felicidad perdida y nunca encontrada, pero también algo de nuestra vida activa, de su alegría pequeña, incomprensible, pero aún existente e inextinguible. Y todo esto es verdadero, y no se expresa con grandilocuencia, sino en un tono bajo, susurrando, en confianza, a veces con voz algo enronquecida. Naturalmente que es un silbido. ¿Qué si no? El silbido es la lengua de nuestro pueblo, hay algunos que silban durante toda su vida y no lo saben, pero aquí el silbar ha quedado libre de todas las ataduras de la vida cotidiana y también nos libera a nosotros un rato. Jamás renunciaríamos a él.
Pero de aquí a la afirmación de Josefina de que ella nos da en tiempos semejantes nuevas fuerzas, etc., hay un gran trecho. Para gente vulgar, se entiende, no para los aduladores de Josefina. «¿Cómo podría ser de otro modo?» —dicen con audacia despreocupada—. «¿Cómo se podría explicar si no la tremenda afluencia, especialmente en los instantes que preceden a una situación de urgente peligro, y que a veces ha impedido la defensa contra ese mismo peligro?».
Pues bien, esto último, por desgracia, es cierto, pero no se puede decir que pertenezca a los títulos de gloria de Josefina, sobre todo cuando se añade que, cuando esas reuniones son disueltas por la inesperada aparición del enemigo, y muchos de los nuestros dejan allí la vida, Josefina, la culpable de todo, sí, la que tal vez ha atraído al enemigo con sus silbidos, siempre ocupa el lugar más seguro y desaparece la primera, protegida por sus correligionarios, en silencio y lo más rápido que puede. Pero eso también lo saben todos y, sin embargo, vuelven a apresurarse hacia el lugar en el que Josefina, según mande su capricho, elevará su canto. De esto se podría deducir que Josefina prácticamente se encuentra fuera de la ley, que puede hacer lo que quiere, aun cuando ponga en peligro a la colectividad, y que todo se le perdonará. Si fuera así, las pretensiones de Josefina serían comprensibles; en esa libertad que el pueblo le otorgaría, en ese regalo extraordinario, jamás dado a nadie y que, en realidad, es contrario a las leyes, se podría suponer la confesión de que el pueblo, como ella afirma, no comprende a Josefina, que sólo admira impotente su arte y que no se siente digno de ella. El pueblo aspiraría a compensar el daño que causa a Josefina con su incomprensión a través de acciones desesperadas y, del mismo modo en que su arte queda fuera de su capacidad de discernimiento, también ella coloca su persona y sus deseos fuera de su poder de mando. Bueno, pues todo esto es completamente falso. Tal vez el pueblo capitula demasiado rápido ante Josefina, pero como nunca capitula incondicionalmente ante nadie, tampoco lo hace así ante Josefina.
Ya desde hace tiempo, tal vez desde los inicios de su carrera artística, lucha Josefina para que se la libere de todo trabajo por consideración a su canto; así que se le deben quitar las preocupaciones por el pan diario y por todo lo que va unido a nuestra lucha por la existencia y, con toda probabilidad, transferirlas al pueblo como colectividad.
Un entusiasta —ha habido algunos— podría deducir una legitimación de esa peculiar pretensión en el estado de ánimo que refleja esa demanda. Nuestro pueblo, sin embargo, saca otras conclusiones y rechaza esas reclamaciones con toda tranquilidad, aunque tampoco pierde mucho el tiempo con la fundamentación de ese rechazo. Josefina, por ejemplo, subraya el hecho de que el esfuerzo que realiza al trabajar daña su voz y que, aunque el esfuerzo que realiza al trabajar es ínfimo en comparación con el del canto, le quita la posibilidad de descansar lo suficiente después de sus actuaciones y de fortalecerse para cantar la próxima vez. Por consiguiente, se agota completamente y, en esas circunstancias, no puede alcanzar su máximo rendimiento. El pueblo la escucha y pasa de largo. Hay veces que nada puede conmover a este pueblo tan sentimental. Es posible que el rechazo sea tan duro que la misma Josefina se desconcierte, aunque parece adaptarse, trabaja como Dios manda, canta lo mejor que puede, pero sólo por un periodo de tiempo, luego emprende la lucha con nuevas fuerzas (para esto parece poseerlas de manera ilimitada).
Pues bien, está claro que Josefina no aspira a conseguir lo que reclama de palabra. Ella es razonable, no evita el trabajo, aunque la holgazanería es desconocida entre nosotros, con toda probabilidad seguiría viviendo como antes si se aceptara su pretensión, su trabajo no le impediría cantar, y su canto tampoco se tornaría más bello, lo que ella en realidad reclama es el reconocimiento público, claro, eterno, de su arte. Mientras casi todo lo demás le parece alcanzable, esto se le niega con obstinación. Tal vez debería haber dirigido su ataque desde el principio hacia otra dirección, tal vez se haya dado cuenta de su error, pero ya no puede echarse atrás, hacerlo supondría traicionarse a sí misma, ahora tiene que mantener esa reclamación o caer con ella.
Si realmente tuviera enemigos, como ella dice, podrían contemplar esta lucha con alegría y sin tener que mover un dedo. Pero no tiene enemigos, y aunque hay alguno que de vez en cuando le hace alguna objeción, esa lucha no alegra a nadie. Y no alegra porque aquí el pueblo se muestra en su fría actitud de juez, como muy raras veces se le ve. Y si alguno aprueba esta actitud, la simple idea de que el pueblo se podría comportar así frente a él le quita las ganas de alegrarse. En lo relativo al rechazo y a la pretensión, no se trata del asunto en sí, sino de que el pueblo se cierre de un modo tan impenetrable frente a un congénere, y se muestre más implacable cuanto más paternalmente se comporta con él, aunque le cuide, humillándose, con una excesiva ternura.
Si hubiera un solo individuo que ocupase el lugar del pueblo, se podría creer que este hombre ha cedido todo el tiempo ante Josefina con la pretensión continua y ardiente de poner fin a la condescendencia. Él ha cedido más de lo que es posible desde una perspectiva humana, con la firme creencia de que su indulgencia encontraría algún límite; sí, ha cedido más de lo que era necesario, sólo para acelerar el asunto, para mimar a Josefina, y para despertar en ella nuevos deseos, hasta que ella finalmente elevó esta pretensión; entonces él ha formulado el rechazo definitivo, preparado desde hacía tanto tiempo. Bueno, las cosas no han sido exactamente así, el pueblo no necesita esos trucos; además, su admiración por Josefina es sincera y probada. No obstante, la pretensión de Josefina es tan fuerte que cualquier niño ingenuo podría haber previsto su desenlace. Puede ser que en la mente de Josefina también incidan estas suposiciones y añadan cierta amargura al dolor ocasionado por el rechazo.
Pero por más que considere esas suposiciones, no le impiden continuar la lucha. En los últimos tiempos incluso se ha agudizado esta lucha. Si hasta ahora sólo había empleado la palabra, ha comenzado a emplear otros medios que, en su opinión, son más efectivos, pero que en nuestra opinión son peligrosos para ella misma.
Algunos creen que Josefina se ha vuelto tan imperiosa porque siente cómo envejece, cómo su voz comienza a fallar, y por eso cree que ha llegado el momento de entablar la última lucha por su reconocimiento. No me lo creo. Josefina no sería Josefina si eso fuera verdad. Para ella no pasan los años y su voz no conoce debilidad alguna. Cuando ella pide algo, no la impulsan motivos superficiales, sino una lógica interna. Ella pretende coger la guirnalda más alta, no porque en ese preciso momento cuelgue algo más baja, sino porque es la más alta. Si estuviera en su poder, la colgaría aún más arriba.
Este desprecio de las dificultades no le impide emplear los medios más indignos. Su derecho está fuera de toda duda, qué importa, por tanto, cómo lo consiga, ya que en este mundo, como ella se lo representa, los medios dignos son precisamente los que fracasan. Tal vez por esto ha desplazado la lucha por su derecho fuera del ámbito del canto, a otro ámbito menos valioso para ella. Sus acompañantes han extendido el rumor según el cual ella se siente capacitada para cantar de un modo tan especial que produciría placer en todas las capas populares, hasta en la oposición más escondida, y un placer no en el sentido del pueblo, quien afirma haber sentido desde siempre ese placer al oír el canto de Josefina, sino placer conforme a las pretensiones de Josefina. Pero ella añade que no puede falsificar lo elevado ni adular lo vulgar, que todo tiene que quedar como está. Otra es su actitud respecto a la lucha por la liberación laboral, aunque también es una lucha por el canto; aquí no lucha directamente con las valiosas armas del canto, cualquier medio que emplea es lo suficientemente bueno.
Así se extendió el rumor de que Josefina, si no se cedía ante ella, acortaría las coloraturas. Yo no sé nada de coloraturas, ni he notado nada en su canto de coloraturas. Josefina, sin embargo, quiere acortar las coloraturas, por el momento no desea suprimirlas, sino sólo acortarlas. Ella ha cumplido su amenaza, pero yo no he notado ninguna diferencia con sus actuaciones precedentes. El pueblo la ha escuchado como siempre, sin manifestarse sobre las coloraturas, y tampoco ha cambiado la actitud ante la pretensión de Josefina. Por lo demás, no se puede negar, Josefina posee, también en su figura, algo gracioso. Por ejemplo, después de aquella actuación, como si le pareciera que su decisión sobre las coloraturas era demasiado dura y repentina para el pueblo, declaró que la próxima vez volvería a cantar las coloraturas. Pero después del siguiente concierto cambió de opinión, ahora se había terminado definitivamente con las grandes coloraturas, y si no se produce una decisión favorable a Josefina, no volverán a escucharse jamás. Pues bien, el pueblo no hace caso de todas estas aclaraciones, decisiones y de los cambios de opinión, del mismo modo en que un adulto no hace caso a la palabrería de un niño, le escucha benevolente pero inalcanzable.
Pero Josefina no se rinde. Hace poco afirmó que se había lesionado un pie mientras trabajaba, lo que le causaba dolores mientras cantaba. Como ella sólo puede cantar de pie, ahora tiene que acortar los cantos. Aunque cojea y se apoya en sus acompañantes, nadie cree en una lesión de verdad. Aun cuando se reconozca la sensibilidad especial de su cuerpecillo, somos un pueblo de trabajadores y también Josefina pertenece a él. Pero si quisiéramos cojear con cada roce que sufrimos, el pueblo entero no pararía de cojear. Pero por más que se deje conducir como un cordero, por más que se muestre en público con mayor frecuencia que nunca en ese estado lamentable, el pueblo escucha su canto agradecido y tan encantado como siempre, y tampoco hace mucho ruido cuando lo acorta.
Como no puede cojear toda la vida, se inventa algo diferente, simula cansancio, debilidad, tristeza. Además del concierto tenemos una función teatral. Vemos cómo los acompañantes, detrás de Josefina, le suplican que cante. A ella le gustaría, pero no puede. La consuelan, la adulan, prácticamente la llevan hasta el lugar elegido para que cante. Finalmente cede llena de lágrimas, pero comienza a cantar forzada, extenuada, los brazos no tan extendidos como habitualmente, sino colgando sin vida, con lo que se tiene la impresión de que son un poco cortos. Cuando parece que va a cantar, renuncia otra vez, no puede, una sacudida involuntaria de la cabeza lo atestigua y se derrumba ante nuestros ojos. Pero logra rehacerse y canta, creo que como siempre, tal vez, si se tiene un oído que capte los más finos matices, se podría percibir cierta excitación inhabitual, que, sin duda, beneficia su actuación. Y al final se muestra menos cansada que antes, se aleja con paso firme, si así se puede denominar su trote ligero, rechazando toda ayuda de su séquito y examinando con miradas frías a la multitud que le deja paso con reverencia.
Así fue la última vez, pero la novedad es que desapareció en un momento en que se la esperaba para cantar. No sólo la busca su séquito, muchos ayudan en la búsqueda, pero en vano. Josefina ha desaparecido, no quiere cantar, ni siquiera quiere que se lo pidan, esta vez nos ha abandonado definitivamente.
Es extraño lo mal que calcula la muy astuta, tan mal que podría creerse que no calcula en absoluto, sino que se ve impulsada por su destino, que en nuestro mundo sólo puede ser muy triste. Ella misma deja el canto, ella misma destruye el poder que ha adquirido sobre los ánimos. ¿Cómo pudo adquirir ese poder si conoce tan poco los ánimos? Se esconde y no canta, pero el pueblo, tranquilo, sin mostrarse decepcionado, señorial, formando una masa sosegada, que, aunque las apariencias hablen en contra, sólo sabe regalar y nunca puede recibir, ni siquiera de Josefina, ese pueblo sigue su camino.
Josefina, sin embargo, va cuesta abajo. Pronto llegará el tiempo en que entonará su último silbido y callará para siempre. Será un pequeño episodio en la historia eterna de nuestro pueblo y el pueblo superará su pérdida. No nos será fácil. ¿Cómo serán posibles las reuniones en un completo silencio? Aunque, ¿no eran también silenciosas con Josefina? ¿Acaso era su silbido más alto y vivo de lo que será su recuerdo? ¿Acaso no era cuando vivía nada más que un simple recuerdo? ¿No habrá valorado tanto el pueblo, en su sabiduría, el canto de Josefina porque era perdurable en su esencia?
Tal vez no la echemos mucho de menos; Josefina, sin embargo, liberada de las miserias terrenales, reservadas, en su opinión, para los elegidos, se perderá alegre en la incontable multitud de héroes de nuestro pueblo, y pronto, ya que no nos ocupamos de nuestra historia, quedará olvidada, en un proceso liberador, como todos sus hermanos.