investigaciones de un perro (spanish)
¡Cómo ha cambiado mi vida y cómo, en el fondo, no ha cambiado! Cuando pienso en el pasado, en aquellos tiempos en que aún vivía con los demás perros, tomando parte en todo lo que les preocupaba, un perro entre perros, encuentro, al analizarlo con más detenimiento, que había algo que no concordaba, que había una pequeña fractura: un ligero malestar se apoderaba de mí durante los festejos nacionales más respetables, sí, incluso, algunas veces, en círculos de confianza, no, no algunas veces, sino con mucha frecuencia, el simple aspecto de uno de mis congéneres más queridos, su simple aspecto, como si lo viera por primera vez, me confundía, me aterrorizaba, me dejaba indefenso, me desesperaba. En cierto modo, intentaba tranquilizarme; amigos a los que se lo había confesado, me ayudaron, volvieron los tiempos de sosiego, tiempos, sin embargo, en que no faltaron sorpresas, pero fueron tomadas con más indiferencia, y así fueron insertadas en la vida; tal vez me provocaban cansancio y tristeza, pero me dejaban seguir siendo un perro en el estricto sentido de la palabra, no obstante mi frialdad, discreción, temor y naturaleza calculadora. ¿Cómo habría podido alcanzar la edad de la que ahora disfruto sin aquellos periodos de descanso? ¿Cómo habría podido alcanzar la paz con la que contemplo el horror de mi juventud y soporto el horror de la edad? ¿Cómo se me podría haber ocurrido sacar las consecuencias de mi naturaleza, que reconozco era la de un ser infeliz o, mejor expresado, no muy feliz, y vivir por completo conforme a ella? Retirado, solo, ocupándome exclusivamente de mis pequeñas, desesperanzadas, pero imprescindibles investigaciones, así vivo yo, pero en la lejanía no he perdido de vista a mi pueblo; con frecuencia llegan noticias hasta mí y, de vez en cuando, me hago oír. Me tratan con respeto, no comprenden mi modo de vivir, pero no me lo toman a mal, y los perros jóvenes, que veo de vez en cuando correr de un lado a otro desde una prudente distancia, una nueva generación, de cuya infancia sólo tengo recuerdos oscuros, no me niegan un saludo respetuoso. Tampoco se puede omitir que, a pesar de mis manifiestas singularidades, no me he salido de la especie. Si lo pienso, y tengo tiempo, ganas y la capacidad para hacerlo, llego a la conclusión de que el mundo canino es singular. Además de nosotros, los perros, hay muchas especies de criaturas pobres, pequeñas, mudas, seres que se limitan a emitir ciertos gritos; muchos perros entre nosotros las estudian, les han dado nombres, intentan ayudarlas, ennoblecerlas y otras cosas por el estilo; a mí, siempre que no intenten molestarme, me son indiferentes; las confundo, no les hago caso; una de ellas, sin embargo, es demasiado llamativa como para pasar desapercibida, pero qué poco solidarios son sus individuos, comparados con nosotros, los perros; se tratan con absoluta indiferencia, no les une ningún interés, ni elevado ni bajo, en realidad todo interés contribuye a separarlos más de lo que lo haría su habitual estado pasivo. ¡Nosotros, perros, todo lo contrario! Podemos decir que vivimos en una única manada, todos, no obstante las innumerables y profundas diferencias que se han producido en nuestra especie a lo largo del tiempo. ¡Todos en la misma manada! Hay un instinto que nos une y nada nos puede impedir que sigamos ese instinto; todas nuestras leyes, las pocas que aún conozco y las innumerables que he olvidado, tienen su origen en la suprema felicidad de la que somos capaces: una cálida convivencia. Pero ahora las desventajas. Ninguna criatura, hasta donde alcanzan mis conocimientos, vive tan dispersa como los perros; nosotros, que queremos mantenernos juntos —y a veces lo logramos, en momentos de exaltación—, tenemos razas innumerables y ocupaciones muy diversas; precisamente nosotros tenemos que vivir separados, con frecuencia ejerciendo profesiones incomprensibles para nuestros vecinos, obedeciendo reglas que no pertenecen a la especie canina, más bien dirigidas especialmente contra ella. Qué asunto más complejo es éste, son asuntos que uno prefiere no tocar —yo entiendo muy bien este punto de vista, lo comprendo mejor que los míos—, y, sin embargo, son asuntos a los que me he entregado por completo. ¿Por qué no hago lo que los demás, vivo en armonía con mi pueblo y asumo en silencio lo que perturba esa armonía, ignorándolo como un pequeño error en el gran cálculo? ¿Por qué no permanezco siempre vuelto hacia lo que nos une en la felicidad, en vez de prestar atención a lo que irremediablemente contribuye a apartarnos de nuestro pueblo? Recuerdo un suceso de mi juventud, me encontraba en uno de esos estados de excitación benditos e inexplicables que todo niño experimenta, yo era aún un perro bastante joven, todo me gustaba, todo lo relacionaba conmigo, creía que grandes cosas ocurrían a mi alrededor, y yo tenía que prestar las voces a los actores; había cosas que reposaban en el suelo inertes, si yo no corría hacia ellas, si no giraba mi cuerpo en su dirección, bueno, fantasías de niños, que se van desvaneciendo con los años, pero en aquella época eran muy fuertes, yo me encontraba en su poder y siempre ocurría algo extraordinario que parecía otorgar un derecho a mis indómitas esperanzas. No obstante, en sí mismas no tenían nada de extraordinario, más tarde he visto con frecuencia esas mismas cosas, y aún otras más extrañas, pero en aquel tiempo me afectaban con la fuerza de la primera e indisoluble impresión, que señalaba, en muchos aspectos, las futuras direcciones. Yo me encontraba con una pequeña sociedad canina o, mejor, no me encontraba con ella, sino que venían a mi casa. En aquella época hacía ya tiempo que vagaba por las tinieblas, con el presagio de grandes cosas, un presagio que, es cierto, engañaba fácilmente, pues lo había tenido siempre; vagaba largo tiempo por las tinieblas, de un extremo al otro, conducido por un anhelo indeterminado; de repente hice un alto con el sentimiento de que aquél era el lugar idóneo, miré a mi alrededor y era un día de gran claridad, sólo un poco neblinoso, saludé la mañana con ladridos confusos y, como si los hubiera conjurado, salieron siete perros de las tinieblas a la luz, armando un ruido horrible, como no lo he escuchado nunca. Si no hubiera visto claramente que se trataba de perros y que ellos mismos hacían todo ese ruido, aunque no podía reconocer cómo lo emitían, habría escapado de inmediato, pero en vista de lo primero me quedé. En aquel tiempo no sabía casi nada de la musicalidad con que ha sido dotada la especie canina y, además, con exclusividad; esta peculiaridad se había escapado de mi atención en continua evolución, sólo con insinuaciones habían intentado sugerírmelo, así que la presencia de aquellos siete grandes músicos fue para mí una gran sorpresa, casi desconsoladora. No hablaban, no cantaban, se puede decir que permanecían en silencio con cierta obstinación, pero hacían surgir su música del vacío como por encantamiento. Todo era música: levantar y bajar las patas; determinados giros de la cabeza; sus carreras y paradas; las posiciones que adoptaban unos respecto a los otros; las filas que formaban, al poner uno de ellos las patas delanteras sobre la grupa del de delante, quedando los siete unidos de tal modo que el primero soportaba el peso de los demás, o al formar figuras con sus cuerpos, rozando casi el suelo, sin equivocarse jamás; ni siquiera el último, que parecía un poco inseguro, que tardaba en encontrar la conexión con los demás y vacilaba algo al tocar la melodía, estropeaba el conjunto, más bien era inseguro en comparación con la gran, no, con la perfecta seguridad de los demás, que ni siquiera una perfecta inseguridad hubiera podido estropear, pues aquellos grandes maestros mantenían el ritmo impertérritos. Pero apenas se los veía, apenas se los podía ver a todos. Habían salido, se les había saludado interiormente como a perros, si bien es cierto que con mucha confusión por el ruido que los acompañaba, pero eran perros, perros como tú y yo, se les podía observar como habitualmente se observa a los perros en la calle, se sentía el deseo de acercarse a ellos, de intercambiar saludos; además, estaban muy cerca; eran perros, no obstante, mayores que yo, y de una raza no tan peluda y lanosa como la mía, pero tampoco tan distinta en figura y tamaño, en realidad su raza me era bastante familiar, yo conocía a muchos que pertenecían a esa raza o a otra similar. Mientras uno se quedaba ensimismado en esas cavilaciones, la música comenzaba lentamente a dominar, prácticamente se apoderaba del que la escuchaba, desviaba la atención de aquellos perros pequeños y, a regañadientes, resistiendo con todas las fuerzas, aullando como si se nos hiciera daño, no había manera de ocuparse de otra cosa que no fuese de aquella música de charanga, que venía de todas partes, de las alturas, de las profundidades de la tierra, y que tomaba al oyente en el medio, presionándolo, estremeciéndolo, casi destruyéndolo; se escuchaba tan cercana que ya estaba en la lejanía, apenas audible. Y al poco tiempo uno era obligado a salir de ese encantamiento, porque se estaba demasiado agotado, destruido, porque se estaba demasiado débil para seguir escuchando; literalmente expulsado de esa embriaguez, se podía ver cómo desfilaban los siete pequeños perros, cómo daban sus saltos; hubiera querido llamarlos, por más que su actitud fuera de repulsa, hubiera querido pedirles información, preguntarles qué hacían allí —yo era un niño y creía que podía preguntar siempre y a quien quisiera—, pero apenas me había juntado a ellos, apenas sentía la confiada unión perruna con los siete, ya estaba allí la música, que me dejaba sin sentido, giraba a mi alrededor como si yo mismo fuera uno de los músicos, mientras que en realidad sólo era una de sus víctimas. Me arrojé a un lado y a otro, pedí compasión y, finalmente, me salvé de su violencia al esconderme en un montón de leña que había en aquella zona, sin que me hubiera dado cuenta de su existencia, introduciéndome profundamente, con la cabeza humillada. Así tuve la posibilidad, por más que sonara la música al aire libre, de tomar aliento.
Aunque, más que el arte de los siete perros —para mí resultaba incomprensible, también fuera de mis capacidades—, me sorprendía su valor, cómo se exponían libre y abiertamente a lo que creaban y lo soportaban tranquilamente, más allá de sus fuerzas, sin que les rompiera la columna vertebral. No obstante, al observarlos con más detenimiento, pude comprobar desde mi agujero que no trabajaban precisamente con tranquilidad, sino con una tensión extrema; esas patas que aparentemente se movían con tanta seguridad, temblaban a cada paso que daban con continuos espasmos temerosos; rígidos de desesperación aparecían uno al lado del otro, y la lengua, dominada con esfuerzo, volvía a colgar laxa de los hocicos una y otra vez. No podía ser miedo por el éxito de la ejecución lo que los excitaba de aquel modo; el que osaba hacer aquello, el que lograba realizarlo, no podía tener miedo, ¿a qué tenían, entonces, miedo? ¿Quién les obligaba a hacer aquello? Y ya no pude contenerme más, sobre todo porque ahora me parecían tan incomprensiblemente necesitados de ayuda, así que grité mis preguntas a pesar del ruido. Ellos, sin embargo —¡incomprensible! ¡incomprensible!—, no me contestaron, hacían como si yo no estuviera allí: perros que no responden a la llamada de otro perro, eso es una contravención de las buenas costumbres, que no perdonaría el más pequeño ni el más grande de los especímenes de la raza canina, bajo ninguna circunstancia. ¿Acaso no eran perros? ¿Pero cómo no podían ser perros, si ahora, al prestar más atención, podía oír sus llamadas en voz baja, con las que se animaban unos a otros y se advertían de posibles fallos? Además, veía cómo el perro más pequeño, al que le dirigían la mayoría de las advertencias, me miraba de reojo, como si tuviera muchas ganas de contestarme, pero se dominaba porque no podía ser. Pero ¿por qué no podía ser? ¿Por qué no se podía cumplir lo que nuestras leyes reclaman siempre y sin condiciones? Mi corazón se indignó, casi olvidó la música. Esos perros infringían la ley. Por muy mágico que fuera su talento, la ley también era válida para ellos, eso lo comprendía hasta un niño como yo. Y noté en ellos mucho más. Tenían motivos para callarse, presuponiendo que realmente callaran por un sentimiento de culpa. Pues, ¡cómo se comportaban! No me había dado cuenta hasta ese momento a causa de la música; habían perdido toda la vergüenza, esos miserables realizaban al mismo tiempo lo más ridículo e indecente, caminaban derechos sobre las patas traseras. ¡Demonio! Enseñaban sus partes pudendas con jactancia, disfrutaban haciéndolo y, si por un instante seguían su instinto sano y bajaban las patas delanteras, se asustaban como si hubieran cometido un error, como si la naturaleza fuese un error, y volvían a levantar las patas con toda la rapidez que podían y su mirada parecía pedir disculpas por haberse mantenido un rato en su pecaminosidad. ¿Se había invertido el mundo? ¿Dónde estaba yo? ¿Qué había ocurrido? Llegados a esta situación, ya no podía dudar por amor a mi propia existencia, así que salí de un salto de la montaña de leños en que me había escondido y quise ir hacia los perros, yo, un pequeño alumno tenía que convertirme en maestro, para hacerles comprender lo que estaban haciendo e impedir así que siguieran pecando. «¡Hay que ver, perros de vuestra edad, de vuestra edad!», repetía yo una y otra vez. Pero apenas me hallé al aire libre y a sólo tres saltos de ellos, cuando ese ruido se volvió a apoderar de mí. Tal vez podría haberme resistido gracias a mi ímpetu y a que ya lo conocía, si bien no en toda su amplitud, que era terrible, en todo caso, al menos podría haber luchado, no obstante se produjo un sonido claro y severo, monótono, que parecía venir de la lejanía sin experimentar cambio alguno, quizá se trataba de la propia melodía en medio del ruido, pero, en definitiva, ese sonido me obligó a arrodillarme. Ay, qué música tan fascinante tocaban aquellos perros. Ya no podía seguir, no quería seguir aleccionándolos por más que abrieran las patas, cometieran pecados y sedujeran a otros para contemplar callados sus actitudes impías, yo era un perro tan pequeño, ¿quién podía reclamar de mí algo tan difícil? Me hice más pequeño de lo que era, gemí, si los perros me hubieran preguntado sobre mi opinión en aquel momento, es muy posible que les hubiera dado la razón. Por lo demás, no duró mucho tiempo y desaparecieron con todo su ruido y toda la luz en las tinieblas de las que habían surgido.
Como ya dije con anterioridad, este suceso no contiene nada extraordinario. A lo largo de toda una vida se experimentan muchas cosas que, sacadas de su contexto y vistas con los ojos de un niño, resultarían mucho más asombrosas. Por supuesto que también se puede leer de otra manera, como todo, entonces resultaría que se habían reunido siete músicos para tocar algo de música en el silencio de la mañana, que un pequeño perro, un oyente molesto, se había sumado a ellos y habían intentado echarlo, en vano, con una música especialmente horrible y en un tono muy elevado. Él los molestaba con preguntas, ¿tendrían acaso ellos, molestos por la mera presencia del extraño, que haber permitido sus intromisiones y haber aumentado aún más con sus respuestas las molestias que les causaba? Y por mucho que la ley obligue a contestar, ¿se puede decir que ese perro enano extraviado es alguien digno de ser nombrado? Y tal vez ni siquiera lo entenderían, pues ladraba sus preguntas de un modo incomprensible. O quizá lo entendieran y le respondieran superando su rechazo, pero él, el pequeño, el no habituado a la música, no sería capaz de distinguir la respuesta de la melodía. Y en lo que concierne a las patas de atrás, es posible que anduvieran sólo sobre ellas de una manera excepcional. Es un pecado, muy bien, pero estaban solos, siete amigos, entre ellos, en confianza, se puede decir que entre las propias cuatro paredes, en cierta manera completamente solos, pues estar entre amigos no es estar en público, y donde no se está en público, un curioso y pequeño perro callejero no cambia las cosas; en este caso, por consiguiente, ¿no es como si no hubiera ocurrido nada? Tampoco es eso, pero casi, y los padres no deberían dejar que sus hijos vagabundeen tanto, y deberían enseñarles a callarse y a respetar la edad.
Si se llega tan lejos, el caso está listo. Pero lo que está listo para los adultos, aún no lo está para los pequeños. Yo corrí por todas partes, lo conté todo y pregunté, acusé e investigué y quería llevar a todos hasta el lugar de los hechos, quería mostrar a todos dónde había estado yo y dónde los siete y dónde y cómo habían bailado y tocado música; si alguien me hubiera acompañado, en vez de reírse de mí y no hacerme caso, hubiera llegado a sacrificar mi inocencia y hubiera intentado ponerme de pie sobre las patas traseras para aclararlo con todo detalle. Bueno, a un niño se le toma todo a mal, pero, al final, se le perdona todo. Yo, sin embargo, he conservado esa alma infantil y me he convertido en un perro adulto. Del mismo modo en que antaño no dejé de hablar sobre aquel suceso —que hoy valoro mucho menos— en voz alta, de analizarlo en todas sus partes, de mencionarlo ante los presentes para comprobar sus reacciones, sin reparar en la compañía en que me encontraba, ocupándome siempre del asunto, que encontraba tan penoso como cualquier otro, pero que, y ésta era la diferencia, yo quería resolver con mis investigaciones, para, así, recobrar la mirada para la vida diaria, habitual, tranquila y feliz; así, como antaño, aunque con menos medios infantiles —aunque la diferencia no sea tan grande—, he continuado trabajando y aún sigo en ello.
Pero con aquel concierto comenzó todo. No me quejo, ha sido mi carácter innato el que ha obrado aquí, y, aunque no hubiera existido concierto alguno, estoy seguro de que mi carácter habría escogido otra oportunidad para salir a la luz. Sólo lamenté que ocurriese tan pronto, pues afectó a una gran parte de mi infancia. La feliz vida de un cachorro, que muchos logran extender durante años, sólo duró en mi caso unos cuantos meses. ¡Qué le vamos a hacer! Hay cosas más importantes que la infancia. Y tal vez me espera en la ancianidad, resultado de una vida dura, más felicidad infantil de la que podrían soportar las fuerzas de un niño real, pero que yo, sin embargo, tendré.
En aquel tiempo comencé mis investigaciones con las cosas más simples. Material no faltaba, todo lo contrario, era el exceso de él lo que me desesperó en horas oscuras. Comencé a investigar de qué se alimentaba la especie canina. Ésta no es ninguna cuestión fácil, nos ocupa desde tiempos inmemoriales, es el principal objeto de nuestras reflexiones; innumerables son las observaciones, las teorías y los experimentos en este ámbito; se ha convertido en una auténtica ciencia que, a causa de sus extraordinarias dimensiones, no sólo supera la capacidad mental de cualquier individuo, sino de todos los eruditos, por consiguiente sólo puede ser sostenida por toda la especie canina y, aun así, con gran esfuerzo y de una manera incompleta. Por añadidura, una ciencia de estas características se desmorona una y otra vez en conocimientos anticuados, poseídos hace largo tiempo, y hay que volver a completarla con un trabajo ímprobo, y para qué hablar de las dificultades que plantean las premisas para nuevas investigaciones, apenas realizables. Nadie me objeta todo esto, yo lo sé como cualquier otro perro; a mí no se me ocurre inmiscuirme en la verdadera ciencia, le tengo todo el respeto que se merece, pero para ampliarla me faltan los conocimientos necesarios, así como el empeño y la tranquilidad necesarias y, sobre todo, desde hace algunos años, me falta el apetito. Engullo la comida allá donde la encuentro, pero cualquier consideración previa, por mínima que sea, acerca de los factores agrícolas que han incidido en mi alimentación, carece de valor para mí. A mí me basta a este respecto el extracto de toda ciencia, la pequeña regla con la que las madres destetan a sus pequeños: «moja todo lo que puedas». ¿Y no abarca esta sentencia casi todo? ¿Qué ha logrado añadir la investigación, comenzada por nuestros antepasados más remotos, de esencial y decisivo? Minucias, sólo minucias y, por muy inseguro que sea todo, esa regla tendrá validez tanto tiempo como seamos perros. Concierne a nuestra alimentación principal; cierto, tenemos otros alimentos complementarios, pero en un caso de urgencia y cuando los años no son del todo malos, podríamos vivir de ese alimento principal, alimento que encontramos en la tierra, la tierra necesita nuestra agua, se alimenta de ella y sólo por este precio nos proporciona nuestra comida, cuyo crecimiento, no se debe olvidar, se puede acelerar mediante determinados conjuros, cantos y danzas. Eso es todo, en mi opinión, sobre este asunto ya no se puede decir nada más que sea esencial, aquí coincido, además, con casi toda la especie canina, y me distancio con severidad de cualquier perspectiva herética. Ciertamente, yo no me ocupo de particularidades, ni tengo espíritu de contradicción, soy feliz cuando puedo coincidir con mis congéneres y en este caso así ocurre. Mis investigaciones, sin embargo, van en otra dirección. Mediante una inspección ocular he podido comprobar que la tierra, si se riega y trabaja conforme a las reglas de la ciencia, regala los alimentos y, además, con la calidad, cantidad, del tipo, en los lugares y a las horas que las leyes, establecidas por la ciencia, reclaman. Ésa es mi conclusión, pero planteo la siguiente pregunta: ¿De dónde toma la tierra ese alimento? Una pregunta que no se comprende y que en el mejor de los casos se responde así: «Si no tienes suficiente comida, te daremos de la nuestra». Repárese en esta respuesta. Ya sé, entre las virtudes de la especie canina no se encuentra la de repartir la comida una vez obtenida. La vida es dura, la tierra avara; la ciencia, rica en conocimientos, pero pobre en resultados prácticos; quien obtiene comida, se la queda para él; eso no es egoísmo, todo lo contrario, es una ley canina, es una decisión unánime del pueblo, resultado de la superación del egocentrismo, pues los propietarios siempre están en minoría. Y, por esta razón, la respuesta «si no tienes suficiente comida, te daremos de la nuestra» es una frase hecha que se dice continuamente, una broma, una burla. No lo he olvidado. Más importante fue para mí entonces que, cuando vagaba por el mundo con mis preguntas, los que hablaban conmigo dejaran a un lado las bromas. Aunque, es cierto, tampoco me daban de comer, ¿de dónde habrían podido sacar la comida al instante? Y si por casualidad tenían algo, naturalmente no me tomaban en consideración a causa del frenesí del hambre, pero la oferta había sido seria y de vez en cuando recibí alguna pequeñez, cuando era lo suficientemente rápido como para apoderarme de ella. ¿Cómo es posible que llegaran a comportarse así conmigo? Me respetaban, me daban prioridad. ¿Acaso porque era un perro escuálido, mal alimentado y poco preocupado por la comida? Pero si por todas partes vagaban perros mal alimentados, a los que se les quitaba de la boca, siempre que se podía, la comida más miserable, y no por avaricia, sino por principio. No, a mí se me prefería, no lo podía probar con detalles, pero sí con la impresión que recibía. ¿Era quizá que se alegraban de mis preguntas y las consideraban especialmente inteligentes? No, no se alegraban, y tomaban todas las preguntas por necias. Y, sin embargo, las preguntas eran las únicas que podían llamar la atención. Era como si prefirieran hacer algo monstruoso, como llenarse la boca de comida —en realidad no lo hacían, pero querían hacerlo—, antes que tolerar mis preguntas. Pero en ese caso me podrían haber expulsado de allí y así habrían impedido que les preguntase. No, eso tampoco, aunque no querían oír mis preguntas, precisamente las preguntas eran la causa de que no me expulsaran. Aquél fue el tiempo en que gocé de mayor aprecio, cuando todos se reían de mí, me trataban como a un cachorro tonto y me echaban de un lugar a otro; nunca se repitió después algo parecido, me permitían entrar en todos los sitios, no me prohibían nada, bajo las apariencias de un trato rudo, en realidad me lisonjeaban. Y todo por mis preguntas, por mi impaciencia, por mis ansias investigadoras. Aunque me querían convencer con arrumacos, sin violencia, casi mostrándome cariño, para que dejara el camino falso, un camino cuya falsedad no estaba tan fuera de toda duda como para consentir el empleo de la violencia, también reinaba cierto temor y respeto ante los métodos violentos. Yo sospechaba en aquel tiempo algo semejante, hoy lo sé con toda certeza, mucho mejor que como lo sabían los que lo intentaron, pues, es cierto, quisieron desviarme de mi camino. No funcionó, sólo consiguieron lo contrario, mi atención se agudizó. Más aún, para mí era evidente que yo era el que pretendía seducirlos y que había tenido éxito, hasta cierto grado, con mi táctica.
Sólo con la ayuda de la especie canina comencé a comprender mis propias preguntas. Cuando, por ejemplo, preguntaba: «¿De dónde toma la tierra este alimento?». ¿Me preocupaba al planteármela, según todas las apariencias, la tierra? ¿Me preocupaban acaso las cuitas de la tierra? Ni en lo más mínimo, eso quedaba, como reconocí pronto, muy lejos de mis intereses, a mí sólo me preocupaban los perros y nada más. Pues, ¿qué hay además de los perros? ¿A quién se podría apelar si no en un vasto mundo vacío? Todo el saber, la totalidad de todas las preguntas y de todas las respuestas está contenida en los perros. Si se pudiera hacer que todo ese saber surtiera efecto, si se pudiera lograr que saliera a la luz, si no supieran infinitamente más de lo que reconocen, de lo que ellos se reconocen a sí mismos. Pero el perro más locuaz resulta más cerrado que los lugares en los que suelen estar las mejores comidas. Se ronda al perro, nuestro prójimo, se babea de deseo, uno se pega a sí mismo con el propio rabo, se pregunta, se suplica, se aúlla, se muerde y se logra, bueno, se logra lo que se habría logrado sin esfuerzo alguno: que nos escuchen con amabilidad, rozamientos amistosos, olfateos honoríficos, abrazos simbólicos, los aullidos de uno y otro se mezclan, todo se dirige a lograr el olvido en una atmósfera placentera, pero lo que ante todo se quería lograr, la confesión del saber, se nos niega. Ya se pida en voz alta o con gestos silenciosos, la respuesta, en el mejor de los casos, es decir cuando las tácticas seductoras se han llevado a los extremos, se reduce a señas obtusas, miradas de soslayo, ojos turbios y velados. No es muy distinto a lo que era entonces, cuando llamé a los perros músicos y éstos callaron. Ahora se me podría objetar: «Tú te quejas de tus hermanos de especie, sobre su silencio respecto a cosas decisivas. Afirmas que ellos saben más de lo que reconocen, más de lo que quieren hacer valer en toda su vida, y que ese silencio, cuyo motivo y secreto silencian, naturalmente, entre ellos, envenena la vida, te la hace insoportable. Deberías cambiar tu vida o abandonarla, quién sabe, pero tú mismo eres un perro, también posees la sabiduría canina, bueno, pues revélala, no sólo en forma de pregunta, sino de respuesta. Si tú la revelas, ¿quién podrá oponerse? El gran coro de la especie canina arrancará como si hubiera estado esperando ese momento. Entonces tendrás tanta verdad, claridad y confesión como quieras tener. El techo de esta vida tan baja, de la que tan mal hablas, se abrirá y todos nosotros, perro con perro, nos elevaremos hacia la libertad. Y si esto último no resulta, si todo se torna peor que antes, si se llega a confirmar que los silenciosos tenían razón como conservadores de la vida, si de esta ligera esperanza que aún tenemos surgiera una completa desesperanza, al menos el intento habrá valido la pena, ya que tú, tal y como puedes vivir, no quieres hacerlo. Así que, ¿por qué reprochas a los demás su silencio si tú mismo también callas?». La respuesta es muy fácil: porque soy un perro. En lo esencial, tan cerrado como los demás, y opongo resistencia a mis preguntas por miedo. ¿Acaso pregunto, al menos desde que soy adulto, a la especie canina porque me responde? ¿Albergo esperanzas tan necias? ¿Acaso veo los fundamentos de nuestra vida, adivino su profundidad, veo a los trabajadores en la construcción, en su sombría obra, y aún espero que a causa de mis preguntas se acabe todo esto, se destruya, se abandone? Con mis preguntas sólo me azuzo a mí mismo, quiero enardecerme a través del silencio que aún me responde a mi alrededor. ¿Cuánto tiempo soportarás que la especie canina, tal y como tú la haces emerger en la conciencia por medio de tus investigaciones, siga callando y lo haga así para siempre? ¿Cuánto tiempo lo soportarás? Así queda enunciada mi pregunta existencial, muy por encima de las demás preguntas circunstanciales. Me la dirijo sólo a mí, y no molesto a nadie con ella. Por desgracia, la puedo contestar con mayor facilidad que las demás. Previsiblemente lo soportaré hasta que llegue mi fin natural, pues preguntas tan inquietantes sólo encuentran oposición en la tranquilidad que otorga la edad. Con toda probabilidad moriré callando, rodeado de silencio, en paz, y afronto este final casi sereno. A nosotros, los perros, se nos ha dado, como por maldad, un fuerte corazón, digno de admiración, y unos pulmones que no se estropean antes de tiempo; resistimos todas las preguntas, incluso las propias; un bastión del silencio, eso es lo que somos.
En los últimos tiempos pienso cada vez más acerca de mi vida, busco el fallo decisivo que tal vez he cometido, el culpable de todo, pero no lo puedo encontrar. Y, sin embargo, tengo que haberlo cometido, pues en caso contrario, si no hubiera alcanzado lo que quería después de una larga vida de trabajo honrado, quedaría demostrado que mis pretensiones eran imposibles y a ello seguiría una completa desesperación. ¡Mira la obra de tu vida! Primero, las investigaciones sobre la cuestión: ¿De dónde toma la tierra nuestro alimento? Como perro joven, naturalmente ambicioso y sediento de vida, renuncié a todos los placeres, evité todas las satisfacciones, escondí la cabeza entre las patas ante toda tentación y me puse a trabajar. No fue ningún trabajo de erudito, ni en lo que se refiere al método, ni al cúmulo de conocimientos, ni a la intención. Hubo errores, pero no pudieron ser decisivos. He aprendido poco, pues me separé pronto de mi madre y me acostumbré muy temprano a la independencia, llevé una vida libre, y una autonomía demasiado temprana es enemiga del aprendizaje sistemático. Pero he visto y oído mucho, he hablado con perros de las razas y profesiones más diversas y, según creo, lo comprendí todo bastante bien, y lo conecté todo con mis observaciones, eso ha sustituido en algo a la erudición. Además, la independencia, por más que sea una desventaja para el aprendizaje, resulta propicia para la investigación. En mi caso era más necesaria, puesto que no seguía el método científico, es decir utilizar los trabajos de mis antecesores y establecer contactos con investigadores contemporáneos. Dependía sólo de mí mismo, empecé prácticamente desde cero y con la conciencia, dichosa para el joven y opresiva para la madurez, de que el punto final que pondría a mi investigación sería el definitivo. ¿Realmente estaba tan solo en mis investigaciones, tanto hoy como ayer? Sí y no. Es imposible que no haya habido o haya hoy algunos perros que se encuentren en mi misma tesitura. Tan mala no puede ser mi situación. No difiero un pelo de la especie canina. Todo perro siente, como yo, el impulso de preguntar y yo tengo, como todo perro, el impulso de callar. Todos, en definitiva, compartimos el instinto de preguntar. Si hubiera podido aprehender a través de mis preguntas las ligeras agitaciones que había logrado ver con entusiasmo, aunque con un entusiasmo ciertamente exagerado. De que poseo el impulso de callar, no se necesita ninguna prueba. Yo soy, por tanto, como cualquier otro perro, así me reconocerá cualquiera, a pesar de todas las diferencias de opinión y animadversiones, y yo haría lo mismo con cualquier otro perro. Sólo es distinta la mezcla de elementos, se trata de una diferencia muy grande en sentido individual, pero, referida a la especie, sin importancia. ¿Y esta mezcla de elementos, siempre presentes, tanto en el pasado como en el presente, jamás coincidirá con la mía? ¿Y si se quiere definir mi mezcla como desgraciada, no será por esta causa mucho más desgraciada de lo que es en la realidad? Esa conclusión refutaría toda experiencia. Nosotros, los perros, tenemos las más extrañas profesiones, profesiones que nadie creería si no se tuvieran las noticias más dignas de crédito sobre ellas. En este contexto me gusta pensar, por ejemplo, en el perro de aire. Cuando me hablaron por primera vez de su existencia, no pude dejar de reírme y no me lo creía. ¿Cómo? ¿Que había un perro de una raza minúscula, no más grande que mi cabeza, que no crecía más, naturalmente débil, según todas las apariencias un ser artificial, inmaduro, peinado con esmero, incapaz de dar un salto digno de tal nombre? Este perro, me contaron, se movía la mayor parte del tiempo por el aire, pero al hacerlo no realizaba movimiento ni trabajo alguno, sólo reposaba. No, querer que me creyera esas cosas era aprovecharse demasiado de la ingenuidad de un perro joven. Pero poco después oí en un sitio diferente que hablaban de otro perro de aire. ¿Se habían conchabado para hacerme pasar por tonto? Pero entonces vi a los perros músicos y desde aquel momento lo consideré todo posible, ningún prejuicio limitaba mi capacidad de comprensión, seguí los más absurdos rumores, fui detrás de ellos todo el tiempo que pude, lo más absurdo me parecía en esta vida absurda más probable que lo más sensato y, para mi investigación, lo más fecundo. Así, los perros de aire. Recopilé mucha información sobre ellos, pero hasta el día de hoy no he podido ver a ninguno. No obstante, estoy plenamente convencido de su existencia y en mi imagen del mundo ocupan un puesto importante. Como la mayoría de las veces, tampoco aquí es el arte el que me torna pensativo. Es maravilloso, quién lo puede negar, que esos perros sean capaces de flotar en el aire. Coincido con la especie canina en mi asombro. Pero aún más maravillosa para mí resulta la insensatez, la silenciosa insensatez de estas existencias. En general no se las fundamenta, flotan en el aire y eso es todo, la vida sigue su curso, aquí y allá se habla de arte y de artistas, pero nada más. Pero ¿por qué? ¿por qué, canes de buen corazón, flotan esos perros? ¿Qué sentido tiene su vocación? ¿Por qué ellos mismos no dan ninguna explicación? ¿Por qué flotan allá arriba, encogen las patas, el orgullo de todo perro, las separan de la tierra nutricia, no siembran, aunque sí recolectan y, además, según dicen, se alimentan especialmente bien a costa de toda la especie canina? Puedo vanagloriarme de haber traído algo de movimiento en esta cuestión gracias a mis preguntas. Se empieza por exponer las razones, se hilvana una suerte de razonamiento, se empieza, pero no se llegará más allá de ese inicio. No obstante, algo se hace. Y con ello no se obtiene la verdad —nunca se llegará tan lejos—, pero sí se logra vislumbrar algo de la profunda raigambre de la mentira. Todas las manifestaciones absurdas de nuestra vida, especialmente las absurdas, se pueden fundamentar. Por supuesto, no del todo —ahí radica la broma diabólica—, aunque para protegerse de preguntas desagradables, basta. Tomo de nuevo a los perros de aire como ejemplo. No son arrogantes, como se podría creer en un principio, tal vez necesitan de la compañía de sus congéneres con más asiduidad de lo normal; y si intentamos ponernos en su lugar, es comprensible. Sienten la necesidad, aunque no lo pueden mostrar abiertamente, pues infringirían el deber de silencio, de obtener comprensión por su modo de vida o, al menos, de hacerla olvidar, y lo consiguen, según me han dicho, gracias a una charlatanería insoportable. Siempre tienen algo que contar, ya sea de sus meditaciones filosóficas, a las que se dedican continuamente, pues han renunciado a realizar cualquier esfuerzo físico, ya de sus observaciones desde posiciones tan elevadas. Y aunque no se distinguen por su capacidad mental, algo evidente teniendo en cuenta su vida disipada, y a pesar de que su filosofía es completamente inútil, así como sus observaciones, de las que la ciencia no puede aprovechar nada, ni tampoco puede beber de fuentes tan lamentables, no obstante, si se pregunta de qué sirven los perros de aire, siempre se recibe la misma respuesta: que aportan mucho a la ciencia. «Eso es cierto» —se añade—, «pero sus aportaciones son inútiles y penosas». Otras respuestas consisten en encogerse de hombros, en cambiar de tema, en enojarse o reírse y, si, transcurrido un rato, se vuelve a preguntar, se oye de nuevo que aportan mucho a la ciencia y, finalmente, si se pregunta otra vez y el preguntado no logra dominarse, responde lo mismo. Tal vez sea también bueno no caer en la obstinación, saber adaptarse; aunque no se reconozca el derecho a la vida de los perros de aire que ya existen, eso es imposible, al menos sí se les puede tolerar. Más no se puede pedir, eso sería ir demasiado lejos, pero aun así, se pide. Se reclama que se tolere la existencia creciente de más perros de aire. No se sabe con certeza de dónde vienen. ¿Se reproducen de alguna manera? ¿Tienen la fuerza necesaria para ello? Si no son más que un pequeño trozo de piel bonito, ¿qué es lo que se reproduce ahí? Y si lo más improbable fuese posible, ¿cuándo ocurriría? Siempre se los ve solos, satisfechos, y cuando deciden andar, sólo lo hacen durante un instante, dan un par de pasos afectados y ya están de nuevo arriba, completamente solos, sumidos en pensamientos, de los que no se pueden desembarazar aunque se esfuercen en ello, al menos eso es lo que afirman. Si no se reproducen, se podría pensar en la existencia de perros que renuncian voluntariamente a su vida en la tierra y se convierten en perros de aire, pagando una mayor comodidad y cierta habilidad con una vida solitaria sobre cojines. Eso no se puede pensar, ni reproducción ni elección voluntaria son posibles. La realidad, sin embargo, muestra que hay nuevos perros de aire; de ello se puede deducir que, por insuperables que parezcan los impedimentos a nuestra razón, una raza de perros ya existente, por muy extraña que sea, no se extingue, al menos no tan fácilmente, y mucho menos sin que haya algo en toda raza que se defienda largo tiempo con éxito de la extinción. ¿Acaso no debo aceptar como de mi especie a esa raza tan extraña y absurda en su aspecto exterior e incapaz de sobrevivir, como es la del perro de aire? Yo no poseo una apariencia singular, soy del tipo medio que predomina en esta zona, no tengo nada en mí que se pueda destacar, tampoco tengo nada despreciable: en mi juventud y, en parte, durante la madurez, mientras no me descuidaba y hacía ejercicio, se puede decir que era un perro bastante bonito, ante todo alababan mucho mi parte frontal, las patas delgadas, la bella posición de la cabeza; también mi pelaje, gris-blanco-amarillo, rizado en las puntas, encontraba partidarios; nada de eso es extraño, lo extraño es mi ser, pero éste, como no puedo dejar de acentuar, también queda bien inscrito en la especie canina. Si hasta el perro de aire no permanece solo, si siempre se puede encontrar alguno en el gran mundo canino y, por añadidura, logran sacar de la nada algún nuevo ejemplar, entonces tengo la confianza de que no estoy solo. Ciertamente, mis congéneres tienen que afrontar un destino peculiar y su existencia no me podrá ayudar, y precisamente porque apenas la conozco. Somos aquellos a los que presiona el silencio, somos los que quieren abrirse paso por hambre de aire; los demás parecen sentirse bien en el silencio, aunque en realidad se trata sólo de una apariencia, como ocurría con los perros músicos, que aparentemente tocaban con toda tranquilidad, pero que, en verdad, estaban muy inquietos; no obstante, esa apariencia es fuerte, inabordable, se burla de todo ataque. ¿Cómo se ayudan mis congéneres? ¿Qué se puede decir de sus intentos de seguir viviendo? Aquí hay diferencias. Intenté averiguarlo con mis preguntas, mientras duró mi juventud. Así que yo podría tratar a los que preguntan mucho y ahí tendría a mis congéneres. Esto lo intenté un tiempo, con dominio de mí mismo, pues a mí me interesan ante todo los que tienen que responder, aquellos que me salen con preguntas, que yo, la mayoría de las veces, no puedo responder, me son enojosos. Y, además, ¿a quién no le gusta preguntar mientras es joven? ¿Cómo puedo encontrar entre tanto preguntador al verdadero? Todas las preguntas suenan igual, se trata de la intención, que, por desgracia, queda oculta, con frecuencia hasta al preguntador. No obstante, el preguntar es una peculiaridad de la especie canina, todos preguntan confusamente, es como si quisieran borrar las huellas del preguntador de verdad. No, entre los preguntadores, entre los jóvenes, no encuentro a mis congéneres, y entre los que callan, los adultos, a los que pertenezco, mucho menos. Pero ¿para qué las preguntas? Yo he fracasado con ellas, tal vez mis compañeros son más listos que yo y emplean medios más adecuados para soportar esta vida, medios, es cierto, que, como puedo añadir de mi propia cosecha, tal vez ayuden a uno en la necesidad, tranquilicen, seden, operen cambios en la especie, pero en general son tan impotentes como los míos, pues por mucho que mire no veo ningún éxito. ¿Dónde están entonces mis congéneres? Sí, ésa es mi queja, ésa es. ¿Dónde están? En todas partes y en ninguna. Quizá uno de ellos sea mi vecino, está a tres saltos de distancia, nos llamamos mutuamente, él viene a verme, pero yo a él no. ¿Es acaso mi congénere? No lo sé, desde luego no encuentro nada en él que lo confirme, pero es posible. Es posible, pero nada es más improbable. Cuando está lejos, puedo, como juego, y con ayuda de toda mi fantasía, encontrar algo en él que me hace sospechar algo, pero en cuanto está ante mí, todas mis invenciones se tornan ridículas. Es un perro viejo, más pequeño que yo, y yo soy mediano, marrón, de pelo corto, con la cabeza colgando cansina, cojitranco, arrastrando un poco la pata trasera izquierda por culpa de una enfermedad. Hace mucho tiempo que no trato con nadie con tanta intimidad, estoy contento de poder soportarle y cuando se marcha le grito las expresiones más amistosas, pero no por cariño, sino por rabia contra mí, porque cuando le contemplo me parece repugnante, cómo se aleja arrastrando la pata y con la cadera demasiado baja. A veces me ocurre como si quisiera burlarme de mí mismo cuando pienso en él como en un congénere. Tampoco en nuestras conversaciones traiciona algo que pudiera indicar algún parentesco. Es listo, eso no lo niega nadie y, para las condiciones preponderantes en esta zona, lo suficientemente instruido, yo podría aprender mucho de él, pero ¿busco yo acaso astucia y educación? Normalmente conversamos sobre asuntos locales y me quedo asombrado, aumentada mi clarividencia a este respecto por mi soledad, de cuánto espíritu es necesario en un perro común y corriente, en unas circunstancias no muy desfavorables, para ganarse la vida y para protegerse de los peligros que la amenazan. La ciencia proporciona las reglas, pero no es fácil entenderlas, así, desde la lejanía, y en sus rasgos más groseros, y cuando se las ha entendido, se presenta la dificultad de aplicarlas al entorno local. Aquí nadie puede ayudar, casi cada hora hay nuevas tareas, y cada trozo de tierra exige las suyas; nadie puede afirmar haberse instalado por un largo periodo, ni que su vida transcurre, en cierta medida, sin obstáculos, por sí misma, ni siquiera yo, con unas necesidades que disminuyen de día en día. Y todo este esfuerzo infinito, ¿para qué? Sólo para enterrarse más y más en el silencio, para no poder ser sacado de allí nunca y por nadie. Con frecuencia se loa el progreso general de la especie canina a través de los tiempos y, en realidad, están refiriéndose a la ciencia. Cierto, la ciencia progresa, no se puede detener, aún más, cada vez progresa a mayor velocidad, pero ¿qué se puede loar de ello? Es como si se quisiera elogiar a alguien porque conforme pasan los años se hace más viejo y, por consiguiente, se acerca con más rapidez a la muerte. Ése es un proceso natural y, además, desagradable, en el que no encuentro nada que se pueda elogiar. Sólo veo decadencia, con lo que no quiero decir que anteriores generaciones fuesen, en esencia, mejores, sólo eran más jóvenes, eso constituía una gran ventaja, su memoria no estaba tan sobrecargada como la actual, era más fácil hacerla hablar y, aunque nadie lo lograra, la posibilidad era mayor. Precisamente esa «mayor posibilidad» es lo que nos emociona cuando escuchamos las historias, por lo demás bastante simples, de los ancianos. Aquí y allá escuchamos una palabra sugestiva y quisiéramos saltar si no sintiéramos la carga de los siglos sobre nosotros. No, por mucho que tenga que objetar a mi generación, las generaciones anteriores no eran mejores que las nuevas, en cierto sentido eran peores y más débiles. Los milagros tampoco recorrían antaño las calles para ser atrapados por cualquiera, ni los perros eran, y no lo puedo expresar de otra manera, tan perrunos como los de hoy. La contextura canina era más floja, la palabra verdadera podría haber intervenido, haber determinado su evolución, haberla cambiado a voluntad, haberla transformado por completo, y aquella palabra estaba allí, al menos cerca, oscilaba sobre la punta de la lengua, y ¿dónde estará hoy? Hoy se podrían revolver las tripas y no se encontraría. Tal vez nuestra generación está perdida, pero es más inocente que la de antaño. Puedo comprender las dudas de mi generación, aunque ya no son dudas, sino el olvido de un sueño soñado hace mil noches y olvidado mil veces. ¿Quién se enojará con nosotros por haber olvidado por milésima vez? Pero también creo comprender las dudas de nuestros antepasados; nosotros, con toda probabilidad, no habríamos obrado de otra forma, casi quisiera decir que precisamente nosotros, que no fuimos los que tuvimos que cargar con la culpa, podemos aproximarnos a la muerte, en un mundo oscurecido por otros, con un silencio casi inocente. Cuando nuestros antepasados se descarriaron, apenas pensaron en un extravío infinito, ellos sólo vieron la encrucijada. Era fácil regresar cuando quisieran y si dudaban en regresar, era sólo porque querían disfrutar un breve periodo de su vida perruna; aunque aún no se trataba de una vida perruna en el pleno sentido del término, les parecía, sin embargo, de una belleza embriagadora, como lo sería más tarde, al menos un poco más tarde, y así siguieron equivocándose. No sabían lo que nosotros podemos vislumbrar al considerar el transcurso de la historia, que el alma se transforma antes que la vida y que ellos, cuando comenzaron a disfrutar de la vida perruna, ya tenían que poseer un alma profundamente perruna y no estaban tan próximos al punto de partida como creían, o como quería hacerles creer su mirada abandonada al goce de todas las alegrías caninas. ¿Quién puede hablar hoy de la juventud? Ellos eran los auténticos perros jóvenes, pero, por desgracia, su única ambición consistía en convertirse en perros adultos, algo en lo que no podían fracasar, como lo demuestran las siguientes generaciones y la nuestra, la última, que es mucho mejor. Por supuesto que sobre todas estas cosas no hablo con mi vecino, aunque con frecuencia me veo obligado a pensar en ese viejo perro tan típico cuando estoy sentado frente a él, o cuando hundo mi hocico en su pelaje, que posee ese olor peculiar, propio de la piel desollada. No tendría sentido hablar con él de esas cosas, ni con él ni con otros. Sé muy bien cómo discurriría la conversación. Él tendría alguna pequeña objeción aquí y allá, al final asentiría —el asentimiento es la mejor arma—, y el asunto quedaría enterrado, ¿para qué entonces esforzarse en desenterrarlo? No obstante, tal vez existe una coincidencia con mi vecino, que va más allá de las simples palabras. No puedo dejar de realizar esta afirmación, aunque no poseo pruebas y muy probablemente he sido engañado por una simple ilusión, ya que él es el único con el que hablo y, por consiguiente, sólo puedo basarme en él: «¿Eres acaso mi congénere? ¿A tu manera? ¿Y te avergüenzas porque todo te ha salido mal? Mira, a mí también me ha salido todo mal. Cuando estoy solo, aúllo por esa causa, ven, entre dos se lleva mejor». Así pienso muchas veces y le miro fijamente mientras lo hago. Él no baja la mirada, pero tampoco deduce nada, me mira en silencio y se maravilla de que yo haya interrumpido la conversación. Pero tal vez esa mirada es su forma de preguntar y yo lo decepciono, del mismo modo en que él me decepciona a mí. Quizás en mi juventud, si en aquel tiempo no hubiera considerado otras preguntas más importantes y no me hubiera bastado a mí mismo, le hubiera preguntado abiertamente y habría recibido un asentimiento insípido, es decir menos que hoy, ya que calla. ¿Pero no callan todos igual? ¿Qué me impide creer que todos son mis compañeros, que no sólo tuve en un momento u otro a un investigador a mi lado, olvidado y desaparecido con sus ínfimos resultados, y al que ya no puedo tener acceso a causa de la oscuridad de los tiempos o por la congestión del presente? ¿Acaso no es más cierto que siempre he tenido compañeros entre ellos, que todos se han esforzado a su manera, que han fracasado a su manera, que todos han callado o han parlado astutamente a su manera, como lo demuestra esta desesperada investigación? Entonces no tendría que haberme aislado, podría haber permanecido tranquilamente con los demás, no tendría que haberme abierto camino entre las filas de los adultos como un niño maleducado, adultos que también deseaban salirse, como yo, y de los que me confundía su mentalidad, que les dice que nadie sale y que todo intento es absurdo.
Pensamientos semejantes son un efecto claro de la influencia de mi vecino. Él me confunde, me pone melancólico; y es bastante alegre, al menos, cuando está en su territorio, puedo escuchar cómo grita y canta, tanto que me resulta pesado. Sería bueno renunciar también a este trato, no perseguir vanas ilusiones, como las que inevitablemente origina todo trato canino, por más que se crea estar endurecido y, así, emplear el poco tiempo que me queda exclusivamente en mis investigaciones. La próxima vez que venga me acurrucaré y me haré el dormido y repetiré esa actitud hasta que deje de venir.
También el caos se ha introducido en mis investigaciones, me debilito, me canso, troto mecánicamente donde antes corría con entusiasmo. Pienso en el tiempo en que comencé a investigar la pregunta: ¿De dónde toma la tierra nuestro alimento? Ciertamente, entonces vivía en medio de mi pueblo, me dirigía a donde había mayor densidad de población, quería hacer a todos testigos de mis trabajos; ese testimonio era para mí mucho más importante que toda mi labor, pues esperaba que encontraría algún eco. Por ello me puse, naturalmente, en el centro de la atención, pero eso ya ha pasado. No obstante, en aquellos tiempos era tan fuerte que hice algo inaudito, que contrariaba todos nuestros principios, y de lo que todo testigo ocular se acordará como de algo siniestro. Encontré en la ciencia, que siempre aspira a una infinita especialización, una extraña simplificación. En resumen, consiste en que la tierra, en lo esencial, produce nuestro alimento, y luego, una vez que ha establecido este requisito indispensable, determina los métodos con los que se pueden conseguir los distintos tipos de alimentación en la mayor cantidad posible y de la mejor manera. Cierto es que la tierra produce los alimentos, de ello no hay duda posible, pero no resulta tan fácil como se ha afirmado habitualmente, excluyendo cualquier otra investigación. Sólo hay que tomar en consideración los casos más primitivos que se repiten a diario. Si nos mantuviéramos completamente inactivos, casi como me mantengo yo ahora, si trabajásemos el campo fugazmente y esperásemos a ver lo que sale, encontraríamos, con la premisa de que algo resultase, que la tierra ha producido alimentos. Pero ésa no es la regla. Quien ha mantenido algo de respeto frente a la ciencia —y son muy pocos, pues los círculos que traza la ciencia son cada vez más grandes—, reconocerá fácilmente, aunque no parta de observaciones exactas, que la parte principal de la alimentación surgida en la tierra viene de arriba, aún más, nosotros nos apropiamos, según habilidad y avidez, de la mayor parte antes incluso de que toque la tierra. Con esto aún no he dicho nada contra la ciencia, la tierra hace surgir la alimentación de un modo natural; que la haga brotar de su interior o la invoque de las alturas, no resulta una diferencia esencial. La ciencia ha constatado que en ambos casos es necesario cultivar el suelo, pero no necesita perder el tiempo analizando esas diferencias, por eso se dice: «Tienes el pasto en el hocico, por esta vez ya has resuelto todas las preguntas». No obstante, a mí me parece que la ciencia, de una forma encubierta, se ocupa, al menos parcialmente, de estos asuntos, ya que conoce dos métodos para la adquisición alimentaria: el cultivo del suelo propiamente dicho y el trabajo complementario y de perfeccionamiento en forma de conjuros, danzas y cantos. Aquí encuentro una subdivisión, aunque incompleta, lo suficientemente nítida, y que corresponde a mi distinción. El cultivo del suelo sirve, en mi opinión, para la obtención de ambos tipos de alimentación y resulta imprescindible. Los conjuros, cantos y danzas no afectan tanto al alimento obtenido del suelo, más bien sirven para acercar los provenientes de arriba. En esta teoría cuento con el apoyo de la tradición. Aquí parece que el pueblo enmienda la plana a la ciencia sin saberlo, y sin que la ciencia ose defenderse. Si esas ceremonias, como quiere la ciencia, sólo sirven al suelo, para darle fuerza y poder recoger, así, el alimento de arriba, las ceremonias deberían celebrarse, consecuentemente, sólo en el suelo: se deberían lanzar los conjuros al suelo, se debería danzar sobre el suelo y cantar al suelo. La ciencia, por lo que sé, no afirma otra cosa. Y lo más extraño es que el pueblo dirige todas sus ceremonias hacia las alturas. Eso no daña a la ciencia, ella no lo prohíbe, deja al agricultor la libertad, ella piensa en sus teorías sólo en el suelo y si el agricultor sigue sus teorías referentes al suelo, entonces queda satisfecha, pero su razonamiento debería aspirar, en mi opinión, a algo más. Y yo, que jamás he profundizado en la ciencia, no puedo imaginarme cómo los científicos pueden tolerar que nuestro pueblo, tan apasionado como es, lance sus conjuros hacia las alturas, desperdigue nuestros cánticos populares por los aires y pegue saltos en las danzas, como si quisiera olvidarse del suelo para siempre. Partí de la intensidad de estas contradicciones, me concentraba en el suelo siempre que, según las teorías científicas, se acercaba la época de la cosecha, revolvía la tierra con mis danzas, inclinaba todo lo posible la cabeza para que llegase hasta el suelo, más tarde hice un agujero para meter el hocico, y canté y declamé en el interior para que sólo me oyera el suelo y nadie que se encontrase a mi lado o por encima de mí. Los resultados de mis experimentos fueron pobres, a veces no recibía comida alguna, y ya quería lanzar gritos de júbilo por mi descubrimiento, cuando recibía otra vez la comida, como si en un principio hubiese reinado la confusión por mi extraña representación. Luego parecía reconocer las ventajas que traía mi actuación y ya no hacía caso a mis gritos y saltos. A veces surgía la comida en mayor cantidad que antes, pero luego volvía a no salir más. Anoté con una precisión y aplicación desconocidas hasta el momento en un perro joven todos los experimentos realizados, creí encontrar aquí y allá alguna pista que pudiera llevarme más lejos, pero siempre se perdía en lo indeterminado. Me pareció incuestionable que mi insatisfactoria preparación científica había perjudicado mis proyectos. ¿Qué me podía garantizar, por ejemplo, que la falta de comida no había sido provocada por mis experimentos, sino por un cultivo poco científico? Y si eso era cierto, todas mis conclusiones eran insostenibles. En determinadas circunstancias, hubiera podido realizar un experimento de alta precisión, si hubiera logrado obtener la comida sin realizar ningún tipo de cultivo, dirigiendo mis ceremonias a las alturas, y luego si hubiera podido constatar el cese de la comida al realizar exclusivamente ceremonias de suelo. Intenté algo parecido, pero sin esperanzas y sin las condiciones adecuadas, pues, en mi inalterable opinión, siempre es necesaria cierta preparación del suelo y, aún en el caso de que los incrédulos herejes tuvieran razón, no lo podrán demostrar, ya que el riego del suelo, en caso de necesidad, no se puede evitar. Otro experimento peculiar, sin embargo, tuvo éxito y llamó la atención. Después de la habitual recolección de la comida en el aire, decidí no provocar su caída, pero tampoco recolectarla. Con este fin, pegaba un pequeño salto cada vez que se acercaba la comida, pero estaba tan calculado que nunca llegaba; la mayoría de las veces cayó indiferente al suelo y yo me arrojaba furioso sobre ella, con una furia no causada por el hambre, sino por la decepción. Pero en algunos casos sucedió algo diferente, algo realmente maravilloso, la comida no cayó, sino que me siguió por el aire, el alimento persiguió al hambriento. No duraba mucho tiempo, sólo un pequeño trecho, luego volvía a caer, o desaparecía o, con más frecuencia, mi avidez ponía fin anticipado al experimento, ya que devoraba la comida. De todos modos, era feliz; a mi alrededor se podía oír un murmullo, había inquietud y se me prestaba atención. Encontré que mis conocidos eran más accesibles a las preguntas, en sus ojos vi una luz que buscaba ayuda; aunque sólo se tratase de un reflejo de mi propia mirada, no quería más, estaba satisfecho. Hasta que supe —y los demás se enteraron conmigo— que ese experimento hacía mucho que se había descrito en la ciencia, que había tenido un éxito mucho mayor, aunque no se había repetido por las dificultades y el dominio de sí mismo que requería. Tampoco se podía repetir, dada la supuesta insignificancia de los resultados. Demostraba, lo que ya se sabía, que el suelo no toma los alimentos de lado, sino también de soslayo, incluso en espiral. Pero no me desanimé, era demasiado joven para eso, todo lo contrario, gracias a esa decepción cobré el ánimo necesario para la gran obra de mi vida. No creía en una desvalorización de mi experimento por la ciencia, pero aquí tampoco ayudaba la fe, sino sólo la prueba, y eso era lo que quería hacer público, quería elevar mi singular experimento a la cúspide científica. Quise demostrar que si yo retrocedía ante el alimento, el suelo no lo tomaba oblicuamente, sino que yo era el que lo atraía hacia mí. Este experimento, sin embargo, lo tuve que abandonar; ver delante el bocado y experimentar científicamente al mismo tiempo no se puede resistir. Pero quise hacer algo diferente, intenté ayunar todo lo posible y evitar, además, toda visión de la comida, toda tentación. Así que me retiré, permanecí días y noches con los ojos cerrados, no me preocupé de recoger el alimento ni del suelo ni del aire. Sin realizar ninguna afirmación, sólo con la esperanza, renuncié a cualquier otra medida, excepto al inevitable e irracional riego y a una silenciosa recitación —suprimí las danzas para no debilitarme—, luego esperé a que el alimento cayera por sí mismo, sin preocuparse para nada del suelo, y a que golpeara mi dentadura para que lo dejasen entrar. Si todo esto ocurría, no habría logrado contradecir a la ciencia, pues es lo suficientemente elástica para admitir excepciones, pero ¿qué diría el pueblo, afortunadamente mucho menos elástico? Pues no se trataba de ningún caso excepcional como el que transmite la historia, en el que uno se negó a preparar, buscar y tomar el alimento por una enfermedad o por ofuscamiento, y los perros se reunieron, logrando con distintos conjuros que el alimento se extraviase y fuese a parar al hocico del enfermo. Yo era fuerte y gozaba de plena salud, mi apetito era tan espléndido que me impedía pensar en otra cosa durante todo el día. Me sometí voluntariamente al ayuno, lo crean o no; yo mismo cuidaba de que el alimento cayera, así que no necesitaba ayuda canina alguna, es más, me prohibí pedir cualquier tipo de ayuda. Busqué un sitio adecuado en un matorral apartado, donde no podía oír conversaciones con temas culinarios, ni a perros mascar o romper huesos, comí hasta reventar y me eché. Quería pasar todo el tiempo posible con los ojos cerrados; mientras no viniera la comida, para mí sería noche ininterrumpida, ya tardase días o semanas. Pensé en dormir muy poco o, mejor, en no dormir nada, pues no sólo tenía que conjurar la comida, sino que no podía quedarme dormido cuando llegara. Por otro lado, dormir me podría sentar bien, pues así se puede ayunar más que estando despierto. Por este motivo decidí dividir cuidadosamente el tiempo y dormir mucho, pero durante periodos muy cortos. Lo conseguí al apoyar la cabeza en un palo quebradizo que, en cuanto se rompía, me despertaba. Así yacía, durmiendo o velando, soñando o cantando sólo para mí. Al principio todo transcurrió sin que ocurriese nada digno de mención. Es posible que en el lugar de donde procede la comida hubiese pasado desapercibida mi intención de permanecer allí frente al transcurso habitual de las cosas, así que todo permaneció en calma. Mientras realizaba aquel esfuerzo me perturbaba el temor de que los otros perros me echaran en falta, me encontraran al poco tiempo y emprendieran algo contra mí. Otro temor era que el simple riesgo pudiera generar la denominada «alimentación casual» y que su olor me delatara. Pero no sucedió nada parecido y pude seguir ayunando. Aparte de estos temores, al principio permanecí tan tranquilo como nunca lo había notado en mí. Aunque trabajaba para desmentir a la ciencia, me invadía la satisfacción y la paz proverbial que procura el trabajo científico. En mis ensueños recibí disculpas de la ciencia, también en ella había espacio para mis investigaciones. Todo sonaba tan consolador en mis oídos que, tuvieran éxito o no mis investigaciones, pero especialmente en el caso de que lo tuvieran, no estaba perdido para la vida canina, la ciencia sentía una inclinación favorable hacia mí, ella misma emprendería la interpretación de mis resultados. Esta promesa significaba para mí la admisión en la ciencia con todos los honores, después de haberme sentido profundamente rechazado por ella y de haber arremetido contra todos los muros de mi pueblo como un salvaje. Me rodearía el tan anhelado calor de los cuerpos perrunos, mi propio pueblo me llevaría en hombros. Extraños efectos los del ayuno, en los primeros días. Mi rendimiento me pareció tan grande que comencé a llorar de compasión y emoción en el silencioso arbusto, lo que no era muy razonable, pues si esperaba mi merecida recompensa, ¿por qué lloraba? Sólo por íntimo placer. Jamás me ha gustado llorar. Pero siempre que he sentido esa placidez, en contadas ocasiones, he llorado. Aquella vez pasó pronto. Las bellas imágenes se fueron disipando paulatinamente conforme el ayuno ganó en seriedad; no pasó mucho tiempo y, abandonadas todas las fantasías y emociones, me encontré completamente solo con el hambre ardiente en las tripas. «Esto es hambre», me dije mil veces, como si me quisiera convencer de que el hambre y yo éramos dos seres distintos y que podía desembarazarme de esa sensación como si fuera una amante molesta, pero en realidad éramos dolorosamente uno y cuando me aclaraba; «Esto es hambre», en realidad era el hambre el que hablaba y se reía de mí. ¡Malos tiempos, muy malos! Tiemblo cuando pienso en ellos, y no por los padecimientos que sufrí, sino porque no he terminado, porque tendré que sufrir otra vez esa hambre si quiero alcanzar algo, pues hoy considero el hambre como el método más seguro en mi investigación. El camino lo señala el hambre, sólo se alcanza lo supremo gracias a un rendimiento supremo, y ese rendimiento supremo consiste, entre nosotros, en ayunar voluntariamente. Así pues, cuando examino minuciosamente aquellos tiempos —y me gusta revolver en ellos—, también examino los tiempos que se avecinan. Parece como si tuviera que expirar toda una vida para que alguien se recupere de un experimento así, mis años de madurez me separan de aquel ayuno, pero aún no me he recuperado. La próxima vez que ayune mostraré más decisión que antes, sobre todo por mi mayor experiencia y mi mejor comprensión acerca de la necesidad del experimento. No obstante, mis fuerzas han disminuido a lo largo del tiempo, como mínimo me agotaré mientras espero que se produzca el conocido sobresalto. Mi debilitado apetito no me ayudará, en cierto modo devaluará algo el experimento y, muy probablemente, me obligará a ayunar más tiempo que el necesario. Acepto estas suposiciones, tampoco han faltado ensayos durante este tiempo, he padecido hambre con mucha frecuencia, pero no estaba lo suficientemente fuerte como para llegar al extremo, y la ingenua agresividad de la juventud ha desaparecido para siempre. Ya desapareció cuando me encontraba en pleno ayuno. Algunos pensamientos me torturaban. Mis antepasados aparecían ante mí con gestos amenazadores. No obstante, aunque no me atrevería a decirlo públicamente, yo los considero culpables de todo; han hipotecado la vida canina, y podía responder fácilmente a sus amenazas con otras amenazas, pero me humillo ante su sabiduría, procede de fuentes que nosotros desconocemos, precisamente por esto, y aunque hay muchas cosas que me impulsan a luchar contra ellos, jamás infringiría sus leyes, yo sólo me entusiasmo con las lagunas de la ley, por las que me siento fuertemente atraído. Respecto al ayuno, me remito a la famosa conversación, en la que uno de nuestros sabios expresó la opinión de prohibirlo, lo que desaconsejó su contertulio con la pregunta: «¿Quién ayunará entonces?». Y el primero se dejó convencer y retiró la prohibición. Ahora cobra vigencia de nuevo la pregunta: «¿Acaso no está prohibido ayunar?». La mayoría de los comentaristas la responden negativamente. Si se considera el hambre como algo voluntario, la doctrina se pone de parte del segundo sabio y no teme consecuencias perjudiciales de un comentario erróneo. Me aseguré de todo esto antes de comenzar con mi ayuno. Pero cuando me retorcía de hambre y, confuso mentalmente, buscaba salvación en mis patas traseras, las cuales lamí, mordí y chupé desesperado hasta llegar al trasero, esa interpretación de la conversación me pareció completamente falsa, maldije la ciencia de los comentaristas, me maldije a mí mismo, que me había dejado engañar por ella; en esa conversación, como cualquier niño podría reconocer —aunque tenía que ser un niño hambriento—, quedaba claramente expuesta la prohibición del ayuno. El primer sabio quería prohibir el ayuno, lo que un sabio desea, ya ha ocurrido, por lo que el ayuno estaba prohibido; el segundo sabio no sólo coincidía con él, sino que defendía la imposibilidad de ayunar; así que a la primera prohibición añadió una segunda, la que establece la naturaleza canina; el primero reconoció también esta prohibición y retiró la prohibición expresa, es decir mandó que los perros ejercieran su capacidad de raciocinio y se prohibieran a sí mismos el ayuno. Así que había una triple prohibición en vez de una y yo había violado las tres. Si, al menos, hubiera obedecido con retraso…, pero sumido en mis dolores caí en la tentación de seguir ayunando, y seguí haciéndolo con voluptuosidad, del mismo modo en que se sigue a un perro desconocido. No podía dejarlo, tal vez estaba demasiado débil para levantarme y salvarme en alguna zona habitada. Rodé sobre las hojas secas del bosque, ya no podía dormir, oía ruidos por todos lados; el mundo dormido de mi infancia pareció despertar con el hambre, empecé a imaginar que no volvería a comer, pues para querer hacerlo tendría que silenciar ese mundo ruidoso que se había liberado, y no me sentía capaz. Pero el mayor ruido procedía de mi estómago, a menudo pegaba el oído a él y debía poner ojos horrorizados, pues apenas podía creer lo que oía. Para colmo de males, este delirio comenzó a afectar a mi naturaleza, ésta emprendió algunos intentos absurdos de salvación, comencé a oler comida, comidas exquisitas que hacía tiempo que no había comido, alegrías de mi niñez, incluso olí la fragancia de los pechos de mi madre; olvidé mi decisión de resistirme a los olores o, mejor, no lo olvidé, simulé una decisión complementaria que me obligaba a olfatear en todas las direcciones, como si buscase comida, pero con el objetivo de resistirme a ella. Que no encontrase nada, no me decepcionó, los alimentos estaban allí, siempre un par de pasos demasiado lejos, mis patas se doblaban justo antes de llegar. Al mismo tiempo, sin embargo, sabía que allí no había nada, que sólo me movía por miedo ante el colapso definitivo, a caer en un lugar que nunca más podría abandonar. Desaparecieron las últimas esperanzas, las últimas tentaciones, perecía miserablemente, ¿qué sería de mis investigaciones? Experimentos infantiles en años felices de la niñez, ahora iba en serio, aquí la investigación tenía que demostrar su valor, pero ¿dónde estaba la investigación? Ahí sólo había un perro indefenso jadeando en el vacío, que, convulso, aún regaba el suelo sin saberlo, pero que no podía sacar de la memoria ni uno sólo de los conjuros que sabía, ni siquiera el versito con que los recién nacidos se acurrucan debajo de la madre. Para mí era, no sólo como si un pequeño espacio me separase de mis hermanos, sino como si me encontrase muy lejos de todo, y como si no muriese de hambre, sino a causa de mi abandono. Era evidente que nadie se preocupaba de mí, nadie bajo la tierra, ni sobre ella, ni tampoco en las alturas, la indiferencia acababa conmigo; la indiferencia decía: «muere» y «así podría ocurrir». ¿Y no coincidía yo con ellos? ¿No decía lo mismo? ¿No había deseado yo mismo ese abandono? Muy bien, perros, pero no para acabar así, sino para llegar hasta la verdad, para alejarme de este mundo sumido en la mentira, donde no se puede encontrar a nadie del que se pueda saber la verdad, tampoco de mí se puede saber, un ciudadano de la mentira. Tal vez la verdad no se hallaba muy lejos, pero para mí, que fracasé y morí, demasiado lejos. Tal vez no estaba muy lejos, y yo, no tan abandonado como pensé, no abandonado por los demás, sólo por mí, fracasé y morí. Pero no se muere tan rápido como cree un perro nervioso. Sólo perdí la consciencia y cuando desperté y levanté la mirada, había un perro desconocido frente a mí. No sentí hambre, yo era muy fuerte, creo que se debía a mis articulaciones, aunque no hice ningún intento de levantarme para ponerlas a prueba. Yo miraba y no veía mucho más que lo de costumbre, un perro bonito pero no muy insólito, eso es lo que veía, nada más y, sin embargo, creía percibir en él algo más que lo de costumbre. Bajo mi cuerpo había sangre, al principio pensé que era comida, pero en seguida me di cuenta de que era sangre mía, que yo había expulsado. Aparté la mirada de ella y me volví hacia el perro. Era delgado, de patas largas, marrón con algunas manchas blancas y tenía una mirada bella, fuerte, escrutadora.
—¿Qué haces aquí? —dijo—. Tienes que irte de aquí.
—Ahora no puedo irme —dije, sin más explicaciones, pues cómo podría haberle explicado todo, además también él parecía tener prisa.
—Por favor, vete en seguida —dijo, e, intranquilo, levantó sucesivamente las patas.
—Déjame —dije—, vete y no te preocupes por mí, los demás tampoco se preocupan por mí.
—Te lo pido por tu bien —dijo él.
—Pídemelo como quieras —le dije—, no me podría ir por más que quisiera.
—No es por eso —dijo sonriendo—. Puedes irte. Precisamente porque pareces débil te pido que te vayas lentamente; si dudas, después tendrás que correr.
—Bueno, eso es cosa mía —dije.
—También lo es mía —dijo, triste por mi obstinación, y aparentemente decidió dejarme allí por el momento, pero al mismo tiempo aprovechó la oportunidad y se acercó a mí en actitud amorosa. Tal vez en otro tiempo lo hubiera consentido de un perro tan bello, pero esa vez no lo comprendí, y el horror se apoderó de mí:
—¡Vete! —grité lo más alto que pude, ya que no podía defenderme de otra manera.
—Ya te dejo —dijo, retrocediendo lentamente—. Eres bastante extraño, ¿acaso no te gusto?
—Me gustarás si te vas y me dejas en paz —le respondí, pero ya no estaba muy seguro de cómo se lo podría hacer creer.
Algo vi u oí en él gracias a mis sentidos, agudizados por el hambre, fue al principio, luego creció, se fue acercando y entonces lo supe: este perro tiene el poder de expulsarte y tú ni siquiera puedes imaginarte la posibilidad de levantarte. Y lo miré con un deseo creciente, mientras él sacudía la cabeza suavemente ante mi grosera respuesta.
—¿Quién eres tú? —le pregunté.
—Soy un cazador —contestó.
—¿Y por qué no quieres dejarme aquí? —pregunté.
—Me molestas —dijo él—. No puedo cazar si estás aquí.
—Inténtalo —le dije—, a lo mejor sí que puedes cazar.
—No, lo siento, pero tienes que irte.
—¡Deja de cazar hoy! —le supliqué.
—No —dijo él—, tengo que cazar.
—Yo tengo que irme y tú tienes que cazar —dije—, mucha obligación. ¿Entiendes por qué estamos obligados a hacerlo?
—No —dijo él—, pero tampoco hay nada que comprender, son cosas evidentes y naturales.
—Pero no —dije yo—, a ti te da pena echarme de aquí y, sin embargo, lo haces.
—Así es —dijo él.
—Así es —repetí yo enojado—. Eso no es una respuesta. ¿A qué te cuesta más renunciar, a cazar o a expulsarme?
—A cazar —respondió sin dudar.
—Bien, entonces aquí hay una contradicción —dije yo.
—¿Qué contradicción? —dijo—. ¿Pero no comprendes, querido perrito, que estoy obligado a hacerlo? ¿No comprendes lo que es evidente?
No respondí más, pues noté —y al hacerlo nueva vida circuló por mis venas, la vida que surge de una experiencia horrible—, noté en detalles incomprensibles que el perro comenzaba a elevar la voz desde lo más profundo del pecho, convirtiéndose casi en un cántico.
—¿Vas a cantar? —dije.
—Sí —dijo él con seriedad—, voy a cantar, pronto, pero aún no. No obstante, prepárate.
—Pero yo ya lo oigo, por más que lo niegues —dije temblando.
Se calló, y creí adivinar algo que ningún perro había adivinado antes que yo, al menos en nuestra tradición no se encuentra el más mínimo dato que lo atestigüe y, a continuación, hundí mi rostro en el charco de sangre que había ante mí, sintiendo una vergüenza y una angustia infinitas. Creí notar que el perro ya cantaba sin aún saberlo con certeza, queda melodía, separada de él, flotaba en el aire siguiendo sus propias leyes, alejándose como si no saliera de él, y luego se dirigía hacia mí, hacia mí. Hoy, por supuesto, niego ese tipo de conocimientos y los atribuyo a mi irritabilidad de entonces, pero aunque era un error, no carecía de grandeza; es la única realidad, aunque aparente, que he logrado salvar de mi época de ayuno para el mundo y muestra, como mínimo, lo lejos que se puede llegar al salirse de uno mismo. Y yo, realmente, estaba fuera de mí. En circunstancias normales habría estado enfermo de gravedad, incapaz de moverme, pero no pude resistirme a la melodía, que el perro comenzó a asumir como si fuera suya. Cada vez más fuerte, tal vez su crecimiento no conocía límites y ya casi me destrozaba los oídos. Lo peor era que parecía existir sólo para mí; esa voz, ante cuya excelsitud el bosque enmudecía, existía sólo para mí, y ¿quién era yo, que aún osaba permanecer allí y me arrellanaba sobre mi sangre y mi suciedad? Me levanté vacilando, me miré, «éste no saldrá corriendo», pensé, pero inmediatamente emprendí la marcha dando espléndidos saltos, llevado por la melodía. A mis amigos no les conté nada, probablemente lo hubiera contado todo nada más llegar, pero estaba muy débil, luego me pareció una experiencia que no debía compartir con los demás. Algunas alusiones que no pude reprimir en las conversaciones se perdieron sin dejar huella. Por lo demás, me recuperé corporalmente en pocas horas, espiritualmente, aún llevo en mi interior las consecuencias.
Amplié el campo de mis investigaciones a la música canina. Tampoco aquí había permanecido pasiva la ciencia; la ciencia musical es, si estoy bien informado, más amplia que la alimentaria y, por supuesto, mejor fundamentada. Esto se explica porque en este ámbito se trabaja con menos pasión que en el otro y porque aquí se trata de meras observaciones, así como de su sistematización, mientras que en el otro ámbito, ante todo de consecuencias prácticas. A esto se debe que la musicología goce de mayor respeto que la ciencia alimentaria, pero que la primera jamás pueda penetrar tanto en el pueblo como la segunda. También yo, antes de escuchar aquella voz en el bosque, mostraba cierta incomprensión hacia la musicología. Ciertamente, la experiencia con los perros músicos me había obligado a prestarle atención, pero en aquel tiempo era demasiado joven; además, tampoco es tan fácil aproximarse a esa ciencia, tiene fama de ser muy difícil y excluye de su ámbito elitista a las masas. En aquellos perros, la música había sido lo más llamativo, pero más importante me pareció su ser silencioso; no se podría encontrar nada parecido a aquella horrible música, en ningún lado, yo podía omitirla, pero su ser silencioso lo encontré en todos los perros. Para penetrar en el alma de la especie canina, me parece que la ciencia más adecuada es la alimentaria, pues lleva sin rodeos a la meta. Tal vez no tenía razón en esto. Un ámbito científico fronterizo ya despertó en aquella época mis sospechas. Se trata de la teoría del canto que hace descender la comida. También aquí me resulta problemático el no haber profundizado seriamente en la musicología y no poder ser incluido ni siquiera en el grupo, especialmente despreciado por la ciencia, de los diletantes. Esto lo tengo que mantener siempre presente. Ante un erudito en la materia, por desgracia tengo la prueba de ello, haría un papel deplorable en el examen más fácil. Naturalmente, esto se debe, prescindiendo de las ya mencionadas circunstancias vitales, a mi incapacidad científica, a mi pobre fuerza mental, a mi mala memoria y, ante todo, a la imposibilidad de mantener el objetivo científico siempre ante mis ojos. Todo esto me lo confieso abiertamente, incluso con cierta alegría, pues el profundo motivo de mi incapacidad científica me parece ser un instinto y, en realidad, un instinto nada malo. Si quisiera fanfarronear, podría decir que precisamente este instinto ha destruido mis capacidades científicas, pues sería bastante extraño que en los asuntos de la vida cotidiana —y no son precisamente los más fáciles— muestre tan buena capacidad de raciocinio. Y si no a la ciencia, puedo decir que entiendo muy bien a los científicos, lo que se puede comprobar en mis resultados; así que sería bastante extraño, digo, que yo fuera desde un principio incapaz de poner una pata en el primer peldaño de la ciencia. Fue el instinto que, tal vez por amor a la ciencia, pero a otra ciencia distinta a la que se hace hoy, por amor a la última ciencia, me hizo apreciar más la libertad que todo lo demás. ¡La libertad! Aunque, ciertamente, la libertad como es posible hoy, como una miserable excrecencia. Pero, aun así, libertad, aun así, una posesión.