Stories 93 / Random

Stories by franz kafka

el reclutamiento de tropas (spanish)

Save as PDF
Los reclutamientos de tropas, con frecuencia necesarios, pues las luchas fronterizas no se detienen nunca, se realizan del modo siguiente:
Se promulga la ordenanza de que en un día determinado, en un barrio determinado de la ciudad, todos los habitantes, hombres, mujeres y niños, sin distinciones, permanezcan en sus casas. Normalmente a eso del mediodía aparece en la entrada del barrio, donde esperan un destacamento de soldados y caballería desde el amanecer, el joven aristócrata que realizará el reclutamiento. Es un hombre joven, delgado, no muy alto, débil, vestido con descuido, de ojos cansados, la intranquilidad recorre su cuerpo como al enfermo los escalofríos. Sin mirar a nadie, hace una señal con la fusta, que constituye todo su armamento, unos soldados se suman a él y entra en la primera casa. Un soldado, que conoce personalmente a todos los habitantes del barrio, lee la lista de los vecinos. Normalmente están todos allí, permanecen en fila en una de las estancias y miran al aristócrata como si ya fuesen soldados. Pero también puede ocurrir que en un sitio u otro falte alguien, siempre se trata de hombres. En ese caso nadie se atreve a formular alguna disculpa o a mentir, sino que se calla simplemente, se baja la mirada, apenas se puede soportar la presión de la orden contra el hombre que se ha escapado de la casa; sin embargo, la muda presencia del aristócrata basta para mantener a todos en sus sitios. Éste hace un signo, ni siquiera llega a una ligera inclinación de la cabeza, sólo se puede leer en sus ojos, y dos soldados comienzan a buscar al ausente. No supone ningún esfuerzo. No sale nunca de casa, nunca ha aspirado realmente a escapar del servicio en filas, ha faltado sólo por miedo, pero no es por miedo al servicio por lo que no se ha presentado, sino por timidez a mostrarse; la orden resulta demasiado grande para él, terriblemente grande, no puede salir por su propia fuerza. Precisamente por eso tampoco huye, simplemente se esconde y, cuando oye que el aristócrata está en casa, se desliza fuera del escondite, hasta la puerta, donde lo agarran de inmediato los soldados. Le llevan ante el aristócrata, quien toma la fusta con las dos manos —es tan débil que con una mano apenas conseguiría nada— y golpea al hombre. Apenas causa grandes dolores, al poco tiempo deja caer la fusta en parte por agotamiento en parte por aversión; el golpeado tiene que cogerla y dársela. Sólo después puede unirse a los demás en la fila; por lo demás, es casi seguro que no será aceptado. También ocurre, y eso es más habitual, que haya más personas de las que constan en la lista. Una muchacha, por ejemplo, está presente y mira al aristócrata, es de fuera, probablemente de la provincia, el reclutamiento de tropas la ha atraído; hay muchas mujeres que no pueden resistir la atracción de un reclutamiento ajeno —el que se realiza en sus lugares de origen tiene un significado muy diferente—. Y es extraño que no se vea nada deshonroso en que una mujer ceda a esa tentación, todo lo contrario, es algo que, según la opinión de algunos, tienen que pasar las mujeres, es una deuda que tienen que pagar a su sexo. Siempre ocurre de la misma manera. Una muchacha o una mujer oye que en algún lado, tal vez muy lejos, en casas de parientes o de amigos, se realiza un reclutamiento; ella solicita a los suyos que le den permiso para viajar, se le concede, eso no se puede negar; ella viste lo mejor que tiene, está más alegre que de costumbre, además de tranquila y amigable, pero con independencia de cómo sea, y detrás de toda esa tranquilidad y amabilidad, permanece inaccesible como una extraña que vuelve a su hogar y no piensa en otra cosa. En la casa de la familia, en la que se va a realizar el reclutamiento, se la recibe de manera diferente que a un huésped habitual, la rondan, tiene que pasar por todas las habitaciones de la casa, tiene que asomarse por todas las ventanas, y si pone la mano en la cabeza de alguno, eso supone más que la bendición de un padre. Cuando la familia se prepara para el reclutamiento, ella recibe el mejor puesto, que está cerca de la puerta, desde donde se puede ver mejor al aristócrata y donde ella, a su vez, puede ser mejor vista por él. Sólo se la honra así hasta la entrada del aristócrata, a partir de ese instante se marchita. Él se fija en ella tan poco como en los demás, y si dirige la mirada a alguien, éste no se siente mirado. Eso no lo ha esperado ella o sí lo ha esperado, pues no puede ser de otra manera; pero no era tampoco la esperanza de lo contrario lo que la había llevado hasta allí, era algo que ya ha finalizado. Siente una vergüenza tal como las mujeres ya no sentirán más. Ahora se da realmente cuenta de que ha ido a un reclutamiento ajeno, y cuando el soldado ha leído la lista y su nombre no se ha mencionado, hay un momento de silencio, entonces ella huye de la puerta temblando y agachada, recibiendo además en la espalda el puñetazo de un soldado.
Si el sobrante se trata de un hombre, no desea otra cosa, aunque no pertenezca a esa casa, sino que lo recluten. Eso también es imposible, jamás ha sido reclutado uno de los sobrantes y jamás ocurrirá algo así.