Stories 93 / Random

Stories by franz kafka

el cubo de carbón (spanish)

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Gastado todo el carbón; el cubo vacío; inútil el badil; la calefacción respirando frío; la habitación como un hálito gélido; ante la ventana árboles rígidos cubiertos de escarcha; el cielo, un escudo de plata contra el que busca su ayuda. Tengo que conseguir carbón; no puedo congelarme; detrás de mí la inmisericorde calefacción, ante mí el cielo inmisericorde; por consiguiente tengo que cabalgar justo entre los dos y buscar ayuda en el medio, en la carbonería. Pero el carbonero ya queda indiferente ante mis habituales súplicas; tengo que probarle que ya no tengo la más mínima cantidad de polvo carbonífero y que, por tanto, él, para mí, significa el sol en el firmamento. Tengo que aparecer como el mendigo que, agonizando de hambre, quiere morir en el umbral de la puerta y al que, por esa causa, la cocinera se decide a darle los restos del último café; del mismo modo, el carbonero, furioso, pero sumiso al rayo del mandamiento: «¡No matarás!», tendrá que echar en el cubo un badil entero.
Mi ascensión lo decidirá; monto, por tanto, en el cubo. Como jinete de cubos, la mano arriba, en el asidero, en los arreos más simples, giro con dificultad bajando las escaleras; abajo, sin embargo, mi cubo despega; espléndido, espléndido; camellos, bien afianzados al suelo, no suben, agitándose bajo la fusta de su jinete, con más belleza. Avanzo a través de la calle helada con un trote regular; con frecuencia asciendo hasta la altura del primer piso; nunca llego a descender hasta la puerta de la casa. Y a una altura extraordinaria oscilo ante la bóveda del sótano del carbonero, en el que él, allí abajo, permanece agachado frente a una mesita y escribe; para dejar salir el exceso de calor, ha dejado la puerta abierta.
—¡Carbonero! —grito con la voz cavernosa y cauterizada por el frío, envuelto por las nubes de vaho provocadas por la respiración— ¡Por favor, carbonero, dame un poco de carbón! Mi cubo está tan vacío que puedo cabalgar sobre él. Sé bueno. Pagaré hasta donde pueda.
El carbonero pega la mano a la oreja.
—¿Oigo bien? —pregunta sobre su hombro a su mujer, que teje en la silla junto a la calefacción—. ¿Oigo bien? Un cliente.
—No oigo nada —dice la mujer, inspirando y espirando tranquilamente sobre la aguja de tejer, con la espalda confortablemente caliente.
—Oh, sí —grito yo—, soy yo, un antiguo cliente; muy leal, sólo que por el momento sin medios.
—Mujer —dice el carbonero—, es alguien; no puedo equivocarme tanto; tiene que ser un cliente muy, muy antiguo, que sabe hablarme al corazón.
—Pero qué dices, esposo —y apoya un instante, descansando, la labor en el pecho—, no es nadie, la calle está vacía; toda nuestra clientela está servida; podemos cerrar el negocio durante unos días y descansar.
—Pero yo estoy aquí, sentado sobre el cubo —grito, y lágrimas impasibles del frío me nublan la vista—, por favor, mirad hacia arriba; me descubriréis en seguida; pido un badil lleno, y si me dais dos me haríais completamente feliz. El resto de la clientela ya se ha aprovisionado. ¡Ay, si lo oyera ya caer en el cubo!
—Ya voy —dice el carbonero y, paticorto, quiere subir la escalera del sótano, pero la mujer ya está a su lado, le sostiene firmemente por el brazo y dice:
—Te quedas aquí. Si no dejas el capricho, subiré yo. Recuerda la tos tan fuerte de esta noche. Pero por un negocio, aunque sea imaginario, olvidas mujer e hijo y sacrificas tus pulmones. Yo iré.
—Entonces dile todos los tipos de carbón que tenemos en el depósito, yo te gritaré los precios.
—Bien —dice la mujer, y sube hasta la calle. Naturalmente me ve en seguida.
—Señora carbonera —grito—, mis saludos más respetuosos; sólo un badil de carbón, aquí mismo, en el cubo. Por supuesto que se lo pagaré todo, pero no ahora mismo, no ahora mismo.
Qué sonido más similar al de las campanas poseen las palabras «no ahora mismo», y cómo se mezclan, confundiendo los sentidos, con el sonido nocturno procedente del campanario próximo.
—¿Qué quiere? —grita el carbonero.
—Nada —responde la mujer—, no es nadie, no veo a nadie, no oigo nada; sólo están tocando las seis, y cerramos. Hace un frío terrible; mañana tendremos con toda probabilidad mucho trabajo.
Ni ve ni oye nada, no obstante se desata la cinta del delantal e intenta ahuyentarme con él. Por desgracia lo logra. Mi cubo posee todas las ventajas de un animal de monta; resistencia no tiene, es demasiado ligero; un delantal de mujer le hace despegar las patas del suelo.
—¡Tú, perversa! —le grito, mientras ella regresa hacia la tienda, con actitud mitad despreciativa mitad satisfecha, golpeando el aire con la mano.
—¡Tú, perversa! Te he pedido un badil de la peor calidad y no me lo has dado.
Y dicho esto subo hasta las regiones de las cumbres nevadas y allí me pierdo en el «Nuncamásmeverás».