Stories 93 / Random

Stories by franz kafka

consolidación (spanish)

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Éramos cinco empleados en el comercio: el contable, un hombre corto de vista y apesadumbrado, que yacía extendido sobre el libro de cuentas como una rana, callado, elevándose y descendiendo levemente a causa de la esforzada respiración; el ayudante, un hombre pequeño con un pecho ancho de atleta, sólo necesitaba una mano apoyada en el mostrador para elevarse por encima de él con un movimiento ligero y bello, su rostro, no obstante, permanecía serio y severo al realizar el ejercicio. Además, teníamos a una vendedora, una solterona de cierta edad, delgada y frágil, con un vestido ceñido, la mayoría de las veces permanecía con la cabeza inclinada, sonriendo con los labios delgados de su boca grande. Yo, el aprendiz, no tenía mucho que hacer, pasar el trapo del polvo por el mostrador, con frecuencia sentía ganas de acariciar o aun de besar la mano de nuestra señorita, una mano larga, débil, seca, del color de la madera, sobre todo cuando permanecía olvidada y descuidada sobre el mostrador, o, mucho mejor, me habría gustado reclinar el rostro sobre ella y sólo cambiar de posición de vez en cuando, para que hubiera justicia y cada mejilla pudiera disfrutar de la mano. Pero eso no ocurrió jamás, todo lo contrario, cuando me acercaba a ella, retiraba la mano y me encargaba un nuevo trabajo, por añadidura en cualquier remota esquina o arriba, en la escalera. Esto último era bastante desagradable, pues arriba, a causa de las lámparas de gas con que alumbrábamos, hacía un calor sofocante y, además, padecía de vértigo, por lo que sentía náuseas. Allí arriba a veces metía la cabeza en uno de los estantes, por supuesto después de haberlo sometido a una cuidadosa limpieza, y lloraba un rato o, cuando nadie miraba, dirigía la palabra a la señorita, haciéndole todo tipo de reproches. Aunque sabía que ella no tenía ningún poder decisivo, ni allí ni en ningún otro sitio, creía que podría utilizar su poder, si quería, en mi beneficio. Pero no quería, ni siquiera ejercía el poco poder que tenía. Ella era, por ejemplo, la única del personal a la que el cargador del negocio hacía un poco de caso, aparte de eso era el hombre más testarudo; cierto, también era el más antiguo, había trabajado incluso a las órdenes del jefe anterior, ninguno de nosotros sabía las que había pasado en aquel tiempo, pero de esta circunstancia sacó la falsa conclusión de que lo entendía todo mejor que los demás, que él, por ejemplo, no sólo sabía llevar las cuentas mejor que el contable, servir mejor a la clientela que el ayudante, etc., sino que encima decía que había aceptado su puesto voluntariamente, ya que no se había encontrado a nadie capaz, ni incapaz, de ocuparlo. Y así se atormentaba, él, que no debía de haber sido muy fuerte, y ahora era una ruina, después de estar cuarenta años con las carretas, las cajas y los paquetes. Él lo había aceptado voluntariamente, pero eso se había olvidado, habían llegado nuevos tiempos, nadie reconocía ya su labor, y mientras a su alrededor, en el negocio, se cometían los errores más fantásticos, él tenía que permanecer atado a su trabajo, sin que le dejaran intervenir y tragándose la desesperación que sentía al verlo.