Stories 93 / Random

Stories by evelyn waugh

multa pecunia (spanish)

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Capítulo 1
Sir Alfred James, gran coleccionista de libros, se encontró un día mirando por casualidad un viejo tomo que llevaba el curioso título de «Multa Pecunia», gracias al cual supo que bajo su casa existía una cueva en la que había riquezas sin cuento. No se molestó en leer más, pues había oído antes esa historia y no la creyó.
Cuando Tom iba a casa, como era el hijo de sir Alfred, los sirvientes lo trataban con mucho respeto y de ahí que se le permitiera meterse por todos los rincones de la casa. Estaba un día husmeando en un cuartito cuando reparó en una talla con esta leyenda: «Multa Pecunia». Se la quedó mirando largo rato y entonces, de repente, recordó haber visto un libro con ese título en la biblioteca. Fue allí de inmediato y sacó el catálogo de obras. Encontró estas palabras: «Multa Pecunia, estante 7, puesto 13». Fue rápidamente al estante número 7, ¡pero en el puesto 13 no había nada!
Capítulo 2
¿Qué podía significar? ¿Por qué había desaparecido el libro? Tom estaba perplejo. «Rayos y truenos —exclamó al fin—. Debo contárselo al viejo». Abandonó la biblioteca con la intención de comunicar a su padre la misteriosa desaparición del libro; tal vez lo tuviera él, su padre, o… ¡Atención! ¡Qué había sido eso! Como un crujir de papel quebradizo. Se encontraba en ese momento cerca de la habitación de Smith, el mayordomo. Como la puerta estaba abierta, se asomó al interior y vio a Smith absorto en la lectura del viejo tomo que faltaba. De pronto Smith se levantó y acercóse sigilosamente a la puerta; echó a andar hacia el cuartito donde estaba la talla. Una vez dentro apretó la letra «U» y al momento se abrió una trampilla diminuta. Por ella se introdujo Smith, y Tom le siguió. Recorrieron un estrecho pasadizo y, a la vista de una enorme puerta de granito, se detuvieron. «¡Smith! ¿Qué significa esto?», exclamó Tom, apoyando la mano en el cuello del mayordomo. Smith se quedó completamente pasmado al ver a Tom; de hecho perdió la cabeza, pues al momento se lanzó al cuello de Tom. La pelea fue tremenda y, durante la misma, Tom, gracias a sus conocimientos pugilísticos, le propinó un gancho que casi hizo tambalearse a Smith, pero al final el peso se impuso y Tom acabó sin sentido en el suelo. Pero Smith no pensaba dejarle allí tirado, lo llevó escaleras arriba y, después de depositarlo junto a la puerta de la biblioteca, cerrar la trampilla de la cueva secreta y devolver el viejo tomo a su estante en la biblioteca, volvió a su cuarto y se acostó.
Sir Alfred iba caminando tranquilamente por el pasillo en dirección a la biblioteca cuando de pronto se detuvo mudo de asombro. «¡Tom!», exclamó al ver la cara lívida de su hijo.
Capítulo 3
Tom volvió en sí y se encontró en una cama de plumas. De pie junto a la misma había una enfermera, que dijo en voz baja: «¡Ah! Menos mal, ya está consciente». «¿Por qué me agredió Smith?», preguntó Tom con un hilo de voz. La enfermera se volvió hacia el doctor y dijo: «Está delirando; no me extraña, claro, después de esa caída». Y es que, como la biblioteca estaba al pie de unos escalones, sir Alfred y la enfermera pensaban que Tom había caído escaleras abajo.
Debido a que tenía conmoción cerebral, Tom pasó mucho tiempo sin que le permitieran ver a nadie. Finalmente la enfermera le preguntó a quién le gustaría tener como primera visita. «A Smith», fue la respuesta. Al rato entró Smith con aire muy tímido. «¿Por qué me tiraste contra esa piedra?», inquirió Tom.
Capítulo 4
Smith, en realidad, era menos un mayordomo que un ladrón profesional y enseguida se le ocurrió qué contestar, de modo que miró a la enfermera y dijo: «Será mejor que me marche porque los nervios de ver a alguien después de tantos días me parece que lo han perturbado un poco». Y salió de la habitación.
Tom se encontraba ya lo bastante bien como para rondar por la casa, y pensaba que antes o después se toparía con Smith. Al no encontrarlo en su cuarto, Tom decidió entrar en la cueva secreta. Fue adonde estaba la vieja talla, presionó la letra «U» e inmediatamente la puerta se abrió. Estaba caminando por el pasadizo cuando, de pronto, paró en seco al oír pasos que iban hacia él. Se agachó a la espera, listo para saltar. Los pasos se acercaban y Tom notó que el corazón le martilleaba las costillas. De repente apareció en un recodo del pasadizo, Tom se incorporó y, desprevenido, Smith dio con sus huesos en el suelo. Tom estaba ya incorporándose cuando se fijó en un trozo de pergamino, lo desenrolló, y he aquí lo que estaba escrito: «Yo, Wilfred James, he robado estos artículos de gran valor a la reina Isabel. No pudiendo mantenerlo en secreto, deposité mi confianza en sir Walter Raleigh, el cual insinuó algo de ello al gran estadista Bacon, quien a su vez se lo contó a la reina. Dentro de una hora llegarán los soldados, y, si encuentran las joyas, me encerrarán en la Torre». El papel terminaba allí, de modo que Tom se puso a buscar las joyas y finalmente las halló en el bolsillo de Smith. Después de dejar a éste en su cama fue al estudio de su padre y le explicó todo lo que decía el pergamino y luego le enseñó las joyas.
Al día siguiente sir Alfred puso a Smith de patitas en la calle y un día después se supo que Smith era uno de los más hábiles ladrones que jamás hayan tenido en vilo a Scotland Yard, se procedió a su arresto y fue enviado al penal de Dartmoor.