Stories 93 / Random

Stories by dorothy leigh sayers

las botellas de leche (spanish)

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El señor Héctor Puncheon, del Morning Star. terminó su entrevista con el caballero que había ganado cinco mil libras en las Apuestas de Fútbol y se alejó rápidamente por la calle. No tanto, sin embargo, como para no fijarse en un par de grandes botellas, llenas de leche, depositadas en lo alto de una breve escalera. Poseedor de una mente deductiva, inconscientemente se puso a pensar en las varias posibilidades que tal fenómeno sugería; un nuevo bebé, una casa llena de niños, una casa llena de gatos; una ausencia durante el fin de semana.
Héctor era un joven suficientemente entusiasta para buscar un «tema» en casi todas las cosas. Tal vez hubiese uno en aquellas botellas de leche. Tragedias ocurridas en casas aisladas, descubiertas a causa de la acumulación en el portal de botellas de leche. Solteronas extravagantes y solitarias que viven en la penumbra. El asesinato de Saushiehall y el viejo James Fleming entrando la leche mientras el cadáver de la criada yacía en una habitación interior. Lo que sabe el lechero. Algo podría sacarse de ello, ¿por qué no?
Fue dándole vueltas a la idea; regresó a la redacción y después de haber escrito el reportaje sobre el ganador de las apuestas, se sentó a pergeñar una vivaz media columna acerca de las botellas de leche.
El director de la página literaria, que siempre disponía de más material del que podía utilizar, le echó una mirada, arrugó la nariz, le puso su contraseña con lápiz azul y la envió al director de la página hogareña. Este recorrió descuidadamente el artículo y lo echó a una cesta titulada: «Para su futura publicación», donde permaneció durante tres meses. Héctor Puncheon nunca se había hecho demasiadas ilusiones al respecto, lo olvidó y prosiguió con sus actividades normales.
Sin embargo, un día de agosto, la dama que corrientemente confeccionaba el pequeño editorial para la página hogareña, fue atropellada por un autobús y conducida al hospital, dejando sin escribir su artículo. El director de la página hogareña, en busca de las cuatrocientas palabras que le faltaban, revolvió la cesta «Para futura publicación», escogió a voleo el artículo de Héctor Puncheon y se lo entregó al subdirector diciéndole que lo recortara y lo entregara al linotipista.
El sub-director lo leyó rápidamente, eliminó el primero y último párrafos, suprimió las frases más literarias de Héctor, condensó tres párrafos en uno solo, introduciendo gratuitamente dos errores de sintaxis, puso todo el texto en primera persona, en lugar de tercera, lo encabezó con un «Por un repartidor de leche», y lo envió al linotipista. De esta forma apareció a la mañana siguiente y Héctor Puncheon, sin reconocer a su mutilado retoño, murmuró amargamente que alguien le había robado la idea.
Dos días más tarde, el director de Morning Star recibió una carta:
«Muy señor mío:
»Habiéndome interesado la lectura de un artículo escrito en su diario por un repartidor de leche, desearía informarle de que ocurre algo extraño en mi sector y que estaría encantado en facilitar cualquier información. No he acudido a la policía porque no presta atención a un trabajador ni paga los informes, pero he visto que usted ha publicado un artículo de un repartidor de leche y sé que ese gran diario sería justo con alguien que tiene que trabajar para ganarse la vida. Desde el último domingo se han acumulado cinco botellas y hay una pareja a la que no se ha visto desde entonces. Esperando que esto le interese, le saludo muy atentamente.
J. Higgings.»
En cualquier otro mes del año, la carta del señor Higgings hubiese probablemente ido a parar a la papelera, pero en agosto cualquier noticia es bienvenida. El director pasó la carta al director de información, quien tocó un timbre y envió a buscar a un subordinado, quien tocó otro timbre para que acudiera otro subordinado, el cual consultó los archivos del diario. Así, por aquel método tortuoso, el asunto fue confiado a Héctor Puncheon, a quien se dio orden de visitar al señor Higgings y conseguir su historia a cambio de unos pocos chelines, si parecía prometedora.
El señor Higgings efectuaba el reparto de leche por Clerckenwell Road y sus alrededores. Dio la bienvenida a Héctor Puncheon y procedió alegremente a someter a su consideración las misteriosas botellas de leche. Con tal objeto le condujo a una calle oscura y una vez allí se metió por un sombrío portal que se abría al lado de una verdulería. Ascendieron por una estrecha y sucia escalera, que olía a gato. En lo alto había una puertecita negruzca con una tarjeta de visita amarillenta clavada sobre ella por medio de una chincheta. Se leía un nombre: «Hugh Wilbraham». En el descansillo había cinco botellas llenas de leche. Héctor se dijo que nunca había visto nada tan completamente desolador.
Al descansillo daba también una ventana por la que pudo distinguir un amplio panorama de tejados y chimeneas, reverberantes bajo el cálido sol. La ventana no estaba abierta ni aparentemente construida para que pudiera abrirse.
—¿Quién es ese Wilbraham? —preguntó Héctor, tratando de dominar el asco que le producía aquel lugar.
—No lo sé —dijo el lechero—. Hace tres meses que viven aquí. La joven paga regularmente cada sábado la cuenta de la leche. Tienen un aspecto extraño, pero hablan decentemente. Más bien diría que es gente venida a menos.
—¿Los dos?
—Sí.
—¿Cuándo los vio por última vez?
—El sábado por la mañana, cuando ella me pagó. Se le notaba que había estado llorando. Quisiera saber si se han largado. Porque en tal caso, ¿quién me paga la leche de esta semana?
—Ya veo —dijo Héctor.
—En cierto modo soy responsable —dijo el señor Higgings—, pero puesto que esta gente pagaba puntualmente y yo tengo órdenes de entregar la leche, me gustaría saber qué debo hacer sobre esto, ¿entiende?
—¿Ninguno de los vecinos sabe nada? —sugirió Héctor.
—No gran cosa —dijo el señor Higgings—, pero por lo menos no han sacado muebles y eso ya es algo. Mejor será que hable usted con la señora Bowles.
La señora Bowles vivía en el piso de abajo. En aquel momento estaba lavando. Explicó que no sabía casi nada acerca de los Wilbraham y puntuó sus frases con golpes de la pala de madera. Se mantenían muy cerrados en sí mismos, creerían que eran demasiado buenos para personas como ella, suponía, aunque siempre había sido respetable, cosa que no todo el mundo podía decir. Habían alquilado el último piso, sin muebles, en junio pasado. Había visto cómo entraban los muebles. Nada de que sorprenderse. Ni se podía comparar con la cama de matrimonio de la señora Bowles; aquello sí que era bueno: verdadero latón y un colchón de plumas que había que verlo. Los Wilbraham no tenían ni siquiera una mesa o un sillón decente. Cuatro trastos deleznables. Todo junto no valdría ni siquiera un par de libras. Le parecía que el joven se dedicaba a escribir o algo por el estilo, porque una vez se había quejado de que el ruido que hacían los pequeños Bowles le molestaba en su trabajo. Si era tan importante como eso, ¿por qué había ido a vivir allí? Tendría unos treinta años y un aspecto sombrío, desaseado. Había oído a la señora Wilbraham —si es que era la señora Wilbraham— llorar una y otra vez y a él recriminarla a pesar de ello.
—¿Cuándo los había visto por última vez? —preguntó Héctor.
La señora Bowles enderezó su magro cuerpo, dejó la pala de lavar y se enfrentó con el periodista.
—Pues —dijo—, en realidad no puedo acordarme de cuándo le he visto a ella por última vez. El sábado, a la hora de la cena, él llegó, subió corriendo las escaleras y los oí discutir a gritos. Y el mismo sábado, más tarde, me lo encontré a él que bajaba la escalera con una maleta. Debería ser hacia las seis, cuando yo venía de entregarle la ropa limpia a la señora Jepson. Tenía un aspecto extraño y parecía terriblemente apresurado. Estuvo a punto de derribarme y ni siquiera se detuvo a pedirme disculpas. Esa es la última vez que le he visto, y no ha vuelto, ni ella tampoco. De no ser así, les habría oído andar por el piso. Era muy molesta la costumbre que él tenía de andar de un lado a otro de su habitación durante las noches, cuando nosotros tratábamos de dormir. ¡Y mire que encima quejarse de mis chicos!
—Así, pues, ¿no sabe usted cuándo se marchó la señora Wilbraham?
—No señor, pero seguro que se ha ido y si me lo preguntan, le diré que me parece que no piensan regresar. Se lo he dicho al joven Higgings: «Si quiere seguir dejando la leche ahí, es cosa suya. Casi juraría que la venta de todos sus trastos no produciría lo suficiente para pagar una semana de leche». Y eso es todo cuanto sé.
Héctor dio las gracias a la señora Bowles, añadiendo unas monedas para reforzarlas y se fue al piso de abajo. En él vivía un hombre anciano que parecía haber conocido mejores días. Meneó la cabeza ante las preguntas de Héctor.
—No, señor —dijo—, me temo que no podré decirle nada. A veces me parece extraño pensar en lo solo que puede estar un hombre en el mismo centro de Londres. Así lo expresaba Charles Dickens y, por el cielo, señor, que tenía razón. Si me muriese mañana, y mi salud no es demasiado buena, ¿quién se enteraría? Yo mismo me compro los escasos alimentos que necesito y cuando me es posible me distraigo un poco asistiendo a un espectáculo. Es duro pensar que antaño fui propietario de una hermosa tienda. Era muy respetado, señor, pero si ahora desapareciese, nadie me echaría en falta.
—¿Ni siquiera el que cobra el alquiler? —preguntó Héctor.
—Bueno, ese es posible que sí. Pero si viniera una o dos veces y yo diera señales de vida, me dejaría tranquilo una o dos semanas. No es hombre duro y sabe que pago así que puedo. Al cabo de dos o tres semanas tal vez hiciese alguna indagación. Oh, sí. Estoy seguro de que la haría. Y también la compañía del gas, cuando viniese a cobrar el recibo, pero podría transcurrir bastante tiempo antes de darse este caso.
—Supongo que sí —dijo Héctor, algo impresionado.
Nunca se había parado a pensar en aquel aspecto de la vida.
—Así, pues, ¿no sabe usted absolutamente nada acerca de los Wilbraham?
—Muy poco, señor. Sobre todo desde que me atreví a amonestar al joven por su manera de tratar a su esposa.
—¿Oh? —exclamó Héctor.
—Un joven no debe hablar tan rudamente a una mujer —dijo el anciano—, porque ella ya tiene bastante que sufrir incluso en las épocas mejores. Y los hombres son unos inconscientes. Lo sé… Oh, sí, lo sé. Y ella lo amaba, se le leía en el rostro. Pero pasaban momentos difíciles y a menudo ocurre que cuando un hombre no sabe cómo reunir el dinero suficiente para llegar a final de mes sabe en cambio hablar groseramente y sin preocuparse de si sus palabras ofenden y hieren.
—¿Cuándo ocurrió esto?
—Hará cosa de un mes. No fue aquí. Fue en el patio de la iglesia de St. Pancras, donde ellos estaban sentados. Es un lugar agradable en verano, con el césped y los niños que juegan en él. «Es una lástima que te hubieses casado conmigo, ¿verdad?» dijo él. Miraba de forma desagradable. Eso la trastornó, pobrecita. No se dieron cuenta de que yo estaba sentado en el mismo banco que ellos hasta que les hablé.
—¿Y qué dijo él?
—Que me cuidara de mis asuntos. Y supongo que tenía razón. Es una equivocación inmiscuirse en los problemas de un matrimonio, pero es que sentía pena por ella.
Héctor asintió con la cabeza.
—¿No los vio usted para nada el sábado pasado?
—No, señor, pero es que pasé fuera todo el día.
El verdulero de la planta baja no sabía nada. Ocasionalmente había vendido algunas verduras a la señora Wilbraham, pero él no vivía en aquella casa ni se fijaba en las andanzas de la pareja. Después de investigar un poco más, aunque sin resultado, Héctor dejó correr el asunto. No le pareció que hubiese un gran reportaje en todo aquello; sin embargo, había empleado bastante tiempo y unos pocos chelines en él y debía hacer algo que lo justificase. Así, pues, redactó un pequeño párrafo:
CINCO BOTELLAS DE LECHE MISTERIOSAS
¿Qué se ha hecho del señor y la señora Hugh Wilbraham, del 14 B de Buttercup Road, Clerckenwell? El hecho de que no hubiesen retirado las botellas de leche durante cinco días, atrajo la atención del señor J. Higgings, un repartidor que había leído el artículo «Los misterios de las botellas de leche» aparecido en nuestra página hogareña del martes. El señor Wilbraham, de quien se dice que se dedica a la literatura, fue visto abandonando la casa con una maleta el sábado pasado; ni él ni su esposa, con la que parece no se llevaba demasiado bien, han vuelto a comparecer desde entonces.
El redactor jefe, que necesitaba media docena de líneas para rellenar el pie de una columna, le entregó el párrafo al sub-director, quien diestramente fundió en una las dos primeras frases, alteró el título dejándolo en El misterio de cinco botellas de leche y lo envió a las linotipias.
El viernes por la tarde, el Evening Wire, que evidentemente había realizado su pequeña investigación, apareció con una versión más extensa del mismo asunto, que ocupaba casi media columna.
EL MISTERIO DE LAS BOTELLAS DE LECHE
HOMBRE DE MIRADA DESPAVORIDA CON UNA MALETA
Relato de un taxista
Seis botellas sin abrir ante la puerta de un piso en una casa de vecinos de Clerckenwell, nos ofrecen hoy un misterio que presenta ciertas características inquietantes. El apartamiento fue alquilado tres meses atrás por un hombre que dijo ser novelista y por su esposa. Declararon llamarse señor y señora Hugh Wilbraham. La vivienda está situada en la última planta del número 14 B de Buttercup Road y ha permanecido cerrada durante los seis últimos días, en tanto que nada se ha sabido de sus ocupantes desde el último sábado por la noche, cuando la señora Bowles, ocupante del piso de abajo, vio a Wilbraham salir de la casa de una manera sospechosa portando una maleta.
Un taxista llamado Hodges recuerda que el sábado por la noche, hacia las seis, su taxi estaba detenido a las puertas de una taberna cercana, «La Estrella y la Corona», cuando fue alquilado por un hombre que llevaba una maleta y que corresponde a la descripción de Wilbraham. Los ojos del hombre tenían una apariencia despavorida y parecían estar bajo la influencia del alcohol o de una violenta excitación. Pidió a Hodges que lo llevara con la mayor rapidez posible a la estación de Liverpool Street y parecía enormemente interesado en coger el tren.
Los demás residentes en la casa afirman que el señor y la señora Wilbraham se peleaban muy a menudo y que en cierta ocasión se escuchó al hombre decir que era una lástima que se hubiese casado. La mujer fue vista por última vez llorando amargamente, cuando el lechero pasó el sábado por la mañana.
Un aspecto extraño y siniestro de este caso es el gradual aumento de un olor denso y desagradable procedente de detrás de la puerta cerrada. Se tiene entendido que ya se ha puesto a la policía al corriente del asunto.
El redactor jefe del Morning Star envió a buscar a Héctor Puncheon.
—Este asunto lo ha iniciado usted, ¿verdad? —dijo—. El Wire parece haberle tomado la delantera. Dese una vuelta por allí a ver lo que consigue.
Héctor Puncheon, que resistía con dificultad el bochorno de aquella tarde de agosto, sintió una fuerte repugnancia en meterse en el oscuro portal y en subir las malolientes escaleras. Sus pies pisaron papeles polvorientos mientras pasaba frente a la verdulería. Junto a la puerta, se habían agrupado media docena de personas ociosas.
—Es horrible —decía la señora Bowles—, peor que cuando sacaron al gato viejo que se había muerto debajo de los contadores de gas. Tuve que salir a respirar un poco de aire fresco.
—Lo que me gustaría saber es por qué la policía no hace algo —exclamó una muchacha desaliñada de rostro muy maquillado.
—Deben obtener un mandamiento, querida, antes de poder entrar a la fuerza en el piso. Eso es deteriorar la propiedad privada, y el propietario…
—Bueno, ese también tendrá que hacer algo. ¿Por qué ha tenido incluso que admitir a tipos como…?
—Es fácil hablar. El dinero de una persona es tan bueno como el de cualquier otra.
—Todo eso está muy bien, pero con sólo verle la cara a ese tipo ya se veía que no podía esperarse nada bueno de él.
—Bueno, lo que yo digo es que lo siento por ella.
Héctor se abrió paso entre el grupo y emprendió decididamente la ascensión de la escalera. El aire de la misma, pesado y maloliente, se le agarró a la garganta. A medida que ascendía se enrarecía desagradablemente.
El olor era perceptible desde el primer piso, mezclado con el familiar a gato y a col hervida. En el segundo piso era más fuerte; y en el último era insoportable. Las seis botellas de leche permanecían cubiertas de polvo junto a la puerta cerrada. Héctor observó que había un buzón para meter las cartas. Levantó la tira metálica y trató de mirar hacia el interior. Al instante, el hedor parecía envolverlo, nauseabundo, insufrible. Retrocedió, sintiéndose mareado. No estaba seguro de si era su propia cabeza la que zumbaba. No… no era. Un par de grandes moscas negras habían salido volando pesadamente por la ranura. Se posaron en el marco de madera y anduvieron con lentitud de hartazgo sobre la pintura deslucida.
—Adecuado para revolverle a uno las tripas, ¿eh? —dijo una voz a sus espaldas.
Un hombre le había seguido hasta allí.
—Es espantoso —contestó Héctor.
De repente, el repulsivo lugar pareció que iba a desplomarse. Se volvió y corrió escaleras abajo hasta encontrarse en la calle. Con gran horror encontró una hermosa mosca parada somnolientamente en el cuello de su camisa.
Héctor se fue a su casa. Ya estaba harto de aquello. Pero a primeras horas de la mañana siguiente recordó sus deberes profesionales. A cualquier precio debía conseguir aquel reportaje; Regresó a Buttercup Road.
Andrews, del Wire, estaba ya allí, sonrió al ver a Puncheon.
—¿Vienes a presenciar el espectáculo? —preguntó.
Héctor asintió con la cabeza y encendió un cigarrillo.
—La poli acaba de llegar —explicó Andrews.
El callejón estaba repleto de gente. En aquel instante, dos fornidos guardias de uniforme se abrieron paso entre el gentío.
—Oigan, ¿a qué viene todo eso? —dijo el que iba delante—. Circulen, por favor, circulen.
—Prensa —dijeron al unísono Héctor y Andrews.
—Oh, muy bien —dijo el policía—. Ahora, caballeros, subamos. Tenemos el mandamiento judicial. ¿Dónde es? ¿El tercer piso? Cuando quieran.
La comitiva ascendió lentamente. En el piso superior estaba el señor J. Higgings con la séptima botella de leche en la mano.
Los guardias lanzaron conjuntamente un resoplido.
—Desde luego, aquí ocurre algo —dijo el más corpulento de los dos—. Oigan, señoras, llévense a los niños de aquí. No es lugar para ellos.
Se acercó a la puerta y la golpeó con el puño, ordenando a quien estuviese dentro que abriera en nombre de la ley.
No hubo contestación. ¿Cómo podía haberla?
—Dame esa palanca.
El guardia insertó el extremo de la barra de hierro junto a la cerradura e hizo fuerza. Se oyó un crujido. Volvió a apretar. La cerradura cedió de repente. Mientras la puerta se abría lentamente, una nube de moscas se levantó, zumbando, de algo que yacía muy cerca de ella.
En una agradable cafetería de Clacton, un joven sonreía a su esposa sobre la mesa del desayuno.
—Eso es mucho mejor que Buttercup Road, ¿verdad, Helen? —dijo.
—Es maravilloso. ¡Oh, Hugh! Creo que hubiese enloquecido si me quedo en aquel lugar horrible. ¿No es una suerte? ¿No lo es que te hayan pagado ese cheque? En el momento preciso.
—Sí en el preciso momento. Estaba ya a la última pregunta. Y también algo asustado. Fui un loco al ponerme tan histérico. Es que mis nervios no aguantaban más.
—Lo sé, cariño. Pero no tiene importancia. Yo también tuve un buen ataque de histerismo. Ha sido una idea maravillosa alejarnos definitivamente de todo aquello. ¿Sabes? Cuando trajiste la noticia y pude irme a toda prisa para comprar nuevos vestidos… ¡Oh, Hugh! Fue algo maravilloso. El momento más feliz de mi vida. Y cuando estaba sentada en la estación de Liverpool Street esperándote, tenía que estar tocando sin cesar los paquetes para asegurarme de que no era todo un sueño.
—Sí, lo sé. Yo tampoco sabía si estaba en mi sano juicio. Por poco se me escapa el tren en mi prisa por acabar aquel último capítulo.
—Ya me lo has contado. Pero finalmente lo cogiste.
—Así es. Pero… eso nunca te lo he dicho. Me olvidé por completo de avisar al lechero que interrumpiera el servicio, como tú me encargaste.
—¡Al diablo la leche! Ahora no nos será preciso hilar tan delgado.
—¡Escucha, escucha!
El joven abrió su diario. Luego su rostro expresó de repente una gran sorpresa.
—¡Dios mío! ¡Fíjate en esto!
La muchacha leyó los titulares.
—¡Oh, Hugh! ¡Qué horrible! Esa detestable señora Bowles. Y ese estúpido viejo de dos pisos más abajo. Hombre de mirada despavorida y aspecto sospechoso… ¡Qué gracioso, Hugh! Nunca nos atreveremos a volver. Pero oye, cariño, ¿qué es todo eso de un mal olor?
—¿Mal olor?
El joven fue ruborizándose lentamente.
—¡Hugh! —dijo su esposa—. ¡No querrás decir que te olvidaste aquella merluza encima de la mesa!