el manuscrito del profesor (spanish)
—Oye, Monty —dijo el señor Hopgood (viajante de la firma Brotherhood, Ltd.) al señor Egg (viajante de la firma Plummett and Rose)— mientras estás aquí, ¿por qué no te llegas a ver al viejo profesor Pindar? Casi te viene de paso.
El señor Egg apartó su pensamiento de los titulares del diario de la mañana («ARTISTA CINEMATOGRAFICA SE CASA CON AS DE LA AVIACIÓN» - «BUSQUEDA POR TODO EL CONTINENTE DE UN FINANCIERO DESAPARECIDO» - «MISTERIO EN EL SINIESTRO DE UNA CASA DE CAMPO. SE SOSPECHA UN INCENDIO PREMEDITADO» - «POSIBILIDAD DE QUE SE APLACE EL PAGO DE IMPUESTOS PERSONALES») y preguntó cómo era el profesor Pindar cuando estaba en su casa.
—Es un pájaro bastante curioso que se aloja en Wellingtonia House —contestó el señor Hopgood—. Ya sabes, dónde acostumbran vivir los Fennell. Compró la mansión en enero pasado y hace un mes que se ha instalado. Escribe libros o algo por el estilo. Ayer estuve a verlo por si había posibilidad de colocarle algo. Oí decir que estaba retirado. Pensé que podría interesarle una caja de Sparkling Pompayne u otra bebida suave o similar. Estuvo muy descortés conmigo. Lo llamó un veneno para el aparato digestivo y recitó un trozo de verso acerca de unas «aguas ventosas». No esperaba oír palabras tan enérgicas en boca de un viejo caballero de apariencia tan intelectual como la suya. Me disculpé por haberle molestado, desde luego, y me dije: «Aquí es donde el joven Monty encaja con sus vinos de marca». Y pensé que te lo aconsejaría, eso es todo; pero desde luego, haz lo que te parezca.
El señor Egg dio las gracias al señor Hopgood y estuvo de acuerdo en que el profesor Pindar ofrecía buenas perspectivas.
—¿Es difícil llegar hasta él? —preguntó.
—No, pero tienes que anunciar cuál es el objeto de tu visita —dijo el señor Hopgood—. El ama de llaves es una especie de dragón. De nada sirve ir con el viejo cuento de que te envía su querido amigo señor tal o cual, porque en primer lugar él no tiene aquí ningún amigo y en segundo, porque se sabe el truco de memoria.
—En tal caso… —empezó el señor Egg, pero viendo que el señor Hopgood no pareció darse cuenta de que había dicho algo extraño, pensó que no valía la pena empezar una discusión, especialmente cuando el tiempo transcurría y todavía tenía que leer lo del matrimonio de la actriz cinematográfica y lo del incendio de la casa de campo. Concentró su atención en el diario, descubrió que el idilio era el quinto matrimonio de la dama, y que se creía que el fuego tenía por objeto cobrar un sustancioso seguro; comprobó que la persona detenida el día antes en Constantinopla, no era, después de todo, el elusivo director de las Industrias Mammoth, Ltd., y que la esperanza de un aplazamiento en el pago de los impuestos no pasaba de ser un sueño agradable del corresponsal del Daily Trumpet. A continuación se enfrascó en un jugoso editorial titulado: «¿Pueden ser buenos cristianos los viajantes de comercio?, por Uno de Ellos». El tema le interesó mucho, no tanto porque tuviese dudas acerca de la moralidad comercial como porque le parecía adivinar quién era el autor del mismo.
Sin embargo, antes de que transcurriera mucho rato, su propia conciencia comercial le recordó que estaba desperdiciando el tiempo de sus patronos, y salió para investigar una queja del propietario de la Campana acerca de que la última caja de Jerez Seco Superior de Plummett and Rose no estaba a la altura de la muestra, debido a supuestas deficiencias del envase.
Una vez solucionado aquel asuntillo desagradable y descubierto que todo estribaba en que el propietario había colocado inadvertidamente las botellas demasiado cercanas a una nueva tubería para la calefacción, el señor Egg preguntó la dirección de Wellingtonia House.
—Está a unos ocho kilómetros de la ciudad —dijo el posadero—. Coja la carretera de Great Windings, doble a la izquierda a la altura de la torre que llaman la Locura de Grabb, y una vez haya pasado el viejo molino, la encontrará siguiendo el camino de la derecha. Es una casa muy grande con una cerca de ladrillo, muy elevada. Está en un lugar muy bajo y en mi opinión demasiado húmedo. No me gustaría vivir allí. Si lo que usted desea es tranquilidad y silencio, está muy bien, pero yo prefiero un poco de animación. Lo mismo les ocurre a las mujeres. Pero ese viejo no está casado, de modo que supongo que se encontrará a gusto. Vive solo allí con un ama de llaves, un criado para todo y unos cincuenta millones de toneladas de libros. Lamenté enterarme que había comprado la casa. Lo que nos convenía era una familia con dinero que contribuyese a incrementar nuestros negocios.
—Así, pues, ¿no es un hombre rico? —preguntó el señor Egg, sustituyendo mentalmente con un producto más barato el Cockburn 1896 (un magnífico vino de marca que lleva treinta y cinco años embotellado) con el que esperaba haber tentado al profesor.
—Tal vez lo sea —contestó el posadero—; supongo incluso que debe serlo puesto que ha comprado una mansión. ¿Pero de qué sirve si no gasta ni un céntimo? Nunca va a ningún sitio. No se divierte. Por lo que me dicen, es una especie de viejo chiflado.
—¿Ni siquiera come carne? —preguntó el señor Egg.
—Oh, sí —dijo el posadero—, y sólo los pedazos más escogidos. ¿Pero qué representa un bistec para un caballero, cuando se piensa en ello? Eso no representa gran diferencia en el negocio semanal.
Sin embargo, el pensamiento del bistec reconfortaba al señor Egg mientras conducía su auto a lo largo de la Locura de Grabb y del viejo molino y cogía el camino retorcido que avanzaba entre setos floridos. La carne asada y el vino iban juntos casi tan frecuentemente como las aceitunas rellenas y el vermouth.
La puerta de Wellingtonia House fue abierta por una mujer de mediana edad tocada con cofia, ante cuya vista el señor Egg descartó instantáneamente los modales que reservaba a los criados y los sustituyó por los que dedicaba a las personas «de alto copete», como él las llamaba. Una dama de la anteguerra en un trabajo de la post-guerra —decidió. Le ofreció su tarjeta y expuso francamente el objeto de su visita.
—Bueno —dijo el ama de llaves. Miró escrutadoramente al señor Egg, de pies a cabeza—. El profesor Pindar es una persona muy ocupada, pero es posible que desee recibirle. Es muy meticuloso respecto a los vinos, en especial con el Oporto.
—El Oporto, señora —replicó el señor Egg—, es una de nuestras mejores especialidades.
—¿Verdadero Oporto? —preguntó el ama de llaves, sonriendo.
El señor Egg se sintió ofendido, aunque procuró no demostrarlo. Mencionó varios de los productos más escogidos de Plummett and Rose y mostró una lista:
—Entre —dijo el ama de llaves—. Le pasaré una lista al profesor Pindar. Tal vez desee recibirlo personalmente, aunque no se lo puedo prometer. Está muy atareado con su libro y no le interesa perder el tiempo.
—Ciertamente que no, señora —dijo el señor Egg, entrando y limpiándose cuidadosamente los pies en el felpudo.
Estaban perfectamente limpios, pero aquel ritual formaba parte de sus costumbres, como prescribía el Manual del vendedor. («Se limpio y cortés; quítate el sombrero. Y límpiate los zapatos en la estera: tales pruebas de educación te harán atrayente entre las damas»).
—En mi opinión —agregó, mientras seguía al ama de llaves a través de un bonito recibidor y por un pasillo cubierto con una gruesa alfombra—, se pierden más ventas por ser demasiado persistente que por serlo demasiado poco. Hay un pequeño verso, señora, que siempre trato de tener presente: «No te quedes demasiado rato; la cliente tiene otras cosas que hacer que sentarse a escucharte; y si a causa de locuacidad se le quema la comida, no lo olvidará fácilmente y eso en nada te favorecerá». Me limitaré a enseñarle mi lista al profesor y si no está interesado, le prometo que me iré en seguida.
El ama de llaves rió.
—Es usted más razonable que la mayoría de los vendedores —dijo, y le hizo pasar a una gran pieza llena de librerías que alcanzaban hasta el techo—. Aguarde un momento y veré lo que dice el profesor Pindar.
Estuvo ausente bastante rato. El señor Egg se dedicó a contemplar con temor y con cierto asombro los montones de erudición que le rodeaban; se fue poniendo nervioso. Anduvo por la biblioteca, tratando de averiguar por los títulos de los libros a qué rama de la ciencia se dedicaba el profesor Pindar. Sin embargo, sus conocimientos parecían abarcar un campo ilimitado, pues los libros trataban de muchísimos temas. Uno de ellos, grueso, encuadernado en piel, en medio de una larga hilera de volúmenes gruesos encuadernados en piel, atrajo la atención del señor Egg. Era un tratado del siglo XVIII acerca de la destilación y de la fabricación de cerveza. Extendió cautelosamente un dedo para sacarlo del estante. Sin embargo, estaba demasiado aprisionado entre una colección de folletos atados con un cordel y una obra de Ben Jonson para salir fácilmente, por lo que abandonó su intento. La curiosidad le hizo acercarse de puntillas a la enorme mesa cubierta de manuscritos y legajos. Allí obtuvo más información. En el centro, cerca de la máquina de escribir, había un montón de cuartillas llenas de anotaciones y de varios fragmentos que al señor Egg le parecieron de griego, aunque, desde luego, también podría tratarse de ruso o árabe o cualquier otro idioma con un alfabeto extraño. La cuartilla que había sobre la carpeta no estaba completamente escrita, y terminaba con estas palabras: «Esta era la opinión de San Agustín, aunque Clemente de Alejandría declara específicamente…». Aquí finalizaba la frase, como si el escritor se hubiese detenido para consultar algún documento. El libro abierto que había junto a la cuartilla no era, sin embargo, de San Agustín ni de Clemente de Alejandría, sino de Origen. A su lado había una cajita metálica con una cerradura de combinación. El señor Egg supuso que contendría algún valioso manuscrito.
El rumor de una mano que se apoyaba en el pomo de una puerta le hizo alejarse furtivamente de la mesa. Cuando se abrió la puerta, estaba contemplando abstraídamente un estante lleno de enormes volúmenes que iban desde las obras de Aristóteles hasta una biografía de la reina Isabel.
El profesor Pindar era un anciano caballero muy encorvado y vacilante y la persona más hirsuta sobre la que había puesto los ojos el señor Egg. Su barba empezaba en les pómulos y ocultaba su pecho hasta la altura del penúltimo botón del chaleco. Sobre unos ojos grises muy agudos, enormes cejas colgaban como verdaderas persianas. Debajo de una boina negra crecía una vigorosa mata de cabello gris que casi le ocultaba el cuello. Vestía una americana de terciopelo negro, bastante deslucida, pantalones grises que habían olvidado la última vez que se los había planchado y un par de zapatillas sobre las que caían arrugados un par de calcetines grises de lana. Su rostro (o lo que podía verse de él) era delgado y hablaba con un curioso sonido silbante debido a una dentadura que encajaba pésimamente.
—De modo que usted es el joven que vende vino, ¿eh? —dijo el profesor—. Siéntese —señaló con un ademán una silla que quedaba a cierta distancia, se colocó detrás del escritorio y se acomodó en una butaca—. Me ha traído usted una lista… ¿Dónde la habré metido? Ah… ¡Sí! Aquí está. Veamos —se rebuscó en los bolsillos hasta encontrar unas antiparras—. Ah, sí. Muy interesante. ¿Cómo se le ha ocurrido la idea de visitarme?
El señor Egg dijo que se lo había aconsejado el representante de la casa Brotherhood.
—Se me ocurrió, señor, que si desaprobaba usted las bebidas suaves, tal vez apreciaría algo más… digamos consistente —agregó ingenuamente.
—¿Conque sí, eh? —dijo el profesor—. Es usted muy astuto. Muy listo. Tiene usted varias bebidas muy buenas. —Señaló la lista—. Aunque yo no creo en los tratantes de vinos de calidad que andan persiguiendo a los clientes, ¿sabe?
El señor Egg explicó que los imperativos de la competencia habían forzado a la firma Plummett and Rose a adoptar aquel método indudablemente moderno.
—Pero, desde luego, señor —agregó—, hacemos uso de nuestro discernimiento. Nunca se me ocurriría mostrarle a un caballero como usted las listas que presentamos a los bares.
—¡Hum! —dijo el profesor Pindar—. Bueno…
Inició una discusión acerca de las listas de vinos; se demostró notablemente enterado para un anciano intelectual cuya atención se concentraba en los Padres de la Iglesia.
—Estaba pensando —dijo—, en crear una pequeña bodega, aunque para ello tendría que instalar varias estanterías, pues los antiguos propietarios habían dejado en completo abandono aquella parte de la casa.
El señor Egg aventuró algunas observaciones ingeniosas y finalmente consiguió un pequeño, pero sustancioso pedido, que debía ser entregado al cabo de un mes, cuando la reparación de la bodega hubiese tenido lugar.
—¿Piensa usted quedarse permanentemente en esta región, señor? —se atrevió a preguntar mientras se levantaba para despedirse.
—Sí. ¿Por qué no? —contestó el profesor.
—Me alegro mucho de ello, señor —dijo Monty—. Siempre me alegro cuando consigo un buen cliente, ¿sabe?
—Sí, desde luego —replicó el profesor Pindar—. Naturalmente. Espero quedarme aquí hasta que haya terminado mi libro. Puede llevarme años. Historia de la Primitiva Iglesia Cristiana. —Al llegar aquí sus dientes produjeron un chasquido tan alarmante al saltar de las mandíbulas, que el señor Egg, instintivamente, adelantó las manos como para cogerlos y se preguntó por qué motivo el profesor tenía que haberse dedicado a un tema de tan difícil pronunciación.
—Pero eso no significa gran cosa para usted, ¿eh? —concluyó el profesor mientras abría la puerta.
—Nada, lamento decirlo, señor —contestó el señor Egg, quien sabía mantener su postura entre un pretendido interés y una confesión de ignorancia—. Como el Cisne de Avon, si me permite decirlo, sé muy poco latín y todavía menos griego, y me temo que éste sea el único parecido que haya entre los dos.
El profesor rió peligrosamente y a la carcajada siguió un terrorífico chasquido de su dentadura.
—¡Señora Tabbitt! —llamó—. Acompañe a este caballero.
El ama de llaves compareció y se hizo cargo del señor Egg, quien se marchó después de expresar cortésmente su agradecimiento por los favores recibidos.
—Bueno —se dijo Montague Egg—, esto es un verdadero rompecabezas. De todos modos, no es asunto que me concierna y no quiero cometer una equivocación. No sé a quién podría preguntar. Un momento. El señor Griffiths… Este es mi hombre. Él lo sabrá en un momento.
Aquel mismo día regresó a Londres. Se ocupó de sus asuntos comerciales y luego, tan pronto como estuvo listo, se dirigió a visitar a un estupendo cliente y amigo suyo, principal propietario de la extremadamente respetable firma de publicaciones Griffiths and Seabright. El señor Griffiths escuchó su relato con gran interés.
—¿Pindar? —dijo—. Nunca he oído hablar de él. ¿Los primeros Padres de la Iglesia? ¿eh? Bueno, el doctor Abcock es la persona más adecuada para ello. Le telefonearemos. ¿Oiga? ¿El doctor Abcock? Lamento molestarle, doctor, pero, ¿ha oído usted hablar de un profesor Pindar que escribe sobre los mismos temas que usted? ¿No? No lo sé. Espere un momento.
Cogió varios gruesos volúmenes y los consultó.
—No parece tener ningún profesorado inglés o escocés —observó a continuación—. Desde luego, podría ser extranjero o norteamericano… ¿Hablaba con algún acento especial, Egg? ¿No? Bueno. Eso no prueba nada, evidentemente. Cualquiera puede obtener el título de profesor de una de esas curiosas universidades norteamericanas. Bueno, no importa, doctor, no se preocupe. Sí, un libro. Me hubiese gustado esclarecer este asunto. Ya le informaré si me entero de algo.
Se volvió hacia Monty.
—Por este lado no hemos averiguado nada bien definido —dijo—, pero voy a explicarle lo que haré. Voy a visitar a ese, hombre… O quizá sea mejor que le escriba. Le diré que he oído hablar de su trabajo y que me gustaría hacerle una oferta para su publicación. Tal vez así obtendremos algún resultado. Está usted muy intrigado, ¿verdad, Egg? Antes de irse, bébase una copa de su propia mercancía.
Transcurrió algún tiempo antes que el señor Egg tuviese nuevas noticias del señor Griffiths. Luego le fue enviada una carta a York, a donde le habían conducido sus viajes.
«Querido Egg:
»Escribí a su profesor y después de bastante insistencia conseguí una contestación y la copia mecanografiada de un capítulo de su libro. No cabe la menor duda acerca de la calidad de la obra. En su clase, es de primera categoría. En ciertos aspectos es un poco ortodoxo, pero atiborrado de erudición. Sin embargo, su carta era bastante evasiva. No dice donde ha obtenido su título de profesor. Posiblemente él mismo se ha adjudicado el nombramiento «honoris causa». Pero el libro es tan condenadamente bueno que voy a pujar fuertemente para conseguirlo para G. and S. Le escribo al misterioso profesor para concertar una cita y ya le contaré el resultado de mi gestión».
La siguiente misiva le llegó al señor Egg mientras se encontraba en Lincoln.
«Querido Egg:
»Cada vez me siento más curioso. El profesor Pindar se niega rotundamente a verme o a discutir conmigo acerca de su libro, aunque está dispuesto a tomar en consideración una oferta. Abcock está poniéndose nervioso con este asunto y ha escrito para obtener más información acerca de diversos puntos discutibles. No podemos entender cómo un hombre tan erudito y hábil ha podido permanecer durante tanto tiempo desconocido para los expertos en ese tema. Creo que lo que debemos hacer es recurrir al viejo doctor Wilverton, quien lo sabe todo acerca de todo el mundo; pero es tan excéntrico que es bastante difícil sacarle algo en concreto. Pero puede usted estar seguro de una cosa: el hombre que ha escrito ese libro es un sabio de tomo y lomo, de modo que sus dudas al respecto no pueden tener fundamento. Pero le estoy inmensamente agradecido por haberme hecho conocer la existencia del profesor Pindar, quien quiera que sea. Su obra armará mucho ruido en el limitado mundo del intelecto».
El señor Egg había regresado ya a Londres cuando volvió a tener noticias del señor Griffiths. Entonces recibió una llamada telefónica, en la que se le pedía en tono excitado que acudiera a encontrarse con el famoso y excéntrico doctor Lovell Wilverton en casa del señor Griffiths, Cuando llegó allí encontró al editor y al doctor Abcock sentados ante el hogar, mientras un extraño hombrecillo con un traje deslucido y unas gafas con montura de acero andaba irritadamente de un lado a otro de la pieza.
—Es inútil —exclamó el doctor Wilverton—, es inútil decírmelo. Lo sé. Les aseguro que lo sé. Los puntos de vista expresados, el estilo, el… todo señala en la misma dirección. Además, les aseguro que ya había visto antes ese párrafo sobre Clemente de Alejandría. ¡Pobre Donne! Era un magnífico alumno… el más prometedor de los alumnos que he tenido. Una vez fui a verlo a aquella horrible choza de las marismas de Essex donde se había retirado después del… del colapso, y fue entonces cuando me enseñó eso. ¿Equivocado? Desde luego que no estoy equivocado. Nunca estoy equivocado. No puedo estarlo. A menudo me he preguntado desde entonces a dónde habrá ido a parar el manuscrito. Si yo hubiese estado en Inglaterra cuando ocurrió, ya me habría cuidado de obtenerlo. Supongo que se vendió con el resto de sus pertenencias, para pagar sus deudas.
—Aguarde un momento, Wilverton —dijo suavemente el doctor Abcock—. Va usted tan de prisa que no podemos seguirlo. Dice usted que esta Historia de la Primitiva Iglesia Cristiana fue escrita por un joven llamado Roger Donne, un alumno suyo, quien desdichadamente se dio a la bebida y que se retiró a vivir en la indigencia a una choza de las marismas de Essex. Ahora comparece de nuevo este libro, escrito a máquina, útil que dice usted que Donne nunca había usado, haciéndolo pasar como el trabajo de un viejo que dice llamarse profesor Pindar, de Wellingtonia House, en Somerset. ¿Sugiere usted que Pindar robó el manuscrito o se lo compró a Donne? ¿O que se trata del propio Donne disfrazado?
—Desde luego que no es Donne —dijo el doctor Wilverton, enfurecido—. Ya se lo he dicho, ¿no es cierto? Donne falleció. Murió el último de los años que pasó en Siria. Supongo que este viejo impostor habrá comprado el manuscrito en una subasta.
El señor Egg se frotó suavemente el muslo con la palma de la mano.
—Caramba, desde luego, señor —dijo—. La pequeña caja metálica que vi sobre la mesa. Tal vez contuviera el manuscrito original y el viejo profesor se limite a ir copiándolo con su máquina de escribir.
—Pero, ¿por qué? —preguntó el señor Griffiths—. Es un libro notable, pero no como para sacarle mucho dinero.
—No —convino Monty—. Pero sería una prueba endiabladamente buena de que el profesor era en realidad lo que pretende ser. Supóngase que la policía realiza investigaciones; allí está el profesor y allí está el libro y cualquier experto a quien se lo enseñen (a menos que tengan la fortuna de dirigirse al doctor Lovell Wilverton, desde luego) lo reconocerá inmediatamente como la obra de un individuo auténticamente veterano en la materia.
—¿Policía? —dijo el doctor Abcock, intrigado—. ¿Por qué la policía? ¿Quién supone usted que es Pindar en realidad?
El señor Egg sacó del bolsillo un recorte de periódico.
—Este, señor —dijo—. Greenholt, el financiero desaparecido, quien huyó con todo el capital de las industrias Mammoth, Ltd., precisamente una semana antes de que el profesor Pindar fuera a instalarse en Wellingtonia House. He aquí su descripción: sesenta años, ojos grises, dentadura postiza. Añádale una peluca, una americana de terciopelo y una boina y ya tiene usted al profesor Pindar. Desde el principio me pareció que el cabello era algo exagerado. Y aquella señora Tabbitt era una verdadera dama; aquí está la foto de la señora Greenholt. Elimine el maquillaje y péinela con moño y se parecen como dos hermanas gemelas.
—¡Válgame el cielo! —exclamó el señor Griffiths—. Y están registrando toda Europa en busca de ese tipo. Egg, no me sorprendería que estuviera usted en lo cierto. Déme el teléfono. Voy a llamar a Scotland Yard. ¿Oiga? Póngame con Whitehall 1212.
—Parece tener usted espíritu detectivesco, señor Egg —dijo el doctor Lovell Wilverton, a últimas horas de aquella misma noche, cuando les llegó la noticia de la detención de Robert Greenholt en Wellingtonia House—. ¿Le importaría decirme qué fue lo primero que le sugirió tal idea?
—Bueno, señor —contestó modestamente el señor Egg—, no soy una persona inteligente, pero en mi oficio es conveniente saber calibrar rápidamente a las personas con quienes hablamos. Lo primero que me pareció raro fue que este profesor no quisiera recibir a mi amigo Hopgood de la casa Brotherhood, Ltd., hasta que supo a lo que venía; y luego, cuando le recibió, le dijo que no le gustaban las bebidas suaves. Ahora bien, señor, por regla general un caballero muy ocupado no recibe a un viajante de comercio si no está interesado en la mercancía que ofrece. Esta es una de nuestras mayores dificultades. Todo parecía indicar que el profesor deseaba ser visto en su carácter de tal por cuantas más personas mejor, con tal de que no fuera alguien que supiese demasiado acerca de los libros. Luego estaba el carnicero. Suministraba carne de primera calidad que parecía sugerir que era para un caballero con buenos dientes, pero cuando me presenté, encontré a un viejo hirsuto con una dentadura tan mala que dudo que con ella pudiera comer siquiera huevos revueltos. Pero lo que en realidad me preocupó fueron los libros reunidos en aquella biblioteca. Apenas leo, excepto alguna buena novela detectivesca, pero visito a muchos caballeros ilustrados y de cuando en cuando he tenido oportunidad de echar un vistazo a sus bibliotecas, siempre deseoso de aprender un poco más. Pues bien, en aquella biblioteca había tres cosas que nunca había visto en la de un caballero que utilizase sus libros. Primera, todos los volúmenes estaban mezclados, con diferentes asuntos alternándose en un mismo estante, en vez de estar agrupados por materias. Luego, los libros estaban demasiado uniformemente repartidos. Todos los libros grandes por un lado y los pequeños por otro. Y finalmente estaban demasiado apretados en las estanterías. Ningún caballero que ama los libros o necesita consultarlos a menudo los tiene de aquella manera: cuesta enormemente sacarlos y además se estropea la encuadernación. Sé que eso es cierto porque se lo pregunté a un amigo mío que se ocupa de la compra-venta de los libros usados. De modo que ya ve —dijo el señor Egg persuasivamente—. Griego o no griego, no podía creer que aquel caballero leyese alguno de sus libros. Supongo que compraría la biblioteca de alguien o la adquiriría junto con el mobiliario; a menudo lo hacen ciertas personas adineradas.
—¡Dios me valga! —dijo el doctor Lovell Wilverton—, ¿está también Saúl entre los profetas? Parece usted un hombre muy observador, señor Egg.
—Trato de serlo —contestó el aludido—. «Nunca desaproveches la oportunidad de aprender algo nuevo; aumentará tu personalidad y también tus ventas». Encontrará usted esta frase en el Manual del Vendedor. Lo cual es muy cierto, ¿no cree usted, señor?