Stories 93 / Random

Stories by dorothy leigh sayers

el gato de angora (spanish)

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Es usted extraordinariamente amable al venir a verme aquí, Harringay. Créame, le aprecio de veras. No todos los abogados con el trabajo que tiene usted harían tanto por un cliente tan desahuciado como yo. Lo que desearía es poderle contar una historia más verosímil, pero honradamente sólo puedo decirle lo mismo que a Peabody. Desde luego, me doy cuenta de que él no cree una palabra de ello y no se lo reprocho. Cree que podría inventar un relato más plausible y supongo que así es, pero ¿de qué serviría? Es casi seguro que uno termine por caer si insiste en aferrarse a una mentira. Lo que voy a contarle es la pura verdad. Disparé un tiro y sólo uno y fue contra el gato. Es curioso que puedan ahorcar a uno por dispararle a un gato.
Merridew y yo siempre fuimos los mejores amigos; en la escuela, en la universidad y en los negocios. Después de la guerra no nos frecuentamos mucho porque cada uno de nosotros vivía en un extremo del país; pero de vez en cuando nos encontrábamos en Londres y nos escribíamos ocasionalmente, y cada uno de nosotros tenía idea de las andanzas del otro. Hace dos años, me escribió para contarme que iba a casarse. Acababa de cumplir los cuarenta y la novia era quince años más joven; estaba tremendamente enamorado. Me produjo cierto sobresalto… Ya sabe lo que ocurre cuando los amigos de uno se casan. Siente que nunca más volverá a ser como antes; y me había hecho a la idea de que Merridew y yo éramos unos solterones empedernidos. Pero desde luego le felicité y le envié un regalo de boda, y deseé con sinceridad que fuera dichoso. Era evidente que él se sentía extraordinariamente feliz, casi demasiado, pensé, habida cuenta de todo. Exceptuando la diferencia de edades parecía un matrimonio muy adecuado. Me contó que la había conocido en una fiesta religiosa de un pueblo de Norfolk, y que ella no había salido nunca de su pueblo natal. Digo esto en todo el sentido de la palabra: ni siquiera había hecho una visita a la ciudad más cercana. No trato de insinuar que ella no fuera de buena familia. Su padre era un individuo extraño que vivía recluido en medio de la más absoluta pobreza. Murió poco después de la boda.
No supe nada de ellos durante el primer año. Como usted sabe, Merridew es ingeniero civil; después de la luna de miel, se llevó a su esposa a Liverpool, donde realiza unos trabajos relacionados con el puerto. Debe haber sido un gran cambio para ella, procedente de la vida rústica de Norfolk. Yo estaba en Birmingham, trabajando de firme y sólo nos dirigíamos ocasionalmente alguna carta. Las suyas eran lo que sólo puedo describir como deliberadamente felices, en especial al principio. Más tarde, parecía algo preocupado sobre la salud de su esposa. Se mostraba intranquila; la vida en la ciudad no le sentaba bien; se alegraría de terminar su tarea en Liverpool y poder llevársela al campo. No había ninguna duda acerca de la felicidad de los dos, entiéndalo; ella se lo había captado en cuerpo y alma y por lo que yo sé, a él le sucedía lo mismo. Quiero dejar esto perfectamente sentado.
—Bueno, para abreviar, Merridew me escribió a principios del mes pasado y dijo que iba a emprender un nuevo trabajo, un embalse en Somerset; y me preguntaba si podía dejar mis obligaciones y pasar con ellos unas semanas. Deseaba poder charlar conmigo y Felice estaba ansiosa de conocerme. Tenían habitaciones en la posada del pueblo. Era un lugar bastante remoto, pero se podía pescar y cazar y yo podría hacer compañía a Felice mientras él trabajaba en el embalse. Me sentía harto de Birmingham, con su calor y su humedad y me pareció una idea excelente, pues de todas maneras debía hacer mis vacaciones, de forma que le prometí ir. Tenía algunos asuntos que resolver en Londres, que calculé me ocuparían una semana, por lo que dije que llegaría a Little Hexham el 20 de junio.
En la práctica, mis asuntos en Londres terminaron inesperadamente pronto y el 16 me encontré libre por completo y alojado en un hotel bajo cuyas ventanas estaban precisamente actuando unas taladradoras neumáticas y una máquina de hacer mortero. Recordará usted el calor que hizo en junio. Consideré absurdo esperar y envié un telegrama a Merridew, hice mi maleta y cogí el tren hacia Somerset la misma tarde. No pude conseguir un departamento reservado para mí solo, pero encontré un coche fumador de primera clase con sólo tres asientos ocupados. Me instalé gratamente en el cuarto rincón. Había un viejo de aspecto militar, una señora ya mayor con una serie de maletas y cestos, y una muchacha. Pensé que tendría un viaje agradable y tranquilo.
Así hubiese sido si yo fuese diferente y como por desdicha soy. Al principio estaba muy bien…; en realidad, me adormilé un poco y sólo recobré plena conciencia a las siete, cuando compareció el camarero para avisar que iba a servirse la cena. Los otros ocupantes del vagón no fueron a cenar y cuando yo regresé del vagón-restaurante encontré que el viejo se había ido y que sólo quedaban las dos mujeres. Me instalé de nuevo en mi rincón y gradualmente, a medida que avanzaba el tiempo, experimenté la horrible sensación de que en algún lugar del coche había un gato. Soy una de esas desdichadas personas que no pueden soportar los gatos. No quiero decir que prefiera los perros; me refiero a que la presencia de un gato en la misma habitación donde yo estoy me pone enfermo. Es algo relacionado con la electricidad, o así me lo han dicho. He leído que muy a menudo esa repulsión es mutua, pero en mi caso no ocurre así. Las bestias parecen encontrarme abominablemente fascinador; siempre se dirigen como flechas hacia mis piernas. Es una peculiaridad muy curiosa que no contribuye precisamente a hacerme agradable ante las mujeres viejas.
En todo caso, empecé a sentirme más y más inquieto y comprendí que la vieja instalada al otro extremo del asiento debía llevar un gato en alguno de sus innumerables cestos. Pensé en pedirle que lo sacara al corredor o en llamar al inspector para que se lo llevaran, pero me di cuenta de lo tonto que parecería y decidí que trataría de soportarlo. No puedo decir que el animal se comportara inconvenientemente ni nada de eso; ella parecía una anciana muy agradable, no era culpa suya que yo fuese como soy. Traté de distraerme mirando a la joven.
Valía la pena hacerlo: muy esbelta, morena, con uno de esos cutis blancos que le hacen a uno pensar en un capullo de magnolia. Tenía también unos ojos admirables; nunca he visto ojos como los suyos; de un castaño muy pálido, casi ambarino, colocados muy separados y ligeramente oblicuos y parecían tener una especie de luminosidad propia, si entiende lo que quiero decir. No sé si eso tiene sentido; no quiero que usted piense que estaba fascinado. De hecho, ella no ejercía ninguna fascinación sobre mí, aunque puedo imaginar que otros hombres podrían enloquecer por sus encantos. Para mí no era más que original, eso es todo. Pero por mucho que me esforzara en otras cosas, no conseguí librarme de aquel sentimiento de incomodidad y finalmente, me rendí y salí al corredor. Menciono esto porque le ayudará a usted a comprender la continuación del relato. Si puede hacerse cargo de lo molesto que me siento cuando hay un gato a mi alrededor —incluso aunque esté encerrado en un cesto— comprenderá usted mejor por qué llegué a comprar el revólver.
—Bueno, llegamos al empalme de Hexham y allí estaba el viejo Merridew esperándome en el andén. La muchacha también se apeó, pero no la vieja con el gato, a Dios gracias; estaba bajándole los bultos cuando él llegó corriendo y nos saludó.
—¡Hola! —dijo—. ¡Pero si es espléndido! ¿Os habéis presentado vosotros mismos?
De modo que entonces comprendí que la muchacha era la señora Merridew que había ido a Londres de compras. Yo le expliqué mi cambio de planes y ella dijo lo magnífico que era que hubiese podido venir; en fin, los cumplidos de costumbre. Me di cuenta del atractivo de su voz grave y de lo gracioso de sus movimientos, y comprendí —aunque, fíjese bien, no compartí— el enamoramiento de Merridew.
Subimos a su automóvil. La señora Merridew se instaló en el asiento posterior y yo me puse al lado de Merridew y me alegré mucho de sentir el aire y de librarme de la tensión nerviosa que me había invadido en el tren. Me explicó que el lugar les encantaba y que había dado a Felice una nueva alegría de vivir, por decirlo así. Dijo que a él también le sentaba magníficamente, pero a mí me dio la impresión de que parecía algo fatigado y nervioso.
Le hubiese gustado aquella posada, Harringay. Era real y verdaderamente antigua, no como esas antigüedades de Tottenham Court Road a las que usted es tan aficionado. Todos habíamos tomado nuestra pitanza y la señora Merridew dijo que estaba cansada, de modo que se fue pronto a la cama y Merridew y yo bebimos un trago y salimos a dar una vuelta por el pueblo. Es un hermoso villorrio perdido en medio de la campiña; a las diez están apagadas todas las luces; pequeñas casitas de tejados inclinados en cuyo centro destacaban las ventanas de los áticos. La brigada de Merridew no dormía allí, desde luego; habían edificado barracas para ellos junto al embalse, a un par de kilómetros de distancia.
El posadero estaba cerrando el bar cuando llegamos nosotros; era un hombre muy corpulento de rostro absolutamente sin expresión. Su esposa era delgada de cabello color de arena; tenía el aspecto de estar demasiado derrengada incluso para abrir la boca. Pero más tarde descubrí que aquello era un error, porque una noche, cuando él había bebido un par de tragos de más y mostró síntomas de querer proseguir la juerga, su esposa lo envió escaleras arriba con un ademán y una mirada que le paralizó el corazón. Aquella primera noche ella estaba sentada en el porche y apenas nos miró cuando pasamos a su lado. Siempre la encontré desagradable, pero ciertamente mantenía su casa exquisitamente limpia y ordenada.
Me habían dado un amplio dormitorio, bajo el tejado, con una ventana larga y de poca altura que dominaba el jardín. Las sábanas olían a espliego y me encontré entre ellas y dormido casi antes de que usted tuviera tiempo de contar hasta diez. La verdad era que estaba cansado. Pero más avanzada la noche me desperté. Sentía demasiado calor, por lo que me quité una manta y me acerqué a la ventana para respirar una bocanada de aire fresco. El jardín estaba bañado por la luz de la luna y sobre el césped distinguí algo que se retorcía y daba vueltas extrañamente. Tuve que fijarme un rato antes de descubrir que se trataba de dos gatos. A aquella distancia no me molestaban y permanecí contemplándolos durante unos minutos antes de volverme a la cama. Se revolcaban mutuamente, pegaban brincos y perseguían sus propias sombras, embargados en sus misteriosos juegos, que se tomaban muy en serio, como acostumbran a hacer los gatos. Parecía una especie de danza ritual. Luego, algo pareció asustarlos y desaparecieron.
Regresé a mi lecho, pero no conseguí dormirme. Tenía los nervios de punta. Yacía contemplando la ventana y escuchando una especie de roce suave que tenía lugar en el frondoso árbol que se elevaba en aquel lado de la casa. Y luego algo aterrizó en el alféizar con un sordo impacto; un gran gato de Angora.
¿Cómo dice? Sí, uno de esos felinos grises y blancos con el pelo muy largo. Nunca había visto un monstruo semejante. Permaneció con la cabeza inclinada contemplando la habitación y frotándose las orejas con mucha suavidad contra la ventana.
Naturalmente, no pude soportar aquello. Ahuyenté al bruto, que se alejó silenciosamente. Con calor o sin él, cerré y aseguré la ventana. Lejos, entre los arbustos, me pareció oír un débil maullido; luego silencio. Después de aquello me dormí en seguida y yací como un tronco hasta que la chica vino a despertarme.
Al siguiente día, Merridew nos llevó en su coche al lugar donde construían la presa. Entonces me di cuenta por primera vez de que el desarreglo nervioso de Felice no estaba curado por completo. Merridew nos enseñó el lugar en que habían desviado parte del río en una corriente pequeña y rápida que había de usarse para accionar la dínamo de una central eléctrica. Había un par de tablones que cruzaban el riachuelo y él deseó hacérnoslo atravesar para enseñarnos el motor. No era un paso extraordinariamente largo ni peligroso, pero la señora Merridew se negó categóricamente a cruzarlo y casi le dio un ataque de histerismo cuando él trató de insistir. Por fin, él y yo cruzamos e inspeccionamos la maquinaria. Cuando regresamos ella había recobrado su buen humor y se disculpó por ser tan tonta. Merridew se humilló, desde luego, y yo empecé a sentirme un poco de trop. Ella me explicó más adelante que una vez, cuando niña, había caído en un río y estuvo a punto de ahogarse, lo que le había dejado una especie de… de complejo contra el agua corriente. A excepción de este episodio insignificante, en todo el tiempo que estuve allí no oí una palabra fuera de tono entre ellos; ni durante una semana entera, me di cuenta de nada más que sugiriera una falla en la radiante salud de la señora Merridew. Por el contrario, a medida que se aproximaba la canícula y el calor se hacía más intenso, todo el cuerpo de ella parecía resplandecer vitalidad. Era como si estuviese encendida interiormente.
Merridew se pasaba fuera todo el día trabajando de firme. Me pareció que presentaba síntomas de agotamiento y le pregunté si dormía mal. Me dijo que, por el contrario, se quedaba dormido cada noche así que su cabeza se apoyaba en la almohada y —lo que era muy extraño en él— no soñaba en absoluto. Yo me sentía bastante bien, pero el calor me ponía lánguido y reacio a cualquier ejercicio. La señora Merridew me llevaba a dar grandes paseos en el coche. Podía permanecer horas enteras, medio adormilado por la corriente de aire cálido, y el ronroneo del motor, contemplando a mi conductora, erguida tras el volante, con los ojos fijos en la tortuosa carretera. Exploramos toda la región del sur y el este de Little Hexham y una o dos veces, nos alejamos hacia el norte hasta llegar a Bath. Una vez sugerí que podríamos torcer hacia el este por un puente y penetrar en lo que parecía un hermoso bosque, pero la señora Merridew no estuvo de acuerdo, dijo que la carretera era mala y que el paisaje de aquel lado era decepcionante.
En conjunto, pasé una agradable semana en Little Hexham y a no ser por los gatos me habría sentido perfectamente a gusto. Todas las noches el jardín parecía frecuentado por ellos; el gato de Angora que había visto durante mi primera noche, uno pequeño rubio y un horrible gatazo negro eran especialmente molestos. Una noche hubo un aterrorizado gatito blanco, que maulló durante más de una hora bajo mi ventana. Lancé zapatos y libros a mis visitantes hasta que terminé las existencias, pero ellos parecían determinados a convertir el jardín de la pesada en un lugar de cita. El alboroto se hacía mayor a cada noche que pasaba; en una ocasión conté quince, sentados en semicírculo, mientras el gato de Angora danzaba su baile de las sombras en el centro del grupo. Tenía que mantener cerrada la ventana porque el gato de Angora estaba evidentemente acostumbrado a trepar por el árbol que casi la rozaba. Y la puerta también; porque una vez en que descendí a buscar algo en la sala de estar, lo encontré en mi cama, haciendo uñas en la colcha, con los ojos cerrados en éxtasis sensual. Le expulsé violentamente y él me lanzó un bufido al huir por el oscuro pasillo.
Hablé de ello a la patrona, pero ésta contestó bastante secamente que en la posada no había gatos. Es cierto que durante el día nunca vi a una sola de aquellas bestias; pero una tarde, cuando ya anochecía, me encontré con el posadero en uno de los cobertizos exteriores. Tenía el gato rubio encaramado en un hombro y lo estaba alimentando con algo que parecía despojos de hígado. Le reconvine por aquella acción que atraería los gatos hacia la casa y le pregunté si podría tener otra habitación distinta, explicándole qué los conciertos gatunos de cada noche me molestaban. Entreabrió sus ojos inexpresivos y murmuró que se lo diría a su esposa; pero nada se hizo y en realidad creo que no había otro dormitorio en la casa.
Y el tiempo seguía haciéndose más caluroso y pesado; debía estarse fraguando una tormenta. El cielo tenía tonalidades de bronce y la tierra de hierro; el aire resplandecía sobre ella de tal modo que me dolían los ojos al mirarla.
Está bien, Harringay… trataré de limitarme a los hechos y conste que no le oculto nada. Afirmo que mis relaciones con la señora Merridew eran perfectamente normales. Desde luego, la veía muy a menudo porque cómo ya he explicado, Merridew estaba fuera todo el día. Por la mañana íbamos con él al embalse y regresábamos eh el coche; naturalmente, teníamos que distraernos mutuamente lo mejor posible hasta la tarde. Ella parecía muy complacida con mi compañía y a mí no me desagradaba. No puedo decirle de qué hablábamos… de nada en particular. No era una mujer habladora. Podía estarse sentada o tendida bajo el sol, apenas sin abrir la boca, sólo bañando su cuerpo en la luz y el calor. Algunas veces se pasaba toda una tarde jugueteando con una ramita o pon una piedra, mientras yo permanecía sentado, fumando. ¿Sosegada? No. No… yo no la llamaría exactamente una persona sosegada. Al anochecer parecía reanimarse un poco y hablar algo más, pero generalmente se iba temprano a dormir y nos dejaba a Merridew y a mí charlando en el jardín.
¡Oh! Respecto al revólver. Sí. Lo compré en Bath cuando llevaba exactamente una semana en Little Hexham. Llegamos a la ciudad por la mañana y mientras la señora Merridew adquiría diversas cosas para su esposo yo me di una vuelta por las tiendas de objetos de segunda mano. Tenía intención de procurarme una escopeta o un tirador o algo por el estilo, cuando lo vi. Usted lo ha visto ya, desde luego. Es muy pequeño, lo que los novelistas describen como «poco más que un juguete», pero lo suficientemente mortífero. El viejo que me lo vendió no parecía saber gran cosa sobre armas de fuego. Me explicó que lo había tomado en prenda algún tiempo atrás; con él iban diez proyectiles. Contento de realizar aquella venta no habló para nada del permiso de armas; sin duda no quería entorpecer los deseos de un cliente. Le expliqué que sabía manejarlo y mencioné medio bromeando que me proponía ejercitar mi puntería con unos gatos. Aquello pareció espabilarlo un poco. Era un hombrecillo apergaminado con una escasa barba gris y un cuello muy delgado. Me preguntó dónde residía. Le dije que en Little Hexham.
—Mejor será que lleve cuidado, señor —me advirtió—. En ese pueblo tienen en mucha estima a sus gatos y se dice que trae mala suerte matarlos.
Y luego añadió algo que no acabé de entender acerca de una bala de plata. Era un viejo achacoso y parecía sentir ciertos escrúpulos en dejarme llevar el paquete, pero le aseguré que era perfectamente capaz de cuidar de él y de mí mismo. Lo dejé a la puerta de su tienda, mesándose la barba y mirándome con fijeza.
Aquella noche estalló la tormenta. El cielo se había vuelto plomizo antes del anochecer, pero el pesado calor era más sofocante que el brillo del sol. El matrimonio Merridew parecía estar muy nervioso; él se mostraba sombrío y maldecía contra el tiempo y las moscas; ella estaba poseída de una extraña excitación. Las tormentas causan esos efectos en ciertas personas. Yo no estaba mucho mejor y para empeorar las cosas, me sentía como si la casa estuviera llena de gatos. No podía verlos, pero notaba que estaban allí, agazapados debajo de los muebles y andando silenciosamente por los pasillos. Apenas podía permanecer sentado en el salón y me alegré cuando pude escapar hacia mi cuarto. Con gatos o sin ellos, tenía que abrir la ventana. Me senté en el alféizar con la chaqueta del pijama desabrochada, tratando de aspirar una bocanada de aire. Pero aquello parecía el interior de un horno y oscuro como boca de lobo. Apenas si podía distinguir donde terminaban los arbustos y empezaba el césped. Pero podía oír y sentir a los gatos. Se escuchaban ligeros roces entre las hojas del frondoso árbol y hacia las once uno de ellos inició el concierto con un maullido estentóreo y repugnante. Luego se le fueron uniendo uno tras otro… juraría que habían por lo menos cincuenta. Y de repente, me asaltó aquella sensación nerviosa. Se me puso carne de gallina y supe que uno de los gatos se deslizaba en la oscuridad, muy cerca de mí. Miré rápidamente en torno mío y allí estaba el gran gato de Angora; casi tocándome el hombro, con sus ojos brillantes como lamparillas verdes. Grité y lo golpeé, dio un maullido al tiempo que saltaba hacia abajo. Oí el ruido que hacía al chocar contra la grava y los maullidos invadieron todo el jardín con renovados bríos. Y después, en un instante, reinó un completo silencio y a lo lejos se distinguió el resplandor de un relámpago, seguido por otro. A la luz del primero de ellos, vi la verja más distante del jardín ocupada en toda su longitud por gatos. Cuando el segundo relámpago, la verja estaba vacía.
A las dos empezó a llover. Antes de eso, durante tres horas había permanecido sentado allí contemplando los rayos que cruzaban el cielo y regocijándome con el estrépito de los truenos. La tormenta parecía llevarse de mi cuerpo toda la electricidad que lo invadía; sentía ganas de gritar de excitación y alivio. Después cayó la primera gota; luego un aguacero. Finalmente un diluvio. Golpeó el jardín con sonido metálico. El aroma de la tierra mojada ascendió con efluvios intoxicadores. El viento empezó a soplar y lanzó la lluvia contra mi rostro. Al otro extremo del pasillo oí que una ventana era cerrada y asegurada, pero yo me asomé por la mía y dejé que el agua empapara mi cabeza y mis hombros. Los truenos seguían retumbando intermitentemente, pero menos potentes y mucho más alejados, y durante uno de los ocasionales relámpagos vi la cortina de agua que me separaba del jardín.
Fue después de uno de esos relámpagos cuando me di cuenta de que llamaban a mi puerta. La abrí y allí estaba Merridew. Tenía una vela en la mano y su rostro parecía aterrorizado.
—¡Felice! —dijo bruscamente—. Está enferma. No puedo despertarla. Por amor de Dios, ven y ayúdame.
Corrí por el pasillo. En su dormitorio había dos camas: un gran lecho con baldaquino, provisto de cortinas de damasco carmesí y un pequeño catre de campaña, colocado junto a la ventana. Este último estaba vacío, con las sábanas echadas a un lado; era evidente que Merridew acababa de levantarse de él. En el gran lecho yacía la señora Merridew, desnuda, sólo cubierta por una sábana. Estaba boca arriba y su larga cabellera negra formaba dos manchas sobre los hombros. Su rostro aparecía céreo y empequeñecido, como la cara de un cadáver y su pulso, cuando se lo tomé, era tan débil que al principio apenas pude sentirlo. Respiraba lenta y superficialmente y estaba fría. La sacudí, pero no obtuve ninguna respuesta. Levanté sus párpados y noté que las pupilas estaban vueltas hacia arriba; sólo se distinguía la córnea. El contacto de mi dedo sobre el sensible globo ocular no provocó ninguna reacción. Me pregunté inmediatamente si estaría drogada.
Merridew pareció considerar necesario darme alguna explicación. Balbuceaba acerca del calor… ella no podía soportar ni siquiera un camisón de seda… había sugerido que él podía ocupar la otra cama… se había dormido pesadamente… durante toda la tronada. Lo despertó la lluvia que le mojaba el rostro. Se levantó y cerró la ventana. Luego había llamado a Felice para enterarse de si estaba bien… pensó que la tormenta tal vez la hubiese asustado. No obtuvo respuesta. Había encendido una cerilla. Su estado le alarmó… etc., etc.
Le dije que se calmara y que probáramos a ver si frotando las manos y los pies de su esposa podíamos activar la circulación. Yo estaba firmemente convencido de que se encontraba bajo la influencia de alguna droga. Nos pusimos a trabajar, frotándola, pellizcándola y golpeándola con toallas mojadas, y llamándola a gritos junto a la oreja. Era como tocar a una mujer muerta, excepto por el muy ligero, pero perfectamente regular movimiento de su pecho, sobre el cual —con una especie de sorpresa de que pudiese haber alguna mácula en aquella blancura de magnolia— descubrí un gran lunar oscuro, precisamente encima del corazón. Me perturbó porque parecía sugerir una herida y una amenaza. Llevábamos un buen rato dedicados a nuestra labor y el sudor nos invadía ya cuando nos dimos cuenta de que algo ocurría en el exterior de la ventana; un furtivo golpear y rascar contra los vidrios. Cogí la vela y miré afuera.
En el alféizar, estaba el gato de Angora tratando de abrir la ventana con sus uñas. Sus pelos empapados estaban pegados al cuerpo, sus ojos me miraban con fijeza y tenía la boca abierta en señal de protesta. Arañaba furiosamente en su deseo de abrirse camino. Golpeé contra la madera de la ventana y le pegué un grito, pero él se lanzó como un loco contra el cristal. Mientras lo maldecía y me alejaba de la ventana, prorrumpió en un largo maullido de desespero.
Merridew me dijo que trajese la vela y que dejara a la bestia. Regresé junto a la cama, pero los maullidos quejumbrosos se repitieron una y otra vez. Sugería a Merridew que debería despertar al posadero y conseguir botellas de agua caliente y algo de coñac del bar, así como ver si podía enviar recado al médico. Salió a cumplir el encargo y mientras yo seguía con el masaje. Me pareció que su pulso era cada vez más débil. Luego me acordé de repente de que tenía una botellita de coñac en mi maleta. Corrí a buscarla y al hacerlo el gato cesó de repente de maullar.
Al entrar en mi cuarto, el aire que penetraba por la ventana abierta me envolvió agradablemente. Encontré la maleta a oscuras y estaba tanteando entre mis camisas y calcetines en busca del frasco cuando oí un fuerte maullido triunfal; me volví con el tiempo justo de ver al gato de Angora agazapado un instante en el alféizar antes de pegar un salto, pasar corriendo junto a mí y desaparecer por la puerta. Encontré el frasco y regresé apresuradamente con él, en el momento en que Merridew y el posadero subían velozmente la escalera.
Entramos todos juntos en la habitación. Al hacerlo, la señora Merridew se agitó, sentándose y preguntando qué era lo que ocurría.
Nunca me había sentido tan estúpido como en aquel momento.
Al día siguiente el tiempo era más fresco; la tormenta había clarificado el ambiente. No sé lo que Merridew diría a su esposa. Ninguno de nosotros hizo referencia pública al suceso de la noche anterior y según todas las apariencias la señora Merridew gozaba de una magnífica salud y buen humor. Merridew hizo un día de fiesta en su trabajo y nos fuimos juntos a dar un largo paseo en auto y a comer en el campo. Nuestras relaciones no podían ser más cordiales. Pregunte a Merridew él le diría lo mismo. Es imposible que afirme otra cosa. No puedo creer, Harringay, verdaderamente no puedo creer que él pueda imaginar o sospechar de mí… Le aseguro que no hay nada de que sospechar. Nada.
Sí… esta es la fecha importante… el 24 de junio. No puedo explicarle más detalles; no hay nada que decir. Regresamos y cenamos como de costumbre. Estuvimos todo el día juntos hasta la hora de acostarnos, Le doy mi palabra de honor de que aquel día no tuve ninguna conversación privada ni con él ni con ella. Fui el primero en retirarme y oí a los demás subir la escalera una media hora más tarde. Estaban charlando alegremente.
Brillaba la luna. Por una vez, ninguna serenata gatuna vino a molestarme. Ni siquiera me cuidé de cerrar la puerta o la ventana. Antes de henderme puse el revólver en una silla, a mi lado. Sí, estaba cargado. No tenía ningún motivo especial para ponerlo allí, excepto que pensaba darles un buen susto a los gatos si empezaban otra vez con sus juegos.
Estaba desesperadamente cansado y pensé que me dormiría, pero no fue así. Supongo que estaría demasiado fatigado. Yacía en la cama y miraba hacia el exterior. Y luego, a medianoche, oí lo que estaba medio esperando: unos rumores en el árbol y un débil maullido.
Me senté en la cama y cogí el revólver. Oí el ruido que produjo el gato al saltar sobre el alféizar de mi ventana; vi su lomo blanco y gris y la silueta de su cabeza redonda, orejas enhiestas y cola levantada. Apunté con cuidado y disparé; la bestia lanzó un gemido espantoso y saltó a mi cuarto.
Me eché de la cama. El estampido había resonado terriblemente en la casa silenciosa y a lo lejos oí una voz que llamaba. Perseguí al gato ñor el pasillo, revólver en mano, supongo que con la idea de rematarlo. Y luego, a la puerta de la habitación de Merridew, vi a la señora Merridew. Estaba en pie con una mano cogida a cada lado del marco, tambaleándose. Acto seguido cayó a mis pies. Su pecho desnudo estaba manchado de sangre. Y mientras permanecía contemplándola, sin soltar el revólver, Merridew salió y nos encontró de aquella forma.
Bueno, Harringay ese es mi relato, exactamente como lo he contado a Peabody. Me temo que no parezca muy verosímil ante el Tribunal, pero ¿qué puedo decir? El reguero de sangre iba de mi habitación a la de ella; el gato debe haber corrido en aquella dirección; sé que disparé contra el gato. No puedo ofrecer ninguna explicación. No sé quién mató a la señora Merridew ni por qué. No sé qué decir si la gente de la posada afirma que nunca ha visto el gato de Angora; Merridew lo vio la otra noche y sé que no mentirá acerca de ello. Registre la casa, Harringay… eso es lo único que puede hacerse. No deje piedra sobre piedra hasta que encuentre el cadáver del gato de Angora. Mi bala estará en él.