dilema (spanish)
No tengo idea de quién empezó aquella discusión imbécil. Creo que debe haber sido Timpany. En todo caso, es precisamente la clase de asunto frívolo e irritante que Timpany plantearía al final de un largo día de pesca. Cuando hube determinado con el posadero la salida en barca para el día siguiente y regresé al salón-fumador estaban conversando animadamente y habían llegado al problema acerca del chino.
Ya lo conocen ustedes. Si uno pudiese conseguir un millón de libras esterlinas sin ninguna mala consecuencia para sí mismo, simplemente apretando un botón que electrocutaría a un chino desconocido a veinte mil kilómetros de distancia, ¿apretaría uno el botón? Todos parecían tener una opinión sobre el asunto, excepto el desconocido de rostro sombrío que no formaba parte de nuestro grupo.
Se mantenía modestamente oculto tras un libro y yo sentía cierta lástima por él, al verlo acorralado en una esquina por Timpany y su amigo Popper, que son los mayores charlatanes del mundo. El coronel dijo que desde luego él apretaría el botón. Ya había demasiados condenados chinos en la tierra… En realidad, demasiada gente de todas clases.
Y yo dije que la mayoría de la gente haría muchas cosas para obtener un millón de libras.
Y el Padre (como desde luego tenía que hacer) dijo que nada podía justificar el que se arrebatara la vida a un semejante. Y Timpany dijo que pensara en la de buenas obras que podrían hacerse con un millón de libras. Y el viejo Popper afirmó que todo dependía de la personalidad del chino —podría haber seguido viviendo y convertirse en otro Confucio— y desde aquel momento, la conversación derivó hacia problemas aún más tontos, como por ejemplo: si uno pudiese escoger entre salvar a un vagabundo enfermo o al Codex Sinaíticus, ¿por cuál se decidiría?
Timpany dijo que estaba muy bien asegurar que ningún hombre decente vacilaría por un instante (yo fui el estúpido que había admitido aquel sentimiento). ¿No recordamos algo muy parecido que había ocurrido una vez, y el tremendo alboroto que se promovió al respecto? Dijo que se refería a aquel viejo caso de los manuscritos de Davenant-Smith.
El Padre recordó que Davenant-Smith era el hombre que perdió la vida en Bunga-Bunga, mientras buscaba la causa y el tratamiento de la enfermedad del sueño. Era un mártir de la ciencia, si alguna vez ha habido uno.
Timpany estuvo de acuerdo y prosiguió describiendo cómo los documentos de Davenant-Smith, que contenían los valiosos resultados obtenidos, fueron enviados a la viuda. Había un baúl lleno de ellos, aún no clasificados y ni siquiera leídos. La señora Davenant-Smith contrató a un renombrado médico joven para que los preparara para su publicación. Y una noche estalló un incendio en la casa de ella.
Entonces recordé y exclamé:
—Oh, sí; un mayordomo borracho y una lámpara de parafina, ¿verdad?
Timpany asintió con la cabeza. Todo había sucedido a medianoche: una casa de madera, escasez de agua y el cuartelillo de bomberos a muchos kilómetros de distancia. Para abreviar, el médico había tenido que escoger entre salvar los documentos o el pellejo repleto de alcohol del viejo mayordomo. Había sacado los papeles primero y cuando regresó en busca del mayordomo, se desplomó el techo y no pudo llegar hasta él.
Oí que el Padre murmuraba «horrible» y me di cuenta de que aunque el desconocido del rincón hizo como que volvía la página de su libro, mantenía sus melancólicos ojos oscuros fijos en Timpany.
—Todo eso se supo en el sumario judicial —prosiguió Timpany—. El médico se llevó una buena reprimenda. Explicó que creía que aquellos manuscritos eran de un valor inmenso para la humanidad, en tanto que no sabía de nada especialmente bueno con relación al mayordomo.
El coroner le sermoneó severamente y a no ser por el hecho de que el incendio estalló en el dormitorio del mayordomo, tal vez se hubiese visto en una situación muy desagradable. Tal como ocurrieron las cosas, el jurado decidió que el mayordomo habría probablemente muerto asfixiado mucho antes de que se diera la alarma.
Pero eso fue el fin del médico, desde luego. Nadie querría acudir a un doctor que tenía puntos de vista tan materialistas respecto a la vida humana y consideraba a unos pocos miles de negros enfermos en la selva más importantes que un mayordomo entre sus manos. No sé lo que le ocurrió al pobre diablo. Tengo entendido que cambió de nombre y se fue a ultramar. En todo caso, alguna otra persona se ocupó de poner en claro los manuscritos, que forman, como probablemente sabrán ustedes, la base de nuestros métodos modernos con relación a la cura de las enfermedades del sueño. Supongo que el tratamiento Davenant-Smith debe haber salvado innumerables vidas. Ahora, Padre, dígame: ¿ese médico era un mártir o un asesino?
—Dios sabe —dijo el Padre—. Pero creo que, en su lugar, yo hubiese tratado de salvar al mayordomo.
—¡Uf! —dijo el coronel—. Eso es condenadamente absurdo. La muerte de un viejo borracho no representa ninguna pérdida. Aún quedan demasiados… que ninguna utilidad representan. Pero pese a todo, es condenadamente desagradable dejar que un hombre se queme hasta morir.
—La enfermedad del sueño también es muy desagradable —intervino el desconocido—. La he visto muy a menudo.
—¿Y cuál es su opinión, señor? —preguntó el Padre.
—Que aquel doctor era un tonto —contestó el desconocido con énfasis amargo—. Hubiese debido saber que el mundo se rige por sentimentalismos. Merecía lo que le ocurrió.
El viejo Popper se volvió y observó al desconocido con ojos inquisitivos.
—Los términos de ese problema eran relativamente sencillos —observó—. Los documentos eran indudablemente valiosos y el mayordomo indudablemente inútil. Ahora puedo hablarles de un problema que verdaderamente lo era. Es una cosa que me ocurrió realmente… hace años, muchos años. E incluso ahora, especialmente ahora, todavía me dan escalofríos cuando pienso en ello.
El coronel gruñó y Timpany dijo:
—Adelante, Popper; cuéntanos la historia.
—No sé si puedo hacerlo —dijo Popper—. He tratado de olvidarla. Nunca la he mencionado desde el día que ocurrió hasta ahora. No creo…
—Tal vez si nos la contara representaría un alivio para su espíritu —insinuó el Padre.
—Lo dudo bastante —dijo Popper—. Desde luego, sé que puedo confiar en la comprensión de ustedes. Pero quizá sea eso lo peor de todo.
Protestamos amistosamente y el desconocido dijo con un extraño tono de ansiedad en su voz:
—Me gustaría mucho enterarme de la experiencia que ha vivido usted.
El viejo Popper volvió a mirarlo. Luego llamó al camarero y ordenó un whisky doble.
—Muy bien —dijo cuando lo tuvo delante—, voy a contárselo. No citaré nombres, pero posiblemente recordarán ustedes el caso. Ocurrió cuando yo era muy joven y trabajaba como pasante en el despacho de un abogado. Se nos encargó la defensa de cierto hombre, un viajante de comercio, acusado de haber matado a una muchacha. Las pruebas contra él parecían formidables, pero nosotros estábamos convencidos, por su modo de comportarse, de que era inocente y naturalmente sentíamos deseos enormes de obtener su absolución. Sería un tanto que nos apuntaríamos y además… bueno, como digo, creíamos en su inocencia.
»El caso se llevó ante el magistrado y las cosas no se pintaban demasiado bien para nosotros. La defensa se basaba en una coartada, pero por desdicha no pudo aportar ningún testimonio que la probara. Su relato era que después de haber tenido una pelea con la muchacha (lo cual admitía) la había dejado en un camino de la campiña, donde más tarde se la encontró muerta, y se había alejado en su coche sin darse cuenta de adonde se dirigía.
»Dijo que recordaba haber entrado en una taberna donde se emborrachó por completo y que luego prosiguió conduciendo hasta que llegó a un bosque, donde se apeó y se tendió a dormir un rato. Dijo que calculaba que debió despertarse a las tres de la madrugada, cuando aún era muy oscuro.
»No tenía idea de donde estaba, pero después de correr una serie de caminos vecinales y pequeñas aldeas cuyos nombres desconocía, se había encontrado hacia las seis de la mañana en una ciudad a la que llamaremos Workingham. No había hablado con nadie desde que salió de la taberna a primera hora de la tarde, y la única ayuda adicional que pudo prestamos fue decirnos que creía haber perdido un par de guantes de lana en aquel momento de la noche.
»La versión de la policía, desde luego, fue que después de dejar la taberna había retrocedido y estrangulado a la muchacha y a continuación se había dirigido directamente a Workingham. El crimen fue cometido después de la medianoche, si se podía confiar en las declaraciones de los médicos, pero le hubiese sobrado tiempo para realizar la faena y encontrarse a las seis de la mañana en Workingham. El caso quedó listo para celebrar el juicio, y no nos sentíamos muy satisfechos con él, aunque había algo en aquel hombre que nos hacía creer que contaba la verdad.
»Bueno, dos días después de la primera vista, recibimos una carta de un hombre que vivía en un pueblo a unos treinta y tantos kilómetros de Workingham. Decía que tenía alguna información para nosotros y yo fui enviado para entrevistarme con él. Resultó ser un campesino muy astuto y tornadizo y después de mucho insistir y entregarle un billete de diez libras, admitió más o menos que se ganaba la vida como cazador furtivo. Me contó que la noche del crimen había estado instalando cepos en un bosque cercano a su pueblo. Dijo que había visitado un determinado cepo poco después de las diez de la noche y de nuevo a la mañana siguiente. No había visto a ningún hombre ni ningún coche; pero en su segunda visita al cepo, encontró un par de guantes de lana muy cerca de sí mismo. Se había llevado a casa los guantes y no había dicho nada a nadie al respecto, pero después de leer el informe del magistrado en el sumario judicial, había considerado su deber ponerse en comunicación con nosotros. Dejó también sentado claramente que esperaba recibir una recompensa a cambio de su testimonio.
»Me enseñó los guantes, que coincidían con bastante exactitud con la descripción que había hecho nuestro cliente. No era que aquello probase gran cosa, porque habían sido descritos en la vista preliminar y podían haber sido comprados para una ocasión así. Sin embargo, allí estaban y si verdaderamente pertenecían a nuestro cliente y él los había perdido en un bosque cercano a Workingham antes de la una de la madrugada, era imposible que hubiese cometido un crimen a medianoche a más de cien kilómetros de distancia. Tal vez cupiese la posibilidad de que pudiéramos identificarlos o bien por alguien que conociese a nuestro hombre o mediante el fabricante. Tomé nota de la declaración del cazador furtivo y me fui hacia la casa. Me llevé los guantes en mi cartera de mano.
»En aquella época aún no tenía coche y tuve que regresar por ferrocarril, un viaje larguísimo y desagradable en un pequeño tren cuyos vagones carecían incluso de pasillo. Era una oscura noche de noviembre, con una espesa niebla y todo iba con retraso.
»No recuerdo el choque. Más tarde nos enteramos de que el expreso de Londres no había visto una señal y nos había embestido por detrás en el momento en que nos disponíamos a dejar paso libre. Lo único que supe es que algo me había golpeado con un ruido parecido al del juicio final y que, después de lo que semejaba una eternidad, me encontré arrastrándome para salir de debajo de un montón de escombros, con la sangre de un corte en la cabeza resbalándome cara abajo. Había estado dormitando con los pies apoyados en el asiento de enfrente, lo cual fue una gran suerte, pues de lo contrario hubiese podido quedar partido en dos, porque cuando salí de los restos del vagón vi que los tres últimos coches del tren local se habían empotrado unos en otros. La locomotora del expreso había volcado e incendiado los vagones y el lugar parecía un infierno. Los muertos y heridos yacían por todas partes y los supervivientes trabajaban como forzados para sacar a los pobres diablos que quedaban encerrados en los coches ardientes. Los gritos y chillidos eran espantosos. Bueno, si no les importa, prefiero no insistir en ello. George, tráeme otro whisky, por favor.
»Tan pronto como recuperé plena conciencia —prosiguió Popper—, recordé los guantes que había en mi cartera. Debo sacarlos de ahí, pensé. No pude encontrar a nadie que me ayudase y las llamas lamían ya el costado del vagón. No tenía idea de dónde había ido a parar la cartera, pero en algún lugar de aquella masa de hierros retorcidos y maderas astilladas estaba la prueba que podía salvar la vida de nuestro cliente.
»Apenas había empezado la búsqueda cuando sentí que me cogían por el brazo. Era una mujer.
—¡Mi pequeño! —dijo ella—. ¡Mi hijito! ¡Está ahí dentro!
—Señaló el departamento contiguo al mío. El fuego empezaba a prender y cuando me asomé distinguí al niño a la luz de las llamas. Yacía en la pared más baja del coche volcado, protegido por algunos listones que le habían salvado de morir aplastado, pero no veía cómo podíamos sacarlo de allí antes de que el fuego lo alcanzara. La mujer me sacudía con frenesí. ¡Rápido! —dijo—. ¡Rápido! Es demasiado pesado… yo sola no puedo levantarlo. ¡De prisa! Bueno, sólo quedaba una cosa por hacer. Grité pidiendo ayuda, pero todo el mundo parecía ya muy ocupado. Me introduje por la ventanilla y fui apartando maderas hasta llegar al fondo y asegurarme de que el pequeño seguía con vida.
»Durante todo el tiempo que hacía aquello podía olfatear y oír cómo el fuego iba quemando los restos de mi compartimiento, devorando mi maleta, mis documentos, los guantes y todo. Cada minuto empleado en salvar al niño era un clavo que se añadía al ataúd de mi cliente. Y recuerden que yo estaba seguro de que el hombre era inocente por completo.
»Y sin embargo, las probabilidades de salvarlo eran de todos modos pequeñas. Tal vez los guantes no fuesen suyos, o incluso siéndolo, la prueba podría considerarse como decisiva. O, tomándolo desde otro punto de vista, tal vez el jurado, incluso sin los guantes, creyese el relato del acusado.
»Y no cabía duda acerca del bebé. Allí estaba, vivo y llorando. Y su madre trabajaba frenéticamente a mi lado, tirando de metales enrojecidos y cortándose con los cristales de las ventanas rotas mientras no dejaba de llamar al pequeño. ¿Qué podía yo hacer? Aunque sentía serios temores de que pudiésemos perder tanto el niño como mi prueba.
»Bueno, el caso es que cuando ya estaba perdiendo las esperanzas llegaron dos hombres para echar una mano y conseguimos apartar los escombros y sacar al pequeño, Un par de minutos más y hubiese sido tarde. El abriguito que llevaba ya se había chamuscado.
»Y por entonces, mi departamento no era más que un infierno llameante. Nada quedó en él. Nada en absoluto. Cuando exploramos las humeantes cenizas, a la mañana siguiente, lo único que encontramos fue la cerradura metálica de mi cartera.
»Desde luego, hicimos cuanto pudimos. Presentamos al cazador furtivo como testigo, pero no resistió muy bien las preguntas intencionadas del fiscal. Y todo el asunto era demasiado vago. Uno no puede identificar un par de guantes con una mera descripción y no conseguimos encontrar a nadie que hubiese visto aquella noche el coche cerca del bosque. Quizá, después de todo, nunca hubiese estado allí.
»Con razón o sin ella, perdimos el caso. Desde luego, también podíamos haberlo perdido en otras circunstancias. Incluso cabía en lo posible que el hombre fuese verdaderamente culpable… Espero que lo fuese. Pero aún ahora me parece ver su rostro, con el aspecto que tenía cuando le conté mi historia. Puedo ver al presidente del jurado dar su veredicto, apartando obstinadamente la vista del prisionero.
Popper se calló y se tapó el rostro con las manos.
—¿Colgaron al sujeto? —preguntó el coronel.
—Sí —dijo Popper con voz apagada—, sí, fue ahorcado.
—¿Y qué se hizo del pequeño? —preguntó el Padre.
Popper bajó las manos con un gesto de infinita desesperanza.
—También fue ahorcado. El año pasado. Por el asesinato de dos niñas. Fue un caso repugnante.
Se produjo un largo silencio. Popper terminó su whisky y se puso en pie.
—Pero usted no podía haber previsto tal cosa —se atrevió a decir finalmente el Padre.
—No —dijo Popper—. No podía haberlo previsto. Y sé que me dirá usted que hice lo que debía.
El desconocido se puso a su vez en pie y apoyó la mano en el hombro de Popper.
—Esas cosas no pueden ser evitadas —dijo—. Yo soy el hombre que salvó los manuscritos de Davenant-Smith y también sufro bastantes pesadillas.
—¡Ah! Pero usted ha pagado su deuda —contestó vivazmente Popper—. Yo en cambio nunca he tenido que pagar.
—Sí —dijo el hombre pensativo—, yo he pagado y el tiempo me ha hecho justicia. Uno hace lo que puede. Lo que sucede después no es asunto nuestro.
Pero mientras seguían a Popper fuera de la sala, mantenía la cabeza erguida y se movía con nueva seguridad.
—Esa es una historia espantosa —dijo el Padre.
—Mucho —convine—. Y hay varios puntos extraños en ella. ¿Viajaban en automóviles propios los viajantes de comercio cuando Popper era joven? ¿Y por qué no llevó directamente la prueba a manos de la policía?
Timpany se rió por lo bajo.
—Desde luego —dijo—. Popper asistió al juicio relativo a la muerte del mayordomo de Davenant-Smith. Debe haber reconocido a ese doctor en el preciso instante en que lo ha visto. Popper es un viejo bromista de muy buen corazón, pero no hay que hacer demasiado caso a las historias que cuenta. El viejo Popper estaba esta noche en una forma estupenda.