Stories 93 / Random

Stories by auguste villiers de l'isle-adam

virginia y pablo (spanish)

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La verja de los viejos jardines del internado. A lo lejos dan las diez. Hace una noche de abril, clara, azul y profunda. Las estrellas parecen de plata. Las ondas del viento, débiles, han pasado sobre las jóvenes rosas; las hojas susurran, el chorro de agua cae en nevada espuma al final de la gran alameda de acacias. En medio del gran silencio, un ruiseñor, alma de la noche, hace centellear una lluvia de notas mágicas.
Cuando los dieciséis años os envolvían con su cielo de ilusiones, ¿amasteis a una chiquilla? ¿Os acordáis de ese guante olvidado en una silla, en el cenador? ¿Habéis sufrido la turbación de una presencia inesperada, súbita? ¿Habéis sentido arder vuestras mejillas cuando, en vacaciones, los padres sonreían ante vuestra timidez por estar el uno junto al otro? ¿Habéis conocido la infinita dulzura de dos ojos puros que os miraban con una ternura pensativa? ¿Habéis tocado, con vuestros labios, los labios de una joven trémula y bruscamente pálida, cuyo seno latía contra vuestro corazón encogido de alegría? ¿Habéis guardado, en el fondo del relicario, las flores azules cogidas al atardecer, junto al río, al regresar juntos?
Oculto, después de años de separación, en lo más profundo de vuestro corazón, ese recuerdo es como una gota de esencia de Oriente encerrada en un frasco precioso. Esa gota de bálsamo es tan sutil y tan poderosa que, si arrojan el frasco en vuestra tumba, su perfume, vagamente inmortal, durará más que vuestro polvo.
¡Oh!, si hay algo dulce en una noche de soledad, es respirar, una vez más, el adiós de ese recuerdo encantado.
Es la hora del aislamiento: los ruidos del trabajo se han callado en el barrio; mis pasos me han conducido, al azar, hasta aquí. Este edificio fue, en otro tiempo, una vieja abadía. Un rayo de luna permite ver la escalera de piedra, detrás de la verja, e ilumina a medias los viejos santos esculpidos que hicieron milagros y que, sin duda, golpearon contra estas losas sus humildes frentes iluminadas por la oración. Aquí los pasos de los caballeros de Bretaña resonaron antaño, cuando el inglés aún ocupaba nuestras ciudades angevinas. — Ahora, celosías verdes y alegres rejuvenecen las sombrías piedras de las ventanas y los muros. La abadía se ha convertido en un internado de señoritas. De día, deben gorjear allí como unos pájaros en las ruinas. Entre las que están dormidas, hay más de una niña que, en las primeras vacaciones de Pascua, despertará en el corazón de algún adolescente la gran impresión sagrada y tal vez ya… — ¡Silencio! ¡Alguien habla! Una voz muy dulce acaba de llamar (muy bajito): «¡Pablo!… ¡Pablo!» Un vestido de muselina blanca, una cinta azul, han flotado durante un instante junto a ese pilar. Una muchacha parece a veces una aparición. Ésta acaba de bajar. Es una de ellas: veo la esclavina del internado y la cruz de plata en el cuello. Veo su cara. La noche se funde con sus rasgos bañados de poesía. ¡Oh cabellos tan rubios de una juventud aún teñida de infancia! ¡Oh azul mirada cuyo azur es tan pálido que parece conservar todavía algo del éter primitivo!
Pero ¿quién es ese joven que se desliza entre los árboles? Se apresura; toca el pilar de la verja.
—¡Virginia, Virginia! Soy yo.
—Más bajo. ¡Aquí estoy, Pablo!
¡Tienen quince años los dos!
¡Es una primera cita! ¡Es una página del eterno idilio! ¡Cómo deben de temblar de alegría uno y otro! ¡Salud, inocencia divina! ¡Recuerdo! ¡Flores reavivadas!
—¡Pablo, mi querido primo!
—Dame tu mano a través de la verja, Virginia. ¡Oh, por lo menos es bonita! Mira, es un ramo que he cogido en el jardín de papá. No cuesta dinero, pero es de corazón.
—Gracias, Pablo. — ¡Pero qué sofocado estás! ¡Cómo has corrido!
—¡Ah!, es que papá ha hecho hoy un negocio, un negocio muy bueno. Ha comprado un bosquecillo a mitad de precio. Unos que estaban obligados a vender deprisa; una buena ocasión. Entonces, como estaba contento de la jornada, me he quedado con él para que me diese un poco de dinero; y luego me he apresurado para llegar a la hora.
—Nos casaremos dentro de tres años, si apruebas tus exámenes, Pablo.
—Sí, seré abogado. Cuando uno es abogado hay que esperar algunos meses para ser conocido. Y luego también se gana un poco de dinero.
—¡La mayoría de las veces mucho dinero!
—Sí. ¿Eres feliz en el internado, prima?
—¡Oh!, sí, Pablo. Sobre todo desde que la señora Pannier hizo la ampliación. Al principio no se estaba tan bien; pero ahora aquí hay chicas de los castillos. Soy amiga de todas esas señoritas. ¡Oh!, tienen unas cosas tan bonitas. Y desde su llegada estamos mucho mejor, mucho mejor, porque la señora Pannier puede gastar un poco más de dinero.
—Es igual, estos viejos muros… No es muy divertido estar aquí.
—Sí, una se acostumbra a no mirarlos. Pero, veamos, Pablo, ¿has ido a visitar a nuestra buena tía? Dentro de seis días será su cumpleaños; habrá que escribirle una felicitación. ¡Es tan buena!
—A mi tía no la quiero mucho. La vez pasada me dio viejos caramelos de postre, en lugar de un verdadero regalo, como una bonita cartera, o monedas para meterlas en mi hucha.
—Pablo, Pablo, eso no está bien. Siempre hay que ser muy amable con ella y mimarla. Es vieja, y nos dejará también un poco de dinero…
—Es verdad. ¡Oh, Virginia!, ¿oyes ese ruiseñor?
—Pablo, ten cuidado de no tutearme cuando no estemos solos.
—Pero prima, ¡si vamos a casarnos! De todos modos, tendré cuidado. ¡Pero qué bonito es el ruiseñor! ¡Qué voz pura y argentina!
—Sí, es bonito, pero no deja dormir. Qué noche más agradable: la luna está plateada, qué bello.
—Ya sabía yo que te gustaba la poesía, prima.
—¡Oh, sí, la poesía!… estudio piano.
—En el colegio he aprendido toda clase de bellos versos para recitártelos, prima; sé casi todo Boileau de memoria. Si quieres, cuando estemos casados iremos con frecuencia al campo, ¿te parece?
—Claro que sí, Pablo. Además, mamá me dará, como dote, su casita de campo donde hay una granja; iremos allí a menudo, a pasar el verano. Y la ampliaremos un poco, si es posible. La granja también produce algún dinero.
—¡Ah, tanto mejor! Además en el campo se puede vivir con mucho menos dinero que en la ciudad. Es lo que me han dicho mis padres. Me gusta cazar, y también mataré muchas piezas. Con la caza, se ahorra también un poco de dinero.
—¡Además, es el campo, Pablo! ¡Y me gusta tanto todo lo que es poético!
—Oigo ruidos ahí arriba.
—¡Chist!, tengo que volver: la señora Pannier podría despertarse. Hasta pronto, Pablo.
—Virginia, ¿estarás en casa de mi tía dentro de seis días?… ¿En la cena?… Además, tengo miedo de que papá se haya dado cuenta de que me he escapado, no volvería a darme dinero.
—Tu mano, deprisa.
Mientras yo escuchaba encantado el rumor celestial de un beso, los dos ángeles huyeron: el eco retardado de las ruinas repetía vagamente: «… ¡Dinero! ¡Un poco de dinero!»
¡Oh juventud, primavera de la vida! ¡Benditos seáis, jóvenes, en vuestro éxtasis! ¡Vosotros, cuya alma es sencilla como la flor, y cuyas palabras, evocando otros recuerdos más o menos parecidos a esta primera cita, hacen derramar dulces lágrimas a un paseante!