Stories 93 / Random

Stories by auguste villiers de l'isle-adam

sentimentalismo (spanish)

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Un atardecer de primavera, dos jóvenes distinguidos, Lucienne Émery y el conde Maximilien de W***, estaban sentados bajo los grandes árboles de una avenida de los Campos Elíseos.
Lucienne es esa bella joven siempre vestida con trajes negros, cuyo rostro tiene la palidez del mármol y cuya historia es desconocida.
Maximilien, de cuyo trágico final nos hemos enterado, era un poeta de un talento maravilloso. Además era apuesto, y de modales agradables. Sus ojos, encantadores, pero, como pedrerías, algo fríos, reflejaban la luz intelectual.
Su intimidad databa de hacía seis meses apenas.
Ese atardecer miraban en silencio las vagas siluetas de los coches, de las sombras, de los paseantes.
De forma brusca, la señora Émery cogió dulcemente la mano de su amante.
—¿No le parece, amigo mío —dijo ella—, que, constantemente agitados por impresiones artificiales y, por así decir, abstractas, los grandes artistas — como usted — terminan embotando en ellos la facultad de sufrir realmente los tormentos o los placeres que les ha reservado el Destino? Al menos expresan con cierto malestar — que les haría pasar por insensibles, — los sentimientos personales que la vida les conmina a experimentar. Parecería entonces, al ver el frío compás de sus movimientos, que sólo palpitan por cortesía. Indudablemente, el Arte los persigue con una preocupación constante incluso en el amor y en el dolor. A fuerza de analizar las complejidades de esos mismos sentimientos, temen demasiado no ser perfectos en sus manifestaciones, ¿verdad?… ¿faltar a la exactitud en la expresión de su turbación?… No sabrían librarse de ese prejuicio que paraliza en ustedes los mejores impulsos y atempera cualquier expansión natural. Se diría que, — príncipes de un universo distinto —, no cesa de rodearlos una multitud invisible, dispuesta a la crítica o a la ovación.
»En resumen, cuando una gran felicidad o una gran desgracia les llega, lo que en ustedes despierta primero, antes incluso de que su mente se haya dado bien cuenta, es el oscuro deseo de ir en busca de algún actor excepcional para preguntarle cuáles son los gestos convenientes en los que deben dejarse llevar por la circunstancia. ¿Conducirá el Arte a la pérdida de la sensibilidad?… Eso me preocupa.
—Lucienne —respondió el conde—, conocí a cierto cantante que, junto al lecho mortuorio de su prometida, y oyendo a la hermana de ésta deshacerse en llantos convulsos, no podía dejar de observar, a pesar de su dolor, los defectos de emisión vocal que podía señalar en aquellos sollozos y pensaba, vagamente, en los ejercicios apropiados para darles «más cuerpo». ¿Le parece mal?… Sin embargo, nuestro cantante murió debido a esa separación, mientras que la superviviente dejó el luto el día prescrito por la costumbre.
La señora Émery miró a Maximilien.
—Al oírle —dijo ella—, sería difícil precisar en qué consiste la sensibilidad verdadera y por qué signos se la puede reconocer.
—Quiero disipar sus dudas sobre ese tema —respondió sonriendo el señor de W***—. Pero los términos… técnicos… son desagradables, y temo…
—¡De ningún modo!, yo tengo mi ramo de violetas de Parma, usted tiene su puro; le escucho.
—Pues bien, de acuerdo; obedezco —replicó Maximilien—. Las fiebres cerebrales afectadas por las sensaciones de alegría o de pena parecen, según usted, como distendidas en el artista por esos excesos de emociones intelectuales que cada día necesita el culto del Arte. — Para mí, en cambio, esas misteriosas fibras están sublimadas. — ¿Parecen los demás hombres gratificados con propiedades de ternura mejor condicionadas, de pasiones más francas, en fin, más serias?… Le aseguro que la tranquilidad de sus organismos, todavía algo oscurecidos por el Instinto, les lleva a darnos, por supremas expresiones de sentimientos, simples desbordamientos de animalidad.
»Mantengo que sus corazones y sus cerebros están perjudicados por centros nerviosos que, sepultados en un embotamiento habitual, resuenan en vibraciones infinitamente menos numerosas y más sordas que las nuestras. Se diría que se apresuran a evaporar en clamores sus impresiones sólo para darse una ilusión de sí mismos o justificarse por adelantado de la inercia en la que saben bien que van a recaer.
»Esas naturalezas sin eco son lo que el mundo llama gentes “de carácter”, — seres, corazones violentos y nulos. Cesemos de ser víctimas de la opacidad de sus gritos. Exhibir su debilidad con la secreta esperanza de comunicar su contagio, a fin de beneficiarse, al menos ficticiamente a sus propios ojos, de la emoción real que de esta forma se logra provocar en algunos otros, — gracias a esa oscura simulación, — eso sólo conviene a seres inacabados.
»¿En nombre de qué derechos reales pretenderían decretar que todas esas agitaciones, de más que dudosa buena ley, son obligatorias en la expresión de los sufrimientos o de las ebriedades de la vida, y tachar de insensibilidad a quienes se abstienen de ellas por pudor? El rayo de luz que golpea un diamante rodeado de ganga, ¿se refleja mejor ahí que en un diamante bien tallado en el que penetra la esencia misma del fuego? En realidad, aquellos o aquellas que se dejan conmover por la crudeza de las expansiones son de tal naturaleza que prefieren los ruidos confusos a las melodías profundas: eso es todo.
—Perdón, Maximilien —interrumpió la señora Émery—: escucho su análisis un poco sutil con admiración sincera… pero ¿sería tan amable de decirme qué hora es la que suena?
—Las diez, Lucienne —respondió el joven mirando su reloj a la luz del puro.
—Ah… bien. — Continúe.
—¿Por qué esa rara inquietud por una hora que pasa?
—Porque es la última de nuestro amor, amigo mío —respondió Lucienne—. He aceptado del señor de Rostanges una cita para las once y media esta noche; no he querido decírselo hasta el último momento.
—¿Me odia por ello?… Perdóneme.
Si el conde palideció un poco más ante estas palabras, la oscuridad protectora veló esa señal de emoción; ningún estremecimiento reveló lo que debió sufrir su ser en ese instante.
—¡Ah! —dijo con voz igual y armoniosa—, un joven de los más distinguidos y que merece su afecto. Reciba, pues, mi adiós, querida Lucienne —añadió.
Tomó la mano de su amante y la besó.
—¿Quién sabe lo que nos reserva el futuro? —le respondió son— riendo Lucienne, aunque un poco cortada—. Rostanges no es más que un capricho irresistible. — Y ahora —añadió tras un breve silencio—, siga, amigo mío, por favor. Antes de separarnos quisiera saber qué da a los grandes artistas el derecho a desdeñar tanto la conducta de los demás hombres.
Entre los amantes hubo un instante terrible, mudo.
—En una palabra, nosotros sentimos las sensaciones ordinarias —continuó Maximilien— con tanta intensidad como cualquier otro. Sí, experimentamos físicamente el hecho natural, instintivo de una sensación, igual que los demás. Pero es sólo al principio cuando lo sentimos de esa manera humana.
»Es la casi imposibilidad de expresar sus prolongaciones inmediatas en nosotros lo que nos hace parecer como paralizados, casi siempre, en muchas circunstancias. En el momento en que los demás hombres ya han llegado al olvido, por falta de vitalidad suficiente, ellas crecen en nuestro ser como el rumor de las olas cuando uno se acerca al mar. Son las percepciones de esas prolongaciones ocultas, de esas infinitas y maravillosas vibraciones, las únicas que determinan la superioridad de nuestra raza. De ahí esas discordancias aparentes entre los pensamientos y las actitudes cuando uno de nosotros, por ejemplo, trata de traducir a la manera de todo el mundo lo que siente. Piense en la distancia que nos separa de esas edades primitivas del Sentimiento, hace tanto tiempo perdidas en el fondo de nuestro espíritu. La atonía del sonido de la voz, la anomalía del gesto, la búsqueda de nuestras palabras, todo está en contradicción con las sinceridades habituales y con las banalidades del lenguaje, proporcionadas a la manera de sentir de la mayoría. Sonamos falso: parecemos de hielo. Las mujeres que entonces nos observan, no vuelven. Imaginaban encantadas que también nosotros íbamos a luchar por lo menos un poco, — a partir, en fin, hacia esas mismas “nubes” donde suponen que se refugian los “poetas”, según la frase difundida, a propósito, por la burguesía. ¡Qué sorpresa al ver que ocurre precisamente lo contrario! El despreciable horror que, al descubrirlo, sienten por aquellos que las habían engañado acerca de nosotros, sobrepasa todos los límites, — y, si la venganza nos gustase, nos divertiría mucho.
»No, Lucienne, no nos agrada expresarnos mal en esas manifestaciones engañosas con que la gente se presenta. Nos esforzaríamos en vano para volver a endosarnos todas esas prendas humanas, olvidadas en nuestra antecámara desde tiempo inmemorial. — Nos hemos identificado con la esencia misma de la Alegría! ¡Con la idea viva del Dolor! ¡Qué quiere! Es así. — Somos los únicos entre los hombres en alcanzar la posesión de una aptitud casi divina: la de transfigurar, con nuestro simple contacto, las felicidades del Amor, por ejemplo, o sus torturas, bajo un carácter inmediato de eternidad. ¡Ése es nuestro indecible secreto! Instintivamente, nos negamos a dejar que se transparente, — para ahorrar a nuestro prójimo, en la medida de lo posible, la vergüenza de encontrarnos incomprensibles. — ¡Ay!, somos semejantes a esos potentes brillantes donde, en Oriente, duerme el puro espíritu de las rosas muertas y que están herméticamente veladas por una triple envoltura de cera, oro y pergamino.
»Una sola lágrima de su esencia, — de esa esencia conservada así en la gran ánfora preciosa (fortuna de toda una raza que se transmite, por herencia, como un sagrado tesoro bendecido por los antepasados), — basta para penetrar grandes cantidades de agua clara, se lo aseguro, Lucienne. Y éstas, a su vez, bastan para embalsamar muchas casas, muchas tumbas, durante largos años… pero no nos parecemos (y ése es nuestro crimen) a esos frascos llenos de banales perfumes, tristes y estériles ampollas que la mayoría de las veces desdeñamos cerrar y cuyas propiedades se agrían o se evaporan en todos los vientos que pasan. — Tras conquistar una pureza de sensaciones inaccesibles a los profanos, nos convertiríamos en mentirosos a nuestros propios ojos si tomáramos prestadas las pantomimas recibidas y las expresiones “consagradas” con que se contenta el vulgo. Nos apresuraríamos, en conciencia, a disuadirlo, si diese crédito, aunque sólo fuera por un instante, al primer grito que, a veces, nos arranca un incidente afortunado o fatal. — Es a una justa noción de la Sinceridad a la que debemos ser sobrios en los gestos, escrupulosos en las palabras, reservados en los entusiasmos, contenidos en la desesperación.
»¿Es por tanto la calidad de nuestras facultades afectivas lo que nos vale esas inculpaciones de endurecimiento?… — En verdad, querida Lucienne, si intentásemos (¡Dios no lo quiera!) dejar de ser incomprendidos por la mayoría de los individuos, — reivindicar de sus entendimientos otro homenaje que la indiferencia, — sería de desear, en efecto, como decía usted hace un momento, que, en las grandes ocasiones, un buen actor viniera a situarse a nuestra espalda, pasase sus brazos bajo los nuestros y luego hablase y gesticulase en nuestro lugar. Entonces estaríamos seguros de emocionar a la multitud por los únicos lados que son accesibles».
La señora Émery contemplaba, muy pensativa, al conde de W***.
—Pero, realmente, mi querido Maximilien —exclamó ella—, terminaría usted por no atreverse a decir «buenos días» o «buenas noches» por miedo a parecer… semejante… al común de los mortales. — Confieso que usted tiene instantes exquisitos e inolvidables, y estoy orgullosa de habérselos inspirado… — En ocasiones me ha deslumbrado con las profundidades de su corazón y las dulces expansiones de su ternura; sí, hasta no sé qué arrobamientos cuyo extraño y turbador recuerdo me llevo para siempre… Pero ¡qué quiere!… Usted se me escapa — ¡con una mirada en la que no puedo seguirle! — y nunca estaré bien convencida de que usted sienta de una manera que no sea imaginaria lo que hace sentir. — Por eso, Max, no me queda más remedio que separarme de usted.
—Me resigno por tanto a no ser ordinario, aunque tenga que soportar el desdén de esas buenas gentes que (quizá con razón) se consideran mejor organizadas que yo —respondió el conde. — Además, me parece que hoy todo el mundo está de vuelta de sentir lo que sea. Espero que pronto haya cuatrocientos o quinientos teatros por capital, en los que, al ser interpretados los acontecimientos usuales de la vida sensiblemente mejor que en la realidad, nadie se tome mucho trabajo en vivir por sí mismo. Cuando quieran apasionarse o conmoverse, comprarán una localidad, será más sencillo. — Este atajo, ¿no será mil veces preferible desde el punto de vista del buen sentido?… — ¿Por qué agotarse en pasiones destinadas al olvido?… ¿Qué es lo que no se olvida un poco a lo largo de un semestre? — ¡Ah, si usted supiera qué cantidad de silencio llevamos en nosotros!… Pero, perdón, Lucienne: son las diez y media, y sería indiscreto por mi parte no recordárselo, después de su confidencia de hace un rato —murmuró Maximilien sonriendo y levantándose.
—¿Su conclusión?… —dijo ella. — Llegaré a tiempo.
—Concluyo —respondió Maximilien— que cuando alguien exclama, a propósito de uno de nosotros, mientras se golpea las paredes anteriores del pecho como para aturdirse por el vacío que siente dentro de sí: «Tiene demasiada inteligencia para tener corazón», es, en primer lugar, muy probable que ese alguien se enfadase mucho si le respondieran que él tiene «demasiado corazón para tener inteligencia», lo cual prueba que, en el fondo, no hemos escogido la peor parte, según la confesión misma de quien nos lo reprocha. Además, ¿se da cuenta de en qué se convierte esa frase tras un atento análisis? Es como si se dijese; «Esa persona está demasiado bien educada para tomarse el trabajo de tener buenos modales». ¿En qué consisten los buenos modales? Es lo que el vulgo nunca sabrá, como tampoco el hombre verdaderamente bien educado, a pesar de todos los códigos de cortesía pueril y honesta. De tal modo que esa frase sólo expresa, ingenuamente, los celos instintivos y, por así decir, melancólicos de ciertas naturalezas en presencia de la nuestra. En efecto, lo que nos separa no es una diferencia: es un infinito.
Lucienne se levantó y tomó el brazo del señor de W***.
—Deduzco de nuestra conversación el siguiente axioma —dijo ella—: que por contradictorias que parezcan sus palabras o sus maneras de ser, algunas veces, en las circunstancias terribles o alegres de su existencia, no demuestran en modo alguno que sea…
—¡De madera!… —acabó el conde con una sonrisa.
Miraban pasar los coches iluminados. Maximilien hizo señas a uno, que se acercó. Cuando Lucienne se hubo sentado en él, el joven se inclinó en silencio.
—¡Hasta la vista! —gritó Lucienne, enviándole un beso.
El coche se alejó. El conde lo siguió con la vista durante un tiempo, como es lógico; luego, remontando a pie la avenida con el puro entre los labios, regresó a su casa, en la plazoleta.
Cuando estuvo solo en su habitación, se sentó ante su mesa de trabajo, sacó de un neceser una pequeña lima y pareció absorto en el cuidado de pulirse la extremidad de las uñas.
Después escribió algunos versos sobre un… valle escocés, cuyo recuerdo le vino, de forma bastante extraña, entre los azares del espíritu.
Luego cortó algunas hojas de un libro nuevo, las recorrió, — y tiró el volumen.
Sonaron las dos de la madrugada: se desperezó.
—¡Estas palpitaciones del corazón son realmente insoportables! —murmuró.
Se levantó, echó las compactas cortinas y los cortinajes, se dirigió hacia un secreter, lo abrió, sacó de un cajón una pequeña pistola «disuasoria», se acercó a un sofá, se puso el arma en el pecho, sonrió, y se encogió de hombros mientras cerraba los ojos.
Resonó un golpe sordo, ahogado por las colgaduras; un poco de humo salió, azulado, del pecho del joven, que cayó sobre los cojines.
Desde entonces, cuando se pregunta a Lucienne el motivo de sus toilettes oscuros, responde a sus enamorados en tono jovial:
—¡Bah!, ¡qué quiere! ¡Me va tan bien el negro!
Pero su abanico de luto palpita entonces sobre su seno, como el ala de una falena sobre la losa de un sepulcro.