maryelle (spanish)
Su desaparición de Mabille, su nuevo aspecto, la discreta elegancia de sus vestidos oscuros, sus aires, en Fin, de noli me tangere, unidos a ciertas reticencias que empleaban desde entonces sus favoritos al hablar de ella, todo lo relativo a aquella seductora joven, célebre en el pasado, intrigaba un poco mi espíritu en aquellas cenas suyas donde su fino y bonito parloteo galvanizaba incluso a los más taciturnos príncipes de la Gomme — y a la que deseo llamar Maryelle.
Como, a veces, todo semblante de pudor no es, para las mujeres ultra galantes, más que una última depravación, decidí, dado que estaba desocupado, profundizar en el enigma.
Sí, por un legítimo aburrimiento, por una de esas frivolidades de la que todo filósofo es capaz de vez en cuando (y que no hay que apresurarse a censurar más de la cuenta), tomé la decisión de investigar, en cuanto se presentara la ocasión, hasta qué grado de la epidermis había penetrado en ella aquella capa de púdico barniz, sin dudar de que los primeros arañazos de una sabia conversación doctamente sazonada hiciesen saltar, por lo menos, algunas escamas.
Ayer, en la avenida de la Ópera, encontré a la misteriosa niña, toda ceñida de falla negra, con una rosa rojo sangre a la cintura, un gainsborough sobre su ovalado y fino rostro.
Maryelle cuenta en la actualidad veinticinco otoños; sólo es un poco pálida, siempre esbelta, excitante, con su belleza de tuberosa, sazonada con una distinción de vizcondesa de teatro, y un desconocido encanto en los ojos.
Entre dos trivialidades de circunstancia, y, pareciéndome menos ceremoniosa de lo que me esperaba, la invité, sin más preámbulos, a ir a cenar al Bois, a solas los dos, en un molino de cualquier color, para aburrirnos juntos, — los primeros atardeceres de nuestro enervante septiembre debían ayudar, pensé yo, a sus expansivas confidencias.
Al principio, declinó la invitación; luego, como seducida por mi despreocupado tono de reserva, aceptó. Sonaban las cinco. Partimos.
El paseo, bajo las enramadas de una de las avenidas más desiertas del Bois, fue silencioso. Maryelle se había bajado el velillo, por temor a ser vista o a causarme algún compromiso. El coche iba al paso, según su deseo. No observé nada sorprendente en la conducta de nuestra enigmática amiga, salvo la inusitada atención con que honró a la puesta de sol.
La cena se mantuvo en un diapasón tan oficial que, trasladado a una cena de familia burguesa el día del cumpleaños del abuelo, no hubiera sorprendido a nadie. Hablamos, lo recuerdo bien, ¡del próximo Salón! Estaba al corriente, parecía interesarse. En resumen, éramos absurdos por placer: ¡es tan divertido jugar al dandy! Prefiero eso a los mapas.
Para diversificar y atraerla hacia terrenos más risueños del Espíritu, en los postres me puse a detallarle la aventura de ese vengativo hidalguillo que, habiendo sorprendido — ¿a quién?, apuesto lo que se quiera a que lo adivinan) — a su mujer, ¡imagínense!, en conversación ligera, hirió mortalmente al preferido: — luego, mientras éste rendía el alma, y cuando la desconsolada joven se inclinaba, con gran desesperación, sobre el agonizante, se le ocurrió (¡refinamiento extremo!) hacer cosquillas, en la sombra, a los pies de la esposa infiel, a fin de obligarla a que se echase a reír con toda su alma en las narices agonizantes del elegido de su corazón.
Como esta anécdota, aliñada de incidentes, indujo a Maryelle a sonreír, el hielo quedó roto, — y empezamos a distraernos algo más.
Cuando nos trajeron los candelabros, el eterno café, las olorosas cajas de La Habana y los cigarrillos rusos, como las ventanas de nuestro reservado daban a unos grandes árboles le dije señalándole la media luna que hacía relumbrar las últimas hojas de oro bruñido:
—Mi querida Maryelle, ¿te acuerdas vagamente del otoño pasado?
Hizo un movimiento de cabeza un tanto melancólico.
—¡Bah! —respondió—. Al invierno siguiente, las bonitas flores de esas dos noches de las que hablas murieron bajo la nieve. Mira, será mejor que no intentemos reavivar un ramillete de sensaciones marchitas, — sería esforzarnos hacia un placer nulo. El capricho voló: ¡es el pájaro azul! Dejemos la jaula abierta, como recuerdo, ¿quieres? Sigamos como amigos.
La hora era deliciosa: Maryelle acababa de decir algo tan sensato como exquisito: ¿qué mejor, a partir de entonces, que una charla? Ella veía que, en ese instante al menos, yo me preocupaba más de la palabra de su nueva actitud que de sus queridos abandonos… Sin embargo, por delicadeza me creí obligado a aparentar un aire algo entristecido, — simple cumplido que todo hombre bien educado debe siempre y a pesar de todo a una graciosa criatura. Sin duda ella me adivinó, y la simpática alondra quiso dejarse coger en el espejo. Nos tendimos la mano con una sonrisa; — eso fue todo.
Y he aquí, que entre dos pequeños sorbos de menta blanca, tras elegirme por confidente con el falaz, quizá, pero tranquilizador pretexto de que yo no soy «como los otros» (lo cual quería decir, en realidad, que deseaba hablar, por encima de todo, de la íntima preocupación que la ahogaba), Maryelle me narró la siguiente historia, — después de haberme arrancado la promesa (que mantengo en este momento) de enmascarar a la heroína (si se me ocurría hablar de ella un día) bajo el disfraz de terciopelo de un impenetrable y gracioso pseudonimato.
Ésta es la historia, sin comentarios. Es únicamente su manera de ser banal lo que me ha parecido bastante extraordinario.
El pasado invierno, en el teatro, Maryelle había sido objeto, al parecer, de la atención de un jovencísimo espectador absolutamente desconocido del todo París de las calles Blanche y Condorcet.
Sí, de un chico de diecisiete o dieciocho años, de indumentaria elegante y sencilla, y cuyos gemelos se habían dirigido varias veces hacia su palco.
Cuando la bella Maryelle lleva un vestido sin escote, hay que decir que un provinciano siempre podrá tomarla por alguna mujer escapada del salón de una moderna esposa de prefecto.
La peligrosa criatura tiene a su favor que no carece de ortografía ni de cierto tacto, gracias al cual se transforma según la gente que le habla —y lo bastante deprisa para producir esa ilusión. Una vez comenzado el romance, ella no desentona nunca: cualidad rara.
Esa noche iba acompañada por una gruesa prendera a la que, desde la primera inspección de gemelos del «señor», conminó en voz baja la más rigurosa compostura.
De modo que, desde el segundo acto, Maryelle hubiera parecido, incluso a los ojos más sagaces, una rentista viuda e indiferente, flanqueada por una pariente lejana.
El «señor» no era otro que aquel adolescente de apenas diecisiete años: bellos ojos, un aire crédulo, la inocencia misma. Un paje. Pero como el aspecto imponente y excitante a la vez de la brillante persona había emocionado, al parecer, más de la cuenta a nuestro joven, vagó por los pasillos (sin atreverse, por supuesto); y, para decirlo todo, a la salida de la representación, siguió en su carruaje el humilde coche de punto de aquellas damas.
Como persona astuta, Maryelle se refugió esa noche en casa de su prendera. Se dieron algunas órdenes por «si alguien venía a informarse». En resumen, en dos tiempos se convirtió en la honesta viuda, «de paso por París», del militar retirado, anciano, condecorado, al que una familia interesada la había sacrificado a temprana edad. En fin, no faltó nada, ni siquiera los dos años de viudedad, con el retrato del difunto, que conseguirían fácilmente y de ocasión, si hubiera que recurrir a él. Es tradición que, incluso en nuestros días, ese fastidioso remozamiento nunca deja de producir su efecto en las imaginaciones todavía jóvenes. Maryelle se atuvo a ella, dado que lo mejor es enemigo de lo bueno: más tarde, ya pensaría.
Después de que la noche hubiera enloquecido las febriles ensoñaciones de su juvenil enamorado, todo ocurrió como nuestra heroína había presentido con su olfato de galga.
El joven provinciano, una vez en posesión del nombre recientemente escogido por la dama, escribió.
(Maryelle, poniendo un ligero pulgar sobre la firma, me dio a leer aquella carta). Si hay que confesarlo, me sorprendió el sincero acento de aquella epístola: emanaba, a buen seguro, de un muchacho demasiado cándido, pero muy noble. ¡Estaba loco! ¡Pero era exquisito! ¡Ah!, la deliciosa y buena criaturita! ¡Un respeto, una timidez irresistibles! ¡Aquel niño entregaba su primer amor, tomando a la extraña joven por la más reservada de las mujeres! Hasta yo me entristecí pensando en el inevitable desenlace.
—Se llama Raoul —me dijo ella—; pertenece a una excelente familia de provincias: sus padres, «magistrados muy honorables», le dejarán una buena posición. Viene a París tres veces al mes, escapándose. Lo hace desde hace seis semanas.
Encendiendo un cigarrillo, Maryelle continuó su historia, como si hablase consigo misma.
Como tenía aspectos abordables, la bella arrepentida no había permanecido insensible a aquella pasión expresada con tanta «gentileza». Después de otras dos «cartitas de enternecimiento», un velo se desgarró en ella; su «alma» vislumbró la existencia bajo una luz desconocida. Una Marion Delorme se despertó en aquel cuerpo hasta entonces sumido en limbos de inconsciencia.
En resumen, se concertó una cita.
El niño, al parecer, estuvo increíble, loco de alegría, ignorante, ingenuo hasta el delirio. Y, sintiéndose por primera, — y última vez, sin duda, — amada noblemente, aquella encantadora e insensata Maryelle se «embaló» por sí sola y empezó el idilio.
¡Se volvió loca!
¡Oh!, no le falta nada a la novela. Ni el secreto de cada viaje de Raoul, ni la petit maison alquilada en un barrio tranquilo, con flores en el balcón que daba a un pálido jardín. Sólo allí, resucitada de los «otros», palpita con todas las castidades, con todos los abandonos, con todas las dichas «¡tanto tiempo ignoradas!» (Y, mientras hablaba, entre las cejas de la sentimental muchacha brillaban unas lágrimas).
Raoul es un Romeo que tal vez nunca ha de saber la clave de su Julieta, porque ella cuenta con desaparecer un día. Más tarde.
De oírla, la otra mujer que había en ella está muerta; — o, más bien, para ella nunca ha existido. — Las mujeres tienen ese poder de olvido momentáneo; dicen a sus recuerdos: «volved mañana», y ellos obedecen.
Pero, en el fondo, todo lo que afirman las mujeres de costumbres algo libres, ¿es digno de tanta atención como el rumor del viento que canta en las hojas hasta el invierno?
Mientras tanto, sus ahorros han volado en amueblar, de una forma delicada y modesta, la morada en cuestión. Raoul no es todavía mayor, ni ha entrado en posesión de ninguna fortuna. Además, aunque fuese rico, a Maryelle le parecería imposible aceptar de él la menor ayuda de dinero; tiene miedo del dinero desde que está con este muchacho. El dinero le recordaría a los «otros» ¿Hablarle de ello? Nunca. — Antes morir. Positivamente. — Se encuentra justificada, por su amor, de la inconveniencia bastante fuera de lugar, de la falta de delicadeza misma que comete en este punto, frente a ese inocentísimo muchacho.
Él, creyendo que vive sin estrecheces, como una mujer de su ambiente, tampoco piensa en nada; consagra todos sus escasos luises a comprarle flores o bonitas cosas artísticas que puede encontrar, nada más. Y es, en efecto, muy natural.
Entre ellos, por tanto, ¡está el cielo! ¡Ese cariño ingenuo y puro! ¡Ese sencillísimo amor, con sus ingenuas ternuras, sus éxtasis, sus enloquecidos arrebatos!
Dafnis y Cloe balbuciendo: ésa es la comparación exacta.
En este punto del relato, Maryelle hizo una pausa, luego, alzando hacia las lejanas nubes, más allá de la ventana abierta a las estrellas, unos ojos de expresión virginal:
—Sí —terminó diciendo ella—, ¡le soy fiel! ¡Y nada, nada!, lo siento, me haría dejar de serlo. Sí, ¡ANTES ME MATARÍA! —murmuró con fría energía y ruborizándose de pudor ante la sola idea de una infidelidad imaginaria.
—¿Eh?… —le respondí levantando la cabeza y ligeramente estupefacto ante aquella confesión, — mira, — pero… ¡Sin embargo, Georges, y Gaston d’Al!… ¡y ese bello Aurelio! ¡Y Francis X***! Me parecía que… ¿eh?
Maryelle estalló en una fresca risa de notas de oro y cristal.
—¡Amables bromistas! —exclamó de pronto, sin transición—. ¡Ah!, los obligados impertinentes, — ¡sombría fiesta entonces! — ¿Ellos? ¡Ah, bien!… Por supuesto…
(Y se encogió desdeñosamente de hombros).
—¿Es culpa mía si hay que vivir bien? —añadió.
—Entiendo: le eres fiel… ¿en pensamiento?
—¡Tanto en pensamiento como en sensaciones! —exclamó de nuevo Maryelle, con un movimiento de hembra de armiño indignada.
Hubo un silencio.
—Querido —continuó con una de esas extrañas miradas femeninas en las que sólo pueden leer unos pocos espíritus—, si se supiera hasta qué punto mi historia, en esto al menos, ¡se vuelve la de todas las mujeres! — ¡Es tan fácil no profanar el tesoro de alegrías que sólo pertenecen al amor, a ese sentimiento divino que este niño y yo compartimos!… ¿El resto? — ¿Nos importa acaso? — ¿Tiene algo que ver en todo ello el corazón? ¿Tiene algo que ver el placer? El aburrimiento mismo, ¿tiene algo que ver?… De veras, mi querido poeta, eso de lo que quieres hablar es menos que un sueño y no significa nada.
Las mujeres tienen una forma de pronunciar la palabra sueño y la palabra poeta que sería para morirse de risa si uno tuviera tiempo.
—Por eso —terminó diciendo—, tengo derecho a decir que soy incapaz de engañarle.
—¡Ah!, eso, mi querida Maryelle —le respondí en tono de broma—, sin pretender que lo convenido de muchos favores me resulte ininteligible, sea cual fuere mi modestia, por más deseos que tenga de no acariciar ninguna quimera, ¿me autorizarías a JURAR que yo mismo, en fin, no estreché nunca entre mis brazos más que tu fantasma?
A esta loca pregunta, — sugerida tal vez por alguna sensible contrariedad, y porque la animación de su relato la había vuelto realmente de las más apetitosas, — se acodó en el borde de la mesa con melancolía: la punta de sus pálidos y finos dedos rozaba sus cabellos; a través de sus pestañas miraba arder una de las velas del candelabro, — luego, con una indefinible sonrisa:
—Querido —me dijo tras un silencio bastante profundo—, es molesto lo que me preguntas; pero, mira, ya nadie es tan pródigo de sí mismo en nuestros días. Y, entre otros, ni tú, ni yo. Las apariencias del amor, ¿no se han vuelto, para casi todos, preferibles al amor mismo? En el fondo, ¿no me has dado tú ejemplo del maldito sacrilegio… que querrías reprocharme? Entre nosotros, ¿no te sentirías algo incómodo si yo te hubiera amado?… ¿Tomas en serio el encanto, desde luego convenido, de un instante — quizá muy solitario, quizá muy poco compartido! — por la fundible y devoradora alegría del Amor? — ¡Cómo! Supongamos que arrancas un beso de los labios de una niña dormida; ¿la juzgarías por eso culpable de infidelidad a… su prometido, por ejemplo? Y, si un día la encuentras, ¿te atreverías a imaginarte, sin echarte a reír, que fuiste el rival de éste?… ¡Ah!, te aseguro que, al no haber sentido siquiera el roce de ese beso, ella estaría dispensada, respecto a ti, hasta del olvido. — Por indiferente que puedas ser para mí en amor, puedes creer, sin gran fatuidad, supongo, que supe distinguir el placer que debió de causarme tu simple persona del que también me ha causado este precioso diamante que llevo en el dedo — (¡ah, cierto, con una delicada y totalmente sencilla apariencia de recuerdo, lo concedo!) — pero, hablando francamente, ¿qué pobre chica, de oficio galante, te satisfaría mejor que tu muy humilde servidora Maryelle? En cuanto a lo demás, a lo que yo puedo haberte concedido por alegría o por indolencia, ésa es la ilusión que hay que dejar evaporada para siempre, — el polvo brillante de las alas de esa mariposa siempre se ha esfumado entre los dedos bastante crueles que intentaron atraparla de nuevo.
»Querido, no esperes convencerme de que, del amor, sólo has conocido esos vanos abandonos mezclados de tristes y necesarias segundas intenciones. — Me preguntas si sólo estrechaste entre tus brazos mi fantasma únicamente —concluyó la bella riendo—: pues bien, permíteme responderte que tu pregunta sería menos indiscreta e inconveniente (ésa es la palabra, ¿sabes?) si no fuera absurda. Porque — eso no te concierne.
—¡Vete deprisa en busca de tu Raoul, miserable! —exclamé furioso—. ¿Se habrá visto impertinente? Pretendo consolarme tratando de escribir tu ridícula historia. Eres de una fidelidad… ¡a toda prueba!
—¡No olvides el pseudónimo! —dijo Maryelle echándose a reír.
Se puso el sombrero de velillo, su larga capa, se abstuvo de besarme, — por una última muestra de consideración hacia las costumbres, y desapareció.
Cuando me quedé solo, me acodé en el balcón, mirando alejarse, bajo los árboles de la alameda, el carruaje que llevaba a aquella enamorada hacia su amor.
—¡Ahí va, con toda seguridad, un nueva Lucrecia! —pensé.
La hierba, muy luminosa por el aguacero de la noche, brillaba bajo la ventana: por hacer algo, arrojé en ella mi puro apagado.