Stories 93 / Random

Stories by auguste villiers de l'isle-adam

las señoritas de bienfilâtre (spanish)

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Pascal nos dice que, desde el punto de vista de los hechos, el Bien y el Mal son una cuestión de «latitud». En efecto: determinado acto humano se llama crimen aquí, buena acción allí, y viceversa. — Así, en Europa, por lo general se adora a los padres en su vejez; — en ciertas tribus de América, se les persuade para que se suban a un árbol; luego se sacude ese árbol. Si caen, el sagrado deber de todo buen hijo es, como antiguamente entre los mesenios, matarlos allí mismo a golpes de tomahawk para ahorrarles las preocupaciones de la decrepitud. Si encuentran fuerzas para aferrarse a alguna rama, es que todavía sirven para cazar o pescar, y entonces se aplaza su inmolación. Otro ejemplo: a los pueblos del Norte les gusta beber vino, resplandeciente líquido donde duerme el querido sol. Nuestra religión nacional nos advierte incluso que «el buen vino alegra el corazón». Entre los mahometanos vecinos, en el Sur, ese hecho está considerado como un grave delito. — En Esparta, el robo se practicaba y honraba: era una institución hierática, un complemento indispensable en la educación de todo lacedemonio serio. De ahí, sin duda, lo de griegos. — En Laponia, al padre de familia le honra que su hija sea objeto de todas las amabilidades de que puede disponer el viajero admitido en su hogar. En Besarabia también. — En el norte de Persia, y entre las poblaciones de Kabul, que viven en tumbas antiquísimas, si, tras haber recibido en algún confortable sepulcro una hospitalaria y cordial acogida, no estáis al cabo de veinticuatro horas en la mejor relación con toda la progenitura de vuestro anfitrión, guebro, parsi o wahabita, puede esperarse que os arranquen sin más la cabeza, — suplicio en boga en esos climas. Los actos son, por tanto, indiferentes en tanto que hechos físicos: sólo la conciencia de cada uno los hace buenos o malos. El punto misterioso que yace en el fondo de ese inmenso malentendido es esa necesidad innata en que se encuentra el hombre de crearse distinciones y escrúpulos, de prohibirse determinada acción en vez de tal otra, según que el viento de su país le haya soplado ésta o aquélla: se diría, en fin, que la Humanidad entera ha olvidado y trata de recordar, a tientas, no se sabe qué Ley perdida.
Hace algunos años florecía, orgullo de nuestros bulevares, un enorme y luminoso café, situado casi enfrente de uno de nuestros teatros de género, cuyo frontón recuerda el de un templo pagano. Allí se reunía diariamente la élite de esos jóvenes que luego se han distinguido bien por su valor artístico, bien por su incapacidad, bien por su actitud en los confusos días que hemos vivido.
Entre estos últimos, los hay incluso que han llevado las riendas del carro del Estado. Como se ve, no era cosa de poca monta lo que se reunía en ese café de las Mil y una noches. El burgués de París no hablaba de ese pandemónium sino bajando la voz. Muchas veces, el prefecto de la ciudad echaba con displicencia, a modo de tarjeta de visita, un escogido manojo, un inesperado ramillete de guardias municipales; éstos, con ese aire distraído y risueño que los distingue, desempolvaban entonces, como divirtiéndose, con el extremo de sus porras, las pícaras y traviesas cabezas. Era una atención que, aun siendo delicada, no por ello era menos sensible. Al día siguiente, habían desaparecido.
En la terraza, entre la hilera de coches de punto y la cristalera, un prado de mujeres, una floración de moños salidos del lápiz de Guys, emperifolladas con vestidos inverosímiles, descansaban cómodamente en las sillas, junto a unos veladores de hierro forjado pintados de verde esperanza. En esos veladores se entregaban las bebidas. Los ojos tenían algo del esmerejón y del ave de corral. Unas conservan en sus rodillas un gran ramillete, otras un perrillo, otras nada. Hubierais dicho que esperaban a alguien.
Entre aquellas jóvenes, dos se hacían notar por su asiduidad; los asiduos de la célebre sala las llamaban, sin más, Olympe y Henriette. Llegaban con el crepúsculo de la tarde, se instalaban en un rincón bien iluminado, pedían, más por hacer algo que por necesidad real, un vasito de vespetro o un mazagrán, y luego vigilaban a los transeúntes con ojos meticulosos.
¡Eran las señoritas de Bienfilâtre!
Sus padres, gente íntegra, educados en la escuela de la desgracia, no habían tenido medios para hacerles saborear las alegrías de un aprendizaje: el oficio de esa austera pareja consistía, sobre todo, en colgarse a cada instante, con actitud desesperada, de esa larga columna en espiral que corresponde a la cerradura de una puerta cochera. ¡Duro oficio! ¡¡¡Y para recoger, apenas y escasas, algunas propinas!!! ¡Nunca había conseguido ningún premio en la lotería! Por eso Bienfilâtre echaba pestes, al desayunar por la mañana. Olympe y Henriette, como hijas piadosas, comprendieron desde muy pronto que había que intervenir. Hermanas de vida alegre desde su más tierna infancia, consagraron el precio de sus vigilias y sudores a mantener un bienestar modesto, cierto, pero honorable en la portería. — «Dios bendice nuestros esfuerzos», decían a veces, porque les habían inculcado buenos principios y, tarde o temprano, una primera educación basada en principios sólidos, da sus frutos. Cuando la gente se inquietaba por saber si sus trabajos, en ocasiones excesivos, no alterarían su salud, respondían evasivamente con ese aire dulce y azotado de la modestia y bajando los ojos: «Hay gracias de estado…»
Las señoritas de Bienfilâtre eran, como se dice, de esas obreras «que hacen su día de noche». Cumplían, con tanta dignidad como era posible (dados ciertos prejuicios del mundo) una tarea ingrata, a menudo penosa. No eran de esas desocupadas que proscriben, como deshonroso, el santo cáliz del trabajo, y no se avergonzaban por ello. De ellas se citaban varias ocurrencias ingeniosas que habrían hecho estremecerse la ceniza de Montyon en su bello cenotafio. — Una noche, entre otras, habían rivalizado en emulación y se habían superado a sí mismas para pagar la sepultura de un viejo tío que, sin embargo, no les había legado más que el recuerdo de diversos pescozones cuyo reparto había tenido lugar hacía mucho, en los días de su infancia. También eran vistas con buenos ojos por todos los parroquianos de la estimable sala, entre los que había gente nada transigente. Una señal amistosa, un saludo con la mano respondían siempre a su mirada y a su sonrisa. Nunca nadie les había dirigido un reproche ni una queja. Todos reconocían que su trato era dulce, afable. En resumen, no debían nada a nadie, honraban todos sus compromisos y, por lo tanto, podían llevar la cabeza bien alta. Ejemplares, ahorraban para los imprevistos, para «cuando los tiempos fueran duros», para retirarse un día honorablemente de los negocios. — Formales, cerraban el domingo. Como chicas prudentes, no prestaban atención a las palabras de los jóvenes lechuguinos, que sólo sirven para apartar a las jóvenes de la vía rígida del deber y del trabajo. Pensaban que, en la actualidad, sólo la luna es gratuita en amor. Su divisa era: «Rapidez, Seguridad, Discreción»; y, en sus tarjetas de visita, añadían: «Especialidades».
Un día, la más joven, Olympe, dio un mal paso. Esta desdichada niña, hasta entonces irreprochable, escuchó las tentaciones a que la exponía más que a otras (que tal vez la criticaron demasiado deprisa) el medio en el que su estado la obligaba a vivir. En resumen, cometió una falta: — amó.
Fue su primera falta; pero ¿quién ha sondeado el abismo al que puede arrastrar una primera falta? Un joven estudiante, ingenuo, bello, dotado de un alma de artista y apasionada, pero pobre como Job, un tal Maxime, cuyo apellido callamos, la galanteó y la echó a perder.
Inspiró a la pobre niña la pasión celestial que, dada su posición, no tenía más derecho a sentir que Eva a comer el fruto divino del Árbol de la vida. Desde ese día, olvidó todos sus deberes. Todo anduvo sin orden y en desbandada. Cuando una chiquilla tiene el amor en la cabeza, ¡date por perdido!
Y su hermana, ¡ay!, ¡aquella noble Henriette que ahora se doblaba, como suele decirse, bajo la pesada carga! A veces, se cogía la cabeza entre las manos dudando de todo, de la familia, de los principios, ¡dela Sociedad misma! — «¡No son más que palabras!», gritaba. Cierto día encontró a Olympe con un vestido negro, sin sombrero en la cabeza, y un pequeño cuenco en la mano. Al pasar, haciendo como si no la reconociera, Henriette le había dicho muy bajito: «¡Hermana, su conducta es incalificable! ¡Respete al menos las apariencias!»
Tal vez esperaba que, con estas palabras, volviera al camino del bien.
Todo fue inútil. Henriette sintió que Olympe estaba perdida; se puso colorada y siguió adelante.
Lo cierto es que en la honorable sala se había hablado. Por la noche, cuando Henriette llegaba sola, la acogida ya no era la misma. La solidaridad existe. Se daba cuenta de ciertos matices, humillantes. Le manifestaban más frialdad desde la noticia del fraude de Olympe. Orgullosa, sonreía como el joven espartano cuyo pecho desgarraba un zorro, pero en aquel corazón sensible y recto todos aquellos golpes afligían. Para la verdadera delicadeza, cualquier nadería hace a menudo más daño que el ultraje grosero, y, en este punto, Henriette poseía una sensibilidad de sensitiva. ¡Cómo debió de sufrir!
¡Y por la noche, en la cena familiar! El padre y la madre, agachando la cabeza, comían en silencio. No se hablaba de la ausente. A los postres, en el momento del licor, Henriette y su padre, tras haberse echado una mirada a escondidas y haber enjugado sus respectivas lágrimas, se cogían silenciosamente la mano por debajo de la mesa. Y el viejo portero, disgustado, tiraba sin motivo del cordón y abría la puerta, para disimular alguna lágrima. A veces, bruscamente y apartando la cabeza, se llevaba la mano al ojal como para arrancar de él vagas condecoraciones.
Una vez, incluso, el portero trató de recuperar a su hija. Taciturno, se decidió a subir los varios pisos donde vivía el joven. Allí: — «¡Desearía recuperar a mi pobre hija!, sollozó. — Señor, respondió Maxime, la amo, y le ruego que me conceda su mano. — ¡Miserable!», había exclamado Bienfilâtre mientras huía, indignado ante aquel «cinismo».
Henriette había apurado el cáliz. Era preciso una última tentativa; se resignó por tanto a arriesgarlo todo, incluso el escándalo. Una noche supo que la deplorable Olympe debía ir al café para saldar una pequeña y vieja deuda: avisó a su familia, y se dirigieron hacia el luminoso café.
Semejante a la Malonia, que deshonrada por Tiberio se presentó ante el Senado romano para acusar a su violador antes de apuñalarse en su desesperación, Henriette entró en la sala de los austeros. El padre y la madre se quedaron, por dignidad, en la puerta. Se tomaba el café. Al ver a Henriette, los semblantes se tiñeron de cierta severidad; pero como se dieron cuenta de que quería hablar, las largas planas de los periódicos se abatieron sobre las mesas de mármol y se hizo un religioso silencio; se trataba de juzgar.
En un rincón se distinguía, avergonzada y haciéndose casi invisible, a Olympe con su modesto vestido negro, en una mesa aislada.
Henriette habló. Durante su discurso, se vislumbraba, a través de la cristalera, a los Bienfilâtre inquietos, que miraban sin oír. Al final, el padre no pudo aguantar más; entreabrió la puerta e, inclinado, con el oído al acecho y la mano en el pomo de la cerradura, escuchaba.
Y jirones de frases le llegaban cuando Henriette elevaba un poco la voz: — «¡Una se debía a sus semejantes!… Semejante conducta… Era enemistarse con toda la gente seria… ¡Un tunante que no le da ni un céntimo!… ¡Un golfo!… — El ostracismo que pesaba sobre ella… Abandonar su responsabilidad… ¡Una chica que se ha puesto el mundo por montera!… que piensa en las musarañas…, que, no hacía mucho, estaba en el candelero… Esperaba que la voz de aquellos señores, más autorizada que la suya, que los consejos de su vieja experiencia perspicaz… la devolverían a ideas más sanas y más prácticas… ¡En este mundo no está una para divertirse!… Les suplicaba que mediaran… ¡Había echado mano de los recuerdos de infancia!… ¡De la voz de la sangre! Todo había sido inútil… En ella ya no vibraba nada. ¡Una chica perdida! — ¡Y qué aberración!… ¡Qué lástima!»
En ese momento el padre, encorvado, entró en la honorable sala. Ante la aparición de la desgracia inmerecida, todo el mundo se levantó. Hay ciertos dolores que no se intentan consolar. Todos se acercaron, en silencio, a estrechar la mano del digno viejo para indicar que le acompañaban, discretamente, en su infortunio.
Olympe se retiró, avergonzada y pálida. Durante un instante, sintiéndose culpable, había dudado en arrojarse en los brazos de la familia y la amistad, siempre abiertos al arrepentimiento. Pero la pasión había prevalecido. Un primer amor echa en el corazón profundas raíces que ahogan incluso los gérmenes de los sentimientos anteriores.
Sin embargo, el escándalo había provocado en el organismo de Olympe una repercusión fatal. Su conciencia, maltratada, se rebelaba. Al día siguiente tuvo fiebre. Se metió en cama. Se moría de vergüenza, literalmente. Lo moral mataba lo físico: la hoja destrozaba la vaina.
Acostada en su pequeña habitación, y sintiendo la cercanía de la muerte, pidió ayuda. Buenas almas vecinas le llevaron un ministro del cielo. Una de ellas emitió la observación de que Olympe estaba débil y necesitaba tomar fortificaciones. Una criada le subió, pues, una sopa.
Apareció el sacerdote.
El viejo eclesiástico se esforzó por calmarla con palabras de paz, de olvido y de misericordia.
—¡He tenido un amante!… —murmuraba Olympe, acusándose así de su deshonra.
Omitía todos los pecadillos, las murmuraciones, las impaciencias de su vida. Sólo eso acudía a su mente: ésa era la obsesión. «¡Un amante! ¡Por placer! ¡Sin ganar nada!» Ahí estaba el crimen.
No quería atenuar su falta hablando de su vida anterior, hasta entonces pura y hecha de abnegación. Sentía de sobra que esa etapa era irreprochable. Pero aquella vergüenza, en la que sucumbía, de haber guardado el amor para un joven sin posición y que, según la expresión exacta y vengadora de su hermana, ¡no le daba un céntimo! Henriette, que no había fallado nunca, se le aparecía como en una gloria. Se sentía condenada y temía los rayos del soberano juez, ante el que podía encontrarse frente a frente de un momento a otro.
El eclesiástico, habituado a todas las miserias humanas, atribuía al delirio ciertos puntos que le parecían inexplicables —difusos incluso—, en la confesión de Olympe. Quizá hubo allí un malentendido, ciertas expresiones de la pobre niña que volvieron soñador al abate dos o tres veces. Pero como el único punto del que debía preocuparse era el arrepentimiento, el remordimiento, poco importaba el detalle de la falta: la buena voluntad de la penitente, su dolor sincero bastaban. Pero en el momento en que iba a levantar la mano para absolver, la puerta se abrió ruidosamente: era Maxime, espléndido, con aspecto feliz y radiante, llena la mano de algunos escudos y tres o cuatro napoleones, que hacía bailar y sonar triunfalmente. Su familia había cumplido con ocasión de sus exámenes: eran para su matrícula.
Olympe, sin notar al principio aquella significativa circunstancia atenuante, extendió horrorizada sus brazos hacia él.
Maxime se había detenido, estupefacto ante aquel cuadro.
—¡Valor, hijo mío!… —murmuró el sacerdote, que creyó ver en el movimiento de Olympe un adiós definitivo al objeto de una alegría culpable y deshonesta.
En realidad, era sólo el crimen de aquel joven lo que ella rechazaba, —y aquel crimen era no ser «serio».
Pero en el momento en que el augusto perdón descendía sobre ella, una sonrisa celestial iluminó sus inocentes rasgos; el sacerdote pensó que se sentía salvada, y que oscuras visiones seráficas se volvían transparentes para ella en las mortales tinieblas de la última hora. — En efecto, Olympe acababa de ver brillar, vagamente, entre los dedos transfigurados de Maxime, las monedas del metal sagrado. ¡Fue sólo entonces cuando sintió los efectos salvadores de las misericordias supremas! Se desgarró un velo. ¡Era el milagro! Por aquel signo evidente, se veía perdonada desde lo alto, y redimida.
Deslumbrada, con la conciencia sosegada, cerró los párpados como para recogerse antes de abrir sus alas hacia los azules infinitos. Luego sus labios se entreabrieron y su último suspiro se exhaló, como el perfume de un lirio, murmurando estas palabras de esperanza: — «¡Ha pagado!»