el aparato para el análisis químico del último suspiro (spanish)
¡Está hecho! — Nuestras victorias sobre la Naturaleza ya no se pueden contar. ¡Hosanna! ¡Ni siquiera el tiempo de pensarlo! ¡Qué triunfo!… En efecto, ¿para qué pensar? — ¿Con qué derecho? — Además: ¿pensar? En el fondo, ¿qué quiere decir eso? ¡Palabras nada más!… ¡Descubramos a toda prisa! ¡Inventemos! ¡Olvidemos! ¡Volvamos a encontrar! Recomencemos y — ¡adelante! ¡Cuerpo a tierra! Bah, la Nada sabrá reconocer de sobra a los suyos.
¡Oh magia! ¡Por fin, los instrumentos más sutiles de la Ciencia se vuelven juguetes entre las manos de los niños! Testigo: el delicioso Aparato del profesor Schneitzoëffer (junior), de Nürnberg (Bayern), para el análisis químico del último suspiro.
Precio: un doble tálero — (7,95 francos con la caja) — ¡un regalo!… Franquear. Sucursales en París, en Roma y en todas las capitales. — Porte incluido. — Evitar falsificaciones.
Gracias a ese Aparato, desde ahora los niños podrán echar de menos a sus padres sin dolor.
¡Ah, el bienestar físico ante todo! — Aunque tenga que parecerse a la descripción que el moralista nos da del interior del convento en Justine, o la virtud recompensada.
En una palabra, es como para preguntarse si la Edad de oro no vuelve.
Semejante instrumento encuentra su sitio, de forma totalmente natural, entre los aguinaldos útiles para propagarse en las familias, con este doble motivo: la alegría de los niños y la tranquilidad de los padres.
También se puede deslizar en un huevo de Pascua, colgarlo en los árboles de Navidad, etc.
El ilustre inventor hace una rebaja a los periódicos que quieran ofrecerlo como regalo a sus suscriptores; se recomienda asimismo a los promotores de tómbolas; las loterías nacionales lo piden una y otra vez.
Esta joya puede colocarse a propósito bajo la servilleta de un abuelo en una cena de fiesta — o en un banquete de bodas — o en la canastilla, como regalo a la suegra, o incluso ofrecerse simplemente, en propia mano, a los progenitores de los viejos amigos de provincias cuando se quiere causar en éstos lo que se llama una encantadora sorpresa.
Imaginemos, en efecto, la hora de la siesta en una pequeña ciudad. —Después de haber hecho sus compras, las madres de familia han vuelto cada una a su casa. Se ha cenado.— La familia ha pasado al salón. Es una de esas veladas sin visitas en las que, reunidos alrededor de la chimenea, los padres se adormecen un poco. Se ha bajado la lámpara, y la pantalla mengua todavía más su luz. Los flecos de los gorros de seda negra sobrepasan, inclinados, las orejeras de los sillones. La lotería, tan trágica a veces, está olvidada; hasta el juego de la Oca ha sido relegado al gran cajón. La gaceta yace a los pies de los que duermen. El viejo invitado, discípulo (en voz baja) de Voltaire, digiere apaciblemente sumido en alguna blanda poltrona. Sólo se oye la aguja uniforme de la hija picando su bordado junto a la mesa y acompasando así la apacible respiración de los autores de la suya, todo medido por el tic-tac del péndulo. En resumen, el honesto salón burgués respira la quietud bien adquirida.
¡Dulces cuadros de la familia, el Progreso, lejos de excluiros, os rejuvenece, como un hábil tapicero renueva los muebles de antaño!
Pero no nos enternezcamos.
¿En qué se divertirán entonces los niños, en lugar de hacer ruido y despertar a los enfurecidos padres con sus antiguos juguetes, — tan escandalosos? ¡Mirad! — Ahí llegan, de puntillas, on tip toe, reprimiendo los frescos estallidos de su loca risa inextinguible. — ¡Chist!… acercan, inocentemente, a la boca de sus ascendientes el pequeño aparato del profesor Schneitzoëffer (junior). — (En Francia se pronuncia Bertrand para ir más deprisa).
¡Ése es el juego! — ¡Pobres pequeños!… — ¡Practican!… Preludian en ese momento (¡ay, al que debería ser tan normal acostumbrarse pronto!), lo que harán en el de verdad. Desgastan así, mediante una especie de gimnasia moral, el demasiado punzante de la futura pena que sentirán por la pérdida de sus parientes (no era esa ficticia costumbre). ¡Mitigan por adelantado el desconsuelo final!
Lo ingenioso del procedimiento consiste en recoger, en ese alambique de lujo, un buen número de anteúltimos suspiros, durante el sueño de la Vida, para poder comparar un día los precipitados, reconocer en qué se diferencia el primero del sueño de la Muerte. Por lo tanto, en el fondo, esta diversión no es más que un revigorizante preventivo, que depura, desde ahora, de toda predisposición a las emociones demasiado dolorosas, a los temperamentos tan tiernos de nuestros benjamines. Los familiariza artificialmente con las angustias del día de duelo, que, ENTONCES, sólo serán conocidas, tamizadas e insignificantes.
¡Y cómo se abrazan, al despertar, todas esas queridas cabezas rubias! —¡Con qué dulce melancolía no se estrecha contra el corazón a estos alegres traviesos!
Sin faltar gravemente a nuestro mandato de filósofo, ¿podríamos resistir al deber de repetirlo?… ¿Aunque sea de mala gana? — Es una joya científica, — indispensable en todo salón de buena compañía — y los servicios que puede prestar a la sociedad propiamente dicha y al Progreso prescriben, bajo todos los puntos de vista, la obligación de preconizarlo apasionadamente.
Nunca se podría inculcar lo bastante a la juventud — y, pronto, incluso, a la infancia, — el gusto por este recreo higiénico.
El aparato Schneitzoëffer (junior) —el único cuyo uso tonifica los nervios de los niños demasiado cariñosos, — está llamado a convertirse, por así decir, en el vade mecum del colegial en vacaciones, que estudiará su aplicación, del adorable travieso, entre la de dos verbos pronominales o deponentes. Sus maestros se lo indicarán como uno de sus deberes. — A su vuelta, el juguete se podrá colocar en su pupitre.
—¡Feliz siglo! — Ahora, en el lecho de muerte, ¡qué consuelo para los padres pensar que esos dulces seres — ¡demasiado amados! — no perderán ya el tiempo — el tiempo, ¡que es dinero! — ¡en flujos inútiles de las glándulas lacrimales y en esos gestos ridículos que casi siempre entrañan las muertes imprevistas!… ¡Cuántos inconvenientes evitados con el empleo cotidiano de ese preservativo!
Una vez acostumbrados, los herederos — que han adquirido la indiferencia iluminada, simpática, entristecida, conveniente, en fin — ante la muerte de los suyos, — al haber diluido, digámoslo, la desolación desde hace mucho, — ya no tendrán que temer las consecuencias de la conmoción y del aturdimiento en que la inmediatez de los lúgubres preparativos sumía a veces a los antepasados: estarán vacunados contra esa desesperación. A este respecto, va a inaugurarse positivamente una era nueva.
Las exequias se harán sin trastornos, y, por así decir, de cualquier manera.
En toda circunstancia (¡no lo olvidemos nunca!), nuestra divisa debe ser la siguiente: — ¡Calma! — Calma. — Calma.
Así, los intereses, descuidados durante los primeros días, el recogimiento y la desazón del momento que sólo aprovecha a la proverbial rapacidad de los sepultureros — (¡qué negros enredadores!…), — los testamentos redactados apresuradamente y, como se dice, a la buena de Dios, — ológrafos incomprensibles sobre los que se abate la bandada de cuervos de los hombres de la ley con gran perjuicio para los colaterales, convertidos en inconsolables, — las supremas instrucciones dictadas atolondradamente por los moribundos, la incuria de la casa mortuoria, las dilapidaciones de los sirvientes, — ¡cuántos detrimentos puede conjurar el uso diario del aparato de Schneitzoëffer (junior)!
Se escamotearán los cadáveres lo más rápidamente posible, — y en la casa no se darán cuenta siquiera de que habéis desaparecido. Todo proseguirá, desde ese mismo instante, su razonable rutina.
Las artes van a resentirse. Gracias a él, dentro de unos diez años, el cuadro de la Hija del Tintoretto, sólo será notable como coloración, y las marchas fúnebres de Beethoven o de Chopin ya sólo se comprenderán como música de baile.
¡Oh, no ignoramos contra qué prejuicios debe luchar Schneitzoëffer!… Pero ¿estamos, sí o no, en un siglo práctico, positivo y de luces? Sí. — Pues bien, ¡seamos de nuestro siglo! Hay que ser de su siglo. — ¿Quién quiere sufrir hoy en día? ¿En realidad? — Nadie. — Por lo tanto, nada de falso pudor ni de sensiblería de mala calidad. Nada de sentimentalismos estériles, perjudiciales, la mayoría de las veces exagerados, y que ni siquiera engañan a los transeúntes, — y sus convenidos sombrerazos ante las carrozas fúnebres.
En nombre de la Tierra, ¡un poco de buen sentido y de sinceridad! — Por más importancia que nos demos, ¿éramos visibles en el microscopio solar hace unos años? No. Por lo tanto, ¡no condenemos demasiado deprisa lo que nos choca por falta de costumbre y de reflexión suficiente! Valientes librepensadores, pongamos de moda la dignidad sonriente del dolor filial, podándolo, por adelantado, de sus aspectos descerebrados que rozan a veces lo grotesco.
Digamos más: la piadosa postración del niño que ha perdido a su anciana madre, por ejemplo, ¿no es (en nuestros días) un lujo que los indigentes, agobiados por una tarea obligatoria, no pueden permitirse? El ocio de esa ensoñación mórbida no es por lo tanto de primera necesidad; en fin, ¡que se puede pasar de él! Los gemidos de la gente acomodada, ¿son algo distinto que un despilfarro del tiempo social compensado por el trabajo de las clases laboriosas que, menos favorecidas por la Fortuna, refuerzan los suyos?
El rentista no lloriquea por sus difuntos sino a costa de los menesterosos: hace que, implícitamente, se le ofrezca el coste social de esa prerrogativa, las lágrimas, por los mismos que no tienen medio de derramarlas sino a escondidas.
Hoy día, todos pertenecemos a la gran Familia humana: está demostrado. Por lo tanto, ¿por qué lamentar a uno más que a otro?… Concluyamos: dado que todo se olvida, ¿no es mejor acostumbrarse al olvido inmediato? — Las muecas más enloquecidas, los sollozos, los hipos mejor entrecortados, las ululaciones y jeremiadas más sentidas no resucitan, por desgracia, a nadie.
Y, en última instancia, incluso, ¡por suerte! Porque, si no, ¿no estaríamos pronto tan apretados en el planeta como un banco de arenques? — Prolíficos como nos volvemos, sería insoportable. La ineluctable profecía de los economistas se cumpliría en breve plazo; el digno Pólipo humano moriría de plétora, — y — una vez reconocido como insuficiente el recurso intermitente de las guerras o de las epidemias, — matarse unos a otros, a grandes golpes de capa, se volvería indispensable si persistiéramos en querer respirar o circular sobre este globo, — sobre este globo en el que la Ciencia nos demuestra, por A más B, que, después de todo, no somos sino unos parásitos provisionales.
Dicho sea esto para esos burlones, ¿sabéis?, para esos sombríos escritores que hay que releer varias veces si se quiere captar la verdadera significación de lo que dicen.
—«¡Sin dolor! ¡Señores! ¡Acudan! ¡Pidan! ¡Hagan que les sirvan! ¡7,95 francos con la caja! — Vean… señores y señoras, ¡aquí está el objeto!… El alma está en el fondo. ¡Debe estar en el fondo! — El cuadro que ven ahí, en el escaparate, en el extremo de mi varita, representa al ilustre profesor en el momento en que, al desembarcar en las felices orillas del Sena, es recibido por el señor Thiers, el Sah de Persia y una multitud de ilustrados personajes! — ¡El instrumento es inofensivo! Totalmente inofensivo. Sobre todo, si uno quiere tomarse la molestia de recorrer (no con ojos huraños y distraídos, como esos con los que en este momento sublime me honráis, sino con atención y madurez) — las instrucciones que lo acompañan. Como los reactivos empleados — revulsivos, tóxicos y estornutatorios, — son el secreto del Inventor, la Administración de patentes nos prohíbe, por desgracia, divulgarlos. Ayer nos llegó esa advertencia por los cuidados de la Oficina de escarapelas.
»No obstante, para tranquilizar a los clientes de la Burguesía, clase a la que se dirige muy especialmente el profesor, podemos revelar que la mixtura contenida en la bola de cristal multicolor con la que el Aparato se constituye en su forma, es a base de nitroglicerina, y todos saben que nada es más inofensivo ni más untuoso que la glicerina. Se emplea diariamente para el aseo. (Agitar antes de utilizarla). — “¡Dense prisa!” ¡Estas joyas ortopédicas del corazón son el éxito de la época! ¡Nos las quitan de las manos! ¡La manufactura de Núremberg está sobrecargada!…
»El sorprendente profesor Schneitzoëffer (junior) mismo está extenuado, porque ya no da abasto a los pedidos, a pesar de los obstáculos que le crea, en todo instante, el clero.
»Tesoro de los nervios, calmante graduado, Ued-Allah de las familias, este Aparato se impone a los padres serios que, libres de los prejuicios del corazón, juzgan que si el sentimiento es algo dulce en su debido momento, ¡no se necesita demasiado cuando uno es verdaderamente un Hombre! — En efecto, bajo la antigua luz de los astros, Humanidad sólo se llama, hoy día, al público, y Hombre al individuo. Ya no tomamos por testigo a un firmamento vago y pasado de moda, sino al Sistema solar, señoras y señores, sí, ¡al Sistema solar!, desde Mercurio hasta el inevitable Zeta Hérculis.