dos augures (spanish)
Jóvenes de Francia, almas de pensadores y de escritores, maestros de un Arte futuro, jóvenes creadores que venís, con el relámpago en la frente, confiados en vuestra fe nueva, decididos a adoptar, si es necesario, esta divisa que, por ejemplo, os ofrezco: «¡Aguantar para durar!», vosotros que, todavía perdidos, bajo vuestra lámpara de estudio, en algún frío cuarto de la capital, os habéis dicho, muy bajo: «¡Oh poderosa prensa, dame tus millares de hojas en las que escribiré pensamientos de una belleza nueva!», tenéis la legítima esperanza de que os será permitido hablar en ella según lo que tenéis la misión de decir, y no repetir lo que la demente barahúnda quiere que se le diga, — ¿pensáis, humildes y pobres, que vuestras páginas de luz, lanzadas a la Humanidad, pagarán por lo menos el precio de vuestro pan cotidiano y el aceite de vuestras vigilias?
Pues bien, escuchad el extraño coloquio de apariencia paradójica — (aunque del más irrefutable realismo) — que recientemente se estableció entre cierto director de una de esas gacetas y uno de nuestros amigos, que un día se había disfrazado, por curiosidad, de aspirante a periodista.
Como, en mi mente, esta escena tiene la apariencia de ocurrir siempre, —y como todas las demás de este tipo no deben ser, en el fondo, —tácitas o habladas,— más que la calderilla de ésa (¡la eterna!)— me veo obligado, ¡oh vosotros que estáis predestinados a renovarla por vosotros mismos!, a situarla en el presente de indicativo.
Penetremos en ese gabinete, de un verde tan hermoso casi siempre, donde el director — uno de esos hombres que tratan a los honrados burgueses de «materia abonable», — está sentado a la mesa, con un codo apoyado en el brazo del sillón y la barbilla en la mano, fingiendo meditar y jugando descuidadamente con la otra mano con el tradicional abrecartas de marfil.
Aparece un ordenanza, que entrega una tarjeta a ese pensador.
Éste la coge, le echa una ojeada distraída, luego alza unas cejas inquietas y, tras un ligero estremecimiento, murmura mientras se recobra:
—¿Un «Desconocido»? — ¡puaf! Algún gascón presumiendo de llegar hasta mí. Hoy todo el mundo es conocido, calado totalmente. — ¿Y qué pinta tiene ese señor?
—Es un joven, señor.
—¡Diablos! ¡Hágale pasar!
Un instante después aparece nuestro joven amigo.
El director se levanta y con su voz más seductora murmura:
—¿Es a un desconocido a quien tengo el honor de hablar?
—Nunca me hubiera atrevido a presentarme sin ese título —responde el sedicente plumífero.
—¿Quiere tomarse la molestia de sentarse?
—Vengo a ofrecerle una pequeña crónica de actualidad, — algo ligera, naturalmente…
—Por supuesto. Vayamos al grano. ¿Cuál sería su precio por línea?
—Pues ¿de tres a tres francos cincuenta? ¿Le parece? —responde con toda seriedad el neófito.
(Sobresalto del director).
—Permítame: ni el «Montepin», ni siquiera «Hugo», ni el «du Terrail», en fin, cobran esa tarifa —replica.
El joven se levanta y, en tono frío, dice:
—¡Veo que el señor director olvida que yo soy to-tal-men-te desconocido!
Un silencio.
—Vuelva a sentarse, por favor. Los negocios no se tratan así. No niego que, en los tiempos que corren, un desconocido no sea, en efecto, una rara ave; sin embargo…
—Debo añadir, señor —interrumpe en tono desenvuelto el aspirante a escritor—, que, aunque sin sombra de talento, soy de una ausencia de talento… magistral. Lo que se llama un «cretino» en el lenguaje de la sociedad. Mi único talento es ser diestro en los arcanos de los boxeos inglés e irlandés, algo limitados. — En cuanto a la Literatura, le declaro que para mí es carta cerrada y sellada con siete sellos.
—¿Eh? —exclama el director temblando de alegría—, ¿se pretende sin ningún talento literario, joven presuntuoso?
—Estoy en condiciones de probar, ahora mismo, mi falta de pericia en la materia.
—¡Imposible, por desgracia! — ¡Fanfarronea usted!… —balbucea el director, removido evidentemente en lo más secreto de sus más viejas esperanzas.
—Soy —continúa el extraño con una dulce sonrisa— lo que se llama un deslucido y pedante escritorzuelo, dotado de una necedad de ideas y de una vulgaridad de estilo de primer orden, una pluma banal por excelencia.
—¿Usted? ¡Vamos, hombre! — ¡Ay, si fuera verdad!
—Le juro, señor…
—¡A otro con ese hueso! —prosigue el director con los ojos humedecidos y una sonrisa melancólica.
Luego, mirando enternecido al joven:
—Sí, ¡está la Juventud, que no duda de nada! ¡El fuego sagrado! ¡Las ilusiones! ¡A la primera, y creen haber llegado!… — Ningún talento, ¿dice usted? Pero ¿sabe, señor, que en nuestros días hay que ser un hombre de los más notables para no tener ningún talento? ¿Un hombre importante?… ¿Que, a menudo, sólo se llega a ese punto tras medio siglo de luchas, de trabajos, de humillaciones y de miseria, y que entonces uno no es más que un advenedizo? ¡Oh juventud! ¡Primavera de la vida! Primavera della vita! Pero yo, señor — yo, quien le habla — busco desde hace veinte años ¡UN HOMBRE QUE NO TENGA TALENTO!… ¿Me oye?… Nunca he podido encontrar a uno. He gastado más de medio millón en esa caza del mirlo blanco: ¡me he «embarcado» en esa loca empresa! ¡Qué quiere! Era joven, ingenuo, me he arruinado. — Hoy todo el mundo tiene talento, mi querido señor; usted igual que todos los demás. No nos sobreestimemos. Créame, es inútil. Es un juego pasado, es pura triquiñuela, ya no cuela. Seamos serios.
—Señor, tales sospechas… Si yo tuviera talento, ¡no estaría aquí!
—¿Y dónde estaría?
—Cuidándome, le ruego que me crea.
—Lo cierto es —balbucea entonces el director ablandándose y siempre con su fina sonrisa—, lo cierto es que mi ordenanza, — el encantador joven que me ha entregado su tarjeta (un licenciado en letras, en verdad, y premiado como tal — ¡eh!, ¡qué bella es la Ciencia! En nuestros días lleva a todo), — no es nada menos que el autor de tres o cuatro magníficas obras dramáticas y, permítame la palabra, «literarias», premiadas en muchos concursos del Institut de France sobre centenares de otras, representadas con preferencia, naturalmente, a las suyas. Pues bien, ¡el desdichado no ha querido seguir ningún tratamiento! También es, en realidad, según confesión de sus mejores amigos, un loco que no podría llegar a nada. Lo declaran, con lágrimas en la voz, un borracho, un bohemio, un proxeneta, un timador y un fracasado, añadiendo mientras miran al cielo: «¡Qué lástima!» — Dios mío, de sobra sé que en París, — donde se ha convenido que todo el mundo es deshonrado por la mañana y rehabilitado por la noche, — eso carece de importancia; — en el fondo, hasta es un reclamo; — pero como su torpe despreocupación no sabe sacar una fortuna de ello, confiese que es legítimo que se le odie. Y es por pura humanidad por lo que me digno sustraerlo, momentáneamente, al hospicio. Volvamos a usted. — ¿Desconocido y sin sombra de talento, decíamos? — No, no puedo creerlo. Sería su fortuna y también la mía. ¡Le ofrecería seis francos la línea! — Veamos, entre nosotros, ¿quién me garantiza la nulidad de ese artículo?
—¡Lea, señor! —articula con orgullo el joven tentador.
—¡Se ve que acaba usted de escapar ayer mismo de la Adolescencia, señor! —responde, riendo, el director—: nosotros sólo leemos lo que estamos decididos a no publicar nunca. Sólo se imprime la copia debidamente ilegible. Y, mire, la suya, a simple vista, parece mancillada con cierta caligrafía, — cosa que es de bastante mal augurio. Esto podría volverle sospechoso de cuidar lo que hace. Ahora bien, todo periodista verdaderamente digno de ese gran título sólo debe escribir a vuela pluma, no importa lo que se le pase por la cabeza, — y sobre todo, ¡sin releer! ¡A salga lo que saliere! Y con convicciones debidas solamente al humor del momento y al color del periódico. ¡Y adelante!… ¡Es evidente que, sin eso, un buen diario no saldría nunca! No se tiene el ocio, querido señor, de perder el tiempo reflexionando sobre lo que se dice cuando el tren de la provincia espera nuestros paquetes de papel; en fin, ¡eso es evidente! Es preciso que el suscriptor imagine que lee algo, ¿me comprende? ¡Y si usted supiera que, en el fondo, todo lo demás le da igual!
—Tranquilícese, señor; es el copista…
—¡Manda hacer una copia! — ¡Desdichado! ¿Está de broma?
—Mi copia no sólo era ilegible sino que estaba recargada con tales faltas de ortografía y de francés… que, palabra… para el primer artículo… he pensado…
—¡Al contrario, razón de más para traérmelo como esté! — ¿Nunca conocerá el diamante su valor? — ¡Las faltas de ortografía, de francés!… ¿Ignora que no pueden conseguirse tipógrafos que no las corrijan, — cosa que a menudo quita toda la sal a un artículo? Ahí radica precisamente esa naturalidad, ese sabor, esa espontaneidad que tanto gusta a los verdaderos entendidos. ¡Al ciudadano le gustan las erratas, señor! Le halaga descubrirlas. Sobre todo en provincias. Ha cometido el mayor de los errores. ¡En fin! — Y esa crónica, ¿la ha sometido a algún experto?
—Debo confesárselo, señor director. Dudando de mí mismo, porque carezco de talento, a Dios gracias…
—¡Maldita sea! Eso espero —interrumpe el director tras una furtiva ojeada sobre un revólver colocado a su lado.
—Después de haber buscado el tipo que debía representar la media de las inteligencias públicas para esa gran prueba, mi elección ha recaído en mi — (tanto peor, diré la palabra), en mi «portero» —, que es un antiguo recadero auvernés, envejecido a lo largo de las barandillas, agotado por los sobresaltos nocturnos y al que una lectura demasiado exclusiva de sobres de cartas ha vuelto, literalmente, huraño.
—¡Eh, eh! —masculla entonces el director, ahora muy atento, — la elección era, en efecto, tan sutil como práctica y juiciosa. Porque el público ama apasionadamente, observe esto, ¡lo Extraordinario! Pero como no sabe muy bien en qué consiste, en literatura (permítame siempre la palabra), eso mismo Extraordinario que ama apasionadamente, se deduce, a mis ojos, que la apreciación de un portero debe parecer preferible, en buen periodismo, a la del Dante. — Y… ¿qué veredicto ha emitido el hombre de la puerta, por favor?
—¡Transportado! ¡Arrobado! ¡En la gloria! Hasta el punto de arrancarme la copia de las manos para releerla él mismo, por temor a haber sido víctima de mi forma de leer. Ha sido él quien me ha proporcionado la última palabra.
—¡El muy descerebrado! ¡En lugar de enviármelo directamente! Mire, un pensador ha dicho — o habría debido decir — el ideal del periodista es, en primer lugar, el Reportero, luego el Fruto seco, de ceño fruncido (entiendo fruncido de forma natural, de la misma manera que se envejece), que insulta de un modo grosero y al azar — y que se bate asimismo, con los ingenuos que se limitan a encogerse de hombros —, para intentar consagrar, gracias a la cobardía pública, su rabiosa mediocridad. Este dúo del cantante y del bailarín es la vida de todo periódico que se respete un poco. Al margen de los «artículos» de esas dos Columnas, todos los demás sólo deberían componerse de «últimas palabras» ensartadas, como perlas, al azar de la buena de Dios. El público no lee un periódico para pensar o reflexionar, ¡qué diablos! — Se lee como se come. — Vamos, estoy decidido a hojear su asunto: — sí, veamos, si su valor no alcanza en su caso (como tan bien dicho no sé qué autor latino) el número de años…
—¡Aquí está el manuscrito! —dijo el escritor radiante y tendiendo su obra con aire de fatuidad juvenil.
Al cabo de tres minutos, el director se estremece, luego arroja, con desdén, las hojas volanderas sobre la mesa.
—¡Ah! —gime con un profundo suspiro—; ¡estaba seguro! Otra decepción más; ya no llevo la cuenta.
—¿Cómo? —murmura, como asustado, el joven héroe.
—¡Lástima!, mi noble amigo, ¡pero eso está lleno de talento! Me molesta decírselo. Eso vale tres sous la línea, — y eso porque usted es un desconocido. Dentro de ocho días, si lo publico, será gratis, y, dentro de quince, será usted el que me pague, — a menos que adopte un pseudónimo. Pues sí, sí, seamos serios en última instancia. Usted no es serio, y, lo veo, sólo a duras penas podrá serlo, ya que por desgracia tiene esa calidad de talento que hace que usted sea (perdón por la expresión) un escritor… y no un mal sujeto sin conciencia ni ideas, como hace un momento se jactaba de serlo, para burlarse de mi religión, mi benevolencia, mi caja y mi estima.
—¡No!… —balbucea con cara aterrada el pretendido aspirante de la pluma cotidiana—, debe estar usted en un error… Es un malentendido. No ha leído usted… con atención…
—Eso apesta a Literatura de tal forma que en veinticuatro horas la tirada bajaría en cinco mil —exclama el director—. ¡Sólo la calidad del estilo, le digo, constituye el talento! Un millón de plumíferos pueden, en un periódico, formular la exposición de una sedicente idea… ¡Ah!, ¡black upon white! ¡A un escritor se le ocurre anunciar, a su vez y a su manera, esa idea en un Libro, y todo lo demás se olvida! ¡Nadie más! Se diría una ráfaga de viento en la arena. — Desde luego, es muy enigmático; pero ¿qué hacer? Así es. — Por lo tanto, si usted es un escritor, es el enemigo nato de cualquier periódico.
»Aunque si sólo tuviera espíritu: eso siempre vende algo. Pero lo peor es que usted deja presentir en el no se sabe qué de su frase que trata de disimular su inteligencia para no asustar al lector. ¡Qué diablos, a la gente no le gusta que la humillen! La impresionante fuerza de su estilo natural se trasluce, otro golpe más, bajo ese mismo esfuerzo, dado que no hay ortopedia capaz de curar un vicio tan esencial, tan redhibitorio — ¿Imprimirle? ¡Antes preferiría copiar el Bottin! Sería más práctico. En una palabra, ahí da usted la impresión de un señor que, sabiendo que a tal mujer, cuya dote codicia, le gustan los patituertos, finge una cojera engañosa para hacer que la dama lo llame, — o de un extraño escolar que, para ganarse la estima y el respeto de sus profesores, de sus compañeros, se hiciera teñir los cabellos de blanco. — Señor, las pocas páginas que acabo de hojear me bastan para saber muy bien con quién tengo que vérmelas. ¡Hoy nadie se deja engañar! ¡El público tiene su instinto, su olfato, tan seguro como el de un animal! Conoce a los suyos y no se equivoca nunca. Te adivina. Presiente que, conociendo perfectamente el valor, la significación real y sombría de sus escritos, usted considera su apreciación, elogio o censura, como el polvo de sus botines; que, en fin, sus vagas y descuidadas palabras respecto a usted son, para usted, como el cloqueo de un pavo o el ruido del viento en una cerradura. El visible esfuerzo que, — impulsado por algún apuro financiero, sin duda, — ha cometido aquí para ponerse al nivel de sus “ideas”, lo insulta de una forma horrible. La torpeza de su humildad de encargo tiene unas vacilaciones que asesinan las ampulosidades de su apática suficiencia. Su espantoso sombrerazo le aplasta la nariz cuando parece que le pide limosna; eso no se perdona de lector a autor. Únicamente los hombres de talento pueden permitirse, en sus libros, esas familiaridades, entonces tolerables, pues si a veces cogen a su lector por los pelos y le sacuden la caja ósea de un puñetazo sereno y soberano, ¡sólo es para obligarle a que levante la cabeza! — Pero, en un periódico, señor, esas formas están, cuando menos, fuera de lugar: comprometen el futuro de la publicación a ojos del Consejo de administración. Ahí tiene el inconveniente de semejantes artículos.
»Al recorrerlos con un cerebro embarullado por los negocios, el burgués, con los ojos abiertos de par en par, le trata, en voz muy baja, de “poeta”, sonríe in petto y se da de baja, — declarando en voz alta ¡que usted tiene MUCHO talento! — Así demuestra, por un lado, que sus escritos no le han afectado; por otro, le asesina a ojos de sus colegas que le intuyen, toman ese diapasón, lo embalsaman en elogios y, por confianza o por instinto, no le leen nunca, pues han olfateado en usted un alma, es decir, lo que más odian en el mundo. — ¡Y soy yo quien paga!
(Aquí el director se cruza de brazos mirando a su interlocutor con ojos apagados:)
—Y, además, ¿toma usted al público por un imbécil, por casualidad? Es usted sorprendente, palabra de honor. El burgués está dotado de un tipo… de inteligencia distinto del suyo, eso es todo.
—Sin embargo —responde sonriendo el literato desenmascarado—, escuchándole se diría que, de nosotros dos, el que con más sinceridad ultraja al público… no soy yo.
—Sin la menor duda, mi joven amigo. Yo sólo lo abofeteo de una manera práctica y que me produce beneficios. En efecto, el burgués (que es el enemigo de todo y de sí mismo) siempre me retribuirá individualmente, por halagar su vileza, pero con una condición: que le permita creer que me dirijo a su vecino. ¿Qué importa el estilo en este asunto? La única divisa que un hombre de letras serio debe adoptar en nuestros días es ésta: ¡SÉ MEDIOCRE! Es la que he elegido. De ahí, mi notoriedad. — ¡Ah!, es que, en punto a burguesía francesa, ya no estamos en los tiempos de Eustache de Saint-Pierre, ¡ya lo ve! — Hemos progresado. ¡El Espíritu humano avanza! Hoy, el tercer estado, en su totalidad, no desea otra cosa, y con razón, que expulsar en paz y a su antojo sus flatos, ácaros y borborigmos. Y como, por el oro y por el número, tiene la fuerza de los toros que se revuelven contra el pastor, lo mejor es naturalizarse en él. — Y llega usted, usted, pretendiendo hacerle ingurgitar los caramelos de áloe líquido en escalfadores de oro cincelado. Naturalmente se rebelará, no sin una mueca, oponiéndose a que le purguen, por la fuerza, el intelecto. E inmediatamente se volverá hacia mí, prefiriendo, después de todo, beber de nuevo mi vino peleón adulterado en mi viejo cubilete sucio, dada la costumbre, su segunda naturaleza. ¡No, poeta! ¡Hoy la moda no está en el genio! Los reyes, por muy molestos que resulten, aprueban y honran a Shakespeare, Molière, Wagner, Hugo, etc.; las repúblicas destierran a Esquilo, proscriben al Dante, decapitan a André Chénier. En la república, ya lo ve, ¡hay otras cosas que hacer que tener talento! Se llevan tantos asuntos en los brazos, ¿comprende? Pero eso no impide los sentimientos. Concluyamos. Mi joven amigo, es triste decirlo, pero usted tiene mucho talento, un talento enorme. Perdone mi ruda franqueza. No es mi intención herirle. Ciertas verdades son duras de entender a su edad, lo sé, pero… ¡ánimo! Comprendo, apruebo incluso el inaudito esfuerzo que ya ha hecho usted en la reprensible acción de ese artículo; pero, ¡qué quiere!, ese esfuerzo no sirve de nada; es imposible volverse un canalla sincero; ¡se necesita el don!, ¡se necesita… la unción! Es de nacimiento. No es preciso que un artículo infame deje presentir la náusea, sino la sinceridad y, sobre todo, la inconsciencia; — en caso contrario, será antipático: le intuirán. Lo mejor es que se resigne. No obstante, — si no es usted un genio (como espero, aunque sin estar seguro), — su caso no es desesperado. Dejando de trabajar, tal vez llegue. Por ejemplo, si quisiera convertirse, a sabiendas, en plagiario, eso causaría polémica, se vendería, y entonces podría volver a verme: en caso contrario, no tenemos nada que hacer juntos. — Mire, yo, que le hablo, le digo en voz baja: tengo talento como usted: por eso no escribo nunca en mi periódico; en tres días, me vería reducido a la mendicidad. Por otra parte, tengo mis razones para no escribir el menor libro, para no imprimir la menor línea que pudiera hacer pesar sobre mi futuro la sospecha de una capacidad cualquiera… No quiero, detrás de mí, más que la nada.
—¡Cómo! ¿Ni siquiera diez líneas?… —interrumpe el literato, con aire sorprendido.
—No. Nada. — ¡Quiero llegar a ministro! —responde, en tono perentorio, el director.
—¡Ah!, eso es distinto.
—¡Y proclamo la paradoja! Y lo que le digo es tan absoluto, desde el punto de vista práctico, que, mire… si la cartera de Bellas Artes, por ejemplo, dependiese en Francia del sufragio universal, usted sería el primero, aunque se encogiese de hombros, en votar por mí. Sí, claro que sí. ¡Seamos serios, qué diablos! Yo no bromeo jamás. Vamos, de todos modos, déjeme su manuscrito.
Un silencio.
—Permita, señor —responde entonces el Desconocido, recogiendo su trabajo de la mesa—, comete usted un error en ese punto. En política, mis ideas son distintas que en periodismo, y no comprendería, para la cartera en cuestión, sino a un hombre de una rectitud, de una capacidad, de un saber y de una dignidad de espíritu de las más raras. Ahora bien, al margen de la hoja que usted dirige, hay en Francia periodistas cuya probidad desafía la venal seducción de la época, cuyo estilo suena puro, cuyo verbo llamea con claridad y cuya útil crítica rectifica constantemente los juicios desconsiderados de la multitud. Le aseguro que, en la hipótesis de la que habla, daría mi voto preferentemente a uno de ellos.
—Creo que se entusiasma demasiado, mi joven amigo: ¡la probidad no tiene época!
—La estupidez tampoco —responde el literato con una ligera sonrisa.
—¡Puaf! Cuando tenga usted mi edad, verá cómo se avergüenza de esas frases.
—Gracias por recordarme su edad; al escucharle, le hubiera creído… más joven.
—¿Eh?… me parece que está usted buscando tres pies al gato en lo que digo, señor.
(En este momento, el desconocido se levanta).
—El señor director me ha demostrado que buscándole las tres a veces se encuentra la cuarta —responde distraído.
—¿Cómo dice?… Su impertinencia me divierte, pero ¿por qué esa repentina actitud?
(Ahora el joven visitante mira a su interlocutor con una mirada de boxeador, tan fría que un ligero estremecimiento pasa por las venas del hombre del sillón).
—De acuerdo, seré sincero —responde—. ¡Cómo! Vengo a ofrecerle una tontería cien veces inferior a todas las que publica usted todos los días, una enrevesada crónica que destila suficiencia satisfecha, cinismo inquieto, nulidad sentenciosa, — ¡el ideal del género! En fin, ¡una perla! Y resulta que, en lugar de responderme sí o no, ¡me colma de insultos! ¡Me adjudica los epítetos más ridículos! Me trata, a quemarropa, de literato, de escritor, de pensador, ¡qué sé yo! He visto el momento en que… sin ninguna provocación de mi parte… (Aquí nuestro amigo baja la voz mirando a su alrededor como si temiese escuchas)… ¡en que iba a tratarme de «hombre de genio»! No lo niegue: le veía venir. — Señor, no se trata así, de hombres de genio, a gente que no le ha hecho nada. En su caso no ha sido despiste, sino cálculo malvado. Sabe de sobra que un propósito así puede tener fatales consecuencias por privar a un inocente de todo sustento, de convertirlo en la explotación y el hazmerreír de todos. Usted podía rechazar mi artículo, pero no despreciarlo declarándolo manchado de genio. ¿Adónde quiere que lo lleve ahora? Sí, guardo en el corazón este proceder de mala guerra, lo confieso. Y le advierto que si propala sobre mí calumnias tan venenosas, — como no pienso morirme de hambre, de miseria y de vergüenza bajo las medias sonrisas aprobadoras y los alentadores guiños del baile de criados donde me encuentro en la vida, — sabré llevarle a duelo, no lo dude, o a unas excusas obligadas. — Dejémoslo ahí. Me parece que estas pocas palabras no representan sino imperfectamente, entre nosotros, los pródromos de una amistad naciente, permita que me despida a la inglesa, previniéndole (a título gracioso y para su gobierno) que en la esgrima he estudiado largamente el arte de no dar nunca ni recibir golpes de antebrazo y que un título de valor pactado puede costar más caro conmigo. — Servidor.
Y, volviendo a ponerse su sombrero, tras encender un cigarrillo, el literato se retira lentamente.
Una vez solo:
—¿Debo enfadarme? —se pregunta en voz baja el director—: bah, seamos filósofos. Sócrates, después de conseguir el premio al valor en la batalla de Potidea, hizo que se lo otorgaran, por desdén, al joven Alcibíades: imitemos a ese sabio de Grecia. Además, este joven es divertido, y su pequeña amenaza no me desagrada. EN EL PASADO, ME OCURRIÓ LO MISMO.
(Aquí nuestro hombre saca su reloj).
—Las cinco… Vamos, seamos serios. ¿Qué comeré esta noche en la cena?… ¿Un rodaballo?… ¡Sí!… — ¿Algo atruchado?… ¡No!… — ¿Asalmonado?… Sí, mejor. — ¿Y de postre?…
Dicho esto, después de recoger su abrecartas de marfil, el director de la hoja política, literaria, comercial, electoral, industrial, financiera y teatral, vuelve a sumirse en sus ópimas y abstrusas meditaciones. Y sería imposible adivinar su importante objeto, pues, como señala muy juiciosamente un viejo proverbio mozárabe: «El candelabro no ilumina su base».