Stories 93 / Random

Stories by leo tolstoy

la sonata a kreutzer (spanish)

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I
Estábamos a comienzos de primavera.
Dos días con sus interminables noches llevábamos de viaje en ferrocarril.
Cada vez que el tren paraba, subían nuevos viajeros a nuestro coche y bajaban otros al mismo tiempo. A pesar de aquel continuo subir y bajar del coche, siempre quedaban tres personas que, como yo, no se apearían tal vez hasta la estación más lejana. Éstas eran una señora ni joven ni vieja, de semblante marchito, con gorra a la cabeza y paletó de hombre, que fumaba continuamente; su acompañante, un caballero muy locuaz, de unos cuarenta años, que llevaba un bonito equipaje, perfectamente arreglado; y por último, otro caballero de edad regular, bajo de estatura, nervioso, con unos ojos muy abiertos y brillantes de color indefinido y muy atractivos, ojos que pasaban con rapidez de un objeto a otro. Este señor se mantenía apartado de nosotros, y no entabló conversación con viajero alguno en casi todo el trayecto, como si quisiera evitar toda clase de relación con sus compañeros de viaje. Si le dirigían la palabra, contestaba brevemente y se ponía a mirar por la ventanilla del coche.
Atribuí esta obstinación a que le pesaba la soledad. Él parecía adivinar mi pensamiento y, cuando se encontraban nuestros ojos, cosa que sucedía a menudo porque estábamos sentados frente a frente, volvía la cabeza y evitaba entrar en conversación conmigo, al igual que con los demás viajeros. Al caer la tarde, aprovechando una parada larga, el caballero del lujoso equipaje, que era un abogado —según me dijeron— abandonó el coche con su señora y fue a tomar un té. Mientras estuvo fuera entraron nuevos viajeros, y entre ellos un señor bastante viejo, muy alto y completamente afeitado, comerciante al parecer, embutido en un amplio capote de pieles y con la cabeza cubierta por una gorra no menos cumplida. Este comerciante se sentó frente al asiento vacío del abogado y de su compañera. Inmediatamente entró en conversación con un joven que parecía viajante de comercio, y que también acababa de subir. Empezó la conversación el viajante diciendo «que el sitio de enfrente estaba ocupado», y el viejo respondió «que él se quedaba en la estación más próxima». Así empezó la charla.
Yo no me encontraba lejos de esos dos viajeros, y como el tren estaba parado, podía oír trozos de su plática, mientras los demás callaban.
Hablaron primero del precio de los productos en el mercado, y, en general, de asuntos del comercio; nombraron a una persona que ambos conocían y después conversaron sobre la feria de Nijni-Novgorod.
El comisionista se jactaba de conocer personas que andaban allí de francachelas y devaneos; pero el viejo no le dejó continuar, y empezó a relatar antiguas hazañas amorosas y francachelas en las cuales había tomado parte, siendo joven, en Funanvino. Se mostraba muy ufano de tales recuerdos, y creía sin duda que en nada padecía con eso la gravedad que denotaban su semblante y sus modales. Contaba cómo, estando beodo, había hecho en Kunavino tales locuras que no podía sino narrarlas en voz baja.
El viajante soltó una carcajada estrepitosa. El viejo se reía también, enseñando dos dientes agudos y amarillentos. Como no me interesaba semejante charla, salí del vagón para estirar un poco las piernas. Al pie de la portezuela me encontré al abogado que, seguido de su señora, volvía a ocupar su puesto.
—¿Adónde va usted? —me dijo.
—No tendrá tiempo; ha sonado el primer toque y el segundo no se hará esperar.
En efecto, apenas llegué a la cola del tren, se oyó la campana. En el momento de entrar, el abogado hablaba en voz alta con su compañera. El comerciante, sentado frente a ellos dos, permanecía taciturno y cabizbajo.
* * *
—Pues como iba diciendo, —profirió el abogado sonriente—, cuando yo pasé por su lado, ella declaró rotundamente a su marido «que no podía ni quería vivir con él, porque…».
Y continuó, pero yo no me enteré del resto de la frase, distraído por el paso del revisor y de un nuevo viajero. Una vez restablecido el silencio, volví a oír la voz del abogado: la conversación pasaba de un caso particular a consideraciones generales.
—Después viene la discordia, los apuros de dinero, las disputas entre ambas partes, y el matrimonio se separa… Antiguamente, rara vez sucedían esas cosas… ¿No es cierto? —preguntó el abogado a los dos comerciantes, procurando manifiestamente atraerlos a la conversación.
En aquel momento empezó a moverse el tren; el viejo se descubrió, sin contestar, y se santiguó por tres veces, mascullando una oración. Cuando hubo acabado, se encasquetó la gorra hasta los ojos y dijo:
—No, señor, no es cierto; eso sucedía antes igual que hoy, aunque en los tiempos que corren ocurra con más frecuencia… ¡Ahora sabe la gente tanto!…
El abogado respondió al viejo algo que no pude entender, porque, como la velocidad del tren iba en aumento, era tal el ruido que no les oía ya distintamente. Picado de curiosidad por saber lo que diría el abuelo, me acerqué. También mi vecino, el caballero nervioso, estaba evidentemente interesado, y prestaba oído sin cambiar de sitio.
—Pero ¿qué daño hace la instrucción? —preguntó la señora con una sonrisa apenas perceptible.
—¿Sería mejor casarse como antes, cuando los novios no se veían siquiera antes del matrimonio? —continuó, respondiendo, según la costumbre de nuestras señoras, no a las palabras de su interlocutor, sino a las que creía que iba a decir.
—Las mujeres no sabían si llegarían a amar, ni si serían amadas; se casaban con el primer advenedizo, y después lloraban toda la vida. Por lo visto, según ustedes, las cosas andaban mejor de esa manera —prosiguió, dirigiéndose al abogado y a mí solamente.
—¡Ahora sabe tanto la gente! —volvió a decir el viejo, mirando con desdén a la señora.
—Quisiera saber cómo explica usted la correlación entre la instrucción y los sentimientos conyugales —profirió el abogado sonriendo ligeramente.
El comerciante quiso responder, pero la señora se adelantó diciendo:
—No, ¡aquellos tiempos han pasado!
El abogado le cortó la palabra.
—Déjale decir lo que piensa.
—Porque ya no se respeta nada —repuso el abuelo.
—Sin embargo, ¿qué razón tiene asociarse a una persona a la que no se quiere? Los animales son los únicos que se aparejan a la voluntad del amo. Pero las personas tienen inclinaciones, afectos… —se apresuró a decir la señora, dirigiendo una mirada al abogado, a mí y al viajante, que escuchaba de pie y sonriendo maliciosamente.
—Señora, —dijo el anciano—, los animales son bestias, y el hombre ha recibido una ley.
—Bien, pero a pesar de esto, ¿es posible vivir con un hombre cuando no se le ama? —insistió la señora, animada indudablemente por la simpatía y la atención con que todos la escuchábamos.
—Antes no se hacían semejantes distinciones, —replicó el anciano en tono grave—. Ahora es cuando ha entrado eso en las costumbres. Tan pronto ocurre la cosa más pequeña en el matrimonio, la mujer dice: «Ahí te quedas; yo me voy de esta casa». Hasta entre los aldeanos se ha aclimatado la moda: «Toma, aquí tienes tus camisas y tus calzones; ¡yo me voy con Vanka, que tiene el pelo más rizado que tú!». ¿Es posible entenderse con ésas?… Y, sin embargo, lo primero para toda mujer, debe ser el temor al marido.
El viajante nos miró al abogado, a la señora y a mí, reprimiendo una sonrisa, y dispuesto a burlarse de las palabras del comerciante o a aprobarlas, según la actitud de los demás.
—¿Qué temor? —preguntó la señora.
—¿Qué temor? ¡Pues el temor del marido! Ya lo he dicho; sí, del marido.
—Eso se acabó para siempre.
—No, señora; eso no puede acabarse nunca. Eva, es decir, la mujer, salió de una costilla del hombre, y no será otra cosa hasta el fin del mundo dijo el anciano, meneando la cabeza tan severamente y con tales aires de triunfo, que el viajante, creyendo decidida en su favor la victoria, soltó una estrepitosa carcajada.
—Sí, eso piensan ustedes los hombres —replicó la señora, sin darse por vencida y volviéndose hacia nosotros—, ustedes se han reservado la libertad para su uso solamente; en cuanto a la mujer, quieren encerrarla en un serrallo. A ustedes les está permitido todo. ¿No es cierto?
—¡Un hombre es muy diferente!
—¿De modo que, según usted, al hombre le está permitido todo, verdad?
—Nadie ha dicho tal cosa, señora; lo que hay es que, si el hombre anda en malos pasos fuera de casa, no por eso se aumenta la familia; pero la mujer, la esposa, es un cristal que fácilmente se rompe —continuó el comerciante con la misma severidad.
Su tono autoritario subyugaba evidentemente al auditorio; la misma señora se veía derrotada, pero no se daba por vencida.
—Sí; pero usted admitirá seguramente que la mujer es un ser humano, y tiene sentimientos, como el marido. ¿Qué debe hacer, pues, si no quiere a su esposo? Diga usted.
—¡Si no le quiere!… —dijo el viejo, descomponiéndose y frunciendo el ceño—. ¡Pues no faltaba más! ¡Se la obliga a que lo quiera!
Este argumento inesperado pareció de perlas al comisionista, que se creyó en el caso de acogerlo con muestras de asentimiento.
—No, señor; eso no es posible. Nunca podrá obligarse a nadie a querer por fuerza; cuando no hay cariño, esto es imposible.
—Y si la mujer falta al marido, ¿qué ha de hacerse entonces? —dijo el abogado.
—Eso no puede suceder —contestó el abuelo—. Hay que andar con mucho cuidado.
—Pero ¿y si ocurre a pesar de los cuidados? ¿Convendrá usted en que ocurre con frecuencia?
—¡Sucede entre los señorones, es cierto; pero entre nosotros no! —respondió el abuelo—. Y si hay maridos tan imbéciles que no dominen a su mujer, bien merecido tienen cuanto les ocurra. Pero de todos modos, nada de escándalos. Tengas o no tengas cariño; pero no trastornes la casa. Todo marido puede dominar a su mujer. ¡Para eso es fuerte! Yo no ignoro que hay imbéciles que se dejan manejar por sus mujeres; peor para ellos, que se arreglen allá con su manera de vivir…
Todos callaron. Se adelantó el comisionista y, no queriendo quedarse a la zaga del debate, dijo sonriente:
—Sí, en casa de nuestro principal ha ocurrido un escándalo, y no es fácil ver en claro el asunto. Se trata de una mujer amiga de divertirse y que ha empezado a torcerse. Él es un hombre inteligente y serio. Primeramente era con el librero. El marido trató, con la mayor dulzura, de reducirla a la razón; pero ella no cambiaba de conducta, sino que, al contrario, cometía las acciones más feas, y hasta dio en robarle el dinero. Él la maltrataba. ¡Como si no! La cosa iba de mal en peor. Empezó a admitir requiebros de un hombre que no era cristiano, es decir, de un hereje, de un judío, con perdón de ustedes. ¿Qué podía hacer mi principal? La ha dejado a sus anchas, y él lo pasa ahora como soltero, mientras ella vive arrastrándose por esos mundos de Dios, vamos, perdida.
—Es que él es un imbécil, —dijo el viejo—, si desde el primer día no la hubiese dejado campar por sus respetos y la hubiese atado corto, viviría honradamente. ¡Ya lo creo! Hay que acabar con esas libertades desde el principio. No te fíes de caballo en camino real, ni de la mujer en tu casa, dice el adagio.
En este momento pasó el revisor pidiendo los billetes para la estación próxima. El viejo le dio el suyo.
—Sí, hay que dominar a tiempo al sexo femenino; si no, se lo llevará todo el diablo.
—Pero vamos: ¿usted no ha corrido también en Kunavino con buenas mozas? —preguntó el abogado sonriendo.
—¡Eso es distinto! —repuso severamente el comerciante—. Adiós, —añadió levantándose del asiento.
Se envolvió en su capotón de paño, saludó, quitándose la gorra, cogió la maleta y salió del coche.
II
Tan pronto como se hubo marchado el viejo, se generalizó la conversación.
—¡He ahí un vejete del Antiguo Testamento! —exclamó el viajante.
—Es un Domostroy —dijo la señora—, ¡vaya unas ideas salvajes sobre la mujer y el matrimonio!
—Señores, —repuso el abogado—, todavía estamos muy lejos de las ideas europeas con respecto al matrimonio. En primer término, los derechos de la mujer; luego la mujer libre; después el divorcio, como cuestión no resuelta aún… y en fin, qué sé yo…
—Lo esencial, y lo que no comprenden sujetos como ese, —interrumpió la señora— es que sólo el amor consagra el matrimonio, y que el verdadero matrimonio es el consagrado por el amor, y no otro.
El viajante escuchaba con atención y guardaba en la memoria las frases instructivas para explotarlas en lo sucesivo.
—¿Y qué amor es ese que consagra el matrimonio? —dijo de improviso el caballero nervioso y taciturno, que se había aproximado, sin que ninguno de nosotros lo notara.
Estaba de pie con la mano apoyada en el respaldo del asiento y notablemente impresionado. Tenía encarnada la cara, hinchada una vena de la frente y temblorosos los músculos de las mejillas.
—¿Qué amor es ese que consagra el matrimonio? —volvió a decir.
—¿Qué amor? —contestó la señora—. ¡El amor común entre esposos!
—Pero ¿cómo puede ocurrir que sea capaz de consagrar el matrimonio un amor común? —continuó, visiblemente afectado, el caballero nervioso.
Y pareció que intentaba decir algo desagradable a la señora.
Ella lo comprendió, sin duda, y empezó a aturdirse.
—¿Cómo? Pues muy sencillo —dijo.
El caballero nervioso cogió la palabra al vuelo.
—¡No; muy sencillo, no!
—La señora dice, —interrumpió el abogado, señalando a su esposa—, que el matrimonio debe ser ante todo resultado de un afecto, de un amor, si usted quiere, y que cuando existe el amor, el matrimonio representa algo sagrado, pero sólo en tal caso; mientras que todo matrimonio que no se funda en un afecto natural, en el amor, no encierra nada que obligue moralmente. ¿No es cierto, querida?… Por consiguiente… —añadió el abogado, queriendo continuar la discusión.
El caballero nervioso no le dejó acabar y, haciendo grandes esfuerzos por contenerse, preguntó:
—Bien, sí, señor; pero ¿cómo ha de entenderse ese amor, única cosa que consagra el matrimonio, según ustedes?
—Todo el mundo sabe lo que es el amor —dijo la señora.
—Pues yo no lo sé, y desearía saber cómo lo define usted.
—¿Cómo? Pues muy sencillamente.
Se quedó pensativa, y después continuó de esta manera:
—El amor… el amor… es la preferencia exclusiva de una persona a todas las demás.
—¿Una preferencia por cuánto tiempo?… ¿Por un mes, por dos días, por media hora? —arguyó el caballero con una irritación singular.
—No, cálmese usted y dispense, sin duda no me ha entendido, puesto que su contestación es muy distinta a lo que ya afirmo y pretende refutar.
—¡Sí; hablo absolutamente de lo mismo! De la preferencia de una persona a todas las demás… Pero pregunto: ¿una preferencia, por cuanto tiempo? Ésta es la cuestión.
—¿Por cuánto tiempo? Por mucho, y a veces por toda la vida.
—Bien, pero todo eso se ve en las novelas, y jamás en la vida práctica; pues la preferencia de uno sobre todos rara vez dura varios años; lo más común es que sólo dure meses, cuando no semanas, días, horas, minutos…
—¡Ah! No, no, señor. ¡Usted dispense! —dijimos los tres a la vez.
Hasta el viajante profirió un monosílabo de reprobación.
—¡Sí, ya sé! —dijo gritando más que todos—. ¡Ustedes hablan de lo que se cree que existe, y yo hablo de lo que existe efectivamente! Cualquier hombre experimenta lo que ustedes llaman amor por todas las mujeres bonitas, y muy poco por su mujer. De ahí el refrán que no miente: Es la mujer ajena miel, y la propia, hiel.
—¡Ah! Lo que usted dice es horrible. Y el hecho es que existe entre los seres humanos ese sentimiento que se llama amor, y que dura, no meses y años, sino toda la vida.
—No, no existe tal cosa; yo lo afirmo. Aun admitiendo que Menelao hubiese preferido a Elena por toda la vida, Elena prefirió a Paris. Es lo que ha sucedido, sucede y sucederá siempre, y no puede ser de otra manera, como no puede suceder que, en un saco lleno de garbanzos, dos de ellos, marcados con una señal especial, vayan a colocarse siempre el uno al lado del otro. A parte de que ya no es algo discutible sino cierto que han de llegar un día la saciedad o el aborrecimiento, por parte de Elena o por parte de Menelao. La única diferencia que puede haber en esto es que el uno se canse más tarde o más temprano que el otro, pero amarse toda la vida, vamos, señores, repito que eso no se ve más que en las novelas cursis, y que no pueden creerlo más que los niños. Amar a una persona toda la vida es como si se dijera que una vela puede arder siempre.
—Pero es que usted habla del amor físico… ¿No admite usted un amor basado en una conformidad de ideales, en una afinidad espiritual?
—¿Por qué no? Pero en ese caso no hace falta procrear. Dispensen ustedes mi rudeza. Lo raro es que esa armonía de ideales no se ve entre viejos, sino entre personillas jóvenes y agraciadas (añadió con una sonrisa irónica). Sí; yo afirmo que el amor, que el verdadero amor, no consagra el matrimonio, como solemos creer, sino que, al contrario, lo destruye.
—No soy de su opinión, —repuso el abogado—, a cada aserto, los hechos de la vida real desmienten sus teorías sobre el matrimonio, pues toda la humanidad, o, por lo menos, la mayor parte, hace vida conyugal, y muchos esposos acaban tranquilamente una larga vida en común.
El caballero nervioso sonrió maliciosamente:
—¿Y qué? Me dice usted que el matrimonio se funda en el amor; y cuando yo niego la existencia de todo otro amor que el que proviene del goce de los sentidos, quiere usted probarme la existencia del amor por el hecho del matrimonio, que es por parte del hombre una violencia y una mentira por parte de la mujer.
—No, no hay tal —objetó el abogado—. Yo sólo digo que los matrimonios han existido y existen.
—Pero ¿cómo y por qué? Han existido y existen para gentes que han visto y ven en el matrimonio algo sacramental… una obligación contraída ante la divinidad. Para esos, existen, y para nosotros no son más que hipocresía y violencia. Estamos convencidos de ello, y para acabar tan inicua farsa, predicamos el amor libre; pero predicar el amor libre no es en substancia sino invitar a volver a la promiscuidad de los sexos (usted dispense, dijo a la señora), al pecado a la buena de Dios de los raskolniks. Los viejos cimientos no son ya tan sólidos como antes y hay que edificar sobre otros nuevos, pero no predicar la vida licenciosa.
Al hablar así se acaloró de tal modo que todos callaron, mirándole con asombro.
—Y, sin embargo, el estadio de transición es terrible. La gente comprende que no se puede admitir el pecado al azar. Hace falta regularizar de algún modo las relaciones sexuales, pero no existe más base que la antigua en la que ya nadie cree. Hombres y mujeres siguen casándose lo mismo que antes, pero han perdido la fe en el matrimonio, lo cual lleva consigo la mentira y la violencia. La mentira, de por sí, no es una carga demasiado pesada para la pareja. Ambos cónyuges representan ante el mundo una comedia considerándose como monógamos (cosa que no está bien, si en realidad son polígamos); pero, en fin, eso puede aguantarse con paciencia. Pero cuando marido y mujer, como sucede a menudo, después de haberse comprometido a pasar juntos toda la vida (sin saber por qué), se encuentran con que ya al segundo mes sienten deseos de separarse, y, sin embargo, siguen viviendo juntos, entonces sobreviene una existencia infernal, y las víctimas de semejante tortura no tienen otro remedio para sus males que la embriaguez o el suicidio.
Todos guardaron silencio. Nos encontrábamos en una situación violenta.
—Sí, no puede negarse que, en algunas ocasiones, la vida marital termina con una tragedia espantosa. Vean ustedes, por ejemplo, el caso de Pozdnychev —dijo el abogado, queriendo desviar la conversación de aquel terreno inconveniente y demasiado excitante—. ¿Han leído ustedes cómo mató a su mujer por celos?
La señora contestó que no había leído nada sobre ese crimen. El caballero nervioso no despegó los labios; cambió de color. De repente dijo:
—Veo que ha adivinado usted quién soy.
—No, no he tenido ese gusto.
—El gusto no es muy grande. Yo soy Pozdnychev.
Nuevo silencio. Pozdnychev se sonrojó y volvió a palidecer en seguida.
—Después de todo nada importa. Ustedes dispensen, no quiero molestarlos.
III
Volví a sentarme en mi sitio. El abogado y la señora cuchicheaban. Yo estaba sentado junto a Pozdnychev, y guardaba silencio. Habría querido hablarle, pero no sabía por dónde empezar, y así pasó una hora hasta la próxima estación, en la cual se apearon el abogado, la señora y el viajante. Pozdnychev y yo nos quedamos solos.
—¡Lo dicen, pero mienten o se engañan! —exclamó Pozdnychev.
—¿De qué habla usted?
—Pues… siempre de lo mismo.
Apoyó los codos en las rodillas, y se apretó las sienes con las manos.
—¡El amor, el matrimonio, la familia!… ¡Mentira mentira y mentira!
Luego, se levantó y, corriendo la cortinilla, volvió a echarse sobre el asiento. En esta postura permaneció en silencio durante más de un minuto.
—¿No le resulta a usted desagradable estar conmigo, sabiendo quién soy?
—¡Oh! ¡De ninguna manera!
—¿Tiene usted sueño?
—En absoluto.
—Entonces, ¿quiere usted que le cuente mi vida?
En este preciso momento entró el revisor de billetes. Mi interlocutor le dirigió una mirada llena de enfado, y no comenzó hasta que estuvo fuera. Después siguió su relato sin detenerse.
Mientras hablaba, su rostro se alteró varias veces de una manera tan completa que, en cada una de sus transformaciones, no ofrecía nada de semejante con su expresión anterior. Los ojos, la boca, el bigote, hasta la barba, todo era nuevo, y siempre una fisonomía bella y conmovedora. Estos cambios tenían lugar en la penumbra que nos rodeaba de golpe: durante cinco minutos se veía una cara pero en seguida, sin saber cómo, volvía a cambiar y aparecía enteramente desconocida.
IV
¡Sea! Voy, pues, a contarle todos mis infortunios y la historia espantosa de mi vida. Sí, espantosa; y la historia misma es más espantosa que su sangriento desenlace.
Se pasó la mano por los ojos y empezó, después de una pausa:
—Para entenderlo debidamente hay que contarlo todo desde el principio; hay que explicar cómo y por qué me casé, y hay que explicar lo que era yo antes de mi matrimonio. Empezaré diciéndole cuál es mi condición: hijo de un rico hidalgo de la estepa, antiguo mariscal de la nobleza, fui alumno de la Universidad, licenciado en Derecho. Me casé a los treinta años. Pero antes de hablarle de mi matrimonio, quiero contarle la vida que llevaba de soltero y las falsas ideas que en aquel tiempo abrigaba sobre el matrimonio. Yo llevaba la misma existencia de tantos otros que presumen de distinción, es decir una existencia relajada y llena de vicios, a pesar de lo cual estaba muy convencido de ser hombre de una moralidad intachable.
La idea que tenía de mi moralidad dimanaba de que no se conocían en mi familia esas disposiciones especiales, tan comunes en la esfera de nuestros nobles terratenientes, pues todos mis deudos permanecían fieles al juramento de fidelidad que habían hecho ante el altar. De esa suerte me había forjado desde la infancia el sueño de una vida conyugal elevada y poética. Mi esposa sería un dechado de todas las virtudes; nuestro mutuo cariño, inquebrantable; la pureza de nuestra vida conyugal, inmaculada. Así pensaba yo, muy engreído con la nobleza de mis proyectos.
Pasé diez años de mi vida de adulto sin darme prisa por contraer matrimonio, y haciendo lo que yo llamaba la vida tranquila y juiciosa del soltero. No era un seductor, no tenía apetitos contra natura, ni convertía la disipación en objeto principal de mi vida, sino que participaba del placer sin ofender las conveniencias sociales, y me creía ingenuamente un ser moral en extremo. Las mujeres con quienes tenia relaciones no pertenecían a nadie más que a mí, y yo no les pedía otra cosa que el placer del momento.
En todo esto no veía nada de anormal, sino que, por el contrario, me felicitaba de no formar lazos duraderos en mi corazón, y miraba como una prueba de honradez el pagar siempre con dinero contante. Huía de las mujeres que podían estorbar mi porvenir enamorándose o dándome un hijo. No vaya a creerse que dejó de mediar algún hijo o un pasajero amor, pero yo me las arreglaba de modo que no llegué una sola vez a enterarme…
Y viviendo así, me reputaba un hombre honrado a carta cabal. No comprendía que los actos físicos por sí solos no constituyen la relajación, sino que ésta consiste más bien en emanciparse de todo lazo moral respecto de una mujer con quien se tienen relaciones carnales. ¡Y yo veía como un mérito esa emancipación! Recuerdo que una vez me inquieté seriamente por haberme olvidado de pagar a una mujer, cuyas caricias, sin duda, inspiró el amor y no el interés. No me quedé tranquilo hasta demostrarle, enviándole el dinero, que no me creía sujeto a ella por ningún lazo. No mueva usted la cabeza como si estuviese de acuerdo conmigo —exclamó de pronto vehementemente—; ya conozco esas ilusiones. Todos en general, y usted en particular, si no es una rara excepción, tienen las mismas ideas que yo tenía entonces y, si está usted de acuerdo conmigo, es sólo ahora; antes no pensaba usted así. Tampoco pensaba así yo; y si hubiera tenido quien me contara lo que yo ahora le cuento, no me habría sucedido lo que me ha sucedido. Pero, en fin, la cosa no es para tanto. Usted dispense. En verdad que es espantoso, espantoso este abismo de errores y de disipación en que vivimos frente al verdadero problema de los derechos de la mujer…
—¿Qué es lo que usted entiende por el verdadero problema de los derechos de la mujer?
—El problema de lo que es ese ser especial, organizado de distinto modo que el hombre, y de cómo ese ser y el hombre deben mirar a la mujer. Pero continuemos la historia.
V
—Durante diez años, viví en el desorden más repulsivo, soñando con el amor más noble, y hasta en nombre de ese amor. Sí, antes de contarle cómo asesiné a mi mujer, he de decirle de qué modo me pervertí. La maté antes de conocerla: maté a la mujer desde el momento en que hube saboreado los deleites de la sensualidad sin amor, y con eso y, desde entonces, maté a la mía. Sí. Señor, no he comprendido mi crimen y el origen de todas mis desgracias sino después de haberme atormentado y de haber vivido largo tiempo en continuo suplicio. Vea usted, pues, dónde y cómo empezó el drama que ha acarreado mi desgracia.
Hay que remontarse a la época en que tenía dieciséis años, cuando estaba todavía en el colegio y mi hermano mayor estudiaba el primer curso. Aunque en aquella época no andaba yo aún en tratos con mujeres, no era inocente ni mucho menos, como tampoco lo son los infelices niños de nuestra sociedad. Hacía más de un año que me habían abierto los ojos algunos mozalbetes, amigos míos, y que me torturaba la idea de la mujer, no como se quiera, sino la idea de la mujer como algo infinitamente delicioso, la idea de la desnudez de la mujer. Mi soledad no era ya pura. Vivía en un suplicio, como seguramente le habrá pasado a usted y al noventa y nueve por ciento de nuestros muchachos. Sentía un vago espanto, oraba a Dios y me prosternaba.
Estaba ya pervertido en imaginación y en la realidad, pero me faltaba dar los últimos pasos. Me perdía a mis solas, más sin haber puesto las manos todavía en otro ser humano. Todavía era tiempo de salvarme, cuando he aquí que un amigo de mi, hermano un estudiante muy alegre, de los que se llaman mozos de chispa, es decir, uno de los mayores bribones, al que debíamos ya el saber beber y jugar a las cartas, se aprovechó de una noche de embriaguez para arrastrarnos. Fuimos. Mi hermano, tan inocente como yo, cayó esa noche… Y yo, un monigote de dieciséis años me manché igualmente y contribuí a la deshonra de la mujer, sin comprender lo que hacía; nunca he pensado que cometiese por ello una mala acción. Verdad es que hay diez mandamientos en la Biblia; pero los mandamientos no son más que para recitarlos delante de los curas, y no parecen tan indispensables siquiera como los preceptos sobre el uso del que en las oraciones subordinadas.
De modo que yo no había oído nunca a las personas mayores, cuya opinión respetaba, que aquello fuese reprensible. Al contrario, muchas personas me decían que había hecho bien, que, después de ese acto, se calmarían mis luchas y mis sufrimientos: eso lo había oído o lo había leído. Había oído decir a las personas mayores que era saludable, y mis amigos creían ver en ello cierta audacia merecedora de aplauso. Así, pues, el hecho era enteramente loable. En cuanto al peligro de una enfermedad, no hay que temer; ¿no se cuida: de ello el gobierno? Este rige la marcha regular de las casas públicas, asegura la higiene de la corrupción en beneficio de todos nosotros, jóvenes y viejos, y se encargan de esta vigilancia médicos retribuidos. ¡Perfectamente bien! Afirman que el libertinaje es provechoso para la salud, e instituyen una corrupción regular. Sé de algunas madres que vigilan para que la salud de sus hijos no se altere por lo que a este caso refiere. ¡Y la ciencia misma los envía a los lupanares!
—Pero ¿por qué dice usted la ciencia? —pregunté.
—Los médicos son los sacerdotes de la ciencia. ¿Quién pervierte a los jóvenes afirmando tales reglas de higiene? ¿Quién pervierte a las mujeres ideando y enseñándoles medios de no tener familia? ¿Quién cuida la enfermedad? ¡Ellos!
—Pero ¿por qué no cuidar la enfermedad?
—Porque cuidar la enfermedad es dar carta blanca a la disipación.
—No, porque entonces…
—Sí, con que una centésima parte de los esfuerzos que se gastan en curar la enfermedad se emplease en curar la lascivia, hace mucho tiempo que no existiría la enfermedad, mientras que ahora todos los esfuerzos se consumen, no en extirpar la disipación sino en favorecerla combatiendo sus consecuencias. Pero en fin no se trata de eso; se trata de que yo, como la mayoría de los hombres de nuestra clase, incluso los aldeanos, he pasado por el horrible trance de caer, y no porque me subyugase la seducción natural de una mujer cualquiera. De ningún modo. Caí en el lazo porque no veía en ese hecho degradante más que una función legítima y útil para la salud, porque otros no veían en él más que una expansión natural, excusable, y hasta inocente en un joven. Yo no comprendía que aquello fuese una caída y empecé a entregarme a esos placeres que creía característicos de mi edad, de la misma manera que empecé a beber y fumar.
Y, a pesar de todo, había en esa primera caída algo singular y conmovedor. Recuerdo muy bien que allí mismo, sin salir del cuarto, me invadió al punto una tristeza tan profunda, que me daban ganas de llorar: ¡de llorar la pérdida de mi inocencia, la destrucción para siempre de mis relaciones con la mujer! Sí, mis relaciones con la mujer quedaban destruidas para siempre. Ya no podía tener relaciones puras de allí en adelante. Me había convertido en un ser voluptuoso, y la voluptuosidad es un estado físico semejante al del morfinómano, el fumador y el borracho.
Así como los hombres en este estado no son seres normales, quien ha conocido varias mujeres para el placer no es ya tampoco un hombre normal. Es anormal para siempre, es un voluptuoso. Y así como cabe conocer al borracho y al morfinómano por la fisonomía y los modales, así también cabe conocer al voluptuoso. Puede contenerse, puede luchar, pero no volverá a tener nunca con las mujeres relaciones sencillas, puras y fraternales. En la manera de mirar a una joven se puede reconocer al voluptuoso, y yo me volví voluptuoso y lo he sido siempre desde entonces. Lo confieso con entera franqueza.
VI
—Sí, esto fue así y siguió siéndolo durante mucho tiempo. ¡Dios mío! Cuando acude a mi memoria el recuerdo de mis malas acciones, me hace estremecer de espanto pensar en las pesadas bromas que me hacían mis compañeros burlándose de mi inocencia. ¡Y cuando veo la juventud que llaman dorada, en los militares, en los parisienses…! ¡Cuando pienso en el aire digno que tenemos todos nosotros, vividores y calaveras de treinta años, con la conciencia manchada por el recuerdo de mil terribles crímenes, al penetrar en un salón de baile, en una reunión, recién afeitados, adornados con la blancura resplandeciente de nuestras camisas, de frac o de uniforme…! ¡Qué ideal de pureza! ¡Un verdadero sueño infantil!
Reflexionemos un momento acerca de lo que esto es y de lo que debería ser. Cuando uno de esos libertinos se acerca a mi hermana o a mi hija estando enterado, como lo estoy, de su vida, debería yo llamarle y decirle: «Amigo mío, sé que eres un libertino y en qué compañía pasas las noches, y debo decirte que tu puesto no está aquí, al lado de las jóvenes inocentes». Eso es lo que debería decírsele. ¿Y qué es lo que, por el contrario, sucede? Que cuando se presenta uno de esos tipos y baila con mi hermana o con mi hija, pasándole el brazo por la cintura, nos sonreímos muy satisfechos, sobre todo si se trata de un hombre rico y bien emparentado… ¡Qué asco! ¡Pero muy pronto ha de llegar un día en que todas esas cobardías y esos embustes se desenmascaren y se borren!
De esta manera viví hasta los treinta años, alimentando como una obsesión la idea del matrimonio y de la familia. Observé a todas las jóvenes casaderas de la comarca, y pese a ser un vicioso y un libertino, me atrevía a buscar aquella cuya pureza podría convenirme. Al cabo, fijé mis miradas en una de las dos hijas de un hacendado de Penza, hombre que había sido rico en otros tiempos y luego se había arruinado. A decir verdad, me atraparon y caí en una ratonera. La madre, pues el padre había muerto, me preparó una porción de emboscadas, y en una de ellas caí; fue en un paseo en barca. Una noche, al regresar de uno de esos paseos, con la hermosa claridad de la luna iluminándonos y a punto de llegar al término del viaje, estaba sentado a su lado y no podía apartar la mirada de su esbelto talle, de las formas que hacía resaltar un jersey muy ceñido y de los sedosos bucles de sus cabellos rubios. Y lo comprendí de pronto, era ella la elegida.
Se me figuró que mis pensamientos y mis sentimientos elevados encontraban un eco en ella, cuando en realidad no estaba seducido más que por su talle y su cabello, y aparte de esto, la intimidad de todo el día había hecho germinar en mí el deseo de otra intimidad aún mayor. Desbordándose del alma impresiones exquisitas, y convencido de que aquella joven era la perfección personificada, la creí digna de ser inmediatamente mi esposa. Al día siguiente hice mi petición matrimonial.
Éste es un mal que no tiene remedio. Nos hallamos sumidos en un abismo tal de embustes, que es necesario, para que nos enteremos de la verdad, que nos caiga una teja sobre la cabeza, como me sucedió a mí. ¡Qué situación más embrollada! Entre mil futuros maridos, lo mismo entre los pertenecientes al pueblo que en nuestra clase, costaría mucho trabajo hallar a uno solo que no haya estado en contacto con mujeres lo menos una docena de veces. Según parece, abundan hoy los jóvenes castos que comprenden y saben que este asunto no es una broma, sino algo sumamente serio. ¡Que Dios los proteja! En mi época no se encontraba más que uno por mil.
Todos lo saben, y sin embargo obran como si lo ignorasen. En las novelas se describen, hasta en sus menores detalles, los sentimientos de los héroes, las fuentes, los matorrales y las flores. Al describir sus amores, no dicen ni una palabra acerca de su vida anterior, ni de sus visitas a las casas públicas, ni de las persecuciones de que han hecho objeto a las doncellas, a las cocineras y a la mujer ajena. Si se escribiesen novelas como éstas, no se las dejarían leer a las jóvenes, porque los hombres ocultan sus pensamientos, no sólo a ellos mismos, sino también a las mujeres. Al oírlos, se creería a que no existe esa vida corrompida de las grandes ciudades, y hasta de las aldeas populosas, ese libertinaje en el cual todos se encenagan con voluptuosidad. Y lo dicen con una apariencia de convicción tal, que se persuaden a sí mismos, y las pobres muchachas lo creen también. Éste fue el caso de mi desventurada mujer.
Me acuerdo de que un día, cuando todavía no éramos más que novios, le enseñé mis memorias, poniéndola así al corriente de mi vida pasada, y especialmente de las últimas relaciones que había tenido y que creí era mi deber darle a conocer. Cuando comprendió lo que significaba mi revelación, su terror y su desesperación fueron tan grandes que creí llegado el momento en que renunciaba a casarse conmigo. ¡Qué dicha más grande hubiese sido para los dos!
Pozdnychev se calló y luego añadió:
—Vale más, no obstante, que haya sido así, pues obtuve lo que tenía merecido, pero no nos detengamos más en esto. Lo que quería decir es que las pobres jóvenes son las engañadas en este caso, y las madres lo saben porque los maridos no ignoran lo que ocurre. Fingen una creencia grande en la pureza de los hombres y obran como si ésta fuese realidad. Conocen perfectamente los celos a los que pueden apelar para atraer a los hombres hacia ellas y hacia sus hijas. En cambio, nosotros, los hombres, lo ignoramos por poca voluntad de aprender. Las mujeres saben que el amor más puro, el más poético como se dice, no depende esencialmente de las facultades morales, sino de aproximaciones carnales, de la manera de peinarse, y del color o del corte de los trajes. Preguntadle a una coqueta experimentada que se haya propuesto conquistar a un hombre qué es lo que prefiere, que ante ese hombre prueben que mintió, que fue cruel o disoluta, o bien que la presenten ante él en un momento en que se halle ataviada con un vestido de mal gusto o mal cortado, y todas preferirán la primera alternativa. Les consta que mentimos de una manera indigna al hablar de la pureza de nuestros sentimientos, que es sólo su cuerpo lo que nos tienta y que mejor pasaremos por alto un defecto cualquiera que un vestido de mal gusto o mal cortado. La coqueta lo hace sin pensarlo, instintivamente; por lo mismo se pone esos odiosos vestidos ceñidos, toma ciertas posturas y usa esos tocados que le permiten llevar al descubierto hombros, brazos y pecho.
A las mujeres, sobre todo aquellas que han tenido relaciones con los hombres, les consta perfectamente que las conversaciones sobre temas elevados no son más que charla y que el hombre no tiene más punto de mira que el cuerpo y todo lo que ayuda a dar relieve a éste, y obran en consecuencia. No hay para qué buscar por qué serie de circunstancias se incorporó a nuestras costumbres ese hábito que se convirtió en una segunda naturaleza. Consideremos la vida de las diversas clases de la sociedad en todo su impudor; ¿no es en realidad la de una casa pública? ¿No lo cree así? Pues voy a demostrarlo —dijo anticipándose a mi objeción—. En su concepto, las mujeres de la clase social a la que pertenecemos tienen intereses muy distintos de los de las mujeres que viven del vicio. Pues bien, yo sostengo que no y voy a probarlo. Cuando las personas se proponen otro objetivo llevan una vida muy distinta, y esas diferencias han de aparecer en lo exterior, por lo que debiera de ser todo muy diferente.
Compare a esas desdichadas con las mujeres de la clase más elevada, ¿qué ve? Los mismos tocados, los mismos modales, iguales perfumes, idénticos escotes, brazos al aire y pechos al descubierto, igual afición a la pedrería, y a las alhajas. Hasta los placeres, es decir, bailes, música y cantos son iguales. Para unas y para otras todos los medios son buenos con tal de atraer. Hablando con entera franqueza, la mujer que peca momentáneamente por vil interés, es despreciada de todos…; la que peca toda la vida obtiene el respeto general. Fueron esos cuerpos ceñidos, esos cabellos rizados, esos modales seductores los que me atrajeron.
VII
—No era difícil, en verdad, hacerme caer en un lazo, porque con mi educación me sentía atraído hacia el amor como el viajero del desierto se siente atraído por el espejismo. ¿No es una alimentación abundante un excitante para los ociosos? Los hombres de nuestra clase se alimentan como caballos. Si se cierra la válvula de seguridad, es decir, si se condena a un joven lanzado a la vida del placer a seguir otra más tranquila, se verá cómo aparecen en seguida una excitación nerviosa y una inquietud tan terribles como extraordinarias, que, miradas a través del prisma de nuestra vida artificial, se convertirán en una ilusión que se tomará por amor. El amor y el matrimonio dependen en gran parte del alimento. ¿Os asombra esto? Pues más extraño aún es que esto no haya sido reconocido universalmente. En mi tierra hicieron este año algunos trabajos para un ferrocarril. Ya sabe qué es lo que beben y comen generalmente nuestros aldeanos: sidra hecha con cebada, pan y cebollas, y eso les basta para poder trabajar bien el campo. En las obras del ferrocarril les daban gachas hechas con harina y grasa y además una libra de carne; pero está alimentación más sólida se compensaba con dieciséis horas de trabajo rudo, manejando tierras o materiales o empujando pesadas vagonetas y carretillas, de manera que trabajo y alimento se compensan. ¿En qué gastamos nosotros las dos libras de carne, caza, toda clase de manjares excitantes y las bebidas que consumimos a diario? Pues en los excesos sexuales. Si entonces se abre la válvula de seguridad todo va bien; pero si se cierra, como hice yo más de una vez, resulta una excitación nerviosa que, espoleada por la lectura de novelas, periódicos, versos y por la música, hace que la buena alimentación se convierta en el más puro amor. De esta manera me enamoré yo también e hice lo que todo el mundo, y en mis amores no faltó nada: delicias, enternecimientos, horas de arrobamiento… En el fondo, ese amor era obra de la madre de mi novia y del modisto por una parte, y por la otra de la buena mesa y de la falta de actividad. Sin los paseos en barca, sin aquel talle esbelto, sin aquel cuerpo en que la tela parecía pegada a la carne, sin los paseos juntos, no me habría enamorado, ni habría caído en la emboscada.
VIII
—Fíjese también en este embuste tan generalizado: en la manera como suelen hacerse los casamientos. ¿Qué es lo más natural? La joven es núbil, hay que casarla; nada más sencillo, y a menos que sea un espantajo encontrará quien suspire por ella. Pues bien, no hay nada de esto y ahí es donde empieza una nueva mentira. Antaño, cuando la joven llegaba a la edad conveniente, sus padres la casaban, dejando a un lado toda idea sentimental y sin que por eso la quisiesen menos. Esto sucedía y sucede aún en el mundo entero, entre los chinos, los indios, los musulmanes, entre nuestro pueblo y, en resumen, entre las noventa y nueve partes de la humanidad. Una centésima parte apenas, nosotros, gentes corrompidas, creímos que eso no estaba bien y buscamos otra cosa, ¿y qué fue lo que hallamos? A las jóvenes las exponen como el género en un almacén donde los hombres tienen la entrada libre para elegir a su gusto. Las muchachas esperan allí, pensando para su fuero interno y sin atreverse a decirlo en voz alta: «¡Tómame a mí, querido mío, a mí y no a esa otra! ¡Mira mis hombros y todo lo demás!». Los hombres pasamos y volvemos a pasar por delante de ellas, las miramos y remiramos, hablando de vez en cuando de los derechos de la mujer, de la libertad que deben tener, basada, a lo que se pretende, en su instrucción.
—Pero ¿se puede hacer de otra manera? —le pregunté interrumpiéndole—. ¿Quiere que sean ellas las encargadas de hacer la petición matrimonial?
—¿Es que acaso lo sé yo? Pero sí que es cuestión de igualdad y de que ésta se haga realidad. Se ha hablado mucho y mal de los casamenteros y de los intermediarios, y nuestro sistema es cien veces peor. En aquel caso, los dos están en iguales condiciones, y nuestro sistema es mucho peor. En aquél los derechos y las esperanzas son iguales; en éste la mujer es una esclava a la que ofrecen porque no puede ofrecerse por sí misma. Empieza entonces esa otra mentira convencional que se llama «presentarse en sociedad», «divertirse», y que no es ni más ni menos que la caza del marido. Decidles la verdad desnuda a una madre o a una hija; decidles que no tienen más que una preocupación: pescar un marido, y les haréis una grave ofensa. Y no obstante, ése es su único objeto, no pueden tener otro. Lo más tremendo en todo esto es que se ve a muchas jóvenes ingenuas e inocentes que obran de este modo sin saber lo que hacen.
¡Si al menos se hiciera con entera franqueza! Pero no son más que mentiras e hipocresía.
—«¡Ah, qué cosa más interesante es ese libro nuevo del Origen de las especies! —exclama la mamá—. «¡Cuántos atractivos tiene la literatura! La pintura le gusta mucho a María. ¿Piensa ir hoy a la Exposición? ¿Pasea mucho en coche? La verdad es que admira lo mucho que entusiasma a mi Luisa la música. ¿Cómo es que no profesa esas ideas? ¡Ah, los paseos por el agua!…». Y al decir esto no las anima a todas más que un pensamiento: «Tómame a mí; elige a mi Luisa. No, a mí, ¡prueba al menos!». ¡Oh! ¡Cuánta hipocresía! ¡Cuánto embuste!
IX
—¿Conoce la supremacía de la mujer —me preguntó de pronto—; esa supremacía o dominación que tantos sufrimientos causa a todos? En lo que acabo de decir está la indicada causa.
—¡Cómo! ¡La supremacía de la mujer! —repliqué—. ¡No lo comprendo, cuando se lamentan, por el contrario, de que no gozan de ningún derecho y de que son las víctimas!
—Ésa, precisamente, es la idea que quería expresar —dijo con animación—. Eso es justamente lo que hace que se sostengan dos opiniones en apariencia contradictorias. Por una parte una tremenda humillación y de la otra un poder soberano. Pasa con la mujer lo mismo que con los judíos, que se vengan con el poder que les da su dinero del envilecimiento al que les condenamos. «¿Nos permitís que nos dediquemos al comercio? De acuerdo; pues por medio de los negocios nos convertiremos en amos vuestros,» dicen ellos. «¿No queréis ver en nosotras más que un objeto sensual?, sea, pues por los sentidos nos apoderaremos de vosotros,» dicen, a su vez las mujeres.
No es, pues, la privación del derecho de sufragio, ni el veto para ejercer determinadas magistraturas lo que constituye la ausencia de los derechos de la mujer, aparte de que pregunto: ¿esas ocupaciones, son realmente tales derechos? Lo que hay es una prohibición de acercarse a un hombre o de alejarse de él y de escogerlo a su antojo, en vez de ser escogida. Esto le llama la atención, ¿no es así? Entonces, privad al hombre de esos derechos, puesto que goza de ellos, ya que se los negáis a su mujer. Para igualar todas las probabilidades, la mujer, dominada por la sensualidad, se hace dueña absoluta por medio de los sentidos, de tal manera que, siendo él quien en apariencia escoge, es en realidad ella la que elige. Y cuando posee a fondo el arte de seducir, abusa y adquiere un dominio extraordinario, un imperio terrible sobre la humanidad.
—Pero ¿dónde ve ese predominio tan extraordinario?
—¿Dónde? En todas partes. Vaya a esos grandes almacenes de sederías y tejidos que hay en las poblaciones de alguna importancia, y verá en ellos amontonados millones de francos y el producto de un trabajo que, por lo gigantesco, es casi incalculable. Dígame, ¿hay en la décima parte de esos almacenes alguna cosa que sea de uso del hombre?
Todo el lujo es para la mujer que lo busca, impulsándola siempre hacia adelante. ¿Y las fábricas? En su mayor parte no hacen más que trabajar para la mujer, y millones de hombres, generaciones enteras de obreros, sucumben en esos trabajos hechos en condiciones semejantes a las de las penitencierías, para que ella se pueda engalanar. Lo mismo que si fuese una reina poderosísima, la mujer mantiene en la esclavitud y el trabajo a las nueve décimas partes de la humanidad. Y todo esto sucede, ni más ni menos, por negar a la mujer derechos iguales a los del hombre. Se venga excitando nuestros sentidos y procurando que caigamos en las celadas que nos tiende; y tal es la influencia que han llegado a ejercer sobre ellos que en su presencia pierden la calma no sólo los jóvenes de sangre caliente, sino hasta los viejos.
Y la mujer conoce tan bien esa influencia que no la oculta. Lo verá fácilmente si observa las sonrisas de triunfo en una fiesta popular, en un baile o en una reunión de etiqueta. En cuanto un joven se acerca a ella, cae en sus redes y ¡adiós razón!
Siempre experimenté cierto malestar al hallarme en presencia de una mujer en traje de corte, de una joven del pueblo con pañuelo rojo y traje endomingado, y de una señorita vestida para un baile. Y eso es todavía más terrible para mí hoy día. Veo en todo ello un peligro para los hombres, algo, en fin, contrario a la Naturaleza, y siento deseos de empezar a gritar llamando a la policía para alejar ese peligro: para hacer que aparten de mi vista un objeto dañino.
¡Y no me río! Estoy seguro de que ha de llegar un día, que quizás no esté muy lejano, en que se preguntarán con asombro cómo pudo haber un tiempo en que se permitían acciones capaces de producir tanto trastorno, turbando la tranquilidad de la sociedad, como lo consiguen las mujeres por medio de la excitación de los sentidos y los adornos con que engalanan su cuerpo. Es como si en los paseos públicos se pusiesen cepos por donde han de pasar los hombres, ¡y tal esto no sería tan peligroso como aquello!
—¿Por qué —pregunto— prohibir los juegos de azar y permitir que las mujeres aparezcan medio desnudas en público, por más que esto sea mil veces más inmoral que el juego? ¡Qué extraña manera de juzgar las cosas!
X
—He aquí ahora cómo caí en el lazo. Era yo lo que se llama un enamorado, y no era a ella sola a la que consideraba como la perfección personificada, sino que yo mismo, durante el tiempo que fuimos novios, me creía el mejor de los hombres. No hay nadie en este mundo que, aun siendo malo, buscando con un poco de paciencia no encuentre a otro que sea peor que él (lo cual es origen de alegría y de orgullo). Éste era el caso en que yo me hallaba. No me casé por el afán del dinero, al que no tenía apego, a diferencia de muchos conocidos míos que habían hecho del matrimonio un negocio, bien para procurarse un capital con la dote, bien para crearse una posición con las nuevas relaciones. Yo era rico y mi mujer pobre. ¿Qué me importaba eso a mí? Había, además, otra cosa que me enorgullecía, y era que, al contrario que los que al casarse no abandonan sus ideas de poligamia, yo me había jurado vivir siempre como monógamo en cuanto me casara. Era un miserable y me creía un ángel.
No fuimos novios durante mucho tiempo y no puedo evocar sin enrojecerme los recuerdos de aquella época, ¡que vergüenza y qué asco! Si hubiese sido un amor platónico, puesto que es de éste del que hablamos y no del sensual, habría debido manifestarse en conversaciones, en palabras; pero no hubo nada de eso. En nuestras entrevistas la conversación era penosa, un verdadero trabajo de gigantes. Apenas encontraba un tema, ya estaba, agotado, y vuelta buscar otro. Nos faltaban asuntos de los que hablar, habiendo agotado cuanto podíamos decir acerca de nuestro porvenir y establecimiento. ¿Qué nos quedaba? Si hubiésemos sido animales, sabido tuviéramos que no había de qué hablar; sin embargo, carecíamos de objeto, porque la cosa que a ambos nos preocupaba no era de las que tienen solución en una conversación. Añada a esto la deplorable costumbre de comer golosinas; luego, los preparativos de la boda; ver la habitación, las camas, las ropas que se han de usar durante el día, las de noche, la ropa blanca y los objetos de tocador, etc., etc. Ya está viendo que el que se casa al uso antiguo, con arreglo a los preceptos del Domostroy, como decía ese señor viejo que se fue, considera los edredones, las camas y la dote como otros tantos detalles que contribuyen a hacer del matrimonio algo sagrado. Pero para nosotros, que en la proporción de uno por diez no creemos, no, en ese algo sagrado, ¡y que se crea o no importa poco!, sino en las promesas que hacemos nosotros —de los que apenas un uno por ciento no habrá ya tenido que ver con mujeres y de los que apenas uno de cada cincuenta no estará dispuesto a ser inmediatamente infiel a su mujer—, para nosotros, repito, que no vamos a la iglesia más que a cumplir con un requisito exigido antes de poseer a una determinada mujer, todos esos detalles no tienen más que un significado bien preciso. Es un contrato innoble. Se vende una virgen a un libertino y esa venta se verifica con la apariencia de las cosas más puras, adornándola con poéticos detalles.
XI
—Me casé como nos casamos todos. Si los jóvenes que ansían pasar la luna de miel supiesen las desilusiones que les esperan… porque no hay más que desilusiones en todas partes; y todos —en verdad que ignoro por qué— se creen obligados a ocultarlo. Paseaba un día por una feria de París y entré en un barracón en el que enseñaban una foca y una mujer con barbas. La mujer era un hombre con traje descotado, y la foca ni más ni menos que un perro, cubierto, es verdad, con una piel de foca y que nadaba en una gran tina; el espectáculo tenía más bien poco atractivo. Cuando salí del barracón, el dueño me señaló al público diciendo: «Preguntadle a este señor si vale la pena pasar; ¡adelante, señoras y caballeros! ¡No cuesta más que un franco la entrada!». Me costaba gran trabajo, no podría decir por qué, contradecir a aquel hombre y contó con mi asentimiento. Lo mismo les sucede a los que por propia experiencia conocen el hastío de la luna de miel: que no quieren destruir las ilusiones de los demás.
Yo por mi parte no desvanecí los sueños de nadie, pero no veo motivo para que ahora me calle. En la luna de miel no hay nada agradable, sino todo lo contrario. Aquello es un continuo malestar, una vergüenza, un malhumor sombrío, y predomina sobre todo esto un aburrimiento, un tedio espantoso. No acierto a comparar esa situación más que con la del muchacho que empieza a fumar: siente náuseas, se traga el humo y, sin embargo, dice que experimenta un gran placer. Si el trabajo produce goces es para más adelante, y lo mismo sucede con el matrimonio. Antes de gozar, los esposos deben habituarse al vicio.
—¡Cómo! ¿Al vicio? —exclamé—. Está hablando de algo que es natural, instintivo.
—¡Algo natural! ¡Instintivo! No hay nada de eso. He llegado a convencerme de lo contrario, permitidme que os lo diga, y yo, hombre corrompido, libertino, entiendo que es contra naturaleza. ¡Y cuánto más arraigada no estaría esta convicción en mi ánimo si no estuviese tan pervertido! Es un acto contra la naturaleza para toda joven pura, igual que para un niño. Una hermana mía se casó, siendo muy joven, con un hombre que tenía doble edad que ella y que hasta entonces había llevado la vida propia de los libertinos, y recuerdo cuán grande fue nuestro asombro al ver que le abandonaba durante la noche de la bodas y que, pálida y temblorosa, nos dijo que por nada del mundo podría contarnos lo que exigían de ella. ¿Y llamáis natural a esto? Comer sí que es natural; comer es una satisfacción, una función agradable que puede llevarse a cabo sin que uno se avergüence, y en cuanto al otro acto, no hay más que repugnancia, vergüenza y dolor. No, no es natural, y adquirí la convicción de que una joven lo teme siempre. Una muchacha joven y pura desea hijos; hijos, sí, pero un hombre, no.
—Entonces —observé con mucho asombro—; ¿cómo perpetuar el género humano?
—¿Y acaso es necesario perpetuarlo? —replicó con brusquedad.
—Sin duda, porque de otro modo no existiríamos.
—¿Y para qué hace falta que existamos?
—¿Para qué? Pues para vivir.
—¿Para vivir? Schopenhauer, Hartmann y los budhistas sostienen que la verdadera felicidad está en no existir. Y tienen muchísima razón cuando aseguran que la dicha de la humanidad está en su destrucción. No lo dicen con tanta claridad; sostienen que la humanidad debe destruirse para ahuyentar el sufrimiento y que su objetivo o fin es su propia destrucción Esto es un error. El objetivo final de la humanidad no debe ser el de librarse del mal o del sufrimiento por el aniquilamiento de sí mismo, porque el mal es el resultado de la actividad, y el objetivo de ésta no puede ser el aniquilamiento de los efectos que produce. El fin del hombre, lo mismo que el de la humanidad entera, es la dicha, y para lograrla le han impuesto una ley a la que debe atenerse. Esa ley se basa en la unión de los seres que componen la humanidad. Las pasiones son las únicas que impiden esa unión, y por encima de todas las demás, la más fuerte, la peor, es el amor sensual, la voluptuosidad. Cuándo el hombre haya conseguido dominar sus pasiones y con ellas la que más le domina, el amor sensual, existirá ese amor, y la humanidad, una vez cumplido su objetivo, no tendrá ya razón de existir.
—¿Y hasta que llegue ese momento?
—La humanidad tiene una válvula de seguridad. El amor de los sentidos no es más que la señal del incumplimiento de la ley. Mientras ese amor exista, habrá una nueva generación para intentar realizarla. Si la primera no basta vendrán otras… hasta que se llegue al cumplimiento de esa ley… Cuando esto suceda, la humanidad dejará de ser, porque nos sería imposible explicarnos la vida si el género humano fuera perfecto.
XII
—¡Qué teoría más extraña! —exclamé.
—¿Por qué es extraña? Todas las religiones profetizan que la humanidad ha de tener un fin, y con arreglo a las conclusiones de la ciencia moderna, ese fin es también inevitable. ¿Qué tiene pues de particular que la filosofía moral presente esas mismas conclusiones? Aquel que pueda comprenderlo que lo comprenda, dijo Cristo y veo bien claro su pensamiento. Para que el hombre tenga relaciones sexuales morales, es preciso que tenga por objeto la castidad completa. El hombre sucumbe en esa lucha y de ahí proviene el matrimonio moral; pero si el hombre, y éste precisamente es el caso de la sociedad actual, se entrega antes de que llegue ese caso al amor sexual, el matrimonio no puede ser, a pesar de sus apariencias de moralidad, mas que un pretexto para la voluptuosidad, y la vida una vida completamente desprovista de sentido moral. Fue en esta última existencia en la que perecimos los dos, mi mujer y yo; en esa pretendida existencia moral a la que se llama vida de familia.
Comprenderá fácilmente a qué extremos pueden llegar las ideas cuando se oye tratar de miserable y ridículo lo que tiene de mejor el hombre, es decir, su libertad y su celibato. La situación ideal para la mujer, ese estado de pureza y de virginidad, asusta a la sociedad que se burla de él. Cuántas jóvenes sacrifican su doncellez a ese Moloch que es la opinión pública y se casan con el primer advenedizo para no ser doncellas, es decir, seres superiores. Se inmolan para no permanecer en esa condición de superioridad.
Hasta entonces no había comprendido que las palabras del Evangelio «aquél que mira a una mujer para desearla, ha cometido ya adulterio con ella en su corazón», se puede aplicar lo mismo a la mujer ajena que a la propia. No las había comprendido y me parecían sublimes todos los actos que ejecuté durante mi luna de miel, persuadido de que la satisfacción del deseo sensual con mi propia mujer era lo más natural y digno del mundo. Tan bien como yo, usted sabe que el viaje de boda, la soledad en que se deja a los recién casados, con permiso de sus padres, no son ni más ni menos que una excitación al libertinaje.
No veía yo en esto nada que fuese malo o vergonzoso y mi luna de miel me pareció una promesa de felicidad, pero esa esperanza pronto se desvaneció. Creo, empero, que hice todos los esfuerzos imaginables para lograrla; esfuerzos que fueron vanos, pues cuanto más andaba en pos de la dicha, más huía ésta de mí. Durante todo ese tiempo fui presa del malestar, la vergüenza y el tedio, y poco más tarde se presentaron la tristeza y los sufrimientos.
Si no recuerdo mal, fue al tercero o cuarto día cuando encontré triste a mi mujer, y, besándola, traté de inquirir lo que le sucedía. Creía que no podía querer más que besos. Con un gesto hizo que me apartase y se echó a llorar. ¿Por qué? No lo sabía; se encontraba mal, fatigada. La laxitud de sus nervios le reveló indudablemente la verdadera naturaleza de nuestras relaciones; pero no sabía cómo expresar sus sentimientos. La apremié haciéndole muchas preguntas, y al cabo me respondió que le inquietaba el recuerdo de su madre. No la creí y empecé a querer consolarla, sin hablarle de sus padres, no comprendiendo que éstos no eran más que un pretexto y que tenía el corazón oprimido. No me hizo caso y le eché en cara sus caprichos, burlándome de su tristeza. Dejó entonces de llorar y me contestó furiosa, llamándome egoísta y cruel. La miré cara a cara y vi que en la suya todo revelaba furor, cólera contra mí.
¿A qué venía aquella actitud inexplicable? ¿Era posible? ¡No era la misma mujer! Traté de calmarla y me estrellé contra una frialdad y una amargura tales que en un momento perdí mi sangre fría y nuestra conversación degeneró en disputa.
La impresión que me produjo este primer disentimiento fue terrible, ya que era la revelación del abismo que nos separaba. La satisfacción de los deseos de los sentidos mató nuestras ilusiones, y en realidad nos encontrábamos cara a cara como dos egoístas que tratan de obtener todo lo posible el uno del otro; como dos personas que no ven la una en la otra más que un instrumento de placer. Ese disentimiento fue nuestra constante, que se manifestó en cuanto quedaron saciados nuestros sentidos, si bien no comprendí en seguida que esa frialdad y esa hostilidad fuesen en adelante nuestro estado normal, porque no tardaron en adormecerse al despertarse nuestra voluptuosidad. Creí que se trataba de una disputilla que, una vez aplacada, no se reproduciría; pero durante la luna de miel se presentó otro nuevo período de saciedad, y con éste, como no nos necesitábamos el uno al otro, una segunda pelea que me asombró mucho más que la primera. ¿No habría sido ésta producto de la casualidad o de un malentendido? ¿O era inevitable, fatal?
Me asombré tanto más cuanto que la causa fue muy insignificante. Tuvo origen en una cuestión de dinero. No era avaro, y mucho menos tratándose de mi mujer. Recuerdo únicamente que tomó muy a mal una de mis constantes observaciones, y que imaginó estaba hecha con el propósito deliberado de dominarla por el dinero, única cosa que me hacía superior a ella, lo cual era estúpido y ridículo dado su carácter y el mío. Me incomodé y le eché en cara su falta de tacto. Como respuesta recibí algunos reproches, y empezó otra vez la disputa. En su rostro, lo mismo que en su mirada y en su lenguaje, se reveló otra vez aquel odio que tanto me había sorprendido. Antes de que me ocurriese esto había tenido discusiones con mis amigos, con mis hermanos y hasta con mi padre, y jamás observé en ellos esa expresión rencorosa que tanto me sorprendió. Pronto, sin embargo, ese rencor se ocultó tras los caprichos de nuestra voluptuosidad, y me consolé diciéndome que eran malentendidos que no tendrían consecuencias irreparables.
Sobrevinieron una tercera, una cuarta disputa y hube de reconocer que no se debían a malentendidos, sino que eran producto de una situación fatal, permanente. Me fui acostumbrando a esas escenas, y me pregunté por qué había de llevar yo, que me había casado tan esperanzado, una vida tan deplorable con mi mujer. En aquellos momentos ignoraba que lo mismo sucede en todos los matrimonios, que todos pensaban lo mismo que yo, que esa desdicha era general y que todos se la ocultaban a los demás, del mismo modo que se la disimulaban a sí mismos.
Después de haber empezado así, la situación fue empeorando de día en día, agravándose cada vez más. Durante las primeras semanas ya comprendía en mi fuero interno cuál era la desgracia que sobre mí pesaba, y que no era en verdad lo que yo esperaba. Comprendí entonces que el matrimonio, en vez de ser una dicha, es una carga muy pesada; pero, obrando como todos, me lo oculté a mí mismo y a los demás, y sin el desenlace que sobrevino seguiría ocultándomelo todavía. Lo que ahora me choca es que no haya acertado a explicarme en tanto tiempo la verdad acerca de mi situación, pues debería haberlo comprendido al apreciar la futilidad de los motivos que daban origen a semejantes rencillas, y de los que nos acordábamos una vez apaciguada la querella.
Nos resultaba imposible dar una apariencia razonable a esa hostilidad latente que existía entre nosotros, al igual que la gente joven y alegre, que cuando no tiene de qué reír se ríe de su propia risa. No teniendo razones para nuestro rencor, nos odiábamos para satisfacción del rencor que llenaba nuestras almas. Pero en todo esto había algo más extraordinario aún, y es que carecíamos de motivos para reconciliarnos. Algunas veces mediaban explicaciones, palabras, lágrimas; otras, lo recuerdo con asco, después de intercambiar las frases más duras, venían miradas tiernas, sonrisas y besos. ¡Qué horror! ¿Cómo es posible que no me haya dado cuenta antes de todas esas ignominias?
XIII
Tanto los hombres como las mujeres estamos, por nuestra educación, llenos de respeto hacia ese sentimiento que se llama amor. Preparado desde mi infancia para él, lo conocí durante mi juventud y no me produjo más que alegrías. Habían inculcado en mi espíritu la idea de que amar es la cosa más meritoria, la más noble y sublime del mundo. Cuando llega ese sentimiento tan deseado, el hombre se abandona; pero por desgracia ese amor, que es ideal, etéreo, en teoría, en la práctica es algo miserable y sucio de lo que no se puede hablar sin avergonzarse. Por algo lo hizo así la Naturaleza. Sean cuales fueran las vergüenzas y el asco que hace nacer en nuestro ánimo, nos vemos obligados a tomarlo tal cual es, y hacemos cuanto está a nuestro alcance para imaginar que esa suciedad y ese horror están revestidos de una belleza sublime.
Llamemos a las cosas por su nombre. ¿Cuáles fueron las primeras señales de mi amor? El abandono completo a mis instintos, sin delicadeza, sin orgullo y sin tener ni siquiera en cuenta lo que podía pasar en el ánimo de mi esposa… No se me ocurrió pensar en su vida física ni en su vida moral; no comprendí tampoco de dónde provenían sus frialdades, cuando con poco trabajo lo habría adivinado, pues no eran nada más que otras tantas protestas del alma contra la bestia que amenazaba convertirse en señora absoluta. Ese rencor, ese odio era el que experimentan y divide a dos cómplices de un crimen premeditado y cometido en común. ¿No era por, ventura un crimen la continuación de nuestras relaciones deshonestas, desde el primer mes en que ella estuvo encinta?
¿Crees que me estoy yendo por las ramas? Nada de eso. Todo esto es necesario para explicarle cómo llegué a cometer el asesinato de mi mujer. ¡Imbéciles! ¡Se creen que la maté el 5 de octubre con un cuchillo! Fue antes, mucho antes, cuando lo hice, lo mismo que todos, sí, al igual que todos asesinan hoy a sus esposas. Bien sabe que la idea más generalizada que circula por el mundo es la de que la mujer no es ni más ni menos que un objeto, origen de placeres para el hombre y viceversa. Lo supongo, porque no sé nada, y no hablo más que de mi propia experiencia. «El vino, las mujeres y las canciones», dicen los poetas.
¡El vino, las mujeres y las canciones! ¿Será verdad? Fíjese en la poesía de todas las edades, en la pintura, en la escultura, en los ligeros versos de nuestros poetas, en las Frinés, en las Venus, en todas las desnudeces, en fin, y en todas y siempre, la mujer se nos presenta como una fuente de placer, lo mismo en los sitios de recreo más populares que en los bailes de la corte. Lo mismo en la Trouba que en la Gratchevka. Es una estratagema del demonio.
Primero vinieron los portaestandartes de la adoración de la mujer. ¡La adoran, y sin embargo no la consideran más que como un instrumento de placer! Luego, en nuestros días, apareció el respeto a la mujer, a la que se ensalza, aunque se recoge con ansia lo que deja caer, llegando algunos al extremo de reconocerle el derecho de sufragio, el de desempeñar ciertos cargos, etc. En el fondo, las opiniones siguen siendo las mismas; la mujer no es más que un instrumento de placer y ella no lo ignora. Y esto es para ella como la esclavitud, porque no es ni más ni menos que la explotación del trabajo de los unos para el goce de los demás. Si se quiere abolir la esclavitud, es preciso impedir esa explotación y hacer que sea considerada como una vergüenza y un pecado. Se han figurado que ha quedado abolida hoy en día, porque cambiaron las condiciones y se prohibió la venta de esclavos, y no se fijan en que, a pesar de eso, sigue subsistiendo. ¿Por qué? Porque hay siempre un impulso hacia la explotación, que parece equitativa y buena. Y la verdad es que, desde que esta opinión se abrió paso, se encuentran hombres que, siendo más astutos y más fuertes, se dedican a explotar a los demás.
Lo mismo sucede con la emancipación de la mujer. Su esclavitud consiste en que a los hombres les parece equitativo el deseo que experimentan de convertirla en instrumento de placer. Se emancipa a la mujer; se le conceden diversos derechos iguales al hombre; pero no se la deja de considerar como un ser consagrado al servicio del placer, y en ese sentido se la educa desde su infancia bajo la influencia de la opinión pública.
De este modo continúa en la humillación de la esclavitud, y el hombre sigue siendo el mismo amo, tan poco moral, tan libertino siempre. Para que semejante esclavitud se pudiese abolir, sería preciso que la opinión pública estigmatizase como la más grande de las ignominias el no ver en la mujer más que un instrumento de placer. No es en los establecimientos de enseñanza ni en los ministerios donde puede realizarse esa emancipación; es en la familia y no en las casas de tolerancia donde se debe combatir eficazmente la prostitución. Emancipamos a la mujer en los elogios y en el trato social, y no obstante, no dejamos de considerarla como instrumento de placer.
Enseñad a la mujer a conocerse, como nos conocemos nosotros, y seguirá siendo un ser inferior, o con el auxilio de médicos poco escrupulosos procurará no concebir y llegará a ser, no ya un animal, sino un objeto, o bien, y éste es el caso más frecuente, será desgraciada, estará agotada por los nervios, y no tendrá esperanza alguna de emancipación moral.
—Pero ¿por qué? —pregunté.
—A mí lo que me extraña, más que nada, es que nadie quiere ver lo que salta a la vista: algo que todos los médicos saben y que callan en vez de proclamarlo en alta voz como tienen el deber de hacer. El hombre quiere gozar sin preocuparle la ley de la Naturaleza, los hijos. El nacimiento de éstos interrumpe el placer, y el hombre, que no ansía más que el placer, apela a todos los medios para evitar ese impedimento. No hemos llegado en este punto a lo que se hace en el resto de Europa, y especialmente en París; no conocemos el sistema de los «dos hijos» y no hemos hallado nada, porque no hemos buscado nada. Comprendemos que esos medios son malos, queremos conservar la familia, y nuestra manera de proceder es la peor.
La mujer, entre nosotros, es madre y querida al mismo tiempo, es decir, nodriza y amante a la vez, y sus fuerzas no bastan. A esto se deben las histéricas, las neuróticas, y en el campo, las poseídas. Y fijaos que no me refiero a las mujeres solteras, sino a las que están al lado de sus maridos. La razón es bien clara. De ahí es de donde procede la decadencia moral e intelectual de la mujer y su relajamiento. ¡Si se tuviese en cuenta el trabajo inmenso de la mujer mientras está encinta y amamanta a sus hijos!… En su seno se desarrolla el ser que debe ser un día el continuador de nuestra existencia y ocupar nuestro lugar. ¿Y quién es el que perturba la santidad de esa obra? ¿Para qué? ¡Horroriza pensarlo! ¡Y luego hablan de la libertad de la mujer y de sus derechos! Esto es lo mismo que si se pretendiese que los antropófagos, al engordar a sus cautivos para comérselos, lo hacen para cuidar exclusivamente de su libertad y de sus derechos.
Me llamó mucho la atención esa nueva teoría.
—¿Cómo debo entender lo que acaba de decir? —repuse—. El hombre, en las condiciones que acaba de expresar, no podría en realidad ser el marido de su mujer más que una vez cada dos años, y el hombre…
—No puede substraerse a esa necesidad, ¿no es cierto? Los sacerdotes de la ciencia lo han dicho, y lo cree así. Quisiera que esos distinguidos profetas desempeñasen el papel de esas mujeres que juzgan necesarias al hombre. ¿Qué es lo que dirían entonces? Decidle sin cesar a un hombre que el aguardiente, el tabaco o el opio son indispensables para su vida y acabará por creer que es verdad. De todo esto parece resultar que Dios no comprendió lo que hacía falta, puesto que, por no haber pedido consejo a esos profetas nuestros, no supo hacer bien el mundo. Admita que lo hizo muy mal.
¿Cómo puedo explicarlo? Encarémonos con nuestros profetas, que encontrarán alguna solución, si no la han encontrado ya. ¿Cuándo llegará el día en que se les eche en cara sus infamias y sus embustes? ¡Ya sería hora! ¡Ay! Los hombres van a parar a la locura, al suicidio, y siempre por la misma razón. ¿Y cómo no ha de ser así?
Los animales, que al parecer se dan cuenta de que la descendencia perpetúa la especie, siguen en esto una ley fija que el hombre es el único en no reconocer. El hombre, el rey de la Naturaleza, no tiene más que una idea: la de gozar continuamente. Para el hombre, la obra maestra de la ciencia es el amor, y en nombre del amor, es decir, de esa infamia, mata a la mitad del género humano, y a la mujer, que debía ayudarle a guiar a la humanidad hacia la justicia y hacia la dicha, la convierte, en nombre de su goce voluptuoso, en la causa de la destrucción del género humano. Y el obstáculo que en todas partes encuentra en su camino la humanidad es la mujer. ¿Por qué? Pues siempre por la misma razón.
XIV
—Sí, el hombre es peor que la bestia, si no vive más que como hombre. Éste fue mi caso. Lo más fuerte del caso es que yo creía llevar una vida ejemplar, porque no me dejaba arrastrar por los encantos de las otras mujeres. Me creía un sujeto moral, y las escenas violentas que se sucedían entre mi mujer y yo las atribuía exclusivamente a su carácter. Como es natural, me equivocaba, pues era como todas, como la mayoría de ellas. Su educación había sido la que imponen las exigencias de nuestra clase, parecida a la que reciben todas las jóvenes de familias ricas y tal cual debe darse a todas.
¡Cuántas quejas se oyen acerca de la educación de la mujer, y cuántos quisieran cambiarla! Pero todo esto no son más que añagazas, porque la educación de la mujer debe basarse en la idea verdadera del hombre acerca del destino de la mujer. En nuestra clase, y a pesar de las ideas que hay en su favor, es que el destino de la mujer es servir para placer del hombre, y su educación es ni más ni menos que el reflejo de estas ideas. Desde su juventud no le enseñan más que a aumentar el poder de sus encantos, y por su parte, ella no tiene más preocupación. De la misma manera que la educación de las esclavas se dirigía únicamente hacia un solo objeto, el de satisfacer los caprichos de su amo, nuestras mujeres no reciben educación más que teniendo en cuenta un solo objetivo: el de atraer a los hombres. En cualquiera de los dos casos no podía, no puede suceder otra cosa.
Tal vez se imagine que esto sólo es cierto cuando se trata de esas chicas mal educadas a las que llamamos con desdén jovenzuelas, y que hay una educación más seria, la que se da en ciertos colegios, en los liceos donde se enseña latín, en las aulas de Medicina y en las academias. ¡Grave error! Toda la educación de la mujer, sea cual fuere, no tiene más que un objetivo: atraer al hombre. Unas lo consiguen por medio de la música, otras con sus cabellos rizados, algunas con su ciencia o su buen sentido; pero el objetivo es el mismo, y no puede ser de otra manera porque no tienen más que ese.
¿Imagina a las mujeres adquiriendo en la Academia la ciencia aparte de los hombres, es decir, a las mujeres haciéndose sabias sin que los hombres lo sepan? Imposible. No hay educación, no hay instrucción que pueda cambiar nada, mientras el ideal de la mujer sea el matrimonio, no la virginidad y la liberación de los sentidos. La mujer será, de otro modo, siempre una esclava. No hay más que ver las condiciones en que se educan las jóvenes de nuestra clase, y no quiero generalizar para no quedarme yo menos sorprendido ante el desorden de las mujeres de la clase elevada que ante la moderación misma de ese orden.
Fíjese bien: desde que llegan a la adolescencia no les preocupa más que una cosa: el vestido y sus adornos. No hay para ellas más ocupaciones que los cuidados que han de dar a su cuerpo; el baile, la música, la poesía, las novelas, el canto, los teatros, los conciertos, y a todo esto puede añadir una ociosidad física completa, una indolencia general y una alimentación agradable y nutritiva. Como nos lo ocultan, ignoramos los sufrimientos que producen a las jóvenes la excitación de los sentidos. De cada diez, nueve se atormentan más de lo que se sospecha en la primera época de su pubertad, y más adelante mucho más, si no se casan antes de los veinte años. Cerramos los ojos para no ver estas cosas, pero aquellos que quieren tenerlos bien abiertos se dan cuenta de que dicha excitación llega hasta ese punto a causa de la sensualidad contenida (es una dicha cuando se contiene), y no son capaces de nada si no se hallan en presencia del hombre.
Los cuidados que impone la coquetería, y ésta misma, llenan toda su existencia. En presencia del hombre exageran su vivacidad, se despiertan los sentidos, y lejos de él, la energía se embota y desaparece la vida. Y tenga presente que esto no sucede en presencia de un hombre determinado, sino en la de cualquiera, con tal que no sea un tipo repugnante.
Me dirá que esa es la excepción, no la regla. Lo que sucede es que en ciertas mujeres se nota más que en otras, pero ninguna tiene vida propia, independiente del hombre. Cuando éste les falta, todas se aprestan a la conquista, y no puede ser de otra manera porque su bello ideal es atraer el mayor número posible de hombres. Todos los sentimientos femeniles se concentran en esa vanidad, no de mujer, sino de hembra, que procura atraer a su alrededor el mayor número posible de machos para escoger mejor. Y sucede lo mismo cuando se trata de mujeres casadas que de solteras. A éstas les es necesario para poder elegir, y a las primeras como un medio para dominar mejor al marido.
Una sola cosa interrumpe esta clase de vida: los hijos, con la condición de que la mujer tenga salud y los amamante ella misma. Y en esto vuelven a presentarse los médicos. Mi mujer, que quería dar el pecho a sus hijos, cayó enferma al dar a luz al primero, pero pudo criar a los otros cuatro. Los médicos la desnudaron cínicamente, le palparon todo el cuerpo, y yo, agradecido, tuve que pagarles muy bien y hasta darles las gracias, aunque al final habían declarado que no podía criar. De este modo quedó privada, desde el principio, de la única cosa que podía distraerla de la coquetería. Tomamos un ama y nos convertimos en explotadores de la pobreza, de la necesidad y de la ignorancia de una mujer, le robamos a su propio hijo, privándole de su alimento, para que lo diese al nuestro y, satisfechos, la engalanamos con llamativas cofias y galones de plata. No es de esto, sin embargo, de lo que se trata. Lo que quería decir es que esa libertad momentánea despertó en mi mujer, con nueva fuerza, la coquetería femenina un tanto adormecida durante el período precedente. Entonces aparecieron en mí unos celos tales, como jamás habría sospechado que pudiera sentir. ¡Dios mío! ¡Qué sufrimiento! Aparte de que estos son comunes a todos los maridos que viven como yo vivía con mi mujer, esto es, sin apelar al adulterio.
XV
—¡Los celos! Ahí tiene otro secreto de la vida conyugal, secreto que todo el mundo conoce y que todos ocultan. Junto al mutuo rencor de los esposos, que proviene de su común envilecimiento y de muchas otras causas, los celos recíprocos son una de las causas de las escenas violentas que con mucha frecuencia se desarrollan en los hogares, pero como de común acuerdo se dice que debe ocultarse, todo se oculta. Todos ven en ello una desgracia personal que les apena y no un destino que es común. Eso fue precisamente lo que me sucedió. Los celos deben existir entre dos esposos que viven inmoralmente. Si no pueden acallarlos en favor de su hijo, se deduce que jamás podrán sacrificarlos en beneficio de la mutua paz y tranquilidad, porque se puede pecar en secreto, pero en provecho de la propia conciencia. Ambos saben que no hay, ni para el uno ni para el otro, obstáculos morales que se opongan a la consumación de una infidelidad, y lo saben porque ellos mismos violan todos los días y en sus relaciones recíprocas los principios de la moral, y de ahí la desconfianza mutua y la vigilancia del uno para con el otro.
¡Qué cosa tan terrible son los celos! No hablo de los celos verdaderos que, al menos, tienen su razón de ser. Estos producen tormentos, pero se puede encontrar remedio. Me refiero a esos celos inconscientes, acólitos fatales de toda vida inmoral, y que no tienen fin como tampoco tienen causa. Éstos son como un cáncer, un mal horrendo que corroe noche y día, día y noche; ¡son espantosos, verdaderamente insoportables!
¿Quiere que le cite un ejemplo? Un joven habla a mi mujer, la mira sonriendo y me figuro que con la mirada escruta su cuerpo. ¿Cómo se atreve a pensar en mi mujer y en la posibilidad de hacer una novela con ella? ¿Y cómo ella, que lo ve, puede tolerar semejante cosa? Y no sólo la tolera, sino que además parece muy satisfecha y hasta su satisfacción, lo observo, se manifiesta por él. En mi corazón se desarrolla entonces un odio tan feroz que todas sus palabras, todos sus gestos, me excitan. Lo advierte y se corta, fingiendo indiferencia. ¡Yo sufro y ella está alegre y habladora! Mi odio va en aumento y no puedo por menos de dominarlo, porque no tengo motivos para estar celoso y lo sé. Se sienta uno a su lado, hace un papel indiferente y hasta le dispensa al joven en cuestión una acogida cordial y cortés, y luego, descontento uno de sí mismo, quiere abandonar la habitación dejándola sola. Y procede así, efectivamente, y apenas se halla fuera se le ocurre un pensamiento terrible y se pregunta: «¿Qué pasará ahí dentro? Entonces, aprovechando cualquier pretexto, vuelve a entrar o, si no, escucha tras la puerta.
¿Cómo es posible que ella se pueda envilecer y envilecerme a mí hasta ese extremo, haciéndome desempeñar el humillante papel de espía, tan humano y al mismo tiempo tan indigno? ¿Y él? Pues él es lo mismo que todos los hombres, como lo era yo antes de casarme. Está muy satisfecho, sonríe y me mira, como diciéndome «¿Qué quieres? ¡Ahora me toca a mí!».
¡Sentimiento horrendo! Como no es menos tremendo el veneno que inyecta en nuestras venas. ¡Oh! ¡Cuánto habría dado por poder sospechar con fundamento de un hombre para arrojarle a la cara ese veneno! Habría quedado marcado como si le hubiesen echado vitriolo, sin duda. Me bastaba con tener celos una sola vez de un hombre para no seguir manteniendo el mismo tono con él en nuestras relaciones habituales, para no poderlo mirar con calma. Con tanta frecuencia arrojé ese vitriolo de los celos a la cara de mi mujer, que a mis ojos quedó desfigurada. En esa época de inconsciente rencor, abominé de ella después de haberla cubierto, allá en mi fuero interno, de vergüenza e ignominia. La hice culpable en mi mente de los actos más irracionales. Llegué, lo confieso avergonzado, hasta a sospechar que, cual una sultana de Las mil y una noches, habría sido capaz de engañarme con un criado en mis barbas y burlándose de mí. A cada nuevo acceso de celos, y sigo refiriéndome a esos celos que no tienen causa conocida, caía yo regularmente y cada vez más bajo en mis despreciables sospechas, y otro tanto le sucedía a ella, que tenía más motivos que yo para estar celosa, puesto que conocía mi pasado. Y, en efecto, estaba más celosa que yo. Sus celos me proporcionaban sufrimientos de distinta naturaleza, pero no por eso menos penosos. He aquí un ejemplo: nos poníamos a hablar tranquilamente y me contradecía acerca de un asunto sobre el cual poco antes había manifestado la misma opinión que yo, y veía que de pronto se iba acalorando sin motivo. Creyendo que estaba de mal humor y que el tema de nuestra conversación debía de disgustarla, procuraba cambiar de asunto. ¡Lo mismo! Se enfadaba por cualquier cosa, por una palabra. Esto me asombraba, y trataba de indagar la causa, pero no lo conseguía y no obtenía más respuesta que algunos monosílabos, tras los cuales se quedaba en silencio. Me figuraba entonces que todo su mal humor podía provenir de que me había paseado por el jardín en compañía de una prima suya que me era completamente indiferente, o de cualquier otra cosa parecida. Lo adivinaba, en efecto, pero no decía ni una palabra. Decirlo habría supuesto atizar sus sospechas.
—¿Qué es lo que tienes? —Le preguntaba—. Pues nada, estoy igual que todos los días —me respondía, y sin embargo se ponía arrebatada como una loca, empezaba a decir despropósitos sin fundamento. Algunas veces daba pruebas de una paciencia extraordinaria; otras, estallaba la tempestad y arrastraba a cada cual por su lado. Aquello era una lluvia de ultrajes, y recibía en pleno rostro la acusación del pretendido crimen. Se desbordaba y después venían las lágrimas, los sollozos, o se marchaba corriendo para ocultarse en lugares tan inverosímiles que no era posible sospechar que hubiese ido a buscar refugio en ellos. Allí costaba gran trabajo encontrarla. Avergonzado, me ponía a buscarla en presencia de hijos y criados. ¡Había que hacerlo, porque la creía capaz de todo! La seguíamos, la encontrábamos, ¡y qué noches más terribles después! No se oían más que palabras amargas, acusaciones penosas, y sólo después de algunos ataques de nervios, recobrábamos la calma. Sí, esos celos injustificados eran la plaga de nuestra vida conyugal, y confieso que me hicieron sufrir de una manera horrorosa mientras duraron.
Hubo dos épocas en que mi sufrimiento fue más intenso. La primera se remonta al nacimiento de mi primer hijo, cuando tuvimos que tomar una ama de cría por haber prohibido los médicos a mi mujer que lo criase. Esos celos provinieron al principio de la inquietud de madre que mi esposa experimentó respecto al que, sin culpa, venía a ser un trastorno en la regularidad de nuestra vida; pero más que nada, provino de la facilidad con que la vi renunciar a sus deberes maternales, lo que contribuía a que dedujese, tanto por instinto como razonadamente, que con la misma facilidad podía abandonar sus deberes de esposa, tanto más cuanto que gozaba de una salud excelente y que, a pesar de la prohibición de los médicos, dio el pecho con fortuna a los hijos que tuvo más adelante.
—Me parece que no tiene en mucha estima a los médicos —le dije, al haber observado cómo se alteraba su voz y cambiaba de expresión su rostro cada vez que hablaba de ellos.
—No se trata de estimarlos o no, sino de que echaron a perder mi vida como la de tantos otros, y no puedo menos de indagar el enlace entre la causa y el efecto. Admito que quieran, al igual que los abogados y otros muchos, ganar dinero; yo les cedería la mitad de mi fortuna, si estuviese seguro de que todo el que los conociese fuese a obrar del mismo modo, si consintiesen en dejar de ocuparse de nuestra vida doméstica y renunciasen a mezclarse en cosas que no les importan. No he consultado las estadísticas, pero conozco personalmente a muchos, y sé de centenares de casos, pues los hay a millones, en los que han matado al niño en el seno de la madre, pretendiendo que ésta no podía dar a luz, y otras veces a la madre a consecuencia de una operación.
No se tienen en cuenta esas muertes, del mismo modo que se han olvidado los asesinatos de la Inquisición, con la convicción de que eran útiles a la humanidad. Los crímenes cometidos por los médicos son incalculables, pero no representan nada al lado de la putrefacción moral que engendra el materialismo del que son víctima los padres y que extienden por el mundo con la ayuda de la mujer. No haré hincapié en el hecho de que siguiendo sus consejos llegaríamos, por la fuerza del contagio, no a la unión, sino a la desunión completa. Según sus máximas, deberíamos pasar el tiempo en el descanso y el aislamiento y empleando ácido fénico continuamente —del que hoy ya empiezan a decir que no sirve para nada—. Pero no es esto lo peor. El veneno más fatal, más violento, es la corrupción hacia la que impulsan a la humanidad, especialmente a la mujer. No puede hoy día decirse uno, ni a sí mismo ni a los otros: «Llevas una vida deplorable; corrígete». No, no se puede decir eso, porque cuando se lleva mala vida, ésta es consecuencia de una enfermedad nerviosa o heredada o de algo parecido. Entonces se va a consultar a los médicos, y mediante una cantidad más o menos crecida, recetan medicinas que la farmacia facilita. Se pone uno más enfermo, vuelta otra vez al médico y de éste al boticario. ¡Buena invención, realmente!
Volviendo al asunto del que nos ocupábamos: debo decir que mi mujer crió muy bien a sus hijos, y que éstos sirvieron para calmar los sufrimientos que me ocasionaban mis celos; pero ¡ay! fueron la causa de nuevos trastornos. Puede, sin embargo, que fuera providencial, porque la catástrofe se retrasó: los hijos nos salvaron durante algún tiempo. Durante ocho años mi mujer tuvo cinco hijos, a los que ella misma crió.
—¿Y dónde están ahora vuestros hijos? —le pregunté—. Quiero decir…
—¡Los hijos! —exclamó, y su mirada centelleó.
—Dispénseme, pues tal vez he evocado recuerdos dolorosos.
—No, nada de eso. La familia de mi esposa se hizo cargo de ellos. Les habría cedido toda mi fortuna con tal de que me permitieran educar a mis hijos, pero como paso por loco, se negaron a entregármelos. Es una desdicha, porque yo los habría educado a mi gusto… Aunque después de todo, quizá vale más que sea así, porque yo no sirvo para nada.
XVI
—A medida que aumentó la prole, vino también lo que viene siempre tras los niños: el amor maternal… ¡Una de las maravillas de la vida! Para las mujeres de la clase social a la que pertenecemos, los hijos no son una alegría, un orgullo, ni el cumplimiento del destino, sino que se convierten en una inquietud, en un terror, en suplicios y castigos. Respecto a ese punto no se muerden la lengua para manifestar lo que piensan. Los hijos son para ellas un tormento, no por su nacimiento, por tenerlos que criar o por los cuidados que exigen, ya que las mujeres —y entre ellas la mía— tienen un sentido maternal muy desarrollado que las hace estar prontas para cualquier eventualidad, sino porque pueden enfermar y morir. Si temen el acto de dar a luz no es porque rechacen el cariño de los hijos, sino porque temen por la salud y la vida del amado recién nacido. Por esta razón es por lo que generalmente no quieren darle el pecho. «Si le diese de mamar, —suelen decirse—, le tomaría mucho cariño, ¿y si se muriese después?». Casi estoy por decir que preferirían muñecos de goma que no estuviesen expuestos a caer enfermos o a morirse y que fueran reemplazables con facilidad. ¡Qué extrañas confusiones hay en el cerebro y en el corazón de las pobres mujeres! ¿Por qué evitan tener hijos? ¡Por miedo a tomarles demasiado cariño!
Temen al amor como a un peligro, a pesar de que es un estado ideal del alma; ¿y por qué? Porque el hombre es peor que la bestia cuando no vive como hombre. La mujer no considera al hijo más que bajo el punto de vista del placer. El principio es muy penoso, pero muy expedito: ¡Oh, qué manecitas! ¡Qué piececitos! ¡Qué vocecita! ¡Qué medias palabras! En resumen: ese amor materno bestial, todo él procede de la sensualidad. No se piensa siquiera en la misteriosa aparición del nuevo ser, destinado a ocupar nuestro lugar, que ya se le asigna desde que se le bautiza. No se razona, y sin embargo, esto no es más que la advertencia de la importancia que tiene el recién nacido en la humanidad, no se hace caso de todo esto; no se piensa en ello; no ha sido reemplazado por nada y no tenemos más que los encajes, las manecitas, los piececitos, en una palabra, lo que es inherente a la bestia. La única diferencia es que ésta no tiene razón ni entendimiento ni necesita médicos, sí, médicos. Cuando un ternero perece, la vaca muge y sigue amamantando a los demás terneros. ¿Qué hacemos nosotros cuando cae enfermo un niño? ¡Pronto, socorro, ayuda! ¿Qué médico escoger? ¿A dónde ir a buscarlo? Y si el niño se muere, ¿dónde están las manecitas, los piececitos? ¿Para qué proporcionarse esos sufrimientos? Ésta es la causa de que los hijos sean un verdadero tormento. La vaca, que no razona, no piensa en los medios que podría emplear para salvar su a cría; por eso la pena que experimenta en su estado físico no es más que un estado y no un dolor, que contribuyen a exagerar la calma y la saciedad. No puede la vaca preguntarse el porqué de sus dolores y la razón de su cariño, puesto que la cría debía morir; no tiene criterio que le diga que tal vez en el futuro no tendrá más hijos, y que si los tiene es inútil que los amamante y que los quiera, puesto que ese cariño sólo produce sufrimientos. Éste es precisamente el razonamiento que se hacen nuestras mujeres, y el hombre es la peor de las bestias si no vive como hombre.
—Con arreglo a vuestras ideas, ¿cómo se debería tratar, humanamente, a los hijos?
—¿Cómo? ¡Queriéndoles como a hombres!
—Pero ¿no aman las madres a sus hijos?
—Sí, pero no humanamente, o al menos, rarísimas veces: ni siquiera los quieren como la perra a sus cachorros. Fíjese en que la gallina, la oca, la loba, serán siempre para la mujer un modelo inimitable de amor maternal. La mujer que se arroja al paso de un elefante para salvar a su hijo es un caso de los más raros. Al contrario, la gallina, el gorrión hembra, se arrojan atrevidamente sobre el perro y se sacrifican por sus pequeñuelos, y es algo realmente extraordinario que se cuente un caso igual de una mujer. Observe que la mujer tiene la facultad de privarse del amor físico que profesa al hijo; la bestia no puede hacerlo. ¿Quiere decir esto que la mujer está por encima de la bestia? No, precisamente es superior a ésta, por más que superior no es la palabra exacta. No es que sea superior, sino que debe ser de otra esencia, porque tiene además otros deberes, deberes humanos. La mujer puede privarse de ese amor físico, por la razón de que ese amor lo concentra por completo en el alma del niño. Éste es el papel propio de la madre, y que no se encuentra en nuestra sociedad. Los relatos referentes a mujeres heroicas que han sacrificado a sus hijos por un ideal, los consideramos como cuentos de la antigüedad que no pueden conmovernos. Por lo que a mí respecta, creo que la madre carece de ese ideal al cual habría podido sacrificar su amor físico por su hijo. Si gasta toda la fuerza fisiológica de que dispone para intentar llevar a cabo alguna empresa difícil, y deja el cuidado de su hijo a la pericia de los médicos, no conseguirá otra cosa que hacerse más desgraciada, y experimentar siempre las mismas contrariedades y sufrimientos.
Esto mismo fue lo que sucedió con mi mujer, a quien le importaba muy poco tener un hijo o cinco. Al contrario, fue mejor que tuviese esos cinco. Nuestra existencia entera se perturbó con el temor de que les ocurriese un accidente, con enfermedades reales o de pura imaginación, y a veces hasta sencillamente con su sola presencia. En cuanto a mí, mientras duró mi vida conyugal comprendí perfectamente que toda mi dicha y hasta mis intereses estaban pendientes de un hilo, y que sólo dependían de la salud, del bienestar y de la actividad de mis hijos.
Los que ocupan el primer lugar son los hijos, y sin embargo es preciso que todos vivamos. En nuestros días, los padres no tienen vida propia; toda su vida está anudada a un cabello; no hay vida conyugal ni vida de familia. Por muy importante que pueda ser el negocio cuya conclusión nos preocupa, lo dejamos, olvidándolo y descuidándolo, en cuanto nos anuncian que a Vassia le duele el vientre, o que a Lisa le hace daño la garganta. Sí, lo olvidamos todo para no pensar más que en el médico, en el boticario y en la temperatura normal o anormal del enfermo.
Debo añadir que es imposible entablar una conversación seria sin que, por intempestiva que sea la hora, no entre Periquín en la habitación para pedir que le den una manzana, o para preguntar qué traje le han de poner, o sin que la nodriza se presente llevando un chiquillo que llora. La verdadera vida de familia no existe. Todas nuestras acciones, toda nuestra manera de ser, dependen de la salud de los hijos, y la salud de éstos no depende de nadie en el mundo, así que nuestra vida entera puede verse aniquilada por los médicos, que pretenden ser los dispensadores de la salud. Esto no es vivir; es estar oyendo continuamente el «¡Quién vive!», el «¡Alerta!», pues un peligro se sucede a otro, y hay que redoblar los esfuerzos para defenderse mejor. Se encuentra uno en la misma situación que el buque que zozobra.
Muchas veces me figuré que los temores de mi mujer por nuestros hijos eran ficticios, y que apelaba a ellos para conseguir mejor la victoria sobre mí, al mismo tiempo que lograba resolver fácilmente y en su favor todas las dificultades. Entonces creía yo que todos sus actos y sus palabras todas iban en contra mía, y hoy me doy cuenta de que sus enojos y sus tormentos los causaban nuestros hijos y el buen o mal estado de su salud. Esto, lo mismo para ella que para mí, era un verdadero martirio. Y no obstante, los hijos eran para ella fuente de olvido y colmo de dicha. Observé con mucha frecuencia que, en medio de su tristeza, y al estar enfermo uno de nuestros hijos, encontraba como un alivio a sus penas sumiéndose en aquella especie de anhelo que le producía el cuidado… Ese anhelo, esa singular embriaguez eran forzados, porque faltaba toda distracción de otra clase.
A cada momento le contaban que la señora X había perdido dos hijos; que el médico Tal salvó los de la señora N, y que en otra familia habían cambiado de aires, evitando así que se muriesen los niños. Como era natural, los médicos, pavoneándose, confirmaban el hecho, y eso contribuía a afirmar las creencias de mi esposa. Es indudable que habría querido no tener miedo, pero bastaba con que el médico pronunciase estas palabras: «envenenamiento de la sangre», «escarlatina» o, ¡Dios nos libre de ella!, «difteria», para que se trastornase, y era imposible que sucediese de otro modo.
Si las mujeres de ahora tuviesen las mismas creencias de las mujeres de tiempos pasados, que decían: «Dios nos los dio, Dios nos los quitó», «el alma del niño vuela hacia Dios, la muerte hace de él un bienaventurado porque murió en la inocencia» y, en fin, si tuviesen esa ciencia que tan generalizada estuvo siempre en el pasado, si tuviesen un sentimiento que recordase en algo esa fe, sobrellevarían con más valor y calma las enfermedades de sus hijos; pero no conservan ni la sombra de esa fe que desapareció para no volver.
Sin embargo, la humanidad tiene necesidad de una creencia, y por eso la mujer cree ciegamente en la medicina, mejor dicho, en la medicina no, en los médicos. Para ésta, el mejor médico es el doctor A.; para aquélla el doctor B., y cual les pasatodos los fanáticos, no se dan cuenta de los defectos, de las faltas del ídolo; creen porque sí, quia absurdum. Si no se mostrasen tan testarudas con una creencia cualquiera, por poco razonada que sea, seguro que se darían cuenta exacta de la falta de fundamento, al mismo tiempo que de la vanidad y de la prosopopeya de esos asesinos.
La escarlatina, por ejemplo, es una enfermedad contagiosa. ¿Qué se hace cuando se presenta? Pues llevar a la mitad de la familia a una fonda. A nosotros nos pasó dos veces. En una población importante, todo individuo es el centro de un gran círculo, en el que se cruzan un sinnúmero de diámetros que no son más que otros tantos hilos conductores de contagio contra el que no hay muro protector; panaderos, sastres, cocheros, planchadoras, lavanderas, todos, en fin, contribuyen a la propagación del mal. Me vanaglorio de poder probar a aquel a quien una enfermedad contagiosa arrojó de su casa, que otra enfermedad, quizás tan peligrosa como la que le hace huir, o tal vez aquella misma, le espera en su nuevo domicilio. Nadie ignora lo que le sucedió a una familia rica que, habiendo mandado derribar la habitación donde tuvieron a un enfermo de difteria, cayó enferma en esa misma habitación construida de nuevo. Hay centenares de personas que viven en íntimo contacto con los enfermos y que, sin embargo, no se contagian.
He aquí la verdad, y he aquí cuál es la actitud de las mujeres. Una dice que su médico de cabecera es excelente: «¡Cualquier cosa! —exclama otra—; ¡vaya un médico, que mató a Fulano!». Y viceversa. Presentadle a nuestras señoras un médico de aldea y no tendrán en él la menor confianza; llamad por el contrario a otro médico que gaste coche, que adquirió los mismos conocimientos que el otro en los mismos libros, aulas y clínicas, pero que pide cien rublos por visita, y en este último tendrán confianza absoluta.
No saben siquiera nuestras mujeres qué es lo que quieren, porque habiendo perdido la creencia en Dios, unas tienen fe en las echadoras de cartas, en las sonámbulas y en las curanderas, y otras en el afamado doctor N., porque exige honorarios elevados y tiene muchas excentricidades. Si tuviesen fe, sabrían que la escarlatina y otras enfermedades del mismo género no son tan temibles, puesto que no pueden hacer el menor daño a la única cosa que el hombre puede y debe amar, que es el alma. Sabrían también entonces que todo cuanto pueda sucedernos son acontecimientos que no podemos evitar: la enfermedad y la muerte. Esa falta, esa carencia de fe en Dios, son las que hacen que su amor sea puramente físico y pasen todo el tiempo empleando sus energías en realizar una utopía: ¡la de la prolongación de la vida! Utopía cuya realización prometen los médicos a los imbéciles, y especialmente a las mujeres. Así es que éstas, al vislumbrar el menor peligro, acuden a ellos.
Nuestros hijos no contribuyeron a suavizar nuestras relaciones ni a la unión más perfecta e íntima, sino que, por el contrario, sirvieron para acentuar nuestra desunión, y fueron una causa más de disgusto. Desde el día en que nacieron se convirtieron para nosotros en un arma de combate, en un pretexto más para discutir, porque cada uno de nosotros tenía un favorito que le servía de arma para la lucha. El mío era Vassia; el de mi mujer, Lisa, la hija mayor. Cuando crecieron y su carácter se fue perfilando, los consideramos como aliados que queríamos atraer a nuestro bando. Su educación se resentía, naturalmente, a consecuencia de esta situación anormal, pero ¿qué hacer? Con nuestras eternas disputas no podíamos ocuparnos de aquellas pobres criaturas. El niño era aliado mío; en cuanto a la niña, la mayor, que era la aliada de mi esposa, a la que se parecía mucho, había momentos en que yo le tenía ojeriza.
XVII
—Al principio vivíamos en el campo, y luego en la capital, y a no ser por la catástrofe que más tarde nos hirió, habría llegado de ese modo a la vejez y al lecho de muerte creyendo haber llevado una vida feliz, es decir, no más desgraciada que la de la mayoría de mis semejantes. De ese modo no habría intuido la vil mentira que me rodeaba, ni habría comprendido que todo aquello no era lo mejor ni lo más bueno siquiera. Lo que sí habría sentido con más fuerza habría sido que yo, que debí ser el amo, no fui más que el esclavo de mi mujer, porque había sido ella y no yo quien llevó siempre, como vulgarmente se dice, los pantalones, por más esfuerzos que hice por quitárselos. Mis hijos fueron la causa de que yo perdiese la autoridad y, a pesar de mi deseo, me fue imposible liberarme y recobrarla. Mi mujer contaba con los hijos y, por consiguiente, con la dominación. No comprendía entonces sino que estaba en su derecho, un derecho basado en que, en la época de nuestra boda, estaba moralmente a cien codos de altura sobre mí, del mismo modo que toda recién casada es tanto más superior a su marido cuanto más pura es. Y fíjese bien en esto, en que las mujeres, sobre todo en la clase social a la que pertenecemos, son en general seres pervertidos que carecen de fuerza moral: egoístas, parlanchinas, testarudas; mientras que las jóvenes de veinte años o poco menos se sienten impulsadas, y de ello vemos ejemplos todos los días, a llevar a cabo acciones nobles e idealmente hermosas. ¿A qué se debe esta diferencia? Es indudable que los hombres han caído tan bajo que las hacen descender a su propio nivel.
Niños y niñas nacen con las mismas cualidades morales, pero el valor moral de las niñas es muy superior. Ante todo, no están expuestas a las mismas tentaciones y malas compañías que los hombres; no tienen a su alcance el tabaco, el vino, el colegio, el círculo o la oficina, y en segundo lugar, y este es un factor primordial, son corporalmente puras. En su juventud, son superiores a nosotros. En nuestra clase, en la que el hombre no tiene que trabajar materialmente para ganarse el sustento, son también superiores, como mujeres, por la importancia de su misión maternal.
La mujer, cuando da a luz y amamanta a sus hijos, comprende perfectamente que su misión tiene mucha más importancia que la del hombre que se ocupa en los negocios, en el tribunal o en el senado. Sabe, además, que su preocupación constante es el dinero y que, en resumen, las ocupaciones de los hombres no responden a una necesidad fatal, como es la de tener que dar el pecho a los hijos. Por eso es precisamente por lo que la mujer está por encima del hombre y le gobierna; pero el hombre de nuestra clase no quiere darse cuenta de esta verdad, al contrario, la contempla con desdén desde lo alto de su grandeza, y no tiene más que desprecio para sus ocupaciones. Ésa era la razón de que mi mujer mirase con menosprecio mis trabajos en el Zemstvo o consejo general: porque había dado a luz muchos hijos y los amamantaba. Por mi parte, imbuido en las doctrinas que profesamos los hombres, me decía que todos los trabajos femeninos, mantillas, pañales, biberones, como solía decir bromeando, no tenían importancia alguna, y sonriéndome, a la vez que me encogía de hombros, exclamaba: «¡Bah, cosas de mujeres!».
Este mutuo menosprecio nos dividía aún más y más; pero nuestras relaciones se agriaron más todavía. Las divergencias de opinión no eran la causa del rencor, sino su consecuencia. Cualquier cosa que yo dijese, sabía a priori que ella iba a contradecirla, y a la inversa. A los cuatro años de habernos casado nuestras relaciones intelectuales, y esto era cosa indiscutible, se habían hecho, tanto para el presente como para el porvenir, imposibles, pero por completo. Cada cual se aferraba con tenacidad a su opinión, fuese cual fuese su objeto, y sobre todo tratándose de la cuestión de los hijos, sin intentar convencernos. Ante los extraños, nuestras conversaciones versaban acerca de las cosas más variadas, y hasta íntimas; entre nosotros, nunca. A veces, cuando oía lo que le decía ella a otras personas en mi presencia, no podía por menos que pensar: «¡Cuántas mentiras dice esta mujer!», y me sorprendía de que nadie advirtiese que mentía. Cuando nos hablábamos a solas, nuestras conversaciones se reducían a muy pocas palabras o frases que tal vez los animales también intercambien entre ellos. «¿Qué hora es? Creo que es hora de irnos a acostar. ¿Qué tenemos hoy para comer? ¿Qué dicen los periódicos? Hay que avisar al médico, porque a Lisa le duele la garganta».
En cuanto nos apartábamos de ese círculo de conversaciones, por poco que fuese, para cambiar de tema, estallaba la tempestad, y únicamente la presencia de un tercero, que servía, por así decirlo, de intermediario a nuestra conversación, contribuía a que, durante un momento, nos mostrásemos más sociables. Mi mujer probablemente creía que la razón estaba de su parte, y en cuanto a mí, ¡Dios me lo perdone!, me tenía a su lado por un santo. Los períodos de eso que llamamos amor eran tan frecuentes como antes, pero más brutales, menos suaves y sin ningún refinamiento, aparte de muy cortos. A esos momentos de placer sucedían rápidamente otros de malestar, cólera irreflexiva, una irritación que se fundaba en los más fútiles y absurdos pretextos.
Las disputas y el rencor estallaban a propósito de la comida, del café, del mantel, de un coche o de una falta en el juego, de cualquier cosa, en fin, que no tenía importancia ni para el uno ni para el otro. Por mi parte, la odiaba con toda mi alma. La miraba cuando se servía el té, movía el pie, se llevaba la cucharilla a la boca o soplaba para enfriar el líquido, y por esto, como que si se tratara de una mala acción, la odiaba. No me había fijado en la correlación que existía entre los períodos de rencor y ese que llamamos amor, y siempre el uno seguía al otro. A un período de amor, más largo, seguía como consecuencia otro más prolongado de odio; después de un brevísimo arranque amoroso, el rencor se apaciguaba antes. Y no comprendíamos entonces que ese amor y ese odio estaban engendrados por el mismo sentimiento del que eran los dos polos. Si hubiésemos acertado a ver con precisión cuál era el fondo verdadero de nuestra situación, nuestra vida habría sido terrible; pero estábamos completamente ciegos el uno y el otro y no comprendíamos nada. En esto precisamente, está el castigo y la felicidad del hombre, y es en lo que puede, por su manera irregular de vivir, hacerse ilusiones acerca de lo triste de su situación.
Eso fue lo que nos sucedió. Mi mujer procuró olvidar, creándose numerosas ocupaciones, los cuidados de su propio tocado, la instrucción y sobre todo la salud de los hijos. Estas diversas ocupaciones no estaban justificadas por una conveniencia o necesidad urgentes, y no obstante, veces no parecía sino que su vida entera y hasta la de sus hijos dependía de la cocción más o menos acertada de unos pastelillos, del cambio de cortinajes, de un traje echado a perder, de unas lecciones o de la medicina que era necesario tomar a unas horas determinadas. Pero a mí no se me escapaba que todo esto no era más que un medio para olvidar, una especie de embriaguez parecida a la que buscaba yo en mis tareas del consejo general, en la caza o en el juego. En cuanto a mí, estaba ebrio en toda la extensión de la palabra, aun cuando no fuese gran bebedor, pues no tomaba más que un vaso de aguardiente antes de la comida y dos de vino durante la misma. Así, pues, una neblina continua me ocultaba las miserias de mi existencia.
No son concepciones inofensivas esas modernas teorías acerca del hipnotismo, las enfermedades mentales y el histerismo, sino que, por el contrario, son perniciosas y peligrosas. Estoy seguro de que el doctor Charcot habría diagnosticado que mi mujer era una histérica y yo un anormal, a pesar de lo cual, a nosotros dos no tenían que curarnos de nada, porque nuestra enfermedad mental se derivaba de la inmoralidad de nuestra existencia. Esa vida inmoral nos producía toda clase de sufrimientos, y para curarlos apelábamos a los medios más extraordinarios: eso es a lo que los médicos llaman síntomas de una enfermedad mental, el histerismo. La ciencia de Charcot y de todos los demás no puede nada contra esas enfermedades, que no se curan con bromuro ni con la sugestión; hay que darse cuenta del lugar en que tiene el mal sus raíces, y lo mismo que si se buscase una esquirla que estuviese clavada en la carne, es preciso buscar la herida de la vida. Para conseguir que cesen los dolores basta con cambiar la manera de vivir; no es necesario apelar a esos procedimientos que aturden.
Era nuestra manera de vivir la que causaba nuestro malestar; los sufrimientos que me producían los celos, mi irritabilidad y la necesidad de sostenerme y alentarme con esa especie de embriaguez producida por la caza, el juego, el vino y el tabaco. Era ese mismo modo de vivir el que impulsaba a mi esposa hacia esas múltiples ocupaciones; el que le producía esos continuos cambios de humor, por los que se presentaba unas veces triste y otras dando pruebas de una alegría exagerada que, por último, conllevaba un parloteo excesivo. Todo esto procedía de su necesidad de olvidar, de no acordarse de la vida con el aturdimiento que produce el comienzo y la finalización de un trabajo para emprender otro en seguida. La neblina que nos rodeaba nos impedía ver nuestra situación bajo su verdadero aspecto, y nos hallábamos como dos presos sujetos a una misma cadena, que se odian y emponzoñan mutuamente la vida y hacen todos los esfuerzos imaginables para no verse. Ignoraba entonces que esto mismo acontece de cada cien matrimonios en noventa y nueve, y que esta posición es fatal. No lo sabía por otros, sino por mí mismo. Son sorprendentes las coincidencias de la vida irregular con la vida regular, a pesar de su monotonía. Cuando la vida se hace imposible de este modo entre marido y mujer, lo que conviene es marcharse a una población importante para poder educar a los hijos, y esto fue precisamente lo que hicimos nosotros, trasladarnos a la capital.
Pozdnychev calló por un momento, exhaló dos o tres suspiros que parecían sollozos y después se bebió de un sorbo una taza de té que se había quedado frío. Finalmente prosiguió su relato y sus reflexiones.
XVIII
—Nos establecimos en la capital, donde la existencia es más soportable para los desgraciados y donde se puede llegar a los cien años sin darse cuenta de que está uno muerto y podrido desde que tiene uso de razón. Entre aquel movimiento no se tiene tiempo para pensar en uno mismo y las ocupaciones absorben el tiempo por completo; los negocios, las relaciones, las enfermedades, los placeres que produce el arte, la salud y la educación de los hijos no dejan tiempo para nada. Se reciben visitas y se hacen a diestro y siniestro; se va a ver actuar tal o cual actor o a escuchar a una cantante. En toda ciudad importante hay tres o cuatro celebridades a las que hay que conocer a la fuerza. Tan pronto le interesa a uno su propia salud como la de fulano o zutano o la de los artistas, profesores, gobernantes… y sin embargo la vida es mala, vacía, desprovista de interés. Vivíamos mejor así y sufríamos menos que con la vida de antes. Al principio nos preocupó y nos entretuvo mucho, naturalmente, nuestra nueva instalación y nueva vida. Además, nos quedaba el recurso de los viajes de la ciudad al campo y del campo a la ciudad.
De este modo pasamos un invierno, y durante el segundo ocurrió un incidente que pasó inadvertido, y que, al parecer, tenía poquísima importancia, si bien, en el fondo, fue el punto de partida del acontecimiento final. Cayó enferma mi mujer, y los canallas de la facultad de Medicina le prescribieron y le enseñaron los medios de evitar nuevas concepciones, lo que me hizo mirarla con un asco muy grande. Quise oponerme, pero ella, con gran ligereza; y testarudez, insistió y acabó por triunfar. La única justificación de nuestra existencia inmoral, los hijos, nos estaba vedada, y nuestra vida se hizo todavía más innoble.
El aldeano o el trabajador tienen necesidad de hijos, por más que les cueste mucho trabajo criarlos, y ésta es la justificación de sus relaciones conyugales. En nuestra clase, en cuanto se tienen algunos, no se desean más porque se convierten en una verdadera carga que produce gastos y disgustos en las herencias. Desde entonces no hubo excusa para la impureza de nuestra existencia, por los medios artificiales que empleábamos, pero estamos tan degradados que no creo que sea necesaria esa excusa. La mayor parte de la gente bien educada se entrega hoy a ese libertinaje sin experimentar el menor remordimiento. ¿Cómo hemos de tener remordimientos si no hay conciencia? Y no la hay aparte de la conciencia pública, si se le puede dar ese nombre, y la del código penal. En esto ni la una ni la otra se ven afectadas. La opinión pública no puede estorbarnos, porque todos, lo mismo zutano que mengano, obran de igual manera, a no ser que tratasen de privarse de los medios de subsistencia y de aumentar el número de mendigos. El Código penal tampoco nos sirve de estorbo y no tenemos para qué temerlo. Las que lo han de temer son las mujeres perdidas y las que se entregan a los soldados, que arrojan después a sus hijos a un pozo o a un estanque; a ésas es a las que hay que meter en la cárcel, pero no a nosotros, que los suprimimos en el momento oportuno y con mucha discreción.
De esta manera pasamos dos años. El medio que habían aconsejado los canallas de los médicos produjo excelentes resultados, y mi mujer se desarrolló y embelleció como una flor de otoño. Lo comprendió así, y desde entonces le preocupó mucho el cuidado de su persona. Había llegado a poseer esa belleza provocadora que enloquece a los hombres, y se hallaba en todo el esplendor de una mujer de treinta años que, libre de todo cuidado maternal, está bien alimentada y excitada. Me daba miedo verla porque me recordaba a un caballo descansado y fogoso al que le han soltado las riendas. Como el noventa y nueve por ciento de nuestras mujeres, no tenía freno para su conducta. Me di cuenta y me quedé aterrado.
XIX
El rostro de Pozdnychev se trastornó; su mirada apagada adquirió una expresión lastimosa y la nariz desapareció entre la barba, que pareció subirle hasta los ojos.
—Sí —añadió después de encender un cigarro—; desde que dejó de concebir, empezó a redondearse y su malestar o enfermedad, producida por las inquietudes que le inspiraban los hijos, se desvaneció. El hecho más importante no consistió en la desaparición de esa enfermedad, sino en que se despertó como de un sueño lánguido, viendo un mundo lleno de alegrías sin número. Vio un mundo para ella desconocido hasta entonces y en el que no la habían enseñado a vivir, y por tanto no lo comprendió. «Hay que aprovecharse gozando del presente, porque el tiempo pasa y no vuelve más». He aquí cuáles eran sus pensamientos o, mejor dicho, sus sentimientos. Aparte de que no podía pensar ni sentir de otra manera. En su educación le habían inculcado la idea de que aquí abajo no hay más que una cosa que sea digna de atención: el amor. Se casó, gustó un poco de ese amor, pero mucho menos de lo que se figuraba, y ¡cuántas decepciones! ¡Cuántos sufrimientos! ¡Y luego ese martirio inesperado, los hijos! Ese martirio la había dejado extenuada, y gracias a la amabilidad de los señores médicos, supo un día que la mujer puede pasarlo perfectamente sin hijos. Esta noticia le causó una alegría muy grande, que fue en aumento con la práctica del consejo y siguió viviendo para la única cosa que había conocido, para el amor; pero el amor hacia un marido que tenía celos y que a veces le daba pruebas de mal carácter, no era un ideal. Soñaba con otra ternura más pura, o al menos eso era lo que yo me figuraba. Estaba al acecho, miraba a todas partes como si hubiera estado esperando alguna cosa; lo observé, y una ansiedad muy grande y una tristeza profunda se apoderaron de mí.
En todas partes y siempre, cuando hablaba conmigo por medio de un intermediario, o sea en presencia de un tercero o de extraños, pero con intención de que yo lo oyese, repetía con mucho ánimo y olvidando que una hora antes sostuvo todo lo contrario, medio en broma, medio en serio, que las preocupaciones maternales eran un error y que no valía la pena dar la vida a los hijos, mientras se es joven y se puede gozar de todo. Desde esa época se ocupó menos de los hijos y no les dio tantas pruebas de cariño, sino que, por el contrario, se preocupó más del arreglo de su persona, de su exterior, por más que procurase disimularlo, de sus diversiones y hasta de su perfeccionamiento en ciertas cosas. Volvió a ocuparse del piano, que había descuidado por completo, y éste fue el origen de la catástrofe. Fue entonces cuando apareció el hombre…
Se calló Pozdnychev y dejó escapar dos o tres extraños resoplidos. Creí que le resultaba muy penoso nombrar a aquel hombre y volverse a acordar de él. Hizo sin embargo un gesto enérgico como para apartar el obstáculo que se interponía en su camino y, con acento decidido, siguió diciendo:
—Fue un miserable, a lo que entiendo; no por el papel que desempeñó en mi vida, sino porque realmente lo era. Aparte de todo, el que fuese realmente un miserable contribuye a que deduzca la irresponsabilidad parcial de mi mujer en lo ocurrido. Si no hubiese sido él, habría sido otro. Era un músico, un violinista; no músico de profesión, sino un medio hombre de mundo, medio artista. Su padre, antiguo vecino del mío y dueño de grandes dominios, se había arruinado, y sus hijos, tres muchachos, habían tenido que campárselas por sus respetos. A nuestro hombre, que era el más joven de los tres, lo enviaron a París a casa de su madrina, y entró en el Conservatorio, en el que dio pruebas de cierta vocación musical; salió hecho un violinista y dio con ciertos…
En el momento en que iba a empezar a hablar mal de él, Pozdnychev se contuvo, y tras una corta pausa prosiguió con acento brusco:
—La verdad es que ignoro qué clase de vida era la suya, y únicamente sé que aquel año regresó a Rusia y le presentaron en mi casa. Tenía ojos tiernos, rasgados, en forma de almendra, labios rojos y sonrientes, bigotillo retorcido y el pelo cortado a la última moda. Era apuesto, pero de rostro vulgar, en una palabra, eso que las mujeres llaman un buen mozo de elegante talle, casi talle de mujer, pero no obstante bien proporcionado. Correcto en sus modales, pronto a adquirir cierta familiaridad, pero hábil para, al observar la menor frialdad, retroceder y conservar su dignidad. Había en él un no sé qué de parisiense con sus botines, sus corbatas de color claro, y su aspecto en general producía excelente impresión en las mujeres por ése no sé qué particular y nuevo que se desprendía de su persona. Sus modales estaban impregnados de una alegría ficticia; se expresaba por medio de alusiones, de frases a medio decir, como si su interlocutor hubiese estado al corriente de lo que se trataba o, más bien, dispuesto a ayudarle para que se acordase al hacer un relato.
Ese hombre fue el que, con su música, trajo la catástrofe. En el tribunal echaron la culpa a mis celos, lo cual no era exacto, al menos no del todo. En la vista de la causa se decidió que me habían engañado y que maté para vengar mi honor ultrajado; —¿no es éste el lenguaje que emplea la gente de la curia?— y me absolvieron. Quise explicarles el motivo que me impulsó y creyeron que intentaba rehabilitar el honor de mi mujer. Aparte de todo, sus relaciones con el músico, hayan sido las que hayan sido, no tuvieron importancia ni para ella ni para mí. Lo único importante es lo que le he contado. Todo el drama estriba en la llegada de ese hombre a nuestra casa en los momentos en que nos hallábamos sumidos en la más lamentable de las confusiones, animados por ese mutuo rencor, del que ya le he hablado, y en una situación en la cual la más diminuta gota de agua bastaba para que desbordase el vaso. Las últimas disputas, que en los últimos tiempos habían sido tremendas, tenían la asombrosa consecuencia de provocar en nosotros accesos de pasión bestial. Si ese hombre no se hubiese presentado en nuestra casa, cualquier otro habría sido el protagonista. Si mis celos no me hubiesen servido de pretexto, habría encontrado otro. Estoy íntimamente convencido de que todos los hombres que llevan una vida conyugal como la mía deben entregarse al libertinaje o divorciarse, matarse o matar a su mujer, que fue lo que hice yo. Aquél a quien sucede esto no es un ave rara. Mucho antes del desenlace estuve a punto de suicidarme, y más de una vez quiso envenarse mi mujer.
XX
—Para que pueda comprender bien lo que sucedió, es preciso que le cuente todos los detalles. Poco a poco nuestra vida iba haciéndose más tranquila, cuando he aquí que de pronto una noche se nos ocurrió hablar de la educación que había que dar a nuestros hijos. No recuerdo las palabras que pronunciamos uno y otro; lo único que sé es que la disputa empezó pasando la conversación de un asunto a otro, y que a los reproches sucedieron las recriminaciones. Sí, siempre sucede lo mismo; la misma historia de siempre… «has dicho… no, yo he dicho… mientes… ¡qué! ¡que yo miento! ¿eh?». Se acercaba una crisis espantosa y se agrandó ésta, impulsándome al asesinato y al suicidio. La crisis estaba allí, la temía como al fuego; quería contenerme y la cólera pudo más, arrastrándome. Mi mujer se hallaba en un estado idéntico o peor aún, porque desnaturalizó todas las palabras y puso en ellas algo como veneno, arrastrando por el lodo y mancillando todo aquello para mí más querido. La crisis iba aumentando y adquiriendo intensidad. Grité: «¡Cállate!» o algo parecido, mientras que ella, saliendo precipitadamente de la habitación donde nos encontrábamos, entró como una loca en la de nuestros hijos. Deseando acabar de decirle todo lo que había empezado ya a decir, quise contenerla y la cogí del brazo; le hice daño. «¡Hijos míos! —gritó— ¡Vuestro padre me está pegando!». «¡Mientes!» —dije, y mi mujer, para que aumentase mi cólera, añadió—: «¡Y no es la primera vez!» —Los niños se agruparon a su alrededor y procuró tranquilizarlos—. «¡No seas hipócrita!» —le dije— «¡Todo es hipocresía para ti! Eres capaz de matar a alguien y de tener después valor para decir que sólo aparenta estar muerto. Ahora comprendo qué es lo que quieres».
—«¡Sí, quisiera reventarte como a un perro!» —grité. Recuerdo aún el terror que a mí mismo me inspiraron esas palabras. En mi vida había creído poder pronunciarlas tan tremendas. Todavía estoy asombrado.
Me marché a mi cuarto y me puse a fumar, y vi que mi mujer estaba en la antecámara, disponiéndose a salir.
—«¿A dónde vas?» —le pregunté, y no me contestó—. «¡Pues bien, que el demonio cargue contigo!» —me dije, y volví a tenderme en el sofá de mi despacho, y seguí fumando. Mi cabeza se trastornó con el sinfín de planes que formé. ¿Cómo vengarme? ¿Cómo deshacerme de ella? ¿A qué medios apelar para hacer frente a las eventualidades? Seguí dando vueltas a estas ideas; abandonarla, ocultarme, huir a América. Llegué hasta el extremo de pensar lo agradable que sería para mí verme libre de ella y tener a mi lado a otra mujer, joven, hermosa, ¡nueva! Pero para obtener esa libertad necesitaba su muerte o el divorcio. ¿Cómo podía conseguirlo? Comprendí que mis ideas se retorcían, y para no darme cuenta de que mis pensamientos iban por mal camino, me puse a fumar a más y mejor. El movimiento de la casa continuó, y al poco rato se me presentó el ama de llaves preguntándome dónde estaba la señora o cuándo volvería, y el criado para decirme si quería que sirviese el té. Me fui al comedor, en el que encontré ya a los niños, y Lisa, la mayor, me dirigió interrogadoras miradas. Mi mujer no volvía y pasaban las horas. Llegó la noche y sin regresar. Dos fueron los sentimientos que se apoderaron de mi alma: el rencor que hacia ella sentía por el malísimo rato que nos estaba haciendo pasar a mis hijos y a mí con una ausencia que no tenía fundamento serio, puesto que tenía que volver, y el temor de que hubiese atentado contra su vida. Pero ¿adónde iría a buscarla? ¿A casa de su hermana? Me parecía hasta estúpido ir preguntando de puerta en puerta por mi mujer. ¡A la ventura de Dios! Si necesita atormentar a alguien, que se atormente a sí misma. Pero ¿y si se hubiese ido a casa de su hermana? ¿Y si se hacía o se había hecho daño? Dieron las once… luego las doce… la una, y yo sin poder dormir… Me fui a mi dormitorio…
Decidí que era ridículo esperar solo. No estaba tampoco a gusto en mi despacho, y quise hacer algo, entretenerme, leer, escribir, y no lo conseguí. Allí, a solas, rabioso y sufriendo mil tormentos, rabié y escuché; ¡y ella sin volver! A eso del amanecer me quedé adormilado y luego me desperté, comprobando que no había vuelto aún, y en la casa todo empezaba a seguir la marcha de los demás días. Todos me miraban con aire interrogante y los niños como con reproche. Yo seguía estando inquieto, y esa inquietud contribuía a reavivar mi odio.
A eso de las once de la mañana se presentó su hermana, su embajadora, y soltó las frases de rigor: «Mi hermana se encuentra en un estado lamentable. Pero ¿qué ha pasado entre vosotros? ¿Qué significa esto? Pero si no vale la pena, etc., etc.» Describí su carácter insoportable, declarando que no era yo el culpable y que no estaba dispuesto a dar el primer paso, diciendo que si se quería divorciar que lo hiciese. Mi cuñada rechazó la idea y se marchó sin haber conseguido nada. Yo era a veces muy testarudo, y había decidido que no sería quien diese el primer paso. Apenas se marchó mi cuñada entré en el cuarto de los niños, a los que vi muy tristes. ¡Ah, entonces sí que habría dado yo el primer paso, pero me lo impedía mi palabra! Iba y venía, pasaba el rato fumando; al llegar la hora del almuerzo bebí el vino y aguardiente necesarios para llegar al estado de inconsciencia que deseaba, es decir, para no darme cuenta de la ignominia de mi situación. A cosa de las tres volvió mi mujer y pasó por delante de mí sin decirme ni una palabra. Creyéndola apaciguada, le dije que sus inmerecidos reproches me habían hecho salirme de mis casillas. Me respondió con mucha frialdad, con rostro serio, un tanto abatido, que no había vuelto para oír mis excusas sino para llevarse a sus hijos, puesto que no podíamos seguir viviendo juntos. Repliqué que no tenía yo la culpa, pues ella con su conducta me había enfurecido, y entonces, con aire muy serio y solemne, me dijo: «¡Ten cuidado, no digas ni una palabra más porque te arrepentirás!». Contesté que aquella comedia debía terminar de una vez, que bastaba con lo ocurrido hasta entonces y, respondiendo algunas palabras que no entendí, me dejó solo, y entró directamente en su cuarto. Oí cómo rechinaba la llave en la cerradura; se había encerrado; llamé, no obtuve respuesta y me marché furioso. A la media hora de ocurrir esto, entró Lisa precipitadamente en mi cuarto, llorando sin consuelo. «¿Qué es lo que pasa? ¿Ha ocurrido algo?».
—«No se oye nada en la habitación de mamá…» —contestó. Nos fuimos juntos a ver lo que pasaba; empujé con fuerza la puerta, cuyo cerrojo resistió apenas, y quedó abierta de par en par. Me acerqué y vi que mi mujer estaba sin sentido y tendida en la cama en una posición incómoda, en enaguas y con los zapatos puestos. En la mesilla de noche había un vaso vacío con algunas gotas de opio. Hicimos lo posible para que volviese en sí. Derramó un torrente de lágrimas y después vino la reconciliación; pero no fue sincera, porque cada uno conservaba en el fondo de su corazón un sentimiento de odio contra el otro. Pero era necesario concluir, y nuestra vida siguió otra vez como antes.
Escenas semejantes, si no peores, se repetían todos los meses, mejor dicho, todas las semanas, y a veces todos los días y siempre con los mismos incidentes. Una vez me marché dejándolo todo abandonado, y hasta llegué al extremo de pedir el pasaporte para irme al extranjero, pero mi debilidad de carácter me detuvo.
Ahí tenéis de qué naturaleza eran nuestras relaciones cuando se presentó aquel hombre, que era un miserable que valía poco más o menos lo que nosotros.
XXI
—En cuanto llegó a Moscú aquel individuo, que se apellidaba Troukhatchevsky, nos hizo una visita. Era por la mañana y lo recibí yo. En tiempos pasados nos habíamos tuteado, y empezó empleando el usted y el tú, pero con más frecuencia el último, pero como yo no me apartaba del primero, tubo que comprender que yo no quería familiaridades. Desde el primer momento me resultó simpático. Comprendí que era un libertino desenfrenado, y tuve celos de él antes de que llegase a ver a mi mujer, pero —¡cosa extraña!— una fuerza fatal, invencible, hizo que no le despidiese, sino que por el contrario le admitiese en mi casa. Me habría costado muy poco trabajo cambiar con él unas pocas palabras, alejarlo con mi frío recibimiento y evitar presentárselo a mi esposa, ¡pero no! Le hablé de música y del violín y me contestó que sentía mucho que se dijese que había dejado de tocar, porque lo hacía con más afición que nunca. Me recordó entonces que yo también tocaba en otros tiempos, y le respondí que hacía mucho que había renunciado a la música, pero que en cambio mi mujer le tenía mucha afición.
Es preciso fijarse en el hecho de que, en ciertas fases importantes de nuestra existencia, aquéllas en que se decide la suerte de un hombre, como se decidió la mía en semejante día, no hay ni pasado ni futuro. Mis relaciones con Troukhatchevsky fueron tales desde el primer momento, como habrían podido serlo después del acontecimiento. Tenía el presentimiento de que iba a ocurrir una gran desgracia de la que él sería el causante; y a pesar de esto no pude por menos de mostrarme amable con él, y le presenté a mi mujer que se alegró desde el principio, pensando sin duda que en adelante ya tenía quien le acompañase al piano con el violín. Era tanto lo que esto la agradaba, que de buena gana habría tomado a sueldo a un violinista de la orquesta de un teatro. Después de fijar en mí sus miradas, comprendió mi pensamiento y disimuló sus impresiones. Entonces empezaron las mentiras mutuas. Sonreí con mucha amabilidad, como aparentando que aquello me agradaba mucho.
Contempló a mi esposa como todos los calaveras miran a las mujeres hermosas, y fingió que nuestra conversación, que maldito el interés que tenía para él, le agradaba mucho. Por su parte, mi mujer quiso aparentar la mayor indiferencia, pero estaba excitada por la malignidad de la mirada del violinista y por la expresión celosa que yo quería ocultar, haciendo grandes esfuerzos, tras una sonrisa amable, pero que ella leía en mi rostro.
Observé desde el primer momento que la mirada de mi mujer brillaba con un fulgor extraño, y que mis celos provocaron en ella no sé qué corriente eléctrica que se comunicó a su sonrisa y a su mirada. En la primera entrevista se habló de París, de música, de mil cosas indiferentes. Luego se puso en pie con el sombrero en la cadera, pavoneándose y como esperando alguna cosa. Recuerdo perfectamente lo que pasó en aquellos momentos, tanto más cuanto que pude haber evitado que volviese. No tenía más que no invitarlo y no habría pasado nada. Miré primero a mi mujer, luego Troukhatchevsky, y pensé: «¡No vayas a figurarte, hermosa, que voy a dispensarte el honor de tener celos!». Y le invité a que volviese aquella misma noche con su violín para acompañar al piano a mi mujer.
Ésta me dirigió una mirada de sorpresa, poniéndose encendida, como dominada por un gran temor. Luego trató de excusarse, manifestando que no tocaba muy bien, y ese pretexto me excitó aún más. Recuerdo muy bien la sensación extraña que experimenté cuando le contemplé mientras se alejaba atravesando el salón con su pasito corto de bailarín, con un cuello blanco que hacía resaltar su cabello negro, algo largo y rizado. No tengo para qué ocultar que la presencia de aquel hombre era una tortura para mí. «Y no dependía de nadie más que de mí el hacer que no volviese más; pero ¿tenerle miedo? ¡Ah no! ¡Sería demasiado humillante!». Y al llegar al vestíbulo, sabiendo muy bien que mi mujer podía oír, le supliqué con muchas instancias que volviese aquella misma noche con el violín a fin de acompañar a mi mujer al piano. Me lo prometió y se marchó.
Por la noche volvió con el violín, efectivamente, y tocaron, pero al principio el conjunto no resultó, porque no estaban al mismo tono y mi mujer no sabía bastante música para cogerlo a la primera. Como me gusta apasionadamente la música me interesó mucho todo aquello, les ayudé en lo que pude y así pudieron tocar algunos trozos de romanzas sin palabras y una sonata corta de Mozart. En cuanto a él, debo confesar que tocaba de una manera admirable, uniendo la suavidad a una verdadera maestría; no había dificultades para él. En cuanto cogía el violín parecía como que cambiaba su rostro de expresión, animándose y haciéndose más simpático. Indudablemente era mucho más entendido que mi mujer, a la que dio algunos consejos con acento sencillo y natural, al mismo tiempo que con una exquisita cortesía alababa su método. Mi mujer parecía entregada completamente al placer de la música, y su actitud era muy natural y encantadora.
En cuanto a mí, durante la velada no hice más que fingir, y caí en mi propio fingimiento aparentando que no me interesaba nada más que la música, cuando en realidad me torturaban los celos; pues desde el primer momento en que se cruzaron sus miradas, comprendí él que no la contemplaba como a una mujer de aspecto desagradable, con la cual repugna entablar íntimas relaciones. Si mi alma hubiese sido pura, no habría escudriñado sus pensamientos, pero como yo obraba del mismo modo con las demás mujeres, comprendí lo que le pasaba, y al comprenderlo sufrí de una manera horrorosa. Lo que me hacía sufrir más era que yo tenía la seguridad de que mi mujer no tenía para mí más que un sentimiento de odio, interrumpido de vez en cuando por momentos de sensualidad. Aparte de esto, veía que aquel hombre debía de serle agradable por sus modales elegantes, por la novedad, su innegable talento musical, la mayor intimidad que imponían aquellos dúos y la impresión que produce la música, el violín sobre todo, en las naturalezas sensibles. No sólo le sería agradable, sino que además la debía de subyugar sin ningún esfuerzo y hacer de ella lo que quisiese. No era posible cerrar los ojos ante esa evidencia, ni dejar de comprenderlo así, sufriendo y experimentando las horribles torturas de los celos. Sí, estaba celoso, y sufría de una manera tal que no era posible encontrar palabras para decirlo. Y, sin embargo, quizá por eso, una fuerza invencible me obligaba a mostrarme cortés y hasta amable con aquel hombre. No sé si yo obraba de esta manera para darle a entender a mi esposa que no la temía o para engañarme a mí mismo. Para ahogar los deseos que a veces experimentaba de matarle, me veía obligado a mostrarme muy atento con él. En la mesa le escanciaba el vino o el licor, me mostraba asombrado de su método para tocar el violín y le hablaba de la manera más amable del mundo; luego le convidaba para que volviese el domingo siguiente en el que invitaría a algunos amigos más, que eran también aficionados, a fin de que le oyesen, y luego se despedía de nosotros.
A los dos o tres días de ocurrir esto, volví a mi casa en compañía de un amigo con el que iba charlando, y al entrar en el vestíbulo, sin acertar a explicarme el por qué, sentí como un gran peso en el corazón, como si me hubiese caído encima una gran piedra. Algo, no sé qué, me recordó a Troukhatchevsky. Hasta que estuve en mi cuarto no supe de qué se trataba, y volví al vestíbulo para ver si eran fundadas mis sospechas: sí, allí estaba su abrigo, no me había equivocado. Sin quererlo yo mismo, era un observador muy ladino en cuanto se refería a aquel hombre. Averigüé que estaba allí; atravesé los cuartos de los niños y vi a Lisa que estaba hojeando un libro y a la nodriza que acallaba al más pequeño, al que tenía en brazos como un juguete cualquiera. En el salón oí unos arpegios muy lentos. Hablaban en voz baja, y ella contestaba con una negativa: «No, eso no», y añadió algo que no pude entender. La música me impidió oír lo demás… Besos quizá, mientras tocaba con fuerza el piano. ¡Gran Dios! ¡Qué sentimientos y qué pensamientos se apoderaron de mí. No puedo recordar sin terror el huracán que se desencadenó en mí en aquellos momentos. Se me oprimió el corazón, dejó de latir y luego volvió a hacerlo con una fuerza extraordinaria. El sentimiento que me dominaba, lo mismo que en todas horas de cólera, era el de una gran compasión hacia mí mismo: «En presencia de los criados, —me dije—, y en la de mis hijos, me deshonra». Quería dar un escándalo y no veía dónde ponía los pies. La nodriza me miró como si, comprendiendo lo que sucedía, quisiera aconsejarme que estuviese ojo avizor. Sin embargo, era necesario que entrara, y de una manera inconsciente abrí la puerta. Troukhatchevsky estaba sentado junto al piano y hacía arpegios con sus largos dedos, y mi mujer en pie a un lado teniendo delante unos cuantos cuadernos de música. Fue la primera que me oyó o vio entrar y me dirigió una mirada; ¿se quedó o no sorprendida, o aparentó que no lo estaba? Lo que sí es cierto, es que no se estremeció… enrojeció un poco, pero fue después.
—Celebro mucho que hayas venido, porque nosotros solos no podemos decidir qué tocar el domingo —me dijo en un tono que no era el natural ni el que usaba en nuestras conversaciones a solas.
Ese tono y ese «nosotros» me indignaron. Le saludé con mucha frialdad y me estrechó la mano de una manera que me pareció burlona, y en seguida me explicó que había llevado unas cuantas piezas de música a fin de ensayar para el domingo, pero que no estaban de acuerdo en la elección: ¿escogerían una sonata de Beethoven, alguna obra clásica y un tanto difícil o bien alguna otra cosa de una ejecución mucho más fácil? Y al decir esto, la consultó con la mirada. Todo esto era tan natural que no pude en realidad incomodarme. Lo veía, lo comprendí; sin embargo, aquello no era más que hipocresía, y estaban de acuerdo en la manera de engañarme.
El tormento más grande que puede sufrir un celoso (¿y quién no ha tenido celos en este mundo?) nace de esas conveniencias sociales que, bajo pretextos distintos, hacen que se acerque el uno al otro, un hombre y una mujer, y se establezca entre ellos una intimidad peligrosa. Uno se convertiría en motivo de irrisión para todos si tratase de oponerse a esas aproximaciones que producen los bailes, las visitas de los médicos a los enfermos, de los artistas entre sí, de los pintores y sobre todo de los músicos. Dos personas son aficionadas a la música, la más noble de todas las artes, se ponen de acuerdo para tocar juntos y esto exige naturalmente una intimidad que sólo parecerá vituperable a los ojos de un celoso estúpido. Un marido bien educado no puede ni debe tener esos pensamientos, y sobre todo, no tiene para qué mezclarse en esos asuntos. Y, no obstante, todo el mundo sabe que de ocupaciones de esa naturaleza, de la música sobre todo, es de las que nacen en nuestra sociedad la mayor parte de los adulterios.
Mi silencio, que duró algunos minutos, les molestó indudablemente. Me parecía a una botella vuelta al revés, de la que el agua no se escapa porque está demasiado llena. Quería arrojarle a la cara alguna frase ofensiva, echarle de allí, pero no hice nada; al contrario, me sentí culpable por haberlos estorbado. Fingí que lo aprobaba todo, y ese sentimiento que me dominaba me llevó hasta el extremo de mostrarme muy amable con él, a pesar del martirio que me causaba su presencia. Le contesté que nadie mejor que él para elegir, y que mi mujer, si quería seguir mi consejo, obraría de la misma manera, Permaneció allí el tiempo necesario para borrar la mala impresión que causó mi llegada brusca y mi rostro trastornado. Luego se marchó muy satisfecho, al parecer, con las decisiones tomadas para el día siguiente. En cuanto a mí, tenía la convicción de que todo lo que se refería a la música, estaba subordinado a otras preocupaciones que les atormentaban. Le acompañé hasta el vestíbulo dando muestras de gran cortesía —¡cómo puede dejarse de acompañar a un hombre que se presenta en vuestra casa para turbar la paz de la familia y aniquilarla para siempre!— y estreché con afectuosa amabilidad su mano blanca y bien cuidada.
XXII
—Durante el resto del día no dirigí la palabra a mi mujer; no pude hacerlo, y su permanencia a mi lado provocaba en mí un odio tal que tenía miedo de mí mismo. En la mesa y en presencia de mis hijos me preguntó cuándo deseaba emprender mi próximo viaje. Efectivamente, la semana siguiente tenía que asistir a un Zemstvo o asamblea general. Le contesté y me preguntó qué era lo que necesitaba para el camino. No le contesté entonces ni una palabra, y en silencio me retiré a mi despacho. Por lo general, no acostumbraba a estar en él, sobre todo a aquellas horas. De pronto oí que se acercaba alguien y reconocí su paso. Un pensamiento terrible, innoble, se apoderó de mi alma. «¿Iba a verme a aquellas horas para ocultar, como la mujer de Urías, una falta ya cometida? ¿Iría realmente a mi cuarto?». Y los pasos se acercaban cada vez más. «Pero si se presentaba, ¿tendría yo razón?».
Se apoderó de mí un sentimiento de odio; los pasos se iban acercando, se acercaban cada vez más. ¿Pasaría por allí para ir al salón? No. La puerta rechinó sobre sus goznes y se presentó ella, con su estatura bien proporcionada, su talle esbelto y su aspecto gracioso, agradable. En los rasgos todos de su rostro, así como en sus miradas, se observaba una timidez, una expresión insinuante que quería disimular, pero que saltaba a los ojos y cuyo alcance comprendí en seguida. Me faltaba poco para ahogarme, de tal manera contuve la respiración, y sin dejar de mirarla tomé un cigarrillo y lo encendí.
—«¿Qué significa esto? Vengo a hablarte y enciendes un cigarro —dijo sentándose a mi lado y apoyando la cabeza en mi hombro. Y yo me retiré para no tocarla—. Ya veo que te gustaría más que yo no tocase el domingo» —añadió.
—«Pues estás equivocada» —contesté.
—«¿Te has figurado que no lo he comprendido?».
—«Si lo comprendes, te felicito. Lo que estoy yo viendo es que te portas como una mujer de poco más o menos».
—«Si has de empezar a hablar de esa manera, me marcho».
—«Está bien, márchate, pero ten presente que si el honor de la familia no es nada para ti, para mí es algo sagrado. ¡Ahora vete al diablo!».
—«Pero ¿qué es lo que hay? ¿Qué pasa?».
—«Vete, te lo pido por amor de Dios, ¡márchate!».
No se marchó. Fingiendo no comprenderme, o realmente no entendiéndome, lo cierto es que estaba ofendida y que se incomodó.
—«Te estás volviendo insoportable —me dijo—; ha de llegar día en que ni un ángel pueda vivir a tu lado —y deseando por lo visto molestarme todo lo posible, añadió a continuación—: Después de tu conducta para con mi hermana, no me extrañará nada de cuanto puedas hacer conmigo» —Con estas palabras aludía a una disputa que había tenido yo con su hermana, durante la cual perdí los estribos y le dije algunas groserías. Sabía que ese recuerdo me molestaba y procuró reavivar el dolor de la llaga.
—«Está bien —pensé—; me veo ofendido, insultado y encima me hacen responsable».
De pronto se apoderó de mí mi furor indecible, una rabia tal, cual nunca la había conocido, y por primera vez experimenté deseos de pasar del pensamiento al hecho. Me sobresalté, y en aquel momento me pregunté si estaba bien que me dejase arrastrar por aquel primer impulso. Me respondí afirmativamente, creyendo que así la intimidaría, y en vez de combatir, de dominar semejante acceso de rabia, lo aticé, considerándome dichoso al sentir que hervía en mi pecho.
—«¡Vete o te reviento!» —grité presa de la ira y cogiéndola de un brazo; pero no por eso se alejó, y entonces se lo retorcí dándole un violento empellón.
—«Pero ¿qué es lo que tienes, Vassia? —me preguntó—. ¿Te marcharás de una vez —aullé con, furia dirigiendo a todas partes miradas coléricas—. ¡Vas a conseguir que me vuelva loco! ¡No respondo de mí! ¡Márchate!» y dejándome llevar por los impulsos de esa cólera, quería saber hasta qué extremo llegaría ejecutando algún acto de brutalidad. Experimentaba en aquellos momentos como una necesidad de pegarla, de machacarle los sesos; pero sabía que no podía hacerlo y me contuve. Acercándome precipitadamente a mi mesa, cogí un pisapapeles y lo estrellé en el suelo a sus pies, pero antes de tirarlo puse buen cuidado en que ella pudiese esquivarlo. Hacía todo aquello de manera que pudiese verlo. Cogí después un candelero y lo mandé a reunirse con el pisapapeles, luego arranqué un termómetro que estaba colgado en la pared y, sin dejar de gritar, la amenacé diciendo:
—¡Vete! ¡Sal de aquí! ¡No respondo de mí!
Se marchó y me calmé en el acto. A los pocos minutos se presentó la nodriza diciéndome que la señora tenía un ataque de histeria. Fui a verla y la encontré riendo, llorando, sollozando, sin poder pronunciar ni una sola palabra y temblando como una azogada. No lo fingía, sino que realmente estaba enferma. Llamamos al médico y durante la noche la asistí. Al amanecer se calmó y nos reconciliamos bajo la influencia de ese sentimiento al que se da el nombre de amor. Al día siguiente le confesé que estaba celoso de Troukhatchevsky y no se apuró lo más mínimo; se echó a reír con el aire más natural del mundo, tan extraño le pareció el lance de que pudiese ceder a semejante hombre.
—Acaso una mujer honrada, —me dijo—, puede experimentar por ese tipo otra cosa más que la satisfacción de que la acompañe con el violín? Si te empeñas en ello, estoy dispuesta a no volverle a ver más en mi vida, ni siquiera el domingo, por más que ya se hayan repartido las invitaciones. Envíale una carta diciéndole que estoy enferma, y todo queda arreglado. Lo único que me enoja es que hayas podido considerarlo peligroso. Me hiere el orgullo, semejante idea. No mentía; creía realmente en lo que decía. Confiaba en que esas palabras harían nacer en mi corazón desdén hacía aquel hombre, pero no lo consiguió. Todo estaba en contra suya, hasta aquella condenada música. De este modo acabó la disputa, y el domingo se presentaron nuestros convidados, ante los que Troukhatchevsky y mi mujer tocaron una vez más.
XXIII
—Creo inútil decir que yo era muy vanidoso. ¿Qué objeto tiene hoy la vida sin la vanidad? Arreglé, pues, con tanto gusto como pude, todo lo referente tanto a la comida como a la velada musical del domingo. Hice preparar manjares exquisitos y extendí yo mismo las invitaciones. A eso de las diez empezaron a llegar los convidados. Troutkhatchevsky se presentó de frac y llevando en la pechera unos botones de brillantes de un gusto detestable y no dio pruebas de la menor cortedad. Respondió a todo con mucho ingenio y con sonrisa protectora, como si hubiese precisamente esperado lo que se acababa de hacer o decir. No dejé de observar con alegría todos sus defectos, y esto me tranquilizaba, porque me permitía creer que no ocuparía en el ánimo de mi mujer más que un lugar secundario y que, conforme había manifestado, nunca se rebajaría hasta él. Contuve mis celos, no tanto por las razones tranquilizadoras que me dio mi mujer, sino para evitar las horrendas torturas que me ocasionaban los celos. Y, sin embargo, durante la comida y la primera parte de la velada, mientras no empezó la música, mi actitud no fue natural respecto a él, porque, sin darme cuenta de ello, involuntariamente espié todos sus gestos y miradas.
La comida, como sucede en esos casos, fue de las más aburridas. Poco después empezó la música; Troukhatchevsky cogió el violín y mi mujer se acercó al piano, escogiendo las partituras. No he olvidado aún ni los menores detalles de aquella velada. Llegó con su caja, la abrió, sacó el violín de una bolsa de seda bordada por mano de mujer y lo templó. Veía a mi mujer hacer esfuerzos por aparecer indiferente, pero sobrecogida, y lo observé bien, por los mismos temores que tenía de no tocar bien. Se sentó y dio el la. Oigo aún los pizzicatos del violín, les veo disponer los papeles de música, dirigir una mirada a los concurrentes, decirse algunas palabras y empezar.
Empezaron al mismo tiempo y tocaron la Sonata a Kreutzer, de Beethoven. ¿Conoce su primer presto? ¿Lo conoce?… ¡Oh!… ¡Oh!…
Al llegar a este punto, Pozdnychev exhaló un profundo suspiro y se quedó callado durante largo tiempo.
—¡Qué cosa más espantosa es esa sonata! Y ese presto es la parte más terrible. Sin embargo, toda la música es espantosa. ¿Qué es, pues, la música? ¿Por qué produce esos efectos? Se dice que eleva al alma conmoviéndola. ¡Qué estupidez! ¡Qué embuste! Es cierto que sus efectos son muy poderosos, pero —y conste que hablo por lo que a mí respecta— no eleva el alma de ninguna manera; ni la eleva ni la envilece, únicamente la excita; ¿cómo explicárselo? La música hace que lo olvide todo, la verdadera situación en que me hallo y hasta a mí mismo; me hace creer en todo aquello que no creo y comprender lo que no comprendo dándome un poder que no tengo. Me produce el efecto de un bostezo o de una carcajada. Bostezo cuando veo que alguien lo hace en mi presencia, y río si se ríen a mi lado. La música me pone un estado semejante a aquél en que se hallaba el que la escribió. Mi alma se confunde con la suya y le sigo en sus sentimientos. ¿Por qué? Lo ignoro. Pero Beethoven, por ejemplo, en la Sonata a Kreutzer, sabrá perfectamente de dónde procedía ese estado que le había impulsado a cometer ciertas acciones y que para él tenía un sentido, una razón de ser de la que carecía para mí. He ahí por qué la música produce una excitación que carece de resultado. Un pasodoble da deseos de moverse; una danza de bailar; la música sacra nos impulsa a orar, todo eso tiene un resultado… En una palabra, excitación, excitación pura que no tiene ningún objeto. De ahí precisamente es de donde provienen los peligros y a veces sus espantosas consecuencias.
En la China la música es monopolio del gobierno, y eso mismo debería suceder en todas partes. ¿Acaso debería permitirse que una persona sola pudiese hipnotizar a las demás y obtener en seguida todo lo que quisiera? ¿Debería consentirse que ese encantador sea el primero que llegue, un ser inmoral cualquiera? Hoy la música es un arma terrible en manos de algunos… Esa Sonata a Kreutzer, ese presto, y hay muchos que se le parecen, ¿por qué se ha de tocar en sociedad cuando se tiene a su alrededor damas más o menos escotadas y aplaudirlo para en seguida pasar a otra cosa? Convendría no tocar esas obras musicales más que en ciertas ocasiones importantes, es decir, cuando se quieren provocar acciones que estén en relación con el carácter de esa música; pero es muy peligroso y pernicioso en un grado heroico, suscitar sentimientos que no pueden ni deben traducirse en nada. La música ha producido en mí una impresión extraordinaria. Me parece, cuando la oigo, que me dominan nuevos sentimientos y que poseo un poder que desconocía. «Sí, esto es así y no como he visto y oído hasta ahora; sí, así,» me decía una voz desconocida en el fondo de mi alma. Sin darme cuenta de ese nuevo estado de mi alma que se revelaba en mí, me sentía muy satisfecho. En ese estado no cabían los celos y veía a los hombres bajo otro aspecto, pues la música me transportaba a un mundo en que los celos no se conocían. Los celos, con todo su acompañamiento, me parecía que eran otras tantas probabilidades que no merecen el trabajo de preocuparse por ellos.
Después del presto pasamos al andante, que es bello, pero de estilo antiguo; con algunas frívolas variaciones hasta llegar al final, que es más flojo. Luego, a petición de algunos invitados, tocaron una elegía de Ernezt y varias otras piezas, notables, sí, pero que no produjeron ni la centésima parte de la impresión producida por la primera. Durante toda la noche estuve muy alegre y satisfecho. En cuanto a mi mujer, nunca la había visto de aquel modo, con la mirada brillante, una notable expresión de dignidad mientras tocaba, y después una sonrisa dulce conmovedora e impregnada de felicidad.
Vi todo eso sin darle gran importancia, persuadido de que, tal como me había sucedido a mí, habían germinado en su alma sentimientos desconocidos hasta entonces. Durante la velada apenas sentí el corrosivo tormento de los celos.
Dos días después debía emprender el viaje para ir a la asamblea del Zemstvo, y en el momento en que Troutkhatchesky recogía sus papeles de música para marcharse, me preguntó cuándo pensaba regresar de mi viaje, porque, según dijo, quería despedirse de nosotros antes de marcharse de Moscú. Deduje que se daba cuenta de la imposibilidad de visitar mi casa mientras yo estuviese fuera, lo cual me contentó. Su salida de Moscú debía verificarse antes de mi regreso, por lo que no podríamos volver a vernos y nos despedimos definitivamente. Por primera vez le estreché la mano con verdadera alegría, dándole las gracias por las distracciones que nos había proporcionado. Se despidió también de mi mujer, cuyos modales me parecieron muy sencillos y naturales. Todo marchaba a pedir de boca, y tanto mi mujer como yo estábamos muy satisfechos con el resultado de nuestra reunión, y hablamos en términos generales de las impresiones que nos había producido la música. Nos sentimos, lo que hacía muchísimo tiempo no nos sucedía, atraídos el uno hacia el otro y nos dimos pruebas de recíproca amabilidad.
XXIV
—Dos días después emprendí el viaje a fin de presentarme en la asamblea, y al separarme de mi mujer me hallaba en las mejores disposiciones de espíritu, y encontré el distrito muy animado, lleno de comerciantes que llevaban una vida muy distinta de la nuestra. Dos días seguidos celebramos sesiones que duraron diez horas, y el segundo día, al retirarme a mi alojamiento, me entregaron una carta de mi mujer. Me hablaba de los niños, del tío de la nodriza, de compras y, entre otras cosas y de la manera más natural del mundo, de una visita de Troukhatchevsky que le había llevado las obras musicales que le había prometido, al tiempo que le proponía que tocase con él, a lo que se negó. No recordaba que el violinista hubiese prometido semejantes obras, y me parecía por el contrario que se despedía definitivamente, por lo que esto me sorprendió de una forma desagradable. Volví a leer la carta y me pareció encontrar en ella algo como tímido, forzado. Confieso que la lectura de la carta me produjo una penosa impresión. Los celos rugieron en mí como que una fiera en su guarida, pronta a saltar; tuve, sin embargo, miedo y me contuve. ¡Qué sentimiento más abominable es el de los celos! ¿Podía haber cosa más natural que lo que me escribía mi esposa?, me dije y me acosté muy tranquilo, al menos en apariencia. Me puse a reflexionar sobre los asuntos del día siguiente y me quedé dormido sin acordarme de ella. Por lo general, mientras duraban las asambleas, me costaba mucho trabajo conciliar el sueño, y aquella noche me quedé dormido en seguida. Pero —y esto es muy frecuente—, una súbita conmoción me desveló. Al despertar, mi primer pensamiento fue para ella, para el amor sensual que me inspiraba, y me acordé también del violinista, diciéndome que obraban de acuerdo. La rabia y el miedo se apoderaron otra vez de mí e intenté calmarme.
Me dije que aquello era una locura, ya que no había motivos para tener celos; no había nada, nada entre ellos. ¿Para qué envilecernos así, yo sobre todo, haciendo suposiciones semejantes? De un lado, un «violinista pagado» que tenía, era cierto, fama de don Juan, y del otro una mujer honrada, respetable, mi mujer. ¡Aquello era simplemente absurdo! No obstante, seguía repitiéndome: ¿por qué había de ser imposible algo semejante? ¿Por qué? ¿No mediaba allí el mismo sentimiento que me impulsó a casarme con ella, la misma y la única cosa que yo quería de ella, y que otros deseaban también, lo mismo que el músico? Era soltero, robusto… le había visto partir el hueso de una chuleta con los dientes y cómo humedecía ávidamente en el vino sus labios rojos. Bien alimentado y bien educado; si profesaba efectivamente algún principio, sería el de divertirse todo lo posible. La música, ese refinado excitante de la voluptuosidad, era el lazo que los unía. ¿Qué era lo que los contendría? Nada. Todo servía para atraerlos el uno hacia el otro. ¿Y ella? Ella seguía siendo, como siempre, un enigma viviente que continuaba siendo indescifrable para mí. No conocía de ella más que su naturaleza animal, y un animal ni debe ni puede ser contenido, ni se contiene tampoco.
Recordé entonces la expresión de sus rostros cuando, después de tocar la Sonata a Kreutzer, tocaron un fragmento musical, no sé de quién, que era excesivamente sensual. ¿Cómo había podido irme de viaje? —me dije acordándome de aquella expresión—. ¿No estaba muy claro que se habían puesto de acuerdo aquella misma noche? ¿No aparecía con toda claridad que en adelante nada les separaba y que lo que había sucedido los puso a ambos, sobre todo a ella, en cierto apuro? Me parecía que la veía con su sonrisa dulce y venturosa, enjugándose el rostro coloreado y bañado en sudor. Sus miradas se esquivaban, y sólo fue durante la cena y en el momento en que él le sirvió un vaso de agua cuando cambiaron una mirada y una imperceptible sonrisa. Recordaba con terror la expresión de esa mirada y de esa sonrisa apenas perceptibles. «Es cosa hecha,» me decía una voz, mientras que otra voz contestaba: «Es una idea fija, una obsesión, algo imposible».
Me apenaba la obscuridad y encendí una luz, y al ver aquella habitación tan reducida, con sus cortinajes amarillos, se apoderó de mí una gran tristeza. Encendí un cigarrillo y, tal como sucede siempre que uno se arma un lío de ideas y de contradicciones, fumé cigarrillo tras cigarrillo para aturdirme y ocultarme esas contradicciones. No pude volver a quedarme dormido en toda la noche, y a eso de las cinco de la mañana, cuando aún no había amanecido, resolví, para no continuar sufriendo tantas incertidumbres, marcharme lo más pronto posible. La hora de emprender el viaje era a las ocho; desperté al portero, le encargué que pidiera un coche, y envié una carta a la Asamblea, manifestando que tenía que regresar a Moscú para despachar un asunto urgente, y que nombrasen en mi lugar a uno de los suplentes. A las ocho tomaba asiento en el coche y emprendí el viaje.
XXV
—Tenía que recorrer treinta y cinco verstas en coche y ocho horas en tren. El viaje en coche fue delicioso. Estábamos en otoño y hacía un tiempo precioso, aunque frío; el sol brillaba en un cielo sin nubes. Las ruedas dejaban marcados profundos surcos en el camino. El sol lo alegraba todo, y la brisa era fresca. Reclinado cómodamente en el fondo del tarantass, que era espacioso, me entretenía contemplando los caballos, los campos y a los caminantes, olvidándome por completo del sitio adonde iba. Me parecía muchas veces que daba un paseo sin rumbo y que de aquel modo iría hasta el fin del mundo. ¡Qué alegría más grande olvidarme así de todo! Y cuando me acordaba del objeto del viaje me decía: «Al menos así sabrás a qué atenerte; ¿para qué pensar, mientras tanto, en ello?». Al llegar a la mitad del camino me distrajo un incidente: el coche se rompió, pese a ser nuevo; la operación de buscar albergue, el cuidado del arreglo de los desperfectos, el té en la posada y la charla con el posadero, fueron para mí otros tantos motivos de agradable distracción. Por la noche, cuando estuvo todo arreglado, continué mi viaje, que tuvo muchos atractivos. Estaba la luna en su primer cuarto; escarchaba un poco, pero el camino seguía en buen estado, el postillón era charlatán y fogosos los caballos. De esa manera seguía distraído mi viaje, y me preocupaba poco lo que me esperara. Tal vez lo intuía y mi alegría procedía de que iba a despedirme de los placeres de la vida; pero esa calma, esa ausencia de preocupaciones, cesaron en cuanto me bajé del carruaje.
Tan pronto como tomé asiento en el tren todo cambió, ya que aquellas ocho horas fueron verdaderamente horrorosas para mí, y en mi vida las podré olvidar. Esto se debió a que, al subir al vagón, se apoderó de mí otra vez la idea de que iba a volver a mi casa, o quizá la trepidación del tren me produjo una excitación extraordinaria. Fuese una u otra la causa, el hecho es que en cuanto estuve en el tren me fue imposible dominar mi imaginación, que me hizo atravesar por entre las imágenes a cuál más cínica, todas distintas, aunque de igual naturaleza, haciendo desfilar por delante de mis celos, irritados en su más alto grado, las escenas que pasaban allá abajo durante mi ausencia. Me encendía la indignación al ver esas imágenes. La ira y no sé qué clase de embriaguez producida por la indignación me oprimían la garganta, y aquellas imágenes, que no podía alejar, me perseguían como una obsesión. Cuanto más las veía, más creía en su realidad, olvidando que no tenían consistencia alguna. No quería para prueba de su existencia más que la precisión de lo que veía. Se habría dicho que, contra mi voluntad, un demonio inventaba y me inspiraba las ficciones más horrendas. Hasta sucedió que acudió a mi memoria el recuerdo de una conversación, hacía mucho olvidada, que un día sostuviera con un hermano de Troukhatchevsky. Me torturé el corazón, como quien se complace en ahondar la herida, relacionando esa conversación con el violinista y mi mujer. Sí, lo recordé; hacía mucho tiempo que la había sostenido. El hermano del violinista, al que preguntaba yo si frecuentaba las casas de lenocinio, me respondió que un hombre que se respeta no debe pisar esos sitios sucios y viles en los que se corre el riesgo de coger una enfermedad, cuando es tan fácil tener relaciones con una mujer decente, aunque sea algo madura o le falte un diente, o esté un poco obesa por los años; pero ¡bah! se toma lo que se encuentra. Le hacía él un favor tomándola por querida, y además no se exponía gran cosa.
Me repetí, con terror, que todo aquello era imposible y que no podía haber sucedido nada, aparte de que no tenía ningún fundamento serio sobre el que basar mis sospechas. ¿No me había dicho mi mujer que el solo pensamiento de que yo pudiese tener celos era una ofensa y una vergüenza para ella? Lo dijo, sí, pero mintió, me dijo una voz interior, y la lucha volvía a empezar. En el departamento de mi vagón no había más que dos viajeros; una señora de cierta edad y su esposo, que hablaban muy poco. A las pocas horas se apearon, dejándome solo. Me hallaba en la situación de una fiera enjaulada; unas veces me ponía en pie bruscamente, acercándomela portezuela; otras daba vueltas con paso inseguro, como si me figurase que con mis esfuerzos y movimientos aumentaba la velocidad del tren. Aquel vagón, con sus banquetas y sus cristales, llevaba una trepidación continua, lo mismo que éste.
Al decir estas palabras Pozdnychev se irguió, dio algunos pasos por el vagón y luego se sentó y continuó diciendo:
—¡Qué miedo tuve, en aquel vagón! Se apoderó de mí el terror y me senté, proponiéndome pensar en otra cosa, en la conversación sostenida con el posadero en cuya casa había tomado el té; luego se presentaba a mis ojos el portero con su barbaza y su nietecito, que tenía la misma edad de mi hijo Vassia. ¡Vassia, hijo mío! ¡Habrás visto al violinista abrazar a tu madre! ¿Qué pensará tu almita inocente? ¡Y qué le importa a ella, si le ama! Y vuelta a empezar el desfile de aquellas imágenes. Sufrí tanto, que llegó un momento en que ya no supe qué hacer. De pronto se me ocurrió una idea que me produjo gran satisfacción, la de arrojarme bajo las ruedas del tren y acabar de una vez. Una cosa sola fue la que detuvo la ejecución de mi plan, y fue la lástima que yo mismo me inspiraba, lástima que hizo nacer en mí un odio irreconciliable hacia ellos dos, contra ella sobre todo. Respecto a él, no tenía más que un sentimiento extraño de mi humillación y de su victoria, pero a ella la odiaba. ¡No, no quería con mi desaparición dejarla libre y dueña de sí misma! Era necesario que sufriese, que se diese cuenta de lo mucho que yo había padecido por su culpa. Al llegar a una estación, observé que algunos viajeros bajaban a beber a la cantina; hice lo mismo y pedí un vaso de aguardiente. A mi lado se encontraba un judío que empezó a hablarme, y para no quedarme solo en mi vagón le seguí al suyo, que era de tercera y estaba lleno de humo, sucio y con el suelo cubierto de pepitas de girasol. Me senté a su lado y empezó a contarme historias. Al principio le escuché, pero sin fijarme en lo que decía; lo observó e hizo esfuerzos para cautivar mi atención. Entonces me levanté y volví a mi vagón. Quería meditar y asegurarme de que realmente tenía razón para atormentarme de aquel modo. Para estar más sosegado me senté, pero al poco rato voló mi razón, y volvieron a desfilar ante mis ojos las imágenes anteriores. ¡Cuántas y cuántas veces me había torturado ya en pasados accesos de celos, y siempre sin fundamento, por nada! Y sin duda iba a suceder lo mismo aquel día, pues la encontraría descansando. Despertará y será dichosa, y con sus palabras y sus miradas me convenceré de que no ha pasado nada y de que son inquietudes vanas. ¡No; aquello habría sido demasiado bonito! «Con mucha frecuencia ha sucedido así y, sin embargo, hoy es cosa hecha,» insinuó una voz, y vuelta a empezar mi suplicio.
¡Ah, qué martirio! No sería a un hospital determinado a donde llevaría a un joven para que tomase aversión a las mujeres, sino a que contemplase el espectáculo de un alma turbada como la mía, para que viese qué clase de demonios eran los que la despedazaban. Lo más horrible de todo era que yo creía tener sobre su cuerpo un derecho razonable e indiscutible, como si hubiese sido carne de su carne, y no obstante, comprendía que no estaba completamente en mi poder, que no me pertenecía en forma alguna, sino que ella podía disponer de ese cuerpo a su antojo y que este antojo no estaba conforme con mis deseos. Ante él estaba desarmado, pero mucho más aún ante ella… Si no ha caído aún y únicamente tuvo un deseo y estoy enterado de él, esto será mucho peor todavía, me dije. Más valdría que la falta se hubiese cometido y saliese de una vez de dudas. No acertaba a formular lo que deseaba; habría deseado que ella no quisiera lo que forzosamente debía de apetecer, y todo era sencillamente una locura.
XXVI
En la penúltima estación, cuando el revisor pasó pidiendo los billetes, recogiendo mi equipaje salí a la plataforma del vagón. Al acercarse el desenlace aumentaba mi fiebre. Tenía frío; me temblaba todo el cuerpo, y entrechocaban mis dientes. De una manera maquinal salí de la estación con los demás viajeros y tomé un coche para ir a mi casa. Por el camino me fijé en los contados transeuntes con los que me crucé y leí las muestras de las heridas sin fijarme en lo que hacía. Después de recorrer un buen trayecto, sentí de pronto un frío muy vivo en los pies, y me acordé de que me había quitado en el vagón los escarpines de lana que llevaba sobre los calcetines, y que los había metido en el maletín. ¿Lo había dejado allí? Sí. ¿Y el resto del equipaje? ¡No me había acordado tampoco de él! Saqué el billete y el talón y de pronto se me ocurrió que no valía la pena volver atrás. Todavía no sé en estos momentos por qué tenía entonces tanta prisa. Lo único que sé es que comprendía que se preparaba en mí algo terrible, un acontecimiento que tenía una importancia capital, pero no recuerdo si era víctima de mi imaginación o si exageraba la gravedad de lo que iba a suceder. Quizá tan trágico acontecimiento arrojó un lúgubre velo sobre las horas que le precedieron. El carruaje se detuvo fuera de la puerta del patio entre las doce y la una. Ante la puerta del coche se habían detenido algunos coches de punto a cuyos conductores atrajeron las ventanas iluminadas de la casa, que eran las correspondientes al salón y al comedor. Sin tratar de averiguar por qué las ventanas de mi casa estaban iluminadas a una hora tan avanzada, y experimentando siempre las más vivas angustias que me oprimían, subí la escalera y llamé. Acudió a abrirme Igor, un criado muy fiel y animoso, pero muy corto de entendimiento. La primera cosa que me llamó la atención fue un abrigo colgado en el perchero al lado de los otros. Aquello me tendría que haber sorprendido, pero no fue así, porque lo esperaba. ¡Era, pues, cierto!
—¿Quién está ahí, Igor? —pregunté.
—El señor Troukhatchevsky.
—¿No hay nadie más?
—No, señor.
Y me dio esta respuesta, lo recuerdo muy bien, con un acento alegre como si se figurase que aquello me había de poner contento y además quisiese persuadirme de que no había nadie más. «Está bien,» pensé.
—¿Y los niños? —pregunté.
—A Dios gracias, están muy bien y durmiendo.
Apenas podía respirar y mis dientes entrechocaban. Me había ocurrido muchas veces volver a mi casa presintiendo una desgracia, creyendo que ocurría alguna novedad, y encontrarlo todo en estado normal. Aquella vez, sin embargo, no su cedió lo mismo; todas las imágenes que yo creyera falsas y que me persiguieron como una obsesión se convertían en realidades. Me faltaba muy poco para echarme a llorar, pero el demonio murmuró: «Eso es, déjate ahora dominar por sensiblerías y llantos. Mientras tanto, pueden separarse con mucha tranquilidad, y tú te quedas sin pruebas, viéndote condenado a la duda y al sufrimiento eterno». Inmediatamente, la compasión que yo mismo me inspiraba desapareció de mi alma, y sentí unos deseos irresistibles de llevar a cabo un acto de decisión, de energía, al mismo tiempo que de habilidad y astucia. Me convertí en un bruto sin inteligencia, en una bestia feroz.
—No, no hace falta —le dije a Igor, que quería avisar de mi llegada—. Vale más que tomes este billete y te vayas a la estación a recoger mi equipaje. Anda, deprisa.
Y se marchó por el corredor para ir a buscar su abrigo. Temiendo que los avisase, le acompañé hasta su cuarto y esperé a que se vistiera. Al lado, en el comedor, se oía rumor de voces, mezclado con el ruido de los platos y los tenedores. Estaban cenando y no habían oído el campanillazo. «Con tal que no se marchen…», murmuré mientras Igor acababa de ponerse el abrigo y se marchaba, cerrando yo la puerta tras de sí.
En cuanto me quedé solo, una ansiedad muy grande se apoderó de mí, y arraigó más y más la idea de que debía actuar en seguida. ¡Actuar! Pero ¿cómo? Sólo sabía que todo había concluido; que no era ya posible abrigar ninguna duda acerca de su crimen, y que todas mis relaciones con ella debían cesar. Había dudado hasta entonces, diciéndome que aquello no era verdad y que me equivocaba; pero en aquella ocasión no era posible la duda. Debía tomar una resolución, pero ¿cuál? ¡Encontrarse en secreto durante la noche; y a solas con él! Eso era, francamente, algo más que olvido de las conveniencias, algo peor, una imprudencia excesiva para que su mismo exceso demuestre la inocencia…. No había duda posible; estaba muy claro. Tenía un temor muy grande, y era el de que se separasen y encontrasen un medio para salir del paso, privándome así de la única prueba palpable que me hubiese quitado el doloroso placer de condenarlos y castigarlos. Para sorprenderlos andaba de puntillas, y no pasé por el salón, sino por las habitaciones de los niños y por el corredor. En la primera dormían los niños y en la segunda la nodriza, que hizo un movimiento como queriéndose despertar. Me pregunté qué pensaría cuando se enterase de todo, y fue tal la compasión que yo mismo me inspiré, que los ojos se me llenaron de lágrimas. Para no despertar a los niños volví al corredor, andando siempre de puntillas, y entrando en mi despacho me desplomé en el sofá.
¡Yo! ¡Un hombre al que habían educado honradamente sus padres! ¡Que toda la vida soñó con un matrimonio dichoso y de fidelidad… ir a caer en semejante infamia! ¡Cinco hijos! ¡Y teniendo cinco hijos, besaba a aquel músico, sólo por que tenía los labios rojos! ¡No, no; aquélla no era una mujer sino una perra, una perra innoble! ¡Y eso al lado de las habitaciones donde dormían sus hijos, a los que siempre aparentó amar tanto! ¡Y pensar que me había escrito aquella carta! ¿Y quién sabía la verdad? Tal vez toda la vida había estado sucediendo lo mismo. ¿Quién sabe si aquellas criaturas, a quienes creía hijos míos, lo eran de algún criado! Si en vez de llegar aquella noche espero al día siguiente; ¿no habría salido a recibirme con un traje y un peinado llenos de coquetería y con sus modales indolentes y graciosos? Y me parecía estar viendo con toda claridad su rostro tan encantador y despreciable, y mientras tanto los celos, ese cáncer que lo consume todo, roían mi corazón. ¿Qué iban a pensar la nodriza e Igor? ¿Y la pobrecita Lisa? Ya tenía edad para comprenderlo. ¡Y me horrorizaba aquella impudencia, aquellos embustes y aquella sensualidad bestial que conocía tan a fondo!
Quise ponerme en pie y no pude. Los latidos de mi corazón eran tan violentos que mis piernas se negaban a sostenerme. Sí, moriría de una congestión; ella sería la que me habría matado, y tal vez era eso lo que deseaba. Pero no estaba dispuesto a morir de esa manera; no tendría esa suerte, ni sería yo quien le proporcionase esa alegría. Heme yo aquí y ellos allí… riendo… sí… no la desdeñó él por que era ya una mujer de más edad… ya madura… le parecía aún aceptable, e indudablemente no ejercerá ninguna influencia funesta sobre su preciosa salud ¡Ah! ¿por qué no la estrangulé aquel día, una semana antes, cuando la eché de mi despacho?
Recuerdo muy bien cuanto pensé y dije entonces; no olvidé los sentimientos que me agitaban anteriormente y se apoderó de mí el mismo furor. Sentía irresistibles deseos de hacer algo; todos mis razonamientos desaparecieron, a excepción de aquellos que contribuían a que llevase adelante mi propósito. Me hallaba en situación idéntica a la de una fiera acorralada, en la misma de un hombre expuesto a un peligro grave que sigue marchando hacia adelante, obrando sin vacilación y sin turbarse y sin apartar la mirada del objetivo que se propone conseguir. Me quité las botas y los calcetines, me acerqué a la panoplia que estaba colocada encima del sofá y de ella descolgué un puñal de Damasco de aguda y afilada hoja, virgen aún de sangre. Lo saqué de la vaina, y recuerdo aún que ésta —me acuerdo como si fuera ayer— cayó detrás del sofá, y me dije que más adelante la recogería. Me quité después el abrigo, que tenía aún puesto, y andando descalzo y con mucho tiento salí del despacho. Aun no sé hoy día cómo salí, si iba muy apresurado o despacio, ni cuáles fueron las habitaciones que atravesé, ni de qué manera llegué al comedor, ni cómo abrí la puerta, ni de qué manera entré…
XXVII
—Recuerdo solamente la expresión que pusieron cuando abrí la puerta, y si la recuerdo es porque me produjo un delicioso sufrimiento. Fue, como es natural, una expresión de terror cual yo deseaba. Jamás, mientras viva, olvidaré aquel desesperado pavor que se reveló en sus rostros cuando de pronto me presenté ante ellos. Creo que el violinista estaba sentado a la mesa, y cuando me oyó o vio entrar, no hizo más que dar un salto hasta el aparador. El miedo fue el único sentimiento que se reveló en su fisonomía. En el rostro de mi mujer se veían, aparte del miedo, otras impresiones cuya ausencia puede que hubiese evitado la catástrofe final, porque estas impresiones me parecieron ser resultado del descontento y la cólera por haber sido molestada en su dicha y en su embriaguez amorosa. Se diría que no quería más que una cosa: que no la molestase nadie en el momento en que iba a gozar de esa dicha.
Esas impresiones se borraron muy pronto de sus rostros, que adquirieron de pronto una expresión interrogante. Si estaban aún a tiempo para mentir, era necesario que lo hiciesen en seguida, o bien salir del paso de otro modo, pero ¿de cuál? La interrogó él con la mirada; le miró mi mujer también, y la expresión del rostro de ésta, de cólera y despecho, se trocó en seguida en otra de temor, de inquietud por él.
Durante un momento me quedé en pie al lado de la puerta, con el puñal oculto tras la espalda. De pronto y con un tono de indiferencia por demás ridícula en aquellos momentos, dijo el violinista:
—Acabamos de tocar un poco…
—¡Qué sorpresa! —dijo ella en el mismo tono, y no se atrevieron a continuar.
Se apoderó de mí el mismo furor que me había dominado ocho días antes, y experimenté otra vez la irresistible necesidad de dar rienda suelta a la violencia. Experimenté los goces de ese furor y me dejé arrastrar completamente por él. Ambos se callaron al mismo tiempo, dando de este modo ellos mismos un mentís a sus palabras. Me arrojé sobre ella, ocultando todavía el puñal para elegir mejor el sitio en el que había de herirla. Él observó mi movimiento y, lo que yo no me esperaba de su parte, se arrojó sobre mí, y cogiéndome del brazo, empezó a gritar:
—¡Cálmese, por Dios! ¡Socorro, socorro!
Me escurrí de entre sus manos y le acometí. Mi aspecto debía de ser terrible porque se puso tan lívido como un cadáver; sus ojos adquirieron un brillo singular y, lo que tampoco hubiera creído, se fue con mucha ligereza hacia la puerta, deslizándose por detrás del piano. Quise perseguirle, pero no pude porque me lo impidió el hallarme fuertemente sujeto por el brazo izquierdo. Era ella. Hice un esfuerzo para soltarme, pero se apoyó con más fuerza y no me soltó. Aquel espectáculo inesperado, ese peso y ese odioso contacto acrecentaron mi ira. Comprendí que me volvía loco, que debía tener un aspecto feroz y esto me exaltó aún más y más. Hice un nuevo esfuerzo y con el codo izquierdo le di un golpe violentísimo en medio de la cara, tan fuerte fue que me soltó lanzando un grito.
Quería e iba a salir a perseguirlo, pero estaba descalzo y habría sido muy grotesco perseguir en ese estado al amante de mi mujer; quería ser temible, pero no ridículo. A pesar de mi extremado furor me preocupaba aún la impresión que mi aspecto pudiera producir en los demás. Era algo que siempre había tenido en cuenta. Me volví hacia mi mujer y vi que había caído en el sofá y que, llevándose la mano a la parte contusionada del rostro, se fijaba en mí. Su mirada expresaba miedo y odio; la mirada que echa el ratón a quien va a buscarlo a la ratonera en la que ha quedado atrapado. A lo menos yo no supe ver en ella más que ese miedo y ese odio que provocaba su amor a otro. Tal vez no habría pasado nada si hubiese intentado marcharse; pero de pronto habló, tratando al mismo tiempo de sujetar la mano en la que tenía yo el puñal:
—Vamos, sé razonable; ¿qué es lo que quieres hacer? ¿Qué es lo que tienes? ¡Te juro que no hay nada! ¡Nada!
Habría vacilado aún, pero esas palabras, tras las que adornaba la mentira y que me probaban lo contrario de lo que quería decirme, merecían una respuesta, y ésta tenía que ser necesariamente acorde a ese furor que iba en aumento. El furor tiene también sus leyes.
—¡No mientas, miserable! ¡No mientas! —grité, asiendo sus dos muñecas con mi mano izquierda.
Se echó hacia atrás, y yo entonces, sin soltar el puñal, la cogí por el cuello y la derribé con intención de estrangularla. Sus manos se agarraron desesperadamente a las mías, haciendo esfuerzos para soltarse, porque se ahogaba. Entonces fue cuando le clavé el puñal en el lado izquierdo, por debajo de las costillas.
Quienes sostienen que no es posible acordarse de lo que se ha hecho durante un acceso de furor, dicen una sandez y una mentira. Ni un solo instante dejé de tener conciencia de lo que hacía. Cuanto más atizaba el fuego de mi ira, con más claridad veía lo que hacía, y ni un solo momento, ni un segundo perdí el conocimiento. No diré que hubiese previsto lo que iba a hacer, pero en el instante mismo en que lo llevaba a cabo tuve conciencia de ello, tal vez un poco antes. Veía que si creía todavía en la posibilidad de una reconciliación, podía obrar a voluntad y que, sin embargo, asestaría el golpe por debajo de las costillas, donde ya había determinado que debía penetrar el puñal. En aquel momento preciso no ignoraba yo que iba a cometer un acto criminal, tal cual no había cometido nunca otro igual ni que tuviese tan espantosas consecuencias. La decisión fue tan rápida como el relámpago, y el acto siguió inmediatamente. Me di cuenta de lo que hacía con una claridad extraordinaria, y me parece que estoy contemplando la escena, que siento aún la resistencia del corsé, de otra cosa después y que el puñal penetra en la carne blanda. Ella intentó coger la hoja del puñal con las dos manos para detener el golpe, pero no pudo conseguirlo y se cortó. Más adelante, estando en la cárcel, cuando se operó en mí una gran reacción moral, volvió a presentarse ante mis ojos lo ocurrido en aquel momento y me pregunté cuál habría debido o podido ser mi conducta. Conservo aún en la memoria el recuerdo del instante que siguió a tan terrible acción; la noción exacta de que iba a matar a mi mujer indefensa, a mi propia esposa. El recuerdo de ese sentimiento me persigue aún como una obsesión, y creo recordar que saqué en seguida el arma como para reparar el daño que acababa de hacer.
—¡Ama, ama! ¡Que me ha matado! —gritó irguiéndose, y la nodriza, que había oído el ruido, se presentó en seguida.
Yo estaba en pie, aguardando y como quien no quiere creer en lo que le ha sucedido. En aquel momento saltó un chorro de sangre por debajo del corsé, y comprendí que el mal ya no tenía remedio. Aunque hubiese deseado lo contrario, ¿de qué habría servido? Me quedé inmóvil hasta que cayó. La nodriza se acercó apresuradamente, gritando:
—¡Dios mío!
Arrojé el arma que hasta entonces había tenido en la mano y abandoné la habitación. «Conservemos la serenidad, —me dije—, y sepamos lo que hacemos». Sin mirar a mi mujer ni a la nodriza me alejé, mientras esta última daba voces llamando a la doncella. Atravesé el corredor, ordené a la doncella que se fuese al lado de su señora y entré en mi despacho. «¿Qué hacer?» me pregunté, y en el acto se me ocurrió qué era lo mejor. Me acerqué a la panoplia y descolgué un revólver; lo examiné; vi que estaba cargado y lo dejé encima de la mesa. Recogí la vaina del puñal y me senté en el sofá, donde permanecí mucho rato, sin pensar en nada. Oí un ruido ahogado de pasos, de objetos movidos de una parte a otra, crujido de vestidos, y fuera el ruido de un coche que hacía alto y al que seguía poco después otro: al cabo de un rato se presentó Igor con mi maleta, ¡como si me hiciese falta para algo!
—¿No sabes lo que ha pasado? Pues ve a decirle al portero que salga en busca de la policía —le ordené.
Sin objeción alguna se marchó. Me levanté, cerré la puerta, cogí los fósforos y los cigarrillos y empecé a fumar. No había acabado el primer cigarrillo cuando me fue dominando el sueño, y durante dos horas dormí tranquilamente. Soñé, lo recuerdo muy bien, que estaba en buena armonía con mi mujer, y que, después de haber discutido, íbamos a hacer las paces cuando un obstáculo nos lo impidió, pero a pesar de eso seguíamos queriéndonos.
Me despertó un golpe que dieron en la puerta. Me desperté creyendo que me iba a encontrar con la policía, puesto que había cometido un asesinato, y procuré desperezarme. Tal vez fuesen a decirme que no había ocurrido nada. Llamaron una vez más y no contesté, preguntándome si habría sucedido algo o no. Si era cierta la resistencia del corsé… «Ahora me toca a mí matarme,» me dije. Reflexioné sobre ello, y sabía bien que no me atrevería. No obstante, me levanté y cogí el revólver; ¡cosa extraña! Me había pasado muchas veces por la cabeza la idea del suicidio, en el tren sobre todo, porque creía que así sería más rudo golpe para mi mujer, pero a la sazón no era capaz de matarme y hasta rechacé la idea. «¿Y por qué no había de hacerlo?», me pregunté, y no hallé la respuesta. Llamaron otra vez. «Veamos antes lo que sucede; tiempo que dará luego para todo,» me dije dejando el revólver sobre la mesa y colocando encima un periódico para ocultarlo. Me acerqué a la puerta y abrí. Era la hermana de mi mujer, viuda y simple.
—¿Qué es lo que ha pasado, Vassia? —me preguntó echándose a llorar, cosa que, por otra parte, hacía con mucha frecuencia.
—¿Qué quiere de mí? —contesté con rudeza, si bien comprendía que no tenía ninguna razón para mostrarme grosero, pero sin poder evitar hablarle en aquel tono.
—¡Por Dios, Vassia, que se está muriendo! Ivan Zakharievitch lo ha dicho.
Ivan Zakharievich era su médico y consejero.
—¿Está aquí? —pregunté, y todo el odio que me inspiraba mi mujer se despertó—. ¿Qué hacer?
—Vaya a verla, Vassia. ¡Oh! ¡Quién podía pensarlo! ¡Qué cosa más horrorosa!
—¿Ir a verla? —exclamé, y en seguida se me ocurrió la idea de acudir a su lado y de que debía ser así, cuando un marido, como yo, mataba a su mujer. Las emociones fuertes iban a comenzar de nuevo y resolví ir, pero con el decidido propósito de no inmutarme.
—Espere, pues, a que me calce —le dije a mi cuñada—; no es correcto que vaya así.
XXVIII
—¡Cosa extraña! Al abandonar mi despacho y atravesar aquellas habitaciones que tan bien conocía, tuve aún la esperanza de que todo aquello no fuera más que una pesadilla, pero el olor de ciertas medicinas, del yodo y del ácido fénico, me atacaron la garganta. ¡No, no era una pesadilla! Al atravesar el pasillo y cerca del cuarto de los niños vi a Lisa, que me miró con ojos que el terror hacía abrir desmesuradamente, y se me figuró que mis cinco hijos me miraban. Llegué a la puerta, y al verme la doncella abrió y se fue. Lo primero que vi fue su traje gris perla, todo él manchado de sangre. Estaba en nuestra cama con las rodillas dobladas, casi derecha y sostenido el busto por numerosas almohadas. Habían vendado la herida y el cuarto apestaba a yodo. Lo que me llamó más la atención fue la señal amoratada que tenía en la cara y que le cubría parte de la nariz y de un ojo. Aquella mancha era la huella del golpe que le había dado cuando quería desprenderme de sus manos. Había desaparecido su belleza y observé que había en ella algo que repugnaba. Me quedé quieto en el umbral de la puerta.
—Venga, acérquese —me dijo mi cuñada. Me acerqué preguntándome si sería necesario perdonar. «Sí, porque se muere,» me contesté, y me acerqué a su cabecera. Levantó penosamente los ojos para mirarme; uno de ellos estaba amoratado e hinchado.
Expresándose con mucha dificultad, exclamó:
—Has conseguido lo que te proponías… Me has matado…
En su rostro se traslucía el dolor físico y, sin embargo, se descubría ese odio que yo conocía tanto.
—Nuestros hijos… no te los llevarás… a pesar de todo… mi hermana será quien se encargue de ellos…
Ni una sola palabra acerca del punto capital, su falta, su traición, su crimen; se habría dicho que no le daba ninguna importancia.
—¡Sí, regocíjate contemplando tu obra! —y su mirada se fijó en la puerta en la que se hallaban su hermana y sus hijos. A mi vez dirigí la vista hacia donde estaban los niños, luego contemplé su rostro golpeado y amoratado, y por vez primera, olvidando mis derechos y mi orgullo, vi en ella una criatura humana, una mujer. Todo cuanto me había ofendido, mis celos, se me antojó muy poca cosa; por el contrario, tan terrible me pareció lo que había hecho que sentí deseos de arrojarme a sus pies, cogerle las manos y gritar: «¡Perdóname!
Y no me atreví a hacerlo. Se calló y se cubrió los ojos; no tenía fuerzas para hablar. De pronto su rostro se contrajo, desfigurado, y me rechazó débilmente.
—¿Por qué ha pasado esto? —murmuró.
—¡Perdóname! —exclamé.
—¡Sí, si no me hubieses matado! —dijo de pronto, y sus ojos brillaron con un fulgor febril—. ¡Perdonarte! ¡Qué locura! ¡Ah! ¡No debía morir, pero tú me has matado y conseguido tu objetivo! ¡Te odio! —En seguida empezó a delirar.
—Dispara… no tengas miedo… mátame… mátanos… mátale a él también… Se fue…
Ya no reconoció a nadie, ni a sus hijos, ni siquiera a Lisa, que se había escapado del lado de su tía y se acercó furtivamente al lecho, y aquel mismo día murió a eso de las doce. Pocas horas antes me prendieron, me llevaron a la cárcel y en ella estuve esperando durante once meses a que se viese mi causa. En ese tiempo reflexioné mucho y aprendí a conocerme. A los tres días de estar preso me llevaron a mi casa…
Pozdnychev quiso continuar, pero los sollozos que ahogaban su voz se lo impidieron, hasta que al cabo pudo reponerse y recobrar su serenidad.
—Al verla en el ataúd comprendí mi error, —dijo exhalando un profundo suspiro—, y sólo contemplando su rostro cadavérico comprendí todo el alcance de mi acción. Comprendí que era yo el que la había asesinado, sumiéndola en la nada, y que si yacía allí fría e inanimada, inmóvil como una estatua, era obra mía. Comprendí que aquello era irreparable para mí. Quien no haya pasado por semejante prueba no puede comprenderlo.
Durante largo rato permanecimos ambos en silencio, el uno enfrente del otro. Pozdnychev sollozaba y se estremecía nerviosamente.
—Sí; si hubiese sabido lo que hoy sé, —añadió—, no me habría sucedido nada. ¡No me habría casado con ella por nada del mundo! ¡No me habría casado nunca! ¡Jamás!
He aquí, señor, lo que hice y las pruebas por las que pasé.
Es preciso comprender bien el sentido del Evangelio, según San Mateo; es necesario interpretar bien esta frase: «Aquel que mira a una mujer con deseo, ya ha cometido adulterio». Esto se refiere también a la hermana, y no sólo a la mujer extraña, sino sobre todo a la propia mujer.