En las orillas del Havel vivió, a mediados del siglo XVI, un tratante de caballos de nombre Michael Kohlhaas, hijo de un maestro de escuela, una de las personas más rectas y, al mismo tiempo, más terribles de su época. Este hombre fuera de lo común habría podido pasar por un ciudadano modélico hasta que cumplió los treinta años. Poseía una granja en un pueblo que aún lleva su nombre, y en ella disfrutaba de una existencia apacible, ganándose el pan con sus ocupaciones, educando en el temor de Dios, para que fuesen honrados y trabajadores, a los hijos que su mujer le había dado, y complaciendo a sus vecinos, pues no había uno que no se hubiera beneficiado de su generosidad o de su buen juicio, siempre ecuánime; en suma, no cabe duda de que el mundo habría bendecido su memoria si no se hubiera excedido en una virtud: su sentido de la justicia, que le llevó a convertirse en bandido y asesino.
En cierta ocasión salió de su patria conduciendo una recua de caballos, unos animales espléndidos, jóvenes y bien alimentados. Mientras cabalgaba iba pensando en qué emplearía las ganancias que esperaba conseguir en los mercados con su venta: una parte, como buen hombre de negocios, la invertiría en su hacienda, así obtendría nuevos beneficios, pero el resto estaba decidido a gastarlo en disfrutar de la vida. En esto llegó al Elba y se vio ante el imponente castillo de un señor feudal, ya en territorio de Sajonia, junto al que había una barrera con la que jamás se había tropezado. Se detuvo con sus caballos justo en el momento en que la lluvia que le había venido acompañando a lo largo del camino comenzaba a arreciar y llamó al guarda, que no tardó en asomarse por la ventana con cara de pocos amigos. El tratante de caballos rogó que le permitiera pasar.
—¿A qué viene esto? ¿Es nuevo? —preguntó al ver al encargado de la aduana, que se había tomado su tiempo antes de salir de la caseta y ahora aparecía por fin.
—Se trata de un privilegio —respondió éste mientras levantaba la barrera— que el señor de estas tierras ha concedido al hidalgo Wenzel von Tronka.
—¿Wenzel? —dijo Kohlhaas—. ¿Así es como se llama el junker? ¿Acaso ha muerto el antiguo señor? —preguntó echando una mirada al castillo, que dominaba los campos con sus espléndidas almenas.
—De un ataque de apoplejía —replicó el aduanero, mientras sostenía en alto la barrera.
—¡Hum! ¡Lástima! —repuso Kohlhaas—. Era un noble anciano que disfrutaba hablando con la gente, tratando con los comerciantes y con todo aquel que pasaba por aquí; siempre que podía, te sacaba de apuros; recuerdo que una vez mandó construir una calzada de piedra sólo porque una yegua mía se había roto una pata; no aquí, sino donde el camino entra en el pueblo. En fin, ¿cuánto debo por el portazgo? —preguntó disponiéndose a sacar de su capa los groschen que el guarda fuera a cobrarle, algo que no le resultó nada fácil, ya que ésta ondeaba al viento.
—¡Deprisa! ¡Deprisa! —mascullaba el hombre maldiciendo la tormenta.
—¡Ya va! ¡Ya va! —replicó Kohlhaas al oírle—. ¡Cuánto mejor hubiera sido para vos y para mí que el árbol con el que se ha hecho esta barrera se hubiera quedado en el bosque!
Y diciendo esto le entregó el dinero y se dispuso a montar para proseguir su viaje. Sin embargo, no bien hubo pasado la barrera, oyó detrás de él una nueva voz que tronaba desde la torre:
—¡Eh, el de los caballos! ¡Alto ahí!
Vio al alcaide del castillo cerrar una ventana y bajar apresuradamente para hablar con él.
—Pero bueno, ¿qué ocurre ahora? —se preguntó Kohlhaas en voz baja, mientras detenía los caballos.
El alcaide del castillo, abotonándose aún el chaleco que ceñía su voluminoso cuerpo, se acercó a él y, colocándose de espaldas al temporal, le reclamó su pasaporte.
—¿El pasaporte? —preguntó Kohlhaas.
Un poco confuso declaró que, hasta donde él sabía, no contaba con nada semejante, aunque si tenían la bondad de explicarle de qué diablos estaban hablando, a lo mejor resultaba que sí lo tenía. El alcaide del castillo, mirándolo de soslayo, le respondió que no podían permitir que ningún tratante de caballos atravesase la frontera sin un permiso concedido por el señor de aquel territorio. El interpelado aseguró que solía cruzar por allí, lo había hecho ya diecisiete veces, y nunca en la vida le habían exigido tal acreditación; que conocía una por una todas las disposiciones oficiales que afectaban a su negocio y jamás había oído hablar de algo así; que a buen seguro se trataba de un simple error, por lo cual le rogaba que se hiciera cargo de su situación y, viendo que aún le quedaba una larga jornada de viaje por delante, tuviera la bondad de no retenerle allí por más tiempo inútilmente. El alcaide, por su parte, le respondió que no estaba dispuesto a consentir que volviera a colarse, ¡no iba a cruzar de balde dieciocho veces!; acababa de aparecer una nueva ordenanza al respecto y podía elegir entre sacar el pasaporte allí mismo o volverse por donde había venido. El tratante de caballos, que no toleraba ninguna irregularidad y empezaba a sentirse molesto con tantas presiones, reflexionó un momento antes de desmontar del caballo, entregárselo a un mozo y anunciar que deseaba ver al junker en persona para discutir el asunto. Sin contar con nadie, se encaminó al castillo. El alcaide le siguió de mala gana, despotricando contra los tacaños y los roñosos, a quienes, según él, habría que sangrar sin compasión. De este modo, midiéndose uno a otro con la mirada, entraron en la estancia donde Von Tronka, con un cáliz en la mano, disfrutaba de la compañía de algunos amigos con quienes se había reunido para pasar un rato divertido, justo en el momento en el que uno de ellos contaba un chiste que provocó una carcajada interminable, cuyo eco seguía resonando en la sala cuando Kohlhaas se presentó ante él para formular su queja. El junker le preguntó qué deseaba. Los caballeros, que se habían quedado callados al ver llegar al extraño, rompieron su silencio en cuanto le oyeron denunciar lo que estaba sucediendo con sus caballos; todos los allí reunidos exclamaron: «¡Caballos! ¿Dónde están?», al tiempo que se precipitaban a la ventana para contemplarlos. Al ver lo espléndidos que eran, el hidalgo propuso ir a examinarlos de cerca, y el grupo bajó volando al patio; la lluvia había cesado; el alcaide del castillo, el mayordomo y los mozos formaron un corro y admiraron los animales. Uno alababa el porte del alazán careto, a otro le gustaba el de color castaño, el tercero acariciaba al pío con manchas azafranadas, y todos coincidían en que aquellos caballos eran como venados y que no se criaban unos mejores en toda la comarca. Kohlhaas respondió satisfecho que aquellos caballos no eran mejores que los caballeros que habían de montarlos y les animó a que los compraran. El junker, al que le encantaba aquel soberbio alazán, decidió preguntarle por el precio; el mayordomo le propuso comprar un par de caballos negros que les vendrían muy bien para las labores del campo, pues andaban escasos de animales; sin embargo, cuando el tratante se pronunció, los caballeros opinaron que el precio era excesivo, y el junker comentó que, tasando tan alto los caballos, tendría que ir a buscar al rey Arturo y a los caballeros de la Tabla Redonda para que se los compraran. Kohlhaas, que se dio cuenta de que el alcaide y el mayordomo hablaban entre sí en voz baja mientras lanzaban elocuentes miradas a los caballos negros, tuvo un oscuro presentimiento y, como no quería poner más trabas, deseoso de desprenderse de ellos y ante la posibilidad de que se los quedase el junker, le hizo una propuesta:
—Señor, los negros los compré hace seis meses y entonces me costaron veinticinco florines de oro; dadme treinta y son vuestros.
Dos caballeros que estaban de pie junto al hidalgo se apresuraron a confirmar que, desde luego, los caballos valían ese precio; pero el hidalgo dio a entender que, en todo caso, estaría dispuesto a gastarse su oro en el alazán, pero no en los negros, eso seguro, y se dio la vuelta para marcharse. Kohlhaas, por su parte, dijo que quizá la próxima vez que pasara por allí con más animales podrían hacer negocios; se despidió del hidalgo, tomó las riendas de su caballo y se dispuso a partir. En ese momento, el alcaide salió del grupo para recordarle que no podía continuar su viaje sin un pasaporte. Kohlhaas se volvió y preguntó al junker si estaba obligado a cumplir este trámite, que echaba por tierra todos sus planes. El junker, en cuyo rostro se reflejaba la confusión, respondió mientras se retiraba:
—Sí, Kohlhaas, debes conseguir un pasaporte. Habla con el alcaide del castillo y continúa tu camino.
Kohlhaas le aseguró que no tenía ninguna intención de infringir las ordenanzas que regulaban el comercio de caballos, prometió que al pasar por Dresden acudiría directamente a la cancillería para obtener su pasaporte y rogó que, por esta vez y considerando que hasta entonces no había tenido noticia de este requisito, le permitieran proseguir su viaje.
—¡De acuerdo! —dijo el junker viendo que el tiempo comenzaba a cambiar, que una nueva tormenta amenazaba en el horizonte y que sus secos miembros se resentían por el viento cortante que los traspasaba silbando—. ¡Dejad marchar a este pobre diablo! ¡Y vosotros venid!
Reunió a los caballeros y se volvió con la intención de entrar en el palacio. El alcaide del castillo se dirigió a él para proponerle que, al menos, el tratante de caballos les dejase algo en prenda; de esta manera podrían estar seguros de que sacaría el certificado. El junker se detuvo a la puerta del palacio. Kohlhaas preguntó qué debería entregar, en dinero o en especie, como prenda por los caballos negros. El mayordomo, rumiando las palabras detrás de su barba, dio a entender que bien podría dejar los propios caballos negros.
—¡Por supuesto que sí! —dijo el alcaide del castillo—. Eso será lo mejor; una vez que hayáis conseguido el pasaporte, podéis volver a recogerlos cuando gustéis.
Kohlhaas, que se había quedado perplejo viendo el descaro con que actuaban, se dirigió al hidalgo, que muerto de frío trataba de abrigarse estirando su jubón, para hacerle entender que si había emprendido aquel viaje era precisamente para vender los caballos negros; pero, justo en ese instante, se produjo un golpe de viento y una ráfaga de lluvia y granizo entró por el portón; fue entonces cuando el junker, que quería poner fin al asunto, exclamó:
—Si no quiere desprenderse de los caballos, le ponéis al otro lado de la barrera y que se vuelva por donde ha venido.
Y, diciendo esto, se retiró. El tratante, que no veía forma de escapar a aquel atropello, comprendió que no le quedaría más remedio que ceder a las exigencias del hidalgo; desenganchó los caballos negros y los condujo a un establo que el alcaide del castillo le indicó. Dejó a un mozo con ellos, le dio dinero y, después de advertirle que cuidara bien de los animales hasta su regreso, prosiguió viaje, con el resto de la recua, hasta Leipzig, donde tenía previsto asistir a la feria. Iba sumido en un mar de incertidumbre, temiendo que Sajonia, donde empezaba a florecer la cría de caballos, hubiera dictado en efecto la susodicha orden con la intención de proteger los intereses de sus ganaderos.
En cuanto llegó a Dresden, donde poseía una casa con establos en las afueras pues desde allí hacía negocios en los mercados más pequeños de alrededor, se dirigió inmediatamente al consistorio. Allí, tras hablar con algunos secretarios a los que conocía, pudo confirmar lo que, en su fuero interno, sospechaba desde un principio: que la historia del pasaporte era un cuento. Después de que los enojados secretarios le extendieran un certificado que acreditaba el abuso del que había sido objeto, Kohlhaas se tomó a risa la broma del enjuto hidalgo, aunque todavía no acababa de comprender del todo qué finalidad tenía, y pasadas unas semanas, tras vender los caballos que había llevado y ultimar sus negocios, regresó al castillo de Tronka sin más inquietud que la propia de aquella agitada época. Cuando le mostró el certificado al alcaide del castillo, éste no dijo ni una palabra al respecto, así que el tratante de caballos le preguntó si ya podía ir a recoger sus animales; el alcaide le respondió que fuera a buscarlos y se los llevara. Sin embargo, mientras atravesaba el patio Kohlhaas oyó las primeras noticias acerca de un desagradable incidente en que se había visto envuelto su mozo, quien, a los pocos días de estar allí, había sido apaleado y expulsado del castillo de Tronka debido a su impropio comportamiento, según se decía. Acercándose al joven que acababa de hacer ese comentario, le preguntó qué había sucedido y quién se había ocupado de sus caballos desde entonces, a lo que éste replicó que no lo sabía y, sin más, abrió a Kohlhaas, cuyo corazón no podía albergar peores presentimientos, la puerta del establo en el que se encontraban los animales. Cuál no sería su asombro cuando, en lugar de sus dos caballos negros, espléndidos y bien alimentados, lo que se ofreció a su vista fue un par de jamelgos secos de carnes, en los puros huesos, con unas costillas, que parecían palos, en las que habría podido colgarse cualquier cosa, y con las crines y pelaje enredados y cubiertos de suciedad por la falta de cuidados y el abandono: ¡eran la viva imagen de la miseria en el reino animal! Kohlhaas, a quien los caballos saludaron cabeceando con un débil relincho, se indignó profundamente y preguntó qué había ocurrido. El joven, que estaba de pie a su lado, respondió que no les pasaba nada y que habían recibido puntualmente el pienso que les correspondía, pero que, como acababa de empezar la cosecha y les faltaban animales de tiro, los habían llevado a los campos para que ayudaran un poco en las tareas. Kohlhaas maldijo aquella maniobra retorcida y vergonzosa que a buen seguro habían tramado desde un principio; sin embargo, sabiendo que ya nada podía hacer, se tragó su rabia y, como no veía más solución, estaba pensando en abandonar esa cueva de bandidos con sus caballos, cuando, al ruido de las voces, apareció el alcaide del castillo y preguntó qué estaba pasando allí.
—¿Que qué pasa? —respondió Kohlhaas—. ¿Quién ha dado permiso al señor Von Tronka y a su gente para servirse de los caballos negros que yo había dejado a su cargo poniéndolos a trabajar en las faenas del campo?
Mostrándole que los agotados jamelgos ni siquiera se movían cuando los golpeaba con la fusta para estimularlos, quiso saber si le parecía natural el trato que habían recibido. El alcaide del castillo estuvo un rato contemplando la escena sin inmutarse, y al fin respondió:
—¡Mirad a este paleto deslenguado! ¿No tendría que dar gracias a Dios el muy palurdo al ver que por lo menos ha encontrado vivos a sus caballos?
Luego empezó a preguntarle quién habría tenido que cuidarlos después de que el mozo que había dejado con ese cometido se marchara corriendo: ¿no le parecía justo que los caballos se hubieran ganado en los campos el pienso que se les había dado? El tema estaba zanjado y no quería oír más pamplinas; en caso contrario llamaría a los perros: con ellos sabría imponer silencio y acabaría con el escándalo que el tratante estaba montando en el patio. Kohlhaas notaba el corazón latiéndole con fuerza a través del jubón e incitándole a tumbar sobre el estiércol a aquel cerdo infame y aplastar con la bota su cara cobriza; sin embargo, su sentido de la justicia, semejante a una balanza, seguía vacilando; el tribunal de su conciencia no había determinado aún qué grado de culpa había que cargar sobre su adversario, de modo que, tragándose la indignación, se acercó a los caballos y trató de componerlos lo mejor que pudo. Sopesando en silencio las circunstancias, preguntó con voz abatida qué falta había cometido el mozo para ser expulsado del castillo. El alcaide respondió que aquel bribón no respetaba las normas, que se había negado a cambiar a los animales de establo, cuando era absolutamente necesario que lo hiciera, y que había pretendido que los caballos de dos jóvenes señores, hospedados en el castillo de Tronka, pasaran la noche al raso simplemente porque no le apetecía mover de sitio los suyos. Kohlhaas habría dado lo que costaban aquellos caballos por tener al mozo a mano y poder comparar su declaración con la de aquel boceras. Seguía allí cepillando las crines de sus caballos negros y pensando qué podía hacer en tal situación, cuando el escenario cambió de repente: el hidalgo Wenzel von Tronka, acompañado por una cohorte de caballeros, mozos y perros, entró al galope en la plaza del castillo tras pasar la jornada cazando liebres. El alcaide, a quien el hidalgo pidió explicaciones sobre lo que estaba ocurriendo, tomó la palabra de inmediato y, mientras los perros prorrumpían en ladridos cada vez más amenazadores debido a la presencia del extraño, y los caballeros, por su parte, trataban de acallarlos a voz en grito, manifestó, deformando la realidad de un modo abominable, que al tratante le parecía inaceptable que sus caballos negros hubieran ayudado algún que otro día en las faenas del campo y por eso estaba armando aquel escándalo. Riéndose burlón, añadió que Kohlhaas se negaba a reconocer que aquellos animales eran los suyos. Al oír esas palabras, el tratante exclamó:
—¡Éstos no son mis caballos, recto señor! ¡Éstos no son los caballos que valían treinta florines de oro! ¡Quiero recuperar mis caballos sanos y bien alimentados!
El junker palideció fugazmente y desmontó del caballo.
—Si este ca… no acepta los animales, que no se los lleve, que los deje. ¡Vamos, Günther! ¡Hans! ¡Venid! —dijo mientras se sacudía con la mano el polvo que se le había pegado a las perneras, y, después de reunir a todos los caballeros en la puerta de la casa, desapareció en su interior—. ¡Traed vino!
Kohlhaas aseguró que prefería que llamasen al desollador a fin de aprovechar la piel de los caballos antes de llevárselos a su establo de Kohlhaasenbrück en el estado en el que se hallaban. De modo que, abandonando a su suerte a los jamelgos, se subió de un salto a su bayo y, tras anunciar que sabría procurarse justicia, se alejó cabalgando.
Se dirigía a Dresden a galope tendido, cuando se acordó del mozo y de la acusación que habían formulado contra él en el castillo, y frenó al animal poniéndolo al paso. Al poco hizo volver grupas al caballo y enfiló hacia Kohlhaasenbrück, pues le pareció prudente y justo interrogar antes de nada a su criado. Pese a las ofensas que había sufrido, se sentía animado por un profundo sentido de la equidad, y conociendo como conocía la frágil naturaleza del mundo, sabía que, en caso de que al mozo, como afirmaba el alcaide, pudiera imputársele alguna culpa, tendría que asumir las consecuencias y aceptar, en justicia, la pérdida de los caballos. Por otra parte, un sentimiento tan agudo como el anterior, que echaba raíces más y más hondas a medida que iba cabalgando y, allá donde se detenía, oía hablar de las injusticias que a diario estaban cometiéndose en el castillo de Tronka contra los viajeros, le persuadía de que si lo que había sucedido, tal y como parecían indicar todos los indicios, resultaba ser una artimaña urdida contra él, se vería obligado a hacer acopio de todas sus fuerzas para procurarse satisfacción por las ofensas sufridas, y de ese modo evitaría a sus conciudadanos agravios semejantes en el futuro.
Llegó a Kohlhaasenbrück y después de haber abrazado a Lisbeth, su fiel esposa, y besado a sus hijos, que se agarraron alegremente a sus rodillas, preguntó por el mozo que le había acompañado, Herse, que era también su criado principal. ¿Habían sabido algo de él? Lisbeth respondió:
—¡Sí, queridísimo Michael, claro que sabemos de Herse! Hazte cargo de que hará dos semanas que el desdichado llegó aquí molido a palos, en un estado lamentable, al punto que apenas podía respirar. Le llevamos a la cama, donde escupió sangre en abundancia y, ante nuestras insistentes preguntas, nos contó una historia que nadie entiende. Según dice, le dejaste en el castillo de Tronka con unos caballos a los que no se les permitió el paso; allí fue víctima de las peores vejaciones, y recibió un maltrato tan cruel que se vio obligado a abandonar el castillo sin los caballos.
—¿Ah, sí? —dijo Kohlhaas quitándose la capa—. ¿Y ya está recuperado del todo?
—Más o menos, pero sigue escupiendo sangre. Al principio pensé que debía enviar inmediatamente a un mozo al castillo de Tronka para que se ocupara de los caballos hasta tu regreso, sobre todo porque nadie ha hecho gala de una sinceridad y fidelidad para con nosotros semejantes a las de Herse y nunca me atrevería a dudar de su declaración, mucho menos si pienso en los detalles que ofrece para apoyarla. Es imposible creer, por ejemplo, que haya perdido los caballos de otra forma y no quiera reconocerlo; pero él me hizo prometer que no mandaría nadie a aquella cueva de bandidos: era mejor dejar las cosas tal y como estaban y evitar el sacrificio de otro hombre a cambio de los animales.
—¿Y sigue postrado en cama? —preguntó Kohlhaas liberándose de la gorguera.
—Hace algunos días que puede levantarse y caminar por el patio —respondió ella—. En suma, verás que todo lo que dice tiene sentido, y que este suceso no es más que otra de las fechorías que de un tiempo a esta parte perpetran los del castillo de Tronka contra los forasteros —concluyó.
—Eso es lo que debo averiguar antes de nada —replicó Kohlhaas—. Llámale, Lisbeth. Si está levantado, quiero que venga.
Con estas palabras se sentó en el sillón mientras la señora de la casa, orgullosa del temple de su marido, iba en busca al mozo.
—¿Qué hiciste en el castillo de Tronka? —preguntó Kohlhaas cuando Lisbeth entró con él en la habitación—. No es que esté muy contento contigo, la verdad.
Al oír estas palabras, el mozo se ruborizó y su pálido rostro se salpicó de manchas rojizas.
—¡Tenéis razón, señor! —exclamó tras guardar silencio unos instantes—. Pues Dios quiso que aquel día llevara conmigo un candil de azufre con que habría podido prender fuego a aquella cueva de bandidos de donde me habían echado, pero oí el llanto de un niño y lo arrojé a las aguas del Elba. Pensé: «¡Que sea Dios quien los fulmine con un rayo y los reduzca a cenizas, no yo!».
—Pero ¿qué hiciste para que te expulsaran del castillo de Tronka? —preguntó Kohlhaas presa de la consternación.
—Fue una tontería, señor —respondió Herse, secándose el sudor de la frente—. Pero lo que sucedió ya no puede cambiarse. No estaba dispuesto a consentir que arruinasen los caballos obligándolos a trabajar en las faenas del campo, y dije que todavía eran jóvenes y no estaban domados.
Procurando ocultar su confusión, Kohlhaas le hizo notar que eso no era cierto del todo, pues habían probado a engancharlos de vez en cuando desde principios de la primavera anterior.
—En rigor —siguió diciendo—, estabas en el castillo en calidad de invitado, por así decirlo, de modo que, si la cosecha se había adelantado, habrías podido mostrar tu agradecimiento poniendo a trabajar a los caballos algún día.
—Y lo hice, señor —dijo Herse—. Como me miraban con mala cara, pensé que tampoco perjudicaría tanto a los caballos. A la tercera mañana, los enganché y llevé tres carros de grano.
Kohlhaas, al que el corazón se le salía por la boca, clavó los ojos en el suelo y dijo:
—¡Nadie me dijo tal cosa, Herse!
Herse aseguró que había sido así.
—El problema empezó —prosiguió— cuando me negué a enganchar los caballos al yugo una tarde en que apenas habían comido, y para que transigiera, el alcaide y el mayordomo intentaron sobornarme ofreciéndome pienso gratis a fin de que me embolsara el dinero que me habíais dejado para el forraje de los caballos, pero yo les respondí que no pensaba hacer nada semejante, di media vuelta y me marché.
—Pero no fue esta negativa —dijo Kohlhaas— la que hizo que fueras expulsado del castillo de Tronka.
—¡Dios me libre y me proteja! —exclamó el mozo—. ¡Los cielos saben que la razón fue otra! Por la tarde llevaron al establo las monturas de dos caballeros que acababan de llegar al castillo, así que sacaron los míos y los ataron a la puerta. Cuando le quité las riendas de la mano al alcaide y le pregunté dónde iban a guardar ahora los animales, él me señaló una pocilga construida con tablas y chapas de metal contra el muro del castillo.
—¿Quieres decir —le interrumpió Kohlhaas— que la cuadra era tan mala que parecía más una pocilga que un establo adecuado para un caballo?
—Era una pocilga, señor —respondió Herse—, una verdadera pocilga, con todas las letras, en la que los cerdos entraban y salían, y yo mismo no cabía de pie.
—Tal vez no había espacio para alojar a nuestros animales —apuntó Kohlhaas—, en cierto modo, las monturas de los caballeros tenían preferencia.
—No es que sobrara espacio —replicó el mozo con voz abatida—. En ese momento, el castillo albergaba un total de siete caballeros; pero si hubiera dependido de vos, habríais hecho que los caballos se apretasen un poco. Yo me ofrecí a alquilar un establo en el pueblo, pero el alcaide respondió que quería tener los caballos a la vista y que me atuviera a las consecuencias si se me ocurría sacarlos del patio.
—¡Hum! —repuso Kohlhaas—. ¿Y qué le dijiste?
—Como el mayordomo me aseguró que aquellos dos huéspedes sólo pasarían una noche en el castillo y que a la mañana siguiente proseguirían su camino, accedí a meter los caballos en la pocilga; pero pasó el día siguiente y no ocurrió nada, y el tercero se dijo que los señores pasarían en el castillo algunas semanas más.
—Bueno, Herse —dijo Kohlhaas—, seguro que al final la pocilga no estuvo tan mal como te pareció la primera vez que metiste la nariz en ella.
—Eso es cierto —replicó él—, porque ya me encargué yo de barrer y adecentar el lugar, y entregué un groschen a la doncella para que llevara los cerdos a otra parte. También me las compuse para que los caballos pudieran estar de pie, al menos durante el día: cuando clareaba quitaba las planchas metálicas del tejado y las ponía de nuevo en su lugar al caer la tarde. Los caballos parecían gansos sobresaliendo por encima del tejado, mirando hacia Kohlhaasenbrück o sabe Dios dónde, porque en cualquier otro sitio habrían estado mejor.
—Y entonces, ¡por todos los diablos! —preguntó Kohlhaas—, ¿por qué razón te expulsaron?
—Señor, os lo estoy diciendo —repuso el mozo—, porque querían librarse de mí: sabían que, mientras yo estuviera presente, no podrían maltratar a los caballos. Por todas partes, en el patio y en las habitaciones del servicio, me topaba con caras hostiles, pero a mí no me importaba, que las malas lenguas hablasen cuanto quisieran, hasta reventar; entonces, a la primera ocasión que se les presentó, me echaron del palacio.
—Pero ¿por qué causa? —reclamó Kohlhaas—. ¡Alguna causa debieron tener!
—¡Oh, desde luego que sí! —respondió Herse—. ¡Y no podía ser más justa! La tarde del segundo día que pasé en la pocilga quise llevar los caballos al abrevadero para quitarles la suciedad que habían cogido allí dentro. No había hecho más que llegar a la puerta del castillo cuando oigo al alcaide y al mayordomo saliendo de la sala de servicio con mozos, perros y palos, y precipitándose sobre mí con gritos de «¡Alto, granuja!» y «¡Alto, bellaco!», como si estuvieran poseídos. El guardia de la puerta me sale al paso, le pregunto a él y también al grupo que viene corriendo hacia mí qué pasa, pero están furiosos. Cuando el alcaide llega a mi altura, me quita de las manos las riendas de los dos caballos negros y, agarrándome por el pecho, me pregunta qué estoy haciendo y adónde pretendo ir con los caballos. ¡Por todos los diablos! ¿Adónde quieren que vaya? Al abrevadero. ¿Qué se piensan…? «¿Al abrevadero? ¡Yo te enseñaré, bribón! ¡Ya verás qué bien irás nadando hasta Kohlhaasenbrück! ¡Se te van a quitar las ganas de coger el camino!», exclama el alcaide del castillo. Y me derriba de un golpe alevoso con la ayuda del mayordomo, que me agarra de una pierna. En un momento, me encuentro tendido sobre el estiércol cuan largo soy. Grito. Los llamo asesinos y canallas. Les exijo que me devuelvan los arreos y las mantas, y un hatillo de ropa que había dejado en el establo, pero mientras el mayordomo se lleva los caballos, el alcaide y los mozos caen sobre mí con látigos y palos, me propinan patadas. Me dejan tirado en el suelo, medio muerto, detrás de la puerta del castillo. Me levanto y los llamo perros, ladrones, les pregunto adónde se llevan los caballos. «¡Fuera del palacio! —grita el alcaide. Su voz vuelve a resonar—: ¡Ataca, Emperador! ¡Ataca, Cazador! ¡Ataca, Centella!». Y una jauría de más de doce perros se abalanza sobre mí. Arranco parte de la valla, tal vez un trozo de chapa, no lo sé; al poco cuatro perros caen muertos a mi lado; pero los demás me desgarran la carne, el dolor me obliga a retroceder. Se oye un silbido agudo: «¡Chis!». Los perros vuelven al patio. Las hojas de la puerta se cierran. Corren el cerrojo. Pierdo la conciencia y me desplomo en el camino.
El rostro de Kohlhaas había palidecido, pero aun así consiguió preguntar con forzada picardía:
—¿Seguro que no querías escaparte, Herse?
Y cuando vio que éste miraba al suelo ruborizado, con aire sombrío, añadió:
—A mí me lo puedes contar. No va a pasar nada por admitir que no te gustaba estar en la pocilga. Pensaste: ¡con lo bien que vivía en el establo de Kohlhaasenbrück!
—¡Que me parta un rayo! —exclamó Herse—. Dejé los arreos y las mantas, y un hatillo con mi ropa en la pocilga. ¿Acaso no me habría llevado los tres florines que había escondido detrás del pesebre envueltos en un pañuelo para el cuello de seda roja? ¡Que me parta un rayo y el diablo me lleve a los infiernos! ¡Si seguís hablando así, volveré al castillo y ya veréis lo que tardo en prenderle fuego con el candil de azufre que tiré!
—¡Bueno, bueno! —dijo el tratante de caballos—. ¡No te lo he dicho con mala intención! Mira: creo lo que has contado palabra por palabra, y si tuviera que repetirlo y luego ir a comulgar, lo haría con la conciencia tranquila. Lamento lo mal que te han ido las cosas estando a mi servicio. Ya puedes irte, Herse, vuelve a la cama, que te den una botella de vino y, si te sirve de consuelo, te garantizo algo: ¡Se te hará justicia!
Diciendo esto se levantó, redactó un inventario en el que se especificaban una por una las pertenencias que su criado principal se había dejado en la pocilga, consignó el valor de las mismas, le preguntó a cuánto ascendían los gastos de las curas y, después de haberle estrechado la mano una vez más, le pidió que se retirara.
A continuación refirió a Lisbeth, su mujer, cómo se habían desarrollado los acontecimientos, subrayando la coherencia de la historia que Herse había relatado, y anunció que estaba decidido a exigir a las autoridades que se hiciera justicia. Su esposa le aseguró que le apoyaría de todo corazón, lo cual llenó a Kohlhaas de alegría. Estaba segura de que no todos los viajeros que pasaran por el castillo iban a ser tan tenaces como él y opinaba que su marido haría un gran servicio a Dios poniendo coto a aquellos desmanes, por lo que estaba dispuesta a asumir los costes que les pudiera ocasionar llevar adelante el proceso. Kohlhaas alabó su valor, disfrutó ese día y el siguiente de su compañía y de la de sus hijos, y en cuanto se lo permitieron sus obligaciones, partió hacia Dresden para presentar una denuncia ante el tribunal.
Allí, con ayuda de un letrado que conocía, interpuso una demanda en la que, tras describir con detalle el atropello que el hidalgo Wenzel von Tronka había cometido tanto contra él como contra su criado Herse, solicitaba un castigo de acuerdo con la ley, la restitución de los caballos en su anterior estado y una reparación por los daños que uno y otro habían sufrido. El caso parecía bastante claro. El hecho de que los caballos hubieran sido retenidos de manera ilegal resultaba decisivo a la hora de esclarecer las circunstancias en las que se había producido el incidente; incluso aceptando que los caballos hubieran enfermado por casualidad, la reclamación del tratante para que se los devolvieran sanos y en las mismas condiciones en las que los dejara seguiría siendo justa y razonable. Kohlhaas era muy conocido en Dresden; hacía grandes negocios con sus caballos, lo que le había convertido en un personaje muy popular, y gracias a la honradez con la que actuaba en todo momento se había ganado la simpatía de los hombres más importantes de la comarca, por lo que, cuando buscó en la corte, no le faltaron amigos que prometieron apoyar su causa activamente. Su abogado, que también era un hombre de una reputación intachable, le invitó a comer en varias ocasiones a su casa; Kohlhaas aceptó de muy buen grado y depositó cierta cantidad de dinero para sufragar los costes del proceso; al cabo de unas semanas, con la tranquilidad de saber que su caso iba por buen camino y, según le había garantizado el jurista, tendría un desenlace satisfactorio, regresó con Lisbeth a Kohlhaasenbrück. Pasaron varios meses y el año estaba ya para acabar sin que hubiera recibido noticia alguna de Sajonia acerca de la demanda que había presentado allí, por no hablar ya de una resolución judicial. Después de haber recurrido en repetidas ocasiones al juzgado, decidió remitir una carta confidencial a su asesor jurídico para preguntarle qué estaba dilatando el proceso de forma tan desproporcionada; así fue como se enteró de que su denuncia había sido desestimada por el tribunal de Dresden siguiendo instrucciones que venían de arriba. En un nuevo escrito, el tratante manifestó su sorpresa ante ese inesperado desenlace y se interesó por las razones que habían movido a los jueces a actuar de ese modo; entonces, el abogado le comunicó que el hidalgo Wenzel von Tronka estaba emparentado con dos jóvenes señores, Hinz y Kunz von Tronka, uno de los cuales era copero del soberano y el otro nada y más y nada menos que su chambelán. Le aconsejó que no desperdiciara sus esfuerzos planteando nuevos recursos ante instancias judiciales y que se concentrase en recuperar sus caballos, que seguían en el castillo de Tronka, yendo a buscarlos y haciéndose cargo de ellos cuanto antes; le dio a entender que el junker, que ahora se encontraba en la capital, parecía estar dispuesto a entregárselos y así se lo había indicado a su gente; y concluyó rogándole que, en caso de que no estuviera satisfecho con el arreglo, se abstuviera de encomendarle nuevas gestiones referentes a ese asunto.
La casualidad quiso que, en aquel momento, Kohlhaas se encontrara en Brandenburgo, donde el corregidor Heinrich von Geusau, a cuya jurisdicción pertenecía Kohlhaasenbrück, iba a invertir una notable cantidad del dinero otorgado a esta ciudad en fundar varias instituciones de beneficencia para enfermos y menesterosos en la ciudad. En ese momento sus esfuerzos se centraban en acondicionar un manantial que brotaba en un pueblo de la zona; se creía que sus aguas tenían poderes curativos y reportarían grandes beneficios a los tullidos, unas expectativas que no se verían cumplidas en el futuro. Dado que Kohlhaas lo conocía por los negocios que habían hecho juntos en la época en que viviera en la corte, había obtenido autorización para llevar a Herse, quien desde aquel aciago día en el castillo de Tronka notaba un dolor en el pecho que le impedía respirar normalmente, a aquella pequeña fuente, provista ya de tejado y cerca, para que probase sus propiedades medicinales. El corregidor estaba ocupado resolviendo algunos asuntos al borde del manantial en el que Kohlhaas había sumergido a Herse, cuando un emisario enviado por Lisbeth le entregó aquella misiva demoledora procedente de Dresden y firmada por su abogado. Mientras hablaba con el médico, el corregidor notó que Kohlhaas dejaba caer una lágrima sobre la carta que acababa de recibir y leer, se acercó a él con actitud amistosa y le preguntó qué sucedía; el tratante de caballos, sin responderle, le entregó la carta; entonces aquel noble señor, que estaba al corriente de la abominable fechoría que habían cometido contra él en el castillo de Tronka, a consecuencia de la cual Herse había quedado en este lamentable estado tal vez para toda la vida, le dio una palmada en el hombro y le dijo que no debía perder el ánimo, pues él le ayudaría a obtener una satisfacción. Por la tarde, cuando siguiendo sus indicaciones el tratante de caballos se entrevistó con el corregidor en su palacio, éste le dijo que no tenía más que redactar un escrito de súplica, exponiendo brevemente lo sucedido, y dirigirlo al príncipe elector de Brandenburgo, adjuntando la carta del abogado y solicitando el amparo del soberano ante el atropello que había sufrido en territorio de Sajonia. Le prometió poner el escrito en manos del príncipe elector junto con otro legajo que ya tenía preparado, pues, si las circunstancias lo permitían, en los próximos días se vería sin falta con el príncipe de Sajonia; Kohlhaas no necesitaría dar más pasos ante el tribunal de Dresden para procurarse justicia, a pesar de las malas artes del junker y de sus secuaces. Sintiéndose muy reconfortado, el tratante dio las gracias de todo corazón al corregidor por esta nueva prueba de equidad; dijo que lamentaba no haber llevado su caso directamente a Berlín, sin pasar por Dresden, y tras redactar el documento en la secretaría del consistorio, consignando en él sus demandas, se lo entregó al corregidor y regresó, más tranquilo que nunca, a Kohlhaasenbrück, con la confianza de que la historia, por fin, tendría un desenlace positivo. Sin embargo, al cabo de varias semanas se llevó un disgusto tremendo cuando un oidor que se dirigía a Potsdam para arreglar ciertos asuntos concernientes al corregidor le informó de que el príncipe había entregado el escrito de súplica al canciller, el conde Kallheim, y que éste, en vez de solicitar de inmediato a la corte de Dresden que abriese una investigación para castigar aquel acto de violencia, como hubiera sido lo justo, se había dirigido antes de nada al hidalgo Von Tronka para solicitar más información. El oidor, que había detenido su coche ante la vivienda de Kohlhaas y, al parecer, había recibido instrucciones de transmitir estos hechos al tratante de caballos, no pudo dar una respuesta satisfactoria cuando éste le preguntó con preocupación qué sentido tenía entonces aquel proceso. Sólo añadió que había ido a hablar con él porque el corregidor se lo había pedido, y le recomendó que se armase de paciencia; dio muestras de tener prisa por proseguir viaje y, al término de aquella breve conversación, Kohlhaas creyó intuir, por algunas palabras que había dejado caer el oidor, que el conde Kallheim se hallaba emparentado por matrimonio con la casa de los Tronka. Kohlhaas, que ya no encontraba satisfacción en la cría de caballos, en la casa ni en la hacienda, y apenas disfrutaba de la compañía de su mujer y sus hijos, decidió esperar hasta la siguiente luna mientras los más oscuros presagios se enseñoreaban de su alma. Tal como esperaba, transcurrido ese tiempo, Herse, al que las aguas del manantial le habían procurado cierta mejoría, volvió de Brandenburgo con un escrito del corregidor que venía acompañando a un rescripto mayor, donde expresaba lo mucho que sentía no poder hacer nada más en el caso que les ocupaba; adjunta le remitía una resolución de la cancillería de Estado que le habían enviado a él, y le aconsejaba que fuera a recoger los caballos que había dejado en el castillo de Tronka y se olvidase de aquel asunto. La resolución venía a decir que, gracias al informe del tribunal de Dresden, habían tenido noticias de que Kohlhaas era un litigante incorregible; que el hidalgo con el que había dejado los caballos no los retenía en modo alguno; solicitaban que se sirviera acudir al castillo para recogerlos o, al menos, hiciera saber al hidalgo dónde había de enviárselos; pero que, en cualquier caso, dispensara a la cancillería de Estado de estas enojosas querellas. Kohlhaas, al que los caballos le importaban lo mismo que un simple par de perros, echaba espumarajos de rabia por la boca cuando leyó esta carta. Cada vez que oía un ruido en el patio, se volvía con el pecho agitado, temiendo un infausto final, y miraba el camino que moría en su puerta, imaginando que la gente del junker venía a restituirle, tal vez incluso con una disculpa, sus caballos, medio muertos de hambre y cansancio; no dejaba de ser una situación peculiar, en la que su alma, noble y educada, procuraba hallar un modo de reconciliarse con el mundo. Sin embargo, no tardó en enterarse por un conocido que había pasado ante el castillo de Tronka de que seguían utilizando sus caballos para trabajar en los campos como hacían con el resto de los animales del junker. Dolido ante el colosal desorden del mundo, sintió, en lo más profundo de su alma, un estremecimiento de alegría al tomar conciencia de que en su corazón aún reinaba el orden. Invitó a un ministerial vecino suyo que durante mucho tiempo había acariciado la idea de aumentar sus posesiones mediante la adquisición de los terrenos colindantes a su finca y, después de ofrecerle asiento, le preguntó cuánto estaría dispuesto a pagar por las propiedades que tenía en Brandenburgo y Sajonia, casas y haciendas, bienes muebles e inmuebles, en conjunto o por separado. Al oír estas palabras, Lisbeth palideció. Se dio la vuelta y cogió en brazos a su hijo pequeño, que jugaba en el suelo; apartó la mirada, donde se pintaba la muerte, de las sonrosadas mejillas del muchacho, que jugaba con sus collares, y observó al tratante de caballos y al papel que sostenía en la mano. El ministerial le miró extrañado y le preguntó qué le había hecho concebir aquella idea de repente; forzando el gesto cuanto pudo para aparentar entusiasmo, Kohlhaas replicó que la idea de vender su granja en las orillas del Havel no era ni mucho menos nueva, los dos habían hablado sobre ello muchas veces, y en cuanto a las casas que poseía en las afueras de Dresden, no tenían punto de comparación con esta finca, eran un mero apéndice de ella sin un peso específico; en suma, si se ponían de acuerdo y el vecino aceptaba quedarse con ambas propiedades, no tendría inconveniente en cerrar el negocio y formalizar de inmediato el correspondiente contrato. Forzándose a bromear, añadió que, desde luego, Kohlhaasenbrück no era el mundo; él tenía otras metas, otros objetivos, incomparablemente mejores y más nobles que ejercer como padre de familia o como el señor de aquella casa; en suma, debía confesarle que había empeñado su alma en una gran empresa, de la que, a lo mejor, no tardaría mucho en oír hablar. Algo más tranquilo después de escuchar estas palabras, el ministerial preguntó de forma jocosa, mirando a la mujer, quien besaba a su hijo una y otra vez, si iba a pedirle que pagara allí mismo, en el acto. Luego dejó sobre la mesa el sombrero y el bastón que hasta entonces había sostenido entre las rodillas y tomó la hoja que el tratante de caballos le tendía para leerla entera. Kohlhaas, acercándose a él, le explicó que se trataba de un contrato de compraventa que, según el plazo de vencimiento que él mismo había estipulado, se ejecutaría al cabo de cuatro semanas; le indicó que no tenía más que firmarlo y consignar las cantidades correspondientes al precio de compra y también a la señal, es decir, la suma que él se comprometía a abonar en caso de echarse atrás en esas cuatro semanas, y una vez más le animó jovialmente a hacerle una oferta, asegurándole que él era un hombre justo y no pondría mayores dificultades. La mujer recorría la estancia de un lado a otro; tenía el pecho tan agitado que el pañuelo del que el niño había estado tirando amenazaba con resbalar y caérsele de los hombros. El ministerial dijo que, en cualquier caso, no tenía manera de saber el valor real del inmueble que Kohlhaas poseía en Dresden, a lo que éste le respondió mostrándole las cartas que había recibido al adquirirlo; ahora lo tasaba en cien florines de oro, aunque de las cartas se desprendía que a él le había costado casi la mitad más. Después de releer el contrato de compraventa entero, el ministerial se extrañó al descubrir que en él se estipulaba el derecho del comprador a echarse atrás; estaba ya medio decidido, aunque, según comentó, no iba a necesitar los caballos que estaban en las cuadras. Kohlhaas replicó que él tampoco tenía la menor intención de desprenderse de los caballos de raza ni de los pertrechos que guardaba en la armería; de hecho, era lo único que deseaba conservar. Embargado por las dudas, el ministerial lanzó por fin una oferta con la que en cierta ocasión, no hacía mucho, ya había jugado medio en broma, medio en serio, mientras daban un paseo, una cifra insignificante frente al valor real de la propiedad. Kohlhaas acercó tinta y pluma para que pudiera escribir, y cuando el ministerial, que no daba crédito a lo que estaba viendo, quiso saber si hablaba en serio, el tratante, un poco molesto por su insistencia, le preguntó si le parecía que estaba riéndose de él; entonces el ministerial tomó la pluma y, con gesto pensativo, se puso a escribir; tachó el punto en el que se hablaba de la fianza que pagaría el vendedor si quisiera deshacer el trato; se obligó a entregar una suma de cien florines sobre la hipoteca del terreno de Dresden, en el que no tenía ningún interés, y estableció un plazo de dos meses durante los cuales el vendedor podría romper el trato con absoluta libertad. Emocionado por su gesto, el tratante de caballos le estrechó la mano con suma cordialidad, y después de haber lijado como única condición que la cuarta parte del precio de compra se abonara en metálico de forma inmediata y el resto se depositara en el banco de Hamburgo en el plazo de tres meses, pidió vino para celebrar el negocio que habían cerrado y brindar por que fuese provechoso para ambos. Una sirvienta les trajo una botella y Kohlhaas aprovechó para decirle que pidiera a Sternbald, el mozo, que ensillase su alazán; debía partir hacia la capital, donde tenía asuntos de los que ocuparse, y dio a entender que en breve, en cuanto regresara, les explicaría a todos lo que de momento debía guardar en su corazón. Luego, mientras llenaba los vasos, preguntó por los polacos y los turcos, que en aquellos momentos luchaban entre sí; el ministerial y él barajaron todo tipo de conjeturas sobre la situación política; por último, volvieron a brindar por la prosperidad de su negocio y se despidieron. Cuando el ministerial hubo abandonado la habitación, Lisbeth cayó de rodillas ante su marido.
—Si me quieres —clamó ella— y quieres a los hijos que te he dado, dime si te hemos faltado en algo, lo que sea, porque no entiendo qué hemos podido hacer y qué sentido tienen las terribles decisiones que acabas de tomar.
—Queridísima mujer —dijo Kohlhaas—, tal y como están las cosas ahora mismo no veo ninguna razón por la que hayas de inquietarte. He recibido un escrito en el que se me dice que la denuncia que he presentado contra el hidalgo Wenzel von Tronka es un litigio enojoso e inútil, y como estoy seguro de que debe de tratarse de un malentendido, he resuelto encargarme personalmente de que mi denuncia llegue a manos del soberano.
—¿Por qué quieres vender tu casa? —exclamó ella, levantándose con un gesto que mostraba su confusión.
—Porque, queridísima Lisbeth, no quiero vivir en una tierra en la que no se protegen mis derechos —replicó el tratante, estrechándola dulcemente contra su pecho—. ¡Si van a pisotearme, prefiero ser un perro y no un hombre! Y estoy seguro de que en este aspecto mi mujer piensa como yo.
—¿Qué te hace pensar —preguntó ella fuera de sí— que no se protegen tus derechos? Si te acercas al soberano con humildad, como corresponde, y le presentas tu petición, ¿quién te dice que la rechazará o que se negará a escucharte?
—Muy bien —respondió Kohlhaas—, si mi temor es infundado, podré recuperar mi casa, porque el contrato de compraventa aún no se ha ejecutado. El soberano, lo sé, es justo, y si logro acceder a él evitando a los que le rodean no dudo de que conseguiré que se me haga justicia, y volveré feliz, antes de que pase una semana, para estar contigo y ocuparme de mis negocios como siempre he hecho. ¡Sabes que me gustaría estar a tu lado hasta el fin de mis días! —añadió besándola—. Sin embargo —siguió diciendo—, me parece aconsejable estar preparado para cualquier eventualidad, y por eso me gustaría que, si pudiera ser, te marchases con los niños y fuerais a vivir por algún tiempo a casa de tu tía en Schwerin; en el fondo, hace mucho que deseabas visitarla.
—¡Cómo! —exclamó la señora de la casa—. ¿Que tengo que irme a Schwerin? ¿Salir de mi tierra con los niños y marcharme a vivir a casa de mi tía en Schwerin? —El espanto ahogaba sus palabras.
—Exactamente —respondió Kohlhaas—. Y, si es posible, ahora mismo. No quiero que nada condicione los pasos que voy a dar para defender mi causa.
—¡Oh! ¡Ya te entiendo! —exclamó ella—. ¡Ahora no necesitas más que armas y caballos, todo lo demás que se lo lleve el diablo si quiere! —Se dio la vuelta y, arrojándose sobre un sillón, comenzó a llorar.
—¿Qué estás haciendo, queridísima Lisbeth? —dijo Kohlhaas conmovido—. Dios me ha bendecido con mujer, hijos y bienes, ¿por qué habría de desear justo ahora que fuese de otra forma? —Se sentó amablemente al lado de ella, que ruborizada ante estas palabras se le echó al cuello—. Dime —dijo él mientras le apartaba los rizos de la frente—, ¿qué debería hacer? ¿Abandonar mi causa? ¿Rendirme? ¿Acaso debería ir al castillo de Tronka para suplicarle al junker que me devuelva los caballos y traértelos aquí después de haberme humillado? —Lisbeth no se atrevía a decir que sí, sí, sí…, sacudió la cabeza llorando, se apretó con fuerza a él, y cubrió con ardientes besos su pecho—. ¡Pues entonces! —exclamó Kohlhaas—. ¡Si entiendes que, antes de retomar mis ocupaciones, se me debe hacer justicia, concédeme la libertad que necesito para procurármela!
Y con esto se levantó para pedir al mozo, que había ido a anunciarle que el alazán ya estaba ensillado, que a la mañana siguiente tuviera los bayos enganchados para llevar a su mujer a Schwerin. Lisbeth le interrumpió diciendo que tenía una idea. Se levantó, se enjugó las lágrimas y acercándose a él, que se había sentado a un pupitre, le preguntó si querría confiarle a ella la demanda y dejar que fuera a Berlín en su lugar para entregársela al soberano en persona. Kohlhaas, que tenía multitud de razones para conmoverse ante este cambio de actitud, la sentó sobre su regazo y le dijo:
—¡Queridísima mujer, eso no es posible! Son muchos los que rodean al soberano, quien se acerca a él se expone a sufrir todo tipo de percances.
Lisbeth repuso que, en muchos casos, a una mujer le resulta mucho más fácil que a un hombre acceder a alguien importante.
—¡Entrégame la petición! —repitió ella—. ¡Si lo único que quieres es tener la certeza de que llega a sus manos, yo te garantizo que la recibirá!
Kohlhaas, que conocía el valor y la prudencia de su mujer, puestos a prueba en mil ocasiones, le preguntó cómo pensaba conseguirlo. Ella, bajando la vista avergonzada, le explicó que, en otro tiempo, cuando estaba sirviendo en Schwerin, el castellano del palacio donde residía el príncipe elector la había pretendido y que, aunque ahora estaba casado y tenía varios hijos, no la había olvidado del todo; en suma, se proponía sacar partido de esta y otras circunstancias, que sería demasiado largo exponer, para lograr su propósito. Kohlhaas la besó con mucha alegría, dijo que aceptaba su propuesta, la instruyó acerca del modo en que podría encontrarse con el príncipe en su propio palacio, pegándose a la mujer del castellano, le entregó la petición, mandó enganchar los bayos y la envió a la corte en compañía de Sternbald, su fiel criado, bien provista de todo cuanto pudiera necesitar.
Sin embargo, de todos los pasos, siempre infructuosos, que había dado Kohlhaas para defender su causa, este viaje fue el más desgraciado de todos, pues al cabo de unos días Sternbald regresó a la hacienda tirando muy despacio del carro en el que yacía la mujer con una grave contusión en el pecho. Kohlhaas, que había palidecido al acercarse al coche, no consiguió que le dieran una explicación coherente sobre la causa de esta desgracia. Según el mozo, cuando llegaron a la casa, el castellano estaba ausente, de modo que se habían visto obligados a alojarse en una fonda cercana al palacio; de allí había salido Lisbeth a la mañana siguiente, ordenando al mozo que se quedase con los caballos, y no había regresado hasta la noche, ya en ese estado. Al parecer la mujer había intentado abrirse paso hasta la persona del soberano sin tomar precauciones y, aunque el rey no había tenido culpa alguna, el áspero celo de uno de los guardias que le rodeaban había sido la causa de que recibiera un golpe en el pecho con el asta de la lanza, o eso al menos habían referido los que la devolvieron a la posada por la tarde medio inconsciente, pues Lisbeth poco había podido contar debido a la sangre que le brotaba de la boca. Su petición la había recogido luego un caballero. Sternbald dijo que su primer impulso había sido subirse a un caballo y salir de inmediato para darle cuenta a su señor del desgraciado incidente, pero, pese a los consejos del médico al que habían llamado para curarle las heridas, Lisbeth había insistido en que la llevaran con su marido a Kohlhaasenbrück y que no le dijeran nada. El viaje la había dejado exhausta. Kohlhaas la trasladó a una cama, donde, sufriendo de un modo espantoso cada vez que quería tomar aire, vivió algunos días más. Todos los intentos por devolverle la conciencia para que les aclarase lo sucedido fueron inútiles; yacía con los ojos inmóviles, vidriosos ya, sin responder a nadie. No recuperó el sentido hasta poco antes de morir, cuando un pastor luterano (fe que acababa de nacer precisamente entonces y a la que, siguiendo el ejemplo de su marido, ella se había convertido), sentado junto a su cama, le leía en voz alta un capítulo de la Biblia con tono solemne y emotivo. Lisbeth volvió los ojos hacia él y se quedó mirándolo con una expresión sombría; le quitó la Biblia de las manos como si no hiciera falta que le leyeran, pasó las hojas como si buscara algo, y con el dedo índice señaló a Kohlhaas, que estaba sentado junto a su lecho, aquel versículo que dice: «Perdonad a vuestros enemigos; haced el bien a los que os persiguen», y apretándole la mano, con una mirada que traslucía su espíritu inquebrantable, murió. Kohlhaas pensó: «¡Que Dios no me perdone jamás si yo llego a perdonar al hidalgo!», y, mientras derramaba abundantes lágrimas, la besó, le cerró los ojos y abandonó la habitación. Tomó los cien florines que el ministerial le había abonado por los establos de Dresden y encargó un entierro que no habría tenido nada que envidiar al de una princesa: un ataúd de roble, bien guarnecido de metal, cojines de seda con borlas de oro y plata, y una tumba de ocho codos de profundidad, revestida con cal y canto. El mismo Kohlhaas, con su hijo menor en brazos, estuvo todo el tiempo junto a la fosa supervisando el trabajo. Cuando llegó el día del entierro, el cuerpo, blanco como la nieve, fue colocado en una sala que se había revestido con paño negro. El clérigo acababa de pronunciar una conmovedora homilía junto al catafalco, cuando llegó la resolución del soberano en respuesta a la petición que la difunta le había hecho; en ella se ordenaba al tratante recoger los caballos del castillo de Tronka y abandonar definitivamente esta causa bajo pena de prisión. Kohlhaas guardó la carta y ordenó subir el ataúd al carro. En cuanto hubo dado sepultura a su mujer, clavado la cruz encima del túmulo y despedido a la comitiva fúnebre, volvió a casa, se arrojó a los pies de su cama vacía y juró vengar la muerte de Lisbeth. Se sentó y redactó una resolución judicial en la que, en virtud del poder que le había sido otorgado por nacimiento, condenaba al hidalgo Wenzel von Tronka a devolverle, en el plazo de tres días, los caballos negros que éste le había arrebatado para ponerlos a trabajar hasta la extenuación en sus campos; los conduciría hasta Kohlhaasenbrück y allí, en los establos del tratante, se encargaría personalmente de alimentarlos hasta que hubieran recuperado su porte original. Se aseguró de que un emisario a caballo le entregase esta resolución, dándole instrucciones para que, tan pronto como hubiera cumplido su cometido, regresara volando a Kohlhaasenbrück y se presentara ante él. El plazo de tres días transcurrió sin que nadie le hubiera entregado los caballos. Entonces llamó a Herse y le dio a conocer la resolución que había dictado contra el junker condenándole a alimentar a los caballos hasta que estuvieran totalmente recuperados y le hizo dos preguntas: si estaba dispuesto a cabalgar con él hasta el castillo de Tronka para traer al hidalgo y si cuando estuvieran de vuelta en Kohlhaasenbrück se encargaría de manejar la fusta contra el hidalgo si éste no se mostraba diligente en el cumplimiento de su tarea en los establos. En cuanto Herse oyó aquello, gritó lleno de júbilo:
—¡Señor, ahora mismo!
Y, lanzando la gorra a lo alto, aseguró que iba a trenzar un vergajo con diez nudos con el que enseñaría a Von Tronka a cepillar los caballos. Kohlhaas vendió la casa, subió a los niños a un coche y los sacó de aquella tierra; en cuanto cayó la noche convocó al resto de los mozos, siete en total, todos ellos unidos a él por una fidelidad inquebrantable, los armó y les proporcionó caballos, y partió hacia el castillo de Tronka.
Con este pequeño grupo, al caer la tercera noche atacó el castillo tras derribar al guarda de la barrera y al de la aduana, que estaban conversando en la puerta, y mientras las chispas se elevaban de todos y cada uno de los barracones que había en el recinto del palacio, a los que prendieron fuego, y Herse se apresuraba a subir la escalera de caracol que conducía a lo alto de la torre del alcaide para abalanzarse sobre éste y el mayordomo, a los que encontró jugando y a medio vestir, y despachó con mandobles y estocadas, Kohlhaas entró precipitadamente en el palacio para buscar al hidalgo Wenzel von Tronka. El ángel exterminador había bajado del cielo, y el hidalgo, que en ese momento leía entre carcajadas al grupo de amigos que estaba con él la resolución judicial en la que el tratante de caballos le conminaba a devolverle sus animales, en cuanto oyó su voz en el patio del castillo se puso a gritar a los jóvenes señores que de repente palidecieron como muertos: «¡Hermanos, salvaos!», antes de poner pies en polvorosa. Al entrar en la sala Kohlhaas agarró del pecho a un tal Hans von Tronka, que le había salido al encuentro, y le estampó contra un rincón, salpicando las piedras de la pared con sus sesos; luego, mientras sus criados reducían a los demás caballeros, que habían echado mano de las armas, y los ponían en fuga, preguntó dónde estaba el hidalgo Wenzel von Tronka. Al ver que aquellos aturdidos hombres no sabían darle razón del junker, hizo saltar de una patada las puertas de los dos aposentos que conducían a las alas laterales del palacio y cuando, después de recorrer el amplio edificio en todas las direcciones, volvió sobre sus pasos de vacío, bajó al patio del palacio maldiciendo sin parar y ordenó que tomaran las salidas. Entretanto, mientras los barracones ardían, con el palacio envuelto en llamas y una enorme humareda elevándose hacia el cielo desde cada una de las alas laterales, Sternbald, acompañado de otros tres criados, reunió un buen botín, arramblando con todo, por bien protegido que estuviera con clavos y remaches, y lo amontonó entre los caballos; a continuación, para alegría de Herse, por la ventana abierta de la torre salieron volando los cadáveres del alcaide y del mayordomo, junto con sus mujeres e hijos. Kohlhaas, a cuyos pies se había arrojado la anciana ama de llaves al verle bajar por la escalera del palacio, se enfrentó a aquella mujer, atormentada por la gota, que se había encargado de llevar la casa del junker hasta entonces, y, en pie sobre el escalón, le preguntó dónde estaba el hidalgo Wenzel von Tronka; con voz débil y temblorosa la anciana respondió que a buen seguro habría ido a buscar refugio en la capilla; entonces Kohlhaas llamó a dos mozos provistos de antorchas y, a falta de llaves, les ordenó que le franquearan la entrada con palancas y hachas; puso patas arriba altares y bancos, y finalmente, por mucho que le doliese, tuvo que desistir, y salió sin haber encontrado al hidalgo. Dio la casualidad de que, en el instante en que Kohlhaas regresaba de la capilla, uno de los mozos que formaba parte de aquella chusma se acercó apresuradamente para sacar los caballos de batalla del junker alojados en un amplio establo de piedra al que amenazaban las llamas. Kohlhaas, que justo en este momento vio a sus dos caballos negros en un pequeño cobertizo cubierto con paja, preguntó al mozo por qué no salvaba primero a aquellos animales; cuando éste, metiendo la llave en la cerradura de la puerta del establo, respondió que el cobertizo ya estaba en llamas, Kohlhaas lanzó la llave por encima del muro después de arrancarla violentamente de la cerradura, forzó al mozo a entrar, y sin parar de darle golpes con la hoja plana de la espada, como si le cayera una lluvia de pedrisco, le obligó a salvar a los caballos negros entre las tremendas carcajadas de todos los que le rodeaban. Como cuando el mozo, pálido de temor, sacó los caballos del cobertizo, que acto seguido se derrumbó detrás de él, Kohlhaas se había marchado, el joven se dirigió a los que estaban en la plaza del castillo y al propio tratante de caballos, que le volvió la espalda varias veces, para preguntar qué debía de hacer con los animales; de repente Kohlhaas levantó el pie y le lanzó una terrible patada que, de haber alcanzado al mozo, habría significado su muerte; luego, sin responderle, se subió a su bayo, se colocó a la puerta del castillo, y mientras los mozos seguían con lo suyo, aguardó en silencio el amanecer.
Cuando rompió la mañana, el palacio entero, hasta los muros, estaba calcinado, y nadie salvo Kohlhaas y sus siete mozos permanecía en él. Se bajó del caballo y volvió a examinar la plaza ahora que el sol iluminaba todos sus rincones. Por duro que le resultara, hubo de reconocer que la operación del castillo había resultado fallida y, embargado por la pena y el dolor, envió a Herse con algunos mozos a informarse sobre la dirección que el hidalgo había tomado en su huida. Su principal preocupación era un rico convento de religiosas llamado Erlabrunn, situado a orillas del Mulde, cuya abadesa, Antonia von Tronka, era conocida en toda la comarca, donde tenía fama de ser una mujer piadosa, buena y santa; el desventurado Kohlhaas creía más que probable que el hidalgo, desposeído de todo y acuciado por la necesidad, hubiera buscado refugio en este convento, pues la abadesa era su tía carnal y se había encargado de su primera educación cuando era niño. Informado sobre estas circunstancias, Kohlhaas subió a la torre del alcaide, en cuyo interior quedaba aún una estancia habitable, y en ella redactó el «Mandato de Kohlhaas», como fue conocido más tarde, un documento en el que requería a las gentes de aquella tierra para que se negasen a prestar apoyo u ofrecer asilo al hidalgo Wenzel von Tronka, con el que estaba librando una guerra por una causa noble y justa; antes bien, pedía a cada uno de los habitantes, incluyendo a sus parientes y amigos, que se lo entregasen si no querían sufrir daño en sus cuerpos o incluso perder la vida, y que todo aquello que llamaban suyo quedase reducido a cenizas sin remedio. Esta proclama fue difundida por toda la comarca de la mano de viajeros y forasteros; además, uno de los mozos, Waldmann, recibió una copia de la misma con el encargo específico de que fuese a Erlabrunn y la entregara personalmente a la señora Antonia von Tronka. A continuación habló con algunos mozos que habían servido en el castillo de Tronka y que, insatisfechos con el hidalgo y estimulados por la perspectiva de obtener un jugoso botín, deseaban entrar a su servicio; los armó como peones con ballestas y espadas cortas para formar una infantería, y les enseñó a montar detrás de los mozos que iban a caballo; por último, después de convertir en dinero el botín que habían conseguido y repartir las ganancias con sus hombres, descansó algunas horas bajo la puerta del castillo, apartando de su mente todo lo que se refería a aquel penoso asunto.
Hacia mediodía llegó Herse y le confirmó lo que su corazón, atenazado siempre por los más oscuros augurios, ya había presentido: que el junker se encontraba en el convento de Erlabrunn con su anciana tía, la señora Antonia von Tronka. Al parecer se había salvado huyendo a través de una puerta que daba al muro posterior del castillo; desde allí, había descendido por una estrecha escalera de piedra, cubierta por un pequeño tejado, hasta el Elba, donde había tomado una de las barcas que flotaban sobre las aguas. Al menos, dijo Herse, eso decían los aldeanos de un pueblecito de la ribera que se había reunido a contemplar el incendio que devoraba el castillo de Tronka y se habían extrañado al verlo aparecer por el río a media noche en un bote sin remos ni timón. Desde allí el hidalgo había continuado su viaje en el carro de uno de los aldeanos hasta llegar a Erlabrunn. Al oír esta noticia Kohlhaas dejó escapar un profundo suspiro; preguntó si los caballos habían comido y, como le respondieron que sí, ordenó a su pequeña milicia que montara y al cabo de tres horas arribaron a Erlabrunn. En el horizonte se iba perfilando un temporal cuyo fragor se oía a lo lejos; las antorchas que había mandado prender iluminaban la parte delantera del convento; en cuanto entró con sus huestes en el patio, Waldmann, el mozo que había enviado por delante, le salió al encuentro para comunicarle que su mandato había sido entregado conforme a lo previsto. En ese momento la abadesa apareció en el portal del convento discutiendo acaloradamente con el mayordomo que tenía a su cargo velar por el bienestar de la congregación: mientras éste, un anciano de escasa estatura y con el cabello blanco como la nieve, clavaba su furiosa mirada en Kohlhaas, pedía que le ayudasen a ponerse la coraza y llamaba con voz áspera y decidida a los hombres que le rodeaban para que tocasen a rebato, ella, la superiora del convento, pálida como la cera, con un crucifijo de plata en la mano, bajó la rampa que conducía al patio acompañada por el resto de las hermanas y se arrojó a los pies del caballo de Kohlhaas. Mientras Herse y Sternbald reducían al mayordomo, que ni siquiera empuñaba una espada, y le llevaban preso entre los caballos, Kohlhaas preguntó a la abadesa dónde estaba el hidalgo Wenzel von Tronka; ella, tomando un enorme manojo de llaves que colgaba de su cinturón, le respondió con voz temblorosa:
—¡En Wittenberg, noble Kohlhaas! ¡Teme la cólera de Dios y no cometas ningún desmán!
Entonces Kohlhaas, a quien le llevaban los diablos por no poder satisfacer sus deseos de venganza, volvió el caballo, y estaba a punto de ordenar que prendieran fuego al edificio cuando un rayo cayó a tierra con fuerza justo a su lado. Sin desmontar, se acercó a la anciana y le preguntó si había recibido su mandato, a lo que la dama respondió con un hilo de voz apenas audible:
—¡Ahora mismo!
—¿Cuándo exactamente?
—Hará dos horas. ¡Que Dios me ayude! Estoy diciendo la verdad. Para entonces, mi sobrino ya se había marchado.
Kohlhaas lanzó una terrible mirada a Waldmann, que confirmó estas palabras tartamudeando: las aguas del río Mulde, que bajaba muy crecido por la lluvia, le habían retrasado. Entonces Kohlhaas se reportó; un fragoroso aguacero descargó de repente sobre el empedrado de la plaza apagando las antorchas; el dolor volvió a desatarse en el pecho del desdichado, que giró su caballo, levantó un momento su sombrero para saludar a la dama, picó espuelas y abandonó el convento gritando:
—¡Seguidme, hermanos míos, el junker se encuentra en Wittenberg!
Al caer la noche, llegó a una posada que había en el camino real, donde, al advertir el enorme cansancio que acumulaban los caballos, decidió quedarse a descansar un día, y comprendiendo que con un grupo de diez hombres, pues ése era el número de los que se le habían unido hasta entonces, no podría atacar una plaza como Wittenberg, redactó un segundo mandato; en él, después de exponer brevemente lo que estaba ocurriendo en aquella tierra, invitaba «a todo buen cristiano», así lo expresaba él, «a unirse a esta causa, con la garantía de recibir las primas correspondientes y participar de las ganancias obtenidas en la guerra contra el hidalgo Wenzel von Tronka, enemigo común de toda la cristiandad». En otro mandato que apareció poco después se definía a sí mismo como un «hombre libre, que no se sometía ni al Imperio ni a ningún otro poder del mundo, y sólo reconocía la autoridad de Dios»; una extravagancia, un desvarío que rozaba lo patológico, pero que, en cualquier caso, al ofrecer dinero contante y sonante, por no hablar del posible botín, le procuró un buen número de mercenarios, a los que la paz con Polonia había dejado sin pan; de esta forma, cuando se decidió a avanzar por la orilla derecha del Elba con la intención de reducir a cenizas la ciudad de Wittenberg, contaba con más de treinta hombres. Acampó con sus caballos y sus huestes en el solitario y tenebroso bosque que rodeaba entonces aquella plaza, buscando cobijo en un antiguo y medio derruido granero de ladrillo. En cuanto Sternbald, al que había enviado disfrazado a Wittenberg con el encargo de difundir el mandato, le informó de que todos sus habitantes lo conocían, marchó sobre la ciudad y, la víspera de la solemne fiesta de Pentecostés, aprovechando que todos dormían, prendió fuego a la plaza por varios sitios al mismo tiempo. Mientras sus hombres saqueaban los alrededores de la ciudad, colgó una nota en el pilar de la puerta de una iglesia para que se supiera que había sido él, Kohlhaas, quien había prendido fuego al lugar y que estaba dispuesto a reducirlo a cenizas si no le entregaban al junker, a quien, por lo que sabía, no les resultaría muy difícil encontrar, pues no creía que se pasara el tiempo escondido entre cuatro paredes. El terror de la población ante este crimen inaudito fue indescriptible; es cierto que el incendio se produjo en una noche de verano bastante tranquila y que gracias a ello las llamas no afectaron más que a diecinueve edificios, entre ellos una iglesia, sin embargo, no resultó nada fácil controlarlo y extinguirlo, por eso, al romper el día, el anciano gobernador, Otto von Gorgas, envió un destacamento de cincuenta hombres para capturar al violento criminal. Por desgracia, el capitán que mandaba las tropas, un tal Gerstenberg, lo hizo tan mal que, en lugar de acabar con Kohlhaas, contribuyó a que éste adquiriese una fama de estratega sumamente peligroso, pues, al dividir sus fuerzas en varias secciones con la intención de rodearle y aplastarle, al menos eso pensaba él, fue atacado y batido por Kohlhaas, que había mantenido unido a su grupo en distintos puntos. A la tarde siguiente, ya no quedaba ni uno solo de aquellos hombres en que la población había depositado sus esperanzas, y nadie le hacía frente a Kohlhaas en el campo de batalla. El tratante, que había perdido a varios de los suyos en estos combates, volvió a prender fuego a la ciudad a la mañana siguiente y su criminal acción tuvo tanto éxito que, una vez más, un montón de casas y casi todos los establos que había en los alrededores de la población quedaron reducidos a cenizas. Al mismo tiempo, volvió a colgar el consabido mandato, esta vez en las esquinas del ayuntamiento, y añadió una nota sobre el destino que había corrido el capitán enviado por el gobernador: Von Gerstenberg había caído, derrotado ante sus fuerzas. Profundamente indignado por esta porfía, el gobernador reunió a varios caballeros y se puso a la cabeza de un grupo de ciento cincuenta hombres. En respuesta a una petición que el hidalgo Wenzel von Tronka había presentado por escrito, le proporcionó una guardia que le protegiera de la indignación del pueblo, pues la gente no quería otra cosa que verle lejos de la ciudad; y después de apostar guardias en todos los pueblos de la comarca y ocupar las murallas que rodeaban la población para protegerlas de un posible asalto, el día de San Gervasio salió a capturar al dragón que devastaba aquellos contornos. El tratante de caballos fue lo bastante listo como para evitar un enfrentamiento directo con él; sin embargo, consiguió atraerle a su terreno con habilidad, y después de apartarle unas cinco millas de la ciudad y de hacerle creer que, presionado por la superioridad de sus fuerzas, se batía en retirada hacia Brandenburgo, al caer la tercera noche dio media vuelta y regresó a Wittenberg a marchas forzadas, y por tercera vez le prendió fuego. Herse, que se coló en la ciudad con un disfraz, fue el encargado de ejecutar este espantoso crimen, que resultó ser un golpe maestro pues el viento del norte, que soplaba con fuerza, volvió el fuego tan voraz y devastador que, en menos de tres horas, cuarenta y dos casas, dos iglesias, varios conventos y escuelas, y hasta la mismísima secretaría del príncipe elector quedaron reducidos a cenizas y cascotes. El gobernador, que creía a su adversario en Brandenburgo, regresó a la ciudad a toda prisa en cuanto le informaron de lo sucedido. A su llegada se encontró con que había estallado una revuelta: el pueblo había levantado barricadas con vigas y postes ante la casa del hidalgo, y exigía, con gritos airados, su inmediata expulsión. Jenkens y Otto, dos burgomaestres vestidos con las ropas propias de su cargo, se habían puesto al frente del concejo municipal y trataban de explicar en vano que sólo tenían que aguardar el regreso del emisario urgente que se había enviado con el propósito de solicitar al presidente de la cancillería de Estado permiso para trasladar al junker a Dresden, adonde él mismo había pedido ir por diversos motivos; aquella turba irracional, armada con lanzas y picas, no atendía a razones, y estaba a punto de asaltar la casa en que se refugiaba el junker y arrasarla, pasando por encima de algunos concejales que exigían medidas contundentes, cuando el gobernador, Otto von Gorgas, entró en la ciudad a la cabeza de un grupo de caballeros. Este noble señor, que estaba acostumbrado a infundir respeto y mover a obediencia al pueblo con su sola presencia, consiguió prender junto a las puertas de la ciudad a tres de los incendiarios, que habían quedado separados de la banda, y para compensar de algún modo el fracaso de la empresa que había capitaneado los mostró a la población cargados de cadenas; asimismo pronunció un agudo discurso en el que garantizaba al concejo municipal que, estando como estaba sobre la pista de Kohlhaas, no tardaría en ponerle los grilletes también a él; y así, sumando todos estos factores que parecían inspirar tranquilidad, encontró la fórmula para conjurar el miedo que sentían todos los presentes y aplacar en cierta medida su cólera por la presencia del hidalgo, al menos hasta que regresara el emisario urgente enviado a Dresden. Desmontó junto con los otros caballeros y, después de retirar las barreras y las empalizadas, entró en la casa, donde encontró al junker, que salía de un desmayo y caía en otro, en manos de dos médicos que trataban de reanimarlo con esencias y estimulantes; el señor Otto von Gorgas era plenamente consciente de que no era el momento de hablar sobre la revuelta que se había producido por culpa de aquel hombre, por eso le lanzó una mirada de mudo desprecio y le pidió que se vistiera y, por su propia seguridad, le siguiera a la prisión de nobles. Le pusieron un jubón, le colocaron un yelmo y se dispusieron a sacarle de la casa, con el pecho medio descubierto pues le faltaba el aire, del brazo del gobernador y de su suegro, el conde Von Gerschau, pero cuando apareció en la calle, las blasfemias, las maldiciones y los improperios alcanzaron un furor que llegaba hasta el cielo. El pueblo, al que la guardia lograba contener a duras penas, le llamaba sanguijuela, gritaba que era la plaga de aquella tierra, el tormento de sus gentes, la ruina de la ciudad de Wittenberg y la perdición de Sajonia, y después de un penoso recorrido a través de la ciudad, sorteando montañas de escombros, perdiendo una y otra vez el yelmo, que un caballero volvía a encasquetarle en la cabeza cada vez que se le resbalaba, alcanzaron por fin la prisión, donde desapareció en una torre, bajo la protección de una nutrida guardia. Mientras tanto, el regreso del emisario, que traía la resolución del príncipe elector, volvió a sumir a la ciudad en un mar de inquietud; el gobierno territorial, ante el que los ciudadanos de Dresden habían presentado de inmediato una súplica urgente, no quería saber nada del hidalgo ni aceptaba su traslado a la capital hasta que el incendiario no hubiera sido capturado; por otra parte, exigía al gobernador que, allí donde estuviera, porque en alguna parte habría de estar, protegiese al junker con las fuerzas de las que dispusiese; por último, para tranquilizar a la buena ciudad de Wittenberg, anunciaba que ya habían enviado una compañía de quinientos hombres, bajo el mando del príncipe Friedrich von Meissen, que les protegerían de nuevos asedios por parte de aquel malvado. El gobernador, que sin duda intuyó que una resolución de esta naturaleza no iba a tranquilizar al pueblo en modo alguno, no sólo porque los pequeños enfrentamientos que el tratante de caballos había tenido en diversos puntos de las afueras de la ciudad se hubieran resuelto a su favor y por ello cundieran odiosos rumores sobre las fuerzas con las que contaba ahora, sino porque la guerra que libraba al abrigo de la oscuridad de la noche, con pez, paja y azufre, y mercenarios disfrazados, era algo verdaderamente inaudito, que no admitía comparación con nada de lo que se había conocido hasta entonces; en suma, a pesar de las fuerzas con las que se aproximaba el príncipe Von Meissen, y aun contando con más efectivos, era absolutamente imposible garantizar la protección de la ciudad, por lo que, después de reflexionar unos momentos, el gobernador decidió guardar silencio sobre la resolución que acababa de recibir. Se limitó a colgar por las esquinas de la ciudad una carta en la que el príncipe Von Meissen le comunicaba su llegada; y, al romper el día, un coche cubierto salió del patio de la prisión de nobles, acompañado por cuatro caballeros fuertemente armados, para tomar el camino de Leipzig, con lo que, de una forma indirecta, daban a entender que se dirigían hacia el castillo de Pleissen; y en cuanto se hubo aplacado la ira del pueblo hacia el malhadado junker, cuya presencia suponía una amenaza, pues se arriesgaban a morir a sangre y fuego, Von Gorgas partió a la cabeza de trescientos hombres para unirse al príncipe Von Meissen. Entretanto, gracias a la singular posición de la que gozaba en ese momento, Kohlhaas había logrado reunir ciento nueve hombres, y como en Jassen había conseguido una provisión completa de armas con que dotar a su cohorte, tras ser informado de la tempestad que se le avecinaba por dos frentes distintos, tomó la determinación de salir a su encuentro con la rapidez del viento antes de que se concentrase y descargara sobre él. Al día siguiente golpeaba al príncipe Von Meissen en un ataque nocturno, cerca de Mühlberg; un combate que, muy a su pesar, se cobró la vida de Herse, que cayó muerto a su lado en cuanto comenzó el tiroteo. Dolido por esta pérdida, se arrojó a una lucha que duró tres horas, en la que el príncipe, incapaz de concentrar a sus hombres en un punto, quedó tan maltrecho que, al romper el día, viendo las graves heridas que había recibido y el completo desorden de sus tropas, comprendió la necesidad de batirse en retirada hacia Dresden. A Kohlhaas esta victoria le trastornó el juicio; con una descabellada osadía se volvió contra el gobernador y, antes de que a éste pudieran llegarle noticias de la derrota del príncipe, cayó sobre él junto a Damerow, a mediodía y en campo abierto, y a pesar de sufrir un número de bajas verdaderamente atroz, se batió con él hasta el anochecer, ganando cada vez más terreno. Sin duda a la mañana siguiente habría atacado con el resto de sus tropas al gobernador, que se había parapetado en el cementerio de Damerow, si éste no hubiera sido informado por sus espías de la derrota que el príncipe había sufrido en Mühlberg y no hubiese considerado que lo más aconsejable sería retirarse a Wittenberg y esperar una ocasión mejor. Cinco días después de aniquilar estas dos compañías, Kohlhaas llegó a las puertas de Leipzig y prendió fuego a la ciudad por tres sitios distintos. Difundió un nuevo mandato en el que se autoproclamaba «el vicario del arcángel San Miguel, enviado a castigar la maldad que anegaba el mundo en la persona de todos aquellos que, en esta querella, tomaran partido por el junker». Desde el castillo de Lützen, que había tomado al asalto y en el que se había instalado, convocaba al pueblo a unirse a él para crear un orden de cosas más justo y acababa diciendo: «Dado en la sede de nuestro gobierno interino universal, el archicastillo de Lützen». La buena fortuna y mejor disposición de los habitantes de Leipzig evitó que el fuego los rodeara, pues esa noche llovió sin interrupción y la población se esforzó en extinguir los incendios con rapidez; así, las llamas sólo consumieron algunos puestos del mercado que rodeaban el castillo de Pleissen. En cualquier caso, la desesperación de la ciudad ante la presencia del furibundo incendiario, a quien enloquecía la sola sospecha de que el junker se hubiera refugiado en Leipzig, fue indescriptible; sobre todo cuando una compañía de ciento ochenta guerreros a caballo que habían enviado contra él regresó completamente destrozada; entonces, el concejo municipal, que no quería exponer el patrimonio de la ciudad, no tuvo más remedio que cerrar sus puertas y apostar a los ciudadanos en las murallas noche y día. Asimismo ordenó fijar en los pueblos de la comarca declaraciones en las que negaba categóricamente que el hidalgo se hallaba en el castillo de Pleissen, pero fue en vano: el tratante de caballos difundió hojas semejantes en las que insistía en que el junker se ocultaba en dicho castillo y anunciaba que, aunque no fuera así, atacaría la fortaleza igualmente si no le indicaban el lugar donde se encontraba. Informado por un emisario urgente de las tribulaciones por las que atravesaba la ciudad de Leipzig, el príncipe elector declaró que había reunido un ejército de dos mil hombres y él mismo se pondría al frente para capturar a Kohlhaas. Por su parte, el señor Otto von Gorgas recibió un duro varapalo por la ambigua e irreflexiva estrategia que había seguido para librar la comarca de Wittenberg del incendiario. No hay palabras para describir la confusión que se apoderó de toda Sajonia, y en especial de su capital, cuando se difundió la noticia de que en los pueblos cercanos a Leipzig había aparecido un cartel dirigido a Kohlhaas que rezaba así: «El hidalgo Wenzel von Tronka se encuentra en Dresden en casa de sus primos Hinz y Kunz».
En estas circunstancias, el doctor Martín Lutero asumió la tarea de poner coto a los desmanes de Kohlhaas: apoyándose en el respeto que su persona inspiraba en la comunidad y contando con la virtud que pudiera ocultarse en el pecho del incendiario, intentó encontrar una solución constructiva al conflicto eligiendo con cuidado las palabras con que aplacarlo, al tiempo que amonestaba al tratante para que actuara con humanidad. Ordenó clavar en todas las ciudades y rincones del principado carteles dirigidos al tratante de caballos en los que decía lo siguiente:
Kohlhaas: tú que dices haber sido enviado para empuñar la espada de la justicia, ¿cómo te atreves a actuar con tamaña desmesura, enloquecido por la ciega pasión, colmado de iniquidad de pies a cabeza? Tu señor, el señor del que eres súbdito, no te hizo justicia, justicia que demandabas por una nimiedad, y por eso te has alzado contra la pacífica comunidad que él protege con el fuego y la espada, cayendo sobre ella sin piedad, como un lobo que sale del páramo. Embaucas a los hombres con pérfidos argumentos carentes de verdad, ¿acaso crees, pecador, que te valdrán de algo el día en que comparezcas ante Dios y todos los corazones se muestren sin doblez? ¿Cómo puedes decir que no se te ha hecho justicia, cuando en tu soberbio pecho, excitado por el ardor de la venganza, te has rendido al primer contratiempo, desistiendo de lograr que tu demanda sea atendida? ¿Crees que tu soberano se reduce a un banco lleno de alguaciles y esbirros que escamotean una carta que se les ha entregado o retienen un escrito que habían de llevar? ¿Debo hacerte ver, impío, que tu soberano no sabe nada de tu causa? ¿He dicho tu soberano? ¡El señor contra el que te alzas ni siquiera conoce tu nombre! De forma que si alguna vez compareces ante el trono de Dios con intención de acusarle, él podrá decir tranquilamente: «¡Señor, yo no hice ninguna injusticia a este hombre, pues ni siquiera sabía que existía!». Debes saber que la espada que empuñas es la espada del bandidaje y del asesinato: un rebelde, eso es lo que eres; no un guerrero de nuestro justo Dios; y tu destino en la tierra será la rueda y el cadalso, y más allá, la condenación eterna que pende sobre los impíos y los malhechores.
En Wittenberg, etc.
MARTÍN LUTERO
En el castillo de Lützen, el corazón desgarrado de Kohlhaas daba vueltas a un nuevo plan para reducir Leipzig a cenizas, ya que no se fiaba de la nota aparecida en los pueblos de la comarca donde se aseguraba que el hidalgo Wenzel von Tronka había buscado refugio en Dresden, pues carecía de firma, por no hablar de la rúbrica del concejo municipal que él había exigido. Fue entonces cuando Sternbald y Waldmann vieron el cartel que alguien había clavado por la noche en el camino que conducía a la puerta del palacio. Ambos quedaron desolados. Dejaron pasar varios días, pues no querían importunar a Kohlhaas, y confiaban en que, de una u otra forma, acabaría viéndolo con sus propios ojos; pero su señor se mostraba taciturno y ensimismado, y cuando al caer la tarde hacía acto de presencia, se limitaba a impartir algunas breves órdenes y no se fijaba en nada más; de modo que una mañana, cuando se disponía a ahorcar a un par de mozos que habían saqueado la comarca desobedeciendo sus órdenes, acordaron llamarle la atención sobre el cartel. Regresaba del lugar donde se había levantado el cadalso; el pueblo se apartaba humildemente para dejarlo pasar mientras él mostraba toda la pompa de que acostumbraba a rodearse desde su último mandato; portaba un gran espada de querubín sobre un cojín de cuero rojo adornado con borlas de oro y le seguían doce mozos con antorchas encendidas; de pronto dos hombres se colocaron a ambos lados del pilar en el que estaba fijado el cartel, con las espadas en ristre para llamar su atención. Kohlhaas, que iba caminando con las manos cruzadas a la espalda sumido en profundas cavilaciones, llegó al portal, levantó los ojos y se quedó perplejo; al ver la expresión de su mirada, los mozos retrocedieron respetuosamente y él se acercó con paso rápido al pilar, siguiéndolos distraídamente con la vista. ¡Quién podría describir lo que ocurrió en su alma cuando vio aquella hoja que le colocaba a la altura de los inicuos, suscrita por el hombre más estimado y digno de respeto que conocía: Martín Lutero! Un oscuro rubor cubrió su rostro; se quitó el yelmo y leyó la hoja dos veces de principio a fin; se dio la vuelta y, con la mirada perdida, hizo ademán de dirigirse a los mozos, como si quisiera hablarles, pero no dijo nada; arrancó la hoja de la pared, la leyó de nuevo y exclamó: «¡Waldmann! ¡Que ensillen mi caballo! ¡Sternbald! ¡Sígueme al palacio!». Sin más, desapareció. Aquellas pocas palabras habían bastado para desarmarle y sacarle de la absoluta depravación en la que se hallaba. Se disfrazó de arrendatario de fincas de Turingia, dijo a Sternbald que un asunto de enorme importancia le obligaba a partir hacia Wittenberg, y, tras entregarle el mando de la tropa que quedaba en Lützen en presencia de algunos de sus seguidores más fieles, se marchó asegurando que estaría de vuelta al cabo de tres días, plazo de tiempo en que no había que temer ningún ataque.
Se alojó con un nombre falso en una posada y, en cuanto oscureció, se envolvió en su capa y, provisto con un par de pistolas que había tomado como botín en el castillo de Tronka, se coló en la habitación de Lutero. Éste, que se hallaba sentado a su pupitre, rodeado de papeles y libros, vio que un extraño abría la puerta y echaba el cerrojo detrás de sí, le preguntó quién era y qué quería, y el hombre, que sostenía respetuosamente su sombrero en la mano, presintiendo el espanto que causaría, respondió con toda humildad que era Michael Kohlhaas, el tratante de caballos. Casi sin dejarle acabar, Lutero exclamó:
—¡Fuera, apártate de mí! ¡Tu aliento es peste y tu proximidad condenación! —Y levantándose del pupitre, se apresuró a tocar el timbre.
—¡Muy noble señor, si tocáis el timbre, usaré esta pistola y me veréis caer sin vida a vuestros pies! —dijo Kohlhaas sin moverse de su sitio y mostrándole el arma—. Sentaos y escuchadme. Entre los ángeles, cuyos himnos escribís, no estáis más seguro que conmigo.
—¿Qué quieres? —le preguntó Lutero sentándose.
—¡Refutar la opinión que tenéis sobre mí: eso de que soy un hombre injusto! —replicó Kohlhaas—. Según decís en vuestro cartel, mi soberano no sabe nada de mi causa. Muy bien, procuradme un salvoconducto para que pueda ir a Dresden a exponerle mi demanda.
—¡Hombre impío y abominable! —exclamó Lutero confuso y, al mismo tiempo, conmovido por estas palabras—. ¿Quién te dio derecho a perseguir al hidalgo Wenzel von Tronka a fin de ejecutar una resolución jurídica que tú mismo habías dictado y, al no dar con él en su castillo, arrasar a sangre y fuego la comarca donde ha encontrado refugio?
—¡Desde luego que nadie, noble señor! —respondió Kohlhaas—. Me dejé engañar por una noticia que llegó de Dresden. ¡La guerra que mantengo con los hombres, mis hermanos, es un acto aborrecible, pues ellos, según vos me aseguráis, no me han expulsado de su comunidad ni del estado!
—¡Expulsado! —exclamó Lutero mientras le contemplaba—. ¿Qué locura se ha apoderado de ti para que pienses eso? ¿Quién te iba a expulsar de la comunidad o del estado en el que vives? Dime, desde que existen estados, ¿conoces el caso de alguien, quienquiera que sea, que haya sido expulsado de alguno de ellos?
—A mi entender, un expulsado es aquel al que se le niega la protección de las leyes —respondió Kohlhaas apretando los puños—; una protección que juzgo indispensable para poder prosperar ejerciendo mi oficio pacíficamente; ella es la causa por la que he buscado refugio con todo lo que me pertenece en esta comunidad; si se me niega esto, me expulsan al desierto, con los salvajes; me ponen en la mano, ¡cómo podéis negar esto!, el hacha para que me proteja a mí mismo.
—¿Quién te ha negado la protección de las leyes? —preguntó Lutero—. ¿No te he dicho en mi escrito que, pese a haber presentado una denuncia, el señor al que iba dirigida no tiene conocimiento de ella? Si los servidores del Estado sustraen las demandas a sus espaldas, burlándose de su sagrada autoridad sin que él lo sepa, ¿quién sino Dios puede pedirle cuentas por haber elegido a tales servidores? ¿Acaso tú, monstruo maldito de Dios, te crees facultado para juzgarle por esto?
—Muy bien —repuso Kohlhaas—, si el soberano no me ha expulsado, retornaré a la comunidad que me brinda su amparo. Procuradme, repito, un salvoconducto para que pueda ir a Dresden, ordenaré a las tropas que he reunido el castillo de Lützen que se disuelvan y luego volveré a presentar ante el tribunal la denuncia que fue desestimada.
Visiblemente contrariado, Lutero fue apilando unos sobre otros los papeles que tenía en su mesa y guardó silencio. La obstinación de aquel extraño hombre que se empeñaba en defender su derecho frente al Estado le confundía. Volviendo a la resolución judicial que el tratante había dictado contra el hidalgo desde Kohlhaasenbrück, le preguntó qué demandaba exactamente al tribunal de Dresden. Kohlhaas respondió:
—Un castigo para el hidalgo de acuerdo con la ley; la restitución de los caballos en su estado anterior y una reparación por los daños que tanto yo como mi criado Herse, caído en Mühlberg, hemos sufrido por la violencia que se ha ejercido contra nosotros.
—¡Reparación de los daños! —exclamó Lutero—. Para llevar a cabo tu salvaje venganza te has endeudado con judíos y cristianos firmando miles de pagarés y letras de cambio. ¿Es que también piensas cargarlos en la cuenta de tu demanda?
—¡Dios me libre! —replicó Kohlhaas—. ¡No reclamo que me devuelvan la casa y la hacienda que poseía ni el bienestar del que disfrutaba, tampoco los costes del entierro de mi mujer! La anciana madre de Herse hará un cálculo de lo que gastó para curarle y confeccionará una lista pormenorizada de lo que su hijo perdió en el castillo de Tronka; los daños que yo he sufrido al no poder vender los caballos negros, puede evaluarlos el propio gobierno por medio de peritos.
—¡Hombre desbocado, incomprensible y espantoso! —exclamó Lutero contemplándole—. Después de que tu espada se haya vengado del junker de la forma más terrible que quepa imaginar, ¿qué te impulsa a pedir con tanta insistencia que un tribunal de justicia le condene, cuando la pena, si es que le imponen alguna, será mucho menos rigurosa que lo que ha sufrido?
—¡Muy noble señor! —replicó Kohlhaas, mientras una lágrima rodaba por sus mejillas—. Esta empresa me ha costado a mi mujer. Kohlhaas quiere demostrar al mundo que ella no murió por una empresa injusta. Atended mi voluntad en este punto y dejad que la corte de justicia se pronuncie; en todo lo demás, por duro que pueda resultar, acataré la vuestra.
—Mira —dijo Lutero—, a tenor de las circunstancias, que no tienen nada que ver con lo que he oído decir, lo que pides es justo y si hubieras sabido plantear tu demanda y aguardar la decisión del soberano antes de emprender el camino de la venganza, no dudo de que éste habría accedido a tu petición, punto por punto. Ahora bien, si sopesamos detenidamente todo este asunto, ¿no habrías actuado mejor si, por amor a tu Redentor, hubieras perdonado al hidalgo, hubieras recogido los dos caballos negros que te entregaba, secos y consumidos como estaban, hubieras montado y te los hubieras llevado a Kohlhaasenbrück para alimentarlos en tu establo hasta que estuviesen bien cebados?
—¡Puede ser! —dijo Kohlhaas, mientras se acercaba ala ventana—. ¡Puede que sí y puede que no! Si yo hubiera sabido que habría de recuperarlos a cambio de la sangre de mi esposa, a la que amaba con todo mi corazón, es posible que hubiera actuado como decís, noble señor, y no habría reparado en un celemín de avena, pero, después de pagar un precio tan alto, me parece que este asunto ha de seguir su curso: dejad que se pronuncie la sentencia que me corresponda y que el hidalgo me alimente a los caballos negros.
Mientras recogía sus papeles, y daba vueltas a la cabeza, Lutero dio a entender que le gustaría negociar ese asunto con el príncipe elector. Entretanto le pedía que aguardara tranquilo en el castillo de Lützen; si el señor le concedía ese salvoconducto, se lo haría saber por medio de carteles oficiales.
—La verdad —siguió diciendo, cuando Kohlhaas se inclinó para besar su mano—, no sé si el príncipe elector se mostrará clemente; pues, según he oído, acaba de reunir un ejército y está a punto de marchar hacia el castillo de Lützen contra ti; pero antes de que eso suceda, como ya te he dicho, no ahorraré esfuerzos para conseguirte un salvoconducto.
Y, con estas palabras, se levantó e hizo ademán de despedirle. Kohlhaas declaró que su intercesión en este asunto le tranquilizaba sobremanera; en respuesta Lutero le tendió la mano, pero de pronto el tratante dobló una rodilla y dijo que en su corazón aún traía una súplica más. En Pentecostés, cuando solía acercarse a la mesa del Señor, había faltado a la iglesia, empeñado en su lucha como estaba; por eso rogaba que le concediera la gracia de escucharle en confesión, allí mismo, sin más preparativos, para poder participar con toda piedad del Santo Sacramento. Tras reflexionar brevemente, Lutero respondió clavando los ojos en él:
—¡Sí, Kohlhaas, te lo concederé! Pero el Señor, cuyo cuerpo deseas, perdonó a sus enemigos. ¿Estás dispuesto —añadió al ver que el tratante le miraba perplejo— a perdonar tú también al hidalgo que te ha ofendido, ir al castillo de Tronka, recoger tus caballos negros y llevarlos a Kohlhaasenbrück para alimentarlos hasta que estén cebados?
—Muy noble señor —dijo Kohlhaas enrojeciendo mientras tomaba su mano—, ¿me lo pedís ahora? El Señor tampoco perdonó a todos sus enemigos. Pedidme que perdone al príncipe elector, a mis dos señores, el alcaide y el mayordomo, a los señores Hinz y Kunz, y a cualquier otro que me haya agraviado en esta causa, pero al hidalgo, si eso es posible, exigidle que me alimente a los caballos negros hasta que vuelvan a estar gordos como antes.
Al oír estas palabras, Lutero le dio la espalda y, con una mirada de desagrado, hizo sonar el timbre. Mientras un resplandor anunciaba que un fámulo se acercaba a la sala trayendo una luz, Kohlhaas se enjugó las lágrimas y se levantó del suelo perplejo; el servidor intentó abrir la puerta en vano, pues el cerrojo estaba corrido, y como Lutero había vuelto a sentarse y estaba enfrascado en sus papeles, fue Kohlhaas el que le abrió la puerta. Tras lanzar una breve mirada de reojo al extraño que estaba con él en el aposento, Lutero dijo al fámulo:
—¡Luz!
Éste, un poco extrañado por la visita del desconocido, tomó la llave de la casa, que estaba colgada en la pared, y, esperando que le siguiera, se volvió a la puerta entornada de la habitación. Kohlhaas cogió su sombrero con ambas manos y preguntó, conmovido:
—Entonces, muy noble señor, ¿no puedo participar de la gracia de la reconciliación que he solicitado de vos?
—Reconciliarte con tu Redentor, no; con tu soberano, tal vez. Como te he prometido, lo intentaré.
Ésta fue la breve respuesta de Lutero. Luego hizo una seña al fámulo para que, sin más dilación, fuese en busca de lo que le había encargado. Con una expresión que delataba el profundo dolor que sentía, Kohlhaas se puso las manos sobre el pecho y desapareció detrás del hombre que le iluminaba para que bajase la escalera.
A la mañana siguiente, Lutero remitió una misiva para el príncipe elector de Sajonia en la que, después de criticar con dureza a los señores que rodeaban al soberano —Hinz y Kunz von Tronka, su chambelán y su copero—, quienes, como era de todos conocido, le habían hurtado la denuncia de Kohlhaas, exponía abiertamente, con la liberalidad que le era propia, que, en tan enojosas circunstancias, no quedaba más remedio que aceptar la proposición del tratante de caballos, concediéndole la amnistía y olvidando lo pasado, para que pudiera volver a presentar y defender su demanda judicial. La opinión pública, comentaba, estaba del lado de ese hombre, lo cual era sumamente peligroso; incluso en Wittenberg, la ciudad que había reducido a cenizas hasta en tres ocasiones, había voces que hablaban a su favor; también había que tener en cuenta que, en caso de denegarle el salvoconducto que solicitaba, lo pondría sin duda en conocimiento del pueblo, cargando las tintas para que pareciera el acto más ignominioso del mundo, y no parecía descabellado pensar que acabaría embaucando a la gente y llevando al Estado a una situación en que no le quedaría ninguna capacidad de maniobra, pues cualquier acción violenta contra él sería reprobada. Concluía diciendo que, en este caso tan singular, había que dejar a un lado las consideraciones al uso y avenirse a negociar con este ciudadano que se había alzado en armas, teniendo en cuenta que su acción debía de valorarse en el contexto del proceso emprendido contra él y que, en cierto modo, le había llevado a desvincularse del Estado; en pocas palabras, para acabar con aquel asunto de una vez por todas, habría que considerarle como una potencia extranjera que había atacado el país, lo que no dejaba de tener sentido, desde cierto punto de vista, ya que, en efecto, era extranjero, y no como un rebelde que se levantaba contra el trono. El príncipe elector recibió esta carta justo cuando estaban presentes en su castillo el príncipe Christiern von Meissen, generalísimo del Imperio y tío del príncipe Friedrich von Meissen, herido en Mühlberg y aún convaleciente de sus heridas; el gran canciller del tribunal, conde Wrede; el conde Kallheim, presidente de la cancillería de Estado, y los señores Hinz y Kunz von Tronka, uno chambelán y otro copero, amigos de juventud y hombres de confianza del señor. Kunz, el chambelán, que, en calidad de consejero privado, se encargaba de la correspondencia personal del soberano y tenía el privilegio de servirse de su nombre y sello, fue el primero en tomar la palabra. Después de exponer una vez más los antecedentes del asunto con todos sus pormenores, a saber, que la denuncia que el tratante de caballos había presentado ante el tribunal contra el junker, su primo, jamás habría sido desestimada de forma tan arbitraria si él no se hubiera dejado guiar por una serie de indicios engañosos que le persuadieron de que era una molestia inútil, carente de todo fundamento, pasó a considerar la presente situación. Comentó que, a pesar de estos errores, ni las leyes divinas ni las humanas daban derecho a Kohlhaas a vengarse, cometiendo crímenes tan terribles; recordó que si decidían tratarlo con la misma consideración que a una potencia extranjera con la que hubiesen entrado en guerra, su condenada cabeza se vería coronada de gloria, y la vergüenza que caería sobre la sagrada persona del príncipe elector sería tan insoportable que, aseguró con el ardor de la retórica, antes de aceptar la propuesta del doctor Lutero preferiría que ocurriera lo peor: que se cumpliera la resolución judicial que había dictado el furibundo rebelde y ver cómo el junker, su primo, era conducido a Kohlhaasenbrück para alimentar los caballos de Kohlhaas hasta que volvieran a recuperar su antiguo porte. Entonces tomó la palabra el gran canciller del tribunal, el conde Wrede, y, volviéndose hacia él, alabó el celo que mostraba ahora para salvaguardar el buen nombre del soberano y lamentó que no hubiera hecho lo mismo cuando había llegado a sus manos aquella demanda y había dictado una resolución tan torpe y desafortunada, origen de la delicada situación en la que se hallaban en ese momento. A continuación, manifestó al príncipe sus reservas ante la posibilidad de que el Estado recurriera a la fuerza para defender una sentencia evidentemente injusta; lanzando una mirada sutil comentó que el número de personas que estaban uniéndose al tratante de caballos en toda la comarca crecía de día en día, lo cual suponía una seria amenaza, pues con ese hilo Kohlhaas podía seguir tejiendo hasta el infinito la trama de sus crímenes, y concluyó diciendo que lo único que podían hacer para acabar con él y conseguir que el gobierno saliera con bien de este ignominioso asunto era rectificar inmediatamente, sin pensarlo más, el error del que eran responsables, y borrar la culpa con justicia y rectitud. A continuación, el príncipe elector requirió a Christiern von Meissen para que manifestara su parecer, y éste, volviéndose con mucho respeto hacia el gran canciller, empezó por explicar que el punto de vista que acababa de exponer le merecía, desde luego, el máximo respeto, pero no podía evitar preguntarse si, al procurarle justicia a Kohlhaas, no ofenderían a los habitantes de Wittenberg y Leipzig, y a toda la comarca que había sufrido sus ataques; añadió que también podrían aspirar a obtener una justa reparación por los daños causados o, al menos, un castigo para su autor. En todo lo referente a este hombre, el orden del Estado había quedado tan trastocado que difícilmente podría restablecerse apoyándose en los principios generales del derecho. Por ello, si le pedían su parecer, debía decir que compartía la opinión del chambelán; según él, había que recurrir a los medios que el Estado tenía a su disposición para resolver situaciones como ésa: reunir un contingente militar lo bastante grande para capturar o aplastar al tratante de caballos, que se había hecho fuerte en Lützen. Tras tomar un par de sillas que estaban junto a la pared, una para él y otra para el príncipe elector, el chambelán tomó asiento educadamente y dijo que celebraba que un hombre tan recto y con tanta intuición coincidiera con él en los medios para resolver aquel asunto tan complejo y equívoco. El príncipe, que tomó la silla pero se quedó de pie, le contemplaba con atención, y cuando el chambelán acabó de hablar, le aseguró que no tenía nada que celebrar, pues, para aplicar esa medida, lo primero que tendrían que hacer sería dictar una orden de detención contra él y abrirle un proceso por el mal uso que había hecho del nombre del soberano, ya que, si la necesidad exigía correr un velo ante el trono de la justicia para cubrir esta serie de crímenes, que de una forma absolutamente imprevisible habían ido generándose uno a partir de otro hasta adquirir una dimensión que imposibilitaba que tuvieran cabida en los tribunales, no podía decirse lo mismo del primero de ellos, causa y origen del resto: sólo persiguiendo a vida o muerte al culpable de aquel delito podía el Estado tener pleno derecho para aniquilar al tratante de caballos, cuya causa, como era sabido, era absolutamente justa, pues él mismo había puesto en su mano la espada que ahora blandía contra ellos. Von Tronka se quedó profundamente conmocionado por las palabras del príncipe elector, que se dio la vuelta y se acercó a la ventana con el rostro arrebatado por el rubor. Todas las partes guardaron silencio durante un rato, hasta que el conde Kallheim dijo que de esta manera tampoco escaparían del círculo maléfico cuya magia los mantenía encerrados. Con los mismos argumentos jurídicos estarían obligados a abrir otro proceso contra su sobrino, el príncipe Friedrich, pues también él había rebasado de una forma u otra las instrucciones que recibiera para llevar a cabo aquella singular expedición de castigo que había dirigido contra Kohlhaas; por lo tanto, puestos a investigar a todos aquellos que habían originado la apurada situación en la que se encontraban, descubrirían que eran legión, y que aun él había de ser contado entre ellos, pues el soberano había de pedirle cuentas por lo que había sucedido en Mühlberg. Hinz von Tronka, el copero, viendo que el príncipe elector se acercaba con una mirada insondable a la mesa a la que estaba sentado, tomó la palabra para decir que no comprendía cómo a hombres de tanto entendimiento, como los que se habían reunido allí, podía escapárseles la resolución que el Estado había de tomar en aquel caso. Por lo que él sabía, el tratante de caballos había prometido disolver las tropas con las que había caído sobre la comarca a cambio de un simple salvoconducto para ir a Dresden a solicitar que su causa fuera juzgada en una nueva vista. Eso no significaba concederle amnistía por su criminal venganza: dos conceptos jurídicos que tanto el doctor Lutero como el Consejo de Estado parecían confundir.
—En cuanto el tribunal de Dresden dicte sentencia sobre el asunto de los caballos negros —siguió diciendo mientras se frotaba la nariz—, sea cual sea el fallo, no habrá nada que nos impida tomar preso a Kohlhaas y someterle a juicio acusándole de bandido e incendiario: ésa sería una maniobra propia de un Estado inteligente, que suma las ventajas de todas las propuestas que se han defendido hoy aquí y nos garantiza la aprobación del siglo y de la posteridad.
El soberano, el príncipe y el gran canciller respondieron a ese discurso con una simple mirada al copero, un gesto que pareció poner punto final al debate. El príncipe elector dijo que quería reflexionar a solas sobre las distintas opiniones que se habían barajado y que no decidiría nada hasta la próxima sesión del Consejo de Estado. Parecía que la condición que había señalado el príncipe para mandar una expedición militar contra Kohlhaas pesaba mucho en un corazón como el suyo, que valoraba tanto la amistad, de modo que prefirió suspender la acción a pesar de que ya estaba todo preparado. La opinión del gran canciller, el conde Wrede, le parecía la más equilibrada. Le pidió que se quedase, y cuando éste le mostró algunas cartas de las que se desprendía que el tratante de caballos contaba ya con unos cuatrocientos hombres y que, dada la insatisfacción general que imperaba en el país por los abusos del chambelán, en breve podrían ser el doble o el triple, el príncipe elector decidió aceptar sin más reparos el consejo que le había dado el doctor Lutero. De acuerdo con él, puso todo el asunto de Kohlhaas en manos del conde Wrede y, a los pocos días, apareció un cartel cuyo contenido, en lo fundamental, podríamos resumir más o menos así:
Nos etc. etc. príncipe elector de Sajonia, atendiendo el escrito que el doctor Martín Lutero nos ha hecho llegar para interceder por él, hemos decidido mostrar nuestra gracia y conceder a Michael Kohlhaas, tratante de caballos de Brandenburgo, un salvoconducto para que acuda a Dresden y solicite ante los tribunales la revisión de la demanda que él presentó en su momento, con la condición de que deponga las armas en el plazo de tres días; advirtiéndole de que si los tribunales de Dresden rechazan la demanda por sus caballos, extremo que no parece probable, habríamos de proceder contra él con todo el rigor de la ley por las acciones que ha emprendido para procurarse justicia por su propia mano; en cambio, si la resolución resulta favorable, mostraremos clemencia con él y con su tropa concediéndoles completa amnistía por la violencia que hayan podido ejercer en Sajonia.
El cartel se colgó en todas las plazas del país y también se entregó en Lützen por mediación del doctor Lutero. En cuanto Kohlhaas lo leyó, siguiendo el dictado de las condiciones estipuladas en él, ordenó la disolución de su tropa, a la que despidió con regalos, agradecimientos y prudentes consejos. El dinero, las armas y, en general, todo lo que había obtenido como botín lo depositó en los tribunales de Lützen, como propiedad del príncipe elector; y tras enviar a Waldmann, provisto de las correspondientes cartas, a Kohlhaasenbrück para que, si era posible, gestionase la recompra de su granja, y pedir a Sternbald que fuera a Schwerin a recoger a sus hijos, a quienes deseaba tener de nuevo a su lado, abandonó el castillo de Lützen, y, con lo poco que le quedaba de su fortuna, en forma de títulos y notas de propiedad, viajó de incógnito a Dresden.
Despuntaba el alba y toda la ciudad dormía cuando llegó a las puertas de su pequeña finca situada a las afueras de Pirna, que había conservado gracias a la honradez del ministerial con quien había negociado la venta del resto de sus propiedades. Después de que Thomas, el anciano mayordomo, le saludara con un sentimiento a medio camino entre el asombro y la desolación, Kohlhaas le pidió que fuera al palacio de gobierno para anunciar al príncipe Von Meissen que él, el tratante de caballos, estaba allí. Al recibir esta notificación, el príncipe Von Meissen pensó que lo más adecuado era informarse de las circunstancias de su llegada; y así, salió de inmediato con un séquito de caballeros e infantes, y pudo comprobar que las calles que conducían a la vivienda de Kohlhaas estaban atestadas por una muchedumbre que quería verlo. La noticia de que el ángel exterminador que perseguía a sangre y fuego a los opresores del pueblo había llegado a Dresden puso patas arriba la ciudad y sus alrededores; ante el ímpetu de los curiosos hubo que trancar la puerta de la casa de Kohlhaas; los más jóvenes trepaban a las ventanas para poder ver al incendiario que desayunaba dentro. Con ayuda de la guardia que le abría camino a empujones, el príncipe entró en la casa como pudo y pasó a la habitación de Kohlhaas, al que encontró de pie, a medio vestir, junto a una mesa. Inmediatamente le preguntó si era Kohlhaas, el tratante de caballos, a lo que éste, sacando de su cinturón una cartera que contenía los papeles que acreditaban su condición y tendiéndosela respetuosamente, respondió que, en efecto, así era, y añadió que, tras disolver su tropa, había acudido a Dresden para presentar ante el tribunal una denuncia contra el hidalgo Wenzel von Tronka por el asunto de sus caballos negros. Tras examinarlo de pies a cabeza con una mirada fugaz, el príncipe repasó los papeles de la cartera; al ver el certificado expedido por el tribunal de Lützen le pidió explicaciones sobre aquel depósito a favor del tesoro del príncipe elector; y después de formularle preguntas de todo tipo, referentes a sus hijos, su fortuna y la forma de vida que pensaba llevar en el futuro, concluyó que podía estar tranquilo; al devolverle las cartas le dijo que no había nada que se interpusiera en su camino para solicitar la revisión del proceso; podía dirigirse cuando quisiera al gran canciller del tribunal, conde Wrede, y todo se pondría en marcha.
—De momento —anunció el príncipe tras una pausa que aprovechó para acercarse a la ventana y contemplar con los ojos muy abiertos a la muchedumbre que se había reunido ante la casa—, durante los primeros días tendrás que aceptar una guardia que te proteja tanto en tu casa como cuando salgas.
Kohlhaas guardó silencio y bajó la vista incómodo. Apartándose de la ventana el príncipe añadió:
—Como quieras, a mí me da igual; tú serás el único responsable de lo que pueda ocurrir.
Dichas estas palabras, se volvió hacia la puerta con la intención de abandonar la casa. Tras unos instantes de reflexión, Kohlhaas replicó:
—Clemente señor, actuad como consideréis más oportuno. Si me dais vuestra palabra de que retiraréis la guardia en cuanto yo lo desee, entonces nada tendré que objetar contra esta medida.
El príncipe le respondió que ni siquiera habría tenido que pedirlo, pues así sería, y después de haberle presentado a los tres guardias que había escogido para este cometido y dejarles claro que el hombre en cuya casa se quedaban era libre y que si habían de darle escolta cuando saliera era sólo y exclusivamente para protegerle, se despidió del tratante de caballos con un gesto más o menos condescendiente y se marchó.
Hacia mediodía, Kohlhaas salió acompañado por los tres guardias y seguido por una multitud inmensa, a la que las autoridades habían advertido que no le hiciera ningún mal; iba a ver al gran canciller del tribunal, el conde Wrede. Éste le recibió en el vestíbulo de su casa con delicadeza y amabilidad; estuvo hablando dos horas enteras con él y, después de que el tratante le contara de principio a fin cómo se habían desarrollado los hechos, le recomendó que, para redactar la denuncia y entregarla sin dilación, acudiera a un famoso abogado de la ciudad que trabajaba en el tribunal. Kohlhaas fue a verle de inmediato y, después de redactar una demanda idéntica a la que había sido desestimada, incluyendo la petición de un castigo para el junker de acuerdo con la ley, la restitución de los caballos en su estado anterior y una reparación por los daños que habían sufrido tanto él como su criado Herse, caído en Mühlberg, a cuya anciana madre habría que indemnizar, se dirigió, acompañado una vez más por el pueblo que seguía observándole boquiabierto, a casa, resuelto a no salir a no ser que le reclamaran para atender algún asunto insoslayable.
Entretanto, también el hidalgo había salido de la prisión de Wittenberg, y después de recuperarse de una peligrosa erisipela que le había brotado en un pie se le requirió oficialmente para que compareciera sin dilación ante el tribunal de Dresden a fin de responder a la denuncia presentada contra él por el tratante Michael Kohlhaas acerca de un par de caballos negros retenidos de manera ilegal y que había dejado en un estado deplorable. El junker buscó refugio en la casa de sus primos, los hermanos Von Tronka, el chambelán y el copero, pero éstos lo recibieron con la mayor indignación y desprecio; le llamaron ruin y miserable, le culparon de cubrir de vergüenza y oprobio a toda la familia, le aseguraron que a estas alturas nadie podría evitar que perdiera el juicio en los tribunales y le avisaron de que fuese preparándose para ser condenado a devolver los caballos negros y a alimentarlos hasta que estuvieran bien cebados, para burla y escarnio del mundo. Con voz débil y temblorosa, el hidalgo les respondió que era el hombre más digno de lástima del mundo. Juró que apenas había tenido noticia de aquel desafortunado incidente, causa de su desdicha, y que la culpa de todo era del alcaide y el mayordomo del castillo, quienes habían utilizado los caballos, sin su autorización y sin siquiera informarle a él, para recoger la cosecha; al obligar a los animales a realizar un desproporcionado esfuerzo, había acabado arruinándolos por completo. Después de pronunciar estas palabras se sentó y les rogó que, si no querían que sufriera una recaída, justo ahora que empezaba a reponerse de su enfermedad, no siguieran cubriéndole de ofensas e injurias. Al día siguiente, los señores Hinz y Kunz, que también eran dueños de algunas propiedades en la comarca del castillo de Tronka, reducida ahora a cenizas, no tuvieron más remedio que escribir a sus administrados y arrendatarios para, a instancias de su primo el hidalgo, recabar información sobre los dos caballos negros retenidos aquel aciago día y desaparecidos desde entonces. Sin embargo, como la plaza había quedado completamente destruida y prácticamente todos sus habitantes habían perecido, lo único que consiguieron averiguar fue que un mozo había salvado a los animales sacándolos del cobertizo en llamas donde estaban y adonde le había obligado a entrar el incendiario golpeándole con la hoja plana de su espada; sin embargo, cuando al salir con los caballos le había preguntado dónde había de conducirlos y qué debía hacer con ellos, por toda respuesta aquel loco furioso le había propinado un puntapié. La anciana y gotosa ama de llaves del junker había buscado refugio en Meissen; los señores Hinz y Kunz le enviaron una carta para preguntarle por la suerte que habían corrido los animales; en su respuesta contaba que la mañana siguiente a aquella espantosa noche, el mozo se había dirigido con los caballos a la frontera de Brandenburgo, pero todas las indagaciones que hicieron al respecto fueron en vano, y pareció que esta noticia estaba fundada sobre un error, toda vez que el junker no tenía ningún mozo que poseyera casa en Brandenburgo, ni siquiera en el camino que llevaba hasta allí. Gentes de Dresden que pocos días después del incendio del castillo de Tronka habían estado en Wilsdruf declararon que, más o menos por aquella época, había llegado allí un mozo que llevaba dos caballos del ramal; los animales se encontraban en un estado deplorable y no habrían podido seguir adelante, de modo que el mozo los había dejado en la cuadra de vacas de un pastor que se había propuesto recuperarlos. Era muy probable que se tratara de los caballos negros a los que seguían la pista, pero, según los lugareños, el pastor de Wilsdruf había vuelto a venderlos, pero nadie sabía quién se los habría comprado. Un tercer rumor de origen desconocido aseguraba que aquellas pobres bestias de Dios habían muerto y estaban enterradas en el osario de Wilsdruf. Como es fácil de comprender, para los señores Hinz y Kunz éste era el desenlace más deseable, ya que les dispensaba de alimentar a los caballos en sus propias cuadras, habida cuenta de que su primo el junker había perdido las suyas. En cualquier caso, antes de nada debían asegurarse de que los caballos estaban muertos, así que se concentraron en buscar las pruebas que lo acreditaran. El hidalgo Wenzel von Tronka, como titular de aquel feudo hereditario, a más de señor de horca y cuchillo, remitió un escrito a los tribunales de Wilsdruf en que les requería amablemente para que investigaran con el mayor celo y diligencia el paradero de dos caballos negros, cuya descripción adjuntaba, que, según decía, le habían sido confiados y había perdido accidentalmente, y una vez los hubieran localizado, los recobraran de manos de su actual propietario, quienquiera que fuese, a cambio de una generosa indemnización que le resarciera cumplidamente por su pérdida, y los llevaran a los establos que el chambelán, el señor Kunz, tenía en Dresden. Atendiendo a este requerimiento, pocos días después aparecieron los dos caballos de la mano del hombre al que el pastor de Wilsdruf se los había vendido; iban, derrengados y en los huesos, renqueando detrás del carro en el que acudieran atados al mercado de la ciudad; sin embargo, para desgracia del señor Wenzel y más aún del honorable Kohlhaas, la fatalidad quiso que aquel hombre fuera el desollador de Döbbeln.
El señor Wenzel estaba con su primo el chambelán cuando oyeron rumores de que acababa de llegar a la ciudad un hombre con dos caballos negros que habían sido rescatados del incendio del castillo de Tronka. Los dos acudieron de inmediato a la plaza del castillo acompañados por algunos sirvientes; allí les aguardaba el hombre con los dos caballos dispuesto a cedérselos a cambio de la correspondiente indemnización en caso de que fuesen los de Kohlhaas. Pero cuál no sería la confusión de los caballeros cuando vieron que alrededor del carro de dos ruedas al que estaban sujetos los animales se había congregado una muchedumbre atraída por el espectáculo y que crecía por momentos; entre gritos y carcajadas comentaban que ya había llegado el desollador con los caballos que hicieran tambalearse al Estado. Tras dar una vuelta alrededor del carro para examinar a los animales, en un estado tan lastimoso que parecían a punto de caer muertos, el junker se mostró desconcertado y dijo que ésos no eran en absoluto los caballos que le había quitado a Kohlhaas; pero Kunz el chambelán le dirigió una mirada furiosa que, de haber sido de hierro, le habría hecho pedazos, y a continuación se acercó al desollador; echándose hacia atrás el manto para dejar al descubierto su cadena y sus medallones, le preguntó si aquellos caballos negros eran los que le había comprado al pastor de Wilsdruf, los mismos que el hidalgo Wenzel von Tronka había reclamado ante los tribunales por ser de su propiedad. El desollador sostenía un cubo de agua en la mano y estaba ocupado en dar de beber a un grueso y robusto jamelgo que tiraba de su carro; cuando acabó lo que estaba haciendo, dejó el cubo en el suelo, quitó el bocado al caballo y dijo que, si el chambelán se refería a los caballos negros que estaban atados al carro, eran los que le había vendido el porquero de Hainichen, lo que no sabía es de dónde los había sacado él y si habían pertenecido al pastor de Wilsdruf. Acto seguido recogió el cubo, lo sujetó entre la lanza del carro y la rodilla, y añadió que un emisario del juzgado de Wilsdruf le había dicho que debía conducirlos a la casa de los Von Tronka de Dresden, y buscar a un señor llamado Kunz. Con estas palabras se dio media vuelta y tiró el agua del cubo que el caballo no había querido sobre el empedrado de la calle. El chambelán, blanco de todas las miradas y risas burlonas de la muchedumbre, no conseguía que aquel muchacho, ajeno a lo que le rodeaba y pendiente sólo de sus asuntos, a los que se dedicaba con imperturbable afán, le prestara la menor atención. El chambelán se identificó como el señor Kunz von Tronka y dijo que los caballos negros que le traía debían de ser del junker, su primo; el mozo que los había rescatado del incendio del castillo de Tronka se los había entregado al pastor de Wilsdruf, aunque en su origen habían pertenecido al tratante Michael Kohlhaas. Preguntó al muchacho, que mantenía las piernas abiertas y se sujetaba los pantalones, si sabía algo al respecto; si el porquero de Hainichen no se los habría comprado, por la razón que fuera, al pastor de Wilsdruf o a un tercero que, a su vez, se los hubiera comprado a él. El desollador, que se había apoyado contra al carro para hacer aguas menores, dijo que le habían dicho que llevara los caballos negros a Dresden, a casa de los Von Tronka, y que recibiría una buena suma de dinero a cambio de ellos; no sabía ni más ni menos que eso ni entendía lo que le estaba diciendo, que si antes que al porquero de Hainichen los caballos habían pertenecido a Peter o a Paul, o al pastor de Wilsdruf; dado que no habían sido robados, eso a él le daba lo mismo. Dichas esas palabras y tras cruzar la fusta en su ancha espalda, se encaminó hacia una taberna que se encontraba en la plaza, pues estaba hambriento y quería desayunar. El chambelán, un hombre versado en lo humano y lo divino, se quedó perplejo y no supo qué hacer con los caballos que el porquero de Hainichen le había vendido al desollador de Döbbeln, pues no tenía la seguridad de que fueran los mismos con los que aquel endiablado hombre anduviera por Sajonia, así que requirió al junker para que se pronunciase, pero éste, con labios pálidos y temblorosos, se limitó a decirle que lo más aconsejable sería que compraran los caballos negros, pertenecieran o no a Kohlhaas; entonces el chambelán, maldiciendo al padre y a la madre que lo habían traído al mundo, y echándose el manto hacia atrás, sin saber qué debía hacer o dejar de hacer, se apartó un momento de la muchedumbre. Llamó al barón Von Wenk, un conocido que en ese momento pasaba a caballo por allí, para que se acercase, y como no quería dejar la plaza (sobre todo porque la chusma, que se tapaba la boca con un pañuelo, le miraba burlona como si estuviera esperando a que se marchase para estallar en carcajadas), le rogó que fuera a casa del gran canciller, el conde Wrede, y le pidiese que mediara para traer a Kohlhaas a que viera los caballos negros. Sucedió que el tratante, que había recibido una notificación del juzgado para que se presentase ante el gran canciller con objeto de explicar algunos puntos de su declaración de Lützen, se encontraba en compañía del canciller cuando el barón entró en sus aposentos con la intención que acabamos de mencionar; mientras Wrede se levantaba del sillón con gesto malhumorado, dejando al tratante de caballos con los papeles en la mano, el barón, que no conocía a Kohlhaas, le expuso la embarazosa situación en la que se hallaban los señores Von Tronka. Siguiendo las equívocas instrucciones de los tribunales de Wilsdruf, el desollador de Döbbeln había comparecido en la plaza del castillo con unos caballos en un estado tan deplorable que el hidalgo Wenzel von Tronka, al que habían preguntado si los reconocía, dudaba si eran o no los de Kohlhaas; así pues, si tenían que recuperarlos de manos del desollador y llevarlos a sus establos para que se repusiesen, era necesario que, antes de nada, Kohlhaas los examinase y confirmara que eran los suyos sin ningún género de duda.
—Por eso os pido —concluyó— que tengáis la bondad de mandar a buscar al tratante de caballos y ordenar que un guardia le acompañe al mercado.
Al tiempo que se quitaba las lentes de la nariz, el gran canciller le respondió que cometía un doble error; en primer lugar, al creer que la única forma de dirimir esta cuestión era recurrir a Kohlhaas para que examinase los animales; y, en segundo, al dar por sentado que él, como canciller, estaba facultado para ordenar a un guardia que condujese a Kohlhaas a donde al junker le pareciera bien. A continuación le presentó al tratante de caballos, que estaba de pie detrás de él, y mientras se sentaba y se ponía las lentes, le rogó que tratara este asunto directamente con él. Kohlhaas, cuyo rostro no revelaba ni el menor indicio de lo que ocurría en su alma, declaró que estaba dispuesto a seguirle al mercado para examinar los caballos negros que el desollador había traído a la ciudad. Se acercó de nuevo a la mesa del gran canciller, mientras el barón se daba la vuelta incómodo, y después de entregarle varias notas referentes a su declaración de Lützen, que traía en su cartera junto con otros papeles, pidió que le dispensara, pues debía acudir a la plaza; el barón, que se había acercado a la ventana y aguardaba allí con el rostro como la grana, también se despidió, y ambos salieron en dirección a la plaza; escoltados por los tres guardias que había dejado el príncipe Von Meissen, se abrieron paso entre el tumulto que se había creado en las calles. Pese a la insistencia de algunos de sus amigos presentes en la plaza, el chambelán no se había movido del lugar; permanecía junto al desollador de Döbbeln, rodeado por la muchedumbre, y en cuanto vio aparecer al barón con el tratante de caballos, se acercó a ellos. Con la espada en ristre, orgulloso y altivo, le preguntó a Kohlhaas si los caballos que estaban atados a la parte posterior del carro eran suyos. El tratante de caballos, tras quitarse el sombrero humildemente y agitarlo para saludar al señor que le dirigía aquella pregunta, a quien aún no conocía, se aproximó en silencio, seguido por los caballeros, al carro del desollador y, quedándose a una distancia de unos doce pasos, echó una rápida ojeada a los animales. Con las rodillas vacilantes y la cabeza gacha, los dos caballos ni siquiera tenían fuerzas para probar el heno que el desollador les había ofrecido; Kohlhaas se volvió de nuevo hacia el chambelán y dijo:
—¡Clemente señor! ¡El desollador está en lo cierto, los caballos que están atados al carro me pertenecen!
Dichas estas palabras, paseó la mirada por el círculo de señores que se había congregado en derredor, se quitó el sombrero una vez más y, acompañado por su guardia, se dispuso a abandonar la plaza. Por su parte, el chambelán se acercó apresuradamente al desollador sacudiendo el penacho de plumas de su casco y le arrojó una bolsa de dinero; mientras el joven se apartaba hacia atrás con un peine de plomo los cabellos que le caían sobre la frente y contaba el dinero con la bolsa en la mano, Kunz von Tronka ordenó a un mozo que desatara a los caballos y los llevara a casa. Rodeado de amigos y parientes del lugar, el mozo dio un paso adelante para obedecer a su señor, pero, al hacerlo, pisó una gran bosta que se había formado a los pies de los caballos; rojo de vergüenza, siguió aproximándose a los animales, y aún no los había cogido de los cabestros para desatarlos cuando un primo suyo, el maestro Himboldt, le cogió del brazo y le apartó a toda prisa del carro diciendo:
—¡No toques esos jamelgos!
Luego, con cuidado de no pisar la bosta, volvió a donde estaba el chambelán, que se había quedado mudo ante este suceso y, encarándose con él, le dijo que se buscase a un mozo de desollador para que le hiciera ese servicio. Echando espumarajos de rabia por la boca, Kunz clavó un instante sus ojos en el maestro, se volvió y llamó a voz en grito a la guardia que se encontraba detrás de los caballeros, rodeándolos; no tardó en aparecer un oficial con algunos alabarderos del príncipe elector, que venían del palacio a petición del barón Von Wenk; entonces, tras exponer brevemente la ignominiosa provocación que se habían permitido aquellos ciudadanos, le exigió que apresara al cabecilla, el maestro Himboldt. Agarrando al maestro del pecho, le acusó de haber maltratado a aquel mozo apartándole del carro de un empujón cuando se disponía a soltar los caballos negros por orden suya. El maestro se liberó del chambelán con un hábil giro y exclamó:
—¡Clemente señor! ¡Indicarle a un muchacho de veinte años lo que ha de hacer no es lo mismo que instigarle contra alguien! Preguntadle a él si quiere saltarse las costumbres y el decoro poniendo una mano encima de los caballos que están atados a ese carro; si quiere hacerlo después de lo que he dicho, que así sea. ¡Por mi parte puede desollarlos y comerse su carroña ahora mismo!
Al oír estas palabras, el chambelán se volvió hacia el mozo y le preguntó si tenía algún reparo en cumplir su orden desatando los caballos de Kohlhaas y conduciéndolos a casa. El muchacho, que intentaba escabullirse entre el gentío, respondió tímidamente que para cumplir esa orden esperaría a que los caballos estuvieran en condiciones; entonces el chambelán fue tras él, le arrancó el sombrero que estaba adornado con el escudo de los Von Tronka y, después de pisotearlo, metió mano a la espada y, sin más contemplaciones, lanzando furiosas estocadas, expulsó al mozo de la plaza y de su servicio. El maestro Himboldt gritó:
—¡Detened inmediatamente a ese loco asesino, que muerda el polvo!
Y mientras los ciudadanos, enardecidos por la escena, se agolpaban y obligaban a retroceder a la guardia, el maestro se abalanzó sobre la espalda del chambelán y le derribó; acto seguido le arrancó gorguera, manto y casco, y, tras arrebatarle la espada que llevaba en la mano, lleno de rabia, la lanzó al otro lado de la plaza. El hidalgo Wenzel von Tronka, que también se debatía entre el tumulto, gritaba en vano pidiendo a los caballeros que acudieran a socorrer a su primo; antes de que pudieran dar un solo paso, el empuje del gentío los había dispersado, de forma que el chambelán, que al caer se había herido en la cabeza, quedó a merced de la encolerizada muchedumbre. Sin la aparición de un escuadrón de soldados a caballo que pasaba por casualidad por la plaza, cuya ayuda solicitó inmediatamente el oficial de los alabarderos, el chambelán no se habría salvado. De esta forma, el oficial pudo rechazar a los revoltosos y, luego, prender al airado maestro, que fue conducido a prisión por algunos caballeros mientras dos amigos levantaban del suelo al desventurado chambelán, cubierto de sangre, y le llevaban a casa. Ése fue el infausto desenlace que tuvo aquel intento, voluntarioso y honrado, de procurar satisfacción al tratante de caballos por la injusticia que se había cometido con él. En cuanto la multitud empezó a dispersarse, el desollador de Döbbeln, que ya había hecho su negocio y no quería permanecer allí por más tiempo, ató los caballos negros al poste de una farola; ahí se quedaron el día entero sin que nadie se preocupase de ellos, salvo los vagabundos y los muchachos que vagaban por las calles dando la murga, que los convirtieron en objeto de sus bromas; dado que, al parecer, nadie quería encargarse de ellos, finalmente los recogió la policía y, al anochecer, llamó al desollador de Dresden para que, hasta ver qué se hacía con ellos, los custodiara en las afueras de la ciudad.
Este suceso, del que nadie hubiera podido culpar al tratante de caballos, propició, pese a todo, incluso entre los más benévolos y moderados, un estado de ánimo que ponía en serio peligro el desenlace satisfactorio de su causa. Empezó a pensarse que el comportamiento de Kohlhaas para con el Estado era completamente inadmisible, y tanto en los salones privados como en las plazas públicas cundió la opinión de que tal vez fuera mejor cometer una injusticia patente contra él y desestimar de nuevo su demanda con todo lo que en ella exigía que hacerle justicia en una causa tan nimia sólo para, ante el temor de que volviera a protagonizar actos violentos, satisfacer su terquedad. Para colmo de males, el gran canciller en persona contribuyó a afianzar este estado de ánimo y a difundirlo, haciendo hincapié en su exagerado sentido de la justicia y en el odio que sentía hacia la familia Von Tronka. Era sumamente improbable que los caballos de los que ahora se ocupaba el desollador de Dresden pudieran ser devueltos algún día al estado en que habían salido del establo de Kohlhaasenbrück; aun aceptando que a fuerza de cuidados y con no poca maestría se consiguiera, la vergüenza que, dadas las circunstancias, caería sobre la familia del hidalgo sería tan grande que, atendiendo a la preeminencia de que gozaba en aquel territorio y viendo que era una de las primeras y más nobles del país, nada parecía más adecuado y oportuno que proceder al abono en metálico de lo que pudieran costar los caballos. De hecho, en una carta que el presidente, el conde Kallheim, actuando en nombre del chambelán, aún convaleciente de sus heridas, remitió al gran canciller pocos días después, hacía precisamente esta propuesta. La misiva llegó de la mano del canciller al propio Kohlhaas, acompañada de un escrito en el que el magistrado le aconsejaba que no rechazase una oferta como ésa si finalmente se le presentaba; por otro lado, el canciller redactó una breve nota de respuesta para el presidente, en la que en un tono nada cortés le rogaba que se abstuviera de involucrarle en gestiones que sólo concernían a las partes implicadas en la causa y animaba al chambelán a que se dirigiera directamente al tratante de caballos, al que describía como un hombre ecuánime y muy correcto. Kohlhaas, cuya férrea voluntad se había quebrado después de los sucesos acaecidos en el mercado, estaba de acuerdo con el gran canciller y, siguiendo su consejo, no esperaba más que una declaración por parte del hidalgo o de sus parientes para, con la mejor voluntad y dispuesto a perdonar todo lo sucedido, aceptar la propuesta que tuvieran que hacerle; sin embargo, los orgullosos caballeros consideraban ofensivo tener que hacer tal oferta y, muy dolidos por la respuesta que habían recibido por parte del gran canciller, se la mostraron al príncipe elector; a la mañana siguiente éste visitó en su habitación al chambelán, que se encontraba postrado en cama por sus heridas. Con una voz débil y conmovedora, y tratando de sacar partido de su estado, Kunz le preguntó al príncipe elector si, después de haber arriesgado su propia vida a cuenta de esa causa, sólo por satisfacer sus deseos, tenía además que exponer su honor a las burlas de todo el mundo si se veía obligado a presentarse ante aquel hombre que había arrojado sobre él y su familia más vergüenza y oprobio de los que cabía imaginar, para suplicarle que fuera condescendiente y se aviniese a cerrar un acuerdo. El príncipe elector leyó la carta y, confuso, le preguntó al conde Kallheim si el tribunal no estaba facultado para, sin hacer más consultas a Kohlhaas y atendiendo al hecho de que los caballos no iban a poder recuperarse, actuar igual que si estuvieran muertos dictando una sentencia en la que se estipulara una simple compensación en metálico por los mismos. El conde respondió:
—Clementísimo señor, están muertos en el sentido jurídico del término, porque ya no tienen ningún valor, y lo estarán en el sentido físico antes de que se les haya sacado del desolladero y llevado a los establos de los caballeros.
Tras guardar la carta, el príncipe elector replicó que hablaría personalmente con el gran canciller, tranquilizó al chambelán, que se incorporó en su lecho y tomó agradecido su mano, y después de recomendarle que se cuidara, se levantó de su asiento y se despidió cortésmente antes de abandonar la habitación.
Así estaban las cosas en Dresden cuando a Kohlhaas se le echó encima una nueva tormenta aún más amenazadora procedente de Lützen, y sus rayos, hábilmente conducidos por los astutos caballeros, fueron a caer sobre la desdichada cabeza de éste. Todo empezó cuando, unas semanas más tarde, a Johann Nagelschmidt, uno de los muchos que se habían unido a la tropa del tratante de caballos y que, después de la amnistía promulgada por el príncipe elector, había sido despedido igual que el resto, se le ocurrió reunir en la frontera de Bohemia a algunos de los mercenarios —los más abyectos, dispuestos a cualquier cosa por dinero— que había conocido sirviendo a Kohlhaas para continuar expoliando la comarca, esta vez por su cuenta y riesgo. Este sujeto, un don nadie sin oficio ni beneficio, en parte por infundir temor a los alguaciles que le perseguían, en parte por confundir al pueblo para que, como había ocurrido con anterioridad, aprobara sus bribonadas, se autoproclamó lugarteniente de Kohlhaas y, como discípulo aventajado de su antiguo señor, inventó la argucia de que la amnistía no se había respetado en el caso de aquellos mu chachos que habían regresado despreocupadamente a su tierra; incluso el propio Kohlhaas había sido víctima de los abusos del príncipe, quien, rompiendo su palabra con una desfachatez que clamaba al cielo, le había puesto bajo custodia en cuanto llegó a Dresden, donde le mantenía confinado. Como había ocurrido en el pasado, también él se sirvió de carteles, exactamente iguales que los de Kohlhaas; en ellos su banda de incendiarios aparecía como un grupo de guerreros que se habían alzado para honrar a Dios, decididos a velar por el cumplimiento de la amnistía que el príncipe elector había prometido; aunque, como ya se ha dicho, nada de eso tenía que ver con la gloria de Dios ni con la fidelidad a Kohlhaas, cuyo destino les era completamente indiferente: si se amparaban en tales pretextos, no era sino para incendiar y darse al pillaje impunemente. En cuanto en Dresden tuvieron noticias de lo que estaba pasando, los caballeros no pudieron reprimir su alegría, pues con estos acontecimientos el asunto tomaba un cariz completamente nuevo. Con el gesto altivo y desairado de los sabios que veían venir la catástrofe, pero a los que nadie había hecho caso, recordaron el error que se había cometido concediéndole la amnistía a Kohlhaas pese a la enérgica oposición a dicha medida que ellos habían manifestado en reiteradas ocasiones, pues era como incitar a todos los malhechores a seguir su ejemplo; y no contentos con dar crédito a la coartada de Nagelschmidt, que aseguraba haber tomado las armas con la única intención de apoyar y exigir garantías para su señor, ofendido y ultrajado, llegaron a manifestar abiertamente que toda aquella operación había sido instigada por el propio Kohlhaas para infundir temor al gobierno, acelerar el proceso y obtener una sentencia favorable, que admitiese punto por punto las exigencias que planteaba en su demanda como correspondía a su terquedad delirante. Tan lejos llegó su osadía que el copero, el señor Hinz, aseguró a algunos hidalgos monteros y señores de la corte, reunidos en la antesala del palacio del príncipe elector tras un banquete, que la disolución de aquella cuadrilla de bandidos en Lützen había sido una desafortunada farsa; y burlándose descaradamente del amor a la justicia del gran canciller, trató de demostrar, apoyándose en una serie de indicios manejados hábilmente, que la tropa de Kohlhaas nunca se había retirado de los bosques del electorado y sólo esperaba una señal del tratante de caballos para abandonarlos y arrasar la comarca a sangre y fuego. El príncipe Christiern von Meissen, incómodo por el giro que estaban tomando los acontecimientos y que amenazaba con mancillar de manera irreparable el buen nombre de su señor, se dirigió inmediatamente al castillo del príncipe elector para entrevistarse con él, y viendo el interés que los caballeros mostraban en culpar a Kohlhaas de esas nuevas tropelías, le rogó que le diera permiso para interrogar de inmediato al tratante de caballos. Extrañado de que un alguacil le condujera al palacio de gobierno, Kohlhaas compareció con Heinrich y Leopold, sus dos hijos menores, en brazos. Días atrás Sternbald, su criado, había traído a sus cinco vástagos desde Mecklenburgo, donde habían permanecido todo este tiempo, y después de darle vueltas en la cabeza a un sinnúmero de ideas que sería demasiado proceloso desarrollar, Kohlhaas decidió llevarse a los dos menores, que, al verle marchar, le pidieron acompañarlo al palacio derramando lágrimas infantiles y estar a su lado en el interrogatorio. Tras dirigir una mirada benévola a los niños que Kohlhaas había sentado a su lado y preguntarles amistosamente cómo se llamaban y qué edad tenían, el príncipe reveló al tratante las libertades que Nagelschmidt, su antiguo secuaz, se estaba permitiendo en los valles de la Erzgebirge; y tendiéndole los mandatos que también él había divulgado, le pidió que expusiera todo aquello que tuviese que decir en su defensa. Al leer esos documentos ruines y desleales, Kohlhaas quedó conturbado, y se esforzó en mantener la compostura ante un hombre tan recto como el príncipe y en exponer satisfactoriamente la falta de base de los delitos que se le imputaban. Empezó argumentando que, tal y como estaban las cosas, no tenía ninguna necesidad de ayudarse de un tercero para lograr un fallo favorable a sus intereses en el contencioso que mantenía con el junker y que, por lo que sabía, marchaba por muy buen camino; más aún, al margen de estas consideraciones, según se desprendía de algunas cartas que traía consigo y que mostró al príncipe, era harto improbable que el corazón de Nagelschmidt se sintiera inclinado a prestarle ninguna ayuda, ya que, poco antes de ordenar la disolución de la tropa en Lützen, él había decidido que le colgasen por violación y otra canalladas que había cometido en la llanura; sólo la amnistía del príncipe elector, que le privaba de la autoridad que hasta entonces había tenido sobre él, le salvó, y al día siguiente los dos hombres se habían ido cada cual por su lado como enemigos mortales. Aceptando la propuesta que le hacía el príncipe, Kohlhaas se sentó y redactó una misiva para Nagelschmidt en la que declaraba que la coartada con la que trataba de justificarse por haber tomado las armas era una invención vergonzosa e infame; si lo que le movía a actuar así era defender la amnistía que, a su juicio, había sido quebrantada tanto con él como con sus tropas, debía saber que a su llegada a Dresden a Kohlhaas ni se le había puesto bajo custodia, ni se le había confinado, y que su demanda judicial seguía su curso tal y como él deseaba; sin embargo, en su caso, debido a los incendios que había provocado en la Erzgebirge después de la promulgación de la amnistía, el Estado actuaría con todo rigor para darle un escarmiento ejemplar conforme a la ley; todo eso se lo advertía para que la chusma que se había reunido a su alrededor tampoco se engañase y supiera a lo que se exponía. Junto con este escrito se adjuntaban algunos fragmentos del proceso que el tratante de caballos había instruido contra él en el castillo de Lützen por los vergonzosos delitos ya mencionados, para que el pueblo supiese quién era ese don nadie sin oficio ni beneficio, que entonces estaba destinado al patíbulo, del que, como ya ha quedado dicho, sólo se salvó por la amnistía promulgada por el príncipe elector. El príncipe tranquilizó a Kohlhaas eximiéndole de las sospechas que, forzado por las circunstancias, había debido expresarle en el interrogatorio; le aseguró que, mientras él estuviera en Dresden, no se quebraría en modo alguno la amnistía que se le había concedido; estrechó la mano de los muchachos una vez más y, tras regalarles fruta que había sobre la mesa, se despidió de Kohlhaas. El gran canciller, a quien, en cualquier caso, no se le escapaba el peligro que se cernía sobre el tratante de caballos, hizo cuanto pudo para llevar a buen término su demanda antes de que se enredara y confundiera aún más por cualquier nuevo suceso; pero ése era precisamente el objetivo que perseguían los caballeros implicados, hábiles en manipular las cuestiones de Estado; así, en lugar de reconocer su responsabilidad tácitamente, como habían hecho hasta entonces, orientando su defensa a conseguir una sentencia más o menos benévola, cambiaron su estrategia y empezaron a negar su culpa categóricamente, recurriendo a las artimañas más arteras, a los argumentos más falaces, buscándole las vueltas al asunto como habría hecho cualquier picapleitos. Tan pronto aducían como pretexto que los caballos negros de Kohlhaas habían sido retenidos en el castillo de Tronka por decisión del alcaide del castillo y del mayordomo, de la que el hidalgo no había tenido conocimiento o, si lo había tenido, había sido muy limitado; como aseguraban que los animales ya habían llegado enfermos al lugar, con una tos persistente y peligrosa, remitiéndose a ciertas declaraciones de testigos que se comprometían a aportar en cuanto fuera preciso; y cuando, tras profusas investigaciones y disquisiciones, todos estos argumentos quedaron desbaratados, presentaron un edicto que el príncipe elector había promulgado doce años atrás a raíz de una enfermedad del ganado prohibiendo la entrada de caballos desde Brandenburgo: el edicto constituía la prueba irrefutable de que el hidalgo no sólo estaba facultado, sino incluso obligado a detener los caballos que el tratante pretendía pasar por la frontera. Kohlhaas, que para entonces ya había conseguido recuperar la granja de Kohlhaasenbrück de manos de aquel valeroso ministerial que se había ofrecido a comprársela a cambio de una mínima compensación por los perjuicios que hubiera podido ocasionarle, no veía el momento de que los tribunales se pronunciaran definitivamente sobre su causa; deseaba abandonar Dresden por algunos días y viajar a su patria, una decisión en la que pesaba sin duda el mencionado asunto, pues era urgente prepararlo todo para la siembra de invierno y examinar las condiciones en las que se encontraba la finca después de episodios tan singulares y alarmantes, pero, al mismo tiempo, se sumaban motivos de otra naturaleza, que dejaremos adivinar a cualquiera que sepa leer en su pecho. Prescindiendo de la guardia que se le había asignado, fue a hablar con el gran canciller y, mostrándole las cartas del ministerial, le anunció que si, como parecía, su presencia no era necesaria en los tribunales, tenía intención de abandonar la ciudad por espacio de ocho o doce días a fin de viajar a Brandenburgo; prometió que, transcurrido ese plazo, regresaría puntualmente. Mirando al suelo con cara de disgusto y preocupación, el gran canciller respondió que, para serle sincero, en ese momento su presencia era más necesaria que nunca, pues, cada vez que la parte contraria intentaba dar un giro al proceso recurriendo a los medios más arteros y retorcidos, el tribunal le citaba para que prestase declaración y diera las explicaciones oportunas sobre mil aspectos de la demanda que era imposible prever; sin embargo, Kohlhaas le remitió a su abogado, bien instruido sobre su causa, e insistió humildemente en su petición, prometiendo limitar su ausencia a ocho días; al verle tan decidido, el gran canciller guardó silencio unos instantes y luego le despidió diciéndole que confiaba en que solicitase los correspondientes pasaportes ante el príncipe Christiern von Meissen. Kohlhaas, que a buen seguro supo leer bien en el rostro del gran canciller, se sintió reforzado en su decisión y acudió inmediatamente al príncipe Von Meissen, que, como jefe del gobierno, era el encargado de decidir sobre estas cuestiones, y sin aducir ningún motivo en concreto, le suplicó que le extendiera pasaportes válidos por ocho días para viajar a Kohlhaasenbrück y volver. En respuesta a su escrito recibió una resolución gubernativa firmada por el comandante de la plaza, barón Siegfried von Wenk, en la que se comprometía a dar curso a la solicitud que había presentado para obtener pasaportes que le permitiesen viajar a Kohlhaasenbrück, y, una vez que su excelencia el príncipe elector lo hubiera aprobado, a remitirle con gusto estos documentos. Kohlhaas preguntó a su abogado cómo es que la resolución venía firmada por un tal barón Siegfried von Wenk y no por el príncipe Christiern von Meissen, a quien se había dirigido, y éste le respondió que hacía tres días que el príncipe se había ausentado de la ciudad para atender ciertos asuntos en su hacienda y, durante su ausencia, quien se ocupaba de estas cuestiones de gobierno era el barón Siegfried von Wenk, primo del señor del mismo apellido mencionado anteriormente. Kohlhaas, cuyo corazón empezó a latir con inquietud al conocer todas estas circunstancias, aguardó durante varios días la respuesta a su petición; pero el asunto se fue dilatando, pasó una semana y llegó otra más sin que tuviera noticias de la resolución, ni tampoco de la resolución judicial, pese a que el tribunal había anunciado claramente que no tardaría en pronunciarse; de forma que, al cumplirse doce días, firmemente decidido a que el gobierno manifestara su posición respecto a él, fuera la que fuese, se personó en la secretaría y redactó un escrito urgente en el que reclamaba los pasaportes que ya había solicitado. Sin embargo, sería difícil describir su confusión cuando por la tarde del día siguiente, que transcurrió como los anteriores sin que recibiera la esperada respuesta, se puso en pie pensativo, sopesando su situación, en particular la amnistía que el doctor Lutero había obtenido para él, y, al acercarse a la ventana que daba a la parte posterior de la casa donde se le había indicado que se alojase, no vio la guardia que el príncipe Von Meissen le había puesto a su llegada en el pequeño pabellón auxiliar que se levantaba en el patio. Inmediatamente llamó a Thomas, el anciano criado que se ocupaba de la casa, y le preguntó qué significaba aquello, a lo que éste respondió suspirando:
—¡Señor! Las cosas no van como deberían; hoy han venido muchos más guardias que de costumbre y, al caer la noche, se han repartido por toda la casa: dos están en la puerta delantera que da a la calle, armados con picas y escudos; otro par, en la trasera del jardín, y otros dos se han echado en la antesala sobre un montón de paja y dicen que dormirán allí mismo.
Kohlhaas, que había palidecido, se dio la vuelta y dijo que no importaba que estuvieran allí; luego le pidió que llevara una luz a la antesala para alumbrarles. Después abrió la ventana que daba a la parte delantera con el pretexto de vaciar un cacharro y de este modo pudo comprobar que lo que el sirviente le había revelado era cierto, pues justo en ese momento se producía el relevo de la guardia, y la saliente se retiraba sin hacer ruido, un detalle que desde que se había tomado la medida nadie había percibido. Kohlhaas se echó en la cama, si bien no tenía ganas de dormir, y en ese mismo momento tomó la decisión de lo que haría el día siguiente. En ningún caso iba a consentir que el gobierno con el que se veía obligado a tratar fingiera hacerle justicia mientras, en la práctica, rompía la amnistía que le había prometido; si había de ser su prisionero, un extremo que no parecía ofrecer muchas dudas, pensaba exigirle que lo declarase abiertamente y sin ambages. Así que, con las primeras luces, ordenó a Sternbald, su criado, que enganchase el coche y lo trajera delante de la casa para, añadió, ir a Lockewitz a ver al administrador, un viejo conocido con el que se había encontrado en Dresden días atrás y que le había invitado a visitarle alguna vez con sus hijos. Los guardias advirtieron los preparativos que se estaban realizando en la casa y, después de secretear un rato, decidieron que uno de ellos fuese de incógnito a la ciudad a contar lo que pasaba. A los pocos minutos apareció un oficial del gobierno a la cabeza de varios alguaciles y entró con ellos en la casa de enfrente, como si tuviera algún asunto que resolver allí. Kohlhaas, que estaba ocupado vistiendo a sus hijos, observó aquella maniobra y deliberadamente hizo que el coche se quedase delante de la casa más tiempo del que hubiera sido preciso; en cuanto vio que la policía se había distribuido con entera libertad, el tratante salió tranquilamente de la casa acompañado de sus hijos y, pasando de largo ante el grupo de guardias apostados a la puerta, a los que indicó que no hacía falta que le diesen escolta, subió a los chicos al coche y luego se volvió para besar y consolar a las niñas, que lloraban porque Kohlhaas había decidido dejarlas con la hija del anciano sirviente. Apenas había subido al coche, cuando el oficial salió de la casa de enfrente y, tras aproximarse acompañado por su séquito de alguaciles, le preguntó adónde pretendía ir. Kohlhaas respondió que quería ir a casa de un amigo suyo, el ministerial de Lockewitz, que unos días atrás le había invitado a visitarle con sus dos hijos en su casa del campo; entonces el oficial le informó de que, en ese caso, debía esperar unos instantes, para que pudiera proporcionarle una guardia a caballo que le diera escolta conforme a las órdenes del príncipe Von Meissen. Sin bajarse del coche, Kohlhaas sonrió al oficial que aguardaba en la calle junto al carro y le preguntó si creía que su persona corría algún peligro en casa de un amigo que se había ofrecido a recibirle y le había invitado a comer. El oficial replicó en un tono amable y desenfadado que sin duda estaría a salvo, pero añadió que una escolta no le vendría mal y tampoco supondría una molestia tan grande. Kohlhaas se puso serio y explicó que, a su llegada a Dresden, el príncipe Von Meissen le había dado plena libertad para servirse de la guardia o para prescindir de ella, sin tener que dar más explicaciones, y cuando el oficial manifestó su asombro ante esta circunstancia, y con mucho tacto le dejó caer que en todo el tiempo que había durado su estancia allí nunca había prescindido de la escolta, el tratante de caballos le refirió el incidente que había motivado la adopción de esta medida. El oficial le aseguró que las órdenes que había recibido del comandante de la plaza, el barón Von Wenk, que en esos momentos era además el jefe de la policía, le obligaban mantener una vigilancia permanente sobre su persona, y le rogó que, en caso de rechazar la escolta, se dirigiera él mismo al palacio de gobierno para aclarar aquel indiscutible malentendido. Kohlhaas lanzó una elocuente mirada al oficial y, decidido a resolver el asunto de una manera o de otra, declaró que así lo haría; se bajó del coche con el corazón palpitante, ordenó al sirviente que llevase a los niños al portal y, mientras el mozo se quedaba delante de la casa con el coche, se dispuso a ir con el oficial y su guardia al palacio de gobierno. Cuando el tratante de caballos entró en la sala con su escolta para parlamentar con el comandante de la plaza, el barón Von Wenk, éste estaba sometiendo a interrogatorio a algunos miembros de la banda de Nagelschmidt, que habían sido detenidos la tarde anterior, y los caballeros que le acompañaban intentaban arrancarles cierta información que precisaban. En cuanto el barón vio al tratante de caballos se acercó a él y le preguntó qué deseaba. Los caballeros habían interrumpido el interrogatorio de repente y esperaban en silencio. El interpelado respondió de la manera más respetuosa, exponiendo su deseo de ir a Lockewitz para visitar a su amigo y comer con él, y su intención de prescindir de la escolta, que no necesitaría para nada. Al barón se le mudó el color de la cara y, esforzándose para no atragantarse con las palabras, le respondió que sería mejor que se quedase tranquilamente en su casa y renunciara al convite en casa del ministerial de Lockewitz. Dicho esto, cortando bruscamente la conversación, se volvió hacia el oficial y le indicó que se atuviera a las órdenes que le había dado con respecto a aquel hombre, según las cuales no podía abandonar la ciudad si no le acompañaba una escolta de seis guardias. Kohlhaas preguntó si debía considerarse un prisionero y si esto suponía que se había roto la amnistía que se le había prometido solemnemente a los ojos de todo el mundo. Entonces, el barón se volvió hacia él con la cara súbitamente encendida y, acercándose mucho para mirarle directamente a los ojos, exclamó: «¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!». Volviéndole la espalda, lo dejó allí plantado, y fue de nuevo a ocuparse de los secuaces de Nagelschmidt. Kohlhaas abandonó la sala sabiendo que, al dar aquel paso, había comprometido seriamente el único medio de salvación que le quedaba, la huida, aunque, al mismo tiempo, celebraba haberlo hecho, porque a partir de entonces se veía dispensado de cumplir las obligaciones contenidas en el decreto de amnistía. En cuanto llegó a casa ordenó desenganchar los caballos y, muy triste y conmovido, se dirigió a su habitación acompañado por el oficial, que siguió insistiendo hasta la náusea en que debía de tratarse de un malentendido que no tardaría en aclararse, mientras los alguaciles, a una seña suya, echaban el cerrojo en todas las salidas de la vivienda que conducían al patio, dejando abierta únicamente la entrada principal, que, según le aseguró el oficial, podría seguir usando como siempre con entera libertad.
Entretanto, en los bosques de la Erzgebirge, los guardias y alguaciles habían cercado por todas partes a Nagelschmidt, que viéndose perdido y reconociendo que carecía de los recursos necesarios para asumir un papel de semejante envergadura, concibió la idea de atraer el interés de Kohlhaas; informado en detalle por un viajero que pasaba por la carretera del punto en que se encontraba la demanda que el tratante había presentado en Dresden, creyó que, a pesar de la declarada enemistad que existía entre los dos, podría mover al tratante de caballos a establecer una nueva alianza con él. Así pues, envió a uno de sus hombres con un escrito redactado en un alemán apenas inteligible en el que venía a decir que, si Kohlhaas acudía a Altenburg y se comprometía a asumir de nuevo el mando de la tropa que se había concentrado allí, recompuesta en gran medida a partir de la que él había disuelto, Nagelschmidt estaría dispuesto a facilitarle la fuga de su prisión en Dresden proporcionándole caballos, gente y dinero; además le prometía que en el futuro mostraría mayor obediencia y llevaría una vida más ordenada y mejor que en el pasado, y como prueba de su sumisión y lealtad a él, se comprometía a ir a la comarca de Dresden para contribuir a su liberación sacándolo de la mazmorra en que se encontraba. Sin embargo, el muchacho encargado de llevar esta carta tuvo la desdicha de sufrir un ataque cuando se hallaba ya muy cerca de Dresden; cayó al suelo sacudido por terribles espasmos, algo que en él era habitual desde la niñez; fue así como los aldeanos que acudieron en su ayuda descubrieron la carta que llevaba oculta en el jubón. De ese modo, en cuanto el joven se recuperó fue arrestado por la guardia, que lo condujo al palacio de gobierno seguido por una gran muchedumbre. En cuanto el comandante de la plaza Von Wenk hubo leído la misiva, fue a ver al príncipe elector al castillo, donde encontró también a los señores Hinz y Kunz, este último ya restablecido de sus heridas, y al presidente de la cancillería del Estado, el conde Kallheim. Todos los presentes compartían la opinión de que Kohlhaas debía ser arrestado sin más demora y llevado ante los tribunales para que éstos abrieran un proceso contra él por el pacto secreto que mantenía con Nagelschmidt, ya que, según decían, éste no podía haber redactado una carta como aquélla sin que la hubieran precedido otras parecidas escritas de puño y letra de Kohlhaas, y sin que ambos se hubieran conjurado para seguir adelante con sus horrendas fechorías. El príncipe elector, por su parte, se negó rotundamente a conculcar los derechos que otorgaba a Kohlhaas el salvoconducto que él mismo le había entregado, pues, en su opinión, la carta de Nagelschmidt no acreditaba una relación anterior entre ambos, más bien parecía probable que fuese lo contrario. Al final, cuanto consiguieron de él, y sólo después de meditarlo largo rato, fue que aceptase la propuesta que había hecho el presidente, según la cual, para salir de dudas, lo mejor sería permitir que el enviado de Nagelschmidt entregase la carta a Kohlhaas como si no hubiera sido detenido, y observar si daba una respuesta y en qué términos lo hacía. En consecuencia, a la mañana siguiente sacaron al muchacho de la prisión donde había sido recluido y le llevaron al palacio de gobierno, donde el comandante de la plaza le devolvió la carta y, prometiéndole la libertad y que le perdonarían la pena que pudiera corresponderle, le pidió que entregase el escrito al tratante de caballos como si nada hubiera ocurrido. El joven se prestó sin reservas a tender aquella maliciosa trampa y, fingiendo que iba de incógnito, con el pretexto de vender unos cangrejos que le había conseguido el oficial en el mercado, entró en la habitación de Kohlhaas. El tratante leyó la carta mientras los niños jugaban con los cangrejos y, pese a que en otras circunstancias habría cogido a aquel tunante por el cuello y lo habría arrojado a los guardias apostados ante su puerta, se forzó a considerar esta posibilidad de una forma desapasionada, sin dejarse llevar por su estado de ánimo, y acabó convenciéndose de que aquél era el único modo de escapar al terrible enredo en el que se hallaba metido, de modo que se volvió hacia el tipo con una mirada triste, fijándose bien en su rostro, que no le resultaba en absoluto desconocido, y, tras preguntarle dónde vivía, le despidió indicándole que volviera al cabo de unas horas, pues entonces, añadió, le daría a conocer su decisión y qué debía decirle a su señor. Aprovechó que Sternbald entraba casualmente por la puerta para pedirle que le comprara algunos cangrejos al hombre que estaba con él en la habitación, y tras despedirse de él como si no se conociesen de nada, se sentó y escribió una carta a Nagelschmidt en la que le comunicaba que, antes de aceptar su propuesta y convertirse en comandante de la tropa concentrada en Altenburg, debía enviarle un coche con dos caballos a Neustadt bei Dresden, donde sufría prisión con sus cinco hijos; para asegurarse una fuga rápida, necesitaría además otro tiro de caballos que le esperaría en la carretera de Wittenberg, por donde llegaría hasta el lugar en que él le estaría esperando dando un rodeo por razones que sería demasiado largo explicar; contaba con poder ganarse la voluntad de quienes le vigilaban mediante soborno, pero en el caso de que fuera necesario utilizar la violencia, quería contar con algunos muchachos decididos, hábiles con las armas y bien pertrechados; para hacer frente a los gastos que suponía poner en marcha ese plan necesitaría veinte coronas de oro, que debería hacerle llegar a través del muchacho; cuando todo hubiese pasado, harían cuentas de lo que había desembolsado; por lo demás, como no era preciso que participase directamente en su liberación, le prohibía que acudiese a Dresden o que se dejase ver por la ciudad, es más, le ordenaba expresamente que se quedase en Altenburg, pues la tropa no podía quedar sin un comandante y debía ser él quien asumiese esa función, al menos de forma provisional. Llegó la tarde, el muchacho volvió y Kohlhaas le entregó la carta, ofreciéndole una recompensa generosa y rogándole encarecidamente que tuviera mucho cuidado con aquel papel. Su intención era llegar hasta Hamburgo y, desde allí, embarcar con sus cinco hijos hacia Levante o hacia las Indias Orientales; marcharse lejos, muy lejos, a un lugar distinto, donde un cielo azul se extendiera sobre personas completamente desconocidas, pues a esas alturas había renunciado al empeño de recuperar sus caballos negros, fuertes y bien alimentados, tanto por la aflicción que pesaba sobre su alma como por la repugnancia que le producía tener que hacer causa común con Nagelschmidt para lograrlo. En cuanto aquel tipo entregó esta respuesta al comandante de la plaza, el gran canciller fue destituido, el presidente, conde Kallheim, pasó a ocupar su puesto como jefe del tribunal, y Kohlhaas fue arrestado por orden directa del gabinete del príncipe elector y, cargado de cadenas, fue recluido en la torre de la ciudad. El tribunal abrió un proceso contra él por la carta, que colgaron en todas las esquinas de la ciudad. Cuando subió al estrado, un consejero le preguntó si reconocía la letra; Kohlhaas respondió que era la suya. Cuando le preguntó si tenía algo que alegar en su defensa, clavó la vista en el suelo y respondió que no. Atendiendo a ello, se dictó sentencia y fue condenado a que los verdugos despedazaran su cuerpo con tenazas ardientes y, una vez descuartizado, ardiera en una hoguera entre la rueda y el cadalso.
Así estaban las cosas en Dresden cuando el príncipe elector de Brandenburgo apareció para salvar a Kohlhaas de la perdición, arrancándole de las manos de la prepotencia y la arbitrariedad con una nota dirigida a la cancillería de Estado del príncipe elector en la que lo reclamaba como súbdito de Brandenburgo; el caso era que en un paseo por las orillas del Spree, el audaz corregidor, el señor Heinrich von Geusau, le había contado la historia de este hombre nada desdeñable y tan fuera de lo común, y, acuciado por las preguntas de su asombrado señor, acabó revelando la culpa que pesaba sobre su conciencia por las censurables maniobras que había llevado a cabo su archicanciller, el conde Siegfried von Kallheim. El príncipe elector, enormemente indignado, citó al canciller para una entrevista y, después de constatar que el parentesco de éste con la casa de los Tronka tenía la culpa de todo, le destituyó fulminantemente, dejándole claro que ya no contaba con su favor, y nombrando archicanciller al señor Heinrich von Geusau.
En aquella época la corona de Polonia se encontraba enfrentada con la casa de Sajonia, no sabemos muy bien por qué motivo, y ésta había urgido en repetidas ocasiones al príncipe elector de Brandenburgo a que se uniera a su causa contra los sajones, de forma que el archicanciller, señor Geusau, que no carecía de habilidad para manejar este tipo de asuntos, tenía fundadas esperanzas en que podría cumplir el deseo de su señor procurando hacer justicia a Kohlhaas al precio que fuese, aunque sin poner en riesgo la paz de la comunidad y jugando una baza delicada que, en otras circunstancias, no se hubiera justificado por la suerte de un solo individuo. En suma, el canciller denunció el proceso absolutamente arbitrario, inadmisible tanto ante Dios como ante los hombres, al que había sido sometido Kohlhaas y exigió su entrega inmediata y sin condiciones para que, en caso de que se le pudiese imputar algún delito, fuese juzgado según las leyes de Brandenburgo, siempre y cuando la corte de Dresden enviara a Berlín a un letrado que presentase la correspondiente demanda; más aún, como el príncipe elector deseaba reclamar ante los tribunales de Dresden, solicitaba un pasaporte para su abogado, que se personaría allí a fin de denunciar los abusos que el hidalgo Wenzel von Tronka había cometido con los caballos negros al sustraerlos de tierra y suelo sajones, y el maltrato que les había infligido, cuya crueldad clamaba al cielo. Kunz, el chambelán, que tras los cambios que se habían producido en el gobierno de Sajonia había sido nombrado presidente de la cancillería de Estado, y que por diferentes motivos no quería hacer nada que pudiera indisponer contra él a la corte de Berlín, intentó salir del paso como pudo, respondiendo en nombre de su señor con un escrito en el que manifestaba la desolación que le había causado aquella nota recibida así como su asombro al comprobar la hostilidad y la vileza con que negaban a la corte de Dresden el derecho a juzgar a Kohlhaas según sus leyes por unos crímenes que había cometido en su territorio, sobre todo cuando, como era bien sabido, el susodicho poseía considerables propiedades en la capital y no negaba en absoluto su condición de súbdito sajón. Sin embargo, la corona polaca ya había concentrado un ejército de cinco mil hombres en las fronteras de Sajonia para luchar por sus aspiraciones, y el archicanciller, señor Heinrich von Geusau, declaró que Kohlhaasenbrück, lugar que recibía su nombre por el apellido del tratante de caballos, se encontraba en Brandenburgo, y que la ejecución de la condena a muerte dictada contra él se consideraría una vulneración del derecho de gentes. En estas circunstancias, el príncipe elector, aconsejado por el propio chambelán, empezó a pensar que lo más sensato sería ceder en este asunto; mandó llamar al príncipe Christiern von Meissen, que a la sazón se hallaba en su hacienda ocupado en sus asuntos, y después de escuchar las breves razones de ese sensato señor, decidió entregar a Kohlhaas a la corte de Berlín. El príncipe, que, pese a su descontento por las irregularidades que se habían producido, hubo de tomar a su cargo la demanda contra Kohlhaas por expreso deseo de su apurado señor, preguntó a éste de qué cargos quería que acusara al tratante de caballos ante el tribunal de cámara de Berlín, pues no podía apoyarse en la polémica carta de Nagelschmidt, habida cuenta de su ambigüedad y de las turbias circunstancias en las que se había redactado, y tampoco podían recurrir a los saqueos e incendios cometidos en su día, pues ya le habían sido perdonados públicamente y todos habían leído los carteles que confirmaban la amnistía; así que, después de barajar las escasas posibilidades que le quedaban, el príncipe elector decidió presentar un informe a Su Majestad el emperador de Viena para poner en su conocimiento los ataques que Kohlhaas había lanzado contra Sajonia y denunciarle por haber roto la paz imperial que aquél había decretado para el conjunto de sus territorios, rogándole que, como el Imperio no estaba obligado a respetar una amnistía que no había concedido, pusiera el caso en manos de uno de sus fiscales para que llevara a Kohlhaas ante el tribunal de justicia de Berlín, donde habría de responder por aquellos graves delitos. Ocho días después, Friedrich von Malzahn, al que el príncipe elector de Brandenburgo, decidido como estaba a resolver este asunto, había enviado a Dresden con otros seis caballeros, hacía subir a un coche al tratante de caballos, acompañado de sus cinco hijos que, a petición suya, habían sido recogidos de los orfanatos y hospicios a los que se les había llevado, y le condujo a Berlín. En aquellos días, el príncipe elector de Sajonia se encontraba en Dahme, adonde había viajado por invitación del Landdrost, el conde Aloysius von Kallheim, que en aquella época era dueño de grandes propiedades en la frontera de Sajonia, para participar en una gran cacería de ciervos en compañía del chambelán, el señor Kunz, y de su esposa, Heloise, hija del Landdrost y hermana del presidente, así como del resto de damas y caballeros, hidalgos monteros y señores de la corte; la partida, todavía cubierta por el polvo de la cacería, acababa de buscar refugio bajo el toldo de las tiendas empavesadas que se habían levantado sobre una colina al otro lado del camino, donde, sentados a la mesa, eran servidos por pajes y donceles al son de una alegre música que procedía del tronco de un roble, cuando vieron al tratante de caballos avanzando lentamente con su escolta por la carretera de Dresden. Uno de los tiernos retoños de Kohlhaas había caído enfermo, lo que había obligado al caballero Von Malzahn, responsable de llevar al tratante a su destino, a detenerse tres días en Herzberg; en su opinión sólo tenía que dar cuenta de ese retraso al príncipe al que servía, por lo que no le pareció necesario comunicárselo al gobierno de Dresden. El príncipe elector, con la camisa medio abierta y un sombrero de plumas al estilo de los cazadores adornado con ramas de pino, estaba sentado al lado de Heloise, su primer amor de juventud, disfrutando de aquella agradable celebración que le convidaba a la alegría y, al ver que se acercaba un coche, dijo:
—¡Vayamos a ofrecer una copa de vino a ese pobre hombre, sea quien sea!
Heloise le dedicó una mirada orgullosa y, levantándose inmediatamente con una bandeja de plata que un paje le entregó, fue llenándola con lo que pudo encontrar en la mesa, frutas, pasteles y pan; iba a llevárselo todo, apartándose del bullicio de la animada reunión, cuando el Landdrost salió a su encuentro y, con cara de perplejidad, le rogó que se no se moviese. El príncipe elector quedó confundido y le preguntó cuál era la razón de su desánimo cuando todos se estaban divirtiendo; el Landdrost se volvió hacia el chambelán y, tartamudeando, anunció que quien viajaba en el coche no era otro que Kohlhaas; una noticia inaudita, pues era sabido que ya habían pasado seis días desde que el tratante partiera de Dresden. El chambelán dio la espalda a la tienda, tomó su copa y derramó el vino sobre la arena. El príncipe elector, cada vez más rojo, dejó la suya sobre una bandeja que un doncel le había puesto delante por indicación del señor Kunz. El caballero Friedrich von Malzahn pasó lentamente junto a las tiendas que bordeaban la carretera y saludó respetuosamente a aquellos nobles señores a los que no conocía. Mientras continuaba su camino hacia Dahme, los invitados regresaron a las tiendas tal y como les pedía el Landdrost, sin dar mayor importancia al asunto. En cuanto el príncipe elector se hubo sentado, el Landdrost hizo llamar a un mensajero y le envió en secreto a Dahme para pedir a las autoridades de la ciudad que hicieran lo posible para que el tratante de caballos prosiguiera su viaje sin detenerse; pero incluso en esto fracasó, ya que los caballeros que acompañaban a Kohlhaas dejaron muy claro que les resultaba imposible continuar su camino por lo avanzado de la jornada y se mostraron decididos a pernoctar allí; lo único que pudieron hacer las autoridades fue alojarlos discretamente en una granja que quedaba a un lado de la ciudad, oculta por la frondosa vegetación. Por la tarde, los participantes en la cacería habían olvidado por completo el incidente gracias al vino, que les ayudó a relajarse, y a la suntuosa sobremesa de la que habían disfrutado. Entonces, al Landdrost se le ocurrió la idea de seguir la pista a un ciervo que poco antes se había dejado ver con su manada. Todos aceptaron la propuesta con júbilo y, después de coger sus armas de fuego, se dividieron en parejas y, atravesando setos y cercados, se internaron en el cercano bosque. El príncipe elector ofreció su brazo a Heloise, que no quería perderse aquel espectáculo, y acompañados por un montero que les servía de guía empezaron a caminar hasta que, por insólito que parezca, se encontraron en el patio de la casa en la que Kohlhaas y los caballeros de Brandenburgo pasaban la noche. Cuando la dama se dio cuenta de dónde estaban, dijo:
—¡Venid, noble señor, venid antes de que lleguen los que van detrás de nosotros! ¡Nos colaremos en la granja y podremos observar a un hombre fuera de lo común que, según dicen, pasa la noche dentro!
Con un gesto coqueto, tomó la cadena que colgaba del cuello del príncipe y la ocultó en su propio jubón. El príncipe elector se sonrojó y tomando su mano intentó disuadirla:
—¡Heloise! ¿Qué ocurrencias son ésas?
Ella le miró confusa. Le aseguró que nadie iba a reconocerle vestido con aquel traje de cazador y tiró de él hacia la casa. En ese instante un par de hidalgos monteros, que ya habían satisfecho su curiosidad, salieron por la puerta. Preguntados por la pareja, repusieron que el Landdrost había dado instrucciones de que ni los caballeros ni el tratante de caballos supieran quiénes se habían reunido aquel día en la comarca de Dahme. El príncipe elector se caló el sombrero sobre los ojos y dijo con una sonrisa:
—¡Locura, tú riges el mundo, y tu cátedra es la boca de una mujer hermosa!
Cuando entraron, Kohlhaas estaba sentado sobre un montón de paja con la espalda apoyada contra la pared, dando leche y pan blanco a su hijo, que había caído enfermo en Herzberg. Para entablar conversación, la dama le preguntó qué le pasaba al niño, quién era él, y qué delito había cometido para ir custodiado por semejante escolta. Él se quitó la gorra de cuero y, sin distraerse de lo que estaba haciendo, contestó una por una las preguntas dando las explicaciones imprescindibles para satisfacer la curiosidad de la dama. El príncipe elector, que estaba de pie detrás de los hidalgos monteros, observó una pequeña cápsula de plomo que llevaba colgada del cuello con un hilo de seda y, como no se le ocurría qué preguntar, se interesó por su significado y su contenido. Kohlhaas se la quitó del cuello, la abrió y sacó una pequeña nota sellada con lacre.
—¿Os referís a esta cápsula, recto señor? ¡La historia de esta cápsula es verdaderamente asombrosa! Han debido de pasar como siete lunas. Ocurrió justo el día después del entierro de mi mujer. Como tal vez sepáis, yo había salido de Kohlhaasenbrück para prender al hidalgo Wenzel von Tronka por las enormes injusticias que ésta había cometido contra mí. Mi camino me llevó hasta Jüterbock, lugar en que, por razones que desconozco, habían coincidido el príncipe elector de Sajonia y el de Brandenburgo. Por la tarde estuvieron paseando por las calles de la ciudad conversando animadamente, y al final decidieron acercarse a echar un vistazo a la feria anual que la villa celebraba precisamente entonces. Allí encontraron a una gitana que, sentada sobre un taburete, decía la buenaventura y leía el horóscopo a la gente. Se aproximaron a ella y, en tono burlón, le preguntaron si podía hacer algún pronóstico que les fuera favorable. Yo acababa de llegar con mi tropa a una posada y me encontraba presente en la plaza, pero no pude enterarme de lo que aquella asombrosa mujer decía a los señores, pues una multitud enorme mediaba entre ellos y la entrada de la iglesia donde estaba yo. La gente cuchicheaba y se reía, pues, al parecer, la mujer había respondido que ella no ponía su ciencia al servicio de cualquiera. El espectáculo atraía cada vez a más personas y yo, no tanto por curiosidad como por dejar sitio a los mirones, me subí a un banco que tenía detrás, labrado en la propia entrada de la iglesia. Desde aquella posición podía observar sin ningún estorbo a aquellos dos señores y a la mujer, que, sentada en un taburete ante ellos, parecía garabatear algo. De repente la anciana se levanta y, apoyándose sobre sus muletas, empieza a mirar a la gente que tiene alrededor; clava sus ojos en mí, que en la vida había cambiado una palabra con ella ni había recurrido a su ciencia, se abre paso a través de la muchedumbre que se agolpa en la plaza y, cuando llega hasta donde estoy, me dice: «¡Aquí tienes! ¡Si el señor quiere saberlo, tendrá que preguntártelo a ti!». Y, sin dar más explicaciones, alargó sus manos secas y huesudas, y me entregó esta nota. La gente se había vuelto hacia mí. Yo estaba confuso y le pregunté: «¿Podéis decirme qué he tenido el honor de recibir de vos, abuela?». Ella masculló un sinfín de palabras ininteligibles, entre las que reconocí extrañado mi propio nombre: «¡Un amuleto, Kohlhaas, tratante de caballos, guárdalo bien, porque algún día te salvará la vida!», y después de decir esto desapareció. Bueno —añadió Kohlhaas animoso—, a decir verdad, pese a lo mal que se pusieron las cosas en Dresden, salí con vida; y sólo el futuro puede decir qué pasará en Berlín y si saldré bien librado de allí.
Al oír estas palabras, el príncipe elector se sentó en un banco; la dama le preguntó confusa qué le ocurría, pero él no respondió nada en absoluto, pues antes de que ella pudiera sostenerlo con sus brazos, el príncipe se había desplomado sin sentido sobre el suelo. En ese instante entraba en la habitación para tratar un asunto el caballero Von Malzahn, que exclamó:
—¡Santo Dios! ¿Qué le pasa al señor?
—¡Traed agua! —gritaba la dama.
Los hidalgos monteros le levantaron y le llevaron a una cama que se encontraba en la habitación contigua. Todo el mundo fue preso de la desesperación, que llegó a su cima cuando el chambelán, al que un paje había ido a buscar, vio que sus esfuerzos por devolver a la vida al príncipe eran infructuosos y, después de hacer reiterados intentos por reanimarle, declaró que tenía todo el aspecto de haber sufrido un ataque. El copero había enviado a buscar al médico de Luckau, pero cuando el príncipe abrió los ojos, el Landdrost ordenó que le subieran a un coche para trasladarle a un pabellón de caza que tenía en la comarca; pese a que el coche avanzó con la máxima lentitud, a su llegada sufrió dos nuevos desvanecimientos, de los que no se recuperó hasta bien entrada la mañana del día siguiente, cuando el médico venido de Luckau identificó con claridad los síntomas de una fiebre nerviosa en ciernes. En cuanto volvió a ser dueño de sus sentidos, lo primero que hizo fue incorporarse en la cama y preguntar dónde estaba Kohlhaas. El chambelán, que malinterpretó su pregunta, tomó su mano y le dijo que no tenía que preocuparse por aquel hombre aterrador, porque, desde aquel extraño e incomprensible suceso, él había dispuesto que permaneciera en la granja de Dahme vigilado por guardias de Brandenburgo. Después de expresarle cuánto sentía aquel incidente, que lamentaba en el alma, y asegurar que había reprendido a su mujer con firmeza por su irresponsable frivolidad al conducirle a aquella granja, le preguntó de qué había tratado aquella conversación que había hecho mella en él de una forma tan asombrosa y violenta. El príncipe elector respondió que lo que iba a contarle tenía que quedar entre ellos dos, pues no admitiría ante ningún otro que la culpa de aquel incidente la tenía una nota insignificante que aquel hombre llevaba guardada en una cápsula de plomo. Añadió otras explicaciones que el chambelán no acabó de comprender y, de repente, apretándole la mano entre las suyas, el príncipe elector declaró que era de la máxima importancia que se hiciera con esa nota y le rogó que montara en su caballo y saliera inmediatamente hacia Dahme para apoderarse de ella al precio que fuera. Tratando de ocultar su confusión, el chambelán le aseguró que, en caso de que esta nota tuviese en efecto tanto valor, lo primordial era actuar con discreción para que Kohlhaas no llegase a saberlo nunca, pues, en cuanto tuviera conocimiento de ello por cualquier comentario imprudente, todas las riquezas que poseía no bastarían para comprarle el papel a aquel hombre atroz, que había demostrado una insaciable sed de venganza. Para intentar tranquilizarle, sugirió que habría que pensar en otro medio para conseguirlo; tal vez pudieran engañar a Kohlhaas mediante un tercero que no tuviera nada que ver con aquel asunto, ya que lo más probable es que a aquel malvado no le interesara particularmente el papel en sí; de este modo podrían obtenerlo con relativa facilidad, si es que la nota tenía tanta transcendencia como el príncipe elector aseguraba. Éste, que no paraba de enjugarse el sudor, preguntó de pronto si podían enviar a alguien a Dahme para que se encargase del asunto cuanto antes y suspender provisionalmente, hasta que se apoderaran de la nota, el traslado del tratante de caballos. El chambelán, que no daba crédito a sus oídos, respondió que, por desgracia, lo más probable era que el tratante de caballos ya hubiera abandonado Dahme y se encontrara al otro lado de la frontera, en tierras de Brandenburgo, donde cualquier maniobra para suspender su traslado o para forzar su regreso chocaría con enormes dificultades y les pondría en una situación sumamente desagradable de la que no saldrían bien parados. El príncipe elector guardaba silencio; su rostro revelaba una profunda desesperación; cuando volvió a recostarse sobre los cojines, el chambelán quiso saber cuál era el contenido de la nota y cómo se había enterado de que le concernía a él, pues eso era lo que más le extrañaba y no acababa de comprender. El príncipe elector observaba al chambelán con una mirada impenetrable; estaba claro que ahora dudaba de la buena disposición que el otro había mostrado para ayudarle, así que no respondió; rígido y pensativo, con el corazón latiéndole inquieto en el pecho, bajó la vista a la punta del pañuelo que sostenía entre las manos. De repente le pidió que fuese a buscar al hidalgo montero Von Stein, un joven señor, diligente y bien dispuesto, del que se había servido a menudo para resolver ciertos asuntos que exigían una absoluta reserva, dando a entender que debía hablar con él sobre un tema que no tenía nada que ver con aquello. Después de haberle expuesto la situación y haberle informado de la importancia de la nota que se encontraba en poder de Kohlhaas, preguntó al hidalgo montero si quería ganarse su eterna amistad consiguiendo aquel papel antes de que llegase a Berlín. En cuanto el hidalgo se hizo una idea de cuál habría de ser su cometido, pese a lo extrañas que eran las circunstancias en que se lo asignaban, prometió hacer todo lo posible por llevarlo a buen puerto. El príncipe elector le ordenó que sin más dilación saliera a caballo en pos de Kohlhaas; como probablemente no podría comprar su voluntad con dinero, debería tejer un discurso inteligente y bien urdido para convencerle de que le entregara el papel a cambio de la libertad y, si llegaba el caso, aun de la vida; tendría que prometer que le facilitaría una huida inmediata, sin riesgos, sorteando a los caballeros de Brandenburgo que le daban escolta, y ofrecerle caballos, hombres y una suma en metálico. Después de recibir de manos del príncipe la acreditación necesaria, el hidalgo montero partió inmediatamente, acompañado de algunos jóvenes, y a pesar de que dejó a los caballos sin aliento, tuvo la suerte de encontrar a Kohlhaas en un pueblo de la frontera; en compañía del caballero Von Malzahn y sus cinco hijos, el tratante disfrutaba de una comida al aire libre ante las puertas de la casa en que se la habían preparado. El emisario del príncipe se presentó al caballero Von Malzahn como un simple forastero que pasaba por allí y deseaba ver a aquel hombre fuera de lo común al que daban escolta; complaciente, el caballero le respondió que se sentara a la mesa y qué él mismo le presentaría a Kohlhaas. Como Von Malzahn no dejaba de ir y venir ocupado en organizar la partida y los demás caballeros comían en el otro lado de la casa, no tardó en presentarse la oportunidad que esperaba el hidalgo para revelar al tratante de caballos quién era y por qué había venido a verle. Kohlhaas, que ya conocía la identidad y el título del señor que había sufrido el desmayo en la granja de Dahme por culpa de la cápsula de la que ahora le hablaban, sintió un vértigo que llegó a su culmen cuando, intuyendo los secretos de la nota, decidió no revelar su contenido ocurriera lo que ocurriese y por grande que fuera la curiosidad que despertase, y recordando el trato indigno e impropio de un príncipe que le habían dispensado en Dresden, a pesar de que él iba dispuesto a hacer cualquier sacrificio, anunció que se quedaría con la nota. El hidalgo montero le preguntó qué le incitaba a rechazar la propuesta que le hacía, pues era extraño que se negase a acceder a su petición cuando lo que se le ofrecía a cambio era nada más y nada menos que la libertad y la vida.
—¡Noble señor! —respondió Kohlhaas—. Si vuestro soberano viniera a decirme que está dispuesto a dejarse aniquilar junto con toda la chusma que le rodea y que le ayuda a sostener el cetro, dejarse aniquilar, ¿comprendéis?, que es el máximo deseo que alberga mi alma, seguiría negándome a entregarle esa nota que parece importarle más que su propia vida, y le respondería: ¡Puedes llevarme al patíbulo, pero yo puedo hacerte daño y no dudes de que lo haré!
Mientras decía estas palabras, su rostro mostraba una palidez mortal. Luego reparó en la fuente donde les habían servido la comida, y, viendo que aún quedaban unas buenas tajadas, se sirvió de este pretexto para invitar a uno de los caballeros a sentarse a su mesa a fin de que no se echasen a perder; a partir de entonces no volvió a dirigirse al hidalgo; pese a que seguía sentado a su lado, actuó en todo momento como si no existiera, hasta que llegó la hora de partir, subió al coche y, antes de ponerse en camino, clavó en él su mirada. Cuando recibió esta noticia, la salud del príncipe elector empeoró hasta tal punto que, durante tres días fatídicos, el médico temió seriamente por su vida, que parecía asediada por todos los frentes al mismo tiempo. No obstante, al cabo de unas dramáticas semanas, que pasó postrado en el lecho, su fuerte naturaleza triunfó sobre la enfermedad, y aunque no podía afirmarse que se hubiera recuperado del todo, sí estaba en condiciones de subirse a un coche bien provisto de mantas y almohadones. Así fue como volvió a Dresden, donde le reclamaban sus obligaciones de gobierno. En cuanto hubo llegado a esta ciudad hizo llamar al príncipe Christiern von Meissen y le preguntó cómo iban las gestiones del asesor jurídico Eibenmayer, el letrado que querían enviar a Viena para que se personase como parte en la causa de Kohlhaas, presentando ante Su Majestad Imperial una demanda contra el tratante por haber roto la paz imperial decretada en sus territorios. Christiern von Meissen le respondió que ya había partido para Viena, él mismo se había ocupado de ello, cumpliendo las órdenes que el príncipe elector le había dado antes de marcharse a Dahme y justo después de que llegara el abogado Zäuner, el letrado que el príncipe elector de Brandenburgo había enviado a Dresden para llevar ante los tribunales al hidalgo Wenzel von Tronka por el asunto de los caballos negros. El príncipe elector enrojeció y, acercándose a su escritorio, mostró su asombro por la premura con que había actuado Christiern von Meissen, pues, por lo que recordaba, había dejado muy claro que debían esperar sus instrucciones antes de dar la orden definitiva para que Eibenmayer partiera, sobre todo porque previamente había que consultar el asunto con el doctor Lutero, que había mediado para obtener la amnistía que amparaba a Kohlhaas. Mientras hablaba iba amontonando algunas actas y cartas que estaban dispersas sobre la mesa, sin poder ocultar la decepción que se pintaba en su rostro. Christiern von Meissen permaneció en silencio un buen rato, contemplándole con los ojos muy abiertos, y luego expresó su malestar por haberle fallado en un asunto al que el príncipe elector atribuía tanta importancia; no obstante, podía mostrarle la resolución del Consejo de Estado en que se le indicaba que debía enviar al abogado a Viena justo en el momento en que lo había hecho. Añadió que en la citada reunión no se había hablado en ningún momento de hacer una consulta previa al doctor Lutero, algo que en su momento tal vez habría resultado conveniente considerar, teniendo en cuenta la deferencia que Lutero había tenido con Kohlhaas, pero ahora que habían roto públicamente la amnistía que amparaba al tratante, que lo habían arrestado y entregado a los tribunales para que le juzgasen y ejecutasen en Brandenburgo, no parecía tener mucho sentido. El príncipe elector dijo que, en el fondo, el error que había cometido al enviar a Eibenmayer a Viena tampoco era tan grave, aunque deseaba que, de momento y hasta nueva orden, no acudiera a la corte para presentar su demanda, por lo que rogaba al príncipe que tomara las disposiciones necesarias para hacérselo saber por medio de un correo urgente. El príncipe respondió que, por desgracia, tampoco podría cumplir esta orden; si la hubiera recibido tan solo un día antes, habría obedecido con mucho gusto, pero, según constaba en un informe que acababa de llegar, Eibenmayer había acudido aquella misma mañana a la cancillería de Estado de Viena, donde, como letrado del príncipe, había procedido a presentar la correspondiente denuncia contra Kohlhaas. El príncipe elector preguntó consternado cómo era posible que el asunto hubiera llegado tan lejos en tan poco tiempo; la respuesta fue que habían pasado tres semanas desde su partida y Eibenmayer había recibido instrucciones precisas para que tramitase este asunto sin dilación, lo que había cumplido, como era su deber, en cuanto puso los pies en Viena. No podían permitirse más retrasos, comentó el príncipe, porque Zäuner, el letrado de Brandenburgo, había actuado con suma diligencia contra el hidalgo Wenzel von Tronka solicitando ante la corte de justicia la devolución provisional de los caballos negros, que ahora estaban en manos del desollador, como paso previo para su futura restitución al tratante y, una vez rechazadas las objeciones de la parte contraria, había conseguido que se atendiera su solicitud. Mientras hacía sonar el timbre, el príncipe elector zanjó la cuestión diciendo: «¡En el fondo da igual! ¡No tiene por qué significar nada!». Después prosiguió la conversación con Christiern von Meissen haciéndole preguntas más o menos insustanciales: cómo iban las cosas por Dresden y qué había ocurrido en su ausencia, luego se despidió de él saludándole con la mano, incapaz de ocultar su auténtico estado de ánimo. Ese mismo día le hizo saber que, dada su importancia política, quería estudiar personalmente el proceso contra Kohlhaas, y con este pretexto le requirió por escrito para que le facilitara las actas completas relativas a ese asunto; y como le resultaba insoportable la idea de ser el causante de la perdición de la única persona de la que podía conseguir información sobre aquella misteriosa nota, redactó una carta de su puño y letra dirigida al emperador en la que le rogaba con mucha amabilidad, pero también como mucho énfasis, que atendiendo a una serie de motivos de una importancia transcendental, que tal vez pudiera exponerle con más detalle en un futuro próximo, le permitiera retirar provisionalmente la denuncia que Eibenmayer había presentado contra Kohlhaas hasta que hubiera madurado adecuadamente la decisión. El emperador le respondió con una nota redactada por la cancillería de Estado; en ella transmitía su profunda extrañeza ante el repentino cambio que parecía haberse operado en su voluntad y, al mismo tiempo, le informaba de que el escrito que había recibido de Sajonia convertía la causa de Kohlhaas en un asunto del Sacro Imperio Romano y que, de acuerdo con ello, él, como emperador y cabeza del mismo, se veía obligado a intervenir en el proceso presentando la correspondiente acusación ante la casa de Brandenburgo; un asesor de la corte, el letrado Franz Müller, había viajado a Berlín con la misión de pedir cuentas a Kohlhaas por vulnerar la paz imperial en sus territorios; llegados a este punto era absolutamente imposible retirar la denuncia, por lo que el proceso seguiría su curso habitual tal y como establecían las leyes. Después de recibir esta nota, el príncipe elector se derrumbó por completo. Las novedades que fueron llegando de Berlín en los días siguientes no hicieron más que aumentar su tristeza. El tribunal de la cámara había abierto un proceso contra Kohlhaas y era muy probable que, a pesar de los esfuerzos de su abogado, acabara en el cadalso. En estas condiciones, el pobre príncipe decidió hacer un último esfuerzo y redactó una carta de su puño y letra dirigida al príncipe elector de Brandenburgo suplicándole por la vida del tratante de caballos. Argumentaba que, formalmente, la amnistía que se le había concedido en su momento impedía su ejecución, a pesar de la sentencia que se pudiera dictar contra Kohlhaas; recordaba el rigor que a él le había distinguido a la hora de perseguir los crímenes del tratante, sin embargo nunca había estado en su ánimo enviarle a la muerte, por lo que lamentaría mucho que la protección que se le había prometido a Kohlhaas desde Berlín se tornara a la postre, en virtud de aquel giro inesperado, en un daño aún mayor que si se hubiera quedado en Dresden, donde hubieran juzgado su causa según las leyes sajonas. El príncipe elector de Brandenburgo, al que este alegato le pareció desdibujado y confuso, le respondió que la implacable determinación con que el fiscal de Su Majestad Imperial procedía hacía verdaderamente imposible obviar la aplicación de la ley tal y como él sugería. En cualquier caso, añadía, estaba absolutamente fuera de su alcance dar respuesta a las inquietudes que le transmitía en su escrito, puesto que la demanda interpuesta contra Kohlhaas no se circunscribía a los crímenes para los que se había decretado aquella amnistía, ni a la jurisdicción de aquel que se la había concedido, sino que entraban dentro de las competencias del cabeza del Imperio, que no estaba vinculado a ella en modo alguno y había decidido personarse como acusación ante el tribunal de la cámara de Berlín. Por otra parte, le hacía ver lo oportuno que resultaría dar un escarmiento ejemplar que sirviera para disuadir a quienes, como Kohlhaas, estuvieran pensando en seguir el camino de la violencia; ahí estaba Nagelschmidt, que con una inaudita osadía había perpetrado sus crímenes en tierras de Brandenburgo; ahora bien, si aquellas razones no le parecían lo bastante poderosas, lo mejor que podía hacer era dirigirse directamente a Su Majestad el emperador, pues si estaban hablando de decretar una especie de indulto a favor de Kohlhaas, el único que podía hacerlo era él. El príncipe elector, disgustado y exasperado al ver que todos sus planes fracasaban, volvió a caer enfermo. Cuando el chambelán fue a visitarle una mañana, él le mostró las cartas que había dirigido a la corte de Berlín con la intención de salvar la vida de Kohlhaas y, de esta manera, ganar tiempo para apoderarse de la nota que guardaba con tanto celo. El chambelán cayó de rodillas a sus pies y le rogó por lo más santo, por lo que más quisiera, que le explicase de qué trataba aquella nota. Tras pedirle que echase el cerrojo a la puerta y se sentase a su lado, sobre su cama, el príncipe elector agarró su mano y, apretándola contra su corazón, dejó escapar un suspiro y empezó su relato de la siguiente forma:
—Según he oído decir, tu mujer te ha contado ya que el príncipe elector de Brandenburgo y yo coincidimos hace algún tiempo en Jüterbock. Llevábamos tres días allí cuando nos encontramos con una gitana. El príncipe elector, siempre tan agudo, decidió gastarle una broma que echara por tierra la fama de aquella mujer, que tenía reputación de adivina, aunque a él le parecía una simple oportunista; durante la comida la gitana había sido motivo de una apasionada discusión, y él la había puesto en evidencia ante todo el pueblo; así que el príncipe elector se plantó frente a su mesa con los brazos cruzados y le pidió a la mujer que le diera una señal con la que pudiese comprobar aquel mismo día que la predicción que había de hacer era cierta; si no lo hacía, argumentó, no creería en sus palabras aunque fuera la misma Sibila de Roma. La mujer nos examinó fugazmente de pies a cabeza y luego anunció que, antes de que nos marcháramos del mercado, vendría a nuestro encuentro el gran ciervo que el hijo del jardinero cuidaba en el parque del palacio y que justo entonces acababa de mudar su cornamenta: en eso consistía la señal que le habíamos pedido. Has de saber que aquel ciervo estaba destinado a las cocinas de Dresden y, por tanto, lo tenían guardado en un recinto protegido por altas empalizadas y cerrado con candados, donde podía disfrutar de la sombra de los robles que poblaban el parque, en el que también vivían pequeños animales salvajes e incluso aves, sometidos todos a una estricta vigilancia, vigilancia que en el caso del jardín reservado al ciervo era doble; en suma, era imposible imaginar qué podía ocurrir para que el animal, de acuerdo con esta singular predicción, viniera a nuestro encuentro en la plaza donde nos encontrábamos; como quiera que el príncipe elector temía ser víctima de algún malicioso engaño que no hubiera previsto, consultó un momento conmigo y, empeñado como estaba en demostrar la falsedad de aquellas profecías y en dejar a aquella mujer en evidencia, dispuso que sacrificaran al ciervo en el acto y prepararan con él la comida de los días siguientes. A continuación se volvió hacía la mujer, a la que no le había ocultado sus intenciones pues había dado la orden en voz alta, y dijo: «¡De acuerdo, muy bien! ¿Qué futuro me predices?». La mujer, observando su mano, dijo: «¡Salud, mi príncipe elector y señor! ¡Su Excelencia reinará largo tiempo, la casa de la que desciende perdurará por los siglos de los siglos; su descendencia será vasta y poderosa y se impondrá a todos los príncipes y señores del mundo!». El príncipe elector se quedó un momento en silencio, contemplando pensativo a la mujer, luego se acercó a mí y comentó a media voz que ahora casi se arrepentía de haber enviado a un emisario al palacio para echar por tierra aquel vaticinio; y mientras los caballeros del séquito del príncipe prorrumpían en gritos de júbilo y lanzaban sobre el regazo de aquella mujer una verdadera lluvia de monedas de plata para celebrar sus palabras, el príncipe elector, que también se llevó la mano al bolsillo y añadió una moneda más al montón que ella había recogido, le preguntó si lo que se disponía a revelar sobre mi porvenir tendría un tono tan argentino como los hechos que le había pronosticado a él. La mujer abrió una caja que tenía al lado y empezó a ordenar las monedas atendiendo a su cuño y a su valor, una operación que le llevó bastante tiempo y en la que puso mucho cuidado; después cerró de nuevo la caja, levantó la mano para protegerse del sol como si le molestara la luz y se quedó mirándome. Yo le repetí la pregunta y, mientras ella examinaba mi mano, comenté bromeando al príncipe elector: «Me parece a mí que lo que tiene que decirme no va a ser nada agradable». Ella agarró sus muletas, se levantó lentamente del taburete y, tendiéndome las manos misteriosamente, se acercó a mi oído para que escuchara bien lo que iba a decirme. «¡Así es, en efecto!», susurró. «¡Vaya! —exclamé confuso, y di un paso atrás mientras aquella figura volvía a sentarse en el taburete con una mirada fría y sin vida, como si tuviera los ojos de mármol—. ¿Cómo puedo conjurar el peligro que amenaza mi casa?». Tomando en la mano un carbón y un trozo de papel, la mujer cruzó las rodillas y me preguntó si podía escribírmelo. Perplejo ante el desarrollo de los acontecimientos, le respondí que sí, más que nada porque tampoco parecía tener otra alternativa: «¡Sí! ¡Hazlo!», le dije. «¡Muy bien! —respondió ella—. Te escribiré tres cosas: el nombre del último soberano de tu casa, el año en que perderá su reino y el nombre de aquel que se lo arrebatará por la fuerza de las armas». Tras cumplir su palabra en presencia de todo el pueblo, se levantó, cerró la nota con un poco de lacre que humedeció con sus labios marchitos y estampó sobre él su sello, que llevaba en el dedo corazón. Comprenderás que no hay palabras que puedan describir la curiosidad que me embargó en aquellos momentos; cuando alargué la mano hacia la nota, ella me dijo: «¡De eso nada, Alteza!». Se volvió y, levantando una de sus muletas, dijo: «¡Si la quieres, tendrás que pedírsela a aquel hombre de allí, el que lleva el sombrero de plumas y está de pie encima del banco que hay a la entrada de la iglesia, detrás de toda esa gente!». Y sin que yo acabara de entender lo que me decía, me dejó plantado en medio de la plaza, mudo de sorpresa; recogió la caja que tenía detrás, se la echó a la espalda y, antes de que pudiera darme cuenta de lo que hacía, se mezcló entre la muchedumbre. Justo en ese momento, para alivio de mi corazón, apareció el caballero que el príncipe elector había enviado al palacio y anunció con una sonrisa que el ciervo había sido sacrificado y que él había visto con sus propios ojos cómo dos monteros lo llevaban a rastras a la cocina. El príncipe elector me cogió del brazo con la intención de sacarme de la plaza y dijo muy animado: «¡Vaya! ¡Muy bien! ¡De modo que la profecía no era más que una estafa, uno de los muchos timos que están a la orden del día, y no valía el tiempo ni el oro que nos ha costado!». Sin embargo, no había acabado de pronunciar estas palabras, cuando un grito se elevó en la plaza y los ojos de la multitud se volvieron hacia un perro carnicero que se había apoderado del ciervo en la cocina del palacio y venía arrastrando su presa por la nuca y con un grupo de mozos y doncellas detrás. ¡Cuál no sería nuestro asombro cuando se detuvo a tres pasos de nosotros y dejó caer su botín en el suelo, cumpliendo la profecía que había hecho la mujer y ofreciéndonos así la prueba que demostraba que todo lo que había dicho era cierto, pues, aunque muerto, el ciervo había acabado viniendo al mercado y a nuestro encuentro! Si un día de invierno un rayo me hubiera fulminado no habría resultado tan demoledor como aquella visión. Cuando conseguí separarme de mis acompañantes, centré todos mis esfuerzos en localizar al hombre del sombrero de plumas que la mujer me había señalado; no obstante, aunque mis hombres estuvieron tres días tratando de conseguir alguna información sobre su paradero, nadie pudo ofrecerme un mínimo dato que nos pusiera sobre su pista. Y hace unas pocas semanas, amigo Kunz, he visto a ese hombre con mis propios ojos: es el que estaba en la granja de Dahme.
Llegado a este punto, soltó la mano del chambelán, y mientras se enjugaba el sudor, volvió a recostarse entre los almohadones. Convencido de que cualquier esfuerzo por desbaratar o, al menos, corregir la idea que el príncipe elector se había formado de este suceso sería inútil, Kunz le rogó que hiciera lo posible por apoderarse de la nota valiéndose de los medios que tuviera a su alcance y que luego abandonase a aquel tipo a su suerte; pero el príncipe elector respondió que no veía cómo podía hacer algo así, por más que la perspectiva de ver desaparecer a aquel hombre y, con él, toda noticia sobre el destino que le aguardaba le sumía en el dolor y la desesperación. Su amigo le preguntó si había intentado dar con la gitana; el príncipe elector explicó que hacía mucho tiempo se había inventado un pretexto para que la buscaran en todas las plazas del electorado, pero había sido en vano: no había ni rastro de ella; aunque no iba a extenderse explicándole los motivos que tenía para pensarlo, dudaba mucho que se encontrara siquiera en Sajonia. Por entonces, la mujer del chambelán había recibido una parte nada desdeñable de la herencia del depuesto y poco después fallecido archicanciller, el conde Kallheim; algunas de las propiedades que le habían correspondido se encontraban en Neumark, razón por la cual Kunz tenía previsto viajar a Berlín en los próximos días; así que, movido por el afecto que sentía hacia el príncipe elector, reflexionó unos momentos y después le dijo que, si le daba libertad para actuar, se ocuparía de aquel asunto. Apretando la mano de él contra su pecho en señal de cariño el príncipe respondió:
—¡Piensa que eres yo, y procúrame la nota!
El chambelán se apresuró a despachar los asuntos que tenía pendientes para adelantar su partida unos días y, tras despedirse de su mujer, partió a Berlín acompañado por unos pocos sirvientes.
Entretanto Kohlhaas, como se ha dicho, había llegado a Berlín, y, siguiendo órdenes expresas del príncipe elector, había sido recluido en la prisión de nobles, que ofrecía algunas ventajas y mayor comodidad tanto para él como para sus cinco hijos. Cuando a petición del fiscal imperial de Viena compareció ante el tribunal de la cámara para rendir cuentas por la ruptura de la paz imperial decretada por el emperador, el tratante de caballos alegó en su defensa que, en virtud de la amnistía de que gozaba tras el acuerdo alcanzado en Lützen con el príncipe elector, no podían pedírsele responsabilidades ni por los ataques que había emprendido tras tomar las armas ni por ninguno de los crímenes que había cometido en territorio de Sajonia; le comunicaron que Su Majestad el emperador, cuyo fiscal había presentado aquella demanda, no podía tomar en consideración ese pacto; a la vista de las circunstancias no tardó en renunciar a su defensa, sobre todo cuando se le garantizó que los tribunales de Dresden le darían plena satisfacción en el pleito que había entablado con el hidalgo Wenzel von Tronka. Así, el mismo día que llegó el chambelán, la justicia dictó sentencia contra él y le condenó a morir decapitado por la espada, una pena que prácticamente nadie pensaba que fuera a ejecutarse, teniendo en cuenta la compleja situación en que se encontraban, por no hablar del afecto que el príncipe elector profesaba a Kohlhaas; en suma, la ciudad estaba convencida de que sería indultado por el soberano, que inevitablemente, al menos es lo que esperaban, le conmutaría la pena capital por condena de prisión larga y severa. El chambelán, que, pese a todo, intuyó que no tenía tiempo que perder si quería llevar a buen puerto la misión que su señor le había encomendado, puso en marcha su plan, y una mañana que Kohlhaas se había asomado a la ventana de su prisión y se entretenía observando despreocupadamente a los transeúntes, Kunz se puso al alcance de su vista ataviado con su traje oficial, flamante e impecable; un repentino movimiento de cabeza del tratante de caballos le confirmó que no había pasado desapercibido; luego el chambelán observó con satisfacción cómo, casi sin darse cuenta, Kohlhaas se llevaba la mano al pecho y agarraba con fuerza la cápsula; aquel gesto, que revelaba la conmoción que acababa de sufrir su alma, convenció a Kunz que había llegado el momento de dar un paso más en el camino que le conduciría a apoderarse de la nota. Para ello recurriría a una mísera anciana a la que había encontrado en las calles de Berlín entre una muchedumbre de pordioseros harapientos; la mujer caminaba apoyándose sobre unas muletas y tanto por su edad como por su atuendo Kunz pensó que debía de parecerse a la que el príncipe elector le había descrito. Suponiendo que Kohlhaas no habría memorizado las facciones de la adivina, a la que sólo había visto fugazmente cuando la anciana le entregara la nota, decidió suplantarla por esa mujer, con la intención de que se presentara ante el tratante haciéndose pasar por gitana. Para lograr su propósito tuvo que ponerla al corriente de la situación, informándole con pelos y señales de todo lo ocurrido entre el príncipe elector y la gitana en Jüterbock; como no sabía exactamente lo que la adivina había revelado a Kohlhaas, hizo especial hincapié en los tres misteriosos artículos contenidos en la nota, y después de indicarle la información que la anciana iría dejando caer a medida que avanzase en su conversación con Kohlhaas, siempre de forma fragmentaria y sin precisar demasiado, subrayó lo importante que era para la corte sajona apoderarse de aquella nota, mediante el engaño o por la fuerza, y le encargó explícitamente que pidiera a Kohlhaas que se la entregara, pretextando que con él no estaba a salvo y ofreciéndose a guardarla hasta que hubieran pasado aquellos días fatídicos. La pordiosera se comprometió a cumplir inmediatamente la tarea que le habían encomendado, a cambio de una considerable suma, parte de la cual exigió cobrar por adelantado. Como la madre de Herse, el criado de Kohlhaas que había caído en Mühlberg, tenía permiso del gobierno para visitar al preso de vez en cuando, y ya hacía algunas lunas que conocía a la anciana, habló con el carcelero para que, a cambio de un pequeño soborno, permitiera a ésta pasar a verle. Cuando la mujer entró, Kohlhaas se fijó en el anillo que llevaba en la mano y el collar de coral que adornaba su pecho, y creyó reconocer a aquella gitana que le había entregado la nota en Jüterbock. No conviene olvidar que la probabilidad no siempre está del lado de la verdad; así ocurrió en este caso, en que se dio una coincidencia de la que informaremos de inmediato, aunque el lector es libre de ponerla en duda si así le place: el chambelán había cometido un terrible error, pues buscando por las calles de Berlín una anciana pordiosera que se pareciese a la gitana, había dado con la gitana en persona, la misma misteriosa mujer a la que quería suplantar. Apoyada en sus muletas acariciaba las mejillas de los hijos de Kohlhaas, que impresionados por aquella fantástica visión se abrazaban a su padre. Le contó que hacía mucho tiempo que había abandonado Sajonia y había regresado a Brandenburgo. La primavera anterior el chambelán había estado en Jüterbock haciendo algunas preguntas más o menos indiscretas sin tomar precauciones; desde entonces la mujer se había pegado a él y, usando un nombre falso, había conseguido que pusiera en sus manos la resolución de un asunto. El tratante de caballos observó que la anciana guardaba una extraña semejanza con su difunta mujer, al punto que habría querido preguntarle si era su abuela; no sólo se parecía en las facciones, las manos, la figura seca, pero aún hermosa, sino sobre todo en su forma de hablar; todo le recordaba a Lisbeth vivamente; incluso advirtió una marca en el cuello de la anciana que había tenido su mujer. Confuso por los extraños pensamientos que anidaban en su mente, el tratante de caballos la invitó a sentarse y le preguntó qué tejemanejes se traía el chambelán entre manos y por qué diablos la había enviado a ella. Mientras el viejo perro de Kohlhaas husmeaba las rodillas de la mujer y movía el rabo cuando ella lo acariciaba, respondió que el chambelán le había encargado que le diera a entender que estaba al corriente del contenido de la misteriosa nota y conocía las respuestas a aquellas tres preguntas tan importantes para la corte de Sajonia; así mismo la anciana debía advertirle que un emisario del príncipe se encontraba en Berlín para apoderarse del papel y utilizar este pretexto para rogarle que le entregase la nota a ella, pues ésta ya no estaba a salvo en su pecho, donde la llevaba. Sin embargo, su verdadera intención, añadió la gitana, era ponerle sobre aviso y pedirle que no se dejara engañar por aquellos que trataban de quitarle la nota con argucias o incluso por la fuerza; mientras gozara de la protección del príncipe elector de Brandenburgo —como era el caso, pues aunque prisionero y en la cárcel, lo cierto es que estaba bajo su custodia—, no había de temer por el papel; de hecho, la nota estaba mucho más segura con él que con ella, por lo que había de guardarse mucho de entregarla o permitir que se la quitaran, no importaba quién se la pidiese ni el pretexto que utilizase para ello. Para acabar dijo que, en cualquier caso, consideraba prudente darle a la nota el uso para el que ella se la había entregado en la feria anual de Jüterbock; Kohlhaas podía atender a la propuesta que le había hecho en la frontera el hidalgo Von Stein y sopesar la posibilidad de entregar aquella nota, que no podía resultarle ya de más provecho, al príncipe elector de Sajonia a cambio de su libertad y de su vida. Lleno de júbilo al conocer el poder que se le había concedido, con el que heriría mortalmente el talón de su enemigo en el instante en que éste le aplastara en el suelo, el tratante respondió:
—¡No pienso desprenderme de esta nota por nada del mundo, abuela, por nada del mundo!
Apretando la mano de la anciana quiso saber cuáles eran las respuestas de la nota a aquellas tremendas preguntas. La mujer sentó en su regazo al niño más pequeño, que se había acurrucado a sus pies, y dijo:
—¡No te pido que te desprendas de la nota por nada del mundo, tratante de caballos, pero sí por este pequeño tan guapo y tan rubio!
Sonrió al niño, lo estrechó contra su pecho y le besó, contemplándole con los ojos muy abiertos; luego le tendió con sus manos secas una manzana que llevaba en una bolsa. Kohlhaas estaba confuso. Dijo que cuando los niños fueran mayores comprenderían lo que había hecho y la alabarían por haberse comportado así; lo más noble que podía hacer por ellos y por sus nietos era conservar la nota. Además, después de la experiencia que había tenido, nadie le aseguraba que no sería víctima de un nuevo engaño y, a la postre, no estaría sacrificando en vano la nota, como le ocurriera hacía un tiempo cuando, confiando en la palabra del príncipe elector, había dado la orden de disolver la tropa en Lützen.
—Una vez que alguien quebranta la promesa que me ha hecho —dijo—, sabe que no volveré a cruzar una palabra con él; sólo si tú me lo pides expresamente y sin dudar me desprenderé de la nota con la que, de una forma tan portentosa, obtendré satisfacción por cuanto he sufrido, querida abuela.
La mujer puso al niño en el suelo y respondió que, en cierto sentido, tenía razón; podía hacer o dejar de hacer lo que quisiera; cogió las muletas y se dispuso a marcharse. Kohlhaas volvió a preguntarle acerca del contenido de aquella asombrosa nota; aunque las respuestas de la anciana eran parcas y evitaban ir al meollo de la cuestión, no quería dejarla ir sin que antes le aclarase lo que decía el papel; había mil cosas que despertaban su curiosidad: quién era en realidad la gitana, de dónde sacaba su sabiduría, por qué se había negado a entregarle la nota al príncipe elector, cuando en realidad la había escrito para él, y por qué, entre cientos de personas, la había puesto precisamente en las manos de alguien como el tratante, que jamás había recurrido a su ciencia. Justo en ese instante escucharon las pisadas de varios oficiales de policía subiendo por la escalera; la mujer, sobresaltada y con la inquietud de verse descubierta en aquellos aposentos, respondió:
—¡Adiós, Kohlhaas, adiós! ¡Cuando nos volvamos a encontrar te enterarás de todo! —Luego se volvió hacia la puerta—. ¡Que os vaya bien, hijitos míos, que os vaya muy bien!
Fue besando a todos los niños por orden y salió. Entretanto, el príncipe elector de Sajonia, torturado por oscuros presentimientos, había mandado llamar a Oldenholm y Olearius, dos astrólogos que en aquella época gozaban de una gran reputación en Sajonia, con la intención de consultarles acerca del contenido de aquella nota tan misteriosa como importante para él y para su casa; encerrados en la torre del castillo de Dresden, aquellos hombres examinaron la cuestión durante varios días, pero no llegaron a ponerse de acuerdo sobre si la profecía se refería a los siglos venideros, o, por el contrario, había de cumplirse en el presente; tal vez señalara a la corona de Polonia, con la que el territorio de Sajonia seguía manteniendo tensas relaciones, siempre al borde de la confrontación bélica; de modo que, en lugar de aliviar la inquietud, por no decir la desesperación, en que vivía el pobre desdichado, las palabras de los astrólogos no hicieron más que aumentarla y al final la multiplicó hasta un grado insoportable. Para colmo de males, la mujer del chambelán, quien en aquel momento estaba a punto de viajar a Berlín para reunirse con su marido, recibió un mensaje de éste en que le pedía que, antes de partir, informara discretamente al príncipe elector de que había fracasado en su cometido; la anciana en que había confiado había desaparecido desde que la enviara a visitar a Kohlhaas, por lo que sus esperanzas de arrebatarle la nota al tratante de caballos se habían esfumado, sobre todo ahora que, tras un exhaustivo examen de las actas del proceso, el príncipe elector de Brandenburgo había firmado su sentencia de muerte y la ejecución se había fijado para el lunes siguiente al Domingo de Ramos. Cuando recibió esta noticia, al príncipe elector se le desgarró el corazón por la angustia y el remordimiento, y, viendo que su destino le abocaba a la perdición, se encerró en sus aposentos durante dos días; hastiado de la vida, se negó a probar bocado; al tercer día salió de repente, redactó una escueta nota para poner en conocimiento del gobierno que se disponía a visitar las tierras del príncipe de Dessau, donde aprovecharía para salir de caza, y desapareció de Dresden. Adónde fue verdaderamente, si llegó a Dessau o no, es un misterio que no estamos en situación de resolver, pues en este punto las crónicas que hemos cotejado para elaborar este informe se contradicen y enmiendan unas a otras, lo que no deja de resultar extraño. Lo cierto es que, en esos momentos, el príncipe de Dessau no estaba en disposición de salir de caza, ya que se encontraba enfermo en Braunschweig, en casa de su tío, el duque Heinrich. También sabemos que la tarde siguiente Heloise llegó a Berlín acompañada por un tal conde de Königstein, al que presentó como primo suyo, y que ambos se alojaron en casa de su esposo, el chambelán, señor Kunz. Entretanto, cumpliendo con las órdenes dadas por el príncipe elector, se había leído la sentencia de muerte a Kohlhaas, se le habían quitado las cadenas y se le habían entregado los papeles relativos a su fortuna que le habían sido negados en Dresden. Los consejeros que el tribunal había nombrado para este fin le preguntaron sobre las disposiciones que quería tomar sobre sus bienes y cómo quería que se emplearan después de su muerte, así que, con ayuda de un notario, redactó un testamento a favor de sus hijos y nombró al ministerial de Kohlhaasenbrück, su resuelto amigo, tutor de los pequeños. Sus últimos días fueron felices, ninguna época de su vida podría compararse con la paz que disfrutó en ellos, pues el príncipe elector quiso hacer una excepción en su caso y dictó una orden especial para que dejaran abiertas las puertas del calabozo en el que se encontraba Kohlhaas, y todos sus amigos, tenía muchos en la ciudad, pudieron acudir a saludarle libremente día y noche. Incluso tuvo la satisfacción de recibir la visita del teólogo Jacob Freising, emisario del doctor Lutero, quien le llevó una carta de su puño y letra, sin duda muy curiosa, aunque desgraciadamente se ha perdido; de este clérigo, asistido por dos deanes de Brandenburgo que le habían acompañado, recibió asimismo el sacramento de la comunión. La ciudad, que todavía no había perdido la esperanza de que el soberano salvara su vida otorgándole un indulto, vivía presa de una tremenda agitación, cuando llegó por fin el fatídico lunes siguiente al Domingo de Ramos, en el que Kohlhaas había de reconciliarse con el mundo por la precipitación con la que había tratado de procurarse justicia. Acababa de cruzar el umbral de su prisión con dos de sus hijos en brazos (una gracia que había solicitado expresamente ante el tribunal), escoltado por una nutrida guardia y acompañado por el teólogo Jacob Freising así como por una multitud de conocidos que se despedían de él estrechándole la mano afligidos, cuando el castellano del palacio del príncipe elector se acercó a él con el rostro demudado y le tendió una hoja que, según dijo, le había entregado una anciana para él. Mientras contemplaba extrañado a aquel hombre que no le resultaba del todo desconocido, Kohlhaas abrió la nota, cuyo sello de lacre le recordó inmediatamente a la famosa gitana. Pero ¿quién podría describir el asombro que se apoderó de él cuando encontró dentro la siguiente noticia?
Kohlhaas, el príncipe elector de Sajonia está en Berlín; ya ha ido a la plaza donde va a celebrarse la ejecución. Por si te interesa, le reconocerás por un sombrero con penachos de plumas azules y blancas. No es necesario que explique cuáles son sus intenciones: esperará a que te echen tierra encima para desenterrarte, abrir la cápsula que cuelga de tu cuello y apoderarse de la nota que se encuentra dentro. Siempre tuya, Elisabeth.
Desolado, Kohlhaas se volvió hacia el castellano y le preguntó si conocía a la misteriosa mujer que le había entregado la nota. El castellano iba a responderle: «Kohlhaas, la mujer…», cuando extrañamente se interrumpió, y el tratante de caballos, arrastrado por la comitiva que en ese momento volvía a ponerse en movimiento, no pudo entender lo que aquel hombre, que parecía temblar de pies a cabeza, trataba de decirle. Cuando llegó a la plaza de la ejecución, encontró al príncipe elector de Brandenburgo con todo su séquito, en el que también se encontraba el archicanciller, el señor Heinrich von Geusau, rodeado por una gran muchedumbre; a su derecha se hallaba el fiscal imperial Franz Müller, que llevaba en la mano una copia de la condena a muerte; a su izquierda, con la sentencia que había dictado la corte de justicia de Dresden, estaba su abogado, el letrado Anton Zäuner, y, en el centro del semicírculo que cerraba el pueblo, un heraldo con un hatillo y los dos caballos negros, que volvían a tener un aspecto magnífico, deslumbrante, y piafaban en la tierra con sus cascos. El archicanciller, el señor Heinrich, había ganado la demanda que, en nombre de su señor, había presentado en Dresden contra el hidalgo Wenzel von Tronka. El tribunal había accedido punto por punto a todas sus peticiones, sin la menor restricción; de modo que a los caballos se les devolvió su dignidad agitando una bandera sobre su cabeza y, después de recibirlos de manos del desollador, que los había alimentado hasta entonces, la gente del hidalgo se había encargado de su cuidado hasta que, recios y sanos como al principio, habían sido entregados al abogado en el mercado de Dresden en presencia de una comisión constituida específicamente para ese fin. A continuación tomó la palabra el príncipe elector y, cuando Kohlhaas, acompañado por la guardia, llegó a su lado, dijo:
—¡Bueno, Kohlhaas, hoy es el día en el que se te hace justicia! Mira, aquí tienes todo lo que te quitaron por la fuerza en el castillo de Tronka, y que yo, como soberano tuyo, tenía la obligación de devolverte: los caballos negros, un pañuelo para el cuello, los florines que llevabas, la ropa e incluso los gastos de las curas de tu criado Herse, caído en Mühlberg. ¿Estás satisfecho conmigo?
Kohlhaas dejó en el suelo a los niños que llevaba en brazos y leyó con los ojos muy abiertos, chispeantes de alegría, la sentencia que le habían entregado a una señal del archicanciller, y cuando llegó al punto en el que se condenaba al hidalgo Wenzel a una pena de dos años de prisión, la emoción le embargó hasta el extremo de que cruzó las manos sobre el pecho y cayó de rodillas ante el príncipe elector, que le observaba a cierta distancia. Lleno de júbilo, se levantó y, llevándose la mano al corazón, aseguró al archicanciller que su máximo deseo en la tierra se había visto cumplido; se acercó a los caballos, los examinó y dio unas palmadas sobre su grueso cuello; luego se volvió muy contento hacia el canciller y le encomendó a sus dos hijos Heinrich y Leopold. El canciller, el señor Heinrich von Geusau, que iba montado a caballo, bajó la vista hacia él con dulzura y le prometió en nombre del príncipe elector que cumplirían religiosamente su última voluntad, y le requirió para que dispusiera según su buen parecer del resto de las cosas que se encontraban en el hatillo. A continuación, Kohlhaas llamó a la anciana madre de Herse, a la que había visto en la plaza entre la multitud, le pidió que se acercara y, entregándole todo, le dijo:
—¡Aquí tienes, abuela, esto te pertenece!
Añadió como regalo la suma de dinero que había recibido en reparación por los daños que le habían causado, con la intención de que sirviera para asistirla y confortarla en sus días de ancianidad. Entonces, el príncipe elector exclamó:
—¡Bueno, Kohlhaas, tratante de caballos, tú, al que se le ha dado plena satisfacción en sus demandas, disponte por tu parte a dar satisfacción a Su Majestad Imperial, cuyo letrado ves aquí, y paga tu culpa por haber roto la paz imperial que decretó!
Kohlhaas se quitó el sombrero y, lanzándolo a la tierra, dijo que estaba dispuesto a ello, entregó a los niños, después de haberlos levantado del suelo una vez más para estrecharlos contra su pecho, al ministerial de Kohlhaasenbrück, y mientras éste los conducía fuera de la plaza entre calladas lágrimas, se acercó al cepo, se desató apresuradamente el pañuelo que llevaba al cuello y se abrió la lazada del jubón; entonces, lanzando una fugaz mirada al corro que formaba el pueblo, advirtió a escasa distancia de él a dos caballeros que cubrían parcialmente con su cuerpo a un hombre con penachos de plumas azules y blancas al que conocía muy bien. De repente, Kohlhaas dio un paso adelante para acercarse a él, lo que cogió por sorpresa a la guardia que le rodeaba, agarró la cápsula que colgaba de su cuello, sacó la nota, rompió el lacre y la leyó; mirándole fijamente, sin apartar los ojos del hombre con penachos de plumas azules y blancas que ya alentaba en su pecho las más dulces esperanzas, se metió el papel en la boca y se lo tragó. Al ver aquello, el hombre con penachos de plumas azules y blancas se desplomó en el suelo sin sentido, entre convulsiones. Mientras sus acongojados acompañantes se inclinaban sobre él y trataban de levantarle, Kohlhaas se volvió hacia el patíbulo, donde su cabeza cayó bajo el hacha del verdugo. Aquí finaliza la historia de Kohlhaas. Su cuerpo se colocó en un ataúd, mientras todo el pueblo hacía duelo por él; luego fue llevado al cementerio que se encontraba a las afueras de la ciudad, donde recibió digna sepultura. El príncipe elector llamó a los hijos del finado y los armó caballeros indicando al archicanciller que a partir de ese día habían de ingresar en la escuela de pajes para recibir la debida educación. El príncipe elector de Sajonia regresó a Dresden con el cuerpo y el alma desgarrados. La historia nos ha transmitido cuál fue su destino. En cuanto a Kohlhaas, algunos de sus descendientes han seguido viviendo en Mecklenburgo hasta el siglo pasado, robustos y alegres.