un tropiezo en el camino (spanish)
¿Más de tres años de felicidad total tirados por la borda?
Tanto tiempo de estar alejada de las relaciones por miedo a volver a sufrir… y todo el dolor volvía multiplicado por tres… ¿tres? Nooo… por diez.
Esos eran los pensamientos de Luana Moure esa noche, recordando por milésima vez lo que había ocurrido un mes atrás. Volteó la cabeza y miró la almohada a su lado… estaba vacía.
Patricio se había dado por vencido.
Cerró la notebook –un pobre sustituto de lo que ella realmente necesitaba– y se apoyó en la cabecera de la cama abrazando sus piernas.
¡Dios mío! ¿Qué voy a hacer? Se preguntó de nuevo, por enésima vez. Esta vez no era un novio al que dejar de lado… ¡era su marido! Y lo amaba, y él la amaba a ella, se lo había dicho y demostrado de mil formas.
Pero Luana era muy terca, demasiado.
A Patricio le llevó siete meses conseguir siquiera tocarla, casi un año para que aceptara que lo amaba, y otro año más para que decidiera vivir con él. Luego de otros diez meses, tuvo que estar casi al borde de la muerte para que por fin ella le diera el “sí” y se casaran. De eso hacía menos de seis meses…
Trató de recordar los momentos más felices de su relación:
Como esa vez en la que –de novios todavía– habían peleado y él se coló en su departamento a la noche, y Luana altanera le había dicho: ¿qué haces aquí? ¿Por qué no estás en tu cama? Patricio, con la dulzura que lo caracteriza solo le respondió: “No importa si peleamos, lo haremos a menudo, pero debes meterte en esa cabeza tan dura que tienes que mi cama está donde estás tú, amor”.
Luana casi se derrite.
O esa vez en Nueva York, cuando hicieron escala en su viaje a Japón, Patricio la llevó hasta la joyería Tiffany & Co. y le regaló un anillo de compromiso que ella se negó a usar por mucho tiempo, incluso compró las alianzas… “por si acaso”, como decía él. ¡Y santo cielo! Había simulado su casamiento en la famosa joyería, fue tan romántico.
Luana suspiró y miró hacia el balcón, se sentía igual que esa oscura noche, triste y solitaria. Observó las luces del condominio donde vivían, cruzando la calle interna se veía la casa del hijo mayor de Patricio, y allí estaba Rorro, otro de sus amores, el hijo pequeño de Alberto, un dulce niño que la tenía loca y que era el nieto de su marido. Las ocasiones en los que pasaban todos juntos en familia era el mayor tesoro que tenía, no deseaba perderlos.
Pero por más que trataba de recordar solo los buenos momentos que pasaron juntos, la imagen de lo que había ocurrido un mes atrás volvía a su memoria, y era recurrente… simplemente ¡no podía sacarla de su mente!
Y gimió desesperada, porque allí estaba de nuevo el recuerdo…
Como todos los miércoles, fue a la oficina de Patricio para llevarle los papeles legales al contador, que se encargaba también de la empresa constructora que tenían juntos, y por supuesto… ver a su marido, de paso. Le encantaba entrar a su despacho sin ser vista y observarlo muy concentrado con los papeles de su escritorio, en una video conferencia con algunos de sus socios extranjeros o hablando por teléfono con alguien.
—¿Tu jefe está solo, Marce? —le preguntó a la secretaria.
—No, señora… está con la señorita Oliveira, la responsable de los productos brasileros que vie…
—Sé quién es —la interrumpió Luana frunciendo el ceño. No le gustaba esa mujer, le daba la impresión de estar siempre coqueteándolo. Y se dirigió directo al despacho, sin anunciarse.
Nunca, jamás esperó encontrar lo que vio al asomarse.
Luana se quedó petrificada con la puerta abierta y la mano apoyada en el picaporte por unos segundos sin saber qué hacer, porque… ¿quién nos prepara para vivir una situación así?
De repente, sintió las piernas como gelatina… todo pasó en escasos segundos, el frío, el calor, las náuseas, las inmensas ganas de que se la tragara la tierra en ese mismo instante para evitar el dolor que sabía que vendría después.
Ella, siempre tan elocuente, tan decidida y segura de sí misma, no supo qué decir o hacer. Simplemente cerró de nuevo la puerta, giró sobre sí misma y ante la estupefacta mirada de la secretaria, que no comprendía lo que pasaba pero veía la cara desfigurada de la esposa de su jefe, se fue de allí.
¿Cómo se sobrevive a esa imagen grabada en la memoria? Se preguntaba desde hacía un mes atrás. ¿Cómo se recupera la confianza después de haber visto lo que vio con sus propios ojos? Una cosa era enterarse de una traición, imaginársela, y otra muy diferente… ser testigo presencial.
Luana frunció el ceño y movió la cabeza de lado a lado, tratando en vano de que el recuerdo se evaporara de su mente, pero era imposible… volvió a abrazar sus piernas y ocurrió lo que todas las noches desde hacía un mes: lloró. ¡Santo cielos! Nunca en su vida había llorado tanto como en esos días pasados.
Sobre todo esa noche cuando volvió a su casa:
Al salir de la oficina de Patricio había conducido sin rumbo por la ciudad, todo parecía como un sueño, y lo único que quería era despertar. No, no era un sueño… era una pesadilla y estaba segura que en cualquier momento él la despertaría con un beso en el cuello, como todos los días y harían el amor en silencio para evitar que sus hijos los escucharan. Ella se quejaría porque era muy temprano y quería dormir un poco más, pero él no le daría tregua, la convencería como siempre lo hacía; con ternura y caricias por doquier.
Pero no parecía un sueño, había llegado a la nueva costanera de la ciudad, sin siquiera saber cómo había conducido hasta allí. Ya estaba oscureciendo, paró su vehículo a un costado y se quedó muy quieta observando todo a su alrededor, pero sin ver nada.
Horas pasaron antes de que se diera cuenta de que ya era de noche y debía volver, pero… ¿adónde? No quería ver a Patricio. Su celular empezó a sonar apenas ella había dejado su oficina, lo apagó… no deseaba hablar con él, ni con nadie. Solo quería desaparecer de la faz de la tierra.
No había vertido ni una sola lágrima, no podía… se sentía extrañamente vacía de emociones, como si fuera ella en el cuerpo de otra persona.
Ángelo, pensó de repente. Encendió el celular y llamó a su hijo:
—¡Mamá! ¿Dónde estás? —preguntó el joven atendiéndola al instante.
—¿Rendiste, princi? —contestó sin responderle.
—Sí, todo bien. Pero eso no es importante… ¿qué mierda pasó? —Y bajó la voz, quizás porque Patricio estaba cerca de él— Pato está desesperado, parece un león enjaulado.
—Nada, cielo. Solo quería saber de tu examen, ya voy para allá —dijo con tranquilidad, para no preocupar a su hijo.
—¿Luana? —El cambio de interlocutor dejó a la arquitecta sin habla. Era Patricio que le había sacado el celular a Ángelo— Lua, háblame…
Pero ella cortó la comunicación.
No quería hablar con él, pero tampoco tenía a dónde ir, porque no deseaba preocupar a nadie ni hacerles partícipe de lo que le estaba pasando, ni siquiera a sus mejores amigas. Primero necesitaba asimilarlo ella misma, algo que todavía no había logrado hacer, seguía pensando que todo no era más que una pesadilla.
Cuando llegó a su casa manejando como una autómata, ya eran pasadas las 11 de la noche, trató de hacer el menor ruido posible para que Patricio no se percatara de su presencia.
Desde que se habían mudado al condominio hacía más de un año ocupaban dos casas pareadas, esa fue la condición que ella exigió, cada uno en su espacio. Luego se casaron y nada cambió: tenían todo por partida doble pero nunca habían dormido separados, sus vestidores tenían una puerta que comunicaba ambas habitaciones y por supuesto, como todo secreto familiar… era de público conocimiento.
Cuando llegó a su habitación suspiró aliviada, porque Patricio no estaba.
Pero cuando fue hasta el vestidor para cerrar la puerta de comunicación entre sus habitaciones, él la interceptó.
—Lua, amor… —dijo tomándola del brazo— tenemos que hablar.
Luana negó con la cabeza, y de repente todo lo que había bloqueado durante horas, se precipitó al mirarlo.
—Aléjate de mí —rogó en un susurro.
—No es lo que tú piensas, cielo —dijo visiblemente desesperado.
—No-me-toques —solicitó con los dientes apretados y se desprendió de su agarre. Volteó y volvió a la habitación seguida de cerca por él.
Se sentó al borde de la cama y se tapó la cara con las manos apoyando los codos en sus rodillas. Patricio se arrodilló frente a ella e intentó despejar su rostro, pero Luana no lo permitió.
—Mi amor, escúchame… —ella negó con la cabeza— yo no tuve nada que ver, créeme. Esa mujer está loca, se abalanzó sobre mí y me empujó al sofá. Yo estaba tan sorprendido como tú… no supe qué hacer…
Pero Luana no lo escuchaba, solo veía en su mente la misma escena una y otra vez: Patricio tirado en el sillón y la mujer encima de él con el torso descubierto y sus enormes y perfectos senos a la altura de la boca… de su marido.
Un gemido lastimero salió de su garganta y por fin, después de horas de reprimirse… lloró. ¿Qué mierda le pasaba? Ella no lloraba, nunca. Pero al parecer esa sería su condición a partir de ese incidente.
No fue un llanto tranquilo, sino uno desgarrador que hizo que Patricio se desesperara. Nunca había visto a su mujer tan frágil como en ese momento. Su arquitecta, tan fuerte y segura de sí misma ahora parecía una niña indefensa, una muy lastimada. Y él se sintió la peor escoria del mundo por ser el responsable de hacerla sufrir, aún sin haber tenido la culpa de lo ocurrido.
Se incorporó un poco y la abrazó muy fuerte, susurrándole palabras tranquilizadoras al oído y acariciándole la espalda, pero nada parecía funcionar. Del pecho de Luana salían lamentos lacrimosos que le rompían el corazón.
De repente, se tranquilizó un poco, aunque sin dejar de llorar, habló en susurros:
—Yo… yo sabía, no se puede confiar en nadie —entre suspiros, seguía—: en ningún hombre, yo… ohhh, yo decidí eso hace muchos años, y tú… tú me convenciste. Me hiciste creer que contigo sería diferente…
—Amor, yo…
—¡No! —Lo interrumpió y trató de apartarlo pero no pudo, no tenía fuerzas— ¿Por qué me hiciste esto? ¿Por quéeee? —y volvió el llanto desgarrador.
Patricio la conocía, sabía que no habría forma de convencerla en ese momento. Y temía lo que ocurriría, si la conocía bien: se encerraría en sí misma. Ella era así y él la había aceptado de esa forma, aun siendo más fácil encontrar en ella una sinceridad brutal, siempre habría esas cosas especiales –ideas y sentimientos– que no le confiaría a nadie. Ni siquiera a él, un montón de secretos relacionados con su personalidad y Patricio ni siquiera intentaba adueñarse de ellos. Su mujer tenía un ámbito privado que jamás alcanzaría, una parte de su mente y de su alma que le pertenecía exclusivamente a ella y en la cual no admitía invasiones.
Y a él ni siquiera le importaba, porque Luana era el ser más leal que había conocido en su vida, jamás se interesaba a medias por algo; el desapego y la indiferencia no se habían hecho para ella. Era raro que le gustara o le disgustara algo –cualquier cosa, incluso una persona–. O los rechazaba ásperamente o los adoraba… y él se sentía adorado por ella.
Y ahora le había hecho daño, sin querer… se sentía miserable por eso.
Se sentó a su lado en la cama y la abrazó, ella no tenía fuerzas para rechazarlo, ni siquiera tenía ganas. No sentía nada más que dolor.
Y el llanto continuo de repente se convirtió en tos, y la tos en náuseas.
Luana se incorporó como pudo, fue casi corriendo hasta el baño y se dejó caer en el piso frente al inodoro. Patricio la siguió y mientras ella vomitaba lo poco –o nada– que había comido durante el día, él le sostenía el pelo para que no se ensuciara.
Luego de unos minutos, que parecieron horas… Luana ya no tenía nada en el estómago, pero las arcadas continuaban y se quedó sentada en la fría cerámica suspirando y sorbiendo los fluidos de su nariz.
—Levántate, amor… —pidió Patricio con ternura, y la ayudó.
Mientras la sostenía con un brazo, descargó el inodoro con el otro y cerró la tapa para sentarla, porque vio que se había ensuciado. La desvistió despacio, ella ni siquiera lo miraba, tenía la vista baja y se notaba que se había quedado sin fuerzas para nada.
Le dio de beber un poco de agua, que ella intentó rechazar.
—Necesitas hidratarte, cariño… tómalo por favor.
Luego se desvistió él y la metió a la ducha, entrando con ella. Luana protestaba de a ratos, pero él no hacía el más mínimo caso a sus quejas. Era Patricio, nada raro… como Luana siempre decía: «un tirano que consigue siempre todo lo que quiere con ternura».
Su déspota particular la bañó, la secó, le puso el camisón y la acostó en la cama.
—¿Quieres comer algo? ¿O tomar una sopa? —preguntó Patricio.
Ella negó con la cabeza y le dio la espalda.
—Vete, por favor —dijo en un susurro.
—No, amor… no me iré a ningún lado —negó categórico apagando la luz—. Esta es nuestra cama, es nuestra casa y tú eres mi esposa —se acostó detrás de ella y la abrazó—. Duérmete, hablaremos mañana.
Luana se levantó de la cama y fue hasta las puertas-ventanas, abrió el blindex y salió al balcón. Siempre tenía un paquete de cigarrillos allí, casi había dejado de fumar, pero era lo único que calmaba su ansiedad en esos días. Encendió uno, se sentó, apoyó las piernas en la baranda y dio una pitada.
Pensó en lo que Patricio le había dicho y sinceramente le creía, o quería creerle… pero eso no era nada nuevo, siempre confió en las boludeces que los hombres inventaban “en nombre del amor”. Había vivido eso en carne propia con Luciano hacía diez años atrás, él disfrazaba una mentira con otra y ella capitulaba, porque lo amaba.
Pero Patricio no era como Luciano, era mucho más confiable, se lo había demostrado de mil formas. Pero era un hombre al fin… ¿sería cierto que esa mujer era la responsable? Él estaba totalmente vestido esa tarde, era ella la que estaba sobre él semi desnuda. Luana no podía definir si su cara de sorpresa era por tener a esa vampiresa encima, o por verla a ella observando la escena.
Toda esta situación se estaba volviendo insostenible y la única que podía solucionarlo era ella. Y no sabía cómo, su terquedad y amor propio no le permitían dar su brazo a torcer.
Tuvo muchas oportunidades, y las dejó pasar:
Todas las noches Patricio acudía a su cama, a pesar de que ella no lo quería allí. Él intentaba conversar, pero ella lo ignoraba. Un par de veces había tratado de tocar con ella el tema de nuevo, de explicarle lo que había ocurrido y Luana lo observaba con una mirada glacial pero no le decía nada.
Básicamente era lo que él esperaba, ella se estaba comportando tal cual lo predijo. Pero esta vez estaba durando demasiado, y ya no sabía qué hacer al respecto.
Ninguno de los dos habló del tema con nadie, ni siquiera con sus hijos.
Ángelo a toda costa quería saber qué era lo que pasaba entre ellos, pero Luana solo le contestaba: «no es asunto tuyo, princi».
Tamara, la hija veinteañera de Patricio que vivía con ellos porque no se llevaba bien con su madre era experta en sonsacarle información a su padre, pero esta vez ni siquiera su técnica funcionó, Patricio le decía categórico: «Tammy, no te metas».
Alberto y Sebastián, los dos hijos mayores de Patricio no se involucraban, pero no perdían oportunidad de hablar entre ellos sobre lo que estaba ocurriendo. Les parecía insólito que después de no poder dejar de tocarse un minuto siempre que estaban juntos, ahora prácticamente no se hablaran. De ser la pareja más cariñosa que habían conocido en sus vidas, se convirtieron en dos extraños que vivían juntos.
Hasta los asados familiares que hacían todos los domingos al mediodía se suspendieron porque el ambiente reinante entre ellos ya no era el mismo. Se trataban educadamente, pero con frialdad.
Incluso fue el cumpleaños de la madre de Patricio durante ese mes y ella acudió por separado, le entregó el regalo por parte de ambos y se retiró poco después alegando un compromiso de trabajo. Nadie le creyó, por supuesto.
A veces a la noche, por costumbre más que nada, ella se acurrucaba contra él y amanecían abrazados, pero ni bien se daba cuenta de su error, se separaba inmediatamente y dejaba a Patricio dolido por su rechazo.
Ya no era solo ella la que iba acumulando sentimientos encontrados, él también.
Pero como bien se sabe, a veces un simple roce cuando lo necesitamos puede hacer que olvidemos todos los rencores acumulados –aunque sea momentáneamente–, y un domingo a media mañana en la que ninguno de los dos tenía que despertarse temprano amanecieron abrazados en posición cucharita.
Patricio no desaprovechó, la apretó contra sí, bajó suavemente uno de los breteles y le dio ligeros besos al hombro y cuello, acariciando suavemente la parte inferior de sus senos por encima de la tela del camisón. Luana sintió una calidez inusual, le hacían cosquillas en el cuello y el estómago. Era la gloria. Se estremeció y movió ligeramente su cuerpo para acercarse aún más a esa dureza deliciosa que sentía presionando sus nalgas.
Patricio encontró un espacio en el camisón medio subido de ella para poder meter las manos y acariciar directamente la piel de su estómago, su cintura, sus caderas, lentamente, para no despertarla de golpe.
La otra mano encontró acceso en el escote abierto que la seda dejaba al descubierto y se apoderó de uno de sus senos. ¡Oh, Dios, que delicia! Como siempre cabía perfectamente en su mano, era grande, suave y el pezón se sentía pequeño y excitado. Lo acarició con la punta de sus dedos y ella gimió.
Fue el sonido más hermoso que hubiera escuchado en su vida. Ella gemía por el placer que él le daba. Sintió que iba a explotar.
—Lua, amor… —dijo en un susurro apasionado contra su oído.
—¿Qu-qué haces? —preguntó ella despertándose sobresaltada.
Patricio la inmovilizó con su cuerpo.
—Le hago el amor a mi esposa… ¿algún problema?
—Por favor, no me toques —dijo ella con frialdad empujándolo.
—¿Cuánto más va a continuar esto, Lua? —preguntó Patricio fastidiado— Te juro que ya estoy hartándome. Traté de darte el tiempo y el espacio que necesitas, pero si seguimos así nuestro matrimonio se resentirá.
—¿Y será mi culpa? —preguntó asombrada.
—No estoy culpando a nadie, Lua. Solo constato un hecho que puede suceder y que podemos evitarlo —le acarició la cara y le dio un beso en la frente—. Te amo, cariño… y te necesito. Ya no quiero que sigamos peleados…
—No es tan fácil para mí, Patricio —dijo con lágrimas en los ojos. De nuevo la misma imagen acudió a su mente para atormentarla.
—Te lo expliqué, Lua… yo no fui el responsable, no hice nada. Te lo juro, amor —dijo suplicante—. Incluso le dije a mi socio brasilero que no quería de nuevo a esa mujer en mi oficina. Mandará a otra persona o vendrá él personalmente.
—Eso no cambia lo que ocurrió —fue categórica.
—¡¡¡Mierda, no sucedió nada!!! ¿No lo entiendes? —gritó ya fastidiado— ¡¿En qué puto idioma tengo que decírtelo?!
—¡No me grites! Que yo también puedo hacerlo… y más fuerte —le amenazó Luana.
Patricio cerró los ojos y suspiró.
Lo que más temía estaba sucediendo, no iba a permitirlo.
Se levantó de un salto y caminó decidido hacia el vestidor, pero antes de entrar se quedó parado de espaldas apoyado en el marco de la puerta. Luana lo miraba sin saber qué hacer y sin entender su reacción.
De repente, volteó suavemente.
—Lua, eres el amor de mi vida —dijo suspirando—, no entiendo por qué no confías en mí, te he demostrado de mil formas lo mucho que te amo… yo no tuve la culpa de lo sucedido, ni siquiera le insinué nada, por la sencilla razón de que te tengo a ti y no necesito otra mujer. Ya te expliqué lo que pasó, no sé qué más hacer. Solo me queda darte el espacio total que parece que necesitas, porque si seguimos así creo que será peor. Probablemente nos ofendamos, gritemos o digamos cosas que nos herirán más que hacernos un bien. Así qué… —y separó los brazos abriendo las manos— no me queda otra que esperarte. Estaré en “nuestra” otra habitación siempre que me necesites, ya no te buscaré. Tú tendrás que dar el siguiente paso, el que sea, cuando creas conveniente…
Se dio media vuelta y se fue.
En un par de horas amanecería y ella seguía despierta, apagó el cigarrillo y entró a la habitación de nuevo. Se acostó y pensó en la llamada que tuvo la semana anterior del inquilino extranjero de su departamento, en el cuál vivía antes de mudarse con Patricio. Le había comunicado que el mes siguiente prescindiría del contrato, que volvería a su país.
Si las cosas seguían así con Patricio no le quedaba otra que mudarse, y nada mejor que a su propio departamento. La situación era insostenible así como estaba.
Patricio jamás esperó que “el siguiente paso” que supuestamente ella tenía que dar fuera mudarse. Se enteró por su hija, que recibió el chisme de Sebastián, que a su vez se lo había contado Ángelo, que había conversado con su madre al respecto. Como siempre, era un secreto… a voces.
Cuando llegó esa tarde al condominio, Luana estaba en la hamaca de la galería jugando con Rorro, le estaba cantando y al niño le encantaba. A pesar de haber prometido que le daría espacio, se acercó.
—¡Lelo, lelo! Lua ta cantando galinita. ¡Más, abu-lú, más! —pidió el niño de escasos tres años.
Patricio sonrió y le alborotó el pelo, de paso acercó sus labios hasta la frente de Luana y la besó.
—Necesito hablar contigo —dijo suavemente.
—Dime —y empezó a mecer a Rorro en la hamaca.
—Me enteré de tus intenciones por terceros… ¿es ese el siguiente paso que vas a dar? ¿Mudarte de aquí? ¿Vas a dejarme, Lua? —ella lo miró con los ojos abiertos como platos.
—¿Quién te dijo eso? Yo…
—Sé que prometí esperar y que serías tú la que tomara las decisiones, pero jamás pensé que fuera esta —la interrumpió enojado—. ¿Vas a echar a la borda nuestro matrimonio?
—Yo no he decidido nada, Patricio —dijo asombrada—, solo le conté a Ángelo que el inquilino se iba…
—Lua, ni siquiera lo tomes como una opción —volvió a interrumpirla—. La mitad de este condominio es tuyo, por lo tanto tres casas te pertenecen, incluyendo las dos que ocupamos nosotros. Mis tres hijos serán los dueños de las otras casas, si alguien tiene que irse… seré yo.
—Dios mío, Patricio…
—Solo tienes que pedírmelo y lo haré.
Luana se quedó anonadada con el bebé en brazos, sin saber qué hacer al verlo alejarse con la cabeza baja.
¡Oh, Santo cielos! Ella no quería que se fuera…
Al día siguiente, luego de otra noche prácticamente sin dormir, Luana bajó a la cocina y encontró a Patricio y Ángelo desayunando. Los saludó, así como también a Lucía, la empleada que se encargaba de la casa.
—¿Qué le sirvo, señora? —preguntó la joven.
—Solo jugo de naranja, Lucy… gracias.
Se sentó en la mesa y abrió su agenda para verificar los pendientes del día mientras se preparaba un capuccino en su vaso térmico para llevar. No podía dejar de mirar a Patricio de soslayo, estaba muy callado hojeando el periódico.
Al rato bajaron Tamara y Sebastián.
—No sabía que estabas aquí, hijo —le dijo Patricio, saludándolo.
—Mmmm, sí… es que…
—¡Buenos días a todos! Papá, Lua… —saludó Alberto entrando a la cocina e interrumpiéndolos— Vine a desayunar con ustedes.
Luana y Patricio se miraron sin entender.
—Buenos días, Beto —dijo Luana con una sonrisa—. Tendrán que desayunar sin mí… estoy atrasada —tomó su vaso térmico y se levantó como para irse.
—No, mamá, por favor… quédate un rato más —pidió Ángelo—. Queremos…
—Más bien “necesitamos” —interrumpió Tamara— hablar con ustedes.
Y los tres jóvenes miraron al hijo mayor.
—Bien, me pasan la pelota a mí, por lo que veo —bromeó Alberto—. Papá… Lua… queremos que sepan que los respetamos, y sabemos que algo malo pasa entre ustedes, no queremos meternos, pero esta situación nos afecta a todos…
—Beto, nosotros… —interrumpió Patricio.
—Papá, por favor… déjalo que hable en nombre de los cuatro —pidió Sebastián.
Patricio asintió. Luana estaba inusualmente muy callada y con el ceño fruncido, envió un mensaje en su celular avisando que se retrasaría y esperó oír lo que los jóvenes querían decirles.
—Sé que el comienzo entre ustedes fue duro, y yo fui como una patada en el culo para Luana —prosiguió Alberto—, pero luego aprendí a quererla. El verlos a ustedes juntos, tan enamorados y felices hizo que incluso mi matrimonio mejorara, son un ejemplo para mí, y me duele verlos así, de verdad.
—Nos duele a todos —prosiguió Sebastián—, incluso a mí, que no vivo aquí… me afecta. Yo también me comporté muy mal contigo al comienzo, Luana… y con Ángelo, pero ahora no concibo que ustedes estén separados.
—Imagínate como me siento yo, Lua —dijo Tamara acercándose a ella y pasándole un brazo por el hombro—. Ustedes son la pareja más cariñosa que yo conozco y los quiero a ambos, eres como una madre sustituta para mí…
Los ojos de Luana se llenaron de lágrimas, pero no lloró.
—Y yo —dijo Ángelo apretando el hombro de Patricio—, te siento mucho más cercano que a mi propio padre, Pato. Me duele verlos así y no poder hacer nada para remediarlo.
—Como ven, papá y Lua —prosiguió el mayor—, esto no solo les afecta a ustedes, sino también a nosotros. Son nuestro ejemplo, son el alma que mantiene unida a esta nueva familia. Y nos gusta ser parte de ella, queremos que continúe igual, y sabemos que es posible, porque ustedes se aman… ¿no?
Patricio miró a Luana, ella le devolvió la mirada.
—Chicos… —dijo la arquitecta sin responder a la pregunta— yo lamento mucho la forma en que esto les afecta, pero es algo que tenemos que resolverlo entre nosotros, no hay nada que ustedes puedan hacer.
Patricio se levantó y fue hasta donde estaba Luana.
—Siento mucho todo esto, de verdad… —y pasó su brazo por el hombro de su esposa— pero Lua tiene razón, es algo privado entre nosotros. Lamento mucho que les afecte negativamente, pero lo resolveremos a nuestro ritmo… ¿ok?
Patricio tomó la barbilla de Luana y la levantó para que lo mirase.
—Porque lo haremos, ¿no? —preguntó casi en un susurro, solo para que ella lo escuchase.
Ella asintió sin decir nada, solo mirándolo a los ojos. Él se inclinó y le dio un suave beso en los labios.
Los chicos vitorearon y aplaudieron.
Pero nada en realidad estaba resuelto, Luana y Patricio todavía no habían hablado. Ella no lo buscó, aunque quería… él cumplió su promesa de esperarla, pero su arqui no se acercó.
Ese día era sábado. Alberto y su señora Olga debían asistir a un casamiento. Luana no había llegado a la casa todavía, por lo tanto dejaron a Rorro al cuidado del abuelo.
—¿Onde tá abu-lú, Lelo? —preguntó el niño ansioso por verla. Yo también me lo pregunto, pensó Patricio mirando su reloj. Ya eran casi las diez de la noche.
Metió a Rorro en la bañera para que se entretuviera un rato en el agua y se sentó a su lado a jugar, luego lo metería en la cama con él, le daría su mamadera que ya tenía preparada y a dormir, no le quedaba otra.
En ese momento llegó Luana al condominio, pero él no la escuchó.
Estaba nerviosa. Había tomado una decisión y tenía que ponerla en práctica, aunque con su testarudez no sabía si se animaría. Se dio un baño rápido y se puso el camisón de encaje y satén que había comprado, esperando que en breve desapareciera de su cuerpo.
¿Qué hago ahora? Pensó dando vueltas por su habitación, queriendo ir a buscarlo, pero sin conseguir tener el valor de hacerlo.
En la habitación contigua, Patricio lidiaba con su travieso nieto que desparramaba agua por todo el baño. Fastidiado, aunque riendo, lo sacó de la bañera.
—Quédate aquí —le dijo sentándolo en la alfombrilla frente al lavatorio, envuelto en una toalla. Pero mientras Patricio desagotaba la tina y guardaba los juguetes, Rorro se escabulló. Cuando el abuelo se dio cuenta, solo había una toalla tirada en el piso.
En ese momento, Luana tomó coraje y abrió la puerta del vestidor que comunicaba ambas habitaciones… y un pequeño huracán se coló en su pieza, desnudito y corriendo mojado.
Riendo, lo siguió… tomó rápidamente una toalla, lo envolvió y lo llenó de besos.
—¿Qué hace mi niño precioso aquí a estas horas? Y desnudito… —preguntó riendo a carcajadas.
—Rorro queie galinita, Lua —dijo el bebé abrazándola.
En ese momento escuchó gritos del otro lado del vestidor… era Patricio llamando a su nieto, al parecer desesperado.
—¡Aquí está, Patricio! —le avisó gritando, luego bajó la voz—: Sinvergüenza, te escapaste del abuelo, eso no se hace, pequeño bribón —y le hizo cosquillas en la pancita.
—¡Por Dios, Rorro! —dijo Patricio entrando al cuarto— No vuelvas a hacerm… —y se quedó quieto y mudo mirando a su esposa.
Estaba preciosa con su cabello caoba largo, suelto y ligeramente enrulado, y con ese camisón de satén y encaje color bordó que nunca antes le había visto puesto, el diseño hacía que sus senos se elevasen y la mitad de la copa quedase a la vista. Se le hizo agua en la boca y su pene se agitó travieso dentro de sus bóxers, que era lo único que llevaba puesto.
Se olvidó por completo de su nieto y de la travesura.
—¿Qu-qué haces ve-vestida así? —Balbuceó.
—Mmmm, quizás estaba esperando visitas —dijo coqueta, aun sosteniendo al niño en brazos.
—Es una broma… ¿no? —preguntó nervioso, no pudiendo imaginarse que su esposa esperase a alguien con ese atuendo tan provocativo.
—Trae la ropa de Rorro, por favor —dijo para cambiar de tema—. Se enfriará —él volteó malhumorado—, y su biberón también.
Cuando Patricio volvió, el niño ya estaba en la cama saltando.
Luana lo vistió como pudo, porque Rorro estaba muy inquieto y lo acostó en la cama.
—Galinita, abu-lú —pidió el niño.
Ella sabía a qué se refería, sonriendo se acostó a su lado tapándolos a ambos, lo abrazó y empezó a cantarle:
Cuando los gallos por la mañana
cantan y bailan al compás
quiere imitarlos el patotero
y hace cua cuá, cua cuá
Ya se ríen los pollitos, ¡sí!
ja ja ja, ji ji ji
vengan todos a la fiesta, ¡sí!
que se divertirán…
Patricio los miraba embobado, ella había logrado calmar su hiperactividad en un instante. Le dio la mamadera y Rorro la tomó ya somnoliento, pero escuchando atentamente la canción que tanto le gustaba.
—¿Lo dejo contigo? —preguntó parado a un costado de la cama y sintiéndose un intruso entre ellos, tan bien acomodados y abrazados. Hasta sintió celos de su propio nieto… ¡insólito!
—¿Eh? No, Patricio… —él la miró extrañado— no lo dejaron conmigo.
—Lo dejaron en nuestra casa, es la misma cosa, Lua.
—No, en todo caso me hubieran avisado —y Luana hizo a un lado el edredón—. Por favor, quédate con nosotros.
No era una invitación a la que pudiera –ni quisiera– negarse. Se metió a la cama con ellos, apagó la luz, se tapó y suspiró relajado y feliz por poder compartir de nuevo la habitación con Luana, aunque hubiera un pequeño intruso con ellos.
Se volteó hacia ella y siguió escuchando su dulce voz cantando. Le daba la espalda porque estaba acunando a Rorro a su lado, pero poco importaba… sentía su calor. Se acercó más, hasta casi rozarla.
De repente Luana calló, le pasó el biberón vacío y acomodó al bebé con un almohadón al costado para que no se deslizara hasta el piso mientras dormían.
Se puso de nuevo de espaldas a Patricio, mirando a Rorro. Sus cuerpos se rozaban, un poco más y podrían tocarse.
—Es tan hermoso… —dijo Luana en un susurro.
—Mmmm, sí lo es… y te adora —contestó Patricio.
—Yo también lo adoro a él —y suspiró.
Patricio le acarició el brazo suavemente.
—¿Y a su abuelo? —preguntó dudoso.
Recién ahí Luana volteó y lo miró en la penumbra. Ahora sí se tocaban, estaban muy juntos, cada poro del costado de ella rozaba el frente del cuerpo de él. Patricio le pasó los dedos por la mejilla y los labios, estremeciéndola.
—¿No vas a contestarme? —Insistió— También me gustaría saber el motivo de que estés tan sexi hoy —y sus manos bajaron por el escote hasta llegar al estómago y detenerse allí.
—Esperaba poder seducir a alguien esta noche… —la voz le salió tan ronca que apenas se reconoció ella misma.
—¿Alguien en particular?
—A un abuelo que también adoro… —susurró, y volteó hacia él acariciando su pecho— pero de una forma totalmente diferente.
—Espero que te refieras a mí —respondió acariciándole la cadera por sobre la suave tela del camisón.
—¿Quién más si no? —Y suspiró— Te amo, Patricio, te extraño tanto… quizás pueda, pero no quiero vivir sin ti —se pegó a él abrazándolo.
—Dios mío, amor… —la cobijó en sus brazos emocionado, llenándola de besos en el pelo, frente, mejillas, todo a su paso… hasta llegar a sus labios, ella presionó su cuerpo contra el de él y suspiró de placer al sentir la dura evidencia de su deseo.
Y todo alrededor se esfumó.
Se besaron como si nunca antes lo hubieran hecho, como si fuera la primera vez. Y con cada beso y caricia que se prodigaban, el deseo tanto tiempo reprimido creció hasta convertirse en una fiebre tormentosa. Cuando ella ronroneó y abrió su deliciosa boca para que su lengua la llenara, el mundo empezó a girar a su alrededor de forma vertiginosa.
No tenía ni idea de cuánto tiempo había pasado devorando sus labios, hasta que Luana cuando las caricias se hicieron más atrevidas, tomó conciencia de lo que estaban haciendo y lo frenó:
—Amor, Rorro está aquí —dijo suavemente contra sus labios.
—Mmmm, Dios —hizo acopio de fuerza para apartarse antes de que fuera demasiado tarde. Jadeando, la miró. Sintiéndose culpable por casi perder el control, buscó su mirada. Vio que ardía igual que él: mejillas arreboladas, labios hinchados y ojos encendidos como llamas—. Vamos a la otra habitación.
—No podemos dejarlo solo —Luana se acomodó mejor en sus brazos y volvió a taparlos a ambos, acurrucándose en su pecho.
—Esto es una tortura, mi vida —dijo Patricio en susurros y suspirando—. Pasó demasiado tiempo, te necesito con locura.
—Yo también a ti, amor… pero tendremos que esperar.
Patricio pareció meditarlo unos segundos, luego volteó ligeramente y tomó su celular. Escribió un SMS en la oscuridad y lo volvió a dejar sobre la mesita de luz.
—¿Qué hiciste?
—Un mensaje de auxilio —contestó riendo y abrazándola muy fuerte—. No vuelvas a hacerme esto, Lua… —se sintió como un ruego.
—¿Ha-hacerte qué…? ¿Me estás culpando de algo?
—Olvídate de las culpas, aquí los dos fuimos víctimas. Víctimas de una tarada que casi arruina nuestro matrimonio, lo que quise decir es que la próxima vez, si ocurre algo parecido, confíes en mí. Yo nunca… jamás te haría daño a propósito.
—Patricio… no es desconfianza lo que yo sentí. Cuando me contaste la verdad, yo te creí. Es solo que…
—¿Incluso así me hiciste sufrir por más de un mes? —la interrumpió— ¿Sabes la tortura que fue para mí pensar que me abandonarías? Conociendo tu amenaza de que si algún día te engañaba me dejarías al instante… ¿te imaginas el suplicio que pasé pensando que nunca ibas a perdonarme por algo que ni siquiera hice?
—¿Crees que yo lo pasé bien? Patricio, no podía dormir… no podía comer, apenas podía respirar.
Y él paso sus manos por sobre sus costillas y su estómago.
—Se nota… bajaste de peso, amor.
—Tú también —contestó haciendo lo mismo y deteniéndose a la altura de sus nalgas—. Se achicaron —dijo traviesa, apretándole un cachete.
Él rio en silencio y puso la mano sobre uno de sus senos.
—Por suerte esto sigue igual —le dio un suave beso en los labios. Ella le correspondió, compartieron sus alientos durante unos segundos y pararon, sabiendo que no podrían continuar.
—Mejor durmamos, estoy cansada —dijo resignada.
Patricio se acomodó de espaldas y la apretó contra su costado, Luana subió una de sus piernas sobre él y se abrazaron.
—¿Ya me perdonaste, no? —preguntó suavemente.
—¿Hay algo que perdonar?
—La estupidez de dejar que esa mujer siguiera trabajando conmigo sabiendo sus intenciones. Pensé que podría manejarlo, pero… me sorprendió.
—Amor, me costará olvidar lo que vi… —dijo suspirando—, pero trataré de hacerlo, no puedo permitir que mis temores arruinen lo que tenemos.
—¿Tus te-temores? —preguntó asombrado—. ¿Acaso tienes miedo de algo?
—¿Quién no los tiene?
—¿Y cuáles son? —Se sorprendió de su confesión, porque jamás había compartido con él alguna debilidad, a pesar de que sabía que las tenía.
Luana suspiró, nunca se lo había dicho porque en su testarudez se imaginaba que compartiendo algo así con él, la vería indefensa y susceptible.
—Patricio, yo me conozco… sé lo que valgo y la clase de mujer que soy, pero también sé que no soy de “parar el tráfico”, soy una persona común y corriente. Tengo un lindo rostro, quizás… y hasta ahí. No soy ni flaca ni tengo veinte años. Y sé lo que los hombres buscan… por eso nunca entendí el motivo por el que quisieras estar conmigo pudiendo tener a quien quisieras, y sobre todo pudiendo tener a alguien tan hermosa y perfecta como tu ex mujer —él iba a interrumpirla, pero Luana lo calló poniendo los dedos sobre su boca—. Cuando te vi con esa mujer en tu despacho, con ese cuerpo escultural y esos senos perfectos… casi muero, y todas mis dudas renacieron… ¿qué hace Patricio conmigo? ¿Por qué me prefiere a mí?
—Amor…
—Me será difícil olvidar esa imagen —siguió sin darle oportunidad de rebatirla—, cada vez que cierro los ojos los visualizo de nuevo, veo a esa escultural mujer sobre ti, con sus pezones cerca de tu boca y… —se estremeció de asco.
—Lua, mi amor… olvídalo. Te juro que yo ni siquiera pude verla. Pasó todo en cinco segundos —la abrazó muy fuerte—. Y al final… ¿qué importa el aspecto? Tú no puedes compararte con mi ex ni con esa loca, lo eres todo para mí. Sobre lo de que eres una mujer común y corriente, déjame decirte que eres la más extraordinaria de todas, me das todo lo que necesito, eres perfecta para mí… ojalá pudieras ver solo por un minuto lo que mis ojos ven cuando te miro —le levantó la barbilla y la observó en la penumbra—. Te amo, te amo… te amo mucho, nunca me dejes porque estaría perdido sin ti.
—Y yo sin ti, amor.
Eran ya más de las tres de la madrugada cuando Alberto y Olga entraron a la habitación de Patricio y encontraron la cama vacía.
—Deben estar en la habitación de Luana —dijo el joven pícaramente.
—Esa es una buena noticia —sonrió Olga—, solo puede significar que arreglaron sus problemas.
—Con razón el mensaje de papá: «busca a Rorro cuando vuelvas» —y rio feliz—. No tenemos la llave de la casa de Luana. Ven por aquí —la tomó de la mano y la estiró—, veremos si existe esa famosa puerta secreta en el vestidor.
Y lo comprobaron, con las puertas espejadas corridas que se metían casi completamente entre los muebles, no parecía haber separación alguna entre uno y otro espacio. Dejaron encendida la luz del vestidor y entraron a la habitación de Luana.
No les sorprendió en lo más mínimo lo que vieron en la penumbra. Patricio estaba abrazando a Luana como si no quisiera perderla y ella se encontraba enroscada a él como si de una enredadera se tratase. Solo sonrieron y se separaron. Olga fue hacia el lado de la cama donde estaba Rorro y Alberto se acercó a su padre.
—Papá… papá —dijo suavemente tocándole el hombro.
—Mmmm —Patricio despertó desorientado. Luana se quejó en sueños.
—Solo quería avisarte que nos llevamos a Rorro, sigue durmiendo.
Patricio se incorporó ligeramente y Luana despertó.
—Hola, Beto —saludó adormilada mientras Patricio estiraba la sábana para taparlos más. Se giró hacia Rorro— hola, Olga.
—Hola Lua, gracias por cuidar a Rorro, espero que no los haya molestado —y levantó al niño suavemente.
Patricio hizo una mueca extraña con la boca.
—Creo que hoy Rorro fue como una patada en el culo —dijo Alberto riendo a carcajadas—. Lo siento, pá.
—Ya nos vamos, que descansen… —respondió Olga sonriendo pícaramente.
—O lo que quieran… —rio Alberto empujando a su esposa.
Luego de la despedida, Luana volvió a acurrucarse en el pecho de Patricio, y este ya totalmente despierto, no le dio tregua. La giró de espaldas a la cama y se ubicó encima.
—Ya estamos solos, amor…
—Mmmmm, sí… ¿qué tienes en mente?
Él rio pícara y suavemente mientras le acariciaba la mejilla con sus labios. Su piel ligeramente barbuda raspaba la de ella y se derritió ante su percepción viril.
Luana inspiró profundamente mientras la seriedad caía sobre ellos. El humor de la habitación no solo se volvió serio, el aire entre ellos estaba cada vez más cargado, con electricidad sexual. Patricio movió su boca peligrosamente cerca de la de ella, lenta… tentadoramente.
Y cuando iba a besarla…
—¡Oh, lo siento! —dijo Alberto entrando de nuevo en la habitación. Patricio se movilizó al instante hacia un costado, con la respiración agitada. Luana levantó la sábana y se tapó— El chupete de Rorro, ya saben que no puede dormir si no lo tiene —Luana lo buscó a su lado y le pasó a Patricio.
—Aquí tienes —dijo el padre malhumorado.
—Gracias, hasta mañana —y dio media vuelta refunfuñando—: después de esto necesitaré un sicólogo urgente.
Al final, ambos rieron por la ocurrencia.
—¿Alguna vez dejarán de interrumpirnos? —preguntó Patricio suspirando—. Si no es uno es…
—Deja de hablar, amor —dijo ella categórica.
Patricio ni siquiera tuvo tiempo de desatarle el lazo del camisón, porque Luana se adelantó. En un abrir y cerrar de ojos estaba desnuda. No prestó atención al lugar donde caía la descartada prenda, porque solo tenía ojos para ella… allí desnuda en su cama, bajo su cuerpo. Se inclinó hacia delante y la besó con toda la pasión que le inundaba el alma mientras la tomaba de la cintura para levantarla.
En cuanto estuvo frente a él, la instó a colocarse a horcajadas sobre sus muslos. Ni siquiera tuvo que indicarle lo que deseaba, porque fue ella la que se alzó sobre las rodillas, se inclinó hacia delante y lo tomó en su interior.
En ese maravilloso y ardiente paraíso. Sus miradas se entrelazaron y tuvo la impresión de estar sumergiéndose en las profundidades de su alma.
Ella le hizo el amor lentamente y con ternura, con la boca y las manos, lo acercó cada vez más a la explosión de placer que tanto añoraba, pero cada vez que estaba a punto de estallar, daba marcha atrás y se quedaba quieta para volver a enloquecerlo.
No deseaba que todo terminara tan rápido, se incorporó, lo dejó salir e inició la tortura. Deslizó las manos por su pecho, y empezó a explorar las diferentes texturas de los huesos duros y los músculos firmes, de la piel tersa y el suave vello. Trazó sus pezones planos con los dedos hasta que se tensaron, y entonces se inclinó y empezó a atormentarlos tal y como él siempre hacía con los suyos. Los chupó y los rodeó con la lengua, los saboreó hasta que quedaron duros.
Se sentó mejor y se acomodó encima de él, y al ver que Patricio soltaba un gemido gutural, sonrió con sensualidad y volvió a moverse. Se frotó contra su cuerpo duro, y se excitó tanto como él. Saboreó el contacto de piel contra piel, la forma en que el vello de su pecho musculoso rozaba con delicadeza sus sensibles pezones. Él la agarró de las caderas e intentó que se moviera hacia abajo para poder penetrarla de nuevo, pero Luana sonrió y negó con la cabeza.
—No, aún no he acabado.
Avanzó un poco hasta que quedaron cara a cara. Se quedó mirándolo en silencio durante unos segundos. Patricio tenía el rostro tenso, la boca plena y sensual, y los ojos le brillaban enfebrecidos. Había dejado la pose de fingida relajación, y aferraba con fuerza la sábana que tenía debajo para intentar mantener el control.
Luana le besó la frente, y fue bajando los labios por su rostro. Rociando de besos la delicada piel de sus párpados cerrados, aquellos pómulos firmes que la fascinaban, la mandíbula y la barbilla, y cuando por fin llegó a la boca, le dio un beso largo y profundo. Al sentir que sus músculos se movían de forma espasmódica, supo que estaba tan desesperado como ella.
Alzó la cabeza, y empezó a bajar por su cuerpo. Él soltó un gemido de protesta e intentó agarrarla, pero ella le apartó las manos y empezó a dejar un reguero descendente de besos por su pecho mientras su mano iba bajando también. Deslizó los dedos por su pecho y su estómago, recorrió la protuberancia del hueso de la cadera, y bajó por su muslo mientras él se retorcía y gemía atormentado.
Luana deslizó la mano por la parte interior del muslo y lo acarició con las yemas de los dedos. Patricio inhaló con fuerza mientras arqueaba las caderas de forma involuntaria.
—¿Te encanta esto, no? —susurró ella contra su cuello.
Él solo pudo emitir un sonido inarticulado.
—Me lo tomaré como un sí —le dijo ella, antes de tomarlo en la palma de la mano.
Al ver que él se estremecía, subió los dedos por su duro miembro, que parecía palpitar de deseo. Lo rodeó con los dedos, y lo acarició sin prisa mientras exploraba la piel satinada que lo cubría.
De repente, Patricio soltó un gruñido ronco y la agarró de los brazos. Con un movimiento veloz, la tumbó de espaldas, se colocó entre sus piernas, y la penetró de una sola embestida. Luana sollozó de placer al sentirlo en su interior. Lo rodeó con los brazos y las piernas, y él la embistió enloquecido una y otra vez. Y su cuerpo lo acogió como si fuera un guante de terciopelo. Lo rodeó con su abrasadora humedad, dispuesto a complacerlo.
Luana separó más las piernas, ansiosa por tenerlo bien adentro, y una vez que estuvo satisfecha con el resultado sus labios se fundieron y la unión física que ambos ansiaban continuó.
Sin reservas. Sin restricciones.
Y en esa ocasión fue más ardiente, más salvaje, más intensa, más básica y poderosa que nunca. Como si con el transcurso de los días que estuvieron separados se unieran más, aprendieran más el uno del otro, y descubrieran que todavía les quedaba mucho por entregar. Mucho por exigir. Mucho por ofrecer. Hasta superar las expectativas de ambos.
Todo eso les quedó muy claro en los últimos momentos, cuando se miraron a los ojos. Aquello era especial y único para ambos. Con ninguna otra persona podrían compartir una experiencia semejante. Nadie podría entregarse y dar tanto. A nadie lo impulsaría un deseo tan voraz.
Con nadie alcanzarían esas cimas de pasión.
Llegaron a la cúspide en un frenesí desmedido, la gloria los cegó y cayeron juntos al abismo, girando en la vorágine de placer terrenal. Y sin separarse, el uno en los brazos del otro, se dejaron caer satisfechos y felices sobre el colchón.
La verdad jamás había estado tan clara: estaban hechos el uno para el otro.
No bajaron esa mañana a desayunar. Solo deseaban su mutua compañía. De hecho, era lo único que necesitaban.
Y lo necesitaban con locura.
Precisaban asegurarse de que estaban bien, necesitaban celebrar la vida y su amor. Necesitaban amarse. Necesitaban absorber la dicha de estar juntos de nuevo, aprovechar al máximo lo que habían encontrado uno en brazos del otro, reafirmar los fuertes lazos que tenían y que se habían vuelto vitales.
Patricio se recostó y se dejó hacer. Permitió que ella lo mimara tanto como quisiera, que lo reconociera en cuerpo y alma, que lo bañara con su devoción, su adoración y su amor.
Luego, le devolvió su generosidad con creces, dejando que la pasión los arrastrara y los uniera para siempre.
A mitad de la mañana Patricio hizo su pregunta y fue recompensado. Como su paladín y por haberla liberado de su propia soledad, la recompensa que pedía era su vida… junto a él; y ella se la concedió gustosa y ansiosa por segunda vez.
Luana no hizo preguntas.
«Lo que tenga que ser, será… pero siempre juntos».