ponle pimienta a tu vida (spanish)
RICKY
Casi es medianoche y el ronco ronroneo del Scania R440 Topline azul metalizado que conducía me estaba durmiendo, es una máquina magnífica y muy cómoda, pero ni eso hace que el cansancio del viaje aminore. Tengo que parar, pensé, llevaba en ruta más de tres días con pequeños descansos de cinco o seis horas y era tiempo de tomarme otro.
Y sabía dónde tenía que llegar esa noche, lo calculé premeditadamente. Miré al costado del camino y pude leer la inscripción del mojón al que me acercaba: Km. 234, sonreí complacido. Si bien no era mi destino final, sí uno de mis preferidos.
Aguanta, Ricky, me dije con una sonrisa ladeada, y puse la música más fuerte para despertar de mi letargo. En un cuarto de hora más tendría mi recompensa.
Él estaría allí: Lucas. Probablemente, esperándome.
Dulce, sexi, alto, de suave cabello oscuro e increíbles ojos azules, todo lo contrario a mí, que era más bien pequeño, rubio y de ojos verdes. Él era un placer para la vista, el solo hecho de pensar en su esculpido torso cubierto de vellos, sus fabulosas piernas y otras partes de su anatomía no menos maravillosas, hizo que mi entrepierna se tensara.
Me acomodé mejor en el cómodo asiento de cuero y aceleré, escuchando y tarareando suavemente Red, Red Wine de Bob Marley, me gustaba el reggae, y como había zonas en las que no contaba con recepción radial durante mis largos y solitarios viajes, tenía un buen surtido de discos compactos que me hacían compañía.
La ruta era recta y monótona en ese trayecto en particular, y como había hecho el mismo recorrido cientos de veces desde que me autoasigné uno de los camiones de la empresa familiar, me conocía cada curva y bache del extenso camino.
Y lo odiaba.
Tenía 26 años y odiaba mi trabajo… ¡qué patético! Aborrecía pensar en tener que hacer eso toda mi vida. Pero no tenía opción, o era conducir en solitario, o sentarme todo el día frente a un escritorio en la empresa y dedicarme a los pedidos a transportar o lidiar con los demás choferes… ¡y con mi familia! Prefería ser uno de los conductores, y olvidarme de mis padres y mis tres hermanas durante la mayor parte del mes. Los amaba, pero me asfixiaban.
Durante cinco años, desde que terminé el colegio hasta que me gradué como Licenciado en diseño gráfico y programador web estuve detrás de un escritorio, luego decidí montar la carretera y –a pesar de la oposición de mis padres–, tomé uno de los Scanias de la empresa familiar para conocer el país de punta a punta. Lo había logrado. No había un solo punto del mapa que desconociera, ni una sola ruta que no hubiera transitado varias veces durante mis tres años de camionero por imposición propia.
Sin duda había un montón de cosas que odiaba de mi trabajo, pero el letrero de neón que esperaba con anticipación no era uno de ellos. Y allí estaba frente a mí… destellaba una y otra vez como si fuera un faro que atraía a los clientes mostrando un trozo de filete en todo su esplendor con una mano agitando un pimentero, todo matizado en esa ocasión por un cielo negro como la boca de un lobo.
Mi corazón empezó a martillear en mi pecho.
Lucas lo mantenía encendido.
Él era muy bueno en eso, en encender las cosas. A mí, por ejemplo.
Cuando giré las ruedas de mi gran camión hacia la señal, signo de bienvenida, no pude evitar la enorme sonrisa que se extendió por mi cara. La doble huella con ranuras en el pavimento, diseñada para que los conductores somnolientos supieran que estaban entrando en el estacionamiento del restaurante "El sabor de la Pimienta" enviaron vibraciones directamente a la zona caliente entre mis piernas y la hicieron palpitar con deliciosa anticipación. Esa era otra cosa que no odiaba de mi trabajo.
Mi camión tenía la cabina pintada de color oro y azul brillante y en algunos trayectos se sacudía como el infierno. Largos caminos recorridos como si estuviera sentado en la parte superior de un vibrador gigante durante horas y horas. Me ubiqué en uno de los grandes espacios de aparcamiento en el estacionamiento esta vez vacío y apagué el motor.
Me estiré la espalda para conseguir soltarme un poco, me tronaron algunos huesos. Saqué de la guantera un frasco de perfume muy varonil, me lo puse, desabotoné mi camisa, la acomodé mejor dentro de mis pantalones vaqueros ajustados y bajé del alto asiento de un salto.
Es hora de probar el sabor de la Pimienta, pensé y me dirigí hacia el restaurante con paso decidido. Tenía hambre… de comida, pero más de él.
—Hola, Ricky.
Como siempre, el tono bajo y líquido de Lucas, se deslizó por todo mi cuerpo y me hizo estremecer. Su voz era como el chocolate derretido: viscoso, pegajoso, delicioso, dulce, y se dirigió directamente a mi entrepierna.
—Hola, Lucas —las campanitas de la puerta detrás sonaron cuando la cerré. Fui hacia la barra y me senté en uno de los taburetes de color negro alineados a lo largo de ella—. ¿Una noche tranquila?
Él asintió con la cabeza. Había puesto en uno de sus hombros el repasador húmedo que estaba usando para limpiar el mostrador y metió los pulgares en las pretinas de sus pantalones vaqueros desteñidos. Su camiseta blanca se extendía tensa en el pecho, rasgando sus músculos, juro que podía contar cada cresta y protuberancia. Sus tetillas de repente asomaron a través de la tela ajustada de una manera que me daban ganas de probarlos con la lengua y los dientes.
La forma en que los ojos de él se detuvieron en mi camisa semi abierta me dio la pauta de que mis pezones estaban en la misma situación. Me incliné hacia atrás en la silla y giré un poco, observando la forma en que los ojos de Lucas seguían mis movimientos. Cuando él me miraba de esa manera, me calentaba en lugares inimaginables.
Sentía el rubor subir sigilosamente por mi pecho y garganta y luego pintar mis mejillas. Y no tenía nada que ver con la vergüenza. Lucas solo acababa de encender mi calentura galopante. Me lamí los labios cuando sus ojos encontraron los míos.
Él sonrió. Maldita sea, el hombre tenía una sonrisa que podría derretir la mantequilla. Se la devolví.
—¿Qué puedo hacer por ti? —Lucas tiró el repasador y puso ambas manos sobre el mostrador detrás de la barra.
Sus dedos eran largos y fuertes, del tipo que uno tendría que ser tonto si no lo desea en su interior. Y yo no lo era, no importaba lo que mis padres opinaban sobre mí o –según ellos– mi pésima elección de carrera, me consideraba muy inteligente. Los dedos de Lucas se extendieron hacia fuera ligeramente, como si estuviera pensando en celebrar algo con ellos. Tal vez un toque en mi pecho… quizás en mi polla… esperaba que fueran ambos.
—¿Estás solo aquí esta noche? —jugué con el frasco de azúcar que se encontraba en el mostrador, complacido con la manera en que mi camisa azul francia se ceñía a mi pecho. El azul era el color favorito de Lucas.
Él miró sobre su hombro brevemente, hacia el mostrador y bajo la ventana donde el cocinero solía poner las órdenes terminadas.
—Pedro partió temprano. También Ana y Laura —se refería a las meseras que trabajaban para él— se fueron antes. Es una noche tranquila… ¿y tú? ¿Estás solo?
—Espero que no —respondí entornando los ojos. Y tú sabes lo que pasará, pensé mientras lo miraba enderezarse y echarse hacia atrás en el mostrador detrás de él.
Su pelo oscuro, un poco –demasiado– largo para un hombre de 32 años, pero ideal para mí que me encanta enredar mis dedos en ellos, simplemente llegaban hasta casi sus hombros y se los quitó de la frente. Una pequeña cicatriz atravesaba una ceja negra, pero no le quitaba su deliciosa y ardiente apariencia, al contrario.
Él sonrió de nuevo. Se dio cuenta que sabía lo que estaba pensando.
—¿Quieres que te cuente mis especialidades esta noche? —preguntó acercándose de nuevo a la barra.
Miré sobre su hombro el pizarrón con el menú escrito en tiza.
—Parece que tienes tarta de limón, es una de mis preferidas.
Lucas miró el tablero y luego a mí de nuevo, como si su mirada fuera un arpón, me enganchó.
—Sí, tenemos tarta. Pero también hay muchas otras cosas.
Yo tenía una ligera idea de qué otras "cosas" podrían ser, pero le pregunté de todos modos:
—¿Por qué entonces no me cuentas?
—Bueno, para empezar, tenemos unos realmente picantes y calientes… chorizos.
—Mmmm —gemí satisfecho.
—También tenemos huevos, al estilo que desees.
—Eso suena delicioso —y me lamí los labios.
—Debes tener hambre, Ricky —dijo Lucas—, porque juraría que me estás mirando como si desearas comerme a mí… aquí mismo.
—¿Estás en el menú, Lucas?
Él cruzó los brazos musculosos sobre su pecho y alzó una ceja, mirándome fijo.
—Ricardo Esmeil, si no te conociera bien, diría que estás aquí por mí.
—¿Yo? —puse una mirada de fingida inocencia en mi rostro.
Ahora se inclinó hacia adelante, esta vez tan cerca de mi rostro que podía oler su deliciosa colonia. Algo picante y dulce, como su sabor. Me estremecí y apreté los muslos mientras mi entrepierna zumbaba y zumbaba de expectación.
—¿Quieres que te diga lo que hay de postre?
Asentí con la cabeza, incapaz de hablar, con mis ojos clavados en los suyos y mi boca llena de saliva, babeando por él.
—Natilla espesa.
—¿Qué? —parpadeé.
Lucas, que no sabía cómo mantenía su cara seria, repitió:
—Natilla espesa… y cremosa.
—¡Lucas, eres incorregible! —me reí a carcajadas.
En un segundo, moviéndose tan rápido como Superman sin mallas y sin capa, tocó un botón debajo de la barra y las luces del comedor y del letrero de neón se apagaron. Se deslizó con maestría sobre el mostrador y aterrizó a mi lado. Hizo girar el taburete y me atrajo a sus brazos. Me tambaleé, pero Lucas me sostuvo con tanta facilidad como los malabarismos con una bandeja llena de tazas de café.
Podía verlo con claridad porque las luces del exterior seguían encendidas, pero la penumbra hacía que todo pareciera más íntimo y más intenso.
—Así que… ¿no te interesa de ninguna forma lo que hay en el menú? —me dio un beso, sonriendo—. Mmmm, delicioso —susurró y me besó de nuevo, esta vez más profundamente, su lengua tocaba mis labios— ¿Algo similar al chantilly, quizás?
Y me asaltó, sin darme tiempo de reaccionar, jodió mi boca directamente, su lengua entraba y salía mientras yo gemía desesperado. Me apretó contra él, y tuve que acordarme de tomar aire antes de poder responderle:
—Tenías razón cuando me dijiste que tenía hambre —dije susurrando—. Pero primero tengo una pregunta.
Él levantó ambas cejas y se deslizó entre mis piernas. Me balanceé por un momento, con mi polla dura y dolorida raspándolo cuando se pegó a mí. Gemí con la sensación.
—¿Cuál es tu pregunta?
—El letrero dice "El sabor de la Pimienta".
Sus ojos brillaron y se inclinó para otro beso, esta vez barriendo el interior de mi boca con su traviesa y talentosa lengua.
—Por supuesto —contestó con seguridad.
—Espero que signifique lo que yo creo —dije entornando los ojos—. Porque esta noche estoy especialmente hambriento de algo picante, señor Lucas Pimienta.
Su apellido siempre me causó gracia, pero en este preciso instante y con ese reto de mi parte… olvidé reírme. Empujé a Lucas hacia atrás unos pasos hasta que su trasero golpeó el borde de la mesada detrás de él. Bajo su atenta mirada, le desabroché el cinturón, bajé su cremallera y tiré de sus pantalones vaqueros hacia sus caderas. Parecía que había un poco de superhéroe dentro de mí también, cuando quería.
Lucas se recostó en la mesada de fórmica blanca, sus pantalones y bóxer en los tobillos y la polla apuntando hacia arriba en el aire, se veía deliciosa… y enorme, cargada de fluidos pre orgásmicos. Apoyó un codo en la barra y me miró con ojos entornados, puso la mano libre sobre su duro miembro, ofreciéndomelo y no fue necesario que lo hiciera dos veces.
Con el objetivo a la vista, fui al ataque.
Llevé las manos a ambos lados de sus caderas, me arrodillé entre sus muslos y lo llevé todo a mi boca. Él gimió cuando lo hice y el sonido de su placer hizo que mi polla saltara y se contrajera con otra ola de deseo. ¡Maldición! Estaba caliente, adoraba hacerle esto a Lucas. Su polla era larga y gruesa, aunque no demasiado, el tamaño perfecto para mí, y al igual que una tarta de manzana, el miembro de Lucas tenía el aroma perfecto a la canela.
Lo tomé tan profundamente como pude, hasta el final, hasta que mi nariz estaba enterrada en la mata gruesa de rizos oscuros que rodeaban la base de su eje. Entonces me estiré hacia arriba chupando más que la punta de su pene, mientras sus caderas se elevaban. Y más abajo, una mano en sus pelotas, frotando la mágica bola que lo hizo saltar como el aceite en una plancha caliente.
Acaricié su polla con la mano mientras lamía y chupaba la carne tierna de sus testículos, exactamente como me gustaba que me lo hicieran a mí. Lo hice rápido, luego lento, lengüeteando y succionando mientras seguía acariciando su pene con el ritmo que sabía que él adoraba.
Al instante, mientras gemía descontrolado, sus testículos se pusieron tensos y calientes por debajo de mi lengua y mis dedos. Su polla estaba tan rígida que no me sorprendería que pudiera hacer agujeros en donas de azúcar.
Mmmm, azúcar. Pensé. Eso sería bueno.
Moviendo la boca volví a acariciar su erección, y busqué a tientas el frasco en la mesa. Rocié los cristales blancos y dulces en el pene mojado y me zambullí de nuevo hacia abajo para lamer, mientras Lucas dejaba escapar un grito y empujaba con tanta fuerza que pensé que iba a lanzarme hacia atrás.
—¿Qué? —Miré hacia arriba y lamí el azúcar de mis labios—. ¿No te gustó eso?
Lucas respiraba con dificultad, su pelo negro alborotado y empapado de sudor, sus manos sobre mi cabeza, guiándome de nuevo al objetivo.
—Mal-maldita seas. Es-estoy a punto de estallar co-como una lata de sopa en el microondas —balbuceó entrecortado.
Complacido, cerré mis ojos y muy despacio, deliberadamente muy despacio, rocié más azúcar por encima de su polla tiesa. A continuación, saqué la lengua, le lamí desde la base de sus bolas hasta llegar a la punta de su polla, antes de hundir mi boca sobre él de nuevo y chuparle suavemente el dulce polvo granulado.
Lucas se quejó y sus manos se agarraron a la mesa. Mi polla estaba tan necesitada que mis muslos se deslizaron hasta una de sus piernas mientras mi boca seguía su magia hacia arriba y abajo de su pene. Me froté contra él y moví las caderas hacia atrás y adelante mientras seguía chupándolo, guiando mi entrepierna con la presión suficiente para mantener el calor sin necesidad de llegar al orgasmo.
Ese sería trabajo de Lucas.
—Ricky... —Lucas hizo una exclamación, como si estuviera luchando por respirar—. Yo… estoy... espera...
Deslicé su polla fuera de mi boca, aunque me dolía mucho dejar ese placer tan dulce.
—¿Q-qué? —murmuré levantando los ojos.
Él se alejó hasta que se sentó. Su pene rozó su firme y surcado vientre, pegajoso con el azúcar y la saliva. Me acerqué, pero él puso su mano sobre la mía para que dejara de acariciarlo.
—Tengo hambre también —anunció con mirada lasciva.
—Oh —tragué saliva, expectante.
De repente, mis rodillas se sentían muy débiles y me tambaleé. Lucas me abrazó con fuerza y me mantuvo inmóvil. Luego me deslizó por el borde de la mesa hasta que ahora era yo el que estaba con el trasero en la mesada, mis vaqueros a la altura de mis tobillos y mis muslos abiertos de par en par.
—Eres el hombre más hermoso que vi en este maldito mundo de mierda —dijo Lucas de manera casual mientras me levantaba sobre la mesa. Sentí la fórmica fría en mi trasero—. Mírate, pequeño precioso, quiero probar cada parte de ti.
Oí el sonido de las patadas al quitarse las botas, y luego observé mientras se inclinaba a desechar sus pantalones vaqueros. A continuación, se quitó su camiseta blanca y se puso delante de mí en toda su gloriosa desnudez, con las manos en sus caderas. Él sonrió otra vez, y era algo malditamente bueno que estuviera sentado en la barra, porque la sonrisa de Lucas me hizo sentir un poco… no. Muy débil.
Yo no podía siquiera imaginar la pasión que al parecer desataba en él, pero la percibía en la forma oscura de su mirada cuando observaba entre mis piernas, se humedeció los labios y se pasó una mano por la frente. Entonces me miró, la sonrisa sexi había desaparecido esta vez. Su rostro estaba serio mientras buscaba mis ojos.
—Necesito decirte, Ricky. Eres lo más bello que mis ojos han visto nunca.
Mi corazón latía con sus palabras, pero no me dio ninguna oportunidad de devolver el cumplido, sin previo aviso, se tragó la cabeza de mi polla –que a pesar de mi altura o porte, tenía un tamaño considerable–, pasó la lengua por los costados venosos y me lamió. Cerré los ojos y susurré incoherencias. Llevando mi pene aún más profundo en su garganta, Lucas empezó a acariciar mis testículos.
Miré su rostro mientras me concentraba en el placer que me daba. La visión de él disfrutando de las delicias que le prodigaba a mi polla me contrajo de nuevo en lo que siempre había considerado como un pre orgasmo. Esa era la razón por la que me encantaba estar con Lucas, ¿por qué sino había hecho de su restaurante un punto de parada en cada oportunidad que podía durante los casi dos años que llevaba conociéndolo? Por la sencilla razón de que él me hacía sentir no solo como el hombre más hermoso del mundo... sino como el "único" que existía en el planeta tierra.
Lucas me recostó en la barra y siguió su asalto, al parecer el sabor almizclado de mis testículos y mi olor, lo condujeron a la locura y le hicieron ser aún más ávido. Se apartó y lamió la piel que rodeaba mi escroto. Me lo decía entre susurros y gemidos, supe que se le hacía agua en la boca el simple pensamiento de que por fin estaba degustando mi esencia de nuevo, después de dos semanas sin verme.
Lucas lamió todo el camino de mi eje duro, derecho hasta la punta, haciendo girar la lengua por la cabeza. Con mi dura polla en la mano, se inclinó hacia arriba y chupó la punta con la lengua, saboreando la gota de líquido que rebosaba por la rendija e introdujo completamente mi glande entre sus labios.
—¡Oh, mierda… oh, mierda… Lucas! —grité, agarrándolo del cabello y presionándolo, tratando de que tomara más de mi polla. Cerré los ojos y lo sentí respirar por la nariz mientras tomaba más y más de mí en su boca. Era un placer dejar que él me saboreara, sentir mi erección deslizándose sobre su lengua, era la sensación más exquisita que jamás hubiera imaginado.
Poco a poco fue bajando hasta que la cabeza de mi polla se escondió en la parte posterior de su garganta. Lucas me miró mientras lo hacía y observó con asombro que mis testículos se preparaban, un calor ardiente pasó desde ellos hasta mi columna, volviendo de nuevo a mis bolas y hasta la punta de mi polla.
—Voy a… voy a… —traté de advertirle, pero él continuó deslizando su cabeza arriba y abajo, su lengua moviéndose deliciosamente en la cabeza y más adentro, me eché hacia atrás, con mi cuerpo rígido y arqueado sobre la dura barra cuando un gran orgasmo me venció.
—¡¡¡Lucaaaaaaaas!!! —grité cuando me corrí, sintiendo el disparo de mi semen en su boca y como se deslizaba por su garganta.
Fue muy intenso, lo sentí en mis piernas, mi estómago, mis brazos, hasta llegar a los dedos del pie y las orejas. Levanté mis caderas para satisfacer los impulsos que estaba recibiendo y fui recompensado con otro rayo culminante de puro, dulce placer, sin adulteraciones.
Cuando pude volver a respirar, miré hacia arriba para encontrarlo observándome. La sonrisa había vuelto y su polla se balanceaba, deseosa.
—No creo que eso estuviera en el menú, se suponía que era yo el que tenía que comer —dije incorporándome con los codos en la barra y me acerqué al borde para poder tirar de él y darle un beso, saboreando mi propia esencia—. Pero me alegro de que te sirvieras primero, de todos modos.
Las manos de Lucas se enredaron en mi cabello.
—Todavía puedo convencerte de que pruebes el chorizo, ¿verdad?
Me reí y le saqué la lengua, que él chupó suavemente y la puso a temblar de placer empezando por la espalda.
—Chorizos, huevos y natilla, lo quiero todo —dije bromeando—. Pero no sabía que eras un mentiroso, Lucas.
Su hermoso rostro se arrugó con la confusión.
—¿Mentiroso? —preguntó confundido.
Observándolo con una mirada seria, le tomé las manos y las puse sobre mi pecho.
—La señal afuera dice "El sabor de la Pimienta". No creo que el señor Pimienta se haya esmerado con un buen condimento todavía —y le guiñé un ojo.
—Supongo que podríamos intentar sazonar algo en el fondo para que el señor Pimienta honre su letrero —respondió riendo a carcajadas.
Me despojó rápidamente de mis vaqueros, puso las manos debajo de mi culo y me levantó a horcajadas, lie mis piernas en su cintura. Si bien Lucas era mucho más alto y grande que yo, debió haber sido difícil para él caminar conmigo hacia el cuarto de atrás, más aun con mi boca cerrada sobre la suya, saboreándolo, pero lo hizo sin tropiezos. Pateó la puerta y la cerró detrás de nosotros pidiéndome que me levantara un poco más sobre su vientre y envolviera mis piernas con más fuerza alrededor de él.
Se arrodilló en el sofá a lo largo de la pared del fondo de la desastrosa y desordenada habitación y se estiró conmigo todavía aferrado a sus caderas como un espagueti en el tenedor. El viejo y destartalado sofá estaba medio cubierto por una limpia manta acolchada. Desenganché mis piernas y me estiré hacia atrás contra todo lo ancho de los cojines. Mientras Lucas se enderezó, rápidamente me quité la camisa.
—No tiene sentido conservarlo cuando tú estás tan desnudo como una galleta sin miel —le dije, echando la cabeza hacia atrás y riendo cuando Lucas gruñó y se lanzó encima de mí.
Lo besé en la boca, las mejillas, la garganta y los oídos y cada parte de su cuerpo a la que tenía acceso. Él respondió con el suyo, gimiendo con esa voz de chocolate derretido que enviaba a mi polla espasmos de placer solo con el sonido de la misma. Lo empujé hacia atrás, lo hice girar y conseguí ponerlo de espaldas. Me senté a horcajadas en sus caderas y froté su pene hinchado ida y vuelta con el mío.
—Amo mirarte cuando haces eso —dijo Lucas.
—¿En serio? —me detuve por un momento, sorprendido.
¿Cuándo Lucas había hablado sobre el amor? Saber que yo le gustaba no era exactamente lo mismo que saber que "amaba" algo de mí... él nunca había dicho nada similar antes. Lucas extendió la mano y me acarició el pecho, ondulando mis tetillas de la forma en que sabía que me gustaba. Sus manos se deslizaron hasta mis caderas, y luego presionó de nuevo su polla contra la mía.
—Amo ver todo lo que haces, Ricardo Esmeil. Amo verte comer, amo verte beber. Amo ver que entras en mi comedor y todo el mundo gira la cabeza para verte pasar porque eres hermoso, un adonis rubio, pequeño y precioso… no uno que aparecería en las páginas de una revista, sino uno real, honesto y verdadero. Es algo que tienes que pocos poseen, te lo aseguro… ¿pero quieres saber qué amo más que todo?
Tragué saliva y luché por encontrar mi voz para contestar. Las palabras que salieron de mi garganta fueron guturales y sensuales, roncas y sexis.
—¿Qué es, Lucas?
Su mano se movió de nuevo por mi pecho, bajando hasta mi estómago y posándose en mi pene, que ya estaba duro de nuevo, expectante y caliente.
—Amo verte explotar, Ricky.
Suspiré y me estremecí cuando otra oleada de orgasmo empezó a construirse en mi interior debido a su toque y sus palabras.
—Ah, Lucas, sí... —gemí estremeciéndome.
—Giremos —ordenó suavemente.
Casi ciego de pasión, hice lo que me pidió.
—Me encantan tus abdominales —dije al tenerlo encima de mí, y lo besé allí.
La polla de Lucas se puso más dura y los músculos de su estómago se tensaron, respondiendo al contacto de mis labios en ese lugar.
—A mí también me vuelven loco los tuyos —respondió acariciándome.
Yo no era tan musculoso como él, era delgado y fibroso, pero su cuerpo me encantaba de verdad. No había ni una pequeña parte de Lucas con la que no se me cayera la baba: aquel hombre estaba esculpido como un maldito dios griego, y era mío ahora.
Él cerró los ojos y enterró su rostro en mi estómago durante unos segundos, respirando profundamente.
—También me encanta como hueles —me dijo, mientras apretaba y acariciaba mi polla durante unos momentos; luego agarró mis testículos con una de sus enormes manos y empezó a estrujarlos suavemente.
Era algo increíble sentir aquella verga caliente presionando la mía. Yo gemía, suspiraba y dejaba escapar toda clase de sonidos, pero a él le daba igual; era incapaz de parar, aquello le gustaba demasiado, me di cuenta porque había cerrado sus enormes ojos claros y en su atractivo y bronceado rostro había una expresión de felicidad absoluta.
Lucas tomó un frasco de lubricante de los estantes de la pared y se deslizó sobre mi cuerpo. No perdió el tiempo; su polla se notaba tiesa y a punto de reventar. Levanté las rodillas abriéndome para él. Lucas dejó escapar un gemido. ¡Mierda, qué caliente está mi dios griego! Él hurgó a tientas con la tapa, untándose los dedos, su polla… y me chupó los duros testículos antes de caer en la tentación.
—¡Oh, maldición! —grité desesperado.
—Mmmm —suspiró él—, apenas puedo esperar para estar dentro de ti.
De todas formas, se tomó su tiempo, mientras untaba el gel en mi anhelante agujero, me lamió los huevos y apretó los labios contra ellos hasta que al final se los metió en la boca. Yo movía la cabeza hacia delante y hacia atrás mientras murmuraba incoherencias. ¡Mierda! Qué bien lo hacía. Deslizó un dedo por mi escroto, frotándome suavemente; mi polla reaccionó con una sacudida que hizo gotear líquido sobre mi propio estómago.
Gemí mientras él localizaba mi entrada con el dedo y empujaba despacio cuando se deslizaba sobre mi cuerpo. Lamió las gotas de semen que se habían derramado sobre mi estómago duro como una roca y me introdujo la punta de su polla. ¡Oh! ¡Maldición, es delicioso! Me encantaba su tamaño.
—Sigue —ordené suavemente.
Quería sentir su polla entera, pero al parecer Lucas no creía que estuviera preparado, porque masajeó mi roseta una vez más e introdujo un dedo mientras yo gemía, a continuación metió otro más, luego sacó un poco los dedos y los movió como si de unas tijeras se tratara. No era la primera vez que teníamos sexo de ese tipo, pero siempre era muy cuidadoso.
—¿Estás bien? —Asentí moviendo la cabeza—. ¿Te duele?
—Quema un poco, pero no pares; si paras, te estrangulo.
Él se rio y me mordió un muslo. Siguió follándome con dos dedos, delicadamente, a un ritmo suave, hasta que le supliqué por más; entonces prosiguió con otro dedo. Pegué un grito sofocado, con los ojos completamente abiertos. Lucas abrió la boca, y adivinando lo que iba a preguntarme, lo interrumpí:
—Estoy bien, Lucas… te necesito, hazlo.
Él asintió con la cabeza y vi su frente perlada de sudor antes de proceder.
Sacó los dedos y me apoyó entre sus muslos. Tomó de nuevo el lubricante y se untó toda la polla con él y luego me lubricó un poco más. Yo no podría aguantar mucho tiempo.
—Lucas, por favor... —le rogué.
Se movió hacia delante, alineando la punta de su pene con mi culo; se introdujo en mi agujero y empujó hacia dentro, centímetro a centímetro. Al principio trató de observarme, pero vi que su expresión de absoluto placer era demasiado para resistir la ardiente presión que sentía en torno a su polla, de modo que cerró los ojos, apretándolos con fuerza. Cuando ya tenía todo su miembro dentro de mí noté la sacudida de su cuerpo, concentrándose para no correrse. Respiró profundamente un par de veces, recuperando el control, y abrió los ojos. Lucas buscó mi mirada, extendió un brazo y me tocó la mejilla.
—Se siente tan bien, ven aquí —y se agachó.
Me atrajo hacia él hasta que nuestros labios se encontraron; aquella lengua caliente me lamió con avidez. Abrí la boca, y dejé escapar un gemido. Su lengua acarició la mía una y otra vez y luego exploró el resto de mi boca, deslizándose despacio y con mucha sensualidad dentro de mí. Era maravilloso; aquello me hizo sentirme venerado y seguro; sin embargo, también alimentó mi deseo y me hizo perder ligeramente el control.
—Muévete, Ricky —me pidió—, necesito tu ritmo.
Hice lo que me pedía: flexioné las caderas y, despacio, empujé para dentro; sus huevos me golpearon con fuerza, obligándome a gemir.
—¡Mierda, es increíble! —grité.
—¿Te gusta, verdad?
Asentí con la cabeza, moviendo lánguidamente las caderas.
—Sí, sí… s-sí.
Asiéndose de mis muslos, Lucas siguió moviéndose a un ritmo constante y me miró a los ojos. Cuando empecé a responder a sus empujones, lo escuché jadear descontrolado:
—¡Oh, Dios mío, Ricky...! Voy a... ¡Oh...!
Él bombeó más deprisa, follándome sin piedad.
—¡Sí, Lucas... no pares! —grité desesperado.
Entonces tomó mi polla entre sus dedos, masturbándome al ritmo de sus acometidas, y empecé a notar otro orgasmo en la base del estómago. Sus huevos golpeaban con fuerza contra mí cuando se corrió, eyaculando duro y caliente dentro de mí. Lo seguí unos segundos después, rociando su mano y su estómago con mi esperma; mi culo se cerró alrededor de su polla mientras ambos nos retorcíamos de placer.
Fue otro orgasmo increíble, uno maravilloso que sacudió mi cuerpo desde los talones hasta el cabello, y estoy seguro que Lucas sintió lo mismo.
Consciente de que podía aguantar su peso, él se desplomó sobre mi cuerpo, empapándonos con mi semen. Sentí en la oreja el cosquilleo de su respiración, mientras me mordía el lóbulo, me besaba en la mejilla y me obligaba a sonreír.
Una pregunta rozó mis labios pero me callé, porque no quería arruinar un momento tan maravilloso. Yo había acudido a su restaurante durante casi dos años, y era siempre lo mismo. Él enviaba a casa al personal en las noches en que sabía que mi ruta pasaría por aquí, y encendía la señal intermitente de neón anunciando que estaba esperándome.
En las pocas ocasiones que había pasado de día y encontré el restaurante lleno de camioneros, Lucas y yo habíamos compartido una mirada anhelante y un coqueto flirteo que había hecho que la siguiente vez que tuviéramos relaciones fuera mucho más espectacular.
Nos habíamos reído juntos muchas veces. Incluso me había quedado con él un par de veces, durante toda la noche en el departamento que tenía sobre el restaurante, y desperté a la mañana siguiente para irme antes de que el equipo de la mañana llegara al comedor.
Casi dos años llenos de sexo increíble y buena compañía. Lucas Pimienta era un hombre increíblemente guapo, pero además era dulce, decente y amable, y hacía una deliciosa tarta de limón. Había puesto su corazón y su alma en este pequeño restaurante de carreteras y le iba muy bien... pero yo tenía miedo de preguntarle si con lo que me dijo antes estaba ofreciéndome algo más que una excelente follada dos veces al mes.
—¿Ricky? —habló él de repente, sacándome de mi ensoñación.
Fingí un murmullo somnoliento, aunque la forma en que dijo mi nombre hizo que mi corazón empezara a palpitar y a saltar como el pan de la tostadora fuera de control. Lucas me acarició el pelo una y otra vez, luego me abrazó. Sus labios rozaron mi cabeza con ternura.
—Ricky, en relación a todas esas cosas que he dicho antes…
Tenía miedo de levantar la vista. Temor de mirar a sus ojos claros, convincentes y ver la prueba de lo que su voz de chocolate prometía. Me acurruqué más cerca, con los ojos cerrados, no queriendo perder lo que teníamos. No queriendo perderlo, simplemente.
—¿Ricky? —repitió al ver que no le contestaba.
—Lucas... —vacilé, luego hice acopio de valor y lo miré a los ojos—. Lucas. No tienes que…
—Ricky, necesito decirlo —me interrumpió—. Cada dos semanas o más vienes aquí y pones mi mundo al revés. Cuando suenan las campanillas de la puerta, miro hacia ella esperando que seas tú y odio a quien sea que tenga la mala suerte de ser otra persona en tu lugar. Cuando no estás aquí, todos los batidos tienen sabor amargo y las papas fritas están desabridas. Sin ti, soy como una tarta de manzana sin helado de vainilla, simplemente no vale la pena probarlo.
Hice a un lado su pelo oscuro, alejándolo de su frente. Mi mano se quedó en su mejilla, y luego bajé los dedos por sus labios, que todavía estaban brillosos e hinchados por nuestra reciente actividad.
—Lucas, yo… yo estoy mucho tiempo en la ruta —le dije—. Largas semanas fuera de casa, no sé si podría…
—Ya lo sé —volvió a interrumpirme y me besó en la palma de la mano—. Creo que lo que te estoy pidiendo, mi pequeño hermoso, es que... bueno, si podrías tener en cuenta... si tal vez pueda ser que... ¡oh, diablos, Ricky! Lo que quiero saber si hay una oportunidad de ser para ti más que solo una follada de vez en cuando. No te estoy coaccionando ni exigiendo nada, solo necesito saber si podría ser, quizás en el futuro, algo más que una parada en tu camino, más que solo un ir y venir.
A pesar de que no sabía cómo iba a responder hasta ese momento, porque simplemente no esperé jamás esa pregunta esta noche, las palabras que salieron de mis labios nunca me habían sonado más correctas:
—Ya lo eres, Lucas. Tú eres la luz al final de un largo y duro camino —lo besé suavemente en la nariz, la barbilla y, finalmente en la boca—. ¿Sabes qué más? Desde hace un año, cuando lo nuestro se hizo más constante y regular, no estuve con nadie más. Tú me llenas completamente, no necesito otro.
—¿Solo un año? —Lucas frunció el ceño y sonrió resignado— Yo no miro a nadie desde el primer día que entraste por la puerta de este restaurante hace casi dos años. Me tienes cautivado, Ricky. Necesito saber si existe un futuro para nosotros, quiero hacer planes contigo, y no solo esperar a que cruces por mi puerta un par de veces al mes.
—Mmmmm —suspiré y miré alrededor, se notaba que más que una oficina, ese lugar era un depósito de trastos, era amplio, y tenía posibilidades… con un poco de orden y cariño podría convertirse en algo más, entonces pregunté—: ¿usas este lugar para algo más que follar conmigo dos veces al mes, Lucas?
—¿Q-qué? Estamos hablando de algo serio y me vienes con una pregun…
—Shhhhhh, cariño… tengo una idea —puse mis dedos en sus labios y lo callé—, solo contéstame… ¿sí o no?
LUCAS
(Dos meses después)
—¿Sabes qué, jefe? —dijo Laura explotando una tarde— Si sigues así de cascarrabias, renuncio.
—Apoyo la moción —gritó Ana desde la otra punta del salón, levantando las manos—. Desde hace un tiempo estás tremendamente insoportable.
Pedro silbó desde la cocina y empezó a aporrear ollas y sartenes con dos cucharones de cocina, apoyando a las chicas a su modo.
—¿Qué es esto? ¿Una conspiración en mi contra? —gruñí enojado.
Tiré el repasador que tenía en mis manos sobre la mesada de la barra y al ver que solo habían tres personas desayunando y ya estaban servidas, salí del restaurante por la parte trasera azotando la puerta y encendí un cigarrillo. No solía fumar, pero en momentos como ese, era lo único que calmaba en algo mi ansiedad.
Yo sabía perfectamente el motivo por el cual estaba nervioso y malhumorado.
Era 14 de febrero, día de los enamorados y las chicas habían adornado el restaurante con decenas de flores, corazones y Cupidos ¡Qué asco! Ese día en especial era una maldición para mí este año, porque no tenía noticias de Ricky desde hacía dos meses, y eso me estaba afectando más de lo que me gustaría aceptar.
Había pasado la Navidad sin saber de él, supuse que las fiestas lo mantenían ocupado en otras cosas y fuera de la ruta, pero luego llegó año nuevo y pasó todo el mes de enero sin siquiera una llamada de su parte.
Intenté comunicarme con él varias veces, pero el mensaje en su teléfono era recurrente: "el número de celular al que usted ha llamado no existe o ha sido cambiado", así que… dejé de intentarlo porque simplemente no sabía dónde trabajaba, ni siquiera la dirección dónde vivía.
Estaba convencido de que todo era mi culpa. ¿Por qué tuve que ser tan idiota en presionarlo? Me pregunté. Teníamos una excelente relación, sin ataduras, hasta que yo, redomado imbécil, quise más. ¿Más para qué? Si al fin y al cabo somos hombres… ¿acaso le iba a proponer matrimonio? Ni siquiera hay legislación para eso aquí.
Una vez me dio a entender que nadie en su familia sabía de sus preferencias sexuales, y que sus padres eran muy cerrados al respecto, esa fue una de las razones por las que decidió viajar, para que lo dejaran vivir su vida tranquilo y en paz.
Mi pobre chico incomprendido, pensé con tristeza. Y recordé el día en el que decidí contarle a mi madre que me gustaban los hombres. No fue fácil dar ese paso, tenía solo dieciocho años en ese entonces, y las palabras de mi santa madre fueron: «Mi niño precioso, eres mi hijo y te amo… ¿crees que no lo sé? Quizás lo supe antes que tú. Mientras seas un hombre de bien, no importa a quién le concedas tu cariño, yo aceptaré a quien tú ames, sea del sexo que fuera».
Mi padre murió cuando yo tenía seis años, apenas lo recuerdo, pero tengo una madre extraordinaria, una hermana maravillosa y dos hermosos sobrinos. Una familia que vale oro y me apoya, pero lastimosamente mi pequeño amor no.
Gruñí. Ya no debo pensar en Ricky de esa forma, ¡maldición! Con su proceder me dejó bien en claro que no desea nada conmigo. Tengo que olvidarlo y seguir adelante. Con ese objetivo definido, apagué el cigarrillo y entré de nuevo al restaurante. Pero me detuve al pasar frente a la puerta que hacía mucho tiempo no abría, el lugar que me hacía recordarlo como ninguno. Puse la mano en el picaporte, lo giré…
No, no voy a entrar. Puedo ser cualquier cosa, menos masoquista, me dije a mí mismo y seguí de largo.
Apenas entré al comedor vino Laura corriendo hacia mí con una caja grande y alargada en sus manos. Sonriendo, me la tendió.
—¿Qué es esto? —pregunté con el ceño fruncido.
—Ni idea, jefe… lo acaba de dejar un mensajero de la florería —y Ana se acercó curiosa detrás de ella— ¡Ábrela!
Me senté en uno de los taburetes de la barra, y asombrado porque era la primera vez en mi vida que recibía flores, abrí el paquete. Contenía 10 rosas rosadas, una roja y otra blanca en el centro, finamente adornadas con papel transparente y gypsophilas. Algo nervioso, tomé la tarjeta y la leí:
«Necesito ponerle "Pimienta" a mi vida»
Di vuelta la tarjeta, no tenía firma.
—¿Es una broma? —pregunté mirando a las chicas. Ambas se encogieron de hombros, sin entender.
—¿Quién te las envió? —preguntó Pedro desde la cocina.
—No tiene firma —dije casi en un susurro.
—Las flores tienen significado, jefe —me informó Ana—. Las rosas rosadas se envían tanto para agradecer o para pedir perdón y las rojas significan sentimientos de amor y respeto. Pero blanca y roja juntas es una clara invitación a un amor carnal.
—¿Te agradezco por el amor carnal que me brindaste? —Bromeó Pedro— ¿Con quién estuviste revolcándote, jefe?
Le mostré una mirada asesina.
—O también… muchos perdones, porque hay más rosas rosadas y un pedido de amor carnal —dijo Laura sonriendo pícara.
—¡Ahhh, pero la rosa blanca también es pureza! Entonces puede ser… mmmm, ¿Mil perdones o agradecimientos, te amo puramente pero quiero follarte?
—Dejen de conjeturar y vuelvan al trabajo —dije malhumorado y poniendo los ojos en blanco—, debe ser una broma o una confusión.
—O quizás te las envió la Gertrudis, que está que arde por ti…
—Mmmmm, ¿y el Joselo? Ese creo que tiene más chance…
—Ahhhh, son tan hermosas, ojalá a mí me enviaran aunque sea una…
Mientras las chicas se divertían tratando de descubrir la verdad, vi detrás de ellas una camioneta Nissan doble cabina gris plata que estacionó frente al restaurante. A pesar de que la ciudad era pequeña, no reconocí ese vehículo, pero tampoco era raro, porque estábamos sobre una ruta nacional, cualquiera paraba y se quedaba. Lo que llamó mi atención fue el cabello rubio del ocupante. Aunque no podía verlo bien por la distancia, mi corazón empezó a bombear aceleradamente.
Me acerqué más al ventanal…
Él entró y caminó hacia mí tímidamente mientras en el fondo se seguían escuchando las suposiciones de las meseras:
—Ohhh, ¿Y si es Mirandaaa? Esa está más loca que una cabra por el jefe…
—Creo que el que tiene un poco de esperanzas es el Esteban…
Ricky se paró enfrente, a solo un metro de distancia y pasó la vista desde las chicas, a las flores y luego de vuelta su mirada volvió a mí.
—Veo que recibiste mi ramo —dijo suavemente, solo para que yo lo escuchara.
—¿Fuiste tú? —¡Oh, Santo Cielos! Qué hermoso está, pensé.
—Sí, Lucas —se acercó un poco más— ¿podemos hablar en privado?
—¿Por qué razón querría hablar contigo? —pregunté indiferente, tratando de que exteriormente no se notara lo mucho que había sufrido por él— Hace dos meses te confesé mis sentimientos y la misma cantidad de tiempo pasó sin saber nada de ti. Creo que… la situación quedó muy clara, Ricky.
—No hay nada de claro en toda esa situación, tienes que escucharme, por favor.
—Perfectamente claro para mi… ¿tanto te costaba hacer una llamada? Solo para decirme: «Lucas, no quiero tener una relación seria contigo». Hubiera apreciado mucho más tu sinceridad que tu silencio —fui levantando la voz poco a poco sin darme cuenta—, ¡y no tener la incertidumbre de no saber de ti!
Suspiré al darme cuenta que el restaurante entero nos miraba, no es que hubiera muchas personas, pero de todas formas era una situación muy incómoda. Tomé del brazo a Ricky y lo llevé por el pasillo hacia nuestro antiguo "nido de ¿amor?".
Lo empujé adentro sin ninguna ceremonia.
Noté su asombro al contemplar el lugar, y no sabía si alegrarme o llorar de la rabia, al fin y al cabo, había hecho todo eso por él, para darle una sorpresa.
No había ningún cachivache esparcido por doquier, ya no era un depósito, sino una hermosa oficina. Solo había conservado el escritorio que estaba restaurado, el mueble archivador y el sofá recién tapizado e impecable. Unas preciosas y masculinas cortinas colgaban de la ventana, que antes ni siquiera se veían y hasta había colgado un hermoso cuadro en una de las paredes recién pintadas.
—Lu-Lucas… —dijo mi pequeño hermoso, emocionado— ¿hiciste esto por mí?
Y estaba seguro que en ese momento ambos recordamos sin decir una palabra, lo ocurrido hacía dos meses, en el que Ricky me había contado su sueño de dejar las carreteras y el trabajo familiar para dedicarse a su sueño de ser diseñador gráfico y programador web, que era lo que había estudiado. Y yo lo había abrazado, besado y le había prometido que podía usar este lugar como oficina para empezar, que le apoyaría incondicionalmente.
—Lo despejé porque era un chiquero —dije orgulloso y todavía enojado—, no te des tanto valor —y me senté detrás del escritorio, tomé un bolígrafo y empecé a girarlo entre mis dedos, solo para tener algo que hacer y no mirarlo a los ojos—. Habla de una vez, di lo que tengas que decir… y vete, desaparece de mi vida.
No lo hagas, no te vayas, pequeño. Ojalá pudieras decirme algo que pueda justificar todo el dolor que me hiciste pasar.
Lo miré de reojo, mi dulce amor se sentó en el sofá y estrujando sus dedos, simplemente me contó su verdad:
—Tuve un accidente, Lucas. Estuve veinte días hospitalizado y varios de ellos en coma. Luego yo…
¡Oh, Dios mío! Me sentí el más miserable de los seres vivientes en este mundo al escucharlo. Salté de la silla y corrí a sentarme a su lado y lo abracé fuerte, muy fuerte.
—¿Estás bien, mi pequeño? ¡Dios mío! ¿Cómo fue? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Qué te pasó? —lo interrumpí, necesitaba respuestas… inmediatas—. ¡Y yo lejos de ti! Santo Cielos…
—No había nada que tú hubieras podido hacer, Lucas… solo complicar la situación —y se acurrucó en mis brazos—. Abrázame, por favor —lo hice, mi pequeño hermoso necesitaba de mí—. Te lo contaré todo…
Y así, pegado a mí, en mis brazos, donde era su lugar me lo contó:
—Tuve un accidente con el Scania, dos días después de la última vez que nos vimos, cuando volvía a casa. Me rompí un brazo y una pierna, pero eso no fue lo grave. Me golpeé muy fuerte en la cabeza, traumatismo cerebral, o algo así… y tuvieron que inducirme a un coma profundo hasta que bajara la inflamación para que no me moviera —cuando iba a hablar puso sus dedos sobre mis labios—. Déjame terminar —asentí con la cabeza—. Al parecer, cuando me hicieron volver, en mi inconsciencia solo te llamaba a ti, Lucas. Y mis padres entraron en cortocircuito. Cuando pude discernir lo que ocurría a mí alrededor, pedí que me trajeran mi celular para llamarte, pero quedó destrozado en el accidente. Perdí tu número y no lo sabía de memoria, cancelaron el mío, que estaba a nombre de la empresa como número corporativo. Nadie en mi familia quería que contactara contigo, y no había nada que yo pudiera hacer, estaba en cama con un brazo y una pierna escayolados —mi dulce amor empezó a lagrimear, lo apreté contra mí—, en ese punto de la historia ya nadie tenía dudas de lo que "Lucas" significaba para mí, te llamaba incluso en sueños. Y descubrí que tengo un padre, una madre y tres hermanas que me miran como si yo fuera un extraterrestre. Creo que podrían perdonarme cualquier cosa, hasta que fuera un criminal, pero no me perdonarán jamás que me haya enamorado de un hombre.
—¿Me amas, Ricky? —pregunté asombrado.
—¿Estás bromeando, Lucas? —preguntó sonriendo y mirándome a los ojos— ¡Claro que te amo! Con locura…
Sonreí pícaramente y puse mis manos a ambos lados de su cara.
—¿Cómo está mi pequeño hermoso, ahora?
—¿A qué te refieres?
—¿Estás lo suficientemente sano para que yo pueda demostrarte lo mucho que te amo también?
—¿Para qué crees que vine? Te lo dije con las flores. Necesito ponerle condimento a mi vida, señor Pimienta.
—No, no viniste solo para eso… sino para quedarte conmigo. No te preocupes por tus padres, solo necesitan tiempo para acostumbrarse a la idea, verás que todo se arregla —le di un tierno beso en sus hermosos labios—, eres su hijo, no querrán perderte.
—No estoy tan seguro… —dijo dudoso.
—Confía en mí, pequeño.
—Te confiaría mi vida, Lucas.
—Yo te cuidaré, mi dulce amor.
—No, señor Pimienta —me dijo categórico—. Nos cuidaremos mutuamente. Que seas un poco mayor que yo no significa que tengas que hacerlo. Soy un hombre hecho y derecho, y durante mucho tiempo me he cuidado solo, no necesito otro padre que me diga lo que tengo que hacer. Tengo ahorros, tengo dinero para empezar con mi empresa, para compartir los gastos contigo. Por favor, sé mi amante, sé mi amigo… pero trátame como un igual, nunca me impongas cosas, no lo soportaré.
—Mi dulce amor tiene carácter. Mmmmm —y empecé a besarlo—, eso me gusta… me gusta mucho. ¡Feliz San Valentín, pequeño!
—¡Feliz San Valentín, amor!
Y en este espacio, que albergó nuestros primeros encuentros, volvimos a amarnos, con la necesidad de asegurarnos de que lo nuestro era fuerte, necesitábamos celebrar la vida y nuestro amor. Necesitábamos amarnos. Necesitábamos absorber la dicha de estar juntos de nuevo, aprovechar al máximo lo que habíamos encontrado uno en brazos del otro, reafirmar los fuertes lazos que teníamos y que se habían vuelto vitales para nosotros.
Me recosté y me dejé hacer. Permití que mi dulce amor me mimara tanto como quisiera, que me reconociera en cuerpo y alma, que me bañara con su devoción, su adoración y su amor. Después le devolví su generosidad con creces, dejando que la pasión nos arrastrara y nos uniera para siempre.
Luego permanecimos uno en los brazos del otro, acurrucados en nuestro nido de amor como una salchicha en una tortilla, y no había ningún otro lugar del mundo en el que preferíamos estar.