nochebuena de ensueño (spanish)
Aquí estoy, en plenas vacaciones… tendida en la reposera de uno de los cruceros más hermosos del mundo, sola como un perro. Mi hijo pasará la Navidad con su papá, así que yo decidí tomar un avión a las Bahamas y pasar esa fecha en soledad, era la primera vez que invertíamos los papeles, ya que siempre solía ser al revés.
¿Quién me había convencido de viajar?
La respuesta era: todas, cada una con su "acento especial" de algún lado del planeta tierra.
La tierna Jull me dijo: ¡Yo fui a un crucero hace poco con mi familia y fue fabuloso, te va a encantar Grace!
A Roni solo pude dejarle un mensaje offline, ya que cuando ella está despierta y conectada, yo estoy durmiendo. Recibí su zumbido característico estando en brazos de Morfeo, a las dos y pico de la madrugada con un: "¡A divertirte, nena!" Recién lo vi al día siguiente, por supuesto.
La dulce Kasandra, que más que mi hija adoptiva parece mi madre, me dijo: ¿Y qué esperas que ya no estás en el avión? ¡Aprovecha la vida, Grace! ¡Vete, no quiero verte conectada toda esa semana!
Bea, tan directa como siempre, me aconsejó: Dejá el consolador por una semana, necesitás lanzar una cana al aire. Ya hiciste un crucero con tus libros, si sabés usar tus armas podrás incendiarte ¡Llevá todo el arsenal pirotécnico que conozcas!
Y ya se pueden imaginar a qué se refería, ejem… tuve que pagar por exceso de equipaje.
La tenaz Marisa y la siempre amorosa Solange no me permitieron siquiera opinar, una por Skype y la otra en el chat de Facebook simplemente me ordenaron: "Deja la laptop y ve a pasarla bien".
La sábana que me envió mi querida Mariela por correo no puedo ni resumirla, además de larga, se supone que este cuento es apto para menores… ¿o no? Espero poder utilizar tus sabios consejos, amiga… al fin y al cabo para eso vine.
¿Para eso vine? ¿Desde cuándo decidí semejante locura?
Tenía cosas más interesantes que hacer que estar tendida al sol y pensar en levantar un hombre.
Sí, seguro… escribir, leer, escribir, dormir, escribir, trabajar un poco. Mi adorado Facebook y mi odiado Twitter, un pequeño mundo cibernético que estaba consumiendo mis pocas neuronas y el escaso tiempo libre de mi vida real. Pero me encantaba estar metida en eso ¿para qué iba a negarlo? Las satisfacciones que recibía eran muy superiores a los problemas, que siempre los había… y las chicas eran maravillosas, todas y cada una de ellas.
Ya extrañaba ese mundo de libros y amigas virtuales, pero el consenso general había sido unánime: "Prohibido llevar la laptop"… en síntesis, a escasas horas de subir a bordo, ya sentía que me faltaba una mano… o su extensión: el bendito mouse, que me estaba creando serios problemas de síndrome del túnel carpiano.
Suspiré y miré a mi alrededor con el ceño fruncido.
Lustrosos y jóvenes cuerpos se paseaban al sol con apenas unas escasas tiritas que las cubrían. Me observé a mí misma en el reflejo de la pared vidriada del bar y vi… bueno, lo de siempre, aunque con una malla enteriza especialmente para mí, que sostenía muy bien lo que debía ser sostenido y cubría estratégicamente los defectos que debían quedar tapados.
Ya no era una jovencita, no podía pretender lucir como esas ninfas de apenas dos décadas que podían ser mis hijas. La gravedad ya había afectado algunas zonas de mi cuerpo… y tengo que admitirlo: hay mucha carne por todas partes.
Tomé el libro que tenía al costado… ¡de papel! ¿Pueden creerlo? No recordaba haber leído un libro físico desde hacía años, ni siquiera tengo reminiscencia de cuándo fue la última vez que había elegido el título de un libro que quería leer, las chicas me imponían la lectura, para después tener a quién escrachar en Goodreads, claro.
Opté por un chick-lit, de esos cuyas tapas invitan a reírse y que hablan con sorna de los problemas de mujeres cuarentenarias y lo invisibles que se convierten con los años. ¡Qué incongruencia! Cuanto más interesante se vuelve una mujer, menos atrae a los hombres de su generación.
Los de más de 40 años buscan menores de 20… ¡Qué patético! Genérica y matemáticamente hablando debería ser al revés, se sabe que ¡20 entra más veces en 40, que 40 en 20! Pero no es mi caso, no me gustaban los jovencitos, no era una de las tantas "cougars" que pululan en estos barcos. Ya había visto por lo menos dos de ellas paseando por la cubierta tomadas del brazo de sus flamantes y jóvenes amantes que complacían todos sus caprichos a base de una chequera abultada.
Me puse a leer y a tomar sol… ¿qué otra cosa podía hacer?
Habían pasado un par de horas, entre lectura y duermevela, en realidad creo que me dormí del todo, cuando levanté la vista y miré alrededor, esperando no haber roncado.
UN RECUERDO A LA VISTA
Fue entonces cuando lo vi avanzar por la cubierta hacia la piscina.
Mi cuerpo se paralizó totalmente y cuando pude reaccionar, me escondí detrás de la tapa de mi libro, asomando solo los ojos para mirarlo… ¿realmente era él?
Habían pasado casi quince años desde la última vez que lo vi.
¡Oh, santo cielos! Sí lo era, no había duda alguna. Con menos pelo y un poco de pancita cervecera, pero sus facciones eran las mismas, su altura, su porte. Sus hermosos ojos pardos, ahora coronados por suaves surcos, que cuando sonreía transmitían la misma sensación de paz y seguridad de siempre.
Estaba hablando y sonriendo con dos chicas… ohhhh, no podían ser sus hijas… ¿o sí?
Hice la cuenta mental y sí… lo más probable era que lo fuesen, se habían convertido en dos hermosas mujeres. Recordé lo mal que se habían comportado conmigo, influenciadas por la madre, cuando solo eran unas niñas y fruncí el ceño.
Agua pasada, pensé… pero mi corazón no parecía entender esa premisa, latía descontrolado.
¿Cómo podía olvidarme de mi primer amor? Del hombre que había movido mi estantería de forma que ningún otro lo había hecho nunca, que ni siquiera el padre de mi hijo lo había logrado… bueno, eso no era nada difícil, él fue un total inepto, aunque yo no me había dado cuenta de eso hasta que conocí a Sebastián… "Seba" para mí… mi amor, el único.
El hombre que me había enseñado lo que era ser mujer.
Despacio, muy lentamente para no llamar su atención, me deslicé de la reposera y me cubrí con el pareo. De espaldas a él, metí mi libro y la crema bronceadora en mi bolso de playa y me levanté.
EL ENCUENTRO
Cuando iba a subir las escaleras hacia mi habitación, nerviosa esperando que no me hubiera visto, sentí que unas cálidas manos detenían mi avance presionando uno de mis brazos.
—Grace… —lo noté como un susurro en mi oído, sentí su calor detrás de mí.
Lentamente me volteé, con el corazón a punto de explotar en mi pecho.
Pero ya no era una niña, la vida me había enseñado a disimular. Puedo representar el papel de una amiga que se encuentra con su ex, puedo hacerlo.
—¡Sebastián, qué sorpresa! —dije sonriendo, aunque por dentro estuviera derritiéndome al sentir todavía su mano acariciando mi brazo.
Él era un hombre muy alto, medía 1,92 metros, y yo, aunque no era baja, estaba en ojotas, pero ya había subido un escalón, así que nuestros ojos estaban a la misma altura.
Vi su sonrisa y me desarmé completamente.
—Dios mío, es un milagro encontrarte aquí —dijo sonriendo.
—El mundo es un pañuelo… —respondí la primera estupidez que se me ocurrió.
Nos miramos, y ninguno de los dos atinó a decir nada, hasta unos segundos después, cuando él reaccionó:
—¿Qué es de tu vida? —preguntó.
—Básicamente lo mismo —dije, gran mentira, él la había cambiado radicalmente—, el trabajo igual, el crío ya está grande e independiente… ahora tengo más tiempo para mí misma… ¿y tú?
—Yo… bueno, mi vida dio un giro total, eh… ¿estás sola? —preguntó visiblemente interesado.
—Mmmm, traje a mi harem personal. Me están esperando en la habitación —bromeé. Él sonrió, me conocía demasiado bien para saber cuándo yo intentaba eludir una pregunta.
—Yo vine con las niñas —informó.
—Ya no deben ser niñas, Sebastián —no le hice conocer el hecho de haberlo visto con ellas en la cubierta de la piscina.
—¿Ya no soy Seba? ¿Por qué tan formal, Grace?
—Seba murió para mí hace quince años, el día en que me saqué la venda de los ojos y me di cuenta de su juego —afirmé mirándolo fijamente.
—Sigues tan dura como siempre —dijo suspirando—, ni siquiera me escuchaste. No me diste la oportunidad de enmendar mi error.
—Sebastián, son cosas del pasado. Creo que hace mucho tiempo quedaron atrás, no nos pondremos a analizarlo ahora. Estoy llena de aceite bronceador, quiero darme una ducha, descansar y luego prepararme para la cena… —simulé un bostezo—, vine a relajarme, estoy realmente estresada. Un gusto haberte visto, en serio —dije apretando su hombro con mi mano—, pero ahora me voy a mi habitación. Espero que pases unas estupendas vacaciones.
Iba a voltear para marcharme cuando escuché:
—Cena conmigo.
—¿Y con tus hijas? —pregunté con una sonrisa burlona.
—Si eso es lo que quieres… —dijo sin dudarlo.
—No, no es lo que quiero —dije convencida. Lo último que deseaba era volver a sentirme despreciada por dos crías malcriadas.
—Entonces a solas, conmigo… —vi anhelo en su mirada, un deseo palpable de que aceptara.
No podía seguir teniendo ese poder sobre mí.
Pero por lo visto me tenía en sus manos, como siempre.
LA CENA
Estaba espléndido, y tan caballeroso como siempre.
Durante años, cada vez que escuchaba en la radio la música de Ana Cirré "Eres casi el hombre perfecto…", me acordaba de él: "…el que busqué por tanto tiempo, el que me hace vibrar la piel y el esqueleto". Y ahora más que nunca: "El otoño se llevó tu pelo y escondes la panza bajo el saco, es cierto que no eres un modelo, pero me derrites con tu trato".
Y lo hacía, su conversación era deliciosa como siempre, sabía exactamente qué decir para desarmarme. Era un experto en la seducción. No porque fuera un hombre guapo, no lo era. Su encanto residía en su trato, en su verba, en sus palabras inteligentes y sobre todo en su sabiduría sobre la mente femenina, en su sensibilidad… en su conocimiento de mí misma.
Ningún hombre antes que él, ni después, supo nunca lo que yo necesitaba como él lo sabía, aun sin pronunciar una sola palabra. Antes incluso de que yo lo supiera, él ya cumplía mis deseos.
—Estás hermosa, Grace —dijo en un momento de la noche, cuando las luces menguaron y empezó a sonar una suave melodía.
—Qué mentiroso eres, Sebastián. Han pasado quince años —y soy mujer, no pude evitar decirlo—: estoy vieja y gorda, no soy ni la sombra de la que conociste.
—Antes eras una hermosa y joven mujer, pero ahora eres una espléndida mujer madura, en todo su esplendor. Sabes que a mí siempre me ha interesado más el interior que el exterior. Y tú, mi querida Grace, fuiste y sigues siendo un diamante para mí.
Suspiré. Sabía cuál era su juego, y fui a su encuentro:
—¿Qué es lo que quieres de mí, Sebastián?
—Dime Seba, por favor —suplicó.
—¿Qué es lo que quieres, "Seba"? ¿Acaso deseas una noche de lujuria? —No podía dejar que siguiera seduciéndome con su trato delicioso—. Sabes que solo tienes que pedirlo… ¿por qué das tantas vueltas? ¿Quieres sexo? Puedo complacerte… —al fin y al cabo había venido a ese crucero con la firme intención de echar una cana al aire… ¿quién mejor que él?
—No seas tan fría, Grace… —dijo poniendo los ojos en blanco—, soy hombre, sabes que me encantaría volver a intimar contigo, pero también sabes que no sería solo eso entre nosotros. Tenemos una historia, y quedó inconclusa.
—En eso te equivocas… terminó completamente hace quince años —fui categórica.
—Quizás para ti —afirmó.
LA LENTA SEDUCCIÓN
Sus hijas no parecían recordar a la mujer que durante tres años fue pareja de su padre.
Habían pasado cinco días y Sebastián no se apartaba de mí, ellas me veían día y noche con él y se comportaban respetuosamente, incluso me saludaban y sonreían. Eso era sorprendente.
Solo las conocí durante el último año de nuestra relación, y las vi unas pocas veces, en ese entonces tenían seis y siete años. Probablemente se hayan olvidado totalmente de mí, pensé.
Sebastián se comportaba como todo un caballero, eso me ponía nerviosa. Y me confundía, por un lado estaba descubriendo a una persona nueva, abierta y desinhibida. Pero no podía tomar como parámetro de comparación un crucero de ensueño, no era la vida real… probablemente al regresar volvería a convertirse en el hombre cerrado que había sido y que me había mantenido en la clandestinidad durante tanto tiempo, alegando que hacía daño a sus hijas.
Y yo, como una idiota enamorada, lo acepté durante un tiempo, hasta que ya no pude soportarlo y dije "basta, hasta aquí he llegado". Su ex mujer y sus hijas habían ganado, me di por vencida.
¿Había cometido un error? Nunca lo sabría.
Pero en ese momento era lo que necesitaba. Su amor me estaba consumiendo y de a poco me convertí en una mujer que ni yo misma reconocía. Sufrí, lloré como nunca, dudé… casi volví a capitular. Pero me mantuve firme… hasta ahora.
Sabía que estaba ganándome de nuevo. Sabía que lo deseaba igual o más que antes. Y con su mirada, con ligeros toques, con su dulce trato, él me demostraba a cada paso que me deseaba de igual forma. Pero también, con su lenta y platónica seducción, me di cuenta que intentaba demostrarme otra cosa… ¿sería lo que yo creía?
Era casi medianoche de la Nochebuena. Habíamos cenado con sus hijas, ellas se despidieron para ir a la boîte con unos amigos y nosotros estábamos en la cubierta del barco viendo los fuegos artificiales a lo largo de toda la costa con gorras rojas alusivas a la fecha, tipo Papá Noel. Era un espectáculo increíble, mágico.
La marea de personas a nuestro alrededor hizo que tuviéramos que acercarnos. Él se ubicó detrás de mí y pasó sus manos a mis costados apoyándolas sobre la baranda metálica. Pegué mi espalda a su torso y descansé la cabeza en su hombro, mirando el cielo explotar, sintiendo una analogía poderosa entre los fuegos artificiales y mi propio corazón errático.
Su aliento caliente en mi oreja estaba matándome, sentía mis senos pesados y un hormigueo constante en mi entrepierna. Estaba decidida a seducirlo yo misma si él no daba el paso esta noche. Lo deseaba… ¡que estupidez! No solo eso… lo amaba, nunca dejé de amarlo.
—Ya es medianoche. Feliz Navidad, Grace —dijo en mi oído.
—Feliz Navidad, Seba… —y vi una estrella fugaz en el cielo— ¡pide un deseo! —sugerí girando mi cabeza y mirándolo.
Nuestras bocas estaban increíblemente cerca, podía sentir su respiración mezclándose con la mía, podía absorber el calor que irradiaban sus labios.
—Tengo en mis brazos lo que quiero. Mi deseo eres tú, amor mío —anunció susurrando.
Y sentí sus manos cerrarse en torno de mí a la altura de mis costillas.
Me abrazó tan fuerte, que si fuera más frágil, creo que me hubiera partido.
Estaba esperando una reacción de mi parte, lo sabía… y no lo decepcioné.
Acerqué mi boca a la suya, y luego de quince años, volví a sentir su sabor. Y fue tan embriagante como siempre, sabía a vino y a especias… y a algo más: una entrega absoluta que nunca antes había experimentado.
Todo a mí alrededor desapareció.
Estaba donde quería estar… donde nunca debí haber dejado de estar.
NUESTRA NOCHEBUENA
Una vez que nuestras bocas hicieron contacto de nuevo ya nada pudo separarnos.
Volteé hacia él, me tomó la cara entre las manos y me besó, moviendo la boca sobre la mía suave pero ansiosamente. Sorprendida y extasiada, no tardé ni un segundo en liar mis brazos en su cuello y abrazarlo muy fuerte. Cuando su lengua acarició profundamente el interior de la mía, dejé escapar un leve gemido. Se apartó y lo miré. Vi al mismo hombre misterioso que había conocido años atrás, pero en sus ojos… –me escoció la garganta– vi la fuerza, la intensidad abrasadora, el deseo, la necesidad abrumadora. Con las yemas de los dedos me tocaba las sienes, las mejillas, la garganta.
Me alzó la mandíbula y presionó mis labios delicadamente con los suyos.
No dijo nada al respecto, pero no era necesario. Yo había comprendido.
Y sonriendo por lo que ambos sabíamos que volvería a ocurrir, me abrazó muy fuerte sosteniéndome de la cintura y caminamos hacia nuestro destino.
Subió conmigo la escalera, susurrándome al oído todo lo que yo quería escuchar, cosas como: «Te voy a amar, haciéndote perder el sentido, pero antes voy a robarte la razón, si alguna vez pensaste que tu cuerpo te pertenecía, ahora te vas a dar cuenta quién es el dueño».
Esas palabras dichas por otro hombre quizás hubieran provocado risas de mi parte, pero escucharlas de su boca hicieron que mi corazón latiera descontrolado, que mi entrepierna palpitara y que mi cuerpo entero se estremeciera.
¿Qué mierda me importaban sus delirios de posesión? Estaba en el único lugar en el mundo donde quería estar… en sus brazos.
Todo volvía a tener sentido.
Cuando llegamos a mi habitación, me sentó en la cama y se arrodilló frente a mí. Empezó a sacarme los zapatos. Luego siguió con el resto, sin permitirme participar, él quería hacerlo, me lo dijo. Cuando me sacó la camisola metió la cabeza entre mis pechos mientras desabrochaba mi sostén.
Yo me dejé hacer. Sabía que él necesitaba eso y quería dárselo, lo que quisiera, lo tendría. Rindió culto a mis senos, los besó, los amasó, los estrujó, chupó mis pezones con ansia, primero uno luego otro, cada toque de sus dedos o sus labios me encendían más, sentía que en cualquier momento explotaba.
—Seba —lloriqueé—. Te necesito.
Me empujó suavemente a la cama y me sacó el pantalón, incluida las bragas.
—¿Dónde, amor, dónde?
—Dentro de mí —susurré desplazándome hacia atrás.
—Muéstrame —ordenó mientras se desvestía— abre tus piernas y tócate, quiero ver el centro de tu deseo, necesito que me lo ofrezcas.
¿Cómo podía no hacerlo? Si una de las cosas que más me encendían era ver el deseo en su mirada. Abrí mis piernas y me acaricié. Le mostré dónde exactamente deseaba sentirlo.
Él estaba parado frente a mí poniéndose el condón sin dejar de observarme. Su miembro estaba listo –exactamente como lo recordaba– y yo no podía esperar más. El deseo carcomía mis entrañas. Levanté mi pelvis y le obsequié mis pliegues abiertos para que hiciera con ellos lo que quisiera, cualquier cosa estaría bien, estaba muriéndome por sentirlo.
—Luego jugaremos más —prometió desplazándose encima de mí—, pero ahora ya no soporto estar sin ti.
Me embistió de una sola estocada.
Grité.
Su temperatura subió de inmediato, su torso irradiaba un calor voluptuoso. Unas gotas de sudor perlaban su labio superior. Me besó, metió su lengua en mi boca y nos devoramos. Volteó sin salirse de mí y me quedé a horcajadas encima. Me incliné hacia delante y pasé la lengua por la bella curva de su boca, saboreando la sal de sus poros con un balbuceo de placer. Él movió sus caderas, lleno de impaciencia, deseoso de que empezáramos el juego. Me elevé cuidadosamente unos centímetros y volví a bajar.
—¡Sí, amor, así! —su tono era tan imperioso que me subió la libido.
Volví a subir y bajar, apresándolo otra vez y experimentando un dolor extrañamente exquisito al notar que penetraba casi demasiado. Nuestras miradas se entrelazaron a la vez que el placer se extendía desde el punto en que estábamos unidos. Tenerlo de nuevo me pareció carnal hasta la locura, igual que los sonidos que él hacía expresando que su placer era tan intenso como el mío.
Completamente exaltada, aplasté su boca con la mía, mientras le aferraba por las raíces del pelo, empapado de sudor. Lo besé sin dejar de menear las caderas, dejándome llevar por el arrebatador movimiento de su pelvis y sintiendo crecer el orgasmo con cada impulso de su pene largo y grueso en mi interior.
En algún momento perdí la cabeza, los instintos más primitivos se impusieron y solo el cuerpo mandaba. No podía centrarme en nada, salvo en la absoluta necesidad de follar, de montar su polla hasta que la tensión explotara y me liberase de aquella ansia enloquecedora.
—¡Qué placer, sí! —musité, totalmente entregada—. Te siento… ¡Dios mío, es demasiado bueno!
Sebastián marcaba el ritmo con ambas manos, inclinándome hacia un lado de modo que su enorme glande frotaba oblicuamente un lugar suave y muy sensible de mis profundidades. Comprendí, por mi propia contracción y mis temblores, que iba a correrme precisamente gracias a eso, a sus expertos impulsos dentro de mí.
—¡Oh, Seba, Seba!
Me agarró de la nuca justo cuando el orgasmo hacía presa de mí, empezando con extáticos espasmos que se transmitían hacia fuera en oleadas hasta convertirme en una pura convulsión. Me vio descomponerme cuando yo hubiera preferido cerrar los ojos. Poseída por aquella mirada fija, me corrí con más intensidad que nunca, gimiendo y estremeciéndome por cada embate de placer.
—Mierda, Grace, oh, amor —mascullaba, dándome empellones con las caderas, y tirando de las mías hacia abajo para que recibieran sus embestidas. Me golpeaba en lo más profundo con cada envite. Lo sentía cada vez más grueso y duro.
Lo contemplé fijamente, quería verlo fuera de sí por mí. Sus ojos, frenéticos por la necesidad, perdían el rumbo a la vez que iba disminuyendo el control sobre sí mismo, su precioso rostro estaba desencajado por la brutal carrera hacia el clímax.
—¡Síííííí! —se corrió con un rugido animal de éxtasis salvaje, un sonido que me fascinó por su fiereza y que sacudió hasta el último rincón de mi ser. Se estremeció cuando el orgasmo se apoderó de él, y sus rasgos se suavizaron un instante con un toque de inesperada vulnerabilidad.
Le tomé la cara con las manos y besé sutilmente sus labios, reconfortándolo mientras él dejaba escapar bocanadas de aire que me rozaban las mejillas.
—Mi osita —me estrechó entre sus brazos, presionando su cara húmeda contra la curva de mi cuello. Ni siquiera pude pensar en el apodo con el que me llamó, estaba todavía en éxtasis. Y yo sabía exactamente cómo él se sentía, igual que yo: desnudo, al descubierto. Y no era precisamente de ropas.
Nos quedamos así mucho tiempo, abrazados, mi rostro sobre su pecho, nuestras piernas entrelazadas, absorbiendo las réplicas. Volvió la cabeza y me besó suavemente, aliviando mis confusas emociones con las caricias de su lengua en mi boca.
Mis ojos se cerraban, pero estaba tan extasiada, que no quería perderme un segundo de ese momento.
—Duerme, amor —susurró—. Duerme aquí en mis brazos, donde perteneces.
EL INICIO DE UN FINAL
Desperté desorientada sintiendo un calor extraño detrás de mí.
Recién cuando abrí los ojos comprendí que ese calor no era sino el cuerpo desnudo del hombre que amaba… y sonreí.
Fue una noche perfecta, la unión había sido no solo apasionada, sino tremendamente romántica. Como sentir la lluvia luego de una larga temporada de sequía, como si nuestros cuerpos hubieran sido esponjas absorbiendo la humedad.
Volteé y me acurruqué entre sus brazos entrelazando mis piernas con las suyas, abrazando su cintura y ubicando mi cara entre su cuello y su hombro, absorbiendo su olor, el aroma que durante tantos años me hizo falta.
—Buenos días, osita dormilona—dijo en un susurro.
¡Dios mío! Era así como siempre me llamaba… y todavía lo recordaba.
—Mmmm, buenos días —contesté todavía adormilada.
—Es un placer despertar a tu lado de nuevo, amor mío… —dijo besándome el cuello— ¿sabes que nunca más te dejaré ir, no?
—No depende de ti —contesté a la defensiva. Había muchas cosas que teníamos que hablar antes de tomar semejante decisión. Podía seguir enamorada de él, pero no volvería a cometer el mismo error. Necesitaba escuchar de sus labios que no sería así.
Y esta vez no me defraudó:
—Sí, amor… depende de mí. Me culpo de todo lo que pasó entre nosotros y maldigo haber perdido quince años de nuestras vidas por mi estupidez. Esta vez será diferente, te lo prometo —levantó mi barbilla con sus dedos y me miró a los ojos—: no puedo asegurarte que no existirán problemas, pero ahora mis hijas ya están grandes, incluso tú misma te diste cuenta. Ellas ya no influirán en mis decisiones. Tú serás mi centro de ahora en más. Te amo, Grace… siempre te he amado, nunca dejé de hacerlo.
—Oh, Seba… —dije emocionada— Yo tampoco dejé de amarte durante todos estos años, y también soy responsable de lo que ocurrió. Quizás si no me hubiera dado por vencida, si hubiera tenido más paciencia…
—No, mi amor —me interrumpió—, tú eres la protagonista de tu vida, pero durante tres años te hice hacer un papel secundario, eso fue muy egoísta de mi parte. Nunca más ocurrirá, te lo prometo.
—Siento como si hubiera vuelto a nacer, amor —dije en un murmullo—, todos estos años no he vivido sin ti, solo he sobrevivido. Ahora me doy cuenta.
—Igual yo…
Y ya no hicieron falta palabras, volvimos a amarnos con pasión desenfrenada y una entrega que jamás habíamos experimentado antes.
Luego de quince años, una Navidad me trajo de nuevo a la vida, al amor…
Volvimos a quedarnos dormidos.
VUELTA A LA REALIDAD
Y esta vez, en serio desperté… ¿y con qué me encontré?
Con palpitaciones, el cuerpo perlado en sudor y la entrepierna mojada y adolorida. Realmente me había quedado dormida en la reposera de la piscina del barco y el libro que estaba leyendo se había deslizado de mis manos y caído al suelo.
Miré alrededor con el pulso desbocado a un ritmo descontrolado. Las ninfas seguían en el agua y ningún Sebastián se veía por ninguna parte… seguía siendo un hermoso recuerdo... y algún que otro sueño ocasional.
Cerré los ojos, suspirando y volví a aceptar mi realidad.
Ya no tengo al amor de mi vida conmigo, lo he perdido hace años, pero tengo a mi familia, mi hijo, mis amigas, mis amigos… –uno de ellos bastante colorido– y hermosos recuerdos.
Y tengo a mis libros, que ocupan casi todas mis noches desde hace más de cinco años, sin querer se han convertido en la relación más larga de toda mi vida.
Y aunque no se alojan entre mis piernas, duermen conmigo al lado, en una caja HP negra con una calcomanía de ¡NO STRESS! que sigue zumbando a todas horas del día… arrullándome.…