juegos en navidad (spanish)
“La Vaticana” –discoteca de moda– estaba repleta, y la música a todo volumen.
Siempre ocurría esto en vísperas de la Navidad, como si la gente hiciera acopio de diversión, para recordarlos en esos días familiares y aburridos que vendrían.
—Gracias, guapo —Alba tomó la botella de cerveza del lindo barman, asegurándose de que hicieran contacto visual.
—Cuando gustes, lo que desees —él sonrió y le hizo un gesto con la cabeza. Ella leyó el brillo de interés en sus ojos.
Podría haber continuado el coqueteo, pero su espíritu no estaba en ello. Solo sonrió, empujó el trozo de limón hasta el fondo de la botella y tomó un trago, deleitándose con el fresco sabor del líquido en la parte posterior de su garganta. Era su tercera cerveza esa noche, cuando su límite normal eran dos.
El bar estaba lleno. El ruido de la música resonó en su vientre y en la base de su garganta. Estaban tocando Thunder, de Imagine Dragons, que le encantaba. Mientras tarareaba «Thunder, Thunder, Thu... thu... Thunder…» escaneó la hilera de bancos bajos contra la barandilla que separaba el área de la barra de la pista de baile. Su corazón dio un brinco, como siempre lo hacía últimamente cuando veía al hombre alto y de hombros anchos vestido con la camiseta negra ajustada y vaqueros. Terminó su cerveza en cuatro tragos y para su propia sorpresa, pidió otra.
El hombre sentado casi directamente frente a ella tenía una boca ancha con labios llenos que parecían inducir a una mujer a sentarse en sus rodillas con un solo beso. Ojos pardos y risueños. Orejas lisas, de forma perfecta con un pequeño aro de oro en un lóbulo y una perla dorada en el otro. Se había cortado su cabello oscuro muy corto y la miraba fijo, con picardía. Aunque no era una mirada que normalmente le gustaba en sus hombres, en él funcionaba.
La vio observarlo y sus labios se curvaron en una sonrisa lenta, sexy, que la hizo voltear contra la barra y tomar la otra bebida. Él se pasó la lengua por los labios en un gesto exagerado y le lanzó un beso. Alba no pudo evitarlo, rio, sacudiendo la cabeza, dejó el bar y se dirigió hacia él.
—Leonel Meza, estás loco —el susodicho tomó la mano de Alba y la atrajo hacia su regazo intentando acercarla. Su aliento le hizo cosquillas en el oído cuando dijo:
—¿Cuál elegiste esta noche?
Alba apartó la cabeza de su cosquilleante boca y le dio un codazo hasta que la dejó deslizarse de su regazo al asiento a su lado.
—Ninguno, aunque estoy segura que tú ya tienes media docena.
Su risa baja y profunda fue lo suficientemente fuerte como para hacer voltear la cabeza de la rubia bonita de pie frente a ellos en el bar. Sus ojos atraparon a Leonel de la cabeza a los pies y la mujer inmediatamente se lamió los labios. Él deslizó su brazo por el hombro de Alba y levantó su barbilla hacia la rubia, que devolvió el gesto con una sonrisa. Su mirada parpadeó sobre Alba, al parecer la descartó como si no fuera amenaza alguna, y luego ganó diez puntos para Leonel con su siguiente movimiento.
—Ahí está —murmuró él, inclinándose de nuevo al oído de Alba. Su voz era tan profunda que sonaba como un trueno, incluso cuando susurró—: “La sacudida de la melena”. Tengo diez puntos.
Alba tuvo que levantar la botella hasta su boca para ocultar la sonrisa.
—Yo ya gané antes con la “lamida de labios”, y apuesto tus diez a que su siguiente movimiento es “levantado de falda acomodando el zapato”.
—Acepto esa apuesta —los dedos de Leonel recorrieron lentamente el brazo de Alba, la parte posterior de su cuello y descansaron allí—. Creo que ella va a por la “chupada de la aceituna”.
Alba y Leonel habían venido a La Vaticana durante años para jugar Morisquetas. Las reglas eran simples, cada uno tenía puntos al predecir qué tácticas utilizarían los miembros del sexo opuesto para coquetear con ellos. Se obtenían puntos adicionales al recibir números de teléfono, a que se les pidiera que bailaran, se les comprara una bebida, se les pidiera que se fueran a casa con ellos, todo sin avanzar ni usar los movimientos comunes de coqueteo. Habían iniciado Morisquetas porque Alba se volvió tan precisa al ser capaz de predecir hasta qué punto las mujeres iban a llamar la atención de Leonel. Y él, que desde la infancia nunca había permitido que Alba lo superara en nada, asumió el reto.
Generalmente llegaban juntos, pero no siempre se retiraban de la misma forma. Hubo muchas ocasiones en que Leonel ganó Morisquetas simplemente por cachondo, al decidir aceptar la oferta de un desayuno caliente por la mañana, mientras que Alba había preferido ir a casa sola, lavar su pelo y deslizarse en su tranquila cama, sola.
Morisquetas los había acompañado a través de la escuela secundaria, la universidad, las angustias, los cambios de parejas y los trabajos perdidos. Esta noche fue la primera vez que salían juntos en un año, desde que Alba empezara su noviazgo con Matías, un perfecto idiota, según Leonel. Luego la relación se agrió, como siempre parecía ocurrir, y levantó murallas más altas entre Alba y los hombres, dejándole un mal sabor en su boca. Leonel había insistido en que Morisquetas la alegraría. Ella no estaba convencida, más bien estaba aburrida y harta, desilusionada de todo.
En ese momento el muslo de Leonel presionaba íntimamente contra Alba y su mano aún le cubría el cuello. Miraron juntos hacia la rubia en el bar que dejaba su bebida sobre la barra. Luego, con una mirada discreta para asegurarse de que todavía tenía la atención de Leonel, se inclinó para jugar con la hebilla de su tacón de aguja, provocando que su minifalda subiera más arriba de su muslo, exponiendo solo un toque de ropa interior de encaje. Se enderezó, al parecer satisfecha con su zapato, y le dio la espalda a Leonel y a Alba.
Leonel echó la cabeza hacia atrás y gimió. Alba presionó sus pectorales, riendo.
—Esa es tu señal para ir hasta ella. Y son mis diez puntos.
Cuando Alba habló, la rubia se volvió, bebió de su copa y levantó la aceituna de su Martini con la punta de los dientes a sus labios, perfectamente pintados y delineados. Cerró la boca alrededor de la aceituna y la sacó lentamente en un gesto tan seductor que fue casi una parodia de sí misma.
—¡Esooo! —festejó Leonel.
—Es demasiado tarde —replicó Alba—. Primero hizo lo del zapato—. Yo gané. Ve por ella.
Leonel se echó hacia atrás y apoyó el brazo sobre el hombro de Alba. Sus dedos acariciaron los vellos de su cuello.
—Nah —se encogió de hombros.
Después de unos minutos, la rubia le dirigió a Leonel otra mirada sofocante, que no captó porque estaba demasiado ocupado observando la pista de baile. Alba vio a la rubia fruncir el entrecejo, luego mirarla de nuevo, captando el momento en que la mano de Leonel jugueteaba casualmente con uno de los pendientes de Alba. Arqueó las cejas y dijo algo a su compañera, una morena igualmente depredadora. Ambas mujeres se volvieron para mirar a Alba, que ya tenía escalofríos corriendo arriba y abajo de su espina dorsal por esos dedos jugando con su oreja.
—Detente —ordenó dándole una palmada en su mano—. Me estás enloqueciendo.
Él dejó de tocar la cadena de plata colgando de su oreja y movió su brazo. La rubia y su amiga se habían marchado hacia la pista de baile.
—Hey, la perdimos —bufó, aunque no parecía desilusionado.
—Tú la perdiste —Alba avanzó sobre el banco atestado, ignorando la forma en que el tipo a su lado pareció tomarlo como una excusa para fijar una sonrisa ebria en ella—. Has tardado demasiado tiempo. Perdió interés.
Leonel volvió a mirar a la pista de baile. Una de sus grandes manos se extendió inconscientemente contra el pecho de su camiseta negra ajustada. Sus dedos repiquetearon sobre ella, al ritmo de la música.
—Supongo —dijo distraídamente—. Vamos a bailar.
—¿Sí? —preguntó, sorprendida— ¿Estás cansado de Morisquetas?
La sonrisa de Leonel fue lo suficientemente caliente para derretir la mantequilla. Se inclinó hacia delante tan cerca que olía la menta de su goma de mascar mezclada con el aroma picante y almizclado de su colonia.
—¿Por qué? ¿Has elegido a alguien?
Su olor se había vuelto más embriagante que la cerveza que había bebido. Alba tragó con la garganta seca. Se apartó, golpeando de nuevo al hombre que estaba a su lado.
—En realidad no —respondió.
—¿Estás bien? —Leonel le dirigió una mirada desconcertada.
Ella no estaba bien, pero Alba no se lo dijo.
—Multa por dejar el juego —improvisó—. Vamos a bailar.
—Déjame golpear al Peque, volveré enseguida.
Él tiró del mechón de su cabello con el que estaba jugando, luego se dirigió a través de la multitud. Alba lo observó alejarse, la vista desde atrás era tan deliciosa como la del frente. Sus pantalones oscuros se aferraban a su culo apretado como una funda, y la camiseta negra le quedaba como una segunda piel a través de sus musculosos hombros y espalda. Leonel esquivó a la multitud con una gracia líquida que derritió sus entrañas.
¡Para! Bebió los últimos tragos de cerveza y se levantó para ponerla de nuevo en la mesada del bar, rechazando la oferta del camarero de servirle otra y pasó sus manos sobre su cabello para suavizarlo del enredo que Leonel le había dejado.
Era solo un amigo. Su mejor amigo. Y ella sabía que el Peque era realmente un tonto apodo que le pusieron a su miembro alguna vez, como una estúpida broma… ¡porque era todo lo contrario!, por el amor de Dios.
Con un estremecimiento, Alba se aferró el borde de cuero del bar. Algo estaba mal con ella esa noche, y no podía culpar a las dos cervezas extras que había consumido. Se había estado sintiendo de esa manera durante los últimos meses... diablos, ya que estaba siendo honesta consigo misma, en los últimos años.
Los latidos de su corazón parecían moverse al mismo ritmo que la vibrante música de Manuel Turizo, Una Lady como tú. Las luces de colores de la pista de baile parpadeaban ante sus ojos, y Alba tuvo que cerrarlos por un minuto, desorientada.
Lo sintió detrás de ella antes de decir algo. Siempre había estado en sintonía con Leonel, desde que eran niños jugando al escondite. Últimamente, sin embargo, su cuerpo reaccionaba a su presencia de manera muy diferente. Sus pezones llegaron a su punto máximo, su vientre se contrajo, su centro hormigueó. Se encontró imaginándose lo que sería verle desnudo, y lo había visto muchas veces sin molestarse en notarlo. Ahora deseaba haber prestado más atención.
—¿Lista?
—Sí. ¡Vamos a reventarla!
Él tomó su mano para llevarla a la pista de baile. Era un hombre grande, de casi dos metros de altura y sólidos músculos, así que abrió rápidamente un camino para ellos a través de la multitud de la concurrida pista.
El baile era una manera segura de conseguir la atención que les daría puntos en Morisquetas, pero esa no era la única razón por la que Leonel y Alba bailaban juntos. A él le encantaba hacerlo y era muy bueno. A pesar de ser un hombre grande con una apariencia de tipo duro, podía rivalizar con Fred Astaire. Tenían pocas oportunidades de bailar tap en lugares como este, pero Leonel era tan hábil en todos los estilos de baile como lo era en todo lo demás.
Y a Alba le encantaba bailar con él, era cómodo y seguro. No tenía que preocuparse de que un pequeño empujón pélvico terminaría con que le introdujeran la lengua hasta el cerebro. Podía bailar con Leonel y desinhibirse, y había tenido más ofertas por contorsiones basadas en lo que los hombres la habían visto hacer con Leonel en la pista de baile que cualquier otra cosa. Se sentía culpable por eso, a veces, como si fuera una publicidad falsa. Entonces se justificaba pensando en que era una parte justa del juego Morisquetas.
Leonel ya estaba meneando la cabeza y sonriendo, sus dientes resplandeciendo sobrenaturalmente blancos en la extraña iluminación de la pista de baile. Hizo un espacio para ellos en la pista empujando sutilmente a la gente fuera del camino.
Y empezaron siguiendo el ritmo durante un tiempo, ella devolviéndole la sonrisa. La cuarta cerveza que había bebido la hacía sentirse más tonta de lo normal, y además se estaba divirtiendo. Era la primera noche de los tres meses desde que había pillado a Matías en la cama con la chica que trabajaba en la tintorería. Diablos, ella se estaba divirtiendo más de lo que lo había hecho todo el tiempo que salió con él.
Una canción se mezcló sin problemas con la siguiente, y Alba supo por qué ese lugar se había convertido en un popular club de éxito con un ritmo de salsa sexy entremezclado con las letras de la canción de rap Mi gente, de J. Balvin y Willy William.
—Vamos a reventarla.
La voz de Leonel con esa frase que siempre usaban para referirse a que iban a divertirse, resonó en su oído y vibró en su estómago. Su sonrisa le hizo querer tomar su rostro con ambas manos y besarlo, pero eso era ridículo, ¿no? No estaba ahí esa noche para ligar con Leonel.
Alba encajó en sus brazos con una familiaridad que nunca pudo encontrar con ningún otro hombre en sus veintiocho años, los mismos que él tenía, con solo diez días de diferencia. Una mano se acercó a su hombro; la otra desapareció en su palma mucho más grande. La de Leonel presionó sobre su espalda, justo debajo del borde de su corta camiseta de algodón. Oh, misericordia. Contra su piel desnuda.
Alba respiró hondo y tembló, luego se obligó a encontrarse con los ojos de Leonel. No podía permitirle saber cómo su contacto la afectaba. No lo entendería. Ella no lo entendía. ¿Cuándo había dejado de pensar en él como un amigo y empezó a desearlo como amante?
Leonel la llevó sin esfuerzo a un cha-cha-chá rápido y modificado. Alba era una bailarina decente, pero bajo el liderazgo de Leonel se movía como un sueño. La multitud no les permitía mucho movimiento, así que mientras la danza normalmente mantenía a los compañeros separados varios centímetros, ella y Leonel se movían como si fueran una sola persona. Sus muslos estaban apretados contra los de él, y su vientre le presionaba en la ingle.
Lentamente, la gente alrededor de ellos pareció notar que algo interesante estaba ocurriendo y se separaron para permitir que Leonel y Alba tuvieran más espacio para moverse. La canción resultó ser una especie de remix de edición extendida y pareció durar para siempre. Leonel dejó de sonreír. Sus ojos se clavaron en los de Alba. Los dedos contra su espalda trazaban círculos sobre su piel desnuda, incluso mientras la guiaba hacia una serie cada vez más sensual de pasos.
Alba no se había vestido para seducir esa noche. Las faldas cortas y los tacones altos no eran parte del juego; el objetivo era fomentar el interés sin querer hacerlo. Esta noche llevaba pantalones vaqueros de corte bajo, apretados en su culo para mostrar la curva de sus caderas. Ahora, con cada movimiento, el denim ajustado frotaba entre sus piernas de una manera que le hacía querer apretar sus puños o gemir.
Respiró hondo y observó a Leonel, que tenía una mirada de profunda concentración. Bailaban cada vez más rápido, siguiendo el ritmo, haciendo sus propios movimientos. Él la acercó lo suficiente para que sus senos, sin trabas debajo de su camiseta de algodón blanco, se frotaran contra su pecho musculoso. Su muslo se movió entre los suyos, llevándola a contonearse al estilo Dirty Dancing.
Leonel estaba jugando, pero ¿con quién? ¿La rubia del bar? ¿Alguna otra mujer que con mucho gusto intercambiaría lugares con Alba en la pista? Él estaba entregando todo en ese baile. Y por primera vez, Alba se sintió fuera de control en sus brazos. Estaba impotente ante las sensaciones que se apoderaban de ella mientras él deslizaba su mano desde su espalda hasta la curva de su trasero; y su palma era lo suficientemente grande como para cubrir la mayor parte de él. Después de un minuto, soltó la mano que sostenía la suya para ponerla en su otro trasero.
La canción cambió, y la muchedumbre –ya no más impresionada con el juego de pies de lujo–, se cerró otra vez. Sobre el hombro de Leonel, Alba vio a la rubia en el bar. La envidia estaba marcada claramente en su bonita cara, y sus ojos estaban clavados en la forma en que el trasero de Leonel se movía al ritmo de la nueva canción.
Alba estaba acostumbrada a ver las miradas de hambre cuando las mujeres –y a veces los hombres –, miraban a Leonel. Esta vez, sin embargo, la vista no la hizo querer reírse. Quería darle una bofetada a la perra, o quería llorar, porque sabía cómo se sentía la otra mujer. Cerró los ojos mientras Leonel la acercaba aún más. Ella apoyó la frente en su hombro, brevemente. No era nada que no había hecho cien veces antes. De hecho, algunas noches cuando Morisquetas estaba en pleno apogeo, hicieron cosas mucho más descaradas para llamar la atención de alguna desventurada víctima.
Aquellas otras noches, a Alba no le importaron. Todo había sido una parte de Morisquetas. Esta noche era diferente. Esta noche, cuando la atrajo hacia sí y le acarició el cuello, tuvo que luchar para no ver si sus ojos estaban cerrados o miraba por encima del hombro para atraer a alguien más.
¿Y ese es el chasquido de sus dientes en su piel? ¿La humedad de la punta de su lengua? Los pezones de Alba extendían la tela de su delgada camiseta. La boca de Leonel presionaba el lugar donde su pulso latía rápido, no solo por el esfuerzo.
No pudiendo aguantar más, volteó en brazos de Leonel y le dio la espalda. Muchas otras parejas e incluso tríos estaban haciendo el mismo movimiento que se había vuelto muy popular en los clubes. Leonel, sin perder el ritmo, puso las manos en sus caderas y ajustó el trasero de Alba contra su entrepierna.
Cada uno de sus nervios se tensó ante la sensación de su duro bulto.
Alba maldijo mientras dejaba que Leonel la apoyara contra él. Buscó a la multitud delante de ellos. ¿Para quién estaría actuando? ¿La rubia, o la mujer más sexy, con el pelo gris que reflejaba tonos púrpuras bajo las luces estroboscópicas? No podía ser la pelirroja, a pesar de que sus tetas eran del tamaño de dos melones, Leonel siempre había bromeado con Alba de que las pelirrojas no lo excitaban.
Sus manos se deslizaron de sus caderas a su cintura. La canción se convirtió en otra, increíblemente más rápida. La muchedumbre se movía como una entidad, aplastando, estrujando y balanceándose con el ritmo. No tenía espacio para alejarse de Leonel; no tenía espacio ni para respirar.
Había bebido demasiado. Esa tenía que ser la explicación. Dos cervezas de más, y estaba caliente como el infierno. Eso podría tener algo que ver. No había dormido con un hombre en tres meses y no había salido con otro que no fuera Matías durante casi un año. Borracha y bailando con Leonel, no era una buena combinación, pero cuando la gente se aplastaba a su alrededor, Alba no podía retirarse.
Ella arqueó la espalda, solo un poco, para apoyar la parte posterior de su cabeza en el pecho de Leonel. Sus labios encontraron su sien, y el borde de su mejilla. Alba deslizó sus manos por la protuberancia de sus antebrazos para colocarlas sobre las manos de Leonel en su cintura. El vello oscuro y crujiente le hacía cosquillas en la punta de los dedos y se estremeció. Su boca se abrió, como si estuviera tratando de jadear, pero no había aire para tomar.
Ahogo. Se estaba ahogando en un mar de tensión sexual. Era como si estuviera flotando a través de la pista de baile, como si fuera la niebla más espesa que el humo de cigarrillo. Olía como el sabor del sudor, el almizcle de colonia, un dulce trago de alcohol. Su clítoris se frotó sin piedad contra la seda de sus bragas y el deseo la cubrió sacudiendo sus caderas hacia arriba. El tirón de sus vaqueros de mezclilla contra su excitada carne envió choques de placer ondulando a través de ella.
Alba podría, si su estado de ánimo estuviera bien, provocarse un orgasmo simplemente apretando sus muslos juntos. Pero esta no era una elección que pudiera hacer; ningún movimiento furtivo en su escritorio diseñado para aliviar el aburrimiento de una larga tarde en el trabajo. Ella no tenía control sobre esto. Todo era música, tragos, las manos de Leonel en ella y su aliento en su rostro.
Se arqueó de nuevo contra él, avergonzada de la intensidad de su excitación y temerosa de lo que haría Leonel si lo supiera. La tentación del clímax era una motivación demasiado poderosa, especialmente porque ella no había tenido un orgasmo en mucho tiempo. El sexo con Matías había sido mediocre y, finalmente, inexistente, pero había estado tan deprimida después de otra relación fallida que ni siquiera se había masturbado desde que habían roto.
Su cuerpo necesitaba liberación, y lo anhelaba. Si seguía bailando con Leonel, Alba no tenía ninguna duda de que lo lograría. La culpabilidad la obligó a apartarse de él tanto como pudo con la multitud tan densa. Ella lo usaría, y ni siquiera lo sabría, pero lo consideraba demasiado buen amigo para hacerle eso.
Justo cuando decidió alejarse de él por completo e ir al baño para recibir un chorro de agua fría, otra nueva canción empezó. Esta música estaba en top ten y se pasaba en todos los clubes. No solo tenía un ritmo tremendo, sino que la letra era más que sugerente y escandalosamente sexy. La canción se había convertido en un himno a la lujuria para los solteros que buscaban acción.
«Abajo de rodillas, nena, por favor». Los hombres de la multitud gritaron las palabras a las mujeres que perseguían. Las mujeres respondieron junto con la vocalista: «Deja que tu lengua avance, dame lo que necesito».
La popularidad de la canción atrajo a la pista gente que no había estado bailando. La multitud creció y Alba fue arrojada hacia Leonel –su trasero presionando aún más–, quien curvó los dedos en su cintura para protegerla del aplastamiento. La atrajo hacia la pared donde había un poco más de espacio. Dos pasos, tres y Leonel golpeó las tablas pintadas de negro, la espalda de Alba todavía apretada contra su pecho.
Al instante, la gente llenó el espacio que habían dejado atrás. La canción siguió rezando las palabras de lujuria, de amor, degradación y devoción, un acoplamiento al sexo y al pecado.
«¡Abajo de rodillas!»
Las manos de Alba estaban apretadas en la parte superior de Leonel.
La multitud rugió: «¡Dame lo que necesito!»
«¡Deslízalo en mí, bebé, por favor!»
Alba extendió la mano detrás de ella para tocar el cuello de Leonel y la parte de atrás de su suave pelo oscuro mientras arqueaba la espalda de nuevo. Luego le quitó las manos de su cintura, las deslizó por los costados y las apoyó en sus senos.
«¡Quiero follarte, cariño! ¡Quiero que te corras!»
Cada mano la cubría completamente. Sus palmas acariciaron sus pezones. Alba trató de respirar y no pudo, luego tuvo que cerrar los ojos cuando las luces parpadeantes le hicieron girar la cabeza, acariciándole la línea de la mandíbula y presionando la sien contra su boca. Él besó su frente, sus labios calientes sobre su piel. El suelo vibró con los pisotones de cien pares de pies moviéndose al mismo tiempo. Alba se puso de puntillas para retroceder más, para dejar que la boca de Leonel encontrara la comisura de la suya.
La canción estaba llegando a su clímax, y ¡oh misericordia! Ella también. Alba luchó contra eso, se odió por ello, pero se sentía tan bien, demasiado bien. No podía luchar contra ella misma, no podía resistirse, estaba en el borde, casi allí...
Oh, por favor...
Cuando la canción alcanzó sus últimas notas palpitantes, Leonel puso una mano entre sus piernas. Su mano le acarició la ingle; el talón de su palma presionaba justo donde más lo necesitaba. Separada de su toque por una capa de mezclilla y seda, Alba estaba tan cerca que solo necesitaba la menor presión para explotar.
Y el presionó.
Y ella explotó en una miríada de piezas brillantes. El mundo se cerró hasta que todo lo que vio fue el azul, el rojo, el parpadeante púrpura y verde. Todo lo que sentía era a Leonel contra ella. Podía olerlo y lo saboreó cuando su boca encontró la suya y deslizó su lengua dentro de sus labios abiertos. Esto era un sueño.
Con las réplicas del orgasmo a través de ella, Alba volvió de nuevo en sí misma. La música había cambiado a algo menos popular, y mucha gente abandonó la pista hacia el consuelo de la barra. Tenían espacio para moverse de nuevo.
Le sorprendió la mirada hambrienta de algunas personas sobre ellos. Había sido una gran actuación. Ella salió de los brazos de Leonel tan rápidamente que su mano tiró por un momento entre sus piernas y envió otra onda lenta de placer a través de ella. El calor le quemaba las mejillas.
¿Lo sabía él? ¡¿Cómo no?!
Alba apretó los dedos a su boca ligeramente cuando empezó a abrirse camino entre la multitud. Había besado a Leonel antes, pero nunca así. Nunca lo besó como lo haría un amante, ni siquiera cuando estaban jugando Morisquetas.
La culpa la atacó de nuevo, incluso cuando su cuerpo todavía se balanceaba por el orgasmo. No habló mientras se movía a través de la multitud, pero sintió que él la seguía.
—Agua —le dijo al camarero, que asintió solemnemente. ¿Los había visto?
Alba miró a su alrededor. La gente hablaba entre sí, sus ojos se posaban en ella. Sentía que había hecho un espectáculo de sí misma. Mientras tomaba un gran trago de agua helada, Leonel ordenó una Corona. Se acercó a ella en el bar y bebió un largo trago de cerveza.
—Woow —incluso con una sola palabra, su voz profunda retumbó.
Alba no podía mirarle a los ojos, temiendo lo que pudiera ver.
—Te-tengo que irme —fue todo lo que pudo balbucear.
—¡¿Qué?! —Leonel apoyó su cerveza en la barra—. ¿Por qué? Alba, todavía es temprano...
—No tengo ganas de jugar más Morisquetas esta noche —dijo bruscamente. Parecía enojada, y lo estaba, pero no con él.
Se alejó del bar y se dirigió a la puerta. Leonel la siguió un paso atrás. En el pasillo, mucho más vacío que el bar, agarró su brazo con fuerza suficiente para darle la vuelta.
—¿Qué está pasando? —preguntó. Alba se obligó a mirarlo. Su boca se sentía estirada, frunciendo el ceño, y se mordió el labio.
—Nada. Estoy cansada. Quiero ir a casa.
—Iré contigo —respondió sin dudarlo. La sonrisa sexy de Leonel y su risa engreída hicieron que su estómago se contrajera.
Ella puso la mano en su pecho para impedir que se acercara. Craso error. Bajo el algodón negro, sintió el rápido pulso de su corazón. Sus dedos tocaron la punta afilada de su pezón antes de que alejara la mano como si hubiera sido quemada.
—¡No, Leonel! —gritó sin darse cuenta. Él dio un paso atrás, claramente sorprendido.
—Vamos, Alba… ¿qué diablos…?
—Vuelve adentro. Ve a encontrar un bomboncito caliente para llevar a casa. Tú ganas Morisquetas esta noche, he terminado.
—No puedo jugar Morisquetas si no estás aquí —él la alcanzó de nuevo, pero ella se alejó de su alcance.
Durante un momento interminable, se miraron. El vestíbulo estaba iluminado con una luz negra que convertía los pardos ojos de Leonel en lagos brillantes y relucientes. Ya no sonreía más.
No podía hablar. Por primera vez en todos sus años de amistad, Alba no pudo encontrar las palabras para decirle cómo se sentía. Por primera vez, ella le mintió:
—¡Déjame en paz, maldita sea! ¡No quiero que vuelvas a casa conmigo!
Sin esperar a que contestara, caminó por el pasillo y salió por la puerta de la calle. Una lluvia ligera había comenzado, y se sentía bien. Fresca en su cara ardiente. Se empapó su delgada camiseta, y cruzó los brazos alrededor de sí misma, esperando un escalofrío, pero la noche era cálida y la lluvia suave.
La puerta se abrió detrás de ella y Leonel salió. El ritmo de la música del club llenó el espacio durante un segundo hasta que la puerta se cerró otra vez. Un hombre y una mujer, claramente ebrios por la risa y el tambaleo, pasaron frente a ellos en la calle.
—¡Alba! —Empezó a caminar. Vivía a pocas cuadras de distancia. Sus botas golpearon el pavimento y salpicaron los charcos—. ¡Maldita sea, Alba, espera! —Caminó más rápido—. ¡No camines a casa sola!
Incluso ahora, él estaba cuidando de ella. La repulsión por sí misma la llenó. Lo había utilizado para sus propios deseos egoístas, y ahora su vergüenza no le permitía admitirlo.
—¡Estaré bien! —dijo por encima del hombro.
Por supuesto, no había manera de escapar. Podía dar un paso por cada dos de ella y alcanzarla en un minuto. Él la agarró del brazo de nuevo para detenerla.
El resplandor de la farola destacaba sus rasgos. La lluvia había alisado la tela de su camiseta sobre las curvas de su pecho musculoso. El agua goteaba por sus cejas y mentón, y él lamió algunas gotas.
—¿Qué pasa? —Preguntó— Alba, ¿qué hice?
—Nada, Leonel —Alba apartó el brazo de su mano—. Olvídalo.
—¡No lo olvidaré! ¡Un minuto estás encima de mí, y al siguiente estás huyendo!
Alba se quitó el pelo húmedo de los ojos.
—¿Yo, encima de ti? ¡Tú fuiste el que me toqueteó!
—Tú me guiaste, y luego… no dijiste que no —levantó una ceja.
—¡No soy una de tus conquistas, Leonel! No soy una mujerzuela de barra impresionada con el tamaño de tus músculos o tu polla —la ira se apoderó de ella como una manera de combatir su culpa.
—No, Alba. Tú no lo eres —él se estremeció, como si le hubiera pegado por pensar en que ella lo fuera.
El silencio se instaló entre ellos, y de nuevo sintió que no podía respirar. Había algo más que decir, pero Alba tenía miedo de decirlo. Aún más miedo de oírlo. Leonel era el mejor amigo que tenía. Conversaciones como esta arruinaban amistades, y ella se negaba a perderlo. No de esta manera.
—Me voy a casa —anunció.
Esta vez, cuando se volvió y se alejó, él no la siguió.
—¡¿Qué pasó en la pista de baile, Alba?! —gritó, pero ella no respondió.
Cuando llegó a casa, temblaba de reacción tardía. La cuarta cerveza a la que ella culpaba de sus errores se revolvía en su estómago. Un dolor de cabeza había comenzado a palpitar en sus sienes. Lo peor de todo, las lágrimas le picaron los ojos y, tan fuerte como trató de luchar contra ellos, cayeron para quemarle las mejillas.
Se quitó los vaqueros empapados y los arrojó sobre una silla. Encendió el aire acondicionado y su cuerpo reaccionó a instante, convirtiéndose en piel de gallina. La ducha caliente la ayudó un poco, pero no podía ni siquiera sentir comodidad por eso. Salió enseguida y se secó. Desnuda, se acercó a la cocina y sacó la primera camisa que encontró en la cesta de ropa limpia y la deslizó sobre su cabeza. Cuando el dobladillo la tocó justo encima de las rodillas, agarró el suave tejido con un ligero gemido. La camisa era de Leonel.
—Mierda —inquirió en voz baja.
Oyó un golpe en la puerta principal y su corazón se estremeció de sorpresa. No lo había cerrado con llave. Justo cuando se metió en el estrecho pasillo delantero, la puerta se abrió con fuerza suficiente para golpear la pared.
Leonel, goteando, entró en el recinto y cerró la puerta tras él. Casi llenó el vestíbulo de un lado a otro. El agua flotó en el piso de madera bajo las botas.
Alba dio un paso atrás, sin aliento, y golpeó la pared detrás de ella. No podía moverse. En cuestión de segundos, Leonel cruzó el espacio entre ellos y puso sus manos en la pared, una a cada lado de su cabeza. Nunca lo había visto tan enojado.
El miedo y la anticipación la instaban a huir, pero no tenía dónde ir.
—Creo... —dijo Leonel con voz más profunda de lo que ella había oído— que necesitamos hablar.
Podría haberlo hecho, quizás solo gimió, pero antes de que ella pudiera hacer un sonido, Leonel aplastó su boca contra la suya. Y ella se abrió bajo la embestida, todavía tratando de protestar, pero su lengua barrió adentro y robó sus palabras. Un gemido irrumpió en su garganta y se convirtió en vergüenza cuando se alejó.
—Saca los brazos de entre tú y yo —ordenó Leonel—. Ahora.
Con un gemido, Alba extendió ambas manos sobre su pecho. Su remera estaba fría con la lluvia, y tan apretada que ella sintió cada ondulación de sus músculos. Sus pezones eran como hierro bajo sus dedos. Cuando los tocó, murmuró una maldición.
—Leonel... ¿no íbamos a habl…?
—Cállate, Alba —interrumpió.
Sus ojos se abrieron y luego se estrecharon. Él era el único hombre que podía hablarle así sin recibir un golpe en el estómago por su atrevimiento. Aun así, abrió la boca para decirle lo contrario, pero él la detuvo con otro beso.
Sus brazos se deslizaron alrededor de su cuello. Su boca se moldeó a la suya. Sus lenguas curvadas y retorcidas, bailando entre ellas. Después de un minuto, ella lo sintió estremecerse y se dio cuenta de que su camisa seca se había humedecido.
Rompió el beso y oyó el chasquido de sus dientes mientras le decía:
—¡Leonel, te estás congelando!
No respondió con palabras, solo con otro beso. Su boca sí estaba caliente. Alba llevó las manos a su cintura y le quitó la camiseta mojada de los pantalones. Sus bocas permanecieron cerradas mientras la levantaba por su vientre y sobre su pecho. Levantó los brazos para permitir que ella lo tirara por encima de su cabeza. Se separaron y volvieron a reunirse, las bocas se encontraron con avidez. Dejó caer la camiseta olvidada al suelo.
Alba puso sus manos sobre la piel desnuda del pecho de Leonel y sintió la piel de gallina allí. Él tembló de nuevo cuando ella hizo círculos con sus dedos y su carne se calentó bajo su toque.
Leonel le puso las manos en la cintura y la levantó. La fuerza de sus brazos la dejó mareada de excitación mientras él la impulsaba, con un toque, a envolver sus piernas alrededor de él. Ahora su cabeza estaba más alta que la suya. Ella puso sus manos en su rostro, y la barba hirsuta a lo largo de su mandíbula arañó sus dedos.
No había culpa, ni vergüenza. Lo había querido durante años como un hombre con el que podía contar para cualquier cosa. Había estado allí a través de las lágrimas y las risas, sostuvo su mano a través de momentos difíciles, le envió flores en su cumpleaños cuando nadie más lo recordó. Mañana podría traer consternación, pero en este momento, Alba se entregó a los sentimientos que había estado ocultando durante demasiado tiempo.
El aliento de Leonel hizo que un escalofrío la arrastrase. Iba a correrse. Tan pronto después de su orgasmo en la pista de baile, ella no se creía capaz, pero su cuerpo la conocía mejor que su mente. Su orgasmo flotó dentro y ella luchó por evitarlo.
Matías siempre había rechazado lamerla, decía que no le gustaba el olor, el sabor y la forma en que el vello púbico se sentía en su lengua. Sin embargo, como todo macho, había insistido en que se la chupara. En el último mes de su relación de seis meses, Alba –que incluso se había depilado por completo para complacerlo– se negó a más mamadas a menos que él la retribuyera, y el sexo fue mermando.
Ahora se apretó contra la suavidad de la cama y se entregó a la sensación de la boca de Leonel y las manos sobre ella. Él era tan hábil en el cunnilingus como en el baile. Sabía cómo guiarla, cómo elevarla, luego suavizar el tacto para que no se corriera. Su alucinante clímax en la pista de baile no había aliviado totalmente su frustración, pero la había reducido a algo manejable. Ahora se contentaba con montar las olas de la sensación inundándola sin incitarla al clímax inmediato.
Leonel metió un dedo dentro de ella, luego dos. Se deslizó dentro y fuera en perfecto ritmo con la presión lenta y constante de su lengua. Ella soltó un grito y levantó sus caderas, pidiendo más sin palabras. Y él se lo dio, curvó sus dedos dentro de ella para presionar contra el lugar justo detrás de su hueso púbico. Ella sintió una presión, casi un ardor, y luego le sacudió el clítoris ligeramente con su lengua.
El cuerpo entero de Alba se apretó y sintió que sus músculos internos se contraían alrededor de sus dedos. Su clítoris pulsaba y palpitaba... pero no se corrió. Aún no quería hacerlo. En ese momento, Leonel sacó sus dedos lentamente, luego besó el camino de regreso por su vientre, sus senos, su garganta y finalmente su boca de nuevo. Su cuerpo la cubrió, y ella lo sintió empujar a su abertura.
—Espera —jadeó Alba.
A la tenue luz de su dormitorio, no podía ver las manchas de oro que sabía que estaban en los ojos de Leonel. Ella empujó su hombro suavemente hasta que él rodó sobre su espalda. Había esperado demasiado tiempo para que esto sucediera, no iba a permitir que terminara tan pronto. Además, había deseado la polla de Leonel en su boca tanto como había querido hacerle el amor.
Estiró un brazo detrás de su cabeza para sostenerlo mientras la miraba. Las líneas de su cuerpo fluían como escultura. Era pura perfección.
Alba dejó que sus ojos festejaran hambrientos sobre él. Conocía el cuerpo de Leonel, pero nunca se había permitido mirarlo de este modo. Alba tocó los contornos suaves y duros de su pecho y sus dedos rozaron los suaves y oscuros vellos que había allí. Bajó los dedos por la fina línea de vello negro a lo largo de los músculos de su vientre para unirse a su región púbica. Se detuvo allí, incapaz de apartar la mirada de su erección.
Alba había compartido una cama y un baño con Leonel más veces de las que podía contar. Habían pasado vacaciones juntos, se habían estrellado en los sofás uno contra otro, incluso habían vivido juntos brevemente durante un tiempo en que Leonel había estado entre trabajos. Pero nunca lo había visto así.
Su polla era algo así como una broma privada entre ellos. El monstruo, la bestia, el taladro. Alba no tenía ilusiones sobre las proporciones de Leonel, lo sabía. A diferencia de muchos hombres cuyos músculos superaban a su equipo, la polla de Leonel era tan grande como todo lo demás en él.
—El Peque que no lo es —murmuró, y pasó un dedo a lo largo de su longitud—. La bestia, el taladro. Misericordia, Leonel, me sorprende que no hayas matado a nadie con esto todavía.
Para su sorpresa, no respondió con un retruco ingenioso. Su polla pulsaba bajo sus dedos. Ella le acarició otra vez, y el suspiro bajo, suave que escapó de él resonó en el latido de su clítoris.
—¿Cuánto tiempo ha pasado? —preguntó.
—Un año —anunció sin vergüenza alguna.
—¡¿Qué diablos dices?! —su respuesta la sorprendió de tal forma que involuntariamente apretó su erección.
—No es tan difícil de creer, Alba —con una sonrisa torcida que era una mera sombra de su normal sonrisa, Leonel puso su mano sobre la suya para que dejara de apretarlo.
—Lo siento —ella aflojó sus dedos y se inclinó para besar la punta de su pene.
Leonel maldijo y cubrió sus ojos con su brazo. Alba dejó que sus dedos se deslizaran hacia abajo hasta cubrir el peso de sus bolas. Su reacción le hizo brincar.
—¿Un año entero? —preguntó— Leonel, ¿por qué?
Se frotó la cara antes de mirarla.
—Porque no podía encontrar a nadie con quien quisiera estar más de lo que quería estar contigo.
Ahora su sorpresa la hizo retroceder en la cama.
—¿Qué?
Leonel se sentó y tomó sus manos en las suyas. Desnudo, la miró a través de la cama, con la expresión más seria de lo que ella había visto.
—Alba, no te alejes…
Ella negó con la cabeza, las lágrimas chispeaban sus ojos y ardían en su garganta. Leonel levantó una mano para acariciar su mejilla. Ella se frotó la cara, avergonzada por su emoción.
—¿Por qué no dijiste nada? —preguntó.
—Estabas con Matías. Y antes de eso... Diablos, Alba, me conoces. Nunca había querido atarme antes. No quería que pensaras que era solo parte del juego. No quería perderte.
Alba parpadeó y miró la cara de Leonel. Su mano se deslizó de su mejilla a su hombro y bajó sus manos por sus brazos para acercarlo más.
Se besaron, suavemente, luego con más intensidad. Capturó su cuello con su mano y la atrajo hacia él. Alba extendió las manos sobre el calor desnudo de su pecho.
Esta vez, impulsada por la admisión de Leonel de cuánto tiempo había pasado desde que había estado con alguien, se hizo cargo. Alba deslizó su lengua por la curva de su mandíbula, por su garganta, hasta su hombro. Ella lo empujó de nuevo sobre las almohadas y luego dejó que sus labios saborearan el punto duro de su pezón, su lengua giró alrededor de la cima y succionó ligeramente. Las caderas de Leonel se sacudieron, y ella enrolló sus dedos alrededor de su eje otra vez. Con suavidad acarició su polla en el momento de la succión de su pezón.
Él enredó la mano en su cabello, aflojándole la cola de caballo que se había hecho. Algunos hilos brillantes de color rubio ceniza cayeron sobre su cara y hombros, a lo largo del escote de su camisa prestada. Con impaciencia, Alba se sentó para quitársela y volvió a su tarea.
De un pezón al otro, se concentró en complacerlo. Después de un momento, sin cesar sus trazos burlones, besó las crestas de sus abdominales, siguió el borde ligeramente sobresaliente de su cadera, y se detuvo para hundir sus dientes en su piel lo suficiente como para hacerle murmurar otra maldición. Él empujó su mano, instándola a que le acariciara más fuerte. Ella no lo hizo. Tenía a Leonel a su merced ahora, y no iba a dejarle tomar el control.
Alba dejó su cadera y bajó a la perfección de su tobillo. Lo besó. Lo lamió. Dejó que su boca se deslizara por el bulto de su pantorrilla, luego hasta su rodilla. Besó la parte superior de su muslo y pasó su lengua a lo largo de ella, mientras le acariciaba con firmeza, pero lentamente.
Él se tensó en su mano, pero ella se negó a acelerar el paso. Saboreaba la forma en que la fina piel de su polla se deslizaba bajo sus dedos, y el calor que emitía. Se detuvo a juguetear suavemente con la cabeza de su pene, encontrando las primeras gotas resbaladizas de pre-semen y extendiéndolas para lubricarlo.
Su propia mano se deslizó entre sus piernas para acariciar su clítoris y su vagina, aunque no se masturbó, temiendo provocarse otro orgasmo, pero el ligero toque la mantenía cerca del borde. Movió sus caderas contra la copa de su palma, burlándose de sí misma mientras le provocaba.
Por fin, se compadeció de él. Ya no se molestó en bromear, simplemente bajó la boca desde la cresta de su polla hasta la raíz. Sus labios lo encerraron. Ella relajó su garganta para tomarlo en toda su extensión y el bajo juramento de sorpresa de él, validó su esfuerzo.
La polla de Leonel le dio un golpe en la parte posterior de su garganta y ella se deslizó hacia fuera, añadiendo un poco de succión extra en la punta. A Alba nunca le habían gustado las pollas monstruosas con venas y feas cabezas púrpuras. El pene de Leonel era tan hermoso y perfecto como el resto de su cuerpo, grande, pero no grotesco. Deslizó su boca de nuevo a lo largo de toda su longitud, dejando su saliva un sendero reluciente.
Añadió el uso de su mano en la base de su erección mientras chupaba y acariciaba en tándem. Alba se movió entre las piernas de Leonel para tener un mejor acceso a sus bolas, que acarició con su otra mano. Ella rozó la pequeña cresta de carne en la parte inferior de sus testículos con su pulgar, luego encontró la mancha lisa en la base de su escroto y presionó suavemente, en contrapunto, para deslizarlo dentro y fuera de su boca. Mientras lo hacía, él se elevó bajo ella y se arqueó con tanta fuerza que perdió el control.
—¡Alba!
Por un momento, pensó que le había hecho daño. Entonces se dio cuenta, por el modo en que sus testículos se tensaron y su polla se alargó, que en realidad le había gustado… y mucho.
—Nadie —se las arregló para decir—. Maldita sea. Nadie nunca...
—Pobre Leonel —murmuró Alba mientras arremolinaba la lengua solo en la cabeza de su pene—. Has estado malgastando tu tiempo con las chicas equivocadas.
El sabor de su pre-semen –parecido al océano– se deslizó en su lengua e hizo que su vientre se contrajera. Alba se frotó los muslos mientras continuaba chupándolo, construyendo su propia tensión.
—Tienes que parar.
Ella hizo una pausa para sacudir la cabeza.
—No.
—Por favor, Alba. Quiero hacerte el amor —Alba lo miró. Sus ojos brillaban bajo la luz del farol de la ventana del dormitorio. Se lamió los labios, no había señales de burlas en su rostro—. Me voy a correr —dijo Leonel—. Ha pasado mucho tiempo. Y tú... lo haces tan bien.
Ella acarició sus testículos de nuevo, y su polla se estremeció bajo su palma. Pensó en cómo habían bailado y en lo bueno que había sentido ese primer orgasmo, después de tanto tiempo sin uno. Ya tendrían ocasión de hacer el amor juntos más tarde. Por ahora, este era su regalo para él.
Lo masturbó de nuevo con ambas manos. Leonel no dijo nada, quizás incapaz de hablar. Él había levantado ambas manos para agarrar la almohada detrás de su cabeza, y ahora su antebrazo sombreó su cara otra vez.
Sin pensarlo dos veces, Alba se inclinó y lo deslizó en su boca de nuevo. Esta vez se movió más rápido, chupó más fuerte, hasta que empujó con urgencia en su boca. Su polla se hinchó increíblemente, enorme, casi lo suficiente como para ahogarla. Alba apretó de nuevo el pulgar hacia el punto dulce que tanto le había gustado y sintió el latido de respuesta dentro de él.
Leonel… se corrió.
Se había inclinado para sostener su cabeza, y ahora sus dedos se apretaban tan fuertemente en sus cabellos que casi gritó. Él empujó hacia arriba y ella lo ayudó en todo lo que pudo. El sabor de él le despertó tanto que su clítoris pulsó en un mini-clímax que la dejó con ganas de más.
—Oh, Dios mío —al darse cuenta de que estaba tirando de su pelo lo suficientemente fuerte como para lastimarla, Leonel desenredó sus dedos.
Alba no pudo evitarlo, rio. Nunca había reído en la cama antes, no con un amante, pero se sentía tan bien y tan contenta que rio aún más. Besó el pene semierecto de Leonel a través de sus risitas, luego se arrastró hasta la cama para acostarse a su lado.
—¿Te estás riendo de mí? —Él rodó sobre su lado para mirarla.
—No de ti, bebé. Contigo —acarició sus labios.
Ella lo había llamado «bebé», probablemente sin querer, y eso se reflejaba en el calor que le subió por la garganta hasta pintarle las mejillas. Leonel sonrió ampliamente.
—¿Bebé?
—Cállate... —Alba agachó la cabeza y lo empujó, avergonzada.
—¿Bebé? —preguntó Leonel otra vez. Sus dedos encontraron el punto cosquilloso justo debajo de sus costillas, y ella se retorció bajo su toque— Alba Rivarola, me llamaste bebé —ella se las arregló para jadear entre sus risitas, mientras él le hacía un poco más de cosquillas—. Me gusta —Leonel rodó sobre ella y clavó los brazos sobre su cabeza.
Luego la besó otra vez, y su risa se convirtió en un gemido de placer.
Para ser un hombre tan grande, la había aplastado contra la cama, pero a Alba no le importó el peso de Leonel en absoluto. Ella separó sus piernas, y su polla frotó la parte inferior del estómago. Su clítoris, que brotaba de excitación, le frotaba la piel. Al notar el contacto, Leonel deslizó su mano debajo del trasero de Alba para presionarla con más fuerza contra él.
La besó sin detenerse, pero no tuvo dificultad para respirar. Aspiró y exhaló. Era como bucear, como soñar, como volar. ¿Cómo podía haber respirado alguna vez sin Leonel a su lado para ayudarla?
Él la levantó, instándola a mover sus caderas en pequeños círculos que apretaban su clítoris contra él. Con un movimiento que ni ella sabía que conocía, levantó sus caderas apenas lo suficiente para atraer su erección contra su centro. Leonel se acopló a sus lánguidos movimientos y frotó su polla a lo largo de sus pliegues. No dentro, sino a lo largo, cubriendo su entrada con su humedad deslizándose sobre ella casi sin fricción. Sus testículos se apretaban ligeramente contra ella con cada empuje.
Pero Alba lo quería dentro. No creía que pudiera soportarlo si no se deslizaba ahora, con fuerza. Leonel ya no se burlaba, seguía capturando su boca con la suya, acariciándose contra ella hasta que se estremeció al borde del orgasmo.
Luego se detuvo. Alba abrió los ojos cuando él dejó de besarla. Leonel se sintió incómodo por un momento, y Alba le leyó la mente:
—En la mesita de noche —dijo.
Él sonrió y extendió la mano para abrir el pequeño cajón. Merodeó su contenido y sacó un condón envuelto en papel de aluminio.
—Control retardante, para su placer —ambos rieron.
Leonel se puso de rodillas y rompió el papel. Alba se sentó para ayudarlo, cada movimiento enviando ondas de placer. Ella le quitó el condón y lo deslizó sobre su polla. Rodó el delgado látex hasta la base y apoyó la cabeza por un momento en su hombro.
Leonel le levantó la barbilla con el dedo, y se encontró con sus ojos.
—¿Estás segura?
—Sí. Estoy más segura de esto que de nada —asintió.
Leonel la atrajo hacia él para darle otro beso. Su brazo le rodeó la espalda, su mano le acarició la cabeza, y la bajó suavemente a la almohada. Él cubrió su cuerpo con el suyo. El calor de su erección empujó su abertura, y Alba levantó sus caderas para ayudarlo a entrar.
Se empujó en ella todo el camino. La estiró, la llenó. Completándola. Leonel la besó mientras se movía, lentamente al principio, luego en un ritmo constante que la mantenía levantando sus caderas para satisfacer sus empujes. Todo acerca de estar con Leonel se sentía bien.
Él rodó lentamente a un lado, llevándola con él hasta que ella quedó en la parte superior y se balanceó contra Leonel, amando la forma en que su clítoris frotaba su duro estómago mientras empujaba dentro de ella. La posición le dio la libertad a ella de controlar los movimientos y a él de jugar con sus pezones. Se ubicó de rodillas y puso una mano en cada lado de su cabeza. Ahora podía doblarse para besarlo, mientras se movía a lo largo de toda su longitud.
Leonel deslizó las manos por su espalda y le tomó de las nalgas. No forzó la situación, pero la controló, dejándola moverse tan rápido o tan despacio como deseaba. Él se arqueó hacia arriba, hacia ella, mientras se deslizaba hacia abajo, luego dejó que las caderas retrocedieran cuando ella se levantaba. Se movían en perfecto tándem, como cuando bailaban.
—Puede que me lleve un tiempo —le confió mientras movía las caderas en un movimiento circular—. Ya sabes, recién…
Alba sonrió y se dejó caer sobre él completamente, sosteniéndolo dentro de su calor.
—¿Tienes que ir a algún lugar?
—Demonios, no —Leonel meneó la cabeza.
—Yo tampoco. Tenemos toda la noche —Alba se sentó derecha y se apoyó sobre sus talones junto a los muslos de Leonel.
—Alba, no vas a tener que esperar toda la noche —bromeó Leonel deslizando una mano desde su nalga hasta presionar el pulgar contra su clítoris—. Te voy a hacer correr en un minuto.
La única respuesta de Alba fue un suave suspiro. Dejó caer la cabeza hacia atrás, revoloteando con la sensación de su pulgar presionando a contrapunto con lentos golpes. Probablemente tenía razón, pero ¿le importaba? Se sentía como si pudiera correrse cientos de veces esa noche. Ella, la uniorgásmica establecería algún tipo de récord mundial.
—¿Qué estás pensando? —preguntó, volviéndola a la realidad.
—En ti —dijo Alba, y se inclinó para besarlo completamente—. En lo contenta que estoy de estar así… contigo.
Leonel le puso las manos en la cintura y la detuvo. Ella lo miró con curiosidad mientras él la dejaba vacía y la empujaba suavemente hacia la cama de espaldas.
—Ábrete para mí —ordenó.
Esas palabras le arrojaron un rayo de fuego y ella hizo lo que le dijo.
Leonel la cubrió completamente con su cuerpo, tomó su miembro con la mano y se guio de nuevo en la entrada que le ofreció. Ella levantó la pelvis y lo rodeó con las piernas. En ese ángulo, la llenó tan profundamente que no creyó que pudiera soportarlo. Esperó a que ella se moviera contra él, y cuando lo hizo, él estableció un ritmo constante que la hizo jadear en cuestión de minutos.
—Eres mi vida entera, Alba Rivarola… quiero que lo sepas —anunció entre jadeos—. Se… mmmm, se acabaron, ohhhh… los juegos.
Esa declaración hizo que se estremeciera de pies a cabeza, estaba muy cerca de la orilla, pero todavía no del todo. Necesitaba un estímulo más directo en su clítoris, pero Leonel parecía decidido a burlarse de ella. Alba retrocedió contra él, dejándolo llenarla, concentrándose en la sensación de que se deslizaba hacia ella. La forma en que le dio a su polla un pequeño giro con cada empuje. La forma en que le dio una serie de golpes cortos y rápidos seguidos por un patrón de embestidas profundas y lentas. Su polla se hinchó dentro de ella, estirándola más.
Su clítoris dolía por ser tocado. Alba arqueó la espalda para empujarse contra Leonel con más fuerza. Con cada empuje, palpitaba más fuerte y se acercaba más, pero no era... bastante... suficiente...
Entonces Leonel lo hizo. Deslizó una mano para poner dos dedos directamente en su yema hinchada. Alba gritó y se estremeció. Estaba tan húmeda que sus dedos se deslizaron por encima de su clítoris como si los hubiese cubierto de aceite. Leonel lo tomó entre el pulgar y el índice y lo pellizcó suavemente. La sensación era tan nueva y tan poco usual que la llevó a un orgasmo diferente a cualquier otro que hubiera tenido. Una feroz y aguda explosión de placer la golpeó directamente debajo de sus dedos, y luego volvió a construir otra explosión más feroz. No tenía réplicas, ni contracciones ondulantes, ni sentido del placer que se desvanecía, como solía hacerlo. Solo una explosión tras otra, como una serie de fuegos artificiales.
—¡Leonel! —gritó, se estremeció y retorció debajo de él.
Ella deslizó los brazos alrededor de su espalda para mantenerlo más cerca y enganchó sus pies alrededor de sus pantorrillas mientras él la tomaba de las nalgas para inclinarla más sobre su polla. El ángulo la abrió más y la envió en espiral hacia un orgasmo final.
Las olas del clímax rodaron sobre ella. Sus pezones se apretaron. Sentía como si todo en su cuerpo, sangre y aire, estuviera tirando hacia dentro, hacia abajo, hacia el diminuto botón de su clítoris. Más comprimido, más apretado. Dejó escapar otro pequeño grito y dijo su nombre una y otra vez.
De repente, se abrió como una flor bajo el sol primaveral. El éxtasis se disparó desde su centro y se irradió a través de todo su cuerpo. Se levantó, voló, se desmoronó y volvió a ella. Se estremeció mientras sentía a Leonel correrse, como el alboroto de una polilla en el cristal de una ventana. Lo abrazó con más fuerza cuando dio un último empujón y se enterró completamente dentro de ella.
Permanecieron sin moverse durante unos cuantos largos momentos, hasta que rodó a su lado. Él la atrajo, así que apoyó la cabeza en su pecho. Alba puso su mano sobre su corazón, que lentamente dejó de golpear y regresó a un ritmo normal.
Parecía que había tanto que decir, pero no encontraba palabras adecuadas para decirlo. Ella se contentó con el silencio y el sonido de su corazón en su oído. Él le acarició el pelo y la abrazó.
—Ahora sí tenemos que hablar —anunció él.
—Mmmm —se quejó ella, somnolienta.
—Despierta, bella durmiente… —y le pellizcó un pezón, riendo—. Te dejaré dormir hasta las ocho…
—¡Pero si ya son las tres! —se quejó.
—Vamos a casa, Alba —ella despertó completamente.
¿A casa? Hablaba con sus padres semanalmente, pero no los visitaba hacía meses. Y sabía que Leonel tampoco. Todos ellos vivían en una localidad a 186 kilómetros de la capital, donde habían nacido y crecido.
—¿Por… por qué? —balbuceó.
—Hoy será Nochebuena, cariño… mañana es Navidad, y quiero que visitemos a nuestros padres. Me gustaría tener un nuevo comienzo. Si queremos resultados diferentes tenemos que dejar de cometer los mismos errores. Pronto cumpliremos treinta años… ¿no te gustaría sentar cabeza?
—Contigo sí —susurró.
—Entonces está todo dicho.
Y se quedaron dormidos, abrazados.
Despertar en brazos de Leonel era como renacer todos los días. Alba se desperezó y él la volvió a acurrucar en sus brazos.
—Mmmm, amor… es temprano.
—Es Navidad, tonto… despierta —y le dio un codazo—, tenemos que poner los regalos bajo el árbol, si los chicos despiertan antes y no los ven se sentirán defraudados.
—Bien, bien —gruñó sonriendo.
Hacía ya diez años que una Navidad decidieron cambiar sus vidas, y hoy eran una feliz pareja casada con una hermosa niña de seis años y un par de gemelos de cuatro. Bajaron en pijamas y se dispusieron a organizar todo, las huellas de los renos en la arena, la leche y galletas de Papá Noel y los regalos. Luego Leonel se sentó en el sofá de un cuerpo al lado del árbol y esperó a que Alba trajera los cafés y se sentara en su regazo para aguardar a que los niños bajaran.
—¡Auuuch! Papá, mamáááá… ¡dejen de besarse! Se quejó la niña al verlos tan acaramelados cuando los tres bajaron.
Pero enseguida se olvidaron de ellos y empezaron a abrir los regalos, tirando los papeles por doquier.
Alba y Leonel rieron al verlos tan felices.
—Feliz Navidad, amor —dijo ella—, te amo con toda mi alma.
—Feliz Navidad, mi vida… yo te amo más, por siempre y para siempre.