amor por deber (spanish)
Highlands, Escocia (1685)
Despertar a otro día insípido y sin sentido me costaba. Deseé no estar ahí, no ser quien soy, que esa no fuera mi realidad. Todos los sueños que albergué de adolescente fueron desmoronándose lentamente con el paso de los meses desde que llegué al Castillo de Urquhart.
El mes siguiente se cumpliría un año de mi boda.
Soy Lady Altamira McMahon, señora del castillo, esposa de Lord Alec McMahon. Lo de esposa es un decir, todos los días temo el momento en el que alguien tocará mi puerta para decirme que seré devuelta a mis padres por no ser capaz de darle un heredero a mi marido, como corresponde a toda mujer.
Pero… ¿cómo podría hacerlo sola?
Soy una señora… pero virgen aún.
Y a pesar de no haber puesto en práctica lo que se supone que hay que hacer para embarazarse, sé que no es algo que pueda hacerlo sola. Soy inocente, pero no estúpida.
Desde el día de mi boda en adelante las mujeres en general son más abiertas a hablar frente a mí sobre cosas íntimas, porque presuponen mi experiencia. Y aunque la mayoría de las veces me da mucha vergüenza oírlas, y en ocasiones ni siquiera comprendo de lo que hablan… las escucho con mucho interés porque es el único modo que tengo de saber más sobre el lecho conyugal.
Tengo casi veinte años y soy casada, es lógica mi curiosidad.
Y todos los días desde mi boda espero preparada a que mi marido acuda a mi lecho –como me dijeron que haría–, y todos y cada uno de esos días amanezco sola y desilusionada, tan pura como un pimpollo de rosa.
Al comienzo esperaba nerviosa, con una vela encendida mirando fijamente a la puerta que comunicaba la habitación de mi señor con la mía, hasta quedarme dormida sin querer. Actualmente ya no espero nada, mis ilusiones de un matrimonio feliz fueron marchitándose de a poco, con el paso de los días… y los meses.
Y no lo entiendo.
Todos dicen que soy muy bonita, incluso que soy extremadamente hermosa, alta, delgada, de cabello rubio ceniza y ojos verdes; pero mi marido parece no enterarse de eso, ni siquiera me mira. Las pocas veces que logré hablar con él fue amistoso, amable, pero distante. Siempre estaba ocupado con sus labores de Lord durante el día o divirtiéndose con sus amigos en sus aposentos a la noche.
Lo sé porque lo escucho, solo nos separa un muro y una puerta.
Recuerdo el primer día que vi a mi señor, yo solo tenía catorce años y él y su hermano ya tenían veinte, habían acudido al castillo de mi padre para una competencia entre clanes. Nunca en mi vida había visto dos gemelos adultos y fue muy extraño, aunque enseguida pude reconocerlos. Alec era un noble en todo su esplendor: fino, alegre y elegante; Colum –sin embargo– era un guerrero highlander fuerte, serio y de mirada dura.
Imposible confundirlos a pesar de ser idénticos.
Al instante, en mi inocencia, ya estaba enamorada de Alec, tan gallardo, tan caballero, tan hermoso. Sin embargo, la mirada de Colum –su hermano– y su porte me dieron mucho miedo, por eso me alegré de estar prometida al Lord del castillo, y que fuera Alec quien se hubiera adelantado en nacer siete minutos a su severo gemelo para poder ocupar ese puesto.
Desde ese día empecé a tener fantasías de lo que sería mi vida con él. Soñaba con el primer beso que me daría, con sus fuertes brazos rodeándome, con su boca en mi cuello, con sus manos acariciándome.
¡Cuánta desilusión!
Me desperecé en la suave y enorme cama de plumas y me cobijé mejor entre las mantas de lana. El invierno estaba empezando y la habitación se encontraba muy fría debido a que el fuego de la chimenea se había extinguido durante la noche. Me mentalicé en recordar cerrar las cortinas de mi cama con dosel para conservar el calor.
—Buenos días, mi señora —saludó Maisie, mi dama de compañía, entrando a la habitación y abriendo las cortinas— le preparé el vestido azul para hoy, hace un precioso día, aunque muy frío.
—Buenos días, Maisie —respondí educada, aunque el vestido elegido y sus predicciones del tiempo me importaran un bledo—. Prefiero mi traje de montar, por favor. Sé que hace frío pero estoy cansada del encierro y aprovecharé este solcito y que todavía no nevó para cabalgar un poco.
—Pero, mi seño…
—Haz lo que te dije, Maisie —interrumpí.
Y mi querida doncella no tuvo más opción que hacerme caso. Ella me conocía, cuando nací fue prácticamente mi niñera aunque solo tenía trece años, y cuando me casé, mi madre decidió que me acompañaría a mi nueva vida. Maisie estuvo feliz de hacerlo.
—Mi señora, en el castillo se está corriendo la voz de que usted y… nuestro Lord… —la doncella carraspeó mientras ayudaba a vestirme— ya sabe, que… que todavía no… —suspiró, yo quería ayudarla a terminar la frase pero no sabía cómo— bueno, que no compartió su lecho.
—Ay, Maisie… no sé qué hacer. ¿Qué más dicen? —pregunté con el corazón desbocado pero muy interesada, mi única conexión con los chismes era ella.
—Que el Rey le exigió descendencia a Lord Alec luego de que le llegaron los rumores de que… ya sabe, no la ha tocado.
—¿Y la gente lo cree? ¿Te preguntan algo?
—Por supuesto que preguntan, mi señora. Pero de esta boca —hizo como que se la cosía— no saldrá una palabra al respecto, usted lo sabe.
Suspiré.
Ella era la única que sabía a con certeza lo que ocurría –o no ocurría– en mi lecho y confiaba en su discreción, a pesar de su edad era como una madre para mí, o quizás… una hermana mayor.
El día transcurrió como siempre, fui a montar, luego supervisé las tareas de la cocina, verifiqué que no faltaran suministros en nuestros depósitos de alimentos, ordené la limpieza de una de las alas de huéspedes, en fin… todo lo que correspondía a la señora del castillo.
Y así se sucedían mis días, uno tras otro, con la zozobra de no saber cuál sería mi destino.
Hasta el día de mi cumpleaños número veinte, en el que absolutamente nadie reparó, a excepción de Maisie. Recordaba mis alegres aniversarios en casa de mis padres y sufría, porque a veces me sentía como un fantasma en ese lugar, invisible.
Estaba acostada sin poder conciliar el sueño, cuando sentí una discusión en la habitación de mi marido, parecían ser las voces de los dos hermanos. Y era extraño porque jamás vi que hubiera roces entre ellos, al contrario.
Esperé entender algo de lo que decían, pero solo eran murmullos, hasta una frase dicha a gritos:
—¡Eres un reverendo hijo de puta!
—¡Cuidado a quién ofendes, también era tu madre!
Un portazo. Luego silencio.
Con el corazón desbocado, corrí las cortinas de mi cama y quedé a oscuras y calentita en mi guarida, como si esa pesada tela de brocato pudiera defenderme de cualquier problema.
Hasta que me adormecí, soñando con… una vida que no tenía.
Y al instante, o más tarde… no sé muy bien, sentí una calidez inusual, alguien me hacía cosquillas en el cuello y el estómago sobre el camisón. Me estremecí y moví ligeramente mi cuerpo para acercarme aún más a esa solidez calentita que sentía presionando mi espalda. Era delicioso, creí que era un sueño.
No quería despertar.
¡Él me abrazaba! Me sobresalté y abrí mis ojos, aunque no veía nada.
—¿Mi se-señor? —balbuceé.
—¿Quién más? —respondió con voz ronca. Y me atrajo más hacia él, hundió la boca en mi cuello y me besó, presionando con sus manos mi estómago y la base de mis senos.
¡Oh, Dios mío! Iba a ocurrir… ¡por fin!
Alec encontró un espacio en mi camisón medio subido para poder meter las manos y acariciar directamente la piel de mi estómago, mi cintura, mis caderas, lentamente, presumo que para no asustarme, porque yo temblaba como una hoja.
—Tienes la piel como si fuera de seda —dijo en un susurro.
¡Le gustaba!
La otra mano encontró acceso en el escote abierto que el algodón dejaba al descubierto y se apoderó de uno de mis senos. ¡Oh, Dios, que delicia! Cabía perfectamente en su mano, sentí mis pechos pesados y el pezón me dolía cuando lo acariciaba con la punta de sus dedos. No pude evitar gemir.
—Lo… lo si-siento —me excusé. Me habían dicho que debía permanecer silenciosa.
—Es un sonido hermoso —susurró en mi oído— gimes por el placer que te doy, no te avergüences —me tranquilizó.
La caricia de Alec en uno de mis senos estaba torturándome. Quería más, mucho más… quería algo que no sabía qué era, aunque tenía una ligera idea.
Él presionó su cuerpo contra mis nalgas y fue moviéndose lentamente, sin dejar de tocarme en ningún momento, la mano que acariciaba mi estómago fue bajando y subiendo lentamente… hasta solo bajar.
Cuando sentí que una de sus manos se dirigía directamente a mi entrepierna, me alarmé. Intuitivamente sabía que si llegaba a ese punto no habría vuelta atrás.
Pero no lo hizo, me volteó, me despojó del camisón y pasó sus dedos con movimientos circulares por mis pezones, volví a gemir, no podía evitarlo. Se acercó lentamente y posó sus labios en uno de ellos, con una caricia delicada, sacó la lengua y me lamió suavemente, me estremecí. Hizo lo mismo con el otro pezón y no pude evitar encorvarme hacia adelante, como ofreciéndoselos. Pareció ser suficiente para él, no pudo aguantar más e introdujo todo mi pezón en su boca y empezó a chuparlo.
—¡Ohhhh, Santo cielo! —grité y me aferré a sus hombros.
Escuché su risa satisfecha.
Enseguida hizo a un lado el edredón y se separó de mí. Noté el aire frío en mi cuerpo, pero enseguida volví a encenderme cuando lo sentí besar mis pies, mis rodillas, mis muslos, fue subiendo lentamente. No entendía… ¿qué hacía por allí abajo? Fue dejando a su paso un reguero de pequeños besos húmedos que electrizaban mi sensible y ruborizada piel. El aliento de su boca pasó sobre mi entrepierna, sin tocarla, llegó a mi estómago y fue subiendo hasta volver a posarse en uno de mis senos, lamiéndolo, chupándolo, mientras acariciaba el otro en pequeños círculos con los dedos.
Yo gemía y me movía debajo de él, acariciando su espalda y sus nalgas, ni siquiera me daba cuenta que lo hacía.
—No hay ninguna prisa —murmuró en respuesta a mi entusiasmo— deseo que su primera vez sea inolvidablemente placentera, mi señora.
Un estremecimiento recorrió mi cuerpo ante esa declaración. No me cabía ninguna duda de que Alec me daría una experiencia imborrable.
Siguió subiendo y besó mi cuello, le dio pequeños mordiscos a mi oreja y por fin me besó lentamente en la boca, explorándome, saboreándome, atormentándome con delicados asaltos a mis sentidos. Besó mi labio superior, las comisuras de mi boca y finalmente atrapó el labio inferior entre los suyos y lo succionó con dulzura. Me sentí mareada y abrumada ante tantas sensaciones. Me puso de costado, entrelazando nuestras piernas y presionando lo duro que tenía entre ellas contra la mía.
—Oh, mi señor —susurré.
—¿Me sientes, Altamira? ¿Sientes lo que me haces? —me tuteó por primera vez.
—Sííí y es maravilloso —dije con la verdad.
Él bajó su mano por mi estómago, mi cintura, mis caderas y mis muslos. Levantó una de mis piernas hasta su cintura, para que su miembro tuviera acceso a mi palpitante centro y generara un roce constante entre nosotros.
—¿Te gusta? —preguntó.
No podía hablar, solo podía gemir. Él rio.
Metió su mano entre ambos y bajó hasta mis labios inferiores, acariciándolos con los dedos de arriba para abajo, fue algo instintivo… me abrí inmediatamente, sin pudor alguno.
Me habían dicho que tenía que quedarme quieta y dejarlo hacer, pero luego me arrepentiría de mi osadía, ahora se sentía demasiado bien.
—Cielo, estás tan mojada —¡me llamó cielo!
—Lo si-siento —quise cerrar mis piernas, avergonzada de esa humedad.
—Es normal, tu cuerpo se prepara para aceptarme, se prepara para mi… se moja porque estás excitada —me tranquilicé con esa explicación—. Quiero saborearte —anunció.
¿Saborearme? No lo entendí, hasta que se incorporó y fue bajando por mi estómago, dejando a su paso un camino de besos húmedos, hasta llegar a la suavidad de mis rizos.
—Ábrete para mí, amor…
Me llamó amor… ¡cómo no obedecerlo? Abrí mis piernas. Sentirlo entre mis muslos bastó para hacerme temblar.
Sus dedos separaron mis labios inferiores y comenzó a acariciar la carne íntima de mi sexo. ¿Eso era normal? Ni me importó, lancé un grito sofocado y me convulsioné mientras él seguía tocándome. Ya estaba húmeda de deseo cuando él introdujo un dedo dentro de mí, que resbaló fácilmente entre mis fluidos, por mis lisos pliegues, mientras me rodeaba con el pulgar, formando un ocho.
—Este es tu clítoris, tu centro del placer —anunció, mientras el susodicho se hinchaba y florecía ante sus caricias, arqueé la espalda, e incliné las caderas hacia delante.
Necesitaba más, ni siquiera sabía qué hasta que él lo hizo, su boca se posicionó en mi centro, lamiéndolo, pellizcándolo y reconociendo su forma, su sabor y su olor.
Cerré mis ojos y me entregué… me dejé llevar.
—Ohhh, sí —un suspiro de placer exquisito recorrió todo mi cuerpo hasta llegar a mi garganta y finalmente salir por mi boca.
Sentí un cúmulo de sensaciones agolparse las unas contra las otras, enredándose más y más hasta que perdí la conciencia y el control. El placer al que él me estaba llevando era profundo y me perdí en él, más de lo que ya lo había hecho.
Él levantó ligeramente la cabeza, manteniendo el dedo inquieto dentro de mí diciendo:
—Estás lista…
Me acomodó mejor entre las sábanas, apoyándome en la almohada. Luego inclinó la cabeza y aspiré bruscamente mientras que él tomaba de nuevo un pezón en su boca, chupando con suavidad. La voluptuosa y húmeda presión originó en mí una oleada de calor que se precipitó en mi centro femenino.
Cuando cambió de postura para cubrir mi cuerpo instalándose entre mis muslos, Alec levantó la cabeza para mirarme. No se veía casi nada, pero pude sentir que en sus ojos resplandecía una ardorosa neblina de deseo. Porque era lo que sentía en los míos, lo deseaba con una intensidad que me asustaba.
No sentí temor cuando, con su duro miembro, Alec buscó el húmedo refugio que tenía entre mis piernas y tanteó mi entrada. Luego lenta, muy lentamente, inició su cuidadosa penetración.
—No tengas miedo, amor… estás muy preparada.
—No lo tengo. Te deseo dentro de mí.
Los poderosos muslos de Alec mantenían separados los míos a medida que se introducía más a fondo, presionando de manera inexorable en mi interior mientras abría voluntariamente mi cuerpo, aceptando su henchida virilidad.
Cuando Alec encontró la fina barrera, pudo sortearla fácilmente y enseguida estuvo del todo sumergido en mí. Me sentí abrumadoramente llena de él, aunque no podía calificar aquella sensación de dolorosa, mi respiración se había vuelto jadeante y estaba segura de que él podía sentir mi corazón latiendo contra su pecho.
—¿Estás bien, Altamira?
En su voz intensamente ronca latía una nota de preocupación.
—Sí, maravillosamente bien… Alec —susurré tranquilizadora.
Habernos unido del modo más íntimo posible era apropiado, incluso perfecto. Cuidadoso y tierno, él yacía completamente inmóvil aguardando a que me fuera acostumbrando a su invasión; y al cabo de un rato, advertí que la tensión que notaba en mi interior se estaba haciendo más urgente.
Cuando comencé a relajarme, él se retiró y luego se deslizó lentamente en mí haciéndome temblar para después volver a salir. Repitió varias veces su sensual acción, acariciándome con cada tierna inmersión y retirada, avanzando despacio y apartándose de modo rítmico, incitando mi respuesta, hasta que, de manera instintiva, levanté las caderas tratando de seguirle el paso en una danza de dulce abandono.
Mis jadeos se convirtieron en gemidos cuando Alec avivó el fuego en mi interior. Su propia respiración era violenta mientras se movía dentro de mí, aunque procuraba suavizar la poderosa arremetida de su carne, atento solamente a aumentar mi placer.
Estaba a punto de sollozar ante esa dulzura. Casi desesperada, me tensé y retorcí debajo de él mientras las sensaciones se convertían en una explosión. Cuando todo culminó en un estallido que me sorprendió, mi propia pasión se convirtió en un delirio de dicha y me arqueé contra él gritando aturdida.
Alec capturó con su boca nuestros salvajes gemidos sin dejar de mantener el mismo ritmo, prolongando experto mi éxtasis mientras me retorcía oleada tras oleada. Solo entonces cedió él mismo al clímax que me había arrastrado. Con un violento gemido hundió su rostro en la curva de mi cuello mientras su cuerpo se retorcía y estremecía y por fin se quedaba inmóvil.
Con su desigual respiración apaciguándose, permanecimos abrazados, débiles y agotados tras el placer.
Alec fue el primero en recuperarse. Levantó la cabeza, besó mi sonrojado rostro con lentas y tranquilizadoras caricias de sus labios y dijo en un susurro ronco:
—Ahora eres mía.
El día amaneció con otro colorido.
Me sentía mujer de pies a cabeza. ¿Así que eso era de lo que las mujeres se quejaban? Pero me encontraba confundida, porque para mí fue mucho más. Ellas hablaban de algo mecánico y que lo hacían por deber, yo lo haría todos los días… ¡con sumo placer!
Maisie enseguida se dio cuenta de que algo había cambiado.
Y lo corroboró cuando encontró la sábana de mi cama con la evidencia de mi desfloración.
—Todavía no llegó a su fecha de sangrado, mi señora —dijo preocupada y me miró, yo sonreí pícara—. Ohhh, entiendo —asintió sonriendo también.
Y todo estaba dicho.
Pero mi percepción cambió durante el día. Alec como siempre ni siquiera me miró, incluso cuando me senté a almorzar con él. Junto con sus amigos, por supuesto.
¿Acaso lo había soñado? Tuve ganas de llorar.
Y ocurrió algo que no había previsto.
Cuando iba hacia mis aposentos a la noche, Colum me interceptó en uno de los pasillos.
—Mi señora, buenas noches —saludó. Le devolví el saludo—. Tengo un presente de Alec para usted, por su cumpleaños —dijo entregándome una pequeña caja.
—Eh… gra-gracias —balbuceé sorprendida. Lo abrí, era un precioso collar de esmeraldas—. Pero… ¿por qué no me lo entregó él? —pregunté con los ojos anegados de lágrimas.
—Porque es un idiota —balbuceó.
—¿Cómo? —no entendí bien.
—Solo acepte las cosas como son, mi señora. Cuanto antes lo haga, más pronto logrará ser feliz.
Dio media vuelta y se fue.
Y esa noche Alec volvió a mi dormitorio, y al día siguiente… y al otro.
Entraba por la puerta que conectaba nuestras habitaciones y hacíamos el amor, cada vez en forma diferente. Todos los días me enseñaba algo nuevo, y por suerte estábamos a oscuras encerrados en mi cama con dosel, porque o sino vería el rubor que cubría mi rostro con cada nueva experiencia.
Durante dos meses volvió cada noche… hasta que por fin estando rodeada por sus brazos le anuncié:
—Alec, estoy embarazada.
Yo estaba feliz cuando me enteré, sin embargo él se quedó mudo y pensativo. Suspiró y me abrazó muy fuerte, besándome.
Y esa fue la última noche que acudió a mí hasta el día en que nació el heredero tan esperado, siete meses después…
—¡Es una niña! —gritó enojado mirando el pequeño bulto envuelto en una manta que reposaba a mi lado en la cama.
—Lo si-siento, mi señor —me disculpé avergonzada, queriendo llorar.
Dio media vuelta y se fue.
Fue Colum el que se acercó a la cama y observó a la bebé con ternura, e hizo algo inesperado… la levantó en brazos y besó su frente.
—Eres preciosa —anunció visiblemente emocionado—, no importa si tu padre no te quiere, yo soy idéntico a él, puedo hacer ese papel.
Maisie y yo nos miramos, sorprendidas.
El tiempo de soledad durante mi embarazo me hizo madurar. Ya no era la nena boba que llegó al castillo de Urquhart repleta de ilusiones, si bien me sentía sola y poco amada, ahora tenía a mi niña para ocupar mis días.
Como su padre ni la miraba, decidí llamarla Seelie, como mi madre.
Y ella fue el centro de mi existencia durante casi dos meses.
Hasta el día en que Alec decidió que debía continuar con la búsqueda de su heredero varón, y volvió a mi habitación.
Sabía que eso ocurriría en cualquier momento, pero esta vez estaba preparada, lo había planeado… no me movería, no lo tocaría, haría lo que todas las mujeres me contaron que hacían, me abriría de piernas y dejaría que hiciera su labor sin participar, ese sería mi castigo.
¡Patrañas! Lo intenté, juro que lo hice, pero él puso más empeño que yo y con cada caricia, cada beso, cada dulce palabra que pronunciaba en mis oídos me desarmaba, era como un castillo de naipes en sus manos, me desmoronaba con un pequeño toque.
Esta vez tardamos más tiempo, en cuatro meses volví a quedar embarazada, yo no quería decírselo para que la historia no volviera a repetirse, pero no hizo falta. Por lo visto se dio cuenta porque no volvió a mi dormitorio durante seis meses.
¿Era así como funcionaban las cosas?
Me encogí de hombros, ya nada me importaba, decidí aceptar mi realidad tal cual era, yo sería feliz con mis hijos. Además, tenía más cosas en las que pensar, estábamos en guerra y nuestros soldados tuvieron que ir a combatir, entre ellos Colum, que era el jefe del ejército de Urquhart.
Le había tomado cariño a mi cuñado, no era en absoluto el tipo de hombre recio y taciturno que pensé que era y que me dio miedo la primera vez que lo vi. Había descubierto su lado tierno al verlo con Seelie, que lo adoraba. Y era increíble, la niña no confundía a su padre y a su tío, ella sabía a quién quería y no perdía tiempo en demostrarlo. Se lanzaba en brazos de su tío y lo llenaba de babosos besos cuando él la visitaba, lo cual hacía con frecuencia cuando no estaba de viaje.
Y todo volvió a repetirse, Seelie tenía trece meses cuando nació Iona.
Su padre ni se tomó la molestia de verla, ese nombre se lo puso su tío con mi permiso, significaba paloma en gaélico, dijo que le quedaba bien, porque era tan blanca como una.
—Es hermosa, se parece a ti —anunció mi cuñado con Iona en brazos.
—¿Crees que yo soy hermosa? —pregunté sorprendida.
—No puedes no saberlo, tienes espejos —sonrió con ternura.
Maisie y yo nos miramos, ya no nos sorprendía las reacciones de Colum, habíamos llegado a aceptar que no era el ogro que creíamos en un principio.
Pero la afirmación que hizo luego me descolocó:
—Espero que tengas todas hijas mujeres —anunció.
—¿Por qué? —pregunté anonadada.
—Así yo seré como el padre de todas.
—Colum… —él mismo me había autorizado a tutearle— ¿no piensas casarte y tener tus propios hijos? Ya tienes 27 años.
—No —fue categórico—, nunca me casaré.
Besó a Iona en la frente, la arropó en la cuna y se fue.
Habían pasado ya cinco años desde el día en que llegué al castillo de Urquhart. De cierto modo era feliz, tenía tres hijas que ocupaban todo mi tiempo: Seelie, Iona e Isobel, que había nacido seis meses antes… pero ningún heredero, a pesar de ello mi esposo ya no podía devolverme a mis padres.
Una cómoda rutina se había instaurado en mi vida, acepté el hecho de que tenía un marido de día y otro de noche, y que ese marido nocturno desaparecía cada vez que yo quedaba embarazada.
A veces incluso no aparecía en mi lecho durante semanas o meses, sin explicación alguna, aun cuando estábamos intentando concebir al heredero. Pero ya no me hacía cuestionamientos, ni me importaba. Lo amaba tal cuál era, amaba profundamente al marido nocturno, no al de todos los días, ese era odioso.
Una fuerte contienda se estaba librando con un clan vecino y el castillo estaba inusualmente vacío, como siempre cuando los guerreros se encontraban ausentes. A menudo rezaba por Colum y su suerte, le había tomado cariño y no deseaba que le ocurriera nada.
Pero mis ruegos no tuvieron eco, porque justo esa semana Colum fue traído ensangrentado al castillo. Tenía una profunda herida de arma blanca en la espalda a la altura de la cintura, probablemente con una espada.
Normalmente eran las criadas las que atendían a los heridos, pero esta ocasión era especial… mi cuñado estaba entre la vida y la muerte.
—Llévenlo a la habitación al lado de la mía y llamen al doctor —ordené— ¡Rápido!
De ese modo lo tendría más cerca para atenderlo. Esos aposentos tenían la misma conexión que la que había con la de Alec.
Los guerreros acostaron a Colum boca abajo y le despojaron de casi toda la ropa, dejándolo solo con el kilt y las medias, luego me enteré que no lo desnudaron porque estaba yo presente, y la tradición de origen militar manda no llevar nada debajo de la falda.
Aflojé la pretina del kilt para poder limpiar bien sus heridas, en ese momento llegó el médico, procedió a verificar lo que había hecho, desinfectó la herida con whisky, en ese instante Colum despertó de su inconsciencia y gritó, luego volvió a desmayarse. Menos mal, porque procedió a coserle.
Fui a buscar más agua caliente y cuando volví pude constatar que el kilt fue removido junto con las medias, y Colum se encontraba desnudo boca abajo cubierto con mantas hasta la altura de las caderas.
El médico dijo que ya no había nada que él pudiera hacer, que ahora estaba todo en manos de Dios y del propio enfermo, que si tenía fiebre se la bajáramos con paños de agua fresca, que le diéramos láudano si tenía dolor y que se moviera lo menos posible.
Al día siguiente amaneció con fiebre.
—Traigan nieve —ordené, y procedí a enfriar el agua para poder bajársela.
¡Al infierno con el pudor! Me dije a mí misma, y junto con Maisie lavamos todo su cuerpo. Mientras pasaba el paño por su espalda me fijé en las cicatrices de batalla que tenía y pensé:
Igual que las de Alec, las sentía siempre al acariciar su espalda. Y fruncí el ceño… ¿cuándo había ido mi marido a una batalla?
Me encogí de hombros, no era algo que me importara en ese momento, no cuando escuché gemir a Colum, diciendo:
—Altamira… Altamira —hablaba muy bajito, en susurros.
—Creo que la está llamando, mi señora —dijo mi doncella asombrada.
—¿A mí? —acerqué mi oído a su cara— No puede ser…
Pero así era, escuché claro cuando volvió a llamarme.
Asombroso.
—¿Cómo está mi hermano? —preguntó Alec entrando a la habitación esa noche seguido de su fiel amigo Cameron, a quien sinceramente no soportaba, se comportaba conmigo como si yo fuera una rival a quién tenía que derribar.
—Está mejor, ya le bajó la fiebre —anuncié pasando el paño por su frente, lo habíamos movido de costado, para que estuviera más cómodo.
—Menos mal, no sé qué haría sin él —dijo sorprendiéndome, era la primera vez que emitía una opinión personal frente a mí con las luces encendidas—. Gracias por cuidarlo, mi señora —me tomó la mano y posó sus labios en ella—, por favor avíseme cuando despierte.
Esperé sentir la misma corriente eléctrica de siempre con el roce de su piel y la mía, pero no ocurrió, eso me sorprendió.
Vi que el idiota de Cameron puso los ojos en blanco.
No creía poder entender nunca a esos dos hermanos y a su séquito, y ya ni me preocupaba en tratar de hacerlo, hacía años decidí seguir el consejo de Colum: “Aceptar las cosas como son”.
Mi querido cuñado despertó recién al día siguiente, era casi medianoche cuando escuché unos gemidos. Yo estaba en camisón y bata, me quedé dormida acurrucada en un sofá al costado, el libro que estaba leyendo yacía en el piso.
—¡Colum, despertaste! —me acerqué para tocarle la frente.
Su temperatura estaba bien.
—Al-ta-mi-ra —susurró.
—Aquí estoy —me senté a su lado—, no te dejaré solo —y le tomé la mano. Y en ese momento como por arte de magia, lo sentí… esa corriente tan característica que entraba por mi piel y recorría cada central nerviosa de mi cuerpo provocándome escalofríos.
Debo estar loca, pensé.
—Tienes una herida a un costado de la espalda, no debes moverte mucho. ¿Cómo te sientes? —pregunté.
—Como si me hubiera pasado por encima una tropilla de caballos —trató de moverse y se quejó—. ¿Dónde estoy? ¿Y Alec?
—Estás en la habitación contigua a la mía, preferí que te trajeran aquí para poder cuidarte. Y Alec me pidió que le avisara si despertabas, ahora voy por él —me levanté, pero Colum no me soltó la mano.
Sonrió y lo hizo muy despacio, le devolví la sonrisa pensando que quizás era su forma de agradecerme.
Crucé mi habitación y fui hacia la puerta de los aposentos de mi marido, la cual jamás había abierto antes. ¿Qué hago? Decidí tocar, lo hice tres veces. Nadie respondió. ¡Al diablo el protocolo! Giré la manija y entré.
Nunca estuve ahí y me sorprendí de lo grande que era, debía tener tres veces el espacio de mi habitación, había una sala de estar enorme, una mesa de comedor para ocho personas y dos puertas más, una debía ser su dormitorio. Me acerqué despacio, porque oí ruidos, la puerta estaba entornada, así que la empujé suavemente y se abrió.
No entendí lo que vi, abrí y cerré mis ojos varias veces pensando que quizás fuera un sueño, pero no lo era, me giré y apoyé mi espalda en la pared al costado de la puerta. Suspiré asustada, llevé mi mano a la boca, tapándomela, por miedo a que algún sonido saliera de ella. No quería que me viera ni oyera, no quería que supiera que lo había visto.
Ordené a mis pies que se movieran, pero era tal mi conmoción que mi cerebro no lograba procesar la información, y mi cuerpo se negaba a cooperar. ¡Ohhh, Dios mío, Dios mío!
Cuando al fin pude moverme, corrí hacia mi habitación, cerré la puerta de comunicación y me quedé apoyada en ella en estado catatónico.
Yo había leído algo en algún lado, sabía que eso existía, alguien comentó alguna vez, intentaba recordar… ¡la Biblia! Eso era… me acerqué al escritorio y busqué el pasaje que recordaba:
«Si alguien se acuesta con un hombre como si se acostara con una mujer, se condenará a muerte a los dos, y serán responsables de su propia muerte, pues cometieron un acto infame»
Y también estaba la historia de Sodoma y Gomorra.
Rememoré haber leído eso y preguntarme… ¿cómo un hombre yace con otro hombre? Y mi cerebro no procesó esa información. Y ahora había visto con mis propios ojos cómo ocurría… ¡por Dios Santo! Mi marido era un sodomita. Y su… su… ¿pareja? era el idiota de Cameron, ese hombre estaba apoyado en cuatro patas sobre la cama y mi marido lo penetraba por detrás, tal cual lo hacía conmigo por delante.
¿Puede ser eso más asqueroso? Mis ojos se llenaron de lágrimas.
La Biblia se deslizó de mis manos y cayó al suelo, mis piernas apenas me sostenían, me dejé caer en la cama y lloré desconsolada.
Cuando ya no tenía lágrimas para derramar, recordé otra cosa…
La imagen estaba allí, en mi memoria. Mi esposo de espaldas, desnudo, con su piel perfecta y sin rastro alguno de cicatrices de batalla.
¿Cómo podía ser eso? Si yo siempre que lo tocaba sentía las cicatrices…
¡Oh Dios bendito! Por fin lo entendí todo.
Las semanas siguientes fueron un infierno para mí.
Tenía que atender a mi cuñado fingiendo no saber que él era el padre verdadero de mis hijas y quien actuaba como mi marido todas las noches e interactuar con mi verdadero marido que jamás me había tocado, y pretender no haber visto el pecado que cometía con su… su pseudo amante y sus amigos, porque lo escuchaba casi todas las noches. Ahora que estaba al tanto de la realidad, los susurros y risas que venían de sus aposentos tenían otro significado.
Mi vida era un engaño, me sentía estafada, un fraude.
Colum estaba mejorando día a día, y al parecer le gustó su nueva habitación porque no dio señales de querer volver a sus aposentos en la otra ala del castillo, que según me contaron eran mucho más amplios.
Temía la llegada de la noche, porque sabía que en algún momento mi… ¡Oh, Dios Santo! ¿Cómo definirlo? Él me buscaría, el extraño dúo todavía no tenía el heredero que buscaban, y yo era el camino para cumplir sus deseos. ¡Cuán retorcido era todo!
Y eso ocurrió una noche de verano, cinco semanas después de que Colum cayera herido. Ahora entendía también las largas ausencias sin motivo de mi marido, no era porque no me deseara, sino porque mi cuñado estaba de viaje en alguno de sus combates.
Esa noche estaba casi dormida, cuando sentí su aliento caliente en mi nuca y su mano recorrer mi pierna desde la rodilla y colarse debajo de mi camisón acariciando suavemente mis caderas y mi cintura.
¿Cómo decirle que pare si era una sensación tan maravillosa?
Suspiré con fuerza y tomé coraje:
—¡Déjame, por favor! —y me volteé, apoyando mis manos en su torso.
—¿Qué dices, mi amor? —preguntó desorientado.
Y olvidé todo lo que había programado, sus manos en mi cuerpo hacían que mi cerebro no funcionara, dije lo primero que se me ocurrió:
—Lo sé todo… ¡déjame! ¡No me toques!
—No sé qué es lo que crees saber, pero no dejaré de tocarte… —subió encima de mi cuerpo y me inmovilizó— nunca. ¿Lo entiendes?
—Colum… por favor —dije lloriqueando.
—¡Oh, por Dios! —me abrazó muy fuerte y nos ubicó de costado, apoyando mi rostro en su pecho— ¿Cómo lo supiste? ¿Cuándo?
Y mis manos, que se aferraban a sus brazos se deslizaron por su pecho y fueron hasta su espalda.
—Te cuidé mientras estabas herido, vi estas marcas en tu espalda —acaricié con los dedos sus finas cicatrices—. Alec no las tiene. En ese momento lo entendí todo.
—¿Cómo sabes que Alec no las tiene? —preguntó molesto.
¿Acaso estaba celoso? ¿De su hermano que tenía más derecho que él de tocarme? Mejor sería responder a su pregunta y no ir por las ramas.
—Vi tus cicatrices cuando te bañaba para bajar la fiebre, y cuando te recuperaste fui a buscar a Alec para contarle, y lo encontré de espalda, sin camisa —suspiré por todo lo que en realidad había visto—, sumé dos más dos.
Lo empujé suavemente, me levanté y fui hasta la ventana. Abrí las cortinas y vi la luna llena en el cielo, la habitación se colmó de su luz. Al instante lo sentí detrás de mí abrazándome.
Volteé y apoyando mis manos en su pecho, lo miré. Era la primera vez que lo veía claramente y sus ojos mirándome con infinito amor reafirmaban lo que tantas veces me había dicho en nuestros encuentros a oscuras.
«Te amo, Altamira, te amo mucho»
Y empecé a lagrimear, sin querer.
—Esto no puede ser, Colum… tú no eres mi esposo.
Él empezó a reír.
—¿Bromeas, no? —negué con la cabeza— No tienes otro esposo. Solo yo te he tocado, solo conmigo has hecho el amor, tus hijas son mías, tú eres mía y yo soy tuyo. He renunciado a una vida propia por ti, mi amor. Y en estos cuatro años juntos jamás me he arrepentido y jamás lo haré. Ustedes son mi vida entera.
—Pero… ¿no te das cuenta? Soy esposa de Alec, mis hijas y yo llevamos su nombre, para el resto del mundo él es mi esposo y padre de mis hijas.
—El resto del mundo se puede ir a la mierda, Altamira —dijo enojado—. Lo importante es lo que yo sé, y mi hermano lo sabe. Él me lo pidió y yo accedí porque una pequeña niña de catorce años me robó el corazón desde el primer día en que la vi, eras tú, tan rubia y preciosa con esos hermosos ojos verdes que me hechizaron. Y luego el Rey te prometió a Alec… mi mundo entero se desmoronó. Y lamento decírtelo, pero él nunca te querrá, no tiene esa capacidad.
—Lo sé… —susurré.
—¿Qué más sabes?
—Todo —apoyé mi cabeza en su pecho y sollocé—, lo vi todo el día que te recuperaste cuando fui a buscarlo. Vi a Alec montando a Cameron como si fueran animales.
Me abrazó muy fuerte.
—Mi pequeña —besó mi frente con ternura—, tú no deberías haber visto eso.
—Mejor que lo haya hecho, no soy una niña —lo miré—. La verdad es que en ese momento me sentí estafada por ustedes, engañada en todos los aspectos, un títere en sus manos. Y luego tuve tiempo de pensarlo, de analizar tus acciones.
—Altamira, yo…
—No me interrumpas, lo sé… creo en tu amor —acaricié su rostro—, lo has demostrado a cada paso, me has amado, me has protegido, tus hijas te adoran, has sido un padre y marido ejemplar dentro de tus posibilidades. Y yo te amo por eso…
—Yo te amo —afirmó contundente.
—Lo sé —subí mis brazos a sus hombros y él me levantó del piso—. Pero Colum…
—No hay peros… —me bajó al costado de la cama— levanta los brazos —lo hice, me sacó el camisón de un tirón. Él ya estaba gloriosamente desnudo.
Nunca nos habíamos visto así, siempre fue a oscuras, era como empezar de nuevo, tapé mis senos con las manos. Él me lo impidió.
—Nunca sientas vergüenza de mí, amor… —se arrodilló enfrente y besó mi estómago— sabes lo verdadero de mis sentimientos —fue subiendo, dejando un reguero de besos hasta llegar a mis senos y colmarlos de atenciones—. Y no te hagas muchos cuestionamientos… ¿hacemos el heredero para Alec, mi señora? —preguntó riendo, con gracia contagiosa.
No pude evitar sonreír también.
Los años pasaron y lo que yo creí que sería incómodo se volvió una realidad normal. Colum nunca más se mudó de habitación, y ya no necesitaba entrar a la mía por los aposentos de Alec, la realidad era que nuestras puertas nunca estaban cerradas y jamás volvimos a dormir solos de nuevo.
Nadie hablaba de nuestra situación en el castillo, pero estábamos convencidos que todos sabían nuestra realidad y la de Alec, y nos apoyaban con su silencio.
Llevaba diez años en el castillo Urquhart, que ya consideraba mi hogar, con cinco niñas preciosas que Colum adoraba –y ningún heredero–, cuando nos enteramos de una noticia espantosa:
Alec estaba enfermo.
Su vida disipada y llena de juergas tuvieron sus consecuencias, se había contagiado de sífilis.
Inmediatamente Colum empezó a hacerse cargo de las responsabilidades de Alec, asumiendo totalmente sus funciones. Antes de que llegara a la etapa terciaria de la enfermedad, que incluía la demencia; le hizo prometer a Colum frente a mí que tomaría su lugar.
—Colum tendrá que morir conmigo, hermano —susurró con dificultad debido a las llagas que tenía por todo el cuerpo, incluyendo la boca—. Así tu esposa y tus niñas serán verdaderamente tuyas, como debe ser. Tú deberías haber nacido antes que yo.
Esas palabras fueron algo proféticas, porque cuando Alec murió ocho meses después, se enterró su cuerpo junto con el nombre de Colum… «Un gran guerrero y hermano»
Todos realmente sabían a quién se enterró ese día, pero nadie dijo nada, porque el tiempo se encargó de poner las cosas en orden, y el destino lo aprobó, pues si yo le hubiera dado un heredero a Alec antes de su muerte, el pequeño hubiera sido el Lord del castillo. Sin embargo, el heredero llegó después y Colum ya había tomado su lugar.
Él era el Lord, como debía haber sido.
En realidad llegaron dos de una sola vez, gemelos idénticos como su padre, pero con doce minutos de diferencia. ¿La historia volvería a repetirse? No sabíamos, nos preocupaba más el presente que el futuro, porque ya teníamos –además de las cinco niñas– tres hermosos y bulliciosos varones cuando cerramos la producción.
Hasta hoy día, cuando estoy rodeada de mis nietos, me hacen contarle la historia de la «Señora de Urquhart y los gemelos» como si fuera la realidad de alguna tatarabuela del castillo, porque con el correr de los años se convirtió en una leyenda urbana.
Ya nadie sabía si fue realidad o fantasía.