adán y eva en el paraíso (spanish)
“Adán y Eva”. Todo el año seguí esa maldita serie de la televisión española solo por morbo. Era estimulante ver la osadía con la que esos hombres y mujeres se presentaban sin ropa ante el mundo entero, sin complejos e inhibiciones, solo con una premisa: “Encontrar el amor, desnudo, sin prejuicios, sin artificios, sin nada que esconder… y sin ropa, el amor verdadero”.
Al ver el primer capítulo ya me dije: «tienes que intentar participar», y acomodando mis gafas, miré al pelotudo que tenía a mi lado en la cama desde hacía ocho meses. «Hay que ser idiota para salir en ese programa», dijo como si hubiera leído mis pensamientos. Fruncí el ceño y pensé en echarlo de mi casa. No lo hice.
La siguiente semana y el segundo capítulo, estaba suspirando como una boba cuando el susodicho entró a mi habitación y replicó: «¿Otra vez viendo esa estupidez?». Mmmm, lo miré con mala cara y pensé en echarlo por enésima vez. Tampoco lo hice.
La tercera semana vi el programa sola. El pelotudo se interponía entre el paraíso y yo, así que exactamente el día que cumplimos nueve meses juntos… lo eché de mi casa. Prefería la isla de Mljet en Croacia, antes que ver su cara de idiota un día más.
Y lo conseguí, averigüé dónde hacían las pruebas y luego de arduas semanas de castings, pasando de un nivel a otro y mostrándole “mis partes privadas” a cuanto idiota se ponía delante y me ordenaba: «desnúdate», logré llegar al último escalón para ser aceptada. Me despidieron con un «te llamaremos» que tuve atragantado durante quince días antes de recibir la bendita confirmación: «Estás dentro, prepárate, viajaremos en un mes».
¡¡¡Aaaaaleluya!!! Lo había logrado.
Desde que me comunicaron mi participación hasta que me subí al avión me arrepentí dos docenas de veces y otras veinticinco ratifiqué mi decisión. Mis padres, mis amigos, mis parientes en general creyeron que no lo haría. Celeste, mi mejor amiga, incluso aseguró riendo a carcajadas: «No subirás a ese avión, no tienes las agallas necesarias». ¡Oh, por Dios! Sus reacciones y una frase que leí en internet: “Si no haces nada estúpido mientras eres joven, no tendrás nada de qué reír cuando seas viejo” me motivaron a hacerlo. Me consideraban poco audaz y valiente, sin coraje alguno. ¡Cómo no! Yo misma me veía y sentía así, aburrida y predecible… pero le demostraría a ellos y al mundo entero otra realidad.
Tenía veintiocho años y necesitaba un cambio, con urgencia. Lo primero que hice fue ir al oftalmólogo y comprarme lentes de contacto. ¡No podía ir al paraíso con gafas! Aparte de eso, disponía de treinta días para prepararme. Lo admito, mi cuerpo es… agradable. Soy más alta que el promedio, delgada y bien formada, tengo buenos genes y todo en su lugar… todavía. Pero un poco de firmeza adicional no me vendría mal. Con esa premisa recordé que hacía meses pagaba la membresía de un gimnasio a dos cuadras de mi casa, sin embargo no lo frecuentaba más que una vez a la semana, a lo sumo dos.
Aproveché la oportunidad de sacarle jugo y de paso, dos cosas: UNO, endurecer un poquito más mi retaguardia y quemar algunos kilitos de más alojados en mi estómago. Y DOS, deleitarme visualmente con su dueño, un adonis puro-músculos de casi dos metros que se paseaba en calzas y camisilla, nos saludaba y nos daba indicaciones constantes, pero jamás sociabilizaba con nadie. Mis compañeras de ejercicio llegaron a la conclusión de que Míster Músculos –como lo llamaban– debía ser gay, según ellas no existía otra explicación para que no le hiciera caso a ninguna, ¡si ni siquiera llevaba anillo de compromiso puesto!
Además del gimnasio pasé por una peluquería-spa a una cuadra de mi casa unos días antes para hacerme todo tipo de tratamientos, desde masajes y exfoliación de la piel hasta depilación completa, incluyendo un bronceado perfecto sin marcas. Era necesario. En mis vacaciones soñadas –era así como consideraba este viaje– no tendría ropa alguna para ocultar nada.
Pero no fue la isla de Mljet nuestro destino, una nueva temporada de la serie requería otro escenario. Me llevaron a la isla de Tapiutan, una de las más de siete mil islas en Filipinas donde solo hay kilómetros de playas vírgenes inexploradas, donde no existe nada más alrededor que exuberante naturaleza, aguas cristalinas y fina arena de color dorado. Un paraíso, sin duda alguna.
Antes de visitar el destino final, estuvimos grabando las entrevistas previas en un precioso hotel en Manila, la capital de ese país insular situado en el sudeste Asiático, sobre el océano Pacífico. Al igual que en el casting, mentí, lo admito. Dije que venía en búsqueda del amor verdadero, se suponía que eso era lo que los televidentes querían escuchar.
Pero yo realmente pensaba que si no había logrado toparme con él durante diez años de vida social sin presiones… ¿cómo iba a encontrarlo en un dating show donde todas las luces estaban sobre nosotros y el hombre me sería impuesto por un estudio de probabilidades y supuestas compatibilidades de carácter?
Era ridículo, pero ese pensamiento no lo expuse.
Lo que yo realmente quería era liberar mi espíritu, hacer algo fuera de lo común, tener una experiencia única, vivir la vida sin reglas por… aunque sea una vez en mi maldita fucking life.
Después de un día entero con las cámaras siguiéndome y el director dándome indicaciones ya me sentía más cómoda y desinhibida cuando estaban encima de mí. Todavía nos encontrábamos en el hotel realizando la previa, que era cuando la presentadora me hacía preguntas para que el público conociera sobre mi vida y mis motivaciones, todo esto todavía… con ropas. Como no era un reality en vivo y en directo, repetíamos las tomas infinidad de veces para que salieran perfectas.
Ustedes también –como la teleaudiencia– merecen saber algo de mí antes de empezar, ¿no? Soy artista, y gracias a la herencia de mi abuela –una antigua casona en un viejo barrio de la ciudad de Sevilla que en la actualidad se volvió comercial–, pude realizar mi sueño de abrir un atelier de arte, un espacio creativo donde todo aquel que desee expresarse puede hacerlo, en varias ramas… pintura y dibujo –que era la que yo enseñaba–, literatura, poesía, expresión corporal y actuación, que tenían otros profesores asociados a mi proyecto. Trabajaba y vivía en el mismo lugar, la casa tenía una hermosa buhardilla en el tercer nivel, que había convertido en mi paraíso privado tipo loft, todo integrado.
Parecía muy satisfactorio, ¿no? Pero la verdad era que mi vida se limitaba a un espacio de dos manzanas. No más. Todo lo que necesitaba lo tenía cerca: alimentos y bebidas… en diagonal a mi casa. Lavandería… a la vuelta. Peluquería… a una cuadra. Gimnasio… a dos cuadras. Mis padres… en la misma manzana, detrás de mi casa, nuestros patios se comunicaban con una puerta. ¿No les suena mortalmente tedioso? A mí sí. ¿Comprenden ahora mi desesperación?
Luego de dar “algunas” de estas explicaciones frente a la cámara –obvié la puerta que comunicaba a la casa de mis padres– y otras inventadas para no parecer tan aburrida, al día siguiente muy temprano nos embarcamos hacia la isla de Tapiutan.
Me dejaron a la deriva frente a una playa desierta en una balsa hecha con troncos, con una cajita de madera donde debía depositar mi ropa antes de lanzarme al agua con una bolsa roja cerrada herméticamente en la que tenía algunas pocas pertenencias que elegí llevar conmigo, como un cepillo para el pelo, otro de dientes, pasta dental, jabón, el estuche de mis lentes de contacto y el líquido de limpieza –soy miope, sí–, cartulinas porosas cortadas del tamaño de una hoja, carbonilla, esponjitas difuminadoras y lápices de colores acuarelados.
Me desnudé sin pensar en que estaban filmándome y observé el fondo del agua. Era tan transparente que probablemente pudiera ver mi uña encarnada, si la tuviera. Vi a un hombre sumergido cerca con una cámara esperando a que yo me lanzara. Respiré hondo, que sea lo que el destino quiera, pensé… y me zambullí en el agua de cabeza, con gracia y soltura.
El espectáculo había comenzado.
Nadé hacia la izquierda de la costa, esas fueron las indicaciones. Se suponía que el pequeño espacio de playa –no más de cien metros– rodeado de rocas y vegetación abundante estaba lleno de cámaras fijas que nos filmarían las veinticuatro horas del día y también habría personas que estarían grabando nuestras conversaciones y actividades. Las veríamos, pero no teníamos que prestarles atención.
Yo no vi a nadie.
¡Oh, Dios! ¿Qué estaba haciendo allí? ¿Es que me había vuelto loca? Pensé al tocar con mis pies el fondo del mar cerca de la playa. Hacía mucho calor, pero yo estaba temblando. Apenas podía respirar, temía desmayarme si avanzaba un paso más. Cerré los ojos, suspiré y recordé mi propósito principal en este viaje: liberación.
Tú puedes, puedes hacerlo. Eres mucho más que la aburrida profesora de arte que todos conocen. Avanza, un paso a la vez. No podía negarme, a pesar de que mis piernas apenas me respondían. Me costó tomar la iniciativa, fue una decisión difícil… adrenalina químicamente pura. Un paso, luego otro… pensé que cuanto más tiempo estuviera en el agua, más sufriría.
¿Por qué negarlo? Sentí miedo. Mucho miedo… incluso terror, pues el instinto de temor a lo desconocido, seguía ahí, activo. ¿Haré el ridículo frente al mundo? ¿A quién encontraré? ¿Me gustará? Y sobre todo… ¿le gustaré yo a él? Pero tanto como temí antes de llegar, disfruté cuando pisé la arena. Fue como una apuesta, una inversión: tomé todo mi miedo y lo convertí en energía. Me liberé.
Dejé caer la bolsa roja en la arena y recordé lo que me habían dicho: “Tu Adán estará esperándote. Él caminará desde la otra punta de la playa, deben encontrarse en la mitad. Se presentan, y a partir de ahí… depende de ustedes. Háganlo interesante”. No sabía qué significaba exactamente eso, pero me gustaría que fuera así.
«Chicos, esperen», escuché desde unos altavoces. «Les avisaremos cuando deben avanzar». ¡Oh, Dios! Él estaba aquí, ¿dónde? Miré hacia la otra punta. Pero… ¿qué mierda podía ver sin mis lentes? ¡Já! Nada nítido, y no tenía tiempo para ponérmelos en ese momento. «Caminen», escuché por fin luego de unos minutos. Un hombre apareció a poca distancia con una cámara en su hombro. Mi primer instinto fue taparme. ¡Carajo, estaba desnuda! Pero luego recordé las indicaciones: “no mires al camarógrafo, haz de cuenta que no existe”. La voz en off dijo en ese momento: «Hablen, digan sus pensamientos, que la cámara los escuche».
—No tengo puestos mis lentes de contacto, no veo nada más que un bulto moviéndose a lo lejos —seguí avanzando—. Parece un hombre muy blanco y rubio. Definitivamente le falta un buen bronceado.
Esto pintaba mal, nunca me gustaron los rubios y menos los blancos “teta”. Recordaba haber marcado eso en el test inicial como “características físicas poco agradables”. ¿Es que les falló la computadora que procesaba la información?
—Hola, soy Antonio. Tú debes ser mi Eva —dijo al llegar hasta mí. No bajes la vista, no lo hagas, me dije a mí misma antes de responder a su saludo.
—En realidad sí, pero llámame María —respondí y nos dimos dos besos en las mejillas, lo usual.
¿Lo usual? ¡Estábamos desnudos, por todos los santos! Yo todavía no me había animado a bajar la vista, pero estaba segura que ese tío ya me había mirado con mucho detenimiento… todo. Seguro no necesitaba lentes de contacto.
—¿De dónde eres? —preguntó.
—De Sevilla, ¿y tú?
—Murcia, no estamos tan lejos… unas cinco horas en coche.
Sonreí. ¿Tan lejos como para qué? Para que cenes conmigo dos veces por semana y vayamos al cine los sábados creo que sería un puto inconveniente.
—No, no tanto —mentí—. ¿Te parece si inspeccionamos el lugar? —propuse.
Y el muy caradura me tomó de la mano. Fruncí el ceño y lo miré con mala cara. ¿Acaso creía que porque la producción lo decía yo ya era de su propiedad?
—¿Te molesta? —preguntó.
No quería crear polémica, no al empezar. Así que me encogí de hombros y me dejé guiar sin escuchar las solapadas quejas de mi cerebro al respecto. Suspiré, la situación no pintaba bien, trataría de que el tipo me gustara, lo haría. Pero conociéndome… sabía que el hombre había empezado con el pie izquierdo.
Llegamos a la cabaña, subimos la rampa y la inspeccionamos. Era un sitio rústico pero precioso, un ambiente amplio de madera y techado con paja, aunque completamente abierto, solo rodeado de un pequeño muro tipo baranda de no más de un metro de altura. Había almohadones en el piso, dos colchones con mosquiteros colgantes. ¿Dos colchones? Eso era raro, normalmente solo ponían uno, yo sabía que tenía que dormir con mi Adán. Un espacio para sentarse en una esquina… y nada más.
Lo hicimos, nos sentamos a conversar, pero mis pensamientos estaban sin duda en otro lado. ¿Vendría otra Eva? ¿Q quizás otro Adán? No era algo que estaba fuera de los planes, según vi en la temporada anterior generalmente complicaban las situaciones. Ojalá, así podría librarme de ese peso muerto que estaba a mi lado en ese momento. Este hombre no me interesaba en lo absoluto, para sumar en su contra acababa de mirar detenidamente su entrepierna y solo vi un pequeño ñoquis que no me servía para nada, yo necesitaba más… mucho más. ¿Qué si el tamaño importaba? Para mí definitivamente sí. Bueno, ya veríamos.
«Entrevistas por separado», escuché que el director anunciaba por el altavoz.
Querían saber mis primeras impresiones. Otra vez mentí.
—Antonio es agradable, tiene un gran sentido del humor. No esperaba un rubio, pero está bien, quizás pueda funcionar —me encogí de hombros.
No tenía idea de qué era lo que él había dicho de mí. Lo entrevistaron lejos.
Cuando más tarde volvieron a juntarnos me di cuenta que si antes me resultó soso, ahora descubrí que era un completo lunático admirador del belga Jean-Claude Van Damme, el actor, director y experto en karate. Mis ojos casi salieron de sus órbitas cuando empezó a hacerme una demostración… ¡en bolas! No podía cre-er-lo. Su mini-ñoquis se balanceaba de aquí para allá sin pudor alguno mientras levantaba la pierna y hacía pasos de karate. Ese tipo estaba loco, re loco.
¡Oh, por Dios! No tenía forma de huir de él.
—¿Qué tal si caminamos un poco? —sugerí desesperada porque dejara de abrir sus piernas… ¡a mí no me interesaba ver su culo abierto!
La producción era muy organizada, porque a unos metros de donde estábamos vi una manta con almohadones, una hielera, una botella de cava, dos copas y algunas frutas exóticas. ¡Guauuu! Qué romántico, sería perfecto si tuviera otra pareja. Bufé. Bueno, a disfrutarlo de todas formas.
Nos sentamos, instintivamente tomé un almohadón y lo abracé tapando mi entrepierna. No deseaba que mi puerta privada se viera abierta de par en par en las pantallas de televisión de toda España. Mis senos no me preocupaban, mi cabello se encargaba de mantenerlos semi cubiertos la mayoría del tiempo, los tenía muy largos.
—Por nosotros… —pronunció Antonio cuando me pasó la copa ya servida.
—¡Salud! —respondí bebiendo un sorbo. Estaba frío, burbujeante y delicioso.
Se suponía que teníamos que hablar, así que empezamos una extraña conversación sobre nuestros intereses hacia los animales, lo que derivó hacia su profesión… ¡era granjero!
—¿Te imaginas viviendo en una granja? —preguntó.
Me quedé cortada, mirándolo embobada. ¿Yo en el campo? Ni de coña. Estaba a punto de responderle, aunque más diplomáticamente cuando algo me hizo sombra. Antonio levantó la vista y sonrió mirando detrás de mí.
—Hola. ¿Interrumpo algo? —inquirió la recién llegada parándose frente a nosotros con las piernas semi abiertas, una mano en la cintura y otra enviando su cabello hacia atrás para que sus enormes senos siliconados quedaran a la vista.
Antonio se levantó de inmediato.
—No, no… por supuesto que no —respondió rápidamente.
¿No? ¿Y qué estábamos haciendo? ¿Nada?
—Eres bienvenida, soy María —dije intentando ser amable.
—Hola guapo —dijo la pelirroja ignorándome olímpicamente—. Soy Ana.
—Eh, yo… eh, soy Antonio —balbuceó el rubio como idiota—, pero puedes llamarme Tony. Vengo de Murcia, ¿y tú?
—Oh, pues de mucho más lejos… La Coruña. Pero soy muy nómada, no me importaría mudarme, no sería la primera vez —aseguró batiendo las pestañas—. Tengo entendido que están aquí desde la mañana, así que ahora es mi turno para conocer a mi Adán… —me miró por primera vez— ¿te importa, Marcela?
—María —dije bufando.
—Lo que sea —respondió estirándolo.
Y me quedé sola, pensando… ¿puede haber algo más maravilloso? ¡Tengo el paraíso para mí sola! Y corrí a buscar mi bolsa roja con los elementos para dibujar. Pero no di ni tres pasos, cuando un camarógrafo se acercó junto con la presentadora.
—Bueno, cuéntanos… ¿qué te pareció la nueva Eva?
—Ligeramente maleducada —dije la verdad—, se nota que vino dispuesta a cualquier cosa con tal de cazar un Adán. No me importa, él no es precisamente el prototipo que yo busco, así que tiene el camino libre.
—¿Te das por vencida tan pronto? —preguntó ella.
—No, simplemente me hago a un lado porque lo que yo busco no lo encontraré en este paraíso. De todas formas, disfrutaré de este entorno maravilloso. Una Eva puede ser feliz sin un Adán, te aseguro —respondí graciosamente.
Luego de la entrevista, volví a instalarme en la manta. Saqué mis elementos de dibujo y poniendo un almohadón debajo de mis piernas dobladas, me dispuse a plasmar en la cartulina la maravilla circundante. Como primer plano utilicé una de las copas caídas sobre la manta, un mango y una toronja, detrás se veían unas rocas, la playa de arena blanca y el mar calmo.
Estaba tan ensimismada en mi mundo de fantasía que apenas me di cuenta que más o menos media hora después tenía otra vez una sombra sobre mí.
Miré de reojo unos pies a mi costado. Eran de un hombre, pero estaban muy bronceados, no podía ser Antonio. Levanté la vista muy lentamente, y disfruté de la visión de unas perfectas piernas completamente depiladas, unos muslos de infarto y un instrumento en reposo digno de admiración sin ninguna mullida alfombra de pasto alrededor. ¡Oh, por favor! Eso sí era un buen miembro de la comunidad masculina. En acción debían ser como veinticinco centímetros de pura carne enrojecida y venosa. ¡Veinticinco maneras de llegar a mi alma y aniquilarla!
Tranquila, María, sigue, sigue mirando.
Como buena amante del arte disfruté de cada centímetro de piel que descubrí. Le seguía un perfecto estómago con un maravilloso six-pack que no tenía nada que envidiar a cualquier tabla de lavar. Sus brazos musculosos terminaban en unas hermosas manos que se apoyaban en las caderas.
Todo esto ocurrió en escasos tres segundos, aunque para mí fueron como cinco minutos de puro goce. Suspiré antes de mirarlo a la cara.
—Hola, Eva… soy tu Adán —escuché su voz ronca y profunda.
Juro que antes siquiera de mirarlo a los ojos, ya me mojé.
Vi que me tendió la mano, se la tomé y me levantó. Quedamos frente a frente, a medio metro uno del otro. Levanté mi vista y vi sus perfectos pectorales sin vellos, tuve que levantar más mi cara para poder mirarlo a los ojos. Yo no era baja, pero él… ¡era inmenso!
Casi me desmayo al reconocerlo, mis piernas temblaron como gelatina, y si él no hubiera tenido todavía mi mano asida a la suya, me hubiera desplomado sobre la arena.
¡¡¡Benditos María, Jesús y José!!! ¡Tenía frente a mí a Míster Músculos, mi vecino, el adonis dueño del gimnasio! Jamás nos habíamos dirigido la palabra estando a dos metros de distancia y ahora tenía que conquistarlo a miles de kilómetros de nuestro hogar. ¿Podía ser eso posible?
—Ho-hola A-adán —balbuceé. ¡Compórtate, idiota!—, bienvenido al paraíso —continué con la voz más firme.
—¿No me esperabas? —preguntó asombrado dándome dos besos en las mejillas.
—No, la verdad que no… ya somos tres, pensé que estábamos completos —señalé la manta—. Pero me alegro. ¿Quieres sentarte? Hay cava bien fría… y frutas.
Lo hicimos, él sirvió las copas y me pasó una de ellas sonriendo. Estaba frente a mí, con una rodilla sobre la manta y en la otra apoyaba su brazo, al parecer no le importaba que su… eh, llamémosle Don Perfecto –como Geral le llamaba al de Phil en “Santuario de Colores, una bilogía que leí hace poco y me encantó–, estuviera a la vista para mi deleite. Yo mandé el almohadón hacia atrás, también mi cabello, todo… no quería ningún estorbo entre nosotros. Me recosté en la manta apoyando mi cabeza en el codo, saqué pecho e intenté que fuera una pose sexy, no sabía si lo había logrado… ¡Oh, por favor, yo no era sexy en absoluto!
—¡Ah, sí… los veo! —dijo observando detrás de mí a lo lejos, enseguida perdió interés—. ¿De dónde eres, mi Eva? —preguntó.
¡No me reconoció!
—De Sevilla —respondí, esperando activar su memoria.
—¡Qué coincidencia, yo también. Nací en San Sebastián, me crie en Madrid pero me mudé a Sevilla a los veintidós años cuando terminé mi carrera. Ahora tengo treinta.
—Yo tengo veintiocho años y nací en Sevilla, me crie en Sevilla, vivo en Sevilla y probablemente allí moriré —intenté ser graciosa, aparentemente lo conseguí porque rio. ¡Bien por mí!— ¿Y a qué te dedicas?
—Tengo un gimnasio, soy instructor físico y nutricionista. ¿Tú?
—Profesora —le mostré el dibujo que había empezado—. Tengo una academia de arte llamada… —demasiado información, pensé—, abarcamos muchas áreas, no solo dibujo y pintura.
Alabó mi dibujo y luego seguimos conversando durante cerca de una hora. Traté de no darle más información sobre mi localización, sino centrarme en conocer su espíritu, sus gustos y que me conociera también de la misma forma. Después de cierto tiempo el estar desnuda frente a él pasó a no tener importancia alguna. Era raro, me sentía… cómoda. Ni siquiera me di cuenta del paso del tiempo, estábamos riendo y divirtiéndonos cuando Ana y Antonio llegaron hasta nosotros.
—¡Pero miren qué sorpresa nos trajo la marea! —dijo ella descarada—. Un six-pack puro músculo, justo lo que el médico me recomendó.
Antonio, que estaba sonriendo, se puso serio y la miró ceñudo.
—Soy Sergio —respondió pasándole la mano a ambos. ¡No le dio dos besos a ella, como a mí!—. Y créeme, no soy medicina para nadie.
—Yo no soy precisamente nadie, corazoncito —respondió Ana colgándose de su brazo—. Ahora es mi turno contigo —anunció caraduramente—. La idea es que nos conozcamos todos, ¿no? —y lo atrajo hacia ella. Vi que Sergio frunció el ceño.
—Se lleva todo por delante —suspiró Antonio refiriéndose a Ana—, es como un tsunami.
—Pero te gusta, ¿no? —Claro… ¡cómo no!
Se encogió de hombros. Unos hombros que ahora –después de ver los del otro– me parecieron una burla. Yo no era tan superficial como para fijarme solo en eso, realmente no me gustaba lo poco que había conocido de Antonio. Me parecía más aburrido que yo, y eso ya era fatal.
—¿Qué te parece si nos fijamos qué podemos cocinar para la cena? —sugerí. Un tema inocuo y tranquilo. Los dos sonreímos y asentimos.
Cuando los tortolitos volvieron ya había anochecido. Antonio y yo preparamos brochetas de pollo y carne, mezclado con cebollas, tocino y morrones. Los pusimos sobre una pequeña parrilla y se estaban asando a fuego lento junto con algunas hortalizas y papas envueltas en papel de aluminio directamente sobre el carbón.
—¡Oh, santo cielos! ¿Cómo pueden comer animales? —preguntó la desubicada de Ana— Yo soy vegana —anunció con orgullo.
—Felicidades —respondí encogiéndome de hombros—. Nadie me avisó, así que eres libre de preparar tus propios alimentos.
—Por lo menos hay patatas. Asaré más verduras —dijo.
Juro que me pasó el hambre con solo escucharla. Puse los ojos en blanco en el mismo momento en el que sentí que habían puesto música.
—Ánimo —susurró Sergio detrás de mí—. Yo sí soy carnívoro, hiciste un gran trabajo, todo se ve delicioso —posó suavemente y con mucho respeto sus manos en mi cintura y empezó a mover mis caderas al ritmo de la melodía—. Bailemos —propuso, me tomó de la mano y me giró. Yo reí y me dejé llevar.
A la vegana macrobiótica no le gustó nada que él me prestara tanta atención.
Intentó en todo momento que se fijara solo en ella, ¡vaya que sí! Se notaba a leguas. Él se comportó en todo momento muy respetuoso, incluso bailó con ella también; pero para sorpresa mía se notaba claramente su predilección por mí. Y yo estaba fascinada al respecto.
Mientras bailábamos entre todos Antonio anunció que la comida se quemaría si no cenábamos, Sergio me estiró y nos sentamos en el sofá uno al lado del otro. De nuevo vi la cara de culo de Ana, que tuvo que compartir el otro sofá con el murciano. Sentí pena por él, no era un mal tipo pero con la aparición de Míster Músculos había quedado sin su única admiradora. Mejor llamarla come-hombres.
Cenamos tranquilamente, reímos, bebimos un delicioso vino tinto y disfrutamos de una charla agradable. Aunque la mujer intentara en todo momento llamar la atención hacia su persona era a mí a quien Sergio miraba o tocaba. Un roce de nuestros muslos, su mano detrás de mi espalda, un toque en mi brazo o simplemente tomaba un mechón de mi cabello y lo llevaba detrás de mi oreja, sonriendo.
—¿Quieres ir a caminar conmigo, Sergio? —le preguntó Ana coqueta cuando estábamos comiendo frutas de postre.
—Acabo de proponerle lo mismo a María —mintió mirándome y guiñándome un ojo—. Puedes ir con Antonio —y se levantó tendiéndome la mano.
La cara de espanto de la come-hombres era épica.
Me levanté rápidamente, le di la mano y ya no nos soltamos mientras caminábamos y charlábamos a la orilla del agua. Era la primera vez que realmente me molestaba el camarógrafo, quería que se esfumara. Deseaba que Sergio me besara, y aunque teníamos vía libre en eso –el director lo aprobaba– no quería que nuestro primer contacto íntimo fuera visto por el mundo entero.
—Lamento haber mentido, pero quería estar a solas contigo —dijo él.
—Lo apruebo —aseguré sonriendo—, yo también deseaba lo mismo.
—Siento que nos vimos antes, ¿sabes? Quizás pienses que es un cliché, pero tengo una sensación extraña… como si te conociera de otra vida.
¿Se lo digo o no? No… mejor no. La aburrida profesora de arte cuatro-ojos que asiste a su gimnasio una vez a la semana no tiene nada que ver con la desinhibida y desnuda participante de este dating-show. Por lo menos aquí él debe creer que soy una cosmopolita mujer de mundo, así es como me siento.
Sabiendo que no podía decirle la verdad, elegí el camino de la distracción. Cerré la distancia entre nosotros, me puse de puntillas y sin tocarlo, lo besé.
Fue solo un ligero roce de labios. Yo misma me sorprendí de mi osadía. No pareció molestarle, aceptó la caricia. Sus labios fueron suaves, dulces y lo bastante ligeros como para que me preguntara si aquello podía ser llamado beso. Fue más un jugueteo. Una tentación que acabó resultando tan poderosa que me sorprendió. Lo deseaba con intensidad. Y sabía que él también, porque lo escuché suspirar.
De repente todo alrededor desapareció, ni siquiera me importó el camarógrafo. Lo invité a entrar en mi boca y él no rechazó la invitación.
En el momento en que mis labios se separaron, se apoderó de ellos y profundizó la caricia al tiempo que deslizaba la mano de mi mejilla a mi garganta, pasando por mis hombros y mis brazos. Si fuera por mí hubiera saltado a horcajadas en sus caderas y que fuera lo que el diablo quisiera, pero se notaba su autocontrol, aunque mi suspiro de satisfacción le arrancó un profundo gruñido, tan primitivo que me dejó anonadada.
Le acaricié con la lengua el labio inferior y enredé los dedos en su pelo, presionándome contra él como si no hubiera nada en el mundo que deseara más que estar lo más cerca posible. Él nos separó al instante, tomándome de los brazos. Yo gemí al darme cuenta que casi perdí el control.
Sergio sonrió comprensivo y acercando la boca a mi oído susurró:
—Estoy excitado… ¿puedes taparme? —asentí y me volteó frente a él— Necesito una ducha fría —dijo riendo mientras caminábamos.
Vi a la otra pareja a lo lejos en un bote intentando remar. Parecía que se estaban divirtiendo, me alegré por eso. Nosotros nos quedamos en la ducha al aire libre al costado de la cabaña, él tiró de mí y me metió con él bajo el chorro de agua helada. Grité como posesa intentando escabullirme pero no me lo permitió. Al final terminamos bañándonos, lavándonos el pelo y riendo a carcajadas. Luego corrimos a la cabaña y me envolvió en una toalla, con esa prenda de por medio aprovechó para abrazarme por detrás y besar mi cuello mientras me secaba suavemente.
Era realmente una ternura, suspiré.
—Tengo ganas de devorarte —susurró en mi oído para que nadie más escuchara.
—No podemos —devolví el susurro. La producción no nos permitía el contacto más allá del beso, por lo menos frente a las cámaras.
—Lo sé, por eso nos acostaremos, nos haremos los dormidos y cuando apaguen la maldita cámara por fin podré abrazarte como quiero —yo asentí. En ese momento levantó la voz—: ¿Tienes sueño?
—Me muero de sueño —contesté.
—Hay dos colchones… ¿tomamos uno o vas a dormir con Ana?
—Creo que a Ana no le caigo muy bien —acepté haciendo una mueca.
—Mejor para mí —y sonriendo, me estiró hacia el colchón más alejado.
¡Aaaaaaaleluya!
Nos acostamos, nos tapamos con la suave sábana de algodón y con un suave beso de despedida, le di la espalda. Cerré mis ojos, ansiosa de que se apagaran por fin las luces.
Al rato oí que la otra pareja entraba en la cabaña. Al parecer Ana estaba un poco borracha, su voz sonaba como pastosa, y no desaprovechó para quejarse de que yo no tenía ningún derecho a decidir dónde y con quién ella debía dormir. El buenazo de Antonio trató de apaciguarla mientras nosotros nos hacíamos los dormidos.
Y por fin, media hora después… todo quedó a oscuras.
Mi corazón empezó a latir descontrolado esperando su contacto. Pero Sergio no se movió. ¿Se había quedado dormido? Ya me estaba desilusionando cuando sentí un suave toque en mi espalda. Sonreí y me desplacé hacia atrás; hacia él, que pasó un brazo debajo de mí y con el otro me abrazó por la cintura.
Sentí su aliento caliente en mi cuello y su cuerpo entero pegado a mi espalda en posición cucharita. Me estremecí.
—Hay cámaras infrarrojas —susurró en mi oído.
—Lo sé —respondí.
—Igual deseo tocarte… ¿te quedarás quieta y callada? —asentí al instante.
Anhelaba sentir sus manos en mí, ya me estaba volviendo loca su piel en mi espalda, su erección presionando mis glúteos y sus piernas entre las mías. Me atrajo más hacia él, hundió la boca en mi cuello y me besó allí, presionando con sus manos mi estómago y la base de mis senos.
—No te alejes de mí, se siente bien, ¿no?
—Mmmm, s-sí —gemí como una idiota mientras acariciaba la piel de mi estómago, mi cintura, mis caderas, lentamente, todo lo que sus manos encontraban.
—Tienes la piel como si fuera de seda —dijo en un susurro.
La otra mano se apoderó de uno de mis senos. Adoraba escuchar sus susurros en mi oído, palabras como: «¡Oh, Dios, qué delicia! Cabe perfectamente en mi mano, es suave y tu pezón se siente pequeño y excitado». Lo acarició con la punta de sus dedos, no pude evitarlo… gemí.
—Es el sonido más hermoso que escuché en mi vida. Gimes por el placer que yo te doy, siento que voy a explotar —siguió susurrando.
La caricia de Sergio en uno de mis senos estaba torturándome. Quería más, mucho más. Entonces, él presionó su erección contra mis nalgas y fue moviéndose lentamente, sin dejar de tocarme en ningún momento, la mano que acariciaba mi estómago fue bajando y subiendo lentamente, hasta solo bajar…
Hasta que metió un dedo entre mis labios vaginales, deslizándolo por mis pliegues calientes y ansiosos de sus caricias.
—¡Oh, Dios Santo, estás tan mojada! Chorreas tu deliciosa crema —esparció mis fluidos por todo mi coño y anunció—: voy a meter un dedo en ti.
E introdujo suavemente el dedo medio acariciando mi clítoris con el pulgar, pendiente de mis reacciones. Mi gemido fue de placer. Sacó suavemente el dedo y volvió a introducirlo un poco más.
—Sergio… ohhh —me quejé cerrando los ojos. Necesitaba más.
—¿Te das cuenta lo preparada que estás para mí?
Asentí con la cabeza y los ojos cerrados, disfrutando de su toque, de las embestidas constantes de sus dedos, que entraban y salían de mi centro con una facilidad espantosa, producto de lo empapada que estaba.
Y creo que lo sorprendí, porque volteé sin que dejara de tocarme y pasé las uñas por su miembro; este se tensó más, él abrió un poco las piernas, como invitándome a que continuara. Tomé su ya rígida cresta palpitante en mis manos y la acaricié suavemente, sintiéndola sedosa en mis manos. ¡Era tan grande!
—Continúa… me gusta lo que estás haciendo —dijo concentrándose por un momento en mi toque. Luego gimió descontrolado.
Y ya no hubo nada parecido al control, ninguna clase de contención una vez que los dos soltamos las riendas. Solo existíamos él y yo, y el violento placer que nos atravesaba buscando la liberación.
A través de la tempestad de nuestras pasiones, a través del salvaje y turbulento movimiento de nuestras manos, solo fui consciente de las sensaciones que me asaltaban y abrumaban la mente grabándose a fuego en mi conciencia. A pesar del calor y del placer suplicante que nos provocábamos, a pesar de la poderosa urgencia que me hacía inclinar las caderas para que me tocara más profundamente, que me impulsaba a arquear la espalda instándole desesperadamente a que lo hiciera con más fuerza, el único elemento que brillaba a través del velo de la pasión era el deseo que Sergio sentía por mí. Igual de profundo, poderoso y exigente que mi deseo por él.
Luego el resplandor se hizo más intenso y llameó al tiempo que con un gemido gutural él se tensó entre mis brazos. El éxtasis lo envolvió y su simiente inundó mi mano. Él hizo lo mismo, sintió mis convulsiones y siguió con la exploración de sus dedos, me elevó hasta el infinito y me dejó caer en sus brazos, dejándome las piernas laxas, eliminando hasta la última pizca de tensión.
Nos tendimos de espaldas, exhaustos, todavía gimiendo por el poderoso placer que nos envolvía. Mis ojos se cerraban, sentí que sus manos me envolvían, cálidas, protectoras. Fue lo último que recuerdo antes de quedarme dormida: estar dónde y con quién quería, con él, pegada a su cuerpo.
Cuando desperté al día siguiente estaba sola en el colchón. Sentí mis manos tiesas y recordé que era la prueba de que lo que había pasado anoche no fue un sueño. Me desperecé y sonreí, feliz.
Me peiné y fui hasta la ducha para asearme y lavarme los dientes.
Observé que a lo lejos estaban entrevistando a Sergio. Mi estómago convulsionó pensando en que quizás se hubieran dado cuenta de lo que pasó entre nosotros la noche anterior, pero lo descarté. Estábamos completamente tapados y no hicimos ruido, ¿o sí?
Ana y Antonio estaban desayunando, callados y muy serios. Los saludé y me senté con ellos. Me serví un poco de jugo de naranja y unas rodajas de melón. Al rato llegó Sergio sonriendo, me guiñó un ojo y se sentó a mi lado.
—Buenos días —saludó—. Antonio, es tu turno para la entrevista —le indicó mientras se servía café—. ¿Cómo amanecieron, chicas?
—Parece que no tan bien como ustedes —dijo la ponzoñosa come-hombres.
¡Me importaba un carajo lo que esa víbora opinaba! Y sí, yo estaba feliz. Me encogí de hombros, miré a Sergio y le sonreí. Ella intentó empezar una discusión, pero no encontró mecha en mí para encender su fuego. No registré una sola palabra de lo que decía, no me importaba. Algo como que era una acaparadora y que se suponía que teníamos que conocernos entre todos. ¡Ah! Y que ella también tenía derecho a decidir dónde y con quién dormir, que yo no tenía por qué imponérselo.
—Me llaman para la entrevista —dije sin responderle.
Eso la puso más furiosa aún. Sergio simuló darme un beso en la mejilla, pero lo que realmente hizo fue decirme al oído: «Dije que solo te abracé toda la noche». Yo asentí. Cuando caminé hacia donde estaba la conductora vi de reojo que Ana estaba roja como una grana. También vi que Sergio no dejó de mirar mi retaguardia, eso me hizo sonreír.
Nada particular la entrevista, solo la verdad. Que entre los dos hombres prefería a Sergio, y que aparentemente él también a mí. Que las quejas de Ana no me importaban, que era su problema, no el mío. Y cuando llegó a la pregunta:
—¿Pasó algo entre ustedes anoche?
—Sí, algo hermoso. Dormí abrazada por él toda la noche… ¿puede haber algo más tierno? —fue mi simple respuesta.
—¿No ocurrió nada de nada?
Ahí sí hubo una mentira piadosa:
—Quizás en el otro colchón, allí es donde estaba la come-hombres. En el nuestro no —aseguré.
Yo sabía que se estaba acercando el final, que generalmente terminaba con algún juego, lo que no sabía era quién iba a competir, ¿los hombres o las mujeres? Cerca del mediodía fue develado el misterio. Nos llevaron a los cuatro hasta la otra punta de la playa y amarraron a los varones a dos postes.
—Chicas, ustedes tienen que desenterrar los globitos de pintura de colores. Los rojos son de Ana, los azules de María. Una vez que encuentran uno de su color, deben sortear estos cuatro obstáculos y explotar dos globos en cada uno de los varones. La primera que termina es la ganadora y tendrá la posibilidad de desterrar a alguien del paraíso.
Lo primero que pensé fue: «Oh, Dios mío, si pierdo la vegana macrobiótica seguro me desterrará a mí y todo se acabará. Perderé a Sergio. ¡Tengo que ganar!».
Lo intenté, juro que lo intenté con todas mis fuerzas. Pero al tercer globo me di cuenta que Ana estaba haciendo trampas. Ella no solo buscaba los globos de su color, sino que si encontraba uno mío, lo tiraba lejos al mar. Cuando me di cuenta ya era tarde, ella había encontrado su cuarto globo y estaba sorteando los obstáculos sin problema. Yo ya no tenía globos que encontrar.
—Ella hizo trampa —me quejé.
—En el amor y en la guerra, todo sirve —inquirió riéndose burlona—. Perdiste, acéptalo —y se colgó del brazo de Sergio—. Yo elijo desterrarte a ti. Ahora él y yo podremos retomar donde lo dejamos —lo miró coqueta—. ¿Qué fue lo último? Ahhh, sí… el beso que me diste en nuestro primer paseo.
—¿La besaste también a ella? —pregunté anonadada.
—María, yo, eh… —balbuceó él.
—¿Sí o no? La respuesta es simple —dije molesta.
—S-sí, pero no es lo que piensas —trató de justificarse.
—Bueno, me alegro de tener que irme —aseguré caminando hacia la embarcación que estaba esperando al perdedor—. No me gustan los hombres que juegan a dos puntas.
Me subí con gracia y dignidad, al menos eso intenté. Me senté con las piernas cruzadas y miré hacia el horizonte. Creí escuchar un «¡María!», pero no le presté atención.
—Vamos —le ordené al conductor.
No deseaba que nadie me viera llorar.
Sabía lo que iba a pasar a partir de este momento, había visto el final de varios programas como para imaginármelo. Ana tendría que optar entre Sergio y Antonio, sería su última elección. Obviamente elegiría a Sergio. Luego volverían a Manila y allí grabarían la última sección del programa, en el que mostrarían extractos del momento en el que se vestían. Luego se encontrarían con la conductora en un muelle y se reconocerían ya con la ropa puesta.
La elección en ese momento recaía en el otro. Sergio tendría que decidir si aceptaba o no la llave que abría una relación con Ana. La verdad, no me importaba la conclusión de esa aventura. No me gustaban los hombres que jugaban a dos puntas, él no debía haber flirteado con Ana si yo le gustaba, menos aún debía haberla besado para luego besarme a mí… ¡frente a todo el mundo!
Negué con la cabeza intentando contener mis lágrimas cuando el conductor de la embarcación me pasó la caja donde yo había depositado la ropa que me había sacado el primer día. Le agradecí y me vestí, el muchacho muy educado miró hacia otro lado. ¡Já! Si supiera lo poco que ya me importaba. Mis prejuicios habían volado tan alto que me sentía capaz de caminar desnuda por La Gran Vía en Madrid.
Por lo menos cumplí mi objetivo, me había liberado… en cuerpo y alma.
Lo primero que hice al llegar ese viernes a la tarde fue cancelar mi membresía en su gimnasio. Lo segundo, no decirle a nadie que había vuelto. Lo último: rumiar mis penas encerrada en mi loft del tercer piso. Algo que solo pude hacer dos días. Al tercer día tenía a Celeste, mi asistente y amiga más querida encima de mí impidiendo que siguiera dentro de mi cascarón y autocompadeciéndome. También era la profesora de expresión corporal, sabía qué cara poner para que le tuviera miedo.
—¡Tienes clases, ya faltaste una semana! Las vacaciones terminaron, vamos… ¡arriba! No quiero verte en pijama… ¡ordena tu loft! Parece un chiquero.
¿Quién manda a quién aquí? Me pregunté, y fruncí el ceño.
Pero sabía que ella tenía razón. Era lunes, y debía seguir con mi rutina. La vida continuaba, a pesar del ridículo que había hecho en ese viaje. Tenía que pensar positivamente: no había ido a obtener ningún Adán, sino a liberar mi espíritu… por lo tanto mi objetivo fue cumplido.
Lo que obtuve aparte: un par de besos y un buen orgasmo, solo fue un agregado delicioso que quedaría en mi memoria de por vida. Así como sus manos, su piel, su aroma, su gran… –carraspeé–, ¡olvídalo de una buena vez!
Y la vida continuó sin detenerse, los días pasaron según lo previsto. No volví a ver a Sergio ni a acercarme siquiera a la cuadra del gimnasio. Mi espacio vital se había reducido, si antes abarcaba dos manzanas, ahora solo una… ¡terrible!
La producción del programa trató de comunicarse conmigo en varias oportunidades, pero Celeste sabía lo que debía responder: «no se encuentra en este momento», o «ahora está dando clases». Me importaban un cuerno los programas posteriores que tenían que grabar en el estudio, yo ya no estaba disponible.
Y me encontraba tan distraída que no me di cuenta que la limpiadora estaba baldeando el salón de baile. Buscando una colchoneta entré, me resbalé y caí al piso como bolsa de papa. Cuando intenté levantarme, grité de dolor. Celeste me llevó a urgencias, me hicieron una radiografía y resultó ser solo una torcedura sin consecuencias, pero debía permanecer tres días sin apoyar el pie izquierdo, que estaba completamente vendado e inmovilizado.
Por suerte era viernes, descansaría hasta el lunes y volvería a mis actividades normales. Vi que Celeste entró a mi espacio privado y empezó a ordenar todo.
—¿Qué bicho te picó? —le pregunté.
—Seguro viene a verte tu madre… ¿no querrás recibirla con ropas tiradas, no?
Tenía razón. Suspiré y miré hacia la terraza de mi loft desde mi cama. Vi las flores que tanto amaba, ese pequeño jardín lo había hecho yo sola y lo mantenía con cariño, hasta les hablaba a mis plantas. Ellas conocían mi voz.
—Mmmm, no —acepté— ¿me ayudas a llegar a la terraza? —pregunté.
—¿Puedo ayudarte yo? —escuché una voz ronca y muy sexy.
Me quedé muda mirando a Sergio embobada, no atiné a decir nada ni siquiera cuando me levantó en sus brazos y me llevó hacia la terraza. Miré a Celeste, que sonreía pícara y fruncí el ceño. Ella lo había planeado, estaba segura.
—¿Qué haces aquí? —indagué molesta.
—Te debo una explicación…
—No me debes nada, vete —lo interrumpí y le mostré la puerta con mis dedos— ¡Celeste, muéstrale al señor la salida!
—¿Por qué mejor no le enseñas tu entrada? —respondió la muy impertinente— Voy a traerles café —anunció, y se fue, azotando la puerta.
—María, escúchame… —se acercó.
—¿Cómo supiste dónde vivo? Se supone que la información es confid…
—Siempre lo supe —me interrumpió, y se arrodilló frente a mí.
—¿Có-cómo? —indagué asombrada.
—María, cariño… —y me tomó las manos— yo solo me fui a ese reality por ti. Por ti me desnudé ante el mundo, por ti hice el ridículo, ¿por qué razón querría yo besar a Ana si solo estaba allí para conquistarte a ti? Ella me besó a mí.
—Yo también te besé… —acepté en un susurro.
—Es cierto, pero la diferencia es que yo te correspondí, a ella no. Ya lo verás cuando pasen el programa. Créeme… solo estaba allí por ti. Siempre que te veía en el gimnasio me parecías hermosa pero muy tímida, cada vez que intentaba acercarme a ti huías de mí…
—¿Lo hacía? —pregunté anonadada.
—Sí, cielo… quizás sin darte cuenta. Luego te rodeaste de todas esas víboras chupa-sangres a las que tú llamas amigas y que claramente solo tienen paja en el cerebro. Te oí hablar con una de ellas, escuché cuando le contabas que habías decidido participar de Adán y Eva, que querías dar un paso importante en tu vida, que deseabas sentirte libre. Que harías una locura por primera vez en tu vida… y yo quería volverme loco contigo. Bien, fui al casting… y el resto ya lo sabes.
—Oh, Sergio…
—¿Me perdonas? —preguntó.
—No hay nada que perdonar —acepté.
—Entonces… debemos darle otro final a ese programa, nuestro dating-show.
—¿A qué te refieres? ¿Cómo terminó?
—Ana me eligió a mí en la isla, luego Antonio se despidió igual que tú. En ese momento volvimos todos a Manila y tuve que vestirme para reconocer a mi Eva con ropas. Pero ella no era la Eva que yo había elegido, así que cuando Mónica, la conductora, me ofreció la llave para abrir nuestra relación… la rechacé.
—Oh, oh… me imagino todo.
—Sí, imaginas bien, se fue hecha una furia. Ahí fue cuando Mónica me preguntó si qué haría en el caso de que esa llave me la estuviera ofreciendo para abrir una relación contigo. Le dije que sin pensarlo la aceptaría. Pero tú ya habías tomado el avión de vuelta, así que, aquí estamos…
—¿Estamos…?
—¡Pueden entrar! —gritó sonriendo.
Y un tropel ingresó a mi loft con cámaras, luces y cables. Mónica venía detrás de ellos. Los miré embobada.
—¡Oh, qué hermoso jardín! —dijo Mónica luego de saludar— Esta es la locación ideal —y como yo no podía levantarme, los dos se sentaron a mi lado.
La maquilladora hizo lo que pudo con mi cara en escasos minutos, sacó el brillo del rostro de Sergio y empezó el show… uno que debía terminar allí.
Mónica hizo una pequeña presentación sobre lo que había ocurrido, mi expulsión del paraíso, la decisión de Ana, luego el rechazo de Sergio, y por último la esperanza de él de lograr una relación conmigo.
Y sacó una llave con una cinta roja.
—María, la decisión está de tu parte ahora… si tomas esta llave, abres la posibilidad de una relación con Sergio, si no la tomas significa que la historia entre ustedes se termina aquí. ¿Qué decides? —y la llave bailoteó frente a mí.
Lo miré a los ojos. Vi esperanza… vi amor, vi todo lo que deseaba ver. Me sonrió y guiñó un ojo, como tranquilizándome. Como diciéndome: «Todo está bien, cariño. Si no lo deseas, no la tomes… tú dispones de nuestro futuro»
—¡Sí, sí, sí… por supuesto que sí! —y me colgué de su cuello.
Él me abrazó, y en ese momento nos olvidamos de todo, de Mónica, del camarógrafo, de la maquilladora… solo existíamos nosotros y nuestra decisión de estar juntos. Entonces me besó, y todo resquicio de cordura se evaporó en un instante. Estaba dónde y con quién deseaba estar… ¡y teníamos todo el fin de semana para hacer lo que se nos antojaba!
Cuando todos se fueron, nosotros seguíamos en la terraza, yo sentada en su regazo, besándonos y acariciándonos.
—¿Sabes lo que significa esto? —me preguntó— ¿Todo lo que significa?
Asentí. Oh sí, yo sabía lo que significaba. No estaría tirada en mi cama sola, estaría en la cama con él, debajo de su cuerpo duro.
—¿Todo, cielo? —Los dedos aferraron mi pelo cuando él me atrajo más cerca.
—Todo —suspiré.
—Serás mía, solo mía —aseguró con lujuria.
—Solo tuya —dije rindiéndose por completo—, y tú serás mío…
—Solo tuyo —respondió en un susurro contra mi boca—. Es la única forma en que concibo una relación.
Estuve felizmente de acuerdo y no iba a darle la oportunidad de cambiar de idea.
—Llévame a la cama, Sergio —supliqué.
—Tus deseos son órdenes para mí —contestó levantándome como si pesara igual que una pluma.
Me acostó en el amplio somier, se sacó la camisa y el pantalón y se tendió a mi lado sostenido por un codo, con la mano libre recorrió mi cara desde la frente al mentón, pasando ligeramente el dedo por mi nariz y mis labios. Vi que su boca se curvó en una suave sonrisa ladeada. Bajó los dedos por mi cuello mientras acercaba su cara a la mía, su boca rozó mi oreja y respiró en ella, la mordisqueó un poco. Gemí, alto y claro. Mientras jugaba con mi lóbulo sus manos fueron bajando suavemente por mi pecho. Yo sentía que mis pezones se erizaban y mi entrepierna palpitaba, moví mi pelvis para darme un alivio momentáneo, mientras él seguía con la inspección de mi cuerpo aún vestido, mi cadera, mi ombligo, mi estómago completamente plano y sólido, hasta que llegó al borde de mi pantalón.
Giré mi vista y sonreí… su bóxer parecía una tienda de campaña. Sonriendo, metí mi mano y comprobé dos cosas: que estaba duro… mucho, y que seguía depilado.
Se lo bajé y lo tomé en mis manos, él gimió y movió sus caderas.
—Se ve tan grande. Se ve enorme sin todo el vello alrededor —acepté.
—Siempre fue grande, cariño —afirmó jactándose—. Y es todo tuyo. ¿Tienes algo planeado para él hoy?
—De repente me dieron ganas de tomar helado —dije bajando mi cabeza y pasando la lengua por su tallo, desde abajo hasta la punta, lento… pausado. Oí su suspiro, vi el movimiento de su ingle hacia arriba.
—¿Y qué tal si empiezas sacándote esa molesta ropa que llevas?
El muy idiota rio a carcajadas al ver mi prisa por desnudarme.
Lo hice rápidamente, sentía que toda mi piel estaba en llamas, que mis pechos pesaban y mi entrepierna estaba completamente mojada. Dejé tirada la ropa en el piso y cuando iba a pegar mi cuerpo al suyo…
—Espera —dijo mirándome—, te ha crecido, y creo que… —pasó un dedo por mis pliegues—. Yo también merezco ver esto sin nada, ¿no?
—Mañana iré a la depiladora —respondí apresurada, intentando que siguiéramos.
—No, no, no… ahora —insistió. Se bajó de la cama y fue hasta el baño.
Ok. Él quería ¿rasurarme? Me miré, solo tenía un poco de vello, ya habían pasado tres semanas desde la última vez. Me encogí de hombros… si eso era lo que quería, lo tendría. Al fin y al cabo era para su disfrute, me acosté sobre las almohadas, acomodé mi pie luxado sobre un almohadón, abrí las piernas y esperé…
—Te ves condenadamente hermosa así —murmuró acercándose con la crema, la cuchilla y una toallita mojada. Parecía estar chupando un caramelo.
—¿Y entonces… para qué quieres depilarme? —moví la pelvis.
—Me refiero a tu posición con las piernas abiertas —dijo subiendo a la cama y ubicándose entre ellas—. ¿Qué hombre no sueña con esto? —me esparció un poco de crema— Una preciosa niña a la que todos creen inocente y que se convierte en una hembra en celo al ver a su macho preparado para la batalla.
Reí a carcajadas, era tan gracioso. Me apoyé en mis codos.
—¿Así que me crees inocente? —gemí al sentir la cuchilla fría.
—Yo no, y espero que no lo seas —replicó terminando con su labor. Pegué un pequeño grito cuando sentí la toalla mojada deslizarse entre mis labios, luego algo caliente… era su lengua, abrí más las piernas y me desplomé en la cama para sentirlo.
—Oh, eres hermosa… preciosa —afirmó y continuó azotándome—. Te haré disfrutar… disfrutaremos una hora entera, toda una hora. Te lo prometo.
Sentía algo extraño, entre caliente y frío, no entendía. ¿Era mentol? Fuerte, muy fuerte, extra fuerte. Mis pliegues estallaban de calor, como si estuvieran hirviendo. Luego me sopló. Grité como una condenada y moví mis piernas desesperada.
Él rio a carcajadas.
—¿Más, cariño? ¿Te gustó el caramelo? —preguntó lo obvio. En respuesta, tomé un mechón de su pelo en mi puño y lo obligué a bajar de nuevo.
Sin más vueltas, se zambulló en mí, empujó mi muslo sobre su hombro al tiempo que enterraba el rostro entre mis piernas. Me apoyé contra las almohadas mientras él me lamía y succionaba, follándome rudamente con la lengua a la par que hablaba y enviaba pequeños soplos de aliento fresco sobre mis sensibles pliegues mentolados. Si normalmente sentía calor, ahora se había multiplicado a la décima potencia. No podía siquiera respirar. Su boca me quemaba, su aliento hacía que mi cuerpo entero se estremeciera, y cuando levantó la cara y me sopló… eché la cabeza hacia atrás y grité.
Pero no me dejó llegar al orgasmo, se deslizó hasta quedar a mi altura en la cama y capturó mi boca al tiempo que introdujo dos dedos en mis pliegues húmedos; sin dejar de acariciarme en círculos con el pulgar. Hundió apenas los dedos en la entrada de mi vagina, atormentándome con movimientos poco profundos hasta que levanté las caderas de la cama y gemí dentro de su boca.
—Más adentro —susurré sintiendo la frialdad del caramelo en sus labios, en su lengua. Me lo pasó, casi lo tragué y empecé a reír.
—Esto se convertirá en un polvo glorioso, cielo —respondió sonriendo—. Será un placer demostrarte que una hora no es suficiente.
Una mezcla de emoción y premonición me atravesó. Santo Dios, él me hacía vibrar solo con sus palabras. Bueno, no solo con eso, ya lo tenía bajando por mi cuerpo, centrándose en mis pezones. Me quedé sin respiración. Mis pechos siempre habían sido sensibles, pero ahora... él los mordisqueó, los chupó y lamió, los humedeció hasta que llevé las manos a su cabeza y me aferré a su cabello, lo enrosqué en mis manos. Gimió, un sonido agudo y desesperado, pero no se detuvo, pasó las manos por mi cuerpo mientras seguía apresando con la boca un pezón y luego el otro, una y otra vez.
El dolor que se había apaciguado entre mis piernas, resurgió de nuevo. Me arqueé hacia él mientras una nueva humedad brotaba en mi sexo. Sergio tenía que saber que estaba empapada. Tenía que sentirlo. Pero continuó centrado en su propósito: devorarme los pezones. Estos se hincharon, se pusieron cada vez más sensibles, casi tan duros que aquello ya era un placer en sí mismo. Y aún entonces, él no desistió; no aflojó en su objetivo. Con cada lametazo, con cada caricia, me rendía más a su hechizo.
—Oh, Dios. ¡Cielos! Sergio... —me sujeté a sus bíceps, clavándole las uñas.
Él tembló y chupó con más intensidad.
—Tienes unos pechos increíbles —sorbió las erguidas cimas, tomándolas por turnos y poniéndolas todavía más rígidas, más sensibles—. Jamás tendré suficiente.
—Me matas...
—Pero te gusta —no era una pregunta, él lo sabía—. Mañana estarán muy sensibles —murmuró con satisfacción— y no te pondrás sostén, así cada vez que estos hermosos e hinchados pezones rocen tu ropa, pensarás en mí.
Maldita sea, claro que lo haría. Y dada la devoción que estaba mostrando a los dos apretados bultos, pensaría en él a menudo. Aquello le daría un nuevo poder sobre mí. Y a pesar de eso, seguía sin querer que se detuviera. Estúpidamente me volví a ofrecer a él, introduciendo más mi pezón en su boca... sabiendo que pagaría esa debilidad al día siguiente.
Sergio sonrió contra mi piel y abarcó el montículo con la mano, acariciándolo con parsimonia. Entonces, mordió con suavidad la rígida punta. Y mi excitación se incrementó todavía más, llevándome muy cerca del abismo. Jadeé casi al borde del orgasmo cuando el deseo se convirtió en un sordo latido entre mis piernas.
—¿Qué me estás haciendo? —indagué confundida por todo lo que me hacía sentir, solo con chupar mis pechos.
—Tratando de causar una buena impresión —sonrió ampliamente.
Quería odiarlo por hacerme tan dependiente de sus caricias, pero necesitaba todavía más alcanzar el clímax. Él se había asegurado de eso, presionándome y empujándome, tentándome hasta que no pude hacer otra cosa que suplicarle con mi cuerpo y con palabras incoherentes.
Separé los labios jadeantes mientras esperaba a que volviera a succionarme el pezón, pero no lo hizo. Se limitó a mirarme, con los ojos brillantes como los de un depredador a punto de caer sobre su presa. Noté un nudo de aprensión en la garganta. Por mucho que lo ansiara con todas sus fuerzas, no podía permanecer inmóvil e impotente, no podía permitir que fuera él solo quien llevara la voz cantante.
Me abrumaba y me consumía.
Tragué mis ansias y lo busqué con la mano, rodeé su gruesa erección con mis dedos. Sentí que se estremeció de pies a cabeza, como si le hubiera pillado por sorpresa. Aquello era lo que buscaba, su miembro era grande y palpitaba en mi mano, lleno de vida, insolente. Aterciopelado y duro. Adictivo.
Sergio apretó los dientes. Tensó los hombros y cerró los puños con fuerza. ¡Oh, sí! Con los movimientos de mi mano lo acababa de llevar también hasta el límite, y saberlo me impresionó. Aunque al hacer crecer su excitación, la mía también se incrementó.
—Mi preciosa... —susurró.
Lentamente deslicé la mano de arriba abajo por su largo eje. Le rocé la resbaladiza punta con el pulgar y luego llevé la mano a la sensible base de su pene. Él tensó la mandíbula, como si intentar hablar estuviera más allá de su capacidad. Sonreí, eso era lo que quería; ahora tenía el mando. Después de todo, ¿por qué iba a ser yo la única que me derritiera esa noche?
—¿Te gusta? —me incorporé ligeramente y ronroneé contra su pecho. Luego deslicé la mano libre hasta los testículos y los abarqué con la palma, rozándolos y amasándolos suavemente. Definitivamente había captado su atención, en especial cuando comencé a besarle las clavículas y los pectorales. Sergio se puso tenso. Capturé una de las tetillas, haciéndolo arder con más fuerza—. Sí, te gusta, ¿verdad?
En mi mano, su miembro latió con más fuerza, lo mismo que todo su cuerpo.
—Maldita seas... —se quejó gimiendo.
Emití una risita gutural y deslicé la mano por la erección con más rapidez mientras le lamía con furia el pezón, celebrando la dulce sensación de victoria que me atravesaba. Pero aquello no duró mucho, Sergio me tomó la muñeca y la apartó de su miembro, luego respiró hondo. Me introdujo los dedos en el pelo y cerró los puños en los espesos mechones para tirar con fuerza suficiente para que echara hacia atrás mi cabeza y le sostuviera la mirada. La expresión masculina contenía una silenciosa advertencia sensual.
Ohhh, sí.
Una intensa sensación de anticipación y deseo me atravesó hasta centrarse en mi vientre. No sé cómo, pero él sabía hasta donde presionarme, estaba demasiado excitada; lista para sentirlo profundamente en mi interior, para que me acariciara como quisiera y proporcionarnos a ambos aquel placer que tanto anhelábamos. Con un gruñido, me empujó contra el colchón. Caí sobre la cama y él encima, se puso rápidamente un condón y empezó a frotarse contra mis anegados pliegues mientras acercaba los labios a mi oreja.
—Cariño, voy a introducirme en ti tan profundamente, que acabarás ofreciéndomelo todo. No te preocupes, yo te daré justo lo que necesitas —aquellas palabras hicieron que me diera cuenta que él no se conformaría con otra cosa que no fuera mi alma. Le miré a los ojos y asentí.
Sergio comenzó a penetrarme lentamente, rozando todas las terminaciones nerviosas de mi sexo, intentando devastarme. No pude evitar arquear las caderas hacia él. Le rodeé el cuello con los brazos y mordí mi labio para contener un gemido. Sabía que parecería una rendición. Se detuvo de repente, en un instante interminable, y me tensé. Lo miré esperando que él no se diera cuenta de que casi le suplicaba en silencio.
—Te estás conteniendo, abre esa preciosa boquita. Dame un gemido, cariño.
—Fóllame —ordené. El salió de mi interior—. Me prometiste que me lo darías todo durante una hora —me quejé—. Todavía quedan como cuarenta minutos.
—Lo haré, y te demostraré lo que deseo de ti… —susurró— ¿qué deseas tú de mí, preciosa?
¡Que cumplas tu promesa, me lo ofreciste!
Y Sergio no parecía de los que faltaban a su palabra. Él era poderoso. Me había excitado como nunca y quería con desesperación el placer que podía proporcionarme. Con un suspiro, comencé a besarlo a lo largo del hombro y me acerqué con rapidez a sus erizadas tetillas mientras le deslizaba las uñas por la espalda.
Respiré temblorosamente cuando volvió a bajar sobre mí, introduciendo su erección en mi interior de una manera tortuosa. Cada centímetro más duro, haciendo que volviera a inflamarme de necesidad. Le clavé las uñas. Suspiré cuando él comenzó a impulsarse lentamente, reavivando más mis terminaciones nerviosas. Comenzó a hervirme la sangre. Cuando empujó de golpe los últimos centímetros, llegando más profundamente que cualquier otro hombre, mi suspiro se convirtió en un gemido... en el sonido de su nombre:
—Se-Sergio…
—Eso es, cielo. Siénteme.
Como si pudiera hacer otra cosa...
Él se contoneó, girando y flexionando las caderas, llegando a los lugares más sensibles de mi interior, pasando de uno a otro de manera que cada uno inflamaba a los demás hasta que, finalmente, todo mi cuerpo estuvo en llamas. Incapaz de detenerme, le clavé las uñas más profundamente. El echó hacia atrás la cabeza con un gemido que sentí en mis entrañas.
—Perfecto —murmuró, y me mordió el punto donde se unían el hombro y el cuello, luego mordisqueó el lóbulo de mi oreja y, por último, trazó un húmedo reguero de besos hasta mi boca, que devoró.
Al mismo tiempo que mi mente se revelaba contra aquello, mi cuerpo se ofrecía a él. Mis labios se separaron para saborearlo otra vez, mi espalda se arqueó para invitarlo a hundirse más, mis piernas se abrieron para recibirle más profundamente. Él aceptó cada una de aquellas tácitas invitaciones, sellando nuestras bocas, hasta que pude reconocer su sabor tan bien como el mío. Sergio flexionó la pelvis y volví a clavarle las uñas en la espalda antes de que él me asiera por las caderas para sumergirse hasta el fondo.
Estaba en todas partes; en cada imagen que veía, en cada aroma que inundaba mis fosas nasales, en cada sabor que sentía en la lengua... y cada vez que se introducía en mí por completo, ocupaba todos los recovecos, convirtiéndose en cada sensación que experimentaba. Era todo lo que había pensado alguna vez que sería la perfección, todo lo que había imaginado. Eso me abrumaba como una fuerza de la naturaleza.
Sergio acarició mi cara con su palma caliente y me obligó a abrir la boca todavía más para capturarme por completo. Esconderse de él no era una opción, así que me dejé llevar por el beso, palpitando con cada escalofrío que me bajaba por la espalda hasta perderse en mi sexo.
—Sergio —jadeé.
Unas gotas de sudor perlaron su frente, sienes y espalda. Su cuerpo estaba cada vez más tenso, su polla más dura. Y aun así, me hizo consumir en un ritmo controlado que me volvía loca.
—Eres perfecta, mi preciosa —susurró entrando y saliendo de mí—. Estás tan resbaladiza, tan apretada. Me gustaría no salir nunca de ti.
Estaba totalmente excitada y en armonía con él. El sabor almizclado y picante de la piel de Sergio inundó mi lengua cuando le lamí el hombro. Los roncos murmullos masculinos llenaban mi mente y me arrancaban cada respuesta. Pero ¿qué era lo más intenso? Sin duda la manera en que me trataba, como si fuera la única mujer en el mundo para él, mientras arremetía en el mismo centro de mi cuerpo con un ardor y una lentitud que me volvían loca.
—Más rápido —exigí con una voz que apenas reconocí.
—Pronto —susurró.
No cambió el ritmo. Continuó deslizándose en mi interior, friccionando sin cesar aquel punto que me hacía estremecer. Mientras, mi mente le combatía con la misma intensidad que le deseaba, hasta que ya no hubo más que anhelo. Hasta que fue mi cuerpo el que tomó el control. Me retorcí bajo él, intentando tomarle con más profundidad, con más rapidez, con más dureza.
—¡Ahora! —ordené.
—No eres tú quien controla esto, cariño —murmuró—, no hoy.
—Pero necesito... —supliqué.
—Y te lo daré. En cuanto estés preparada.
¿Preparada? ¿Cómo podría estar más preparada? Casi respiraba fuego, mi corazón parecía bombear lava. El clítoris me dolía de una manera inhumana, amenazando con explotar y quemarme viva.
—¡Ya estoy preparada!
Él negó con la cabeza, apoyando su frente en la mía para que no pudiera ver nada más que sus ojos.
—No, cielo. Ponte en mis manos —rogó—. Yo me encargaré de todo —prometió. Y yo le creí… tal y como estaban, con Sergio taladrándome no es que tuviera mucha elección. Me mordí los labios cuando la cólera y el deseo me atravesaron salvajemente.
La punta de su miembro seguía impactando una y otra vez contra aquel lugar tan sensible. La excitación que inundaba mi cuerpo se convirtió en un huracán. Una cruel necesidad me atravesó haciéndome aferrar a él. La fricción se hacía más abrumadora cada vez que me llenaba hasta el fondo. Me quedé sin respiración y el mundo se salió de su eje.
Sergio apresó mi mirada y supe que él podía ver en mis ojos una aterradora necesidad, y en mis suaves gemidos –casi sollozos– una súplica estremecedora.
—Ahora sí que estás preparada —susurró con su sonrisa pícara, ladeada.
Cambió entonces el ritmo, abalanzándose con unos veloces envites que me hicieron entrar en combustión. Mi cuerpo corcoveó mientras me poseía una y otra vez. Y el placer creció exponencialmente, creando un intenso fuego que me atrapó por completo.
Grité, arañé, supliqué.
Y el orgasmo siguió inaccesible. Casi al alcance de mis manos.
Le clavé las uñas jadeando, desesperada por recuperar la poca compostura que me quedaba. Le estaba dando a Sergio todo lo que tenía y él lo absorbía para exigirme más. Sí, había accedido a una hora de placer, pero jamás hubiera imaginado que él llegaría tan lejos, que se apoderaría de mi cuerpo, mi mente y mis sentidos.
Ahora era demasiado tarde.
Me embistió con fuerza, con los hombros flexionados, totalmente concentrado. Y aun así, su mirada no abandonó la mía, obligándome a acompañarle, mostrándome exactamente cómo le afectaba a él cada una de las embestidas. Y en mi interior, noté un intenso palpitar. Un latido que se convirtió en temblor, haciendo más intensa la dolorosa necesidad que crecía entre mis piernas. Él siguió incrementando la sensación con crueldad, arremetiendo una y otra vez, golpeando aquel sensible lugar.
El placer era como una reacción en cadena que él provocaba, que se alimentaba a sí mismo y cobraba vida en mi interior. De repente, la necesidad de alcanzar la liberación me ahogó, y tuve miedo de dónde me arrastraría, de saber hasta qué lugar me llevaría el hechizo de Sergio.
—Vamos, cariño. Déjate llevar. Estaré aquí para sostenerte —negué salvajemente con la cabeza.
—Es demasiado, ohhhhh... —gemí, latiendo en todas partes—. ¡Es… es… es demasiado intenso!
—Entonces es perfecto. ¡Córrete, cielo! —ordenó— ¡Y di mi nombre, varias veces… solo mi nombre!
Como si mi cuerpo solo hubiera necesitado ese último aliento, las ataduras se disolvieron. Grité su nombre una y otra vez mientras todo mi ser se tensaba, atravesado por un placer inigualable.
—¡Sí, así! —gimió él— Observarte alcanzar el orgasmo me hizo sentir... ¡ohhh!
Sergio llegó al clímax también. Se tensó y sujetó con firmeza mis caderas, manteniéndome suspendida en un tipo de éxtasis que yo pensaba que no existía hasta ahora, hasta que él me había demostrado lo contrario. Permaneció clavado hasta el fondo mientras se vaciaba en mi interior.
Me había convulsionado de tal manera que sabía que jamás podría mirarle otra vez a la cara sin pensar en la forma en la que controlaba mi cuerpo. La supernova que había hecho explotar en mis entrañas me hizo arder sin fin. El placer que sentí me llevó a gritar hasta que me quedé sin aliento y sin voz.
Cuando el clímax remitió, dejé tras de mí un estado de líquida y satisfactoria languidez y el adictivo aroma masculino de Sergio. Él me miró fijamente, dejando que me diera cuenta de su determinación, su valor... y de que seguía deseándome.
Y eso no fue todo, esa noche estuvimos horas y horas conociéndonos, descubriéndonos, amándonos. Cada momento que pasábamos era una nueva melodía, algo diferente. Tuvimos todo el fin de semana para nosotros, y cada momento que pasábamos lo hacíamos mejor… y mejor.
El paraíso me trajo a mi Adán, uno llamado Sergio.
Y yo soy su Eva, porque por si no lo sabían, ese es mi nombre: Eva María.