lámparas nuevas (spanish)
Ayer estuve por primera vez en los despachos de la Dirección. Nuestro turno de noche me ha elegido como hombre de confianza y, en vista de que la construcción y contenido de las lámparas es deficiente, tengo que lograr que se supriman estas anomalías. Me señalaron el despacho competente, llamé a la puerta y entré. Un hombre joven y delicado, muy pálido, sonreía ante mí desde su gran escritorio. Mucho, demasiado, asentía con la cabeza. No sabía si podía sentarme, había un sillón dispuesto, pero pensé que al ser mi primera visita tal vez no debería sentarme en seguida, así que conté toda la historia de pie. Precisamente esa modestia causó dificultades al joven, pues tenía que adelantar y girar la cabeza hacia mi rostro, si no quería mover su sillón, lo que no estaba dispuesto a hacer. Por otra parte, y a pesar de su buena voluntad, no lograba doblar lo suficiente el cuello, y por esa razón estuvo mirando, mientras duró mi historia, oblicuo hacia el techo; yo lo imitaba involuntariamente. Cuando terminé de hablar se levantó lentamente, me dio unos golpecitos en el hombro, y dijo:
—Bien, bien —y me acompañó hasta la habitación contigua, donde un señor, de barba salvaje, aparentemente nos esperaba, pues sobre su mesa no había ningún indicio de trabajo. Por el contrario, una puerta de cristal abierta conducía hacia un pequeño jardín con flores y arbustos. Una pequeña información consistente en algunas palabras susurradas por el joven, bastaron para que el señor comprendiese nuestras múltiples quejas. Se levantó en seguida y dijo:
—Bueno, querido amigo —se detuvo, creo que quería saber mi nombre, por eso abrí la boca, para presentarme de nuevo, pero él ya continuaba:
—Sí, sí, te conozco muy bien. Tú, o mejor vuestra solicitud está plenamente justificada, los señores de la Dirección y yo seríamos los últimos en no darnos cuenta. El bienestar de la gente, créeme, significa más para nosotros que el bien de la mina. ¿Por qué no? La mina se puede abrir de nuevo, sólo costará dinero, pero al diablo con el dinero, cuando un hombre sucumbe, es un hombre el que sucumbe, quedan la viuda, los niños. ¡Ay, Dios mío! Por eso mismo damos la bienvenida a cualquier proposición para introducir más seguridad, facilidad, comodidad o lujo. Quien viene y lo propone, ése es nuestro hombre. Así que tú nos dejas aquí tus sugerencias y nosotros las examinaremos detenidamente; si se pudiera añadir alguna pequeña novedad deslumbrante, no la omitiremos, y cuando todo esté listo, recibiréis vuestras nuevas lámparas. Pero dile una cosa a tu gente abajo: mientras no hagamos de vuestras galerías un salón, no descansaremos, y si no termináis muriendo con botas de charol no lo haréis de ningún modo. ¡Y con esto, muchos recuerdos!