Stories 93 / Random

Stories by franz kafka

el intercesor (spanish)

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Era muy inseguro si yo tenía intercesor, no podía saber nada en concreto, todos los rostros eran reservados, la mayoría de la gente con la que me cruzaba y con la que me encontraba una y otra vez en los corredores parecían mujeres viejas y gordas; tenían delantales grandes, de color azul oscuro y rayas blancas, que cubrían todo su cuerpo; se frotaban el estómago y giraban pesadamente de un lado a otro. Ni siquiera podía saber si estábamos en un edificio de los Juzgados. Algunas cosas hablaban a favor, muchas en contra. Entre todos los detalles, lo que más me recordaba a un juzgado era un zumbido que se oía continuamente, como si viniera de la lejanía, aunque no se podía decir con exactitud de qué dirección provenía; llenaba de tal modo las distintas estancias que se podía creer que venía de todas partes o, lo que parecía más correcto, que el lugar en que uno casualmente se encontraba parecía ser el origen del zumbido, aunque eso era con toda seguridad una ilusión, pues venía de muy lejos. Esos corredores, estrechos, abovedados con simpleza, flanqueados por puertas elevadas, decoradas con sobriedad, parecían haber sido construidos para un profundo silencio, eran los corredores de un museo o de una biblioteca. Pero, si no era ningún juzgado, ¿por qué buscaba aquí a un intercesor? Muy fácil, porque buscaba por todas partes a un intercesor, porque en todas partes resulta útil, tal vez donde menos se le necesite sea en un juzgado, pues el tribunal dicta sentencia conforme a la ley; si aceptásemos que aquí se actúa con injusticia o imprudencia, no sería posible vivir, hay que tener confianza en que los tribunales dejan espacio libre a la majestad de la ley, pues ésa es su única tarea. En la ley, sin embargo, todo es acusación, defensa y sentencia, la injerencia a título personal de un hombre sería aquí una impiedad. Muy diferente resulta todo respecto a los antecedentes de hecho de una sentencia; éstos se fundamentan en comprobaciones, en comprobaciones aquí y allá, con parientes y extraños, con amigos y enemigos, en la intimidad de la familia y en público, en la ciudad y en el pueblo, resumiendo, en todas partes. Aquí es urgente tener intercesores, intercesores en grandes cantidades, en el mejor de los casos uno al lado del otro, bien apretados, un muro viviente, pues los intercesores son por su naturaleza difíciles de mover, los acusadores, sin embargo, esos zorros astutos, esas comadrejas esquivas, esos ratones invisibles, se deslizan por los agujeros más pequeños, se escapan por entre las piernas del intercesor. Así que, ¡atención! Por eso mismo estoy aquí, colecciono intercesores. Pero aún no he encontrado ninguno, sólo esas mujeres que vienen y van, una y otra vez; si no estuviera a la búsqueda, me habría adormecido. No estoy en el lugar adecuado, por desgracia no puedo suprimir la impresión de que no estoy en el lugar adecuado. Debería estar en un lugar donde se reúnen muchas personas, de distintas regiones, de todas las clases, de todas las profesiones, de distintas edades; debería tener la posibilidad de elegir cuidadosamente entre la multitud a los válidos, a los amigables, a los que tienen una mirada para mí. Tal vez lo más indicado fuera un mercado anual. En vez de eso vago por estos corredores, donde sólo se puede ver a esas viejas mujeres, que tampoco son muchas y que, además, siempre son las mismas; por añadidura, ni siquiera me prestan atención, me esquivan, flotan como nubes de lluvia, se concentran completamente en ocupaciones desconocidas. ¿Por qué me introduzco ciegamente en una casa, no leo el rótulo sobre la puerta, me meto por los corredores, me siento aquí con tal obstinación que ya no puedo recordar haber estado ante la casa, haber subido las escaleras? Pero ya no puedo retroceder, esta pérdida de tiempo, esta confesión de haber tomado un camino equivocado sería insoportable para mí. ¿Cómo? ¿Bajar una escalera en esta vida corta, acelerada, acompañada de un impaciente zumbido? Eso es imposible. El tiempo que se te ha otorgado es tan breve que si pierdes un segundo has perdido toda tu vida, pues ésta no es más larga; es tan larga como el tiempo que pierdes. Así pues, si has comenzado un camino, síguelo, bajo cualquier circunstancia, sólo puedes ganar, no corres peligro, tal vez te despeñes al final, pero si después de haber dado el primer paso te hubieras vuelto y hubieras bajado la escalera, te habrías despeñado nada más comenzar, y no tal vez, sino con toda seguridad. Si no encuentras nada en los corredores, abre las puertas; si no encuentras nada detrás de las puertas, aún quedan pisos; si no encuentras nada en otros pisos, no hay problema, sube más escaleras, mientras no dejes de subir, tampoco faltarán peldaños; crecerán delante de ti conforme tus pies ascienden.