Stories 93 / Random

Stories by dorothy leigh sayers

pesa falsa (spanish)

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—¡Hola! —dijo el señor Montague Egg.
Conocía el Royal Oak de Pontdering Parva y en general, no era un lugar que hubiese escogido para detenerse. Conseguía muy pocas ventas, la comida era mala, el propietario antipático y ofrecía pocas oportunidades para un emprendedor viajante de vinos de marca. Pero encontrarlo convertido a las ocho y media de la mañana en un centro de atracción de una considerable multitud, con un coche de la policía y una ambulancia detenidos ante la puerta, era un desafío para la curiosidad de cualquier nombre. El señor Egg sacó su pie del acelerador y dejó que el automóvil se detuviera.
—¿Qué ocurre ahí? —preguntó a un mirón.
—Alguien muerto… el viejo Rudd ha cortado el cuello a su mujer… no, no ha sido él, ha sido George… no es cierto, han sido unos ladrones que se han llevado el dinero… George ha bajado las escaleras y ha encontrado que la sangre corría por el suelo… ¿oye eso? Es Liz Rudd que solloza… Le ha dado un ataque de histerismo… creía que había dicho que él le había cortado el cuello… no, no he sido yo, lo ha dicho Jim y él no sabe nada. Le digo que es George… ¡Ah! Ahí sale el inspector; ahora nos enteraremos de si…
El señor Egg ya se había apeado de su coche y se acercaba a la puerta del bar. Un guardia uniformado le cerró el paso.
—No se puede entrar, señor. ¿Quién es usted y qué desea?
—Me llamo Montague Egg, viajante de la casa Plummett and Rose, vinos de marca, Piccadilly. He venido a ver al señor Rudd.
—Bueno, pues ahora no puede verlo, de modo que será mejor que se vaya. Aguarde un poco. ¿Ha dicho que era viajante de comercio? ¿En este distrito?
El señor Egg contestó que sí.
—Entonces, tal vez pueda facilitarnos alguna información. Entre, ¿quiere?
—Aguarde a que recoja mi maletín —dijo Monty.
Se sentía interesado, pero no hasta el punto de olvidar que el primer deber de un viajante es cuidar de sus muestras y credenciales. Cogió el pesado maletín y lo llevó hasta la posada. Acompañado por exclamaciones de la multitud. «Ese es el fotógrafo, ¿ven sus aparatos?». Ya en el interior, lo dejó en el suelo y contempló el bar del Roy al Oak. Frente a una mesa próxima a la ventana estaba sentado un sargento de policía, tomando notas en su agenda. Un hombre obeso, en quien Monty reconoció a Rudd, el propietario, estaba recostado en la barra del bar, en mangas de camisa. Estaba sin afeitar y parecía como si se hubiese vestido apresuradamente. Un joven desgreñado de enormes músculos y reducida frente, permanecía junto a él con el ceño fruncido. De una habitación interior llegaba el sonido de unos gritos y sollozos femeninos. Eso era todo, excepto que la puerta de la derecha, sobre la que había escrito «Salón», estaba abierta y por ella se distinguía la espalda de un hombre con el abrigo puesto, que se inclinaba sobre algo que había en el suelo.
El inspector cogió las credenciales del señor Egg, las examinó y se las devolvió:
—Temprano comienza usted a trabajar —comentó.
—Sí —dijo Monty—. Me proponía llegar a Pettiford la noche pasada, pero la niebla me detuvo en Madgebury. Me estoy apresurando para ganar el tiempo perdido. He dormido en la Vieja Campana; allí podrán confirmárselo.
—¡Ah! —dijo el inspector, lanzando una mirada al guardia—. Bueno, señor Egg, tengo entendido que ustedes, los viajantes de comercio, se conocen en general muy bien entre sí. Nos gustaría que tratara de identificar a ese hombre de ahí.
—Lo intentaré —dijo Monty aunque, desde Juego, no conozco a todos los viajantes que van por esos mundos. Pero seguramente figurará su nombre entre sus documentos.
—Ese es el problema —contestó el inspector—. Sus documentos debían estar con el muestrario y éste ha desaparecido. Tiene sobre sí algunas cartas, pero, no… bueno, ya nos ocuparemos de eso más tarde. Sígame, por favor.
Se dirigió hacia la habitación de la derecha. El hombre que estaba inclinado se enderezó, haciendo evidentemente un esfuerzo.
—No hay duda acerca de esto, Birch —declaró—. En mitad de la cabeza. Lleva muerto de ocho a diez horas. Es difícil que se lo haya hecho él mismo, o por accidente. El arma es probablemente esa botella que hay ahí. Mejor será que busquen en ella huellas digitales. ¿Desea saber algo más? Porque de lo contrario regresaré a terminar mi desayuno. Si lo desea, hablaré con el coroner.
—Gracias, doctor. De ocho a diez horas, ¿eh? Eso encaja bien con el relato de Rudd. Ahora, señor Egg, venga y échele una ojeada, ¿quiere?
El doctor se hizo a un lado y Monty vio el cadáver de un hombre. Era un individuo pequeño, vestido con un traje azul. Llevaba el negro cabello muy peinado hacia atrás y un delgado bigote. La sangre de una herida en la sien había resbalado y le manchaba su sonrosada mejilla. Aparentaba unos treinta y cinco o cuarenta años.
—Oh, sí, le conozco —dijo Monty—. Le conozco muy bien. Se llama Wagstaffe y es corredor, era corredor de la casa Applebaum and Moss, los grandes bisuteros.
—¿Ah, sí? —dijo el inspector Birch con énfasis—. Ese muestrario suyo supongo que contendría joyas, ¿no es cierto?
—Sí… y relojes y esas cosas.
—¡Hum! —dijo el inspector—. ¿Y puede usted decirme por qué llevaba en el bolsillo diversas cartas dirigidas a otras personas? Aquí hay una: Joseph Smith, Esq. Y aquí otra: Señor Williams Brown. Y esta es muy conmovedora: Harry Thorne, Esq. Esta es muy apasionada.
—¿Necesita usted que se lo expliquen, inspector? —inquirió suavemente el señor Egg.
—A decir verdad, no sé lo que necesito. ¡Ah! Ustedes los viajantes de comercio son todos iguales, ¿verdad? Una novia en cada puerto, ¿eh?
—Yo no, inspector. Las campanas de boda no se han hecho para Monty Egg. Pero me parece que es cierto en cuanto al pobre Wagstaffe. Bueno, parece que ha recibido lo suyo, ¿no es cierto?
—Tiene usted razón. Aunque por las apariencias ofreció alguna resistencia.
El inspector examinó el salón con la mirada. Era una pieza pequeña y todos los muebles que contenía parecían haber sufrido los efectos de la lucha. Una mesita redonda situada ante la chimenea estaba volcada y una botella de whisky rota, había desparramado su contenido en un aromático reguero sobre la alfombra. Las sillas aparecían caídas, el espejo de una rinconera estaba roto como por el impacto de una patada, y un gran reloj de péndulo, situado cerca de la chimenea, estaba inclinado de lado, únicamente sostenido por la repisa del hogar. Los ojos del señor Egg se detuvieron en la esfera del reloj y los del inspector hicieron lo propio. Las manecillas señalaban las once y diez.
—Sí —dijo el señor Birch—. Y a menos que sea un mentiroso, sabemos perfectamente cuando ocurrió esto y quién lo hizo. ¿Sabe usted algo acerca de un viajante llamado Slater?
—He oído hablar de un Archibald Slater —dijo Monty—. Es corredor de lencería.
—Ese es el hombre. ¿Le van bien los asuntos? Quiero decir si tiene un buen empleo.
—Yo aseguraría que sí. Trabaja para una buena firma —Monty la mencionó—, pero no le conozco personalmente. Creo que su campo de actividades estaba en Yorkshire y Lancashire. Se ha hecho cargo del distrito del viejo Cripps.
—¿Puede usted decir si es probable que haya asesinado a un individuo para apoderarse de su muestrario?
Monty protestó. Aquello era la última cosa que un viajante de comercio haría. Entre ellos reinaba un gran respeto mutuo.
—¡Hum! —dijo el inspector—. Pues escuche esto. Vamos a pedir a Rudd que nos cuente de nuevo su relato y lo haremos tomar taquigráficamente.
Las explicaciones del posadero fueron muy claras. El primer viajante, ahora identificado como Wagstaffe, había llegado a las 7,30. Dijo que había tenido intención de seguir hasta Pettiford, pero que la niebla era demasiado espesa. Había encargado la cena y luego se había instalado en el salón, que estaba vacío. El Royal Oak tenía muy poco movimiento en aquella época del año y aquella noche no había nadie, excepto unos labradores en el bar. A las nueve y media había comparecido Slater, echando también la culpa a la niebla por haber tenido que interrumpir su viaje. Ya había cenado y pasó en seguida al salón. Al entrar se le había oído decir a Wagstaffe «con una voz desagradable»: «Oh, ¿tú por aquí?». Después de eso había cerrado la puerta, pero al cabo de un rato Wagstaffe golpeó la portezuela que había entre el salón y el bar y pidió una botella de whisky. A las diez y media, después de cerrar el bar y limpiar los vasos, Rudd había entrado, encontrándose a los dos hombres hablando junto al fuego. Ambos parecían acalorados y furiosos. Rudd dijo que él y su esposa y el camarero se retiraban a dormir, pues tenían que madrugar. «¿Les importaría a los señores apagar la luz cuando se retiraran a sus habitaciones?».
Aquí el posadero se interrumpió para explicar que no habían dormitorios en el salón del bar; sólo una habitación muy grande y vacía que ocupaba todo el frente de la casa y que se utilizaba como sala de asambleas. Los dormitorios daban todos a la parte trasera y desde ellos no se podía escuchar nada que ocurriera en la planta baja. Luego, monótonamente, prosiguió:
—Serían alrededor de las once y veinte cuando oí que alguien subía la escalera y llamaba a la puerta de nuestra habitación. Salté de la cama y abrí y allí estaba Slater. Tenía un aspecto muy extraño y trastornado. Dijo que la niebla había escampado y que se había decidido a seguir hasta Pettiford. Me pareció raro, pero miré por la ventana y vi que la niebla había desaparecido y que la luna brillaba. Le dije que tendría que pagar su habitación, a lo que no opuso ningún reparo. Me eché una bata por encima y bajé con él por la escalera posterior hasta el despacho. Eso está detrás del bar. Le extendí su cuenta y él la pagó. Y luego lo dejé salir por detrás para que fuera al garaje. Se llevó consigo sus bultos…
—¿Cuántos tenía?
—Dos.
—¿Llevaba dos cuando llegó?
—No podría decirlo. No le vi llegar. Dejó sus cosas en el salón del bar y cuando yo salí del despacho con el cambio, él ya había sacado el equipaje, y llevaba puestos el sombrero y el abrigo. No le acompañé más allá del patio, porque hacía mucho frío y no estaba demasiado contento de que me hubieran sacado de la cama; pero oí alejarse el auto al cabo de unos minutos. Entonces me dispuse a volver a mi cuarto y por la ventana del despacho noté que la luz del salón seguía encendida, por lo que la puerta de comunicación debía estar abierta. ¿Entiende lo que quiero decir? Hay en el salón una puerta que da al despacho, y cuando está abierta desde el patio puede verse la luz, a través de la ventana del mismo. De modo que pensé: ese otro sujeto está todavía ahí; voy a cobrarle aparte toda la electricidad que gasta. Y me fui a la cama.
—¿Y no entró usted para ver si seguía allí?
—No, no lo hice —dijo el señor Rudd—. Hacía un frío demasiado vivo para entretenerme en aquel lugar. Me metí en la cama y me dormí.
—Es una lástima. ¿Se durmió usted en seguida?
—Sí, casi en el acto.
—¿No oyó usted a Wagstaffe subir a su cuarto?
—No oí nada en absoluto. Pero la señora Rudd permaneció despierta hasta medianoche y él no había subido aún. Y parece evidente que nunca llegó a hacerlo, ¿verdad?
—Los indicios son en este sentido —convino cautelosamente el inspector—. ¿Qué hay de George?
El camarero confirmó el relato de Rudd y le agregó muy pocas cosas. Dijo que había entrado en el salón del bar entre las 9,30 y las 10 y había interrumpido a los dos hombres en lo que parecía una violenta disputa. Slater estaba diciendo: «Eres una rata… me entran ganas de romperte todos los huesos del cuerpo». Pensó que ambos estarían borrachos. No les dijo nada y se limitó a avivar el fuego y marcharse. No había escuchado más frases de la discusión. Después de que Rudd se hubo retirado a las 10,30, volvió a asomar la cabeza y entonces estaban hablando en voz baja y parecía que leían algunas cartas. Se fue a la cama y más tarde fue despertado por un sonido de pasos y por la marcha de un auto.
—¿Y después de eso? —preguntó el inspector Birch.
George bajó los ojos hoscamente.
—El señor Rudd volvió a subir las escaleras.
—¿Sí?
—Bueno, eso es todo. Volví a dormirme.
—¿No oyó a nadie más moverse por la casa?
—No. Le he dicho que me dormí.
—¿A qué hora se levantó el señor Rudd?
—No lo sé. No me molesté en comprobarlo.
—¿Oyó usted doce campanadas?
—No oí nada. Estaba dormido.
—¿Cuántos bultos trajo consigo Slater?
—Sólo uno.
—¿Está seguro?
—Bueno, me parece.
—Y el otro hombre, Wagstaffe, ¿llevaba alguno?
—Sí, llevaba un maletín. Lo puso junto a él en el salón.
—¿Firmaron esos hombres en el registro?
—Slater lo hizo cuando llegó —dijo el posadero—. Wagstaffe, no. Me proponía recordárselo esta mañana.
—Entonces, Slater no tenía nada premeditado cuando llegó. Parece que fue un encuentro casual. Está bien, Rudd. Luego veré a su esposa. Ahora váyase y no hable demasiado de este asunto. Tenemos el número de matrícula del auto de Slater —agregó sin dirigirse a nadie en particular—. Si realmente se ha dirigido a Pettiford, no pueden tardar en dar con él.
—Desde luego —dijo Monty—. Supongo —prosiguió tímidamente—, que ese reloj no estará diciendo la verdad.
—¿Piensa que alguien podría haberlo atrasado, eh? —dijo el inspector—. ¿Como en esa obra que se representa en Londres?
—Bueno —admitió Monty—, es curiosa la manera cuidadosa cómo el criminal volcó el reloj de péndulo, como si fuera exclusivamente para acumular pruebas contra él. No parece natural. Alaba con discreción; los compradores tienden a desconfiar de quien exagera demasiado, como se dice en el Manual del Vendedor.
—Pronto lo veremos —dijo el inspector, mientras se acercaba al reloj—. Aunque mejor será esperar un poco; antes, comprobaremos si tiene huellas digitales.
La llegada de un fotógrafo con un aparato para hacer resaltar y fijar las huellas dactilares puso en evidencia un número tan grande de ellas Lanío en el reloj como en la botella que hacía evidente que el uso de trapos para el polvo y de plumeros había sido abandonado desde hacía mucho tiempo en el Royal Oak. De todos modos, se tomaron una serie de fotografías y el inspector y un guardia unieron sus esfuerzas para enderezar el reloj. No parecía haber sufrido mucho daño, sino sólo haberse detenido cuando el péndulo chocó contra una de las paredes de la caja, porque al ser puesto en su posición normal emprendió tranquilamente la marcha. El señor Birch acercó su grueso índice al minutero; luego cambió de opinión.
—No —dijo—, mejor será dejarlo tranquilo. Si se le ha estado manoseando, podríamos encontrar algo en las agujas, aunque es un lugar poco apto para que queden registradas las huellas. Pero nunca se sabe. Supongo que marchará perfectamente durante una o dos horas.
—Oh, sí —dijo el señor Egg, abriendo la caja y observando el interior—. Las pesas están muy bajas, especialmente una de ellas, pero yo diría que le quedan aún unas doce horas de cuerda. ¿Qué día es hoy? Probablemente le dan cuerda los domingos por la mañana.
—Probablemente —convino el inspector—. Bueno, gracias, señor Egg. Me parece que no hace falta retenerle por más tiempo.
—Supongo que no, habrá inconveniente en que me tome un bocadillo en el bar —sugirió Monty—. Abrirá dentro de una media hora y no he desayunado mucho.
—Pues yo, nada en absoluto —dijo sombríamente el señor Birch.
Ante aquello, era evidente lo que procedía. El inspector estaba acabando un gran plato de huevos con tocino cuando una conmoción en la puerta anunció la llegada de un sargento de policía con el fugitivo señor Slater. Este era un hombre corpulento, que parecía enfurecido y que empezó a protestar violentamente tan pronto hubo entrado en la pieza.
—Cállese de una vez, amigo —dijo el señor Birch—. ¿Cuántos bultos llevaba cuando lo ha encontrado, sargento?
—Sólo uno, señor… el suyo.
—Les digo que no sé nada acerca de esto —aseguró Slater—. Dejé a Wagstaffe aquí a las once y veinte, más o menos, y entonces estaba perfectamente, es decir, bastante bebido. Me fui en mi coche a la media, o tal vez a las doce menos cuarto. Llegué con un bulto y me fui igualmente con uno, hélo aquí; cualquiera que afirme otra cosa está mintiendo. Si hubiese cometido un asesinato, ¿cree usted que me hubiera dirigido a Pettiford y sentado a tomar el desayuno en las Cuatro Campanas, aguardando a que vinieran a cogerme?
—Puede ser que sí y puede ser que no —dijo el señor Birch—. ¿Conocía usted a Wagstaffe?
El encolerizado señor Slater pareció sentirse bastante incómodo.
—Le había visto varias veces.
—Me han dicho que se peleó usted con él.
—Bueno… estaba bebido y se puso molesto. Esa es una de las razones por la que me fui.
—Ya.
El inspector miró las cartas cogidas del bolsillo del muerto.
—Se llama usted Archibald, ¿verdad? ¿Tiene usted una hermana que se llama Edith…? ¡Quieto!
Slater había intentado apoderarse con un rápido ademán de la carta que tenía Birch.
—Bueno —admitió sombríamente—. No me importa decirle que ese cerdo de Wagstaffe era un sinvergüenza como hay pocos. Nosotros le conocíamos bajo el nombre de Thorne y mi hermana era su esposa… o pensaba que lo era hasta que resultó que estaba casado con otra mujer bajo otro nombre. Se desposaron mientras yo estaba de viaje por el norte y no sabía nada acerca de eso hasta que llegué a este distrito. Él ha llevado buen cuidado de apartarse de mi camino… hasta esta noche. No es que yo tuviera que hacerle nada, excepto obtener que pagara una pensión para su hijo; al final, dijo que pagaría. Yo… mire, inspector, me doy buena cuenta de que eso tiene mal aspecto, pero…
—¡Eh! —exclamó Monty—. No se olvide del reloj. Está a punto de tocar.
—Sí —dijo el inspector—. Cuando fue derribado durante la pelea, este reloj señalaba las anee y diez. Usted se fue de aquí después de la media. Si ahora da una campanada, sabremos que fue atrasado; si toca doce, entonces es que nos dice la verdad y usted deberá atenerse a las consecuencias.
La caja del reloj permanecía abierta. A la primera campanada, observaron fascinados cómo la pesa correspondiente bastante más baja que la otra, descendía con lentitud…
El reloj tocó doce campanadas.
—Bueno, eso está bien claro —dijo el señor Birch sombríamente.
—¡No es verdad! —exclamó Slater. Luego agregó con más calma—: El hombre pudo haber sido muerto después de irme yo, pero aún antes de medianoche, y las manecillas hechas retroceder tres cuartos de hora.
Y mientras el inspector vacilaba:
—Un momento —dijo Monty—. Si me permite usted, inspector, acaba de ocurrírseme algo. Al dar las doce es cuando la pesa recorre más camino, y ésta sólo ha bajado cuatro centímetros. Ahora bien, ¿cómo es que cuelga tan poco debajo de la otra? ¿Entiende lo que quiero decir? Durante las horas largas, desde las seis a las doce, el peso de la campana adelanta a la de la cuerda, pero durante las horas cortas, la de la cuerda recupera el terreno perdido, de modo que según mi experiencia nunca hay entre ellas más allá de un par de centímetros de diferencia en un reloj con ocho días de autonomía, y terminan siempre niveladas. ¿Cómo es posible, pues, que en este caso muestren tanta desigualdad?
—Las debieron subir descuidadamente —sugirió el inspector.
—O bien eso —dijo Monty— o es que el reloj ha sido adelantado once horas. Esa es la única manera de retrasar un reloj que da las horas, a menos que se tenga el sentido común para levantar la pesa de la campana al mismo tiempo, lo cual se le ocurre a muy pocas personas.
—¡Uf! —dijo el señor Birch—. ¿Cómo saben lo que ha ocurrido? ¿Quién le da cuerda a este reloj? Mejor será preguntarle a Rudd.
—Si disculpa mi intromisión, yo no se lo preguntaría a él —dijo pensativamente el señor Egg.
—¡Oh! —exclamó el señor Birch—. Ya entiendo. —Se acarició el bigote—. Aguarde un momento. Ya sé lo que hay que hacer.
Salió de la pieza y volvió al cabo de un poco con un muchacho de unos catorce años.
—Hijito —le preguntó el inspector—. ¿Quién da cuerda a ese reloj?
—Papá lo hace cada domingo por la mañana.
—¿Viste cómo le daba cuerda el domingo pasado?
—Oh, sí.
—¿Puedes recordar si dio cuerda hasta que las dos pesas estuvieron del todo arriba… o las dejó separadas, así?
—Siempre las sube al máximo: catorce vueltas a la llave, es decir, dos vueltas para cada día; y cuando la pesa está arriba del todo pega un golpecito.
El inspector asintió con la cabeza.
—Eso es todo. Ahora vete. Señor Egg, parece que ha descubierto usted algo muy interesante. ¡Sargento!
El sargento hizo un ademán de asentimiento y salió. Transcurrió media hora, señalada por el casi imperceptible descenso de la pesa de la cuerda y el solemne tic-tac del reloj. Luego el sargento entró de nuevo, con un maletín en la mano.
—Exactamente, señor; debajo de un montón de estiércol en el gallinero. Tiene que haber sido o Rudd o el camarero, George.
—Supongo que ambos están complicados —dijo el inspector—. Pero maldito si sé cuál de ellos ha cometido el crimen. Tendremos que aguardar hasta que se comprueben esas huellas dactilares.
—¿Por qué no les pregunta por la llave del reloj? —sugirió el señor Egg.
—¿Para qué?
—Oh, es una idea que se me ha ocurrido.
—Muy bien. Hagan entrar a Rudd. Rudd, deseamos la llave de este reloj.
—Oh, ¿la quieren, eh? —dijo el posadero—, pues yo no la tengo, ¿saben? No sé a dónde ha ido a parar y puede meter esto en su pipa y fumárselo. ¡Vaya faena bonita para una casa respetable!
—Muy bien —dijo el inspector—. Preguntaremos a George. ¿Dónde está la llave de ese reloj, George?
El camarero se pasó una mano por encima de la boca reseca.
—Se guarda dentro de ese jarrón que hay sobre la chimenea —explicó.
—Pues no está aquí —dijo el inspector, después de examinar el lugar indicado.
—No —dijo Monty—. ¿Y cómo sabía Rudd que no estaba aquí si no la hubiese buscado la noche pasada con el fin de subir esa pesa hacia el nivel que le correspondía después de haber adelantado el reloj once horas? No es extraño que la pieza aparezca tan revuelta.
El rostro del posadero se volvió de una palidez verdosa y George empezó a tartamudear.
—Por favor, señor, yo no sabía nada de eso hasta que todo estuvo hecho. Yo no he intervenido para nada.
—Póngales las esposas a los dos, sargento —dijo el inspector Birch—. Y usted, Slater, recuerde que nos hará falta como testigo. Le estoy muy agradecido, señor Egg. Pero me gustaría saber adónde diablos habrá ido a parar esta dichosa llave.
—Mejor será que pregunte a ese jovencito con quien hemos hablado —dijo el señor Egg—. Es sorprendente cómo un pequeño detalle como este puede causar la perdición de un hombre. Como dice el Manual del vendedor: Cuida de los detalles y conseguirás la venta… un pequeño peso hace a menudo inclinarse la balanza.