indiscutiblemente en otra parte (spanish)
Lord Peter Wimsey estaba sentado con el inspector jefe Parker, del Departamento de Investigación Criminal, y con el inspector Henley, de la policía de Baldock, en la biblioteca de «Las Lilas».
—De modo que ya ven —dijo Parker—; todos los sospechosos estaban en otra parte a aquella hora.
—¿Qué quiere usted decir con «en otra parte»? —preguntó Wimsey bruscamente. Parker se lo había llevado hasta Wapley, en la Great North Road, sin darle tiempo para desayunar. Estaba malhumorado—. ¿Se refiere a que no podían alcanzar la escena del crimen sin viajar a más de trescientos mil kilómetros por segundo? Porque si no quiere decir eso, no estaban indiscutiblemente en otra parte. Sólo estaban relativamente o aparentemente, en otro sitio.
—Por amor del cielo, no se ponga filosófico. Humanamente hablando, estaban en otro sitio y si tenemos que inculpar a alguno de ellos deberemos hacerlo sin considerar sus contracciones de Fitzgerald y sus coeficientes de curvatura esférica. Creo, inspector, que mejor será que los veamos uno por uno, de modo que pueda oír de nuevo todos sus relatos. Usted puede comprobar si se apartan en algo de su declaración primitiva. Empecemos por el mayordomo.
El inspector asomó la cabeza por la puerta y llamó:
—Hamworthy.
El mayordomo era un hombre de mediana edad, cuya curvatura esférica era ciertamente digna de consideración. Su rostro ancho estaba pálido y abotargado; parecía sentirse incómodo. Sin embargo, empezó el relato sin la menor vacilación.
—Llevo veinte años al servicio del difunto señor Grimbold, caballeros. Siempre ha sido para mí un buen amo. Era una persona severa, pero muy justa. Sé que en los negocios tenía fama de duro, pero supongo que no tenía más remedio que serlo. Era soltero y tuvo a su cuidado a sus dos sobrinos, el señor Harcourt y el señor Neville; fue muy bueno para ellos. En su vida privada, yo le definiría como un hombre amable y considerado. ¿Su profesión? Sí, supongo que ustedes le llamarían usurero.
»En relación con los acontecimientos de anoche, señor, sí. Cerré la casa a las 7,30, como de costumbre. Todo se hizo a la hora exacta, señor; el señor Grimbold era muy regular en sus costumbres. Aseguré todas las ventanas de la planta baja, como es habitual durante los meses de invierno. Estoy seguro de no haberme olvidado nada. Todas están provistas de cerrojos a prueba de ladrones y me hubiera dado cuenta si hubiera habido alguno estropeado. También cerré con llave y corrí el cerrojo de la puerta principal, y puse la cadena.
—¿Y qué hay de la puerta trasera?
—En ella, señor, hay una cerradura Yale. La examiné y vi que estaba cerrada. No, no inmovilicé el pestillo. Siempre lo dejábamos así, señor, para el caso de que el señor Grimbold se retrasara a causa de sus negocios; de esta manera podía entrar sin necesidad de molestar a nadie.
—Pero anoche no tenía ningún negocio en la ciudad, ¿verdad?
—No, señor, pero siempre la dejábamos así. Nadie podía entrar sin llave y el señor Grimbold siempre la llevaba consigo.
—¿No existe ninguna otra llave?
—Creo —el mayordomo tosió—, creo, señor, aunque no lo sé, que hay una,… en posesión de… de una dama que actualmente está en París.
—Ya entiendo. Según parece el señor Grimbold tenía alrededor de los sesenta años. ¿Cómo se llama esta dama?
—Señora Winter, señor. Vive en Wapley, pero creo que reside en el extranjero desde que murió su marido el mes pasado.
—Ya. Mejor será que tome nota de eso, inspector. Ahora, ¿qué me dice de las ventanas de arriba?
—Las ventanas del piso estaban todas aseguradas de la misma forma, señor, excepto las del dormitorio del señor Grimbold y las de los cuartos de la cocinera y mío; pero no podía alcanzárselas sin una escalera; está en el cobertizo de las herramientas.
—Está bien —interrumpió el inspector Henley—. Anoche ya nos ocupamos de eso. El cobertizo estaba cerrado y lo que es más, había una telaraña entre la escalera y la pared.
—Recorrí todas las habitaciones a las siete y media, señor y todo estaba en orden.
—Desde luego, yo también le aseguro que no se ha forzado ningún cerrojo —volvió a intervenir el inspector—. Prosiga, Hamworthy.
—Sí, señor. Mientras estaba inspeccionando la casa, el señor Grimbold bajó a la biblioteca para tomarse una copa de jerez. A las 7.45 fue servida la sopa y anuncié al señor Grimbold que la cena estaba dispuesta. Se sentó al extremo de la mesa, como de costumbre, dando la cara a la portezuela de servicio.
—Y dando la espalda a la puerta de la biblioteca —dijo Parker, mientras hacía una señal en el tosco plano que tenía delante. ¿Estaba cerrada esta puerta?
—Oh, sí, señor. Todas las puertas y ventanas estaban cerradas.
—Parece una habitación muy ventilada —dijo Wimsey—. Dos puertas y una portezuela de servicio, aparte de dos ventanales.
—Sí, milord; pero todas encajan muy bien y las cortinas estaban corridas.
Su señoría se acercó a la puerta de comunicación y la abrió.
—Sí —dijo—; buena y pesada. Se mueve con un silencio siniestro. Me gustan estas alfombras tan gruesas, pero el dibujo es demasiado chillón.
Cerró la puerta sin hacer ruido y volvió a instalarse en su sillón.
—El señor Grimbold tardó unos cinco minutos en terminar su sopa, señor. Cuando estuvo listo, le quité el plato y le serví el pescado. Yo no tenía que abandonar la pieza; todo lo recibo a través de la portezuela de servicio. El vino, es decir, el Chablis, ya estaba en la mesa. Aquel plato se componía únicamente de una pequeña ración de rodaballo, en cuya consumición el señor Grimbold empleó otros cinco minutos. Luego le serví el faisán asado. Iba a servirle la guarnición cuando sonó el teléfono. El señor Grimbold dijo: «Mejor será que vayas a ver quién es. Ya me acabaré de servir yo». Desde luego, no incumbía a la cocinera contestar al teléfono.
—¿No hay ningún otro sirviente?
—Sólo la mujer que viene cada día a hacer la limpieza, señor. Salí a contestar y cerré la puerta detrás de mí.
—¿Lo hizo por este aparato o por el que está en el vestíbulo?
—Por el del vestíbulo, señor. Siempre utilizo aquél a menos que esté en la biblioteca en el momento en que suena. La llamada era del señor Neville Grimbold, desde Londres. Él y el señor Harcourt tenían un apartamiento en Jermyn Street. El señor Neville habló y en seguida reconocí su voz. Dijo: «¿Eres tú, Hamworthy? Aguarda un momento. El señor Harcourt quiere decirte algo». Dejé el auricular y al momento habló el señor Harcourt. Dijo: «Hamworthy, esta noche deseo ir a ver a mi tío, si está en casa». Le contesté: «Sí, señor, ya se lo diré». Los jóvenes caballeros vienen a menudo a pasar una o dos noches. Siempre les tenemos preparadas sus habitaciones. El señor Harcourt dijo que saldría inmediatamente y que esperaba llegar hacia las nueve y media. Mientras hablaba, oí que el gran reloj de pared que tienen en su apartamiento empezaba a dar las ocho; inmediatamente, oí las campanadas del nuestro, al instante, la telefonista anunció que habían pasado los tres minutos. De modo que la llamada debió hacerse a las ocho menos tres minutos, señor.
—En tal caso, no existe duda acerca de la hora. Siempre es un consuelo. ¿Y qué más, Hamworthy?
—El señor Harcourt pidió que no cortaran y luego dijo: «El señor Neville tiene algo que decirte», y luego el señor Neville volvió a hablarme. Dijo que en breve se iba a Escocia y que deseaba que le enviara un traje de campo y algunos calcetines y camisas que se había dejado aquí. Deseaba que el traje fuese enviado antes a la tintorería y me dio otras diversas instrucciones, de modo que tuvo que pedir tres minutos más. Eso sería a las ocho y tres minutos, señor. Y alrededor de un minuto después, mientras él seguía hablando sonó el timbre de la puerta principal. No podía abandonar el teléfono, de modo que el que llamaba tuvo que esperar. A las ocho y cinco volvió a tocar el timbre. Me disponía a pedirle al señor Neville que me disculpara un momento, cuando vi que la cocinera salía a abrir. El señor Neville me pidió que repitiera sus instrucciones y entonces la telefonista nos interrumpió de nuevo, de modo que colgó. Cuando me volví, observé a la cocinera que estaba cerrando la puerta de la biblioteca. Fui a su encuentro y ella me dijo: «Aquí está otra vez ese señor Payne, que desea ver al señor Grimbold. Le he hecho pasar a la biblioteca, pero no me gusta su aspecto». De modo que dije: «Muy bien; yo me entenderé con él». Y la cocinera se fue a sus dominios.
—Un momento —dijo Parker—. ¿Quién es el señor Payne?
—Es uno de los clientes del señor Grimbold. Vive a cinco minutos escasos de aquí, a través de los campos. Había estado otras veces en esta casa, armando alboroto. Creo que debe dinero al señor Grimbold, señor, y que deseaba más tiempo para pagarle.
—Está aquí, aguardando en el recibidor —agregó Henley.
—¿Oh? —dijo Wimsey—. ¿El tipo sin afeitar, con el ceño fruncido, un bastón de fresno y la americana manchada de sangre?
—Exactamente, milord —dijo el mayordomo—. Bueno, señor —se volvió otra vez hacia Parker—, me dirigía a la biblioteca cuando de repente recordé que no había sacado el clarete y que el señor Grimbold se disgustaría mucho. De modo que me llegué a la recocina, que usted ya sabe donde está, señor, y lo cogí de donde se estaba calentando ante el fuego. Luego tuve que buscar la bandeja hasta que descubrí que había puesto encima mi diario de la noche; pero no transcurrió más de un minuto, antes de que regresara al comedor. Y entonces, señor —la voz del mayordomo se hizo temblorosa—, entonces vi al señor Grimbold caído sobre la mesa, encima de su plato. Pensé que le había dado un desmayo y avancé presuroso hacia él y encontré… encontré que estaba muerto, señor, con una herida terrible en la espalda.
—¿No había ningún arma?
—Yo no vi ninguna, señor. Había un gran charco de sangre. Me sentí extrañamente débil y durante un minuto, apenas supe lo que tenía que hacer. Tan pronto como recobré el ánimo, corrí a la portezuela de servicio y llamé a la cocinera. Se apresuró a venir y lanzó un horrible chillido cuando vio al amo. Entonces me acordé del señor Payne y abrí la puerta de la biblioteca. Estaba allí, de pie, y en el acto empezó a preguntarme cuánto rato tendría que esperar. De modo que le dije: «¡Ha ocurrido una cosa tremenda! ¡El señor Grimbold ha sido asesinado!». Y él me echó a un lado y entró en el comedor. Lo primero que dijo fue: «¿Cómo están esas ventanas?». Apartó las cortinas de la más cercana a la biblioteca y resultó que estaba abierta. «Por aquí ha entrado», dijo él, y se dispuso a salir. Le dije: «No, usted no», pues creí que se disponía a irse y le cogí con fuerza. Me dirigió una serie de improperios y luego dijo: «Oiga, amigo, sea razonable, el culpable debe estar huyendo. Debemos intentar cogerlo». A lo que contesté: «No, sin que yo le acompañe». Y él dijo: «Muy bien». De modo que le dije a la cocinera que no tocara nada y se limitase a llamar a la policía, y el señor Payne y yo salimos después de que hube recogido mi linterna en la despensa.
—¿Le acompañó Payne a recogerla?
—Sí, señor. Bueno, él y yo salimos y registramos el jardín, pero no vimos huellas ni nada por el estilo, porque hay una acera de asfalto que rodea la casa y que desciende hasta la puerta exterior. Tampoco descubrimos ningún arma. Entonces dijo: «Mejor será que retrocedamos a buscar el coche y recorramos estas carreteras», pero yo contesté: «A estas alturas ya se habrá desvanecido», porque sólo hay cuatrocientos metros desde nuestra casa hasta la Great North Road, y emplearíamos cinco o diez minutos en prepararnos para salir, de modo que el señor Payne dijo: «Tal vez tenga razón», y regresó conmigo hacia la casa. Entonces, llegó un guardia de Wapley y al cabo de un ratito el inspector aquí presente y el doctor Crofts desde Baldock. Hicieron un registro y nos preguntaron muchas cosas, que yo contesté tan bien como supe. No puedo decirle nada más, señor.
—¿Observó usted si el señor Payne estaba manchado de sangre?
—No, señor, no creo que lo estuviera. Cuando le vi por primera vez estaba en pie aquí, precisamente debajo de la luz. Hubiera visto las manchas en caso de haberlas. Honradamente debo decirlo así.
—Desde luego, inspector, habrá usted registrado esta pieza en busca de manchas de sangre o un arma o, por ejemplo, unos guantes o un paño que pudieran haberse utilizado para proteger al asesino de las salpicaduras de sangre.
—Sí, señor Parker. Hemos hecho un minucioso registro.
—¿Pudo alguien haber descendido las escaleras mientras estaba usted en el comedor con el señor Grimbold?
—Bueno, señor, supongo que cabe en lo posible, pero tendría que haber entrado en la casa antes de las siete y media, señor, y haberse ocultado en algún sitio. Desde luego, no hay duda de que habría sucedido de esa manera. No habría podido descender por la escalera posterior, desde luego, porque en tal caso hubiese tenido que cruzar la cocina y la cocinera lo hubiese oído, pero en cuanto a la escalera principal… Bueno, no sé qué decir al respecto.
—Así es como el hombre entró, pueden estar seguros —dijo Parker—. No se muestre tan afectado, Hamworthy. Nadie puede echarle en cara el que no haya registrado todos los rincones de la casa en busca de un criminal oculto. Ahora me parece que lo mejor será entrevistarse con los dos sobrinos. Supongo que se llevaban muy bien con su tío, ¿verdad?
—Oh, sí, señor, nunca han tenido una discusión. Para ellos ha sido un golpe terrible. Cuando en verano el señor Grimbold estuvo enfermo, se mostraron muy afectados.
—¿Estuvo enfermo, eh?
—Sí, señor, del corazón, en julio pasado. La cosa se puso fea y enviamos a buscar al señor Neville. Pero se recobró magníficamente; sólo que nunca volvió a ser el alegre caballero de antes. Supongo que debió darse cuenta de que ya no era joven. Pero estoy seguro de que nadie pensó nunca que podría acabar así.
—¿A quién va a parar su dinero? —preguntó Parker.
—No lo sé. Supongo que será dividido entre los dos caballeros, señor, pese a que ellos ya son ricos de por sí. Pero el señor Harcourt podrá darle todos los detalles. Es el albacea testamentario.
—Muy bien, ya se lo preguntaremos. ¿Están ambos hermanos en buenas relaciones?
—Oh, sí, desde luego, señor. Se quieren mucho. El señor Neville haría cualquier cosa por el señor Harcourt, y viceversa, estoy seguro. Son un par de caballeros muy agradables, señor. Sería difícil encontrarlos mejores.
—Gracias, Hamworthy. Eso es todo por el momento, al menos que alguien quiera hacerle otra pregunta.
—¿Qué cantidad de faisán se había comido, Hamworthy?
—Un trozo muy pequeño, es decir, mucho menos del que el señor Grimbold tenía en su plato. Pero había comido un poco. Debería hacer tres o cuatro minutos que comía cuando lo mataron, milord, a juzgar por la cantidad que le serví.
—¿No había nada que sugiriera que fue interrumpido, por ejemplo, por alguien que entró por una ventana o por haberse puesto en pie para franquear el paso a una persona?
—Nada de que yo me diera cuenta, milord.
—La silla estaba muy cerca de la mesa cuando yo lo vi —intervino el inspector—, y la servilleta sobre las rodillas, en tanto que el tenedor y el cuchillo yacían debajo de sus manos, como si los hubiera dejado caer en el momento de recibir el golpe. Tengo la impresión de que el cuerpo no fue movido.
—No, señor. No lo moví en absoluto, excepto, desde luego, para asegurarnos de que estaba muerto. Pero nunca sentí dudas acerca de ello, señor, tan pronto vi aquella terrible herida en la espalda. Me limité a levantarle la cabeza y a dejarla caer de nuevo, en la misma posición que antes.
—Muy bien, Hamworthy. Dile al señor Harcourt si quiere hacer el favor de venir.
El señor Harcourt Grimbold era un hombre de unos treinta y cinco años, de aspecto despierto. Explicó que era corredor de bolsa y que su hermano Neville estaba empleado en el Ministerio de Salud pública, y que habían vivido con su tío desde los once y diez años, respectivamente. Se daba cuenta de que su tío contaba con muchos enemigos en el mundo de los negocios, pero por su parte sólo había recibido de él pruebas de afecto y bondad.
—Me temo que no podré decirles gran cosa sobre este asunto terrible, puesto que no llegué aquí hasta las 9,45 de la noche, cuando todo había terminado.
—Era un poco más tarde de lo que había esperado usted llegar, ¿verdad?
—Sólo un poquito. La luz posterior de mi auto se apagó entre Welwyn Garden City y Welwyn. Fui detenido por un guardia. Me metí en un garaje de Welwyn, donde descubrieron que un hilo se había soltado. Lo arreglaron y esto me retrasó unos cuantos minutos más.
—Desde aquí a Londres hay unos sesenta y cinco kilómetros, ¿verdad?
—Un poquito más. De ordinario, a estas horas de la noche, diría que de puerta en puerta se tarda una hora y cuarto. No soy un loco del volante.
—¿Conduce usted mismo?
—Sí. Tengo un chófer, pero cuando vengo aquí no lo traigo siempre conmigo.
—¿A qué hora salió de Londres?
—Creo que hacia las ocho y veinte. Neville se dirigió al garaje y sacó el auto tan pronto como terminó de telefonear, mientras yo preparaba mi maleta.
—¿No se enteró de la muerte de su tío antes de salir?
—No. No se les ocurrió telefonearme hasta después de haberme ido. La policía trató de localizar más tarde a Neville, pero se había marchado al club. Yo mismo le telefoneé después de haber llegado aquí. Ha venido esta mañana.
—Bueno, señor Grimbold, ¿puede contarnos algo sobre los negocios de su difunto tío?
—¿Se refiere usted a su testamento? ¿Quién se beneficia y todas esas cosas? Bueno, pues en primer lugar estamos Neville y yo. Y luego la señora… ¿han oído hablar de una señora Winter?
—Sí, vagamente.
—Ella recibe un tercio. Y luego, naturalmente, el viejo Hamworthy hereda una bonita cantidad, y la cocinera obtiene algo; también hay un legado de quinientas libras para el empleado que mi tío tenía en su oficina de Londres. Pero la parte más importante es para nosotros y para la señora Winter. Sé lo que ahora va a preguntarme: ¿A cuánto asciende? No tengo ni la menor idea, pero sé que debe ser una cantidad considerable. El viejo nunca contó a nadie lo que en realidad tenía y nosotros nunca nos preocupamos de ello. Yo me las arreglo muy bien y el sueldo de Neville es una carga pesada para un erario público, de modo que nuestro interés por el asunto es más bien débil y desapasionado.
—¿Supone usted que Hamworthy sabía que recibiría un legado?
—Oh, sí, no se había hecho ningún secreto de ello. Debía recibir cien libras y un vitalicio de doscientas libras anuales, con la condición, desde luego, de que siguiera al servicio de mi tío en el momento de su muerte.
—¿Y no estaba despedido o algo por el estilo?
—No, no. No más de lo corriente. Mi tío acostumbraba a despedir a todo el mundo casi una vez cada mes, para mantenerlos bien a raya. Pero nunca se llevaba a la práctica. Era como la Reina de Corazones de Alicia; nunca ejecutaba a nadie, ya sabe.
—Entiendo. De todos modos, será mejor que hablemos de eso con Hamworthy. Ahora, referente a esa señora Winter, ¿sabe usted algo sobre ella?
—Oh, sí. Es una mujer encantadora. Desde luego, fue la amiga de mi tío Williams durante muchos años, pero su marido estaba embrutecido por el alcohol y apenas si puede recriminársela. Esta mañana le he telegrafiado y aquí está la respuesta, que acaba de llegar.
Entregó a Parker un telegrama, enviado desde París, que decía:
Terriblemente afectada y apenada. Regreso inmediatamente. Amor y simpatía.
Lucy
—Así, pues, ¿está usted en buenas relaciones con ella?
—Válgame Dios, sí. ¿Por qué no? Siempre hemos sentido mucha pena por ella. El tío Williams se la hubiese llevado consigo a algún lugar, pero ella no quería abandonar a Winter. De hecho, creo que habían decidido prácticamente que se casarían ahora que Winter había tenido la sensatez de morirse. Ella tiene sólo unos treinta y ocho años. Ya era hora de que tuviera una vida algo tranquila, pobrecita.
—De modo que a pesar del dinero ella no tenía en realidad mucho que ganar con la muerte de su tío, ¿no?
—Nada en absoluto. A menos, desde luego, que deseara casarse con alguien más joven y tuviese miedo de perder el dinero. Pero creo que apreciaba sinceramente al viejo. En todo caso, no habría podido cometer el asesinato, puesto que estaba en París.
—¡Hum! —dijo Parker—. Supongo que está allí. Aunque mejor será asegurarnos. Telefonearé al Yard y pediré que comprueben su llegada a Inglaterra. ¿Está este teléfono conectado directamente con el exterior?
—Sí —dijo el inspector—. Es independiente del teléfono del vestíbulo, están conectados en paralelo.
—Muy bien. Bueno, me parece que no necesitaremos molestarle a usted más por el momento, señor Grimbold. Voy a llamar al Yard y después llamaremos al siguiente testigo… Deme Whitehall 1212, por favor… Supongo que la hora de la llamada del señor Harcourt desde Londres ha sido comprobada, ¿verdad, inspector?
—Sí, señor Parker. Fue hecha a las 7,57 y renovada a las 8 y a las 8,03. Una conferencia muy cara. Y también hemos localizado al guardia que le hizo notar que las luces de su coche no iban bien y el garaje que se las arregló. Llegó a Welwyn a las 9,5 y salió de nuevo a las 9,15. También se ha comprobado la matrícula del auto.
—Bueno, en todo caso, él está descartado, pero mejor es hacer todas las verificaciones posibles… Oiga, ¿hablo con Scotland Yard? Póngame con el inspector-jefe Hardy. Aquí el inspector-jefe Parker.
Tan pronto hubo terminado su conferencia, Parker envió a buscar a Neville Grimbold. Era bastante parecido a su hermano, pero un poco más delgado y con modales más suaves, como correspondía a un funcionario público. No tuvo nada que añadir, excepto confirmar el relato de su hermano y explicar que había ido al cine desde las 8,20 hasta las 10 y luego a su club, de modo que no había sospechado nada acerca de la tragedia hasta la última hora de la noche.
A continuación se entrevistaron con la cocinera. Tenía muchas cosas que decir, pero nada muy convincente que contar. No había reparado en Hamworthy cuando fue a la recocina en busca del clarete, aunque en lo demás confirmó la narración del mayordomo. Rechazó con desdén la idea de que alguien hubiese permanecido oculto en una de las habitaciones, porque la mujer de la limpieza, la señora Crabbe, había estado en la casa hasta cerca de la hora de cenar, metiendo bolas de naftalina en todos los armarios; y, en todo caso, no tenía duda de que «ese Payne» había apuñalado al señor Grimbold. Después de lo cual, sólo quedaba entrevistarse con el peligroso señor Payne.
El señor Payne fue casi agresivamente franco. Había sido tratado por el señor Grimbold con muy poca humanidad. Con un interés usurario y acumulado al capital. Casi había devuelto ya cinco veces el importe del préstamo original y últimamente el señor Grimbold se había negado a concederle más plazo para que pagara y había anunciado su intención de cobrarse en especies, es decir, en la casa y en las tierras del señor Payne. Aquella postura era tanto más brutal cuanto que el señor Payne tenía las máximas probabilidades de poder saldar la deuda al cabo de seis meses, debido a ciertos intereses o participaciones que tenían que producirle buenos dividendos. En su opinión, el viejo Grimbold había rehusado prorrogarle el plazo intencionadamente, para impedirle que pudiera pagar, pues lo que deseaba era la propiedad. La muerte de Grimbold salvaba la situación, porque aplazaba cualquier liquidación hasta después de que se produjera el esperado ingreso. El señor Payne hubiese asesinado con placer al viejo Grimbold, pero no lo había hecho. No era la clase de hombre para apuñalar a otro por la espalda, aunque si el usurero hubiera sido más joven, se hubiera sentido feliz al romperle todos los huesos, uno por uno. Así era la cosa, y podían cogerla o dejarla. Si aquel viejo loco, Hamworthy, no se hubiese interpuesto en su camino, hubiera podido atrapar al criminal; eso si Hamworthy era un loco, de lo cual tenía sus dudas. ¿Sangre? Sí, había sangre en su americana. Se había manchado mientras forcejeaba con Hamworthy junto a la ventana. Las manos de Hamworthy estaban llenas de sangre cuando apareció en la puerta de la biblioteca. No había duda de que se las había ensuciado con el cadáver. Él, Payne, había tenido buen cuidado de no cambiarse de vestido, porque si lo hubiese hecho alguien hubiera pensado que trataba de ocultar algo. En realidad, no se había ido a su casa, ni nadie se lo pidió, desde que se cometió el crimen. El señor Payne agregó que protestaba enérgicamente de la actitud adoptada por la policía local, que lo había tratado con hostilidad no disimulada. A lo cual el inspector Henley contestó que el señor Payne estaba equivocado por completo.
—Señor Payne —dijo lord Peter—, ¿quiere decirme una cosa? Cuando oyó usted ruido en el comedor y los gritos de la cocinera, ¿por qué no trató usted de averiguar en seguida lo que ocurría?
—¿Por qué? —contestó el señor Payne—. Porque no oí nada de eso, esta es la razón. La primera noticia que tuve fue ver al mayordomo parado ahí, en la puerta agitando sus manos enrojecidas y tartamudeando.
—¡Ah! —dijo Wimsey—. Ya decía yo que era una puerta muy buena y sólida. ¿Podemos pedir a la cocinera que se ponga en el comedor y chille para nosotros, con la ventana abierta?
El inspector salió, mientras el resto del grupo esperaba ansiosamente para contar los chillidos. Sin embargo, no ocurrió nada hasta que Henley asomó la cabeza y preguntó qué habían oído.
—Nada —dijo Parker.
—Es una casa muy bien construida —dijo Wimsey—. Supongo que cualquier sonido que surja por la ventana será sofocado por los cortinajes. Bueno, señor Payne, si no oyó usted los gritos no es sorprendente que no notara usted la presencia del asesino. ¿Son estos todos sus testigos, Charles? Porque tengo que regresar a Londres para ver a un hombre acerca de un perro. Pero voy a dejarle dos sugerencias junto con mi bendición. Una es que debería usted buscar un coche, que permaneció detenido a menos de cuatrocientos metros de esta casa la noche última, entre las 7,30 y las 8,15; la segunda es que esta noche deberían todos ustedes acudir a instalarse en el comedor, con las puertas y ventanas cerradas y observar los ventanales. Yo telefonearé al señor Parker hacia las 8. Oh, y podría usted dejarme la llave de la puerta trasera. Se me ha ocurrido una buena idea.
El inspector-jefe le alargó la llave y su señoría se marchó.
El grupo reunido en el comedor distaba mucho de estar de buen humor. De hecho, toda la conversación corría a cargo de la policía, quien sostenía una animada charla sobre las respectivas aventuras de pesca, en tanto que el señor Payne permanecía cejijunto y los dos Grimbold fumaban cigarrillo tras cigarrillo; la cocinera y el mayordomo se movían nerviosamente en el mismo borde de las sillas. La llamada del teléfono constituyó un alivio.
Parker miró su reloj y se levantó para contestar.
—Las siete y cincuenta y siete —observó, y vio que el mayordomo se pasaba el pañuelo por sus labios temblorosos—. No pierdan de vista los ventanales.
Salió y se dirigió al vestíbulo.
—¡Diga! —preguntó.
—¿Hablo con el inspector jefe Parker? —preguntó una voz desconocida—. Le habla el criado de lord Peter Wimsey desde las habitaciones de su señoría en Londres. ¿Quiere aguardar un momento? Su señoría desea hablarle.
Parker oyó como dejaban el auricular y lo levantaban de nuevo. Luego le llegó la voz de Wimsey.
—Hola, amigo. ¿Ha encontrado ya ese coche?
—Hemos oído hablar de un coche —contestó el inspector jefe con cautela— que ha sido visto en un puesto de gasolina de la Great North Road, a unos cinco minutos de marcha de la casa.
—¿Era su matrícula la ABJ 28?
—Sí. ¿Cómo lo sabe?
—Pensé que podría serlo. Fue alquilado en un garaje de Londres a las cinco de la tarde de ayer y devuelto un poco antes de las diez. ¿Ha localizado a la señora Winter?
—Sí, eso creo. Esta noche ha desembarcado de la nave procedente de Calais. De modo que en apariencia no hay nada contra ella.
—Ya me lo esperaba. Ahora, escuche. ¿Sabe usted que los negocios de Harcourt Grimbold distan mucho de ser prósperos? En julio pasado estuvo a punto de perderlo todo, pero alguien acudió en su socorro… Posiblemente el tío, ¿no cree, usted? Todo es bastante turbio, me ha dicho quien me ha informado. Y muy confidencialmente me han contado que está enredado de mala manera con la quiebra de Biggars-Whitlow. Pero desde luego ahora no tendrá dificultad en encontrar dinero, al amparo del testamento del tío. Pero imagino que el asunto de julio fue un aviso para el tío Williams. Espero…
Fue interrumpido por una musiquilla seguida por las ocho campanadas del reloj.
—¿Oye eso? ¿Lo reconoce? Es el gran reloj francés que tengo en mi sala de estar… ¿Qué? Muy bien, central, deme tres minutos más. Bunter desea hablarle de nuevo.
El auricular produjo un ruidito y la voz del sirviente se dejó oír de nuevo.
—Su señoría me pide que le diga a usted, señor, que cuelgue inmediatamente el teléfono y se vaya sin pérdida de tiempo al comedor.
Parker obedeció. Al entrar en la pieza, tuvo la impresión instantánea de que habían seis personas, sentadas tal como las había dejado, formando un semicírculo expectante con los ojos vueltos hacia las vidrieras. Luego se abrió la puerta de la biblioteca, y por ella compareció lord Peter Wimsey.
—¡Válgame Dios! —exclamó Parker involuntariamente—. ¿Cómo ha llegado usted hasta aquí?
Las seis cabezas se volvieron de repente.
—Montado sobre un rayo de luz —dijo Wimsey, mientras se alisaba el cabello—. Para estar con ustedes he viajado ciento veinte kilómetros a la velocidad de trescientos mil por segundo.
—En realidad, estaba bastante claro —dijo Wimsey, cuando hubieron dominado a Harcourt Grimbold (quien se debatió desesperadamente) y a su hermano Neville (quien sufrió un colapso y tuvo que ser reanimado con coñac)—. Tenían que ser esos dos; estaban demasiado en otro sitio… casi absolutamente en otro sitio. El crimen sólo había podido cometerse entre las 7.57 y las 8.06, y no había razón para una conferencia tan prolongada sobre algo que Harcourt podía haber dicho perfectamente cuando llegara. Y el criminal tenía que estar en la biblioteca antes de las 7.57, o hubiese sido visto en el vestíbulo… a menos que Grimbold le hubiera franqueado la entrada por uno de los ventanales, lo cual no parecía probable.«
»He aquí cómo se las arreglaron. Harcourt salió de Londres en un auto alquilado que conducía él mismo, alrededor de las seis. Dejó el vehículo en un puesto de gasolina después de dar alguna explicación. Supongo que no sería conocido allí, ¿verdad?
—No; es un puesto nuevo; fue inaugurado el mes pasado.
—¡Ah! Luego anduvo los últimos cuatrocientos metros y llegó a esta casa a las 7.45. Estaba oscuro y probablemente llevaría zapatos con suela de goma para no hacer ningún ruido. Se ocultó en algún rincón del exterior, dispuesto para entrar en la casa por la puerta trasera, de cuya llave poseía un duplicado.
—¿Cómo lo consiguió?
—Le quitó la auténtica al tío Williams en julio pasado, mientras que el viejo estaba enfermo. Probablemente, la enfermedad fue causada al enterarse de que su querido sobrino estaba metido en un lío. Harcourt estaba aquí por entonces, recuerde que sólo hubo necesidad de «enviar a buscar» a Neville, y supongo que el tío pagó, bajo ciertas condiciones. Pero dudo de que hubiese vuelto a hacerlo, en especial cuando estaba pensando en casarse. Y también supongo que Harcourt temió que el tío podría cambiar fácilmente su testamento después del matrimonio. Incluso podría haber fundado una familia, ¿y qué sería del pobrecito Harcourt en tal caso? Desde todos los puntos de vista, era mejor que el tío dejase de vivir. De modo que sacó un duplicado de la llave e ideó el plan y el hermano Neville, quien «haría cualquier cosa por el señor Harcourt», fue metido en el asunto. Me inclino a creer que Harcourt debe haber hecho algo bastante peor que una mala inversión de dinero y Neville puede tener también sus propios problemas. Pero, ¿por dónde iba?
—Disponiéndose a entrar en la casa por la puerta trasera.
—Oh, sí, así he entrado esta noche. Él permaneció en el jardín hasta cerciorarse que el tío Williams estaba en el comedor, lo que supo al ver que se apagaba la luz de la biblioteca. Recuerde que nada de lo que ocurría en la casa era extraño para él. Entró en la mansión y se dirigió a oscuras hasta la biblioteca, donde esperó junto al teléfono a que Neville llamara desde Londres. Cuando el timbre dejó de tocar, descolgó el teléfono de la biblioteca. Tan pronto como Neville hubo recitado el preámbulo, Harcourt intervino. Nadie podía oírlo a través de estas puertas a prueba de sonidos y Hamworthy no podría saber que su voz no procedía de Londres. De hecho, sí que llegaba de Londres, porque, puesto que los teléfonos estaban conectados en paralelo, sólo podían comunicarse a través de la central. A las 8, el gran reloj de Jermyn Street tocó las campanadas, como prueba adicional de que seguía funcionando la comunicación con Londres. En el momento en que Harcourt oyó aquello, llamó a Neville para que hablara de nuevo, colgando su teléfono al amparo del ruido que produjo Neville al coger el suyo. Luego Neville entretuvo a Hamworthy con una serie de tonterías relacionadas con un traje, en tanto que Harcourt entraba en el comedor, apuñalaba a su tío y se iba por el ventanal. Tenía sus buenos cinco minutos para apresurarse a llegar hasta su auto y alejarse con él… Y Hamworthy y Payne le dieron en realidad aún más tiempo al sospechar uno del otro y entorpecerse mutuamente.
—¿Por qué no se retiró Harcourt por el mismo camino que siguiera al entrar?
—Esperaba que todo el mundo creyera que el asesino había entrado por la ventana. Entretanto, Neville salió de Londres a las 8.20, en el auto de Harcourt, y se cuidó de llamar la atención de un guardia y del empleado de un garaje hacia la matrícula de su coche, al pasar por Welwyn. En un lugar prefijado de las afueras de esta última población se encontró con Harcourt, le contó su pequeña historia acerca de las luces de cola y permutaron sus vehículos. Neville regresó a Londres con el auto alquilado; Harcourt volvió a esta casa con su propio coche. Pero temo que le será a usted bastante difícil encontrar el arma homicida, el duplicado de la llave y la americana y los guantes manchados de sangre que utilizó el asesino. Es probable que Neville se los llevara consigo y pueden estar en cualquier sitio. No olvide que en Londres hay un río muy grande y profundo.