baratísimo (spanish)
El señor Montague Egg fue arrancado de su hermoso sueño por un desagradable ruido en la habitación contigua.
—¡Ua! ¡Ua! ¡Ua! —en una serie de rugidos que iban aumentando de volumen. Luego siguió un gorgoteo como de algo que se atraganta.
El Griffin de Cuttles bury era un hotel anticuado y mal atendido. Ni el señor Egg ni sus compañeros de profesión hubiesen soñado en alojarse en él en circunstancias ordinarias. Pero el Hombre Verde había quedado temporalmente inutilizado por un desastroso incendio; y por eso el señor Egg, después de una cena mal cocinada y escasamente digerible, yacía sobre un incómodo lecho en aquella sombría y polvorienta habitación. El servicio era tan deficiente que ni siquiera disponía de luz eléctrica en el cuarto, ni de cerillas encima de la mesita de noche.
Mientras recobraba lentamente plena conciencia, el señor Egg se hizo cargo de la situación. En aquel aislado corredor había tres dormitorios; el suyo, en el centro; a la izquierda del número 8, donde dormía el viejo Waters, de la firma Brotherhood, Limited, fabricantes de bebidas suaves y de repostería; a la derecha, el número 10, ocupado por aquel hombre corpulento que trataba en joyas, cuyo nombre era Pringle, y qué durante la cena se había atiborrado de caballas sospechosas y de cerdo mal cocido, con gran admiración de todos los presentes. Muy cerca de la cabecera del lecho de Monty, los tranquilos y rítmicos ronquidos del viejo Waters agitaban la pared medianera como la vibración de un camión que pasara. Tenía que ser Pringle quien profería aquellos rugidos; las caballas y el cerdo eran la explicación más plausible.
El ruido había cesado; ahora sólo se oían unos débiles gruñidos. No conocía a Pringle ni le había gustado mucho su aspecto. Pero tal vez el hombre estuviese realmente enfermo. Lo menos que podía hacer era ver si le ocurría algo.
Con desgana, puso los pies en el suelo. No se molestó en buscar cerillas y encender la ahumada luz de gas que había en un extremo de la pieza. Se dirigió a tientas hacia la puerta, la abrió y salió al pasillo. En el extremo más alejado, otra lámpara de gas desprendía una luz vacilante, lanzando una engañadora mezcla de luces y sombras sobre los dos crujientes escalones que separaban el pasillo del rellano de la escalera.
En el número 8, el viejo Waters seguía roncando tranquilamente. Monty dobló hacia la derecha y llamó a la puerta del número 10.
—¿Quién es? —preguntó una voz sofocada.
—Yo… Egg —dijo Monty. Mientras hablaba dio vuelta al pomo, pero la puerta estaba cerrada—. ¿Se encuentra bien? Le he oído gritar.
—Lo siento. —La cama crujió como si quien hablaba se incorporara en ella—. Ha sido una pesadilla. Lamento haberle molestado.
—No tiene importancia —dijo el señor Egg, contento de ver confirmado su diagnóstico—. ¿Seguro que no puedo ayudarle en nada?
—No, gracias, estoy bien.
El señor Pringle parecía haber metido de nuevo la cabeza entre las sábanas.
—Entonces, buenas noches —dijo Monty.
—Buenas noches.
El señor Egg se deslizó hasta su dormitorio. Los ronquidos en el número 8 aumentaban de volumen y mientras él cerraba la puerta y corría el pestiño, terminaron de repente con un feroz resoplido. Todo estaba en silencio. Monty se preguntó qué hora sería, pero mientras tanteaba en el bolsillo de su americana en busca de cerillas, un reloj empezó a tañer con un sonido dulce, vibrante, suave que parecía venir de muy lejos. Contó doce campanadas. Era más temprano de lo que había pensado. Sintiéndose cansado, se había ido a la cama a las diez y media y había oído a Waters pasar ante su puerta sólo unos minutos después. No se oía en el hotel ningún sonido o movimiento. Abajo, en la calle principal, pasó un coche. Los ronquidos en el número 8 recomenzaron.
El señor Egg regresó a su incómodo colchón e instaló de nuevo sobre él su rollizo cuerpo. Detestaba ser arrancado del primer sueño, delicioso y profundo. ¡Caramba con Waters! Somnoliento, contó los ronquidos hasta que empezó a adormilarse.
¡Clic! Una puerta del pasillo se había abierto. Luego se oyeron pasos furtivos, interrumpidos por un crujido y un traspiés. Alguien había subido los dos escalones mal iluminados, en su camino hacia el rellano de la escalera. Oyendo los uniformes ronquidos de Waters, Monty decidió con satisfacción hasta cierto punto amarga, que las caballas y el cerdo habían podido más que el señor Pringle.
Luego, de repente, se quedó dormido.
A las seis, fue despertado de nuevo por un rumor en el pasillo y unos porrazos dados en la puerta número 8. Por lo visto Waters tenía que coger uno de los primeros trenes. La doncella prorrumpía en risitas en la habitación de al lado. El viejo Waters era un Don Juan, pero el señor Egg hubiera deseado que guardara sus galanterías para una hora más decente. Pasos que cruzaban ante su puerta; crujido, traspiés, maldición… Waters había tropezado en los dos escalones al dirigirse al cuarto de baño. Un delicioso intervalo de tranquilidad. Tropezón, crujido, maldición, pasos, la puerta que se cerraba… Waters que regresaba del baño. Otros rumores indicativos de que Waters se vestía y cerraba sus maletas. Pasos, crujidos, tropezón, blasfemia… ¡Gracias al cielo! Por fin se había ido Waters.
Monty alargó el brazo para coger su reloj, cuya esfera se distinguía ahora débilmente gracias a la luz que se filtraba por las sucias cortinas. Las siete menos dos minutos… Faltaba más de media hora para que tuviera que levantarse. Un reloj lejano tocó los cuartos y luego las siete campanadas y al cabo de un momento las repitió con su sonido dulce, vibrante, suave que ya había oído durante la noche. Luego el silencio, subrayado tan sólo por las distantes idas y venidas del personal del hotel. El señor Egg volvió a dormirse.
A las siete y veinte el pasillo resonó con unos alaridos penetrantes y reiterados.
Monty se levantó de un salto. Aquella vez ocurría algo serio. Corrió hacia la puerta, luchando por ponerse su batín. Tres o cuatro personas vinieron a toda prisa procedentes de la escalera.
La doncella estaba a la puerta del número 10. Había dejado caer la tinaja que llevaba y la alfombra aparecía empapada de agua. El rostro de la mujer era verdoso y su cofia estaba caída hacia un lado; chillaba con la regularidad automática y estridente de un violento histerismo.
Dentro, sobre la cama, yacía tendido el corpulento señor Pringle. Su rostro aparecía tumefacto y en su grueso cuello se distinguían feas manchas purpúreas. La sangre había manado de su nariz y boca y había manchado la almohada. Las ropas estaban amontonadas en una silla y la maleta yacía abierta en el suelo; su dentadura postiza reía en el interior de un vaso colocado en la repisa del lavabo, pero su maletín de viajante, con las muestras de joyería, no se veía por ningún sitio. Habían asesinado al señor Pringle para robarle.
Con una extraña sensación de angustia, el señor Egg comprendió que debía haber oído cómo se cometió el crimen y haber hablado con el asesino. Explicó todo esto al inspector Monk.
—No podía notar si la voz sonaba parecida a la de él. Apenas si le había hablado. Durante la cena no se sentó en mi mesa, y sólo cambiamos una palabra más tarde, en el salón del bar. La voz era sofocada, podía muy bien pertenecer a un hombre que acababa de despertarse y hablaba algo cubierto por las sábanas y sin su dentadura postiza. No creo que pudiera reconocer de nuevo la voz.
—Eso es muy lógico, señor Egg; no se atormente usted. Ahora, en relación con ese señor Waters que se marchó con el primer tren, ¿dice usted que lo oyó roncar todo el tiempo?
—Sí; antes y después. Lo conozco bien; es una persona respetable.
—Desde luego. Bueno, supongo que tendremos que ponernos en contacto con él, pero evidentemente, si ha dormido todo el rato, no podrá contarnos nada. Creo que debemos aceptar que la persona con quien usted habló era el asesino. ¿Dice usted que puede precisar la hora?
—Sí —Monty describió otra vez cómo había oído las doce campanadas—. Y a propósito —agregó—, desde luego, yo no puedo presentar ninguna coartada, pero mis patronos, los señores Plummett and Rose, Vinos y Alcoholes, Piccadilly, le darán las referencias que desee acerca de mí.
—Ya nos ocuparemos de eso, señor Egg. No se preocupe —dijo imperturbablemente el inspector Monk—. Déjeme pensar, ¿dónde he oído yo hablar de usted? ¿Conoce a un amigo mío llamado Ramage?
—¿El inspector Ramage de Ditchley? ¡Ya lo creo! Solucionamos un pequeño problema acerca del reloj de un garaje.
—Eso es. Me dijo que era usted un individuo inteligente.
—El inspector Ramage es demasiado amable.
—Bueno, de momento aceptaremos su declaración y veremos adonde nos conduce. Veamos ahora lo de ese reloj. Supongo que iría a la hora, ¿no?
—Esta mañana lo he oído tocar de nuevo, e iba exactamente como el mío. Por lo menos —dijo Monty, mientras la sombra de una duda le cruzaba el cerebro y luego se desvanecía—, creo que era el mismo reloj. Tiene idéntico tono: profundo y rápido y lo que uno llamaría susurrante. Un sonido muy agradable.
—Hum —dijo el inspector—. Mejor será comprobar esto. Podía estar mal durante la noche y bien por la mañana. Démonos una vuelta por el hotel a ver si lo identificamos. Ruggles, haga entender al señor Bates que nadie debe moverse de donde está y dígale que terminaremos con la mayor rapidez posible. ¿Vamos, señor Egg?
En el Griffin sólo había seis relojes que tocaran campanadas. El de péndulo que había en la escalera fue eliminado rápidamente; su tañido era débil, agudo y tembloroso, como la voz de un hombre muy viejo. Tampoco el reloj del garaje tenía el sonido que buscaban, mientras que el del bar y el gran monstruo de bronce del salón eran inaudibles desde la habitación de Monty, y el reloj del comedor era de cuco. Pero cuando llegaron a la cocina, situada precisamente debajo de la habitación de Monty, éste dijo en seguida:
—Me parece que es este.
Era un viejo reloj americano de pared, con cuerda para ocho días, con la caja de palo rosa, la esfera pintada y el dibujo de una colmena en el cristal de la portezuela.
—Conozco esta clase de relojes —dijo Monty—, su campana es en realidad un muelle que da precisamente ese tono profundo, susurrante, como la campana de una iglesia, pero mucho más rápido.
El inspector abrió el reloj y atisbo en su interior.
—Completamente exacto —dijo—. Ahora comprobémoslo. Las nueve menos veinte. Correcto. Por favor, váyase a su habitación y yo correré las manecillas hasta que den las nueve, y luego nos dirá usted lo que ha oído.
En su dormitorio, con la puerta cerrada, Monty escuchó de nuevo aquellas notas profundas, rápidas, vibrantes. Corrió escaleras abajo.
—Es exactamente así, por lo que pude juzgar.
—Bien. Entonces, si nadie ha manoseado el reloj, tenemos la hora exacta del crimen.
Se demostró inesperadamente fácil comprobar que el reloj estaba señalando la medianoche. La cocinera lo había puesto en hora con el reloj del Ayuntamiento antes de irse a dormir a las once. Luego había cerrado la puerta de la cocina y se había llevado consigo la llave, como hacía siempre.
—De lo contrario, ese Boots estaría a todas horas aquí abajo, robando comida de la despensa.
Y Boots, un muchacho desmedrado de unos dieciséis años, había confirmado recelosamente esta afirmación al admitir que había intentado abrir la puerta de la cocina media hora más tarde y la había encontrado bien asegurada. No había ningún otro acceso a la cocina, excepto por la puerta trasera y las ventanas, todas con el cerrojo corrido por el interior.
—Muy bien —dijo el inspector—. Ahora ocupémonos de las coartadas de toda esa gente. Y entretanto, Ruggles, mejor será que busque minuciosamente el muestrario de Pringle. Sabemos que se lo llevó a su cuarto —agregó, en obsequio de Monty, en quien parecía dispuesto a confiar—, porque el camarero lo vio. Y no pueden haberlo sacado del hotel antes de descubrirse el cuerpo, porque todas las puertas que dan al exterior estaban cerradas y las llaves puestas a buen recaudo, lo hemos verificado, y nadie ha salido de aquí después de que han sido abiertas, excepto su amigo Waters, y según usted él no es el asesino. A menos, desde luego, que sea un cómplice.
—Waters no —dijo firmemente el señor Egg—. El viejo Waters es honrado a carta cabal. Ni siquiera es capaz de falsificar sus notas de gastos.
—Muy bien —contestó el inspector—; ¿pero dónde está el muestrario?
Después de examinar con resultado negativo a todo el personal del Griffin, el inspector Monk volvió su atención hacia los huéspedes. Después de la memorable cena a base de caballa y cerdo, el señor Egg, el señor Waters y otros dos viajantes de comercio llamados Loveday y Turnbull habían jugado al bridge hasta las diez y media, hora en que el señor Egg y el señor Waters se retiraron. Los otros dos se habían ido entonces al bar hasta que lo cerraron a las once. Después, se habían dirigido a la habitación del señor Loveday, al otro lado del hotel. Habían permanecido allí charlando hasta las doce y media y luego se separaron. A la una, el señor Loveday había acudido a pedirle prestada al señor Turnbull una dosis de sales de frutas, que era la mercancía que representaba. De esta manera se proporcionaban mutuamente una coartada. Y no parecía haber razón para dudar de ellos.
Después vino una señora anciana apellidada Flack, quien era evidentemente incapaz de estrangular con las manos desnudas a un hombrón. Su habitación estaba en el primer rellano y durmió sin ser molestada hasta las doce y media, cuando alguien pasó ante su puerta y abrió un grifo en el cuarto de baño. Un poco antes de la una, esta persona inconsiderada regresó a su habitación. Aparte de esto, no había oído nada.
El único huésped que quedaba, además de Waters y del propio Pringle, era una persona que había llegado con éste en su automóvil y dijo que era un «agente fotográfico» y que se llamaba Alistair Cobb. Al inspector Monk no le gustó su aspecto, pero no dudó de su importancia pues había pasado buena parte de la velada con el hombre asesinado.
—Quítense de la cabeza que yo sé muchas cosas sobre Pringle —dijo el señor Cobb alisándose el cabello—. Nunca lo había visto hasta las siete de ayer tarde. Se me había escapado el autobús de Tadworthy, ya saben, ese pueblecito distante de aquí unos seis kilómetros, y no había ningún otro hasta las nueve. De modo que empecé a caminar por la carretera con la maleta en la mano cuando compareció Pringle y se ofreció a llevarme. Me dijo que lo hacía a menudo. Era un tipo muy sociable. No le gustaba viajar solo.
El señor Egg (quien estaba presente en la entrevista, privilegio sin duda atribuido a la favorable opinión que de él tenía el inspector Ramage) se encogió de hombros ante aquel extraño proceder de un viajante de joyas.
—Era un tipo muy decente —prosiguió el señor Cobb—. Alegre a más no poder. Me trajo hasta aquí…
—¿Tenía usted trabajo en Cuttlesbury?
—Desde luego. Fotografías, ¿sabe? Amplío gratis el retrato de boda de papá y mamá. Y les vendo el marco por veinticinco chelines. Ya sabe de qué se trata.
—Lo sé —contestó el inspector con énfasis que evidenciaba la mala opinión que le merecía tal negocio.
—Bueno —dijo el señor Cobb con un guiño—, después cenamos, y por cierto una cena condenadamente mala. A continuación charlamos un rato en el salón del bar. Bates y el camarero nos vieron allí. Luego Bates se fue a jugar al billar con un joven que compareció por aquí y nosotros permanecimos sentados hasta cerca de las once. Luego Pringle se retiró… dijo que no se encontraba bien, lo cual no me sorprende. Esas caballas…
—Olvídese de las caballas —dijo Monk—. El camarero afirma que usted y Pringle se bebieron un último trago a las once menos cinco y que luego Pringle se fue a la cama, llevándose su maletín con el muestrario. ¿Se dirigió usted directamente al billar?
—Sí, en seguida. Jugamos… Un momento. Es decir, primero fui al billar y encontré que Bates y el otro sujeto estaban casi finalizando su partida. De modo que dije que iba a hacer una llamada y que luego me enfrentaría con Bates. Podrá usted comprobar la llamada sabiendo a la hora que se hizo. Hablé con El Toro, de Tadworthy. Me había dejado olvidados unos guantes en el bar. Un hombre me contestó y dijo que los había encontrado y que me los enviaría.
El inspector tomó nota.
—¿Y cuánto rato jugaron ustedes al billar?
—Hasta alrededor de las ocho y cuarto. Entonces Bates dijo que ya estaba cansado, y que al día siguiente tenía que levantarse pronto, de modo que nos tomamos las medidas que le había ganado jugando y yo también me retiré.
El inspector asintió con la cabeza. Aquello confirmaba la declaración del propietario.
—Mi habitación está en el primer rellano —prosiguió el señor Cobb—. No, no del lado del corredor donde se ha producido el crimen; hacia la otra parte. Me fui a tomar un baño; el cuarto de baño está junto a los escalones que descienden hasta el corredor. Serían hacia la una menos diez cuando volví a mi cuarto. Reinaba una tranquilidad completa.
—¿De qué habían hablado usted y Pringle?
—Oh, de todo un poco —contestó el señor Cobb con ligereza—. Empezamos explicando chistes. Pringle contó un par verdaderamente buenos. ¿Quiere un cigarrillo, inspector?
—No, gracias. ¿Por casualidad llegó Pringle a mencionar…? Pase, Ruggles, ¿qué hay? Discúlpenme un momento, caballeros.
El inspector se acercó a la puerta donde habló brevemente con el sargento. Luego regresó a su sitio con una foto en la mano.
—Señor Cobb, supongo que entre su material no habrá fotos así, ¿verdad?
El señor Cobb lanzó una espesa bocanada de humo.
—No —contestó—, ¡no! ¿De dónde ha sacado esto tan bonito?
—¿Lo había visto alguna vez?
El señor Cobb vaciló.
—Bueno, puesto que usted lo menciona, sí. El difunto señor Pringle me la enseñó anoche. No hubiese dicho nada si usted no me hubiera preguntado. No hay que hablar mal de los muertos. Pero él era un poco frescales.
—¿Seguro que es la misma?
—Eso parece. La misma muchacha bonita y la misma bonita pose.
—¿Dónde la llevaba? —preguntó el inspector, recuperando la fotografía e incorporándola a sus notas, pero no antes de que el señor Egg pudiera echarle una ojeada y quedara bastante impresionado.
—En el bolsillo interior de la americana —contestó el señor Cobb después de pensar un momento.
—Ya. Supongo que Pringle le contó a usted a qué se dedicaba. ¿Mencionó algo relativo a tomar precauciones contra los ladrones o cosa semejante?
—Mencionó que llevaba en su maletín mercancías de mucho valor y que siempre cerraba con llave la puerta de su dormitorio —explicó el señor Cobb con aire de entera franqueza—. No es que yo se lo preguntara. Poco me importa a qué se dedicaba.
—Desde luego. Bueno, señor Cobb, me parece que de momento no necesito molestarle más, pero le agradecería que permaneciese en el hotel hasta que le haya visto de nuevo. Lamento perturbar sus planes.
—No tiene importancia —dijo amablemente el señor Cobb—. A mí no me importa quedarme.
Salió de la pieza sonriendo con tranquilidad.
—¡Puah! —dijo el inspector Monk—. Vaya sujeto desagradable. Baratísimo. Y también un mentiroso. ¿Ha visto usted esa foto? No entiendo cómo hay personas que se dedican a hacer esas porquerías. Bueno, pues nunca la había llevado en el bolsillo interior de la americana. Los bordes no están nada doblados. Por su aspecto, acaba de salir del sobre. No me importaría apostar a que encontraríamos sus compañeras en el equipaje de ese individuo. Pero como es lógico, él no lo admitirá. Pues constituye un delito venderlas.
—¿Dónde se ha encontrado esta?
—Bajo la cama de Pringle. Si Cobb no tuviese una coartada… Pero estoy seguro de que Bates dice la verdad y además, la ventana de la habitación de la cocinera queda frente por frente a la del salón de billar y los vio jugando allí hasta las doce y cuarto. A menos que estén todos complicados en el caso, lo que no es probable. Y el maletín de Pringle sigue sin aparecer. Pero nada podemos ante la evidencia del reloj. ¿Está seguro de que tocó las doce?
—Completamente. Es imposible que confundiera una o dos campanadas con doce.
—No, desde luego que no.
El inspector tamborileó los dedos sobre la mesa, con la mirada perdida. Monty interpretó aquello como una despedida. Regresó a su dormitorio. La cama aún no estaba hecha ni el lavabo vaciado, pues la desaliñada rutina del Griffin había quedado convertida en un caos completo como consecuencia de la catástrofe. Se dejó caer en una butaca de muelles rotos, encendió un cigarrillo y meditó.
Llevaba así diez minutos cuando oyó que el reloj del Ayuntamiento daba los cuartos y luego tocaba once campanadas. Mecánicamente, esperó oír como una contestación los melodiosos sonidos del reloj de la cocina, pero no se escuchó. Luego recordó que Monk había adelantado la minutera veinte minutos, de modo que debía haber tocado un buen rato antes. Y luego se puso en pie de un salto lanzado una exclamación.
—¡Cielos! ¡Qué estúpido he sido! Esta mañana a las siete el reloj del Ayuntamiento tocó primero, y el de la cocina inmediatamente después. Pero anoche no oí tocar el reloj del Ayuntamiento. El reloj de la cocina debe haber sido alterado de una manera u otra. A menos… a menos… a menos, ¡por Jove! Tal vez podría ser eso. Sí, sí, es posible. Un momento antes de que el reloj diera las doce, Waters dejó de roncar.
Salió corriendo de su habitación y penetró apresuradamente en el número 8. Como el suyo, éste también estaba en desorden. Como su propia habitación, parecía que no le habían quitado el polvo en varias semanas. Y en la mesilla de noche junto a la cama de Waters, cuya cabecera estaba arrimada al delgado tabique que separaba ambas piezas, se veía una señal en el polvo, como si un objeto cuadrado de unos siete centímetros de lado, hubiese descansado allí durante la noche.
El señor Egg salió del cuarto y recorrió el pasillo. Tropezó con los dos escalones mal iluminados y lanzó un juramento. Dobló en ángulo y se metió en el cuarto de baño. La ventana daba a una estrecha calle lateral, que por un lado salía a la calle principal y por el otro a un callejón que discurría a lo largo de una serie de almacenes. Corriendo escaleras abajo, el señor Egg se tropezó con el inspector Monk, que salía del bar.
—¡Retenga a Cobb! —jadeó el señor Egg—. Creo que he destruido su coartada. ¿Adónde se ha ido Waters? Quiero ponerle una conferencia telefónica. ¡Aprisa!
—Waters dijo que se marchaba a Sawcaster —dijo Monk, bastante sorprendido.
—En tal caso —dijo Monty, haciendo uso de sus conocimientos profesionales—, se alojará en el hotel La Campana y visitará a Hunter, a Merriman y a Hackett and Brown. Lo localizaremos en un sitio u otro.
Después de una media hora muy atareada junto al teléfono, localizó su objetivo en una de las pastelerías de Sawcaster.
—Waters —le apremió Monty—, quiero que contestes a algunas preguntas, viejo, y luego ya te explicaré la razón. No te preocupes si te parecen tontas. ¿Llevas contigo un reloj? ¿Sí? ¿Cómo es? ¿Uno antiguo de repetición? ¿Sí? ¿Cuadrado, de unos siete centímetros de lado? ¿Sí? ¿Lo tuviste anoche en la mesilla junto a la cama? ¿Tiene por campana un muelle? ¿Sí? ¡Gracias al cielo por eso! ¿Con notas profundas, rápidas, suaves, como las campanas de la iglesia? ¡Sí, sí, sí! Ahora, viejo, piensa bien. ¿Te despertaste durante la última noche y pusiste en marcha el mecanismo de repetición? ¿Lo hiciste? ¿Estás seguro? ¡Bien! ¿A qué hora? ¿Dio las doce? ¿Qué hora representa eso? Cualquier hora entre las doce y la una. Entonces, por el amor de Dios, Waters, toma el primer tren de regreso de Cuttlesbury, porque tu condenado reloj nos ha hecho casi a ti y a mí cómplices de un asesinato. Sí, ASESINATO… No te retires, el inspector Monk quiere hablarte.
—Bueno —dijo el inspector cuando colgó el teléfono—, su declaración podría habernos metido en un gran embrollo, ¿verdad? Ha sido una buena cosa que se le ocurriera algo. Ahora vamos a registrar el equipaje del baratísimo señor Cobb y veremos si tiene más fotos sabrosas. Supongo que las cogió para enseñárselas a Pringle.
—Eso es. No podía entender cómo consiguió el criminal entrar en la habitación. Como es lógico, Pringle cerraría con llave. Pero desde luego debió dejarla abierta para Cobb, quien le prometería acudir al cabo de un rato y enseñarle algo que le pondría los pelos de punta. Cobb debió llevarse un buen susto cuando Pringle consiguió gritar y yo llamé a la puerta. Pero mostró mucha presencia de ánimo, hay que reconocerlo. Probablemente es un vendedor de primera clase, pese a la asquerosa mercancía que corre.
—Pero oiga —dijo el inspector—, ¿qué ha podido hacer con el maletín de Pringle?
—Lo tiró por la ventana del cuarto de baño a un cómplice con quien se puso en contacto cuando la llamada a Tadworthy. ¡Pero si incluso oí alejarse el auto, momentos después de que aquel condenado reloj diera las doce! —exclamó Monty, enjugándose la frente.