Stories 93 / Random

Stories by dorothy leigh sayers

almendras amargas (spanish)

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—¡Maldita sea! —exclamó el señor Montague Egg—. Otro magnífico cliente que desaparece.
Frunció el ceño mirando el diario matutino donde se informaba de que aquel día se celebraría el sumario judicial acerca del hallazgo del cadáver del señor Bernard Whipley, un caballero muy rico y bastante excéntrico a quien la firma Plummett and Rose había vendido de tiempo en tiempo una considerable cantidad de sus vinos más escogidos.
Monty había sido invitado más de una vez por el señor Whipley a que probara su propia mercancía, sentados en la agradable sala de Cedar Lawn, frente a una botella de viejo Oporto que el señor Whipley en persona había subido amorosamente de la bodega, o con una botella de buen coñac, sacado del enorme armario de caoba que tenía allí.
El señor Whipley no permitía que nadie manejara sus bebidas alcohólicas. Uno nunca puede confiar en los sirvientes, decía, y no deseaba que le robaran, ni encontrar a la cocinera con la cabeza metida debajo del fogón.
Por eso el señor Egg frunció el ceño y suspiró, y luego lo frunció todavía más al leer que el señor Whipley había, aparecido muerto, aparentemente envenenado con ácido prúsico, después de beber una copita de crema de menta luego de terminar de cenar.
No es agradable que los clientes mueran de repente, envenenados, después de catar una bebida que uno le ha suministrado, y tampoco es bueno para el negocio.
El señor Egg miró su reloj. La ciudad en que se hallaba en aquel momento distaba sólo una veintena de kilómetros de la residencia del difunto señor Whipley. Monty decidió que tal vez fuese conveniente acudir a presenciar el sumario judicial. Además, estaba en situación de testimoniar la naturaleza inofensiva de la crema de menta que suministraba la firma Plummett and Rose.
Así, pues, se dirigió, en auto hacia allí tan pronto hubo terminado su desayuno. Envió previamente una tarjeta al coroner y consiguió un sitio adecuado en la atestada salita donde tenía lugar la vista del caso.
El primer testigo fue el ama de llaves, la señora Minchin, una dama corpulenta y ya mayor, de respetabilidad casi exagerada. Dijo que llevaba más de veinte años al servicio del señor Whipley. Él bordeaba los ochenta, pero era muy activo y con una salud excelente, excepto que debía llevar cuidado con su corazón, lo cual no era de extrañar.
Siempre le había considerado como un amo excelente. Tal vez había sido poco comunicativo en cuanto a los asuntos financieros y había vigilado con mucha atención los gastos de la casa, pero personalmente a ella eso no le molestaba, pues cuidaba de los intereses que se le encomendaban con tanto celo como si fueran propios. Se había cuidado del manejo de la casa desde la muerte de la señora.
—El señor Whipley se encontraba tan bien como de costumbre el lunes por la tarde —prosiguió la señora Minchin—. El señor Raymond Whipley telefoneó poco después de comer para decir que vendría a cenar…
—¿Se trata del hijo del señor Whipley?
—Sí… de su único hijo —mientras decía estas palabras, la señora Minchin miró hacia el joven delgado, pálido, casi con aspecto de viejo, sentado cerca del señor Egg en el espacio reservado para los testigos, y resopló significativamente—. Él señor y la señora Cedric se alojaban en la casa. El señor Cedric Whipley es el sobrino del señor Whipley. No tenía otros parientes.
El señor Egg identificó al señor y a la señora Cedric Whipley en el joven vestido a la última moda y en la mujer de negro que se sentaba al otro lado del señor Raymond. La testigo prosiguió su declaración.
—El señor Raymond llegó en su coche a las seis y media e inmediatamente se dirigió al estudio para ver a su padre. Salió de nuevo cuando el gong anunció que se acercaba la hora de la cena, a las siete y cuarto. Pasó junto a mí en el pasillo y tuve la impresión de que estaba algo trastornado. Como el señor Whipley no salía, entré a avisarle. Estaba sentado en su escritorio, leyendo algo que tenía el aspecto de un documento legal.
»Dije: «Discúlpeme, señor, ¿pero ha oído usted el gong?». A veces era algo duro de oído, aunque todos sus sentidos le funcionaban maravillosamente, teniendo en cuenta su edad. Levantó la cabeza y dijo: «Muy bien, señora Minchin», y se enfrascó de nuevo en el examen del papel. Yo me dije: «El señor Raymond ha vuelto a sacarle de sus casillas». A las siete y…
»Un momento. ¿Qué estaba pensando acerca del señor Raymond?
—Bueno, no mucho, sólo que el señor Whipley no siempre aprobaba los actos del señor Raymond y a veces discutían acerca de ello. Al señor Whipley le desagradaban los negocios del señor Raymond.
—A las siete y media —prosiguió la testigo—, el señor Whipley subió a su habitación para vestirse y parecía enteramente recuperado, excepto que sus pasos eran lentos y como cansados. Yo aguardaba en el pasillo por si necesitaba mi ayuda; al pasar junto a mí me pidió que telefoneara al señor Whitehead para decirle que viniera a la mañana siguiente. El señor Whitehead es el abogado. No dijo para qué lo quería ver. Hice lo que me ordenaba y cuando el señor Whipley descendió de nuevo, hacia las ocho menos diez, le di cuenta de que el señor Whitehead había recibido el recado y que a las diez en punto del día siguiente estaría allí.
—¿Le oyó alguien más decir eso?
—Sí. El señor Raymond y el señor y la señora Cedric estaban todos en el salón tomándose unos combinados. Todos debieron oírme. La cena se sirvió a las ocho…
—¿Estuvo usted presente durante la cena?
—No. Yo como en mi habitación. A las nueve menos cuarto, más o menos, habían terminado. La camarera llevó el café a la sala de estar para el señor y la señora Cedric y al estudio, para el señor Whipley y el señor Raymond. Permanecí sola en mi cuarto hasta las nueve, cuando el señor y la señora Cedric vinieron para charlar un rato. Poco después de las nueve y media oímos cerrarse violentamente la puerta del estudio, y unos minutos más tarde, apareció el señor Raymond, con aspecto muy extraño. Tenía puestos el sombrero y el abrigo.
»El señor Cedric dijo: «¡Hola, Ray!». Él no le hizo caso y me dijo: «Finalmente, no me quedo esta noche, señora Minchin. Regreso inmediatamente a la ciudad». Yo contesté: «Muy bien, señor Raymond. ¿Está enterado el señor Whipley de su cambio de planes?». Se rió de una manera muy curiosa y dijo: «Oh, sí. Está bien enterado». Salió de nuevo y el señor Cedric le siguió y creo que dijo algo así como: «No pierdas la calma, viejo». La señora Cedric me dijo que temía que el señor Raymond se hubiese peleado con el anciano caballero.
Unos diez minutos más tarde, oí que los dos jóvenes señores descendían la escalera y salí para cuidarme de que el señor Raymond no olvidara nada, pues es bastante distraído. En aquel momento salía por la puerta principal en compañía del señor Cedric. Corrí tras él con la bufanda que se había dejado en el perchero del recibidor. Se alejó rápidamente en su coche y yo regresé a la casa con el señor Cedric.
—Al pasar ante la puerta del estudio, el señor Cedric dijo: «No sé si mi tío…» y luego se calló, y prosiguió: «No, mejor será dejarlo solo hasta mañana». Regresamos a mi habitación, donde la señora Cedric nos estaba aguardando. Ella preguntó: «¿Qué ocurre, Cedric?», y él contestó: «El tío Henry se ha enterado de lo de Ella. Le he dicho a Ray que mejor será que vaya con cuidado». La señora dijo: «¡Válgame Dios!», y después de eso, cambiamos de conversación.
»El señor y la señora Cedric permanecieron conmigo hasta las once y media, cuando me dejaron para irse a la cama. Ordené mi habitación y luego salí para hacer mi habitual ronda por toda la casa. Al apagar la luz del salón, noté que la del estudio del señor Whipley seguía encendida. Él no acostumbraba a estar levantado hasta tan tarde, de modo que fui a ver si se había dormido mientras leía.
»No obtuve respuesta a mis llamadas a la puerta, por lo que entré y allí estaba, echado hacia atrás en su sillón, muerto. Sobre la mesa había dos tazas de café vacías y dos copitas de licor en el mismo estado; también había una botella medio llena de crema de menta. Llamé inmediatamente al señor Cedric, quien me dijo que no tocara nada y que telefonease al doctor Baker.
El siguiente testigo fue la camarera. Había servido la mesa. Dijo que durante la cena no había ocurrido nada anormal, excepto que tanto el señor Whipley como su hijo estuvieron bastante silenciosos y como preocupados.
Al final de la comida, el señor Raymond había dicho: «Oye, papá, no podemos dejar esto así». El señor Whipley había contestado: «Si has cambiado de opinión, mejor será que me lo digas en seguida», y pidió que le llevaran el café a su estudio. El señor Raymond dijo: «No puedo cambiar de opinión, pero si quisieras escucharme…». El señor Whipley no contestó.
Al entrar en el estudio con el café y los vasos de licor, la camarera vio al señor Raymond sentado a la mesa. El señor Whipley estaba de pie anee el aparador, con la espalda vuelta hacia su hijo, en apariencia sacando los licores.
Dijo al señor Raymond: «¿Qué tomarás?». A lo que éste contestó: «Crema de menta». El señor Whipley dijo: «No me extraña, es bebida de mujer». La camarera salió a continuación y no volvió a ver a ninguno de los dos caballeros.
El señor Egg sonrió para sus adentros mientras escuchaba. Le parecía oír al viejo señor Whipley diciendo aquello.
Luego dio a su rostro rechoncho una expresión más seria, en tanto que el coroner llamaba al señor Cedric Whipley.
El señor Cedric corroboró el relato del ama de llaves. Dijo que tenía treinta y seis años y que era el miembro más joven de la firma Freeman and Toplady, publicistas. Estaba enterado de la pelea que había habido entre el señor Whipley y su hijo. De techo, el señor Whipley les había pedido a él y a su esposa que acudieran a la casa con el fin de discutir con ellos la situación. El conflicto se había originado a causa de las relaciones de Raymond con cierta dama.
El señor Whipley había hablado impulsivamente de alterar su testamento, pero él, Cedric, le había recomendado que meditara con calma el asunto. Había acompañado a Raymond escaleras arriba la noche de la tragedia y por él se había enterado de que el señor Whipley amenazaba con desheredar completamente a su hijo. Le había dicho a Raymond que se tomara las cosas con tranquilidad, que el viejo ya se calmaría. Raymond se disgustó por aquella intromisión.
Después de la marcha de Raymond, había pensado que mejor era dejar solo al viejo. Cuando salió en compañía de su esposa de la habitación de la señora Minchin, se fue escaleras arriba sin entrar en el estudio. Calculaba que sería un cuarto de hora más tarde cuando descendió de nuevo, en respuesta a la llamada de la señora Minchin, para encontrar muerto a su tío.
Se había inclinado sobre el cuerpo para examinarlo y le había parecido que en torno a los labios se percibía un débil olor de almendras. Había olfateado los vasos de licor, pero sin tocarlos, sacando la impresión de que uno de ellos también olía a almendras. Dio instrucciones a la señora Minchin para que no se tocara absolutamente nada. Su primera impresión fue de que su tío podía haberse suicidado.
Surgió un murmullo en la pequeña sala cuando el señor Raymond Whipley fue llamado a presencia del coroner. Era delgado, afeminado y de aspecto algo enfermizo; contaría entre los treinta y los cuarenta años.
Dijo que tenía la profesión de «artista fotógrafo». Tenía su estudio en Bond Street. Sus «estudios expresionistas» de personalidades del momento habían llamado la atención en los medios artísticos. Su padre no había aprobado estas actividades; tenía prejuicios anticuados.
—Tengo entendido —dijo el coroner— que el ácido prúsico se usa frecuentemente en fotografía.
El señor Raymond Whipley sonrió amablemente ante aquella pregunta amenazadora.
—Cianuro potásico —dijo—. Oh, desde luego, sí. Muy frecuentemente.
—¿Está usted familiarizado con su uso en fotografía?
—Oh, sí. No lo utilizo a menudo. Pero dispongo de cierta cantidad, si eso es lo que desea saber.
—Gracias. ¿Puede decirme algo acerca de esa presunta diferencia de opinión con su padre?
—Sí. Se enteró de que me proponía casarme con una dama relacionada con el teatro. No sé quién se lo diría. Probablemente mi primo Cedric. Él lo negará desde luego, pero me figuro que ha sido el simpático Cedric. Mi padre me hizo llamar y verdaderamente se mostró muy intransigente. Estaba lleno de prejuicios propios de su edad. Antes de la cena tuvimos un fuerte altercado. Después de ella, dije que quería hablarle de nuevo, pues pensaba que podría convencerlo. Pero se mostró muy ofensivo. No pude tolerárselo. Me trastorné. Y por eso me marché de la casa.
—¿Dijo algo relativo a llamar al señor Whitehead?
—Oh, sí, dijo que si me casaba con Ella, me eliminaría de su testamento. Se mostró despiadado. Le dije que hiciera lo que quisiese.
—¿Dijo a favor de quién haría su nuevo testamento?
—No, no lo dijo. Supongo que Cedric hubiese salido beneficiado. Desde luego, es el único otro pariente que existe.
—¿Quiere usted describir detalla lamente lo que ocurrió en el estudio después de la cena?
—Entramos en él y yo me senté a una mesa cerca del fuego. Mi padre se dirigió al armario donde guarda sus licores y me preguntó qué quería tomar. Dije que prefería una crema de menta y él se burló de mí, como acostumbraba. Sacó la botella y me dijo que me sirviera yo mismo. Así lo hice. Me tomé el café y la crema de menta. Él no bebió nada mientras estuve yo allí. Estaba bastante excitado y andaba de un lado a otro, amenazándome con toda clase de cosas.
»Al cabo de un rato le dije: «Tu café se está enfriando». Entonces me dijo que me fuera al infierno y le contesté que procuraría complacerlo. Añadió una observación muy desagradable respecto a mi prometida. Entonces perdí los estribos y utilicé algunas… digamos expresiones poco filiales. Salí y pegué un portazo. Cuando lo dejé estaba de pie tras la mesa, vuelto hacia mí.
»Fui a decirle a la señora Minchin que regresaba a la ciudad. Cedric empezó a entrometerse, pero le dije que sabía muy bien a quién debía agradecer, todo aquel disgusto, y que si deseaba el dinero del viejo, podía quedarse con él. Esto es todo lo que sé del asunto.
—Si su padre no bebió nada mientras estuvo usted con él, ¿cómo explica el hecho de que tanto las copas de licor como las tazas de café habían sido usadas?
—Supongo que empleó las suyas después de marcharse. Ciertamente no bebió mientras estuve presente.
—¿Y estaba vivo cuando salió del estudio?
—Desde luego.
El abogado, señor Whitehead, explicó las cláusulas del testamento del difunto. Dejaba una renta de dos mil libras anuales a Cedric Whipley, que a su muerte debía revertir a Raymond, quien heredaba todo lo demás.
—¿Expresó alguna vez el difunto la intención de alterar su testamento?
—Lo hizo. El día antes de su muerte dijo que estaba muy disgustado con la conducta de su hijo y que, a menos que pudiera hacerlo entrar en razón, le dejaría sólo con una renta de mil libras al año, y todo el resto iría a parar al señor Cedric Whipley. Le desagradaba la prometida del señor Raymond y dijo que no quería que los hijos de aquella mujer fuesen tras su dinero. Traté de disuadirlo, pero creo que supuso que cuando la dama se enterara de sus intenciones rompería el noviazgo. Cuando la señora Minchin me telefoneó la noche en cuestión, me convencí de que deseaba otorgar nuevo testamento.
—Pero puesto que no tuvo tiempo para hacerlo, el que existe a favor del señor Raymond Whipley sigue en vigor, ¿verdad?
—Exactamente.
El inspector Brown, de la Policía del Condado, prestó seguidamente declaración respecto a las huellas digitales. Dijo que una de las tazas de café y una de las copas llevaba las huellas del señor Raymond Whipley, y la otra taza y la copa que contenía el veneno, las del difunto. No había otras huellas, excepto, desde luego, las de la camarera en las tazas y copas, en tanto que la botella de crema de menta sólo tenía las de padre e hijo.
Admitiendo la posibilidad de un suicidio, el inspector había hecho un cuidadoso registro en la pieza buscando alguna botella o cápsula que pudiera contener el veneno. No encontraron nada, ni en el estudio ni en el resto de la casa. En el fondo de la chimenea habían hallado un fragmento medio quemado de una funda de estaño, con las letras «…Au …tier and Cie.», estampadas alrededor del borde.
Sin embargo, de su tamaño se deducía claramente que esa funda había cubierto el tapón de una botella de medio litro, y parecía muy improbable que un presunto suicida comprase medio litro de ácido prúsico, ni había ninguna botella recién abierta a la cual pudiera pertenecer aquella funda.
Al llegar a este punto, un horrible pensamiento empezó a ocurrírsele al señor Egg, un vago recuerdo de algo que en una ocasión leyó en un libro. Se le pasó por alto el resto de la declaración del inspector Brown, puramente formularia, y sólo empezó a fijarse de nuevo cuando, después de que la cocinera y la doncella probaran que habían permanecido juntas durante toda la velada, fue llamado el doctor para testimoniar el punto de vista médico.
Dijo que el difunto había indudablemente fallecido a causa de envenenamiento por ácido prúsico. Sólo una cantidad muy pequeña de cianuro había sido encontrada en el estómago, pero incluso una dosis tan insignificante podría ser fatal para un hombre de su edad y débil constitución. El ácido prúsico era uno de los venenos de efectos más fulminantes que se conocían y producía la inconsciencia y la muerte al cabo de muy pocos minutos de haber sido ingerido.
—¿Cuándo vio usted el cuerpo por primera vez, doctor?
—Llegué a la casa a las doce menos cinco. El señor Whipley llevaba por entonces muerto por lo menos dos horas, y probablemente algo más.
—¿Era imposible que hubiese fallecido digamos dentro de la media hora que precedió a su llegada?
—Totalmente. Sitúo la muerte entre las nueve y media y ciertamente no más tarde de las diez treinta.
A continuación se leyó el informe del analista. El contenido de la botella de crema de menta y los posos de café de ambas tazas habían sido examinados y encontrados completamente inocuos. Ambas copas de licor contenían unas gotas de crema de menta, y en una, la que llevaba las huellas digitales del anciano señor Whipley habían trazas bien determinadas de cianuro.
Incluso antes de que el coroner empezara su resumen de la situación, se notaba claramente que el caso tomaba muy mal aspecto para Raymond Whipley. Existía el motivo, el hecho de que solamente él pudiese conseguir con facilidad el mortífero cianuro; la hora de la muerte, coincidía casi exactamente con su apresurada marcha de la casa.
El suicidio parecía excluido: las demás personas que se encontraban en la mansión se confirmaban mutuamente las coartadas; no había indicios de que algún extraño hubiera penetrado en la casa. El jurado emitió el inevitable veredicto de asesinato contra Raymond Whipley.
El señor Egg salió rápidamente de la sala donde se había visto el sumario. Dos cosas le preocupaban: la declaración de la señora Minchin y aquel largo recuerdo de lo que había leído en un libro. Se dirigió al edificio de correos de la población y envió un telegrama a sus jefes. Luego encaminó sus pasos hacia la posada local, pidió un té y lo bebió lentamente, mientras sus pensamientos se concentraban. Tenía la idea de que aquel caso iba a ser malo para los negocios.
Al cabo de una hora, le fue entregada la contestación a su telegrama. Decía: «14 junio 1893». Freeman and Toplady, 1931» e iba firmado por el presidente de Plummett and Rose.
El rostro redondo y alegre del señor Egg quedó cubierto por una nube de perplejidad y angustia. Se encerró en el despacho particular del propietario de la fonda y puso una costosa conferencia telefónica con Londres. Al salir de allí, menos perplejo, pero todavía sombrío, subió a su automóvil y salió en busca del coroner.
Este funcionario lo acogió amablemente. Era un médico campechano y rubicundo de ojos astutos y movimientos vivos. Cuando hicieron pasar a Monty, el inspector Brown y el jefe de policía, estaban con él.
—Bien, señor Egg —dijo el coroner —, estoy seguro de que se alegrará usted de que este caso desafortunado no implique ningún reproche contra la pureza de las mercancías facilitadas por su firma.
—Precisamente por eso me he tomado la libertad de venir a molestarle —dijo Monty—. El negocio es el negocio, pero por otra parte, los hechos son los hechos, y nuestra casa está dispuesta a afrontarlos. He estado hablando telefónicamente con el señor Plummett, quien me ha autorizado a exponerle lo que sigue.
»Si no lo hiciera —agregó el señor Egg cándidamente—, alguna otra persona podría hacerlo y eso empeoraría las cosas. No hay que esperar a que ocurran las cosas desagradables. Si la verdad debe ser contada, procura ser tú el primero que la diga. Esta es una máxima del Manual del Viajante de Comercio. Un libro notable, lleno de sentido común. Y hablando del sentido común, una cierta cantidad de él no le haría ningún daño a nuestro joven amigo, ¿verdad?
—¿Se refiere a Raymond Whipley? —dijo el coroner—. Ese joven es un caso patológico, si quiere saber mi opinión.
—Está usted en lo cierto, señor —convino el inspector—. He visto a innumerables criminales perturbados, pero éste se lleva la palma. Se pelea con su padre, lo liquida y luego sale corriendo de esa manera tan sospechosa; ¿por qué no pondría un letrero luminoso anunciando que él lo había hecho? Pero como usted dice, no creo que esté en su sano juicio.
—Bueno, es posible —dijo Monty—, pero por encima de todo eso está el anciano señor Whipley. Han de saber, caballeros, que conozco bien a todos mis clientes. Mi trabajo consiste en recordar todos sus caprichos y debilidades. De nada sirve ofrecer un Oloroso de 847 a un caballero a quien le gusta el jerez ligero y seco.
»Ahora desearía que me dijeran cómo fue que el difunto señor Whipley llegó a beber de aquella crema de menta. Sólo la compraba para ofrecérsela a las damas; tiene un aroma que él no podía soportar. Ya oyeron lo que dijo al respecto al señor Raymond.
—Eso es muy interesante —dijo el jefe de policía—. Puedo decirle que ya se nos ha ocurrido. Pero debe haberse tomado el veneno con algo.
—Bueno, yo sólo digo que el asesinato, tal como lo ha dictaminado el jurado, es un perfecto absurdo. Pero hablemos ahora de esa funda de estaño. Puedo decirles algo sobre ella. No intervine en el sumario porque entonces carecía de pruebas, pero ahora las tengo y helas aquí. Es evidente, caballeros, y a ustedes les consta que si aquel día en el estudio se sacó una funda de estaño de una botella, debería existir dicha botella. ¿Y dónde está? Debe encontrarse en algún sitio. Al fin y al cabo, una botella es una botella y no puede desvanecerse en el aire.
»Pues bien caballeros, el señor Whipley era cliente de mi firma, Plummett and Rose, desde hacía más de cincuenta años. Es una firma muy antigua. Y esa funda de estaño fue sacada al comercio por una casa francesa que desapareció en 1900; su nombre era Prelatier et Cie., y nosotros éramos sus agentes en este país. Esa funda procedía de una botella de Noyeau fabricado por ellos; pueden ustedes ver las dos últimas letras de la palabra en ese pedazo de funda; nosotros vendimos una botella de Noyeau de Prelatier al señor Whipley, junto con otros diversos licores, el 14 de junio de 1893.
—¿Noyeau? —dijo el coroner con interés.
—Veo que eso significa algo para usted, doctor —dijo el señor Egg.
—Sí, desde luego —contestó el coroner —. El Noyeau es un licor aromatizado con aceite de almendras amargas, o sea con huesos de melocotón —corríjame si me equivoco, señor Egg— y por lo tanto, contiene una pequeñísima proporción de ácido cianhídrico.
—Eso es —dijo Monty—. Desde luego, de ordinario no hay la cantidad suficiente en un vaso o incluso en dos para perjudicar a nadie. Pero si usted pone una botella en un rincón y la deja el tiempo suficiente, el aceite irá poco a poco subiendo a la superficie, y la primera copa de Noyeau que se sirva puede contener una dosis mortal en ciertos casos. Sé eso porque lo leí en un libro titulado Alimentos y Venenos, publicado hace pocos años por Freeman and Toplady.
—La firma de Cedric Whipley —dijo el inspector.
—Exactamente —confirmó Monty.
—¿Qué sugiere usted exactamente, señor Egg? —inquirió el jefe de policía.
—No un crimen, señor —dijo Monty—. No, no es eso, aunque supongo que podría haberlo sido en cierto modo. Estoy sugiriendo que después de haberse ido del estudio, el señor Raymond, el viejo caballero se sintió nervioso y alterado, tal como uno se siente después de sufrir un disgusto. Me figuro que empezó a beber su café frío y luego deseó un sorbo de licor que lo acompañara.
»Se dirigió al armario de los licores, no vio nada que le apeteciera, examinó las botellas y de pronto descubrió esa de viejo Noyeau, que ha permanecido sin descorchar durante los últimos cuarenta años. La cogió, quitó la funda de plomo que tapaba el gollete y lo tiró al fuego; con un sacacorchos quitó el tapón, tal como se lo he visto hacer tantísimas veces. Luego se sirvió una copa, sin pensar en el peligro, se la bebió de un trago, sentado en su sillón y falleció sin tiempo siquiera de pedir auxilio.
—Eso es muy ingenioso —dijo el jefe de policía—. Pero, ¿qué se ha hecho de la botella y del sacacorchos? ¿Y cómo justifica la presencia de crema de menta en la copa?
—¡Ah! —dijo Monty—. Ahora se lo explico. Alguien se cuidó de eso, y no precisamente el señor Raymond, pues a él le convenía dejar las cosas tal como habían quedado. Pero supóngase que hacia las once y media, cuando la señora Minchin, estaba arreglando su cuarto y el resto de la servidumbre se había ya acostado, otra persona entra en el estudio y ve muerto al señor Whipley, con la botella de Noyeau a su lado, y adivina lo que ha ocurrido.
»Supóngase que esa persona restituye el sacacorchos a su lugar en el armario, vierte unas gotas de la crema de menta que quedaba en la copa del señor Raymond en la del caballero muerto y se lleva la botella de Noyeau para deshacerse más tarde de ella. ¿Qué le parecería entonces?
—¿Pero cómo podría esta persona hacer tal cosa sin dejar sus huellas en la copa del señor Raymond?
—Eso es fácil —dijo Monty—. Sólo tenía que levantar la copa cogiéndola por el vástago con la base de los dedos índice y corazón. Así. Sólo dejaría una débil señal en la parte superior del mismo.
—¿Y el motivo? —preguntó el jefe de policía.
—Bien, caballeros, no soy yo quien debe decirlo. Pero si el señor Raymond fuese ahorcado como asesino de su padre, me figuro que el dinero del viejo iría a parar a manos del pariente más próximo, o sea, a ese caballero que publicó el libro que hace referencia al Noyeau.
»Es una mala suerte tremenda —prosiguió el señor Egg— que mi firma hubiese suministrado el licor en cuestión, pero la cosa es así. Si ocurren accidentes y uno tiene la culpa, hay que tomar las medidas oportunas para evitar su repetición. No es que admitamos ninguna responsabilidad, ni mucho menos, pues el peligro está en la misma naturaleza del licor. Pero tal vez podría insertarse una advertencia en nuestro próximo catálogo.
»Y a propósito, caballeros, permítanme que tome nota para enviarles nuestra Historia del Primer Centenario de la Casa Plummett and Rose. Será un libro pulcramente editado, sin reparar en gastos, y digno de ocupar una posición privilegiada en todas las bibliotecas.